Las crónicas de Erika – Parte 1

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Erika era una joven periodista de 25 años, de cabello negro azabache, ojos verdes intensos y una figura delgada que alcanzaba una altura de 1,72 metros. Con un peso de 55 kg y calzando talla 38, siempre se sentía cómoda con su estilo sencillo pero elegante. Sin embargo, había algo en ella que pocos sabían: era extremadamente cosquillosa. Su cuerpo, aunque delicado y bien cuidado, era sumamente sensible al más mínimo toque. Sus axilas, su cintura y, sobre todo, las plantas de sus pies eran las zonas más vulnerables. La sola idea de que alguien pudiera tocarlas la hacía estremecer, y la risa se apoderaba de su cuerpo de inmediato.

A pesar de su apariencia serena, su vida profesional había sido todo un reto. Erika había comenzado como periodista en un medio tradicional, donde rápidamente destacó por su capacidad de redactar artículos interesantes y bien documentados. Sin embargo, en los últimos meses, sus jefes comenzaron a manifestar su descontento con su trabajo. La presión era constante y las críticas se tornaban más duras. Su estilo único y su enfoque personal ya no eran valorados por la dirección del medio. Esto la hizo reflexionar profundamente.

Fue entonces cuando, cansada de la rutina y la frustración de estar bajo el control de otros, Erika tomó una decisión radical: renunciar. Decidió que su voz debía ser escuchada de una manera más auténtica, sin las limitaciones de un editor que dictaba su estilo. Así nació su portal web de noticias independientes.

En su nuevo proyecto, Erika se convirtió no solo en la periodista que siempre había sido, sino también en la camarógrafa, fotógrafa y entrevistadora. Su pasión por contar historias la impulsaba a buscar siempre contenido exclusivo y diferente, algo que realmente captara la atención de su audiencia. No le importaba si debía hacer todo por sí misma, pues sabía que era capaz. En su portal, Erika compartía no solo noticias, sino también relatos más personales, exploraciones e investigaciones que desafiaban las normas del periodismo tradicional.

Un día, mientras navegaba por foros de noticias misteriosas, Erika escuchó hablar de un lugar en el bosque, una casa aparentemente encantada, a la que nadie se atrevía a acercarse. Los relatos sobre esa casa, con sus tres plantas, ático y sótano, la intrigaron profundamente. Pensó que podría ser la oportunidad perfecta para un nuevo artículo impactante para su portal. Decidió que debía ser ella quien descubriera la verdad detrás de esos rumores.

Con una mezcla de emoción y nerviosismo, Erika comenzó a preparar su equipo. Colocó su trípode, cámaras, y su celular en su pequeño Mini Cooper S, asegurándose de que todo estuviera listo. Sabía que este sería un desafío diferente, una exploración que pondría a prueba no solo sus habilidades como periodista, sino también su capacidad de manejar situaciones fuera de lo común.

Después de unas cuatro horas de conducción, finalmente llegó a las coordenadas exactas que había encontrado en su investigación. La casa, tal como se describía, se alzaba ante ella, imponente y con una atmósfera oscura que la hacía sentir una mezcla de fascinación y miedo.

Aunque la casa parecía haber sido olvidada por el tiempo, Erika no dudó ni un segundo. Sabía que este era el tipo de contenido único que su portal necesitaba. Se armó de valor, tomó su cámara y comenzó a avanzar hacia la entrada. Sin saber lo que realmente la esperaba dentro de esa mansión, Erika estaba lista para enfrentar cualquier cosa… pero había algo más en juego: la casa no solo escondería secretos oscuros, sino también su propio enfrentamiento con sus miedos más profundos.

Erika, con su cámara en mano, observaba la vieja casa en el bosque mientras el viento comenzaba a soplar con más fuerza. En los foros de internet, había leído sobre la mansión abandonada una y otra vez. Los relatos eran siempre los mismos: se decía que la casa estaba maldita, que quienes intentaban entrar nunca regresaban, y que las fuerzas oscuras que la habitaban no dejaban escapar a aquellos que se atrevían a cruzar su umbral. Nadie, en su sano juicio, se habría arriesgado a entrar. Pero Erika no era como los demás. Para ella, este era el tipo de historia que su portal necesitaba para despegar.

«Si logro captar algo único aquí, mi portal ganará visibilidad», pensaba Erika mientras avanzaba hacia la entrada con paso firme. Estaba vestida para la ocasión: unos shorts cómodos que le permitían moverse libremente, medias blancas, una camisilla de esqueleto que destacaba sobre su piel blanca, y unas botas de montañismo que, aunque un tanto pesadas, le daban seguridad para caminar sobre el terreno irregular. El aire estaba frío, y la sensación de cosquillas le recorría las piernas y los pies, pero ella no se dejaba distraer. El lugar estaba sumido en un silencio perturbador. No había ni el canto de los pájaros, ni el ruido de los insectos; solo el viento que se colaba entre los árboles y el crujido de la madera bajo sus pies.

A medida que se acercaba a la puerta, Erika recordó los relatos que había leído. Historias de desapariciones, de extraños susurros en la oscuridad y sombras que se movían por sí solas. Nadie había sido lo suficientemente valiente para investigar, pero ella quería romper esa barrera. Quería ser la periodista que llevara la historia a su público, que desvelara la verdad detrás de esas leyendas.

Tomó una respiración profunda y empujó la puerta de madera que, para su sorpresa, cedió fácilmente. El aire fresco de afuera se mezcló con el olor a humedad y descomposición que emanaba de dentro. Un escalofrío recorrió su espalda, pero Erika se armó de valor y cruzó el umbral.

Dentro, el ambiente estaba impregnado de una oscuridad densa. Las paredes estaban cubiertas de moho y telarañas, y el polvo cubría cada rincón. Las sombras parecían moverse con vida propia, pero Erika ignoró esos detalles y comenzó a grabar con su cámara, enfocando los detalles que captaban su atención: las escaleras desgastadas, las ventanas rotas que dejaban entrar la luz de la luna, el mobiliario antiguo y cubierto de polvo.

A pesar de su valentía, había algo que la inquietaba profundamente. La sensación de ser observada persistía, y el eco de sus propios pasos parecía amplificarse en el vacío de la casa. De repente, un crujido proveniente del piso superior la hizo detenerse. Sin pensarlo, decidió investigar. Subió las escaleras lentamente, asegurándose de que sus botas no hicieran mucho ruido. A medida que subía, las cosquillas en sus pies se intensificaban por la fricción de las medias y el roce de las botas. Sin embargo, no podía distraerse. La misión era clara: capturar lo desconocido.

Al llegar al segundo piso, la sensación de frío era aún más intensa. Las puertas estaban todas cerradas, excepto una. Sin pensarlo, Erika empujó la puerta y entró en la habitación. Era un dormitorio antiguo, con una cama grande, sábanas rotas y muebles destartalados. En una esquina, vio un espejo cubierto por una tela polvorienta. Algo le decía que debía verlo, pero no podía evitar sentir un escalofrío profundo al acercarse.

De repente, al levantar la tela, el reflejo en el espejo no era el suyo. Una figura borrosa y oscura apareció detrás de ella, y su respiración se cortó. La sensación de ser observada se intensificó. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, un fuerte golpe resonó en la casa, haciendo que Erika saltara de sorpresa. La puerta que había dejado abierta se cerró violentamente, y el viento comenzó a soplar con fuerza dentro de la habitación. Su corazón latía con fuerza en su pecho, y su cuerpo temblaba.

Fue en ese momento cuando Erika se dio cuenta de que su atrevimiento le costaría más de lo que imaginaba. Sin saberlo, había despertado algo en la casa, algo que no estaba dispuesto a dejarla ir tan fácilmente. La sensación de peligro era inminente, y mientras su cámara seguía grabando, la verdad de lo que se encontraba allí, esperando, comenzaba a revelarse.

Erika, con el corazón aún latiendo con fuerza, decidió que lo mejor sería salir de la casa lo más rápido posible. La sensación de terror que había experimentado en el segundo piso le había puesto los pelos de punta. Sin pensarlo dos veces, corrió escaleras abajo, el sonido de sus botas resonando en la quietud de la casa. El crujido del suelo y el eco de sus pasos parecían amplificados en el silencio ominoso que la rodeaba.

Al llegar a la puerta principal, la empujó con fuerza y, con la respiración entrecortada, salió disparada hacia el exterior. El aire frío la golpeó en la cara como un jarro de agua helada, y por un momento se quedó allí, en el umbral de la casa, respirando profundamente. Sin dudar, se dirigió rápidamente a su Mini Cooper. Sus manos temblaban mientras introducía la llave en la cerradura y encendía el motor.

A pesar del susto, no pensó en regresar. Estaba decidida a completar su misión. Abrió el maletero y sacó su tienda de campaña, junto con el equipo necesario para pasar la noche en el bosque. Sabía que este lugar, aunque aterrador, sería el sitio perfecto para documentar su experiencia y darle contenido valioso a su portal web. Después de todo, no todos los días alguien se atrevía a visitar una casa embrujada.

Montó la tienda en un pequeño claro cercano, alejada de la mansión, pero lo suficientemente cerca para sentir su presencia inquietante. El viento afuera seguía fuerte, y el sonido de las ramas moviéndose en los árboles le daba una sensación de aislamiento aún mayor. Erika, sin embargo, no podía dejar de pensar en lo que había ocurrido en el interior de la casa. La figura en el espejo, los ruidos extraños… todo eso la había dejado perturbada.

Dentro de la tienda, con la puerta cerrada a su alrededor, Erika se envolvió en una cobija gruesa que le daba algo de consuelo. El frío helado fuera de la tienda hacía que el ambiente dentro fuera acogedor y cálido, pero las inquietudes seguían rondando su mente. No podía quitarse de la cabeza la sensación de estar siendo observada.

Encendió su laptop y comenzó a documentar lo vivido hasta ese momento. Las luces de la pantalla iluminaban su rostro mientras escribía, el sonido de sus dedos tecleando sobre el teclado era lo único que rompía el silencio de la noche. El reloj marcaba las 9 p.m., y fuera de la tienda, el viento continuaba azotando el área con fuerza. Erika no podía evitar sentir un ligero temblor en sus manos mientras relataba con detalle su llegada a la casa y lo que había experimentado hasta ahora.

«Hoy ha sido el día más extraño de mi carrera», escribió. «La mansión estaba más aterradora de lo que imaginaba. Algo no está bien allí, pero quiero seguir descubriéndolo. No puedo dejar que el miedo me controle. Es mi oportunidad de dar algo único para mi portal, algo que nadie más se atrevería a mostrar.»

Erika se recostó en la tienda, la cobija ajustada a su cuerpo mientras sus pensamientos giraban en torno a la mansión. A pesar del cansancio, no podía cerrar los ojos sin sentirse incompleta, como si algo estuviera a punto de suceder. Afuera, el viento seguía soplando con fuerza, y ella seguía escribiendo. Pero en el fondo, algo le decía que la noche en el bosque no sería tan tranquila como pensaba.

A la mañana siguiente, Erika despertó de un sueño intranquilo. La luz del sol ya comenzaba a filtrarse a través de los árboles, y el aire frío de la mañana entraba suavemente a la tienda. Abrió los ojos lentamente, y lo primero que notó fue una sensación extraña. Se encontraba en una posición inusual: su cuerpo estaba a medio salir de la tienda. De la cintura para abajo, sus piernas y pies estaban completamente expuestos al aire frío, desnudos, mientras que el resto de su cuerpo permanecía dentro de la tienda, cubierto por la cobija.

Sus primeros pensamientos fueron confusión y sorpresa. «¿Cómo pude haber terminado así?», se preguntó, frotándose los ojos. La cremallera de la tienda estaba abierta, algo que no recordaba haber dejado así antes de dormir. ¿Cómo era posible que sus piernas estuvieran fuera, mientras el resto de su cuerpo permanecía en el interior? Trató de reconstruir los últimos momentos antes de quedarse dormida, pero todo estaba borroso en su mente. No entendía cómo había sucedido.

Miró a su alrededor y notó que sus botas de montañismo y sus calcetines, que había dejado en el interior de la tienda, estaban dispersos a varios metros de distancia. Sus calcetines estaban en el suelo, por un lado, y las botas estaban mucho más lejos, como si algo o alguien las hubiera alejado mientras dormía. Erika intentó buscar una explicación lógica, pero la verdad era que no podía encontrar ninguna. Estaba completamente desconcertada.

«Esto no tiene sentido», murmuró para sí misma, alzándose lentamente del suelo y metiendo las piernas de nuevo dentro de la tienda. Sintió el frío del suelo en sus pies desnudos, pero más que eso, sentía una incomodidad en su mente, como si estuviera siendo observada.

A pesar del miedo que sentía, Erika decidió que no podía dejar pasar esta experiencia sin documentarla. Era el tipo de contenido que sabía que su portal necesitaba, algo que realmente intrigaría a sus seguidores. Tomó su cámara, con manos un poco temblorosas, y comenzó a grabar. Su voz, aún un poco afectada por el desconcierto, se escuchaba en el video mientras explicaba la situación.

«Hoy desperté con algo muy extraño. Cuando me acosté anoche, todo estaba en orden. Pero esta mañana, al despertarme, me encontré en una posición extraña, y mis botas y calcetines estaban a varios metros de la tienda. No sé cómo sucedió esto, pero lo documentaré, porque siento que esto… esto es parte de lo que vine a descubrir. No estoy sola en este bosque, y algo raro está pasando.»

Mientras grababa, Erika se sentó sobre el suelo de la tienda, mirando los objetos esparcidos a su alrededor. Su mente no podía dejar de pensar en lo ocurrido. ¿Había alguien más en el bosque? ¿Había algo sobrenatural ocurriendo? A pesar de sus dudas y el miedo que la invadía, no podía permitirse dar marcha atrás. Sabía que este sería el contenido que le daría visibilidad a su portal, el tipo de historia que nadie más habría sido capaz de contar.

La cámara seguía grabando mientras Erika recogía sus cosas y comenzaba a prepararse para regresar al bosque, decidida a investigar más a fondo. A pesar de la incertidumbre, de la sensación de estar expuesta a algo desconocido, su curiosidad seguía siendo más fuerte que su miedo.

A medida que el día avanzaba, Erika comenzó a relajarse un poco. La extraña experiencia de la mañana, aunque desconcertante, no se repitió. El sol iluminaba el bosque y el aire frío había dado paso a una brisa más suave. Pasó el día documentando su entorno, explorando el área alrededor de la mansión, pero al final de la tarde, algo seguía rondando su mente.

La idea de no haber experimentado nada anómalo durante el día le causaba una sensación de insatisfacción. Ella sabía que, para que su portal fuera realmente interesante, necesitaba más. Quería llevar la experiencia a un nivel superior, algo que dejara una huella en sus seguidores. La mansión, aunque aparentemente tranquila, seguía emitiendo una extraña energía. El misterio no estaba resuelto aún, y Erika sentía que lo que había vivido hasta el momento no era más que la punta del iceberg.

La tarde comenzó a caer, y el cielo se oscurecía con rapidez. Erika miró el reloj y vio que eran las 6:30 p.m. Había llegado el momento. Decidió que esa noche entraría nuevamente a la mansión, pero esta vez lo haría armada con algo más que su cámara: una linterna, la cual encendió y sostuvo firmemente en sus manos.

«Vamos a ver qué pasa esta vez», murmuró para sí misma, con determinación. La cámara colgaba de su cuello, lista para grabar cualquier cosa que sucediera. Sentía una mezcla de emoción y ansiedad mientras se acercaba a la puerta de la mansión, que parecía mucho más amenazante bajo la luz tenue del atardecer.

Con paso firme, Erika cruzó el umbral de la casa, el crujir de la madera bajo sus pies resonando en el aire. La mansión parecía haber recuperado su quietud, como si esperara algo. La linterna iluminaba el camino, pero aún así, las sombras parecían tomar vida a su alrededor. La oscuridad era más densa en el interior y, por un momento, Erika sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Sin embargo, su curiosidad y su determinación eran más fuertes. Sabía que esto era lo que había estado buscando. Acomodó la cámara en su mano, la linterna en la otra, y avanzó hacia el vestíbulo. La casa parecía estar esperando, observando.

La atmósfera era extraña, pero nada fuera de lo común sucedió al principio. El eco de sus pasos se mezclaba con el viento que entraba por las grietas de las ventanas rotas. Erika subió las escaleras lentamente, mirando alrededor con cuidado. Esta vez no había sonido extraño, ni figuras en los espejos… solo el profundo silencio de la mansión.

Mientras exploraba las habitaciones, los recuerdos de la noche anterior seguían dándole vueltas en la cabeza. ¿Había sido todo producto de su imaginación? ¿O había algo más ocurriendo, algo que aún no había logrado captar?

A medida que el tiempo avanzaba, Erika se sentía cada vez más cautelosa. Sabía que algo no estaba bien, pero no podía dejar de pensar que algo importante debía suceder. La sensación de que la casa misma la estaba observando aumentaba conforme se adentraba más.

De repente, un sonido de paso proveniente del piso superior la hizo saltar. La cámara registró su reacción mientras giraba rápidamente hacia la escalera. El silencio de la casa volvió a envolverla, pero algo había cambiado. Erika sintió una presión en el aire, como si algo estuviera a punto de suceder.

Erika comenzó a sentir un cambio en la atmósfera, como si el aire se volviera más espeso, más pesado. El entorno a su alrededor parecía volverse más opresivo, y la sensación de estar siendo observada se intensificaba. Miró a su alrededor, buscando alguna explicación lógica, pero no había nada visible. Sin embargo, esa sensación inexplicable seguía creciendo. Era como si algo invisible estuviera al acecho, esperando el momento adecuado para hacer su movimiento.

De repente, un leve susurro rompió el silencio, seguido por un tirón en su cuerpo. Antes de que pudiera reaccionar, un impulso invisible la empujó hacia atrás, hacia uno de los sofás antiguos que adornaban la habitación. Erika intentó frenar su caída, pero algo la envolvió con fuerza, como si manos invisibles la arrastraran hacia el mueble. Casi sin poder moverse, la presión la empujó hasta que su cuerpo cayó pesadamente sobre el sofá.

Antes de que pudiera hacer algo, unas telas blancas, ligeras pero fuertes, comenzaron a envolverla. La sensación fue extraña, como si estuviera siendo aprisionada por una fuerza desconocida. Las telas se enredaron rápidamente alrededor de sus brazos, piernas y torso, apretando su cuerpo de forma inmovilizada. Erika trató de luchar, de liberarse, pero el contacto con las telas era tan suave y a la vez tan fuerte que no podía encontrar una salida.

Su respiración se aceleró, y el pánico comenzó a invadirla. «¿Qué está pasando?», pensó mientras forcejeaba inútilmente. No podía entender lo que ocurría, pero sabía que algo sobrenatural estaba ocurriendo. Las telas se movían de manera autónoma, como si tuvieran vida propia, envolviéndola más y más, hasta que solo pudo mover ligeramente su cabeza.

Mientras trataba de mantener la calma, Erika escuchó un sonido sordo, como si algo estuviera arrastrándose por el suelo. A medida que las telas la aprisionaban, la linterna que aún sostenía cayó al suelo, apagándose en el proceso. La oscuridad la rodeaba completamente ahora, y el miedo comenzó a tomar el control de su mente.

Sin embargo, a pesar de su creciente desesperación, su instinto de periodista la mantenía alerta. Tenía que grabar lo que sucedía, no podía dejar de documentar. Luchó para alcanzar su cámara, la cual aún colgaba de su cuello, pero las telas eran tan fuertes que apenas podía mover sus manos. El miedo aumentaba, pero también lo hacía su necesidad de capturar la verdad detrás de todo esto.

Erika luchaba con todas sus fuerzas, pero las telas blancas que la envolvían parecían tener vida propia, aprisionándola más y más con cada intento de liberarse. Su respiración se aceleraba, el pánico se apoderaba de ella, pero su instinto periodístico seguía allí, fuerte. No podía dejar de documentar, aunque estaba atrapada, aunque el miedo era casi insoportable.

Desesperada, logró inclinar la cabeza lo suficiente como para ver su cámara colgando de su cuello. La grabación aún estaba activa, pero su mano apenas podía alcanzar el botón de grabación. La presión de las telas sobre su cuerpo era casi insoportable, y sus intentos de moverse solo la hundían más en su atrapamiento.

De repente, un ruido sordo la hizo saltar. Algo se movió en la habitación. Al principio pensó que podía ser una ráfaga de viento, pero no. En ese instante, vio cómo sus botas, que hasta ese momento estaban a sus pies, comenzaron a deslizarse lentamente hacia el centro de la habitación. Como si algo invisible las estuviera arrastrando.

Erika parpadeó, sin poder comprender lo que ocurría. Las botas se movían por sí solas, con una precisión aterradora. Sus ojos se abrieron como platos, y el terror comenzó a invadirla nuevamente. De repente, las botas se detuvieron y sus calcetines, que aún estaban sobre sus pies, también comenzaron a moverse por sí mismos, deslizándose lentamente hacia la misma dirección.

El pánico se apoderó de Erika de inmediato. Trató de gritar, pero su garganta se cerró ante la incredulidad. ¿Cómo podía ser posible? ¿Qué estaba pasando allí? Sus pies se sentían extraños, casi como si estuvieran siendo observados, y la sensación de algo invisible despojándola de sus botas y calcetines la dejó completamente desorientada.

El miedo la hizo retorcerse aún más, pero las telas blancas seguían aprisionándola, sin permitirle ningún movimiento significativo. Estaba completamente a merced de esa fuerza inexplicable, y en ese momento, todo lo que podía hacer era intentar comprender lo que sucedía a su alrededor, sin dejar de grabar.

Pero lo que más le aterraba no era solo el poder invisible que estaba jugando con sus pertenencias. Era la sensación de que aquello que la había atrapado no estaba dispuesto a liberarla tan fácilmente.

El pánico se transformó en una sensación extraña y abrumadora cuando, de repente, un cosquilleo comenzó a recorrer su cuerpo. Todo empezó en su cuello, como un suave toque invisible que la hizo estremecer. Luego, esa sensación se fue desplazando hacia sus axilas, expuestas y vulnerables entre las telas blancas que la atrapaban. Erika intentó aguantar, pero el cosquilleo se intensificaba con cada centímetro que avanzaba.

Siguió bajando por su cuerpo, alcanzando sus costillas, su cintura, y cada rincón de sus caderas. Era como si cientos de dedos invisibles estuvieran tocando su piel con una precisión aterradora, recorriéndola de manera meticulosa y torturante. Su cuerpo, ya inmovilizado por las telas, no podía escapar de esa sensación que la estaba haciendo hervir por dentro.

Las risas comenzaron a escapar involuntarias de su boca. Al principio fueron pequeñas carcajadas, casi ahogadas por el terror que sentía, pero pronto las risas se convirtieron en un torrente incontrolable. Cada nuevo toque invisible sobre su piel intensificaba la reacción de su cuerpo, y Erika no pudo evitar reír a carcajadas, aunque lo que sentía no era solo cosquillas, sino una mezcla de desesperación y asombro.

«¡No! ¡Por favor, basta!» gritaba entre risas incontrolables, pero no había nadie que la escuchara. El cosquilleo seguía extendiéndose por sus muslos, llegando a sus rodillas y más abajo, aumentando la intensidad de las sensaciones. Erika estaba completamente atrapada, su cuerpo era un campo de juego para una fuerza invisible que jugaba con ella como si fuera una marioneta.

El terror y la risa se entrelazaban, y no podía distinguir si lo que experimentaba era una tortura o un extraño juego macabro. Todo lo que podía hacer era reír, luchar por recuperar el control de su cuerpo, pero las cosquillas seguían invadiéndola, implacables, sin piedad.

Su mente gritaba por entender qué estaba sucediendo, pero las sensaciones, ahora intensas en sus pies desnudos, se convirtieron en el último clavo en su ataúd. Sus pies, tan vulnerables, comenzaron a sentir el peor de los cosquilleos, y Erika no pudo más que estallar en una risa aún más fuerte, desesperada, como si su cuerpo estuviera completamente fuera de control.

«¡Esto no está pasando! ¡Basta, basta, por favor!» suplicó, pero el cosquilleo no se detuvo. La risa se convirtió en gritos ahogados de desesperación. La sensación de ser completamente vulnerada la estaba llevando al límite, pero, en el fondo, algo en ella sabía que esto solo había comenzado.

Los cientos de dedos invisibles continuaban su tortura sobre el cuerpo de Erika, recorriendo cada rincón de su piel con una precisión aterradora. La sensación era tan intensa que parecía que no había parte de su cuerpo que escapara a ese cosquilleo incontrolable. Desde su cuello, hasta sus costillas, pasando por su cintura, caderas, muslos, y rodillas, cada milímetro de su ser estaba siendo tocado por esas manos invisibles.

Erika intentaba resistir, pero no podía. La risa comenzaba a dominarla, una risa incontrolable que brotaba desde lo más profundo de su ser. Cada vez que un nuevo «dedo» invisible la tocaba, su cuerpo reaccionaba con una sacudida involuntaria. Las risas escapaban de su boca como una cascada, ahogando cualquier intento de gritar o pedir ayuda.

«No… ¡por favor, basta!» decía entre risas, su voz ya entrecortada por la desesperación y la incapacidad de controlar lo que sucedía. La risa parecía tener vida propia, como si su cuerpo ya no pudiera hacer nada más que rendirse ante la invasión de esas sensaciones.

Las telas blancas, que antes parecían haberla aprisionado, ahora parecían estar más tensas, como si también ellas estuvieran participando en esta tortura invisible. Cada parte de su cuerpo, cada rincón de su piel, se encontraba bajo el ataque de esas manos invisibles, y no había nada que pudiera hacer para detenerlo.

El cosquilleo se intensificaba en sus pies, el punto más vulnerable de su cuerpo. En ese instante, Erika sintió como si algo estuviera jugando con su alma misma, llevándola al límite de su resistencia. Su risa estalló en carcajadas desesperadas, y sus pies, ahora completamente expuestos y sin protección, eran el objetivo principal de ese tormento.

«¡NO PUEDE SER!» gritaba entre risas, luchando con todas sus fuerzas, pero sus músculos no respondían, solo su risa, una risa que se volvía más fuerte con cada segundo, mientras los dedos invisibles seguían su recorrido sin piedad.

Las cosquillas en sus pies eran insoportables. Cada dedo invisible parecía multiplicarse, recorriendo la superficie de sus plantas con una rapidez y una intensidad frenéticas. No importaba cuánto lo intentara, no podía escapar de la sensación. Era como si los dedos, invisibles pero palpables, se movieran sin control alguno, tocando, frotando y presionando de maneras que su mente no podía comprender.

Erika estaba sumida en el caos, atrapada en ese momento de terror y desesperación en una mansión embrujada, completamente sola, en medio de la nada. No había nadie que pudiera escucharla, nadie que pudiera salvarla de la tormenta de cosquillas que la arrastraba al borde de la locura.

Sus pies, tan vulnerables, eran el centro de la tortura. Los dedos invisibles se deslizaban a través de sus arcos, recorriendo cada rincón entre sus dedos, presionando en las zonas más sensibles con una precisión que la dejaba sin aliento. Cada toque le producía una sacudida involuntaria, un tirón de su cuerpo que solo aumentaba la intensidad de la risa desesperada que se le escapaba de los labios. Cada segundo sentía que su cuerpo perdía el control, y la risa, aunque llena de pavor, se convirtió en la única respuesta a la tormenta de cosquillas que no cesaba.

«¡Basta! ¡Por favor!» gritaba, entre carcajadas y respiraciones entrecortadas, pero las voces no llegaban a nadie. Solo el eco de sus propios gritos resonaba en las paredes vacías de la mansión. Las telas que la atrapaban, que en algún momento pensó que la protegerían, ahora solo contribuían a aumentar la sensación de impotencia.

El pánico comenzaba a apoderarse de ella por completo, pero el cosquilleo se mantenía, implacable, sin mostrar signos de detenerse. Sus pies, cada vez más sensibles, estaban siendo tocados de una forma tan intensa que Erika apenas podía procesar lo que ocurría. Las carcajadas que brotaban de su garganta se convirtieron en sollozos, su cuerpo completamente sumido en la tortura sin fin.

«¡NO PUEDO MÁS!» gritaba, pero solo su propia risa contestaba, resonando como una broma cruel que no podía dejar de repetirse. En ese momento, Erika se dio cuenta de que su valentía, su curiosidad de periodista, la habían llevado a un lugar del que quizás no podría escapar.

Estaba sola. Y lo peor de todo… no podía detener lo que estaba sucediendo.

Los gritos desesperados de Erika retumbaban en las paredes vacías de la mansión, llenando el aire con ecos de angustia. Su cuerpo, completamente sometido por las cosquillas, era un torbellino de risas incontrolables y movimientos frenéticos, incapaz de detener la ola de sensaciones que la desbordaban. Cada vez que creía que no podía más, la tortura se intensificaba aún más, empujándola al límite de la desesperación.

Pero, de repente, en medio del caos, una voz fantasmal, suave pero aterradora, cortó el aire. La voz parecía surgir de las mismas paredes de la mansión, como si viniera de algún lugar más allá de lo físico, resonando en sus oídos con una claridad inquietante.

«Si pasas esta prueba… te dejaremos en paz.»

La voz era etérea, tan fría como el viento que golpeaba las ventanas rotas de la mansión. Erika, aún atrapada en su risa incontrolable, no podía entender lo que estaba sucediendo. ¿Una prueba? ¿Qué prueba? Su mente apenas podía procesar esas palabras mientras el cosquilleo continuaba recorriendo su cuerpo, especialmente en sus pies, donde los dedos invisibles no dejaban de moverse frenéticamente.

«¿Qué prueba?» logró decir entre carcajadas ahogadas, su voz completamente distorsionada por la risa.

La sensación de estar completamente fuera de control la envolvía, y la promesa de paz solo añadía más confusión a su tormento. ¿Qué debía hacer para ganar esa «prueba»? ¿Qué significaba todo esto? La pregunta flotaba en su mente, pero las cosquillas no le daban tregua para pensar.

«¡POR FAVOR, BASTA!» gritó entre sollozos, mientras la risa seguía escapando de su boca como una corriente incontrolable.

La voz fantasmal no respondió, pero una fría sensación recorrió su cuerpo, como si la casa misma estuviera observando, esperando su siguiente movimiento. Erika, en medio de su angustia, intentaba entender cómo podía salir de ese tormento, pero el tiempo parecía detenerse, y la risa no parecía querer cesar.

Las cosquillas se detuvieron de repente, como si una fuerza invisible hubiera dado una orden de suspensión. El cambio fue tan abrupto que Erika, en su estado de desesperación, se quedó en silencio, jadeando, buscando aire. Durante unos breves segundos, el caos que había dominado su cuerpo se disipó, dejándola en un estado de aturdimiento. La paz momentánea le permitió pensar, aunque solo por un instante.

«¿Qué… qué está pasando?» logró balbucear, entrecortada, mientras sus ojos se movían frenéticamente alrededor de la habitación, buscando respuestas que no llegaban. Pero, antes de que pudiera entender algo, las cosquillas comenzaron nuevamente, esta vez más intensas, más rápidas, sin tregua alguna.

Los dedos invisibles atacaron su cuerpo de inmediato, recorriendo nuevamente su cuello, sus axilas, su cintura y sus caderas, aumentando la velocidad y la intensidad. Erika se retorcía en el sofá, las risas incontrolables volvían a salir de su boca, entrecortadas y desesperadas. No había forma de escapar de la tormenta de cosquillas que la azotaba sin piedad. La sensación era como si las mismas paredes de la mansión se estuvieran burlando de su sufrimiento, alimentándose de su caos.

No podía entender cómo las cosquillas podían detenerse y comenzar con tal rapidez, pero el miedo, la angustia y la risa frenética invadían su ser. Cada vez que lograba controlar un respiro, los dedos invisibles se movían más rápido, se volvían más eficaces, recorriendo sus pies, sus muslos, sus costillas y su abdomen con una precisión aterradora. Su mente no podía seguir el ritmo de los ataques, y sus gritos, entrecortados y desbordados por las carcajadas, se perdían en el aire.

La tortura no cesaba, y la pregunta de la prueba y la voz fantasmal parecían cada vez más distantes, como si todo se estuviera desmoronando alrededor de ella, dejando solo la sensación de ser un objeto, completamente indefensa ante esa fuerza invisible.

«¡No… no puedo más!» rogaba, pero su voz se perdía en el torbellino de risas y movimientos frenéticos. No había forma de detener lo que estaba ocurriendo. El caos parecía infinito.

Finalmente, la tortura cesó tan de repente como había comenzado. Erika cayó, completamente exhausta, en un estado de inconsciencia, sus músculos tensos por el esfuerzo y la angustia. El caos que había experimentado se desvaneció, y el silencio llenó la mansión, envolviendo su cuerpo en una calma inquietante.

A la mañana siguiente, despertó con un fuerte dolor de cabeza y un agotamiento extremo. Abrió los ojos lentamente, mirando alrededor, y lo primero que pensó fue que todo había sido un mal sueño, una pesadilla horrible que se desvanecería con el primer rayito de sol. Sin embargo, al mirar hacia el techo de su tienda de campaña, vio algo que la hizo erizarse.

En la tela de la tienda, con una escritura que parecía surgir de la nada, estaba una frase que la heló por completo: «Te estamos observando, revisa tus pies.»

El miedo volvió a apoderarse de ella. Sin pensarlo mucho, levantó las manos temblorosas y miró sus pies. Al principio, todo parecía normal, pero algo la hizo detenerse. Sus pies estaban desnudos, completamente expuestos, y a su sorpresa, en las plantas de sus pies encontró una pequeña nota, doblada cuidadosamente.

Con manos inquietas, desdobló la nota y leyó: «Superaste la prueba de cosquillas.»

Erika no podía comprender lo que acababa de leer. Su mente, aún atrapada en la confusión, no encontraba una explicación lógica. ¿Cómo era posible que esto hubiera ocurrido? ¿Había realmente superado alguna prueba? ¿Y qué significaba eso?

A pesar de la mezcla de emociones que la invadían —miedo, desconcierto, incredulidad—, su instinto de periodista volvió a tomar control. Esto era algo que tenía que documentar, aunque no entendiera lo que estaba pasando. Decidió grabar un video para su portal web, describiendo su experiencia, lo que había sucedido la noche anterior y las extrañas notas que había encontrado.

“Esto no se puede quedar sin documentarse”, pensó para sí misma, mientras tomaba su cámara con manos aún temblorosas.

Mientras lo hacía, una sensación extraña de que alguien o algo la observaba se apoderó de ella. Pero esta vez, no estaba dispuesta a rendirse. Iba a llegar al fondo de todo esto, sin importar lo que tuviera que enfrentar.

Erika, todavía confundida pero decidida a continuar con su investigación, se puso sus pantuflas y, con una mezcla de cautela y curiosidad, se adentró nuevamente en la mansión. Estaba en pijama, con una camiseta de manga larga y pantalones cómodos, pero no estaba preparada para lo que la esperaría.

El ambiente en la mansión era pesado, como si el aire estuviera impregnado de una energía extraña que nunca se disipaba. A medida que caminaba por el suelo crujiente, el sonido de sus pasos resonaba en las viejas tablas de madera, creando un eco que parecía multiplicarse en el interior de la casa. Con cada paso que daba, sentía una creciente sensación de ser observada, como si ojos invisibles la estuvieran siguiendo desde todas las direcciones.

Erika intentó concentrarse en sus pensamientos, tratando de ignorar esa sensación, pero cada vez que miraba a su alrededor, sentía como si algo o alguien se estuviera moviendo en la penumbra. Sin embargo, cuando giraba la cabeza para verificar, no veía nada más que las sombras que danzaban sobre las paredes rotas y las puertas entreabiertas.

No estaba equivocada, había algo allí. Algo que no podía ver. Algo que la observaba desde el techo, las paredes, incluso el suelo, pero no podía identificar qué era. Lo sentía, lo percibía en el aire, una especie de presencia que la rodeaba constantemente.

Era como si toda la mansión estuviera viva, pero de una manera extraña e incomprensible. Al principio, pensó que su mente la estaba engañando, pero luego, en el silencio inquietante de la casa, oyó un sonido sordo, casi imperceptible: el crujir de algo moviéndose muy cerca de ella.

Erika se detuvo en seco. Miró a su alrededor, su respiración se aceleró, pero no había nada visible. Sin embargo, la sensación de que algo la observaba aumentó aún más. Fue entonces cuando lo sintió: algo la tocó en el tobillo. No fue un roce suave como un viento, sino algo mucho más tangible, como si pequeñas manos invisibles la estuvieran tocando.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Trató de mantener la calma y no dejarse llevar por el pánico, pero esa sensación persistía. Los duendes, aunque invisibles a sus ojos, estaban ahí, observándola con una vigilancia silenciosa y constante, esperando el momento perfecto para hacer algo. Erika no podía verlos, pero los sentía como una presión en el aire, como si fueran una multitud invisible que se agrupaba a su alrededor, esperando a que cometiera un error.

Decidió continuar caminando, pero sus pasos se volvieron más cautelosos. La curiosidad la mantenía en movimiento, pero también el miedo a lo desconocido. ¿Qué querían de ella estos seres invisibles? ¿Por qué no podía verlos?

A pesar de la sensación de angustia que la envolvía, Erika sabía que no podía detenerse ahora. Su misión era descubrir la verdad, aunque eso significara enfrentarse a algo mucho más aterrador de lo que había imaginado.

Erika intentó mantener el equilibrio, pero al sentir el crujir de la madera bajo sus pies, supo que algo no estaba bien. La escalera que ascendía al tercer piso de la mansión, vieja y deteriorada, cedió inesperadamente bajo su peso, haciendo que ambos de sus pies se hundieran entre las tablas, quedando atrapados. Sus pantuflas, que antes la protegían de la fría y áspera madera, quedaron despojadas con una rapidez escalofriante.

El susto la hizo aferrarse con fuerza al pasamanos, el resto de su cuerpo colgando en un ángulo incómodo, mientras intentaba evitar caer completamente. Sin embargo, sus pies seguían atrapados, y aunque trató de liberarse, la sensación de sus pantuflas desapareciendo de sus pies fue inmediata. Algo más estaba en juego, y Erika sabía muy bien lo que eso significaba.

Sentía como si pequeñas manos invisibles, rápidas y hábiles, comenzaran a tocarle los pies. A pesar de su pánico, su cuerpo reaccionó instintivamente, buscando liberarse de esa sensación tan incómoda. Sin embargo, la sensación de los duendes retirando sus pantuflas era tan vívida como aterradora. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando los dedos invisibles comenzaron a acariciar la piel de sus pies, y Erika no pudo evitar tensarse.

«Esto no puede ser real», pensó mientras trataba de liberar sus pies con desesperación. Pero el esfuerzo era en vano. Cuanto más luchaba, más intensas se volvían las sensaciones, hasta que un cosquilleo abrasador se apoderó de sus plantas de los pies, obligándola a reprimir un grito de sorpresa. El pánico comenzó a desbordarse dentro de ella, sabiendo que, como ya había experimentado, las cosquillas solo empeorarían.

De repente, los duendes empezaron a mover sus manos invisibles, tocando y acariciando cada rincón de sus pies, recorriendo sus dedos, los arcos, la planta y el talón. Erika, atrapada y suspendida entre el miedo y la incomodidad, no podía hacer nada más que reír y mover sus pies en un intento desesperado por liberarse. La presión de las cosquillas se intensificó en sus pies, mientras los duendes se divertían con su tormento, sabiendo que ella no podía escapar.

Erika comenzó a luchar con más fuerza, pero los dedos invisibles no paraban. Podía sentir cómo los duendes se movían por debajo de la madera, como si estuvieran acechando cada uno de sus movimientos. El dolor de las cosquillas en sus pies era insoportable, y sus carcajadas se desbordaron sin poder detenerlas. No sabía qué hacer. Estaba atrapada, vulnerable, y sus pies eran el objetivo de una tortura que no había anticipado.

El tiempo parecía alargarse mientras sus pies eran el centro de una tormenta de cosquillas incontrolables. La ansiedad y la risa se mezclaban, mientras Erika sentía cómo los duendes continuaban su juego. El miedo se apoderó de ella, mientras la presión en sus pies la mantenía completamente sometida.

Mientras los duendes, invisibles e impredecibles, seguían «jugando» con los pies de Erika, su cuerpo no podía evitar moverse de un lado a otro en medio de la madera crujiente. Cada toque, cada caricia invisible en sus pies, parecía intensificarse más y más, como si los duendes supieran exactamente dónde tocar para exprimir cada rincón de cosquillas de su piel sensible. Sus pies se movían frenéticamente, tratando de zafarse de la sensación que la estaba desbordando, pero no había escapatoria.

Erika estaba completamente atrapada en el juego macabro de los duendes. Cada cosquilleo en sus plantas de los pies parecía multiplicarse, como si docenas de pequeños dedos invisibles estuvieran recorriéndolos, tocando sus dedos, rozando sus talones, y acariciando los arcos. Sus pies, tan vulnerables, no podían dejar de reaccionar ante los toques, y sus carcajadas salían de su boca sin poder detenerlas. «Esto no puede estar pasando», pensó Erika con desesperación mientras sentía cómo su cuerpo se sacudía involuntariamente.

El dolor de las cosquillas, combinado con la angustia de estar atrapada, la sumía en una mezcla de miedo y risa incontrolable. Su mente luchaba por procesar lo que estaba ocurriendo, pero su cuerpo respondía sin piedad a la tortura invisible que se desataba en sus pies. No podía dejar de reír, no podía detener los movimientos frenéticos de sus pies, ni la sensación de esos dedos invisibles recorriéndola de arriba a abajo.

Las carcajadas se entremezclaban con gritos de desesperación, pero su cuerpo seguía siendo un juguete en manos de los duendes. Erika, en medio de ese caos, comenzó a pensar en lo que había sucedido en la mansión, en todo lo que había experimentado, y en cómo algo tan extraño como esto la había envuelto en su propia pesadilla. «¡No! ¡No puede ser real!» gritó en su mente, mientras la presión sobre sus pies no cesaba.

Era como si los duendes estuvieran disfrutando del tormento que le infligían, y cada vez que Erika pensaba que las cosquillas iban a parar, comenzaban de nuevo, más intensas, más rápidas, más insoportables. No importaba cuánto intentara librarse, su cuerpo solo respondía con más risas, más movimiento, más desesperación. Los duendes no la dejaban descansar, y lo peor de todo era que no podía verlos, no podía luchar contra lo invisible, sólo sentir cómo sus pies se volvían el epicentro de una tortura interminable.

Erika, exhausta y temblorosa, finalmente logró sacar sus pies de la trampa entre las maderas viejas. Con un esfuerzo desesperado, se arrastró fuera de la mansión, respirando a grandes bocanadas de aire fresco. El frío de la noche parecía abrazarla mientras corría hacia su tienda de campaña, sin atreverse a mirar atrás. El miedo seguía retumbando en su pecho, y su mente trataba de procesar lo que acababa de vivir.

Una vez dentro de su tienda, Erika cerró la cremallera con rapidez, aunque no pudo evitar escuchar el eco de sus propias risas, como si la mansión aún la estuviera observando. La fría noche, ahora más quieta, envolvía el campamento en un silencio inquietante. Pero dentro de la tienda, Erika intentó calmarse, sentándose en su saco de dormir.

“¿Qué fue todo eso? ¿Era real?” se preguntaba, mirando la nota que aún tenía en las manos, aquella extraña advertencia: “Te estamos observando.”

A pesar del cansancio y el miedo, Erika sabía que no podía rendirse. A pesar de lo aterrador de la experiencia, la curiosidad seguía siendo más fuerte. Tenía que entender qué estaba pasando allí, en ese lugar solitario y lleno de misterio. ¿Había superado una prueba? ¿O era solo el principio de algo más grande y aterrador?

Decidió que al día siguiente volvería a la mansión, no para huir, sino para resolver el misterio que parecía haberla atrapado. Sin embargo, no estaba sola. Sabía que algo o alguien estaba observándola, siguiéndola desde la oscuridad. Pero algo dentro de ella la empujaba a seguir adelante, a buscar respuestas, sin importar el precio.

Esa noche, mientras el viento aullaba afuera, Erika se quedó dormida, pero con un solo pensamiento en mente: lo que había vivido aún no había terminado, y las respuestas no tardarían en llegar.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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