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Prólogo
Antonella, Abigail, Ayelen, Julieta, Victoria y Rebecca son seis amigas inseparables que han compartido risas, secretos y aventuras desde sus días en el colegio. Ahora, en la universidad, han decidido unirse a un programa de intercambio llamado Au Pair, donde esperan vivir una experiencia inolvidable en el extranjero. Sin embargo, lo que no saben es que se verán sumergidas en un intenso y divertido tormento de cosquillas. Cada una de ellas tiene sus propias peculiaridades y, por supuesto, su punto débil en lo que respecta a las cosquillas.
- Antonella (20 años): Con su cabello largo y rizado, piel clara y ojos azules, es la líder del grupo. Su risa contagiosa y su espíritu aventurero son inconfundibles. Sus puntos más hipercosquilludos son las axilas y los pies, donde una simple caricia la hace estallar en carcajadas.
- Abigail (20 años): De cabello lacio y castaño, con ojos verdes, es la más tranquila del grupo, pero su risa es una de las más explosivas. Su vulnerabilidad se encuentra en sus costillas y muslos, donde el más mínimo toque provoca risas incontrolables.
- Ayelen (20 años): Con su cabello rizado y piel morena, es la más divertida y espontánea. Sus ojos oscuros brillan con picardía. Sus puntos débiles son sus pies y las axilas, que se vuelven extremadamente cosquillosos ante cualquier roce.
- Julieta (20 años): De estatura promedio, cabello lacio y piel clara, es la más soñadora del grupo. Su risa es suave, pero se convierte en un torrente cuando le hacen cosquillas en la cintura y las costillas, sus lugares más sensibles.
- Victoria (20 años): Con su cabello largo y ondulado, piel clara y ojos marrones, es la más intelectual del grupo, siempre lista para una buena charla. Sus costillas y axilas son su talón de Aquiles, donde puede reírse sin parar.
- Rebecca (20 años): De cabello corto y piel bronceada, es la más atrevida y extrovertida. Su punto más hipercosquilludo son las plantas de los pies y la parte de atrás de las rodillas, donde un simple toque la hace gritar de risa.
Capítulo 1: El Inicio de la Aventura
El sol de la tarde se colaba entre las ventanas de la universidad, iluminando las aulas llenas de estudiantes, algunos apurados por llegar a sus clases y otros charlando en los pasillos sobre sus planes del fin de semana. En medio de ese bullicio cotidiano, un grupo de seis amigas caminaba por los pasillos riendo a carcajadas, como siempre. Eran inseparables desde la secundaria, y ahora, en la universidad, sus lazos se habían fortalecido aún más. Antonella, Abigail, Ayelen, Julieta, Victoria y Rebecca compartían no solo las clases, sino también los sueños y las aventuras que siempre terminaban en anécdotas divertidas.
Ese día en particular, Rebecca estaba más emocionada de lo habitual. Había pasado la última semana investigando sobre un programa que le había llamado la atención y no veía la hora de contarles a sus amigas lo que había descubierto. Al llegar al pequeño café de la universidad donde solían reunirse entre clases, Rebecca soltó su mochila sobre la mesa y, con una sonrisa de oreja a oreja, sacó un montón de folletos coloridos que inmediatamente llamó la atención de las demás.
—¿Qué es todo eso? —preguntó Antonella, con su cabello rizado cayendo sobre su cara mientras trataba de ver los folletos.
—Chicas, ¡tienen que escucharme! —dijo Rebecca con entusiasmo, extendiendo los folletos frente a ellas—. Me inscribí en un programa increíble llamado Au Pair. ¡Es una oportunidad única para todas nosotras!
Abigail tomó uno de los folletos y lo hojeó, mientras Ayelen fruncía el ceño, un poco confundida.
—¿Au Pair? —repitió Julieta, leyendo el título del folleto—. ¿Qué es eso?
—Es un programa de intercambio cultural —explicó Rebecca, con los ojos brillando de emoción—. Básicamente, te pagan por cuidar niños o personas mayores en otro país, te dan hospedaje, comida, y además puedes estudiar el idioma del lugar. ¡Imaginan la experiencia que podríamos vivir juntas! Podríamos irnos del país, conocer otras culturas, hacer algo diferente… ¡Es una oportunidad de oro!
Victoria, siempre la más analítica del grupo, tomó un folleto y lo examinó con atención.
—¿Pero esto es en serio? —preguntó—. ¿Nos pagarían por cuidar a niños o ancianos en otro país? ¿Y podemos estudiar el idioma gratis?
—Exactamente —asintió Rebecca con firmeza—. Yo fui a una reunión la semana pasada, me explicaron todo. Hay familias de varios países buscando jóvenes que quieran trabajar como Au Pair, y lo mejor de todo es que, además de pagar por nuestros servicios, nos ofrecen una vivienda, comida, ¡y hasta nos ayudan con los estudios! Es la oportunidad que estábamos buscando para salir de Argentina y tener un futuro mejor.
—No suena mal —comentó Ayelen, siempre la más espontánea del grupo—. Pero, ¿cómo funciona exactamente? ¿Te vas a una familia y vives con ellos?
Rebecca asintió y empezó a detallar la información que había obtenido en la reunión. Les explicó que las chicas que se inscribían en el programa eran seleccionadas por familias que necesitaban ayuda en el cuidado de sus hijos o en el cuidado de algún adulto mayor. Estas familias no solo ofrecían un salario, sino que también les proporcionaban una habitación privada, comida diaria, y la posibilidad de asistir a clases de idioma en el país al que fueran asignadas.
—¿Y a dónde podríamos ir? —preguntó Julieta, con una mezcla de curiosidad y duda.
—Eso depende del país que elijas —explicó Rebecca—. Los destinos más comunes son Estados Unidos, Alemania, Francia… ¡Imaginan vivir en París, o Nueva York! —Rebecca movía las manos, emocionada—. Cada país tiene sus propios requisitos, pero la experiencia sería increíble. Nosotras seis juntas, explorando un nuevo país, haciendo algo diferente a lo que hacemos aquí todos los días.
—No sé… —murmuró Antonella, siempre un poco más cautelosa—. Suena demasiado bueno para ser verdad.
—Lo es, Tona, lo es —Rebecca insistió, usando el apodo cariñoso de Antonella—. Por eso quiero que todas nosotras lo hagamos. Ya hablé con la coordinadora del programa, y me dijo que es posible que podamos ir juntas si aplicamos al mismo tiempo. ¡Chicas, tenemos que hacerlo!
Las demás amigas intercambiaron miradas, claramente intrigadas pero aún con dudas.
—¿Y qué pasa si la familia que te toca no es buena? —preguntó Abigail, siempre la más práctica—. No quiero terminar cuidando a seis niños revoltosos en algún pueblito perdido de Francia.
—La coordinadora me dijo que todas las familias son evaluadas, y si algo no funciona, pueden cambiarte de familia. Además, hay un montón de chicas que han hecho el programa y están súper contentas —Rebecca sacó su celular y comenzó a mostrarles testimonios de jóvenes que habían participado—. Miren, todas estas chicas dicen que fue la mejor experiencia de sus vidas.
—Pero, ¿y la universidad? —preguntó Victoria, siempre pensando en los estudios—. ¿No perderíamos el año?
—Podemos hacer los trámites para estudiar desde allá, no es un problema —aseguró Rebecca—. Además, ¡vamos! Todas sabemos que lo que queremos es algo diferente, algo emocionante. ¡Esto es nuestra gran oportunidad!
Un silencio se apoderó de la mesa mientras las chicas procesaban toda la información. Las posibilidades eran tentadoras. Salir del país, vivir una aventura juntas, conocer una nueva cultura… parecía el escape perfecto de la monotonía.
—¿Cuándo tendríamos que inscribirnos? —preguntó finalmente Ayelen, quien parecía haber sido la primera en inclinarse a la idea.
—Pronto —respondió Rebecca—. Si nos decidimos, podemos inscribirnos esta misma semana y comenzar el proceso. Si todo sale bien, podríamos estar viajando en unos meses.
—Es una locura —dijo Antonella, pero con una sonrisa que dejaba claro que la idea comenzaba a entusiasmarla—. Pero, ¿por qué no? No tenemos nada que perder.
—¡Exacto! —exclamó Rebecca, su entusiasmo contagiando a las demás—. Esto es exactamente lo que necesitamos. Nos vamos a divertir, aprender, y quién sabe, ¡quizás hasta nos quedemos en otro país para siempre!
Las amigas rieron ante esa posibilidad, aunque ninguna sabía lo que realmente les esperaba. Mientras miraban los folletos y se imaginaban en otros países, las risas llenaron la mesa, sin saber que pronto esas risas se convertirían en algo más. Una experiencia de cosquillas y carcajadas descontroladas que jamás olvidarían. Aunque para ellas todo parecía un sueño prometedor, estaban por embarcarse en una aventura que las pondría a prueba de maneras que nunca habían imaginado.
El destino de las seis amigas estaba sellado, aunque aún no lo sabían.
Después de varias horas de conversaciones emocionadas y planes llenos de fantasía, las seis amigas salieron del café universitario con la idea clara de inscribirse en el programa. Rebecca no podía contener su satisfacción, convencida de que había logrado entusiasmar a sus amigas con esta nueva aventura. Mientras caminaban por el campus, todas imaginaban cómo sería vivir en un país extranjero, cuidar de una familia diferente y aprender un nuevo idioma.
—No puedo creer que realmente lo vayamos a hacer —dijo Ayelen, con una sonrisa traviesa mientras se acomodaba el cabello rizado—. ¡Es como un sueño hecho realidad!
—Sí, es una oportunidad única —añadió Julieta, su tono lleno de emoción—. Nunca pensé que algo así pudiera pasar.
Sin embargo, lo que ninguna de ellas sabía era que ese «sueño» estaba muy lejos de la realidad. La supuesta agencia de Au Pair no era lo que parecía. Detrás de los folletos coloridos y los testimonios felices, se escondía una oscura red que se dedicaba a reclutar chicas jóvenes de países subdesarrollados o de Latinoamérica con falsas promesas de un futuro mejor en Europa. Esta organización, con sede en países del Este de Europa, había perfeccionado su técnica: utilizaban actores contratados que simulaban ser «familias de acogida», haciéndolas creer que todo era legítimo, solo para luego llevarlas a un destino muy distinto al prometido.
Rebecca, como tantas otras jóvenes, había caído en la trampa sin darse cuenta. La reunión a la que había asistido estaba cuidadosamente diseñada para parecer profesional, con representantes que hablaban de oportunidades culturales y de estudio. Le mostraron fotos de chicas sonrientes en hermosas ciudades europeas, pero lo que no sabían era que esas imágenes eran parte del engaño. Todo estaba orquestado para atraer a jóvenes vulnerables, ansiosas de escapar de su realidad, y someterlas a un destino oscuro que ellas ni siquiera podían imaginar.
—¿Y cómo fue la reunión? —preguntó Victoria, con su usual curiosidad analítica—. ¿No te pareció raro algo?
—Para nada —respondió Rebecca, encogiéndose de hombros—. De hecho, fue súper profesional. La coordinadora nos explicó todo, me mostraron fotos de otras chicas que ya están en el programa y me dieron muchos detalles sobre las familias. Incluso me dijeron que podríamos pedir que nos asignaran juntas a una misma ciudad si nos inscribimos al mismo tiempo.
—¡Eso sería increíble! —exclamó Antonella, la más aventurera del grupo—. Imaginen que terminamos todas en París o Berlín… ¡sería como un sueño!
—Sí, o en algún lugar más pequeño, donde la cultura sea diferente pero nosotras juntas hagamos que todo sea más divertido —dijo Julieta, siempre la soñadora.
Abigail, siempre más escéptica, entrecerró los ojos mientras escuchaba a Rebecca.
—¿No te parece un poco raro que todo suene tan perfecto? —preguntó—. No quiero ser pesimista, pero… no sé. ¿No investigaste más sobre la agencia?
Rebecca la miró con una sonrisa despreocupada.
—Obvio que sí. Busqué información y todo parece estar en orden. Además, la mujer con la que hablé me pareció súper amable y confiable. Todo está legal. De hecho, hay muchas agencias de Au Pair que trabajan de la misma manera. Solo es cuestión de tener fe y aprovechar las oportunidades cuando se presentan.
Las demás amigas asintieron, sintiéndose más tranquilas por las palabras de Rebecca, pero aún sin sospechar que lo que ella había investigado era solo la fachada cuidadosamente construida por la organización. Esta supuesta agencia era parte de una red mucho más siniestra que captaba chicas jóvenes bajo la apariencia de un intercambio cultural, pero una vez en Europa del Este, las cosas tomaban un giro totalmente diferente.
Al día siguiente, las seis se reunieron en el departamento de Rebecca, dispuestas a llenar las solicitudes y formalizar su inscripción. El ambiente estaba lleno de entusiasmo y expectativas, y entre bromas y risas, cada una de las amigas fue completando los formularios, sin imaginarse lo que realmente les esperaba.
—¿Qué pasa si terminamos en una casa llena de niños traviesos? —preguntó Ayelen, riendo mientras llenaba su formulario—. ¡Voy a necesitar toda mi paciencia!
—O si nos toca una familia que solo coma cosas raras —añadió Antonella con una sonrisa—. Como insectos o algo así.
—¡Por favor! —exclamó Julieta—. ¡Eso sería una aventura!
Las bromas seguían mientras iban avanzando con sus inscripciones, pero en el fondo de todo ese entusiasmo, ninguna de ellas se detenía a pensar demasiado en las consecuencias. Cada una estaba cegada por la emoción de la promesa de algo nuevo, algo diferente.
Una semana después, la agencia les confirmó que sus aplicaciones habían sido aceptadas. La emoción fue incontenible. Las seis amigas comenzaron a hacer planes para lo que creían sería la mejor experiencia de sus vidas. Se reunieron en un pequeño restaurante para celebrar y discutir los detalles.
—Chicas, ¡esto es real! —dijo Rebecca, levantando su vaso de jugo para hacer un brindis—. ¡Nos vamos a Europa!
Las demás levantaron sus vasos y brindaron, emocionadas.
—Esto es lo que necesitábamos —dijo Victoria, con una sonrisa de satisfacción—. Un cambio, una aventura que marque nuestras vidas.
Sin embargo, lo que estaba por marcar sus vidas no era la aventura que esperaban. La agencia, tras aceptar sus aplicaciones, las asignó a «familias de acogida» en países de Europa del Este, lo cual en sí ya era un pequeño desvío de lo que esperaban, ya que la mayoría soñaba con destinos como Francia o Alemania. Pero las chicas lo aceptaron, pensando que el destino no era lo más importante, sino la experiencia.
Unos días antes de partir, recibieron correos electrónicos con los detalles de las familias a las que habían sido asignadas. Las casas que les mostraron en las fotos parecían acogedoras y las familias sonrientes, aunque algo en las imágenes tenía un aire extrañamente genérico, como si todo estuviera demasiado bien organizado.
—Mi familia parece buena —comentó Julieta mientras mostraba a sus amigas una foto de una pareja mayor—. No tienen hijos, pero quieren que les ayude a cuidar la casa.
—Mi familia tiene tres niños —dijo Antonella—. ¡Voy a estar ocupada todo el día!
—El mío también —añadió Ayelen—. Aunque parecen bastante tranquilos, a ver qué tal.
Rebecca, por su parte, había sido asignada a una familia en un pequeño pueblo de Rumania. Los padres y los dos niños pequeños que aparecían en la foto sonreían, pero había algo en sus miradas que ella no podía describir del todo.
—Estoy un poco nerviosa —admitió—. Rumania no era lo que esperaba, pero bueno, lo importante es la experiencia, ¿no?
Ninguna de las seis amigas sabía que las fotos que habían recibido eran parte de una elaborada trampa. Las «familias» que las esperaban no eran más que actores contratados por la agencia, y su destino final estaba lejos de ser un intercambio cultural enriquecedor. Lo que les esperaba era una pesadilla disfrazada de aventura.
Una vez que recibieron la confirmación de que todas estaban asignadas a familias en Rumania, las seis amigas se lanzaron a los preparativos con el mismo entusiasmo que habían mostrado desde el principio. Sabían que este sería un cambio radical en sus vidas, pero lo veían como una oportunidad única para escapar de la monotonía y descubrir algo nuevo.
Rebecca, siempre la más proactiva, fue la primera en comenzar los trámites en la universidad para estudiar remotamente durante su estancia en el extranjero. La universidad ofrecía facilidades para quienes participaban en programas de intercambio, y como el plan de Au Pair también incluía tiempo para estudiar el idioma del país, las chicas aprovecharon esa ventaja.
—No quiero quedarme atrás con las materias —comentó Julieta un día, mientras rellenaban formularios online—. Estoy muy cerca de terminar la carrera, así que me voy a asegurar de que todo quede cubierto.
—Sí, yo también estoy haciendo los trámites —dijo Victoria, quien siempre se mantenía organizada y enfocada—. No quiero que nos pillen desprevenidas cuando estemos allá, y me encantaría regresar con todo en orden.
Poco a poco, todas fueron gestionando los trámites para continuar sus estudios de manera remota. Sabían que este viaje implicaba más que solo cuidar niños o personas mayores, y aunque estaban emocionadas, también eran conscientes de que no podían dejar todo de lado.
—Aparte, ¿quién sabe? —dijo Ayelen, con una sonrisa juguetona—. Capaz encontramos a alguien allá y no queramos regresar nunca.
Las demás rieron, aunque Rebecca notó un toque de nerviosismo en la risa de algunas de sus amigas. A pesar de su entusiasmo, la idea de irse a un país tan lejano empezaba a despertar cierto temor en ellas, algo que ninguna se atrevía a verbalizar del todo.
Las Despedidas
Con los trámites universitarios bajo control, las chicas comenzaron a preparar la siguiente parte: despedirse de sus familias y amigos. Aunque para algunas esto era más fácil que para otras, todas sentían una mezcla de emoción y melancolía. Sabían que estarían lejos por un tiempo considerable, y el pensamiento de dejar a sus seres queridos les causaba un leve nudo en la garganta.
Rebecca fue la primera en reunirse con su familia. Su madre, aunque preocupada, estaba orgullosa de la valentía de su hija.
—Sabes que siempre te voy a apoyar, pero no puedo evitar sentirme nerviosa por ti, hija —le dijo su madre, mientras le abrazaba con fuerza—. Rumania está muy lejos. Por favor, cuídate y mantente en contacto.
—Claro, mamá —respondió Rebecca, con una sonrisa tranquilizadora—. Todo va a estar bien. Es solo un año y nos van a cuidar bien. Además, estaré con las chicas, no voy sola.
—Igual, me mantienes al tanto de todo —dijo su madre, con una mirada seria pero llena de amor.
El padre de Rebecca, por su parte, también la abrazó, aunque con la misma preocupación oculta detrás de sus palabras de apoyo.
—Sigue adelante con tus sueños, hija. Esta es una gran oportunidad para que crezcas y aprendas.
Similarmente, las otras amigas también pasaron por sus propias despedidas con sus respectivas familias. Antonella, la líder nata del grupo, se despidió de sus padres con una mezcla de lágrimas y risas. Aunque sabía que lo que estaba por venir era incierto, su espíritu aventurero la empujaba hacia adelante.
—No puedo creer que te vayas a un lugar tan lejano —dijo su hermana menor, mientras la abrazaba con fuerza—. Voy a extrañarte mucho.
—Yo también te voy a extrañar —respondió Antonella, con una sonrisa melancólica—. Pero te prometo que voy a volver con mil historias para contar.
En el caso de Julieta, la más soñadora, la despedida fue más emocional. Sus padres estaban orgullosos, pero no podían evitar preocuparse.
—Prométeme que vas a cuidarte, hija —le dijo su madre, con lágrimas en los ojos—. No me gusta la idea de que estés tan lejos.
—Mamá, estaré bien —dijo Julieta, aunque la emoción también comenzaba a llenar sus ojos—. Es solo una aventura más. Además, voy con mis amigas, no estaré sola.
Victoria, siempre más analítica, mantuvo la despedida más controlada, pero no por ello menos emotiva. Su padre, un hombre de pocas palabras, simplemente la abrazó con fuerza antes de decirle:
—Sé fuerte y haz lo que tengas que hacer. Estamos orgullosos de ti.
Por su parte, Ayelen, la más alegre y espontánea, convirtió su despedida en una especie de fiesta con sus familiares y amigos. Aunque detrás de las risas y bromas, también había un toque de tristeza.
—Voy a extrañar tus locuras —le dijo una de sus primas—. La próxima vez que nos veamos, tienes que contarme todo sobre Europa.
—¡Lo haré! —dijo Ayelen con una carcajada—. Aunque si te soy sincera, ¡no sé si voy a querer volver!
Finalmente, Abigail, la más tranquila y reservada del grupo, tuvo una despedida más íntima con su familia. Aunque no era de muchas palabras, sus padres sabían que este era un paso importante para ella.
—Cuídate mucho, hija —dijo su padre, abrazándola con fuerza—. Te vamos a extrañar, pero estamos seguros de que harás cosas increíbles.
Una vez que las seis chicas terminaron de despedirse de sus familias, se reunieron para despedirse de sus amigos en una pequeña reunión en el departamento de Antonella. Era la última vez que estarían todas juntas en Argentina antes de embarcarse en esta aventura desconocida.
—¿Alguien más está empezando a ponerse nerviosa? —preguntó Julieta, mientras todas se sentaban en el sofá.
—¡Yo estoy nerviosa desde que recibí el correo de confirmación! —respondió Ayelen con una risa nerviosa—. Pero también estoy emocionada. ¿Cómo no estarlo?
—Es normal estar nerviosas —intervino Victoria, siempre la más racional—. Vamos a un lugar que no conocemos, a vivir con personas que no conocemos. Pero también es parte de la aventura, ¿no?
—Claro que lo es —añadió Antonella, siempre optimista—. Esta es la oportunidad de nuestras vidas. Vamos a aprender, a crecer y, lo más importante, vamos a estar juntas.
Rebecca, que había estado escuchando en silencio, sonrió al ver cómo todas estaban alineadas en el mismo sentimiento. Aunque el nerviosismo estaba presente, la emoción y la expectativa de lo que les esperaba superaba cualquier duda.
—Todo va a salir bien —dijo finalmente, con una sonrisa—. Este es el primer paso hacia algo increíble.
Ninguna de ellas, en ese momento, podía imaginar lo lejos que estaban de la verdad.
El Día del Viaje
El día del viaje llegó más rápido de lo que las chicas esperaban. Con las maletas llenas de ropa, sueños y un poco de incertidumbre, las seis amigas se dirigieron al aeropuerto, listas para comenzar esta nueva etapa en Europa del Este. Mientras esperaban para embarcarse, se miraron unas a otras, conscientes de que este era el último momento en su país antes de lo desconocido.
—Bueno, chicas, este es el momento —dijo Rebecca, con una mezcla de emoción y nerviosismo en su voz—. Rumania nos espera.
—¿Listas para la aventura? —preguntó Ayelen, con una sonrisa amplia.
—¡Listas! —respondieron todas al unísono, aunque con sus corazones latiendo a mil por hora.
El avión despegó, llevándolas hacia un futuro que nunca habrían imaginado. Mientras cruzaban el océano, las chicas seguían llenas de expectativas, sin tener la menor idea de que lo que les esperaba en Rumania no era lo que les habían prometido.
Después de las casi 32 horas de viaje, el cansancio de las chicas era palpable. Llegar a Bucarest parecía el fin del largo trayecto, pero su destino final aún estaba lejos de concretarse. La furgoneta que las recogió del aeropuerto avanzaba a través de las calles oscuras de la ciudad, hasta que finalmente se detuvo frente a un hotel modesto, pero limpio y bien iluminado. Las seis amigas intercambiaron miradas de confusión. ¿Un hotel? No era exactamente lo que esperaban al llegar a sus “nuevas casas de familia”.
—¿Esto es parte del plan? —preguntó Antonella con un dejo de duda en su voz.
—Sí, no se preocupen —dijo Alina, la coordinadora, con una sonrisa profesional—. Las casas a las que fueron asignadas aún no están listas para recibirlas, hubo un pequeño retraso. Pero no será por mucho tiempo, solo un par de días. Mientras tanto, estarán aquí, en este hotel. No les faltará nada.
El cansancio las había vencido, y ninguna quiso oponerse a lo que Alina decía. Entraron al hotel, donde las esperaban habitaciones compartidas. El lobby del hotel era acogedor, con sofás de cuero desgastado y una pequeña televisión encendida en una esquina. Las chicas fueron conducidas a sus habitaciones, dos en cada una, y Alina les aseguró que tendrían todas las comodidades.
—Aquí tienen internet de alta velocidad, así que pueden comunicarse con sus familias para decirles que llegaron bien. También tienen acceso a bebidas, comida, y todo lo que necesiten durante estos días —les explicó Mihai, mientras entregaba una pequeña lista con los servicios del hotel—. No tienen nada de qué preocuparse.
Mientras hablaban, una de las empleadas del hotel apareció con una bandeja llena de refrescos y snacks, colocándola en una mesita frente a ellas. Las amigas se miraron con alivio. Después de un viaje tan largo, parecía que podrían descansar cómodamente mientras esperaban que sus «casas de familia» estuvieran listas.
—Pero… —continuó Alina, interrumpiendo el momento de relajación— hay algo que deben tener en cuenta. Por el momento, no pueden salir del hotel.
—¿Por qué no? —preguntó Julieta, frunciendo el ceño. Estaba emocionada por explorar Bucarest.
—Es una cuestión de trámites —respondió Alina, con una voz tranquilizadora—. Como saben, aún no tienen los documentos oficiales para residir aquí. Estamos en proceso de tramitar sus visas de intercambio cultural, pero mientras no tengan esos papeles en regla, es mejor que no salgan a la calle. No queremos que tengan ningún problema con las autoridades.
El tono amable y profesional de Alina pareció calmar a las chicas, aunque la advertencia de no salir del hotel dejó una ligera sensación de inquietud en el aire.
—Ah, y una cosa más —agregó Mihai—, necesitamos que nos entreguen sus pasaportes para poder gestionar el trámite de las visas. Es un proceso rápido, no se preocupen. Les devolveremos los pasaportes en cuanto todo esté listo.
Rebecca miró a sus amigas, algo incómoda. Entregar los pasaportes… Era lógico, pensó. Si necesitaban tramitar las visas, era normal que se los pidieran. De todos modos, no planeaban salir del hotel hasta que todo estuviera en orden. Sin embargo, la situación no dejaba de parecerle extraña.
—Está bien, entiendo —dijo Rebecca finalmente, tomando la iniciativa—. Si es necesario, entonces aquí tienen mi pasaporte.
Poco a poco, las demás hicieron lo mismo. Aunque una parte de ellas dudaba, ninguna quería ser la que cuestionara el procedimiento. Después de todo, este era el paso necesario para el futuro brillante que tanto esperaban.
Una vez que todos los pasaportes estuvieron en manos de Mihai, él y Alina se despidieron cortésmente.
—Nos veremos en unos días para llevarlas a sus casas asignadas —les prometió Alina, con su sonrisa impecable—. Mientras tanto, disfruten de su estadía aquí. Si necesitan algo, no duden en pedirlo. Y recuerden, no salgan del hotel.
Con esas palabras, los dos representantes de la “agencia” se marcharon, dejando a las chicas solas en el hotel. A pesar del cansancio, no pudieron evitar conversar sobre todo lo que acababa de pasar.
—Es raro, ¿no? —dijo Antonella, sentándose en la cama de la habitación que compartía con Julieta—. Entregar los pasaportes así…
—Es lo que tienen que hacer, imagino. Es la manera de gestionar los trámites —respondió Julieta, intentando tranquilizarla—. Pero sí, fue todo muy de golpe.
Rebecca, que estaba en la habitación contigua con Victoria, también sentía esa ligera incomodidad, pero trató de no mostrarlo. Intentaba convencerse de que todo estaba en orden, que esto era solo un pequeño paso antes de que comenzara la verdadera experiencia de Au Pair. Se recostó en la cama, viendo la ventana cerrada y el oscuro cielo de Bucarest al otro lado.
—Va a estar todo bien —murmuró para sí misma, como si al decirlo en voz alta pudiera calmar sus propios pensamientos.
Mientras tanto, fuera del hotel, Alina y Mihai se alejaban del edificio con los pasaportes en mano. La realidad era mucho más siniestra de lo que las chicas imaginaban. Las «casas de familia» no estaban listas porque los actores aún no habían recibido todos los detalles de las historias que debían representar. No había un programa de intercambio cultural ni visas legítimas en proceso. El destino que les esperaba era uno muy diferente del que habían soñado.
Continuará…
