Au Pair (Parte 2)

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Capítulo 2: El inicio del sueño que se convirtió en pesadilla

Cinco días habían pasado desde que las seis amigas llegaron a Bucarest, y la promesa de solo «dos días» en el hotel se había extendido sin ninguna explicación clara. Al principio, las chicas aprovecharon la oportunidad para descansar y relajarse. El hotel era cómodo, el internet funcionaba bien, y la comida y bebidas eran más que suficientes para mantenerlas entretenidas. Sin embargo, a medida que los días pasaban, la inquietud comenzó a crecer.

Antonella fue la primera en verbalizar lo que todas estaban pensando.

—¿No les parece raro que aún no estemos en nuestras casas asignadas? —preguntó una mañana, mientras desayunaban en el pequeño comedor del hotel.

Rebecca, que siempre había sido la más optimista del grupo, intentó mantener el buen ánimo.

—Tal vez las familias aún no están listas —dijo, dándole un sorbo a su café—. A veces las cosas toman tiempo.

Pero incluso Rebecca no podía negar que cinco días eran mucho más de lo que habían esperado. Las demás intercambiaron miradas llenas de incertidumbre.

—Es que… —empezó Ayelen, moviendo nerviosa su cuchara en su tazón de cereal—. No sé, no quiero sonar paranoica, pero ya llevamos casi una semana aquí y ni siquiera sabemos en qué casas vamos a estar.

—Ni hemos conocido a nuestras «familias» —agregó Victoria, cruzando los brazos—. Se supone que esto era un intercambio cultural, ¿no? Pero aquí solo hemos visto a Alina y Mihai, y a nadie más.

Julieta, que siempre trataba de mantenerse tranquila, suspiró.

—¿Y qué hacemos? —preguntó, aunque su tono sugería que no esperaba una respuesta concreta. Todas estaban en la misma incertidumbre.

En ese momento, como si los pensamientos de las chicas hubieran invocado su presencia, la puerta del hotel se abrió de golpe y entraron Alina y Mihai, con sus sonrisas profesionales. Las seis chicas se tensaron un poco, como si finalmente algo importante fuera a ocurrir.

—¡Chicas! —exclamó Alina, avanzando hacia ellas con una sonrisa amplia—. Les tenemos buenas noticias.

El grupo intercambió miradas nerviosas, pero Antonella fue la primera en responder.

—¿Finalmente nos vamos a las casas asignadas? —preguntó, con un tono que intentaba sonar optimista.

—Así es —confirmó Mihai, mostrando su eterna sonrisa—. Hoy es el día. Hemos coordinado todo para que las llevemos a sus nuevas casas.

—¡Por fin! —exclamó Julieta, suspirando de alivio.

Alina y Mihai procedieron a darles instrucciones rápidas. Les pidieron que hicieran sus maletas y estuvieran listas en media hora. Las chicas se dispersaron rápidamente hacia sus habitaciones, llenas de emociones encontradas. Estaban emocionadas por comenzar la verdadera experiencia para la que habían viajado tan lejos, pero la larga espera las había dejado algo tensas y desconfiadas.

Cuando finalmente estuvieron listas, Alina y Mihai las condujeron hasta la furgoneta que las había recogido en el aeropuerto, esta vez con el motor encendido y las puertas abiertas de par en par.

—Suban, chicas. Estamos listos para irnos —dijo Mihai, ayudándolas con sus maletas.

Una vez dentro, las chicas se acomodaron mientras el vehículo arrancaba por las calles de Bucarest. A medida que avanzaban, las calles se volvían más estrechas y las luces de la ciudad comenzaban a desvanecerse detrás de ellas.

—¿Dónde están estas casas? —preguntó Rebecca, mirando por la ventana y notando que se alejaban de la zona céntrica.

—En las afueras de la ciudad —respondió Alina con un tono despreocupado—. Pero no se preocupen, estarán en muy buenas manos.

Esa respuesta no convenció del todo a las chicas, pero se forzaron a mantener la calma. Pasaron los minutos y finalmente, después de casi una hora de viaje, la furgoneta se detuvo frente a lo que parecía ser una casa grande, antigua, y algo alejada. Las chicas intercambiaron miradas confusas.

—Aquí estamos, la primera casa —anunció Mihai.

Victoria, que estaba sentada cerca de la ventana, observó con más detalle.

—Esto no parece una casa de familia… —susurró, pero antes de que pudiera decir más, Mihai abrió la puerta y les indicó que bajaran.

Alina y Mihai las guiaron hacia la entrada de la casa. La fachada era imponente, con grandes columnas y una puerta de madera maciza. A pesar de su tamaño, algo en la atmósfera del lugar parecía inquietante.

—Este es su nuevo hogar —dijo Alina, con una sonrisa que intentaba parecer cálida—. Aquí se quedarán un par de ustedes mientras terminamos de organizar las otras casas.

Antonella fue la primera en dar un paso adelante.

—¿Solo dos de nosotras? —preguntó, mirando a sus amigas con desconfianza.

—Así es, todo está bajo control —respondió Mihai—. Las demás serán llevadas a otras casas más adelante, pero queremos que se vayan instalando poco a poco. El resto de ustedes vendrá con nosotros a la próxima ubicación.

Rebecca frunció el ceño. Algo no estaba bien. Habían viajado juntas, pasado esos días juntas, y ahora las separaban sin explicación clara.

—No me gusta esto… —murmuró Ayelen, dando un paso atrás, pero antes de que pudiera protestar más, la puerta de la casa se abrió y un hombre y una mujer mayores, vestidos de manera elegante, salieron a recibirlas.

—¡Bienvenidas, bienvenidas! —dijo el hombre con un fuerte acento y una sonrisa exagerada—. Nos hemos estado preparando para su llegada. Estamos muy emocionados de conocerlas.

La pareja se presentó como los «anfitriones», pero su comportamiento parecía demasiado ensayado, casi artificial. Las chicas intercambiaron miradas incómodas mientras el hombre las invitaba a entrar.

—Vamos, Antonella y Julieta —dijo Alina—. Esta será su casa. Las demás, síganme, que vamos a llevarlas a la siguiente casa.

Rebecca sintió un nudo en el estómago. Algo en su interior le decía que esto no era lo que parecía, pero ya estaban allí, a kilómetros de casa, sin pasaportes y completamente a merced de la agencia.

Antonella y Julieta cruzaron la puerta, mientras las otras chicas subían de nuevo a la furgoneta. El vehículo se alejó de la casa, dejando a las dos chicas detrás, y avanzó hacia otro destino desconocido.

Conforme el vehículo se alejaba, la incertidumbre comenzaba a crecer entre las amigas. Lo que había comenzado como un sueño prometedor, estaba empezando a transformarse en una inquietante pesadilla.

El trayecto continuó en silencio, con las cuatro chicas restantes intercambiando miradas nerviosas. Mientras el vehículo se adentraba más en los suburbios de Bucarest, el paisaje se volvía cada vez más desolado. Las luces de la ciudad habían quedado atrás, y ahora solo veían campos vacíos, carreteras mal iluminadas, y ocasionalmente, una casa aislada que apenas parecía habitada.

—Esto no parece muy acogedor… —murmuró Ayelen, abrazándose a sí misma, como si el frío que sentía no proviniera solo de afuera.

Rebecca, sentada junto a ella, se inclinó un poco hacia adelante, intentando ver a través del parabrisas del vehículo.

—¿Cuánto falta? —preguntó con un tono que intentaba sonar tranquilo, pero sus ojos reflejaban preocupación.

Alina, desde el asiento del copiloto, miró brevemente hacia atrás.

—No mucho, chicas. Están a punto de conocer a sus nuevas familias. Les encantará, no se preocupen.

La furgoneta continuó su camino hasta que, finalmente, se detuvo frente a otra casa. Esta parecía un poco más pequeña que la primera, pero igual de antigua y apartada. Las ventanas estaban oscuras y no había ninguna luz exterior que diera una bienvenida cálida. Mihai apagó el motor y giró para hablar con las chicas.

—Victoria y Ayelen, esta es su nueva casa —anunció con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

Victoria y Ayelen intercambiaron miradas nerviosas. Ninguna de las dos se sentía cómoda con la idea de quedarse allí, pero sabían que no tenían muchas opciones. Ya habían entregado sus pasaportes y estaban en un país extranjero, con reglas que no conocían.

—Vamos, chicas —les dijo Alina mientras abría la puerta del vehículo—. Las familias aquí están muy emocionadas por conocerlas.

Con pasos vacilantes, Ayelen y Victoria bajaron del vehículo, mientras las otras dos amigas observaban desde adentro con el corazón en un puño. Rebecca sentía un nudo en el estómago, como si algo muy malo estuviera a punto de suceder.

La puerta de la casa se abrió, y un hombre y una mujer mayores salieron a recibirlas. Ambos vestían ropa modesta pero cuidada, y su sonrisa era tan forzada que parecía un mal guion de teatro.

—Bienvenidas, chicas —dijo el hombre con un fuerte acento. Sus ojos brillaban de una manera extraña, que hizo que Ayelen retrocediera instintivamente.

—Estamos muy felices de que estén aquí —agregó la mujer, quien las invitaba a entrar con un gesto de manos exagerado.

Victoria miró a Rebecca una última vez antes de seguir a Ayelen hacia la casa, donde fueron recibidas con una puerta que se cerró detrás de ellas de manera casi ominosa. Mihai no perdió tiempo y arrancó el vehículo nuevamente.

—¿Cuántas casas faltan? —preguntó Julieta, sentada al lado de Rebecca, mientras veía por la ventana, observando el lugar desolado.

—Solo una más —respondió Alina—. Ya casi llegamos.

El silencio en el vehículo era palpable. El nerviosismo de las chicas había alcanzado su punto máximo. Rebecca intentó calmarse, repitiéndose mentalmente que todo saldría bien, que esto era parte del proceso, pero su intuición le decía lo contrario.

Después de otros quince minutos de camino, la furgoneta se detuvo frente a la última casa. Esta parecía más una granja antigua que una vivienda. No había luces exteriores, ni siquiera un cartel de bienvenida. El edificio de piedra tenía una fachada desgastada y ventanas pequeñas que apenas dejaban ver el interior.

—Aquí es donde se quedarán ustedes dos —anunció Mihai con su habitual sonrisa falsa.

—¿Aquí? —preguntó Abigail, su voz apenas un susurro de incredulidad.

—Sí, aquí —respondió Alina, mientras bajaba del vehículo y abría la puerta trasera—. La familia es encantadora, les aseguramos que estarán en buenas manos.

Rebecca y Abigail bajaron del vehículo con el corazón acelerado. No había señales de vida en la casa, pero antes de que pudieran hacer preguntas, la puerta principal se abrió, y una mujer de mediana edad, con un delantal y un pañuelo en la cabeza, salió a recibirlas.

—¡Bienvenidas! —exclamó con un tono agudo—. Estamos muy emocionados de tenerlas aquí. Por favor, pasen.

Rebecca lanzó una última mirada hacia la furgoneta, pero Mihai ya estaba cerrando las puertas y arrancando el motor. Sabía que ya no había vuelta atrás. Entraron en la casa, con los nervios a flor de piel, y la puerta se cerró tras ellas con un ruido sordo que resonó en el silencio de la noche.

Dentro de la casa, el ambiente era frío y sombrío. A pesar de la sonrisa de la mujer que las recibió, algo en el lugar no se sentía correcto. Las luces eran tenues, y el mobiliario era anticuado, casi como si estuvieran en una casa de otra época.

—Deben estar cansadas del viaje —dijo la mujer, señalando un par de sillas en el comedor—. Siéntense, por favor.

Rebecca y Abigail se sentaron con movimientos cautelosos, mientras la mujer desaparecía en la cocina. El lugar era incómodamente silencioso, y lo único que podían oír era el leve crujido de las paredes viejas.

—Esto no me gusta, Rebe… —susurró Abigail, mirando a su amiga con los ojos llenos de inquietud.

Rebecca asintió, incapaz de articular palabras. Su instinto le decía que estaban en peligro, pero aún no sabía cuán profundo era el abismo en el que habían caído.

Unos minutos después, la mujer regresó con una bandeja que contenía dos tazas de té humeante y un plato de galletas.

—Tomen, esto las ayudará a relajarse —dijo con una sonrisa que parecía más falsa con cada segundo que pasaba.

—Gracias —respondió Rebecca, aunque no se atrevió a probar el té. Abigail tampoco tocó su taza, ambas demasiado preocupadas por la creciente sensación de peligro que las envolvía.

Mientras el reloj avanzaba, las chicas esperaron, ansiosas por saber cuál sería su próximo paso, aunque una oscura verdad comenzaba a arraigarse en sus corazones: estaban muy lejos de casa, sin pasaportes, y completamente a merced de extraños. Lo que había comenzado como un sueño de oportunidades en el extranjero, estaba convirtiéndose en una pesadilla de la que no sabían si podrían escapar.

En la primera casa, donde Antonella y Julieta habían sido dejadas, los anfitriones se movían con precisión, como si cada uno de sus pasos ya estuviera ensayado. El hombre, que hasta ahora no había hablado mucho, sacó de su bolsillo un viejo teléfono móvil. Miró la pantalla y, tras leer un mensaje, levantó la vista hacia su esposa con una expresión que era todo menos cálida.

—Las instrucciones han llegado —dijo, en un tono bajo pero firme.

La mujer asintió sin hacer preguntas. Ambos sabían lo que debía hacerse. Eran actores en este juego siniestro, contratados para desempeñar un papel macabro en un teatro oscuro que iba mucho más allá de lo que las chicas podían imaginar. No eran ni familia de acogida ni amables anfitriones; eran parte de una red mucho más grande y peligrosa.

—Llévalas a sus habitaciones —dijo la mujer mientras recogía las tazas vacías del té que les había ofrecido.

El hombre asintió. Se dirigió hacia las chicas, que estaban sentadas incómodamente en el sofá, observando los objetos viejos y las extrañas decoraciones de la casa. Antonella había estado jugando nerviosamente con sus manos, mientras Julieta lanzaba miradas rápidas a las puertas y ventanas, como si ya estuviera planeando una posible salida.

—Es hora de que se instalen —dijo el hombre con una sonrisa tensa—. Deben estar cansadas después del largo viaje. Les mostraré sus habitaciones.

Antonella y Julieta se miraron, aliviadas de que finalmente pudieran descansar un poco después de días de incertidumbre y cansancio. El hombre las guió a través de un estrecho pasillo que conducía al segundo piso de la casa. Mientras subían las escaleras, el aire parecía volverse más frío y pesado, como si la casa misma escondiera secretos tras sus viejas paredes.

—Tendrán habitaciones separadas, para mayor comodidad —dijo el hombre mientras llegaban al final del pasillo.

Antonella y Julieta se detuvieron frente a dos puertas casi idénticas. Las habitaciones eran pequeñas, con una cama individual en cada una, un armario y una pequeña ventana que daba al campo desolado. Todo parecía normal a simple vista, aunque algo en la atmósfera se sentía profundamente mal.

—Aquí tienen —dijo el hombre, abriendo ambas puertas—. Descanse bien. Si necesitan algo, estaremos abajo.

Las chicas entraron en sus respectivas habitaciones. Mientras Antonella cerraba la puerta detrás de ella, sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero pensó que era el cansancio acumulado. Se sentó en la cama, intentando relajarse, mientras Julieta hacía lo mismo en la habitación contigua.

Lo que no sabían es que, apenas entraron, el hombre cerró ambas puertas desde fuera, asegurándolas con un candado grueso. Las habitaciones, que parecían modestas a primera vista, eran en realidad celdas disfrazadas de dormitorios. Las ventanas, aunque pequeñas, estaban reforzadas con barrotes apenas visibles desde dentro, y las paredes, a simple vista decoradas con papel viejo, ocultaban placas de metal que amortiguarían cualquier intento de gritar por ayuda.

El hombre se acercó al teléfono nuevamente y envió un mensaje. No pasó mucho tiempo antes de que su dispositivo vibrara con una respuesta.

«Todo listo. Procedan con la siguiente fase mañana. No deben sospechar aún. Manténganlas separadas y aseguradas.»

La mujer, que había estado espiando por el pasillo, se acercó y miró la pantalla.

—Así que comienza, ¿eh? —dijo con una calma escalofriante.

—Sí —respondió el hombre mientras guardaba el teléfono—. Mañana ya no habrá vuelta atrás para ellas.

Dentro de sus respectivas habitaciones, Antonella y Julieta intentaban conciliar el sueño, sin saber que las puertas tras ellas estaban cerradas con llave. En el silencio de la noche, el frío de las paredes parecía intensificarse. Mientras Victoria observaba la pequeña ventana desde su cama, algo dentro de ella no se sentía bien. La oscuridad más allá del cristal parecía interminable, y la sensación de encierro se apoderaba de ella lentamente.

—¿Antonella? —murmuró Julieta en voz baja, esperando que su amiga pudiera escucharla a través de las paredes.

No hubo respuesta.

Antonella, en la habitación contigua, había cerrado los ojos, pero estaba lejos de dormir. La sensación de inquietud se mezclaba con su cansancio. Algo no encajaba. La casa, las personas, la manera en que habían sido recibidas… todo parecía demasiado extraño. Intentaba convencerse de que era solo el nerviosismo del viaje, pero su intuición le gritaba que algo andaba mal.

Mientras ambas chicas intentaban dormirse en sus respectivas celdas disfrazadas, los anfitriones se preparaban para lo que vendría. Afuera, el viento comenzaba a soplar con fuerza, y la oscuridad de la noche envolvía la casa como un manto de silencio. Nadie vendría a salvarlas, porque nadie sabía lo que estaba sucediendo en esa casa perdida en los confines de Bucarest.

Y mientras el reloj avanzaba, la primera etapa de la pesadilla apenas estaba comenzando.

La segunda casa, donde habían sido llevadas Ayelen y Victoria, era una mansión antigua con un aspecto más imponente que acogedor. Las paredes eran de piedra oscura, y la construcción, aunque elegante, parecía sacada de otra época. Las dos amigas observaron el lugar con cierto asombro, pero también con una sensación incómoda que les recorría el cuerpo. No era lo que esperaban, pero intentaban mantenerse optimistas.

—Bueno, al menos parece espacioso, ¿no? —dijo Ayelen, tratando de animar a Victoria mientras ambas bajaban del coche.

Victoria, que normalmente mantenía la calma en cualquier situación, se limitó a asentir, sin poder quitarse de encima la sensación de que algo no estaba del todo bien. Las ventanas del edificio parecían oscuras, como si no hubiera nadie en su interior. Sin embargo, cuando se acercaron a la puerta, esta se abrió antes de que tocaran el timbre.

Un hombre alto y delgado, con gafas redondas y una expresión severa, les dio la bienvenida. Detrás de él apareció una mujer de cabello gris y recogido en un moño perfecto, que sonreía de una manera que, aunque amable, resultaba fría y mecánica.

—Bienvenidas a nuestra casa —dijo el hombre en un tono ceremonioso—. Mi nombre es Viktor, y esta es mi esposa, Anca. Seremos sus anfitriones.

Ayelen y Victoria intercambiaron una mirada rápida, pero ambas sonrieron educadamente.

—Gracias por recibirnos —respondió Ayelen, mostrando su carácter siempre confiado.

Los anfitriones los invitaron a entrar. El interior de la casa era tan oscuro como el exterior, con muebles antiguos, alfombras gastadas y una luz tenue que apenas iluminaba las habitaciones. No había ninguna señal de vida más allá de los dueños de la casa, y las chicas empezaron a preguntarse si realmente había niños a los que cuidar.

Anca les ofreció té, al igual que en la primera casa. Mientras las chicas sorbían la bebida caliente, Viktor se excusó un momento, sacando su móvil de un bolsillo interior de su chaqueta. Se alejó hacia el pasillo mientras marcaba un número. Unos instantes después, su tono de voz se escuchaba apenas por encima del ruido de la tetera.

—Sí, ya llegaron… Sí, están aquí. ¿Instrucciones? —hizo una pausa para escuchar—. Entendido. Las mantendremos separadas en sus habitaciones, como acordado.

Ayelen y Victoria no escucharon esa conversación, pero la mujer, Anca, se encargaba de mantenerlas distraídas.

—Seguro están cansadas del largo viaje —dijo ella, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos—. Hemos preparado sus habitaciones para que puedan descansar.

Viktor regresó al salón en ese momento, guardando discretamente el teléfono.

—Por favor, síganme. Les mostraré dónde estarán alojadas.

Las chicas se levantaron del sofá y siguieron a Viktor a través de un largo corredor que las conducía a la parte trasera de la casa. A medida que avanzaban, las habitaciones se volvían más pequeñas, y la decoración menos elaborada. Finalmente, llegaron a dos puertas, una frente a la otra.

—Estarán en estas habitaciones —dijo Viktor, abriendo ambas puertas.

Las chicas asomaron la cabeza. Las habitaciones eran sencillas, casi idénticas. Cada una tenía una cama individual, un escritorio y una pequeña ventana cubierta por cortinas gruesas. No había mucho espacio, pero tras el largo viaje, ambas se sintieron aliviadas de tener un lugar para descansar.

—Es modesto, pero será cómodo —dijo Victoria, intentando ser positiva.

—Descansen —añadió Viktor, abriendo más la puerta—. Si necesitan algo, estaremos abajo.

Ayelen asintió y entró en su habitación. Mientras cerraba la puerta tras ella, se tumbó en la cama, sintiendo cómo el cansancio la invadía. No pasaron muchos minutos antes de que comenzara a cerrar los ojos, confiando en que todo estaba bien.

En la habitación contigua, Victoria tenía una sensación extraña en la boca del estómago. Había algo en aquella casa, en el comportamiento de sus anfitriones, que le provocaba una inquietud que no podía ignorar. Pero, al igual que su amiga, decidió no pensar demasiado en ello. El viaje había sido largo, y la lógica le decía que probablemente era solo su mente jugándole una mala pasada.

Poco después de que ambas chicas se acomodaran en sus camas, los anfitriones se reunieron nuevamente en el pasillo.

—Ahora —dijo Viktor, sacando de nuevo su móvil y enviando un mensaje rápido.

—¿Ya está todo listo? —preguntó Anca, mientras observaba las puertas cerradas de las habitaciones.

—Sí. Deben permanecer separadas. No habrá contacto entre ellas hasta que recibamos más instrucciones.

Ambos se dirigieron hacia una pequeña oficina en el piso inferior, donde una pantalla mostraba las imágenes de cámaras ocultas instaladas en cada habitación. Ayelen y Victoria dormían profundamente, ajenas al hecho de que estaban siendo observadas y que las puertas de sus habitaciones habían sido cerradas con llave desde el exterior.

En la pantalla, los anfitriones miraban cómo las chicas caían en el sueño, pero la verdadera pesadilla apenas estaba comenzando. Mañana llegaría la siguiente fase de lo que se había convertido en un siniestro juego para aquellos que tiraban de los hilos tras las sombras.

La tercera casa a la que habían sido llevadas Rebecca y Abigail era aún más inquietante que las anteriores. Al llegar, las chicas se encontraron frente a una antigua villa de aspecto gótico, con ventanas altas y una puerta de madera maciza que crujió ominosamente al abrirse. El aire estaba impregnado de un olor a humedad, y las sombras parecían alargarse más de lo normal bajo el cielo nublado.

—Esto no se parece a ninguna de las casas que imaginé —murmuró Abigail, mirando a su amiga con desconfianza.

—Sí, es un poco… diferente —respondió Rebecca, tratando de mantener el ánimo—. Tal vez tiene su propio encanto.

La puerta se abrió y un hombre mayor, con barba canosa y una mirada penetrante, las recibió. Su expresión era seria y un tanto distante.

—Bienvenidas. Soy el señor Ionescu, su anfitrión —dijo, con un acento marcado—. Pasen, por favor.

Las chicas entraron, sintiendo un escalofrío recorrer sus espinas. El vestíbulo estaba decorado con retratos antiguos y muebles cubiertos con sábanas blancas que parecían ocultar secretos. Una gran escalera de madera se alzaba ante ellas, y el ambiente era silencioso, casi asfixiante.

—Esto parece una película de terror —comentó Abigail en voz baja.

—No digas eso. Tal vez solo necesitan un poco de amor y cuidado —respondió Rebecca, aunque su voz temblaba un poco.

El señor Ionescu las llevó a una pequeña sala de estar, donde se sentaron en sillones desgastados. Sin embargo, en lugar de ofrecerles algo de beber o comer, el hombre se limitó a observarlas.

—Tendrán su habitación en un momento. Pero primero, debo explicarles algunas reglas —dijo con voz grave.

Las chicas se miraron, sintiendo que la atmósfera se volvía más pesada.

—Es importante que comprendan que en esta casa, deben seguir las normas estrictamente. No pueden salir sin permiso. Su seguridad es lo más importante para nosotros —continuó el señor Ionescu.

—¿Por qué no podemos salir? —preguntó Abigail, sintiendo que la incomodidad crecía.

—Es una cuestión de procedimiento. Además, las autoridades no están lejos, y no queremos que tengan problemas. Ustedes son… visitantes especiales —respondió, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Rebecca se sintió incómoda con esa respuesta. Había algo en su tono que no le gustaba, algo que parecía esconder una amenaza velada. Sin embargo, el hombre continuó.

—Ahora, aquí están sus habitaciones. Les mostraré —dijo, levantándose con un movimiento brusco.

Las chicas lo siguieron hacia el segundo piso. Al llegar a la planta, el hombre abrió la puerta de una habitación que era más grande que las anteriores, pero también más desordenada. Había un gran armario en un rincón, y la ventana estaba cubierta por pesadas cortinas de terciopelo que apenas dejaban pasar la luz.

—Esta será su habitación —dijo el señor Ionescu, señalando el espacio—. La otra chica estará en la habitación de al lado.

Abigail y Rebecca entraron, sintiendo cómo una vez más se cerraba una puerta tras ellas, esta vez con un sonido más resonante.

—Esto no se siente bien, Rebecca —dijo Abigail, nerviosa—. ¿Qué hacemos si no podemos salir?

—Vamos a tener que confiar en que todo saldrá bien. Esto es solo un trabajo, y seguro que pronto nos darán más información sobre nuestros deberes —respondió Rebecca, intentando calmarse.

Sin embargo, la tranquilidad que intentaban mantener se desvaneció rápidamente cuando el señor Ionescu anunció que regresarían más tarde para darles instrucciones. Antes de cerrar la puerta, dejó caer una última advertencia.

—Recuerden, deben comportarse. Lo que aquí suceda, queda aquí. Nadie debe saber de su presencia, ni siquiera su familia.

Cuando la puerta se cerró y el ruido de la cerradura resonó en el aire, las chicas intercambiaron miradas llenas de preocupación. La casa era demasiado oscura, demasiado silenciosa.

—Esto no es normal —murmuró Abigail, sintiendo un nudo en el estómago—. Siento que esto se está volviendo cada vez más extraño.

Rebecca se movió hacia la ventana, pero estaba tan oscurecida que no podía ver nada más allá. Su corazón latía con fuerza.

—No podemos quedarnos aquí sin hacer nada. Necesitamos averiguar qué está pasando realmente —dijo Rebecca, la determinación brillando en sus ojos.

Mientras las horas pasaban, las chicas se sentaron en la cama y comenzaron a hablar sobre sus temores. Sabían que las cosas no eran lo que parecían, y que el programa que las había traído aquí era un engaño. Sus intuiciones se reafirmaban con cada segundo que pasaban encerradas en esa habitación.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el señor Ionescu volvió a abrir la puerta.

—Es hora de que conozcan su rutina —anunció, con una expresión que no dejaba lugar a dudas de que sus intenciones no eran buenas.

Mientras las chicas lo seguían a la sala de estar, la realidad de su situación comenzaba a hacerse evidente. El sueño de una aventura se estaba convirtiendo rápidamente en una pesadilla, y el horror apenas estaba comenzando.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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