Tiempo de lectura aprox: 17 minutos, 58 segundos
El frío de la piedra se filtró por la espalda de Antonella antes de que lograra abrir los ojos. Un zumbido agudo, como el de un transformador antiguo, resonaba en sus oídos. Al enfocar la vista, distinguió una luz violácea que parpadeaba rítmicamente en el techo abovedado. ¿Dónde estamos ahora?, pensó, intentando mover sus brazos, pero unas correas de cuero reforzado la mantenían fija a una silla metálica.
A su alrededor, las otras cinco amigas comenzaban a despertar en medio de gemidos y susurros confusos. La sala era circular, como un templo olvidado, con paredes cubiertas de glifos que parecían brillar bajo una capa de musgo fosforescente. En el centro, flotaba un holograma con letras cirílicas ensangrentadas: «Adevărul se dezvăluie în râs».
—¿Alguien entiende rumano?— preguntó Rebecca, su voz temblorosa pero lógica, como si ya estuviera analizando cada detalle.
—»La verdad se revela en la risa»— tradujo Abigail, la más estudiosa del grupo, mientras torcía el cuello para leer mejor.
Un estruendo metálico las hizo saltar. De las paredes emergieron brazos robóticos con extraños accesorios: plumas de metal, cepillos giratorios y emisores de luz láser. Antes de que pudieran reaccionar, una voz distorsionada retumbó desde lo alto:
—Bienvenidas a la Prueba de los Reflejos. Cada risa, cada espasmo, alimentará el sistema. Si resisten 10 minutos, serán liberadas. Si no… quedarán como parte de la colección—.
Julieta, cuyas lágrimas ya resbalaban por sus mejillas, forcejeó contra las correas:
—¡Esto es una locura! ¡Nos soltarán en cuanto alguien nos busque!—.
—Cállate, Juli— susurró Ayelén, con una serenidad inusual—. No son humanos… Mira sus «herramientas»—.
Señaló uno de los brazos mecánicos: en su base, una placa de bronce oxidado mostraba un símbolo que Rebecca reconoció al instante.
—¡Es el escudo de la Orden del Dragón! ¡Esto es parte de una secta histórica rumana!—.
Antonella respiró hondo, conteniendo el pánico. Sabía que, como líder, debía unirlas:
—Escuchen: no importa qué nos hagan, no podemos reírnos. ¿Entendido?—.
Las chicas asintieron, pero un haz de luz láser comenzó a serpentear por el suelo hacia los pies descalzos de Victoria. Esta contuvo la respiración, recordando las palabras de Antonella. Sin embargo, cuando el láser tocó su arco plantar, un cosquilleo electrizante la recorrió.
—¡Ah! ¡No es justo!— protestó, mordiendo su labio inferior hasta hacerlo sangrar.
El haz de luz láser que había comenzado a recorrer los pies de Victoria se detuvo abruptamente, como si el sistema estuviera evaluando su reacción. La sala quedó en silencio por un momento, solo interrumpido por el zumbido eléctrico de fondo. Luego, un brazo mecánico con una pluma metálica se acercó lentamente a Antonella.
Antonella: La líder bajo presión
La pluma se posó suavemente en la planta de su pie izquierdo, trazando círculos lentos. Antonella contuvo la respiración, apretando los puños con fuerza.
—No… no me harán reír— murmuró entre dientes, pero el cosquilleo comenzó a extenderse, como una corriente eléctrica que subía por su pierna.
El brazo mecánico aumentó la velocidad, moviendo la pluma de un lado a otro entre sus dedos. Antonella no pudo evitarlo: una risa nerviosa escapó de sus labios.
—¡JA! ¡No, esperen! ¡Eso no es justo!— protestó, mientras su cuerpo se sacudía involuntariamente.
La pluma se detuvo un momento, como si el sistema estuviera midiendo su reacción, y luego se movió hacia su arco plantar. Antonella estalló en carcajadas.
—¡JAJAJAJA! ¡NO AHÍ! ¡PAREN, POR FAVOR!— gritó, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
Abigail: La estudiosa en apuros
Mientras Antonella luchaba por contener su risa, otro brazo mecánico se acercó a Abigail. Este llevaba un cepillo giratorio que comenzó a rozar suavemente sus costillas.
—¡Ah! ¡No, eso no!— exclamó, conteniendo una risa que ya burbujeaba en su garganta.
El cepillo aumentó la velocidad, moviéndose hacia sus axilas. Abigail no pudo aguantar más.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES INJUSTO!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
Rebecca: La analítica al límite
Rebecca observaba todo con ojos desesperados, pero no pudo evitar que un tercer brazo mecánico se acercara a sus pies. Este llevaba un dispositivo que emitía pequeñas descargas eléctricas, apenas perceptibles, pero lo suficientemente intensas como para provocar un cosquilleo insoportable.
—¡NO! ¡ESTO ES IMPOSIBLE!— protestó, pero las carcajadas ya brotaban de su boca.
El dispositivo se movió hacia sus tobillos, luego hacia las plantas de sus pies. Rebecca se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras las lágrimas de risa y frustración corrían por su rostro.
Ayelén: La intuitiva en problemas
Ayelén intentó mantenerse fuerte, pero un cuarto brazo mecánico se acercó a su cintura. Este llevaba una especie de cepillo de cerdas suaves que comenzó a acariciar suavemente su vientre.
—¡Ah! ¡No, eso no!— exclamó, conteniendo una risa que ya amenazaba con escaparse.
El cepillo se movió hacia sus costillas, luego hacia sus axilas. Ayelén no pudo aguantar más.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, POR FAVOR!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
Victoria: La valiente en aprietos
Victoria intentó distraerse tarareando una canción, pero un quinto brazo mecánico se acercó a sus pies. Este llevaba una pluma que comenzó a trazar líneas suaves en la planta de su pie derecho.
—¡NO! ¡ESTO NO ES JUSTO!— protestó, pero las carcajadas ya brotaban de su boca.
La pluma se movió hacia sus dedos, luego hacia su arco plantar. Victoria se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras las lágrimas de risa y frustración corrían por su rostro.
Julieta: La emotiva al borde del colapso
Julieta, la más emotiva del grupo, no pudo evitar que un sexto brazo mecánico se acercara a su cuello. Este llevaba una pluma que comenzó a acariciar suavemente su garganta.
—¡Ah! ¡No, eso no!— exclamó, conteniendo una risa que ya amenazaba con escaparse.
La pluma se movió hacia sus axilas, luego hacia sus costillas. Julieta no pudo aguantar más.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, POR FAVOR!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
El caos en la sala
La sala se llenó de risas, gritos y súplicas. Las seis chicas luchaban por contener sus reacciones, pero los brazos mecánicos eran implacables. Cada vez que una de ellas lograba contener la risa por un momento, el sistema parecía ajustar su estrategia, aumentando la intensidad o cambiando de zona.
Antonella, entre carcajadas, intentó gritar instrucciones:
—¡NO SE RINDAN! ¡CONCÉNTRENSE EN ALGO MÁS!—, pero su voz se perdió en el caos de risas y gritos.
El sistema pareció detectar su debilidad y aumentó la velocidad de la pluma, concentrándose en el arco de su pie izquierdo. Antonella estalló en carcajadas, sus lágrimas mezclándose con la risa.
—¡PAREN, POR FAVOR! ¡ESTO ES INJUSTO!— suplicó, pero el brazo mecánico no se detuvo.
Abigail intentó usar su conocimiento para distraerse, recordando fórmulas matemáticas y teorías científicas. Sin embargo, el cepillo giratorio que atacaba sus costillas era demasiado para ella.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO PENSAR!— gritó, mientras el cepillo se movía hacia sus axilas.
El sistema notó su resistencia y añadió un segundo brazo mecánico, que comenzó a acariciar su vientre con un cepillo de cerdas suaves. Abigail no pudo aguantar más.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES UNA LOCURA!— exclamó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
Rebecca intentó analizar el patrón de los brazos mecánicos, buscando una manera de predecir sus movimientos. Sin embargo, el dispositivo que emitía pequeñas descargas eléctricas en sus pies era demasiado impredecible.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO CONCENTRARME!— gritó, mientras las descargas se intensificaban.
El sistema detectó su intento de resistencia y añadió un segundo dispositivo, que comenzó a acariciar sus costillas con una pluma metálica. Rebecca se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES IMPOSIBLE!— exclamó, mientras las lágrimas corrían por su rostro.
Ayelén intentó usar su intuición para anticipar los movimientos del brazo mecánico que la atacaba. Sin embargo, el cepillo de cerdas suaves que acariciaba su vientre era demasiado para ella.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras el cepillo se movía hacia sus axilas.
El sistema notó su resistencia y añadió un segundo brazo mecánico, que comenzó a acariciar sus pies con una pluma metálica. Ayelén no pudo aguantar más.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, POR FAVOR!— suplicó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
Victoria intentó distraerse tarareando una canción, pero el brazo mecánico que atacaba sus pies era demasiado para ella. La pluma metálica se movía ahora en patrones aleatorios, alternando entre sus dedos y su arco plantar.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
El sistema detectó su debilidad y aumentó la velocidad de la pluma, concentrándose en el arco de su pie derecho. Victoria estalló en carcajadas, sus lágrimas mezclándose con la risa.
—¡PAREN, POR FAVOR! ¡ESTO ES INJUSTO!— suplicó, pero el brazo mecánico no se detuvo.
Julieta, la más emotiva del grupo, no pudo evitar que el brazo mecánico que la atacaba la llevara al borde del colapso. La pluma metálica se movía ahora en patrones aleatorios, alternando entre su cuello y sus axilas.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
El sistema notó su resistencia y añadió un segundo brazo mecánico, que comenzó a acariciar sus costillas con un cepillo de cerdas suaves. Julieta no pudo aguantar más.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, POR FAVOR!— suplicó, mientras las lágrimas corrían por su rostro.
El sistema parecía estar aprendiendo de sus reacciones. Cada vez que una de las chicas lograba contener la risa por un momento, los brazos mecánicos ajustaban su estrategia, aumentando la intensidad o cambiando de zona. La sala se llenó de un zumbido eléctrico más intenso, como si el sistema estuviera disfrutando del desafío.
Antonella, entre carcajadas, intentó gritar instrucciones:
—¡NO SE RINDAN! ¡CONCÉNTRENSE EN ALGO MÁS!—, pero su voz se perdió en el caos de risas y gritos.
Antonella: La líder al borde del colapso
Antonella intentó mantenerse fuerte, pero el brazo mecánico que la atacaba no daba tregua. La pluma metálica se movía ahora en patrones aleatorios, alternando entre sus pies y sus axilas. Cada toque era una mezcla de agonía y placer, una sensación que la hacía estremecer de pies a cabeza.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
El sistema pareció detectar su debilidad y aumentó la velocidad de la pluma, concentrándose en el arco de su pie izquierdo. Antonella estalló en carcajadas, sus lágrimas mezclándose con la risa.
—¡PAREN, POR FAVOR! ¡ESTO ES INJUSTO!— suplicó, pero el brazo mecánico no se detuvo.
De repente, un segundo brazo mecánico emergió de la pared. Este llevaba un cepillo de cerdas suaves que comenzó a acariciar suavemente su vientre. Antonella contuvo la respiración, apretando los puños con fuerza.
—No… no me harán reír— murmuró entre dientes, pero el cosquilleo comenzó a extenderse, como una corriente eléctrica que subía por su cuerpo.
El cepillo aumentó la velocidad, moviéndose hacia sus costillas. Antonella no pudo evitarlo: una risa nerviosa escapó de sus labios.
—¡JA! ¡No, esperen! ¡Eso no es justo!— protestó, mientras su cuerpo se sacudía involuntariamente.
El primer brazo mecánico, que había estado atacando sus pies, se movió ahora hacia sus axilas. La pluma metálica trazó círculos suaves en su piel, provocando una reacción instantánea.
—¡JAJAJAJA! ¡NO AHÍ! ¡PAREN, POR FAVOR!— gritó, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
El segundo brazo mecánico, mientras tanto, se concentró en su vientre, moviendo el cepillo de cerdas suaves en patrones aleatorios. Antonella se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES INJUSTO!— exclamó, mientras las lágrimas corrían por su rostro.
El sistema parecía estar disfrutando de su sufrimiento. Un tercer brazo mecánico emergió de la pared, llevando un dispositivo que emitía pequeñas descargas eléctricas. Este se acercó lentamente a sus pies, provocando un cosquilleo insoportable.
—¡NO! ¡ESTO ES IMPOSIBLE!— protestó, pero las carcajadas ya brotaban de su boca.
El dispositivo se movió hacia sus tobillos, luego hacia las plantas de sus pies. Antonella se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras las lágrimas de risa y frustración corrían por su rostro.
Los tres brazos mecánicos se coordinaron para atacar simultáneamente: uno en sus pies, otro en sus axilas y el tercero en su vientre. Antonella estaba completamente abrumada, su cuerpo sacudiéndose en la silla mientras las carcajadas brotaban de su boca sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, POR FAVOR! ¡NO PUEDO MÁS!— suplicó, pero los brazos mecánicos no se detuvieron.
El sistema parecía estar llevándola al límite, probando cada uno de sus puntos débiles. Antonella sintió que su resistencia se desvanecía, pero en el fondo de su mente, una pequeña chispa de determinación seguía ardiendo.
Antonella estaba completamente abrumada. Los tres brazos mecánicos no daban tregua: uno en sus pies, otro en sus axilas y el tercero en su vientre. Cada toque era una mezcla de agonía y placer, una sensación que la hacía estremecer de pies a cabeza.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
El sistema parecía estar disfrutando de su sufrimiento. Los brazos mecánicos aumentaron la velocidad, moviéndose en patrones aleatorios que no le daban tiempo para recuperarse. Antonella intentó concentrarse en algo más, en cualquier cosa que la ayudara a distraerse, pero el cosquilleo era demasiado intenso.
Antonella cerró los ojos, intentando imaginar un lugar seguro, un recuerdo feliz. Pensó en las playas de Argentina, en las risas de sus amigas, en los momentos felices que habían compartido. Pero el sistema no le permitía escapar.
El brazo mecánico que atacaba sus pies se movió ahora hacia sus dedos, trazando círculos suaves entre ellos. Antonella no pudo evitarlo: una risa nerviosa escapó de sus labios.
—¡JA! ¡No, esperen! ¡Eso no es justo!— protestó, mientras su cuerpo se sacudía involuntariamente.
El segundo brazo mecánico, mientras tanto, se concentró en sus axilas, moviendo la pluma metálica en patrones aleatorios. Antonella se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES INJUSTO!— exclamó, mientras las lágrimas corrían por su rostro.
El tercer brazo mecánico, que había estado atacando su vientre, se movió ahora hacia sus costillas. El cepillo de cerdas suaves aumentó la velocidad, provocando una reacción instantánea.
—¡JAJAJAJA! ¡NO AHÍ! ¡PAREN, POR FAVOR!— gritó, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
Los tres brazos mecánicos se coordinaron para atacar simultáneamente: uno en sus pies, otro en sus axilas y el tercero en sus costillas. Antonella estaba completamente abrumada, su cuerpo sacudiéndose en la silla mientras las carcajadas brotaban de su boca sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, POR FAVOR! ¡NO PUEDO MÁS!— suplicó, pero los brazos mecánicos no se detuvieron.
Antonella sintió que su resistencia se desvanecía. Las risas se convirtieron en gritos de desesperación, y el mundo a su alrededor comenzó a desdibujarse. Las luces de la sala se volvieron borrosas, y el zumbido eléctrico se transformó en un eco lejano.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, pero su voz sonaba distante, como si ya no fuera suya.
El sistema parecía estar llevándola al límite, probando cada uno de sus puntos débiles. Antonella sintió que su mente se fragmentaba, como si estuviera al borde de un abismo. Las risas se mezclaron con lágrimas, y la línea entre el dolor y el placer se desdibujó por completo.
Finalmente, Antonella sucumbió. Su cuerpo, exhausto por la intensa tortura, se dejó caer en un silencio profundo. La risa cesó de golpe, y la habitación quedó sumida en un inquietante silencio, con su figura tendida sobre la silla, aún amarrada, respirando con dificultad.
Los brazos mecánicos se detuvieron, como si el sistema hubiera logrado su objetivo. Antonella había perdido la razón, su mente atrapada en un estado de delirio donde las risas y las lágrimas ya no tenían sentido.
Abigail: La estudiosa en apuros
Mientras Antonella luchaba por contener su risa, otro brazo mecánico se acercó a Abigail. Este llevaba un cepillo giratorio que comenzó a rozar suavemente sus costillas.
—¡Ah! ¡No, eso no!— exclamó, conteniendo una risa que ya burbujeaba en su garganta.
El cepillo aumentó la velocidad, moviéndose hacia sus axilas. Abigail no pudo aguantar más.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES INJUSTO!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
El sistema pareció detectar su debilidad y aumentó la velocidad del cepillo, concentrándose en sus axilas. Abigail intentó distraerse, recordando fórmulas matemáticas y teorías científicas, pero el cosquilleo era demasiado intenso.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO PENSAR!— gritó, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
De repente, un segundo brazo mecánico emergió de la pared. Este llevaba una pluma metálica que comenzó a acariciar suavemente su vientre. Abigail contuvo la respiración, apretando los puños con fuerza.
—No… no me harán reír— murmuró entre dientes, pero el cosquilleo comenzó a extenderse, como una corriente eléctrica que subía por su cuerpo.
El primer brazo mecánico, que había estado atacando sus axilas, se movió ahora hacia sus costillas. El cepillo giratorio aumentó la velocidad, provocando una reacción instantánea.
—¡JAJAJAJA! ¡NO AHÍ! ¡PAREN, POR FAVOR!— gritó, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
El segundo brazo mecánico, mientras tanto, se concentró en su vientre, moviendo la pluma metálica en patrones aleatorios. Abigail se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES INJUSTO!— exclamó, mientras las lágrimas corrían por su rostro.
El sistema parecía estar disfrutando de su sufrimiento. Un tercer brazo mecánico emergió de la pared, llevando un dispositivo que emitía pequeñas descargas eléctricas. Este se acercó lentamente a sus pies, provocando un cosquilleo insoportable.
—¡NO! ¡ESTO ES IMPOSIBLE!— protestó, pero las carcajadas ya brotaban de su boca.
El dispositivo se movió hacia sus tobillos, luego hacia las plantas de sus pies. Abigail se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras las lágrimas de risa y frustración corrían por su rostro.
Los tres brazos mecánicos se coordinaron para atacar simultáneamente: uno en sus axilas, otro en su vientre y el tercero en sus pies. Abigail estaba completamente abrumada, su cuerpo sacudiéndose en la silla mientras las carcajadas brotaban de su boca sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, POR FAVOR! ¡NO PUEDO MÁS!— suplicó, pero los brazos mecánicos no se detuvieron.
Abigail sintió que su resistencia se desvanecía. Las risas se convirtieron en gritos de desesperación, y el mundo a su alrededor comenzó a desdibujarse. Las luces de la sala se volvieron borrosas, y el zumbido eléctrico se transformó en un eco lejano.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, pero su voz sonaba distante, como si ya no fuera suya.
El sistema parecía estar llevándola al límite, probando cada uno de sus puntos débiles. Abigail sintió que su mente se fragmentaba, como si estuviera al borde de un abismo. Las risas se mezclaron con lágrimas, y la línea entre el dolor y el placer se desdibujó por completo.
Finalmente, Abigail sucumbió. Su cuerpo, exhausto por la intensa tortura, se dejó caer en un silencio profundo. La risa cesó de golpe, y la habitación quedó sumida en un inquietante silencio, con su figura tendida sobre la silla, aún amarrada, respirando con dificultad.
Los brazos mecánicos se detuvieron, como si el sistema hubiera logrado su objetivo. Abigail había perdido la razón, su mente atrapada en un estado de delirio donde las risas y las lágrimas ya no tenían sentido.
Rebecca: La analítica al límite
Rebecca observaba todo con ojos desesperados, pero no pudo evitar que un tercer brazo mecánico se acercara a sus pies. Este llevaba un dispositivo que emitía pequeñas descargas eléctricas, apenas perceptibles, pero lo suficientemente intensas como para provocar un cosquilleo insoportable.
—¡NO! ¡ESTO ES IMPOSIBLE!— protestó, pero las carcajadas ya brotaban de su boca.
El dispositivo se movió hacia sus tobillos, luego hacia las plantas de sus pies. Rebecca se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras las lágrimas de risa y frustración corrían por su rostro.
El brazo mecánico que atacaba sus pies se detuvo un instante, como si el sistema estuviera evaluando su reacción. Rebecca aprovechó para contener la respiración, intentando recuperar el control. Pero entonces, un segundo brazo emergió de la pared, equipado con un cepillo giratorio que se posó sobre sus costillas.
—¡Ah! ¡No, eso no!— exclamó, conteniendo una risa que ya amenazaba con estallar.
El cepillo aumentó la velocidad, moviéndose hacia sus axilas. Rebecca intentó aplicar técnicas de meditación que había aprendido en la universidad, pero el cosquilleo era demasiado intenso.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO CONCENTRARME!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
Un tercer brazo mecánico apareció, esta vez con una pluma metálica que comenzó a trazar círculos lentos en su vientre. Rebecca sintió cómo el cosquilleo se expandía como un fuego líquido, mezclándose con las descargas en sus pies y el cepillo en sus axilas.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO NO TIENE SENTIDO!— rugió, mientras las lágrimas nublaban su visión.
El sistema, lejos de compadecerse, sincronizó los tres brazos para atacar al unísono:
- El dispositivo eléctrico en sus pies alternaba entre sus dedos y el arco plantar.
- El cepillo giratorio en sus axilas dibujaba espirales cada vez más rápidos.
- La pluma en su vientre se deslizaba hacia sus costillas, deteniéndose en los puntos más sensibles.
Rebecca, acostumbrada a resolver problemas con ecuaciones y datos, intentó analizar los patrones de los brazos. Pero cada vez que creía anticipar un movimiento, el sistema cambiaba de táctica, burlándose de su lógica.
—¡JAJAJAJA! ¡NO HAY PATRÓN! ¡ES ALEATORIO!— gritó entre risas, sintiendo cómo su mente racional se resquebrajaba.
El dispositivo eléctrico en sus pies emitió una descarga más fuerte, haciendo que sus piernas saltaran involuntariamente. Rebecca perdió el control por completo:
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN! ¡SOY INGENIERA, NO UN EXPERIMENTO!— suplicó, pero su voz se ahogó en un mar de carcajadas.
Los tres brazos mecánicos se coordinaron para un ataque final:
- El dispositivo eléctrico se concentró en el arco de su pie izquierdo, enviando pulsos rítmicos.
- El cepillo giratorio se clavó en sus axilas, rotando a velocidad máxima.
- La pluma metálica recorrió sus costillas en zigzag, deteniéndose en cada espacio intercostal.
Rebecca se arqueó en la silla, su cuerpo convulsionando entre risas y espasmos.
—¡JAJAJAJA! ¡NO… PUEDO… RESPIRAR!— balbuceó, mientras el mundo giraba a su alrededor.
Sus pulmones ardían, sus músculos flaqueaban, y su mente se sumergió en una niebla blanca. Las carcajadas se convirtieron en gemidos, y luego… en silencio. Los brazos mecánicos se detuvieron al detectar que su cuerpo ya no respondía. Rebecca colgaba inertemente de las correas, los ojos vidriosos y una sonrisa grotesca grabada en su rostro.
El sistema había ganado.
Ayelén: La intuitiva en problemas
Ayelén intentó mantenerse fuerte, pero un cuarto brazo mecánico se acercó a su cintura. Este llevaba una especie de cepillo de cerdas suaves que comenzó a acariciar suavemente su vientre.
—¡Ah! ¡No, eso no!— exclamó, conteniendo una risa que ya amenazaba con escaparse.
El cepillo se movió hacia sus costillas, luego hacia sus axilas. Ayelén no pudo aguantar más.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, POR FAVOR!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
El brazo mecánico principal retrocedió, como si evaluara su resistencia. Ayelén jadeó, aprovechando el breve respiro para tragar aire. Pero entonces, dos nuevos brazos emergieron de las sombras:
- Brazo A: Equipado con plumas metálicas que vibraban a alta frecuencia.
- Brazo B: Con un dispositivo de aire comprimido que disparaba ráfagas intermitentes en sus puntos más sensibles.
Las plumas se posaron primero en sus pies descalzos, dibujando espirales desde el talón hasta los dedos.
—¡JAJAJA! ¡NO EMPIECEN AHÍ!— suplicó, arqueando los pies instintivamente, pero las correas la mantenían inmovilizada.
El cepillo de cerdas suaves regresó, esta vez deslizándose por su cuello y clavículas. Ayelén contorsionó el torso, intentando evadir el contacto, pero el brazo mecánico seguía cada movimiento con precisión robótica.
—¡JAJAJA! ¡ESTO ES… ES…!— intentó hablar, pero las carcajadas ahogaron sus palabras.
El dispositivo de aire comprimido se activó entonces, apuntando a sus axilas. Las ráfagas frías e impredecibles la hicieron saltar en la silla.
—¡JAJAJAJA! ¡NO, NO AHÍ! ¡ESTO ES TERRORISMO!— gritó, mezclando la risa con la indignación.
El sistema pareció hackear su intuición. Cada vez que Ayelén anticipaba un movimiento, los brazos cambiaban de dirección. Las plumas en sus pies se detenían justo antes de tocar sus dedos, solo para atacar el arco plantar con redoblada intensidad.
—¡JAJAJA! ¡ESTO… ESTO NO ES JUSTO!— rugió, sintiendo cómo su mente se nublaba entre el pánico y el cosquilleo.
De pronto, las luces de la sala parpadearon, proyectando hologramas de sus recuerdos: su abuela riendo, su perro corriendo en el parque… imágenes diseñadas para ablandar su resistencia.
—¡NO USEN ESO CONTRA MÍ!— lloró, pero el sistema no se detuvo.
Los tres brazos se sincronizaron en un ataque coordinado:
- Plumas vibrantes: En los dedos de los pies y el arco plantar, alternando ritmos.
- Cepillo suave: En las costillas y axilas, siguiendo patrones erráticos.
- Aire comprimido: En el cuello y el vientre, activándose al azar.
Ayelén se convirtió en un torbellino de risas y espasmos. Sus ojos, antes llenos de determinación, reflejaban ahora un vacío creciente.
—¡JAJAJA… NO… NO SOY… UN JUGUETE!— balbuceó, mientras las lágrimas salpicaban el suelo.
El sistema, insatisfecho, desplegó un cuarto brazo con un rodillo de microespinas que se adhirió a sus muslos. Ayelén gritó, pero el sonido se transformó en una risa aguda, casi animal.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, PAREN, PAREEEEEN!— suplicó, pero los brazos aceleraron su ritmo, convirtiendo su cuerpo en un campo de batalla de cosquilleo.
Finalmente, su mente se desconectó. Las risas se apagaron, reemplazadas por un silencio roto solo por hipidos espasmódicos. Los brazos mecánicos se retrajeron, dejándola colgada en la silla, con la mirada perdida y una sonrisa temblorosa en los labios.
Victoria: La valiente en aprietos
Victoria intentó distraerse tarareando una canción, pero un quinto brazo mecánico se acercó a sus pies. Este llevaba una pluma que comenzó a trazar líneas suaves en la planta de su pie derecho.
—¡NO! ¡ESTO NO ES JUSTO!— protestó, pero las carcajadas ya brotaban de su boca.
La pluma se movió hacia sus dedos, luego hacia su arco plantar. Victoria se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras las lágrimas de risa y frustración corrían por su rostro.
Victoria, conocida por su terquedad, apretó los puños hasta que los nudillos palidecieron. Respiró hondo, intentando convertir el cosquilleo en rabia. Pero el sistema, como si leyera su mente, desplegó un segundo brazo mecánico equipado con un cepillo giratorio de cerdas ultrafinas. Este se posó en su cintura, moviéndose en círculos lentos.
—¡JA! ¡Eso… eso no vale!— forcejeó, sintiendo cómo el cosquilleo se infiltraba bajo su piel.
El cepillo ascendió hacia sus costillas, activando un nuevo nivel de sensibilidad. Victoria mordió su labio con fuerza, pero una risa estridente escapó de sus labios.
—¡JAJAJAJA! ¡TRAICIONEROS!— rugió, mientras su cuerpo se sacudía contra las correas.
Un tercer brazo emergió de la pared, esta vez con una almohadilla de microvibradores que se adhirió a su cuello. Las pulsaciones rítmicas recorrieron su garganta y clavículas, provocando un cosquilleo electrizante.
—¡JAJAJA! ¡NO ME… NO ME TOQUEN AHÍ!— suplicó, arqueando el cuello en vano.
El sistema sincronizó los tres brazos en un ataque orquestado:
- Pluma en el pie derecho: Zigzagueando entre los dedos y el arco.
- Cepillo giratorio: En las costillas, alternando presión y velocidad.
- Microvibradores: En el cuello, imitando el aleteo de un insecto.
Victoria se convirtió en un torbellino de risas y contorsiones. Sus piernas pateaban el aire, mientras sus manos tiraban de las correas hasta hacerlas crujir.
—¡JAJAJAJA! ¡SOY… SOY HUMANA, NO UN MUÑECO!— gritó, su voz entrecortada por los espasmos.
Las luces de la sala parpadearon, proyectando hologramas de su hermano menor riendo en su cumpleaños. La voz distorsionada de los anfitriones susurró:
«¿Qué pensaría él si te viera así, Valiente Victoria?».
—¡CÁLLENSE! ¡NO USEN A MI FAMILIA!— rugió, pero el sistema respondió intensificando el cepillo en sus axilas. Las lágrimas ya no eran solo de risa, sino de impotencia.
El sistema desató su arsenal final:
- Brazo 4: Una malla de hilos elásticos que se enrolló en sus tobillos, tirando de sus pies hacia atrás para exponer completamente las plantas.
- Brazo 5: Un ventilador de alta potencia que lanzaba ráfagas de aire directamente a sus axilas.
- Brazo 6: Un par de guantes mecánicos con dedos articulados que comenzaron a tamborilear en sus costillas.
Victoria se convirtió en un marioneta de risa forzada. Sus pulmones ardían, sus músculos abdominales se contracturaban, y su mente se fragmentaba en mil pedazos.
—¡JAJAJA… NO… NO MÁS… POR… PIEDAD!— balbuceó, mientras el ventilador en sus axilas la hacía arquearse como un puente.
Finalmente, su cuerpo colapsó. Las risas se apagaron, reemplazadas por gemidos entrecortados. Los brazos mecánicos se retrajeron, dejándola hundida en la silla, con los ojos vidriosos y una mueca de risa congelada en el rostro. El sistema registró su derrota con un pitido agudo, y las luces parpadearon en tono burlón.
Julieta: La emotiva al borde del colapso
Julieta, la más emotiva del grupo, no pudo evitar que un sexto brazo mecánico se acercara a su cuello. Este llevaba una pluma que comenzó a acariciar suavemente su garganta.
—¡Ah! ¡No, eso no!— exclamó, conteniendo una risa que ya amenazaba con escaparse.
La pluma se movió hacia sus axilas, luego hacia sus costillas. Julieta no pudo aguantar más.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, POR FAVOR!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.
Julieta, cuya empatía siempre había sido su mayor fortaleza, ahora era su talón de Aquiles. El brazo mecánico principal retrocedió, y en su lugar, dos nuevos dispositivos emergieron:
- Brazo A: Un ventilador de aire tibio que soplaba rítmicamente en sus orejas y cuello.
- Brazo B: Un par de guantes mecánicos con plumas de seda que se deslizaron bajo sus axilas.
El aire cálido en su cuello la hizo estremecer, mientras las plumas en sus axilas dibujaban círculos hipnóticos.
—¡JAJAJA! ¡ESTO… ESTO ES MALVADO!— lloró, sintiendo cómo el cosquilleo se mezclaba con una angustia visceral.
Las pantallas holográficas proyectaron imágenes de su infancia: su madre cantándole canciones de cuna, su mejor amiga abrazándola después de una ruptura… escenas diseñadas para ablandar su corazón.
—¡NO! ¡NO USEN ESOS RECUERDOS!— suplicó, mientras las plumas se movían hacia sus costillas flotantes, un punto que siempre la había hecho reír hasta el llanto.
El sistema, sin piedad, activó un tercer brazo equipado con un rodillo de microespinas que se deslizó por sus pies descalzos.
—¡JAJAJAJA! ¡NO MIS PIES, POR FAVOR!— gritó, arqueando los dedos en un intento inútil de escapar.
Los tres brazos sincronizaron su ataque:
- Ventilador de aire: En su cuello y orejas, alternando entre ráfagas frías y cálidas.
- Plumas de seda: En axilas y costillas, siguiendo el compás de una melodía distorsionada.
- Rodillo de espinas: En los pies, enfocándose en el arco plantar y los espacios entre los dedos.
Julieta se convirtió en un títere de risa y lágrimas. Sus ojos, siempre expresivos, reflejaban un terror primal.
—¡JAJAJAJA! ¡SOY… SOY UNA PERSONA, NO UN JUGUETE!— sollozó, mientras las lágrimas salpicaban el suelo.
El sistema guardaba su arma más cruel para el final: un cuarto brazo que inyectó un gas leve con feromonas sintéticas, amplificando su sensibilidad al tacto. Las plumas en sus axilas se sintieron como cuchillos de cosquilleo, y el aire en su cuello como mil insectos danzando.
—¡JAJAJAJA! ¡ME QUEMO POR DENTRO!— aulló, su voz convertida en un gemido agudo.
Sus piernas golpearon el aire en espasmos, sus manos tiraron de las correas hasta dejar marcas rojas en sus muñecas. El sistema, indiferente, aumentó la velocidad de todos los brazos al máximo.
Julieta colapsó hacia adelante, su frente golpeando la fría superficie de la silla. Las risas se apagaron, reemplazadas por un jadeo entrecortado. Los brazos mecánicos se retrajeron, y las luces de la sala se atenuaron, dejando solo el zumbido de fondo como un canto fúnebre.
En la pantalla holográfica, las palabras en rumano cambiaron:
«Adevărul a fost dezvăluit» (La verdad ha sido revelada).
Continuará…
Original de Tickling Stories
