Au Pair (Parte 5)

Tiempo de lectura aprox: 12 minutos, 2 segundos

Las seis argentinas despertaron abruptamente, sus pulmones ardiendo por el olor acre de las sales que les habían acercado a la nariz. La visión fue aterradora: estaban sentadas en sillas metálicas, pies descalzos extendidos sobre plataformas cubiertas de una sustancia dorada y pegajosa —melaza— que atraía a animales entrenados. Detrás de cada una, un torturador enmascarado esperaba con guantes de goma y herramientas de cosquilleo.

—¡¿Qué es esto?! ¡Suéltennos!— rugió Antonella, tirando de las correas que le inmovilizaban manos y tobillos.

El líder de los torturadores, con una máscara de cerámica blanca, señaló los animales: cabras hambrientas, cerdos pequeños e incluso un oso hormiguero domesticado.
«El juego es simple: cuanto más se muevan, más rápido los animales lamerán la melaza… y más cosquillas sentirán»— explicó, mientras sus cómplices posaban plumas y cepillos sobre las axilas de las chicas.

Un silbato agudo sonó. Al unísono:

  1. Los animales comenzaron a lamer la melaza de sus pies. Las lenguas ásperas de las cabras se aferraban a sus talones, mientras el oso hormiguero exploraba con meticulosidad los arcos plantares de Julieta.
  2. Los torturadores iniciaron su ataque: dedos enguantados en las axilas, cepillos en las costillas, plumas en la cintura.

Antonella (pies atacados por cabras, axilas bajo dedos rápidos):
—¡JAJAJAJA! ¡NO, LAS CABRAS! ¡PAREN ESTO!— gritó, arqueándose hacia adelante, pero las correas la mantenían expuesta.

Abigail (oso hormiguero en sus dedos, cepillo giratorio en las costillas):
—¡JAJAJA! ¡ESTO ES… ES… JAJAJA! ¡INHUMANO!— balbuceó, perdiendo la capacidad de formar palabras.

Rebecca (cerdos lamiendo sus talones, plumas en el cuello):
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO… RESPIRAR!— sollozó, mientras las lágrimas nublaban su visión.

Ayelén (cabras y dedos en sus axilas):
—¡JAJAJA! ¡MI VIENTRE! ¡PAREN, POR PIEDAD!— suplicó, contorsionándose en vano.

Victoria (oso hormiguero en el arco plantar, cepillo en las costillas):
—¡JAJAJAJA! ¡ME VAN A MATAR DE RISA!— rugió, pataleando sin control.

Julieta (cerdos lamiendo sus dedos, plumas en las axilas):
—¡JAJAJAJA! ¡NO MÁS, POR FAVOR! ¡HERMANA, AYÚDAME!— lloró, dirigiéndose a Antonella en su desesperación.

La sala se convirtió en una cacofonía de risas agudas, gritos ahogados y súplicas entrecortadas. Las chicas, antes unidas por la amistad, ahora eran un conjunto de cuerpos convulsionando al ritmo de la tortura.

—¡JAJAJAJA! ¡LAS PLUMAS… NO… NO PUEDO!— Antonella forcejeaba, pero cada movimiento hacía que las cabras lamieran con más frenesí.

—¡JAJAJA! ¡EL OSO… EL OSO ME COME LOS DEDOS!— Abigail intentó cerrar los pies, pero la melaza los mantenía pegados a la plataforma.

—¡JAJAJAJA! ¡EL CERDO! ¡ALGUIEN SAQUE AL CERDO!— Rebecca gritó, sintiendo cómo el animal mordisqueaba juguetonamente su talón.

Julieta, la más afectada emocionalmente, comenzó a hiperventilar entre risas.
—¡JAJAJA… NO… NO QUIERO MORIR ASÍ!— suplicó, mientras los torturadores detrás de ella aumentaban la velocidad de las plumas en sus axilas.

Victoria, incluso en el colapso, intentó liderar:
—¡NO… JAJAJA… NO LES DEN EL GUSTO!—, pero un cepillo en su ombligo la hizo perder la compostura.

La melaza se mezcló con sudor y lágrimas, creando un charco dorado bajo sus pies. Los animales, ahora en frenesí, lamían con voracidad, mientras los torturadores alternaban entre zonas:

  • Axilas: Dedos en espiral, deteniéndose en el centro.
  • Costillas: Cepillos ascendiendo y descendiendo.
  • Cintura: Plumas trazando letras invisibles.

—¡JAJAJAJA! ¡ESTO… ES… EL INFIERNO!— Antonella, la líder, finalmente rompió en llanto entre carcajadas.

El líder de los torturadores cruzó los brazos, satisfecho.
«Pronto entenderán que la risa no es alegría… es obediencia»— susurró, mientras las luces parpadeaban al ritmo del caos.

La sala resonaba con un coro de risas, gritos y súplicas. Las seis argentinas, atadas e indefensas, se retorcían en sus sillas mientras los animales y los torturadores trabajaban en conjunto para llevarlas al límite.

Antonella: La líder al borde del abismo

Antonella intentó mantener la compostura, pero las cabras no daban tregua. Sus lenguas ásperas lamían con insistencia la melaza en sus pies, provocando un cosquilleo insoportable.
—¡JAJAJAJA! ¡NO, LAS CABRAS! ¡PAREN ESTO!— gritó, arqueándose hacia adelante, pero las correas la mantenían expuesta.

Detrás de ella, un torturador enmascarado comenzó a acariciar sus axilas con dedos enguantados.
—¡JAJAJAJA! ¡NO AHÍ! ¡PAREN, POR FAVOR!— suplicó, mientras las lágrimas corrían por su rostro.

El torturador aumentó la velocidad, moviendo los dedos en círculos rápidos. Antonella se retorcía en la silla, riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES INJUSTO!— exclamó, mientras las carcajadas brotaban de su boca sin cesar.

Abigail: La estudiosa en apuros

Abigail intentó distraerse recordando fórmulas matemáticas, pero el oso hormiguero en sus pies era demasiado para ella.
—¡JAJAJAJA! ¡EL OSO… EL OSO ME COME LOS DEDOS!— gritó, mientras el animal exploraba cada rincón de sus pies con su lengua larga y pegajosa.

Detrás de ella, un torturador comenzó a usar un cepillo giratorio en sus costillas.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO PENSAR!— exclamó, mientras el cepillo aumentaba la velocidad.

El torturador se movió hacia sus axilas, provocando una reacción instantánea.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES UNA LOCURA!— gritó, mientras su cuerpo se sacudía en la silla.

Rebecca: La analítica al límite

Rebecca intentó analizar los patrones de los torturadores, pero los cerdos en sus pies la distraían demasiado.
—¡JAJAJAJA! ¡EL CERDO! ¡ALGUIEN SAQUE AL CERDO!— gritó, sintiendo cómo el animal mordisqueaba juguetonamente su talón.

Detrás de ella, un torturador comenzó a usar plumas en su cuello.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO… RESPIRAR!— sollozó, mientras las lágrimas nublaban su visión.

El torturador aumentó la intensidad, moviendo las plumas en patrones aleatorios.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES IMPOSIBLE!— exclamó, mientras las carcajadas brotaban de su boca sin control.

Ayelén: La intuitiva en problemas

Ayelén intentó usar su intuición para anticipar los movimientos de los torturadores, pero las cabras en sus pies eran demasiado para ella.
—¡JAJAJAJA! ¡NO, LAS CABRAS! ¡PAREN ESTO!— gritó, mientras las lenguas ásperas lamían con insistencia.

Detrás de ella, un torturador comenzó a usar dedos enguantados en sus axilas.
—¡JAJAJAJA! ¡MI VIENTRE! ¡PAREN, POR PIEDAD!— suplicó, contorsionándose en vano.

El torturador se movió hacia sus costillas, provocando una reacción instantánea.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES INJUSTO!— exclamó, mientras las lágrimas corrían por su rostro.

Victoria: La valiente en aprietos

Victoria intentó mantenerse fuerte, pero el oso hormiguero en sus pies era demasiado para ella.
—¡JAJAJAJA! ¡ME VAN A MATAR DE RISA!— rugió, pataleando sin control.

Detrás de ella, un torturador comenzó a usar un cepillo en sus costillas.
—¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS!— gritó, mientras el cepillo aumentaba la velocidad.

El torturador se movió hacia su vientre, provocando una reacción instantánea.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES INJUSTO!— exclamó, mientras las carcajadas brotaban de su boca sin cesar.

Julieta: La emotiva al borde del colapso

Julieta, la más emotiva del grupo, no pudo evitar que los cerdos en sus pies la llevaran al borde del colapso.
—¡JAJAJAJA! ¡NO MÁS, POR FAVOR! ¡HERMANA, AYÚDAME!— lloró, dirigiéndose a Antonella en su desesperación.

Detrás de ella, un torturador comenzó a usar plumas en sus axilas.
—¡JAJAJAJA! ¡NO AHÍ! ¡PAREN, POR FAVOR!— suplicó, mientras las lágrimas corrían por su rostro.

El torturador aumentó la intensidad, moviendo las plumas en patrones aleatorios.
—¡JAJAJAJA! ¡ESTO ES EL INFIERNO!— exclamó, mientras las carcajadas brotaban de su boca sin control.

El clímax: Risas, lágrimas y melaza

La melaza se mezcló con sudor y lágrimas, creando un charco dorado bajo sus pies. Los animales, ahora en frenesí, lamían con voracidad, mientras los torturadores alternaban entre zonas:

  • Axilas: Dedos en espiral, deteniéndose en el centro.
  • Costillas: Cepillos ascendiendo y descendiendo.
  • Cintura: Plumas trazando letras invisibles.

—¡JAJAJAJA! ¡ESTO… ES… EL INFIERNO!— Antonella, la líder, finalmente rompió en llanto entre carcajadas.

El líder de los torturadores cruzó los brazos, satisfecho.
«Pronto entenderán que la risa no es alegría… es obediencia»— susurró, mientras las luces parpadeaban al ritmo del caos.

El lugar no era una simple sala, sino un complejo laberíntico de túneles y cámaras, cada una diseñada como un escenario macabro. Las seis argentinas, aún atadas, alcanzaron a ver a través de un cristal empañado a otras jóvenes: una japonesa con los pies sumergidos en un tanque de peces que mordisqueaban sus dedos, una noruega atada boca abajo mientras plumas automatizadas recorrían su espalda, y una brasileña siendo «cepillada» por máquinas que imitaban arañas mecánicas. Todas compartían el mismo destino: ser el entretenimiento de una audiencia anónima que observaba tras pantallas, comentando y donando dinero para elegir la siguiente «técnica».

El espectáculo global

Antonella, entre jadeos, notó las cámaras de transmisión en vivo que las rodeaban. Una pantalla holográfica mostraba comentarios en tiempo real:
«¡Más en los pies de la rubia!»«Que usen el vibrador en la argentina del pelo corto»«Doné 1000 tokens para que le apliquen la melaza en las axilas».

—¡Somos un maldito reality show!— gritó Rebecca, indignada, mientras un cerdo lamía la melaza entre sus dedos.

Mientras los torturadores ajustaban las herramientas según las donaciones, las seis chicas enfrentaron una nueva ronda de «juegos»:

  1. Antonella: Recibió un «combo» votado por los espectadores: un ventilador de aire frío en el cuello + cepillos giratorios en las costillas.
    —¡JAJAJAJA! ¡ESTO… ES… JAJAJA! ¡UNA PESADILLA!—, forcejeó, mientras el chat en pantalla se llenaba de emojis de risa.
  2. Abigail: Un dispositivo en forma de araña se adhirió a su vientre, con patas que vibraban en sus puntos más sensibles.
    —¡JAJAJAJA! ¡SAQUEN ESTO! ¡POR FAVOR, JAJAJA!—, suplicó, sin dejar de reír.
  3. Rebecca: Le aplicaron una loción «hiper-sensible» en los pies, seguida de plumas láser que seguían los comentarios del chat.
    —¡JAJAJA! ¡NO… NO CONTROLEN LAS PLUMAS CON LOS MENSAJES!—, gritó, viendo cómo las plumas se movían al ritmo de las donaciones.
  4. Ayelén: Un guante mecánico con dedos de gel comenzó a explorar sus axilas, mientras un espectador pagó por agregar un contador de risas en su pantalla.
    —¡JAJAJAJA! ¡¿CUÁNTO MÁS LES DIVIERTE ESTO?!—, lloró, mirando cómo el número aumentaba.
  5. Victoria: Recibió un «castigo» por intentar resistirse: dos osos hormigueros lamiendo sus pies mientras un robot hacia cosquillas en su cuello.
    —¡JAJAJAJA! ¡VOY A… VOY A EXPLOTAR!—, rugió, sintiendo cómo el cosquilleo la recorría de pies a cabeza.
  6. Julieta: La más emotiva, fue forzada a ver en una pantalla cómo su hermana menor (secuestrada en otra sala) era amenazada con el mismo destino si dejaba de reír.
    —¡JAJAJAJA! ¡NO LA LASTIMEN! ¡YO… YO COOPERARÉ!—, suplicó entre risas histéricas.

En un momento de lucidez, Antonella notó que una de las cámaras tenía un símbolo grabado: un ojo con lágrimas de risa. Recordó haberlo visto antes, en un correo electrónico cifrado que recibió semanas atrás. Con un esfuerzo sobrehumano, gritó a sus amigas:
—¡LAS CÁMARAS! ¡SON LA CLAVE! ¡SI LAS DESTRUIMOS, CORTAMOS LA TRANSMISIÓN!—.

Pero el sistema respondió: un gas sedante comenzó a filtrarse en la sala, nublando sus mentes. Las últimas palabras que escucharon fueron del líder enmascarado:
«Nadie sabrá jamás que estuvieron aquí. Para el mundo, serán solo… actrices de un show ficticio»—.

Mientras las seis argentinas luchaban por mantener la cordura en aquel infierno de risas forzadas, al otro lado del mundo, en Buenos Aires, sus familias no se rendían. Cuatro meses habían pasado desde la última llamada, desde el último mensaje de texto. Lo que comenzó como preocupación se había convertido en desesperación.

La denuncia en Interpol

En una fría mañana de invierno, las familias se reunieron en la sede de Interpol en Argentina. Antonella, Julieta, Ayelén, Victoria, Rebecca y Abigail no eran solo seis chicas desaparecidas; eran hijas, hermanas, amigas. Con fotos, registros de llamadas y hasta capturas de pantalla de sus últimas publicaciones en redes sociales, presentaron la denuncia formal.

—No es normal que seis chicas desaparezcan al mismo tiempo— dijo el padre de Antonella, su voz temblorosa pero firme.

El agente a cargo, un hombre de mediana edad con ojos cansados pero llenos de determinación, asintió.
—Haremos todo lo posible. Pero necesitamos más detalles: ¿alguna amenaza recibida? ¿Algo extraño antes de su desaparición?

La madre de Julieta recordó algo:
—Antes de irse, Julieta mencionó que habían recibido una oferta para un reality show en Europa. Algo sobre un «concurso de risas».

El agente anotó rápidamente.
—Eso podría ser clave.

Interpol comenzó a rastrear correos electrónicos, llamadas y transacciones bancarias. Pronto, descubrieron que las chicas habían recibido un boleto de avión a Rumania, pagado por una empresa fantasma llamada «Risa Global Productions».

—Esa empresa no existe— confirmó el agente, revisando los registros. —Pero el boleto fue emitido desde Bucarest.

Mientras tanto, en las redes sociales, comenzaron a circular rumores sobre un «show oscuro» transmitido en la deep web, donde jóvenes de todo el mundo eran sometidas a torturas psicológicas y físicas. Aunque la mayoría lo consideraba una leyenda urbana, las familias de las chicas sintieron un escalofrío.

El rastro en Rumania

Un equipo de Interpol viajó a Bucarest, donde descubrieron que Risa Global Productions estaba vinculada a una red de tráfico humano. Las investigaciones los llevaron a un castillo abandonado en los Cárpatos, donde, según informes, se habían visto luces extrañas y escuchado risas en medio de la noche.

—Es posible que estén allí— dijo el agente a las familias por videollamada. —Pero necesitamos actuar con cautela. Si las tienen, los captores no dudarán en lastimarlas si se sienten amenazados.

Mientras Interpol planeaba el operativo, las chicas en el castillo seguían siendo sometidas a nuevas «pruebas». Antonella, aún liderando en la adversidad, intentó mantener la moral alta:
—¡No se rindan! Alguien nos encontrará—, dijo entre jadeos, mientras un ventilador de aire frío la hacía reír sin control.

Pero Julieta, la más emotiva, comenzó a perder la esperanza.
—¿Y si nadie viene? ¿Y si esto es… para siempre?—, lloró, mientras un oso hormiguero lamía la melaza de sus pies.

Interpol no podía arriesgarse a un asalto directo al castillo sin confirmar la presencia de las chicas. Por eso, decidieron infiltrar a una agente: Valentina Rossi, una joven italiana con experiencia en operaciones encubiertas. Su misión era clara: hacerse pasar por una candidata más para el «reality show» y, desde dentro, recopilar información y ayudar a las chicas.

Valentina recibió un nuevo nombre: Sofia Moretti, una aspirante a actriz de Milán. Su historia era convincente: había respondido a un anuncio en línea buscando «chicas alegres y extrovertidas para un programa de televisión europeo». Con un pasaporte falso y un chip de rastreo implantado en el brazo, partió hacia Rumania.

—Recuerda— le dijo su superior antes de partir—, no puedes revelar tu identidad bajo ninguna circunstancia. Si te descubren, no podremos ayudarte.

Valentina asintió, consciente de los riesgos.

El viaje fue surrealista. Un autobús sin ventanas la llevó desde Bucarest hasta un lugar remoto en los Cárpatos. Al llegar, fue recibida por hombres enmascarados que la escoltaron al interior del castillo.

—Bienvenida al Teatro de las Risas— dijo uno de ellos, con una voz que heló la sangre de Valentina.

La llevaron a una sala donde otras chicas, de diferentes nacionalidades, esperaban. Entre ellas, reconoció a las seis argentinas: Antonella, Julieta, Ayelén, Victoria, Rebecca y Abigail. Estaban pálidas, con miradas vacías, pero vivas.

Valentina se sentó cerca de Antonella, quien la miró con desconfianza.
—¿De dónde eres?— preguntó Antonella en un susurro.

—Italia— respondió Valentina, manteniendo su personaje. —¿Y tú?

—Argentina. Llevamos aquí… no sé cuánto tiempo.

Valentina notó las marcas en las muñecas de Antonella, las lágrimas secas en su rostro. Sabía que no podía revelar su identidad todavía, pero necesitaba ganarse su confianza.

—¿Qué nos hacen aquí?— preguntó, fingiendo miedo.

Antonella bajó la voz aún más.
—Cosquillas. Nos torturan con cosquillas, y lo transmiten en vivo. Es… es una pesadilla.

Antes de que pudieran hablar más, los hombres enmascarados entraron en la sala.
—¡Es hora de la primera prueba!— anunciaron, señalando a Valentina.

La llevaron a una habitación donde la ataron a una silla, con los pies extendidos sobre una plataforma cubierta de melaza. Un cerdo hambriento fue colocado frente a ella, y un torturador se posicionó detrás con un cepillo giratorio.

—¡No! ¡Por favor, no!— suplicó Valentina, actuando a la perfección.

El cerdo comenzó a lamer sus pies, y el cepillo se movió hacia sus costillas.
—¡JAJAJAJA! ¡PAREN, POR FAVOR!— gritó, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos.

Aunque el cosquilleo era real, Valentina se concentró en observar cada detalle: las cámaras, las rutas de escape, los puntos débiles de los torturadores.

Aunque Valentina intentó disimular, su reacción ante las cosquillas en los pies fue imposible de ocultar. El cerdo, al lamer la melaza entre sus dedos, desencadenó una risa explosiva y genuina que resonó por toda la sala. Los torturadores intercambiaron miradas codiciosas.

«Esta es especial»— murmuró el líder, observando cómo Valentina se retorcía. —«Enfóquense en sus pies. La audiencia amará esto»—.

Al día siguiente, Valentina fue llevada a una sala aparte: un set de transmisión equipado con cámaras 4K y luces profesionales. Sus pies fueron lavados y atados con correas de cuero a una plataforma inclinada, exponiendo cada centímetro de sus plantas.

«Hoy, queridos espectadores, tenemos una nueva estrella»— anunció el líder enmascarado en inglés, mientras el chat en pantalla se llenaba de donaciones. —«¡Que comience el show!»—.

Un brazo mecánico con un cepillo de cerdas ultrasuaves comenzó a deslizarse por su arco plantar.
—¡JAJAJA! ¡NO! ¡ESTO ES… JAJAJA! ¡INHUMANO!— gritó Valentina, sintiendo cómo el cosquilleo quemaba como fuego.

El chat en vivo explotó:
«¡Más rápido!»«Usen hielo en sus dedos»«Doné 5000 tokens para que agreguen plumas»

Los torturadores, siguiendo las donaciones, alternaban entre:

  1. Hielo: Frotando cubitos entre sus dedos para luego secarlos con aire caliente.
  2. Plumas rotativas: Que giraban como ventiladores en sus talones.
  3. Vibradores: Adheridos a su arco plantar, activados por los votos del público.

Valentina, entre risas y lágrimas, intentó mantener la mente clara. Notó que una cámara trasera tenía un cable suelto y que los guardias se relajaban durante las transmisiones.

—¡JAJAJA! ¡PAREN, POR… JAJAJA… POR FAVOR!— suplicó, no solo por el dolor, sino para que los guardias se acercaran.

En la sala común, las seis chicas veían la transmisión en una pantalla. Antonella, pálida, susurró a las demás:
—Esa chica… no es una prisionera normal. ¿Ven cómo mira las cámaras?

Julieta, temblando, añadió:
—Parece que está… estudiándolos.

Mientras tanto, Valentina logró deslizar un pie para golpear un botón de emergencia en la plataforma. Una alarma sonó en la sede de Interpol en Bucarest.

La señal de auxilio

El agente a cargo recibió la alerta en su tableta: las coordenadas del castillo y un mensaje cifrado: «Operación en riesgo. Necesito refuerzos».

—¡Muevan al equipo de asalto!— ordenó, mientras veía en vivo cómo Valentina era sometida. —Tenemos menos de una hora antes de que la rompan.

De vuelta en el set, Valentina aprovechó un descuido de los torturadores. Entre risas forzadas, susurró al líder enmascarado:
«Interpol ya viene. Tu teatro se acaba»—.

El líder, furioso, activó un látigo de plumas que azotó sus pies.
—¡JAJAJAJA! ¡NO… NO PODRÁN OCULTAR ESTO!— gritó Valentina, sabiendo que cada segundo en vivo era una prueba para el mundo.

El chat, sin entender, seguía donando.

El operativo

El operativo de Interpol fue rápido y brutal. Agentes armados irrumpieron en el castillo al amanecer, desactivando a los torturadores con gas lacrimógeno y disparos al aire. Las cámaras de transmisión se apagaron abruptamente, dejando a la audiencia global en la oscuridad. Valentina, la agente encubierta, fue liberada primero. Con el rostro aún húmedo de lágrimas y risas forzadas, señaló hacia el subsuelo:

—¡Hay más cámaras abajo! ¡Las chicas están ahí!

Mientras los agentes liberaban a las argentinas, el líder enmascarado, herido pero aún consciente, arrastró a Rebeca por un túnel secreto.
«Tú… tú no te vas tan fácil»— le susurró, inyectándole un sedante antes de subirla a una furgoneta negra.

Antonella gritó su nombre desde la distancia, pero solo alcanzó a ver cómo el vehículo desaparecía entre los bosques de los Cárpatos.

El regreso a casa

Las cinco argentinas restantes —Antonella, Julieta, Ayelén, Victoria y Abigail— fueron llevadas a un hospital en Bucarest y luego repatriadas. En el vuelo a Buenos Aires, Abigail no dejaba de repetir:
—Debimos protegerla mejor… Debimos hacer algo.

Al aterrizar, las familias las recibieron con abrazos y lágrimas. Pero el vacío de Rebeca era palpable. En la rueda de prensa, Antonella, con voz quebrada, declaró:
—No sabemos dónde está Rebeca. Pero no descansaremos hasta encontrarla.

Las chicas intentaron volver a la normalidad, pero las pesadillas persistían. Antonella despertaba sudando, imaginando las cabras lamiendo sus pies. Julieta evitaba que la tocaran, incluso en gestos cariñosos. Ayelén, antes la más intuitiva, ahora saltaba al menor sonido.

Sin embargo, en medio del trauma, una pista emergió: Abigail encontró un símbolo tallado en su pulsera —un ojo con lágrimas de risa— idéntico al que Valentina había visto en las cámaras.

—No es coincidencia —dijo Antonella, examinando la marca—. Rebeca está viva, y esto es una invitación.

Una noche, reunidas en el departamento de Victoria, las cinco miraron el símbolo proyectado en la pared.
—Tenemos que volver —dijo Antonella, rompiendo el silencio.

—¿Volver? ¿A ese infierno? —Julieta tembló al pensarlo.

—Sí —respondió Ayelén, con una determinación nueva en la voz—. Por Rebeca.

Valentina, desde Italia, se unió por videollamada:
—Interpol no puede actuar sin pruebas… Pero yo sí.

Mientras planeaban, un mensaje anónimo llegó al teléfono de Antonella: una foto borrosa de Rebeca, atada pero con vida, y una dirección en Paraguay. El mensaje decía: «La verdad se revela en la risa… ¿vendrán a buscarla?»

Las cinco argentinas, armadas con coraje y un mapa marcado, abordaron un vuelo a Asunción. Sabían que los captores las esperaban, pero también que Rebeca valía cada riesgo. Mientras el avión despegaba, Antonella susurró:
—Esta vez, no somos víctimas. Somos cazadoras.

FIN… por ahora…

Original de Tickling Storiess

About Author