Secretos de Patricia – Parte 2

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La mañana siguiente llegó envuelta en un silencio diferente, casi expectante.

Patricia se despertó antes de que sonara el despertador, con esa mezcla de inquietud y cosquilleo en el pecho que uno siente cuando está a punto de cruzar una línea invisible. Permaneció unos minutos en la cama, mirando el techo, respirando hondo como si quisiera convencerse de que era solo un día más… aunque ambos sabían que no lo era.

Se levantó con movimientos lentos, calculados, intentando imponerle serenidad a un cuerpo que parecía tener vida propia. La ducha tibia no logró borrar la ligera tensión de sus hombros, y mientras se secaba el cabello frente al espejo, se sorprendió sonriendo sola, recordando cómo sus pies habían intentado escapar de las manos de Felipe la noche anterior.

—Concéntrate, Patricia… —se dijo a sí misma, ajustando el tono de su voz como si se tratara de una reunión importante.

Eligió su ropa con el mismo cuidado que cuando va a cerrar un trato: una blusa de seda color marfil, un pantalón entallado de corte impecable y tacones discretos, de esos que hacen sonar su paso con autoridad. Quería verse profesional, segura, aunque por dentro sintiera que cada paso la acercaba más a una travesura cuidadosamente planeada.

Mientras tomaba un sorbo de café, revisó la dirección que Felipe le había enviado. La había escrito en un papel, como si ponerla sobre tinta la hiciera más real. Su nuevo apartamento. Su “estudio”.

El concepto le resultaba casi cómico… y, a la vez, extrañamente intrigante.

Se colocó sus gafas de sol, tomó el bolso y salió de casa. El sonido de sus tacones en el pasillo era firme, pero por dentro sentía que cada uno marcaba el compás de un secreto que estaba a punto de confiarle a alguien más.

Mientras bajaba al garaje, no pudo evitar pensar: Soy Patricia. Ejecutiva, jefa, madre… y hoy voy camino a hacer un casting de cosquillas.

El pensamiento la hizo reír bajito, sacudiendo la cabeza. —Esto es una locura… —murmuró. Pero no disminuyó el paso.

Patricia subió a su vehículo con la misma precisión de cada mañana, el bolso perfectamente acomodado en el asiento del copiloto y el café humeante en el portavasos.

El motor encendió con un ronroneo familiar y, por un instante, todo volvió a parecer… normal. Un martes cualquiera, pensó. Uno más en la larga cadena de días impecablemente organizados que formaban su vida profesional.

Mientras el ascensor del parqueadero se cerraba detrás de ella, ajustó los espejos retrovisores y se colocó el cinturón con un gesto automático, de esos que parecen coreografiados de tanto repetirlos. El trayecto hacia la oficina era casi siempre idéntico: el mismo semáforo que tarda demasiado en cambiar, la misma estación de radio con las noticias que escucha sin escuchar, el mismo par de peatones apurados cruzando donde no deben.

Todo seguía su curso… salvo por ese leve cosquilleo de anticipación que se mantenía escondido justo debajo de su aparente serenidad.

Cada tanto, mientras esperaba en un semáforo, su mente la traicionaba con destellos de la noche anterior: la risa escapándosele como un torrente, sus pies temblando entre las manos de Felipe, y esa sonrisa suya prometiéndole que el casting sería “mucho más divertido que esto”.

Sacudió la cabeza con suavidad, reprimiendo una sonrisa. —Concéntrate, Patricia… es martes. —se recordó en voz baja, como una orden que se da a sí misma en la sala de juntas.

Pero había algo distinto en la forma en que sus tacones presionaban el pedal, en cómo sus dedos tamborileaban distraídos sobre el volante. Era como si su mundo, perfectamente alineado, hubiera empezado a girar con un ligero y juguetón desajuste.

Y aún así, estacionó en el edificio de oficinas con la misma elegancia de siempre, lista para asumir su papel habitual: la ejecutiva impecable, la mujer que siempre tiene el control. Aunque ahora… con un pequeño secreto burbujeando bajo la superficie.

La oficina la recibió con su rutina de siempre: el murmullo de teclados, las voces apagadas de llamadas en curso, el aroma a café recién hecho que flotaba como una constante invisible.

Patricia caminó hasta su despacho con paso firme, saludando con una sonrisa breve a su asistente y respondiendo un par de “buenos días” en el camino, como quien interpreta un papel que domina a la perfección. Colocó el bolso sobre la mesa, encendió su computador y revisó la agenda del día con la precisión quirúrgica de costumbre.

Todo parecía en orden. Todo debía estar en orden.

Y sin embargo, mientras exponía cifras en la primera reunión de la mañana, su mente se deslizaba, traviesa, hacia otro escenario muy distinto. Visualizaba el apartamento de Felipe, aunque no lo conocía aún; imaginaba cómo sería ese supuesto “estudio” que había montado. ¿Habría luces profesionales? ¿Una cámara fija? ¿Una mesa con cuadernos llenos de anotaciones sobre risas y sensibilidad, como un científico del juego?

La voz de uno de sus gerentes la sacó de su ensoñación.
—¿Está de acuerdo con la propuesta, Patricia?

—Sí… —respondió, tras un segundo de silencio calculado—. Pero revisen las cifras del último trimestre antes de presentarla al comité.

Volvió a fijar la vista en sus papeles, fingiendo una concentración impecable. Nadie notó que había tardado medio segundo de más en reaccionar. Nadie, excepto ella.

Más tarde, mientras almorzaba sola en su despacho, la imagen volvió: sus pies intentando escapar de las manos de Felipe, esa risa suya que parecía vivir en algún rincón de su memoria, lista para aparecer apenas él la invocara.

Se quitó los tacones bajo el escritorio —como hacía a veces cuando quería darse un respiro— y apoyó los pies descalzos sobre la alfombra. Fue un gesto inocente… y, al mismo tiempo, casi simbólico.

¿De verdad voy a hacer esto? pensó, mirando su reflejo en el vidrio de la ventana. La ejecutiva poderosa. La jefa exigente. Y esta tarde… la candidata a modelo en un casting de cosquillas.

Se obligó a sonreír. —Concéntrate, Patricia —murmuró de nuevo, aunque su voz sonó un poco menos convencida que por la mañana.

Guardó los documentos de la última reunión, apagó el computador y respiró hondo, sabiendo que el verdadero desafío del día aún no había comenzado.

La puerta del despacho se entreabrió suavemente, y la cabeza curiosa de Natalia asomó con su habitual sonrisa brillante.

—¿Patricia? —preguntó con tono amable—. ¿Puedo pasar?

—Adelante, Natalia —respondió Patricia sin alzar mucho la voz, aún revisando unos informes sobre la mesa.

La joven entró con paso ligero y se detuvo de pronto, parpadeando divertida al ver a su jefa caminando de un lado a otro sobre el tapete… completamente descalza. Sus tacones descansaban a un costado del escritorio, como dos centinelas vencidos.

—¿Se siente bien? —preguntó Natalia, inclinando un poco la cabeza con gesto de auténtica preocupación—. ¿Le duelen los pies?

Patricia sonrió de medio lado, sorprendida pero sin perder la compostura.
—No, tranquila. —Se cruzó de brazos suavemente—. Solo… quería pensar un poco sin tacones.

—Ah… —Natalia sonrió, aliviada—. Supongo que el tapete ayuda, parece tan mullido.

—Lo es —admitió Patricia, flexionando los dedos de los pies sobre la suave textura—. Es mi pequeño lujo secreto.

Natalia rio bajito y dejó los documentos sobre la mesa.
—Bueno, mientras funcione… aunque confieso que no me imagino a usted descalza en plena jornada.

—Créeme, ni yo —replicó Patricia con una chispa juguetona en la mirada—. Pero a veces, hasta las jefas necesitan recordar que son humanas.

La joven asistente sonrió con complicidad, sin sospechar la verdadera maraña de pensamientos que bullían bajo la serenidad de su jefa. Se despidió con un gesto breve y salió, cerrando la puerta suavemente detrás de sí.

Cuando la oficina volvió a quedar en silencio, Patricia exhaló despacio, sintiendo el ligero cosquilleo del tapete bajo sus pies desnudos. Y por primera vez en todo el día, dejó que se le escapara una sonrisa que no era para nadie más.

Sí, definitivamente necesito volver a ponerme los tacones antes de que alguien más entre…

A eso de las 3:30 de la tarde, el reloj en la pared marcaba su paso con esa puntualidad que a Patricia siempre le había resultado tranquilizadora… aunque esta vez, cada tic parecía acercarla a algo que no tenía nada de rutinario.

Tomó el teléfono de su escritorio y marcó la extensión de Natalia.

—¿Sí, Patricia? —respondió la voz ágil y atenta de su asistente.

—Natalia, ¿tengo alguna reunión o compromiso más tarde? —preguntó Patricia, adoptando ese tono neutro y profesional que usaba cuando no quería levantar sospechas sobre sus verdaderas intenciones.

—Veamos… —se escuchó el leve tecleo del calendario digital al otro lado de la línea—. Solo la reunión virtual con el proveedor de Monterrey, a las cinco en punto.

Patricia hizo una pequeña pausa, midiendo sus palabras.
—Cancélala, por favor. Reprograma para otro día, el jueves si es posible.

Hubo un breve silencio de sorpresa.
—¿Está segura? —preguntó Natalia con cautela—. Es un proveedor importante, y usted casi nunca cancela reuniones.

—Lo sé —respondió Patricia, dejando entrever una sonrisa invisible—. Pero tengo un compromiso personal que no puedo mover. Y esta vez… no hay negociación posible.

—Entiendo —dijo Natalia, y Patricia pudo imaginar su expresión curiosa al otro lado de la línea—. Me encargo de reagendarla.

—Gracias, Natalia. Eres un sol —respondió con calidez, y colgó antes de que la joven pudiera hacer más preguntas.

Se quedó un momento en silencio, mirando el reflejo de sí misma en el vidrio de la ventana: impecable, serena, jefa de todos… y a punto de presentarse voluntariamente a un casting de cosquillas.

La idea sola le hizo reprimir una sonrisa traviesa. Quédate tranquila, Patricia, pensó mientras recogía sus cosas del escritorio. Solo es un compromiso personal… como cualquier otro martes.

A las cuatro en punto, Patricia cerró la tapa de su portátil con un clic suave y definitivo, como si acabara de firmar un acuerdo secreto consigo misma. Guardó un par de documentos en su bolso, se colocó de nuevo los tacones —esa armadura elegante que le devolvía el porte de ejecutiva— y salió de su despacho con paso firme.

Natalia, que organizaba unas carpetas en el área común, alzó la vista sorprendida.
—¿Se va temprano hoy?

—Sí —respondió Patricia con una sonrisa serena—. Tenía algo pendiente… un asunto personal.

—Ah… —Natalia asintió con gesto curioso, aunque sin atreverse a preguntar más—. Que le vaya bien, entonces.

—Gracias, Natalia. Nos vemos mañana —dijo Patricia, dedicándole una última sonrisa antes de dirigirse al ascensor.

Mientras descendía, sentía cómo el aire cambiaba a su alrededor: cada piso que dejaba atrás parecía desprenderle capas de su rol habitual, hasta que al llegar al parqueadero ya no era la jefa impecable… sino Patricia, simplemente Patricia, con un cosquilleo secreto escondido tras la compostura.

El sonido de sus tacones resonó en el concreto mientras cruzaba hacia su auto. Se acomodó en el asiento del conductor, dejó el bolso a un lado y respiró hondo, como si estuviera a punto de comenzar una carrera.

Encendió el motor. Las luces del tablero se iluminaron y, con ellas, esa sensación de expectación volvió a recorrerle la piel.

Salió del edificio con la misma elegancia de siempre, pero esta vez sus pensamientos no estaban en contratos ni presupuestos: estaban en un estudio desconocido, en un joven que sonreía como si guardara un secreto… y en el hecho de que, en menos de media hora, ella estaría allí.

Camino al casting. Camino a algo que ninguna agenda podía planificar.

El tráfico de la ciudad la atrapó apenas salió de la zona empresarial, como un mar de luces rojas que avanzaban con la lentitud desesperante de siempre.

Patricia dejó escapar un suspiro y bajó un poco la ventanilla, dejando que el aire tibio de la tarde entrara en el auto. A su alrededor, decenas de vehículos parecían atrapados en una coreografía interminable: claxon ocasional, frenos bruscos, conductores distraídos mirando sus teléfonos.

Normalmente, aquello la habría impacientado. Hoy, en cambio, era casi un alivio. El tráfico le daba tiempo. Tiempo para respirar. Para pensar. O al menos, para intentarlo.

Porque en realidad, pensar con claridad era imposible.

El reloj del tablero marcaba las 4:35, y aún le faltaban varios kilómetros para llegar a la dirección que Felipe le había enviado. Cada vez que miraba ese papel doblado en el portavasos, sentía un pequeño estremecimiento de incredulidad: ella, Patricia, la mujer que había hecho de la disciplina su escudo, iba camino a un casting de cosquillas.

Se rió sola, bajito, moviendo la cabeza. —Si alguien en la oficina supiera esto… —murmuró.

Mientras avanzaba a paso de tortuga, su mente empezó a recrear escenas posibles: imaginaba el estudio de Felipe con luces, cámaras y algún tipo de escenario preparado. Intentaba visualizarlo todo de manera racional, como si fuera un proyecto corporativo más… pero su imaginación siempre terminaba en lo mismo: sus pies intentando escapar entre sus manos, y su risa desbordándose como la noche anterior.

Notó que tamborileaba los dedos contra el volante. Sus tacones presionaban el pedal con suavidad, marcando un ritmo nervioso que solo ella parecía oír.

El tráfico empezó a ceder lentamente, como si la ciudad misma la estuviera dejando pasar.

—Muy bien, Patricia… —se dijo con un susurro decidido—. Es solo un casting. Entras, sonríes, y sales. Control, como siempre.

Pero en el fondo sabía que, si algo había demostrado Felipe, era que el “control” y las cosquillas no podían existir en la misma habitación.

En el estudio, el ambiente era muy distinto al caos de bocinas y semáforos que rodeaban a Patricia.

Felipe se movía con una energía contenida, como quien intenta que todo luzca impecable sin dejar que los nervios se noten demasiado. Ajustaba las luces suaves que había colocado frente al sillón principal, verificaba la batería de las cámaras, y revisaba por tercera vez el micrófono ambiental. Quería que todo saliera perfecto: esa tarde no era cualquier sesión… era el inicio de su proyecto, y Patricia sería la primera modelo oficial.

Detrás de él, sentadas en una mesita auxiliar con dos tazas de té, estaban Jessica y Cinthia. Jessica, su novia, lo observaba con una sonrisa divertida, la misma sonrisa traviesa que a veces aparecía cuando ella misma le hacía cosquillas a él. Era de carácter entusiasta y claramente disfrutaba más el papel de tickler.

Cinthia, en cambio, estaba un poco más seria… aunque no podía evitar sonreír de vez en cuando. Era la madre de Jessica, y aunque todos en el pequeño equipo sabían que era terriblemente cosquillosa, nunca había estado del otro lado, como tickler. Esa tarde sería la primera vez que lo intentara, y la idea la tenía entre emocionada y nerviosa.

—Muy bien… —dijo Felipe finalmente, deteniéndose frente a ellas con las manos en la cintura—. Repasemos todo.

—Adelante, jefe —bromeó Jessica, levantando su taza de té en señal de brindis.

—Patricia va a llegar en menos de una hora —explicó él, con tono firme pero animado—. Para ella, esto es completamente nuevo. Y muy importante: no sabe que ustedes son mi novia y mi suegra. Para Patricia, simplemente somos un equipo profesional que trabaja en este tipo de contenido, ¿de acuerdo?

—Perfecto —dijo Jessica, conteniendo una risa—. Solo colegas, entendido.

—Ni una pista, ni una mirada cómplice —añadió Felipe, señalándolas con el dedo en tono juguetón—. Quiero que se sienta cómoda y segura, no que piense que esto es algún tipo de trampa rara.

Cinthia asintió lentamente, jugando con el borde de su taza. —Y… ¿estás seguro de que quiere hacer esto? —preguntó, curiosa—. Me refiero, no parece el tipo de mujer que se deje… bueno, que se deje hacer cosquillas tan fácilmente.

Felipe sonrió de medio lado. —Créeme… tiene un lado que nadie conoce —dijo con un brillo cómplice en los ojos—. Solo hay que darle espacio para que salga.

Jessica se rió suave. —Suena como si fueras a domar a una ejecutiva salvaje.

—Nada de domarla —corrigió Felipe, divertido—. Solo… mostrarle que aquí puede dejar de ser la jefa por un rato.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada intrigada.

Mientras tanto, el reloj avanzaba, y el murmullo lejano del tráfico parecía acercarse poco a poco al edificio.

El sol de la tarde comenzaba a dorar los edificios cuando Patricia finalmente logró salir del embotellamiento. Encontró un lugar libre justo frente a un edificio de fachada moderna y discreta, y estacionó con cuidado.

Apagó el motor y se quedó unos segundos mirando su reflejo en el retrovisor. Se acomodó el cabello, se pasó un dedo por los labios para retocar el labial y respiró hondo. Nadie lo habría adivinado al verla tan impecable, pero su estómago parecía hecho un nudo.

Con paso firme —aunque el corazón le latía un poco más rápido de lo habitual—, cruzó la acera y subió los pocos escalones que llevaban a la puerta del apartamento. Tocó el timbre, y casi de inmediato, la puerta se abrió.

—¡Patricia! —exclamó Felipe con una sonrisa amplia, esa mezcla de entusiasmo y picardía que él tenía de forma tan natural.

—Hola, Felipe —respondió ella, devolviendo la sonrisa mientras entraba—. Veo que has hecho algunos cambios.

—Y los que faltan —bromeó él, cerrando la puerta detrás de ella—. Ven, pasa… te presentaré al resto del equipo.

Patricia lo siguió por un pasillo corto y luminoso hasta una sala espaciosa, decorada con un estilo minimalista pero acogedor. En el centro, un sofá amplio y mullido dominaba la escena, y frente a él había un par de luces profesionales, trípodes y una mesa baja con botellas de agua.

Allí estaban sentadas dos mujeres, ambas con sonrisas tranquilas y curiosas.

—Patricia, ellas son Jessica y Cinthia —dijo Felipe con tono natural—. Son parte del equipo que trabaja conmigo en este proyecto.

Jessica, de mirada vivaz y gesto seguro, se levantó primero para estrecharle la mano. —Encantada de conocerte —dijo con calidez—. Felipe nos ha hablado mucho de ti.

—¿Ah, sí? —respondió Patricia, arqueando una ceja en un gesto más juguetón que serio, mientras estrechaba su mano.

—Solo cosas buenas —añadió Cinthia, que se levantó después. Su tono era más sereno, pero con un destello de simpatía—. Bienvenida.

—Gracias… —dijo Patricia, mirando a las dos con interés—. Es un gusto conocerlas.

Felipe sonrió, notando cómo las tres mujeres parecían empezar a medir sus energías mutuamente, como piezas de un rompecabezas que aún no sabían si encajarían.

—Siéntense, por favor —dijo él, indicando el sofá principal.

Los cuatro se acomodaron, Patricia con las piernas cruzadas y las manos sobre la rodilla, todavía con ese aire de ejecutiva controlando la situación… aunque sus ojos, brillantes de curiosidad, la delataban.

Jessica rompió el silencio primero, con una sonrisa amistosa que suavizó el ambiente:

—Debo admitir que me parece fascinante que hayas aceptado venir, Patricia. No todas se animarían tan fácilmente.

Patricia dejó escapar una risa corta, elegante. —Bueno… digamos que todavía no estoy segura de haber aceptado. Estoy aquí para… evaluar. —Hizo un gesto leve con las manos, como si se lavara de responsabilidad—. Aún no he firmado nada.

—Y eso está perfecto —intervino Felipe con tono tranquilizador—. Justo por eso hacemos este primer encuentro. No queremos que nadie se sienta presionada, todo aquí es completamente voluntario.

Cinthia asintió, cruzando una pierna con gesto calmado. —La idea es que te sientas segura y cómoda. Lo demás… vendrá solo si realmente te nace.

Patricia las escuchaba con atención, jugando distraídamente con el aro de su copa de agua. Sus tacones relucían bajo la luz del estudio, como si aún recordaran la oficina que acababa de dejar atrás.

—Está bien —dijo por fin, dirigiéndose a Felipe—. Entonces, explícamelo… ¿cómo es exactamente este casting?

Felipe se inclinó un poco hacia adelante, con ese tono meticuloso que Patricia reconocía en quienes hablan de algo que les apasiona. —Es bastante simple, en realidad. Queremos registrar tu nivel de sensibilidad y tus reacciones naturales, para conocer tus puntos más cosquillosos. Así podemos saber qué estilo de sesión se adapta mejor a ti si decides continuar.

—¿Registrar? —repitió Patricia, alzando una ceja.

—Solo en video interno del estudio —aclaró él enseguida—, nada público. Servirá como referencia para el equipo. Y tú conservarías copia, por supuesto.

Jessica añadió con una sonrisa suave: —Es más técnico que artístico, aunque… suele ser muy divertido.

Felipe prosiguió: —La dinámica es así: estarías sentada en una silla especial que tenemos, con los pies sujetos en un cepo acolchado para evitar movimientos bruscos —dijo, señalando con la mano hacia una esquina cubierta con una manta negra—, y tus brazos irían elevados y asegurados con correas suaves. Nada incómodo ni forzado, solo para que no puedas moverte mientras aplicamos estímulos.

Patricia parpadeó, procesando esa imagen en su mente. —Vaya… suena bastante… restrictivo.

—Precisamente —respondió Felipe con tono ligero y juguetón—. Es la única forma de que puedas concentrarte solo en sentir.

—Ah, claro… —dijo Patricia, y sonrió con una mezcla de nervios y curiosidad—. Y… ¿así, con toda mi ropa de oficina?

—No exactamente —contestó él, midiendo bien sus palabras—. Solo deberías quitarte la chaqueta para tener más libertad de movimiento y quedarte con la camisa. Los tacones se te quitarían apenas terminemos las preguntas previas. Queremos que estés cómoda… y que tus pies estén listos para ser evaluados, claro.

Patricia bajó la mirada por un instante a sus propios tacones, y luego volvió a mirarlos a todos con esa chispa que aparecía en sus ojos cuando intentaba ocultar su nerviosismo tras una sonrisa profesional.

—Bueno… debo reconocer que esto es mucho más elaborado de lo que imaginaba.

—Lo sé —dijo Felipe con una media sonrisa confiada—. Por eso va a ser tan divertido.

Patricia respiró hondo, enderezándose en el sofá como quien está a punto de entrar en una sala de juntas particularmente desafiante.

Felipe, en cambio, sonrió con una calma casi traviesa. —Muy bien… si estás lista, podríamos comenzar con el casting.

Ella lo miró fijamente por un momento, como sopesando si dar ese paso. Después, con un gesto decidido pero aún cargado de nerviosa coquetería, se desabrochó lentamente la chaqueta ejecutiva. La dejó doblada con precisión sobre el respaldo del sofá, revelando debajo una camisa blanca de algodón, manga corta, cuello redondo, que resaltaba su porte elegante de forma sencilla.

—No prometo mantener la compostura —advirtió Patricia, esbozando una sonrisa que apenas logró disimular la tensión divertida en su voz.

—No es necesario —replicó Felipe con suavidad—. Aquí vienes a perderla un poquito.

Jessica rió por lo bajo, y Cinthia le dedicó a Patricia una mirada tranquilizadora.

—Ven, toma asiento —dijo Felipe, indicándole la silla especial en el centro del espacio, ahora descubierta. Era robusta, de madera clara y líneas simples, pero tenía fijado en su base un cepo acolchado para los tobillos, y dos finas correas colgaban de la parte superior del respaldo, como brazos aguardando a alguien.

Patricia caminó hacia allí con paso elegante, sus tacones rojos marcando un compás firme en el suelo del estudio. Se acomodó con cuidado en la silla, cruzando primero un tobillo sobre el otro en un gesto automático de oficina, pero enseguida se obligó a relajarse y posar ambos pies paralelos.

Felipe se agachó frente a ella, con aire profesional, y deslizó suavemente sus pies dentro del cepo acolchado, ajustando las sujeciones con precisión. Los tacones permanecían aún en su lugar, brillando bajo la luz. —Esto es solo para evitar movimientos bruscos —explicó, mientras Patricia observaba cada gesto con una mezcla de curiosidad y expectación.

Jessica y Cinthia se acercaron por detrás. Con manos suaves y firmes, tomaron las muñecas de Patricia y las elevaron hasta engancharlas en las correas superiores.

—¿Muy ajustadas? —preguntó Jessica, revisando el amarre.

—No… están bien —dijo Patricia, intentando sonar tranquila, aunque su voz tenía un matiz tembloroso que la delataba.

Felipe se incorporó y dio un paso atrás, contemplando la escena como quien examina una obra lista para comenzar.

—Perfecto —dijo con tono satisfecho—. Entonces… vamos a comenzar con las preguntas previas antes de liberar esos pies de sus tacones.

Patricia tragó saliva, con una sonrisa contenida que era mitad nervios y mitad anticipación.

Felipe tomó una pequeña libreta negra del escritorio lateral y se colocó frente a ella, adoptando de repente un tono mucho más formal… aunque en sus ojos brillaba esa chispa divertida que parecía imposible de contener.

Patricia, mientras tanto, permanecía perfectamente erguida en la silla, los brazos elevados y sujetos con suavidad, y sus pies firmemente encajados en el cepo. Los tacones rojos aún adornaban sus pies como una última muestra de su habitual autoridad… aunque esa autoridad empezaba a verse deliciosamente fuera de lugar.

—Muy bien, Patricia… —dijo Felipe, destapando un bolígrafo— vamos con las preguntas básicas del formulario. Solo responde con naturalidad.

—Haré lo que pueda —respondió ella con una media sonrisa—. Aunque admito que la posición no ayuda a parecer muy ejecutiva.

Jessica soltó una risa contenida y Cinthia le guiñó un ojo a Patricia, como diciéndole “relájate”.

Felipe prosiguió, serio pero con una leve curva juguetona en sus labios: —Edad.

—Cuarenta y tres —contestó Patricia, erguida, como si estuviera declarando algo ante un comité.

—Profesión.

—Directora ejecutiva de una firma de consultoría empresarial.

—Estado civil.

—Divorciada —dijo sin dudar, aunque con un brillo de picardía en los ojos.

—¿Hijos?

—Uno. Vive en otro país con su padre.

Felipe asentía con cada respuesta, anotando con letra precisa. Entonces levantó la mirada, y sus ojos adquirieron ese tono curioso y cómplice que Patricia conocía bien.

—Ahora vamos a entrar en la parte interesante —anunció.

Ella arqueó las cejas, sonriendo de lado. —¿Más interesante que estar atada con tacones frente a tres desconocidos?

—Mucho más —replicó él, sin perder la compostura—. Pregunta: ¿tienes cosquillas?

—…Sí —dijo Patricia, con una risa suave en la voz.

—¿En qué partes del cuerpo?

—En muchas —admitió—. Pies, costados, cuello, muslos… y un poco en las pantorrillas.

—Perfecto —asintió Felipe, escribiendo—. Ahora necesito que califiques del uno al cinco qué tan cosquilluda eres en cada zona.

Patricia respiró hondo, mordiéndose el labio inferior con una sonrisa casi tímida. —Está bien… pies: cinco. Absolutamente.

Jessica se cruzó de brazos sonriendo, y Cinthia abrió los ojos con curiosidad divertida.

—Costados: cuatro… cuello: tres… muslos: cuatro… pantorrillas: dos.

Felipe apuntó todo con cuidado, luego levantó la vista y dijo: —Entonces… tu punto más hipersensible son las plantas de los pies. Confirmado.

—Desde siempre —dijo Patricia, con resignación fingida—. Una debilidad peligrosa.

Felipe sonrió ampliamente, cerrando la libreta con un leve chasquido. —Perfecto. Ya tenemos el mapa.

Patricia alzó las cejas, intentando mantener la compostura, aunque sus tacones brillaban inquietos al mover levemente los pies dentro del cepo.

Felipe se acomodó frente a Patricia, con la libreta ya cerrada sobre la mesa y esa expresión profesional que apenas conseguía disimular el brillo travieso en sus ojos.

—Bien… —dijo con voz serena— ahora vamos a iniciar la fase práctica del casting.

Patricia respiró hondo, intentando mantener la compostura pese a lo ridículamente expuesta que se sentía con los brazos asegurados arriba y los pies atrapados en el cepo.

—Jessica, Cinthia… —indicó Felipe— quítenle los tacones, por favor.

—Con gusto —respondió Jessica con una sonrisita.

Ambas mujeres se arrodillaron a cada lado del cepo. Patricia las observaba con una mezcla de curiosidad y nervios, sintiendo cómo su imagen de ejecutiva impecable se iba desdibujando con cada segundo. Jessica aflojó el primer tacón y lo deslizó con cuidado de su pie derecho; Cinthia hizo lo mismo con el izquierdo.

Un suspiro involuntario escapó de Patricia cuando la piel quedó libre: sus pies, perfectamente cuidados, mostraban las plantas suaves y ligeramente enrojecidas, esa señal inequívoca de haber pasado todo el día encerradas en zapatos ajustados.

Felipe bajó un poco la voz, como si compartiera un secreto solo con ella: —A partir de ahora, la dinámica será simple. No habrá palabra de seguridad… solo tiempos cronometrados. Puedes reírte todo lo que quieras —y sonrió con un guiño— de hecho, eso es lo que queremos.

Patricia lo miró, entre seria y divertida. —¿Y cuánto dura cada “tiempo”? —preguntó, haciendo comillas con los dedos.

—Cinco minutos por zona —respondió él—. Empezaremos por los pies y luego iremos subiendo.

Ella abrió los ojos un poco, justo cuando sintió el roce.

Jessica y Cinthia, como si hubieran ensayado el momento, pasaron sus uñas suavemente por las plantas ahora desnudas. Un solo toque bastó para que Patricia arquease la espalda de forma instintiva, un estremecimiento recorriéndole la columna.

—Oh no… —soltó, antes de que una carcajada cristalina se escapara de su pecho, traicionándola por completo.

—Es muy cosquilluda —comentó Cinthia, asombrada, sin dejar de mirar los pies que se sacudían dentro del cepo.

—Demasiado cosquilluda —respondió Jessica, riendo, mientras volvía a trazar un suave camino con la yema de sus uñas.

Felipe los observaba con una sonrisa contenida, como un director satisfecho viendo la primera escena de su película cobrar vida.

Felipe se inclinó levemente hacia adelante, sacando de su bolsillo un pequeño cronómetro plateado que emitió un suave clic al activarlo.

—Muy bien, chicas —dijo con tono tranquilo, como si estuviera dirigiendo una presentación de trabajo—. Vamos a comenzar oficialmente con la primera fase del casting: parte superior del cuerpo… especialmente axilas.

Patricia lo miró con una mezcla de incredulidad y risa nerviosa. —¿Axilas? No… no, ahí no…

—Justo ahí —respondió Felipe con calma, y luego asintió hacia Jessica y Cinthia.

Ambas se colocaron a los lados de la silla. Patricia trató de encogerse un poco, aunque sus brazos seguían elevados y asegurados por las correas, dejando sus axilas expuestas y vulnerables. La sensación de estar tan elegante y tan indefensa a la vez le resultaba desconcertante… y, en el fondo, extrañamente divertida.

Jessica fue la primera en actuar, deslizándole suavemente la punta de sus dedos por la axila derecha, mientras Cinthia imitaba el gesto en la izquierda.

—¡Aaaay no, no, no, nooo! —gritó Patricia entre carcajadas que brotaron de golpe, agudas y contagiosas. Su torso se estremecía, tratando de girarse sin conseguirlo, atrapada entre la risa y la imposibilidad de escapar.

—¡Piedad, piedad, por favor! —decía entre carcajadas descontroladas, mientras sus piernas se agitaban inútilmente en el cepo.

Jessica sonreía divertida, manteniendo un ritmo ligero pero constante con las yemas de los dedos. —Es increíble… ¡no puede dejar de reír!

—Es adorablemente cosquilluda —añadió Cinthia, que parecía disfrutar descubriendo esta faceta inesperada de aquella mujer tan elegante.

Felipe, cronómetro en mano, observaba con gesto analítico pero con una chispa divertida en sus ojos. —Llevamos un minuto… quedan cuatro —anunció con calma, como si no hubiera un torbellino de carcajadas llenando la sala.

Patricia solo podía reír, con lágrimas de diversión empezando a asomar en sus pestañas, mientras sus súplicas se mezclaban con risas cada vez más desordenadas.

Las carcajadas de Patricia resonaban por toda la sala, claras y desbordadas, mientras su cuerpo se retorcía cuanto las ataduras le permitían.

Jessica y Cinthia parecían perfectamente coordinadas, moviendo sus dedos con precisión ligera pero implacable sobre las axilas expuestas de Patricia. Era un ataque meticuloso, casi artístico, y sin embargo completamente caótico para quien lo estaba recibiendo.

Patricia apenas podía hilar pensamientos coherentes entre oleadas de risa. No recordaba haber considerado jamás sus axilas como una zona especialmente sensible… y, sin embargo, ahora cada roce de aquellas uñas finas parecía encenderle descargas eléctricas que le sacaban carcajadas como reflejos imposibles de contener.

—¡N-no… no pensaba que… que fueran tan sensibles! —logró gritar entre risas, su voz quebrada por el esfuerzo de respirar.

—Pues parece que sí —comentó Jessica con tono juguetón, sin dejar de dibujar pequeños círculos con la punta de sus dedos.

—Es un caos delicioso —añadió Cinthia, fascinada, mientras sus uñas recorrían con destreza cada curva de la axila izquierda, provocando nuevos espasmos de risa.

Patricia sentía el contacto de cada dedo como chispas desordenadas que se propagaban desde sus axilas hacia su espalda, su pecho y hasta su estómago, mezclándose con la adrenalina y la incredulidad. Era un torbellino desesperante… pero también extrañamente liberador.

Felipe, cronómetro en mano, observaba con esa media sonrisa satisfecha, tomando nota mental de cada reacción. —Dos minutos… —anunció en voz baja, aunque apenas se le oía entre el torrente de carcajadas de Patricia.

Ella intentó hablar, suplicar, pedir una tregua… pero solo consiguió soltar más risas, sacudiendo la cabeza con el cabello suelto cayéndole sobre el rostro, completamente entregada al caos cosquilloso que la estaba desarmando por completo.

Cuando el sonido suave pero claro de la alarma indicó el final de esa primera ronda, Jessica y Cinthia retiraron sus manos de inmediato, como si hubieran ensayado aquel gesto de sincronía.

Patricia quedó allí, con los brazos aún asegurados arriba, el pecho subiendo y bajando con rapidez mientras trataba de recuperar el aliento. Tenía las mejillas encendidas y un mechón de cabello pegado a la frente por el sudor; sus labios curvados en una sonrisa incrédula, como si todavía no creyera lo que acababa de sucederle.

—Increíble resistencia —comentó Felipe con tono juguetón, inclinando la cabeza mientras consultaba el cronómetro—. No muchas llegan tan enteras después de esa fase.

Patricia dejó escapar una pequeña risa entrecortada, como un eco de las carcajadas que aún le temblaban en el pecho. —No… no pensé que mis axilas fueran… tan… —intentó decir, y terminó riéndose otra vez sin querer.

Felipe esperó un instante, observando cómo poco a poco su respiración volvía a la normalidad. Entonces, con su tono sereno y divertido, anunció: —Bien… sigamos con la segunda fase: costillas y cintura.

El solo escuchar esas palabras hizo que Patricia abriera mucho los ojos. —E-espera, espera… —alcanzó a decir, sacudiendo la cabeza en un gesto de advertencia que no resultaba nada convincente.

Pero antes de que pudiera articular otra palabra, los dedos de Jessica y Cinthia ya se deslizaban por los costados de su torso.

La reacción fue instantánea: Patricia estalló en carcajadas estruendosas, su cuerpo se arqueó con fuerza contra las ataduras, tratando inútilmente de escapar de aquellas manos inclementes.

Las uñas de ambas mujeres danzaban por sus costillas, presionando con delicadeza milimétrica, mientras subían y bajaban por los flancos de su cintura, donde cada roce parecía desatar olas de risa cada vez más descontrolada.

—¡N-no, ahí no, ahí nooo! —gritaba Patricia entre carcajadas, su voz rota por la mezcla de súplica y diversión.

Felipe observaba la escena con su sonrisa tranquila, como quien presencia el despliegue de un arte muy preciso, y cada carcajada de Patricia era para él la confirmación de que todo iba exactamente como debía.

Jessica y Cinthia parecían moverse con una sincronía casi natural, como si hubieran nacido para ese tipo de travesura precisa: sus dedos recorrían las costillas de Patricia como si tocaran un instrumento, encontrando cada espacio entre hueso y piel con una habilidad que rozaba lo cruel… pero juguetonamente cruel.

Las carcajadas de Patricia ya no eran contenidas ni elegantes: eran abiertas, sonoras, llenas de esa mezcla de desesperación y placer que solo produce el cosquilleo cuando se vuelve ineludible. Se retorcía en la silla tanto como las correas se lo permitían, su cabello despeinado y sus ojos brillando de emoción y agotamiento a la vez.

—¡No… nooo, por favor, basta, basta, basta! —gritaba entre carcajadas que apenas le permitían respirar—. ¡Son demasiadas, no puedo… no puedo!

Felipe, con una media sonrisa traviesa, consultó el cronómetro y anunció con voz calmada pero firme: —Ni lo sueñes, Patricia… el cronómetro está en diez minutos, y aún falta la barriga… las caderas… y el ombligo.

—¡¿Diez?! —alcanzó a decir ella antes de volver a estallar en carcajadas cuando los dedos de Cinthia bajaron de sus costillas a la curva de su cintura.

Jessica se adelantó un poco, con su mirada brillante de entusiasmo, y comenzó a trazar círculos ligeros con la yema de sus dedos sobre la zona blanda del abdomen de Patricia, mientras Cinthia la atacaba por los costados de las caderas.

El resultado fue inmediato y explosivo. —¡NOO, AHI NOO, AHI NOOOO! —gritó Patricia entre carcajadas incontenibles, inclinándose hacia adelante y hacia atrás en un vaivén inútil para escapar.

Cada nueva carcajada parecía más desesperada que la anterior, pero también teñida de un brillo travieso que ni ella misma parecía poder ocultar, como si una parte muy secreta de su mente disfrutara de ser el centro de aquel juego irresistible y perfectamente calculado.

Felipe cruzó los brazos, observando con atención cada reacción, cada espasmo de risa, cada súplica que se rompía en medio de una carcajada. —Perfecto… sigan así —indicó con tono sereno y juguetón—. No se detengan hasta que el cronómetro lo diga.

Y así, entre dedos veloces y risas incontrolables, Patricia quedaba cada vez más perdida en ese caos delicioso que era su propio punto débil expuesto.

Las manos de Jessica y Cinthia parecían haber encontrado un lenguaje propio, uno hecho de caricias veloces y movimientos calculadamente caóticos que convertían cada segundo en una tortura juguetona para Patricia.

Jessica se centraba en la parte frontal, justo sobre el vientre, dibujando espirales con las uñas apenas rozando la piel, lo justo para hacerla convulsionar de risa sin poder evitarlo. Mientras tanto, Cinthia se deslizaba por los costados, subiendo y bajando desde las caderas hasta la cintura con un ritmo irregular que mantenía a Patricia completamente incapaz de anticipar el siguiente toque.

—¡No, no, no… ahhh nooo, me muerooo! —gritaba Patricia, con la cabeza echada hacia atrás y las mejillas enrojecidas, riendo con tanta fuerza que las lágrimas comenzaban a asomarle en los ojos.

En un momento, Jessica, con una sonrisa cómplice, llevó sus dedos al ombligo de Patricia, presionando muy suavemente para luego trazar diminutos círculos allí. El efecto fue inmediato: Patricia arqueó la espalda y dejó escapar un grito corto, casi un chillido, antes de romper en una oleada de carcajadas aún más intensas.

—¡NOOO, NOOO, AHI NOOO, ES PEOR…! —alcanzó a decir entre risas ahogadas— ¡El ombligooo nooo!

Cinthia aprovechó esa distracción para atacar de nuevo las caderas, pellizcando suavemente los costados con las yemas de los dedos mientras decía con tono juguetón: —Creo que encontramos su punto débil secreto…

Felipe miraba el cronómetro con gesto satisfecho. Patricia agitaba la cabeza de un lado a otro, el cabello ya suelto de su recogido habitual, sin el menor rastro de la ejecutiva imperturbable que había entrado al estudio minutos antes. Ahora solo quedaba una mujer atrapada en una tormenta de cosquillas, rendida al caos, riendo sin poder controlarse.

—¡Cinco… cuatro… tres… dos… uno…! —contó Felipe en voz alta mientras las dos mujeres daban los últimos toques veloces sobre su abdomen y ombligo.

Y entonces, como si alguien hubiera apagado el mundo, todo se detuvo.

Jessica y Cinthia se apartaron un paso, aún sonriendo, mientras Patricia quedaba recostada en la silla, jadeando, el pecho subiendo y bajando con rapidez. Su risa se fue apagando poco a poco en un susurro de incredulidad.

—No… no puedo creer… que sobreviví a eso… —dijo entrecortado, con los ojos entrecerrados y una sonrisa cansada pero luminosa en el rostro.

Felipe detuvo el cronómetro y, con tono calmado pero cómplice, comentó: —Eso fue… brillante. Y apenas llevamos dos fases.

Patricia lo miró sin poder evitar soltar una última carcajada suave, aún tratando de recuperar el aliento, y negó con la cabeza como si no entendiera en qué lío se había metido.

Jessica y Cinthia intercambiaron una mirada cómplice cuando escucharon a Felipe anunciar con voz firme pero divertida:

—Muy bien… ahora pasamos a la fase de piernas y muslos.

Patricia, todavía respirando con dificultad y con el rostro sonrojado por la risa reciente, levantó apenas la cabeza y lo miró con una mezcla de incredulidad y resignación divertida.

—¿Piernas y muslos también…? —preguntó con un tono que pretendía ser serio, pero que sonó más a un suspiro travieso.

—Claro que sí —respondió Felipe con una sonrisa—. Es parte del mapeo de sensibilidad… ya sabes, por ciencia —añadió en tono teatral, haciendo reír a las dos mujeres que estaban listas para continuar.

Patricia soltó una breve carcajada resignada y dejó caer de nuevo la cabeza hacia atrás, preparándose mentalmente.

Cinthia fue la primera en acercarse. Se colocó a la izquierda de Patricia y comenzó a deslizar la punta de sus uñas por la parte externa del muslo, justo sobre la tela de su pantalón. El roce ligero hizo que Patricia soltara una carcajada inmediata y diera un salto pequeño en la silla, tratando de cerrar las piernas aunque el cepo mantenía sus pies fijos y las correas sus brazos en alto.

Jessica, por su parte, se colocó a la derecha y decidió probar la parte interna de los muslos, donde el tejido es más sensible. Con toques rápidos, casi como diminutas arañitas caminando, fue subiendo desde la rodilla hasta el borde del muslo.

—¡Nooo, no, no, no, ahí nooo! —gritaba Patricia, ya completamente perdida en la risa, mientras trataba inútilmente de encogerse.

La mezcla de sensaciones en ambos muslos la hacía estallar en carcajadas desordenadas, sin poder decidir a cuál lado huir primero.
Sus piernas temblaban sin control, moviéndose en pequeños espasmos atrapados, mientras su risa llenaba la habitación con un tono agudo y sincero que contagiaba a todos.

—Es como si estuviera intentando bailar sentada —rió Jessica sin dejar de mover los dedos.

—Es que no puedo… ¡no puedo con esto! —respondió Patricia entre carcajadas desbordadas.

Felipe observaba concentrado, tomando notas en su libreta y controlando el tiempo.
—Recuerden también la zona detrás de las rodillas —dijo con tono meticuloso.

Ambas mujeres obedecieron y bajaron sus manos. En cuanto sus uñas rozaron la delicada piel detrás de las rodillas, Patricia lanzó un chillido agudo, echó la cabeza hacia atrás y comenzó a reír con tanta fuerza que apenas podía respirar.

—¡Basta, basta, basta! ¡Me va a dar algooo! —suplicaba, entre risas incontrolables, su cuerpo estremeciéndose de un lado a otro.

El cronómetro marcaba los últimos segundos cuando Felipe anunció:
—Tres… dos… uno… ¡tiempo!

Jessica y Cinthia se detuvieron al instante y dieron un paso atrás, mientras Patricia quedaba jadeando, con las mejillas encendidas y una sonrisa amplia que no podía controlar, sus piernas aún temblando ligeramente por la intensidad.

—Dios… mis piernas… —murmuró entre risas suaves, casi incrédula de sí misma.

Felipe, con una sonrisa satisfecha, cerró su libreta y dijo: —Perfecto… solo nos queda la última fase: los pies.

El brillo travieso en los ojos de Felipe hizo que Patricia sintiera un escalofrío anticipado recorrerle la espalda… y no pudo evitar reír nerviosamente.

—No… no, no, no… —dijo Patricia de inmediato, moviendo la cabeza con energía mientras su respiración aún seguía agitada por las carcajadas recientes—. Los pies no… por favor, ahí no…

Felipe sonrió con esa calma que usaba cuando quería sonar tranquilizador, aunque sus ojos brillaban con ese destello travieso que Patricia ya conocía demasiado bien.

—Patricia… es precisamente porque son tu punto más sensible que necesitamos incluirlos —respondió con tono suave, casi didáctico, como si hablara de algo totalmente técnico—. Es parte del protocolo del casting.

Ella se inclinó hacia adelante lo poco que le permitían las correas, con una expresión mezcla de súplica y de risa contenida.

—Felipe… de verdad… no creo que lo soporte. Tengo demasiadas cosquillas ahí. No… no voy a sobrevivir —decía entre risas nerviosas.

Jessica, que estaba de pie junto al cepo, sonrió y comentó en tono ligero: —Eso dice todo el mundo justo antes de que empiece.

Cinthia rió bajito, divertida, y añadió: —Y luego ríen tanto que se olvidan de que estaban asustadas.

Patricia las miró a ambas, medio horrorizada y medio divertida, mientras sentía que su propia risa nerviosa le subía sola a la garganta.

—No, ustedes no entienden… yo… es que mis pies son… demasiado… —balbuceó, buscando las palabras—. Apenas los rozan y ya… ya estoy perdida.

Felipe se acercó un poco más, inclinándose para quedar a su altura, y le dijo en voz baja, cómplice: —Entonces vamos a demostrarle al equipo por qué eres tan especial. Solo serán unos minutos… y después habremos terminado.

Patricia lo miró fijamente, intentando mantener la compostura, pero terminó soltando una carcajada ahogada y negando con la cabeza, como si estuviera firmando su propia condena entre risas. —No puedo creer que esté dejando que hagan esto…

—Tic, tac… —bromeó Felipe, enderezándose—. Preparadas, chicas.

Jessica y Cinthia se colocaron cada una frente a un pie, con sus dedos suspendidos apenas a unos centímetros de las plantas suaves y rosadas que quedaban expuestas en el cepo, completamente inmóviles y vulnerables.

Patricia apretó los ojos, contuvo el aliento y dijo con voz temblorosa, aunque sonriendo: —Esto va a ser un desastre…

—Exactamente —respondió Felipe, encendiendo el cronómetro—. Y va a ser maravilloso.

Jessica fue la primera en moverse. Con la precisión de quien sabe exactamente lo que está haciendo, dejó que la yema de su dedo índice trazara una línea suave desde el talón derecho de Patricia hasta el inicio del arco.

El resultado fue inmediato: Patricia soltó una carcajada aguda, tan rápida y desbordada que hasta ella pareció sorprenderse.

—¡N-no, no, nooo! —gritó entre risas, sacudiendo los pies lo poco que las correas le permitían—. ¡No puedo, no puedo!

Cinthia, que observaba con una sonrisa nerviosa pero entusiasmada, se animó a hacer lo mismo en el pie izquierdo, usando las uñas con delicadeza.

El efecto fue devastador: Las carcajadas de Patricia se duplicaron, resonando por todo el estudio, mientras sus dedos de los pies se abrían y cerraban frenéticamente como intentando escapar.

—¡Oh por Dios…! ¡Nooo…! —decía entre respiraciones entrecortadas, hundida ya en el caos del cosquilleo—. ¡Esto es peor de lo que recordaba!

Felipe, de brazos cruzados junto al cronómetro, sonreía abiertamente. Había algo en esa mezcla de autoridad contenida y diversión genuina que hacía que su tono sonara ligero pero firme:

—Vamos bien, chicas. Empiecen a explorar los arcos… ahí es donde se esconden las risas más intensas.

—Con gusto —respondió Jessica, bajando la voz en un tono cómplice.

Ambas comenzaron a deslizar sus uñas por los arcos, lentas y metódicas, y Patricia arqueó la espalda con fuerza, estallando en carcajadas tan sonoras que sus ojos ya se llenaban de lágrimas.

—¡Aaay nooo…! ¡Me muero, me muerooo! —decía, pateando el aire con impotencia mientras sus pies temblaban atrapados en el cepo—. ¡Esto es torturaaa!

—Es ciencia —corrigió Felipe, con una sonrisa divertida—. Ciencia y arte combinados.

Jessica y Cinthia se miraron cómplices y continuaron, alternando pequeños trazos rápidos con cosquillas más suaves entre los dedos de los pies, haciendo que Patricia soltara chillidos agudos entre carcajadas interminables.

Era como si todo su autocontrol —el mismo que mantenía en las juntas, en las negociaciones, en su vida de ejecutiva impecable— se hubiera disuelto por completo entre aquellas risas involuntarias que no podía detener.

Y aún quedaban minutos en el cronómetro.

Jessica y Cinthia intercambiaron una mirada breve, casi conspirativa, antes de pasar a la ofensiva. Esta vez no se limitaron a suaves caricias: cada una sujetó firmemente un pie de Patricia con ambas manos, inmovilizándolo para que no pudiera sacudirlo ni un milímetro.

—Hora de la fase intermedia —anunció Felipe, como si estuviera presentando un experimento importante—. Manténganlos bien quietos.

El cambio fue inmediato. Las uñas de Jessica comenzaron a recorrer la planta derecha con movimientos rápidos y zigzagueantes, subiendo del talón al arco y bajando otra vez, mientras Cinthia hacía lo mismo en el pie izquierdo, concentrándose en los bordes externos y el espacio entre los dedos.

Patricia estalló. La carcajada salió de su pecho como un relámpago, limpia, sonora, imposible de contener.
Su cuerpo entero se sacudía en la silla, los músculos tensos, las manos cerrándose en puños mientras sus pies temblaban frenéticamente, atrapados en esa doble emboscada.

—¡Nooo, nooo… por favooor…! —gritaba entre risas desbordadas, intentando tirar de sus piernas sin éxito—. ¡Me van a matar de la risaaa!

—Esa es la idea —replicó Jessica con tono juguetón, sin dejar de mover los dedos veloces por el centro de la planta.

Cinthia, animada por el efecto, inclinó ligeramente el pie izquierdo de Patricia y comenzó a cosquillear justo en el arco profundo, ese punto traicionero que hacía que la risa de Patricia se volviera más aguda, como campanitas desordenadas.

—¡AAAAH nooo… ahí nooo…! —soltó entre chillidos, agitando la cabeza con el cabello ya suelto por el movimiento.

Felipe observaba el cronómetro con una media sonrisa, viendo cómo aquella mujer normalmente impecable y calculadora se deshacía en carcajadas sinceras, los pies rojos de tanto sacudirse, las lágrimas ya marcando el rímel en las comisuras de sus ojos.

—Mantengan el ritmo treinta segundos más y luego pasamos a la fase final de pies —indicó con tono tranquilo, como quien da instrucciones de rutina.

Jessica asintió, cambiando de táctica: ahora usaba ambas manos para rascar la planta derecha completa, de arriba abajo, mientras Cinthia hacía lo mismo en la izquierda.

Los pies de Patricia parecían desesperados por huir, empujando contra las correas, retorciéndose frenéticamente, mientras su risa llenaba cada rincón del estudio como una tormenta alegre e incontrolable.

Y, por un instante, entre el caos y las carcajadas, hasta ella parecía haberse olvidado de todo… salvo de lo terriblemente cosquillosos que eran sus pies.

Jessica y Cinthia ya habían encontrado el ritmo perfecto. Cada una con un pie firmemente sujeto, comenzaron a intensificar el ataque con determinación, sus uñas danzando rápidas por cada centímetro de aquellas plantas sensibles.

Las reacciones de Patricia eran un torbellino contenido: aunque sus pies apenas podían moverse por el agarre firme de ambas mujeres, cada roce hacía que las plantas se arrugaran y se estiraran de forma frenética, como un reflejo imposible de controlar.
El contraste entre su cuerpo atrapado y ese intento desesperado de sus pies por escapar hacía que su risa brotara aún más libre, aguda y atropellada.

—¡Nooo… no no no noooo! —gritaba entre carcajadas, la cabeza echada hacia atrás, el cabello cayéndole desordenado sobre los hombros—. ¡Me voy a volver locaaa!

Jessica mantenía su mirada fija en el pie derecho, usando las uñas para trazar líneas rápidas del arco al talón, luego cambiando de dirección sin previo aviso. Cinthia hacía lo propio en el izquierdo, enfocándose en los bordes de los dedos y luego en el centro blando del arco, provocando chillidos entremezclados con carcajadas cada vez más desbordadas.

—Quince segundos más —anunció Felipe, sin apartar la vista del cronómetro.

Patricia pateaba el aire en vano, los músculos de sus piernas tensos, mientras sus pies atrapados parecían responder con cada sacudida involuntaria de las plantas bajo ese aluvión de cosquillas. Las lágrimas ya corrían libres por sus mejillas, y entre risas entrecortadas alcanzó a decir:

—¡P-por favor… basta… basta…! —seguido de otra explosión de carcajadas que la dejó sin aire.

Jessica y Cinthia aumentaron la velocidad en esos últimos segundos, sus dedos implacables recorriendo cada curva suave y enrojecida de las plantas, hasta que el cronómetro emitió un pitido agudo.

Las dos se detuvieron al instante, soltando los pies de Patricia. Ella quedó jadeando, hundida en la silla, con las mejillas encendidas, el pecho subiendo y bajando con rapidez y sus pies aún estremeciéndose de pura sensibilidad acumulada.

Felipe sonrió, satisfecho, mientras guardaba el cronómetro.

—Fase de pies completada —dijo con voz serena, casi ceremonial.

Y Patricia, aún riendo bajito sin poder evitarlo, apenas logró musitar:

—Eso… fue… una locura…

Jessica fue la primera en acercarse para soltar las correas de las muñecas de Patricia. Sus dedos, ahora suaves y cuidadosos, deshicieron los cierres con calma, mientras Patricia trataba de recuperar el aliento y bajaba poco a poco la mirada aún enrojecida por las lágrimas de risa.

Cinthia hizo lo mismo con sus tobillos, liberándolos del cepo con una precisión delicada, como si cada hebilla fuera parte de un ritual que debía cerrarse con respeto.

Cuando sus pies quedaron finalmente libres, Patricia los movió apenas, estremeciéndose un poco ante lo sensibles que seguían.

—Listo —anunció Cinthia en voz baja, como si no quisiera romper del todo el silencio que había quedado tras la tormenta de risas.

Felipe se acercó entonces con su bloc de notas en mano y una expresión entre satisfecha y divertida. Se inclinó un poco hacia ella, apoyando el bloc en su pierna mientras decía:

—Bueno… oficialmente, acabas de sobrevivir a tu primer casting de cosquillas.

Patricia dejó escapar una risa débil, incrédula, mientras se acomodaba el cabello y respiraba hondo.

—Sobrevivir es una palabra generosa —bromeó, con una sonrisa todavía temblorosa—. No estoy segura de tener energía para caminar hasta mi coche.

Felipe sonrió ampliamente.

—Pues para haber dicho que no sabías si podrías soportarlo… lo hiciste increíble. —Hizo una pausa breve, mirándola con curiosidad profesional—. Tu nivel de sensibilidad es muy alto en todo el cuerpo, pero en los pies… es excepcional. Rara vez he visto algo así.

Patricia rodó los ojos con una risa apagada, cruzando los brazos sobre el pecho como si intentara reconstruir algo de su compostura.

—“Excepcionalmente cosquillosa” no es precisamente lo que esperaba escuchar como evaluación profesional.

—Para nosotros, lo es —intervino Jessica, con una sonrisa amistosa—. Eres perfecta para este tipo de contenido.

Felipe asintió. —Y lo más importante: tu reacción es genuina, espontánea. Eso es lo que buscamos. Las cámaras adoran cuando alguien se ríe de verdad, sin filtros.

Patricia bajó la mirada, esbozando una sonrisa cansada pero sincera. Sentía el cuerpo aún eléctrico, las plantas de los pies latiendo suavemente, como si cada cosquilleo hubiese dejado huellas invisibles en su piel.

—Entonces… —dijo, levantando los ojos hacia Felipe— …¿esto quiere decir que pasé?

Felipe sostuvo su mirada con esa mezcla de seriedad y picardía que lo caracterizaba. —Digamos que… no solo pasaste, Patricia. Acabas de establecer el estándar.

Patricia aún estaba sentada en la silla, con los pies descalzos apoyados con suavidad sobre el piso de madera del estudio, cuando Felipe cerró su bloc de notas con un leve chasquido. Ella alzó la vista, y notó esa chispa de emoción contenida en los ojos del joven, la misma que había visto desde el primer momento… solo que ahora era más intensa.

Felipe se enderezó, guardando el bolígrafo en el bolsillo trasero de su pantalón, y con un tono sereno pero animado le dijo:

—Bien… ahora viene la parte divertida de verdad. —Hizo una breve pausa—. Quiero proponerte algo.

Patricia arqueó una ceja, cruzando una pierna sobre la otra de manera casi automática, recuperando su elegancia como si se abrigara con ella.

—¿Ah, sí? —dijo con una media sonrisa, aunque todavía respiraba un poco agitada.

Felipe asintió, acercándose un par de pasos.

—Has sido increíble, Patricia. Natural, auténtica, con una energía que… simplemente funciona. Así que me gustaría que grabáramos tu primer video oficial. Como modelo.

Patricia sintió un leve cosquilleo que no tenía nada que ver con uñas ni dedos recorriendo su piel; esta vez era interno, mezcla de vértigo y adrenalina.

—¿Tan pronto? —preguntó, con una risa suave y nerviosa—. Esto era solo un casting…

—Precisamente por eso —respondió Felipe con una sonrisa confiada—. Porque lo que mostraste hoy supera cualquier casting. No necesitamos esperar. Tenemos el equipo, tenemos el espacio… y, si tú quieres, podríamos hacerlo esta misma semana.

Jessica, que estaba sentada sobre un puff cercano, añadió con tono amable:

—Sería tu debut. Solo tú, mostrando tu risa, tu carisma… sin presiones, solo pasarlo bien.

Cinthia asintió entusiasmada.

—Y podríamos ayudarte a preparar todo para que te sientas cómoda. Que no sea solo “resistir cosquillas”, sino disfrutarlo.

Patricia los miró a los tres, aún con el corazón acelerado. La idea de verse a sí misma en un video, riendo sin control mientras alguien exploraba su lado más vulnerable, era tan intimidante como extrañamente atractiva. Se sorprendió al notar que estaba sonriendo.

—Déjenme pensarlo —dijo finalmente, con un brillo travieso en los ojos—. Pero admito que… suena tentador.

Felipe sonrió de oreja a oreja.

—Perfecto. Entonces pensémoslo como un nuevo proyecto… “Secretos de Patricia: el episodio uno”.

Ella dejó escapar una carcajada suave, sacudiendo la cabeza.

—No pongas ese título en ningún lado… aún —respondió, divertida.

Felipe hizo un gesto de “trato hecho” y comenzó a recoger algunas cosas del set, mientras Patricia se levantaba con elegancia, sintiéndose poderosa y ligera a la vez, como si hubiese cruzado una puerta invisible hacia una nueva versión de sí misma.

Patricia se despidió con una sonrisa serena, estrechando la mano de Cinthia y Jessica mientras agradecía en voz baja la amabilidad y la paciencia que habían tenido con ella durante todo el proceso. Felipe la acompañó hasta la puerta del estudio, y allí, antes de que saliera, le guiñó un ojo con esa mezcla de picardía y respeto que tanto la descolocaba.

—Conduce con cuidado, futura estrella —le dijo en tono suave, sin dejar de sonreír.

Patricia soltó una pequeña risa y negó con la cabeza, fingiendo fastidio, aunque por dentro sentía un extraño cosquilleo de emoción.

—Buenas noches, Felipe… —murmuró, mientras abría la puerta del edificio y salía a la acera iluminada por las farolas.

El aire nocturno estaba templado y agradable. Caminó con paso firme hasta donde había dejado su auto, abrió con el mando y se deslizó en el asiento de cuero, dejando escapar un suspiro largo y profundo cuando la puerta se cerró a su lado, aislándola del mundo exterior.

Encendió el motor, ajustó el cinturón y comenzó a conducir rumbo a casa.

Las calles de la ciudad estaban tranquilas, apenas con el flujo habitual de autos regresando de la jornada laboral. Las luces anaranjadas de los semáforos y escaparates iban reflejándose sobre el parabrisas, mientras ella avanzaba sumida en sus pensamientos.

Todo el camino estuvo en silencio. No encendió la radio; no lo necesitaba. Su mente estaba ocupada rebobinando cada instante del casting: el momento en que le aseguraron las muñecas, la sorpresa de sus propias carcajadas, la sensación de rendirse ante las cosquillas sin poder mantener el control.

Y, sobre todo, la manera en que Felipe la había mirado cuando le propuso grabar su primer video. No con burla, ni con morbo… sino con entusiasmo, con una especie de admiración que la desarmaba por completo.

Patricia sonrió para sí, sin darse cuenta. La poderosa ejecutiva que todos temían en la oficina, encerrada en su auto de lujo, conduciendo sola de noche… y con mariposas en el estómago como una adolescente.

Cuando llegó a su casa, bajó la rampa hasta el garaje subterráneo, aparcó en su espacio habitual y apagó el motor. Permaneció unos segundos en silencio, con las manos aún sobre el volante, mirando su reflejo en el retrovisor: cabello suelto, ojos brillantes, y un leve sonrojo que todavía no se iba.

Se quitó los tacones con un gesto automático y, descalza, subió las escaleras interiores que llevaban directamente al interior de su casa. Todo estaba en penumbra, en silencio. Le gustaba así.

Mientras caminaba hacia la sala, pensó en lo que había hecho… y en lo que estaba a punto de hacer si aceptaba la propuesta de Felipe. Había cruzado una línea invisible. Y, para su sorpresa, no le asustaba: la hacía sentir viva.

Se dejó caer suavemente sobre el sofá de la sala, acurrucando los pies bajo sus piernas, y dejó escapar una carcajada silenciosa, incrédula.

—“Modelo de videos de cosquillas”… quién lo diría —susurró para sí misma, divertida.

Patricia subió las escaleras hasta su habitación todavía con esa mezcla de calma y euforia flotando en el pecho. Encendió la luz tenue de su lámpara de noche, dejando el resto de la casa en penumbra, y caminó hacia su vestidor quitándose, con gesto pausado, los pendientes y el reloj que había llevado todo el día.

El espejo reflejó su imagen mientras se desabotonaba la blusa y la dejaba sobre una silla con cuidado. Se cambió por un camisón de seda color marfil, ligero y suave, que caía apenas sobre sus muslos. Luego caminó hasta el baño para lavarse el rostro, retirar el maquillaje y cepillarse los dientes, todo con esa rutina casi automática de alguien que está acostumbrada a cerrar el día con disciplina… aunque esa noche, cada movimiento parecía más lento, como si su mente estuviera en otro sitio.

Porque lo estaba.

Mientras cepillaba su cabello frente al espejo, pensaba en la sensación de las risas imparables que había intentado contener en el casting, en la mirada de Felipe cuando la liberaron, en la manera en que había dicho “futura estrella” con tanta naturalidad.

Una parte de ella —la ejecutiva firme, calculadora, que todo lo controla— intentaba razonar: esto podría ser un riesgo, hay que valorar la reputación, la confidencialidad, los contratos.

Pero otra parte, la que había reído hasta las lágrimas esa tarde, susurraba con picardía: ¿Y si simplemente lo disfrutas?

Cuando se metió entre las sábanas, apagó la luz y se quedó mirando el techo a oscuras, decidió algo muy simple:
Sí, aceptaría. Con condiciones, con cuidado… pero lo haría. Quería vivirlo.

Antes de dormirse, estiró el brazo y tomó su teléfono. Abrió la agenda para ver el calendario de la oficina. La reunión virtual con el proveedor que Natalia había aplazado debía reprogramarse cuanto antes, además de un almuerzo con el área legal que había quedado en el aire.

Sonrió medio dormida pensando en lo paradójico que era: reorganizar citas corporativas porque había ido a un casting… de cosquillas.

Suspiró, dejando el móvil a un lado, y cerró los ojos. Mañana sería un día normal en apariencia… pero ella sabría el secreto que llevaba consigo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, se quedó dormida con una sonrisa.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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