Crónicas para un PhD (Parte 4)

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Una vez que terminé de ducharme y vestirme con un short cómodo, una camisilla de tirantes y unas pantuflas de peluche, fui hacia la cocina en busca de algo para beber. Aún sentía en mi piel un leve cosquilleo residual de la sesión, pero el agua había ayudado a relajarme.

Steven me esperaba en el comedor y, al verme, sonrió. «¿Te gustaría acompañarme un momento? Me gustaría saber cómo te pareció la sesión con los perros.»

Asentí y tomé asiento frente a él. La experiencia había sido intensa y única, y aunque todavía me sentía agotada, había algo en el recuerdo que me resultaba fascinante.

Mientras tomaba un sorbo de la soda de dieta, comencé a contarle a Steven mi experiencia con detalles. Le confesé que jamás había vivido algo así, mucho menos con 12 perros a la vez dedicados a recorrer cada rincón de mi cuerpo, especialmente mis pies. “Fue algo increíblemente intenso… no solo las cosquillas fueron constantes y desesperantes, sino que incluso en ciertos momentos, sentí algo diferente, como una especie de… placer en algunas zonas.”

Me preguntó en qué partes del cuerpo sentí placer, y le comenté que en las plantas de los pies, con las lamidas y mordidas, y curiosamente también cuando lo hicieron en mi trasero y entrepiernas. Al oír esto, Steven levantó una ceja, intrigado. “¿Así que esas zonas fueron las más… especiales para ti?” dijo, con una mezcla de sorpresa y satisfacción en su tono.

«Sí, fue algo inesperado,» le confesé, recordando lo intensas que fueron esas sensaciones. «Al principio solo sentía cosquillas, pero en esas áreas fue diferente… como si la mezcla de lamidas y mordidas hubiese llevado la experiencia a otro nivel.»

Steven sonrió con interés. «Es interesante ver cómo cada reacción puede variar tanto. Las sensaciones que describiste en esas zonas muestran lo potente que puede ser una sesión de este tipo, combinando diferentes niveles de estímulo.» La conversación continuó, profundizando en los detalles de la experiencia, mientras él parecía fascinado al escuchar mis impresiones sobre el papel que jugaron las cosquillas y el toque de los perros en esa mezcla única de sensaciones.

Mientras conversábamos, sentí de repente unas pequeñas punzadas en las plantas de mis pies, como si algo me arañara con garras diminutas y afiladas. Solté una breve risa entrecortada, mezclada con un «¡Ouch!» involuntario. Intrigada y ligeramente incómoda, me incliné hacia abajo para ver qué era… y allí estaban, dos gatos juguetones, moviendo sus patitas con entusiasmo contra mis pies descalzos.

Steven notó mi distracción y sonrió, divertido. “Ah, parece que mis gatos también quieren participar en la sesión,” bromeó. «Les gusta jugar de esa forma, sobre todo si sienten un poco de movimiento».

Intenté retirar mis pies, pero los gatos siguieron insistiendo con sus ligeros arañazos y toques suaves. Cada vez que sus garritas rozaban mis plantas, se me escapaba una risita involuntaria. «¡Parece que tus gatos son igual de insistentes que los perros!» respondí entre risas, mientras Steven observaba divertido la escena.

Le comenté a Steven que ya sentía el cansancio de la intensa sesión y que me gustaría descansar. Él asintió comprensivamente y me indicó la habitación donde podría quedarme. “Es la última puerta al final del pasillo,” dijo con una sonrisa amable.

Agradeciéndole por la hospitalidad, me dirigí a la habitación. Al entrar, encontré una cama cómoda y acogedora, el ambiente en tonos suaves que invitaban al descanso. Me recosté, sintiendo cómo el agotamiento se hacía presente, y me acomodé para finalmente relajarme después de aquella experiencia tan única.

Cansada por completo, me dejé caer en la cama y me arropé hasta los hombros, dejando solo mi rostro al descubierto mientras apagaba la luz. Sin embargo, olvidé colocar el seguro en la puerta, pensando que nada más ocurriría en lo que quedaba de la noche.

Sin sospechar, escuché unos pasos suaves acercarse a la habitación después de un rato. Mi respiración era pesada por el agotamiento, así que no presté atención, hasta que sentí una leve presión en la cama, como si alguien se acercara en silencio.

A pesar de las pisadas y esa ligera sensación de compañía, el agotamiento me vencía. Me acurruqué, cerré los ojos y dejé que el sueño comenzara a envolverme, despreocupada. No podía imaginar que justo al otro lado de la puerta, Steven aguardaba, pacientemente, observando la penumbra y escuchando el silencio, esperando que cayera en un sueño profundo para ejecutar el plan que había planeado.

Justo alrededor de la medianoche o quizás pasada la una de la madrugada, Steven se deslizó dentro de la habitación en completo silencio. Al no sentir ningún movimiento de mi parte, asumió que estaba en un sueño profundo y aprovechó la oportunidad para levantar la cobija y descubrir mis pies. Antes de que pudiera siquiera sentir el cambio de temperatura en ellos, se lanzó sobre mis piernas, inmovilizándome.

Me desperté de un sobresalto, apenas comprendiendo lo que pasaba, y justo cuando abrí la boca para decir algo, sentí sus manos atacando sin piedad las plantas de mis pies. Las cosquillas eran brutales, disparando carcajadas incontrolables y provocando que intentara mover las piernas, pero Steven había calculado todo. Sus manos no daban tregua; sus dedos se deslizaban, presionaban y trazaban líneas rápidas en cada punto débil de mis pies, arrancándome risas explosivas y gritos de desesperación mientras me retorcía, incapaz de quitármelo de encima.

Apenas sus dedos tocaron mis pies, exploté en carcajadas descontroladas. “¡JAJAJAJAJA! ¡No, no, por favor, JAJAJAJAJAJA, Steven, nooo!”, grité, suplicando entre risas desesperadas. Sentía sus manos concentrándose en los arcos, justo donde las cosquillas me resultaban insoportables. Mis pies intentaban escapar, pero él sujetaba mis piernas con firmeza, manteniéndome atrapada.

“¡AHAHAHAHA! ¡Por favor, no más, JAJAJAJAJA! ¡Te lo ruego, no mis pies!”, gemí, pero él ignoró cada súplica, intensificando las cosquillas justo en los dedos, un área hipersensible que me hacía gritar y soltar carcajadas incontrolables.

“¡AAAHAHAHA! ¡Steven, ya basta, por favor! ¡No lo soporto, JAJAJAJAJAJA!”, continué entre risas y gritos, moviéndome inútilmente para liberarme. Pero cada vez que intentaba alzar un pie o retorcerme, él encontraba otro punto sensible, torturando cada rincón de mis plantas y dejándome completamente a su merced.

Finalmente, tal como había comenzado, Steven dejó de hacerme cosquillas de forma abrupta. Respirando entrecortada y con el corazón latiéndome a mil, lo observé mientras se levantaba sin decir una palabra. Sus movimientos eran lentos y casi robóticos, y al ver su mirada perdida, me di cuenta de algo sorprendente: parecía estar en un estado de sonambulismo.

Mientras él se alejaba de la cama, me quedé inmóvil, sin saber si despertarlo o dejarlo marchar. Aunque aún sentía las cosquillas residuales en mis pies, me invadió una mezcla de alivio y confusión. «¿Habrá estado dormido todo este tiempo?», pensé, tratando de entender lo que acababa de ocurrir.

Apenas Steven salió de mi habitación, no dudé en levantarme rápidamente, con el corazón aún acelerado, y fui directo a ponerle seguro a la puerta. Quería asegurarme de que no habría más sorpresas en medio de la noche. Una vez que el cerrojo estuvo en su lugar, respiré profundo, tratando de calmarme, y regresé a la cama, arropándome bien. Me aseguré de que mis pies estuvieran bien cubiertos esta vez, sin intención de pasar por otra experiencia similar.

Con la puerta asegurada y el agotamiento comenzando a hacer efecto de nuevo, cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño, sintiéndome finalmente en paz.

Me levanté bien temprano, alrededor de las 5 a.m., y me preparé rápidamente. Después de una ducha refrescante, me puse un short de jean, una camiseta blanca y mis Converse blancas. Me dejé el pelo suelto, todavía recuperándome un poco de la sorpresa de la noche anterior, pero lista para seguir adelante. Cuando salí de mi habitación a las 6 a.m., ya lista, encontré a Steven sentado en el comedor con una taza de café, mirándome con su expresión habitual.

Sonrió como si nada hubiera pasado y me preguntó casualmente, «¿Cómo dormiste?»

Su tono desenfadado me hizo dudar por un momento, pero respiré hondo y respondí, tratando de mantener la calma, «Bien… aunque un poco inquieta.»

Lo miré con curiosidad y, sin rodeos, le pregunté, «¿Eres sonámbulo o algo así, Steven?»

Él levantó una ceja, claramente sorprendido por la pregunta, y dejó su taza de café en la mesa. «¿Sonámbulo? No, que yo sepa… ¿Por qué lo preguntas?»

Tomé un sorbo de mi bebida antes de responder, eligiendo mis palabras con cuidado. «Bueno, anoche… algo extraño pasó.»

Steven me miró con incredulidad mientras le contaba. «¿Extraño en qué sentido?», preguntó, claramente intrigado.

«Entraste a mi habitación como a la 1 a.m.,» le expliqué, aún un poco desconcertada al recordarlo. «Te tiraste sobre mis piernas y empezaste a hacerme cosquillas intensas en las plantas de mis pies durante al menos cinco o diez minutos. Yo apenas podía moverme de la risa, pero cuando terminaste, te levantaste con una mirada perdida y saliste como si nada.»

Él frunció el ceño, procesando lo que le acababa de contar. «No recuerdo haber hecho nada de eso,» dijo lentamente, como si intentara buscar algún indicio en su mente. «Es más, nunca he sido sonámbulo… pero eso suena demasiado raro.»

Lo observé por un momento, tratando de captar si realmente estaba tan sorprendido como parecía.

Después de escuchar su explicación y notar su confusión, decidí no darle más vueltas al tema. Cambié de tema y le dije: «Bueno, mejor hablemos de la sesión de hoy. Recuerda que tengo que salir hacia el aeropuerto alrededor de las 4 de la tarde, así que sería ideal hacer la sesión por la mañana.»

Steven asintió, ya en modo organizador. «Claro, tengo todo preparado. Hoy será algo diferente y más breve, así que alcanzamos sin problema.» Me explicó algunos detalles y aseguró que esta sesión sería una experiencia única para despedirme, aunque sin especificar demasiado.

Con una mezcla de anticipación y curiosidad, me preparé mentalmente para la mañana que teníamos por delante.

Después de escuchar los detalles, decidí que lo mejor era enfocarme en la experiencia y disfrutarla. Steven me llevó al granero y, mientras caminábamos, me explicó que había hecho algunos ajustes especiales para hacer de esta sesión algo memorable.

Al llegar, noté que había preparado una silla más elaborada, equipada con soportes acolchados para que pudiera levantar los brazos cómodamente y un cepo que aseguraba mis tobillos sin demasiada presión. Me miró con una sonrisa y dijo: “La idea es que disfrutes y te relajes en esta última sesión, así que cualquier cosa, solo dime, ¿de acuerdo?”.

Me senté y me acomodé mientras él me ayudaba a asegurarme en la posición. Finalmente, Steven dio unos últimos retoques, asegurándose de que todo estuviera en su lugar. Con una sonrisa confiada, me miró y dijo: “Listo, ¡empezamos!”

Al introducir mis pies en el cepo, Steven se aseguró de que estuvieran bien colocados, ajustando los orificios de manera que no hubiera forma de moverlos. Luego, con cuidado y atención, comenzó a asegurar mis muñecas con correas a los costados de la silla, asegurándose de que estuvieran firmes pero cómodas.

“Así estarás bien sujeta y podrás disfrutar sin preocupaciones”, me dijo mientras se aseguraba de que todo estuviera en su lugar. Me miró a los ojos, transmitiendo una mezcla de seriedad y diversión.

“Hoy será un poco diferente”, añadió, “porque no solo los perros participarán. Quiero que sientas cómo diferentes texturas y lenguas te estimulan de maneras inesperadas”. Con esas palabras, mi corazón comenzó a latir más rápido, anticipando la experiencia que estaba a punto de vivir.

Apenas mis pies estuvieron untados con abundante miel, las cabras se acercaron con curiosidad y comenzaron a lamer la miel con sus lenguas ásperas. La combinación de la suavidad de la miel y la textura rugosa de sus lenguas hacía que el cosquilleo aumentara poco a poco, intensificándose a medida que sus lenguas alcanzaban los puntos más sensibles de mis pies: mis arcos y dedos.

No pude contenerme y empecé a mover los pies de un lado a otro, riendo entre carcajadas mientras intentaba esquivar esas lenguas juguetonas. Cada lamido provocaba una sensación de cosquillas intensas que recorría todo mi cuerpo, haciéndome reír aún más. Era difícil concentrarme en otra cosa mientras las cabras continuaban lamiendo mis plantas, y no podía evitar la sensación de vulnerabilidad y diversión que se apoderaba de mí.

A medida que la sesión avanzaba, la risa se mezclaba con el cosquilleo, llevándome a disfrutar de la experiencia de una manera inesperada.

Yo continuaba riendo a carcajadas, moviendo mis pies de un lado a otro, intentando huir de las intensas cosquillas que me hacían las cabras con su lengua áspera, que lamía todos los rincones de mis pies. «¡Ay, no, por favor!» exclamé entre risas, mientras las cabras seguían lamiendo la miel. Cada lamido era una nueva oleada de cosquillas que me dejaba sin aliento, y no podía evitar soltar gritos de desesperación mezclados con carcajadas.

«¡Eso no! ¡Es demasiado!», grité entre risas, sintiendo cómo la risa se apoderaba de mí. A pesar de mis intentos por controlar la situación, cada vez que una de ellas alcanzaba un punto más sensible, me hacía retorcerme en la silla, intentando escapar de esa sensación que me dominaba. Era una experiencia completamente nueva y emocionante, y la mezcla de risa y desesperación era abrumadora.

La miel comenzaba a escasear en mis pies, y con cada lamido de las cabras, la sensación se intensificaba. La lengua áspera de los animales parecía raspar suavemente la piel de mis plantas, y las cosquillas se volvían cada vez más intensas. «¡Ay, no, ya no más!» gritaba entre carcajadas, sintiendo que me retorcía en la silla, tratando de escapar de esa sensación que me dominaba por completo.

Las cabras, al no encontrar más miel, se enfocaban en explorar cada rincón de mis pies, y eso hacía que las carcajadas escaparan de mis labios sin control. «¡Steven, no puedo más!», exclamé entre risas, mientras él permanecía al margen, observando la escena con una sonrisa satisfecha, disfrutando del espectáculo que había creado. Era una mezcla de risa, desesperación y un deseo de que esa tortura, por alguna extraña razón, nunca terminara.

Comencé a gritar, y mis carcajadas resonaban en el granero con cada paso de la lengua áspera de las cabras por mis plantas. «¡JAJAJAJA, por favor, ya no puedo más!» exclamé entre risas desesperadas, sintiendo cómo la intensidad de las cosquillas se apoderaba de mí. Las cabras seguían lamiendo insaciablemente, cada movimiento de sus lenguas enviando descargas de cosquillas por todo mi cuerpo.

La mezcla de risa y gritos escapaba de mí sin poder detenerme. «¡AAAAAHHHHH, no, por favor, basta!» gritaba mientras movía mis pies de un lado a otro, tratando de escapar de aquellas lenguas traviesas que parecían no tener fin. Cada lamido era un torbellino de sensaciones que me hacía reír a carcajadas, sintiendo cómo la desesperación crecía en mí. ¡Era una locura!

Mientras yo continuaba con gritos desesperados, Steven simplemente observaba con una sonrisa, diciendo: «Parece que las cabras te hacen muchas cosquillas.» Su tono era casi burlón, como si disfrutara de mi tormento.

«¡No puedo más! ¡Por favor, deténganse!» grité entre carcajadas, sintiendo cómo la lengua áspera de las cabras seguía explorando cada rincón de mis pies. Mis risas se mezclaban con mis súplicas, mientras intentaba, sin éxito, mover mis pies para alejarme de aquel cosquilleo interminable. La situación era intensa, y la combinación de sensaciones solo hacía que mis carcajadas se volvieran aún más incontrolables.

Las cabras continuaban lamiendo, buscando hasta el último rastro de miel en mis plantas, y cada lamido parecía más intenso y cosquilloso que el anterior. Mis carcajadas eran incontrolables, desbordando en risas desesperadas.

«¡Por favor, ya basta! ¡No aguanto más! ¡Ja-ja-ja-ja! ¡Aaah, Steven, por favor!» supliqué, mientras mis pies se movían frenéticamente, tratando de escapar de esas lenguas ásperas que parecían encontrar cada rincón hipersensible. Steven, de pie y con los brazos cruzados, observaba complacido, disfrutando de mi rendición a la intensa tortura de cosquillas.

Cada vez que las cabras alcanzaban mis arcos o pasaban entre mis dedos, una nueva oleada de carcajadas me sacudía. «¡Aaaah! ¡JAJAJAJA! ¡No más, Steven, ya, por favor!»

Movía mis pies de un lado a otro, tratando desesperadamente de escapar de las ásperas lenguas de las cabras, pero ellas parecían seguir cada movimiento, insistiendo en lamer hasta el último rastro de miel en mis hipersensibles plantas. Cada vez que lograban alcanzarlos, el cosquilleo volvía con fuerza, arrancándome carcajadas y gritos incontrolables.

«¡Ja-ja-ja-ja! ¡Nooo! ¡Aaaah, no más, por favor!» gritaba, entre carcajadas intensas que apenas me dejaban respirar. Mis pies intentaban alejarse, pero las cabras simplemente seguían cada movimiento, asegurándose de no dejar ningún rincón sin lamer. Steven observaba en silencio, visiblemente complacido, mientras yo continuaba en mi frenesí de risa y súplicas desesperadas.

Finalmente, después de lo que parecieron horas pero en realidad solo fueron unos minutos, las cabras dejaron de lamer. Con los últimos rastros de miel desaparecidos de mis pies, Steven decidió retirar a ambas cabras, que ya habían cumplido su “misión”, alejándolas con calma y luego llevándolas fuera del granero. Me dejó un momento sola, aún atada a la silla y con los pies inmovilizados en el cepo.

Aproveché el breve respiro para tomar aire y tratar de calmarme, mis pies aún hormigueaban intensamente por las cosquillas que acababa de soportar. Respirando con profundidad, sentí cómo mi cuerpo intentaba recuperarse de la tortura. No sabía qué vendría a continuación, pero estaba segura de que Steven tenía más sorpresas preparadas para esta última sesión.

Steven volvió al granero, esta vez con un becerro que amarró cerca del cepo, tan cerca que su hocico quedaba a centímetros de mis pies. Intrigada y un poco nerviosa, le pregunté qué planeaba hacer con ese becerro, y él me respondió, con una sonrisa, que sería lo mismo que con las cabras, pero esta vez usando leche en lugar de miel.

Sin decir más, vertió una generosa cantidad de leche sobre mis pies, dejando que resbalara por los dedos y las plantas, cubriéndolos completamente. El becerro, atraído de inmediato por el olor, comenzó a lamer con entusiasmo. Su lengua era más grande y áspera que la de las cabras, y cada lamido alcanzaba todos los rincones de mis pies, incluso pasando sobre los empeines y recorriendo las plantas, lo que hacía que las cosquillas fueran aún más intensas.

En cuanto la lengua del becerro hizo contacto, no pude contener las carcajadas, que escaparon de mí sin control. «¡JAJAJAJAJAJA! ¡NOOO! ¡JAJAJAJA!» Cada lamida era un cosquilleo profundo e imposible de resistir, y mis pies se movían en todas direcciones, intentando sin éxito esquivar esa lengua que parecía seguir cada movimiento. Entre risas y gritos de desesperación, el cosquilleo aumentaba, y solo podía rogar que esta tortura no durara demasiado.

Steven vertía más leche sobre mis pies cada vez que el becerro parecía quedarse sin ella, prolongando su festín sin saber la tortura que realmente me estaba causando en mis hipersensibles pies. La lengua áspera del becerro pasaba sin descanso sobre cada rincón, arrancándome carcajadas y gritos de desesperación.

«¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO MÁS! ¡POR FAVOR, STEVEN!» Apenas podía articular las palabras entre las carcajadas, mientras la intensidad de las cosquillas subía tanto que sentía cada impulso nervioso atravesando todo mi cuerpo, hasta llegar a mi cabeza. Las sensaciones parecían hacerse más fuertes con cada segundo, y en ese momento, la risa y el cosquilleo se habían convertido en una sola cosa, empujándome al borde de la locura.

Sin embargo, lo peor llegó cuando el becerro, al notar la leche que resbalaba lentamente por mis plantas y talones, acercó su hocico y comenzó a succionar con fuerza. La sensación de su lengua áspera y cálida, combinada con la potente succión, me desbordó completamente.

«¡AAAAAAHHHH! ¡NOOO! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR, PARA, NO PUEDO MÁS!» Mis carcajadas eran incontrolables, y los gritos de desesperación salían de mí sin poder evitarlo. Las cosquillas se intensificaron de una manera que jamás había experimentado, invadiendo cada fibra de mi ser. Las sensaciones eran tan abrumadoras que sentía que apenas podía soportarlo; la succión y el roce de la lengua del becerro me llevaban a un nivel de cosquilleo que me hacía retorcerme en la silla, aunque sabía que no podía escapar.

Quería salir corriendo, alejarme de esa tortura, pero estaba tan bien asegurada en la silla y el cepo que apenas podía moverme. Sentía que mi suerte estaba echada y que no tenía escapatoria. Todo lo que podía hacer era soltar carcajadas interminables y gritos de desesperación, suplicando que parara de una vez.

«¡Por favor, no puedo más! ¡JAJAJAJA! ¡Déjame ir!» Mi voz salía entre risas y jadeos, mientras el becerro continuaba lamiendo y succionando cada rastro de leche de mis pies.

Steven solo observaba complacido, vertiendo lentamente lo que le quedaba de leche en el recipiente, alargando mi agonía sin mostrar prisa alguna. Cada vez que el líquido caía, sabía que otra ronda de intensas cosquillas estaba por venir, y la anticipación hacía que me retorciera aún más, sin saber cuánto más podía soportar.

Mi única opción era rendirme a las incontrolables cosquillas que el becerro me provocaba. Mientras seguía succionando y lamiendo con esa lengua áspera cada rincón de mis pies, las carcajadas, gritos y súplicas desesperadas escapaban de mis labios sin tregua.

«¡Por favor! ¡JAJAJAJA! ¡Ya no más! ¡AHHHHHH!» gritaba sin poder contenerme, intentando en vano mover mis pies en todas direcciones. Pero el becerro, con una precisión casi implacable, seguía cada movimiento, cubriendo mis plantas, talones y hasta los dedos, mientras Steven observaba la escena, disfrutando de mi tormento. Parecía que cada gota de leche que vertía solo intensificaba el cosquilleo, y no sabía cuánto más podría soportar sin perder completamente el control.

Apenas Steven salió del granero con el becerro, sentí que mi mente estaba al borde. Me encontraba tratando de recuperar el aliento y de calmar las cosquillas que aún parecían recorrerme los pies. Cada nervio en mis plantas y dedos aún palpitaba por la sensibilidad extrema de la sesión anterior. Jamás me había sentido tan agotada y, a la vez, tan vulnerable. Me preguntaba si había terminado, pero, en el fondo, sabía que Steven no había terminado aún.

Unos minutos después, Steven regresó al granero, y esta vez traía algo más. Sin decir una palabra, bajó un poco más la silla y el cepo, posicionándome en un ángulo que dejaba mis pies expuestos de manera ineludible. Sentí el corazón acelerarse nuevamente cuando vi cómo empezaba a untar una capa gruesa de melaza en mis plantas y entre mis dedos. La sustancia pegajosa y dulce cubría cada centímetro, haciendo que mi piel ya hipersensible pareciera aún más vulnerable.

Cuando salió y regresó con cuatro cerdos medianos, me di cuenta de que no tenía escapatoria. Sin perder tiempo, amarró los animales en los extremos del cepo, y apenas estos captaron el aroma de la melaza, se lanzaron hacia mis pies con avidez. Las lenguas de los cerdos, rasposas y rápidas, comenzaron a recorrer cada rincón de mis plantas, sus hocicos empujaban con fuerza, y yo no pude evitar romper en carcajadas y gritos desesperados. La intensidad de las cosquillas era tan extrema que sentía como si cada lamida y cada leve mordisco en mis dedos y talones me hacían perder cualquier intento de control.

“¡NO! ¡JAJAJAJAJA! ¡BASTA, POR FAVOR!” mis carcajadas y súplicas llenaron el granero mientras trataba en vano de mover mis pies, que parecían completamente a merced de esos hocicos insaciables. Steven, de pie, observaba en silencio, aparentemente deleitado con mi reacción. Yo, entre risas, gritos y súplicas, apenas podía soportar la sensación. Las cosquillas parecían intensificarse con cada segundo, llevándome a un punto en el que la desesperación y la risa parecían fusionarse en un torbellino incontrolable.

Finalmente, después de lo que parecieron ser minutos interminables, Steven decidió que había sido suficiente. Retiró a los cerdos, que parecían satisfechos con su festín, y se acercó a mí, que aún me recuperaba de la intensidad de la experiencia. Notó que ya no podía más; mis risas se habían convertido en jadeos y mis súplicas se desvanecieron en un leve murmullo.

Sin decir una palabra, Steven tomó un balde de agua y comenzó a verterla sobre mis pies, lavando la melaza y cualquier rastro de lo que había sido una sesión de cosquillas indescriptible. El agua fría me hizo sentir un alivio inmediato, y aunque mis pies seguían sensibles, el contacto refrescante me ayudó a volver un poco a la realidad.

Luego, con un movimiento rápido, me liberó del cepo y de la silla, permitiéndome finalmente ponerme de pie. Un instante de libertad que me hizo suspirar profundamente, sintiendo cómo la tensión acumulada comenzaba a disiparse.

“Puedes ir a limpiarte los pies,” dijo Steven, mientras sonreía, disfrutando de mi evidente alivio. Me levanté, aún un poco aturdida, y me dirigí hacia el pequeño lavabo en el rincón del granero. Al llegar, dejé que el agua fluyera sobre mis pies, sintiendo cada gota como un bálsamo.

Mientras me limpiaba, no podía evitar recordar cada momento de la sesión. Las cosquillas habían sido extremas, llevándome a límites que nunca creí que experimentaría. Aun así, había algo en la experiencia que me dejaba con ganas de más, una curiosidad que no podía ignorar.

Finalmente, después de lo que parecieron ser minutos interminables, Steven decidió que había sido suficiente. Retiró a los cerdos, que parecían satisfechos con su festín, y se acercó a mí, que aún me recuperaba de la intensidad de la experiencia. Notó que ya no podía más; mis risas se habían convertido en jadeos y mis súplicas se desvanecieron en un leve murmullo.

Sin decir una palabra, Steven tomó un balde de agua y comenzó a verterla sobre mis pies, lavando la melaza y cualquier rastro de lo que había sido una sesión de cosquillas indescriptible. El agua fría me hizo sentir un alivio inmediato, y aunque mis pies seguían sensibles, el contacto refrescante me ayudó a volver un poco a la realidad.

Luego, con un movimiento rápido, me liberó del cepo y de la silla, permitiéndome finalmente ponerme de pie. Un instante de libertad que me hizo suspirar profundamente, sintiendo cómo la tensión acumulada comenzaba a disiparse.

“Puedes ir a limpiarte los pies,” dijo Steven, mientras sonreía, disfrutando de mi evidente alivio. Me levanté, aún un poco aturdida, y me dirigí hacia el pequeño lavabo en el rincón del granero. Al llegar, dejé que el agua fluyera sobre mis pies, sintiendo cada gota como un bálsamo.

Mientras me limpiaba, no podía evitar recordar cada momento de la sesión. Las cosquillas habían sido extremas, llevándome a límites que nunca creí que experimentaría. Aun así, había algo en la experiencia que me dejaba con ganas de más, una curiosidad que no podía ignorar.

Me puse mis zapatos y me arreglé un poco, asegurándome de que todo luciera presentable después de la intensa sesión. Luego, me dirigí al baño para lavarme las manos y refrescarme. El agua fría me ayudó a despejar la mente y a recordar que, a pesar de lo loco de la experiencia, había sido un momento único.

Tomé un sorbo de agua para hidratarme, sintiendo cómo cada trago me revitalizaba. Ya más calmada, volví al granero, donde Steven me esperaba con una sonrisa.

“Si te ofendí o me pasé un poco en las sesiones con los animales, te pido disculpas,” dijo con sinceridad, su mirada reflejaba preocupación.

Le aseguré que no había problema, que había disfrutado de la experiencia en su totalidad, aunque me había llevado al límite. La adrenalina aún corría por mis venas, y no podía evitar sonreír al recordar las risas y la locura de los momentos vividos.

Steven me entregó el sobre con el dinero pactado. Lo abrí brevemente, asegurándome de que todo estaba en orden, y lo guardé en mi bolso. “Gracias por todo, realmente fue algo inesperado,” le dije, sintiendo un ligero calor en las mejillas.

Finalmente, me subí a mi vehículo, un suspiro de alivio escapó de mis labios mientras encendía el motor. El viaje de regreso a casa sería un momento de reflexión sobre lo que había vivido. La carretera se extendía ante mí, y aunque había pasado por una experiencia inusual, sabía que sería un recuerdo imborrable que me acompañaría durante mucho tiempo.

Después de casi cuatro horas de camino, finalmente llegué a mi apartamento. La sensación de estar en casa era reconfortante. Entré y me di una ducha caliente, dejando que el agua relajara mis músculos y me ayudara a desprenderme de la intensidad de la jornada. El vapor llenaba el baño, y me permití disfrutar de un momento de tranquilidad mientras pensaba en lo que había experimentado.

Al salir, me puse una ropa cómoda y me acosté en mi cama, sintiendo cómo el cansancio me envolvía. A pesar de la agotadora jornada, mi mente seguía activa, repasando cada detalle de la sesión. Me reí para mis adentros al recordar las carcajadas, los gritos y la locura de las cabras y el becerro, una experiencia que sería difícil de olvidar.

Al día siguiente, tenía la tarea de documentar todas las experiencias vividas en mi tesis para el doctorado. Sabía que debía ponerme seria y organizar mis pensamientos, pero no podía evitar sentir una chispa de emoción. Había mucho material que procesar, y la manera en que estas vivencias se entrelazaban con mi investigación sobre las reacciones humanas ante las cosquillas y la risa prometía dar un enfoque único a mi trabajo.

Con esa idea en mente, me acomodé en la cama, cerré los ojos y dejé que el sueño me alcanzara, lista para enfrentar lo que el nuevo día traería.

A la mañana siguiente, me levanté temprano, sintiendo la energía fluir a través de mí. Después de una rápida ducha, me cambié y salí a trotar por el vecindario. El aire fresco de la mañana me revitalizó, y cada paso me ayudaba a despejar la mente antes de enfrentar la tarea del día. Al regresar, disfruté de una taza de café caliente y un batido de frutas, sintiéndome lista para el día que tenía por delante.

Una vez que terminé de desayunar, volví a ducharme y me cambié nuevamente. Con la mente despejada y motivada, me senté a documentar las experiencias que había vivido en los últimos días. Comencé por la sesión con los tres chicos, recordando cada detalle: sus risas, las dinámicas de las cosquillas, y cómo me hicieron sentir en esos momentos.

Luego, pasé al chico que se quedó, el fetichista de pies. Reflexioné sobre la conexión que había sentido, y cómo su interés en mis pies había añadido una dimensión diferente a la experiencia. Finalmente, dejé para el final la intensa vivencia en la granja de Steven. La interacción con los animales, las risas y los gritos de desesperación eran momentos que merecían ser contados con cada detalle.

No podía olvidar la experiencia con el sonambulismo de Steven. Me reí al recordar cómo me hizo cosquillas en su estado de sueño profundo, y cómo él no tenía idea de lo que había hecho al día siguiente. Documenté todo esto con precisión, asegurándome de que cada emoción, cada risa y cada grito quedara plasmado en mi tesis.

A medida que escribía, sentía que cada experiencia se convertía en un capítulo más de mi vida. Era fascinante cómo las cosquillas y la risa podían entrelazarse con la psicología humana, y cada relato que plasmaba en el papel era un paso más hacia la finalización de mi proyecto.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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