Una obsesión discreta – Parte 1

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Andrés tiene veintiocho años, aunque aparenta menos. Es de esos hombres que la gente describe como «el callado», «el juicioso», «el que no molesta a nadie». Mide uno setenta y cinco, es flaco de complexión, tiene el pelo negro y desordenado que se le para en todas direcciones porque nunca se lo peina con ganas, y usa gafas de marco grueso que le dan un aire de estudiante eterno. No es feo, pero tampoco es de esos que las mujeres voltean a mirar en la calle. Tiene la piel trigueña, los ojos café oscuro, y una barba de tres días que se deja crecer más por descuido que por estilo. Se viste con jeans oscuros, camisetas de colores neutros, y tenis que usa hasta que se le rompen. Parece exactamente lo que es: un diseñador gráfico freelance que trabaja desde su apartamento en Chapinero, sale poco, y tiene una vida social que cabe en una libreta pequeña.

Vive en un apartaestudio en Chapinero Alto, en un edificio viejo de ladrillo a la vista, con ventanales grandes que dejan entrar la luz de la tarde. Paga un arriendo que apenas puede sostener con los trabajos que le caen: logotipos para emprendimientos pequeños, flyers para eventos, menús para restaurantes de barrio, portadas para libros de autores independientes. No le va mal, pero tampoco le va bien. Tiene una mesa de trabajo junto a la ventana, una silla ergonómica que compró usada, y una planta de interior que riega cada tres días religiosamente. Su apartamento huele a café, a papel, y a ese aroma particular de los espacios donde vive un solo hombre que pasa mucho tiempo solo.

Andrés no es un tipo raro. No es peligroso. No es violento. Es, más bien, un observador. Un tipo que aprendió desde muy chico a mirar sin ser visto, a guardar sus pensamientos para sí mismo, a construir un mundo interior tan elaborado que a veces le cuesta distinguir entre lo que imagina y lo que realmente ha vivido. Y dentro de ese mundo interior, hay un lugar específico, un rincón oscuro y luminoso a la vez, donde viven los pies de las mujeres. No todos los pies. Solo los que él considera bonitos. Solo los de aquellas mujeres que, según su propia teoría, son más cosquilludas que las demás.

La teoría de Andrés no tiene base científica. No tiene estudios, no tiene encuestas, no tiene nada que se parezca a una metodología seria. Es solo una intuición, cultivada durante años de observar, de imaginar, de desear en silencio. Andrés está convencido de que las mujeres bonitas son más cosquilludas que las mujeres feas. No sabe por qué. No le interesa saber por qué. Solo lo cree, con la terquedad tranquila de quien no necesita pruebas para sostener una convicción. Y desde esa convicción, ha construido un fetiche que lo acompaña desde que tiene memoria: le gustan los pies femeninos. Le gusta verlos, imaginarlos, tocarlos en su mente, besarlos en sueños, lamerlos en fantasías que nunca se atreve a confesar. Pero lo que realmente lo obsesiona, lo que lo desvela, lo que lo hace perder la concentración en medio de una jornada de trabajo, es la idea de hacerles cosquillas. Cosquillas largas, intensas, sin piedad. Cosquillas que hagan reír a una mujer hasta que se le salten las lágrimas, hasta que suplique, hasta que pierda el control. Andrés no quiere hacer daño. No es un sádico de verdad. Pero hay algo en la vulnerabilidad de una mujer cosquilluda que lo excita de una manera que no sabe explicar. Y como no sabe explicarlo, no lo explica. Solo lo guarda. Solo lo disfruta en silencio. Solo lo convierte en una obsesión discreta, de esas que no se notan, de esas que nadie sospecha, de esas que viven en el fondo de una mirada que se desvía a tiempo.

Andrés no siempre vivió solo. Antes de mudarse a su apartaestudio en Chapinero Alto, compartió durante casi dos años un apartamento amplio en el barrio La Soledad con dos chicas universitarias. Una estudiaba en la Javeriana, la otra en Los Andes. Eran amigas de toda la vida, se conocían desde el colegio, y habían decidido independizarse juntas para no vivir en residencias estudiantiles ni en casas de familia. Andrés llegó a ese apartamento por un aviso en un grupo de Facebook. Buscaban un tercer compañero de cuarto que fuera tranquilo, que pagara a tiempo, y que no hiciera fiestas. Andrés cumplía con los tres requisitos. Lo aceptaron sin pensarlo mucho.

Las dos eran, sin exageración, de las mujeres más hermosas que Andrés había visto en su vida. No era solo su rostro, ni su cuerpo, ni su forma de vestir. Era todo junto. Una de ellas, Lucía, estudiaba Diseño Industrial en la Javeriana. Era alta, delgada, de piel canela, con el cabello largo y rizado que siempre llevaba suelto, y una risa que llenaba cualquier espacio. La otra, Mariana, estudiaba Literatura en Los Andes. Era más bajita, de piel blanca, con el cabello negro y liso que le llegaba hasta la cintura, y unos ojos verdes que parecían de vidrio. Las dos tenían veintiún años cuando Andrés las conoció. Las dos eran, cada una a su manera, exactamente el tipo de mujer que Andrés consideraba bonita. Y las dos tenían, además, lo que él llamaba en su cabeza «pies perfectos».

Los pies de Lucía eran anchos, de dedos largos, con las uñas siempre pintadas de colores vivos: rojo, fucsia, naranja, morado. Usaba sandalias casi todo el año, incluso en invierno, porque decía que odiaba los zapatos cerrados. Sus plantas eran suaves, cuidadas, con ese arco pronunciado que a Andrés le parecía una obra de arte. Los pies de Mariana eran más pequeños, más delicados, de dedos cortos y uñas siempre al natural, sin esmalte, porque decía que prefería lo simple. Usaba medias de colores en casa, calcetines gruesos para dormir, y sandalias solo cuando el calor era insoportable. Sus plantas eran un poco más sensibles, más rosadas, más tibias al tacto, aunque Andrés nunca las había tocado.

Lo que volvía loco a Andrés no era solo la forma de sus pies. Era saber, con esa certeza que solo da la convivencia, que las dos eran hipercosquilludas. No cosquilludas normales. No esas personas que dicen «ay, no, me da cosquillas» y se ríen un poquito. Lucía y Mariana eran de las que no podían soportar que les rozaran la planta del pie ni por accidente. Se reían a carcajadas, pataleaban, gritaban, suplicaban. Andrés lo había descubierto casi por casualidad, una noche en que Lucía se sentó en el sofá a ponerse crema en los pies y Mariana, en broma, le pasó un dedo por el arco. Lucía pegó un alarido, se retorció, y le lanzó un cojín a la cabeza. Andrés estaba en la cocina, preparándose un café, y desde ahí lo escuchó todo. Se quedó quieto, con la taza en la mano, sintiendo cómo algo se encendía dentro de él. Desde esa noche, empezó a prestar más atención. A observar más. A imaginar más.

No hizo nada, por supuesto. Nunca hizo nada. Se quedaba en su cuarto, con la puerta entreabierta, escuchando las risas de Lucía cuando Mariana le hacía cosquillas en los pies mientras veían películas en el sofá. Se quedaba en la cocina, fingiendo que lavaba platos, mirando de reojo cómo Mariana escondía los pies debajo del cojín cada vez que Lucía se acercaba con intenciones juguetonas. Andrés no participaba. No se atrevía. Pero su mente trabajaba horas extra. Imaginaba sus dedos recorriendo esas plantas, esos arcos, esos dedos. Imaginaba las risas, los gritos, los «¡no, por favor, ya!» que nunca llegaban porque él no paraba. Imaginaba la vulnerabilidad absoluta de dos mujeres hermosas que no podían controlar su risa, que se retorcían, que suplicaban, que perdían toda compostura. Y mientras imaginaba todo eso, se quedaba sentado en su cuarto, con la laptop abierta, fingiendo que trabajaba, mientras su corazón latía a mil por hora y su mente construía escenarios que nunca se atrevía a llevar a la realidad.

Un sábado por la mañana, Andrés salió temprano a hacer mercado. Dijo que volvería en un par de horas, que no lo esperaran para almuerzo, que se iba a demorar porque tenía que pasar por la papelería, por la droguería, y por la tienda de artículos de diseño donde conseguía materiales para un proyecto. Lucía y Mariana se quedaron en el apartamento. Lucía tenía que estudiar para un parcial de materiales, y Mariana quería adelantar un ensayo de literatura latinoamericana. Pero ninguna de las dos estaba realmente concentrada. Se la pasaban más tiempo en la cocina, preparándose café, hablando de tonterías, riéndose de cosas que solo ellas entendían.

En un momento, Lucía decidió que era un buen día para organizar el apartamento. No una limpieza profunda, sino una reorganización de esas que se hacen cuando uno no quiere estudiar. Empezó por la sala, luego la cocina, y después llegó al escritorio de Andrés. No era su intención revisar nada. Solo quería mover unos papeles, ordenar unos cables, pasar un trapo por el polvo. El computador de Andrés estaba encendido, pero en suspensión. La pantalla negra, el teclado apagado, el mouse quieto sobre la mesa. Lucía movió el mouse sin querer, solo para correrlo un poco y pasar el trapo debajo. La pantalla se encendió. Y lo primero que apareció fue una carpeta abierta.

Una carpeta llena de fotos. Cientos de fotos. Tal vez miles. Fotos de pies. Pies de mujer. Plantas de pies. Dedos. Uñas pintadas. Uñas sin pintar. Arcos. Talones. Tobillos. Pies descalzos sobre sábanas, sobre alfombras, sobre baldosas, sobre césped. Pies con sandalias, pies con medias, pies recién salidos de la ducha. Pies de todos los tamaños, de todos los colores, de todas las formas. Y entre todas esas fotos, Lucía reconoció algunas. No muchas, pero algunas. Eran fotos de sus propios pies. De los pies de Mariana también. Fotos tomadas a escondidas, desde ángulos discretos, desde la distancia, desde la puerta entreabierta del cuarto de Andrés, desde el sofá, desde la cocina. Fotos que ellas nunca supieron que existían.

Lucía se quedó quieta, con el mouse en la mano, la boca abierta, los ojos fijos en la pantalla. No sintió miedo. No sintió asco. Sintió, más bien, una mezcla rara de sorpresa y risa contenida. Llamó a Mariana con un grito que intentó disimular.

—Mari, ven. Tienes que ver esto.

Mariana llegó con su taza de café, descalza, arrastrando los pies por el pasillo.

—¿Qué pasó? ¿Se dañó algo?

—No. Mira.

Mariana se inclinó sobre la pantalla. Vio las fotos. Vio los pies. Vio las plantas. Vio los dedos. Vio las uñas pintadas. Vio sus propios pies entre las fotos. Se quedó quieta unos segundos, procesando lo que estaba viendo. Luego soltó una carcajada.

—¡No puede ser! ¡Andrés es un fetichista de pies!

—¡Sshhh! —la calló Lucía, aunque también se estaba riendo—. No grite, que no está, pero igual.

—¿Y estas fotos? —Mariana seguía riéndose, señalando la pantalla—. ¿Cuándo tomó estas? ¡Mira, estos son mis pies! ¡Estos son los tuyos también! ¡Mira, Lucía, estos son tus pies con las sandalias rojas!

—Ya vi, ya vi. No me lo recuerdes.

Se quedaron las dos ahí, inclinadas sobre el escritorio, pasando fotos, riéndose, comentando. No estaban enojadas. No se sentían violadas. Era, más bien, cómico. Andrés, el callado, el juicioso, el que no molestaba a nadie, el que siempre estaba en su cuarto con la puerta entreabierta, el que casi no hablaba, el que parecía no tener ningún interés en las mujeres que vivían con él, resultaba ser un fetichista de pies. Y no un fetichista cualquiera. Un fetichista dedicado. Un fetichista que tomaba fotos a escondidas. Un fetichista que tenía una carpeta entera, organizada por fechas, por colores, por tipos de pies. Había subcarpetas. Había nombres. Había etiquetas. «Pies de sandalias», «Pies descalzos», «Pies con esmalte rojo», «Pies con esmalte claro», «Pies en el sofá», «Pies en la cocina». Era, en su propia manera retorcida, un archivo profesional.

—Este man está enfermo —dijo Mariana, pero lo dijo riéndose, sin maldad.

—Está obsesionado —corrigió Lucía—. Pero mira, la mayoría de las fotos son de pies con uñas pintadas de rojo intenso. Mira, cuenta. Casi todas.

Mariana miró con más atención. Era verdad. De las cientos de fotos, la gran mayoría mostraba pies con esmalte rojo. Rojo intenso, rojo sangre, rojo pasión. Un rojo que a Andrés, evidentemente, le volvía loco.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Mariana.

—Nada —dijo Lucía, encogiéndose de hombros—. No le vamos a decir nada. Pero…

—Pero qué.

—Pero podemos jugarle una broma. Una broma sin decirle nada. Una broma que solo nosotras entendamos.

Mariana levantó una ceja.

—¿Qué clase de broma?

Lucía sonrió. Esa sonrisa pícara que ponía cuando estaba tramando algo.

—Vamos a pintarnos las uñas de los pies de rojo intenso. Las dos. Y no le vamos a decir nada. Solo vamos a dejar que él lo note. Y vamos a ver qué pasa.

Mariana se quedó pensando unos segundos. Luego se rió.

—Me gusta. Me gusta mucho.

Esa misma tarde, cuando Andrés volvió del mercado, con las bolsas en las manos y el pelo desordenado, no notó nada raro. Lucía estaba en el sofá, leyendo. Mariana estaba en la cocina, preparando algo. Las saludó con un gesto, dejó las bolsas en la mesa, y se fue a su cuarto a guardar las cosas. No se dio cuenta de que las dos lo miraban de reojo. No se dio cuenta de que las dos tenían los pies descalzos, apoyados sobre el cojín, con las uñas pintadas de un rojo intenso que brillaba bajo la luz de la tarde. No se dio cuenta de que, por primera vez en meses, sus pies estaban ahí, a la vista, sin medias, sin zapatos, sin nada que los cubriera. No se dio cuenta de que las dos estaban esperando, con una sonrisa contenida, a ver cuánto tardaba en fijarse. Y Andrés, pobre Andrés, no se dio cuenta de nada. Todavía.

Esa noche, después de cenar y de un intercambio breve de palabras sobre cosas sin importancia, Andrés se despidió con un gesto mínimo y se encerró en su habitación. Cerró la puerta. Puso el seguro. Como todas las noches. Lucía y Mariana ya estaban acostumbradas a eso. Sabían que Andrés era de los que se encerraban temprano, de los que no veían televisión en la sala, de los que no se quedaban charlando hasta la madrugada. Nunca les pareció raro. Hasta esa noche.

Andrés se sentó en su silla, encendió el computador, y esperó a que cargara. No estaba nervioso. No estaba arrepentido. Estaba, más bien, expectante. Porque Andrés no había dejado la carpeta de fotos abierta por descuido. No había dejado el computador encendido por accidente. No había salido temprano a hacer mercado sin razón. Lo había hecho todo a propósito. Todo calculado. Todo planeado. Andrés había dejado esa carpeta abierta, en un computador en suspensión, en un escritorio que sabía que Lucía iba a organizar porque siempre organizaba los sábados por la mañana. Había dejado el mouse en una posición específica, la pantalla en un ángulo específico, la carpeta en un orden específico. Y luego se había ido, con la excusa del mercado, para darles espacio. Para darles tiempo. Para que ellas encontraran lo que él quería que encontraran.

No era un descuido. Era un experimento. Un experimento silencioso, retorcido, solitario. Andrés quería saber qué pasaba si ellas veían sus fotos. Quería saber si se enojaban, si se reían, si se asustaban, si lo confrontaban, si lo ignoraban. Quería saber si sus pies, esos pies que él había fotografiado tantas veces desde la distancia, seguían siendo parte de su vida cotidiana o si, a partir de esa noche, se convertirían en otra cosa. Quería saber, en el fondo, si su obsesión discreta podía dejar de ser discreta. Aunque fuera un poco.

Lo que Andrés no sabía era que Lucía y Mariana no solo habían visto la carpeta. Habían visto todo. Habían pasado fotos durante casi media hora. Se habían reído. Habían comentado. Habían notado el patrón del esmalte rojo. Y habían decidido, entre risas y complicidad, pintarse las uñas de ese mismo color esa misma tarde, sin decirle nada, solo para ver qué hacía él. Solo para jugar. Solo para poner a prueba al hombre callado que vivía con ellas y que, aparentemente, escondía más de lo que mostraba.

Andrés abrió una carpeta distinta. Una carpeta que no había mostrado a nadie. Una carpeta que ni siquiera Lucía y Mariana habían alcanzado a ver porque estaba en otra ubicación, con otro nombre, con otra contraseña. Dentro de esa carpeta había videos. No muchos. Pero había uno en particular que Andrés quería revisar esa noche. Un video de la cámara escondida que tenía en su habitación, apuntando hacia la puerta, hacia el escritorio, hacia la silla. Una cámara que había instalado semanas atrás, no para espiar a sus compañeras, sino para espiarse a sí mismo. Para verse a sí mismo. Para observar sus propios gestos, sus propias reacciones, sus propios momentos de debilidad frente a la pantalla. Pero la cámara también captaba lo que pasaba al otro lado de la puerta entreabierta. Y esa tarde, mientras él no estaba, la cámara había captado a Lucía entrando a su habitación, moviendo el mouse, descubriendo la carpeta. Había captado a Mariana llegando después, inclinándose sobre la pantalla, riéndose. Había captado sus voces, sus comentarios, sus carcajadas. Había captado, incluso, el momento en que Lucía dijo «vamos a pintarnos las uñas de rojo intenso» y Mariana respondió «me gusta, me gusta mucho».

Andrés se quedó mirando la pantalla. El video seguía corriendo. Las imágenes eran nítidas. El audio era claro. Podía ver la expresión de Lucía, la sonrisa de Mariana, la complicidad entre las dos. Podía ver sus pies descalzos sobre la alfombra de su cuarto, con las uñas todavía sin pintar, todavía naturales, todavía ajenas al rojo que las esperaba esa tarde. Podía ver el momento exacto en que sus ojos se posaron en las fotos de los pies con esmalte rojo, el momento exacto en que entendieron el patrón, el momento exacto en que decidieron jugar con él. Andrés sintió una mezcla rara de emociones. Vergüenza, sí. Excitación, también. Pero sobre todo, una curiosidad inmensa, casi clínica, por saber qué iba a pasar después. Porque ellas no sabían que él sabía. Y él no sabía que ellas sabían que él sabía. O algo así. La cadena de secretos se volvía cada vez más complicada, y Andrés, en lugar de sentir miedo, sentía una especie de placer oscuro, de satisfacción retorcida, de saber que su obsesión discreta había dejado de ser un monólogo para convertirse, por fin, en algo parecido a un juego.

En la habitación de Lucía, esa misma noche, las cosas eran distintas. Lucía estaba acostada boca abajo sobre su cama, con el celular en la mano, escribiéndole a Mariana por WhatsApp. Mariana estaba en su propio cuarto, a pocos metros, también con el celular, también despierta, también pensando en lo mismo.

Lucía: ¿Estás despierta?
Mariana: Sí. No puedo dormir.
Lucía: Yo tampoco. No dejo de pensar en lo de esta mañana.
Mariana: En las fotos.
Lucía: En las fotos. Y en él.
Mariana: ¿Crees que se dio cuenta de que las vimos?
Lucía: No sé. Dejó el computador encendido. Puede haber sido un descuido. O no.
Mariana: ¿Y si fue a propósito?
Lucía: ¿A propósito? ¿Por qué haría eso?
Mariana: No sé. Para ver qué hacíamos. Para provocarnos. Para que supiéramos.
Lucía: ¿Y qué ganaría con eso?
Mariana: No sé. Tal vez quiere que sepamos. Tal vez está cansado de esconderse.
Lucía: Tal vez. O tal vez solo es un descuidado.
Mariana: Pero las fotos. Las fotos de nuestros pies. ¿Viste cuántas había?
Lucía: Sí. Demasiadas. Y todas con esmalte rojo.
Mariana: Por eso nos pintamos las uñas.
Lucía: Por eso.
Mariana: ¿Y ahora qué? ¿Qué crees que va a hacer?
Lucía: No sé. Pero me da curiosidad.
Mariana: A mí también. Mucha.
Lucía: ¿Crees que es capaz de hacernos algo?
Mariana: ¿Como qué?
Lucía: No sé. Algo con los pies. Algo raro.
Mariana: ¿Cosquillas?
Lucía: Tal vez. Vi unas fotos que tenían como notas. Como si hubiera escrito cosas. No alcancé a leer bien.
Mariana: ¿Qué clase de cosas?
Lucía: No sé. Pero había una que decía algo de cosquillas. No estoy segura.
Mariana: ¿En serio?
Lucía: Sí. Creo. No alcancé a leer bien porque el mouse se movió y la pantalla cambió.
Mariana: ¿Y no volviste a mirar?
Lucía: No. Me dio cosa. Como que sentí que estaba invadiendo algo.
Mariana: Pero igual viste las fotos.
Lucía: Sí. Pero las fotos son una cosa. Las notas son otra.
Mariana: ¿Crees que nos quiere hacer cosquillas?
Lucía: No sé. Pero si lo intenta, te juro que lo pateo.
Mariana: Jajaja. Yo también.
Lucía: Aunque…
Mariana: ¿Aunque qué?
Lucía: Aunque tal vez sería divertido ver qué pasa. Ver hasta dónde es capaz de llegar.
Mariana: ¿Divertido?
Lucía: No sé. Tal vez. O tal vez sería raro. Muy raro.
Mariana: Sí. Muy raro.
Lucía: Pero interesante.
Mariana: Sí. Interesante.
Lucía: ¿Nos pintamos las uñas de rojo otra vez mañana?
Mariana: Sí. Y pasado mañana también.
Lucía: Y todos los días.
Mariana: Hasta que él diga algo.
Lucía: Hasta que él haga algo.
Mariana: O hasta que nosotras hagamos algo.
Lucía: ¿Como qué?
Mariana: No sé. Algo. Lo que sea. Pero algo.
Lucía: Buenas noches, Mari.
Mariana: Buenas noches, Luci.

Las dos dejaron el celular a un lado. Las dos se quedaron mirando el techo. Las dos pensaron en Andrés, en sus fotos, en sus notas, en sus intenciones. Las dos se preguntaron, en silencio, qué sería capaz de hacerle un hombre como Andrés a los pies de una mujer como ellas. Y las dos, sin decírselo, sintieron algo parecido a la curiosidad. Algo parecido a la intriga. Algo parecido, aunque no lo supieran, a las ganas de que el juego continuara.

Con el paso de las semanas, lo que había empezado como un juego secreto entre Lucía y Mariana se fue diluyendo en la rutina. Las uñas de rojo intenso siguieron ahí, pintadas cada domingo por la noche, como una costumbre que ya no tenía intención ni significado. Primero lo hacían mirándose entre ellas, riéndose, esperando la reacción de Andrés. Después lo hacían sin pensar. Después se les olvidó por qué lo hacían. Y después, simplemente, se les olvidó que Andrés era un fetichista de pies. La vida universitaria las absorbía: parciales, trabajos, exposiciones, prácticas, trasnochos, cafés, salidas, novios, rupturas, amigas, chismes. Andrés volvió a ser lo que siempre había sido para ellas: el compañero de apartamento callado, juicioso, que no molestaba, que pagaba a tiempo, que se encerraba temprano, que casi no hablaba. Un mueble más. Un habitante silencioso. Un hombre sin historia.

Y Andrés, por su parte, tampoco hizo nada para recordarles lo que había pasado. No dijo nada. No comentó nada. No hizo ningún gesto que delatara que él sabía que ellas sabían. Siguió encerrándose temprano, siguió trabajando en su cuarto, siguió mirando su computador, siguió revisando sus videos, siguió alimentando su obsesión en silencio. Pero algo había cambiado. Algo sutil. Algo que solo él notaba. Porque desde esa tarde, Lucía y Mariana dejaron de esconder los pies. Dejaron de ponerse medias en la sala. Dejaron de meter los pies debajo del cojín cuando él llegaba. Dejaron de usar zapatos cerrados en casa. Empezaron a andar descalzas con una naturalidad que antes no tenían. Como si, en el fondo, muy en el fondo, algo en ellas hubiera decidido que ya no importaba. Que ya no había nada que esconder. Que el hombre callado del cuarto del fondo ya las había visto de todas las maneras posibles y que, de alguna forma retorcida, eso las hacía sentir libres.

El apartamento, además, se convirtió en un punto de encuentro. Lucía y Mariana empezaron a llevar amigas. Primero una, después dos, después tres. Compañeras de la Javeriana, compañeras de Los Andes, amigas del colegio, primas, vecinas, conocidas de conocidas. El apartamento era grande, la sala era amplia, la cocina era cómoda, y las dos chicas tenían ese don de hacer que cualquier espacio se sintiera como una casa. Los viernes por la noche se llenaba de risas. Los sábados por la tarde se llenaba de café y de música. Los domingos por la mañana se llenaba de silencio y de resaca. Y en medio de todo eso, Andrés, el habitante invisible, el tercer compañero, el que casi nunca participaba pero que casi siempre estaba, se sentaba en un rincón de la sala con su laptop, fingiendo que trabajaba, fingiendo que no miraba, fingiendo que no existía.

Pero miraba. Claro que miraba. Miraba con una atención que rayaba en lo obsesivo, en lo clínico, en lo perturbador. Porque cuando el apartamento se llenaba de mujeres universitarias, pasaba algo que Andrés había descubierto con el tiempo y que ahora esperaba con una paciencia casi religiosa: la mayoría de ellas se quitaban los zapatos. Llegaban con botas, con tenis, con sandalias, con tacones, con flats, con lo que fuera, y a los pocos minutos de entrar, ya estaban descalzas. Los zapatos quedaban tirados junto a la puerta, en un montón desordenado de cuero y tela y cordones. Y ellas, las amigas de Lucía, las amigas de Mariana, las compañeras de universidad, las primas, las vecinas, las conocidas, caminaban descalzas por todo el apartamento. Por la sala. Por la cocina. Por el pasillo. Por el baño. Por el balcón. Pies desnudos por todas partes. Pies con uñas pintadas de todos los colores. Pies con uñas sin pintar. Pies con anillos en los dedos. Pies con tobillos finos. Pies con plantas suaves. Pies con plantas callosas. Pies de todos los tamaños, de todas las formas, de todos los tonos de piel. Pies que se apoyaban en el sofá, pies que se cruzaban sobre la alfombra, pies que se frotaban uno contra otro cuando hacía frío, pies que se estiraban cuando estaban cansados, pies que se escondían debajo de la mesa cuando había visita, pies que se exhibían sin pudor cuando la conversación se ponía interesante.

Andrés los veía todos. Uno por uno. Los memorizaba. Los clasificaba. Los comparaba. Los imaginaba. Imaginaba sus dedos recorriéndolos, sus labios rozándolos, su lengua lamiéndolos. Imaginaba las cosquillas. Siempre las cosquillas. Imaginaba a cada una de esas mujeres riéndose a carcajadas, retorciéndose, suplicando, perdiendo el control. Imaginaba la vulnerabilidad absoluta de una mujer hermosa que no puede controlar su risa, que no puede controlar su cuerpo, que no puede controlar nada. Y mientras imaginaba todo eso, se quedaba sentado en su rincón, con la laptop abierta, con la mirada baja, con el corazón latiéndole a mil por hora, sin que nadie sospechara nada. Sin que nadie supiera que el hombre callado del cuarto del fondo estaba construyendo, en su mente, un universo entero de cosquillas y de pies y de risas que nunca se atrevía a llevar a la realidad.

Para desgracia suya, porque cada noche que pasaba en ese apartamento lleno de pies desnudos era una noche que terminaba en su cuarto, solo, con la puerta cerrada, con el seguro puesto, con la mano en el mouse y los ojos en la pantalla, alimentando una obsesión que crecía y crecía y crecía sin encontrar nunca una salida. Y para satisfacción suya, porque cada noche que pasaba en ese apartamento lleno de pies desnudos era una noche que le regalaba imágenes nuevas, gestos nuevos, ángulos nuevos, mujeres nuevas, pies nuevos, que se sumaban a su archivo mental, a su carpeta secreta, a su colección privada de momentos que nadie más veía pero que él guardaba con una devoción silenciosa y retorcida.

Una noche de jueves, cuando el apartamento estaba vacío y silencioso, Lucía y Mariana se metieron en la habitación de Mariana a ver una película de terror. Era una de esas películas de posesiones demoníacas, con niñas que hablaban en latín y sacerdotes que perdían la fe, y las dos la habían estado esperando desde hacía semanas. Se acomodaron en la cama, con las cobijas hasta la cintura, con los pies descalzos sobre las sábanas, con un tazón de crispetas entre las dos. La habitación estaba oscura, solo iluminada por la pantalla del televisor y por una lámpara de mesa que Mariana nunca apagaba porque le daba miedo la oscuridad total. Lucía tenía los pies cruzados sobre la cobija. Mariana tenía los pies estirados hacia el borde de la cama, moviéndolos de vez en cuando, como hacía siempre que estaba nerviosa.

En eso, alguien tocó la puerta. No fue un golpe fuerte, sino un toque suave, discreto, casi tímido. Las dos se miraron.

—¿Sí? —dijo Mariana.

La puerta se abrió despacio. Era Andrés. Estaba de pie en el marco, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo el celular. Tenía el pelo desordenado, como siempre, y las gafas un poco torcidas, como siempre. Se quedó ahí, en el borde de la habitación, sin entrar del todo, con esa postura suya de hombre que nunca está seguro de si debe estar donde está.

—Perdón —dijo—. Es que voy a pedir una pizza. ¿Quieren?

Las dos se miraron otra vez. Lucía sonrió.

—Sí, claro. Piña para mí.

—Sin piña para mí —dijo Mariana—. Pero con extra queso.

Andrés asintió, anotando mentalmente.

—Listo. Voy a pedirla y bajo a recogerla cuando llegue.

Se dio la vuelta para irse. Pero Lucía lo detuvo.

—Oye, Andrés.

Él se detuvo. Se giró apenas.

—¿Sí?

—Si quieres, siéntate con nosotras a terminar de ver la película. Está buena. Da miedo. Pero buena.

Andrés dudó. Se quedó quieto en el marco de la puerta, con una mano apoyada en la madera, con la mirada baja. No era de los que se sentaban con ellas. No era de los que veían películas. No era de los que compartían. Pero algo en la invitación, algo en el tono de Lucía, algo en la manera en que las dos lo miraban desde la cama, lo hizo dudar. Y al final, sin decir nada, entró. Cerró la puerta detrás de él. Caminó hasta la cama. Y se sentó en el borde, con la espalda recta, con las manos sobre las rodillas, con la mirada fija en la pantalla.

Las dos chicas se corrieron un poco. No mucho. Solo lo suficiente para darle espacio. Sus pies descalzos quedaron más cerca de él, sobre las sábanas, casi rozando su pierna. Andrés no dijo nada. No miró. O fingió no mirar. Pero sentía la presencia de esos pies ahí, a centímetros de su cuerpo, y sentía el calor que emanaban, y sentía el olor sutil a crema y a jabón que se desprendía de ellos. Tragó saliva. Apretó las manos sobre las rodillas. Y siguió mirando la pantalla, donde una niña poseída estaba trepando por una pared.

Mariana, desde su lado de la cama, miró a Lucía. Lucía le devolvió la mirada. Y en ese intercambio silencioso, en ese parpadeo cómplice, se dijeron todo lo que necesitaban decirse. Mariana movió los labios sin emitir sonido: «¿Le tocamos?». Lucía asintió con la cabeza, apenas, casi imperceptiblemente. «Sí. Ahora.»

Mariana estiró las piernas despacio. Muy despacio. Hasta que uno de sus pies quedó apoyado sobre la espalda de Andrés. No fue un roce accidental. Fue un contacto deliberado, suave, tibio, con la planta completa sobre la tela de la camiseta. Andrés se puso rígido. No se movió. No dijo nada. Pero su respiración cambió. Se volvió más corta, más rápida, más consciente de sí misma. Lucía, al ver eso, hizo lo mismo. Estiró una pierna y apoyó su pie sobre la pierna de Andrés, justo encima de la rodilla. Y luego la otra. Y luego Mariana hizo lo mismo. Y en cuestión de segundos, los cuatro pies de las dos chicas estaban sobre él. Dos en su espalda, dos en sus piernas. Cuatro plantas tibias, cuatro pares de dedos, cuatro arcos que se ajustaban a la forma de su cuerpo como si siempre hubieran estado ahí.

Andrés se quedó quieto. Paralizado. Con la mirada fija en la pantalla pero sin ver nada. Sentía cada centímetro de esos pies sobre él. Sentía la textura de la piel, el peso de los tobillos, el calor que subía desde las plantas. Sentía los dedos de Mariana moviéndose apenas, rozando la tela de su camiseta. Sentía los de Lucía presionando suavemente su muslo, como si lo estuvieran midiendo. Y sentía, sobre todo, esa mezcla de emociones que lo acompañaba desde que tenía memoria: vergüenza, excitación, culpa, deseo, miedo, todo revuelto en un nudo que le apretaba el pecho y le secaba la boca.

No pudo evitarlo. Al principio se aguantó. Apretó las manos sobre las rodillas. Cerró los ojos un segundo. Respiró hondo. Pero los pies seguían ahí, tibios, suaves, presentes, y sus dedos empezaron a moverse solos. Primero fue un roce mínimo, casi involuntario, sobre el empeine de Lucía. Después fue un movimiento más claro, más deliberado, sobre la planta de Mariana. Después fue un recorrido lento, tembloroso, por el arco de uno de esos pies que tenía sobre la pierna. Andrés no podía parar. No sabía cómo parar. Su mano se movía como si tuviera vida propia, como si llevara años esperando ese momento, como si todo su cuerpo hubiera estado contenido hasta ese instante y ahora, por fin, estuviera encontrando una salida.

Pero en medio del recorrido, en medio del temblor, en medio de la respiración entrecortada, Andrés se detuvo. Retiró la mano. La puso de nuevo sobre su rodilla. Y dijo, en voz baja, casi rota, casi avergonzada:

—Lo siento, chicas. No puedo hacerlo.

Las dos se miraron. Lucía levantó una ceja. Mariana sonrió apenas.

—¿Hacer qué? —preguntó Lucía.

Andrés se quedó callado unos segundos. Miró la pantalla. Miró sus manos. Miró los pies que seguían sobre él, esperando, quietos, tibios. Y al final, suspiró. Un suspiro largo, cansado, como si estuviera soltando algo que llevaba años cargando.

—Tengo fetiche por los pies —dijo—. No puedo tocarles sus pies porque las respeto mucho. Y las quiero mucho. Y no quiero que piensen que soy un raro. No quiero que se sientan incómodas. No quiero que esto se vuelva un problema. Por eso no puedo hacerlo. Aunque quiera. Aunque me muera de ganas. No puedo.

El silencio duró unos segundos. La película seguía corriendo en la pantalla, con la niña poseída gritando en latín, pero ninguna de las tres personas en esa habitación estaba prestando atención. Lucía y Mariana se miraron una vez más. Y luego, sin decir nada, sin consultarlo, sin dudarlo, Lucía habló.

—Andrés.

Él levantó la mirada. Apenas. Lo justo para verla.

—Nosotras te damos permiso —dijo Lucía—. Adelante. Puedes tocarlos.

Andrés se quedó quieto unos segundos, procesando lo que acababa de escuchar. Las palabras de Lucía flotaban en el aire, claras, definitivas, sin doble sentido. Nosotras te damos permiso. Adelante. Puedes tocarlos. Miró a Mariana, buscando confirmación. Mariana asintió con la cabeza, despacio, con una sonrisa pequeña en los labios. No había burla en su gesto. No había lástima tampoco. Había algo distinto, algo que Andrés no supo nombrar pero que le dio permiso para dejar de contenerse.

Sus manos, que habían estado quietas sobre sus rodillas, empezaron a moverse. Primero con timidez, casi con miedo. Rozó el empeine de Lucía con la yema de los dedos, apenas un contacto mínimo, como si estuviera tocando algo frágil. Lucía no dijo nada. Solo cerró los ojos un segundo y dejó escapar un suspiro suave. Andrés entonces se animó. Pasó la mano por la planta de Mariana, despacio, de arriba abajo, sintiendo la textura de la piel, el calor, la suavidad. Mariana movió los dedos de los pies apenas, un gesto involuntario, y Andrés sintió que algo se le encendía por dentro.

Empezó a masajear. Primero uno, después otro. Sus manos se movían con una destreza que ni él mismo sabía que tenía. Recorría los arcos con los pulgares, presionaba los talones con las palmas, jugaba con los dedos uno por uno. Los cuatro pies estaban sobre él, dos en la espalda, dos en las piernas, y él los alcanzaba todos, alternando, sin prisa, con una concentración casi religiosa. Las chicas, mientras tanto, se habían quedado quietas en la cama. No se sentaron. No retiraron los pies. Seguían acostadas, con las cobijas hasta la cintura, con la mirada en el techo o en la pantalla, disfrutando en silencio de ese masaje inesperado. Lucía tenía los ojos cerrados. Mariana miraba a Andrés de reojo, con una curiosidad tranquila, como quien observa a alguien haciendo algo que ama.

—Qué bien lo haces —dijo Mariana, en voz baja.

Andrés no respondió. No podía. Estaba demasiado concentrado, demasiado absorto, demasiado dentro de su propio mundo. Sus manos seguían recorriendo esos pies con una devoción que rayaba en lo obsesivo. Sentía cada hueso, cada tendón, cada pliegue de la piel. Sentía el calor que subía desde las plantas, el olor a crema, el peso de los tobillos sobre sus piernas. Y en medio de esa devoción, en medio de ese placer que llevaba años imaginando, algo se le escapó. Algo que no planeó. Algo que simplemente sucedió.

Su dedo índice, el mismo que había estado masajeando el arco de Lucía con movimientos lentos y circulares, se deslizó. No fue un masaje. Fue un roce distinto. Un trazo fino, deliberado, travieso. La punta del dedo recorrió la planta del pie de Lucía desde el talón hasta la base de los dedos, despacio, con una intención que ya no era terapéutica sino juguetona. Y la reacción no se hizo esperar.

Lucía pegó un grito. Un grito agudo, desesperado, involuntario. Retorció el pie, lo encogió, intentó retirarlo, pero no lo movió de la pierna de Andrés. Solo lo apretó, como si quisiera esconderlo, como si quisiera protegerse de algo que ya había pasado. Mariana, al ver eso, se rió. Pero antes de que pudiera decir nada, Andrés ya estaba haciendo lo mismo con ella. Su dedo índice recorrió la planta del pie de Mariana con la misma lentitud, el mismo trazo, la misma intención. Y Mariana también gritó. Un grito corto, ahogado, seguido de una risa nerviosa que no pudo contener.

Andrés levantó la mirada. Las miró a las dos, alternando entre una y otra, con una expresión que era mitad curiosidad, mitad diversión, mitad algo más oscuro que no se atrevía a nombrar.

—¿Tienen cosquillas? —preguntó.

Las dos respondieron casi al mismo tiempo, sin pensarlo, como si la pregunta hubiera activado un resorte.

—Sí.

—Muchísimas.

—En las plantas de los pies sobre todo.

—No podemos soportarlo.

—Ni un poquito.

—Es horrible.

—Es insoportable.

Andrés las escuchó. Las escuchó con atención, con calma, con una satisfacción silenciosa que le recorría el cuerpo de arriba abajo. No dijo nada. No hizo ningún comentario. Solo dejó que sus dedos siguieran ahí, apoyados sobre esas plantas, quietos por ahora, esperando. Las chicas seguían acostadas. No se sentaron. No retiraron los pies. Seguían ahí, con las plantas expuestas, con los dedos encogidos, con las respiraciones agitadas, mirándolo desde la cama con una mezcla de nervios y de curiosidad que ninguna de las dos supo nombrar. Y Andrés, en el borde de esa cama, con cuatro pies sobre su cuerpo y una obsesión de años finalmente encontrando un lugar donde existir, sonrió apenas. Una sonrisa pequeña. Discreta. Como todo en él.

Andrés no dijo nada más. No preguntó. No pidió permiso otra vez. Solo extendió las manos y agarró con fuerza los cuatro pies de las dos chicas al mismo tiempo. Los tobillos de Lucía en una mano, los de Mariana en la otra, como si fueran dos ramos de flores que acabara de arrancar del jardín. Las chicas no alcanzaron a reaccionar. No alcanzaron a retirarse. No alcanzaron a decir nada. Porque en el instante en que Andrés tuvo esos cuatro pies bajo su control, sus dedos empezaron a moverse sobre las plantas con una velocidad y una precisión que nadie esperaba de un hombre tan callado, tan quieto, tan aparentemente inofensivo.

Primero fue un rasguño leve. Un recorrido rápido de las uñas por el centro de cada planta. Y las dos chicas estallaron al mismo tiempo.

Lucía soltó un alarido que rebotó en las paredes de la habitación. Mariana gritó tan fuerte que casi le tira el tazón de crispetas al piso. Las dos empezaron a revolcarse en la cama, a patalear, a retorcerse, a jalar las cobijas con las manos como si quisieran agarrarse de algo, de lo que fuera, para no salir volando. Pero Andrés no soltaba. Andrés no aflojaba. Andrés seguía ahí, sentado en el borde de la cama, con los cuatro pies atrapados entre sus dedos, rascando las plantas con una dedicación que ya no tenía nada de masaje, nada de ternura, nada de respeto. Era cosquillas. Cosquillas puras, duras, sin piedad. Cosquillas de las que no se pueden aguantar. Cosquillas de las que hacen perder la compostura, la dignidad, la voz.

—¡No, no, no, no! —gritaba Lucía, con la risa entrecortada, con los ojos llenos de lágrimas, con el pelo revuelto sobre la cara—. ¡Andrés, por favor, por favor, para!

—¡No puedo, no puedo, no puedo! —chillaba Mariana, con las manos apretando las sábanas, con los pies temblando entre los dedos de Andrés, con la cara roja de tanto reír—. ¡Se está muriendo, se está muriendo, se está muriendo!

Pero Andrés no paraba. Sus dedos recorrían las plantas de arriba abajo, de un lado a otro, en círculos, en zigzag, en líneas rectas. Rascaba los talones, los arcos, la base de los dedos. Jugaba con las uñas sobre la piel más sensible, esa piel que él había soñado con tocar durante años y que ahora tenía bajo sus dedos, tibia, suave, cosquilluda, viva. Sentía cada espasmo de esos pies, cada temblor, cada intento de escapar. Sentía la piel erizarse bajo sus yemas. Sentía las venas palpitar. Sentía los dedos de los pies encogerse y estirarse como si no supieran qué hacer con tanta estimulación.

Lucía se revolcaba de un lado a otro. Se agarraba la barriga. Se tapaba la boca. Se destapaba. Se volvía a tapar. Las lágrimas le corrían por las mejillas y no eran de tristeza. Eran de risa. De risa pura, descontrolada, animal. Una risa que le salía de lo más profundo del pecho y le sacudía todo el cuerpo. Pataleaba con el pie libre, el que Andrés no estaba cosquilleando en ese momento, y golpeaba el colchón con los puños. Pero el otro pie seguía ahí, atrapado, expuesto, recibiendo cosquillas sin descanso.

—¡Me voy a orinar! —gritó Lucía, entre carcajadas—. ¡En serio, Andrés, me voy a orinar!

—¡Yo también! —chilló Mariana—. ¡Yo también, yo también!

Andrés las escuchó. Sonrió apenas. Y siguió. Sus dedos cambiaron de estrategia. Ahora no rascaba. Ahora recorría las plantas con las yemas, despacio, muy despacio, con una lentitud que era peor que la velocidad. Porque la anticipación era peor. Porque saber que el dedo iba a pasar por ahí, por ese punto exacto, por ese lugar donde las cosquillas eran insoportables, era peor que sentirlo pasar de una vez. Las chicas empezaron a gritar antes de que el dedo llegara. Empezaron a reírse antes de que las tocara. Empezaron a suplicar antes de que el cosquilleo siquiera comenzara.

—¡No, no, no, ahí no, ahí no! —gritaba Lucía, señalando con el dedo el arco de su pie, como si con eso pudiera detenerlo.

—¡Por favor, por favor, por favor! —suplicaba Mariana, con la voz rota, con la risa convertida en jadeo, con el cuerpo entero temblando sobre las sábanas.

Pero Andrés no tenía piedad. No esa noche. No con esos pies. No después de años de imaginarlo. Sus dedos encontraron el punto exacto, ese punto que todas las personas cosquilludas tienen en la planta del pie, ese punto que las hace perder el control por completo, y se quedó ahí. Insistió. Rascó. Presionó. Recorrió. Las chicas se volvieron locas. Literalmente locas. Lucía se dio vuelta boca abajo, con la cara hundida en la almohada, gritando cosas que no se entendían. Mariana se agarró de la cabecera de la cama, con los brazos estirados, con el cuerpo arqueado, riéndose tan fuerte que no le salía sonido, solo aire, solo espasmos, solo temblores.

Andrés sentía todo eso bajo sus dedos. Sentía la piel cosquilluda, esa piel que se erizaba al mínimo contacto, esa piel que reaccionaba a todo, que no se acostumbraba, que no se rendía, que seguía siendo igual de sensible minuto tras minuto. Sentía los tendones tensarse. Sentía los músculos contraerse. Sentía los pies intentar escapar y no poder, porque él los tenía bien agarrados, porque él no iba a soltarlos, porque él había esperado demasiado tiempo para eso. Y mientras las chicas se revolcaban y reían y suplicaban, Andrés seguía ahí, con una calma extraña, con una concentración casi médica, rascando las plantas hipercosquilludas de esas dos mujeres hermosas que nunca habían sospechado que su compañero de apartamento era capaz de algo así.

—¡Basta, basta, basta! —gritó Lucía, con la voz ronca, con la cara roja, con el pelo pegado a las mejillas por el sudor—. ¡Ya, Andrés, ya, en serio, ya!

—¡Nos vamos a morir! —chilló Mariana—. ¡Nos vamos a morir de risa!

Andrés las miró. Las miró a las dos, revolcadas en la cama, con los pies todavía entre sus manos, con las plantas todavía expuestas, con las carcajadas todavía saliendo a borbotones. Y por un momento, solo por un momento, consideró parar. Consideró soltarlas. Consideró dejar que recuperaran el aliento. Pero luego sintió esos pies temblar otra vez entre sus dedos, sintió la piel erizarse bajo sus yemas, sintió el calor de esas plantas que había soñado con cosquillear durante años, y decidió que no. Todavía no. Todavía no era el momento de parar. Todavía no había explorado todos los rincones. Todavía no había escuchado todas las risas. Todavía no había hecho realidad todas las fantasías. Así que siguió. Siguió rascando. Siguió cosquilleando. Siguió torturando esos pies con una dedicación que ya no era discreta, que ya no era silenciosa, que ya no era respetuosa. Era sádica. Era juguetona. Era real.

Después de esa noche, nada volvió a ser igual en ese apartamento. Al menos no para Andrés. Lo que había empezado como una fantasía secreta, como un deseo guardado en el fondo de su mente durante años, se había convertido en algo real, tangible, repetible. Y Andrés, que nunca había sido de excesos, que nunca había sido de vicios, que nunca había sido de obsesiones descontroladas, descubrió que podía volverse adicto a algo. Adicto a las cosquillas. Adicto a esas risas. Adicto a esos pies. Adicto a la sensación de tener cuatro plantas hipercosquilludas bajo sus dedos y saber que no iba a parar hasta que él quisiera parar.

La primera vez después de esa noche fue a los pocos días. Lucía estaba en la sala, estudiando para un parcial de materiales, con los pies descalzos sobre el cojín, moviéndolos de vez en cuando mientras leía. Andrés pasó por ahí con una taza de café, rumbo a su cuarto, y se detuvo. No dijo nada. Solo se quedó ahí, de pie, mirando esos pies que conocía tan bien, que había masajeado, que había cosquilleado, que había torturado. Lucía levantó la vista.

—¿Qué? —preguntó, con una ceja levantada.

Andrés no respondió. Solo se sentó en el otro extremo del sofá, agarró uno de esos pies, y empezó a rascar la planta con las uñas. Lucía soltó un grito y una carcajada al mismo tiempo. Se retorció. Se rió. Se agarro del cojín. Y Andrés no paró hasta que ella le dio una patada en el brazo, riéndose todavía, con los ojos llorosos, con el libro tirado en el piso.

La segunda vez fue con Mariana. Estaba en la cocina, preparándose un sándwich, descalza sobre las baldosas frías. Andrés entró a buscar agua. La vio ahí, de espaldas, con los pies desnudos, y no lo pensó. Se acercó por detrás, se agachó, y le agarró los dos tobillos. Mariana casi se cae de la sorpresa. Y después empezó a reírse. Se rió tanto que se le cayó el cuchillo de la mano. Se rió tanto que tuvo que agarrarse del mesón. Se rió tanto que Andrés tuvo que soltarla porque ella ya no podía sostenerse en pie.

La tercera vez fue con las dos al mismo tiempo. Estaban en la habitación de Lucía, viendo una serie, descalzas, acostadas cada una en su lado de la cama. Andrés tocó la puerta, entró sin esperar respuesta, se sentó en el borde, y sin decir nada, sin preguntar nada, les agarró los cuatro pies y empezó a cosquillearlos. Las dos gritaron. Las dos se rieron. Las dos se revolcaron. Y Andrés no paró hasta que las dos terminaron tiradas en el piso, abrazadas, riéndose todavía, con las mejillas rojas y el pelo revuelto.

Y así siguió. Una vez. Dos veces. Tres veces. Muchas veces. Cada que podía. Cada que las veía descalzas. Cada que se quedaban solas con él. Cada que había una película, una serie, una tarde de estudio, una noche de insomnio. Andrés encontraba la manera. A veces era directo. A veces era sutil. A veces esperaba a que se durmieran para agarrarles un pie y cosquillearlo hasta que se despertaran riéndose. A veces las perseguía por el apartamento hasta que ellas se dejaban atrapar, riéndose antes de que él siquiera las tocara. A veces ellas mismas le ponían los pies en las piernas sin decir nada, como una invitación silenciosa, como un permiso tácito, como una costumbre que ya no necesitaba palabras.

A las chicas no les molestaba. Eso era lo que Andrés creía. Eso era lo que ellas le dejaban creer. Lucía se reía cada vez, se retorcía cada vez, se dejaba cosquillear cada vez. Mariana hacía lo mismo. Nunca le decían que parara. Nunca le decían que se detuviera. Nunca le decían que era suficiente. Solo se reían. Solo se dejaban. Solo seguían con sus vidas como si eso fuera algo normal, algo cotidiano, algo que hacía parte de la convivencia. Y Andrés, en su mente, interpretaba eso como aceptación. Como permiso. Como consentimiento. Como si las chicas supieran de su fetiche, como si lo entendieran, como si lo compartieran. Como si todo estuviera bien.

Pero no todo estaba bien. O tal vez sí. O tal vez no. Andrés no lo sabía. Andrés nunca preguntó. Andrés nunca se sentó con ellas a hablar de lo que pasaba. Andrés nunca dijo «¿les molesta?», nunca dijo «¿están cómodas?», nunca dijo «¿quiero saber si esto es un juego o si es algo más». Solo seguía. Solo repetía. Solo convertía esa obsesión en una rutina, en una costumbre, en una parte más de su vida diaria. Y las chicas, por su parte, tampoco decían nada. No lo confrontaban. No lo cuestionaban. No le ponían límites. Solo se reían. Solo se dejaban. Solo seguían. Y en medio de ese silencio, en medio de esa ausencia de palabras, Andrés construyó una certeza que no tenía base: la certeza de que ambas sabían de su fetiche, de que ambas lo aceptaban, de que ambas estaban de acuerdo. La certeza de que eso que hacían era un juego compartido, un secreto entre tres, una dinámica que a nadie le hacía daño.

Lucía se había ido de viaje. Un proyecto de la universidad, algo relacionado con materiales sostenibles, la había llevado a Medellín por una semana entera. El apartamento quedó más silencioso de lo habitual. Andrés y Mariana se quedaron solos, compartiendo espacios, comidas, silencios. No era incómodo. Nunca lo había sido. Mariana estudiaba en su cuarto, Andrés trabajaba en el suyo, y se cruzaban en la cocina o en la sala con la naturalidad de dos personas que se conocen bien y no necesitan llenar el aire con palabras.

La primera noche después de que Lucía se fue, Mariana se sentó en el sofá a leer. Tenía los pies descalzos sobre el cojín, como siempre. Andrés pasó por ahí, la vio, y no lo pensó. Se sentó a su lado, le agarró un pie, y empezó a cosquillearlo. Mariana se rió. Se retorció. Se dejó. Y Andrés siguió hasta que ella le dio una patada juguetona y le dijo que ya, que suficiente por esa noche.

La segunda noche fue igual. La tercera también. La cuarta noche, sin embargo, algo cambió. No fue planeado. No fue decidido. Simplemente sucedió. Mariana estaba acostada en su cama, boca abajo, con los pies desnudos sobre las sábanas, leyendo un PDF en el celular. Andrés entró a su habitación sin tocar la puerta, como ya era costumbre entre ellos. Se sentó en el borde de la cama. Le agarró los dos tobillos. Y empezó.

Al principio fue como siempre. Dedos sobre las plantas. Uñas sobre los arcos. Risas de Mariana. Carcajadas que llenaban la habitación. Pero esa noche Andrés estaba distinto. Más concentrado. Más intenso. Más dentro de su propia obsesión. Sus dedos rascaban sin pausa, sin descanso, sin considerar el cansancio de Mariana. Y ella se reía. Se reía a carcajadas, con la cara hundida en la almohada, con los puños apretando las sábanas, con los pies temblando entre las manos de Andrés.

—¡JAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJA! —reía Mariana, sin palabras, sin súplicas, solo risa pura, risa limpia, risa que le sacudía todo el cuerpo.

Andrés la escuchaba. Sentía esos pies vibrar bajo sus dedos. Sentía la piel erizarse, los tendones tensarse, los dedos encogerse. Y en medio de esa sinfonía de risas y temblores, algo se le cruzó por la mente. Algo que había imaginado muchas veces pero que nunca se había atrevido a hacer. Algo que iba más allá de las cosquillas. Algo que él mismo se había prohibido porque le parecía demasiado, porque le parecía un límite que no debía cruzar. Pero esa noche, con Lucía lejos, con Mariana riéndose bajo sus dedos, con esos pies tan cerca de su cara, tan tibios, tan suaves, tan disponibles, no pudo evitarlo.

Se llevó los pies de Mariana a la boca.

Fue un movimiento rápido, casi instintivo. Agarró uno de esos pies con las dos manos, lo levantó hasta su cara, y pasó la lengua por la planta. Un lengüetazo largo, húmedo, lento, desde el talón hasta la base de los dedos. Mariana, que estaba en medio de una carcajada, sintió el contacto y se quedó sin aire. La risa se le atascó en la garganta. El cuerpo se le puso rígido. Y luego, cuando la lengua de Andrés volvió a pasar, más despacio, más deliberada, más húmeda, Mariana soltó un gemido. Un gemido que no era de risa. Un gemido que no era de sorpresa. Un gemido que era otra cosa. Algo más profundo. Algo más visceral. Algo que le salió del pecho sin que ella lo pudiera controlar.

Andrés no paró. Siguió lamiendo. Siguió chupando. Sus dedos seguían cosquilleando la planta del otro pie, rascando, insistiendo, sin piedad. Y Mariana seguía riéndose. Pero ahora la risa venía mezclada con gemidos. Carcajadas que se cortaban a mitad de camino y se convertían en suspiros. Risas que se transformaban en jadeos. El cuerpo de Mariana ya no sabía qué hacer. Se retorcía por las cosquillas. Se arqueaba por las lamidas. Temblaba por todo. Gemía por todo. Reía por todo. Era una confusión de sensaciones que la sobrepasaba, que la sacaba de su eje, que la dejaba sin palabras, sin pensamientos, sin control.

—¡JAJAJAJA… ahhh… JAJAJAJA… mmm… JAJAJAJA! —sonaba Mariana, con la voz quebrada, con la respiración entrecortada, con las manos apretando las sábanas hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Andrés sentía todo eso. Sentía los pies de Mariana temblar en su boca. Sentía la piel erizarse bajo su lengua. Sentía el sabor de esa piel, tibia, suave, ligeramente salada por el sudor de la risa. Y sentía, sobre todo, el poder. El poder de tener a esa mujer hermosa, a esa mujer que él consideraba bonita, a esa mujer que él había deseado en silencio durante meses, completamente a su merced. Riendo. Gimiendo. Temblando. Sin poder hacer nada. Sin querer hacer nada. Solo entregándose.

Siguió lamiendo. Siguió chupando. Pasó la lengua entre los dedos, uno por uno. Chupó el dedo gordo, lo succionó despacio, lo recorrió con la punta de la lengua. Mariana gimió más fuerte. Se arqueó más. Se rió más. Y Andrés, con los dedos de una mano todavía rascando la planta del otro pie, con la boca ocupada en el primero, sintió que esa noche, por fin, estaba haciendo realidad algo que ni siquiera en sus fantasías más retorcidas se había atrevido a imaginar.

Esa noche, después de las lamidas, después de las chupadas, después de los gemidos mezclados con carcajadas, Mariana ya no era la misma. Andrés tampoco. Los dos se quedaron quietos en esa cama, respirando fuerte, mirándose a los ojos, con los pies de Mariana todavía húmedos de saliva y de risa. Nadie dijo nada durante unos segundos. No hacía falta. Lo que había pasado ya estaba dicho. Y lo que iba a pasar después también. Andrés se inclinó sobre ella. Mariana no se movió. No lo apartó. No dijo que no. Solo cerró los ojos y dejó que él hiciera lo que quería hacer. Y esa noche, por primera vez en meses, por primera vez en años, por primera vez en toda su vida de obsesiones discretas y silencios contenidos, Andrés tuvo sexo con Mariana. No fue un sexo apasionado de película. Fue un sexo real, torpe a ratos, intenso a ratos, con risas nerviosas y con silencios incómodos y con momentos en que los dos se quedaban quietos mirándose como si no supieran qué estaban haciendo. Pero fue sexo. Fue piel contra piel. Fue gemidos que ya no eran por cosquillas. Fue un cuerpo que se entregaba a otro cuerpo sin pensar en las consecuencias. Y cuando terminaron, cuando los dos quedaron tirados en esa cama con el corazón latiéndoles a mil por hora, Andrés no sintió culpa. No sintió vergüenza. No sintió nada de lo que había sentido siempre después de sus fantasías solitarias. Sintió, más bien, una calma extraña, una satisfacción plena, como si por fin hubiera encontrado el final de un camino que había estado recorriendo a ciegas durante años.

Las semanas siguientes fueron raras. No incómodas, pero sí raras. Mariana y Andrés se cruzaban en el apartamento con una naturalidad que sorprendía a los dos. No hablaban de lo que había pasado. No lo analizaban. No lo definían. Pero cada vez que se quedaban solos, cada vez que Lucía no estaba, cada vez que había una tarde libre o una noche sin planes, volvían a hacerlo. Las cosquillas primero. Las lamidas después. El sexo al final. Se convirtió en una rutina secreta, en un ritual silencioso, en algo que ninguno de los dos nombraba pero que los dos esperaban. Y Lucía, mientras tanto, no sospechaba nada. Lucía seguía con sus estudios, con sus salidas, con sus amigas, con sus proyectos. Lucía seguía descalza por el apartamento. Lucía seguía sin saber que su compañera de cuarto y su compañero de apartamento se estaban acostando cada vez que ella no estaba.

Hasta que un par de semanas después, Lucía volvió de un viaje corto, y Mariana entró en época de parciales. Eso significaba que Mariana se iba todo el día a la universidad. Salía a las seis de la mañana y volvía a las diez de la noche. Estudiaba en la biblioteca, en los cafés, en las salas de estudio. No volvía a almorzar, no volvía a descansar, no volvía hasta que las bibliotecas cerraban. Y eso significaba que Andrés y Lucía se quedaban solos. Todo el día. Desde la mañana hasta la noche. Sin testigos. Sin interrupciones. Sin nadie que pudiera escuchar lo que pasaba dentro de esas paredes.

Andrés lo notó el primer día. Lucía se levantó tarde, se preparó un café, se sentó en la sala con los pies descalzos sobre el cojín. Andrés pasó por ahí, la vio, y supo que era el momento. No lo pensó mucho. No lo planeó mucho. Simplemente se sentó a su lado, le agarró los pies, y empezó. Lucía se rió. Se retorció. Se dejó. Como siempre. Como si nada hubiera cambiado. Como si Andrés no hubiera estado haciendo lo mismo con Mariana durante semanas. Como si los pies de Lucía no fueran también hipercosquilludos, también suaves, también deseables.

Andrés empezó suave. Dedos sobre las plantas. Uñas sobre los arcos. Risas de Lucía. Carcajadas que llenaban la sala. Pero esa vez no se detuvo. No paró cuando ella se retorció. No paró cuando ella se rió más fuerte. No paró cuando ella le dio una patada juguetona. Siguió. Siguió rascando. Siguió cosquilleando. Siguió torturando esos pies con una dedicación que ya no era la misma de antes. Era más intensa. Más oscura. Más decidida. Porque Andrés ya sabía lo que venía después. Ya sabía lo que pasaba cuando las cosquillas se volvían demasiado. Ya sabía lo que él era capaz de hacer cuando tenía esos pies bajo su control.

Y de un momento a otro, sin aviso, sin transición, se llevó los pies de Lucía a la boca.

Lucía se quedó sin aire. La risa se le cortó en seco. El cuerpo se le puso rígido. Y luego, cuando la lengua de Andrés pasó por su planta, larga, húmeda, lenta, Lucía soltó un gemido. Un gemido involuntario. Un gemido que no era de risa. Un gemido que la sorprendió a ella misma. Andrés no paró. Siguió lamiendo. Siguió chupando. Sus dedos seguían cosquilleando la planta del otro pie, rascando sin piedad, insistiendo sin descanso. Y Lucía empezó a alternar. Carcajadas y gemidos. Risas y suspiros. Gritos y jadeos. Su cuerpo ya no sabía qué hacer. Se retorcía por las cosquillas. Se arqueaba por las lamidas. Temblaba por todo. Gemía por todo. Reía por todo.

—¡JAJAJAJA… ahhh… JAJAJAJA… mmm… JAJAJAJA! —sonaba Lucía, con la voz quebrada, con la respiración entrecortada, con las manos apretando el cojín hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Andrés sentía todo eso. Sentía los pies de Lucía temblar en su boca. Sentía la piel erizarse bajo su lengua. Sentía el sabor de esa piel, tibia, suave, ligeramente salada por el sudor de la risa. Y sentía, otra vez, el poder. El poder de tener a esa mujer hermosa, a esa mujer que él consideraba bonita, a esa mujer que había deseado en silencio durante meses, completamente a su merced. Riendo. Gimiendo. Temblando. Sin poder hacer nada. Sin querer hacer nada. Solo entregándose.

Siguió lamiendo. Siguió chupando. Pasó la lengua entre los dedos, uno por uno. Chupó el dedo gordo, lo succionó despacio, lo recorrió con la punta de la lengua. Lucía gimió más fuerte. Se arqueó más. Se rió más. Y Andrés, con los dedos de una mano todavía rascando la planta del otro pie, con la boca ocupada en el primero, sintió que esa mañana, en esa sala vacía, con Mariana lejos y con Lucía entregada, estaba haciendo realidad algo que ni siquiera se había atrevido a imaginar. Las cosquillas y las lamidas se volvieron tan intensas, tan constantes, tan mezcladas, que Lucía terminó excitándose de una manera que no podía controlar. Su cuerpo respondía solo. Su respiración se aceleraba sola. Sus gemidos se volvían más profundos, más frecuentes, más necesitados. Y Andrés, al sentir eso, al ver eso, al escuchar eso, supo que esa mañana iba a terminar igual que las noches con Mariana. Supo que Lucía iba a terminar entregándose. Supo que él iba a terminar teniendo sexo con ella. Y no se equivocó. Esa mañana, en esa sala, con los pies de Lucía todavía húmedos de saliva y de risa, Andrés tuvo sexo con Lucía. Y fue tan real, tan intenso, tan inesperado, como había sido con Mariana. Y cuando terminaron, cuando los dos quedaron tirados en ese sofá con el corazón latiéndoles a mil por hora, Andrés no sintió culpa. No sintió vergüenza. Solo sintió que su obsesión discreta ya no era tan discreta. Ya no era un secreto. Ya no era un juego. Era algo más. Algo que estaba creciendo. Algo que estaba tomando forma. Algo que, tarde o temprano, iba a tener que enfrentar.

Un par de semanas después de que terminaran los parciales, el apartamento volvió a llenarse de vida. Mariana había sobrevivido a sus exámenes con más café que sueño, y Lucía había terminado los suyos con esa mezcla de alivio y cansancio que solo entienden los universitarios. Esa tarde, las dos se encerraron en la habitación de Mariana con un ritual que repetían cada vez que terminaban un semestre: manicure y pedicure casero. Se sentaron en el piso, sobre una cobija vieja, con los esmaltes desparramados alrededor, los algodones, el quitaesmalte, las limas, los separadores de dedos. Y como siempre, como desde esa primera vez que se pintaron las uñas de rojo intenso para jugarle una broma a Andrés, eligieron el mismo color. El rojo. Ese rojo sangre, rojo pasión, rojo obsesión.

Lucía se pintó primero las manos. Después los pies. Mariana hizo lo mismo. Se rieron, se equivocaron, se corrigieron, se embarraron los dedos, se limpiaron con algodón. Y cuando terminaron, cuando las uñas de las manos y de los pies brillaban con ese rojo intenso que ya era parte de su identidad, se quedaron sentadas en el piso, con las piernas estiradas, con los pies descalzos sobre la cobija, esperando a que secara el esmalte. Estaban en camisilla de tiritas, de esas tipo esqueleto que dejaban los hombros al descubierto, y shorts de algodón. El pelo suelto. La piel tibia. Las uñas rojas. Las dos hermosas. Las dos descalzas. Las dos riéndose de algo que ni ellas mismas recordaban.

En eso, escucharon la puerta del apartamento. La llave girando en la cerradura. El sonido inconfundible de alguien entrando. Las dos se miraron.

—¿Andrés? —dijo Lucía, en voz alta.

Y desde la entrada, desde el pasillo, desde ese espacio que separaba la puerta de la sala, llegó la respuesta. Una palabra. Una sola palabra. Una clave que solo los tres conocían. Algo que había nacido de una noche de cosquillas, de una noche de risas, de una noche en que Andrés las había hecho reír tanto que las dos habían dicho esa palabra al mismo tiempo, sin coordinarlo, y desde entonces se había convertido en su contraseña, en su señal, en su manera de decir «soy yo, estoy aquí, pueden estar tranquilas».

Las dos sonrieron. Lucía se levantó, asomó la cabeza por la puerta de la habitación, y gritó:

—¡Andrés, ven! ¡Estamos en el cuarto de Mari!

Andrés colgó las llaves, se quitó los tenis, y caminó por el pasillo. Se detuvo en el marco de la puerta. Y las vio. A las dos. Sentadas en el piso, sobre la cobija, con las piernas estiradas, con los pies descalzos, con las uñas de las manos y de los pies pintadas de ese rojo intenso que a él lo volvía loco. Con las camisillas de tiritas. Con los shorts. Con el pelo suelto. Con las sonrisas en los labios. Las dos hermosas. Las dos cosquilludas. Las dos mirándolo con esa expresión que él ya conocía, que él ya sabía interpretar, que él ya sabía que significaba.

—¿Qué opinas? —preguntó Mariana, moviendo los dedos de los pies, exhibiendo ese rojo brillante bajo la luz de la habitación.

Andrés se quedó quieto unos segundos. Las miró. Las miró a las dos, alternando, sin prisa. Miró sus manos, sus pies, sus uñas rojas, sus piernas desnudas, sus hombros descubiertos. Y sintió que algo se le encendía por dentro. Algo que ya conocía. Algo que ya sabía controlar. O eso creía.

—Chicas —dijo, con una calma que no sentía—. Ya saben que ese rojo me encanta. Y saben lo que pasa.

No les dio tiempo de responder. No les dio tiempo de reírse. No les dio tiempo de decir nada. Andrés cruzó la habitación en dos pasos, se agachó, y les agarró los cuatro pies al mismo tiempo. Los de Lucía con una mano, los de Mariana con la otra. Los levantó un poco, solo lo suficiente para que ellas quedaran con las piernas estiradas, con los talones apoyados en el piso, con las plantas expuestas, con los dedos de los pies apuntando hacia arriba. Y empezó.

Primero fue un rasguño leve. Un recorrido rápido de las uñas por el centro de cada planta. Y las dos chicas estallaron al mismo tiempo. Lucía soltó un alarido. Mariana gritó tan fuerte que casi tira el frasco de esmalte. Las dos empezaron a revolcarse en el piso, a patalear, a retorcerse, a jalar la cobija con las manos como si quisieran agarrarse de algo. Pero Andrés no soltaba. Andrés no aflojaba. Andrés seguía ahí, agachado en el piso, con los cuatro pies atrapados entre sus dedos, rascando las plantas con una dedicación que ya no tenía nada de masaje, nada de ternura, nada de respeto.

—¡JAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJA! —reían las dos, con las voces entrecortadas, con los ojos llenos de lágrimas, con el pelo revuelto sobre la cara.

Andrés alternaba. Un pie de Lucía. Un pie de Mariana. El otro de Lucía. El otro de Mariana. Rascaba los talones. Rascaba los arcos. Rascaba la base de los dedos. Rascaba los espacios entre los dedos. Y después, sin aviso, sin transición, se llevó uno de esos pies a la boca. El de Lucía. Lo levantó hasta su cara, lo sostuvo con las dos manos, y pasó la lengua por la planta. Un lengüetazo largo, húmedo, lento, desde el talón hasta la base de los dedos. Lucía se quedó sin aire. La risa se le cortó en seco. El cuerpo se le puso rígido. Y luego, cuando la lengua de Andrés volvió a pasar, más despacio, más deliberada, más húmeda, Lucía soltó un gemido. Un gemido que no era de risa. Un gemido que no era de sorpresa. Un gemido que era otra cosa. Algo más profundo. Algo más visceral. Algo que le salió del pecho sin que ella lo pudiera controlar.

Andrés no paró. Siguió lamiendo. Siguió chupando. Sus dedos seguían cosquilleando la planta del otro pie de Lucía, rascando sin piedad, insistiendo sin descanso. Y Lucía seguía riéndose. Pero ahora la risa venía mezclada con gemidos. Carcajadas que se cortaban a mitad de camino y se convertían en suspiros. Risas que se transformaban en jadeos. El cuerpo de Lucía ya no sabía qué hacer. Se retorcía por las cosquillas. Se arqueaba por las lamidas. Temblaba por todo. Gemía por todo. Reía por todo.

Mariana, mientras tanto, seguía con su propio pie atrapado en la otra mano de Andrés. Seguía recibiendo cosquillas. Seguía riéndose a carcajadas. Pero al ver lo que Andrés le estaba haciendo a Lucía, al escuchar esos gemidos mezclados con risas, al ver esa lengua recorriendo esa planta, Mariana sintió que algo se le encendía por dentro. Algo que ya conocía. Algo que ya había sentido. Y sin pensarlo, sin planearlo, sin decirlo, movió su pie libre, el que Andrés no estaba cosquilleando en ese momento, y lo acercó a la boca de Andrés. Lo puso ahí, cerca, disponible, esperando. Andrés lo vio. Lo entendió. Y sin dejar de lamer el pie de Lucía, sin dejar de cosquillear el otro, estiró la lengua y pasó por la planta del pie de Mariana. Un lengüetazo rápido, húmedo, certero. Mariana gimió. Se arqueó. Se rió. Y Andrés, con dos pies en la boca y dos pies entre los dedos, con dos chicas hermosas retorciéndose en el piso, con dos pares de uñas rojas brillando bajo la luz, sintió que esa tarde, en esa habitación, con esas dos mujeres que reían y gemían al mismo tiempo, estaba viviendo algo que ni siquiera en sus fantasías más retorcidas había imaginado. Y no paró. Siguió lamiendo. Siguió chupando. Siguió cosquilleando. Siguió alternando entre los cuatro pies, entre las cuatro plantas, entre las dos mujeres que se retorcían y reían y gemían bajo sus dedos y su lengua. Y las dos chicas, lejos de pedirle que parara, lejos de apartarlo, lejos de decir basta, seguían ahí. Riendo. Gimiendo. Temblando. Entregándose.

Esa tarde, en esa habitación, en ese piso cubierto por una cobija vieja y frascos de esmalte rojo, las cosas dejaron de ser un juego. Dejaron de ser cosquillas. Dejaron de ser lamidas. Dejaron de ser gemidos mezclados con risas. Se convirtieron en otra cosa. En algo más intenso. En algo más profundo. En algo que los tres habían estado evitando nombrar pero que sabían que iba a pasar tarde o temprano.

Andrés las tenía a las dos en el piso. A Lucía con un pie en la boca y el otro entre los dedos. A Mariana con un pie en la lengua y el otro cosquilleado sin piedad. Las dos reían. Las dos gemían. Las dos temblaban. Y las dos, en medio de ese torbellino de sensaciones, empezaron a excitarse de una manera que ya no podían disimular. Sus respiraciones se volvieron más cortas, más rápidas, más necesitadas. Sus cuerpos se arqueaban solos. Sus manos buscaban algo de qué agarrarse. Y sus gemidos, esos gemidos que antes solo salían cuando la lengua de Andrés tocaba sus plantas, empezaron a salir con más frecuencia, con más intensidad, con más urgencia.

Andrés lo notó. Claro que lo notó. Llevaba meses observando a esas dos mujeres. Llevaba meses conociendo sus reacciones, sus gestos, sus límites. Y sabía exactamente lo que estaba pasando. Sabía que las cosquillas las estaban excitando. Sabía que las lamidas las estaban excitando. Sabía que todo junto, las cosquillas y las lamidas y los gemidos y las risas, las estaba llevando a un punto de no retorno. Y él quería eso. Quería que llegaran ahí. Quería que se entregaran. Quería tenerlas a las dos, al mismo tiempo, riendo y gimiendo y temblando bajo sus dedos y su lengua. Quería hacer realidad la fantasía que había alimentado en silencio durante meses.

Así que no paró. Siguió cosquilleando. Siguió lamiendo. Siguió chupando. Pero ahora sus manos empezaron a moverse distinto. Ya no solo rascaban plantas. Ya no solo recorrían arcos. Ahora subían por los tobillos. Ahora rozaban las pantorrillas. Ahora se deslizaban por las rodillas. Ahora acariciaban los muslos. Y las chicas, lejos de apartarlo, lejos de decirle que parara, lejos de ponerle límites, se dejaban. Se dejaban tocar. Se dejaban acariciar. Se dejaban recorrer. Seguían riéndose por las cosquillas en los pies, pero ahora esa risa se mezclaba con otra cosa. Con deseo. Con necesidad. Con ganas de más.

Andrés levantó a Lucía del piso. La sentó en la cama. Y luego hizo lo mismo con Mariana. Las dos quedaron ahí, sentadas, con las camisillas de tiritas, con los shorts, con las uñas rojas, con el pelo revuelto, con las mejillas encendidas. Las dos mirándolo. Las dos esperando. Las dos sin decir nada, porque no hacía falta decir nada. Andrés se quitó la camiseta. Se quedó ahí, de pie frente a ellas, con el torso desnudo, con la respiración agitada, con los ojos oscuros. Y las dos supieron lo que iba a pasar. Las dos lo supieron y no lo detuvieron. Las dos lo supieron y se dejaron hacer.

Esa tarde, en esa habitación, Andrés tuvo sexo con las dos. Al mismo tiempo. En la misma cama. Con las dos riéndose y gimiendo y temblando. Porque Andrés no dejó de cosquillearlas ni un momento. Ni cuando las besaba. Ni cuando las acariciaba. Ni cuando se movía dentro de ellas. Sus dedos seguían ahí, sobre las plantas de los pies, sobre los costados, sobre las costillas, sobre las axilas, sobre cualquier lugar donde supiera que las cosquillas eran insoportables. Y las chicas reían. Reían a carcajadas mientras él las penetraba. Reían con la cara metida en la almohada. Reían con los ojos llenos de lágrimas. Reían con el cuerpo entero temblando de placer y de cosquillas al mismo tiempo. Y gemían. Gemían cuando la risa les cortaba la respiración. Gemían cuando Andrés encontraba un ritmo. Gemían cuando sus dedos se movían sobre la piel más sensible. Gemían cuando todo junto, las cosquillas y el sexo y la entrega, las sobrepasaba.

—¡JAJAJAJA… ahhh… JAJAJAJA… mmm… JAJAJAJA! —sonaba Lucía, con la voz quebrada, con el cuerpo arqueado, con las manos apretando las sábanas.

—¡JAJAJAJA… ahhh… JAJAJAJA… mmm… JAJAJAJA! —sonaba Mariana, con la cara roja, con el pelo pegado a las mejillas, con los pies temblando entre los dedos de Andrés.

Y Andrés, en medio de las dos, con una a cada lado, con cuatro pies entre sus manos, con dos cuerpos entregados bajo el suyo, sentía que estaba viviendo algo que ni siquiera en sus fantasías más retorcidas había imaginado. No era solo sexo. No era solo cosquillas. Era la combinación de todo. Era el poder de tener a esas dos mujeres hermosas riendo y gimiendo al mismo tiempo. Era la satisfacción de saber que él era la causa de esas risas y de esos gemidos. Era la certeza de que su obsesión, esa obsesión discreta que había cultivado durante años, había encontrado por fin un lugar donde existir sin esconderse.

Y las chicas disfrutaban. Claro que disfrutaban. Disfrutaban de ser sometidas. Disfrutaban de ser cosquilleadas. Disfrutaban de reír y gemir al mismo tiempo. Disfrutaban de perder el control. Disfrutaban de entregarse a un hombre que sabía exactamente lo que hacía, que sabía exactamente dónde tocar, que sabía exactamente cómo combinarlo todo para llevarlas al límite. Y se vinieron. Una y otra vez. Las dos. Juntas. Separadas. Alternadas. Porque las cosquillas intensas, esas cosquillas que no paraban, que no daban tregua, que seguían y seguían y seguían, las llevaban a un estado de excitación que no podían controlar. Y Andrés también se vino. Más de una vez. Porque verlas reír y gemir y temblar bajo sus dedos era demasiado. Porque sentir esos cuatro pies hipercosquilludos temblando entre sus manos era demasiado. Porque tener a esas dos mujeres hermosas entregadas a él, riendo y gimiendo y viniéndose, era demasiado.

Fue una sesión de cosquillas sádica. Fue una sesión de sexo sádico. Fue una tarde que ninguno de los tres olvidaría jamás. Y cuando terminaron, cuando los tres quedaron tirados en esa cama, sudados, agotados, riéndose todavía por lo que había pasado, Andrés supo que su obsesión discreta ya no era discreta. Ya no era un secreto. Ya no era algo que guardaba para sí mismo. Era algo que compartía con esas dos mujeres. Algo que los tres habían construido juntos. Algo que, por primera vez en la vida de Andrés, no lo hacía sentir solo.

Después de todo, después de las cosquillas y las lamidas y los gemidos y las risas y el sexo y los orgasmos, los tres quedaron tirados en esa cama. La cobija vieja del piso quedó olvidada. Los frascos de esmalte quedaron destapados. La luz de la tarde entraba por la ventana con esa tonalidad naranja de los atardeceres bogotanos. Nadie hablaba. Solo se escuchaban las respiraciones agitadas, los corazones latiendo fuerte, el silencio cómodo de tres personas que acaban de compartir algo que no se comparte con cualquiera.

Andrés quedó en el centro de la cama, boca arriba, con los brazos abiertos. Lucía quedó a su derecha, acurrucada contra su costado, con la cabeza sobre su pecho, con una pierna encima de las suyas. Mariana quedó a su izquierda, con la cara metida en su cuello, con un brazo cruzado sobre su torso, con los dedos de los pies todavía rozando los de él. Los tres estaban sudados. Los tres estaban agotados. Los tres estaban, de alguna manera, en paz.

Andrés miró el techo unos segundos. Sintió el peso de las dos chicas sobre él. Sintió el calor de sus cuerpos. Sintió sus respiraciones sincronizándose con la suya. Y sintió, por primera vez en mucho tiempo, que no necesitaba esconder nada. Que no necesitaba fingir nada. Que no necesitaba ser el hombre callado que se encerraba en su cuarto con la puerta cerrada y el seguro puesto. Ahí, en esa cama, con esas dos mujeres abrazadas a él, podía ser exactamente quien era.

—¿Cómo están? —preguntó, con la voz ronca, todavía recuperando el aliento.

Las dos se movieron apenas. Lucía levantó la cabeza y lo miró. Mariana hizo lo mismo desde el otro lado. Las dos tenían el pelo revuelto, las mejillas rojas, los labios hinchados, los ojos brillantes. Las dos sonreían. Esa sonrisa cansada y satisfecha de quien acaba de hacer algo que valió la pena.

—¿En serio preguntas? —dijo Lucía, con una risa suave.

—Estoy destruida —dijo Mariana—. Pero en el buen sentido.

—¿Disfrutaron? —insistió Andrés.

Las dos se miraron por encima de él. Como si se hubieran puesto de acuerdo sin hablar, sin guiñarse, sin nada. Solo se miraron y supieron que iban a decir lo mismo.

—Fue el mejor sexo que hemos experimentado —dijo Lucía.

—En la vida —completó Mariana.

—Nunca habíamos sentido algo así.

—Nunca.

—Las cosquillas… —empezó Lucía, y se detuvo, buscando las palabras.

—Las cosquillas lo cambian todo —terminó Mariana—. Es como si el cuerpo no supiera qué hacer. Te ríes, te retuerces, pero al mismo tiempo… no sé. Es como si todo se mezclara. El placer y la risa. La vulnerabilidad y las ganas. No sé explicarlo.

—Yo tampoco —dijo Lucía—. Pero fue increíble. Nunca me había reído tanto mientras tenía sexo. Nunca había gemido tanto mientras me reía. Es raro. Es raro y es bueno.

Andrés las escuchó en silencio. Sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, discreta, como todas las suyas. Y luego, sin que nadie se lo pidiera, sin que nadie lo invitara, las chicas empezaron a preguntar.

—Ahora te toca a ti —dijo Mariana, incorporándose un poco, apoyando la cabeza en su mano para mirarlo mejor.

—Sí —dijo Lucía, haciendo lo mismo del otro lado—. Nosotras ya dijimos lo nuestro. Ahora quiero saber lo tuyo.

Andrés parpadeó.

—¿Lo mío?

—Sí —dijo Mariana—. ¿Qué se siente?

—¿Qué se siente hacerle cosquillas a una mujer en los pies? —preguntó Lucía.

—Y en el resto del cuerpo —agregó Mariana.

—¿Y qué parte te excita más?

Andrés se quedó callado unos segundos. Miró el techo. Sintió los dedos de Lucía dibujando círculos distraídos sobre su pecho. Sintió la respiración de Mariana contra su cuello. Y pensó. Pensó en cómo responder. Pensó en si debía responder con la verdad o con algo más suave. Pero luego recordó que esas dos mujeres acababan de reírse y gemir y venirse bajo sus dedos. Que esas dos mujeres acababan de entregarse a él sin reservas. Que esas dos mujeres ya lo habían visto en su forma más cruda, más obsesiva, más real. Y decidió que no había razón para esconder nada.

—Es difícil de explicar —empezó, con la voz baja—. Pero voy a intentarlo.

Las dos se acomodaron mejor. Se pusieron de costado, una a cada lado, con la cabeza apoyada en la mano, mirándolo con atención. Como si estuvieran en una clase. Como si él fuera a revelarles un secreto.

—Cuando les hago cosquillas en los pies —dijo Andrés—, siento que tengo el control. No de una manera mala. No de una manera violenta. Sino de una manera… íntima. Sus pies están ahí, en mis manos, y yo puedo hacer lo que quiera. Puedo rascar suave. Puedo rascar fuerte. Puedo parar. Puedo seguir. Y ustedes reaccionan. Se ríen. Se retuercen. Se sueltan. Pierden el control. Y eso… eso me excita. No el dolor. No el sufrimiento. La vulnerabilidad. La entrega. El hecho de que ustedes se rían sin poder evitarlo, de que se retuerzan sin poder evitarlo, de que se entreguen sin poder evitarlo. Eso es lo que me vuelve loco. Eso es lo que he imaginado durante años.

Hizo una pausa. Las chicas seguían mirándolo, en silencio, sin interrumpir.

—Y sobre qué parte del cuerpo me excita más… —continuó—. Los pies, obviamente. Los pies siempre han sido lo mío. Desde que tengo memoria. La forma, la textura, los dedos, las uñas, las plantas. Todo. Pero si tengo que elegir una parte específica, diría que las plantas. Las plantas de los pies. Esa piel suave, tibia, sensible. Esa piel que reacciona al mínimo roce. Esa piel que se eriza, que se encoge, que tiembla. Cuando les lamo las plantas, cuando les chupo los dedos, siento que estoy tocando algo prohibido. Algo que no debería tocar. Algo que ustedes no deberían dejar que tocara. Y eso me excita más. El hecho de que me dejen. El hecho de que se rían y giman al mismo tiempo. El hecho de que no me aparten. El hecho de que se entreguen.

Se quedó callado. Las dos siguieron calladas unos segundos. Luego Lucía habló.

—¿Y el resto del cuerpo?

Andrés sonrió.

—El resto del cuerpo es un mapa —dijo—. Cada mujer tiene sus puntos. Sus lugares. Sus zonas. A ustedes, por ejemplo, les encontré las costillas. Las axilas. La parte de atrás de las rodillas. La cintura. Esos lugares donde las cosquillas son insoportables. Y me gusta explorarlos. Me gusta encontrarlos. Me gusta ver cómo reaccionan cuando los toco. Porque cada reacción es distinta. Cada risa es distinta. Cada gemido es distinto. Y eso… eso es lo que me tiene obsesionado. No una parte específica. Sino todas. Todas las partes donde las cosquillas las hacen perder el control.

Mariana se movió. Se acercó más a él. Le dio un beso suave en el hombro.

—Eres un sádico —dijo, pero lo dijo riéndose, sin maldad.

—Un sádico juguetón —corrigió Lucía, también riéndose—. Un sádico respetuoso.

—Un sádico que nos quiere —dijo Mariana.

—Un sádico que nos cosquillea y nos lame y nos hace venir —agregó Lucía.

Andrés se rió. Una risa baja, suave, casi tímida. La risa del hombre callado que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía nada que esconder.

—Sí —dijo—. Algo así.

Los tres se quedaron ahí, en esa cama, abrazados, riéndose, hablando de cosas sin importancia. El sol terminó de esconderse. La habitación se oscureció. Y ninguno de los tres hizo el menor intento de levantarse, de vestirse, de volver a la rutina. Porque esa tarde, en esa cama, los tres habían encontrado algo que no sabían que buscaban. Y no querían que se acabara todavía.

Los tres siguieron ahí, en esa cama, con las respiraciones ya calmadas, con los cuerpos relajados, con la luz de la tarde ya casi extinguiéndose por completo. Lucía tenía la cabeza sobre el pecho de Andrés. Mariana seguía con la cara metida en su cuello. Ninguno hablaba. Pero era un silencio distinto. Un silencio curioso. Un silencio que esperaba algo. Y fue Lucía la que lo rompió.

—Oye, Andrés.

—¿Sí?

—Una pregunta.

—Dime.

Lucía se incorporó un poco. Se apoyó sobre su codo para mirarlo mejor. Mariana hizo lo mismo del otro lado.

—Todo esto —dijo Lucía, moviendo la mano como para abarcar la cama, la habitación, lo que acababa de pasar—. ¿Es lo único que se puede hacer? ¿O hay más?

Andrés levantó una ceja.

—¿Más?

—Sí —dijo Mariana—. O sea, nos gustó. Nos encantó. Pero queremos saber si hay otras cosas. Otras prácticas. Otras formas de hacer esto.

Andrés se quedó callado unos segundos. Miró a una. Miró a la otra. Y luego sonrió. Esa sonrisa pequeña, discreta, que ya empezaba a ser familiar para ellas.

—Sí —dijo—. Hay más.

—¿Como qué? —preguntaron las dos casi al mismo tiempo.

Andrés se acomodó un poco, con la espalda apoyada contra la cabecera. Las chicas se sentaron a cada lado, con las piernas cruzadas, con los pies desnudos sobre las sábanas, con las uñas rojas brillando en la penumbra. Lo miraban con atención. Como si estuvieran a punto de recibir una clase.

—Se puede alternar con amarres —dijo Andrés.

Las dos se miraron. Luego lo miraron a él.

—¿Amarres? —repitió Lucía.

—¿Cómo así? —preguntó Mariana.

Andrés se quedó callado otro momento. No era un tema que hubiera hablado con nadie antes. No era algo que hubiera hecho con nadie antes. Pero ahí, con esas dos mujeres que acababan de entregarse a él sin reservas, sintió que podía hablar. Que podía explicar. Que podía compartir esa parte de su obsesión que todavía guardaba en silencio.

—Inmovilizándolas —dijo, al fin—. De pies y manos.

Las dos se quedaron quietas. Procesando. Imaginando. Lucía inclinó la cabeza. Mariana entrecerró los ojos.

—¿O sea… atadas? —preguntó Lucía.

—Sí —dijo Andrés—. Atadas. O con algún tipo de amarre. Con lo que sea. Una corbata. Una media. Una cuerda suave. Lo que haya. La idea es que no puedan moverse. Que no puedan taparse. Que no puedan proteger sus puntos cosquilludos. Que no puedan hacer nada más que reírse y retorcerse sin poder escapar.

Mariana se mordió el labio. Lucía se pasó una mano por el pelo.

—¿Y eso… —empezó Mariana—. Eso hace que sea mejor?

—Para mí, sí —dijo Andrés—. Porque aumenta la vulnerabilidad. Si ustedes están libres, pueden apartarme las manos. Pueden taparse los pies. Pueden ponerse de espaldas. Pueden hacer algo para protegerse. Pero si están inmovilizadas, no pueden. Solo pueden recibir. Solo pueden reírse. Solo pueden gemir. Solo pueden entregarse. Y eso… eso me excita más. Mucho más.

Las chicas se quedaron en silencio unos segundos. No era un silencio incómodo. Era un silencio pensativo. Un silencio que sopesaba. Un silencio que imaginaba. Y luego, sin que ninguna de las dos dijera nada, se miraron. Se miraron como se habían mirado esa primera vez, en la sala, cuando decidieron pintarse las uñas de rojo. Se miraron como se habían mirado esa noche de película de terror, cuando decidieron ponerle los pies encima. Se miraron como se habían mirado esa tarde, en el piso, cuando decidieron dejarlo hacer. Y en ese intercambio silencioso, en ese parpadeo cómplice, en esa curva de labios que no llegó a ser sonrisa pero que lo insinuaba, se dijeron todo lo que necesitaban decirse.

Lucía habló primero.

—¿Y cómo sería? —preguntó, con la voz baja, casi susurrando.

—¿Qué necesitaríamos? —preguntó Mariana.

Andrés las miró. A una. A la otra. Y sintió que algo se le encendía por dentro. Algo que ya conocía. Algo que ya sabía controlar. O eso creía.

—No necesitan nada —dijo—. Solo dejarme hacer. Y confiar en mí. Como han confiado hasta ahora. Como se han entregado hasta ahora. Eso es todo.

Las dos se quedaron calladas. Mirándolo. Pensando. Imaginando. Y Andrés, en el centro de esa cama, con esas dos mujeres hermosas a cada lado, con esas cuatro plantas todavía tibias sobre las sábanas, con esas uñas rojas todavía brillando en la penumbra, supo que esa conversación no iba a terminar ahí. Supo que, tarde o temprano, esas dos mujeres iban a querer probar. Iban a querer saber. Iban a querer entregarse de una manera todavía más profunda. Y él, por supuesto, iba a estar ahí. Esperando. Dispuesto. Con las manos listas. Con los dedos ansiosos. Con esa obsesión discreta que ya no era tan discreta, que ya no era un secreto, que ya no era un juego. Era algo más. Algo que estaba creciendo. Algo que estaba tomando forma. Algo que, tarde o temprano, iba a tener que enfrentar.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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