Spin-off Milena: Antes de Erick (Parte 2)

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Finalmente, después de años de esfuerzo y dedicación, me encontraba en la recta final de mi vida universitaria. Tenía 22 años y el mundo parecía abrirse ante mí, lleno de posibilidades. A medida que me acercaba a la graduación, la emoción y la ansiedad se entrelazaban en mi pecho. La vida adulta estaba a la vuelta de la esquina, y era hora de dar el siguiente paso.

Mis días estaban llenos de clases, trabajos finales y presentaciones. Sin embargo, también comencé a dedicar tiempo a preparar mi currículum vitae. Pasaba horas frente a la computadora, navegando por diferentes sitios de empleo, enviando solicitudes a cuanto anuncio encontraba. Desde trabajos en marketing hasta posiciones en atención al cliente, mi objetivo era claro: conseguir una oportunidad que me permitiera demostrar todo lo que había aprendido.

Las primeras semanas fueron desalentadoras. Envié decenas de currículums, pero las respuestas eran escasas. A veces, me preguntaba si mi formación sería suficiente o si estaba lista para enfrentar el mundo laboral. La presión aumentaba, y aunque trataba de mantenerme positiva, la incertidumbre a menudo se apoderaba de mí.

Fue entonces cuando, mientras navegaba sin rumbo por la red, me topé con un anuncio peculiar que me llamó la atención: «¿Eres una mujer cosquillosa? Buscamos participantes para un experimento divertido. Si te gusta reír y no temes dejarte hacer cosquillas, ofrecemos una compensación económica por tu tiempo. ¡Contáctanos!»

El anuncio me hizo reír y sentir curiosidad al mismo tiempo. La idea de que alguien estuviera buscando a personas cosquillosas para hacer un experimento me pareció tanto absurda como intrigante. Después de todo, había sido un tema recurrente en mi vida. Mi sensibilidad a las cosquillas siempre había sido una parte divertida de mi personalidad, y ahora parecía que podría aprovecharlo de alguna manera.

La tentación fue demasiado fuerte, y decidí enviar un mensaje para obtener más información. Me respondieron rápidamente y, para mi sorpresa, explicaron que estaban realizando un estudio sobre cómo las cosquillas afectan el estado de ánimo y la salud mental. Querían observar las reacciones de las participantes y analizar los efectos que la risa puede tener en el bienestar.

Después de reflexionar un poco, decidí que, aunque la idea era un poco inusual, podría ser una experiencia divertida. Además, el dinero extra nunca vendría mal, especialmente mientras esperaba encontrar un trabajo estable. Así que acepté la invitación para participar en la sesión de pruebas.

Cuando llegó el día del experimento, me sentí nerviosa y emocionada a la vez. Al llegar al lugar, me recibieron con sonrisas y un ambiente relajado. Había otras mujeres allí, y algunas de ellas parecían tan ansiosas como yo. El coordinador del estudio explicó que las sesiones se llevarían a cabo en un entorno seguro y controlado, y que se tomarían todas las precauciones necesarias para que cada participante se sintiera cómoda.

A medida que avanzaba la sesión, me di cuenta de que había algo especial en compartir risas con extrañas. La primera vez que me hicieron cosquillas, volví a sentir esa oleada de alegría que había experimentado en mi infancia. La risa era contagiosa y, en medio de ese entorno, todas nos permitimos ser vulnerables y disfrutar del momento.

Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo que el estudio podría significar para mí en el futuro. No solo estaba descubriendo una forma divertida de ganar dinero, sino que también estaba explorando una parte de mí misma que siempre había sido un poco tabú. Quizás este camino me llevaría a nuevas experiencias que nunca había imaginado.

Con cada risa y cada cosquilla, me di cuenta de que este experimento era más que un simple trabajo; era una oportunidad para conectar con otras personas y reírme a carcajadas, y eso, para mí, valía mucho más que cualquier paga.

A medida que los meses pasaban y seguía enviando mi currículum a múltiples empresas sin éxito, comencé a sentir que la frustración se apoderaba de mí. Ser ingeniera biomédica en un país donde las oportunidades laborales en mi campo eran escasas resultaba más difícil de lo que había imaginado. Un día, mientras navegaba por internet en busca de ofertas de trabajo, vi un anuncio curioso. No era lo que esperaba, pero llamó mi atención. Buscaban mujeres cosquilludas para participar en sesiones privadas a cambio de una buena suma de dinero. Me sorprendió, pero recordé lo divertido que habían sido las sesiones que había aceptado anteriormente.

No fue inmediato, pero la idea me rondaba la cabeza. Justo cuando estaba considerando si valía la pena o no continuar por ese camino, conocí a Ana. Ella era una diseñadora gráfica en una situación muy similar a la mía: recién graduada, buscando trabajo, y lidiando con la falta de oportunidades en su campo. Ambas alquilábamos un pequeño apartamento con habitaciones separadas, así que fue cuestión de tiempo antes de que nos hiciéramos amigas. Un día, mientras compartíamos café en la sala, terminamos hablando de nuestras respectivas vidas, y Ana fue quien sacó a relucir el tema de las cosquillas.

«¿Sabes? Me encontré con algo muy raro hace poco… Buscan mujeres cosquilludas para sesiones privadas. ¡Y adivina qué! Soy hipercosquilluda», dijo entre risas, mientras me mostraba su teléfono.

Mis ojos se abrieron con sorpresa y risa. «¡No puede ser! ¡Yo también soy hipercosquilluda! De hecho, hice algunas sesiones por dinero cuando estaba empezando a buscar trabajo y… ¡fue una locura!»

Esa confesión nos hizo reír juntas, pero también nos llevó a una conversación inesperada. Resulta que ambas compartíamos esa particularidad: éramos extremadamente sensibles a las cosquillas, y cada una tenía sus zonas más vulnerables. Ana no tardó en contarme lo cosquillosa que era en las costillas y los muslos, mientras yo confesé que mis pies eran mi mayor debilidad.

Esa noche, entre carcajadas y confidencias, surgió una idea inesperada. Si ambas teníamos esta hipersensibilidad, y si había personas dispuestas a pagar por ello, ¿por qué no aprovecharlo? Ya había explorado ese mundo por mi cuenta y sabía que existía un mercado, y Ana estaba dispuesta a probar.

Al día siguiente, decidimos que juntas sería más divertido. Comenzamos a ofrecer nuestros servicios como mujeres cosquilludas a cambio de dinero, y aunque al principio parecía extraño, pronto empezamos a recibir solicitudes. Ana y yo trabajábamos juntas, turnándonos para participar en las sesiones o incluso compartiendo algunas, lo que se convertía en una experiencia llena de risas y camaradería.

Cada sesión nos permitía conocernos más, y pronto nos dimos cuenta de que teníamos puntos débiles en común, pero también diferencias que los clientes parecían disfrutar. Ana era particularmente vulnerable en sus costillas, y los clientes solían disfrutar haciéndola reír hasta que no podía más. Yo, por otro lado, no tenía escapatoria cuando alguien decidía enfocarse en las plantas de mis pies. Las cosquillas allí me volvían loca.

Nuestra vida diaria se dividía entre la búsqueda de trabajos más convencionales y estas sesiones, que aunque no eran lo que habíamos planeado inicialmente, nos proporcionaban una fuente de ingresos mientras seguíamos explorando el mundo laboral. Poco a poco, nuestro vínculo como amigas se fortaleció, y descubrimos que, aunque el camino era poco convencional, habíamos encontrado una forma de apoyarnos mutuamente mientras nos divertíamos en el proceso.

Cuando el tipo nos dio su respuesta, sacó un pequeño papel del bolsillo de su chaqueta. Lo deslizó hacia mí, sin decir mucho, y lo tomó con calma, como si estuviera entregando una simple nota.

“Esta es la dirección”, dijo con una voz que pretendía ser casual, pero que llevaba un toque de expectativa. “Las espero en máximo una hora. ¿Está bien?”

Lo miré, luego a Ana, quien asintió ligeramente. No había vuelta atrás, ya habíamos aceptado, y aunque una parte de mí dudaba, la curiosidad (y el dinero) nos impulsaban a seguir adelante. Tomé el papel con la dirección y lo deslicé en el bolsillo de mi falda del uniforme.

El tipo se levantó de su mesa, nos dirigió una sonrisa sutil y luego salió del restaurante sin hacer más ruido. No nos dijo nada más, solo que estaríamos allí en menos de una hora.

Cuando nos quedamos solas, miré la nota. La dirección no estaba lejos, apenas unas calles de distancia. A pesar de que eran casi las 2 de la mañana y la mayoría de los locales cercanos ya habían cerrado, la zona no era precisamente peligrosa, o al menos eso quería creer. Sentí un leve escalofrío recorrerme la espalda, pero Ana me dio un pequeño empujón en el hombro.

“Bueno, ¿vamos o no?”, me dijo con una sonrisa pícara, aunque podía ver que también sentía un poco de nervios. Ella era igual de aventurera que yo, pero incluso esta situación nos sacaba de nuestra zona de confort. No se trataba solo de las cosquillas, sino de la extraña sensación de estar entrando en un terreno desconocido.

Suspiré y asentí. “Ok, vamos”. Nos pusimos de acuerdo rápidamente. Nos cambiamos las camisetas por unas nuevas que siempre llevábamos de repuesto y nos aseguramos de estar presentables antes de salir.

El reloj avanzaba rápido. Después de arreglarnos en el baño del restaurante, salimos a la calle, sintiendo el aire frío de la madrugada en nuestras piernas. Las calles estaban casi vacías, y el eco de nuestros pasos era lo único que se escuchaba mientras caminábamos.

“¿Tú crees que esto es seguro?” me preguntó Ana mientras miraba alrededor. La verdad, yo también me lo preguntaba.

“No lo sé”, respondí con sinceridad. “Pero tenemos nuestros celulares, y si algo no se siente bien, simplemente nos vamos. Además, ya lo hemos hecho antes. Solo son cosquillas, ¿qué puede salir mal?”

A medida que avanzábamos, mis pensamientos iban y venían, pero la voz de la razón siempre terminaba recordándome el porqué lo hacíamos: el dinero. La cantidad era suficiente para ayudarnos a pagar varios gastos del mes, y considerando que Hooters no siempre era tan generoso con los turnos, cualquier ingreso extra era bienvenido.

Finalmente, llegamos al lugar. Era un pequeño edificio sin muchas señales distintivas, lo suficientemente discreto como para no llamar la atención. La dirección coincidía con lo que nos había dado el hombre, y aunque no parecía un sitio peligroso, las dudas seguían ahí.

“Bueno, llegamos”, dije con un tono casi resignado. “¿Lista?”

Ana asintió, aunque sus manos también temblaban un poco. Caminamos juntas hasta la puerta y tocamos.

Cuando llegamos a la dirección que el tipo nos había dado, lo que más me sorprendió fue lo cerca que estaba del restaurante. Apenas a unas cuantas calles, en una zona más tranquila, casi residencial. Nos detuvimos frente a una puerta de color oscuro y, tras intercambiar una última mirada con Ana, toqué suavemente. Los nervios estaban a flor de piel. ¿Realmente íbamos a hacer esto?

La puerta se abrió casi de inmediato. El hombre nos recibió con una sonrisa, mucho más relajado que en el restaurante, pero con una mirada que dejaba entrever la emoción de lo que estaba a punto de suceder.

«Me alegra que hayan llegado. Sigan por aquí», nos dijo, haciéndonos un gesto para entrar. Cruzamos el umbral con pasos vacilantes, pero curiosas. La sala donde nos condujo era sencilla, pero tenía todo preparado: dos camillas blancas en el centro del espacio, cada una con correas en los extremos, claramente dispuestas para sujetarnos. Todo estaba organizado con precisión.

«Bueno, chicas», dijo mientras se acomodaba en una silla cercana, «como les mencioné, quiero que se pongan cómodas. Pero recuerden que parte del trato es que deben llevar el uniforme completo de Hooters, ¿no?»

Ana y yo asentimos, ya lo sabíamos. Vestíamos nuestros clásicos shorts color naranja, las medias veladas que daban esa apariencia tan particular, las medias blancas gruesas dobladas por encima y nuestros tenis blancos. Las camisillas ajustadas con el logo del restaurante resaltaban la figura, especialmente en un trabajo donde la imagen era clave. Todo el uniforme nos hacía sentir seguras en nuestro día a día, pero en este contexto… solo aumentaba la sensación de vulnerabilidad.

“Ahora, por favor, acuéntense cada una en una camilla. Ya saben cómo es esto. Los pies y manos amarrados, así que no habrá escapatoria”.

Nos miramos de nuevo, el corazón palpitando rápido en mi pecho, pero ambas sabíamos que ya no había vuelta atrás. Me subí a una de las camillas, al igual que Ana en la otra, y sentí las correas alrededor de mis muñecas y tobillos, sujetando mis extremidades con firmeza. Estaba completamente estirada, inmóvil.

El hombre se tomó su tiempo, ajustando las correas para asegurarse de que no podríamos movernos ni un centímetro. Cuando terminó, caminó lentamente hacia el final de la camilla, donde mis pies estaban expuestos.

«¿Listas?» preguntó con una sonrisa, y sin esperar respuesta, comenzó a desatar mis tenis.

Podía sentir cómo mis pies, envueltos en las medias gruesas y las veladas, quedaban a su merced. Lentamente, descalzó uno y luego el otro, dejando al descubierto mis pies aún cubiertos por las medias veladas.

“No se preocupen, esto va a ser divertido”, dijo con un tono relajado, casi disfrutando del proceso.

Cuando terminó de quitarme los tenis, hizo lo mismo con Ana, descalzándola con la misma precisión, hasta que ambas estábamos completamente inmovilizadas, con los pies expuestos y sin posibilidad de movernos.

Comenzó despacio, usando sus dedos para recorrer mis plantas a través de las medias. Al sentir el primer toque, un escalofrío recorrió mi espalda. Intenté contener la risa, pero fue inútil. Las cosquillas eran insoportables, especialmente en esa zona tan sensible como mis pies. Mis carcajadas comenzaron a brotar casi de inmediato.

«JAJAJAJAJAJAJA ¡NOO! ¡No lo hagas, por favor!» supliqué entre risas, pero él no se detuvo.

Sus dedos se movían con rapidez, rozando mis plantas de forma metódica, mientras yo intentaba en vano zafarme. La presión de las correas y la inmovilidad de mis pies hacía que cada movimiento fuera más intenso, y no podía escapar de esa sensación que me volvía loca.

Ana, en la camilla a mi lado, no estaba mejor. Sus risas resonaban en la sala, mezclándose con las mías. «JAJAJAJA, ¡PARA, NO AGUANTO MÁS!» gritaba, mientras él seguía con su tortura meticulosa.

El hombre disfrutaba cada segundo, sus dedos moviéndose sin piedad, explorando cada rincón de nuestras plantas, haciéndonos reír hasta que ya no podíamos respirar. Nuestras medias veladas no ofrecían ninguna protección real, y a medida que él intensificaba las cosquillas, la desesperación aumentaba.

«¡Esto es… una locura!» logré gritar entre carcajadas, mientras mis pies intentaban retorcerse inútilmente bajo sus manos expertas.

Las cosquillas se volvían cada vez más insoportables, y las medias veladas que cubrían nuestros pies hacían que la sensación fuera aún peor. A medida que sus dedos recorrían nuestras plantas, sentía cada toque como una descarga eléctrica de cosquilleo intenso. Las medias, en lugar de protegernos, parecían amplificar la sensibilidad, haciendo que cada roce fuera una tortura.

“¡JAJAJAJA NOOO! ¡ES DEMASIADO!” gritaba entre carcajadas, mientras intentaba inútilmente mover mis pies. Pero las correas mantenían mis piernas completamente inmóviles, y mis intentos por escapar solo lograban que las cosquillas se sintieran aún más intensas.

El hombre, disfrutando de nuestra desesperación, usaba ambas manos para recorrer cada centímetro de mis pies. Se concentraba en mis talones, luego en los arcos, y finalmente en la parte más sensible: la base de los dedos. Ahí, el cosquilleo era insoportable, y mi risa se volvía tan fuerte que apenas podía respirar.

“¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO, NO AGUANTO MÁS, POR FAVOR!” supliqué, pero él no tenía intención de detenerse.

A mi lado, Ana no estaba en mejores condiciones. Sus carcajadas resonaban en la sala, mezclándose con las mías, mientras trataba de mover sus pies sin éxito. Las medias veladas que cubrían sus plantas parecían aumentar la intensidad de las cosquillas, y al escuchar sus súplicas, supe que ella estaba tan desesperada como yo.

«¡ES UNA TORTURA! JAJAJAJAJA», gritaba Ana entre risas, retorciéndose lo más que podía.

El hombre alternaba entre nuestros pies, disfrutando de cada segundo. Pasaba de los míos a los de Ana, sus dedos deslizándose sobre las medias, haciéndonos reír hasta el agotamiento. Lo peor de todo era que nuestras plantas, cubiertas por ese material tan fino, no tenían ningún escape. Cada roce de sus dedos se sentía como si estuviera directamente sobre nuestra piel.

Sentía las lágrimas de risa acumulándose en mis ojos mientras la sensación aumentaba. “JAJAJAJA POR FAVOR, ¡PARA! NO PUEDO MÁS…” logré gritar, pero la tortura continuaba.

Ana, jadeando entre carcajadas, intentaba decir algo, pero sus palabras quedaban ahogadas por las risas incontrolables. Estábamos a merced de un hombre que conocía muy bien lo que hacía, y nuestras medias veladas solo hacían que la experiencia fuera aún más desesperante.

“Estas medias… las hacen mucho más sensibles, ¿verdad?” dijo el hombre con una sonrisa, observándonos mientras sus manos continuaban trabajando sobre nuestras plantas.

«¡Sí! JAJAJAJAJAJA… ¡POR FAVOR, PARA!» fue todo lo que pude decir, mientras intentaba una vez más liberar mis pies de las correas.

Pero no había escape.

La tortura no se detenía. El hombre, claramente experto en lo que hacía, alternaba las cosquillas entre nuestros pies y el resto de nuestros cuerpos, llevándonos al borde de la locura. Sentía cómo sus dedos se movían rápidamente desde mis pies hasta mis piernas, rozando suavemente la piel a través de las medias, antes de pasar a mi cintura.

«¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO AHÍ!» grité con desesperación cuando comenzó a hacerme cosquillas justo en mi punto más débil: la cintura. Era como si cada nervio de mi cuerpo estuviera completamente expuesto, y no podía evitar retorcerme inútilmente en la camilla. Mis brazos estirados no me permitían defenderme ni un poco, y mis carcajadas resonaban en la sala.

Ana tampoco estaba en mejores condiciones. Cada vez que el hombre cambiaba de objetivo y se concentraba en ella, sus gritos y risas llenaban la habitación. «¡JAJAJAJAJA NO PUEDO MÁS! ¡POR FAVOR!» rogaba, pero las cosquillas en sus costillas y axilas la hacían perder el control. Sus piernas también estaban completamente inmovilizadas, lo que le impedía siquiera intentar escapar.

El tipo se tomaba su tiempo, disfrutando de nuestra desesperación. A veces nos daba un respiro en los pies, solo para sorprendernos con cosquillas en las costillas o el cuello. Su técnica era implacable, y cada vez que sentía sus dedos rozar mis axilas, no podía evitar soltar carcajadas incontrolables.

«¡AHHHH JAJAJAJAJA! ¡NOOO, POR FAVOR! ¡ME ESTOY VOLVIENDO LOCA!» grité entre risas, mientras intentaba girar mi cuerpo, pero las correas mantenían mis brazos completamente estirados. Sentía la presión de las risas apretándome el pecho, dejándome sin aire, pero él no paraba.

Los dedos del hombre se deslizaban por mis costillas, subiendo y bajando, y luego regresaban a mis piernas, explorando cada parte de mi cuerpo mientras mi piel se erizaba con cada toque. No había escapatoria. Cada rincón de mi cuerpo estaba a su merced.

Ana no dejaba de suplicar entre risas mientras él movía sus dedos sobre sus axilas y costillas. «¡JAJAJAJAJAAA, ¡NO, NO MÁS! ¡POR FAVOR, ME VOY A VOLVER LOCA!» Pero el hombre ignoraba sus súplicas, sumiéndonos a ambas en un caos incontrolable de carcajadas y desesperación.

A veces sentía que la intensidad de las cosquillas en mis pies disminuía solo para regresar con más fuerza en mis costillas o en mi cintura. Cada vez que pensaba que no podía reírme más fuerte, él encontraba un nuevo lugar donde hacerme cosquillas, haciendo que la risa saliera de mi cuerpo sin control.

«¡AHHH JAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!» Supliqué con desesperación, pero el hombre seguía, divirtiéndose con nuestras reacciones, mientras nos sumía a ambas en un torbellino de cosquillas interminables, sin dejarnos ni un solo respiro.

Finalmente, después de lo que se sintió como una eternidad, el tipo se detuvo. Tanto Ana como yo estábamos exhaustas, con la respiración agitada y el cuerpo temblando de tanto reír. Mis mejillas ardían por el esfuerzo de mantener una sonrisa forzada durante tanto tiempo, y cada músculo de mi cuerpo se sentía debilitado por las cosquillas. Estábamos sudorosas, sin aliento, y con las medias veladas ligeramente desordenadas por todo el movimiento frenético.

El hombre, aparentemente satisfecho con el espectáculo, nos miró con una sonrisa tranquila y se acercó a desatarnos. Sentí un alivio inmediato al liberar mis muñecas y tobillos de las correas, aunque mis piernas seguían temblando de las cosquillas. Ana también suspiraba aliviada mientras se liberaba de la camilla.

Sin decir mucho más, el tipo nos entregó el dinero que habíamos pactado. Lo miré de reojo, aún sintiendo los efectos de las cosquillas en mi cuerpo. Había sido una experiencia intensa, casi surrealista, pero el dinero en mis manos era real, y no pude evitar pensar que valía la pena. Ana me lanzó una mirada cómplice, ambas sabíamos que, aunque agotador, habíamos cumplido con lo acordado.

«Gracias por venir», dijo el hombre con voz serena, despidiéndose con una ligera inclinación de cabeza.

Con el dinero en nuestras manos y nuestras risas aún resonando en nuestras mentes, Ana y yo salimos del lugar y caminamos de regreso a nuestro apartamento. Eran casi las 3 de la madrugada, y aunque el cansancio nos pesaba, nos miramos y empezamos a reír suavemente, recordando la locura de la situación.

«¿Quién hubiera pensado que ganaríamos dinero así?» dijo Ana, sacudiendo la cabeza con una mezcla de asombro y diversión.

«Definitivamente, una noche que no olvidaremos», respondí, todavía tratando de recuperar el aliento por completo.

Llegamos al apartamento y, tras cambiar nuestras ropas de trabajo, nos desplomamos en el sofá, agotadas pero satisfechas. Era extraño, pero ambas sabíamos que habíamos hecho lo necesario.

Con el paso del tiempo, la vida siguió su curso. Entre turnos en Hooters, pequeñas escapadas de cosquillas, y el día a día, nunca me imaginé lo que estaba por venir. El día de mi cumpleaños número 24 llegó sin previo aviso, pero Ana, siempre la más organizada y detallista, tenía algo especial planeado. Esa noche, mientras estábamos en el apartamento, Ana me dijo que quería presentarme a alguien. Me había mencionado que era un conocido suyo, alguien con quien había tenido contacto en el pasado, pero nada más.

Al abrir la puerta, me encontré con Erick. Era alto, con una sonrisa que podía iluminar cualquier habitación, y una mirada que te atrapaba de inmediato. Nos presentó de manera informal, pero desde el primer momento sentí una conexión. Su forma de hablar, su manera de ser, todo parecía perfecto. Al principio, nuestra relación era un verdadero cuento de hadas. Salíamos a cenar, íbamos al cine, caminábamos por la ciudad de la mano. Cada momento a su lado era mágico. Me hacía sentir querida, valorada, y me llenaba de detalles que nunca había recibido antes.

Pero, como suele pasar en la vida, no todo lo que parece perfecto lo es para siempre. Con el tiempo, la relación empezó a cambiar, y las primeras señales de problemas comenzaron a aparecer. Al principio eran pequeñas discusiones, comentarios que no parecían tener importancia, pero poco a poco se tornaron en algo más grande, algo que no pude ignorar.

Erick, que al principio había sido atento y amoroso, comenzó a volverse celoso y controlador. Cada vez que salía con Ana o con otras amigas, me hacía preguntas incómodas, me pedía explicaciones. No me di cuenta de cómo, pero poco a poco, mis decisiones comenzaron a girar en torno a él, a lo que él pensaba, a lo que él quería. Cada vez que trataba de hacer algo por mí misma, sentía la sombra de sus opiniones sobre mí, y lo que al principio era una relación color de rosa, empezó a volverse tormentosa.

Los días que pasaba en el trabajo o con Ana ya no eran lo mismo. La presión de mantenerlo contento y evitar problemas se volvía más evidente. Pero por más que intentaba justificar su comportamiento o pensar que las cosas mejorarían, en el fondo sabía que algo estaba mal.

Aún así, entre todas las dificultades, seguía recordando los momentos buenos, los días felices que compartimos, y me aferraba a la esperanza de que tal vez, de alguna manera, las cosas podrían volver a ser como antes. Pero, en el fondo, también sabía que la vida rara vez regresa a lo que solía ser.

A medida que la relación con Erick continuaba, decidimos que necesitábamos un respiro, una oportunidad para reconectar y alejarnos de la rutina diaria que tanto nos estaba afectando. Fue entonces cuando Erick sugirió que hiciéramos un viaje juntos. La idea sonó tentadora. Ambos sabíamos que un cambio de ambiente podría ayudarnos a recordar por qué nos gustábamos tanto en primer lugar. Así que comenzamos a planear un escape a la playa, un destino que nos prometía sol, arena y la posibilidad de relajarnos.

La semana anterior al viaje, la emoción se apoderó de mí. Pasamos horas eligiendo actividades, mirando hoteles y restaurantes, planeando cada detalle. Sin embargo, a medida que nos acercábamos a la fecha, sentí que la ansiedad también comenzaba a aumentar. Erick seguía haciendo comentarios que me dejaban sintiendo un nudo en el estómago. A veces me preguntaba si había tomado la decisión correcta, pero la idea de dejar atrás las tensiones de nuestra vida diaria me mantenía en marcha.

Finalmente, llegó el día de la partida. Con las maletas en el coche y la música sonando, comenzamos el viaje. La carretera se extendía ante nosotros, y aunque el aire era ligero y fresco, sentí que una parte de mí aún estaba ansiosa. A medida que nos acercábamos a nuestro destino, las tensiones parecían desvanecerse, y la idea de disfrutar del sol y la playa comenzaba a parecer posible.

Una vez que llegamos al hotel, el ambiente cambió. La brisa del mar y el sonido de las olas creaban una atmósfera perfecta para desconectar. Pasamos nuestras primeras horas explorando la playa, riendo y disfrutando de cada momento. Pero, a medida que la noche se acercaba, la tensión comenzó a regresar. Un pequeño desacuerdo sobre qué lugar elegir para cenar se convirtió rápidamente en una discusión más intensa de lo que había imaginado.

A pesar de las tensiones, decidí que no dejaría que arruinaran nuestro viaje. Esa noche, después de una cena que terminó en un silencio incómodo, Erick sugirió que tomáramos un paseo por la playa. Caminamos descalzos, sintiendo la arena fría bajo nuestros pies. En ese instante, mientras las olas rompían suavemente, recordé todas las razones por las que había querido a Erick. Era un momento mágico que parecía olvidar todo lo demás.

Fue durante esa caminata que comenzamos a hablar sobre nuestras experiencias pasadas y las cosas que nos hacían reír. De repente, la conversación giró hacia las cosquillas, un tema que siempre había traído una sonrisa a mi rostro. Con una chispa de travesura, le mencioné cómo solía ser el centro de atención cuando se trataba de cosquillas. Erick se rió y me dijo que tenía curiosidad por experimentar eso en persona.

Sin pensarlo dos veces, me lancé hacia él, tratando de hacerle cosquillas. Pero, para mi sorpresa, él reaccionó de inmediato, agarrándome con fuerza y empezando a hacerme cosquillas. La risa incontrolable llenó el aire, y mientras intentaba zafarme de sus manos, comprendí que a pesar de nuestras diferencias, todavía había algo de esa chispa en nuestra relación.

Así comenzó una serie de encuentros inesperados, donde la risa y la diversión parecían resurgir entre nosotros. En medio de la tensión, esas pequeñas experiencias de cosquillas, de risas y de momentos compartidos comenzaron a recordarme por qué estaba con él en primer lugar. Era como si el viaje nos estuviera dando una segunda oportunidad para explorar no solo el lugar en el que estábamos, sino también la conexión que teníamos. Sin embargo, la verdadera prueba estaba por venir, y sabía que lo que empezaba a ser un viaje de redescubrimiento también traía consigo el desafío de enfrentar los problemas que aún existían entre nosotros.

Continuará…

Original de Tickling Stories

 

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