Tickling Stories

Historias de Cosquillas, basadas en hechos reales.

Pago por cosquillas (fanfiction)

Estudiar en otra ciudad, completamente solo y sin alguien que te dé una mano es esa clase de experimento en el que a muchas personas les gustaría verse involucrado; el éxtasis de conocer lugares nuevos y ser dueño de tu tiempo libre resulta ser un escape invaluable, sin embargo, al cabo de un par de meses Andrea comenzó a descubrir el otro lado de la aventura, no solo extrañar su natal Morelia o a su familia, sino tener que vivir con cada peso contado para no pasar hambre o tener algún problema que económicamente no pudiera solventar.

Ir a estudiar el resto de su maestría a Querétaro sonaba como una oferta tentadora al inicio, inclusive se le ofreció hospedaje a un precio razonable en un lugar no tan apartado del centro, aunque la advertencia estaba hecha; los gastos serían por su cuenta, lo cual se reducía a sus ahorros –si tan solo le hubieran aprobado la beca de manutención-. El sustento enviado por su familia tampoco resultaba suficiente para saldar los gastos, sin embargo, darle más hubiese resultado imposible con la situación financiera inestable por la que pasaban. Con el tiempo hubo que optar por trabajos sencillos como el de ser mesera, su viaje comenzaba a tornarse un tanto más complicado.

De estatura baja, de apenas el metro y 65 centímetros, una tez morena en un tono más claro. Posiblemente características que no la habrían hecho resaltar de entre cualquier persona, de no ser por un par de torneadas piernas que se asomaban por debajo de cada vestido que utilizaba, sus pechos, imposible perderlos de vista aun sin escote o alguna prenda destinada a lucirlos (inclusive se había acostumbrado a que cualquier persona bajara la vista en una conversación frontal), y desde luego un trasero por el que cualquiera se sentiría tentado. Si uno de volvía de su confianza, podía hacerse acreedor a las historias sobre las innumerables ocasiones en las que sintió alguna clase de acoso por la retaguardia.

Pasados los primeros meses de la maestría, casi podía jurarse así misma que se estaba acoplando a su nuevo estilo de vida: levantarse temprano para ir a clases y de 3 de la tarde en adelante, seguir con su trabajo de mesera, aguantar a los coquetos señores mayores del café, comer algo en su hora de descanso, regresar a caminar entre el pequeño e incómodo espacio entre las mesas de la plaza –sabiendo que más de algún manoseo “incidental” se llevaría en el transcurso y regresar a su apartamento a terminar tarea y dormir, para repetirlo al día siguiente. El esfuerzo valdría la pena cuando hubiese acabado con mención honorífica de los profesores que siempre destacaron su eficacia por encima de sus compañeros.

Nada fuera de lo normal había sucedido en su día, incluso podría haber jurado que le fue bastante bien, hasta que llegó a su casa para descubrir un mensaje extraño de uno de sus compañeros de la maestría. Se habían compartido los números entre todos para estar al tanto de cualquier situación que se diera, por lo que no le fue ruidoso el mensaje como tal, sino el contenido:

“Hola Andrea, soy Miguel. Tal vez me recuerdes de la maestría, somos compañeros de la maestría. Quería comentarte sobre un proyecto que tengo. Es sobre cosquillas por dinero. Quiero grabarte recibiendo cosquillas para subirlo a una página que abriré con amigos. Serían 5000 pesos por tres vídeos. Sé que puedes estar pensando mal al respecto, pero te aseguro que no tiene nada de malo. Sé que eres de otra ciudad así que el dinero podría serte útil”.

Adjunto se veían unos vídeos en la parte de abajo, de chicas atadas por los brazos y los pies, recibiendo cosquillas de varias personas sin poder moverse. No terminó de ver 30 segundos de unos de uno de ellos cuando se sintió cono la necesidad de quitarlo y evitar cualquier clase de contacto con Miguel. ¿Dejarse hacer cosquillas? Quién permitiría eso…recordaba las veces en que le habían hecho cosquillas en su vida. Su familia, sus amigos, compañeras del futbol, en la escuela…todas y cada una más horribles que la anterior. Todos la molestaban, algunos para pedirle favores o buscar que acepte salir con ellos, otros, simplemente para molestarla, porque era un secreto a voces que la guapa y sensual tenía una debilidad muy fuerte por ese tormento. No consentiría de ninguna forma que alguien lo hiciera de nuevo, menos estando amarrada.

Esa noche le costó conciliar el sueño, se preguntaba por qué razón la habrían escogido para algo así. Estaba consciente de que en los vídeos habría una tendencia por chicas atractivas de buen cuerpo, pero ¿por qué Miguel pensó en ella? No le había dirigido la palabra más de dos veces desde que estudiaban juntos.

Miguel era un chico delgado, rubio, mexicano de nacimiento, pero que siempre alegaba tener raíces europeas cuando le preguntaban su nacionalidad. Era lo que se pudiera considerar alguien atractivo, era alto, aunque su mirada por detrás de sus anteojos era seria y no parecía ser una persona socialmente activa. Tenía dos amigos dentro de la clase, siempre decían conocerse desde hace varios años. Uno de ellos era Mateo, un tipo gordo de una estatura promedio. Tenía una barba larga, aunque bien cuidada, siempre vestía con alguna prenda en color azul y a diferencia de Miguel era bastante más sociable, sin embargo, si le preguntaras a Andrea o a cualquier otro del salón, dirían que con el tiempo se torna un enfado.

Los dos siempre se veían acompañados de Meredith, tercer miembro del grupo. Ella era sumamente callada, también con lentes, aunque estos un poco más delgados que los de Miguel. Era sumamente tímida. Recordando, rara vez Andrea podría acordarse de su voz o de alguna ocasión en que haya hablado durante un tiempo prolongado. Solo saludaba a sus amigos y en más de una ocasión nuestra protagonista hubiera jurado que la descubrió viéndola. Entre otros pensamientos, el sueño se apoderó de ella en su totalidad, cualquier otra conjetura tendría que esperar a la mañana siguiente.

Estaba sentada en las instalaciones de la universidad, leyendo antes de clases, poseído por el Overlook, Jack se había vuelto loco y perseguido a su esposa e hijo para matarlos, cuando una pregunta la sacó de su lectura:

-Hola Andrea, ¿pudiste pensar en mi oferta? Ya no me contestaste nada. –Dijo Miguel al tiempo que se sentaba junto a ella en la banca.

-Mira, no te conozco mucho, pero me gustaría que me dejes en paz, yo no sé qué persona me crees, pero no pienso… Jajaja. –Se interrumpió de golpe luego que el rubio pusiera sus dedos en uno de sus costados y comenzara a apretar de forma suave.

-Vez, eres muy cosquilluda, serías la persona ideal para iniciar con mi proyecto. Además, te conviene, podrás usarlo en cosas que no te dejen tus propinas de mesera. –Al mismo tiempo que hablaba podía su dedo bajo de la axila derecha de Andy y su otra mano se paseaba por una de las rodillas, expuestas por el short de mezclilla que llevaba ese día.

-Jajajajaja ¡No! –Se levantó de golpe y continuó antes de irse de ahí. –Estás loco, déjame tranquila.

Pensar que la insistencia de Miguel quedó ahí sería erróneo. Los siguientes dos días fueron de soportarlo tanto en la escuela, como simulando ser un cliente del café, pidiendo de manera sutil su colaboración. Nunca aceptaría, nunca, hasta que llegó aquella noche.

Todo pasó muy rápido. Andy fue consciente de que dejó su celular en el apartamento todo el día, mas nunca recordó que lo dejó conectado desde la noche y su viejo Android, que ya había pasado por muchas cosas, ahora lucía una batería inflada, posiblemente al borde de sufrir de un corto circuito o algo peor. El cable de su laptop también era un problema, se había trozado de tenerlo en la mochila todo el día durante los meses que llevaba ahí. Estaba incomunicada y peor, no podría mandar avances de sus tesis de maestría, cuya última versión estaba respaldada únicamente en el portátil. Haciendo cuentas, llegó a la conclusión que no solo sus ahorros y sus entradas de dinero no le serían suficientes para pagarlo, sino que descontaría el dinero de su boleto de regreso a Morelia, junto a sus rentas del apartamento. Tras meditarlo en la noche, decidió que buscaría a Miguel en la escuela, aceptaría la oferta.

Hubo que esperar al fin de semana. Con la dirección de “la casa de juegos” y mucho nerviosismo, Andrea terminaba de arreglarse para su primera sesión. Serían tres y consiguió convencer a Miguel se subirle 500 pesos más al monto. Se veía al espejo sin dejar de pensar si era correcto que usara eso, “¿qué diablos se debería usar para estos casos?”. Llevaba puesto un bello vestido azul con puntos blancos. Sin mangas, flojo de las piernas, por encima de la rodilla por unos cuatro dedos y zapatos en color café. Se imaginó cómo reaccionaría cualquiera de sus pretendientes de verla llegar así a una cita, de hecho, tenía tiempo que no se arreglaba tanto, en parte encontró un trago dulce dentro de todo lo malo.

Se montó en un taxi para llegar a una casa pequeña, parecía no habitada en mucho tiempo. La pintura blanca de las paredes se caía de a poco y el timbre no funcionaba. Después de tocar un par de veces la puerta, abrió Miguel. Tras ceder el paso a su invitada, ésta descubrió que no estaban solos. Mateo y Meredith también formaban parte de la que ya era por sí misma una escena incomoda.

-Pero…nunca dijiste que habría más gente.

-Ellos también son parte de esto, pasa ya tenemos listo todo en nuestra “casa de juegos”, hoy será algo tranquilo.

Por más que se le hubiese ocurrido decir al de cabello rubio, la incomodidad no se habría ido, levantó un par de veces la vista para ver de manera más detenida a los otros invitados; Mateo la veía de forma disimulada por debajo de la cintura, mientras que Meredith se limitaba a verla con timidez a los ojos ocasionalmente.

Una cámara empotrada frente a un sillón y una pequeña mesa delataban la ubicación en la que debía colocarse. Tras postrarse en el sorpresivamente cómodo sillón de color negro, vio llegar al delgado muchacho con unas esposas, juntando sus manos por la espalda. Era aún peor de lo que podía imaginar, comenzó a sentir desesperación apenas el frío de sus amarraduras toco sus muñecas, no sabía cómo alguien podría disfrutar no ser del todo libre mientras le aplican una de las torturas más antiguas del mundo. Sus piernas estaban estiradas, de forma que sus plantas daban de frente a la cámara, en una pose donde su rostro de fondo solo era más que un mero complemento visual.

No terminó de formularse cada panorama posible a ese instante, cuando sintió como unos dedos pasaban por sus plantas. Mateo se sentó a un lado del pie izquierdo, dibujando líneas verticales desde los dedos hasta el talón, de forma tan suave que, si no fuera por la sensación de reír, retorcerse y darle una patada, habría resultado bastante agradable. Miguel en cambio fue más agresivo, con todos los dedos de su mano derecha trazando formas irregulares típicas de quien se encuentra desenfrenado de emoción y nervios.

-Ahhhh, noooo, esperen no, jajaja.

-Bien, creo que esto va de maravilla. –comentó el gordinflón de una barba que lucía descuidada ese día en particular, mientras agregaba más dedos y mayor velocidad, pasando también por entre los dedos.

Fueron momentos de auténtica agonía para Andrea, que se retorcía intentando aguantar las risas, acompañadas de leves escalofríos, inaguantables ganas de soltar patadas, que se quedaban en simples movimientos de pies, que de absolutamente nada ayudaban a evitar sentir esas terribles cosquillas. Intentaba mover lo menos posible las piernas, lo último que hiciese querido es que se le levantara el vestido y terminar dando una escena más grata de sus patines en color negro.

Miguel le hizo una seña con la mano a Mere y la tímida chica, que fue la encargada de prender la cámara y verificar que el vídeo no tuviera interrupciones, para que le pasara una maleta café. De ahí salió una suerte de esposa muy pequeña, que fue utilizada para juntar ambos dedos gordos de la víctima, además de plumas, peines, cepillos eléctricos y lo que parecía…aceite de bebé.

Extrañada e intentando bajarse la calentura, recuperando el aliento de forma agitada, estuvo a punto de preguntar para qué querrían un producto como ese, pero estaba segura que en cualquier momento se lo harían saber, así que aprovechó para intentar acomodar su cabello un poco despeinado con pequeños movimientos a los lados. Fueron unos segundos los que pasaron antes de que sintiera el frío del aceite pasar por sus plantas.

-Sabes, siempre he querido comprobar si realmente esta cosa puede aumentar la sensibilidad de una persona. Creo que estamos a punto de comprobarlo. –Miguel se notaba entusiasmado y un tanto sudoroso a cada palabra, incluso parecía generar más calor que el de la propia chica sentada frente a ellos intentando aguantar su risa.

Con las esposas en los dedos gordos, sujetas por una mano regordeta, fue imposible moverse, el momento más cruel justo estaba llegando. Entre objeto y objeto había intervalos de tiempo indefinido, podían ser entre 5 y 8 minutos dependiendo el que lo utilizaba, los cepillos eléctricos de paseaban formando círculos en la planta del pie, las plumas iban a parar directo entre los dedos y los cepillos eran utilizados de forma brutal, sin ninguna clase de mesura. Ahogada en su propia risa, que por momentos eran gritos, tos y cuando podían suplicas, la bella chica en vestido azul volteaba la cabeza a ambos costados de forma indiscriminada, como si quisiera que se dieran cuenta de las tantas veces que le gustaría pedirles parar.

-JJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA NOOOOOO, LOS PIES NOOOOOO, YAAAA, NO CON ESO NOOOO, JAJAJAJAJA…

-Cuchi, chuchi, ¿quién tiene cosquillitas? Ándale dime quién. –Mateo con un tono burlesco que solo enfurecía un poco más a Andrea.

-Sí, bien, ríe pequeña, ríe para nosotros. –Decía una y otra vez Miguel, quien ya había tomado otra actitud, ahora se le veía empoderado, como quien tuviese todo bajo control y le hablara a un inferior.

Su cabello ya no tenía ningún orden, igual pudo haberse acabado de bajar de una montaña rusa y el resultado sería el mismo, por momentos incluso le cubría la cara, que para eso punto había tomado un color rojo. Se movía con más fuerza que antes, agitaba las piernas, que ya para ese punto pareciera no importarle el espectáculo que formaban levantando su vestido, ardía en deseos de realmente llegar a romper las esposas en las manos, movía los pies intentando alejarlos de las manos de sus ticklers, que ya se habrían asegurado abrazarlos con un brazo para impedir que fueran lejos. Se sentía expuesta, con un toque de vergüenza. Tenía calor y sus pechos los notó crecidos, sentía que el vestido comenzaba a apretarle y eso se notaría…y así fue.

Sus ojos se cerraban de forma automática, pero en medio de la hecatombe, pudo abrirlos un momento solo para observar a la otra miembro, quien miraba a la distancia de forma tímida, pero fija. Si no hubiera dos tipos haciéndole cosquillas de forma inmisericorde, habría reparado en lo similares que eran de estatura, que realmente no era fea a comparación de lo que otros pensaran e inclusive podría haberse percatado del hecho de que siempre utilizaba camisas o chamarras muy holgadas, de hecho, rara vez mostraba algo de su cuerpo.

Al cabo de un tiempo todo finalizó. Su garganta estaba adolorida, el sudor la hacía sentir como si tuviera el vestido pegado a la piel, sentía el calor generado por toda la acción que duró cerca de media hora –aunque ella habría dicho que se sintieron como dos días enteros-, aunque irónicamente también frío de estar empapada, especialmente en sus muslos, a la intemperie puesto que el vestido casi se le había subido hasta la cadera. Jaló aire como pudo mientras las ataduras le fueron retiradas. Lo primero que hizo fue sobarse los pies y desentumecerse, mientras sus torturadores le hacían una ligera entrevista post sesión, a la cual contestó sin darle mucha importancia a las respuestas, aunque tampoco se sentía enojada.

La segunda sesión se dio con una semana exacta de anticipo. El atuendo era uno más casual, un short de mezclilla por encima de los muslos, que ahora se veían en todo su esplendor, acompañado por una playera en color negro con las mangas cortas y ajustada a su figura. Conforme se acercaba a la “casa de juegos” intentaba tomar fuerzas. En más de alguna ocasión se planteó el conseguir el dinero de otros modos, pero terminaba convencida de que no había otra solución que se acoplara a la situación, Rogando internamente para que nadie conocido diera con esos vídeos en un futuro, tocó la puerta e ingreso una vez más, solo pensando en cuando viera a su familia de nuevo, no contaría nada de esto seguramente.

Esta vez la pasaron a un cuarto, el tapizado era rojo y toda la gama de colores era más bien oscura. Una “X” formada de un material plástico estaba parada frente a la cámara en esta ocasión. Respiró hondo y se mentalizó para lo que estaba a punto de suceder. Correas sujetaron cada una de sus extremidades, estiradas en la forma descrita. Hizo un poco de fuerza, solo para comprobar que, en efecto, liberarse sería tan probable como lo habría sido intentar convencerlos de no hacerle cosquillas de forma despiadada otra vez.

Volteó a ver a Meredith parada detrás de la cámara una vez más. Esta vez la chica le sonrió. Algo extraño, juraría que era la primera vez que la veía hacer algo así, devolvió la sonrisa y sintió los dedos de Mateo que iban comenzando la tortura desde el codo hasta sus axilas, una vez más con movimientos suaves, sonrió e intentó acomodarse, era apenas el principio. Momentos después se unió Miguel, enterrando sus dedos en la axila izquierda de la morena bajita, cuya risa no se hizo esperar “Ay no, no, suaves, no no, jajaja”.

Comenzó a retorcerse en el momento en que el rubio se apoderaba de las axilas, obligándola a soltar algunos gritos mientras miraba al techo, como intentando pedir resistencia de cualquier ser divino que se le apareciera. Las carcajadas llegaron cuando Mateo se dispuso a hacerle cosquillas en los costados u en su abdomen, bello aun cuando no fuera el abdomen plano que tanto deseaba. Diablos, ese gordo parecía tener una destreza con los dedos, especialmente cuando levantó la playera hasta antes de llegar a los pechos. Su abdomen des nudo sucumbía y la desesperación se hacía presente.

-JAJAJAJAJAJAJAJA NO LO HAGAN YA POR FAVOR, A CUÁNTAS PERSONAS LE HAN HECHO COSQUILLAS JAJAJAJA. –Una pregunta real, puesto que, por más cosquilluda que fuera, no recordaba que alguien la hubiera hecho reír así en su vida.

Un travieso cepillo eléctrico se paseaba por el vientre, entrando ocasionalmente al ombligo al cabo de un rato, mientras que Miguel probaba técnicas que resultaron igual de efectivas, como apretar los dedos en el punto medio entre el pecho y la axila y desde luego, dar besos en el cuello con la intención de provocarle cosquillas. Andy no consentía del todo esto segundo, ni a sus novios de más tiempo, pero poco podía hacer en ese momento para evitarlo.

Mateo se puso de pie y con las mismas burlas decidió utilizar el cepillo ahora en el otro lado del cuello y en las orejas, mientras que Miguel, tras cansarse eventualmente de esos ataques, perseguía diversos objetivos. Uno de ellos las piernas, centrado en los muslos torneados o en la entrepierna, dependiendo el momento, también atacó la cadera, para la que decidió desabotonar el short. Se asomaban unas coquetas bragas blancas ante la incredulidad de la víctima, que apenas podía moverse mientras su risa de fondo sonaba como la música más bella.

Estaba consciente de que las suplicas de nada le iban a servir a ese punto, las decía por inercia, aunque no se le notaba igual de molesta que la primera vez, estaría dispuesta a descargar unos buenos golpes a ambos muchachos. Le cumplieron la promesa de no hacerle en los pies ese día, aunque se desquitaron con el resto del cuerpo, siempre sintiendo más cosquillas en los lugares sobre los que se concentraba Mateo, especialmente en las piernas, que la hacían sacar las risas más desesperadas y en búsqueda de piedad en la sesión entera. Para los minutos finales Miguel ya solo se dedicaba a besar su cuello mientras pasaba sus manos por sus axilas, mientras que Mateo se daba gusto en el resto. Terminada esa segunda sesión se volvió a topar con la mirada penetrante de Meredith, que detrás de los lentes ahora irradiaba felicidad, una felicidad que hubiese incomodado a cualquiera que la viera normalmente.

El último día llegó finalmente, de nuevo una semana después. El mensaje de la noche anterior pedía que ahora la sesión fuera en ropa interior. Se calzó un juego de bragas y top en color azul que tenía. Semi desnuda, se vio al espejo durante un rato, imaginando cómo sería recibir cosquillas así de expuesta. Por lo menos eso fue lo que pasó por su mente antes de pensar en la razón de su soltería, puesto que se consideraba lo que a cualquier hombre le gustaría, incluso pensó en qué dirían todos aquellos que gusten de las cosquillas al ver ese vídeo, ¿sería alguna clase de celebridad? ¿habría valido meterse en ese viaje en primer lugar? ¿qué haría alguien que la conoce con ese material en su posesión? Muchas preguntas que se fueron formulando mientras se vestía con un pants y una chamarra.

Llegando fueron directo al grano, saludó al grupo con un entusiasmo mayor al de las otras sesiones, casi como si fuesen amigos que comenzaba a conocer. Se retiró el pants y la chamarra, en lo que para cualquiera hubiera representado una escena única, para posteriormente reposar su bello cuerpo en la cama señalada. Ahora con más cámaras alrededor. Una vez la ataron boca arriba con cada extremidad separada, hubo un inusual silencio. Mateo y Miguel solo la observaron; en cuanto se percató que solo ellos dos la atendieron al llegar no pudo evitar formular varias preguntas.

-El asuntó es… -dijo Miguel a la orilla de la cama, acariciando el vientre de la chica atada- que hoy ni el gordo ni yo vamos a ser los que te hagamos cosquillas.

Antes de que se dijera más, Meredith entró vistiendo una bata negra, la cual removió, solo para mostrarse en paños menores, al igual que Andrea. Su sonrisa era más traviesa y sus ropajes eran de cuero brilloso. Era la primera vez que mostraba su cuerpo y sorprendentemente era más de lo que cualquiera habría pensado; un abdomen no plano, pero atractivo, un par de pechos y unas nalgas que sin hacer ejercicio eran de admirarse y piernas grandes que delataban a la choca gordita que bajó de peso con dietas. Se posó sobre la morena de azul y le susurró al oído: “ahora me toca a mí”.

Era mucha información para procesar en tan poco tiempo, no había acabado de visualizar todo el panorama cuando unas uñas largas, pintadas de negro, le sacaron las primeras carcajadas al pasearse por sus axilas. A ritmo constante y de manera suave. En intervalos de algunos segundos se turnaba también entre el cuello y los brazos. Andrea no se sacudía mucho, pero sus risas decían todo.

-JAJAJAJAJAJAJAJA MERE NO, AY MERE JAJAJAJAJAJA POR FAVOR.

-Estuve semanas esperando por este momento, así que no se te ocurra pedirme piedad.

Con los ojos cerrados y moviendo la cabeza en todas direcciones, Andrea solamente reía de forma constante, a ratos con gritos o de forma más fuerte, pero fueron las carcajadas más constantes que tuvo durante todas las sesiones, Meredith parecía ser una experta y encima se notaba como disfrutaba el momento, sentada sobre la cadera de la indefensa chica.

No utilizó aceite, ni siquiera algún objeto, todo fue con sus manos y su boca, la cual utilizaba para dar besos en el cuello, orejas y en el abdomen a su ticklee, mientras pasaba sus uñas por los costados y en veces por el ombligo. Posteriormente bajaba a los muslos, paseando sus uñas a placer por entre las cobras, la parte superior de los muslos y desde luego, la entrepierna. Los pies fueron en donde más sufrió Andrea, esas uñas la pusieron a brincar sobre la cama de manera frenética y volvió a ponerse roja.

Llegados los diez minutos hubo una breve pausa. Andrea sudaba, realmente no le era tan incómodo el cuerpo de Mere encima del suyo, se había adaptado en un par de minutos, pero sus uñas y su boca sí lograban intimidarla; por más que habría podido pensar que aguantaría mejor tras las sesiones anteriores, eso estaba por encima de todo. Mere se acercó peinarla un poco. De nuevo ese look despeinado se había apoderado de ella y mientras jugaba con su cabello le dijo de forma suave y a la vez amenazadora: “aun no es lo peor”.

De un tirón le bajó el top hasta dejar expuesto su pecho, que presentaba un bronceado estético, además de un endurecimiento natural ya a esas alturas. El frío fue inusual para Andy, que nunca se imaginó en esa situación y que poco pudo hacer para contener los gritos y un par de lágrimas en cuando las uñas de Meredith comenzaron a pasarse lentamente sobre la superficie, para continuar de a poco describiendo círculos en el pezón.

-JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA NO MAMES MERE YA JAJAJAJAJAJA YA NO SEAS PASADO JAJAJAJAJAJA AHHHHH ESTO YA ES MUCHO PARA MÍ.

-Siempre me imagine este momento sabes, soñaba con la forma correcta de hacerlo, me alegra no salir decepcionada.

-JAJAJAJAJA YA NO…YA NO PUEDO JAJAJAJA AHHH TEN PIEDAD JAJAJAJAAAHH POR FAVOR.

Ahora sí se retorcía, movía la cabeza a los costados, mientras ladeaba los hombros, ponía fuerza en los brazos para tratar de romper las ataduras e inclusive ladeaba su cuerpo en un intento desesperado de alejar su pecho de las manos y de la boca de la chica con esos delgados lentes. Pasaron varios minutos antes que todo cesara, fue un llanto suplicante y profundo el que consiguió poner fin al infierno.

Tras ser liberada, una debilitada Andrea solo tomaba aire, mientras se secaba los ojos y miraba de reojo a Meredith, quien parecía satisfecha con su trabajo. Compartieron un par de sonrisas acompañadas de chistes ocasionales. Miguel y Mateo se atrevieron a interrumpir la conversación pasados un par de minutos.

La actitud de Andy cambió en la última entrevista post tortura. Respondió con mayor júbilo y el clásico humor que la caracteriza y que muchos de sus amigos hubiesen dicho que es lo más agradable de pasar tiempo junto a ella. Bromeó un par de veces con las uñas de su castigadora y remató diciendo que “ahora la conocía más”, una vez terminado hubo un silencio que tardó algún rato en romperse.

-Mere fue la que más insistió en que te ofreciéramos para ser nuestra primera modelo, esta mujer no tiene nada de cosquillas, pero creo que resultó ser la más sádica de los tres. –comentó Miguel, mientras Mateo asentaba con la cabeza y soltaba pequeñas risotadas mirando al suelo.

Andrea se limitó a sonreír mientras continuaba jalando aire y vistiéndose, para posteriormente recibir el dinero por del acuerdo, cortando el silencio con un “fue mejor que hacer porno, supongo”. Los tres rieron. Se despidió abrazando a cada uno cuando llegó la hora de partir definitivamente, contrario a lo que creía al principio, terminó por llevarse bien con ellos el resto de la maestría. No sacaban el tema de las cosquillas a colación más que en alguno u otro momento aislado.

-Gracias por todo, chicos. –Dijo tras despedirse de cada uno con un abrazo.

-Gracias a ti, eres una celebridad ahora, por cierto-. Dijo Mateo, provocando las últimas risas antes de que la morena de baja estatura partiera rumbo a casa.

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