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Yolanda, una mujer de 40 años, soltera y con una destacada trayectoria en el diseño gráfico, había vivido tiempos complicados. Su experiencia como profesora en varias universidades se vio truncada cuando, por causas ajenas a ella, las instituciones comenzaron a cancelar sus contratos de manera simultánea. Decidida a no dejar que las circunstancias la vencieran, colocó un anuncio en internet para ofrecer clases particulares de diseño gráfico en su propio apartamento.
Con su piel blanca, ojos negros penetrantes y unos pies de talla 40 que eran legendariamente hipercosquilludos, Yolanda se enfrentaba a cada clase con una mezcla de profesionalismo y una curiosa vulnerabilidad. No solo sus conocimientos en diseño cautivaban a sus alumnos, sino también la peculiaridad de ser extremadamente cosquilluda, una característica que, a veces, se convertía en una inesperada fuente de diversión y situaciones imprevistas.
Fue en una de esas clases cuando conoció a un joven de apariencia «nerd», un estudiante que, a primera vista, parecía más interesado en aprender las nuevas herramientas de diseño que en cualquier otra cosa. Sin embargo, pronto quedó claro que sus intenciones iban más allá de lo académico. Durante la primera sesión, en medio de explicaciones sobre software y técnicas de modelado, el joven realizó unas traviesas cosquillas que hicieron que Yolanda se desternillara de risa, revelando al instante su lado más vulnerable y humano.
El chico me dijo, «Lo siento, no pude evitarlo. Quería ver si eras cosquilluda.» Aún recuperándome del sobresalto y del salto que di en la silla, entre risas le respondí: «¡Tengo muchas cosquillas!» Mateo, de unos 19 años, con su inconfundible aire de nerd y una mirada que mezclaba curiosidad con diversión, replicó: «Las cosquillas son divertidas.»
La atmósfera en el aula improvisada se transformó en un espacio entre lo académico y lo lúdico. Mientras continuábamos con la clase, cada vez que explicaba una herramienta de diseño, no podía evitar sentir una pequeña intriga sobre las intenciones de Mateo. Sus comentarios, cargados de una sinceridad que rozaba lo inocente, me hacían cuestionar si estaba allí solo para aprender sobre el software o para explorar el universo de mis cosquillas.
—¿Sabés? —dijo Mateo en un tono medio serio y medio juguetón—, las cosquillas tienen algo especial. Nos hacen sentir vivos, vulnerables… y, a veces, liberados.
Yo, aún con una sonrisa que no se borraba del rostro, respondí: —¡Claro que sí! Pero te aviso, mis cosquillas son casi una debilidad.
En ese instante, la clase se convirtió en un pequeño escenario de confianza. Las risas compartidas y las miradas cómplices dieron pie a una conexión inesperada. Mateo, que parecía haber descubierto un secreto, se inclinó un poco hacia adelante y añadió: —Entonces, ¿te gustaría explorar un poco más de ese mundo? No solo a través del diseño, sino también… a través de tus reacciones, tu risa y ese toque tan único que te caracteriza.
La pregunta quedó en el aire, dejando entrever la posibilidad de que lo que comenzó como un simple juego, pudiera transformarse en algo más íntimo y significativo. En ese cruce entre la técnica del diseño y el arte de las cosquillas, nos encontrábamos, sin proponérnoslo, tejiendo una historia de descubrimiento y placer inesperado.
Yo le pregunté a Mateo:
—¿Qué tienes en mente?
Con una mirada intensa y un tono que dejaba entrever su curiosidad, él respondió:
—¿Dónde más tienes cosquillas?
Sin titubear, le dije:
—Todo mi cuerpo es cosquilloso.
Al notar su creciente interés, Mateo se inclinó ligeramente hacia mí y, con voz baja y expectante, preguntó:
—¿Y cuántas cosquillas tienes en tus pies?
Sonriendo y casi susurrando, respondí:
—Ahí es la peor parte.
En ese instante, el ambiente se transformó por completo. Lo que inicialmente había comenzado como una clase de diseño se convertía ahora en un escenario íntimo y juguetón. Cada palabra y gesto se impregnaban de una chispa especial, en la que la técnica y el arte se fusionaban con la vulnerabilidad de mis cosquillas. Mateo, con sus ojos llenos de anticipación, parecía querer descubrir cada rincón de ese universo de sensaciones, mientras yo me dejaba llevar por la excitante mezcla de risa y confianza.
Yo estaba vestida con leggings de lycra, una camiseta blanca, medias tobilleras y unos tenis Converse, lo que me daba un aire casual y cómodo para la clase. Con el ambiente ya cargado de complicidad, Mateo me miró con una mezcla de seriedad y picardía. Con voz pausada, me preguntó:
—¿Puedo hacerte cosquillas en otras partes del cuerpo?
Sorprendida por su tono tan sincero, le respondí, con una mezcla de curiosidad y cautela:
—¿En serio? ¿Y por qué querrías hacerme eso?
Sin perder la mirada, Mateo replicó con firmeza:
—Porque me gusta hacer cosquillas a mujeres.
En ese instante, sus palabras parecían abrir una puerta a un universo de posibilidades. La clase, que había comenzado como una sesión de diseño, se transformaba en un juego de descubrimiento y deseo. Cada palabra que intercambiábamos intensificaba la atmósfera, y la idea de explorar mis cosquillas en diferentes rincones de mi cuerpo se volvía irresistible. La confianza se consolidaba, y entre risas y miradas cómplices, el ambiente se llenaba de una tensión dulce y excitante, donde lo académico y lo íntimo se fundían en una experiencia única y atrevida.
Después de que Mateo me confesara que le gustaba hacerle cosquillas a las mujeres, con voz llena de curiosidad le pregunté:
—¿Por qué?
Con una sonrisa traviesa y ojos brillantes, respondió:
—Porque me encanta ver cómo se ríen y se retuercen de placer.
Sin pensarlo dos veces, yo, algo tonta y llena de intriga, insistí:
—¿Y dónde me harías cosquillas?
Mateo, sin dudar, replicó:
—Aquí, en tu apartamento.
Volví a caer en mi torpeza y, con una risa entrecortada, le pregunté:
—¿Pero en qué parte de mi cuerpo quieres hacerme cosquillas?
Con una mirada decidida, me respondió:
—En todo tu cuerpo.
Antes de que pudiera reaccionar, sin darme tiempo a decir nada, comenzó a hacerme cosquillas intensas en la cintura. El impulso fue tan fuerte que caí de la silla al suelo, mientras él se agachaba y, con una precisión juguetona, continuaba haciendo cosquillas en mi cintura, costillas y axilas. Allí, en medio de la confusión y el desorden, me retorcía de la risa en el suelo, sintiendo cómo cada toque desataba una nueva oleada de placer y sorpresa.
La mezcla de sensaciones, entre el asombro, la risa incontrolable y el ambiente cargado de intimidad, hizo que ese momento se transformara en una experiencia inolvidable, donde el arte del diseño y el juego de las cosquillas se fusionaron en una danza única y apasionada.
En medio de ese torrente de cosquillas, apenas pude recuperar el aliento. Entre risas desesperadas, logré levantarme del suelo y, sin pensarlo, salí corriendo hacia mi habitación. Pero la suerte no estaba de mi lado: Mateo, ágil como un felino, me siguió de cerca, sin darme tregua.
Al llegar a mi habitación, me tiré de inmediato en la cama, con la esperanza de encontrar un respiro en el caos. Sin embargo, Mateo saltó detrás de mí. Con una rapidez sorprendente, me agarró las piernas, quitándome los tenis y las medias, y en un movimiento casi felino comenzó a hacerme cosquillas en las plantas de mis pies.
El efecto fue inmediato y brutal. El caos se apoderó por completo de mi cuerpo. Grité y reí a carcajadas, incapaz de controlar la ola de placer y risa incesante que me atravesaba. Mientras tanto, en medio de su frenesí, Mateo apenas podía articular entre risas su declaración:
—¡Es que me encantan los pies cuando son hipercosquilludos!
La intensidad del momento nos envolvía en un torbellino de emociones y sensaciones, transformando mi habitación en el escenario de un juego íntimo y desenfrenado, donde cada caricia, cada toque, se convertía en una explosión de risas y deleite compartido.
Mateo movía sus dedos con una agilidad sin igual sobre mis hipercosquilludas plantas, recorriendo desde los talones hasta los dedos de mis pies, concentrándose especialmente en el arco. Cada toque era una caricia juguetona que encendía una mezcla de risa y placer, haciéndome perder el control.
Allí, en la intimidad caótica de mi habitación, me revolcaba como loca en la cama, entre carcajadas que parecían no tener fin. El ritmo de sus dedos, veloz y preciso, transformaba el ambiente en un torbellino de sensaciones: una danza de risas y toques que borraba por completo cualquier rastro de inhibición.
El juego se volvió un lenguaje en sí mismo, en el que cada movimiento y cada risa comunicaban una conexión intensa, donde lo lúdico se entrelazaba con una pasión genuina. Mateo, absorto en el deleite de descubrir cada centímetro de mi vulnerabilidad, parecía saber exactamente cómo intensificar la experiencia, mientras yo, entre susurros y risas, me entregaba a esa explosión de placer.
En medio de ese incesante ataque de cosquillas en mis hipercosquilludos pies, Mateo repetía una y otra vez, con una sonrisa traviesa y tono de fascinación:
—¡Tus pies son muy cosquilludos y eso me encanta!
Entre carcajadas incontrolables, yo le gritaba, apenas pudiendo recuperar el aliento:
—¡Tengo muchísimas cosquillas en ellos!
Una parte de mí, abrumada por la intensidad del placer y la locura del momento, deseaba que se detuviera y recuperara el control; sin embargo, otra parte, impulsada por la excitación de lo prohibido y lo inesperado, anhelaba que la tormenta de cosquillas continuara. Esa dualidad, ese conflicto interno, hacía que cada risa, cada grito, se volviera un testimonio de mi vulnerabilidad y mi deseo de explorar límites desconocidos.
El ambiente se impregnaba de una tensión electrizante, donde la mezcla de placer y diversión se entrelazaba en cada gesto. Mientras Mateo seguía concentrado en desatar nuevas oleadas de cosquillas en mis pies, yo me debatía entre querer detener el frenesí y dejarme llevar por la intensidad de la experiencia, consciente de que, en ese instante, el juego había sobrepasado los límites de lo ordinario para convertirse en una aventura única y profundamente reveladora.
Finalmente, Mateo soltó mis pies y, con voz suave, me dijo que era momento de descansar. Recogí las piernas y, aun con la adrenalina y la risa en mis labios, froté mis pies sobre el colchón, tratando de calmar el cosquilleo persistente en mis plantas. Mientras tanto, Mateo, observando con una mezcla de asombro y picardía, no dejaba de repetir:
—Profesora Yolanda, usted es muy cosquilluda en sus pies.
Con una risa nerviosa, entrecortada por el esfuerzo de recuperar el aliento, le respondí:
—¡Tengo muchas cosquillas, pero definitivamente mis pies son lo peor!
A pesar de haber intentado calmarme, curiosamente, mis pies permanecían al alcance de Mateo, quien seguía posicionado justo a su lado, como si la simple cercanía amplificara la magia del momento. Esa proximidad, tan íntima y a la vez cargada de una sutil tensión, dejaba entrever que, a pesar de la pausa, el juego de las cosquillas aún tenía espacio para continuar en nuestra memoria, en un deseo latente de retomar la aventura cuando ambos estuviésemos listos.
Mientras yo intentaba tomar aire, aún recuperándome de la risa que me había sacudido hace unos minutos, Mateo me miró con esa mezcla de ternura y picardía que ya empezaba a reconocer en él. De pronto, sin darme tiempo a procesar, volvió a tomar mis pies con firmeza y con un movimiento ágil me hizo girar sobre el colchón hasta quedar boca abajo.
—¡¿Mateo, qué haces?! —grité entre risas, medio sorprendida, medio resignada.
Él, sin perder la sonrisa, se sentó suavemente sobre mis pantorrillas, dejándome inmovilizada de una manera casi inocente pero efectiva. Apenas sus dedos tocaron nuevamente las plantas de mis pies, un torrente de carcajadas brotó de mí como si me hubieran encendido un interruptor.
—¡No, no, no! ¡Mis pies, otra vez nooo! —supliqué entre risas, moviéndome de un lado a otro como podía, pero atrapada bajo su peso ligero y sus manos imparables.
—Es que tus pies… —dijo Mateo, divertido— son hipercosquilludos. ¡Y eso me parece increíble!
Su técnica era despiadadamente eficaz: iba desde los talones, subía por el arco y terminaba cosquilleando entre los dedos, con movimientos rápidos y precisos. Yo no podía más que revolcarme de risa, patalear un poco sin éxito y rendirme a esa sensación entre desesperante y divertida que solo alguien tan cosquilludo como yo puede entender.
En ese momento, no había clases, ni diseño gráfico, ni edad, ni etiquetas. Solo dos personas atrapadas en un juego inesperado, donde la risa era el lenguaje y las cosquillas, el arte.
Mateo no parecía dispuesto a conceder tregua alguna. Con una sonrisa pícara en el rostro y sus dedos danzando sin pausa, continuaba moviéndolos con total agilidad sobre las suaves y vulnerables plantas de mis pies. El roce incesante en el arco, los talones y cada dedo me arrancaba carcajadas imparables, mientras yo, boca abajo y con él sentado en mis pantorrillas, intentaba sin éxito liberarme.
—¡Mateooo! ¡Por favor! ¡No aguantoooo! —logré gritar entre risas, tratando de girarme sin éxito.
—¡Es que tus pies son de otro mundo! —respondía él divertido—. Me fascinan.
Yo golpeaba el colchón con mis manos como si pidiera auxilio, pero al mismo tiempo, una parte de mí no quería que terminara. Era un caos delicioso, una mezcla de desesperación, diversión y esa extraña emoción que solo alguien que conoce tus puntos débiles puede provocar.
—¡Basta! ¡Te juro que no respondo! —dije entre carcajadas, apenas logrando hablar.
Mateo aflojó un poco el ritmo, y con tono travieso me preguntó:
—¿Y si hacemos un trato, profe Yolanda? Me dejas explorar tus pies un ratito más… y yo te ayudo con cualquier proyecto que recibas.
Yo, jadeando y con los pies todavía sensibles, lo miré con los ojos entrecerrados y una media sonrisa.
—¡Eso es chantaje con cosquillas!
—Tal vez —dijo él encogiéndose de hombros con fingida inocencia—. Pero un chantaje divertido.
Mis pies seguían bajo su control, y aunque podía haberlos escondido… no lo hice.
De un momento a otro, sin previo aviso, sentí cómo los dedos de Mateo se colaban entre los míos. ¡Entre los dedos de mis pies! Juro por Dios que jamás pensé que ese lugar tan pequeño pudiera ser tan, pero tan cosquilludo. En cuanto sus dedos empezaron a moverse ahí, mis risas cambiaron de inmediato —pasaron de ser carcajadas a gritos, a alaridos de desesperación pura.
—¡¡NOOOO, MATEO, NO AHÍII!! —grité entre carcajadas agitadas, retorciéndome como loca sobre el colchón— ¡¡ES PEOR, MUCHO PEOR AHÍÍ!!
Mateo parecía fascinado, como si hubiera descubierto el punto más secreto y explosivo de todos. Con esa mezcla de inocencia y picardía, se reía también, sin dejar de mover sus dedos con delicadeza pero con ritmo constante entre los míos, como si tocara una melodía hecha de risa.
—¿Así que entre los dedos es lo peor, profe? —dijo divertido— ¡Qué hallazgo más maravilloso!
Yo trataba de sacudir los pies, de liberarlos, de hacer algo… ¡cualquier cosa! Pero él tenía una precisión quirúrgica y una determinación implacable. No me dejaba ni respirar.
—¡Mateo, por Dios, bastaaaa! ¡Te lo suplico! —rogaba entre gritos de risa, sintiendo cómo las lágrimas se asomaban en mis ojos del puro desespero cosquilludo— ¡¡Entre los dedos no se valeee!!
Mateo se detuvo apenas un segundo, miró mis pies como quien admira una obra de arte y dijo en tono juguetón:
—Creo que he encontrado el tesoro escondido de tus pies, Yolanda…
Yo no podía ni responder, solo me retorcía, con el rostro rojo de tanto reír, mientras él ya preparaba su próximo movimiento…
Mateo no tenía piedad. Seguía ahí, sentado sobre mis pantorrillas, como si se hubiera declarado el maestro absoluto de las cosquillas. Sus dedos se deslizaban sin descanso entre los míos, explorando cada rincón como si buscara oro… y vaya si lo encontraba. Porque entre los dedos de mis pies y mis arcos —mis dos peores zonas— me tenía completamente rendida.
—¡Mateoooo, no más, no más! —gritaba entre carcajadas incontrolables, mi voz apenas salía de tanto reír— ¡Mis pies no aguantan másss!
Pero él no paraba. Al contrario, parecía animarse aún más cada vez que mi cuerpo se sacudía como loco bajo él.
—¿Entre los deditos o en los arcos, profe? —dijo con ese tonito burlón, jugueteando con cada palabra— Porque los dos te hacen reír como nunca. ¡Eso me encanta!
—¡Noooo! ¡En ninguno! ¡Los dos son lo peor! —le respondí en medio de un torbellino de carcajadas—
Y es que sí, estaba desesperada… pero curiosamente, había una parte de mí que no quería que se detuviera. Estaba atrapada entre el caos de las cosquillas y ese extraño placer que nacía de reír hasta las lágrimas mientras él se divertía con cada reacción mía. Sentía las cosquillas en cada fibra de mi cuerpo, como si mis pies fueran una antena que recibía descargas de pura risa.
—Tus pies son tan cosquilludos… —susurró mientras ahora pasaba lentamente la yema de sus dedos por mis arcos, apenas rozándolos— que casi puedo leer tu risa como si fuera braille.
—¡Mateoooo, te odiooo! —grité, sin poder contener la risa—
Y él, simplemente, se rio conmigo. El cuarto entero se llenó de carcajadas, como si hubiéramos abierto una compuerta de alegría pura. Y ahí estaba yo, boca abajo, retorciéndome como loca en mi cama, con los pies atrapados entre las manos de un chico que parecía haber descubierto el mapa completo de mis cosquillas más profundas…
Casi sin que me diera cuenta, Mateo se levantó de mis pantorrillas con un movimiento ágil. Por un segundo, sentí alivio… pero fue muy breve. En un parpadeo, lo tenía nuevamente sobre mí, esta vez sobre mi espalda. —¡Nooo, Mateo!— grité entre risas, ya imaginando lo que venía.
Sus manos encontraron de inmediato mi cintura y, sin piedad, comenzó una nueva ronda de cosquillas. Me retorcí como una culebra entre carcajadas, mientras él seguía con ese entusiasmo travieso, como si estuviera descubriendo cada rincón cosquilloso de mi cuerpo como parte de un experimento muy personal.
—¡Tus costillas son una locura! —dijo, divertido, mientras yo me revolvía bajo él, riendo sin parar—. ¡Y tus axilas… ni hablar!
—¡Mateo, paraaaa! ¡Me vas a volver loca! —le dije entre risotadas, completamente rendida ante la combinación de risa, sorpresa y ese extraño placer que trae una buena sesión de cosquillas cuando uno se siente en confianza.
Era un caos de carcajadas, movimientos y suspiros entre ataque y ataque. Lo más curioso es que, a pesar de todo, no podía dejar de reír… ni de disfrutarlo.
A medida que Mateo continuaba, yo no podía dejar de reír. Mis músculos se tensaban por la risa, y todo mi cuerpo parecía moverse por cuenta propia, incapaz de quedarse quieto en medio de tanta cosquilla. Mateo, como si estuviera disfrutando más del momento que de cualquier otra cosa, me miraba con una sonrisa traviesa.
—¡Te dije que no te ibas a salvar tan fácilmente! —exclamó, mientras sus manos se movían de un lado a otro, tocando todos esos puntos que sabían que me hacían perder el control.
—¡Mateo, por favor, ya! —le pedí entre carcajadas, pero sabía que era inútil. Mi cuerpo no podía escapar de ese torbellino de cosquillas que él había desatado.
De repente, se detuvo y me miró con una expresión traviesa, como si estuviera evaluando si realmente había tenido suficiente o si quería seguir divirtiéndose un poco más.
—¿Te has cansado? —me preguntó en tono juguetón, mientras yo intentaba recuperar el aliento, aún riendo sin control.
Respiré hondo y sonreí, sabiendo que, aunque fuera una mezcla extraña de desesperación y diversión, en el fondo me estaba divirtiendo muchísimo.
Mientras trataba de recuperar el aliento, le dije a Mateo entre risas:
—¡De verdad, ya no puedo más! ¡Me estás volviendo loca con esas cosquillas!
Mateo, con una sonrisa traviesa, parecía escuchar, pero en sus ojos había algo que decía que no iba a detenerse tan fácilmente. Sabía que mis pies eran mi punto débil y, de manera juguetona, los volvió a tomar con firmeza, pero esta vez lo hizo de una manera mucho más suave, como si me estuviera provocando un poco más antes de seguir.
—¿Seguro que no puedes más? —preguntó, mientras comenzaba a rozar mis pies lentamente con los dedos, desafiándome a resistir.
Mi risa volvió a surgir, aunque era más una mezcla de diversión y un toque de agotamiento. Sabía que estaba en una especie de juego, y aunque estaba completamente rendida, no pude evitar disfrutar de la diversión que compartíamos.
—¡Ok, ok! —exclamé entre risas—, ¡quizás un poquito más, pero ya basta después!
Mateo no se detuvo ni por un segundo. Con una sonrisa traviesa en el rostro, sus dedos se deslizaban como ráfagas eléctricas por mis arcos plantares, que ya estaban en su límite absoluto. Yo, completamente vencida, me retorcía como una culebrilla en la cama, soltando carcajadas que no sabía que tenía guardadas.
—¡Mateo, por favor! ¡En los arcos noooo! —rogaba entre risas, tratando de zafar mis pies, que él sostenía con firmeza pero sin lastimarme—. ¡No tienes idea de lo que me haces!
—Oh, claro que sí —respondió él con un guiño—. Justamente por eso estoy aquí. Tus pies son como un mapa del tesoro, y yo estoy encontrando cada punto sensible… uno por uno.
Entre los ataques, yo alcanzaba a revolcarme sobre la cama, intentando cubrirme, pero Mateo parecía tener el don de la ubicuidad: si movía los pies, él iba por la cintura; si me encogía, atacaba las axilas; si giraba, volvía directo a los talones y los deditos. Estaba atrapada en un torbellino de cosquillas del que no quería, ni podía, escapar.
Mis pies, descalzos y vulnerables, se agitaban desesperadamente. Mateo se concentró de nuevo en el espacio entre mis dedos, esa nueva zona que yo misma había descubierto como mi talón de Aquiles.
—¡¡Mateoooo!! ¡¡Eso es trampa!! —grité entre carcajadas histéricas, tratando de esconder los pies bajo la colcha, sin éxito alguno.
—Nada de trampas, profesora —dijo con tono pícaro—. Esto es ciencia. Estoy explorando la reacción de una persona extremadamente cosquilluda a diferentes estímulos… con fines puramente académicos.
—¡Ah sí! ¡Y seguro vas a escribir un artículo al respecto! —dije entre resoplidos, mientras intentaba respirar con normalidad.
—Ya tengo el título: «Las Cosquillas como Camino a la Felicidad: Estudio de Caso en Profesora Universitaria».
Nos miramos por un segundo en medio del caos, y explotamos en una carcajada conjunta. Era imposible tomarlo en serio. La habitación estaba envuelta en una atmósfera de juego, una mezcla de locura y complicidad, de esas que solo se crean cuando dos personas se permiten ser ellas mismas sin filtros.
—¡Ya basta por hoy! ¡Me rindo! —dije finalmente, dejando caer mi cabeza sobre la almohada y cubriéndome con las sábanas.
Mateo, por fin, bajó el ritmo. Se sentó al borde de la cama, mirando mis pies aún expuestos, rojos de tanto frotarse y moverse.
—Eres única, profe Yolanda —dijo en voz baja, casi con admiración—. Y tus pies… son un universo entero.
—Un universo que acaba de ser invadido sin permiso —dije, sonriendo y recuperando el aliento.
—¿Sin permiso? —respondió, con una ceja levantada—. ¡Tú fuiste quien me preguntó en qué parte te haría cosquillas!
Solté una risa y me cubrí la cara con la almohada. Tenía razón. Y aunque no lo admitiría en voz alta, había disfrutado cada segundo de aquella locura.
—Bueno… solo porque fue divertido —murmuré desde debajo de la almohada.
Mateo rió suavemente, y se acomodó junto a mí. La habitación quedó en silencio, solo con nuestras respiraciones y algunas risas rezagadas flotando en el aire. Era una paz dulce, de esas que solo se sienten después de reírse tanto que duele la barriga.
—Entonces… ¿mis clases de diseño son tan buenas como mis sesiones de cosquillas? —bromeé finalmente.
—No te sabría decir —respondió—. Necesito unas cuantas clases más para tener una muestra significativa.
Ambos estallamos en una última carcajada.
Finalmente Mateo se levantó, ambos nos despedimos y él se retiró de mi apartamento, mientras yo quedaba pensando en esa extraña situacion cosquillosa que había vivido en la tarde.
Yolanda
Original de Tickling Stories
