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La noche en la ciudad estaba tranquila, apenas rota por el sonido lejano de algunos autos y el murmullo ocasional de transeúntes tardíos. Samuel caminaba sin rumbo fijo, disfrutando del aire fresco y de la soledad que a veces solo la noche podía ofrecer. Fue entonces cuando la vio.
Mónica caminaba apresurada, con su mochila colgada de un solo hombro y un gesto de cansancio en el rostro. Parecía una estudiante universitaria, probablemente volviendo a casa tras una larga jornada de clases y estudio. Su atuendo era informal: jeans ajustados, zapatillas blancas y una sudadera holgada con el logo de alguna universidad.
Samuel la observó con curiosidad. No porque estuviera siguiéndola, sino porque algo en su forma de moverse le resultaba interesante. Aceleró un poco el paso, acercándose lo suficiente como para notar su respiración agitada.
—Perdona, ¿necesitas ayuda? —preguntó con una sonrisa, intentando parecer inofensivo.
Mónica se giró rápidamente, con la mirada alerta. Sin embargo, al ver su expresión amable, pareció relajarse un poco.
—No, gracias. Solo quiero llegar a casa —respondió con un tono neutral.
—Es tarde, no deberías andar sola a estas horas. Pueden haber tipos raros por aquí —bromeó Samuel.
Mónica rió suavemente, pero aún mantenía la distancia.
—Lo sé, pero no tengo opción. Vivo cerca, así que no me preocupa tanto.
—¿Te acompaño? No quisiera que algo malo te pasara.
Dudó por un momento, pero luego asintió. Quizás porque estaba cansada o porque Samuel no parecía una amenaza inmediata. Caminaron juntos unos minutos, intercambiando palabras triviales sobre la universidad, las clases y lo agotador que era estudiar y trabajar al mismo tiempo. Pronto, Samuel sintió que la tensión inicial de Mónica se disipaba.
Cuando llegaron a una calle más apartada, Samuel notó un pequeño parque con bancas de madera y faroles que parpadeaban con una luz amarillenta. Una idea cruzó por su mente.
—¿Sabes qué es lo mejor después de un día largo? —preguntó con un tono juguetón.
—¿Dormir? —respondió ella con una sonrisa cansada.
—Bueno, sí, pero también reír un poco. Se dice que la risa ayuda a liberar el estrés.
Mónica arqueó una ceja, confundida.
—¿Reír? ¿Cómo se supone que haga eso? —preguntó con un deje de diversión en la voz.
Samuel no respondió con palabras. En su lugar, con un movimiento rápido, la sujetó suavemente de la cintura y deslizó sus dedos por sus costados. Mónica soltó un respingo y de inmediato trató de apartarse, pero Samuel fue más rápido y la guió hacia una de las bancas, haciéndola sentarse antes de atraparla con más cosquillas.
—¡Oye! ¡No, no, no! ¡Para! —gritó entre carcajadas mientras intentaba zafarse.
—Vaya, parece que eres cosquillosa —comentó Samuel con una sonrisa.
Mónica se retorcía, golpeando la banca con los pies mientras las cosquillas en su cintura la hacían convulsionarse de risa. Su sudadera no ayudaba a protegerla, y cuando Samuel dejó que sus dedos se deslizaran hacia sus costillas y luego bajaran a su vientre, la risa de la universitaria se volvió más desesperada.
—¡Basta! ¡No puedo más! —exclamó entre risas descontroladas, con lágrimas de diversión brotando en los bordes de sus ojos.
Aprovechando el caos, Samuel le tomó los pies, le quitó los tenis y las medias rápidamente y comenzó a hacerle cosquillas en las plantas desnudas. Mónica soltó un chillido y sus carcajadas se volvieron más desesperadas mientras intentaba liberar sus pies de las manos de Samuel.
—¡Noooo, por favor, mis pies nooo! —rogaba entre gritos de risa, moviéndolos frenéticamente.
Samuel sonreía mientras deslizaba sus dedos por sus sensibles plantas, trazando círculos en sus arcos y jugando con sus dedos.
—¡Eres demasiado cosquillosa aquí! —se burló.
Mónica pataleaba y se retorcía, pero no podía detener la risa incontrolable que la dominaba.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Noooo, Samuel, por favor, basta! ¡JAJAJAJAJA! —gritaba entre carcajadas desesperadas, sacudiendo los pies sin éxito.
—¡JAJAJAJAJA, no más, no más! ¡Me muero de risa! ¡JAJAJAJAJAJA! —intentaba suplicar, pero las cosquillas la hacían perder el control de sus palabras.
—Solo un poco más —dijo Samuel divertido, aumentando la intensidad en los talones y la parte baja de sus arcos.
—¡AAAAHHH JAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS! ¡JAJAJAJAJAJA! —Mónica se encogía y agitaba los brazos, desesperada por encontrar una forma de escapar.
Finalmente, Samuel se detuvo, permitiendo que Mónica recuperara el aliento. La chica jadeó, con una mano en el pecho y una sonrisa involuntaria aún en sus labios.
Mónica negó con la cabeza, pero no pudo evitar seguir sonriendo mientras se ponía de pie y se sacudía la ropa.
—Eres un caso perdido —comentó antes de seguir su camino.
Samuel la observó alejarse, con la sensación de que aquella noche había sido más interesante de lo que esperaba.
Continuará…
Original de Tickling Stories
