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El día por fin llegó. Después de semanas de preparación, nervios y expectativas, tenía mi primera cita para la revisión del proyecto antes de la sustentación del doctorado. Me sentía algo ansiosa, pero también emocionada de avanzar en este proceso tan importante.
La carta que había recibido era bastante formal, firmada por el comité revisor del doctorado, pero indicaba claramente que esta primera revisión no requería traje formal, solo ropa cómoda. Agradecí el detalle porque al menos eso me quitaba un poco de presión.
Me vestí con un conjunto sencillo: unos pantalones de tela suave, una blusa fresca y unas zapatillas cómodas. Cargué mi laptop, copias impresas del documento, y algunos apuntes en caso de necesitar referencias rápidas.
Al llegar al lugar estipulado, me encontré con una sala amplia pero acogedora, iluminada por grandes ventanales que dejaban entrar mucha luz natural. Había una mesa redonda en el centro y, alrededor de ella, algunas sillas. Sobre la mesa, algunos materiales del comité: hojas, tazas de café, y lo que parecía ser una agenda del día.
El ambiente era relajado, pero la presencia de los tres miembros del comité —dos mujeres y un hombre, todos con semblantes serios pero cordiales— hacía que la sensación de estar bajo evaluación no desapareciera del todo.
—Bienvenida —dijo una de las mujeres, con una sonrisa profesional mientras extendía su mano para saludarme—. Por favor, toma asiento.
Me senté con cuidado, colocándome frente a ellos. Tras las presentaciones iniciales, comenzaron a explicarme cómo funcionaría esta primera revisión:
—Queremos que nos hables sobre tu proyecto en términos generales. No será un análisis exhaustivo hoy; más bien buscamos entender el enfoque, identificar áreas clave y darte nuestras primeras impresiones —dijo el hombre del comité, ajustándose sus gafas.
Tomé un sorbo de agua para calmarme y comencé a hablar, explicando los puntos principales de mi trabajo. Mientras lo hacía, observaba sus expresiones y gestos, tratando de interpretar su reacción. Tomaban notas de vez en cuando, asentían, y de vez en cuando hacían alguna pregunta puntual para aclarar ciertos detalles
El tiempo pasó más rápido de lo que esperaba. Cuando terminé mi exposición inicial, el jurado empezó a profundizar con preguntas más específicas que me tomaron un poco por sorpresa.
—¿Por qué decidiste trabajar con el tema de las cosquillas? —preguntó una de las mujeres, inclinándose ligeramente hacia adelante con interés.
Tomé aire y expliqué:
—Es un tema poco explorado en el ámbito académico, pero tiene implicaciones interesantes tanto en la psicología como en la neurociencia. Además, creo que puede generar nuevas perspectivas en el estudio de estímulos sensoriales y su relación con las emociones.
El hombre del jurado asintió, pero hizo otra pregunta:
—¿Y por qué decidiste participar tú misma como conejillo de indias en las sesiones?
Sonreí con algo de nerviosismo, pero mantuve la compostura.
—Quería entender de manera más profunda cómo se experimentan las cosquillas desde el punto de vista subjetivo, además de observar la respuesta del cuerpo y las emociones. Sentí que ser parte activa del experimento me permitiría obtener datos más auténticos y directos.
Otra de las mujeres, que había estado tomando notas, levantó la vista y preguntó con curiosidad:
—Mencionaste en tu proyecto que tus pies son tu punto más cosquilludo. ¿Por qué decidiste someterte a sesiones que se enfocaran precisamente en esa área?
Esta pregunta me hizo sonrojar levemente, pero respondí con sinceridad:
—Es cierto, mis pies son extremadamente sensibles, y eso representaba un desafío personal. También me parecía interesante explorar cómo una zona tan vulnerable podía generar respuestas físicas y emocionales tan intensas. Pensé que ese nivel de sensibilidad podía enriquecer los resultados del estudio.
El jurado intercambió miradas y sonrisas cómplices, mostrando que mi respuesta les había intrigado. Luego, uno de ellos añadió:
—¿Y qué sensaciones experimentabas al recibir las cosquillas durante las sesiones?
Suspiré, recordando esas experiencias, y respondí:
—Es una mezcla de emociones. Hay risas incontrolables, una sensación de pérdida de control, y un desafío mental al tratar de resistir o entender lo que está ocurriendo. Es curioso, porque aunque resulta abrumador, también hay un componente de diversión y adrenalina.
El jurado tomó notas rápidamente, y el ambiente de la reunión cambió ligeramente. Las preguntas parecían reflejar tanto un interés profesional como una genuina curiosidad personal por el tema.
El jurado intercambió miradas y, para mi sorpresa, comenzaron a compartir sus propias experiencias con las cosquillas.
—Te admiro por haber soportado sesiones enfocadas en tus pies —dijo una de las mujeres, una señora de unos 50 años con un porte elegante—. Si a mí me hicieran eso, creo que perdería la razón. Mis pies son terriblemente cosquillosos.
—¡Qué curioso! —interrumpió la otra mujer, más joven y con una sonrisa divertida—. Yo no podría soportar algo así, pero en mi caso serían mis axilas y costillas. Apenas alguien intenta hacerme cosquillas ahí, me descompongo de la risa.
Todos rieron, incluido el hombre del jurado, quien se inclinó hacia adelante con una sonrisa que delataba su interés.
—Bueno, ahora que lo mencionan —dijo, dirigiéndose a nosotras tres—, creo que sería fascinante experimentar haciéndoles cosquillas a las tres. Por supuesto, todo en nombre de la ciencia, ¿no?
Las dos mujeres del jurado lo miraron con asombro y rieron, mientras yo no sabía si reírme o sonrojarme por completo.
—Eso definitivamente sería un experimento interesante —respondí, tratando de mantener la compostura y desviando la conversación hacia un tono más académico, aunque el ambiente ya se había tornado más relajado y personal.
El hombre siguió sonriendo, y las dos mujeres intercambiaron miradas cómplices antes de que volvieran a centrarse en mi proyecto. Sin embargo, aquella confesión grupal dejó una curiosa sensación en el aire, como si hubiéramos cruzado un umbral inesperado en nuestra interacción.
Tras mi comentario sobre el experimento, el hombre del jurado sonrió ampliamente y dijo:
—¿Y por qué no probar de una vez? Estamos aquí, ¿no? —dijo con tono jovial, provocando risas nerviosas de las dos mujeres del jurado.
—¿Cómo así? —pregunté, intentando mantenerme tranquila mientras sentía que el ambiente cambiaba de inmediato.
—Nada formal, claro —aclaró él—. Pero creo que sería interesante tener una muestra práctica. Podríamos verificar esas teorías sobre la sensibilidad en diferentes zonas del cuerpo.
Las dos mujeres intercambiaron miradas, y la más joven, aún sonriendo, comentó:
—Bueno… no sería la primera vez que en una revisión académica terminamos con un experimento inesperado.
La mujer mayor levantó una ceja, pero no rechazó la idea de inmediato.
—Tendría que ser equitativo, ¿cierto? Si experimentamos con la doctora aquí presente, también deberíamos someternos nosotras. Aunque… —hizo una pausa—… como dije antes, en mis pies perdería la cordura.
—¡Ah, claro! Todo en pro de la investigación —dijo el hombre, claramente disfrutando la dirección de la conversación.
Mi corazón latía con fuerza. Había entrado a la sala preparada para responder preguntas sobre mi proyecto, no para ser puesta en la línea de fuego, literalmente.
—Bueno, ¿quién empieza? —preguntó él con una sonrisa que no dejaba claro si hablaba en serio o seguía bromeando.
Las miradas ahora estaban puestas en mí.
La jurado más joven, una mujer de unos 42 años, con cabello castaño recogido en un moño bajo y una actitud siempre profesional, sorprendió a todos al dar un paso adelante.
—Si vamos a probar esto, puedo ser la primera. Pero sean considerados —dijo, soltando una risa nerviosa mientras se quitaba el saco y se acomodaba en la silla al centro de la sala.
El hombre del jurado y la mujer mayor no tardaron en ponerse de pie, siguiéndome en torno a la voluntaria. Yo, aún algo atónita pero también intrigada, me acerqué junto a ellos.
—Muy bien, doctora —dijo el hombre con tono jocoso, alzando las manos como si fueran instrumentos quirúrgicos—, prepárese para reír.
La mujer en la silla cerró los ojos un segundo, anticipando lo que venía. Apenas empezamos, un toque suave en sus costillas fue suficiente para que se inclinara hacia un lado y soltara una carcajada espontánea.
—¡Jajajajaja! ¡No sean tan crueles, por favor! —gritó entre risas, mientras la mujer mayor se enfocaba en sus axilas y yo probaba en su cintura.
—¡Oh, esto es increíble! —comentó el hombre mientras deslizaba sus dedos con delicadeza por las plantas de sus pies. Su reacción fue explosiva:
—¡JAJAJAJAJA! ¡No, no, no! ¡Mis pies no, por favor! ¡Jajajajajajaja!
Sus piernas se movían con fuerza, intentando escapar del ataque, pero el jurado mayor sujetó sus tobillos suavemente para mantenerla en posición. Yo me uní al ataque en sus pies, pasando mis dedos por el arco de uno mientras el hombre seguía con el otro.
—¡Está claro que tiene mucho en común con el sujeto del experimento! —dije riendo, mientras ella apenas podía respirar entre carcajadas.
La mujer mayor se inclinó hacia sus costillas, explorando con precisión y provocándole movimientos aún más desesperados.
—¡Esto es peor de lo que imaginé! —jadeó entre risas, mientras todos nos manteníamos en nuestra tarea sin piedad.
La otra jurado y yo decidimos intensificar el ataque, enfocándonos en sus costillas, cintura y axilas. Nuestros dedos se movían rápidamente, explorando cada rincón vulnerable de su torso. Ella arqueaba la espalda y se retorcía en la silla, soltando carcajadas que llenaban la sala.
—¡JAJAJAJAJA! ¡No puedo más, por favor! ¡Jajajajajajaja!
Mientras tanto, el hombre del jurado había tomado un enfoque más específico en sus pies. Sus dedos se deslizaron suavemente sobre sus plantas cubiertas con medias veladas, provocando una reacción inmediata.
—¡AAAAHHHHH JAJAJAJAJA NOOOOOO! ¡Mis pies, no, no, no! ¡Jajajajaja!
Curiosamente, aunque había afirmado que sus axilas y costillas eran su punto más cosquilloso, la intensidad de sus gritos y súplicas dejaba claro que sus pies eran extremadamente sensibles. Cada vez que los dedos del hombre se concentraban en el arco o los dedos, sus carcajadas se volvían más agudas y desesperadas.
—¡Piedad, por favor! ¡Mis pies no aguantan más! ¡Jajajajajajaja, basta!
—¡Vaya sorpresa! —comentó la otra jurado mientras seguía atacando sus costillas—. Dijiste que tus axilas eran lo peor, pero parece que tus pies tienen otro nivel.
—¡Esas medias hacen que todo sea peor! ¡Jajajajajajaja, por favor, no más!
El hombre se detuvo por un momento, solo para mirar con una sonrisa traviesa.
—Tal vez las medias sean parte del secreto —dijo, pasando las yemas de sus dedos nuevamente por las plantas de sus pies, provocando un nuevo estallido de risas.
—¡AAAAHHHH JAJAJAJAJAJA NOOOOOOO! ¡Basta, basta, basta, no puedo más!
—Tal vez las medias sean parte del secreto —dijo, pasando las yemas de sus dedos nuevamente por las plantas de sus pies, provocando un nuevo estallido de risas.
—¡AAAAHHHH JAJAJAJAJAJA NOOOOOOO! ¡Basta, basta, basta, no puedo más!
La otra jurado y yo nos miramos, y sin necesidad de palabras, decidimos unirnos al ataque. Nos colocamos junto al hombre, cada una tomando un pie. Nuestros dedos se deslizaron sobre las plantas, enfocándonos en los arcos y los dedos, mientras las medias amplificaban cada cosquilla.
—¡NOOOOOO! ¡POR FAVOR, NOOOO! ¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡BASTA, SE LOS SUPLICO! ¡Jajajajajajajaja!
La sala se llenó de sus gritos y carcajadas desesperadas. Se retorcía con fuerza en la silla, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras sus pies trataban inútilmente de escapar de nuestros dedos implacables.
—¡Piedad! ¡Piedaaaaad! ¡Por favor, no aguanto más! —gritaba entre risas, su voz entrecortada por la intensidad de las cosquillas.
—Parece que hemos encontrado tu verdadero punto débil —bromeó la otra jurado, deslizando sus uñas por el arco de uno de los pies.
—¡Jajajajajaja, sí, sí, son mis pies, pero ya paren! ¡Jajajajajajaja, no más, no más, lo juro!
Nosotras no mostramos ninguna misericordia, alternando entre pasar nuestras uñas por las plantas y concentrarnos en los dedos, mientras el hombre utilizaba movimientos rápidos y ligeros en los talones y los bordes externos.
—¡AAAAAHHHHH JAJAJAJAJAJA! ¡LOS ODIO A TODOS, Jajajajajajajaja! ¡PIEDAAAAAD!
Después de un último ataque conjunto, donde sus risas se volvieron incontrolables y sus gritos llenaron la sala, decidimos detenernos, permitiéndole un respiro. Ella se quedó jadeando, completamente agotada, con lágrimas de risa corriendo por sus mejillas y su cabello desordenado.
—Ustedes… ustedes son crueles —logró decir entre risas suaves, aún recuperando el aliento.
Después de unos momentos de risas y respiros profundos, la jurado más joven finalmente se recuperó, aunque seguía sonriendo entre jadeos. Fue entonces cuando las miradas de todos se posaron en mí.
—Bueno, ya que propusiste el experimento… creo que es justo que tú seas la siguiente —dijo el hombre con una sonrisa maliciosa.
—¡Exacto! —añadió la otra jurado, levantando una ceja con complicidad—. Después de todo, ¿no eras tú quien hablaba de las experiencias extremas con cosquillas?
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué? ¿Yo? No, no, no… no creo que sea necesario… —intenté zafarme, levantando las manos en señal de protesta mientras retrocedía.
—Nada de eso —dijo la jurado más joven, todavía riendo, aunque con una chispa de venganza en los ojos—. Si yo pude soportarlo, tú también.
Antes de que pudiera reaccionar, los tres se acercaron rápidamente y, entre risas y comentarios bromistas, me guiaron hacia la silla en el centro de la sala.
—¡No, esperen! ¡No es necesario! ¡JAJAJAJA! —protesté entre carcajadas nerviosas mientras me sentaban y comenzaban a asegurar mis muñecas y tobillos con cintas.
El hombre dio una palmada.
—Listo. Ahora, vamos a descubrir si realmente eres tan cosquillosa como decías.
Los tres se colocaron estratégicamente a mi alrededor. La jurado más joven se situó detrás de mí, colocando sus dedos en mis axilas, mientras la otra jurado se agachaba frente a mí, colocando sus manos en mis costillas y cintura. El hombre, con una sonrisa traviesa, se arrodilló a los pies de la silla, justo frente a mis pies aún cubiertos por las zapatillas deportivas.
—¿Lista? —preguntó él, aunque estaba claro que no esperaba respuesta.
—¡NOOOO! ¡ESPEREN! ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
Sin más preámbulos, comenzaron. Las manos de la jurado detrás de mí acariciaban mis axilas y hombros, mientras la otra se enfocaba en mis costillas, hundiendo sus dedos entre cada espacio con precisión. Pero lo peor fue sentir cómo el hombre comenzó a quitarme las zapatillas lentamente.
—¡NO, NO, NO, MIS PIES, POR FAVOR! —grité entre carcajadas, sabiendo exactamente lo que vendría.
Cuando finalmente logró quitarme las zapatillas y dejó al descubierto mis calcetines, comenzó a pasar sus dedos por las plantas de mis pies con movimientos ligeros, casi burlones.
—¡AAAAAAHHHHH JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO, MIS PIES, NOOOO! —grité, retorciéndome lo poco que podía.
—Parece que encontramos tu punto más débil, ¿eh? —bromeó él mientras continuaba cosquilleándome sin piedad.
—¡BASTA, POR FAVOR, JAJAJAJAJAJAJA, NO PUEDO MÁS!
Las risas llenaron la sala nuevamente, esta vez con mis carcajadas desesperadas. No había escapatoria, y cada segundo se sentía como una eternidad de cosquillas.
Mis pies se movían como locos, intentando inútilmente escapar de las cosquillas que los tres me hacían al tiempo. Cada vez que intentaba apartarlos, el hombre los sostenía con firmeza, mientras sus dedos expertos deslizaban cosquillas devastadoras por mis plantas.
—¡JAJAJAJAJAJAJA NOOOOO! ¡POR FAVOR, NO MÁS! —gritaba entre carcajadas y lágrimas de risa, sintiendo cómo la energía me abandonaba.
La jurado más joven, aún posicionada detrás de mí, había intensificado sus ataques en mis axilas, sus dedos arañando sin piedad los huecos más sensibles. La otra jurado, entretanto, no dejó de trabajar en mis costillas y cintura, hundiendo sus dedos con precisión mientras murmuraba:
—Pensé que eras valiente para esto, pero parece que no puedes con tus puntos débiles.
—¡AAAAAHHHH JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡BASTA, POR FAVOR!
Pero ninguno de los tres mostró intención de detenerse. El hombre, ahora animado por mis intentos frenéticos de mover los pies, dijo con una sonrisa:
—Parece que tus pies tienen una mente propia. Vamos a calmarlos un poco.
Sujeté mis tobillos con fuerza, y la jurado a su lado se unió, asegurándose de que no pudiera moverme. Entre los dos comenzaron a atacar mis plantas simultáneamente. Sus dedos y uñas acariciaban cada rincón, desde los talones hasta los arcos y la base de los dedos, mientras yo seguía gritando y retorciéndome desesperada.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡MIS PIEEEES! ¡POR FAVOR, NO MÁS!
El caos continuó, mis carcajadas y gritos resonando por toda la sala. La combinación de las manos, los dedos y las risas de los tres era una tortura imparable. Sentía como si mi cuerpo entero se sumiera en un torbellino de cosquillas y desesperación, y no podía hacer nada más que rendirme a esa locura.
Lo peor llegó cuando, después de unos minutos de mi lucha inútil, el hombre miró a las dos mujeres y dijo con una sonrisa maliciosa:
—Creo que es hora de subir el nivel.
Sin previo aviso, comenzaron a quitarme los calcetines, a pesar de mis intentos desesperados por mover los pies y evitarlo.
—¡NO, NOOOO! ¡POR FAVOR, NO LO HAGAN! —grité con anticipación, sabiendo lo que venía.
El aire fresco rozó mis plantas ahora descalzas, y de inmediato supe que estaba perdida. Los tres se miraron con complicidad antes de atacar sin piedad mis pies desnudos. Sus dedos encontraron todos los puntos hipersensibles, explorando cada curva y arco con precisión meticulosa.
—¡AAAAAAHHHHH JAJAJAJAJAJAJAJAJA NOOOOOOOO! ¡MIS PIEEEES, POR FAVOR, BASTAAAAAA!
El hombre se concentró en mis talones y los arcos, trazando círculos lentos con las uñas mientras decía:
—Sabía que esto sería interesante, pero creo que tus pies descalzos son aún más sensibles de lo que imaginaba.
La jurado más joven se dedicaba a mis dedos, pasando sus uñas entre ellos y provocando carcajadas incontrolables.
—¡Miren cómo intenta moverlos! No hay forma de que escape de esto.
La otra jurado, por su parte, trabajaba en las suaves almohadillas de mis plantas, alternando entre suaves cosquillas y ataques rápidos con las uñas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡AAAAAHHHH NO PUEDO MÁS! ¡MIS PIEEEES!
El caos era absoluto. Sentía como si cada fibra de mi cuerpo estuviera sumida en una explosión de cosquillas, y mis carcajadas resonaban como un eco interminable en la sala. Por mucho que intentara retorcerme o escapar, ellos mantenían mis pies firmemente sujetos, asegurándose de que no pudiera encontrar ni un momento de alivio.
El ataque continuó sin piedad, mientras mi mente comenzaba a rendirse al torbellino de sensaciones.
Sentir el movimiento de cerca de 30 dedos deslizándose con precisión endiablada sobre mis hipercosquilludas plantas descalzas era un verdadero caos. Cada punto de contacto parecía amplificar la sensibilidad de mis pies. No podía controlar los gritos ni las carcajadas que salían de mi boca en un torrente interminable.
—¡NOOOO JAJAJAJAJAJAJA! ¡MIS PIEEEES, POR FAVOR, NO MÁS! —gritaba entre carcajadas, mientras ellos ignoraban completamente mis súplicas.
El hombre tomó la delantera, trazando líneas con sus uñas justo en el centro de mis arcos, mientras comentaba con una sonrisa:
—Es fascinante ver cómo incluso el más leve toque aquí puede desatar semejante reacción. Tus pies son un libro abierto para el caos.
La jurado más joven se dedicaba exclusivamente a mis dedos, deslizando los suyos entre cada uno de los míos, girando suavemente y luego atacando con un movimiento más rápido que me hacía retorcer aún más.
—Mírenla, ni siquiera puede mantenerlos quietos —comentó entre risas, mirando cómo intentaba desesperadamente mover mis pies para escapar de las cosquillas.
La otra jurado alternaba entre las almohadillas de mis plantas y los bordes externos de mis pies, usando sus uñas con una combinación de movimientos rápidos y ligeros que me arrancaban gritos descontrolados.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡AAAAAAHHH, NO PUEDO, NO PUEDOOOOO! —exclamé mientras lágrimas de risa corrían por mi rostro.
Sentía como si no hubiera escapatoria. La unión de los tres trabajando en perfecta sincronía sobre mis pies descalzos era devastadora. Mis carcajadas resonaban como un eco interminable, mientras mis pies se movían frenéticamente, sin lograr soltarse de sus manos firmes.
—Creo que encontramos su verdadero punto débil —dijo el hombre, riendo mientras sus dedos seguían trazando patrones sobre mis arcos.
—¡Esto es increíble! —añadió la jurado más joven, sin detenerse un segundo con sus ataques a mis dedos.
El ataque continuó con una intensidad que me dejaba completamente derrotada. Cada segundo parecía eterno, y mi mente oscilaba entre la desesperación y la absoluta rendición a las incontrolables sensaciones que recorrían mi cuerpo.
Finalmente, tras lo que parecieron horas, ellos redujeron la velocidad, aunque sus sonrisas cómplices dejaban claro que no planeaban detenerse del todo.
—¿Lista para la segunda ronda? —preguntó el hombre, mientras los otros dos reían.
Yo solo podía jadear, intentando recuperar el aliento, mientras me preparaba mentalmente para lo que estaba por venir.
Sin darme un momento de respiro, sin que lo esperara, las dos mujeres jurados volvieron a la carga. Sus dedos se deslizaron con precisión implacable sobre mis plantas descalzas, atacando cada centímetro vulnerable de mi piel.
—¡NOOOOOO JAJAJAJAJAJAJAJA, POR FAVOR, NOOO MÁS! —grité con todas mis fuerzas, aunque sabía que mis súplicas no servirían de nada.
Una de ellas, la más joven, se enfocó nuevamente en mis dedos, usando sus uñas para trazar líneas rápidas entre ellos mientras reía con diversión.
—Tus pies son un verdadero tesoro para las cosquillas —comentó mientras yo me retorcía sin remedio, intentando escapar de sus manos.
La otra jurado trabajaba a lo largo de los arcos y las almohadillas de mis plantas, alternando entre movimientos lentos y deliberados, y ataques repentinos y rápidos que me arrancaban carcajadas incontrolables.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡AAAAHHH, NO, NO PUEDO, POR FAVOR! —exclamé mientras sentía cómo mis pies temblaban bajo su ataque.
Por si no fuera suficiente, el hombre decidió unirse al asalto de una forma completamente diferente. Sus manos encontraron mi cintura, presionando y explorando los costados con una habilidad desconcertante que me hizo gritar de sorpresa y reír aún más fuerte.
—¡Tus pies no son lo único divertido! —dijo con una sonrisa maliciosa, mientras subía hacia mis costillas y luego hacia mis axilas, donde sus dedos se movían en círculos pequeños y precisos.
—¡AAAAHHH JAJAJAJAJAJAJAJAJA NOOOO, NO ALLÍ! —mis carcajadas resonaban en la sala, llenando cada rincón, mientras mi cuerpo entero intentaba retorcerse inútilmente bajo su ataque.
Las dos mujeres, sin dar tregua, intensificaron sus movimientos sobre mis pies. Una usaba las uñas para recorrer la curvatura de mis arcos, mientras la otra hacía cosquillas con movimientos rápidos y cortos sobre los talones y los bordes externos.
—¡Miren cómo intenta escapar! —comentó una de ellas, riendo, mientras sujetaban mis pies firmemente para evitar que pudiera moverlos.
El caos era absoluto. Mi mente estaba completamente saturada por la combinación de cosquillas en mis pies y mi torso. Sentía que mi cuerpo entero se rendía a ese torbellino de sensaciones, incapaz de encontrar alivio ni por un segundo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS, POR FAVOR, PIEDAAAAAAD! —grité una y otra vez, con lágrimas corriendo por mi rostro y mis carcajadas incontrolables llenando el aire.
Finalmente, tras lo que me pareció una eternidad, los tres se detuvieron. El silencio que siguió fue ensordecedor, roto únicamente por mis jadeos mientras intentaba recuperar el aliento. Mi cuerpo entero estaba agotado, temblando por el esfuerzo de resistirme inútilmente y por la intensidad de las sensaciones.
Las mujeres jurados y el hombre se miraron entre sí con sonrisas triunfantes, como si hubieran logrado una hazaña épica. Una de ellas bromeó:
—Creo que nunca había visto a alguien reír tanto en toda mi vida.
—Definitivamente fue una experiencia memorable —añadió el hombre, limpiándose las manos como si acabara de completar una tarea importante.
La otra mujer se inclinó hacia mí, colocando una mano amistosa en mi hombro mientras yo seguía recostada en la silla, totalmente rendida.
—Eres toda una campeona, no sé cómo lograste aguantar tanto.
—No… lo sé… —logré decir entre respiraciones, mi voz apenas un susurro.
Me soltaron con cuidado, dejándome libre finalmente. Sentí un alivio indescriptible al poder mover mis pies y brazos nuevamente, aunque estaban tan débiles que apenas podía sostenerme.
—Esto… no estaba en la agenda —logré decir con una débil sonrisa, intentando encontrar algo de humor en la situación.
—Quizás no, pero fue un experimento interesante —replicó el hombre, riendo.
—Y muy esclarecedor —añadió la mujer más joven—. Ahora entendemos perfectamente por qué este tema te apasiona tanto.
Aunque agotada y todavía algo aturdida, no pude evitar sonreír. Había sobrevivido al ataque más intenso de mi vida, y aunque el recuerdo seguiría haciendo eco en mi mente, también sentía una extraña sensación de logro. Una parte de mí sabía que esto era solo el principio de una experiencia aún más grande.
El hombre, con una sonrisa traviesa que ya conocíamos bien, se giró hacia la mujer mayor del jurado, quien hasta ese momento había permanecido como espectadora.
—Bueno, creo que ahora es tu turno, ¿no crees? —dijo, inclinándose hacia ella con un aire de complicidad.
La mujer levantó las manos, moviéndolas como si intentara detener la conversación antes de que avanzara más.
—¡No, no, no! ¡Por favor, yo no puedo con eso! —dijo, ya nerviosa, retrocediendo en su silla—. Les dije al principio que mis pies son demasiado cosquilludos… ¡no lo soportaría!
—Precisamente por eso —respondió el hombre con una sonrisa amplia—. Si tú misma admitiste que son tu punto más débil, creo que sería injusto no explorar esa vulnerabilidad.
Las otras dos mujeres, incluida yo, comenzamos a reír ante la situación. La mujer más joven del jurado agregó:
—¡Vamos, no tienes escapatoria! Todos pasamos por esto, y tú no vas a ser la excepción.
—¡No, en serio, no puedo! —rogó, aferrándose a los brazos de su silla como si eso fuera suficiente para evitar lo inevitable—. ¡Es demasiado para mí!
—Exactamente lo que dijeron antes de empezar —respondí, recordando mis propias palabras antes de ser sometida.
Sin darle más tiempo para resistirse, el hombre y la otra jurado se acercaron a ella, mientras yo, todavía recuperándome, no podía evitar reírme ante sus intentos fallidos de escapar.
—¡Noooo, por favor, no mis pies! ¡Mis pies nooo! —gritó, mientras lograban que se sentara en la misma silla en la que todos habíamos pasado.
Con movimientos decididos, le quitaron los zapatos, revelando un par de pies perfectamente cuidados, con uñas pintadas de un tono suave y piel que ya parecía proclamar su sensibilidad. La mujer se retorcía de anticipación, suplicando desesperadamente.
—¡No lo hagan, por favor! ¡No lo soportaré ni un segundo!
El hombre miró a las otra jurado y dijo con una sonrisa de complicidad:
—Esto va a ser interesante.
Y así comenzó la última sesión de cosquillas del día, con la mujer mayor del jurado gritando y riendo como nunca antes, mientras el resto de nosotros nos turnábamos para explorar los secretos de su increíble sensibilidad.
Sin perder tiempo, el jurado hombre, la jurado mujer joven y yo nos posicionamos alrededor de la mujer mayor, fijando nuestra atención en sus vulnerables pies. Sus plantas, desprovistas de calzado, eran de una suavidad impresionante, como si nunca hubieran sido sometidas al más mínimo desgaste.
—Esto explica por qué dijiste que tus pies eran tu punto débil —dijo el hombre con una sonrisa maliciosa mientras trazaba un dedo por el arco de uno de sus pies, provocando una explosión inmediata de risas.
—¡AAAAHHH JAJAJAJAJAJAJA NOOO, POR FAVOR, NOOO! —gritaba entre carcajadas desesperadas, intentando mover los pies para escapar, pero los tres los manteníamos firmemente sujetos.
La jurado más joven usaba sus uñas con precisión en las almohadillas de los dedos y la base del pie, mientras yo me dedicaba a los talones y los arcos, alternando entre movimientos rápidos y lentos.
—¡Es increíble lo suave que es su piel! —comenté, sorprendida por lo delicadas que se sentían sus plantas al tacto—. Creo que esta suavidad extrema amplifica aún más las cosquillas.
—Definitivamente lo hace —respondió el hombre, quien ahora usaba ambas manos para explorar cada rincón de su otro pie, desde los dedos hasta el arco.
La mujer mayor estaba completamente perdida en un torbellino de sensaciones. Sus carcajadas resonaban en toda la sala, mezclándose con sus gritos y súplicas.
—¡POR FAVOR, NO MÁS! ¡MIS PIES, NO PUEDO MÁS! JAJAJAJAJAJAJAJAJA ¡PIEDAD, PIENSA EN MI, POR FAVOR!
Sus intentos de mover los pies eran frenéticos, pero entre los tres logramos mantenerlos firmemente en su lugar, asegurándonos de que no escapara ni un segundo de nuestra atención.
Cada vez que un dedo trazaba una línea lenta por su arco o una uña se deslizaba entre sus dedos, su risa se intensificaba, alcanzando niveles casi incontrolables.
—¡AAAAAAHHH JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡ESTO ES UNA TORTURA, NO PUEDO MÁS, BASTA!
Pero ninguno de los tres mostró señales de detenerse. Por el contrario, parecíamos encontrar aún más entusiasmo al descubrir la extrema sensibilidad de sus pies, especialmente en las áreas más suaves y delicadas.
El caos era absoluto, y la mujer mayor, completamente sometida, se rindió al ataque implacable que recibía en sus hipercosquilludas plantas.
En cuestión de 10 minutos, la jurado mayor había perdido completamente la cordura debido al implacable sometimiento de cosquillas en las plantas de sus pies. A pesar de que yo, Dunia, sé que soy hipercosquilluda en mis pies, debo confesar que la sensibilidad de la jurado mayor superaba todo lo imaginable. Era como si sus pies hubieran sido diseñados específicamente para sucumbir ante cualquier tipo de cosquillas.
Finalmente, después de casi 20 minutos de ataque incesante, decidimos detenernos. La mujer mayor quedó completamente agotada, desplomada en la silla, intentando recuperar el aliento entre jadeos y pequeñas risas residuales.
Pero no habíamos terminado aún. Había un último miembro del jurado que no había experimentado esta «justicia». Mientras la jurado mayor trataba de recomponerse, la jurado joven y yo intercambiamos una mirada cómplice. Sin decir una palabra, nos lanzamos encima del jurado hombre, tomándolo completamente por sorpresa.
—¡¿Qué hacen?! ¡No, esperen! ¡Esto no estaba en el plan! —exclamó, riendo nerviosamente mientras intentaba esquivarnos.
Sin embargo, lo habíamos atrapado. En un abrir y cerrar de ojos, lo inmovilizamos en el suelo, y comenzamos a buscar sus puntos débiles. La jurado joven se concentró en sus costillas y cintura, mientras yo exploraba sus axilas, moviendo los dedos con precisión y rapidez.
—¡AAAAAHH JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO, NO PUEDO, SOY MUY COSQUILLUUUDO! —gritó entre carcajadas, revolcándose en el suelo en un intento desesperado por escapar.
—¡¿Ah, sí?! ¡Pues ahora sabrás lo que se siente! —dije, redoblando mis esfuerzos mientras la jurado joven alternaba entre atacar sus costillas y su abdomen, provocando carcajadas incontrolables.
Y justo cuando pensábamos que el ataque estaba completo, la jurado mayor, ahora recuperada y con una mirada traviesa en el rostro, decidió unirse. Sin previo aviso, se agachó, le quitó los zapatos y los calcetines, dejando al descubierto sus pies.
—Creo que es hora de una pequeña venganza —dijo con una sonrisa mientras deslizaba sus uñas por las plantas de sus pies.
El hombre estalló en un grito.
—¡AAAAAHHHH JAJAJAJAJAJAJAJA NOOOO, NO MIS PIEEEES!
Era evidente que sus pies también eran extremadamente cosquilludos. La jurado mayor estaba disfrutando de someter con cosquillas en los pies al hombre.
Las tres nos miramos a los ojos, y como si hubiéramos llegado a un acuerdo silencioso, una sonrisa cómplice se dibujó en nuestros rostros. Sin necesidad de palabras, supimos exactamente qué hacer.
Cada una tomó posición alrededor de los pies descalzos del jurado hombre, que todavía estaba en el suelo, respirando agitadamente por los ataques previos. Lentamente, nuestras uñas comenzaron a deslizarse por las plantas de sus pies, explorando cada rincón de su piel hipersensible.
—¡NOOO, NOOOO JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡MIS PIEEEES, NOOOO, POR FAVOR! —gritaba entre carcajadas, mientras intentaba desesperadamente moverlos para escapar del ataque combinado.
Pero no había forma de que se librara. Cada vez que intentaba apartar un pie, alguna de nosotras lo atrapaba y redoblaba los esfuerzos, haciendo que sus carcajadas se convirtieran en gritos de puro desespero.
—¿Y ahora qué, señor juez? ¿No quería experimentar esto? —le dije entre risas, mientras trazaba suaves círculos con mis uñas en el arco de su pie derecho.
La jurado joven se concentraba en sus dedos, pasando sus uñas entre ellos, mientras la jurado mayor trabajaba en los talones y en la parte superior de sus plantas, alternando entre movimientos lentos y rápidos para mantenerlo en un estado constante de tormento.
—¡AAAAHHH JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA NO PUEDO MÁAAAS! ¡POR FAVOR, PIEDAD! ¡BASTAAA, MIS PIES! —gritaba, pataleando con fuerza, pero nuestras manos eran rápidas y efectivas, manteniéndolo completamente sometido.
La combinación de nuestras uñas deslizándose por su piel suave y su extrema sensibilidad convirtió cada segundo en una tortura deliciosa para él y una experiencia de complicidad para nosotras. Era imposible contener nuestras risas mientras veíamos cómo se retorcía, su cara roja por la intensidad de las cosquillas.
—Creo que acabamos de encontrar su punto débil —comentó la jurado mayor, divertida, mientras sus uñas exploraban el arco de su pie izquierdo.
—¡JAJAJAJAJAJAJA NO MÁS, NO MÁS! ¡ME RINDO! —suplicó, pero ninguna de nosotras estaba dispuesta a detenerse tan rápido.
El jurado hombre quedó a merced de nuestras manos, y nos aseguramos de que entendiera completamente lo que significaba estar del otro lado del «experimento».
Finalmente, después de lo que parecieron horas, aunque en realidad fueron apenas unos minutos, detuvimos el ataque de cosquillas al jurado hombre. Este yacía en el suelo, jadeando y riendo débilmente mientras intentaba recuperar el aliento. Las tres nos levantamos, sonriendo triunfantes, aunque también un poco agotadas por el esfuerzo.
El ambiente en la sala se llenó de risas relajadas y comentarios jocosos. La jurado mayor, aún recuperándose del ataque que había recibido antes, me miró con una mezcla de admiración y camaradería.
—Dunia, debo decir que, además de tu brillante exposición, tienes un espíritu único para enfrentar los desafíos —dijo con una sonrisa.
La jurado joven asintió. —Definitivamente, nunca olvidaremos esta sustentación. Has dejado una marca en todos nosotros.
El jurado hombre, todavía sentado en el suelo, levantó una mano en señal de rendición. —Está claro que no solo tienes un talento excepcional para tu campo, sino también una resistencia impresionante… y un sentido del humor inolvidable.
El veredicto llegó poco después: obtuve la nota más alta posible, con felicitaciones unánimes del jurado. Mi sustentación de doctorado no solo fue un éxito académico, sino también una experiencia que marcó un antes y un después en mi vida.
Meses después, recibí mi título de doctorado con honores, rodeada de amigos, familiares y recuerdos imborrables de aquel día único. Aunque el camino fue desafiante, siempre recordaré ese momento no solo como un logro académico, sino como una prueba de que incluso en las situaciones más inesperadas, la autenticidad y la valentía pueden abrir puertas insospechadas.
Continuará…
Original de Tickling Stories
