Crónicas para un PhD (Parte 3)

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Una semana después de aquella intensa sesión, por fin logré terminar de editar el video. Cada fragmento mostraba mis reacciones genuinas, mis carcajadas, los momentos en que perdía el control y me retorcía bajo el ataque de las cosquillas. Me aseguré de que los cinco minutos seleccionados capturaran la esencia de la experiencia.

Una vez listo el archivo, lo envié al organizador de la sesión con los labradores, junto con un mensaje de confirmación. Le comenté que el video reflejaba fielmente mi sensibilidad extrema en los pies y le pregunté si necesitaba algún otro detalle antes de concretar la sesión con los perros. Ahora solo quedaba esperar su respuesta, mientras imaginaba cómo sería enfrentar la próxima experiencia.

Al día siguiente, recibí un correo del organizador. Me comentó que había revisado el video con atención y que estaba complacido con mi nivel de resistencia y la intensidad de mis reacciones, lo cual cumplía perfectamente con sus expectativas para la sesión. En el mensaje, también propuso detalles precisos para llevar a cabo la experiencia: una fecha próxima, el horario en el que comenzaría y, finalmente, la dirección exacta.

La ubicación estaba a tres horas de viaje en carretera. Comencé a organizarme para el traslado: elegí un conjunto cómodo para el trayecto, revisé las instrucciones y, sin dejar de lado la expectación, preparé una pequeña maleta con lo necesario para enfrentar la nueva experiencia, incluyendo un par de zapatillas y algo de ropa extra.

Salí de mi casa bien temprano en la mañana, alrededor de las 5 a.m., con la esperanza de llegar a mi destino a las 8 a.m. Sin embargo, el viaje se complicó cuando encontré un accidente en el camino. La carretera estaba bloqueada y tuve que desviarme, lo que alargó mi trayecto considerablemente. A pesar de mis esfuerzos por encontrar una ruta alternativa, terminé demorando casi 7 horas en llegar.

Finalmente, cuando llegué, la ansiedad y la emoción me invadieron. A pesar del cansancio, estaba lista para la sesión y ansiosa por ver qué me esperaba. Una vez que estacioné el auto, tomé un profundo respiro y me dirigí al lugar indicado.

Yo iba vestida con unos jeans ajustados, unas tenis Converse, y medias tobilleras. Llevaba una camiseta blanca tipo t-shirt y mi cabello suelto. Mis manos y pies lucían un impecable manicure y pedicure en color rojo, mi favorito. Además, llevaba unas gafas oscuras que me protegían del sol brillante de la mañana.

Al llegar al lugar, me di cuenta de que estaba en las afueras de la ciudad, casi en el campo. Estacioné mi vehículo y, con una mezcla de nerviosismo y emoción, bajé y comencé a caminar hacia lo que parecía ser una casa. Fue entonces cuando salió un hombre con dos perros labradores a su lado. Se presentó como Steven, y me explicó que sus dos labradores, un negro y un beige, se llamaban Cáncerbero y Kaiser, respectivamente.

Los perros parecían amistosos, moviendo sus colas y mirándome con curiosidad. Steven me recibió con una sonrisa y me guió hacia el interior de la casa, donde se llevaría a cabo la sesión. La atmósfera era cálida y acogedora, lo que me ayudó a relajarme un poco antes de comenzar.

En la sala de la casa, la conversación fluyó de manera amena. Steven compartió que tenía un fetiche por las cosquillas, pero lo que realmente le apasionaba era ver sesiones en las que animales hacían cosquillas a mujeres, especialmente en sus cuerpos y pies. Me pareció curioso y un tanto intrigante, y no pude evitar preguntar más sobre cómo surgió ese interés.

Después de un rato de charla, Steven me sugirió que fuéramos a un granero que tenía acondicionado para las sesiones. Me llevó hacia el exterior, y mientras caminábamos, me sentí emocionada ante la expectativa de lo que estaba por venir. El granero, ubicado un poco alejado de la casa, tenía un ambiente rústico pero acogedor, con un espacio amplio y bien iluminado.

Al entrar al granero, noté que había argollas en el suelo, lo que asumí que era para que me acostara boca arriba o boca abajo con mis muñecas y tobillos atados a ellas. También había unas sillas con cepos diseñados para introducir manos y pies. Intrigada, le pedí a Steven que me explicara cómo funcionaba todo.

Me sentía cada vez más ansiosa por comenzar la sesión y comprender cómo se llevarían a cabo las dinámicas que había estado anticipando.

Steven comenzó a explicarme con detalle cómo funcionaba todo. Me indicó que las argollas en el suelo estaban diseñadas para asegurarme de manera segura y cómoda, permitiéndome estar en diferentes posiciones durante la sesión. Me mostró cómo se podía ajustar la tensión para que no me sintiera incómoda.

Luego, se dirigió a las sillas con cepos y me explicó que estaban pensadas para mantener mis manos y pies firmemente sujetos, lo que facilitaría el uso de los perros durante la sesión. Mientras hablaba, no podía evitar sentir una mezcla de emoción y nerviosismo ante la perspectiva de lo que estaba a punto de experimentar.

«Una vez que estés lista, los perros estarán entrenados para interactuar contigo y hacerte cosquillas», dijo Steven, sonriendo. «Solo necesito que te sientas cómoda y que me digas en cualquier momento si necesitas un descanso o si hay algo que no te guste.»

Con cada palabra, mi anticipación crecía.

Steven me miró con una sonrisa y me preguntó si había traído el traje de baño en bikini para la sesión. Me sorprendió un poco la pregunta, pero rápidamente comprendí que era parte del plan para la experiencia.

«Sí, lo traje,» respondí, sintiendo una mezcla de emoción y curiosidad. «¿Lo usaré durante la sesión?»

Él asintió, explicándome que el bikini sería ideal para la actividad, ya que facilitaría el acceso a mis pies y otras áreas sin que me sintiera demasiado expuesta.

“Además, creo que será más cómodo para ti, y así podrás disfrutar de la experiencia sin distracciones,” añadió, con un tono de confianza.

Me di cuenta de que era el momento de prepararme. Mientras me dirigía a cambiarme, sentí una ola de anticipación. La idea de combinar un traje de baño con la dinámica de cosquillas de los perros prometía ser algo único y emocionante.

Steven me indicó un vestidor en el granero donde podía cambiarme y colocarme el bikini. Agradecí la privacidad y me apresuré a hacerlo. Al salir, llevaba un bikini negro que se ajustaba perfectamente a mi figura, y estaba descalza, lo que me hacía sentir más en sintonía con el entorno.

Cuando volví, noté que la mirada de Steven se iluminó con una mezcla de aprecio y emoción. «Te ves genial,» comentó, sonriendo mientras miraba mis pies descalzos. «Listo para comenzar la sesión?»

Asentí, sintiendo una mezcla de nervios y anticipación. Steven me guió hacia el área donde estaban las argollas y el cepo, explicándome nuevamente cómo funcionaba todo mientras mis pies descalzos tocaban el suelo. La idea de ser inmovilizada de esa manera solo aumentaba mi emoción por lo que estaba por venir.

Steven me pidió que me acostara boca abajo en el suelo, justo en la zona donde estaban las argollas. Con una voz calmada pero firme, me indicó que estirara mis brazos y piernas. Al hacerlo, me sentí un poco vulnerable, pero la emoción de lo que estaba por venir eclipsaba cualquier inquietud.

Una vez en posición, él comenzó a amarrarme las muñecas y los tobillos a las argollas extremas, asegurándose de que estuviera bien sujeta en forma de X. La tensión de las cuerdas me dio una sensación de restricción que, en lugar de asustarme, me llenó de adrenalina. «Listo,» dijo Steven con una sonrisa de satisfacción mientras se aseguraba de que todo estuviera en su lugar.

«¿Estás cómoda?» preguntó, y yo asentí, sintiendo el cosquilleo de la anticipación recorrer mi cuerpo. Sabía que pronto empezaría la sesión, y la idea de ser torturada con cosquillas en mi estado atado era algo que no podía esperar.

Steven, sin perder el tiempo, me explicó el siguiente paso: iba a aplicarme una mezcla especial de alimento húmedo para perros combinado con pequeños trozos de croquetas. Empezó a esparcirla cuidadosamente, desde los hombros, pasando por la espalda, y bajando hasta mis piernas y pies, cubriendo cada rincón de mi piel.

«Esto hará que los perros se sientan muy atraídos por el olor y no podrán resistirse a lamer cada parte donde lo apliqué,» dijo mientras trabajaba en mi cuerpo. La sustancia era fresca y algo pegajosa, lo cual solo intensificaba mi anticipación. Sabía que en cuanto los perros entraran, cualquier rincón de mi piel sería un blanco para sus lenguas y hocicos.

Tan pronto como los perros llegaron al lugar, con su energía desbordante y curiosidad aguda, se abalanzaron sobre mí. Sentí sus lenguas cálidas y rápidas en los brazos, hombros, y costillas, creando un sinfín de cosquillas que me dejaban sin aliento. La mezcla fría de alimento pegajoso sobre mi piel solo intensificaba la desesperación, y sin poder moverme, las cosquillas se volvían cada vez más inaguantables.

Mis carcajadas resonaban en el granero. «JAJAJAJAJA, ¡no! ¡No puedo… AHAHAH! ¡POR FAVOR, ES DEMASIADO!», gritaba entre risas incontrolables, tratando de pedir piedad. Movía los dedos de las manos y los pies de un lado a otro, buscando cualquier forma de liberarme, pero las cuerdas me mantenían fija en mi lugar, completamente a merced de las lenguas insistentes de los perros.

Steven, observando con una sonrisa de satisfacción, se acercó un poco más, deleitándose con mi reacción. «¿Así que tanto te cosquillea, eh? Parece que mis chicos encontraron todos tus puntos débiles», dijo mientras miraba cómo Cancerbero y Kaiser trabajaban incansablemente en mi piel, centrándose sobre todo en la parte superior de mi cuerpo, como si hubieran encontrado una mina de oro.

«No… JAJAJAJAJAJA, Steven, por favor… ¡esto es… ahhh! ¡Son demasiadas cosquillas!», supliqué en medio de un ataque de risa descontrolado. Los perros no mostraban señales de detenerse; sus lenguas eran implacables, pasando por mis brazos, costillas, cuello, y hasta el borde de mi espalda baja. Sentía como si cada rincón fuera explorado y, al mismo tiempo, mi resistencia disminuía con cada segundo que pasaba.

«¿Pedir piedad ya? Pero si apenas estamos comenzando», murmuró Steven, inclinándose un poco para observar mi cara llena de risa y lágrimas de desesperación. «Mis chicos aún ni han llegado a la parte inferior de tu cuerpo… parece que les gusta la parte superior por ahora.» Su voz estaba llena de satisfacción, claramente disfrutando del espectáculo de mis carcajadas y súplicas.

Cancerbero movió su lengua sobre mis costillas, haciendo que soltara un grito más fuerte. «¡AAHHHH! ¡JAJAJAJA! ¡NO MÁS, NO MÁS!», reía, completamente derrotada. Entre cada ataque, trataba de tomar aire, pero en cuanto los perros notaban cualquier señal de calma, redoblaban sus lamidas, causando que volviera a reír sin control.

«No sabía que alguien pudiera ser tan sensible. Esto va a ser interesante», comentó Steven, acercándose aún más, observando cada reacción en mi cara y cada estremecimiento en mi cuerpo. «Solo espera a que decidan explorar más abajo… Tal vez entonces conozcas lo que es realmente no tener escape».

Mis súplicas, carcajadas y gritos de desesperación parecían alimentar a los perros y a Steven. Con cada segundo que pasaba, sentía que el tiempo se dilataba, como si las cosquillas nunca fueran a terminar. La intensidad, la impotencia, y el incesante roce de las lenguas sobre mi piel me llevaban a un punto donde todo lo que podía hacer era reír y suplicar, mientras la sesión continuaba sin fin a la vista.

Los perros parecían haber encontrado un área particularmente sensible: mis caderas y cintura. Sentía sus lenguas calientes y rasposas deslizarse sobre mis costados, con cada lamida enviando una descarga de cosquillas que me hacía retorcerme tanto como podía, aunque mis muñecas y tobillos seguían firmemente sujetos. Las carcajadas brotaban de mí como una explosión, y cada vez que intentaba rogar o decir algo, las cosquillas aumentaban y se convertían en gritos de risa incontrolable.

“¡JAJAJAJAJA! ¡NO! ¡No puedo, JAJAJAJAJAJA, ¡es demasiado! AHAHAHA… ¡por favor, paraaaa!” gritaba, sintiendo cómo mis carcajadas se transformaban en gritos de desesperación. Steven, observando mi reacción con una sonrisa satisfecha, parecía disfrutar el espectáculo. Cada movimiento de mis costados bajo la lengua de los perros me hacía sentir completamente vulnerable, y el hecho de que no tenía forma de detenerlos solo intensificaba mi desesperación.

“Vaya, parece que encontré el punto perfecto”, comentó Steven con una sonrisa maliciosa. “¿Sabes? Pocas veces veo una reacción así… ¡y aún ni siquiera han explorado tus pies!”

«¡NO! JAJAJAJAJAJAJA… ¡Steven, por favor, no más, ahhh!», supliqué entre jadeos y risas desbordadas, sintiendo cómo los perros continuaban lamiendo incansablemente, alternando entre mis caderas y cintura, justo en los lugares que me hacían reír hasta quedarme casi sin aire. Cada lamida, cada roce en esos costados hacía que mi cuerpo reaccionara de manera descontrolada, en una mezcla de carcajadas y súplicas desesperadas que llenaban el granero.

Cancerbero y Kaiser parecían disfrutar cada segundo, y el sonido de mis carcajadas desesperadas solo los alentaba a lamer con más ímpetu, concentrándose en cada rincón de mis costados. Intentaba retorcerme, pero cada vez que lo hacía, solo lograba que la sensación aumentara.

Steven, con los brazos cruzados, observaba y disfrutaba del espectáculo. “Parece que tienes una verdadera debilidad aquí… Pero quién sabe, tal vez lo mejor aún está por venir.” Sus palabras añadían una capa más a la sensación de impotencia. Mis carcajadas, gritos y súplicas continuaban llenando el lugar, mientras el ataque a mis caderas y cintura no mostraba señales de detenerse.

Sentí cómo las lenguas de los perros descendían, enfocándose ahora en mis muslos y la zona de mi trasero. La mezcla de cosquillas y una sensación de vulnerabilidad absoluta se intensificaba con cada lamida que los perros daban en esas áreas. Mi cuerpo reaccionaba instintivamente, y cada carcajada incontrolable daba paso a jadeos y pequeños gemidos que escapaban de mis labios sin poder contenerlos.

«¡AHAHAHA… no, ahí no! ¡JAJAJAJAJA… Aahh…!», exclamé, mientras mis risas frenéticas alternaban con esos jadeos involuntarios. Intentaba moverme, pero la posición y las ataduras solo hacían que todo se sintiera más intenso. Steven, observando con atención, notó mi reacción y sonrió con una mezcla de satisfacción y curiosidad.

«Bueno, parece que aquí hay una reacción diferente, ¿no?» dijo, claramente deleitándose con el espectáculo. «¿Es… cosquillas lo que sientes, o tal vez algo más?» comentó, con un tono intrigado y una sonrisa maliciosa.

Mis carcajadas y gemidos se entrelazaban, formando una sinfonía que llenaba el granero mientras los perros continuaban lamiendo mis muslos y trasero sin descanso. Cada segundo era una mezcla de sensaciones que apenas podía soportar; me dejaban al borde de la risa desesperada y la completa rendición.

Las lenguas de los perros se movían hacia abajo, atacando sin descanso la parte trasera de mis piernas. Cuando alcanzaron la zona detrás de mis rodillas, la sensibilidad era tan extrema que me sacudía en un intento inútil de librarme de la invasión de cosquillas.

«¡AHAHAHA… no, por favor! ¡JAJAJAJAJA… atrás de las rodillas no! ¡AHAHAHA…!» Mis gritos de risa llenaban el granero mientras sentía cómo cada lamida en esa área encendía un estallido de cosquillas. Mi cuerpo reaccionaba sin control, y mis tobillos, inmovilizados en las argollas, apenas podían moverse para esquivar.

Steven se cruzó de brazos y me observaba con evidente satisfacción. «Te advertí que sería intenso. Ahora sí, esos perros parecen conocer tus puntos débiles», comentó con una sonrisa mientras los perros, ajenos a mi agonía, bajaban hasta mis pantorrillas y tobillos, sus lenguas deslizándose con precisión en cada rincón.

«¡AAAAH! ¡No, no, no…! JAJAJAJAJAJA… ¡Mis pantorrillas! ¡Steven, por favor… diles que se detengan un momento! AHAHAHA… ¡No aguanto más!» Cada intento de rogar por una pausa era arrasado por una nueva ola de carcajadas. Con cada segundo, los perros llegaban más cerca de mis tobillos, anticipando lo inevitable: mis pies vulnerables serían su próximo objetivo.

En cuanto los perros llegaron a mis pies, su entusiasmo parecía multiplicarse. Sentí las lenguas húmedas y cálidas deslizarse por mis plantas, mis talones, y entre cada dedo, una y otra vez. La mezcla de la sustancia viscosa y los trocitos de comida en cada rincón de mis pies los mantenía ocupados y voraces, y con cada lamida, mordida y bocado en mis pies hipersensibles, mi resistencia se desmoronaba.

«¡NO! ¡JAJAJAJAJA! ¡Mis pies no! ¡AHAHAHAHA, POR FAVOR! ¡Steven, hazlos parar, AHAHAHA!» Las carcajadas salían de mí sin control, seguidas de gritos y súplicas, mientras los perros insistían, lamiendo y mordiendo intensamente. Las mordidas eran pequeñas, pero suficientes para disparar la sensibilidad en mis plantas y talones, haciéndome revolcarme sin escapatoria.

Steven se acercó, sonriendo con satisfacción mientras me veía retorcerme bajo la tortura de cosquillas. «¿Es demasiado para ti? Apuesto a que jamás imaginaste que sería tan extremo», comentó con una voz que revelaba su disfrute de la escena.

«¡JAJAJAJAJA, Steven! ¡Por favor, dales algo más, pero saca mis pies de esto! ¡AHAHAHAHA!» Cada palabra que intentaba decir se perdía entre las carcajadas. Los perros seguían sin tregua, y cada nueva mordida y lamida en mis pies hacía que el torrente de risa desesperada y gritos creciera.

«¿Quieres que paren?» Steven preguntó, acercándose a mis pies y observando cómo los perros se esmeraban en cada centímetro de mis plantas. «Quizá deberíamos dejar que sigan un poco más… ya casi terminan», agregó, con una risa baja.

La combinación de las lenguas y las mordidas era un asalto imparable, y mi cuerpo entero se tensaba y relajaba con cada ola de cosquillas. «¡AAAH! ¡NO MÁS, NO MÁS! JAJAJAJAJA, ¡ESTO ES DEMASIADO!» Gritaba entre jadeos, mis pies exhaustos y absolutamente vulnerables, mientras los perros parecían más animados que nunca.

Cuando pensé que no podía soportarlo más, vi cómo Steven se acercaba con un enorme tazón de alimento húmedo y lo vertía generosamente sobre mis pies. La mezcla viscosa se acumuló sobre mis plantas, entre mis dedos, cubriéndolos hasta crear una verdadera montaña de comida. Intenté moverme, pero las ataduras me mantenían completamente inmóvil.

«Ah, aún no hemos terminado. Vamos a hacer esto más interesante,» dijo Steven con una sonrisa. Al momento siguiente, escuché el sonido de pasos acercándose, y, para mi horror, vi que otros diez perros entraban al granero. Apenas notaron la comida, corrieron directo hacia mis pies, sumándose al frenesí con ansias y energía renovada.

El primer contacto de sus lenguas contra mis pies me arrancó un grito inmediato. «¡NOOO! ¡JAJAJAJAJA, STEVEN, ¡POR FAVOR!» Mis carcajadas se mezclaban con súplicas, pero los perros estaban completamente concentrados en cada trozo de alimento adherido a mis pies. Se turnaban para lamer y mordisquear cada rincón: las plantas, los dedos, los arcos. La intensidad de las cosquillas no dejaba espacio para nada más que carcajadas desenfrenadas.

«¡Es asombroso lo cosquillosa que eres!», comentó Steven, observando cada detalle de mi reacción, «Nunca pensé que alguien pudiera aguantar tanto.»

«¡AAAH! ¡JAJAJAJAJA, NO AGUANTO MÁS! ¡ES DEMASIADO! ¡AHAHAHAHA, MIS PIES NO! ¡MIS PIES!» gritaba, sintiendo cómo cada mordida y cada lamida arrancaban un nuevo nivel de sensibilidad en mis pies.

Mis carcajadas eran implacables, el sonido de las lenguas y los pequeños mordiscos en mis hipersensibles plantas me llevaba al borde de la desesperación. Los perros parecían empeñados en no dejar ni un solo pedazo sin limpiar, y el mundo se volvió nada más que una mezcla de cosquillas insoportables y risas desesperadas.

Steven, de brazos cruzados, miraba con satisfacción. «No te preocupes,» dijo con una sonrisa, «aún tenemos tiempo.»

Los doce perros atacaron mis pies simultáneamente, sin un solo momento de tregua. Cada uno de ellos, con sus lenguas rasposas y dientes curiosos, lamía y mordía cada centímetro de mis pies hipercosquillosos. No dejaban ni una esquina libre: las plantas, los talones, los dedos… cada rincón estaba invadido por un torbellino de cosquillas.

«¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO, NO! ¡MIS PIES, POR FAVOR!» gritaba, la voz rota entre carcajadas que no paraban. Sentía cómo las lenguas húmedas y las mordidas suaves despertaban una tormenta de cosquillas en cada terminación nerviosa. Intentaba moverme, pero estaba completamente atrapada, mis pies vulnerables y sumergidos en alimento, sin escapatoria posible.

«¿Ves lo efectivos que son?» comentó Steven, sin ocultar la diversión en su voz. «Parece que tus pies nunca se cansan de ser cosquilleados.»

«¡JAJAJAJAJA, NO PUEDO MÁS! ¡STEVEN, ¡AHHHHH! ¡ES DEMASIADO! ¡MIS PIEEEES!» Las carcajadas incesantes hacían eco en el granero, y mis piernas intentaban escapar inútilmente de los intensos lametones y mordidas de los perros, que seguían sin detenerse ni un segundo. Las cosquillas en mis pies eran tan desesperantes que sentía cómo mi cuerpo entero cedía, rendido a ese frenesí de sensaciones que no me daban ni un segundo de respiro.

Steven, disfrutando cada segundo, cruzó los brazos y sonrió. «Creo que este es solo el comienzo de lo que mis perros pueden hacer,» dijo con una mirada de complicidad mientras los doce labradores continuaban, con una devoción insaciable, torturando mis pies sin piedad alguna.

Mis gritos y carcajadas llenaban el aire mientras los perros no mostraban piedad, devorando con ansias el alimento de mis pies. Era como si cada mordida, cada lametón, cada rozadura de sus lenguas fuera calculada para hacerme perder completamente el control. «¡AAAHAHAHAHA! ¡POR FAVOR, NO MÁS! ¡MIS PIES… MIS PIES!» rogaba, sacudiendo mi cuerpo de un lado a otro en un intento inútil de escapar.

Steven se inclinó con una sonrisa tranquila, observando el frenesí que se desarrollaba a mis pies. «Tranquila, ya casi terminan… aunque parece que están disfrutando cada segundo, ¿no?» comentó, mientras los perros parecían redoblar sus esfuerzos, concentrados en mis plantas y entre los dedos.

«¡NOOO! ¡ES QUE—AHAHAHAHA! ¡NO LO SOPORTO!» mis carcajadas se tornaban cada vez más incontrolables, las cosquillas se volvían insoportables, y mi cuerpo se estremecía entre carcajadas y súplicas. Steven dio un paso atrás, cruzando los brazos mientras veía cómo los perros terminaban de lamer hasta el último rastro de alimento, sin dejar un solo rincón libre.

«Vaya,» dijo Steven al ver cómo los perros se retiraban poco a poco, «parece que te dieron la sesión más intensa que podrías imaginar.»

Sin aliento, me dejé caer, sin poder dejar de reír.

Con mis pies ya limpios de alimento, la sensación de las lenguas ásperas y los pequeños mordiscos en mis plantas era aún más intensa. Mis carcajadas frenéticas no tenían pausa, y cada lamida parecía enviar oleadas de cosquillas imposibles de soportar, especialmente ahora que no había nada entre mis hipersensibles pies y la incesante atención de los perros.

«¡NOOOOO! ¡POR FAVOR, AHAHAHAHA! ¡ME ESTOY VOLVIENDO LOCA! ¡MIS PIEEES!» grité, tratando de mover mis pies en todas direcciones, pero el agarre de Steven los mantenía inmóviles.

Steven me miraba con una satisfacción tranquila mientras los perros no disminuían su esfuerzo. «No imaginaba que tus pies fueran tan increíblemente cosquillosos,» comentó con una sonrisa. «Es como si cada centímetro fuera hecho para esto.»

Cada vez que intentaba mover mis pies o encoger mis dedos, parecía que las cosquillas se intensificaban aún más, provocando que las risas y los gritos escaparan de mí sin control. «¡AHAHAHA! ¡POR FAVOR! ¡NO MÁS! ¡ES DEMASIADO! AHAHAHA, ¡MIS PIEEES!»

Finalmente, Steven dio una señal y los perros se detuvieron, aunque no sin dejarme con una mezcla de alivio y anhelo. Sus lenguas aún parecían quedar en mis pies, como si los perros estuvieran dudando si debían seguir disfrutando de su festín.

«Lo hiciste muy bien,» me dijo Steven, observando mi estado de agotamiento y risa. «Tus pies son más sensibles de lo que pensé.»

Apenas podía controlar mis carcajadas entre jadeos y suplicaciones, sintiendo el cosquilleo persistente de las lenguas de los perros en mis hipercosquilludas plantas. «¡Por favor, ya no más! ¡No puedo soportarlo!» grité, aún riendo de manera descontrolada.

Steven sonrió, claramente complacido con el espectáculo que había presenciado. «Es solo el comienzo. Podemos hacer esto de nuevo si te animas.»

A pesar de mi agotamiento, una parte de mí se sintió intrigada por la idea de repetir la experiencia, sintiendo cómo la adrenalina aún corría por mis venas.

Steven apartó a los perros, que aún miraban con curiosidad, y se acercó para desatarme. Sentí un alivio inmediato al poder mover mis brazos y piernas después de haber estado atada durante tanto tiempo. Con una sonrisa satisfecha en su rostro, me ayudó a levantarme del suelo.

“Fue una buena sesión, ¿verdad?” comentó, mientras yo trataba de recuperar el aliento.

“Definitivamente fue… intensa,” respondí, aún sintiendo el cosquilleo en mis pies.

Steven me indicó un baño que estaba en la parte posterior del granero. “Puedes ducharte y limpiar todo ese alimento. Tómate tu tiempo,” sugirió, observando que mis pies aún tenían restos de la experiencia.

Me dirigí al baño, sintiendo una mezcla de agotamiento y euforia. Una vez dentro, dejé que el agua tibia cayera sobre mí, lavando la sensación de las lenguas de los perros y el alimento que había estado en mi piel. Mientras me duchaba, reflexioné sobre lo inusual de la experiencia, pero también sobre lo liberadora que había sido.

Al salir, me sentí renovada, lista para enfrentar lo que viniera después.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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