Secretos de Patricia – Parte 1

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Esta historia es una secuela de la serie «Divorciada con hijo adolescente».

Había pasado un año desde la última vez que Patricia y Felipe se vieron. Doce meses enteros en los que ella había intentado convencerse de que aquella tarde no había sido más que un desliz… un capricho curioso entre dos adultos que sabían perfectamente lo que hacían. Pero el recuerdo persistía, tan vivo que parecía grabado en su piel.

A veces, mientras permanecía sola en el salón, sus ojos se detenían en el mismo suelo donde Felipe había recorrido con sus manos sus tobillos antes de atarla a la cama como si el mundo fuera suyo. Y por un momento, lo había sido.

Recordaba cada detalle:
El silencio eléctrico en la habitación, la manera en que sus muñecas quedaron suaves pero firmemente sujetas, y sobre todo, la risa… esa risa suya que brotaba sin control cuando sus dedos exploraban la piel de sus pies, como si conocieran un idioma secreto reservado solo para su cuerpo.

Nadie más lo sabía.
Ni su exesposo, ni su hijo —que vivía con él en otro país—, ni sus amigas.
Solo Felipe… y ella.
Bueno, y ahora también sus pensamientos, que revoloteaban como mariposas cada vez que recordaba el mensaje de él:

“Estoy de vuelta en la ciudad. ¿Puedo pasar a verte?”

No había hecho falta decir más. Patricia supo al instante que no venía a tomar café. Y mientras miraba sus pies perfectamente cuidados, sentía ese leve cosquilleo de nerviosismo que no podía disimular, preguntándose si lo que le erizaba la piel era la idea de verlo… o la posibilidad de que él recordara cada rincón de su risa.

Su mente volvía una y otra vez a aquella tarde inolvidable: Tendida boca arriba, con las muñecas sujetas al cabecero y los tobillos firmemente atados a los extremos de la cama. Su propia cama, convertida de pronto en un escenario desconocido y excitante.

La primera vez que los dedos de Felipe rozaron la planta de su pie derecho, apenas un toque suave, todo su cuerpo se tensó como una cuerda de violín. Su risa apareció de inmediato, rápida y aguda, como si hubiera estado esperándolo desde siempre.

Él sonrió con esa expresión curiosa, casi científica, de quien acaba de descubrir un secreto fascinante.
Siguió explorando, apenas rozando el arco con la yema de los dedos, y Patricia estalló en carcajadas, retorciéndose tanto como las ataduras se lo permitían. Sus pies temblaban, intentando escapar sin éxito.

La hipersensibilidad de sus plantas era su perdición, y Felipe lo entendió con precisión. Cada cosquilleo le recorría entera, como si no solo tocara sus pies, sino también las fibras mismas de su voluntad. Cuando ascendió por sus pantorrillas y luego a sus costados, su risa se volvió tan desbordada que apenas podía respirar. Lágrimas de diversión le corrían por las mejillas, mientras el corazón le golpeaba el pecho en una mezcla de desesperación y alegría pura.

Y aun así, se sentía segura. Completamente suelta, sin máscaras, sin el control que siempre llevaba con tanto esmero. Solo ella, su risa, y las manos de Felipe descubriendo cada rincón de su cuerpo.

Cuando todo terminó, quedó tendida sobre las sábanas como si el mundo hubiera dejado de girar. Sus pies aún hormigueaban, demasiado sensibles para apoyarlos. Felipe los sostuvo con cuidado, observándola con esa sonrisa satisfecha que aún permanecía grabada en su memoria.

Pero en realidad, todo había comenzado mucho antes de aquella tarde. Mucho antes de las ataduras y las carcajadas desbordadas.
Había comenzado el día en que Felipe la descubrió por accidente.

Entonces era apenas un adolescente, el mejor amigo de su hijo. Era tiempo de vacaciones, y Patricia estaba descalza en el sofá, hojeando una revista mientras los dos chicos jugaban en el suelo. Felipe se acercó para burlarse de un comentario suyo y, sin pensarlo, sus dedos rozaron la planta de su pie.

Solo un instante. Un contacto leve, casi accidental. Pero bastó para que el cuerpo de Patricia se estremeciera y su risa escapara con una fuerza que sorprendió a todos, incluso a ella misma.

Felipe se quedó inmóvil, sorprendido… y fascinado. La miró con esa mezcla de asombro y diversión de quien acaba de presenciar un pequeño milagro. Su hijo solo rió y, sin saberlo, le entregó a su amigo un secreto que le cambiaría la vida para siempre.

Desde entonces, cada vez que volvía a la casa, Felipe encontraba alguna excusa para acercarse. Sus ojos buscaban sus pies con una atención que intentaba disimular, sin lograrlo del todo. Cuando, ya años después, su hijo vivía en otro país y Felipe regresó como un joven adulto, Patricia finalmente le permitió entrar de verdad en ese mundo secreto suyo.

La tarde más intensa fue también la más memorable. La casa estaba en silencio, la luz del sol atravesando las cortinas, y Patricia con esa mezcla de calma y nervios que la invadía cada vez que él cruzaba la puerta. La hizo recostarse sobre la cama y, con la precisión de quien prepara un ritual, fue sujetando sus muñecas y tobillos con cuidado, como si cada nudo fuera una promesa.

Cuando sus manos alcanzaron sus pies, todo cambió. Los dedos de Felipe se cerraron en torno a sus tobillos y luego comenzaron a recorrer sus plantas con esas uñas cortas y traviesas que parecían hechas para arrancarle carcajadas.

Su cuerpo reaccionó al instante:
Las risas brotaron como un relámpago, sus pies se sacudieron frenéticos, y él los sujetaba con firmeza mientras reía bajito, disfrutando cada reacción. Cada cosquilleo era fuego líquido que le subía por las piernas, hasta arquear su espalda sin control. Felipe conocía sus puntos más débiles, y jugaba con ellos sin piedad ni pausa, mientras las lágrimas de diversión se mezclaban con su risa desesperada.

El mundo se redujo a eso:
Su risa desbordada, sus pies temblando sin escape, y Felipe sosteniéndola con esa energía traviesa que parecía encender cada rincón de su piel.

Cuando al fin se detuvo, ella jadeaba de tanto reír, con el cabello revuelto y el corazón desbocado. Sus pies aún cosquilleaban, tan sensibles que apenas podía apoyarlos. Felipe los sostuvo un momento entre sus manos, mirándola con esa sonrisa satisfecha de quien acaba de conquistar la cima más alta.

Desde entonces, Patricia no había vuelto a reírse así. Y dudaba que pudiera hacerlo… a menos que volviera a ser con él.

Aquella noche, todavía con sus tacones puestos, la camisa de seda impecable y el pantalón ejecutivo marcando su figura, Patricia se servía una copa de vino cuando sonó el timbre. Acababa de llegar de la oficina, aún con el cabello recogido de forma pulcra, cuando fue hasta la puerta y la abrió.

Ahí estaba Felipe.

Más alto, más seguro, con la misma sonrisa leve que parecía guardar todos aquellos recuerdos. Patricia lo saludó con su elegancia habitual, aunque el pulso le latía un poco más rápido.

—Hola —dijo ella.
—Hola, Patricia —respondió él, su voz ahora un poco más grave.

—Pasa, adelante.

Cerró la puerta tras él y caminaron hacia la sala. Los tacones de Patricia resonaban suaves sobre el piso, el sonido casi demasiado nítido en medio del silencio de la casa. Se sentaron uno frente al otro, ella con la copa de vino aún en la mano, y por un instante solo se miraron… con esa complicidad silenciosa que no necesitaba explicación.

El silencio entre ellos no era incómodo. Era denso, cargado, como el aire antes de una tormenta de verano. Felipe se acomodó en el sillón frente a ella, con esa manera despreocupada que parecía natural en él, aunque Patricia notó cómo sus ojos recorrían el salón con curiosidad contenida… hasta detenerse brevemente en sus tacones.

Ella lo notó, claro que sí. Siempre lo notaba.

Dio un sorbo pausado a su copa, solo para tener algo que hacer con las manos, y luego apoyó el cristal sobre la mesa baja de centro. La luz del atardecer se colaba a través de las cortinas, envolviendo a ambos en un resplandor dorado que hacía que todo pareciera suspendido, fuera del tiempo.

—Ha pasado un año —dijo ella finalmente, con una media sonrisa. No era una pregunta. Era una constatación, un puente tendido entre ese ahora y el recuerdo que compartían.

Felipe asintió, sin apartar la mirada de la suya.

—Un año exacto —respondió, con esa calma que tenía algo de provocación.
—No parece tanto… —añadió después, como quien deja caer una piedra en un estanque y observa cómo se forman las ondas.

Patricia bajó la mirada, solo un instante. Sentía la misma punzada en el estómago que había sentido aquel día, cuando él había cruzado el umbral de su dormitorio como si supiera exactamente adónde iba. Respiró hondo, procurando que no se notara.

—¿Y… qué has estado haciendo? —preguntó, retomando el tono ligero que usaba en la oficina, el de quien mantiene la compostura a toda costa.

Felipe se encogió levemente de hombros.

—Viajando un poco. Pensando mucho.
—¿Pensando en qué?

Él sonrió. Una sonrisa pequeña, peligrosa en su sutileza.

—En algunas cosas que no se olvidan fácilmente.

No dijo más, y no hizo falta. Las palabras quedaron flotando entre los dos, cargadas de esa electricidad tenue que ni el paso del tiempo había disipado.

Patricia sintió el leve cosquilleo de un recuerdo subiéndole por la espalda, como si su propia piel tuviera memoria.
Sus plantas, incluso ahora ocultas en los tacones, parecían despertar bajo la mesa, sensibles ante la mera idea de que él las recordara.

Ella entrelazó las piernas y fingió concentrarse en su copa, aunque su mente estaba en cualquier otro lugar.

Patricia volvió a recostarse ligeramente contra el respaldo del sofá, buscando esa postura que le permitiera parecer relajada, aunque por dentro todo estuviera alerta.

—Entonces… ¿al final empezaste a estudiar? —preguntó, fingiendo casualidad mientras lo observaba sobre el borde de su copa.

Felipe asintió despacio.

—Sí. En las noches estudio, y en el día trabajo —dijo con tono tranquilo, pero había en su voz ese matiz orgulloso, apenas contenido, que la hizo sonreír.
—También viajé un poco… a algunas partes del país. No muy lejos, pero necesitaba moverme. Cambiar el aire.

Patricia sonrió con un gesto sincero. Le sorprendía, aunque no debería: en aquel muchacho que había conocido años atrás ya se adivinaba esa inquietud que no lo dejaría quedarse quieto mucho tiempo.

—Suena a un buen año —comentó, girando lentamente la copa en su mano.

—Lo ha sido —asintió él, y luego la miró directo a los ojos—. ¿Y tú? ¿Qué has hecho?

Ella vaciló un segundo antes de contestar, no por no tener qué decir… sino por todo lo que no podía decirle. Se acomodó el cabello con un gesto mecánico, ganando tiempo.

—He trabajado mucho —respondió con una sonrisa serena—. He crecido bastante en lo profesional, nuevos proyectos, más responsabilidades… lo de siempre.

Hizo una pequeña pausa, y sus ojos se desviaron hacia el ventanal.
—También… intenté empezar una relación con alguien.

Felipe arqueó apenas una ceja, curioso, pero guardó silencio para dejarla continuar.

—No funcionó —añadió Patricia, en un tono más bajo, casi como quien menciona una anécdota irrelevante—. Y… prefiero no hablar de ese tema, la verdad.

Él asintió con comprensión, sin insistir. Esa discreción suya, pensó Patricia, era uno de los rasgos que más desarmaban su habitual coraza. Ni presión, ni juicios… solo esa manera tranquila de estar, como si su sola presencia bastara.

Durante un momento, ninguno de los dos dijo nada. Solo el leve sonido del vino en su copa cuando Patricia la apoyó otra vez sobre la mesa, y el sol descendiendo tras las cortinas, tiñendo la sala de tonos ámbar suaves.

Patricia lo observó durante unos segundos, midiendo sus palabras, hasta que una sonrisa traviesa asomó en la comisura de sus labios.

—Y dime… —dijo, con un tono suave que pretendía ser casual, aunque sus ojos brillaban con picardía—
¿has seguido haciéndole cosquillas a mujeres?

Felipe levantó una ceja y sonrió, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde que entró por la puerta.

—La verdad… sí —respondió con calma, sin apartar la mirada de la suya—. He seguido con las sesiones.
De hecho, ahora tengo un pequeño blog donde las documento, de forma anónima claro… solo relatos, impresiones, nada que las identifique.

Patricia dejó escapar una leve risa sorprendida.

—Vaya… qué aplicado.

—Bueno… —Felipe se acomodó en el asiento, apoyando un codo sobre el respaldo—
La mayoría han sido compañeras de la escuela nocturna donde estudio. Muchas son mayores que yo… y curiosamente, también muy cosquillosas.

Patricia lo escuchaba con atención, intentando mantener el rostro sereno mientras en su interior una chispa conocida despertaba, apenas perceptible, pero imposible de ignorar.

—Incluso… —continuó él, con ese tono despreocupado que solo usaba cuando estaba contando algo que en el fondo le entusiasmaba— empecé una relación con una chica más o menos de mi edad. Es muy cosquillosa también… y lo curioso es que, al igual que yo, le gusta hacer cosquillas. Así que… nos entendemos bastante bien.

—Mmm… entiendo —dijo Patricia, conteniendo una sonrisa que amenazaba con ampliarse.

—Ah… y también —añadió Felipe, bajando ligeramente la voz, como quien comparte una pequeña travesura—
le he hecho cosquillas a la mamá de mi novia. Resulta que es muy cosquillosa… sobre todo en los pies.

Patricia alzó las cejas, divertida, y dejó escapar una carcajada breve.

—Vaya… —dijo, mirándolo por encima del borde de su copa— Entonces te ha rendido bastante, ¿no?

Felipe sonrió de medio lado, esa misma sonrisa que Patricia recordaba haber visto justo antes de perder el control entre carcajadas, aquella tarde en su dormitorio.

—Podría decirse que sí —respondió él, con una calma que contrastaba con el brillo travieso en su mirada.

Patricia lo miró en silencio unos segundos, jugando distraídamente con el tallo de su copa, hasta que decidió preguntar lo que realmente quería saber.

—Y dime… —dijo con tono suave, ladeando apenas la cabeza—
¿por qué has venido a verme, Felipe?

Él sonrió, como si hubiera estado esperando justo esa pregunta, y se incorporó un poco hacia adelante en el sofá.

—Iré directo al grano —dijo sin rodeos, con esa franqueza que a Patricia siempre le había parecido tan desarmante—.
La verdad… quiero iniciar un proyecto nuevo. Quiero grabar videos de cosquillas con mujeres cosquillosas… y como sé que tú eres extremadamente cosquillosa… me encantaría contar contigo como modelo.

El silencio que siguió fue corto, pero cargado.

Patricia parpadeó, sorprendida, y dejó escapar una risa suave, incrédula, mientras lo miraba con los ojos muy abiertos.

—¿Conmigo? —repitió, aún sonriendo de puro asombro— ¿Quieres que yo sea tu modelo… y además grabando las sesiones?
Felipe… me conoce mucha gente. Debo permanecer anónima, entiendes.

Él asintió con calma, sin perder esa expresión tranquila que contrastaba con el atrevimiento de su propuesta.

—Por supuesto —respondió—. Había pensado en eso. Usaríamos un antifaz… o podría vendarte los ojos. Así nadie sabría quién eres, y seguirías siendo completamente anónima.

Patricia lo miró en silencio, como quien intenta decidir si está frente a una idea descabellada… o tentadoramente imposible de ignorar. Su pulso latía con fuerza, aunque su rostro seguía impecablemente sereno, como siempre.

Patricia permaneció unos segundos en silencio, con la mirada fija en él, como si intentara descifrar si realmente había escuchado bien.
Se inclinó un poco hacia atrás en el sofá, cruzando las piernas con elegancia, aunque el leve movimiento de su tacón oscilando en el aire delataba cierto nerviosismo.

—Vaya… —dijo al fin, dejando escapar una pequeña risa incrédula—
Debo reconocer que… no esperaba que me dijeras algo así.

Felipe sonrió apenas, con ese brillo contenido que siempre parecía guardar una segunda intención, aunque su voz seguía siendo tranquila.

—Lo imaginé —admitió—. Pero también sabía que, si había alguien a quien quería proponérselo… eras tú.

Patricia bajó la mirada hacia su copa, girándola lentamente entre los dedos, como si en ese remolino oscuro pudiera encontrar la respuesta correcta.
La lógica, su parte más sensata, le gritaba que era una locura: ella tenía una reputación que cuidar, una imagen impecable que había construido con años de disciplina y control.
Y sin embargo… ahí estaba, sintiendo una oleada de calor subirle por el pecho, no de vergüenza, sino de esa chispa juguetona que solo Felipe parecía ser capaz de encenderle.

—No estoy segura de que sea… prudente —dijo, escogiendo sus palabras con cuidado—. Si alguien llegara a reconocerme…

—No lo harán —la interrumpió suavemente Felipe—. Serás completamente anónima. Solo sería tu risa… y tus reacciones. Eso es lo que hace especial este proyecto, Patricia. No quién eres… sino cómo lo sientes.

Ella levantó la mirada para encontrarlo observándola con una mezcla de serenidad y entusiasmo sincero. Y eso, justamente eso, fue lo que la desarmó un poco. Porque sabía que no estaba bromeando. Que hablaba en serio. Y que, si aceptaba, lo haría con el mismo cuidado con el que la había atado aquella vez… ni un gramo de más, ni uno de menos.

Patricia respiró hondo, intentando recuperar su tono de ejecutiva impecable, aunque sus mejillas ya tenían ese leve rubor que siempre la traicionaba cuando algo la intrigaba demasiado.

—No prometo nada —dijo finalmente, con una media sonrisa que no logró borrar del todo su curiosidad—. Pero… admito que la propuesta es… interesante.

Felipe sonrió, esta vez abiertamente, como si esa sola frase fuera justo la respuesta que había estado esperando.

Felipe se acomodó un poco más en el sofá, apoyando un brazo sobre el respaldo, y adoptó ese tono tranquilo pero firme que Patricia reconoció enseguida: era la voz de alguien que ha pensado bien lo que va a decir.

—La idea es sencilla —comenzó—. Quiero crear una serie de videos breves, bien producidos, centrados en sesiones de cosquillas con distintas mujeres cosquillosas. Nada exagerado ni vulgar… algo cuidado, estético, casi artístico. Que muestre la experiencia y la autenticidad de cada risa.

Patricia arqueó una ceja, sorprendida por lo estructurado que sonaba. Su instinto profesional despertó sin quererlo.

—¿Y… eso tendría alguna clase de guion? —preguntó, fingiendo que solo era por curiosidad general.

Felipe sonrió.

—No exactamente un guion. Más bien un marco: yo haría las preguntas, marcaría los tiempos, pero lo importante sería dejar que las reacciones fluyan. Cada persona es distinta, y eso es justamente lo que quiero capturar. Esa mezcla de sorpresa, risa, nervios, alegría… todo eso junto.

Patricia asintió lentamente, tratando de que su rostro se mantuviera neutro, aunque por dentro se sorprendía de sí misma: no solo no lo estaba rechazando de inmediato… sino que empezaba a imaginar cómo sería.

—Y… ¿cómo piensas financiar algo así? —preguntó, con tono analítico, como si estuviera en una reunión de trabajo y no en su propia sala con los tacones aún puestos.

Felipe se inclinó un poco hacia adelante, con un destello de entusiasmo en la mirada.

—Ya tengo un patrocinador —dijo con naturalidad—. Un pequeño estudio de contenido digital que me ofreció apoyo económico si les presentaba una primera serie piloto. Eso me permitiría pagarle a las modelos, cubrir la producción… hacerlo de forma profesional.

Patricia lo miró con los ojos ligeramente entrecerrados, esa expresión suya de cuando analizaba un proyecto en el trabajo, aunque ahora con una chispa distinta brillando detrás.

—¿Pagarles? —repitió, como si solo entonces la idea estuviera cayendo del todo.

—Claro —respondió Felipe—. Es un trabajo, al fin y al cabo. Quiero que quien participe se sienta valorada y segura… y que sea algo divertido para ambas partes, no solo para quien lo vea.

Ella bajó la mirada, ocultando una sonrisa que amenazaba con escapársele. La mezcla era extraña y deliciosa: escucharlo hablar con esa seriedad sobre algo que para ella había sido pura risa y caos… despertaba algo que no sabía si era admiración, nostalgia o una peligrosa combinación de ambas.

—Vaya… —murmuró, jugando con el borde de su copa— Hablas de ello como si fuera un emprendimiento formal.

Felipe asintió, sereno.

—Porque lo es —dijo—. Y tú… podrías ser la pieza clave para empezar con el pie derecho.

Patricia levantó la vista con una sonrisa leve, intentando recuperar el control de la conversación.

—Con el pie derecho, ¿eh? —dijo, entornando los ojos de forma cómplice— Qué curioso… viniendo de alguien que sabe perfectamente lo sensibles que son mis pies.

Felipe no respondió. Solo sonrió, con esa calma peligrosa que encendía mariposas en su estómago.

Patricia entrelazó los dedos sobre su regazo, inclinándose apenas hacia él. Ya no trataba de disimular su interés: su mirada tenía ese brillo curioso que Felipe conocía bien, el mismo que aparecía cuando algo lograba atravesar su habitual coraza de control.

—Muy bien —dijo con tono suave pero firme—. Imaginemos, solo por hablar… que aceptara. ¿Cómo sería exactamente una de esas sesiones?

Felipe sostuvo su mirada, sin perder esa calma que lo hacía parecer más adulto de lo que realmente era.

—Cada sesión sería breve, unos veinte a treinta minutos máximo —explicó—. Un espacio limpio, cuidado, con buena iluminación y un ambiente tranquilo. Primero habría una pequeña charla grabada, algo ligero, para que la persona se sienta cómoda y hable de cómo vive su sensibilidad. Después… vendrían las cosquillas como tal. Nada forzado, solo exploración, reacciones auténticas… risa genuina.

Patricia asintió con lentitud, como quien evalúa una propuesta de negocio, aunque en su estómago algo muy distinto comenzaba a revolotear.

—¿Y… qué papel tendría yo exactamente? —preguntó, ladeando un poco la cabeza, inquisitiva.

Felipe esbozó una media sonrisa, como si hubiera estado esperando esa pregunta en particular.

—Serías la modelo principal de la serie piloto —dijo—. La primera en aparecer. La idea es que sea alguien… muy expresiva. Y tú lo eres, Patricia.

Ella intentó mantener el gesto neutro, aunque el leve rubor en sus mejillas la traicionó. Aclaró la garganta con disimulo.

—Ya… entiendo —murmuró, mirando un punto invisible en la mesa—. ¿Y cómo decides quién participa? ¿Invitas directamente a quien te parece adecuada?

Felipe negó suavemente con la cabeza.

—No exactamente —dijo—. Antes de grabar cualquier cosa, todas deben hacer un pequeño casting en el estudio. Nada comprometedor, solo una sesión corta para que el equipo vea cómo reacciona la persona ante la cámara y si se siente cómoda. Es más para cuidarlas a ellas que para otra cosa.

Patricia lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión, incapaz de evitar una sonrisa ladeada.

—¿Un casting? —repitió, arqueando una ceja— Suena… inusualmente formal para algo que consiste en hacer reír a alguien hasta que no pueda respirar.

Felipe sonrió de medio lado, relajado.

—Precisamente por eso —respondió—. Porque aunque parezca solo risa… también es confianza. Y quiero que quien participe sienta que todo está bajo control.

Patricia lo contempló en silencio un instante, como si intentara decidir si estaba frente a un proyecto descabellado… o peligrosamente bien planeado.

Patricia giró lentamente la copa en sus manos, observando cómo el vino trazaba círculos delgados en el cristal. Alzó la vista hacia Felipe con esa mezcla suya de elegancia y suspicacia, como si estuviera evaluando una oferta de negocios… o un juego peligroso que comenzaba a resultarle demasiado tentador.

—De acuerdo… —empezó, despacio— Imaginemos que, hipotéticamente, me interesara. ¿Qué ocurriría exactamente en ese famoso casting?

Felipe apoyó los codos en sus rodillas y se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz sin perder esa serenidad suya.

—Es bastante sencillo —explicó—. En el casting solo estarías tú, yo y dos personas del equipo técnico, de absoluta confianza. Se haría una breve entrevista grabada para conocer tu historia, tu relación con las cosquillas… y luego una sesión corta en la que se probarían diferentes zonas de tu cuerpo. El objetivo es documentar tu nivel de sensibilidad y tus reacciones naturales ante distintos tipos de cosquillas.

Patricia lo escuchó con expresión atenta, pero al final no pudo evitar soltar una pequeña risa incrédula.

—¿Mi nivel de sensibilidad…? —repitió, divertida— Felipe, tú ya conoces eso de sobra. Sabes perfectamente cuál es la parte más cosquillosa de mi cuerpo… y lo sensible que soy. No necesitas ningún casting para recordarlo.

Felipe sonrió, tranquilo, aunque en su mirada había un destello juguetón.

—Es cierto —admitió—. Yo lo sé. Pero el resto del equipo no. Y ellos necesitan verlo para entender por qué eres perfecta para este proyecto.

Patricia contuvo el aire un segundo, bajando la mirada a su copa, intentando ocultar la sonrisa que amenazaba con escapársele.
Sentía ese cosquilleo extraño en el estómago, mitad nervios y mitad curiosidad pura. La idea de que otros pudieran verla reaccionar… la incomodaba, pero también, de alguna manera, la intrigaba más de lo que estaba dispuesta a confesar.

—Hm… —murmuró, como si hablara para sí misma— No estoy segura de si eso me tranquiliza… o me asusta un poco.

Felipe dejó escapar una risa suave.

—Ambas cosas pueden ser buenas señales —dijo con naturalidad—. Significa que algo en ti ya está considerando hacerlo.

Patricia parpadeó, procesando cada palabra de Felipe. Hasta ese momento había imaginado, casi sin pensarlo, que “el equipo” serían técnicos anónimos escondidos tras cámaras y luces… no personas reales y cercanas. Mucho menos… mujeres.

—¿Has dicho… dos personas del equipo? —repitió con cautela— ¿Quiénes son exactamente?

Felipe sonrió apenas, como si hubiera esperado esa pregunta.

—Dos mujeres —respondió con naturalidad—. Muy profesionales, absolutamente discretas. No tienes de qué preocuparte por ellas.

La copa de Patricia se detuvo a medio camino de sus labios. “Dos mujeres”, repitió en su cabeza, como si eso complicara el asunto más de lo que ya era. Parte de ella sintió un alivio curioso, como si la presencia femenina hiciera todo menos amenazante… y otra parte, la más racional, se tensó aún más.

—Felipe… —empezó, con ese tono de ejecutiva que usaba cuando iba a negociar algo importante— Si yo accediera, hipotéticamente… Necesitaría garantías. Confidencialidad absoluta. Que mi rostro no aparezca en ninguna parte y que nadie fuera de ese pequeño equipo sepa quién soy.

—Por supuesto —dijo él, sin titubear—. Tu identidad estaría protegida desde el primer minuto. Podríamos usar antifaz o vendar tus ojos, incluso alterar tu voz en la edición. Todo se haría con tu consentimiento por escrito, y tendrías control total sobre qué se publica y qué no.

Patricia lo observó en silencio, como si evaluara un contrato. Su ceja derecha se arqueó apenas, un gesto que en ella significaba curiosidad contenida.

—Ajá… —murmuró— ¿Y esas… dos mujeres también sabrían quién soy?

Felipe dudó una fracción de segundo, luego asintió con calma.

—Sí. Tendrían que saberlo, porque estarán presentes en el casting y luego en las sesiones. Pero son personas de toda mi confianza, y tienen tanto que perder como yo si algo de esto se filtrara. No harían nada que pudiera poner en riesgo el proyecto.

Patricia bebió un sorbo de vino, despacio. Intentaba mantener su semblante analítico, pero en el fondo… algo la divertía: la idea de estar negociando términos de un proyecto de cosquillas como si se tratara de una fusión empresarial.

—Es curioso… —dijo, ladeando un poco la cabeza— Nunca imaginé que algún día estaría discutiendo cláusulas de confidencialidad para… algo así.

Felipe rió suavemente, con esa mirada que parecía leer lo que no decía en voz alta.

—Y sin embargo, aquí estás —replicó con un guiño apenas insinuado.

Ella sostuvo su mirada unos segundos más, en silencio, mientras sentía cómo su parte racional trataba de aferrarse al borde de la copa… y su lado juguetón comenzaba a balancearse peligrosamente hacia el vacío.

Patricia giró lentamente la copa entre los dedos, observando cómo el vino formaba espirales suaves contra el cristal. Era su gesto clásico cuando estaba pensando con cautela, como si evaluara una inversión de alto riesgo. Solo que esta vez, el riesgo no era financiero… sino personal.

—Felipe… —dijo al fin, con voz tranquila, casi ejecutiva— Necesito saber algo. ¿Qué pasaría si… después del casting, decido que no quiero continuar?

Felipe se enderezó en el sillón, tomándose la pregunta con la seriedad que merecía.

—Entonces no continuarías —respondió sin dudar—. El casting es solo una prueba inicial, nada se publica, nada sale del estudio sin tu autorización escrita. Si decides que no es para ti, todo se archiva de forma privada y nadie más lo ve. Ni siquiera el patrocinador.

Patricia lo observó en silencio unos segundos, como si midiera el peso de cada palabra. Sus labios esbozaron una pequeña curva, mezcla de alivio y picardía contenida.

—Así que… tendría el control completo —resumió, mirándolo de reojo—. Podría decir “hasta aquí” en cualquier momento.

—Exactamente —asintió Felipe—. Tú decides dónde empieza y dónde termina. El proyecto existe para celebrar la risa, no para forzarla.

Patricia dejó escapar una pequeña risa nasal, breve y suave, que no logró esconder del todo. El sonido rompió un poco la tensión que ella misma había creado.

—“Celebrar la risa” —repitió con ironía juguetona—. Tienes una forma muy curiosa de describir el hecho de atarme y hacerme reír hasta que no pueda respirar.

Felipe sonrió, bajando apenas la mirada, como quien acepta la travesura sin culpa. —Tú lo dijiste mejor que nadie aquel día… —dijo con tono cómplice— Que pocas veces te habías sentido tan libre.

Patricia sintió un pequeño escalofrío en la nuca al escuchar eso. Su lógica seguía intentando poner límites… pero su cuerpo, su memoria y su curiosidad empezaban a hablar en otro idioma.

—Mmm… —murmuró, tomando otro sorbo de vino para disimular la leve sonrisa que se le escapaba— Muy bien.
Entonces supongo que aún no he dicho que sí… Pero tampoco he dicho que no.

Felipe alzó las cejas, satisfecho con esa pequeña rendija que acababa de abrirse en su muralla.

Felipe la observó de reojo mientras ella volvía a llenar su copa. Desde que había entrado, Patricia ya llevaba… ¿cuatro? Sí, probablemente cuatro copas de vino. No estaba ebria, ni mucho menos, pero esa rigidez profesional que normalmente la rodeaba parecía haberse suavizado, como si cada sorbo fuera aflojando un nudo invisible en su interior.

Él sonrió con un destello cómplice en los ojos, y con una calma casi calculada, se levantó del sillón para sentarse junto a ella.

Patricia lo miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—¿Qué haces? —preguntó, ladeando un poco la cabeza.

Felipe no respondió de inmediato. Solo dejó su mirada fija en ella unos segundos, y luego dijo con voz baja, tranquila:

—Quiero ver algo.

Antes de que ella pudiera pedirle que explicara, sintió cómo su mano se deslizaba con suavidad sobre su pierna izquierda, justo por encima del tobillo. Un gesto seguro, pero sin brusquedad.

Patricia entrecerró los ojos, sospechando a dónde se dirigía todo aquello.

—Felipe… —empezó a decir, en un tono que intentaba sonar autoritario pero sonaba más nervioso de lo que quería— No se te ocurra…

Pero ya era tarde. Con un movimiento pausado, él deslizó su mano hasta el talón y le quitó el tacón, dejándolo caer con un suave golpe sobre la alfombra. El aire fresco de la sala rozó su planta descalza, y Patricia sintió cómo un cosquilleo anticipado le recorría el cuerpo entero.

—Felipe, no… —dijo entre una risita contenida— No lo hagas… sabes que no lo soporto…

Él sonrió sin dejar de sostenerle el tobillo con suavidad.

—Precisamente por eso —susurró.

Y entonces, sus dedos tocaron la planta de su pie. Solo un roce ligero, como una pluma viva.

Patricia soltó un grito agudo que se rompió en carcajadas al instante. Su pie se sacudió con fuerza, tratando de escapar, mientras ella se encogía contra el respaldo del sofá entre ataques de risa.

—¡Nooo, no no no no! —reía a carcajadas— ¡Felipe basta, basta, basta!

Pero él solo reía bajito, concentrado, viendo cómo sus dedos seguían ese recorrido suave por el arco, justo en el punto que él sabía que era su perdición. Su pie se movía como loco, como si tuviera vida propia, intentando esquivar esas cosquillas que parecían multiplicarse con cada toque.

Patricia no podía contenerse: su risa salía desbordada, abierta, limpia, sin el menor rastro de la mujer impecablemente seria que él conocía en las reuniones o detrás de su escritorio. Era pura alegría desarmada.

Y en medio de esas carcajadas incontrolables, entre sacudidas y súplicas que sonaban más a juego que a protesta real, ella alcanzó a pensar —aunque fuera solo por un segundo— que quizá… ya había dejado de resistirse.

—¡Felipe, basta, basta! —gritaba entre risas, tratando de apartar la pierna mientras su cuerpo entero se sacudía contra el sofá.
Su cabello, antes perfectamente recogido, ya caía en mechones sueltos alrededor de su rostro, y sus mejillas estaban sonrojadas por el esfuerzo de reír tanto.

Felipe, sin soltarle el tobillo, levantó la vista con esa expresión tranquila y satisfecha que siempre parecía tener cuando lograba hacerla perder el control.

—Tranquila… —dijo en un tono suave, casi burlón— Piensa que esto es solo… una prueba previa al casting.

Patricia abrió mucho los ojos, aún riendo, incrédula. Intentó hablar, pero otra oleada de carcajadas la interrumpió cuando sintió sus dedos explorar con más precisión el arco de su pie. Su pie entero se estremeció, moviéndose como si quisiera huir por su cuenta.

—¡¿Una prueba previa?! —consiguió decir entre carcajadas— ¡Estás completamente loco!

Felipe rió bajo, sin dejar de mover los dedos con ritmo ligero, casi meticuloso, por toda la planta.

—Es que… hay que asegurarse de que la modelo estrella todavía conserva su nivel legendario de sensibilidad —bromeó, como si estuviera hablando de algo técnico.

Patricia se dobló hacia adelante, sujetándose el estómago de tanto reír, con las lágrimas escapando por las comisuras de los ojos.

—¡No soy ninguna modelo estrella! —gritaba riendo— ¡Y menos de esto!

—Pues podrías serlo —replicó él, completamente sereno, como si estuviera haciendo una propuesta formal— Tu risa… es exactamente lo que buscamos.

La frase la desarmó un segundo. Entre carcajadas, sintió cómo algo cálido le subía por el pecho que no era solo el vino.
Era absurdo… y, al mismo tiempo, extrañamente halagador.

—¡Felipe, suéltame! —suplicó, aún riendo sin poder parar— ¡Necesito respirar!

Felipe aflojó un poco la presión de sus dedos, dejándolos apenas rozar la piel suave de su planta con caricias casi imperceptibles que, paradójicamente, parecían cosquillear aún más.

—Solo un poquito más —dijo con esa calma peligrosa que usaba cuando sabía que ya la tenía rendida— Prometo que en el casting seré mucho más profesional…

—¡No quiero ni imaginarlo! —gritó Patricia entre nuevas carcajadas, hundiendo el rostro en las manos mientras sus hombros temblaban de risa.

El salón resonaba con sus carcajadas abiertas y limpias, tan distintas al tono controlado con el que solía hablar. Y mientras trataba de recuperar el aliento, Patricia no pudo evitar pensar —aunque solo fuera por un segundo— que tal vez Felipe tenía razón… Quizá esto solo era una prueba previa. Pero vaya que estaba funcionando.

Patricia apenas comenzaba a recuperar el aliento, con el pecho subiendo y bajando y una sonrisa que se negaba a borrarse de su rostro, cuando notó el cambio en la mirada de Felipe. Sus ojos habían descendido, fijos ahora en su otro pie… el derecho, aún refugiado dentro del tacón.

—No… —dijo ella, adivinando sus intenciones, entre una mezcla de advertencia y risa nerviosa— Felipe… ni lo pienses…

Pero él ya lo estaba pensando. Y actuó con esa rapidez sorpresiva que a veces lo hacía parecer más pícaro que serio: sin soltarle el tobillo izquierdo, le levantó el derecho en un solo movimiento suave, haciendo que ambos pies quedaran atrapados entre sus brazos como si fueran un pequeño nudo elegante.

Patricia soltó un chillido ahogado de pura anticipación.

—¡Nooo, Felipe! —gritó entre risas— ¡En el derecho tengo más cosquillas, no lo soporto!

Él sonrió con esa calma peligrosa que siempre le encendía algo dentro, y dijo en tono jocoso: —Lo sé.

Con un gesto seguro, deslizó el tacón derecho de su pie, dejándolo caer con un golpe sordo sobre la alfombra. La planta recién liberada pareció estremecerse sola en el aire, y Patricia contuvo la respiración… un instante antes de que sus dedos la alcanzaran.

El primer contacto fue como un relámpago: un roce rápido y decidido en el centro de su planta derecha que hizo que su cuerpo entero se arquease involuntariamente.

—¡AAAAH nooo no no no no! —gritó entre carcajadas desbordadas— ¡Felipe basta basta basta!

Pero él ya estaba en su ritmo: sus dedos danzaban con precisión alternando entre ambas plantas, subiendo por los arcos, bajando entre los dedos, pasando de un pie al otro como un músico que domina su instrumento. Y ella… ella no podía hacer nada.

Sus pies intentaban huir desesperadamente, moviéndose como locos, pero atrapados en esa llave suave no tenían adónde ir.
La risa brotaba de ella en oleadas imparables, clara y aguda, llenando el salón como campanas alegres que resonaban contra las paredes.

—¡No puedo, no puedo, no puedo! —gritaba Patricia, doblándose de la risa— ¡Me vas a matar de cosquillas!

—Solo estoy… evaluando tu nivel actual de sensibilidad —respondió él con fingida seriedad, mientras sus dedos se deslizaban veloces de un pie al otro— Para el informe del casting, claro.

—¡Nooo! —chilló ella entre carcajadas— ¡Ese informe va a decir que soy un desastre!

Felipe rió suavemente, sin dejar de trabajar con precisión en esas plantas hipersensibles que parecían reaccionar incluso antes de que sus dedos las tocaran. Y mientras Patricia se retorcía en el sofá, llorando de risa, una parte de ella —la parte que aún podía pensar— comprendió que ya no estaba luchando por escapar. Solo estaba riendo… Como solo podía hacerlo con él.

Felipe finalmente aflojó la llave, liberando sus pies con un gesto pausado, casi ceremonioso, como si acabara de concluir una obra maestra.

Patricia dejó caer las piernas sobre el sofá, con los pies aún temblando de cosquillas, y se desplomó hacia atrás contra el respaldo, respirando con dificultad.

Su cabello estaba desordenado, su camisa de seda un poco arrugada y sus mejillas encendidas como brasas.
Aún le temblaba la sonrisa en los labios.

—No… no puedo creer que hayas hecho eso —dijo entre jadeos, intentando sonar indignada, aunque su tono estaba empapado de risa.

Felipe se acomodó tranquilamente a su lado, como si nada extraordinario hubiera ocurrido, con esa media sonrisa que tanto la desconcertaba.

—Lo necesitaba para mis registros —bromeó con calma—. Un control de calidad, digamos.

Patricia giró la cabeza para mirarlo, todavía recuperando el aliento, con los ojos brillantes por las lágrimas de risa que no había terminado de secarse.

—No sé si odiarte… o agradecerte —dijo, esbozando una sonrisa exhausta.

Felipe encogió apenas los hombros, con esa seguridad tranquila que siempre lo hacía parecer un paso adelante de todo.

—Agradecerme suena mejor —replicó—. Aunque… lo que acabas de vivir es apenas un aperitivo. El casting sería mucho más divertido que esto.

Patricia soltó una carcajada corta, aún jadeante, y se cubrió el rostro con las manos, sacudiendo la cabeza como si intentara espantar esa idea… aunque su sonrisa no se borraba.

—Más divertido, dice… —murmuró desde detrás de sus dedos— No quiero ni imaginarlo.

Felipe la observó en silencio unos segundos, con una chispa cómplice en los ojos, y en ese instante Patricia sintió algo curioso:
no solo el cosquilleo aún latente en sus plantas… sino también esa pequeña y peligrosa sensación de estar tentada.

Felipe se incorporó con la misma naturalidad con la que había llegado, recogiendo del suelo sus cosas mientras Patricia aún intentaba recomponer su respiración y el orden de su ropa.

—Entonces… —dijo él, como si no acabara de hacerla reír hasta las lágrimas— mañana en la tarde podrías venir al estudio.

—¿Al estudio? —preguntó ella, arqueando una ceja con gesto incrédulo.

Felipe sonrió, esa sonrisa confiada que parecía anticipar sus dudas.

—Me mudé —explicó—. Ahora tengo un apartamento más grande. Pude montar ahí el estudio para las sesiones, con todo el equipo y espacio suficiente… Es perfecto para el casting. —Sacó su teléfono, anotó una dirección en un papel y se lo pasó con un guiño—. A las cuatro, si te animas.

Patricia tomó el papel con sus dedos todavía temblorosos, sin saber si quería arrugarlo o guardarlo como si fuera un billete de lotería.

—Esto parece una locura —murmuró entre dientes, pero él ya estaba de pie, acercándose a la puerta.

Ella lo acompañó, aún descalza, sintiendo la alfombra suave bajo sus pies sensibles como si cada fibra le recordara lo que acababa de pasar. Abrió la puerta, y Felipe se volvió un segundo para mirarla antes de irse.

—Confío en que vas a venir —dijo con una sonrisa tranquila, como quien no hace una pregunta sino una afirmación. Y luego se fue.

Patricia cerró la puerta despacio, sin dejar de mirar el papelito en su mano. Caminó de regreso al sofá, sus pasos descalzos apenas susurrando sobre el piso. Se dejó caer entre los cojines y se sirvió otra copa de vino, mirándola girar en el cristal mientras su mente volvía, inevitable, a esos minutos recientes.

Aún podía sentir el eco de sus carcajadas, la manera en que sus pies habían intentado escapar sin éxito, el cosquilleo intenso en sus plantas que parecía haber quedado suspendido en su piel. Llevó la copa a los labios, pensativa.

—¿Sería capaz…? —susurró para sí misma.

La idea de un casting, de cámaras, de ser “modelo” de cosquillas… le parecía impensable. Y sin embargo, esa vocecita traviesa en su interior no dejaba de susurrarle que tal vez… solo tal vez… sería divertido descubrirlo.

Apoyó la copa en la mesa y se recostó, hundiéndose un poco más en el sofá, mirando el techo como si allí pudiera encontrar respuestas. Su vida, tan meticulosamente ordenada, no solía permitir grietas… y sin embargo, Felipe era justo eso: una grieta luminosa, inesperada y peligrosa, que se colaba entre todo su control.

Era curioso pensarlo. En la oficina era Patricia la ejecutiva implacable: la jefa exigente, la mujer que tomaba decisiones rápidas y frías, que nunca mostraba titubeos.

Y, sin embargo, bastaba que Felipe le atrapara los pies para que todo ese poder se desmoronara como si fuera de papel.

Un chico de apenas diecinueve años, pensó con un suspiro casi divertido. El mejor amigo de su hijo. El único que había tenido la osadía —o tal vez la dulzura— de descubrir su mayor debilidad… y explotarla sin miedo.

Recordó la forma en que él reía con ella, no de ella, cada vez que sus carcajadas estallaban sin control. Recordó la manera en que sus pies pataleaban en vano mientras su cuerpo entero se rendía a un mar de cosquillas, sin poder esconder nada.

Felipe no le robaba el control. Se lo desarmaba con cuidado… y luego lo sostenía entre sus manos.

Y, tal vez… solo tal vez… en el fondo de todo eso, había algo que le gustaba.

La sola idea de admitirlo la hizo sonreír con incredulidad, como si se estuviera confesando un secreto que no debía existir.

Quizás, después de todo, aquella mujer poderosa y seria que todos veían… tenía una rendija traviesa, reservada solo para él. Y quizás esa rendija disfrutaba, en secreto, ser sometida por el arma más inocente y peligrosa de todas: las cosquillas.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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