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Manuela tiene 42 años. Es diseñadora industrial, con una maestría en gerencia. Mide 1.76 metros, pesa 58 kilos, piel blanca, cabello café con visos rubios que le cae sobre los hombros en ondas naturales. Sus ojos son verdes, intensos, de esos que en una reunión de junta directiva parecen estar calculando cada palabra que sale de la boca de los demás. Viste bien, sin estridencias: blusas de cuello alto, chaquetas estructuradas, pantalones de tela gruesa. Siempre zapatos cerrados, porque Manuela tiene un secreto que no comparte en la oficina: sus pies son extremadamente cosquilludos. Usa talla 40. Sus plantas, en particular, son su punto más hipercosquilludo. Cualquier roce ligero, cualquier uña que se deslice por el arco o por debajo de los dedos, la hace reír a carcajadas sin que pueda controlarlo. Por eso evita los zapatos abiertos. Por eso en el salón de belleza nunca pide el masaje de pies. Por eso, cuando alguien se acerca demasiado a su escritorio mientras ella tiene los pies descalzos debajo de la mesa, los esconde instintivamente. Nadie en la empresa lo sabe. Nadie lo sabrá nunca.
O eso creía ella hasta hoy.
Eran las 10:15 de la mañana cuando recibió el mensaje en el celular. «Manuela, por favor pase a la sala de juntas 3. La esperamos». El remitente era Andrea, la directora de talento humano. No era normal que Andrea la citara sin previo aviso. No era normal que el mensaje fuera tan seco. Manuela levantó la vista de su computador, miró a su alrededor. El piso ejecutivo funcionaba con la calma habitual: los analistas tecleando, los teléfonos sonando en volumen bajo, el aire acondicionado emitiendo ese zumbido constante que ella ya ni siente. Guardó el archivo en el que estaba trabajando, un análisis de costos para un proyecto nuevo, y caminó hacia la sala de juntas con la respiración controlada. Llevaba quince años en la empresa. Ocho como gerente de diseño. Había cumplido todas las metas, todas. El año pasado, su equipo ganó el premio interno a la innovación. Este año, los indicadores estaban en verde, en algunos casos en azul. No había motivo para preocuparse. Y sin embargo, mientras caminaba por el pasillo de vidrio y concreto, sintió un vacío en el estómago. La intuición de los que llevan mucho tiempo en una oficina y saben que las noticias buenas no llegan por mensaje de texto a las 10:15.
La sala de juntas 3 tenía una mesa larga de madera oscura, ocho sillas giratorias y una pared entera de ventanas que daban al norte de la ciudad. Cuando Manuela entró, ya estaban sentados dos personas: Andrea, directora de talento humano, cuarenta y tantos, pelo recogido, expresión neutra; y Carlos, su jefe directo, el gerente general, un hombre de cincuenta y cinco años que vestía traje azul todos los días y que llevaba seis meses evitando mirarla directamente en las reuniones. Carlos no la miró ahora tampoco. Tenía los brazos cruzados sobre la mesa y los ojos fijos en un punto intermedio entre el ventanal y la puerta. Andrea, en cambio, la recibió con una sonrisa profesional que no llegaba a sus ojos.
«Siéntate, Manuela», dijo Andrea, señalando la silla frente a ellas.
Manuela se sentó. Colocó las manos sobre la mesa, una sobre otra. No iba a cruzarlas, no iba a mostrar nervios. Esperó.
Carlos carraspeó. Metió la mano en una carpeta de cuero que estaba junto a su computador y sacó una hoja impresa. La deslizó hacia Manuela sin mirarla. «Esto es un documento de terminación de contrato», dijo. Su voz sonó plana, como la de alguien que ha ensayado esa frase muchas veces. «La empresa está haciendo una reestructuración. Necesitamos reducir la nómina en el área de dirección. Tu puesto es uno de los afectados».
Silencio. El aire acondicionado seguía zumbando. Afuera, una nube pasó frente al sol y la sala se oscureció un momento.
Manuela no movió las manos. Miró la hoja, luego a Carlos, luego a Andrea. «He cumplido con todas mis metas», dijo. No era un reclamo. Era un hecho. «El área de diseño está en su mejor momento en tres años. Tenemos una cartera de proyectos aprobados hasta el próximo semestre».
«Es una decisión estratégica», terció Andrea, inclinándose un poco hacia adelante. «No tiene que ver con tu desempeño. El perfil de la empresa está cambiando. Necesitamos perfiles más… operativos en la gerencia. Menos estratégicos». La palabra «menos» quedó flotando en el aire como una burbuja a punto de reventar.
Manuela entendió inmediatamente. Menos estratégicos significaba más jóvenes. Significaba más baratos. Significaba que sus quince años de experiencia, su maestría, sus resultados, pesaban menos que un sueldo menor en el balance general. No lo dijo. No iba a darles la satisfacción de verla enojada.
«La indemnización», continuó Andrea, «es la que establece la ley, más un extra por antigüedad. El cálculo está en la segunda página. Es una suma importante. Carlos lo autorizó personalmente».
Manuela deslizó la hoja hacia sí. Leyó las cifras sin procesarlas del todo. Era una buena indemnización, sí. Lo suficiente para vivir unos meses sin apuros. Lo suficiente para no tener que aceptar cualquier cosa. Pero también era un final. La puerta cerrándose detrás de ella después de quince años.
«¿Cuándo es mi último día?», preguntó. Su voz sonó firme. Eso era lo importante.
«Hoy», dijo Carlos. Por fin la miró. Había un atisbo de algo en sus ojos, quizá culpa, quizá alivio. «Puedes tomarte el resto de la mañana para recoger tus cosas. Andrea te acompañará».
Manuela asintió. Dobló la hoja con cuidado, la guardó en el bolsillo de su chaqueta. Se puso de pie. «Gracias por los años», dijo, y no añadió «a pesar de todo» porque ella era profesional y porque en Bogotá, en las oficinas, uno no quema puentes aunque tenga ganas.
Andrea se levantó también. Carlos se quedó sentado, mirando la pared de ventanas.
La salida fue ordenada, casi quirúrgica. Andrea la escoltó de vuelta a su oficina. Ahí, Manuela abrió los cajones uno por uno: la libreta de apuntes, los bolígrafos que le gustaban, una foto de su gato en la playa (nunca había ido a la playa con el gato, era una foto absurda que le regaló una amiga), una taza con un dibujo de una curva de oferta y demanda que decía «economía es sexy». Lo puso todo en una caja de cartón que Andrea fue a buscar a la oficina de al lado. El computador, el teléfono, la silla ajustable, el cuadro con el título de maestría colgado en la pared: todo eso se quedaba. Manuela solo se llevó lo personal. Y la dignidad.
Cuando terminó, caminó hacia el ascensor con la caja en las manos. Algunos compañeros la vieron. Algunos desviaron la mirada. Otros le dijeron «suerte» con voz baja. Nadie preguntó por qué. En las empresas grandes, la reestructuración es un virus silencioso: todos saben que existe, todos temen contagiarse, pero nadie habla de él en voz alta.
El ascensor bajó los veintisiete pisos en silencio. Manuela miró su reflejo en las puertas metálicas. Su reflejo tenía el moño todavía firme, la blusa sin arrugas, los ojos verdes sin lágrimas. Buena actuación, pensó. En la calle, el sol de mediodía la recibió con una bofetada de luz. Paró un taxi, dio la dirección de su apartamento y se dejó caer en el asiento de atrás. La caja con sus pertenencias descansaba sobre sus rodillas.
El taxista no habló. Manuela lo agradeció.
Mientras el taxi avanzaba entre el tráfico pesado de la Septima, ella pasó los dedos por el borde de la taza que decía «economía es sexy». Sonrió por primera vez en toda la mañana. Una sonrisa amarga, pero sonrisa al fin. Seis meses de indemnización, pensó. Seis meses para encontrar algo nuevo. O seis meses para descubrir que a los 42 años, con un máster y quince años de experiencia, el mercado laboral no la esperaba con los brazos abiertos.
El taxi se detuvo frente a su edificio. Pagó, bajó, subió en el ascensor. Al abrir la puerta de su apartamento, su gato, un mestizo gris que se llamaba Keynes en honor al economista, la miró desde el sofá con esa expresión de quien sabe que algo ha cambiado pero no le importa mientras le llenen el plato de comida. Manuela dejó la caja en la entrada, se quitó los zapatos, y quedó descalza sobre la baldosa fría. Sus pies, talla 40, sintieron el contacto inmediato. Las plantas, sus puntos hipercosquilludos, se estremecieron un poco con la temperatura. Ella no les hizo caso. Caminó hacia la cocina, abrió la nevera, sacó una botella de agua. Bebió directamente del pico.
Keynes se desperezó, saltó del sofá y se acercó a frotarse contra sus tobillos. Manuela lo miró. «Estamos desempleados», le dijo. Keynes parpadeó. «Pero con una indemnización decente». Otro parpadeo. «Seis meses para inventarnos algo nuevo». El gato maulló sin mucho entusiasmo y se fue a dormir a la habitación.
Manuela se quedó en la cocina, descalza, con la botella de agua en la mano. Afuera, Bogotá seguía su curso: los carros pitando, los vendedores ambulantes cantando sus ofertas, las nubes acumulándose sobre los cerros orientales. Adentro, el silencio de la primera tarde sin trabajo en quince años. Un silencio que ella no sabía si llenar con llanto, con planes o con una siesta.
Decidió la siesta. Pero antes, apoyó la botella en la mesa, fue al baño, se lavó la cara, se miró otra vez al espejo. «Vas a estar bien», se dijo. Y no supo si era verdad o un mantra.
Lo que sí sabía, lo que no podía anticipar mientras se desabrochaba la chaqueta y la colgaba en la silla del comedor, es que en menos de una semana un muchacho de veinticinco años, técnico informático, exsubordinado suyo, tocaría su timbre para revisarle los computadores. Y que sus pies, sus plantas hipersensibles de talla 40, se convertirían en el centro de una negociación que ningún manual de economía había previsto. Pero eso, Manuela todavía no lo sabía.
Por ahora, solo había silencio, un gato indiferente, y la certeza de que el despido no era el fin. Era, quizá, el principio de algo completamente distinto.
Los primeros tres días después del despido, Manuela no hizo absolutamente nada. Se quedó en pijama hasta el mediodía, vio dos temporadas completas de una serie noruega de la que no recordaría ni un solo nombre, y comió directamente del envase de helado mientras Keynes la miraba con desprecio felino. El cuarto día, se levantó a las diez de la mañana, se miró en el espejo y no le gustó lo que vio. No era la apariencia. Era la ausencia de propósito. La falta de un lugar al que llegar temprano, de una agenda que cumplir, de un correo electrónico urgente que responder. El vacío que deja la oficina después de quince años es más grande de lo que parece.
Así que el quinto día, Manuela decidió que el desempleo no iba a ser una enfermedad. Iba a ser, pensó mientras preparaba café con leche y unas tostadas con aguacate, una especie de año sabático forzado pero digno. Su indemnización le permitía unos meses sin apuros económicos. Podía permitirse este lujo: reinventarse desde el sillón de su casa, pero con disciplina. A los 42 años, una diseñadora industrial con maestría en gerencia no podía permitirse caer en el desorden. El mundo corporativo es implacable con las mujeres que muestran signos de derrumbe. Y Manuela, aunque nadie la viera, no iba a dar señales de debilidad ni siquiera a solas con su gato.
La primera semana como desempleada estableció un ritmo. Manuela se levantaba a las ocho y media, una hora y media más tarde de cuando se levantaba cuando trabajaba. Ese pequeño lujo era su única concesión al desorden. Se duchaba con agua caliente, se vestía con ropa cómoda pero no descuidada: leggings, camisetas de algodón, sudaderas holgadas. Desayunaba bien, sentada en la mesa del comedor, sin el afán de antes. Huevos revueltos, arepas, jugo de naranja recién exprimido. A veces, si Keynes se acercaba con interés fingido, le daba un trozo de jamón. El gato lo olfateaba, lo rechazaba y se iba a dormir al sol de la ventana.
Después del desayuno, Manuela hacía ejercicio. No era una atleta, nunca lo había sido, pero tenía claro que el cuerpo quería moverse después de tantos años sentada frente a un computador. Empezó con trotes suaves por el parque de la esquina. El primer día, apenas aguantó quince minutos. Las rodillas le dolieron, los pulmones le ardieron, y un perro callejero la persiguió durante media cuadra hasta que un señor mayor lo ahuyentó con un palo imaginario. Manuela volvió a su casa colorada y jadeando, pero con una sonrisa. Algo era algo.
Al día siguiente, sacó la bicicleta del depósito. Era una bicicleta estática de esas que compró en pandemia con la mejor intención y que llevaba dos años funcionando como perchero. Le quitó el polvo, se subió, y pedaleó durante treinta minutos mientras veía un documental sobre economía conductual. Sudó como nunca. Sus piernas, que estaban acostumbradas solo a caminar del parqueadero a la oficina, le reclamaron con temblores. Ella les respondió con más pedaleo. Era su cuerpo contra su voluntad, y Manuela siempre había sido buena ganando discusiones.
El séptimo día, se atrevió con los patines. Había sido patinadora en la adolescencia, pero eso fue hace más de veinte años. Los patines los compró en un arrebato de nostalgia durante una liquidación de un almacén deportivo, y nunca los había usado. Se los puso en la sala, se agarró de la pared, y dio los primeros pasos torpes. Cayó dos veces sobre la colchoneta de yoga que había extendido en el piso por precaución. La tercera vez, logró mantenerse erguida y avanzar unos metros sin morir en el intento. Keynes la observaba desde lo alto del sofá con una mezcla de preocupación y vergüenza ajena. «No me juzgues», le dijo Manuela mientras recuperaba el equilibrio con los brazos abiertos como un pingüino. El gato cerró los ojos y se hizo el dormido.
En la segunda semana, Manuela añadió yoga a su rutina. El yoga era nuevo para ella. Siempre lo había considerado una actividad demasiado lenta, demasiado espiritual, demasiado alejada de su mente analítica de diseñadora. Pero en el segundo día sin trabajo, había encontrado un canal de YouTube de una instructora colombiana que explicaba las posturas con una calma que rozaba lo hipnótico. Manuela se puso la colchoneta en la sala, enfrente del televisor, y siguió las instrucciones. Respira hondo. Estira los brazos. Baja la espalda. Postura del perro boca abajo. Postura del guerrero. Postura del árbol, que hizo tambaleándose y riéndose de sí misma.
Lo que más le costaba era la postura del loto, con las piernas cruzadas y los pies apoyados sobre los muslos. Porque en esa posición, las plantas de sus pies quedaban expuestas hacia arriba, y aunque no había nadie más en el apartamento, Manuela sentía una incomodad extraña. No es que le hicieran cosquillas solas, por supuesto. Eso no ocurre. Era más bien un recuerdo, una memoria anticipada de lo que podría pasar si alguien las tocara. Sus pies, talla 40, eran su secreto mejor guardado. Su punto más hipercosquilludo, las plantas, la obligaban a tener cuidado siempre. En el yoga, cuando la instructora decía «relaje los pies», Manuela los tensaba sin querer. Una paradoja muscular que ella misma encontraba absurda pero incontrolable.
La rutina de esas dos semanas tuvo otros momentos. Manuela ordenó el apartamento de arriba abajo. Limpió los vidrios de la ventana del estudio, algo que llevaba postergando tres años. Regó las plantas del balcón, incluyendo una suculenta que estaba a punto de morir de sed. Cocinó platos que requerían tiempo: un sancocho que le tomó toda una mañana, unas arepas de huevo que le quedaron duras pero con sabor a infancia, una bandeja de brownies de chocolate que compartió virtualmente con sus amigos en un grupo de WhatsApp. Subió fotos de los brownies. Recibió nueve mensajes de «qué ricos se ven» y ninguno de «cómo estás, Manuela». La vida seguía para los demás.
También actualizó su hoja de vida. Esa fue la parte más difícil. No por el contenido: tenía títulos, experiencia, resultados medibles, cartas de recomendación guardadas en una carpeta virtual. Lo difícil era enfrentarse al documento que resumía quince años de trabajo y darse cuenta de que, a los 42 años, su hoja de vida era un objeto incómodo. Demasiado larga para un puesto operativo. Demasiado costosa para una startup. Demasiado femenina para algunos jefes que seguían pensando que las mujeres gerentes son «muy intensas». Demasiado real para un mercado laboral que prefería la promesa de la juventud sobre la certeza de la experiencia.
Manuela guardó la hoja de vida en la carpeta de «documentos importantes» y no la abrió más en esa semana.
Las noches eran distintas. Sin el cansancio de la oficina, Manuela dormía menos horas pero mejor. Se quedaba leyendo en la cama hasta tarde. Novelas, ensayos de economía, manuales de diseño. A veces, si el insomnio la visitaba, se levantaba a tomar leche caliente y se sentaba en el balcón a ver las luces de la ciudad. Desde su apartamento en el piso 27, Bogotá se extendía como un mapa de constelaciones: los faroles de las calles, las ventanas iluminadas de otros edificios, los carros que subían por la Septima como hormigas luminosas. Pensaba en su futuro y no encontraba respuestas. Pero tampoco encontraba miedo. Esa era la novedad. El despido había sido como un balde de agua fría, pero después del susto inicial, el agua empezaba a sentirse casi refrescante.
El domingo al final de la segunda semana, Manuela hizo un balance. Se sentó en el sofá con una libreta nueva que había comprado en una papelería del centro. Escribió en la primera página: «Cosas que he hecho bien en estos 14 días». La lista fue larga y la hizo con orgullo: levantarme sin alarma, desayunar tranquila, trotar sin parar (ya aguantaba 25 minutos), montar bicicleta 45 minutos sin morir, patinar sin caerme (mucho), hacer yoga todos los días, ordenar el apartamento, cocinar rico, leer tres libros, dormir mejor. Abajo, en otra columna, escribió: «Cosas que no he hecho y debería». En esa lista solo puso dos: «Buscar trabajo activamente» y «Contestarle a mamá (son 12 mensajes sin respuesta)». Tachó lo de mamá y pasó a otra página.
Escribió: «Plan para la semana tres». Y debajo: «Llamar a Andrés para que revise los Macs. Hace meses que están lentos». Era un pendiente trivial, casi doméstico. Manuela no sabía que ese pendiente cambiaría su vida. No podía saberlo. Nadie puede prever que un técnico informático de veinticinco años, con cara de niño bueno y dedos ágiles, va a convertirse en el epicentro de una negociación absurda y fascinante. Ella solo pensaba que los computadores necesitaban mantenimiento y que Andrés, su exsubordinado, trabajaba bien y era confiable. Eso era todo. Lo demás, el destino o el azar o lo que sea que mueve las piezas del mundo, ya estaba en marcha.
Manuela cerró la libreta, se estiró en el sofá y apoyó los pies descalzos en la mesa de centro. Sus plantas de talla 40 quedaron expuestas hacia el techo. No sintió cosquillas, por supuesto. Eso no ocurre por sí solo. Pero los dedos de sus pies, sin que ella lo decidiera, se movieron un poco. Como si anticiparan algo. Como si supieran algo que su mente todavía ignoraba.
Keynes saltó al sofá y se acurrucó junto a sus piernas. Manuela le rascó la barriga. El gato ronroneó. Afuera, la noche bogotana seguía su curso, ajena a los pequeños dramas y las pequeñas decisiones que, a la larga, terminan definiendo una vida.
La tercera semana de desempleo empezó como las dos anteriores: con una taza de café en la mano, un desayuno tranquilo en la mesa del comedor y la certeza de que el mundo seguía girando sin necesidad de que ella se pusiera un traje ejecutivo. Manuela había encontrado un ritmo que no era productivo en el sentido corporativo, pero que le llenaba las horas con una calma inesperada. Las mañanas eran para el ejercicio: trotaba veinticinco minutos, montaba bicicleta un rato, patinaba en el parque cuando el piso estaba seco. Las tardes, para leer, cocinar o simplemente mirar por la ventana cómo las nubes se acumulaban sobre los cerros orientales. Las noches, para ver series o hablar por teléfono con amigos que todavía tenían trabajo y que la trataban con esa mezcla de lástima y envidia que solo los empleados sienten por los desempleados.
El miércoles de esa tercera semana, mientras Manuela estaba en medio de una postura de yoga que le exigía más concentración de la que estaba dispuesta a dar, el teléfono vibró sobre la colchoneta. Un mensaje de WhatsApp. Terminó la postura, inspiró hondo, y tomó el celular.
Era Andrés.
Manuela lo reconoció al instante, no tanto por la foto de perfil —un paisaje genérico de montañas— sino por el nombre. Andrés. Veinticinco años, técnico en sistemas, esa cara de niño bueno que parecía recién salido de la universidad pero que ya tenía una experiencia laboral sólida. Había trabajado con ella en la empresa durante casi dos años. Él como soporte técnico, ella como gerente de diseño. La relación fue profesional, distante, correcta. Hasta aquella vez que él fue a su apartamento a hacerle mantenimiento a los Macs. Eso fue unos meses antes de que ella fuera despedida. Y también antes de que él renunciara, algo que Manuela nunca terminó de entender. Un buen técnico, joven, con futuro, que de repente entregó su carta de renuncia sin dar muchas explicaciones. Recursos humanos dijo algo de «motivos personales». Manuela, en ese momento, tenía suficientes problemas propios como para indagar en los de los demás.
El mensaje era simple, casi protocolario:
«Hola Manuela, mucho gusto. Soy Andrés, el técnico que trabajaba con usted en la empresa. Espero que esté bien. Le escribo porque ahora estoy trabajando independiente, ofreciendo servicios de mantenimiento de equipos Mac. Recuerdo que hace unos meses fui a su apartamento a revisar sus computadores y ya ha pasado bastante tiempo. Sería bueno hacerles una revisión otra vez, sobre todo para evitar que se dañen por falta de limpieza interna. Si le interesa, me avisa y coordinamos. Quedo atento. Saludos.»
Manuela leyó el mensaje una vez. Luego lo leyó otra vez. No había nada extraño en él. Era un mensaje de negocios, de esos que cualquier profesional independiente envía a antiguos contactos para activar clientes. Andrés había sido un buen técnico. Rápido, eficiente, discreto. Lo del mantenimiento anterior quedó como un servicio bien hecho, sin mayores consecuencias. O al menos eso era lo que Manuela había decidido creer.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la colchoneta y volvió al yoga. La instructora del video, esa mujer de voz hipnótica, estaba diciendo algo sobre «escuchar al cuerpo» y «soltar las expectativas». Manuela hizo la postura del árbol con los brazos extendidos y los ojos cerrados. Trató de no pensar en el mensaje. Trató de concentrarse en la respiración. Pero la palabra «Mac» le flotaba en la cabeza como un insecto molesto. Era cierto que los computadores estaban más lentos de lo normal. El iMac Pro, que en su momento fue una bestia de potencia, ahora tardaba siglos en abrir el software de diseño. El MacBook Pro, el que usaba para trabajar desde casa, tenía la batería que duraba menos que un partido de fútbol. Necesitaban mantenimiento. Pero también necesitaba ella decidir si quería volver a ver a Andrés en su apartamento. Sola. Con sus pies descalzos. Otra vez.
Manuela abrió los ojos. Se bajó de la colchoneta, apagó el televisor y fue a la cocina a prepararse un jugo de mango. Mientras pelaba la fruta, pensó en lo absurdo de la situación. Era una mujer de 42 años, diseñadora industrial con maestría en gerencia, quince años de experiencia corporativa, una indemnización en el banco y un currículum que cualquier empresa debería querer. Y estaba ahí, en su cocina, evitando responder un mensaje de un técnico de sistemas porque su subconsciente asociaba ese chico con una sensación que ella no quería ni nombrar. Ridículo, pensó. Completamente ridículo.
Terminó el jugo, lo bebió de un solo trago, y volvió a la sala. El teléfono seguía donde lo había dejado, boca abajo sobre la colchoneta de yoga. Manuela lo recogió, desbloqueó la pantalla y abrió la conversación con Andrés. Leyó el mensaje por tercera vez. Sus dedos se quedaron suspendidos sobre el teclado virtual. Podía escribir «gracias, en estos días te confirmo» o «sí, podemos agendar» o simplemente «no gracias». Cualquier respuesta era válida. Cualquier respuesta era fácil. Pero sus dedos no se movían.
Puso el teléfono en la mesa de centro y se fue a la ducha.
El agua caliente le corrió por la espalda mientras intentaba ordenar sus pensamientos. No era Andrés el problema. Andrés era solo un chico de veinticinco años que hacía bien su trabajo y que, además, era amable y respetuoso. El problema era lo que pasó la última vez. Esa tarde en su apartamento, cuando ella estaba descalza, cuando él terminó el mantenimiento y de repente… Bueno, no iba a darle vueltas a eso ahora. No había sido grave. No había sido nada, en realidad. Un momento incómodo, una risa nerviosa, un límite que él respetó cuando ella se lo pidió. Nada más. Pero el recuerdo seguía ahí, como una ficha de dominó apoyada en el borde de la mesa, esperando que alguien la empujara.
Manuela se secó el pelo con la toalla, se puso la bata y volvió a la sala. Abrió el mensaje otra vez. Se sentó en el sofá. Keynes, el gato gris, se acercó a oler sus pies húmedos y luego retrocedió con desprecio. Manuela lo ignoró. Leyó el mensaje por cuarta vez. Era impecable. Profesional, cordial, ligeramente formal. Nada que objetar. Andrés había escrito exactamente lo que debía escribir un técnico independiente a una posible cliente.
Entonces, ¿por qué no podía responder?
Porque responder significaba agendar una cita. Y agendar una cita significaba que él vendría a su apartamento otra vez. Y él vendría a su apartamento otra vez significaba que ella estaría descalza otra vez. O no. Podía usar zapatos todo el tiempo. Podía mantener la distancia. Podía poner límites claros desde el principio. Era una adulta, por Dios. Una profesional con maestría. Podía perfectamente recibir a un técnico en su casa sin que ocurriera nada fuera de lo normal.
Pero también podía no responder. Podía dejar el mensaje ahí, en el limbo digital, y buscar a otro técnico. Cualquier técnico. Bogotá estaba llena de personas que sabían reparar Macs. No necesitaba llamar específicamente a Andrés. No había ninguna obligación, ningún contrato, ninguna deuda pendiente. Era libre de ignorar ese mensaje y seguir con su vida desempleada, haciendo yoga, trotando, comiendo brownies y viendo series noruegas.
Manuela bloqueó el teléfono y lo dejó en la mesa. Se levantó, fue a la cocina, y empezó a preparar el almuerzo. Arroz con pollo, frijoles, ensalada. Nada complicado. Mientras picaba la cebolla, los ojos se le aguaron, pero no supo si era por la cebolla o por la frustración de no poder tomar una decisión tan simple. Era un mensaje de WhatsApp. Un mensaje de WhatsApp no debería tener este poder sobre ella.
Almorzó en silencio, con el teléfono en la habitación. No lo miró durante toda la comida. Keynes se sentó a sus pies, esperando que se cayera algo, y ella le dio un pedazo de pollo para que la dejara comer tranquila. Después del almuerzo, lavó los platos, ordenó la cocina, barrió el piso. Cosas domésticas que llenaban el tiempo y mantenían la mente ocupada.
Cuando terminó, el sol de la tarde entraba por la ventana del estudio. Manuela se paró frente al iMac Pro, lo encendió, y escuchó el ventilador interno sonando más fuerte de lo normal. El disco duro tardó en cargar. El cursor se movía con un retraso mínimo pero perceptible. Su Mac necesitaba ayuda. Eso era un hecho objetivo, medible, ineludible.
Manuela volvió a la sala, tomó el teléfono, abrió la conversación con Andrés. Leyó el mensaje una vez más. Y luego, con una determinación que no se explicaba del todo, cerró el chat, bloqueó la pantalla y fue a la habitación a echarse una siesta. El mensaje quedaría ahí, sin respuesta. Por ahora. Tal vez mañana. Tal vez nunca. Tal vez más tarde, cuando estuviera más tranquila, cuando pudiera separar el servicio técnico de cualquier otro recuerdo.
Se acostó en la cama, cerró los ojos, y se dejó llevar por el ruido blanco del ventilador del techo. Keynes saltó a la cama y se acurrucó a su lado. Afuera, Bogotá seguía siendo Bogotá: fría, gris, impredecible. Adentro, Manuela dormía con el ceño fruncido, como si incluso en sueños estuviera resolviendo un problema que no tenía solución fácil.
El mensaje de Andrés seguiría ahí cuando despertara. Y ella tendría que decidir algo. Pero no ahora. Ahora solo había sueño, un gato ronroneando, y el silencio de un apartamento en el piso 27.
Manuela no respondió el mensaje de Andrés en toda la tarde. Tampoco en la noche, cuando se sentó en el balcón con una taza de té y el celular en la mesa auxiliar. Tampoco al día siguiente, cuando desayunó arepas con queso y vio el chat abierto sin atreverse a escribir ni un emoji. El mensaje seguía ahí, leído pero ignorado, como una cuenta de restaurante que uno sabe que tiene que pagar pero deja para el final de la noche.
Para entender por qué ese mensaje le generaba tanta incomodidad, habría que retroceder unos meses. Antes del despido. Antes de las dos semanas de yoga y bicicleta estática. Cuando Manuela todavía era gerente y Andrés era simplemente «el chico de sistemas» que resolvía los problemas informáticos de los ejecutivos con una eficiencia silenciosa.
Andrés tenía veinticinco años en esa época. Veinticinco, cara de dieciocho, cuerpo delgado y una timidez que disimulaba mal con sus camisas de cuadros y sus mochilas llenas de cables. Era buen técnico, de esos que no necesitan que les expliques dos veces cuál es el problema. Llegaba, conectaba su computador portátil, tecleaba comandos que parecían mágicos, y en veinte minutos todo funcionaba otra vez. Los ejecutivos lo querían porque resolvía. Manuela lo quería porque era discreto y porque nunca la interrumpía con preguntas tontas.
La relación fue estrictamente profesional durante casi dos años. Manuela lo saludaba en el pasillo, le pedía favores técnicos por correo electrónico, y a veces, cuando el café de la máquina distribuidora estaba especialmente malo, le ofrecía uno de los suyos, el que ella preparaba en su oficina con una prensa francesa. Él aceptaba en silencio, bebía despacio, y se iba apenas terminaba. Nunca hablaban de nada personal. Nunca cruzaban esa línea invisible que separa al jefe del subordinado.
Hasta aquella tarde.
La tarde en que su MacBook Pro empezó a comportarse como un adolescente rebelde: se apagaba sin aviso, cerraba las aplicaciones cuando más las necesitaba, y mostraba una pantalla gris que en el lenguaje técnico significa algo así como «estoy muriendo, llevame al médico». Manuela le escribió a Andrés, él respondió que podía ir a su apartamento ese mismo sábado, y ella aceptó sin darle muchas vueltas. Era un servicio técnico. Nada más.
La cita fue en la mañana. Andrés llegó puntual, con su mochila y una libreta de apuntes que siempre llevaba pero nunca usaba. Manuela lo hizo pasar, le mostró el MacBook Pro sobre el escritorio del estudio, y se sentó en el sofá de la sala a leer mientras él trabajaba. Ella vestía ropa cómoda: leggings negros, camiseta blanca, pantuflas de peluche. Descalza dentro de las pantuflas. Eso fue importante después, aunque en ese momento no parecía relevante.
Andrés trabajó durante un par de horas. Manuela le ofreció agua, él aceptó, ella fue a la cocina y volvió con un vaso. En algún momento de esa mañana, ella se recostó en el sofá, estiró las piernas, y las pantuflas cayeron al suelo. Quedó descalza, con los pies apoyados en el borde del sofá, las plantas expuestas. No le dio importancia. Estaba en su casa, con un técnico que consideraba confiable, en un contexto puramente profesional.
Pero Andrés vio sus pies. Y en algún momento, mientras simulaba revisar una conexión en la parte trasera del computador, pasó cerca del sofá. Lo que ocurrió después fue breve y confuso. Un roce. Un dedo que no debería haber tocado. Una risa que Manuela no pudo contener. Y luego el silencio incómodo de dos personas que saben que acaba de cruzar un límite pero ninguna sabe cómo volver atrás.
Manuela nunca supo bien cómo ocurrió. Si fue intencional o un accidente. Si él se acercó demasiado sin querer o si hubo algo más. Lo único que recordaba con claridad era su propia reacción: una carcajada inmediata, un movimiento brusco para esconder los pies, y un comentario que salió antes de que pudiera pensarlo: «Ay, no, soy muy cosquilluda». Andrés se disculpó rápidamente, con la cara colorada, y volvió al computador como si nada hubiera pasado. Ella se puso las pantuflas y no volvió a quitarse los pies del suelo en el resto de la visita.
El servicio técnico se completó sin más incidentes. Andrés desmontó el equipo, limpió los ventiladores, actualizó el sistema operativo, y le explicó con términos técnicos lo que había hecho. Manuela asintió, pagó lo acordado, y él se fue con un «saludos cordiales» que sonó más formal de lo normal. Cerró la puerta. Espiró. Y decidió que ese incidente quedaría enterrado en el archivo de «cosas incómodas que nunca volverán a ocurrir».
Pero dos días después, Andrés renunció.
Manuela se enteró por un correo automático de recursos humanos. «Agradecemos a Andrés su dedicación y le deseamos éxito en sus nuevos proyectos». Fue breve, genérico, el mismo correo que enviaban cuando se iba cualquier empleado. Ella lo leyó, frunció el ceño, y lo archivó sin darle mayor importancia. Estaba en medio de un proyecto importante, con reuniones, presupuestos y entregables. No tenía tiempo para pensar en técnicos que se iban.
Sin embargo, en los días siguientes, mientras tomaba café en su oficina o miraba por la ventana del piso veintisiete, la idea se le fue enredando sola. Andrés había renunciado apenas cuarenta y ocho horas después de la visita a su apartamento. Cuarenta y ocho horas después de ese roce incómodo, de esa risa inesperada, de ese momento en que sus pies quedaron expuestos y él los tocó. La coincidencia era demasiado evidente para ignorarla.
Manuela construyó entonces su teoría. La única explicación que su mente analítica encontraba razonable era que Andrés se había sentido avergonzado. Muy avergonzado. Había cruzado una línea que no debía cruzar, había tocado a su jefa sin permiso, y en lugar de enfrentar la situación, había preferido huir. Renunciar. Borrar el problema de raíz. Era una reacción infantil, pensó Manuela, pero también humana. Un chico de veinticinco años, tímido, de esos que se sonrojan si una mujer le sonríe demasiado, probablemente no tenía las herramientas emocionales para manejar lo que había pasado. Así que se fue. Así de simple.
Otra posibilidad, más incómoda, también cruzó su mente en algún momento. ¿Y si Andrés renunció no por vergüenza, sino por otra razón? ¿Y si lo que pasó en el apartamento despertó algo en él que no sabía cómo gestionar? ¿Y si no era solo incomodidad, sino fascinación? Manuela descartó esa idea rápido. Demasiado rápido, quizá. Se dijo a sí misma que estaba leyendo cosas donde no las había. Que un roce accidental no significaba nada. Que Andrés era un profesional y que su renuncia seguramente respondía a otras motivaciones: una mejor oferta laboral, problemas personales, cualquier cosa menos él huyendo de ella.
Pero la duda quedó. Como una mota de polvo en el borde de la mesa, pequeña pero visible si uno miraba con atención.
El tiempo pasó. Manuela fue despedida unos meses después. La renuncia de Andrés se convirtió en un recuerdo borroso, una nota al pie en la historia de su vida laboral. Hasta que ese mensaje de WhatsApp llegó, tres semanas después de su despido, y todo volvió a flotar a la superficie. El roce. La risa. La renuncia misteriosa. Y ahora, este nuevo mensaje, ofreciendo sus servicios independientes como si nada hubiera pasado.
¿Era casualidad que Andrés hubiera escrito justo ahora, cuando ella estaba desempleada y vulnerable? ¿O había estado esperando el momento oportuno? ¿Sabía que ella ya no era su jefa, que ya no tenía poder sobre él, que ahora eran simplemente dos personas en un mercado de servicios? Manuela no podía probar nada, pero su instinto de gerente, ese radar que había afinado durante quince años para detectar intenciones ocultas, le decía que había algo más en ese mensaje. Algo que no estaba escrito. Algo que se escondía detrás de las palabras profesionales y el tono cordial.
Pero también podía estar equivocada. Podía ser que Andrés simplemente necesitara clientes y que su nombre apareciera en su lista de contactos como una posible fuente de ingresos. Podía ser que él ya hubiera superado lo ocurrido, que para él fuera un accidente sin importancia, que ella fuera la única que seguía dándole vueltas al asunto como si tuviera veinte años en lugar de cuarenta y dos.
Manuela suspiró, dejó el teléfono en la mesita de noche y apagó la luz. En la oscuridad, con los ojos abiertos mirando el techo, volvió a repasar los hechos. Andrés era un buen técnico. Sus Macs necesitaban mantenimiento. Él había tomado la iniciativa de escribirle. Todo era lógico, racional, económicamente sensato. No había ninguna razón válida para no responder.
Pero el teléfono siguió mudo. Y el mensaje, ahí, esperando. Y Manuela, en su cama, dando vueltas sin conciliar el sueño, pensando en un chico de veinticinco años que un día tocó sus pies sin permiso y al día siguiente desapareció de su vida. Y que ahora, de repente, volvía.
Como si nada.
Pasaron dos días. Dos días en los que Manuela abrió la conversación de WhatsApp exactamente siete veces, leyó el mensaje de Andrés otras tantas, y cerró la aplicación sin escribir una sola letra. Cada vez que lo hacía, se prometía que a la siguiente sería diferente. Que escribiría algo breve, profesional, inofensivo. Algo como «gracias, en estos días te confirmo» o «ahora no estoy interesada, pero te aviso». Cualquier cosa que rompiera el silencio y la liberara de esa pequeña ansiedad que le crecía en el pecho cada vez que veía el nombre de Andrés en la pantalla.
El martes en la noche, después de una cena ligera y un capítulo de una serie que no logró concentrarla, Manuela se sentó en el sofá con el celular en la mano. Keynes se acomodó a su lado, la cabeza apoyada en su muslo. El apartamento estaba en silencio, solo el rumor de la nevera y el tráfico lejano de la Septima. No había excusas. No había distracciones. Solo ella, el teléfono, y la decisión pendiente.
Escribió el mensaje. Lo borró. Lo escribió otra vez. Lo volvió a borrar. A la tercera, decidió que ya era suficiente de tantas vueltas. Una mujer de cuarenta y dos años, con maestría en gerencia, quince años de experiencia y una indemnización en el banco, no podía tenerle miedo a un mensaje de texto. Eso era ridículo. Patético. Así que respiró hondo y escribió:
«Hola Andrés, gracias por tu mensaje. Te cuento que ya no estoy trabajando en la empresa. Me despidieron hace unas semanas, reestructuración. Así que ahora estoy en búsqueda de nuevos rumbos. Con respecto al mantenimiento de los Macs, sí me interesa, pero quería saber cuánto me costaría el servicio ahora como independiente. Ya no tengo la empresa que pagaba, toca de mi bolsillo. Cuéntame y vemos. Saludos.»
Lo leyó dos veces. Parecía neutral. No demasiado cálido, no demasiado frío. Informaba lo necesario sin dar detalles innecesarios. Y lo más importante: dejaba claro que ella estaba desempleada, que el dinero era un tema, que no podía darse lujos. Eso era honesto. Eso era real. Manuela presionó enviar antes de que sus dedos la traicionaran otra vez.
El mensaje se fue con un sonido suave. Manuela dejó el teléfono en la mesa de centro y se recostó en el sofá. Su corazón latía un poco más rápido de lo normal, una tontería fisiológica que atribuyó al café que había tomado después de la cena. No al nerviosismo. Por supuesto que no al nerviosismo.
La respuesta de Andrés llegó a los tres minutos. Manuela vio la notificación, esperó unos segundos para no parecer desesperada, y luego abrió el chat.
«Manuela, lamento mucho lo del despido. Qué pena que las empresas a veces no valoren a la gente con experiencia. Pero estoy seguro de que vas a encontrar algo mejor pronto. Con respecto al mantenimiento, no se preocupe por el precio. Como es cliente antigua, le voy a hacer una tarifa especial. El servicio normalmente cuesta 180 mil pesos, pero por usted lo dejo en 135 mil. Un 25% de descuento. ¿Le parece justo?»
Manuela leyó el mensaje y sonrió. Era un buen descuento. Más de lo que ella esperaba. Además, la forma en que Andrés había respondido a lo del despido fue amable sin ser empalagoso. No le ofreció trabajo ni le dio consejos no pedidos. Solo un «lamento» genuino y un voto de confianza en su futuro. Eso le gustó. Era profesional, pero no frío.
Escribió de vuelta: «Sí, me parece justo. Gracias por el descuento, de verdad. Entonces coordinamos. ¿Recuerdas dónde vivo?»
Otra pausa. Diez segundos. La respuesta llegó rápida: «Claro que sí. Apartamento en la carrera séptima, edificio de los que tienen vista a los cerros. Piso 27. No se me olvida.»
Manuela levantó una ceja. No se me olvida, había escrito él. Fue una frase menor, casi un cumplido de trámite. Pero a ella le sonó a otra cosa. A un «cómo olvidar esa tarde». A un «esa dirección se me quedó grabada por alguna razón». Pero quizá estaba leyendo demasiado. Quizá Andrés solo tenía buena memoria para las direcciones, como cualquier técnico que visita decenas de apartamentos al mes. Sí, seguramente era eso.
«Perfecto», escribió Manuela. «¿Entonces cuándo puedes venir? Preferiría en la mañana, si es posible.»
«Mañana mismo», respondió Andrés. «¿A las 9:00 AM le funciona?»
Manuela miró la hora en la esquina superior de la pantalla. Eran las 9:47 de la noche. Menos de doce horas después, Andrés estaría tocando su timbre. De repente, todo se sintió muy real. Muy próximo. Muy inevitable.
«Está bien», escribió. «Mañana a las 9:00. Te espero.»
«Perfecto», dijo él. Y añadió un emoji: una mano haciendo el signo de «ok». Nada más. Nada extraño. Todo correcto, profesional, dentro de lo esperado.
Manuela cerró el chat y bloqueó la pantalla. Dejó el teléfono en la mesa de centro y se quedó mirando el techo por un momento. Keynes se había dormido sobre sus piernas, ronroneando suavemente. Ella pasó la mano por el lomo del gato sin pensar, mientras su mente ya empezaba a trazar un plan para la mañana siguiente. Se levantaría temprano, como siempre. Ducharía, desayunaría tranquila. Se vestiría cómoda pero no descuidada. Y estaría lista cuando él llegara.
Eso era todo. Un servicio técnico. Un descuento del veinticinco por ciento. Un chico que venía a revisar sus computadores. Nada más. Nada de lo que preocuparse.
Manuela apagó la luz de la sala y se fue a la habitación. Se acostó en la cama, con Keynes acomodándose a sus pies como hacía cada noche. Cerró los ojos. En la oscuridad, repasó una vez más la conversación. Todo había sido claro, sencillo, sin dobles sentidos. Andrés se había comportado como cualquier profesional independiente. Ella, como cualquier cliente. No había nada que temer.
El sueño llegó tarde, pero llegó. Y con él, la promesa de una mañana que, sin que Manuela lo supiera aún, iba a desordenar todas sus certezas de una manera que ninguna reestructuración empresarial había logrado.
Amaneció con un frío intenso. No era el frío habitual de Bogotá, ese que se puede soportar con una chaqueta puesta y una taza de café caliente. Era un frío de esos que se meten por las rendijas de las ventanas, que hacen crujir el piso de madera, que obligan a buscar las cobijas más gruesas del armario. Manuela se despertó antes de que sonara la alarma, gracias a que Keynes, el gato gris, había decidido que la mejor manera de combatir la temperatura era acostarse sobre su pecho y ronronear como un motorcito. Lo apartó con cuidado, se sentó en la cama y miró por la ventana. El cielo era una sola mancha gris, sin un solo hueco por donde se colara el sol. Y llovía. Una lluvia fina pero persistente, de esas que no escamparían en toda la mañana.
Se levantó, se puso una bata de felpa sobre la pijama y fue a la sala. El apartamento estaba helado. Encendió la chimenea eléctrica, la que compró el invierno pasado y que apenas usaba porque le daba pereza sacarla del empaque, y colocó la colchoneta de yoga frente a ella. El calor artificial empezó a extenderse lentamente mientras ella desenrollaba la colchoneta y ajustaba el televisor para poner el video de la instructora colombiana, esa mujer de voz hipnótica que la había acompañado en las últimas dos semanas.
El yoga ayudaba a entrar en calor. Postura del guerrero, postura del árbol, postura del perro boca abajo. Manuela sintió cómo los músculos se iban despertando, cómo la sangre empezaba a circular, cómo el frío dejaba de ser una molestia para convertirse en un simple contexto. Hizo veinte minutos de respiraciones profundas y estiramientos lentos, hasta que su cuerpo estuvo lo suficientemente flexible y su mente lo suficientemente vacía como para enfrentar el día.
Después del yoga, se duchó con agua caliente, casi hirviendo, para quitarse el frío de los huesos. Se secó el pelo con la toalla, se pasó crema en la cara y en las manos, y se fue al dormitorio a vestirse. La elección de la ropa fue rápida, casi automática. Unos shorts de algodón negros, cómodos, que le quedaban justos pero no apretados. Una camiseta tipo t-shirt de cuello redondo, blanca, de manga corta, la misma que usaba para hacer ejercicio en casa. Las pantuflas de peluche color beige, esas que dejaban al descubierto los talones porque el diseño era de esos que solo cubren los dedos y el empeine. Manuela se miró al espejo. Se veía informal, como en un domingo cualquiera. Era una casa, después de todo. No una oficina. No tenía por qué vestirse de manera elegante para recibir a un técnico de sistemas.
Bajó a la cocina. Keynes la siguió, frotándose contra sus piernas desnudas mientras ella preparaba el desayuno. Arepa con mantequilla, un huevo perico, jugo de naranja recién exprimido. Comió en la mesa del comedor, mirando la lluvia golpear suavemente el ventanal del balcón. El reloj marcaba las 8:30. Faltaba media hora para que Andrés llegara.
Cuando terminó, lavó los platos, ordenó la cocina, y pasó a la sala. Se sentó en el sofá, el mismo sofá de siempre, pegado a la ventana del piso veintisiete. Desde ahí, la ciudad se veía distante, cubierta por un manto de nubes bajas y llovizna. Los carros subían por la Septima con las luces encendidas, los paraguas de los peatones se movían como hormigas de colores, y los cerros orientales habían desaparecido por completo detrás de la neblina. Manuela se quedó viendo ese paisaje gris, con las piernas encogidas debajo de ella y las pantuflas puestas, los talones asomando por detrás, las plantas de los pies apoyadas en el borde del sofá. El frío se colaba por el vidrio, pero adentro la chimenea eléctrica mantenía la sala tibia.
El citófono sonó a las 8:58.
Manuela se levantó con un suspiro, fue a la cocina donde estaba el aparato, y descolgó. Era el vigilante de la entrada, un señor mayor de bigote espeso que siempre la saludaba con un «buenos días, doña Manuela».
«Doña Manuela, abajo está un señor Andrés, dice que viene a hacerle un mantenimiento a sus computadores».
«Sí, sí, déjelo pasar», respondió ella. «Muchas gracias, don Héctor».
Colgó el citófono y se quedó en la cocina por un momento. Sintió algo en el estómago, una cosquilleo interno que no supo si atribuir al nerviosismo o al café recién tomado. Se alisó la camiseta, se acomodó el short, y se dirigió a la puerta principal. Calculó el tiempo: el ascensor tardaba unos segundos en bajar, otros tantos en subir, más el camino desde la entrada hasta el ascensor. Unos cinco minutos, quizá siete si el ascensor se demoraba. Lo suficiente para que ella se pusiera de pie junto a la puerta, sin querer sentarse otra vez, sin querer parecer demasiado ansiosa.
El timbre sonó a los seis minutos. Una campanilla breve, cortés.
Manuela abrió la puerta.
Andrés estaba ahí, del otro lado.
No había cambiado mucho desde la última vez. Tal vez un poco más delgado, o ese era el efecto del frío. Llevaba una chaqueta impermeable verde oscuro, jeans azules, zapatos deportivos negros. La mochila de siempre, esa gris llena de parches y calcomanías de marcas de tecnología. Y en la mano, una bolsa pequeña con herramientas. Su cara seguía siendo la misma: facciones suaves, barba corta y bien recortada, lentes de pasta negra que le daban ese aire de nerd que los años no le habían quitado.
«Manuela, mucho gusto», dijo él, con una sonrisa que parecía genuina pero medida.
«Pasa, Andrés», respondió ella, abriendo la puerta del todo. «Pasa, que hace frío».
Él entró, se secó los zapatos en el felpudo, y dejó la mochila y la bolsa de herramientas en el suelo de la entrada. Manuela cerró la puerta detrás de él. El apartamento de repente se sintió más pequeño, o tal vez más lleno, como si la presencia de otra persona ocupara todo el espacio que antes era solo suyo y el de Keynes.
«¿Quieres pasar directo al estudio?», preguntó ella, señalando hacia la sala donde estaba el escritorio. «El computador está ahí, junto al sofá. Es el mismo de la última vez».
«Sí, perfecto», dijo Andrés. Recogió sus cosas y caminó hacia la sala, mirando de reojo los detalles del apartamento que no había notado la vez anterior. El cuadro abstracto en la pared del pasillo. La repisa con libros de economía y diseño. La lámpara de pie que alumbraba el rincón de lectura.
Manuela señaló el escritorio, una mesa blanca pegada a la pared, con el iMac Pro encendido mostrando el fondo de pantalla por defecto. Andrés se sentó en la silla giratoria frente al computador, dejó la mochila en el suelo a sus pies, y sacó un destornillador de la bolsa de herramientas. Comenzó a revisar los puertos traseros, moviendo los cables con suavidad, con esa concentración meticulosa que Manuela recordaba de sus días en la oficina.
«Me dijo la señora de la entrada que está haciendo un frío bravo», comentó Andrés mientras desconectaba un cable USB.
«Sí, amaneció horrible», dijo Manuela. «Y con lluvia encima. ¿Quieres una bebida caliente para entrar en calor? Tengo café, chocolate caliente, té de manzanilla».
Andrés levantó la vista del computador. Sus ojos se encontraron con los de Manuela por un momento, y él sonrió con algo de timidez. «Tomaría chocolate caliente, si no es mucha molestia».
«No es ninguna molestia», respondió Manuela, y se giró hacia la cocina.
Mientras ella caminaba, Andrés no pudo evitarlo. No fue una decisión consciente. Fue un reflejo, una costumbre de sus ojos de seguir lo que se movía. Vio a Manuela alejarse, sus piernas delgadas bajo el short negro, la camiseta blanca que se ceñía a su espalda, el balanceo natural de sus caderas al caminar. Y luego, abajo, vio sus pies. Las pantuflas beige que dejaban los talones al descubierto. Los talones asomaban ligeramente colorados, probablemente por el frío o por el roce con la suela. Y más adelante, en el breve instante en que ella levantaba el pie para dar un paso, la planta blanca. Blanca, suave, sin callosidades, como si apenas pisara el suelo. Sus pies, vistos de atrás mientras se alejaba, tenían algo que Andrés no supo describir con palabras. Una elegancia. Una fragilidad. Una forma de moverse que hacía que uno quisiera seguir mirándolos.
Se dio cuenta de que estaba mirando demasiado tiempo. Desvió la vista rápidamente hacia el computador, fingiendo que revisaba una conexión en la parte trasera. Pero su mirada ya había hecho el recorrido. Ya había registrado la información. Ya se había quedado con ella, almacenada en algún lugar de su memoria que no estaba bajo su control.
Manuela entró a la cocina y abrió la alacena. Sacó una taza grande, la de cerámica blanca, la que usaba para las ocasiones especiales. Del tarro metálico, sacó dos cucharadas de chocolate en polvo. Calentó leche en una olla pequeña, revolviendo despacio mientras el vapor empezaba a subir. No sabía por qué, pero mientras preparaba el chocolate, pensó en los pies de Andrés. En sus zapatos deportivos negros. En cómo sonaban sus pasos en el piso de madera. Nada importante. Solo pensamientos sueltos, como los que se tienen cuando se calienta leche en una mañana fría.
La leche estuvo lista. Vertió el chocolate en la taza, revolvió con una cuchara larga, y colocó la taza en una bandeja pequeña, junto con una servilleta de tela y una cucharita. Caminó de vuelta a la sala, con pasos firmes, las pantuflas amortiguando el ruido de sus pies contra el piso.
«Ahí tienes», dijo, colocando la bandeja en el escritorio, al lado del teclado. «Cuida que está caliente».
«Gracias», respondió Andrés, sin levantar la vista. Tenía el destornillador entre los dedos, desatornillando la tapa trasera del iMac. «Huele muy rico».
Manuela se sentó en el sofá, el mismo lugar de siempre. Se recostó un poco, apoyó los codos en el respaldo, y cruzó los pies sobre el borde del sofá. Desde ahí, podía ver a Andrés trabajando de espaldas a ella, encorvado sobre el computador, con una mano sosteniendo la tapa y la otra buscando algo en su bolsa de herramientas. El sonido de la lluvia golpeando el ventanal llenaba el silencio que ninguno de los dos se atrevía a romper todavía. El chocolate humeaba en la taza. Y afuera, Bogotá seguía gris, fría, mojada, ajena a lo que estaba a punto de ocurrir dentro de ese apartamento en el piso veintisiete.
El único sonido en la sala era el tecleo ocasional de Andrés sobre el teclado del iMac y el golpeteo de la lluvia contra el ventanal. Manuela seguía en el sofá, con las piernas dobladas y los pies apoyados en el borde, las pantuflas beige dejando los talones al descubierto. Miraba a Andrés trabajar, la espalda encorvada, los dedos moviéndose con esa precisión que solo tienen los técnicos que saben lo que hacen. El chocolate caliente seguía humeando en la taza, intacto, porque Andrés estaba demasiado concentrado para beberlo.
«¿Se puede saber por qué la despidieron?», preguntó Andrés de repente, sin dejar de mirar la pantalla. Su tono fue casual, como quien pregunta por el clima o por el tráfico. Pero había algo en la forma en que lo dijo, una nota de genuino interés, que hizo que Manuela no sintiera la pregunta como una invasión.
Manuela suspiró. No era un tema que le gustara tocar, pero tampoco tenía nada que ocultar. El despido era un hecho, como el frío de la mañana o la lluvia golpeando el vidrio. Podía contarlo sin dramatismos, sin amargura, como quien narra una anécdota que ya perdió la capacidad de herir.
«La respuesta oficial fue recorte presupuestal», dijo, encogiendo los hombros. «Reestructuración del área de dirección. Me dijeron que necesitaban perfiles más operativos y menos estratégicos. Ya sabes, el discurso corporativo de siempre: no eres tú, somos nosotros, pero igual te vamos a reemplazar por alguien más joven y más barato».
Andrés se detuvo un momento. Sus dedos quedaron suspendidos sobre el teclado. «¿Eso le dijeron? ¿Más jóvenes y más baratos?»
«Con otras palabras, pero sí. La esencia era esa». Manuela estiró una pierna y la volvió a doblar. «La buena noticia es que la indemnización fue generosa. Me pagaron bien. Tengo para vivir unos meses sin afán, mientras decido qué hago con mi vida».
«Qué rabia», dijo Andrés, y volvió a teclear. «Usted era una de las pocas gerentes que sí sabía cómo tratar a la gente. En sistemas todos lo decían. Que usted nunca gritaba, que explicaba bien los problemas, que no los trataba como sirvientes».
Manuela sonrió. No esperaba ese cumplido. «Gracias. No sabía que decían eso de mí».
«Pues sí. Por eso me extrañó cuando me enteré de que la habían despedido». Andrés hizo una pausa, bebió un sorbo de chocolate caliente, y volvió a dejar la taza en el escritorio. «Usted era de las que ponían el ejemplo».
El silencio volvió a instalarse, pero no era incómodo. Era un silencio de trabajo, de dos personas que compartían un espacio sin necesidad de llenarlo con palabras. Manuela se quedó mirando la lluvia, los carros en la Septima, los paraguas moviéndose como manchas de colores. Pero su mente estaba en otra parte. Había una pregunta que llevaba meses queriendo hacer, y ahora, con Andrés sentado en su escritorio, tomando chocolate caliente en su taza blanca, tal vez había llegado el momento de hacerla.
«Andrés», dijo, y su voz sonó más seria de lo que pretendía.
«¿Sí?», respondió él, girando ligeramente la cabeza hacia ella sin soltar el destornillador.
«¿Y usted por qué se fue de la empresa?».
Andrés se quedó inmóvil. Por un par de segundos, ni siquiera respiró. Luego dejó el destornillador sobre el escritorio con un clic metálico y se giró un poco más, lo suficiente para que Manuela pudiera ver su perfil. Su mandíbula estaba tensa. La nuez le subió y bajó como si estuviera tragando algo difícil.
«Recibí un mensaje de talento humano», continuó Manuela, aprovechando que el silencio no se rompía. «Un correo automático, de esos que mandan cuando alguien renuncia. No entendí nada. Usted era buen técnico, la gente lo quería, no parecía estar buscando trabajo en otro lado. De repente, un día, puff, se fue».
Andrés bajó la cabeza. Sus dedos jugaron con el borde del teclado, sin propósito, como si necesitara mantener las manos ocupadas para ordenar las ideas.
«Me pareció muy extraño», añadió Manuela. «Y más extraño me pareció que después de… bueno, después de la última vez que vino a mi apartamento, a darme ese servicio en el Mac, usted desapareció. Los dos días siguientes renunció. Y cuando nos cruzábamos en los pasillos de la empresa, usted me evadía. Bajaba la mirada, se desviaba, fingía que no me veía. La verdad pensé que yo había hecho algo malo».
El aire se tensó. La lluvia seguía cayendo, ajena a la incomodidad que se había instalado en la sala. Keynes, que estaba dormido en una esquina del sofá, abrió un ojo, evaluó la situación, y volvió a cerrarlo.
Andrés respiró hondo. Se pasó una mano por la nuca, ese gesto nervioso que Manuela le conocía de cuando algo lo ponía incómodo. Cuando habló, su voz fue más baja que antes, casi un murmullo.
«No, Manuela. Usted no hizo nada malo». Hizo una pausa, como si estuviera juntando valor para lo que seguía. «No fue culpa suya. Al contrario. El problema era yo. Yo fui el que… yo me sentía algo apenado».
Manuela lo miró sin decir nada. Esperó. Afuera, un carro tocó la bocina. Dentro, el chocolate caliente seguía humeando, y Andrés seguía sin levantar la vista del teclado, con las manos quietas, la cabeza inclinada, y el peso de una confesión a medio hacer flotando en el aire entre ellos.
Manuela lo miró sin decir nada durante varios segundos. El silencio se alargó lo suficiente para que Andrés levantara la vista del teclado y la mirara de reojo, con esa expresión de quien no sabe si lo que acaba de decir fue demasiado o demasiado poco. Ella apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, pasó una mano por su cabello café con visos rubios, y finalmente habló.
«¿Apenado? ¿Por qué estabas apenado?»
Andrés bajó la mirada otra vez. Sus dedos volvieron a jugar con el borde del teclado, ese tic nervioso que Manuela ya le conocía. «Por lo que hice. Esa vez que vine a revisarle el Mac. Yo… le pasé el dedo por las plantas de los pies mientras usted estaba descuidada. No debí hacer eso. Fue una falta de respeto».
Manuela parpadeó. De todas las respuestas que había imaginado, esa era quizá la más simple y la más honesta. No había segundas intenciones elaboradas, ni teorías complicadas. Solo un chico avergonzado por haber cruzado una línea.
«¿Por eso te sentiste apenado?», preguntó ella, con un tono que mezclaba incredulidad y ternura.
«Pues sí», respondió Andrés, encogiendo los hombros. «Usted era mi jefa. No podía hacerle eso. Fue muy poco profesional de mi parte. Pensé que se iba a molestar, que me iba a reclamar, que tal vez iba a hablar con recursos humanos. Y como no pasó nada, como usted no dijo nada, yo me quedé con la culpa dando vueltas. No supe cómo actuar después. Por eso la evadía. Por eso renuncié. Me sentía tan apenado que no podía ni mirarla a los ojos».
Manuela negó con la cabeza, pero no era un gesto de reproche. Era más bien un gesto de asombro, de darse cuenta de que la realidad era mucho más simple de lo que ella había imaginado durante meses.
«Andrés, no importa», dijo Manuela, inclinándose un poco hacia adelante en el sofá. «De hecho, yo soy muy cosquillosa. Sobre todo en las plantas de los pies. Eso no lo sabe casi nadie, pero es verdad. El día que pasaste el dedo, me tomó por sorpresa. Por eso solté esa carcajada. No fue porque me molestara. Fue porque las cosquillas me producen risa, así de simple».
Andrés levantó la vista. Esta vez la miró directamente a los ojos, como si estuviera buscando alguna señal de que ella estaba siendo amable por compromiso. No la encontró. Manuela tenía los ojos verdes calmados, sin rastro de enojo o de falsedad.
«¿De verdad no se molestó?», preguntó él, con la voz todavía un poco insegura.
«Para nada», respondió Manuela con firmeza. «Me tomó por sorpresa, claro. Pero no me molesté. Me dio mucha risa porque eso es lo que hacen las cosquillas: producen risa. No es que uno pueda controlarlo. Así que no te preocupes por eso ya. Pasó, quedó atrás, y ya está».
Andrés exhaló. Fue un suspiro largo, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante meses y apenas ahora se permitiera soltarla. «A bueno», dijo, y esbozó una sonrisa pequeña pero sincera. «Está bien. No hay problema entonces».
El ambiente se distendió. La lluvia seguía golpeando el ventanal, pero adentro el aire ya no pesaba. Andrés volvió a tomar la taza de chocolate caliente, bebió un sorbo largo, y la dejó de nuevo en el escritorio. Manuela se recostó otra vez en el sofá, con los brazos cruzados sobre el pecho, sintiendo que una tensión que ni siquiera sabía que llevaba encima se había disuelto.
Andrés la miró de reojo mientras ajustaba la resolución de la pantalla. Había algo diferente en él ahora. Una confianza que antes no estaba. Quizá era el saber que no había causado un daño irreparable. Quizá era el chocolate caliente. Quizá era simplemente el hecho de que Manuela, su exjefa, la mujer que durante meses había visto como una figura distante e inalcanzable, estaba ahí sentada en shorts y camiseta, descalza dentro de unas pantuflas beige, hablándole como si fueran dos personas normales en una mañana de lluvia.
«Aprovechando que ya entramos en confianza», dijo Andrés, con un tono que intentaba sonar casual pero que tenía un dejo de curiosidad genuina, «¿dónde más tiene cosquillas? Además de las plantas de los pies, digo».
Manuela no lo pensó dos veces. No había razón para hacerlo. Era una pregunta simple, casi infantil, de esas que se hacen en las conversaciones informales cuando ya se ha roto el hielo. Señaló su costilla izquierda con el dedo índice. «Aquí, en las costillas, mucho». Luego pasó el dedo a la cintura. «Aquí también, en la cintura, sobre todo si me tocan de sorpresa». Subió el dedo hasta la axila, haciéndole una breve cosquilla a sí misma como demostración. «Las axilas son otro punto débil». Bajó la mano hasta el cuello. «El cuello, pero no tanto como las costillas». Y finalmente señaló las rodillas, que tenía dobladas sobre el sofá. «Y las rodillas, que parece mentira pero también son muy sensibles».
Andrés la miraba con atención, como si estuviera tomando nota mental de cada lugar que ella señalaba. No había morbo en su mirada, o al menos no solo eso. Había también fascinación, la misma fascinación que tienen los niños cuando descubren algo nuevo y quieren entenderlo por completo.
«Prácticamente soy cosquillosa en todo el cuerpo», concluyó Manuela, encogiendo los hombros con naturalidad. «Siempre lo he sido. Desde que era niña. En el colegio mis amigas lo sabían y cada vez que podían me atacaban. Ya me acostumbré. Es parte de mí, como tener los ojos verdes o el pelo con visos rubios».
Andrés asintió despacio. «Ya veo», dijo. Y volvió a girarse hacia el computador, pero esta vez con una sonrisa que no se le borraba de la cara. Una sonrisa pequeña, apenas un esbozo, pero suficiente para que Manuela se preguntara qué estaba pasando realmente por su cabeza.
Afuera, la lluvia seguía cayendo. Dentro, el silencio que vino después fue un silencio distinto. No era incómodo ni tenso. Era un silencio de dos personas que acababan de conocerse un poco más, y que no sabían muy bien qué hacer con ese conocimiento nuevo. Manuela volvió a mirar por la ventana, los carros en la Septima, los paraguas moviéndose como hormigas. Y Andrés, de espaldas a ella, fingió concentrarse en el iMac mientras su mente viajaba a otro lugar, a un lugar donde una mujer de cuarenta y dos años, diseñadora industrial, desempleada, de pies talla cuarenta, acababa de contarle con una naturalidad pasmosa todos los puntos sensibles de su cuerpo sin ningún tipo de pudor.
Andrés siguió trabajando en el iMac, pero su atención estaba dividida. Cada cierto tiempo, sus dedos dejaban de teclear y se quedaban suspendidos sobre el teclado, como si estuviera procesando algo que no tenía que ver con controladores de disco duro o actualizaciones del sistema operativo. Manuela seguía en el sofá, con las piernas dobladas y los pies apoyados en el borde, mirando la lluvia a través del ventanal. El chocolate caliente de Andrés ya se había enfriado, pero él seguía tomándolo a sorbos pequeños, quizá por no desperdiciarlo, quizá por tener algo que hacer con las manos.
La confianza que había nacido con la conversación anterior seguía ahí, flotando en el aire como el vapor que ya no salía de la taza. Andrés ya no se sentía el técnico tímido que debía medir cada palabra. Manuela ya no se sentía la jefa distante que debía mantener las distancias. Eran solo dos personas en un apartamento, en una mañana fría y lluviosa, hablando de cosas que normalmente no se hablan con un técnico de sistemas.
Andrés terminó de revisar una configuración interna y giró la silla ligeramente hacia el sofá. No del todo, solo lo suficiente para que su perfil quedara orientado hacia ella. Apoyó un brazo en el respaldo de la silla y la miró con una expresión que mezclaba curiosidad y un cierto atrevimiento recién descubierto.
«Otra pregunta», dijo, con un tono que intentaba sonar casual. «En los pies, ¿solamente le dan cosquillas en las plantas o en todo el pie?»
Manuela desvió la mirada de la ventana y lo miró. No había nada en la pregunta que le pareciera fuera de lugar. Era una extensión natural de lo que ya habían hablado. Él había preguntado dónde más tenía cosquillas, ella había señalado todo su cuerpo, y ahora él estaba siendo más específico. Nada raro. Nada que no pudiera responder con la misma naturalidad con la que había señalado sus costillas y sus axilas.
«No, no es solo en las plantas», respondió Manuela, bajando la vista hacia sus propios pies dentro de las pantuflas beige. Movió los dedos un poco, como si estuviera evaluando la sensibilidad de cada zona desde la memoria, no desde el contacto. «Las plantas son las peores, sin duda. Pero los dedos también son muy sensibles. Sobre todo por debajo, la parte donde se unen con la planta. Y el empeine también, aunque no tanto como la planta».
Señaló la parte superior de su pie derecho, la que quedaba al descubierto por encima de la pantufla. «Aquí, el empeine, si me tocan suavecito, también me da cosquillas. Pero es diferente. No es tan intenso como en la planta. Es más como un cosquilleo ligero, de esos que hacen reír pero no desesperar».
Luego movió el pie para mostrar el talón, que asomaba por detrás de la pantufla. «El talón es el que menos cosquillas me da. Casi nada, de hecho. Es una piel más gruesa, supongo. Pero si me raspan con las uñas, justo en el borde donde empieza la planta, ahí sí. Ahí vuelve a ser horrible».
Andrés asintió con atención, como si estuviera tomando nota mental de cada detalle. No había nada lascivo en su mirada, o al menos Manuela no percibía nada lascivo. Era más bien la mirada de alguien que está aprendiendo algo nuevo y quiere retenerlo todo, como un estudiante aplicado en una clase que realmente le interesa.
«O sea que las plantas son el punto crítico», dijo Andrés, más como una confirmación que como una pregunta.
«El punto crítico», repitió Manuela, asintiendo. «Ahí es donde pierdo el control por completo. Si alguien me hace cosquillas en las plantas, no puedo hacer nada. Me río, me retuerzo, suplico, pateo… todo al mismo tiempo. Es una sensación muy intensa. No es que sea desagradable, pero es tan fuerte que uno no puede pensar en otra cosa».
Andrés sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero Manuela la alcanzó a ver. «¿Y los arcos?», preguntó él. «La parte de en medio, donde el pie se curva. ¿Ahí también?»
«Ahí también», confirmó Manuela, moviendo el pie para mostrar la curva del arco, aunque con las pantuflas puestas no se veía mucho. «De hecho, el arco es quizá la peor parte de la planta. La más sensible. Si me tocan ahí, especialmente con la yema de los dedos, haciendo círculos… no, eso ya es demasiado. Eso es como el as bajo la manga para quien quiera torturarme con cosquillas».
Lo dijo riéndose, en un tono ligero, como quien cuenta una anécdota graciosa. No había queja ni resentimiento en su voz. Solo la constatación de un hecho sobre su propio cuerpo, un hecho que había aprendido a aceptar hacía mucho tiempo, desde la infancia, cuando sus primas la inmovilizaban en la cama de la abuela y la atacaban sin piedad hasta dejarla sin aliento.
Andrés se quedó mirando sus pies un momento, los talones colorados asomando por detrás de las pantuflas, los dedos moviéndose dentro del peluche beige como si estuvieran inquietos. Luego levantó la vista hacia su cara otra vez. No dijo nada más. Solo asintió, como si hubiera obtenido la información que buscaba, y volvió a girarse hacia el computador. Sus dedos volvieron a posarse sobre el teclado, y el sonido de la lluvia volvió a llenar el silencio.
Manuela se recostó otra vez en el sofá, con los brazos cruzados sobre el pecho. No había nada más que decir. Había respondido con la misma naturalidad con la que habría respondido a una amiga curiosa. No había sentimiento raro, no había doble sentido, no había nada que la hiciera sentir incómoda. Solo una conversación entre dos personas que, después de meses de silencios y malentendidos, por fin habían logrado hablar con claridad.
Afuera, la lluvia seguía. Adentro, el iMac zumbaba suavemente, Andrés tecleaba de vez en cuando, y Manuela miraba la ciudad gris desde su ventana en el piso veintisiete. Todo estaba en calma. Todo estaba normal. Nada había ocurrido todavía. Solo palabras. Nada más que palabras.
El silencio que siguió a la explicación de Manuela sobre los arcos y las plantas fue de esos que no incomodan, sino que permiten que cada uno procese lo que acaba de escuchar. Andrés siguió tecleando de vez en cuando, pero sus movimientos eran más lentos, casi distraídos. Manuela seguía en el sofá, con la mirada perdida en la lluvia, pero su mente no estaba en los cerros orientales ni en los carros de la Septima. Estaba en las preguntas de Andrés. Demasiadas preguntas sobre un tema que, en una conversación normal entre un técnico y su cliente, no tendría por qué aparecer.
Se incorporó un poco en el sofá, apoyó los codos sobre las rodillas, y miró a Andrés directamente. Él sintió la mirada y levantó la vista del teclado. Sus ojos se encontraron.
«Andrés», dijo Manuela, con un tono que no era de acusación ni de reproche, sino de simple curiosidad. «¿Por qué tantas preguntas sobre las cosquillas?»
Andrés parpadeó. No respondió de inmediato.
«Primero me preguntaste dónde más tenía cosquillas. Luego me preguntaste si era solo en las plantas o en todo el pie. Luego me preguntaste por los arcos». Manuela fue enumerando con los dedos, como quien hace una lista. «Son muchas preguntas para alguien que vino a reparar un computador. ¿Qué te traes tú con las cosquillas?»
La pregunta cayó en el aire como una piedra en un estanque. Andrés se quedó inmóvil un par de segundos, con el dedo índice suspendido sobre la tecla de espacio. Luego dejó caer las manos sobre el escritorio, giró la silla hacia Manuela, y la miró a los ojos con una honestidad que ella no esperaba.
«¿De verdad quiere saber?», preguntó él.
«Por eso te lo pregunto».
Andrés respiró hondo. No había nerviosismo en su respiración, solo la calma de quien ha decidido dejar de esconder algo. «Me gustan mucho las cosquillas», dijo, con una naturalidad que sorprendió a Manuela. «Sobre todo hacerlas. Y más si son a mujeres cosquillosas. Mucho más si son cosquillosas en los pies».
Manuela parpadeó. No porque la respuesta la hubiera tomado por sorpresa, sino porque la forma en que Andrés la había dicho fue tan directa, tan libre de vergüenza, que resultaba casi desarmante. No hubo titubeos, no hubo justificaciones, no hubo «pero es que no es lo que parece». Solo un hecho enunciado con la misma naturalidad con la que alguien diría «me gusta el fútbol» o «me gusta el chocolate».
«Ya veo», dijo Manuela, asintiendo despacio. Y entonces su mente, esa máquina analítica que no descansaba nunca, empezó a conectar los puntos. Las preguntas. La curiosidad. La forma en que él la había mirado cuando habló de sus pies. La renuncia. La evasión. Todo encajaba como las piezas de un rompecabezas que había estado mirando sin saber qué imagen formaba.
«Entonces por eso me evitaste esos dos últimos días en la empresa, antes de renunciar», dijo Manuela, inclinando ligeramente la cabeza. «No querías darme la cara por eso. Porque pensabas que yo podría descubrir tu fetiche y exponerte en público. ¿Cierto?»
Andrés se puso colorado. No un sonrojo leve, de esos que se disimulan con un carraspeo, sino un colorado intenso que le subió desde el cuello hasta las orejas. Bajó la mirada al escritorio, a sus propias manos, a la taza de chocolate caliente ya fría. Su nuez subió y bajó mientras tragaba en seco.
«Sí», respondió en voz baja. «Era eso. Pensé que usted se iba a dar cuenta. Que iba a conectar las preguntas, los gestos, las miradas. Y que iba a pensar que yo era un… no sé, un enfermo. Alguien raro. Que iba a contarlo en la oficina y que todos se iban a reír de mí o a tenerme miedo. Por eso la evité. Por eso renuncié. Me dio miedo».
El silencio que siguió fue denso, cargado de todo lo que no se había dicho en meses. Manuela lo miró sin hablar. Vio a un chico de veinticinco años, con la cara roja y las manos quietas sobre el escritorio, esperando un veredicto. Vio el miedo en sus ojos, ese miedo a ser juzgado por algo que no había elegido, que simplemente era parte de él, como a ella le era parte ser cosquillosa.
«Andrés», dijo Manuela, y su voz sonó más suave de lo que pretendía. «Yo jamás haría algo así».
Él levantó la vista. Todavía estaba colorado, pero en sus ojos ya no había solo miedo. Había también una chispa de esperanza, pequeña pero visible.
«Nunca expondría a nadie en público por algo así», continuó ella, moviendo la cabeza con suavidad. «Ni a ti ni a nadie. Eso no se hace. Cada quien tiene sus gustos, sus fetiches, sus manías. No es asunto mío juzgarlos, ni mucho menos contarlos por ahí como si fuera un chisme de oficina».
Andrés exhaló. Fue un suspiro largo, tembloroso, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante todo el tiempo que ella habló. «¿De verdad?», preguntó, con la voz todavía un quebrada.
«De verdad», respondió Manuela. Y se recostó otra vez en el sofá, cruzó los brazos sobre el pecho, y lo miró con una expresión que mezclaba seriedad y una pizca de diversión. «Así que deja de pensar que iba a convertirme en tu enemiga pública número uno por unas cuantas preguntas sobre cosquillas. No soy ese tipo de persona. Nunca lo fui».
Andrés asintió varias veces, como si estuviera procesando la información. Su color rojo empezó a bajar lentamente, devolviéndole a su piel el tono habitual. Aún no sonreía, pero la tensión en sus hombros se había disuelto. Ya no estaba encorvado sobre el escritorio como un animal acorralado. Estaba sentado, simplemente sentado, siendo él mismo sin máscaras.
Manuela lo miró un momento más y luego desvió la vista hacia la ventana. La lluvia seguía cayendo, implacable, pero a ella ya no le parecía tan fría la mañana. Había algo en el aire, algo que no sabía nombrar, que le decía que esta conversación, por extraña que fuera, estaba haciendo algo bueno. No sabía para quién. Quizá para los dos.
La lluvia seguía golpeando el ventanal con el mismo ritmo de antes, pero adentro del apartamento algo había cambiado. La confianza que se había ido construyendo frase a frase, confesión a confesión, ahora llenaba el espacio como el calor de la chimenea eléctrica. Andrés ya no miraba el escritorio ni sus manos. Miraba a Manuela, y Manuela lo miraba a él, y ninguno de los dos sentía la necesidad de apartar la vista.
Manuela se acomodó en el sofá, estiró una pierna y la volvió a doblar. Las pantuflas beige seguían puestas, los talones colorados asomando por detrás. Apoyó la mejilla en la palma de su mano y lo miró con una expresión que mezclaba curiosidad genuina y un cierto cariño que acababa de nacer.
«Cuéntame», dijo Manuela. «¿Cómo empezó todo esto? Lo de las cosquillas. ¿Qué te llevó a eso? ¿Qué te animó a hacerlo conmigo esa vez?»
Andrés se quedó callado un momento, ordenando las ideas. No parecía incómodo con la pregunta. Al contrario, había algo en su postura, en la forma en que se recostó en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho, que sugería que hablar de esto no era un tormento, sino casi un alivio.
«Desde siempre me han gustado las cosquillas», comenzó Andrés, con la voz pausada. «Sobre todo hacerlas. No sé exactamente por qué. Supongo que nací con eso. Algunos nacen con gusto por el fútbol, otros por la música, otros por los carros. Yo nací con esto».
Hizo una pausa, como si necesitara validar que lo que estaba diciendo no sonaba descabellado. Manuela asintió, animándolo a seguir.
«Lo curioso es que yo no tengo cosquillas en ninguna parte», continuó Andrés. «En serio. Pueden hacerme cosquillas donde sea: en las costillas, en el cuello, en las axilas, en las plantas de los pies… no siento nada. Bueno, siento el contacto, obviamente. Pero no esa sensación de cosquilleo que hace reír a la gente. Es como si mi cuerpo no tuviera ese cable conectado. Nunca supe lo que es recibir cosquillas».
Manuela abrió los ojos un poco más. «¿En serio? ¿Nunca? ¿Ni siquiera en los pies?»
«Ni siquiera en los pies», confirmó Andrés, negando con la cabeza. «He conocido gente que jura que todo el mundo tiene cosquillas en los pies, que es imposible no tenerlas. Pues yo soy la excepción. Mis pies son como dos tablas. Puedes pasarles un cepillo, unas uñas, una pluma, lo que quieras. Yo me quedo tan tranquilo».
«Qué extraño», dijo Manuela, casi para sí misma. «No me imagino no tener cosquillas. Para mí es algo tan… tan parte de mí».
«Por eso me gusta hacerlas», respondió Andrés, con una sonrisa que esta vez no tenía nada de tímida. «Porque no sé lo que se siente. Es como si fuera un explorador en un territorio que nunca voy a habitar. Me fascina ver la reacción de la gente. Cómo se ríen, cómo se retuercen, cómo intentan huir pero no pueden. Sobre todo cuando son mujeres».
Manuela levantó una ceja. «¿Mujeres?»
Andrés asintió, sin bajar la mirada. «Desde pequeño me ha gustado hacerle cosquillas a mujeres mayores que yo. No sé por qué. Quizá porque cuando era niño, mis tías y mis primas grandes eran las que me cargaban, me abrazaban, me hacían cosquillas a mí aunque yo no sintiera nada. Y yo quería devolverles el juego, pero a mi manera. Con los años eso se fue haciendo más consciente. Un gusto. Un fetiche, si se quiere llamar así».
Manuela lo escuchaba sin interrumpir. No había juicio en su mirada. Solo atención.
«Y de todas las partes del cuerpo», continuó Andrés, «la que más me ha gustado desde siempre son los pies. No sé si es porque los pies de las mujeres suelen ser más cuidados, más delicados. O porque las plantas son una zona tan… tan vulnerable. El hecho de que alguien pueda inmovilizarte solo con tocar ahí. Que algo tan pequeño como un roce con un dedo pueda hacerte perder el control por completo. Eso me fascina».
Se inclinó un poco hacia adelante en la silla, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.
«He tenido la oportunidad de hacerles cosquillas en los pies a varias mujeres a lo largo de los años. Amigas, conocidas, alguna que otra novia. Y me he dado cuenta de algo: las mujeres tienen los pies muy cosquilludos. No todas, claro. Pero la mayoría. Mucho más que los hombres. Es como si la sensibilidad estuviera multiplicada. Usted misma lo dijo hace un rato: es muy cosquillosa en las plantas. Y no es la única. Es algo que he visto una y otra vez».
Manuela sonrió. No una sonrisa amplia, sino una de esas sonrisas de complicidad que nacen cuando alguien confirma algo que usted ya sabía.
«Es cierto», dijo Manuela, asintiendo. «Las mujeres tenemos mucha sensibilidad en los pies. No sé si es biológico, o si es porque nos enseñan a cuidarlos más, o si es simplemente coincidencia. Pero sí, es verdad. Mis amigas, mis primas, mis compañeras de trabajo… casi todas somos iguales. Los pies son nuestro punto débil».
Andrés asintió con energía, como si llevara años esperando que alguien validara su observación. «Exacto. Eso he visto toda la vida. Por eso cuando la vi la primera vez en la empresa, cuando usted llegó como gerente nueva y nos presentaron en una reunión, yo sentí algo. No sé cómo explicarlo. Una curiosidad. Una necesidad de saber si usted era de esas. Si usted era cosquillosa o no».
Manuela frunció el ceño, pero no de molestia. Era un gesto de concentración, como si estuviera reconstruyendo mentalmente esos primeros días en la empresa. No recordaba nada extraño en Andrés en esa época. Él siempre había sido discreto, profesional, correcto.
«Pasaron los meses», continuó Andrés, «y yo la veía en los pasillos, en las reuniones, en la cafetería. Siempre elegante, siempre seria, siempre con ese porte de ejecutiva que no dejaba ver nada. Pero yo me preguntaba qué habría debajo de esa fachada. Si usted se reiría igual que las demás cuando alguien le hiciera cosquillas en los pies. Si perdería el control como pierden todas. Era una idea que no me podía sacar de la cabeza».
Hizo una pausa. Su voz se volvió un poco más baja, más íntima.
«Y luego llegó el día en que usted me pidió que fuera a su apartamento a revisarle el Mac. Cuando llegué y la vi descalza, con las plantas de los pies apoyadas en el borde del sofá, tan vulnerables, tan expuestas… yo sentí que era una oportunidad que no podía desperdiciar. Algo dentro de mí me empujó a hacerlo. No pensé en las consecuencias, no pensé en que usted era mi jefa, no pensé en nada. Solo vi sus pies y supe que tenía que comprobarlo. Así que me acerqué, pasé el dedo, y usted soltó esa carcajada. Y yo supe que había tenido razón desde el primer día».
Andrés se quedó callado. La confesión estaba completa. Había dicho todo lo que tenía que decir, desde el origen de su gusto hasta el momento exacto en que decidió actuar. No se arrepentía de haberlo contado. Se le veía incluso más tranquilo, como si soltar ese peso hubiera sido la decisión correcta.
Manuela no respondió de inmediato. Se quedó mirándolo, procesando sus palabras. La lluvia seguía cayendo afuera, el iMac zumbaba suavemente, y Keynes, el gato gris, ronroneaba en una esquina del sofá completamente ajeno a la conversación que acababa de ocurrir en su territorio.
Andrés se giró hacia el iMac y volvió a teclear. Manuela se quedó en el sofá, en silencio, procesando todo lo que acababa de escuchar. La confesión de Andrés había sido larga y detallada, pero no había nada en ella que la hiciera sentir incómoda. Al contrario, le pareció valiente que un chico de veinticinco años hablara con tanta naturalidad de algo que muchos considerarían un secreto vergonzoso. Eso le gustó de él. La honestidad. La falta de vergüenza ahora que ya había roto el hielo.
Andrés trabajó en silencio durante varios minutos. Conectó un disco duro externo, abrió una terminal de comandos, ejecutó una serie de instrucciones que Manuela no entendió pero que le parecieron impresionantes por la velocidad con la que sus dedos se movían sobre el teclado. El iMac zumbaba más fuerte de lo normal, como si estuviera haciendo un esfuerzo extra. Andrés frunció el ceño.
«Manuela», dijo, sin dejar de mirar la pantalla. «Hay un problema».
Ella se incorporó en el sofá. «¿Qué pasa?»
«El equipo está infectado con malware». Andrés señaló una línea de código en la pantalla, un texto rojo sobre fondo negro que para Manuela era tan legible como jeroglíficos. «No es algo superficial. El sistema operativo está comprometido. El malware está bastante metido. No se va a limpiar con un antivirus normal ni con una revisión rápida».
Manuela sintió un nudo en el estómago. Su iMac Pro no era solo un computador. Era su herramienta de trabajo, su archivo de documentos importantes, su conexión con el mundo mientras estaba desempleada. La idea de perderlo o de tener que invertir una fortuna en repararlo le cayó como un balde de agua fría.
«¿Y eso qué significa?», preguntó, aunque ya se imaginaba la respuesta.
«Significa que toca restaurar todo», explicó Andrés, con la paciencia de un médico dando un diagnóstico difícil. «Hay que hacer un respaldo de la información, formatear el disco duro, reinstalar el sistema operativo desde cero, y luego restaurar los archivos. Es un trabajo largo, de varias horas. Y cuesta más de lo que le había cobrado inicialmente».
Manuela apoyó la espalda en el sofá y suspiró. Había pasado por algo similar años atrás, con un computador viejo que terminó en la basura porque la reparación salía más cara que el equipo. Pero este era su iMac Pro. Su orgullo. Su herramienta. No podía dejarlo morir así.
«¿Cuánto?», preguntó, cerrando los ojos.
Andrés hizo un cálculo mental. «Por ese trabajo yo cobro normalmente unos 400 mil pesos. Es un trabajo tedioso, lleva tiempo y hay que tener cuidado con los respaldos para no perder nada importante».
Manuela abrió los ojos y lo miró. 400 mil pesos. Era una suma importante, sobre todo para alguien que llevaba tres semanas sin sueldo y que tenía que estirar su indemnización lo más posible. Su mente de economista empezó a hacer cálculos automáticos: el arriendo, los servicios, la comida, el gato… no le sobraban 400 mil pesos para un técnico, por bueno que fuera.
«No tengo 400 mil pesos disponibles», dijo, con honestidad. «De verdad. La indemnización me sirve para vivir, pero no para gastos imprevistos de ese tamaño».
Andrés la miró. Había algo en su expresión que cambió. No era lástima, no era decepción. Era como si hubiera estado esperando esa respuesta para proponer algo que ya llevaba tiempo pensando.
«Bueno», dijo, tecleando algo más en el computador sin realmente necesitarlo. «Se lo puedo dejar en 300 mil».
Manuela negó con la cabeza. «Tampoco tengo 300 mil disponibles. Lo siento, Andrés. No es que no quiera pagarte lo que vales. Es que literalmente no puedo en este momento. Estoy desempleada, llevo tres semanas sin un peso entrando, y cada gasto que hago es un agujero en mis ahorros».
Andrés se quedó callado unos segundos. Sus dedos dejaron de teclear. Se giró en la silla hasta quedar de frente al sofá, con las piernas abiertas y los brazos apoyados en los reposabrazos. La lluvia seguía cayendo afuera, pero adentro el silencio se había vuelto denso otra vez.
«Le voy a proponer un trato», dijo Andrés, con una voz que sonó más firme de lo que había sonado en toda la mañana. «Un trato que quizá le sirva y que quizá acepte».
Manuela levantó una ceja. No le gustaba la dirección que estaba tomando la conversación, pero algo en el tono de Andrés, en su seriedad, la obligó a escuchar.
«Dígame», respondió, con cautela.
«Le dejo el trabajo en 200 mil pesos», dijo Andrés, midiendo cada palabra. «Eso es la mitad de lo que vale. Se lo dejo en 200. Pero a cambio, usted se deja hacer cosquillas de mí. En todo su cuerpo. Sobre todo en los pies. Y atada de pies y manos. Por una hora».
Manuela lo miró fijamente. Sus ojos verdes, aquellos que en las reuniones de junta directiva podían perforar el alma de cualquier gerente, ahora brillaban con una mezcla de incredulidad y algo que podría haber sido diversión, o tal vez indignación, o tal vez las dos cosas al mismo tiempo.
«¿Estás loco?», dijo Manuela.
No fue un grito. No fue un reclamo. Fue una pregunta genuina, hecha con la misma entonación con la que alguien pregunta «¿estás seguro de lo que dices?» o «¿te diste cuenta de lo que acabas de proponer?». Andrés no se inmutó. La miró sin bajar los ojos, esperando. Afuera, la lluvia seguía golpeando el ventanal del piso veintisiete, y el iMac seguía mostrando esa línea de código rojo sobre fondo negro que ninguna de las dos personas en la sala estaba mirando en ese momento.
Andrés no se inmutó ante la pregunta de Manuela. No bajó la mirada, no se puso colorado, no se disculpó. Se quedó sentado en la silla, con los brazos apoyados en los reposabrazos, mirándola con una calma que a ella le pareció tan tranquila como irritante.
«No estoy loco», dijo Andrés, con una voz que sonó segura, medida. «Usted ya sabe que me gusta hacer cosquillas. Ya lo hablamos hace un rato. No es ningún secreto. Y usted también sabe que le quiero hacer cosquillas a usted. Eso también lo hablamos. Desde que la vi en la empresa por primera vez, tuve esa curiosidad. Y la otra vez, cuando pasó lo del dedo, fue solo un adelanto. Una probada. Nada más».
Manuela abrió la boca para responder, pero él levantó una mano para pedirle que lo dejara terminar. Ella cerró la boca y lo miró, con los brazos cruzados sobre el pecho.
«Piense con la cabeza fría, Manuela», continuó Andrés. «Usted necesita que le reparen el computador. Es su herramienta de trabajo. Sin él, no puede diseñar, no puede actualizar su portafolio, no puede buscar empleo. Y yo soy un buen técnico. De los mejores. Usted lo sabe. No va a encontrar a nadie que le haga este trabajo por 200 mil pesos. Eso es menos de lo que cuesta una consulta con un especialista. Es menos de lo que cuesta una cena para dos en un restaurante elegante. Por un trabajo que normalmente vale 400 o 500».
Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran.
«Por otro lado, yo quiero hacerle cosquillas. Es algo que deseo desde hace meses. Y usted no tiene nada que perder, más que una hora de su tiempo. Una hora de risas. Nada más. No le duele, no le hace daño, no le deja marcas. Solo la hace reír. Y además, se ahorra 200 mil pesos que en este momento, desempleada como está, le van a servir para pagar el mercado o el arriendo».
Manuela lo miró sin decir nada. Su mente de economista, esa máquina analítica que durante quince años le había ayudado a tomar decisiones difíciles en la empresa, ya había empezado a funcionar sin que ella pudiera detenerla. Costo: 200 mil pesos ahorrados. Beneficio: computador reparado. Costo de oportunidad: una hora de su tiempo, una hora de cosquillas. Riesgo: ninguno, más allá de pasar un poco de vergüenza. Beneficio adicional: ayudar a un chico que, a pesar de todo, le caía bien. Un chico que había sido honesto con ella, que se había abierto sin reservas, que le había confesado algo que seguramente no le confesaba a nadie.
Y en el fondo, muy en el fondo, había algo más. Algo que Manuela no quería reconocer del todo, pero que estaba ahí, como una corriente subterránea. No odiaba las cosquillas. No las soportaba, claro, porque era muy cosquillosa y perder el control la incomodaba. Pero no las odiaba. Había algo en ellas, en la risa incontrolable, en la pérdida momentánea de la compostura, que la hacía sentirse… viva. Libre. Como cuando era niña y sus primas la atacaban en la cama de la abuela, y ella se reía hasta que le dolía la barriga, y luego se quedaba en el suelo, agotada, feliz.
Andrés tenía razón. Era un buen negocio para ambos. Ella se ahorraba 200 mil pesos y recuperaba su computador. Él satisfacía su curiosidad y su fetiche. Un intercambio limpio, claro, sin engaños. Como los que ella misma había enseñado a negociar en sus clases de microeconomía.
«Me estás ofreciendo un trueque», dijo Manuela, en voz baja. «Servicio técnico por cosquillas».
«Exactamente», respondió Andrés, asintiendo. «Un trueque. Como en la antigüedad, antes de que existiera el dinero. Yo pongo mi trabajo, usted pone su… digamos, su disposición a reírse».
Manuela no pudo evitar una pequeña sonrisa. Fue breve, casi imperceptible, pero estuvo ahí. Andrés la vio y supo que estaba ganando terreno.
«Y además», añadió Andrés, «usted ya sabe que yo no soy un agresor. No voy a hacerle nada malo. Solo cosquillas. Nada más. Usted puede poner las reglas, los límites, lo que sea. Si en algún momento quiere parar, paramos. No voy a obligarla a nada que ella no quiera. Es solo una hora. Una hora de cosquillas a cambio de un computador como nuevo».
Manuela bajó la mirada al suelo. Vio sus pies dentro de las pantuflas beige, los talones colorados asomando por detrás. Pensó en lo mucho que necesitaba ese computador. En lo mucho que le costaría pagar 400 mil pesos. En lo mucho que le molestaba reconocer que un chico de veinticinco años, técnico de sistemas, exsubordinado suyo, tenía razón en el análisis económico de la situación.
Cuando levantó la vista, su expresión había cambiado. Ya no estaba a la defensiva. Ya no tenía los brazos cruzados sobre el pecho. Había algo en sus ojos verdes que Andrés no supo interpretar del todo, pero que le pareció una mezcla de resignación, aceptación, y quizá, solo quizá, una pizca de curiosidad.
«Está bien», dijo Manuela. La voz le salió más firme de lo que esperaba. «Acepto».
Andrés parpadeó. Por un momento, pareció no haber escuchado bien. «¿Acepta?»
«Acepto», repitió Manuela, asintiendo con la cabeza. «Tienes razón. Es un buen negocio para los dos. Necesito el computador y no tengo el dinero. Tú quieres hacer cosquillas y yo tengo que pagar de alguna manera. Así que acepto el trueque. Una hora de cosquillas por la reparación completa del iMac. Trato hecho».
Andrés se quedó mirándola en silencio. Su expresión era difícil de leer. No había triunfo en su rostro, no había alegría desbordada. Había algo más parecido a la gratitud, a la sorpresa de que alguien hubiera aceptado lo que él mismo consideraba una propuesta descabellada.
Se puso de pie. Dio dos pasos hacia el sofá y extendió la mano derecha, como si estuviera sellando un contrato de negocios. Manuela lo miró, primero la mano, luego sus ojos. Sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina. Y extendió su mano para estrechar la de él.
«Trato hecho», dijo ella.
Sus manos se encontraron en el aire. La de él, cálida, firme. La de ella, más pequeña, con las uñas pintadas de un color nude que combinaba con su camiseta blanca. Se dieron un apretón breve, formal, casi cómico dadas las circunstancias. Y luego se soltaron.
Andrés volvió a sentarse frente al iMac. Sus dedos empezaron a teclear con renovada energía, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro, una sonrisa que no pudo ocultar por más que lo intentó.
Manuela se recostó en el sofá, apoyó la cabeza en el respaldo, y cerró los ojos por un momento. La lluvia seguía cayendo afuera. Dentro, el sonido del teclado y el zumbido del computador le parecieron de repente más llevaderos. Había hecho un trato. Un trato extraño, fuera de lo común, de esos que jamás le habría contado a nadie en la empresa. Pero un trato, al fin y al cabo. Y ella, como economista, sabía que los buenos tratos son aquellos en los que ambas partes ganan.
Ahora solo quedaba cumplir su parte.
Abrió los ojos y miró a Andrés, concentrado en la pantalla, trabajando para ganarse su hora de cosquillas. Y por un instante, muy breve, se preguntó si no habría cometido un error. La respuesta llegó sola, desde algún lugar profundo de su mente analítica: no era un error. Era una transacción. Y en los negocios, como en la vida, a veces las mejores transacciones son las que nadie entiende desde afuera.
El tiempo pasó entre tecleos, ventanas de progreso, barras de carga que avanzaban milímetro a milímetro y reinicios del sistema que a Manuela le parecieron eternos. Andrés trabajó sin distracciones, concentrado en la pantalla, con la única interrupción de ir a la cocina dos veces a servirse más chocolate caliente. Manuela, por su parte, se quedó en el sofá la mayor parte del tiempo, leyendo en su Kindle, mirando de vez en cuando la lluvia que no cesaba, y observando a Andrés trabajar con una mezcla de admiración profesional y una cierta inquietud que prefería no examinar demasiado.
Keynes, el gato gris, se despertó en algún momento, se acercó a olfatear los zapatos de Andrés, decidió que no eran interesantes, y se fue a dormir a la habitación. La chimenea eléctrica seguía encendida, manteniendo la sala tibia a pesar del frío que se colaba por las rendijas de la ventana. La ciudad, allá abajo, seguía gris y mojada, ajena a lo que estaba ocurriendo en el piso veintisiete.
Pasaron dos horas. Luego dos horas y media. Casi tres, calculó Manuela cuando miró el reloj de pared, ese reloj de madera que había comprado en un viaje a Villa de Leyva y que marcaba las 11:47 de la mañana. Andrés llevaba más de dos horas trabajando sin parar, y el iMac ya no zumbaba como antes. Sonaba suave, normal, como si hubiera recuperado la salud.
Andrés apoyó la espalda en el respaldo de la silla, estiró los brazos por encima de la cabeza y soltó un suspiro largo. «Listo», dijo. «Ya terminé».
Manuela dejó el Kindle en la mesa de centro y se incorporó. «¿Ya? ¿Quedó bien?»
«Quedó como nuevo», respondió Andrés, señalando la pantalla. «Le hice respaldo de todo, formateé el disco, reinstalé el sistema, restauré los archivos, y además le instalé un antivirus bueno, de los que yo uso. No le va a volver a pasar lo del malware si tiene cuidado con lo que descarga y los correos que abre. Pero ya está. Funciona mejor que el día que lo compró».
Manuela se acercó al escritorio. Movió el cursor, abrió una carpeta, revisó algunos archivos. Todo estaba en su sitio. El sistema operaba con una fluidez que no recordaba desde hacía meses. Sonrió, genuinamente contenta. Su herramienta de trabajo, su compañera de tantas horas de diseño, estaba viva otra vez.
«Muchas gracias, Andrés», dijo, mirándolo. «De verdad. Hiciste un trabajo excelente».
Andrés sonrió, con una mezcla de orgullo profesional y timidez. «De nada. Para eso estoy».
Manuela se giró y caminó hacia el pasillo que llevaba a su habitación. «Espérame un momento», dijo, y desapareció detrás de la puerta. Andrés se quedó en la silla, mirando el iMac, escuchando la lluvia, sintiendo cómo los latidos de su corazón se aceleraban sin que él pudiera hacer nada para controlarlos.
Manuela volvió a los pocos segundos. En la mano derecha llevaba un sobre de papel manila, de esos que se usan para guardar documentos importantes. Se acercó a Andrés, extendió el brazo, y puso el sobre en sus manos.
«Ahí están los 200 mil», dijo. «Cuéntalos si quieres».
Andrés abrió el sobre. Eran billetes de cincuenta mil, nuevos, crujientes. Los contó rápidamente con la mirada: cuatro billetes. Los devolvió al sobre y guardó el sobre en la mochila que seguía en el suelo, junto a la silla.
«Gracias», dijo. «Todo está bien».
Hubo un silencio. Un silencio diferente a los anteriores. No era incómodo, no era tenso. Era un silencio de expectativa, como el momento antes de que alguien diga algo que ambos saben que tiene que decirse.
Andrés se puso de pie. Era más alto que Manuela, aunque no por mucho. La miró a los ojos y sus labios se curvaron en una sonrisa que ella no supo si calificar como nerviosa o como pícara.
«Falta la otra parte del trato», dijo él, con una voz que sonó más baja que antes, casi íntima.
Manuela lo miró. Parpadeó un par de veces, como si hubiera estado esperando esa frase pero aun así la tomara por sorpresa. «¿Debe ser ya?», preguntó, y su tono no era de rechazo, sino más bien de quien quiere confirmar los términos de un acuerdo antes de proceder.
Andrés asintió, sin dejar de mirarla. «Sí. Si no es molestia. Prefiero hacerlo ahora, mientras estamos aquí, mientras ya tenemos el trato cerrado. Además, yo vengo preparado».
Manuela levantó una ceja. «¿Preparado?»
Andrés se agachó, abrió la cremallera grande de su mochila, y metió la mano hasta el fondo. Cuando la sacó, traía consigo un manojo de cuerdas de algodón, beige claro, suaves al tacto. No eran cuerdas gruesas de las que se usan para amarrar bultos o para hacer nudos de barco. Eran cuerdas delgadas, como de unos cinco milímetros de grosor, de esas que se usan para manualidades o para decoración. Pero también se podían usar para otras cosas, y Manuela entendió inmediatamente para qué habían sido elegidas.
También sacó una venda de tela negra, del tamaño de una bufanda pequeña, y un par de pañuelos de tela. Lo dejó todo sobre el escritorio, junto al teclado del iMac, ordenado, casi quirúrgico.
«Siempre llevo esto conmigo», dijo Andrés, con naturalidad. «Por si se presenta la oportunidad. No sé, nunca se sabe. Hoy pensé que quizá, tal vez, si usted aceptaba el trato, me iban a servir. Y pues acerté».
Manuela miró las cuerdas, la venda, los pañuelos. Luego miró a Andrés. Luego volvió a mirar las cuerdas. La lluvia seguía golpeando el ventanal, el iMac zumbaba suavemente con su nueva vida restaurada, y Keynes, el gato gris, dormía ajeno a todo en la habitación. Ella respiró hondo, hundió las manos en los bolsillos de su short, y esperó.
No dijo nada. Solo esperó. Porque el trato estaba hecho, y ahora solo quedaba cumplirlo.
Manuela miró las cuerdas, la venda, los pañuelos. Todo estaba sobre el escritorio, al lado del teclado, ordenado con una precisión que delataba que Andrés había pensado en esto mucho antes de llegar al apartamento. No era un impulso. Era un plan. Un plan que ella había aceptado, con todas sus letras, cuando dijo «trato hecho».
«¿Dónde sería?», preguntó Manuela, metiendo las manos en los bolsillos del short. Su voz sonó más calmada de lo que se sentía. El corazón le latía un poco más rápido, pero su entrenamiento de años en juntas directivas y presentaciones de alto estrés la ayudaban a mantener la compostura.
Andrés miró a su alrededor. El apartamento era amplio, con piso de madera en la sala y el estudio, y un tapete grande de color gris claro en el centro, justo frente al sofá. Era un tapete grueso, de esos que se usan para dar calidez a los espacios, y estaba lo suficientemente limpio como para sentarse o incluso acostarse en él sin problema.
«Puede ser en el suelo», dijo Andrés, señalando el tapete con un movimiento de cabeza. «Sobre el tapete. Está limpio, es suave, y hay espacio suficiente. No va a estar incómoda».
Manuela asintió. El tapete era una buena opción. No era el suelo frío, no era el sofá que quizá sería demasiado blando. Era un punto medio. Cómodo pero firme.
«¿Y qué debo hacer?», preguntó ella, mientras caminaba hacia el tapete. Sus pies, dentro de las pantuflas beige, hacían un ruido suave contra el piso de madera.
Andrés la siguió. Tenía las cuerdas en la mano, las había recogido del escritorio junto con uno de los pañuelos. Caminó detrás de ella, con pasos firmes, y se detuvo cuando llegó al borde del tapete.
«Primero, quítese las pantuflas», dijo Andrés, con una voz que intentaba sonar profesional pero que delataba cierta emoción contenida. «Quédese descalza».
Manuela se detuvo. Miró sus pies dentro de las pantuflas. Eran sus pies, sus talones colorados, sus dedos que se movían dentro del peluche beige. Se agachó, se quitó las pantuflas con un movimiento suave, y las dejó a un lado, junto al sofá. Quedó descalza sobre el tapete gris. Sus pies, talla 40, blancos, con los dedos largos y las uñas pintadas de un rojo oscuro, casi burdeos. El color contrastaba con la palidez de su piel, y Andrés no pudo evitar mirarlos un instante más de lo necesario.
Manuela también tenía las uñas de las manos pintadas del mismo rojo oscuro. Eran manos cuidadas, de mujer ejecutiva que durante años había firmado documentos importantes y estrechado manos en reuniones de alto nivel. Ahora esas manos estaban a punto de ser inmovilizadas.
Andrés se arrodilló sobre el tapete, frente a ella. Colocó las cuerdas en el suelo, a un lado. Miró a Manuela a los ojos, buscando alguna señal de arrepentimiento o de miedo. No la encontró. Ella lo miraba con una expresión seria, concentrada, como si estuviera a punto de resolver un problema complejo de microeconomía.
«Ahora», dijo Andrés, «necesito que se siente en el suelo, sobre el tapete. Cómoda, como pueda. Y cuando esté sentada, va a colocar las manos hacia adelante, a los lados de los tobillos».
Manuela frunció el ceño, tratando de visualizar la posición. «¿Cómo así?»
Andrés se puso de rodillas e hizo el gesto con sus propias manos para que ella entendiera. «Siéntese con las piernas estiradas o ligeramente dobladas. Luego incline un poco el torso hacia adelante y coloque sus manos a los costados de sus tobillos. Las muñecas justo al lado de los tobillos. Así voy a poder amarrarle las muñecas a la altura de los tobillos».
Manuela se sentó en el tapete. Estiró las piernas hacia el frente, luego las dobló un poco, buscando una posición que no le resultara incómoda. Inclinó el torso hacia adelante y colocó sus manos a los lados de sus tobillos. Las muñecas quedaron casi pegadas a los huesos de los tobillos, a unos centímetros de distancia.
«¿Así?», preguntó, levantando la vista hacia Andrés.
Él asintió, con una sonrisa que trató de disimular. «Así mismo. Perfecto».
Se acercó un poco más y tomó una de las cuerdas beige. Era suave al tacto, de algodón, no tan delgada como para cortar la circulación pero sí lo suficientemente resistente para sujetar. Andrés la enrolló alrededor de la muñeca derecha de Manuela, luego alrededor de su tobillo derecho, luego otra vez alrededor de la muñeca, luego otra vez alrededor del tobillo, formando una especie de ocho que unía las dos extremidades. No apretó demasiado, solo lo suficiente para que Manuela no pudiera separar la mano del pie.
«La idea es que no pueda llevarse las manos a los pies», explicó Andrés mientras terminaba el nudo. «Si las muñecas están amarradas a la altura de los tobillos, sus manos no van a poder alcanzar sus plantas. No va a poder taparse los pies ni oponer resistencia con las manos. Quedan inmovilizadas justo donde las necesita para protegerse, pero no van a llegar».
Manuela miró su mano derecha, atada a su tobillo derecho. Movió los dedos, intentó estirar el brazo, pero la cuerda la detenía a pocos centímetros. Su mano quedaba flotando sobre el empeine, sin poder tocar la planta. Era una posición inteligente. Andrés había pensado en cada detalle.
Terminó con la muñeca derecha y pasó a la izquierda. Manuela lo observaba hacer el nudo, la misma técnica, la misma tensión controlada. Sus uñas rojas contrastaban con la cuerda beige y con la palidez de su piel. Andrés trabajaba con concentración, como si estuviera realizando una tarea delicada, como si cada nudo fuera importante.
Cuando terminó con las dos muñecas, Andrés se recostó sobre sus talones y observó su trabajo. Manuela estaba sentada en el tapete gris, con las piernas dobladas, el torso ligeramente inclinado hacia adelante, las manos atadas a los tobillos, los pies descalzos con las uñas rojas brillando bajo la luz de la chimenea eléctrica.
«Prácticamente así», dijo Andrés, asintiendo con satisfacción. «No va a haber manera de que usted se pueda levantar. Si intenta ponerse de pie, las manos atadas a los tobillos la van a desequilibrar. Va a caer de inmediato. La única posición estable es sentada o acostada. Y en ninguna de las dos va a poder protegerse los pies».
Manuela movió las manos, probando la resistencia de las cuerdas. Los nudos estaban bien hechos. No apretaban demasiado, pero tampoco cedían. Sus dedos, con las uñas rojas, se movían inútilmente a unos centímetros de sus empeines.
«¿Estás seguro de que esto es necesario?», preguntó Manuela, con un tono que mezclaba resignación y una pizca de diversión.
«Es parte del trato», respondió Andrés, con una sonrisa que ya no trataba de ocultar. «Usted aceptó. Una hora de cosquillas. Atada de pies y manos. Eso fue lo que acordamos».
Manuela suspiró. No era un suspiro de fastidio, sino más bien de quien sabe que no hay vuelta atrás y ha decidido aceptarlo.
«Está bien», dijo. «Prosiga».
Andrés asintió, se puso de rodillas frente a ella, y alcanzó la segunda cuerda que había dejado en el suelo. Aún faltaba atarle los pies. Aún faltaba la parte más importante del acuerdo. Pero eso vendría después. Por ahora, solo quedaba terminar de asegurar a Manuela en su posición, para que durante la siguiente hora no pudiera hacer otra cosa que reír.
Afuera, la lluvia seguía cayendo. Dentro, el iMac restaurado zumbaba suavemente en el escritorio, y Manuela, la diseñadora industrial de 42 años, exgerente, desempleada, de pies talla 40 y uñas rojo oscuro, esperaba sentada en el tapete gris con las manos atadas a los tobillos, sintiendo cómo la cuerda de algodón le rozaba la piel, y preguntándose, en el fondo de su mente analítica, si realmente estaba preparada para lo que venía.
Manuela estaba sentada en el tapete gris, con las manos atadas a los tobillos, las uñas rojo oscuro brillando bajo la luz de la chimenea eléctrica. Andrés terminó de ajustar el último nudo, el que unía su muñeca izquierda con su tobillo izquierdo, y se quedó mirando su trabajo por un momento. Ella movió las manos intentando alcanzar sus pies, pero las cuerdas la detenían a pocos centímetros. Sus dedos se movían en el aire, inútiles, rozando apenas el empeine sin poder llegar a las plantas.
«Perfecto», dijo Andrés en voz baja, casi para sí mismo.
Manuela levantó la vista hacia él. Iba a decir algo, quizá un comentario irónico sobre lo meticuloso que era con los nudos, quizá una pregunta sobre cuánto tiempo más iba a tardar. Pero no le dio tiempo. Andrés se inclinó hacia adelante, agarró sus tobillos con ambas manos, y empujó suavemente hacia atrás.
El movimiento fue firme pero controlado, sin brusquedad. Manuela sintió cómo su centro de gravedad se desplazaba, cómo el equilibrio que había mantenido sentada se rompía, y cómo su espalda iba a encontrar el tapete en una caída lenta que no le hizo daño. Cayó de espaldas sobre la tela gris, con las piernas dobladas y los brazos atados a los tobillos, completamente indefensa. Sus pies, que habían estado apoyados en el suelo, ahora quedaron levantados en el aire, las plantas apuntando hacia el techo, los dedos con las uñas rojas ligeramente separados por el impacto.
Andrés no perdió tiempo. Se puso de pie con agilidad, dio un paso hacia adelante, y pasó sus piernas por encima de las piernas y los brazos de Manuela. Quedó sentado sobre sus muslos, con las rodillas apoyadas en el tapete a ambos lados de su cadera. Desde esa posición, sus manos quedaban libres, justo por encima de los pies de Manuela, que seguían elevados, las plantas blancas y vulnerables a la altura de su pecho.
Manuela levantó la cabeza del tapete para mirarlo. Sus ojos verdes se encontraron con los de él, que ahora brillaban con una intensidad que no le había visto antes. No era miedo lo que ella sintió. Era otra cosa. Una mezcla de nervios, de expectativa, de la conciencia de que estaba completamente a merced de un chico de veinticinco años al que ella misma había dejado entrar a su casa.
«¿Lista?», preguntó Andrés, con una sonrisa que no era maliciosa, sino más bien juguetona, casi infantil.
Manuela no respondió. No tuvo tiempo.
Andrés levantó sus dos manos, abrió los diez dedos, y las dejó caer sobre las plantas de los pies de Manuela. No suavemente. No con precaución. Las dejó caer con decisión, con las uñas ligeramente salientes, y comenzó a rascar, a mover los dedos de arriba abajo, de izquierda a derecha, sin un patrón fijo, sin piedad, como un pianista que improvisa sobre un teclado especialmente sensible.
El efecto fue inmediato y devastador.
«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!», gritó Manuela, o más bien rió, porque lo que salió de su garganta no fue un grito sino una carcajada explosiva, incontrolable, de esas que nacen en el estómago y suben como un volcán. Su cabeza se sacudió contra el tapete, su cuerpo se retorció, intentando escapar de una sensación que no podía describir con palabras. Las cosquillas eran demasiado intensas, demasiado repentinas, demasiado todo.
Sus pies, sus pobres pies de talla 40, sus plantas hipercosquilludas que habían sido su secreto mejor guardado durante años, ahora estaban expuestas y siendo atacadas sin contemplaciones. Las uñas de Andrés recorrían cada centímetro de la planta: los arcos, las bases de los dedos, los talones, las partes blandas que nadie más tocaba. Cada rasca era una explosión de risa. Cada movimiento de sus dedos era un terremoto en su control.
Manuela arrugó las plantas instintivamente, tratando de esconder la piel sensible, de crear pliegues que dificultaran el ataque. Pero Andrés era hábil. Sus uñas encontraban los huecos, los pliegues, las grietas que se formaban al arrugar. En lugar de disminuir la sensación, la intensificaban. Entonces Manuela hacía lo contrario: estiraba las plantas, las ponía tensas, intentando que la piel lisa fuera menos receptiva. Tampoco funcionaba. Las uñas de Andrés se deslizaban con más facilidad sobre la piel estirada, produciendo un cosquilleo diferente pero igual de insoportable.
Sus ideas se agotaron rápido. Pronto ya no pensó en estrategias. Ya no pensó en nada. Solo sintió las cosquillas, solo rió, solo se retorció en el tapete mientras Andrés, sentado sobre sus muslos, la miraba con los ojos brillantes, con una sonrisa que era de puro asombro, como si estuviera presenciando algo que nunca imaginó que fuera tan intenso.
«¡JAJAJAJAJAJAJA NOOOO! ¡NOOOO! ¡ANDREEEES!», gritaba Manuela entre carcajada y carcajada, moviendo la cabeza de un lado a otro, con los ojos cerrados y las lágrimas empezando a asomar. No suplicaba con palabras claras. Solo reía y reía, mientras su cuerpo se sacudía bajo el implacable ataque de diez dedos que parecían tener vida propia.
Sus pies se movían frenéticamente, intentando zafarse, pero Andrés tenía un buen agarre desde su posición. Además, las manos de Manuela seguían atadas a los tobillos, inútiles, incapaces de llegar a las plantas para detener la tortura. Solo podía mover los pies, agitar las piernas, retorcerse, reír. Nada más. Solo reír.
Y reía. Reía como no recordaba haber reído en toda su vida. Las cosquillas no le daban tregua. Las uñas subían y bajaban, giraban, rasgaban suavemente, pellizcaban, hacían círculos, todo al mismo tiempo, todo sin parar, todo con la única intención de hacerla reír más, más fuerte, más descontrolada.
«¡ME VOY A MORIR! ¡ME VOY A MORIR DE LA RISAAAA!», alcanzó a articular entre carcajada y carcajada, antes de que una nueva oleada de cosquillas la devolviera al caos de la risa incontrolable.
Andrés no dijo nada. Solo sonrió, y siguió moviendo los dedos, y escuchó la risa de Manuela llenar el apartamento, mezclándose con el sonido de la lluvia que seguía golpeando el ventanal, mientras el iMac restaurado zumbaba suavemente en el escritorio, y Keynes, el gato gris, asomó la cabeza por la puerta de la habitación, observó la escena un momento, y decidió que ese no era un asunto suyo y se fue a dormir a otro lugar.
Andrés no podía evitar sonreír. No una sonrisa amplia ni burlona, sino una sonrisa de satisfacción profunda, de esas que nacen cuando uno está haciendo exactamente lo que quiere hacer en el momento exacto en que quiere hacerlo. Sus diez dedos seguían bailando sobre las plantas de los pies de Manuela, subiendo y bajando, trazando círculos, arañando suavemente con las uñas, pellizcando con delicadeza la base de los dedos. Cada movimiento provocaba una reacción inmediata: un sobresalto, una carcajada, un intento fallido de zafarse.
Disfrutaba cada segundo. Cada segundo de ese ataque sin piedad era para él como un regalo que no esperaba recibir. La sensación de la piel de Manuela bajo sus dedos era algo que había imaginado muchas veces, desde aquel día en la empresa cuando la vio por primera vez, pero la realidad superaba cualquier fantasía. Sus plantas eran suaves, cuidadas, con esa textura ligeramente húmeda que tienen los pies recién lavados. Y eran sensibles. Muy sensibles. Cada rasca, cada roce, cada movimiento de sus uñas provocaba una tensión inmediata en la piel, como si los músculos de la planta quisieran encogerse para protegerse del ataque.
Era fascinante. Andrés sentía cómo la piel de Manuela se tensaba bajo sus dedos, cómo los arcos se contraían y los dedos se doblaban hacia arriba en un espasmo involuntario. Luego, al segundo siguiente, la planta se relajaba y se estiraba, como si el pie intentara huir hacia adelante, alejándose de las manos que lo atacaban. Una danza continua de tensión y distensión, de arrugas que aparecían y desaparecían, de dedos que se abrían y se cerraban sin control. Era un espectáculo hipnótico, y Andrés no podía apartar la vista.
Manuela ya había perdido la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaba Andrés atacando sus pies. Podían ser cinco minutos o veinte. Su mente ya no funcionaba como una mente de economista, calculando costos y beneficios. Su mente ahora era solo un órgano más de su cuerpo, un cuerpo que reía, que sudaba, que se retorcía en el tapete gris tratando de escapar de una tortura que no podía describir con palabras.
«¡BASTA! ¡POR FAVOR! ¡ANDREEEES!», gritaba entre carcajada y carcajada, moviendo la cabeza de un lado a otro, con los ojos llenos de lágrimas. Pero sus súplicas no eran más que sonidos, ruidos que se perdían en el aire junto con las risas.
El iMac zumbaba en el escritorio, ajeno. La lluvia golpeaba el ventanal, ajena. Keynes, el gato gris, había decidido que el cuarto de invitados era un lugar mucho más tranquilo para dormir la siesta.
Y entonces, sin previo aviso, Andrés se detuvo. Dejó de mover los dedos. Sus manos quedaron suspendidas sobre los pies de Manuela, quietas, como si hubiera presionado un botón de pausa. Manuela sintió la cesación del ataque y aprovechó para respirar hondo, para secarse las lágrimas con el hombro porque sus manos seguían atadas a los tobillos y no podía alcanzar su cara. Jadeaba, tomaba aire a grandes bocanadas, intentando recuperar el aliento perdido.
Pero el descanso fue breve.
Andrés se giró sobre sí mismo. Ya no estaba sentado sobre los muslos de Manuela, sino arrodillado en el suelo a su lado. Se quitó de encima las piernas de ella, se movió hacia su costado izquierdo, y se arrodilló junto a su torso. Manuela abrió los ojos, todavía húmedos, y lo vio inclinarse sobre ella. Y supo lo que venía antes de que empezara.
«NOOOO», alcanzó a decir, pero era tarde.
Las manos de Andrés se posaron sobre su cintura. Los dedos presionaron suavemente los costados, justo donde la carne es más blanda y la piel más sensible. Y comenzó a hacer cosquillas.
El cambio fue brutal. Durante los últimos minutos, las cosquillas habían estado concentradas en sus pies, una zona terrible pero acotada. Ahora Andrés atacaba su torso entero, sin respeto por las zonas, saltando de un lugar a otro como si quisiera explorar cada centímetro de su piel.
«¡JAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NOOOO! ¡AHÍ NOOOO!», gritó Manuela cuando los dedos de Andrés se hundieron en su cintura. Su cuerpo reaccionó como un resorte: se encogió hacia un lado, tratando de proteger la zona, pero Andrés era más rápido. Sus manos se movían con una agilidad que parecía imposible, pasando de la cintura a la barriga en un abrir y cerrar de ojos.
La barriga de Manuela era plana, tonificada por las semanas de yoga y ejercicio. Pero también era increíblemente sensible. Los dedos de Andrés dibujaban círculos lentos alrededor de su ombligo, subían por el centro de su abdomen, bajaban hacia los costados, y ella se retorcía como una serpiente en el suelo, arqueando la espalda, intentando alejarse pero sin poder ir a ningún lado.
«¡ME MATAS! ¡ME MATAS DE LA RISAAA!», alcanzó a gritar antes de que una nueva oleada de cosquillas la devolviera al caos.
Andrés subió a las costillas. Ahí era peor. Las costillas de Manuela eran uno de sus puntos más débiles, y él lo sabía porque ella misma se lo había dicho horas antes, señalándose con el dedo en esa conversación que ahora le parecía mentira. Sus dedos encontraron cada costilla, una por una, presionando suavemente los espacios intercostales, moviéndose de arriba abajo como si estuviera tocando un xilófono de hueso y carne.
Manuela reía. Reía sin parar. Reía hasta que le dolía la garganta y le ardían los ojos y le temblaba todo el cuerpo. Se revolcaba en el tapete como una posesa, girando de un lado al otro, intentando cubrirse con los brazos atados, pero sus manos seguían presas junto a sus tobillos, inútiles, incapaces de detener el ataque.
«¡POR FAVOR! ¡ANDREEEEES! ¡POR FAVOOOOR!», gritaba entre carcajada y carcajada, pero sus palabras eran cada vez más ininteligibles, ahogadas por la risa.
Andrés no mostraba signos de cansancio. Cambiaba de zona cada vez que ella parecía empezar a acostumbrarse a una. Pasaba de las costillas a las axilas, y ahí Manuela perdía el control por completo. Sus axilas eran territorio prohibido, un lugar que nadie tocaba nunca, y la sensación de los dedos de Andrés ahondando en esa zona blanda la hacía retorcerse con una intensidad que rayaba lo insoportable.
«¡NOOOO! ¡LAS AXILAS NOOOO! ¡AHÍ NOOO! ¡TE LO SUPLICOOOOO!», gritaba ella, mientras su cabeza se sacudía de un lado a otro y su cabello café con visos rubios se desparramaba sobre el tapete gris.
Pero Andrés seguía. Sus manos volvían a la cintura, subían a la barriga, saltaban a las costillas, se hundían en las axilas. Era un ataque coordinado, implacable, como si hubiera planeado cada movimiento con anticipación. Manuela se revolcaba sin cesar, sin descanso, sin poder hacer nada más que reír y retorcerse y suplicar una piedad que no llegaba.
«¡TENGO DEMASIADAS COSQUILLAS! ¡NO PUEDO MÁS! ¡ES DEMASIAADO!», gritaba ella, arqueando la espalda, pataleando con los pies atados, moviendo la cabeza de un lado a otro como si eso pudiera ayudar.
Afuera, la lluvia amainaba. Dentro, la risa de Manuela llenaba cada rincón del apartamento, rebotaba en las paredes, se colaba por las rendijas de las ventanas. Era una risa desesperada, incontrolable, de esas que uno no decide tener sino que le son impuestas por un cuerpo que responde a estímulos que la mente no puede dominar. Y Andrés, arrodillado a su lado, la miraba con los ojos brillantes y los dedos siempre en movimiento, disfrutando cada carcajada, cada retorcimiento, cada súplica entrecortada que salía de sus labios.
Manuela ya no sabía si llevaban diez minutos o una hora. Solo sabía que sus músculos le dolían de tanto reír, que las lágrimas le corrían por las mejillas, que tenía la camiseta blanca arrugada y el short negro torcido y el cabello convertido en un nudo de ondas rubias. Y que Andrés seguía allí, sin piedad, con las manos siempre en movimiento, siempre encontrando nuevas zonas sensibles, siempre haciéndola reír un poco más fuerte.
«¡YA! ¡YAAAAAAAAAAAAAAAAAA!», gritó Manuela, con una voz que ya apenas era un chillido entrecortado por las carcajadas. «¡ME RINDO! ¡TE LO JURO QUE ME RINDO! ¡NO PUEDO MÁS, POR FAVOR!»
Pero Andrés solo sonrió, movió las manos a sus costillas otra vez, y Manuela volvió a reír, y a retorcerse, y a suplicar, en un ciclo que parecía no tener fin. La risa seguía llenando el apartamento, y la lluvia seguía cayendo, y el iMac restaurado seguía zumbando en el escritorio como si nada estuviera pasando.
Porque, en el fondo, nada estaba pasando. Solo una mujer de 42 años, diseñadora industrial, desempleada, rindiéndose ante las cosquillas de un técnico de sistemas de 25 años, en un apartamento del piso veintisiete, en una mañana lluviosa en Bogotá. Nada más. Y al mismo tiempo, todo.
Andrés no daba tregua. No iba a darla. Había esperado meses para este momento, desde aquel día en la empresa cuando vio a Manuela por primera vez y sintió esa curiosidad que no lo dejaba dormir. Había imaginado esta escena muchas veces, en la ducha, en la cama antes de dormir, mientras tecleaba frente a otros computadores en otras casas. Y ahora que era real, ahora que la tenía ahí, desarmada, vulnerable, riendo a carcajadas en el tapete gris de su sala, no iba a desperdiciar ni un solo segundo.
Cada segundo era una joya. Cada carcajada era un tesoro. Cada vez que Manuela arqueaba la espalda, cada vez que movía la cabeza de un lado a otro, cada vez que sus pies se tensaban y los dedos se abrían y cerraban sin control, Andrés lo registraba todo, lo guardaba en su memoria, saboreaba cada instante como si fuera el último.
Sus manos no paraban. Pasaban de las costillas a la cintura, de la cintura a la barriga, de la barriga a las axilas, de las axilas de vuelta a las costillas. Era un carrusel de cosquillas, un tobogán sin fin, una montaña rusa de la que Manuela no podía bajarse. No había pausa, no había respiro, no había un lugar seguro donde sus dedos no pudieran alcanzarla. Andrés había estudiado bien su cuerpo, había escuchado con atención cuando ella le señaló cada punto débil, y ahora aplicaba ese conocimiento con una precisión que rozaba lo cruel.
Manuela ya no podía articular palabras. Su boca se abría y cerraba, de ella salían sonidos, carcajadas, gritos ahogados, pero las sílabas se desarmaban antes de formar frases. Intentaba decir «por favor», pero solo lograba un «por faaa» cortado por una nueva oleada de cosquillas. Intentaba decir «ya no puedo más», pero el «ya no» se perdía entre carcajadas que le sacudían todo el cuerpo.
Se revolcaba en el tapete como una oruga envenenada, girando de un lado al otro, intentando alejarse de las manos de Andrés, pero él la seguía con una paciencia infinita, moviéndose a su alrededor, arrodillándose donde ella se movía, cambiando de ángulo, de posición, de técnica. No había escape. No había escondite. El tapete era su mundo, y Andrés era el dueño de ese mundo.
Los pies de Manuela, esos pies de talla 40 que ella había cuidado tanto, que siempre mantenía limpios y suaves, ahora se movían frenéticamente en el aire, pataleando sin rumbo, porque las manos de Andrés habían vuelto a bajar varias veces a las plantas, solo para recordarle que ahí también mandaba él. Un par de segundos en los arcos, otro par en la base de los dedos, una rasca rápida con las uñas en los talones… y Manuela volvía a perder la cabeza, a reír más fuerte, a retorcerse como si quisiera desarmarse entera.
Su cuerpo entero era un territorio cosquilludo. Andrés lo había comprobado zona por zona, dedo por dedo. Las costillas le arrancaban carcajadas agudas, agudas, casi desgarradoras. La cintura provocaba un retorcerse lateral, como si intentara partirse en dos. La barriga, especialmente alrededor del ombligo, la hacía reír con una risa más profunda, más gutural, que subía desde algún lugar muy adentro. Las axilas eran el campo minado: apenas sus dedos se hundían ahí, Manuela perdía cualquier resto de dignidad y chillaba, literalmente chillaba entre carcajadas, como una niña pequeña a la que sus primas tienen inmovilizada en la cama de la abuela.
Y los pies. Los pies eran la guinda, el postre, la cereza del pastel. Cuando Andrés bajaba a las plantas, cuando sus uñas se deslizaban por los arcos o por debajo de los dedos, Manuela cerraba los puños, tensaba los brazos atados a los tobillos, y reía con una desesperación que a él le parecía poesía pura.
El sudor empezaba a brillar en la frente de Manuela. Su camiseta blanca, antes impecable, ahora estaba arrugada y ligeramente húmeda en la espalda. Su short negro se había subido un poco, dejando al descubierto la parte baja de sus muslos, blancos, suaves. Su cabello café con visos rubios era un desastre, un nudo de ondas enredadas sobre el tapete gris. Las uñas rojo oscuro de sus manos, atadas a los tobillos, brillaban bajo la luz de la chimenea eléctrica mientras sus dedos se abrían y cerraban sin control, aferrándose a nada.
«¡AAAAAAAAAAAAAAHHHH! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡NOOOOOOOOOO!», gritaba Manuela, con la voz ya ronca, cascada, apenas un eco de lo que había sido al principio de la sesión. Pero Andrés no se detenía. No podía. No quería.
El tiempo pasaba. Andrés no miraba el reloj, pero sabía que los minutos volaban, que la hora que habían acordado se estaba consumiendo como un carrete de cine en una sala oscura. Y él quería aprovechar cada fotograma, cada milésima de segundo, cada instante de esta película que había escrito en su imaginación durante tanto tiempo y que ahora, por fin, se proyectaba ante sus ojos.
Sus manos seguían moviéndose, incansables. Sus dedos encontraban siempre una nueva zona, un nuevo pliegue, una nueva forma de hacer reír a Manuela un poco más fuerte. No había piedad en sus movimientos, no había contemplación, no había esa voz interna que a veces le decía «ya basta». Esa voz se había ido a dormir, o quizá nunca había existido. Solo quedaba el impulso, el deseo, la necesidad de seguir, de continuar, de no parar nunca.
Manuela, mientras tanto, flotaba en un océano de cosquillas. Había perdido la capacidad de pensar en palabras. Su mente, esa máquina analítica que durante años había calculado costos y beneficios, que había diseñado productos y dirigido equipos, que había sobrevivido a reestructuraciones y despidos, ahora estaba en blanco. No pensaba. Solo sentía. Sentía las manos de Andrés en sus costillas, en su cintura, en sus axilas, en sus pies. Sentía la risa brotando de su garganta como un géiser. Sentía su cuerpo retorciéndose sin su permiso, moviéndose al ritmo de las cosquillas como una marioneta cuyas cuerdas estaban en manos de otro.
No sabía cuánto tiempo llevaban. No le importaba. Solo sabía que Andrés no paraba, que no iba a parar, que había decidido aprovechar cada segundo de esa hora y que no iba a desperdiciar ni uno solo. Y ella, a pesar del agotamiento, a pesar del dolor muscular, a pesar de la garganta irritada, seguía riendo. No podía hacer otra cosa. Las cosquillas la tenían atrapada, prisionera, sometida, y la risa era su única respuesta posible.
La lluvia seguía cayendo afuera, pero ya no la escuchaba. El iMac seguía zumbando en el escritorio, pero ya no existía para ella. El mundo entero se había reducido al tapete gris, a las manos de Andrés, y a la risa que no cesaba, que no iba a cesar, que seguiría brotando mientras él decidiera seguir moviendo los dedos.
Y Andrés seguía. Y seguía. Y seguía.
Aprovechando cada minuto. Cada segundo. Cada milésima de segundo.
Sin piedad.
Sin tregua.
Sin fin.
Andrés sabía que el tiempo se le acababa. No porque mirara el reloj, sino porque sentía en sus propios músculos el esfuerzo acumulado de casi una hora moviendo los dedos sin parar. Sus antebrazos empezaban a dolerle, esa molestia sorda de quien ha usado demasiado tiempo las mismas manos en la misma tarea. Pero no iba a detenerse. No antes de cumplir su parte del trato.
Así que volvió a los pies.
Se giró sobre sí mismo, se arrodilló de nuevo frente a las extremidades de Manuela, y tomó los tobillos con firmeza. Ella estaba tan agotada que apenas reaccionó cuando él la agarró. Su cabeza seguía apoyada en el tapete, los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando con la respiración agitada de quien ha reído sin parar durante decenas de minutos. La camiseta blanca pegada a su piel por el sudor, el short negro torcido, el cabello café con visos rubios hecho un desastre sobre la tela gris.
Andrés alzó los pies de Manuela. Los sostuvo en el aire, con las plantas apuntando hacia el techo, iluminadas por la luz cálida de la chimenea eléctrica. Las plantas estaban ligeramente rosadas por el ataque anterior, la piel sensible, los arcos marcados, los dedos con las uñas rojo oscuro ligeramente separados. Eran pies de mujer alta, de talla cuarenta, pies que caminaron durante años por oficinas ejecutivas y ahora descansaban vulnerables en las manos de un técnico de sistemas.
Manuela abrió los ojos cuando sintió el contacto. Vio sus propios pies elevados, vio las manos de Andrés sujetándolos, vio sus dedos preparándose para el ataque. Quiso decir algo, quizá un «no otra vez» o un «por favor ya no», pero lo único que salió de su garganta fue un quejido ronco, una especie de gemido anticipatorio que mezclaba resignación y terror.
«No», alcanzó a decir. Fue una palabra pequeña, débil, ahogada. «No más».
Pero Andrés sonrió. Era una sonrisa amable, casi cariñosa, pero firme. «Faltan minutos», dijo. «Hay que cumplir el trato».
Y sus dedos comenzaron a moverse.
Comenzó con los dedos de los pies. No con las plantas, no directamente. Andrés sabía que la anticipación era parte del juego, que el terror de saber lo que viene puede ser tan intenso como la sensación misma. Así que tomó el pie derecho de Manuela con una mano, y con la otra comenzó a pasar la yema de sus dedos por los espacios entre los dedos de ella. Uno por uno. Lento. Deliberado.
Manuela sintió un cosquilleo diferente, más localizado, más íntimo. Esa zona entre los dedos, esa piel blanda que casi nunca recibe contacto, era un campo minado que ella misma había olvidado mencionar en su enumeración de puntos débiles. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera procesarlo. Los dedos de sus pies se separaron y se juntaron, tratando de atrapar los dedos de Andrés, de impedirles el paso. Pero era inútil. Los dedos de él eran ágiles, delgados, encontraban siempre un hueco, un espacio, un lugar donde hacer cosquillas.
La risa volvió. No era la risa explosiva de antes, la que nacía de los pies o de las axilas como un volcán. Era una risa más contenida, pero igual de real, igual de incontrolable. Una risa que Manuela exhalaba entre dientes, con la boca cerrada, como si intentara retenerla y no pudiera.
«Jajajajajaja… eso… eso no… eso no me lo había hecho nadie… jajajajajaja», alcanzó a decir, moviendo la cabeza de un lado a otro en el tapete.
Andrés asintió, satisfecho, y pasó al otro pie. Misma técnica. Misma lentitud. Mismo deleite en la exploración. Quería conocer cada rincón de esos pies, cada pliegue, cada centímetro cuadrado de piel que pudiera producir una carcajada. Era un cartógrafo dibujando un mapa, y cada dedo de Manuela era una cordillera por explorar.
Después de los dedos, bajó a las plantas. Ahora sí. Ahora era el territorio principal, la zona cero, el lugar donde las cosquillas alcanzaban su máxima expresión. Andrés apoyó los pulgares en el centro de la planta derecha, justo en el arco, y comenzó a presionar suavemente, a hacer círculos lentos con la yema de los dedos. Luego añadió los índices. Luego los medios. Pronto tuvo cuatro dedos de cada mano trabajando sobre las dos plantas al mismo tiempo, moviéndose en direcciones opuestas, creando una sinfonía de cosquillas que recorría cada nervio de los pies de Manuela.
El efecto fue inmediato y demoledor. La risa de Manuela, que había sido contenida, que había sido casi civilizada durante el ataque a los dedos, ahora explotó con toda su fuerza. No hubo manera de retenerla, de amortiguarla, de disimularla. Salió de su pecho como un animal enjaulado que por fin encuentra la puerta abierta.
Las carcajadas llenaron la sala, rebotaron en las paredes, se mezclaron con el sonido de la lluvia que seguía golpeando el ventanal. Manuela arqueó la espalda, levantó la cabeza del tapete, la dejó caer, la volvió a levantar. Sus brazos atados a los tobillos tiraban de las cuerdas, sus manos se abrían y cerraban buscando algo a qué aferrarse, pero no había nada. Solo el tapete, solo el aire, solo las cosquillas.
«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NOOOO! ¡NO PUEDO! ¡ES DEMASIADO ESTO ES DEMASIADO! ¡POR FAVOR!», gritaba Manuela, pataleando con las piernas, moviendo los pies frenéticamente dentro de las manos de Andrés. Pero él no soltaba. Su agarre era firme, sus dedos seguían moviéndose, sus uñas seguían rascando las plantas con esa precisión que parecía imposible.
Las plantas de Manuela se arrugaban y estiraban alternativamente, intentando confundir a los dedos de Andrés, pero era inútil. Él se adaptaba a cada movimiento, encontraba la manera de seguir cosquilleando incluso cuando la piel se plegaba sobre sí misma. Sus dedos se metían en los pliegues, rascaban las arrugas, encontraban los pliegues que se formaban debajo de los dedos de los pies. No había refugio para Manuela. No había escondite seguro.
Ella se retorcía en el tapete, moviendo todo el cuerpo, no solo los pies. Su torso se arqueaba, sus caderas se levantaban y caían, sus hombros se sacudían. Era un temblor general, una convulsión de todo su ser provocada por las manos incansables de Andrés. Las lágrimas le corrían por las mejillas, no de tristeza, no de dolor, sino de esa sobrecarga de cosquillas que el cuerpo no sabe procesar de otra manera que no sea riendo y llorando al mismo tiempo.
«Hace cosquillas, hace cosquillas, hace cosquillas, ¡¿hasta cuándo vas a seguir?!», alcanzó a articular en un momento de lucidez entre carcajada y carcajada.
Andrés no respondió. Solo sonrió, y siguió moviendo los dedos, y siguió escuchando esa risa que para él era la música más hermosa que había escuchado en su vida.
El tiempo pasaba. Los minutos se consumían como hielo al sol. Andrés no miraba el reloj, no necesitaba hacerlo. Sabía que la hora estaba por terminar, que pronto tendría que soltar esos pies, que pronto Manuela recuperaría el control de su cuerpo. Pero no quería pensar en eso. Quería vivir este momento, este segundo, esta rasca de uñas sobre la planta de un pie que se arrugaba y se estiraba y se retorcía en sus manos.
La lluvia seguía cayendo afuera. Dentro, solo existían las manos de Andrés y los pies de Manuela, y la risa de ella que no cesaba, que no iba a cesar, que seguiría brotando mientras él decidiera seguir moviendo los dedos.
Cumpliendo el trato. Hasta el último segundo. Sin piedad. Sin tregua. Sin arrepentimiento.
Andrés sintió que la hora se cumplía. No porque llevara un cronómetro en la mente, sino porque algo dentro de él, quizá el cansancio acumulado en sus antebrazos, quizá la necesidad de dar por terminado el trato, le dijo que ya era suficiente. Había sido una hora completa. Ni un segundo menos. Quizá unos cuantos de más, pero eso no le importaba. El trato era el trato, y él era hombre de palabra.
Sus dedos dejaron de moverse. Sus manos soltaron los pies de Manuela, que cayeron sobre el tapete con un golpe suave, los talones rozando la tela gris. Se quedó arrodillado frente a ella, observándola, con las manos apoyadas en sus propios muslos y la respiración un poco agitada por el esfuerzo. La chimenea eléctrica seguía encendida, manteniendo la sala tibia, y la lluvia seguía golpeando el ventanal, aunque ahora con menos fuerza que al principio de la mañana.
Manuela no dejó de reír de inmediato. Las cosquillas tienen ese efecto: el cuerpo sigue riendo aunque el estímulo haya cesado, como si necesitara unos segundos para procesar que el peligro ha pasado. Así que ella siguió ahí, tendida de espaldas sobre el tapete, con los brazos aún atados a los tobillos aunque ya sin tensión, el pecho subiendo y bajando, las mejillas húmedas, el cabello café con visos rubios desparramado a su alrededor como un halo desordenado.
«Jajajajajaja… no… no puedo… jajajajaja… todavía… todavía siento…», decía entre risas residuales, llevándose las manos atadas a la cara para secarse las lágrimas con los nudillos, porque no podía alcanzar con las palmas. «Es… es demasiado… jajajajaja…»
Andrés esperó. Sabía que el cuerpo de Manuela necesitaba tiempo para volver a la normalidad, para que la respiración se regulara, para que el corazón dejara de latir tan rápido. No la apuró. Se quedó arrodillado, con las manos en los muslos, mirándola con una expresión que mezclaba satisfacción y una cierta ternura.
Finalmente, Manuela logró calmarse lo suficiente como para hablar con cierta coherencia. Aún soltaba pequeñas risas entre palabra y palabra, como si el recuerdo de las cosquillas fuera suficiente para activar el reflejo, pero ya podía formar frases completas. Se incorporó con esfuerzo, apoyándose en los codos, y miró a Andrés con los ojos aún brillantes por las lágrimas.
«Nunca… nunca imaginé… jajajajaja… que existiera gente a la que le gustara torturar a otros con cosquillas», dijo, moviendo la cabeza con una mezcla de asombro y cansancio. «Es… es una locura. Una locura total. ¿Cómo puede alguien disfrutar haciendo esto?»
Andrés sonrió. No era una sonrisa burlona, sino más bien la sonrisa de quien está a punto de revelar un secreto que sabe que va a sorprender al otro. Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, y bajó la voz como si compartiera información confidencial.
«Y si supieras que realmente hay personas que pagan por hacerlas», dijo Andrés, con un tono que mezclaba naturalidad y una pizca de picardía. «Pagan por hacer cosquillas. Y también pagan por ver cómo torturan a otras».
Manuela abrió los ojos. Sus ojos verdes, todavía húmedos por las lágrimas de la risa, se agrandaron visiblemente. Parpadeó un par de veces, procesando la información, tratando de encajar esa realidad en su mente de economista que siempre había pensado que los mercados funcionaban para bienes tangibles, servicios concretos, cosas que se podían medir y valorar.
«¿En serio?», preguntó Manuela, y su voz sonó genuinamente sorprendida, sin una pizca de sarcasmo. «¿Hay gente que paga por hacer cosquillas? ¿Y por ver? ¿Cómo… cómo funciona eso?»
Andrés asintió, con la misma sonrisa de complicidad. «Sí, en serio. Hay un mundo entero ahí afuera que la mayoría de la gente no conoce. Páginas web, comunidades, creadores de contenido. Gente que vive de esto o que lo hace como un negocio secundario. No es algo raro, solo es algo que no se ve en las noticias ni se habla en las comidas familiares».
Manuela lo miró en silencio, intentando digerir lo que acababa de escuchar. Su mente, esa máquina analítica que durante años había estudiado oferta y demanda, mercados y comportamientos, empezaba a hacer conexiones que antes no había considerado. Siempre había pensado que su cosquilleo extremo era una simple característica física, una curiosidad, una anécdota para contar entre amigas. Pero si había personas dispuestas a pagar por ese tipo de experiencias… entonces su cuerpo no era solo su cuerpo. Era un recurso. Un activo. Algo que podía tener valor en un mercado que ella ni siquiera sabía que existía.
Andrés se incorporó, estiró las piernas para aliviar la incomodidad de haber estado tanto tiempo arrodillado. Dio un par de pasos hacia su mochila, que seguía en el suelo junto al escritorio, y la señaló con un movimiento de cabeza.
«¿Quieres ver?», preguntó Andrés, mirándola por encima del hombro. «Apenas te suelte, te muestro lo que digo. Tengo ahí unas páginas guardadas, cosas que he ido recopilando con los años. No es para que te asustes, solo para que veas que no soy ningún bicho raro. Esto es más común de lo que la gente cree».
Manuela lo miró, luego miró la mochila, luego volvió a mirarlo a él. La curiosidad le ganó a la cautela. Su mente de economista quería ver los números, las plataformas, la magnitud de ese mercado oculto. Su cuerpo, todavía tembloroso por la sesión de cosquillas, quería descansar. Pero la curiosidad era más fuerte.
«Está bien», dijo Manuela, asintiendo despacio. «Muéstrame».
Andrés sonrió, agachó la mano hacia la mochila… y se detuvo. Se volvió a mirar a Manuela, que seguía sentada en el tapete con las manos todavía atadas a los tobillos, las uñas rojo oscuro brillando bajo la luz, el cabello enmarañado, la camiseta blanca arrugada.
«Bueno», dijo Andrés, riendo bajito, «primero te suelto. Porque no creo que puedas ver el celular muy bien con las manos atadas a los pies».
Manuela también rió, una risa corta, residual, pero genuina. «Sí, sería un poco incómodo».
Andrés se arrodilló de nuevo frente a ella, esta vez no para atacarla, sino para deshacer los nudos que él mismo había hecho casi una hora antes. Tomó la cuerda que unía su muñeca derecha con su tobillo derecho, y empezó a desenredar el algodón beige con movimientos lentos, cuidadosos, para no lastimar la piel.
Manuela lo observó hacer, en silencio, sintiendo cómo la presión de las cuerdas se iba aflojando poco a poco. Afuera, la lluvia seguía cayendo, pero más suave ahora. Dentro, el iMac restaurado zumbaba en el escritorio, y Keynes, el gato gris, empezaba a asomar la cabeza por la puerta del cuarto de invitados, olfateando el aire para ver si ya había pasado el peligro.
Continuará…
Original de Tickling Storie
