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Una tarde, mientras revisaba mi WhatsApp, recibí un mensaje de un chico que se presentó como Carlos, un estudiante universitario de 22 años. No especificó su carrera ni la universidad; fue directo al grano y me preguntó si yo era cosquillosa. Sin dudar, le respondí que sí.
Luego me consultó sobre dónde tenía cosquillas, y le comenté que en todo mi cuerpo, aunque al preguntarme cuál era mi punto más cosquilludo, sin pensarlo respondí: mis pies. Él se mostró muy interesado y me explicó que su intención era hacerme cosquillas durante todo el tiempo que durara el servicio.
Normalmente, mis sesiones de cosquillas están programadas para durar entre 45 minutos y una hora, pero Carlos me preguntó si se podían extender a dos horas, ya que él estaba dispuesto a pagar por ese tiempo completo. Con cierta sorpresa, le dije: “¿Dos horas haciéndome cosquillas?” y él confirmó, asegurándome además que me daría el espacio necesario para tomar aire cuando lo necesitara.
La propuesta se volvió aún más intrigante cuando me sugirió que, si me dejaba amarrar de pies y manos, me pagaría un dinero extra. Me explicó que él valoraba mucho esa idea, ya que aumentaba el fetiche que le atraía en mis servicios. También me preguntó si contaba con un estudio, a lo que le respondí afirmativamente, y así nos pusimos de acuerdo para realizar la sesión en mi propio estudio.
La forma directa y decidida con la que Carlos abordó todo me sorprendió, pero no pude evitar sentirme intrigada por la posibilidad de vivir una experiencia tan diferente. Su propuesta, clara y sin rodeos, abrió la puerta a una nueva modalidad de servicio que, además de ser estimulante, resultaba sorprendentemente rentable.
Envié por WhatsApp la dirección de mi estudio a Carlos, un chico universitario de 22 años. No tardó en presentarse; a eso de media hora, sonó el citófono y le dije que ya le abriría desde arriba. Desbloqueé la puerta y, en pocos minutos, lo vi llegar al quinto piso. Mi estudio se encuentra en un edificio viejo de cinco pisos, donde el primero es una recepción siempre vacía, y solo están ocupados los pisos 2 y 5, mientras que los pisos 3 y 4 están desocupados.
Cuando Carlos llegó a mi estudio, lo recibí con mi atuendo habitual de terapeuta: pantalón tipo sudadera, camiseta de manga corta y tenis con medias. Mis uñas, tanto de manos como de pies, estaban pintadas de un delicado tono rosa pastel. Con una sonrisa, me presenté y él respondió de inmediato, halagándome con un “eres muy bonita, Silvia”. Aunque me sonrojé, respondí con un tímido “muchas gracias”.
Nos acomodamos en la sala y comenzamos a conversar. Con naturalidad, le pregunté por qué le interesaban tanto las cosquillas. Me explicó que, desde siempre, había sentido fascinación por ellas, y que desde pequeño disfrutaba haciendo cosquillas a las mujeres, ya fuera pagándoles o simplemente por placer. Luego me preguntó cómo había llegado a ofrecer este servicio. Le conté que todo empezó por casualidad: tenía un cliente al que iba a dar un masaje y, en lugar de eso, me ofreció pagarme únicamente para hacerme cosquillas. Esa experiencia marcó el inicio de todo lo que hoy forma parte de mi especialidad.
La conversación fluyó de manera natural, y en ese ambiente íntimo y respetuoso, cada palabra reafirmaba la originalidad del fetiche que tanto apasiona a algunas personas. Esa tarde, mientras hablábamos, comprendí que había encontrado un nuevo camino en mi profesión, uno que no solo despertaba mi curiosidad, sino que también me ofrecía oportunidades económicas que jamás había imaginado.
Después de conversar un poco en la sala, Carlos se mostró algo impaciente y me preguntó dónde sería la sesión. Me levanté del sofá y lo conduje a una habitación donde tenía mi camilla, el saco de su maleta y unas cuerdas dispuestas para la ocasión. Al llegar, me pidió que me acostara en la camilla. Le pregunté si prefería que estuviera boca arriba o boca abajo, y me indicó que boca arriba. Además, me pidió que estirara los brazos hacia arriba y que, antes de eso, me quitara la camiseta para quedarme en brasier. Con algo de pena y vergüenza, accedí, me quité la camiseta y me recosté en la camilla, con los brazos extendidos.
Luego, le pregunté si debía quitarme también los tenis y las medias. Él respondió que no, que se encargaría de hacerlo apenas yo estuviera atada. Con eso en mente, comenzó a amarrar mis muñecas a la camilla, manteniendo mis brazos bien estirados, y después se dirigió a mis pies para atarlos a la altura de los tobillos. Justo en ese momento, al verme completamente atada de pies y manos, sentí una oleada de nervios. Me encontraba completamente vulnerable y expuesta, sabiendo que estaba a merced de un verdadero fetichista de cosquillas.
Acto seguido, Carlos comenzó a hacerme cosquillas en mis axilas expuestas. Sus dedos se deslizaron juguetonamente por mis costillas, cintura, barriga, caderas, ombligo y justo debajo de mis pechos. De inmediato, una avalancha de carcajadas me invadió; mis risas brotaban sin control, llenando la habitación con un sonido contagioso y puro.
Entre cada risa, Carlos comentaba con tono divertido:
—Se nota que eres muy cosquillosa aquí,
mientras sus manos se deslizaban suavemente por mi axila,
—y aquí,
añadía, recorriendo mis costillas con firmeza.
Cada toque intensificaba mis carcajadas, creando un ambiente en el que no había lugar para súplicas ni reservas, solo el placer de reír sin parar y disfrutar de cada instante.
Solo podía reír a carcajadas, moviéndome de un lado a otro en la camilla mientras Carlos atacaba sin piedad mis costillas, cintura y axilas. Mis risas se volvían cada vez más incontrolables, llenando la habitación con un sonido contagioso que parecía resonar en cada rincón. En medio de ese torbellino de sensaciones, apenas podía contener la risa; mis movimientos erráticos eran testigos del efecto implacable de sus dedos sobre mi piel, desencadenando una avalancha de cosquillas que me hacía perder todo control.
Mientras Carlos seguía trabajando en mis costillas, cintura y axilas, comenzó a descender por mi cuerpo. Se concentró en mis muslos y rodillas, aplicando una presión y caricias tan intensas que yo empezaba a dar saltos involuntarios. Jamás pensé que en esas áreas podría tener cosquillas tan poderosas; cada toque era una descarga de risa y sorpresa. Mis carcajadas se volvían aún más intensas, y mis movimientos erráticos en la camilla se transformaban en un torbellino de placer y cosquillas que no podía controlar.
Al ver que mis piernas se volvían increíblemente sensibles, Carlos intensificó su ataque en la zona de mis muslos y rodillas. Con cada caricia, mis risas se volvieron más intensas, y en medio de tanta incontrolable risa, no pude evitar suplicar piedad. Entre carcajadas, le pedí: “¡Por favor, un poco de piedad!” mientras mis piernas se estremecían y mis rodillas temblaban de la intensidad del toque.
Carlos, con una sonrisa traviesa, comentó entre risas: “Se nota que eres muy cosquillosa aquí y aquí”, mientras sus dedos recorrían con firmeza y precisión la delicada piel de mis muslos y rodillas. A cada roce, el cosquilleo aumentaba de manera abrumadora; mis piernas se encendían y se sacudían de forma incontrolable, sumiéndome en un torbellino de sensaciones que, a pesar de mis súplicas, no encontraba alivio.
La intensidad de las cosquillas en esa área era tan poderosa que, en cuestión de minutos, me sentí completamente expuesta y vulnerable. Cada toque, cada deslizamiento de sus dedos, desataba en mí una mezcla de placer y desesperación, haciendo que mi risa se convirtiera en el único lenguaje capaz de expresar lo que estaba viviendo.
Carlos, absorto en la experiencia, continuaba su incesante labor, haciendo que cada segundo se alargara en un mar de carcajadas y súplicas, mientras yo me debatía entre el deseo de detener el ataque y el placer de sentirme tan intensamente viva.
Y como era de esperarse, apenas Carlos siguió bajando por mis piernas y me tocó los tobillos, supe en ese instante que le tocaría el turno a mis pies. Con mucha paciencia, comenzó a desamarrar los cordones de mis tenis; me los quitó y, de forma inesperada, los olió por dentro. No logré comprender del todo el porqué de ese gesto, pero su acción parecía cargada de un significado íntimo.
A continuación, retiró mis medias con la misma delicadeza y, repitiendo el gesto, las olió de igual manera que los tenis. Sin pronunciar palabra, se inclinó hacia mis pies, y con la punta de sus dedos –o quizás fue con la uña– deslizó un contacto sutil pero preciso por las plantas de mis pies, que se encontraban hipersensibles tras el retiro de los accesorios.
El roce de sus dedos fue tan intenso que no pude evitar soltar una carcajada que retumbó en toda la habitación: “JAJAJAJAJAJA”. Mis pies se estremecían con cada leve deslizamiento, y en ese momento, mientras mi risa se volvía incontrolable, Carlos simplemente murmuró: “Excelente”.
Esa única palabra, llena de aprobación y complicidad, se quedó en el aire, haciendo que el cosquilleo se convirtiera en una mezcla embriagadora de placer, sorpresa y vulnerabilidad, llevándome a entregarme por completo a esa experiencia tan singular.
Y sin mostrar la más mínima gota de piedad, Carlos se lanzó de nuevo a su cometido sobre mis pies. Con sus dedos y uñas, comenzó a atacar sin compasión las plantas de mis pies, que estaban hipercosquilludas como siempre. El toque de sus uñas se deslizaba de manera implacable, provocando en mí una explosión de carcajadas que llenaban la habitación.
No podía dejar de reír; me movía frenéticamente de un lado a otro en la camilla, completamente descontrolada, mientras sus dedos seguían recorriendo cada centímetro de mis sensibles plantas. A Carlos, lejos de importarle, le parecía encantador ver cómo mis pies reaccionaban a cada toque, y entre cada carcajada soltaba comentarios que enfatizaban mi extrema cosquilludez.
Cada roce intensificaba la sensación, y yo me encontraba sumida en un mar de risas, retorciéndome sin poder detener la vorágine de cosquillas que me sobrecogía. Mis pies, tan hipercosquilludos, respondían a cada movimiento con una sensibilidad abrumadora, haciendo que el placer y la risa se mezclaran en una experiencia única e inolvidable.
Durante dos horas completas, Carlos me tuvo a su merced, alternando meticulosamente entre mis pies, mis piernas, la cintura, caderas, ombligo, barriga, costillas, axilas y cuello. Con cada toque, mis carcajadas se volvían más intensas e incontrolables; yo simplemente no podía parar de reír. Jamás había experimentado una risa tan liberadora como aquella tarde con él.
Cada rincón de mi cuerpo, desde los pies hipercosquilludos hasta el cuello, fue explorado sin piedad alguna. Mientras Carlos recorría mis zonas más sensibles con dedos y uñas, yo me retorcía en la camilla, moviéndome frenéticamente al compás de sus caricias. El juego de cosquillas se transformó en una danza interminable de placer y risa, en la que cada segundo se prolongaba en un mar de sensaciones abrumadoras.
Esa experiencia, en la que mis límites se desvanecieron y la risa se convirtió en mi única respuesta, quedará grabada en mi memoria como una de las vivencias más intensas y divertidas de mi carrera.
Como todo fetichista, Carlos guardó su mejor herramienta para el final. Se dirigió a su mochila, la abrió y sacó unas plumas de paloma que me mostró con una sonrisa cómplice. Yo le pregunté qué planeaba hacer con ellas y, sin rodeos, respondió: “Ya lo verás.”
Sin perder un instante, se situó nuevamente junto a mí, concentrándose en mis pies. Con extrema delicadeza, comenzó a deslizar las plumas sobre mis hipercosquilludas plantas. Jamás imaginé que un objeto tan simple como unas plumas pudiera producir unas cosquillas tan desesperantes. El contacto ligero y casi etéreo de las plumas trazaba caminos de cosquillas en mi piel, y en ese preciso momento, el caos se apoderó de mí.
Estallé en carcajadas, riendo sin control mientras mis pies se estremecían con cada roce. La intensidad era tal que, entre carcajadas, empecé a suplicar que detuviera ese juego implacable. “¡Por favor, para con las cosquillas, no lo soporto!” repetía entre risas, pero la respuesta de Carlos era un simple “Excelente”, pronunciado con satisfacción.
Aquellas plumas, con su toque suave pero implacable, convertían cada segundo en una experiencia tan abrumadora que mis risas parecían no tener fin. Me sentía completamente vulnerable, a merced de cada caricia, mientras el cosquilleo se esparcía por mis pies y se mezclaba con la emoción de la sesión. Fue una experiencia tan intensa y, a la vez, tan liberadora, que quedará grabada en mi memoria como uno de esos momentos en que el placer y la risa se fusionaron en un torbellino irresistible.
Finalmente, yo estaba agotada, y Carlos notó mi cansancio. Exactamente a las 2 horas y 10 minutos, detuvo las cosquillas. Apenas pude dar las gracias mientras él, con cuidado, me soltaba las cuerdas que me ataban. Con cada desataje, sentía cómo poco a poco recuperaba el aliento, mi cuerpo todavía temblando por la intensidad de la experiencia. En ese momento, mientras la calma comenzaba a reinar tras el torbellino de risas y sensaciones, me invadió una mezcla de alivio y gratitud. La sesión, tan inusualmente intensa y liberadora, había dejado una huella imborrable en mí, marcando el inicio de un camino en el que el placer y el fetiche se fusionaban en una experiencia única.
Apenas me liberé, tomé mi camiseta y me la coloqué mientras Carlos guardaba en su maleta las plumas y las cuerdas. Descalza, caminando por el piso frío del estudio, aún sentía el cosquilleo en las plantas de mis pies. Carlos se giró hacia mí y, con una sonrisa, me pagó lo pactado por la sesión. Me comentó que había disfrutado muchísimo haciéndome cosquillas, sobre todo en las plantas de mis pies, y que le encantaría repetir otra sesión conmigo. Le agradecí por el pago y le dije que, al menos, dejara pasar una o dos semanas antes de considerar una nueva cita.
Nos despedimos y él salió del apartamento, mientras yo me quedé sola, recuperándome poco a poco. Caminé por el pasillo, aún sintiendo el eco de las cosquillas en mis pies, y me senté en el estudio a reflexionar sobre la locura en la que me había metido ofreciendo servicios para dejarme hacer cosquillas por fetichistas.
Aquel día había sido una experiencia abrumadora: entre carcajadas incontrolables y una vulnerabilidad que nunca imaginé, descubrí nuevas facetas de mi profesión y de mí misma. Aunque el recuerdo me dejaba aún un temblor en el cuerpo, no pude evitar sentir una extraña mezcla de asombro y curiosidad por lo que el futuro podría deparar en este inusual camino. Con cada risa, aprendí más sobre mis propios límites y sobre la innegable magia de dejarme llevar por lo inesperado.
Silvia
Original de Tickling Stories
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