Au Pair – El Secuestro de Rebeca – Parte 2

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El sótano, ahora convertido en un teatro de crueldad refinada, albergaba a tres prisioneras: RebecaNadia (la eslovaca de cabello rojo y ojos verdes desprovistos de esperanza) y Valentina, la agente de Interpol italiana cuya mirada aún conservaba un destello de ferocidad. Las tres estaban atadas a sillas idénticas, dispuestas en triángulo para que cada una pudiera ver el sufrimiento de las demás. Los guardias, un rumano alto y un búlgaro de manos callosas, se movían entre ellas como artistas en un escenario macabro.

El Juego de los Dedos

El rumano comenzó con Rebeca, su víctima favorita. Sin herramientas, solo sus uñas largas y afiladas.
— «Astăzi, vom explora fiecare centimetru al pielii tale…» (Hoy exploraremos cada centímetro de tu piel…) —susurró, deslizando las uñas desde el cuello de Rebeca hasta el borde de su sudadera. Ella contuvo la respiración, pero cuando las uñas se detuvieron en sus axilas, un gemido escapó de sus labios.
—¡No… no otra vez!— suplicó, pero el guardia dibujó círculos lentos en su axila derecha, aumentando la presión hasta que la piel se enrojeció.
—¡JAJAJA! ¡PARAD! ¡LOS ODIO!— gritó, mientras el búlgaro, detrás de ella, clavaba sus uñas en las costillas flotantes.

Nadia, a su izquierda, recibió el mismo trato. El búlgaro había aprendido que sus pies eran su punto débil.
— «Ти си слаба… слаба като малко момиче.» (Eres débil… débil como una niña pequeña) —murmuró, arañando la planta de su pie izquierdo con movimientos de sierra.
—¡NÉM! ¡NÉM TÖBBET! (¡NO! ¡NO MÁS!) —Nadia pataleó, pero las correas de cuero la inmovilizaron. Sus risas se mezclaban con sollozos, un sonido que helaba la sangre.

Valentina, la última en ser abordada, resistió en silencio. El rumano, irritado por su estoicismo, se inclinó hacia su oreja:
— «Vreau să te aud râzând… ca pe ele.» (Quiero oírte reír… como ellas) —Sus dedos se cerraron alrededor de su cintura, presionando los puntos justo encima de sus caderas. Valentina mordió su labio hasta sangrar, pero un jadeo involuntario traicionó su resistencia.
—¡JA! ¡NO… NO TENDRÉIS MI RISA!— rugió, pero el búlgaro, desde atrás, hundió sus uñas en las axilas de Valentina. Su cuerpo se sacudió, y una carcajada áspera, cargada de rabia, resonó en la habitación.

Para asegurarse de que la piel estuviera sensible, los guardias rociaron a las tres con agua helada. Las gotas resbalaron por los cuerpos de las mujeres, haciendo que cada roce de uñas se sintiera como un cuchillo de hielo.
— «Acum este mai distractiv… nu crezi?» (Ahora es más divertido… ¿no crees?) —El rumano sopló sobre las axilas húmedas de Rebeca, provocando que se estremeciera con una risa entrecortada.
—¡JAJAJA! ¡BASTA! ¡SOY… JAJAJA… HUMANA!— lloró, mientras el búlgaro rascaba el arco de su pie con una uña, lenta y deliberadamente.

Nadia, por su parte, había dejado de luchar. Sus risas eran mecánicas, vacías, como si su mente ya hubiera aceptado el papel de juguete roto.
— «Lacrimile tale sunt muzica!» (¡Tus lágrimas son música!) —el búlgaro recogió una lágrima de su mejilla con la punta del dedo antes de arrastrarla por su clavícula, hacia el escote. Nadia cerró los ojos, murmurando en eslovaco:
—«Prosim… zabudnite ma…» (Por favor… olvídenme…).

Valentina, sin embargo, no se rendía. Cuando el rumano intentó arañar su cuello, ella escupió en su rostro.
—¡Solo sois ratas cobardes! ¡Matadme de una vez!— desafió.
La respuesta fue un golpe en el estómago, seguido de una sesión concentrada de cosquillas en las costillas. El búlgaro usó ambas manos, diez dedos danzando sobre su torso como arañas venenosas.
—¡JAJAJAJA! ¡MALDITOS! ¡JAJAJA!— La risa de Valentina era áspera, forzada, pero aún así una victoria para los guardias.

Entre los espasmos, Rebeca logró captar la mirada de Valentina. En esos ojos oscuros, vio algo que no esperaba: un plan. La agente italiana movió los labios en silencio, formando palabras que Rebeca apenas pudo descifrar: «Espera… noche… fuga.»

Pero el rumano notó el intercambio.
— «Ce conspirații aveți?» (¿Qué conspiración es esta?) —Apretó las uñas en el ombligo de Rebeca, haciéndola gritar.
—¡NADA! ¡JAJAJA! ¡NO HAY NADA!— mintió, mientras el búlgaro comenzaba a arañar la parte interna de sus muslos, un área que hasta ahora habían evitado.

Nadia, en su silla, comenzó a cantar en voz baja una canción en eslovaco, una melodía de cuna que su abuela le enseñó. El rumano, irritado, le clavó las uñas en las axilas para silenciarla, pero ella siguió cantando entre risas y lágrimas, como si la música fuera su último acto de rebeldía.

Al caer la noche, los guardias se retiraron, dejando a las tres mujeres exhaustas, cubiertas de sudor, lágrimas y marcas rojas. Rebeca, con los labios agrietados y la voz desgarrada, susurró:
—Valentina… ¿el plan?

La agente, con un ojo hinchado por un golpe, respondió en voz baja:
—Hay una salida… un túnel tras la cocina. Pero necesitamos… distraerlos.

Nadia, aún canturreando, añadió en un español vacilante:
—Yo… yo los distraigo. Ustedes escapan.

Rebeca negó con la cabeza.
—No te dejaré.

Pero antes de que pudieran discutir, se escucharon pasos en el corredor. Los guardias regresaban, esta vez con un tercer hombre: el médico alemán de la jeringa y el líquido brillante.

— «Heilige Scheiße… drei Proben auf einmal.» (Santa mierda… tres especímenes a la vez) —sonrió, mostrando una jeringa llena de una sustancia azulada.

El médico alemán sostenía la jeringa con el líquido azulado frente a la luz, haciendo que el contenido brillara con un tono casi sobrenatural. Rebeca, aún atada a la silla, sintió cómo su cuerpo se tensaba al reconocer esa sustancia. Ya la habían usado con ella antes, y recordaba demasiado bien cómo quemaba por dentro, convirtiendo cada roce en una agonía de cosquillas imposibles de soportar.

— «Nein, nein… bitte nicht das…» (No, no… por favor eso no…) —murmuró, retorciéndose contra las correas.

El rumano, riendo, le acarició la mejilla con falsa compasión. — «Nu-ți face griji… va fi distractiv.» (No te preocupes… será divertido) —dijo, mientras el búlgaro sujetaba su brazo con fuerza, exponiendo la piel de su antebrazo para la inyección.

La aguja penetró su piel, y el líquido azul entró en sus venas. Al principio, solo sintió un calor extraño, como si alguien hubiera vertido agua tibia bajo su piel. Pero luego…

Rebeca gritó cuando el cosquilleo comenzó, incluso antes de que nadie la tocara. Era como si miles de plumas invisibles estuvieran recorriendo su cuerpo por dentro, despertando cada terminación nerviosa.

— ¡JAJAJAJA! ¡NO, NO PUEDO! ¡SE QUEMA TODO! —chilló, arqueándose en la silla.

El médico sonrió, satisfecho. — «Perfekt… die Reaktion ist noch besser als erwartet.» (Perfecto… la reacción es incluso mejor de lo esperado) —murmuró, mientras se acercaba a Nadia.

La eslovaca, viendo lo que le esperaba, intentó retroceder, pero no había escapatoria.

— «Prosím, nie… to už nezvládnem…» (Por favor, no… no puedo soportar más…) —suplicó, pero la jeringa ya penetraba su piel.

Nadia no gritó al principio. Solo abrió los ojos como platos, sintiendo cómo el líquido se extendía. Luego, cuando el médico sopló levemente sobre su cuello, su cuerpo estalló en una risa histérica.

— JAJAJAJA! PREČO?! PREČO TO ROBÍTE?! (¡¿Por qué?! ¡¿Por qué hacen esto?!) —gritó, mientras las lágrimas corrían por su rostro.

Valentina, la última, no suplicó. Clavó sus ojos en el médico con un odio que podría haber derretido acero.

— «Fottiti, bastardo.» (Vete al diablo, bastardo) —escupió.

El alemán solo sonrió. — «Oh, du wirst um Gnade betteln…» (Oh, vas a rogar por misericordia…) —presionó el émbolo, y el líquido entró en el torrente sanguíneo de Valentina.

La italiana apretó los dientes, resistiéndose, pero cuando el búlgaro pasó un dedo por su axila, su cuerpo traicionó su voluntad.

— AH! AH AH AH! BASTA! BASTARDI! —gritó, riendo contra su voluntad.

Los tres guardias no necesitaban herramientas ahora. El suero había convertido cada centímetro de piel de las mujeres en una zona de cosquillas hiperactivas.

El rumano se concentró en Rebeca, usando solo las yemas de sus dedos para trazar patrones en sus costillas.

— JAJAJAJA! ¡PARÁ! ¡TE ODIO! ¡TE ODIO! —gritó Rebeca, pero su cuerpo no dejaba de sacudirse.

El búlgaro, por su parte, descubrió que simplemente soplar sobre el vientre de Nadia era suficiente para hacerla perder el control.

— NÉM! NÉM TÖBBET! (¡No! ¡No más!) —suplicaba entre risas, mientras su cuerpo se retorcía.

Valentina, aunque resistía más, no pudo evitar estallar cuando el médico alemán sopló en sus orejas mientras le arañaba suavemente las costillas.

— AH AH AH! CAZZO! FERMATI! (¡Mierda! ¡Detente!)

Pero nadie se detuvo.

El suero las había convertido en instrumentos perfectos, resonando con cada cosquilla como cuerdas de violín demasiado tensas. Rebeca, entre risas y lágrimas, sintió cómo su mente comenzaba a desconectarse otra vez. Pero esta vez, notó algo…

Mientras el rumano se reía, su mano izquierda rozó la correa que sujetaba su muñeca derecha. Y por un segundo… pareció aflojarse.

Rebeca no dijo nada. Pero por primera vez en días, sintió algo que creía perdido: esperanza.

Rebeca, Nadia y Valentina seguían atadas a sus sillas, sus cuerpos convertidos en mapas de sensibilidad extrema por el suero azul. Los guardias no necesitaban más que sus dedos para reducir a las tres mujeres a un estado de risa incontrolable.

El rumano se concentró en Rebeca, sus manos expertas encontrando cada punto débil. Comenzó por su cuello, soplando suavemente mientras sus dedos trazaban círculos lentos justo detrás de sus orejas.

— ¡JAJAJA! ¡NO AHÍ! ¡PARÁ, POR FAVOR! —suplicó Rebeca, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.

Pero el guardia no se detuvo. Deslizó sus dedos hacia sus axilas, clavando suavemente las uñas en la piel sensible mientras su pulgar masajeaba el hueco justo en el centro.

— ¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO! ¡ESTO ES DEMASIADO! —gritó, arqueándose contra las correas.

A su lado, Nadia enfrentaba su propio tormento. El búlgaro había descubierto que sus pies eran especialmente vulnerables. Con una mano sujetaba su tobillo mientras con la otra arañaba suavemente el arco plantar con sus uñas.

— NÉM! NÉM TÖBBET! (¡No! ¡No más!) —lloró Nadia, retorciendo sus dedos de los pies inútilmente.

El guardia alternaba entre largos rasguños lentos y rápidos movimientos de «tecleo» con las yemas de sus dedos, haciendo imposible que Nadia se acostumbrara al ritmo.

Valentina, por su parte, resistía como podía. El médico alemán se había encargado personalmente de ella, usando una técnica metódica:

  1. Soplaba en su cuello para hacerla estremecer
  2. Arañaba suavemente sus costillas con las uñas
  3. Masajeaba sus caderas con movimientos circulares

— AH! AH AH! BASTA! BASTARDO! —gritó Valentina, intentando patear aunque sabía que era inútil.

Los torturadores comenzaron a alternar víctimas, asegurándose de que ninguna tuviera un momento de descanso.

El rumano dejó a Rebeca por un momento para acercarse a Nadia. Con un movimiento rápido, hundió sus dedos en las axilas de la eslovaca mientras soplaba en su oreja.

— JAJAJA! PREČO?! (¡¿Por qué?!) —gritó Nadia, sacudiéndose violentamente.

Mientras tanto, el búlgaro tomó su lugar frente a Rebeca. En lugar de ir directo a sus puntos sensibles, comenzó por zonas menos obvias:

  • Dibujó círculos en sus palmas
  • Pellizcó suavemente la parte interna de sus codos
  • Masajeó detrás de sus rodillas

— ¡JAJAJA! ¡PARÁ! ¡ESO NO ES JUSTO! —protestó Rebeca, descubriendo nuevas zonas de sensibilidad.

Horas parecieron pasar. Las voces de las tres mujeres se habían vuelto roncas de tanto reír. Sus cuerpos estaban cubiertos de sudor y sus músculos doloridos de tanto contraerse.

Rebeca, en un momento de lucidez entre las carcajadas, notó algo importante:

  1. Las correas de sus muñecas estaban algo flojas
  2. El rumano había dejado sus llaves en un banco cercano
  3. Valentina le hizo un leve gesto con la cabeza hacia la izquierda

Pero antes de que pudiera reaccionar, el médico alemán anunció:

— «Jetzt kommt der beste Teil…» (Ahora viene la mejor parte…)

Se acercó con tres pequeñas brochas de pelo de camello, empapadas en un líquido frío.

— «Das wird eure Haut noch empfindlicher machen.» (Esto hará vuestra piel aún más sensible)

El aire en la habitación se había vuelto pesado, cargado con los ecos de risas forzadas y sollozos entrecortados. Rebeca, Nadia y Valentina seguían atadas a sus sillas, sus cuerpos brillando de sudor bajo la luz mortecina. Los guardias, ahora con las mangas arremangadas, se movían entre ellas como depredadores saboreando su presa.

El rumano fue el primero en actuar. Con movimientos calculados, comenzó a desabrochar la sudadera de Rebeca, tirando de la tela con lentitud deliberada. Ella forcejeó, pero las correas la mantenían inmóvil.

— «Nu te zbate… va fi mai bine fără haine» (No te resistas… será mejor sin ropa) —susurró, mientras la tela caía al suelo, dejando su torso expuesto al aire frío.

Rebeca sintió cómo el rubor le subía por el cuello, pero no tuvo tiempo de avergonzarse. Los dedos del guardia ya bailaban sobre sus costillas, arañando suavemente cada espacio entre los huesos.

— ¡JAJAJA! ¡NO! ¡PARÁ! —gritó, arqueándose hacia adelante.

A su lado, el búlgaro trabajaba en Nadia. Con un tirón brusco, le quitó la blusa, dejando al descubierto su piel pálida y marcada.

— «Виж как трепери… като зайче» (Mira cómo tiembla… como un conejito) —se burló, mientras sus uñas recorrían el contorno de sus caderas, haciendo que Nadia se retorciera con risas agudas.

— PREČO?! PREČO TO ROBÍTE?! (¡¿Por qué?! ¡¿Por qué hacen esto?!) —lloró, mientras el guardia continuaba su descenso hacia sus muslos internos, una zona que hasta ahora habían evitado.

Valentina, viendo lo que se avecinaba, tensó todos sus músculos cuando el médico alemán se acercó con unas tijeras.

— «Nein! Nicht die Kleider!» (¡No! ¡La ropa no!) —protestó, pero el hombre solo sonrió mientras cortaba su camisa por delante.

— «Du bist zu laut… lass uns das ändern» (Eres demasiado ruidosa… cambiemos eso) —dijo, antes de clavar sus dedos en sus axilas y moverlos en rápidos círculos.

Valentina estalló en carcajadas, su cuerpo sacudiéndose violentamente contra las ataduras.

— AH AH AH! VERGAZZO! FERMATI!

La habitación se convirtió en un coro de risas histéricas. Los guardias trabajaban en equipo ahora:

El rumano se concentró en Rebeca, alternando entre soplar en su ombligo y pellizcar suavemente los costados. Cada vez que creía que no podía ser peor, él encontraba un nuevo punto sensible: detrás de las rodillas, el hueco del cuello, incluso la parte interna de los codos.

— ¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS! ¡POR FAVOR! —suplicó Rebeca, sintiendo cómo su mente comenzaba a nublarse.

El búlgaro, mientras tanto, había descubierto que Nadia era especialmente sensible en los pies. Con una mano sujetaba su tobillo, mientras con la otra recorría cada centímetro de sus plantas con las yemas de los dedos, a veces lento, a veces rápido, nunca permitiéndole adaptarse.

— NÉM! NÉM TÖBBET! —gritó Nadia, las lágrimas corriendo libremente por su rostro.

Pero el médico alemán superó a todos. Valentina, ahora completamente desnuda, estaba a su merced. Usó no solo sus dedos, sino también su aliento, soplando alternativamente en sus orejas, su cuello, incluso entre los dedos de sus pies mientras los mantenía separados con una mano.

— AH! AH AH! CAZZO! TI ODIO! —gritó Valentina, pero su voz sonaba cada vez más débil.

Las horas pasaron. Las risas de las tres mujeres se habían vuelto roncas, sus cuerpos brillaban de sudor y sus mentes flotaban en un limbo entre la conciencia y el delirio. Rebeca ya no suplicaba, solo reía mecánicamente, sus ojos vidriosos mirando al vacío. Nadia murmuraba en eslovaco, palabras entrecortadas que ni ella misma entendía. Valentina, la más fuerte, aún intentaba maldecir, pero incluso sus insultos sonaban como risas ahora.

Los guardias, exhaustos pero satisfechos, finalmente se detuvieron. El rumano se secó la frente con el antebrazo y miró a sus compañeros.

— «Cred că am terminat… uitați-vă la ele» (Creo que hemos terminado… mírenlas) —dijo, señalando a las tres mujeres.

Rebeca seguía riendo suavemente, incluso cuando ya nadie la tocaba. Nadia tenía la cabeza caída hacia un lado, sus labios moviéndose en silencio. Valentina respiraba entrecortadamente, sus músculos aún temblando ocasionalmente.

El médico alemán se acercó a examinarlas, tomando notas en una pequeña libreta.

— «Interessant… die Italienerin hält länger durch» (Interesante… la italiana aguanta más) —murmuró, antes de hacer un gesto a los guardias—. «Bringt sie in die Zellen… morgen geht es weiter» (Llévenlas a las celdas… mañana continuaremos).

Mientras los guardias comenzaban a soltar las correas, las tres mujeres apenas reaccionaban. Sus mentes, al menos por ahora, se habían retirado a un lugar lejano, dejando atrás solo cuerpos exhaustos y sonrisas vacías.

Pero en algún lugar, muy en el fondo, una pequeña chispa de resistencia aún ardía. Una chispa que, quizás, algún día podría convertirse en llama.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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