Cosquillas de ida y vuelta: mi sesión más inesperada

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Para los que no me conozcan soy Silvia, tengo 45 años y soy masajista profesional. Ya me han publicado varias experiencias acá en este blog y esta es una de ellas. He trabajado con muchos clientes a lo largo de mi carrera, pero ninguna sesión se comparó con la que tuve con Verónica, una mujer de 50 años, rubia, ejecutiva, de cuerpo tonificado por el gimnasio y una estatura de 1,76 metros. Desde el momento en que llegó, me di cuenta de que esta no sería una sesión común.

Antes de empezar, Verónica me miró con una sonrisa traviesa y me confesó algo que me dejó intrigada: «Soy muy cosquilluda, pero me gusta el hecho de ser sometida con cosquillas, sobre todo en los pies». Nunca había escuchado algo así de un cliente, pero lo tomé con naturalidad y continuamos con la sesión.

Inicié con el masaje habitual, aplicando movimientos firmes y relajantes sobre su espalda y hombros. Sin embargo, en un momento, ella me pidió que, en lugar de seguir con el masaje, comenzara a hacerle cosquillas. Me sorprendí, pero decidí complacerla. Con mis dedos deslicé ligeros toques en su cintura y en sus costillas, y de inmediato ella se retorció, estallando en carcajadas. Sus risas llenaron la habitación mientras se revolcaba en la cama, disfrutando cada segundo.

A medida que exploraba distintas zonas, descubrí que incluso sus nalgas eran extremadamente cosquilludas. Cada vez que pasaba mis uñas por esa parte, su risa se volvía más aguda y sorprendida. «Nunca antes me habían hecho cosquillas ahí, ni sabía que tenía tantas», exclamó entre carcajadas. Esta sesión se estaba volviendo más y más interesante.

Pero el verdadero caos llegó cuando llegué a sus pies. Desde el primer toque, su cuerpo entero se tensó, pero, sorprendentemente, no los retiró. Al contrario, se quedó allí, dejándose llevar por la sensación, mientras reía sin control. Cada vez que deslizaba mis dedos por sus plantas, arcos y dedos, su risa se hacía más fuerte, hasta llegar a un punto en el que simplemente se entregó a la tortura de cosquillas.

Pasaron los minutos y la sesión llegó a su fin. Verónica se sentó en la cama, respirando agitadamente mientras todavía reía. «No sabía que podía tener tantas cosquillas en tantas partes», dijo entre risas. Yo sonreí, divertida por la situación, pero nada me preparó para lo que vino después.

«Ahora te toca a ti», me dijo de repente, con esa misma sonrisa traviesa. Antes de que pudiera procesarlo, me pidió que me quitara la ropa y quedara en ropa interior. También me hizo quitarme los tenis y medias. Me acosté boca abajo en la cama y, sin más preámbulo, se montó sobre mi espalda y comenzó a deslizar sus dedos por mi cuello, espalda, costillas y axilas.

Desde el primer instante, mi cuerpo reaccionó. Me retorcí, reí a carcajadas y traté de moverme, pero su peso sobre mí me mantenía en su lugar. «No te muevas tanto», me decía entre risas, pero era imposible. Mis cosquillas eran intensas, y cada vez que deslizaba sus uñas por mi piel, yo me revolcaba sin poder evitarlo.

Cuando sus manos se deslizaron hacia mis nalgas, la situación se volvió caótica. No tenía idea de que esa zona podía ser tan cosquilluda en mí. Intenté pedirle que no continuara allí, pero mi risa incontrolable no me permitía hablar. «Tus nalgas son tan cosquilludas como las mías», exclamó divertida.

Pero lo peor estaba por venir. Se bajó de mi espalda y se posicionó a la altura de mis pies. Apenas sentí sus dedos en mis plantas, mi reflejo fue apartarlos, pero ella se adelantó y se acostó sobre mis piernas, inmovilizándome. «Oh, encontré un punto débil», dijo con una sonrisa de triunfo antes de comenzar su ataque despiadado en mis hipersensibles pies.

Las cosquillas en mis plantas eran insoportables. Movía los pies como loca, pero al estar apoyados en la cama, no podía escaparme. Solo me quedaba reír y rogar que parara. Sin embargo, en lugar de detenerse, intensificó el ataque, usando no solo sus dedos, sino también su lengua y sus dientes. Me lamía las plantas, chupaba mis talones y mordisqueaba mis dedos, provocando una mezcla de placer y desesperación. Cada vez que rascaba mis plantas con sus uñas, yo estallaba en carcajadas, pidiendo piedad.

Cuando por fin me liberó, estaba agotada, riendo entre jadeos, tratando de recuperar el aliento. «Me encantó hacerte cosquillas», me dijo con una sonrisa. «Y recibirlas también. ¿A ti también te gustó?». Con una sonrisa nerviosa, asentí. Fue una experiencia única, inesperada y sorprendentemente divertida. Ambas nos vestimos, me pagó por la sesión y antes de irse, me dijo que me llamaría nuevamente para repetir la experiencia.

No puedo negar que la idea me emocionó. Nunca antes había torturado a alguien con cosquillas, y mucho menos había sido sometida de esa manera. Pero ahora que lo había experimentado en ambos lados, una parte de mí quería seguir explorando este mundo. Quién sabe, quizá esta solo sea la primera de muchas sesiones como esta.

Silvia

Original de Tickling Stories

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