Visita a las 7 am

Tiempo de lectura aprox: 8 minutos, 41 segundos

El lunes 23, justo antes de Navidad, comencé mi día con la idea de organizarme para una reunión importante más tarde. Sin embargo, alrededor de las 6 am, mi celular vibró con un mensaje que, para ser honesta, no me sorprendió demasiado: era ese chico, el mismo que no parece poder resistirse a mis cosquilludos pies.

—Voy a estar cerca de tu apartamento haciendo unas diligencias. ¿Puedo pasar a visitarte sobre las 7 am? —escribió.

Sonreí, sabiendo perfectamente qué era lo que realmente quería. Para intentar evitarlo, le respondí que no podía atenderlo porque tenía una reunión en casa a las 9 am. Aunque era una verdad a medias, esperaba que eso lo desanimara. Pero no fue así.

—Te llevo café —contestó.

Y, como si ese fuera un pase libre, a las 7 am en punto sonó el timbre. Me sorprendió un poco su puntualidad, pero más aún el hecho de que estaba ahí con dos cafés en la mano. Yo aún llevaba puesta mi pijama y unas pantuflas, pero lo dejé entrar.

Nos sentamos en el sofá, y mientras yo trataba de mantener la conversación en un tono casual, él fue directo al grano.

—No puedo evitar levantarme y pensar en venir a hacerte cosquillas —dijo, mirándome con esa mezcla de travesura y determinación que ya conocía demasiado bien.

Antes de que pudiera decir algo, literalmente se abalanzó sobre mí. Su rapidez me tomó por sorpresa, y antes de darme cuenta, sus manos ya estaban explorando mi cintura, costillas y axilas. La primera reacción fue inevitable: me eché a reír a carcajadas, moviéndome como loca en el sofá mientras trataba de esquivar sus dedos.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Para, para! ¡No puedo! —grité entre carcajadas, tratando de zafarme.

Sus dedos parecían tener un poder mágico sobre mí, explorando mis costillas con destreza mientras mis risas se volvían cada vez más incontrolables. Intentaba moverme y protegerme, pero él no me daba tregua.

—¡JAJAJAJAJA! ¡No, no hagas eso! —grité, entre risas desbordadas. Mis pies se movían nerviosos dentro de las pantuflas, intentando protegerme de sus ataques, aunque sabía que era solo cuestión de tiempo antes de que llegara a la parte más peligrosa: mis pies.

—Oh, ¿te molesta que te haga cosquillas en la cintura y las costillas? —dijo con tono juguetón, mientras sus manos continuaban haciendo su trabajo con mis axilas. Mi risa no paraba, ni siquiera cuando trataba de zafarme. Mis movimientos frenéticos solo empeoraban las cosas.

—¡Jajajaja! ¡No, por favor, ya basta! ¡Estás acabando conmigo! —exclamé, pero la mezcla de cosquillas y la cercanía de sus manos me tenían completamente atrapada.

En ese momento, sus dedos hicieron una pausa, como si estuviera considerando qué hacer a continuación, y eso me dio un breve respiro. Pero solo por un instante.

Con una sonrisa cómplice, me miró y, antes de que pudiera reaccionar, sus manos se deslizaron rápidamente hacia mis pies, tomándolos por sorpresa.

—¡NO! ¡NOOOOO! —grité, sintiendo como la risa explosiva invadía todo mi cuerpo. ¡Sabía que esto iba a pasar! Mis pies eran mi punto débil, y sus dedos comenzaron a jugar entre los pliegues de mis pantuflas.

No pude evitar reír aún más fuerte. Mis dedos de los pies intentaban escapar de su contacto, pero él estaba decidido a hacerme reír hasta más no poder.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Por favor! ¡No puedo más! —supliqué, pero él no tenía intención de detenerse.

Mi cuerpo se retorcía sobre el sofá, mientras sus manos recorrían mis pies, provocando un torbellino de cosquillas que me hacían perder el control. Intentaba juntar mis pies para protegerlos, pero cada vez que lo lograba, él encontraba otra forma de atacarlos.

La situación era desesperante, y aunque no podía dejar de reír, sabía que la diversión solo acababa de empezar.

A pesar de que mi cuerpo ya se encontraba completamente atrapado por las cosquillas, él no parecía dispuesto a detenerse. Su insistencia era imparable, y en lugar de buscar mis pies, había descubierto otro punto débil: mi cintura.

Sus dedos exploraban con destreza esa parte de mi cuerpo, provocando una oleada de cosquillas aún más intensas que en mis costillas. La risa se volvió más incontrolable, mi cuerpo se sacudía sin poder evitarlo, y mis intentos de moverme solo lo hacían más determinado.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO LO SOPORTO! —grité, mientras mi torso se retorcía, buscando cualquier forma de liberarme. Pero sus dedos seguían su baile frenético en mi cintura, y eso me estaba volviendo completamente vulnerable.

—¿Te gusta que te haga cosquillas aquí, en la cintura? —preguntó con un tono travieso, como si estuviera disfrutando enormemente mi reacción. Sus manos no se detenían ni un segundo, aumentando la intensidad de las cosquillas. Mis risas aumentaban sin control.

—¡JAJAJAJA! ¡Por favor, basta! ¡Estoy perdiendo el control! —suplicaba, mi respiración entrecortada por la risa.

Mi cuerpo estaba completamente a su merced, cada músculo tenso por las cosquillas, pero en el fondo, me sorprendía cómo su toque podía hacerme reír tanto, tanto más de lo que imaginaba. Podía sentir que no iba a parar hasta que me agotara por completo, pero lo que no sabía era que él aún no había terminado.

En ese momento, sus dedos hicieron una pausa, como si estuviera considerando qué hacer a continuación, y eso me dio un breve respiro. Pero solo por un instante.

Con una sonrisa cómplice, me miró, y antes de que pudiera reaccionar, sus manos se deslizaron rápidamente hacia mis pies. Tomándolos por sorpresa, me los agarró con firmeza, quitándome las pantuflas de un tirón.

—¡NO! ¡NOOOOO! —grité, sintiendo cómo la risa explosiva invadía todo mi cuerpo. ¡Sabía que esto iba a pasar! Mis pies, desprotegidos ahora, quedaron a su merced. Sus dedos comenzaron a explorar las plantas de mis pies con una destreza y rapidez implacables.

No pude evitar reír aún más fuerte. Cada toque de sus dedos sobre las sensibles plantas de mis pies me hacía perder el control por completo. Mis dedos de los pies se retorcían, intentando escapar, pero él no me daba tregua, disfrutando de cada reacción mía.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Por favor! ¡No puedo más! —supliqué entre risas incontrolables, pero él simplemente siguió, sin detenerse ni un segundo. Su mirada de diversión no hacía más que intensificar mi desesperación.

Mi cuerpo se sacudía sobre el sofá, cada fibra de mi ser era una explosión de cosquillas. Trataba de juntar mis pies para protegerme, pero cada vez que lo lograba, él encontraba otra forma de atacarlos, acariciando las plantas con sus dedos, presionando en los puntos más sensibles sin piedad alguna.

La situación era completamente desesperante. Cada risa, cada movimiento frenético solo alimentaba su persistencia. Mi mente sabía que no había vuelta atrás, y aunque deseaba que parara, algo me decía que la diversión de él apenas comenzaba.

El chico continuaba cosquilleándome los pies sin piedad alguna. Sus dedos recorrían cada centímetro de mis plantas, presionando en los puntos más sensibles, haciéndome reír a carcajadas incontrolables. Mi cuerpo seguía sacudiéndose sobre el sofá, tratando de escapar de sus toques, pero era inútil. Cada vez que intentaba juntar mis pies para protegerlos, él encontraba una forma aún más ingeniosa de atacarlos.

—¡JAJAJAJA! ¡No, no lo aguanto! —exclamé entre risas desbordadas, mis dedos de los pies intentaban escapar, pero sus manos no daban respiro. Él parecía disfrutar completamente de mi desesperación, y su ritmo no disminuía.

Cada movimiento de sus dedos sobre mis pies era como una corriente eléctrica que recorría mi cuerpo, y aunque en el fondo quería que parara, algo en mi interior también me decía que lo estaba disfrutando más de lo que quería admitir.

La situación ya era completamente desesperante, y aunque trataba de respirar, mis carcajadas no paraban. El chico no parecía tener la más mínima intención de detenerse, y a cada segundo me sentía más atrapada, completamente vulnerable a sus cosquillas. Sabía que aún había mucho más por venir, y aunque la risa me estaba agotando, algo en mí me decía que no podría escapar tan fácilmente.

El chico sabía perfectamente que mis pies eran hipercosquilludos, y más aún, que no podía soportar las cosquillas en ellos, sobre todo en las plantas, donde la sensibilidad era extrema, especialmente en los arcos. Él ya conocía mis puntos débiles, y no tuvo ningún reparo en aprovecharse de ello.

Con una sonrisa traviesa, sus dedos se centraron específicamente en la parte más sensible de mis pies: los arcos. El simple contacto hizo que mi risa estallara de inmediato, una risa tan fuerte que me costaba incluso respirar.

—¡JAJAJAJA! ¡NO! ¡PARA! —grité, tratando de moverme, pero no podía. Mi cuerpo se retorcía y me contorsionaba sobre el sofá, buscando alguna forma de zafarme, pero sus dedos no dejaban de recorrer mis arcos, provocando una corriente constante de cosquillas.

—Sabías que te iba a tocar ahí, ¿verdad? —dijo con tono burlón, mientras sus dedos seguían su recorrido, jugando entre mis dedos de los pies y apretando suavemente sobre los arcos. Era como si cada toque estuviera diseñado para volverme completamente vulnerable.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Por favor, no puedo más! —suplicaba entre carcajadas, mi cuerpo sacudido por la intensidad de las cosquillas. Intentaba apartar los pies, pero él no me lo permitía. Su determinación era total, y me tenía completamente atrapada en su juego.

Era inútil tratar de defenderme. Sabía que no podría soportar mucho más, pero él no tenía intención de detenerse. Cada vez que pensaba que ya había alcanzado mi límite, él encontraba un nuevo rincón de mis pies para hacerme reír aún más fuerte, especialmente esos arcos que sabían cómo volverme completamente vulnerable.

Curiosamente, en medio de ese ataque de cosquillas, cuando ya pensaba que no podría resistir ni un segundo más, el chico decidió suspenderlo. Sus dedos se detuvieron de repente, como si lo estuviera considerando todo por un momento. Mi cuerpo siguió temblando, la risa aún resonando en mi garganta, mientras trataba de recuperar el aliento. No entendía por qué había parado justo en el mejor (o peor) momento, pero estaba demasiado agotada y confundida para protestar.

Me quedé tumbada en el sofá, respirando con dificultad, mi cuerpo aún sacudido por las carcajadas y la intensidad del ataque de cosquillas. Mis pies seguían ardiendo de la sensibilidad, y cada pequeño movimiento de mis dedos parecía despertar nuevas oleadas de cosquillas.

Pero no pasaron ni unos segundos antes de que, sin previo aviso, el ataque de cosquillas se reiniciara. Esta vez, en lugar de usar las yemas de sus dedos, comenzó a utilizar las uñas de sus dedos, y el nivel de intensidad aumentó exponencialmente. La sensación era mucho más fuerte y más precisa, un tormento de cosquillas que parecía recorrer toda mi piel.

—¡Nooooo! —grité, pero mi voz apenas salió entre risas incontrolables. El cambio de ritmo me dejó sin respiración, mientras las cosquillas se volvían más y más insoportables.

Mis pies estaban completamente vulnerables, y su uso de las uñas sobre mis plantas, especialmente en los arcos, me hacía reír aún más fuerte, perdiendo el control por completo. Intentaba moverme, pero él no me daba tregua, y el simple contacto de sus uñas me dejaba completamente indefensa.

—¡JAJAJAJA! ¡Por favor, basta! —grité, suplicando sin poder detener mi risa. Mis dedos de los pies se contorsionaban, buscando alguna manera de escapar, pero él ya había encontrado una forma de hacer que no pudiera librarme de sus ataques.

El chico no parecía tener intención de detenerse. El uso de sus uñas hacía que cada toque fuera más agudo, más intenso, y eso solo me hacía reír más desesperada. Cada segundo era un desafío para mis nervios, y aunque estaba agotada, sabía que la tortura no terminaría hasta que él lo decidiera.

El chico rascaba sin piedad alguna las plantas de mis pies, y la sensación fue demasiado intensa, demasiado desesperante. Cada rasguño de sus uñas sobre mis sensibles arcos me hacía saltar de risa, y mis intentos de escapar solo parecían empeorar las cosas. La combinación de su destreza y mi vulnerabilidad me dejaba completamente indefensa.

—¡AAAAHHH! —grité entre carcajadas, mis pies intentaban moverse, pero sus manos estaban decididas a no dejarme escapar. Los rasguños continuaban, implacables, y mis risas se volvían cada vez más desesperadas, más intensas.

Cada vez que sus uñas tocaban el punto más sensible de mis plantas, sentía que perdía el control por completo. Mis dedos se retorcían, intentando protegerme, pero él siempre encontraba una forma de hacerlo más intenso, más insoportable. La presión en mi cuerpo aumentaba, y las carcajadas salían de mí como si no pudiera hacer nada para detenerlas.

—¡JAJAJAJAJA! ¡Noooo! ¡Por favor, basta! —le supliqué entre risas desbordadas, pero él no parecía tener intención de detenerse. Cada rasguño me enviaba una oleada de cosquillas que me dejaban sin aliento, y mi cuerpo se estremecía de forma incontrolable.

El chico seguía sin piedad alguna, rascando mis plantas con una precisión que solo aumentaba el tormento. Cada segundo que pasaba me sentía más atrapada, más desesperada, sin ninguna escapatoria de esa tormenta de cosquillas.

Finalmente, después de lo que me pareció una eternidad, el chico decidió finalizar el ataque de cosquillas. Sus manos se detuvieron de repente, y el silencio que siguió fue casi más abrumador que el caos de risas y cosquillas que había experimentado momentos antes. Mi cuerpo, agotado y tembloroso, se desplomó sobre el sofá, incapaz de hacer nada más que respirar profundamente mientras intentaba recuperar el aliento.

Mis pies seguían ardiendo de la sensibilidad, y cada pequeño movimiento que hacía parecía reavivar las cosquillas, aunque ya no las sentía con la misma intensidad. Estaba completamente agotada, pero una parte de mí no podía evitar sentir una extraña mezcla de alivio y anticipación. Sabía que no podía bajar la guardia, porque este chico había demostrado que no se detendría hasta que él decidiera que era suficiente.

Me quedé allí, tumbada, en un estado de cansancio absoluto, mientras él me miraba con una sonrisa satisfecha, como si hubiera disfrutado cada segundo de mi desesperación. A pesar de mi agotamiento, algo dentro de mí ya empezaba a preguntarse qué vendría después.

Se levantó con calma, se arregló rápidamente, acomodándose la ropa y tomando su tiempo mientras miraba su reloj. Luego se volteó hacia mí, aún tumbada en el sofá, exhausta pero con una ligera sonrisa en el rostro, sabiendo que el juego había sido intenso. Se acercó, me dio un beso suave en la mejilla y, con una mirada cómplice, me dijo:

—Tengo que irme, se me hace tarde para un compromiso —dijo con tono casual, como si todo lo que había sucedido entre nosotros fuera solo una parte más de su rutina diaria.

Me miró por un momento, como asegurándose de que estaba bien, antes de dar un paso atrás y dirigirse hacia la puerta. A pesar de mi agotamiento y el torbellino de emociones que aún sentía, no pude evitar sonreír levemente, sintiendo una mezcla de alivio y extraña satisfacción por lo que acababa de vivir.

Lo vi irse, mientras sus pasos se alejaban por el pasillo, dejándome allí, en el sofá, aún recuperándome de la tormenta de cosquillas que había acabado de atravesar.

Liliana

Original de Tickling Stories

About Author