Divorciada con hijo adolescente – Parte 6

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La excusa perfecta

Dos semanas después del incidente, recibí un mensaje de mi hijo Carlos mientras estaba en la oficina: «Mamá, Felipe pasará por la casa hoy a buscar unos juegos de mi habitación. ¿Le puedes abrir? Es rápido, prometo». El mensaje era casual, pero algo en mi instinto se tensó. Recordé la última vez que Felipe estuvo en mi casa, sus dedos deslizándose por mis pies, su risa burlona. Sin embargo, no quería alarmar a Carlos. Él no sabía nada de lo ocurrido, y prefería mantenerlo así. «Claro, hijo. No hay problema», respondí, fingiendo normalidad.

Al llegar a casa esa tarde, Felipe ya estaba esperando en la puerta. Llevaba una mochila y una sonrisa que me heló la sangre. Iba vestida con mi atuendo de trabajo: una falda entallada, blusa de seda y mis tacones negros de vestir, que crujían con cada paso sobre el pavimento. «Hola, Patricia. Carlos me dijo que podía pasar», dijo, mostrando el teléfono con el mensaje de mi hijo. Asentí en silencio y lo dejé entrar. Mientras subíamos las escaleras hacia la habitación de Carlos, sentí sus ojos clavados en mis piernas y en mis tacones, que resonaban contra los peldaños de madera.

«Se ve que te preparabas para algo importante», comentó Felipe, rozando con su zapato el borde del escalón donde yo acababa de pisar. No respondí, pero noté cómo su mirada se detenía en el crujido seductor —y ahora amenazante— de mis tacones al presionar la alfombra nueva.

«¿Sigues usando esos tacones tan elegantes? Se nota que no has perdido el estilo», comentó Felipe, mirando mis pies calzados con unos stilettos negros de punta fina que resonaban contra el suelo de madera. No respondí. Con gesto firme, abrí la puerta de la habitación de Carlos y señalé el estante de los videojuegos. «Ahí está todo. Toma lo que necesites y…».

No terminé la frase. En un movimiento rápido, Felipe cerró la puerta detrás de nosotros y apoyó la mochila contra ella, bloqueando la salida. Sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y determinación. «Gracias por dejarme entrar, Patricia. Pero sabes que no vine por los juegos», dijo, avanzando hacia mí mientras yo retrocedía hasta tropezar con la cama de Carlos.

«Felipe, esto no es gracioso. Vete ahora mismo», dije con firmeza, aunque el temblor en mis manos delataba mi nerviosismo. Él se rió, sacando de su mochila una pequeña bolsa con cordeles. «Carlos me contó que te encantan las sorpresas. Mentira, claro… pero pensé en hacer esto más interesante».

Antes de que pudiera reaccionar, me empujó suavemente hacia la cama. Mis tacones se hundieron en el edredón, y antes de que intentara levantarme, Felipe ya sujetaba mis muñecas. «¡Felipe, basta! ¡Carlos nunca te dio permiso para esto!», grité, pero él ignoró mis protestas y ató mis manos a los barrotes de la cabecera. «Tranquila, solo será un juego rápido. Prometo no lastimarte… físicamente», dijo, mientras sus dedos se deslizaban hacia mis tobillos.

Con un movimiento hábil, desabrochó la correa de mis tacones y los dejó caer al suelo. «Mejor así… para que no intentes patearme», susurró, acariciando la planta de mi pie izquierdo con la yema del pulgar.

Sin mediar palabra, comenzó a trazar círculos lentos en las plantas de mis pies, ahora expuestos. «¿Sabes lo que más me gusta de tus pies, Patricia?», preguntó retóricamente, mientras yo intentaba contener las risas. «Que son predecibles… y estas suelas de tacón los mantienen tan sensibles». Presionó el arco con su pulgar, haciéndome arquearme. «Un toque aquí…», luego raspó su uña en el talón, «…y otro aquí».

Exploté en carcajadas, retorciéndome inútilmente. «¡Felipe, detente! ¡No es… jajaja… justo!», supliqué entre risas. Él ignoró mis palabras, concentrado en alternar entre caricias suaves y pellizcos rápidos en los dedos. «Vamos, sé que en el fondo te diviertes», dijo, aunque mis lágrimas de risa contradijeran sus palabras.

De pronto, sacó un pequeño cepillo de cerdas suaves de su bolsillo. «Encontré esto en el baño de Carlos. Perfecto para tus pies de ejecutiva», dijo, pasando las cerdas por la planta de mi pie izquierdo. El efecto fue insoportable. Mis gritos de risa resonaron en la habitación, y juré que los tacones abandonados en el suelo vibraban con cada sacudida de mis espasmos. «¡¡BASTA, FELIPE!! ¡¡TE ODIO!!», grité, pero él solo sonrió, disfrutando cada segundo.

Entonces, decidió llevarlo más lejos. Con mis muñecas aún atadas a los barrotes de la cama y mis brazos estirados por encima de la cabeza, Felipe se subió encima de mí, inmovilizando mis piernas con su peso. «¿Crees que esto era todo? Ni cerca», susurró, mientras sus manos se desplazaban desde mis pies hacia mi cuerpo.

Comenzó con las costillas: dedos rápidos y precisos que se clavaban entre cada espacio intercostal. «¡F-Felipe! ¡No! ¡Ahí no!», supliqué entre risas, pero él solo aumentó la presión. «Shhh… Relájate, Patricia. Esto es solo el calentamiento», dijo, moviéndose hacia mis axilas. Sus dedos se cerraron como garras, arañando suavemente la piel sensible. Salté como un resorte, pero sus rodillas me sujetaban firmemente contra el colchón.

«¡JAJAJA! ¡POR FAVOR! ¡NO PUEDO MÁS!», grité, luchando por respirar. Él no se detuvo. Sus manos descendieron a mi cintura, pellizcando los costados con una mezcla de fuerza y delicadeza que me hizo contorsionar como una marioneta. «¿Qué pasa, Patricia? ¿Tan débil te vuelven unas cosquillitas?», se burló, mientras un dedo trazaba círculos alrededor de mi ombligo.

El ataque fue metódico, cruel. Cuando llegó a mis caderas, usó ambas manos para acribillar la zona con movimientos rápidos y aleatorios. Mis alaridos se mezclaban con risas histéricas. «¡¡DETENTE!! ¡¡TE ODIO, MALDITO!!», berreé, pero Felipe solo se inclinó hacia mi oído y murmuró: «Sabes que esto te encanta…».

No hubo pausa, ni compasión. Sus dedos eran como arañas veloces: trepaban por mis costillas, se clavaban en las axilas, danzaban alrededor del ombligo y regresaban a las caderas en un ciclo interminable. «¡JAJAJA! ¡NO! ¡PARA! ¡POR FAVOR!», gritaba, pero cada súplica solo lo incitaba a ser más creativo.

«¿Qué tal esto?», dijo burlonamente, cambiando de técnica: usó las uñas para rasgar suavemente la piel de mi cintura, mientras con la otra mano dibujaba espirales en la planta de mi pie izquierdo. Mi cuerpo se arqueaba en espasmos, y mis piernas pateaban el aire inútilmente. «¡¡FELIPE, TE ODIO!! ¡¡JAJAJA—NO PUEDO!!», rugí, pero él solo se reía, sudoroso y obsesivo.

«¿En serio? Porque suenas como si estuvieras disfrutando», susurró, sádico, mientras sus dedos se cerraban como pinzas en mis costillas flacas. Me retorcí como un gusano, golpeando la cama con tal fuerza que uno de los tacones cayó al suelo con un estrépito. «¡¡BASTA!! ¡¡ESTO… JAJA… ES TORTURA!!», gemí entre lágrimas, pero él no cedió ni un segundo.

Sus manos volvieron a mis axilas, esta vez usando las palmas para aletear contra la piel sudorosa. «¡¡NOOOO!! ¡¡AHÍ NOO!!», chillé, sintiendo cómo la risa se convertía en un sollozo ahogado. Mis brazos, aún atados a la cabecera, tiraban de las ataduras hasta dejar marcas rojas en mis muñecas. «Vamos, Patricia… una hora más y te dejo ir», mintió, mientras sus dedos descendían de nuevo a mis caderas, presionando los huesos ilíacos hasta hacerme gritar.

El tiempo perdió sentido. No sabía si habían pasado diez minutos o treinta. Solo existían sus manos, mi cuerpo convulso y aquella risa suya, fría y dominante.

Felipe no se detuvo. Ni por un segundo. Sus manos, impulsadas por una obsesión sádica, ascendieron desde mis muslos como serpientes ávidas. Los dedos se clavaron en la piel sensible de mis caderas, dibujando círculos rápidos que me hicieron arquearme. «¡AHÍ NO! ¡FELIPE, POR—JAJAJA—FAVOR!», supliqué, pero él solo rió, disfrutando de cada espasmo.

Sus uñas arañaron lentamente mi abdomen, deteniéndose justo debajo de las costillas. «¿Qué pasa, Patricia? ¿Nunca te habían hecho cosquillas aquí?», susurró, antes de hundir los dedos en los espacios intercostales. Mis pulmones colapsaron de risa, y las lágrimas nublaron mi visión. «¡¡NO PUEDO RESPIRAR!! ¡¡PARA!!», grité, pero él respondió clavando las yemas en mis axilas, haciéndome saltar como un muñeco roto.

La tortura escaló. Sus manos treparon hasta mi cuello, acariciando el hueco entre la clavícula y el mentón con una delicadeza perversa. «¿Sabías que aquí tienes un punto especial?», murmuró, presionando un nervio que me hizo chillar. Mis piernas patalearon sin control, y uno de mis tacones voló contra la pared.

Pero Felipe no era de medias tintas. Descendió de nuevo, esta vez usando ambas manos para atacar muslos y cintura simultáneamente. «¡¡ESTO… JAJA… ES INHUMANO!!», rugí, retorciéndome en vano. Él solo sonrió, sudoroso y frenético, mientras sus dedos bailaban sobre mi ombligo. «Inhumano sería dejarte escapar sin explorar todo tu cuerpo», dijo, arrastrando las uñas desde las costillas hasta los muslos en un movimiento fluido.

Mi voz se quebró. Las súplicas se mezclaron con risas ahogadas y toses. «F-Felipe… ¡¡TE ODIO!! ¡¡JAJA—MALDITO!!», escupí, pero él respondió mordiendo suavemente mi oreja. «Mírate, Patricia… Eres perfecta así».

Las horas perdieron sentido. Cada centímetro de mi piel fue mapeado, explotado, violado por sus dedos incansables. Cuando intentaba contener las risas, él encontraba un nuevo punto sensible: detrás de las rodillas, los laterales del torso, incluso la base del cuello. Mis fuerzas se agotaron, pero él siguió, alimentado por una obsesión oscura.

Al final, no hubo un clímax, ni un escape. Solo el eco de mis carcajadas rotas y su respiración agitada, prometiéndome en un susurro: «Esto no termina hoy, Patricia. Volveré… y llevaré más herramientas».

Felipe no era un simple torturador: era un arquitecto del caos. Sus dedos estudiaban mi cuerpo, como si cada risa, cada espasmo, fuera una nota en una partitura perversa. Comenzó en los muslos, donde sus uñas trazaron caminos desde las rodillas hasta la cadera, lenta y deliberadamente. «¿Ves? Hasta aquí solo es el preludio», susurró, mientras yo mordía el edredón para ahogar las risas. Pero no funcionó. «¡JAJAJA! ¡NO… NO ASÍ!», grité, arqueándome como un puente en tensión.

Subió a las costillas, no con ataques rápidos, sino con pausas teatrales. Un dedo aquí, una presión allá, como si probara mi resistencia. «Shhh… No luches, Patricia. Sabes que esto es inevitable», dijo, mientras yo jadeaba, sudorosa y enredada en las sábanas. Mis tacones, ahora abandonados, yacían como testigos mudos de mi humillación.

Pero entonces, algo cambió.

Cuando sus manos rodearon mi cintura, no con fuerza, sino con una casi caricia, sentí un escalofrío que no era solo de terror. Sus dedos se deslizaron hacia los huecos de mis axilas, y aunque mi mente gritaba «¡Escapa!», mi cuerpo se entregó a una risa que ya no era solo desesperación. «¡No… jajaja… no puedo!», gemí, pero mis piernas se cerraron involuntariamente alrededor de su torso, como si algo en mí anhelara esa tortura absurda.

Felipe lo notó. «¿Lo ves? Te encanta», murmuró, mordiendo suavemente mi hombro mientras sus manos ascendían a mi cuello. Allí, donde la piel es más fina, sus pulgares presionaron ligeramente. No fue un ataque, sino una provocación. Mi risa se quebró en un gemido, y él sonrió, victorioso. «Así que aquí es donde te derrites… Interesante».

La vergüenza me quemó el rostro. «¡Cállate! ¡No es… jajaja… eso!», mentí, retorciéndome. Pero él ya había encontrado su nuevo juguete: la curva donde el cuello se une al hombro. Allí, con movimientos circulares y un aliento caliente en mi oído, me redujo a un temblor incontrolable. Mis manos, aún atadas, tiraron de las cuerdas hasta sangrar.

«¿Por qué luchas? Mírate», dijo, señalando el espejo de cuerpo entero frente a la cama. En él, yo era una parodia de mí misma: pelo revuelto, medias rasgadas, piel enrojecida por horas de cosquillas… y una sonrisa auténtica entre las lágrimas. «Dios…», susurré, negando con la cabeza.

Felipe no me permitió huir de esa verdad. Con un movimiento brusco, me dio vuelta y atacó la espalda: un territorio virgen de cosquillas. Sus dedos treparon por mi columna como arañas, deteniéndose en cada vértebra. «Aquí… y aquí… y aquí», susurraba, mientras yo enterraba el rostro en la almohada para silenciar las risas. Pero él no lo permitió. Me obligó a mirar el espejo de nuevo. «Quiero que veas lo hermosa que eres cuando pierdes el control».

Y allí estaba: Patricia López, ejecutiva impecable, madre responsable, retorciéndose y riendo como una adolescente bajo las manos de un obsesivo. La imagen me horrorizó… y me excitó.

Felipe no necesitó palabras. Con un movimiento brusco, agarró mis tobillos y me arrastró hacia el borde de la cama. Mis tacones, ya desprendidos, cayeron al suelo con un golpe seco. «¿Qué haces? ¡Felipe, no!», grité, pero él ya sostenía mis pies en el aire, las medias veladas rasgadas y sudorosas.

«Esto es lo que querías, ¿no?», susurró, deslizando un dedo por la planta del pie izquierdo a través de la media. El contacto fue eléctrico, y una carcajada involuntaria escapó de mis labios. «¡No! ¡No es—jajaja—lo que quiero!», protesté, pero él respondió desgarrando la media con los dientes.

El sonido del tejido rasgándose me estremeció. Mis pies quedaron expuestos, desnudos, vulnerables. «Dios mío… son perfectos», murmuró Felipe, observando las plantas rosadas y ligeramente sudorosas. Antes de que pudiera reaccionar, hundió los dedos en los arcos, presionando con una fuerza que me hizo arquearme como un violín.

«¡¡FELIPE!! ¡¡ESTO ES… JAJAJA… DEMASIADO!!», rugí, retorciéndome. Pero él no era un hombre de medias tintas. Sacó el cepillo de cerdas suaves de su bolsillo y lo pasó lentamente por la planta del pie derecho. «¿Recuerdas esto? Perfecto para tus pies de ejecutiva», dijo, burlón, mientras el cepillo danzaba entre los dedos.

El efecto fue catastrófico. Mis risas se convirtieron en alaridos, y mis piernas patalearon sin control. «¡¡NO PUEDO MÁS!! ¡¡PARA!!», supliqué, pero Felipe solo intensificó el ataque. Alternaba entre el cepillo en un pie y los dedos en el otro, explorando cada grieta, cada curva, cada punto que ni siquiera yo sabía que existía.

«Mírate, Patricia… Eres una diosa del caos», dijo, señalando el espejo. Allí estaba yo: medias rotas colgando de los muslos, falda arrugada, blusa desabrochada, y un rostro enrojecido entre lágrimas y risas. Pero lo más perturbador eran mis pies: retorciéndose, flexionándose, danzando bajo sus manos como marionetas.

Felipe no se conformó con eso. Tomó un trozo de hielo de su mochila y lo deslizó por la planta de mi pie izquierdo. El frío me hizo gritar, pero antes de que pudiera recuperarme, sopló aire caliente sobre la piel húmeda. La combinación fue inhumana. «¡¡TE ODIO!! ¡¡JAJA—MALDITA SEA!!», chillé, pero mi cuerpo traicionero se estremecía de placer ante cada estímulo.

Finalmente, cuando creí que moriría ahogada en mis propias risas, Felipe se detuvo. Sus manos, rojas de tanto frotar, se cerraron alrededor de mis tobillos. «Hoy fue solo una muestra, Patricia. La próxima vez…», dijo, levantando el cepillo y el hielo como trofeos, «…usaré esto en cada centímetro de tu cuerpo».

Salió de la habitación dejándome tirada en la cama, con los pies desnudos aún palpitando y un vacío en el pecho que no sabía cómo nombrar.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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