Tiempo de lectura aprox: 30 minutos, 54 segundos
Tatiana llevaba tres semanas comiendo arroz con huevo.
No era por gusto. Era porque después de pagar el arriendo de su apartamento —ese pequeño estudio en el barrio de las artes que tanto le había costado conseguir— le quedaban justo doscientos mil pesos para el resto del mes. Y el mes apenas comenzaba.
A sus veintiséis años, con su piel blanca salpicada de lunares que sus tatuajes rodeaban como constelaciones, Tatiana se sentía más cerca de los veinte que de los treinta, pero también más cerca del vacío que de la estabilidad. Su cabello negro, que antes llevaba impecablemente cortado en un bob asimétrico, ahora crecía sin dirección, como las ofertas laborales que nunca llegaban. Los piercings de su nariz y orejas seguían ahí, pequeños destellos de plata que recordaban una versión anterior de ella, aquella que podía gastar en caprichos.
Se graduó de cine hace dos años. Consiguió el trabajo de sus sueños apenas unos meses antes de recibir el diploma. Una productora importante. Proyectos interesantes. Viajes. Un sueldo que le permitía vivir sola, darse gustos, incluso ahorrar un poco. Fue hermoso mientras duró.
Un año después, los recortes. Los contratos que se caían. Las reuniones incómodas donde los jefes hablaban de «reestructuración» y «tiempos difíciles». Y luego, el llamado a su escritorio. La caja con sus cosas. La bicicleta que empacó en silencio mientras sus ex compañeros evitaban mirarla.
Ser freelance fue su plan B. Su plan A había muerto.
Se inscribió en tres plataformas. Ofrecía edición de video, producción de contenidos para redes sociales, incluso locución comercial si era necesario. Pero el mercado estaba saturado. Cada oferta pública recibía cuarenta postulaciones en una hora. Las que lograba ganar eran pequeñas: editar el video de bodas de una familia con clase media alta, producir un reel para un emprendedor de café orgánico, subtitular un documental de diez minutos sobre hormigas. Pagaban mal. Pagaban tarde. Algunos clientes simplemente desaparecían después de recibir el trabajo.
Sus tatuajes, aquellos que antes celebraba como un diario personal dibujado en su piel —una cámara antigua en el antebrazo derecho, un búho en la pantorrilla izquierda, flores y mandalas que subían por su espalda— ahora le parecían, a ratos, un lujo del pasado. Cada línea de tinta era un recordatorio de cuando podía permitirse no pensar en el precio de la leche.
Pero si algo tenía Tatiana era conciencia de su propio cuerpo. Y esa conciencia la había llevado a conocer cada rincón vulnerable de su piel.
Sabía, por ejemplo, que sus pies eran terriblemente sensibles. Un cinco en una escala del uno al cinco. La máxima puntuación. Una simple caricia en la planta podía hacerla saltar. Un cepillo era suficiente para hacerla reír a carcajadas. Durante años había escondido sus pies en calcetines gruesos, evitaba las sesiones de pedicura con masaje y nunca, nunca, jugaba a las cosquillas con amigos sin proteger esa zona.
Sus axilas y costillas también eran zonas de alto riesgo, un cuatro en su escala personal. Ahí las cosquillas eran intensas, de esas que hacen retorcerse y pedir clemencia. Su cuello y su cintura se llevaban un tres, sensibles pero no insoportables. Las rodillas cerraban la lista con un dos, cosquillas manejables que solo en contextos muy insistentes lograban sacarla de quicio.
Lo descubrió gracias a esa curiosidad analítica que la caracterizaba. Durante la universidad, una noche de copas con sus compañeros de cine, hicieron un juego de cosquillas. Ella perdió estrepitosamente. No porque fuera débil, sino porque era, sin duda, la más cosquillosa del grupo.
«Es diferente en cada parte del cuerpo», explicó esa noche entre risas, mientras apartaba las manos de sus amigos de sus costillas. «Los pies son mi perdición. Nunca jueguen con mis pies».
Esa noche guardó la información en un rincón de su memoria y no volvió a pensar en ello. Hasta ahora.
Porque ahora, tres semanas comiendo arroz con huevo, mirando su cuenta bancaria disminuir mientras su colchón de ahorros se convertía en un delgado cojín, Tatiana estaba dispuesta a considerar opciones que antes habría descartado sin pensarlo.
No sabía cuáles eran esas opciones todavía. Pero intuía que estaban ahí, flotando en el aire de la ciudad, esperando que alguien con necesidad y poca vergüenza las atrapara.
Era viernes por la noche y Tatiana había decidido darse un gusto. No un gusto caro. Un gusto pequeño: una cerveza en un bar del centro que aún no la había visto llegar con su bicicleta y su casco.
El bar se llamaba «La Última Toma» —un guiño cinematográfico que ella apreció de inmediato la primera vez que entró, meses atrás, cuando todavía tenía trabajo. Las paredes estaban decoradas con pósters de películas clásicas y fotos en blanco y negro de directores famosos. Había una mesa de pool que nadie usaba y una barra larga de madera oscura donde los parroquianos se sentaban a beber sin prisa.
Tatiana se acomodó en una esquina, cerca de la ventana, con su botella de cerveza rubia entre las manos. Llevaba jeans negros ajustados, una camiseta de manga larga gris que le quedaba un poco holgada —para cubrir sus tatuajes y evitar miradas largas— y sus tenis Converse desgastados. Su cabello lo recogió en un moño desordenado. No se había maquillado. Era viernes y no tenía a quién impresionar.
El bar estaba lleno pero no atestado. Grupos de amigos reían en mesas cercanas. Y en la mesa contigua a la suya, dos chicas conversaban con la familiaridad de quien comparte secretos y también facturas.
Una tenía el cabello teñido de rosa y una chaqueta de cuero negra. Hablaba con soltura, con gestos amplios, como si estuviera acostumbrada a contar historias. La otra llevaba un vestido ajustado y uñas largas pintadas de rojo intenso, y escuchaba con atención mientras jugueteaba con su botella.
«—la semana pasada tuve tres sesiones— decía la del cabello rosa, sin molestarse en bajar demasiado la voz. —Una el lunes, otra el miércoles y otra el sábado. Entre las tres saqué casi un millón».
«—¿Y todas con clientes nuevos?», preguntó la de las uñas rojas, con genuino interés profesional.
«—Dos nuevos y uno recurrente. El recurrente es un amor, ya sabe mis límites, nunca se pasa. Los nuevos siempre dan más susto, pero este par se portaron bien. Pagaron por adelantado, firmaron el acuerdo, todo en regla».
Tatiana, que estaba a punto de llevar la botella a sus labios, se detuvo. No era cotilleo lo que escuchaba. Era una conversación de trabajo. Dos profesionales hablando de clientes, de tarifas, de sesiones.
«—¿Y el espacio?», preguntó la de las uñas rojas. «¿Lo usaste o vinieron a nuestro estudio?»
«—Usé el nuestro. La habitación del fondo, la que da al patio. Está quedando linda desde que pusimos las colchonetas nuevas».
Nuestro estudio. Nuestro espacio. Tatiana sintió que el aire se tensaba. No eran dos amigas cualquiera. Eran socias. Compañeras de trabajo. Y el trabajo del que hablaban…
«—¿Cosquillas?», preguntó la de las uñas rojas, y Tatiana escuchó en su tono no sorpresa, sino confirmación. Como quien pregunta «¿otra vez con el mismo cliente?».
«—Cosquillas— confirmó la otra, riendo. —Siempre cosquillas. Es lo que más pide la gente. Y a mí no me quejo. Es plata fácil y además, entre nos, a mí me divierte».
Tatiana dejó la botella en la mesa. Su mente analítica, esa que la había mantenido a flote en los momentos difíciles, comenzó a trabajar a toda velocidad.
Cosquillas. Sesiones. Un estudio compartido. Un mercado del que nunca había oído hablar.
Las chicas siguieron hablando, y Tatiana escuchó fragmentos sueltos: «los pies son los que más piden», «si no te ríes lo suficiente no te vuelven a llamar», «hay que tener un portafolio con fotos y videos».
Portafolio. Esa palabra le resonó. Ella tenía un portafolio. Un portafolio de edición de video, de producción audiovisual, de contenidos para redes. Nunca imaginó que existiera un portafolio para… ¿esto?
Y entonces, sin saber muy bien de dónde sacó el valor, se levantó.
Se acercó a la mesa contigua con la botella en una mano y la mejor sonrisa que pudo reunir en la otra. No era una sonrisa de coquetería. Era una sonrisa de «necesito hablar con ustedes y prometo no ser rara».
«Disculpen», dijo, inclinándose ligeramente. «No pude evitar escuchar su conversación. Y antes de que piensen que soy una metiche, déjenme decirles que soy freelancer. Estoy pasando por un momento difícil. Lo que escuché… me pareció interesante. Y quería saber más, si no les molesta».
Las dos chicas la miraron. La del cabello rosa con desconfianza inmediata, los ojos entrecerrados. La de las uñas rojas con curiosidad, inclinando la cabeza como si estuviera evaluando a una posible nueva incorporación.
«¿Interesante en qué sentido?» preguntó la del cabello rosa, cruzando los brazos.
Tatiana no esperó invitación. Se sentó en la silla vacía de la mesa, un movimiento audaz que hizo que las dos chicas intercambiaran una mirada rápida.
«En el sentido de que no sabía que existía este mercado», dijo, con honestidad. «Y escuché lo de las tarifas. Casi un millón en una semana. Eso es más de lo que he ganado en los últimos dos meses».
Hubo un silencio breve. Luego, la chica del cabello rosa soltó una risa corta, pero ya no era desconfianza. Era algo parecido al reconocimiento.
«Siéntate bien, entonces», dijo, señalando la silla. «Yo soy Daniela. Ella es Martina. Y parece que tenemos cosas que contarte».
Tatiana se sentó. Martina, la de las uñas rojas, pidió otra ronda de cervezas. Daniela, la del cabello rosa, se recostó en su silla y la miró con ojos de evaluación profesional.
«Primero lo primero», dijo Daniela. «¿Tienes cosquillas? Porque si no, esto no funciona».
Tatiana rió. Era una risa nerviosa, pero genuina. «Sí, tengo cosquillas. Muchas, para ser honesta».
«¿Muchas?», preguntó Martina, con una ceja alzada. «Eso es vago. Específica».
Tatiana suspiró. No estaba acostumbrada a hablar de esto con extrañas, pero algo en el tono de Martina, directo pero no agresivo, la invitaba a ser sincera.
«Tengo cosquillas en casi todo el cuerpo», admitió. «Pero hay niveles. En una escala del uno al cinco, mis pies son un cinco. Máxima sensibilidad. Me da hasta vergüenza decirlo, pero es la verdad».
Daniela y Martina intercambiaron una mirada cómplice.
«Bienvenida al club de las de pies asesinos», dijo Daniela, riendo. «Yo también soy cinco en los pies. Es una maldición y una bendición en este trabajo».
«¿Maldición y bendición?», preguntó Tatiana.
«Los clientes adoran los pies femeninos», explicó Martina, con un tono que mezclaba pragmatismo y resignación. «Si además eres muy cosquilluda en ellos, te pagan más. Las sesiones de pies son de las mejor pagadas. Pero también son las más agotadoras. Porque un cliente que se obsesiona con tus pies no para hasta que tienes calambres de tanto reír».
Tatiana sintió un escalofrío. No era miedo. Era reconocimiento. Ella sabía lo que era tener cosquillas en los pies. Sabía lo vulnerable que se sentía cuando alguien los tocaba. La idea de que un extraño pagara por hacerle eso era… extraña. Pero también, de alguna forma, validante.
«¿Y ustedes?», preguntó Tatiana, mirando a las dos. «¿Además de los pies, tienen otros puntos?»
Daniela asintió con entusiasmo. «Uf, claro. Mis pies son cinco, insoportables. Mis axilas son cuatro, ahí sí que sufro. Las costillas también cuatro. La cintura es tres, el cuello tres, y las rodillas dos. Tengo cosquillas en todas partes, pero en los pies y las axilas es donde más me destruyen».
«Yo soy parecida pero con variaciones», dijo Martina, jugueteando con su botella. «Pies cinco, como Daniela. Axilas tres, no tan intensas. Costillas cinco también, ese es mi otro punto débil. Cintura cuatro, cuello dos, rodillas dos. Pero lo que más me mata, después de los pies, son las costillas. Si me tocan las costillas con un cepillo, pierdo la razón por completo».
Tatiana escuchaba fascinada. Era como si hubiera entrado a una reunión de un club secreto donde todos hablaban el mismo idioma. El idioma de la vulnerabilidad medida.
«¿Y las sesiones?», preguntó Tatiana, ansiosa por entender. «¿Cómo son concretamente?»
«Varía mucho», dijo Daniela, adoptando un tono más profesional. «Hay clientes que solo quieren pies. Nada más. Una hora de cosquillas en las plantas con los dedos, con plumas, con cepillos. Eso es relativamente suave, aunque para nosotras que somos cinco en los pies, una hora es una eternidad».
«Luego están los que quieren cuerpo completo», continuó Martina. «Esos pagan más, pero también son más demandantes. Te atan en una colchoneta, en forma de X, y te exploran de pies a cabeza. Allí es donde entran en juego las axilas, las costillas, la cintura, todo. Eso sí que es agotador. Sales de ahí temblando».
«¿Y ustedes tienen un estudio?», preguntó Tatiana, recordando el fragmento de conversación que había escuchado.
Daniela asintió. «Alquilamos un espacio entre las dos. Una casa antigua en el centro, la convertimos en estudio. Tenemos dos habitaciones acondicionadas: colchonetas, correas, argollas en las paredes. Todo muy profesional. Los clientes se sienten seguros, nosotras también».
«¿Y les va bien?», preguntó Tatiana, sin poder ocultar la esperanza en su voz.
Martina sonrió. «Nos va mejor que en nuestros trabajos anteriores. Yo era recepcionista y ganaba una miseria. Daniela atendía un call center y salía con dolor de cabeza todos los días. Esto nos permitió renunciar y dedicarnos solo a esto, y a otros freelos que tenemos por aparte».
«Yo hago diseño gráfico», añadió Daniela. «Martina estudia psicología. Esto es un complemento, pero un complemento que paga el arriendo y la comida».
Tatiana asintió, sintiendo que cada palabra encajaba en su propia realidad. Freelance. Complemento. Pagar el arriendo y la comida.
«¿Y creen que yo podría…?», empezó a decir, pero la frase se le murió en la boca.
Daniela y Martina intercambiaron otra mirada. Esta vez era una mirada de evaluación seria.
«¿Tienes experiencia como modelo?», preguntó Martina directamente.
«No. Ninguna. Soy productora audiovisual. He estado detrás de las cámaras toda mi carrera, nunca delante».
«Eso puede ser una ventaja», dijo Daniela, con un destello de interés. «Sabes cómo funcionan las luces, los ángulos, los tiempos. Eso es valioso para grabar contenido promocional. Y además, si eres tan cosquilluda como dices, podrías ofrecer sesiones reales mientras construyes tu portafolio».
Tatiana sintió que el corazón le latía más rápido. Portafolio. Otra vez esa palabra.
«¿Y cómo empiezo?», preguntó, sin poder creer que estuviera considerando esto en serio.
Martina se inclinó hacia adelante, bajando la voz. «Nosotras tenemos una habitación disponible en nuestro estudio. La alquilamos a otras chicas que están empezando. Podrías usarla para tus primeras sesiones, mientras aprendes y construyes tu reputación. Te cobramos una comisión por cada sesión, nada del otro mundo».
«No te vamos a mentir», añadió Daniela. «Las primeras veces son duras. Te sientes expuesta, vulnerable. La risa es incontrolable, a veces lloras sin querer. Pero después te acostumbras. Aprendes a desconectar la mente del cuerpo. Y el dinero, créeme, ayuda a que todo duela menos».
Tatiana tragó saliva. Hablaban con una honestidad brutal, sin adornos. No le prometían un cuento de hadas. Le mostraban la realidad cruda.
«¿Puedo pensarlo?», preguntó.
«Claro», dijo Martina, con una sonrisa amable. «Pero no lo pienses demasiado. Las oportunidades en esto son como las cosquillas: si no las aprovechas cuando llegan, se van».
Hubo una pausa. Tatiana bebió un largo trago de su cerveza, sintiendo el alcohol calentarle el pecho.
«¿Puedo hacerles una pregunta más?», dijo al final.
«Dime».
«¿Ustedes… son cosquillosas? Quiero decir, ya sé que dijeron que sí, pero… ¿cómo es para ustedes? Porque yo siempre he sido muy cosquilluda y me da un poco de miedo no poder controlarlo».
Daniela y Martina sonrieron. Era una sonrisa de hermandad, de «ya pasamos por eso».
«Mira», dijo Daniela, y sin previo aviso, se quitó uno de sus zapatos debajo de la mesa. En la penumbra del rincón, alzó su pie descalzo. Tatiana pudo ver sus uñas pintadas de azul eléctrico, la curva perfecta del empeine, la planta que se adivinaba suave y vulnerable. «Estos pies son un cinco. Si alguien los toca, me convierto en un mar de risas. No puedo evitarlo. Y sabes qué? Los clientes adoran eso. Les encanta ver que pierdo el control. Porque para ellos, esa pérdida de control es auténtica. No es actuación».
«Yo también», dijo Martina, y se quitó los dos zapatos, dejando sus pies desnudos sobre la silla, mostrándolos con orgullo, casi con desafío. Sus uñas eran rojo intenso, como sus manos. «Mira, estos pies son mi condena y mi salvación. Son tan sensibles que a veces me da vergüenza. Pero en el estudio, cuando el cliente los tiene sujetos y yo no puedo escapar, me río de verdad. Y esa risa real es lo que vende».
Tatiana miró los pies de ambas, expuestos en la penumbra del bar, en ese rincón donde nadie más podía verlos. Era un acto de intimidad, de confianza. Y también, de alguna forma, de poder.
«Yo también soy cinco en los pies», dijo Tatiana en voz baja, sintiendo que confesar aquello la hacía más parte del grupo. «Y en las axilas y costillas soy cuatro. Cuello y cintura tres. Rodillas dos. Tengo cosquillas en todas partes, pero los pies son mi punto más débil. Por eso siempre los escondo».
«Pues vas a tener que dejar de esconderlos», dijo Daniela con una sonrisa pícara. «Porque en este trabajo, los pies son la estrella».
Las tres rieron. Fue una risa corta, casi nerviosa, pero fue risa al fin.
Daniela se volvió a poner el zapato. Martina también. El momento de intimidad pasó, pero dejó una huella.
«Bueno», dijo Daniela, estirando los brazos sobre la mesa. «Ya sabes lo básico. Tenemos un espacio, tenemos una habitación para ti si quieres, tenemos contactos y sabemos cómo funciona esto. ¿Qué dices?»
Tatiana miró su teléfono, donde había anotado el nombre del sitio web que Daniela le había mostrado. Luego miró a las dos chicas, sus nuevas conocidas, sus posibles guías en un mundo que hasta hace dos horas no sabía que existía.
«Sí», dijo, y la palabra salió más firme de lo que esperaba. «Quiero intentarlo».
Daniela sonrió, y por primera vez en la noche, su sonrisa fue cálida, sin ironía.
«Entonces bienvenida al gremio, Tatiana. Te vamos a dar el número del estudio. Puedes venir mañana si quieres, te enseñamos el espacio, te explicamos cómo funciona todo».
«¿Y la primera sesión?», preguntó Tatiana, sintiendo mariposas en el estómago.
«La primera sesión la hacemos contigo nosotras», dijo Martina. «Sin clientes. Solo para ver cómo reaccionas, cuáles son tus límites reales, cuánto puedes soportar. Es como un entrenamiento. Y no te cobramos nada, obvio. Es parte de la inducción».
Tatiana asintió, agradecida. Le daba miedo, pero también le daba seguridad saber que no estaría sola.
«¿Y si no puedo?», preguntó, con honestidad brutal. «¿Si resulta que soy demasiado cosquilluda y me da un ataque de pánico o algo?»
Daniela puso una mano sobre la de Tatiana. Era un gesto suave, maternal casi.
«Por eso empezamos juntas», dijo. «Para que descubras tus límites en un entorno seguro. Si ves que no puedes, no pasa nada. No estás obligada a nada. Pero al menos lo intentaste».
Tatiana respiró hondo. El miedo seguía ahí, pero ahora estaba acompañado de algo más. Expectativa. Curiosidad. Y una extraña sensación de que tal vez, solo tal vez, había encontrado un lugar al que pertenecía.
Las tres alzaron sus botellas. Brindaron en silencio.
Afuera, la noche de la ciudad seguía su curso. Los autos pasaban. La gente reía en otros bares. El mundo no sabía que en un rincón de «La Última Toma», una productora audiovisual de veintiséis años acababa de aceptar convertir sus cosquillas en moneda de cambio.
Tatiana pidió la cuenta, pagó su cerveza y se despidió de Daniela y Martina con la promesa de escribirles al día siguiente. En la puerta del bar, mientras se ajustaba el casco para la bicicleta, sintió una mezcla de miedo y emoción. Era la misma sensación que tenía antes de un estreno de cine, cuando todo podía salir bien o todo podía salir mal.
Pedaleó hacia su apartamento con el viento fresco de la noche pegándole en la cara. En su cabeza, las ideas giraban como un rollo de película. El estudio compartido. La habitación disponible. Los pies nivel cinco. Las axilas y costillas nivel cuatro.
Y, en algún lugar del fondo, una pregunta que no se atrevía a formular en voz alta:
¿Sería capaz de reír por dinero sin olvidar cómo reír por gusto?
Arribó a su edificio, subió la bicicleta por las escaleras —porque el ascensor estaba roto desde hacía tres meses— y entró a su apartamento. El espacio pequeño, ordenado, con sus pósters de directores famosos en las paredes. El colchón en el suelo porque el somier se había roto y aún no tenía para repararlo. La cocina con una sola olla y dos platos.
Dejó su casco sobre la mesa, se quitó los tenis y los calcetines. Miró sus pies desnudos en el suelo frío. Los movió, flexionó los dedos.
Pies nivel cinco. Sus grandes aliados y su gran condena.
Pero ahora, por primera vez en semanas, no los miraba con vergüenza. Los miraba con posibilidad.
Abrió su teléfono. Daniela ya le había enviado un mensaje: la dirección del estudio, el horario para la visita del día siguiente, y un emoji de una cosquilla. Tatiana sonrió. Guardó el número y dejó el teléfono en la mesa.
Se acostó en su colchón, mirando el techo. El arroz con huevo del día siguiente sabría igual. Pero ahora, tal vez, no sería para siempre.
Tatiana no durmió bien.
No era insomnio, exactamente. Era esa vigilia ligera de quien tiene algo importante al día siguiente, esa mezcla de nervios y expectativa que no deja que el sueño sea profundo. Dio vueltas en su colchón, miró el techo, revisó el teléfono dos veces por si Daniela había enviado algún mensaje de última hora. No había nada. Solo la dirección del estudio.
El despertador sonó a las 6:30 a.m. Tatiana lo apagó antes del segundo tono y se quedó un momento en la cama, respirando hondo. El apartamento estaba en silencio. Un rayo de luz se colaba por la ventana sin cortinas, dibujando una línea dorada en el suelo de madera.
Se levantó, estiró los brazos por encima de la cabeza y sintió cómo los músculos de su espalda, aquellos cubiertos por los tatuajes de flores y mandalas, se desperezaban con ella. Fue al baño, se duchó con agua caliente para relajar los nervios y se secó el cabello negro hasta dejarlo húmedo pero no chorreante. Se lo recogió en una coleta baja, práctica, sin pensar demasiado.
Se miró al espejo mientras se cepillaba los dientes. Piel blanca, lunares, ojos color miel. Los piercings de plata en la nariz y las orejas brillaban bajo la luz del baño. Sus tatuajes asomaban por los bordes del short que había decidido ponerse: uno deportivo, negro, cómodo, que le quedaba justo por encima de la rodilla. Arriba eligió una camisilla tipo esqueleto, de esas que se usan para hacer ejercicio, ceñida pero elástica, que dejaba al descubierto sus brazos tatuados y parte de su espalda. Guardó una sudadera ligera en su mochila por si hacía frío.
Desayunó dos tostadas con mermelada y un café negro, sentada en el único banco de su cocina minúscula. No tenía hambre, pero sabía que necesitaba energía. El arroz con huevo podía esperar.
Antes de salir, escribió un mensaje a Daniela:
«Buenos días. Ya voy saliendo para el estudio. Llego como en 40 minutos»
La respuesta llegó a los pocos segundos:
«Perfecto. Toca el timbre y sube. Último piso. Te esperamos :)»
Tatiana guardó el teléfono, se puso sus tenis Converse, ajustó los cordones y salió de su apartamento. La bicicleta se quedó en el pasillo. Hoy no. Hoy necesitaba las manos libres y la cabeza despejada. Caminó hasta la estación de metro más cercana, una estructura de hormigón gris que a esa hora ya bullía con trabajadores madrugadores y estudiantes con sueño.
Compró un tiquete, pasó por el torniquete y bajó las escaleras hacia el andén. El tren llegó tres minutos después. Se subió, se sostuvo de una barra y miró por la ventana cómo los túneles negros se sucedían uno tras otro. En cada parada, más gente subía. Tatiana se concentró en su respiración. Inhalar, exhalar. No pensarlo demasiado.
Veinte minutos después, el anuncio sonoro indicó su estación. Bajó, subió las escaleras mecánicas y salió a una calle residencial arbolada. Las casas eran antiguas, de esas de principios del siglo XX, con fachadas de ladrillo visto y balcones de hierro forjado. El barrio tenía un aire bohemio, silencioso a esa hora de la mañana.
Caminó dos cuadras hasta dar con la dirección. Era una casa de cuatro pisos, pintada de blanco con detalles en gris. Un edificio angosto, de esos que envejecen con dignidad. El portal tenía un citófono con una lista de nombres y timbres. Tatiana presionó el que decía «4B — Estudio».
El timbre sonó áspero. Dos segundos después, una voz distorsionada por el altavoz respondió:
«—¿Tatiana?»
«—Sí, soy yo».
«—Sube. Es el último piso».
La puerta se desbloqueó con un zumbido eléctrico. Tatiana empujó el pesado marco de madera y entró a un zaguán fresco, con azulejos blancos y negros en el suelo. El edificio olía a viejo, a madera encerada y a flores secas. Subió las escaleras despacio, pasando por el primer piso, el segundo, el tercero. Cada rellano tenía una ventana que dejaba entrar la luz de la mañana. En el cuarto piso, una sola puerta de madera oscura esperaba.
Llamó. Tres golpes suaves.
La puerta se abrió casi de inmediato. Daniela estaba ahí, descalza, con unos shorts deportivos color gris, una camiseta blanca holgada y medias blancas que le cubrían hasta los tobillos. Su cabello rosa estaba recogido en un moño alto y desordenado. No tenía maquillaje, y sus ojos se veían más brillantes que la noche anterior.
«—Pasa, pasa— dijo Daniela, haciéndose a un lado. —Estás puntual. Me gusta».
Tatiana entró y lo primero que notó fue el suelo: completamente alfombrado. Una moqueta gris claro, suave, que amortiguaba cada paso. El segundo impacto fue el olor. Incienso. Algo entre sándalo y vainilla, cálido, envolvente. El apartamento era amplio, de techos altos, con ventanas grandes que dejaban entrar la luz pero que estaban cubiertas con cortinas gruesas. La decoración era minimalista: algunas plantas en macetas, un par de cuadros abstractos en las paredes, una librería con libros y lo que parecían carpetas. Y ningún mueble grande. Solo colchonetas apiladas en una esquina y, al fondo, un pasillo que llevaba a las habitaciones.
«—¿Te gusta?— preguntó una voz detrás de ella.
Tatiana se giró. Martina venía por el pasillo, también descalza, con medias blancas hasta los tobillos, shorts negros y una camiseta de tirantes. Sus uñas seguían pintadas de rojo intenso. Sonreía.
«—Sí— dijo Tatiana, sinceramente. —Es muy… tranquilo».
«—Esa es la idea— dijo Daniela, cerrando la puerta. —Los clientes vienen nerviosos. El ambiente los ayuda a relajarse. Y nosotras también lo necesitamos».
Tatiana asintió, mirando a su alrededor. No había nada siniestro. Nada que le dijera «esto es un problema». Era simplemente un espacio adaptado, pensado para un propósito muy específico.
«—Bueno— dijo Martina, frotándose las manos. —Sin más rodeos, ¿te parece si pasamos a la habitación?»
Tatiana sintió que el estómago se le encogía. Pero asintió.
Siguieron a Daniela por el pasillo. Pasaron por una puerta cerrada que, supuso, era la otra habitación de trabajo. Luego otra puerta que daba a un baño pequeño pero limpio. Y al final, la última puerta.
Daniela la abrió.
La habitación era más pequeña de lo que Tatiana había imaginado, pero estaba perfectamente acondicionada. El suelo alfombrado continuaba. En el centro, una cama amplia, no demasiado alta, cubierta con una sábana negra ajustada. En cada esquina de la cama, argollas de metal ancladas a la estructura. En las paredes, más argollas, algunas a la altura de las muñecas, otras más arriba. Había una mesa auxiliar con objetos que Tatiana no quiso mirar en detalle —pero alcanzó a ver un cepillo de cerdas suaves, una pluma larga de avestruz y pequeños vibradores de viaje—. La luz era tenue, regulable, proveniente de una lámpara de pie con pantalla de tela beige.
«—¿Todo bien?— preguntó Martina, notando que Tatiana se había quedado quieta en el umbral.
«—Sí— respondió Tatiana, entrando. —Solo… procesando».
«—Es normal— dijo Daniela. —La primera vez impone. Pero estamos nosotras. No va a pasar nada que no hayas aceptado».
Tatiana asintió y dejó su mochila en el suelo, junto a la puerta.
«—Necesito que te cambies— dijo Martina, con un tono amable pero profesional. —Tenemos camisetillas y shorts limpios, pero si trajiste los tuyos, puedes usarlos».
«—Traje— dijo Tatiana. Se quitó la sudadera ligera y la dejó sobre la mochila. Luego, con un poco de vergüenza que disimuló mal, se quitó los tenis. Los cordones se soltaron con un tirón. Se quitó las medias, dejando sus pies desnudos sobre la alfombra gris.
Movió los dedos. Sintió el suave roce de la moqueta. Sus pies, nivel cinco, siempre tan sensibles, parecían incluso más vulnerables ahora.
Se quitó los jeans negros, doblando la tela con cuidado, y se quedó en el short deportivo que había traído. Se quitó la camiseta de manga larga y se puso la camisilla tipo esqueleto, ceñida, que le quedaba justo debajo del ombligo. Sus tatuajes quedaron completamente expuestos: los brazos cubiertos de líneas y sombras, la espalda con flores que subían desde la cadera hasta los omóplatos.
«—Linda tinta— dijo Daniela, acercándose para ver mejor. —¿Te dolió mucho?»
«—Algunos sí— respondió Tatiana, sintiendo que la conversación trivial la ayudaba a calmarse. —Pero los quiero todos. Son como mi diario».
«—Te entiendo— dijo Martina, mostrando su propio brazo donde tenía un pequeño sol en la muñeca. —Yo tengo pocos, pero cada uno significa algo».
El momento de calma duró lo que tardaron en intercambiar esas palabras. Luego, Daniela señaló la cama.
«—Es hora».
Tatiana tragó saliva. Se acercó a la cama, sintiendo la alfombra bajo sus pies desnudos, cada paso una caricia suave que le recordaba lo expuesta que estaba. Se sentó en el borde del colchón. La tela de la sábana era fresca, suave al tacto.
«—Acuéstate boca arriba— indicó Martina. —Vamos a asegurarte primero los brazos, luego las piernas».
Tatiana obedeció. Se recostó despacio, sintiendo cómo la colchoneta cedía bajo su peso. El techo era blanco, sin adornos. Una lámpara de luz cálida colgaba del centro. Miró hacia un lado y vio a Daniela acercarse con las correas. Eran de nailon ancho, acolchadas en la parte interior, con hebillas de metal que no parecían demasiado agresivas.
«—Brazo izquierdo— dijo Daniela, tomando su muñeca con suavidad pero con firmeza.
Tatiana extendió el brazo hacia la esquina superior izquierda de la cama. Daniela pasó la correa por la argolla, la ajustó alrededor de su muñeca y la aseguró. No apretaba. Tenía espacio para moverse un poco, pero no lo suficiente para liberarse.
«—¿Muy apretado?»
«—No— dijo Tatiana. —Está bien».
«—Brazo derecho».
Martina tomó la otra muñeca, repitió el proceso. Tatiana sintió cómo la correa acolchada se cerraba alrededor de su piel. El peso de sus brazos quedó suspendido, ligeramente estirados hacia los lados. Podía mover las manos, podía cerrar los puños, pero no podía juntar los brazos.
«—Ahora las piernas— dijo Daniela, moviéndose hacia los pies de la cama.
Tatiana extendió las piernas, separándolas en forma de V suave. Sintió cómo sus pies, desnudos, quedaban expuestos. La alfombra ya no los rozaba. Estaban en el aire, vulnerables, visibles.
Daniela tomó su tobillo izquierdo con ambas manos, lo alzó ligeramente y lo colocó sobre la correa que estaba lista en la argolla de la esquina inferior izquierda. Ajustó, apretó con suavidad, verificó.
«—¿Bien?»
«—Bien— dijo Tatiana, escuchando su propia voz un poco temblorosa.
Martina hizo lo mismo con el tobillo derecho. Tatiana sintió el último clic de la hebilla como si fuera un punto final. Estaba asegurada. Brazos y piernas en forma de X, completamente extendida sobre la cama, vulnerable desde los dedos de las manos hasta las puntas de los pies.
El silencio de la habitación se volvió denso.
Tatiana miró hacia arriba, el techo blanco, la lámpara. Podía ver a Daniela y Martina a los lados, de pie, observándola con atención profesional. Se sintió como una actriz en el set de una película que no había ensayado.
«—¿Cómo te sientes?— preguntó Martina, acercándose a la cabecera de la cama, donde podía verle la cara sin que Tatiana tuviera que girar el cuello.
Tatiana respiró hondo. Sintió que sus propios pulmones se expandían contra las correas de las muñecas. Sus pies, esos pies nivel cinco, parecían tener vida propia, moviéndose ligeramente, buscando sin éxito apoyo en alguna parte.
«—Un poco nerviosa— admitió, y su voz sonó más pequeña de lo que quería.
Daniela soltó una risa suave, sin burla. «Sería raro que no lo estuvieras».
«—Pero nerviosa en el buen sentido— añadió Tatiana, intentando recuperar el control. —Es como antes de un salto en bungee. Sabes que va a pasar, pero no sabes exactamente cómo se siente».
«—Buena analogía— dijo Martina, con una sonrisa. —Y al igual que el bungee, la única forma de saberlo es saltar».
Tatiana asintió, sintiendo cómo el nudo en su garganta se deshacía un poco. Estaba atada. Estaba vulnerable. Pero estaba segura.
«—¿Lista?— preguntó Daniela, moviéndose hacia los pies de la cama. Sus medias blancas hacían que sus pasos fueran casi silenciosos sobre la alfombra.
Tatiana miró hacia abajo, vio sus pies desnudos, las uñas pintadas de vino tinto, y más allá, a Daniela que se acercaba con una sonrisa juguetona.
«—Creo que sí— dijo Tatiana, y se mordió el labio inferior.
Daniela alargó la mano hacia la planta del pie izquierdo de Tatiana.
No usó cepillo ni pluma. Usó sus propias uñas, cortas pero precisas, y las deslizó desde el talón hasta la base de los dedos en un movimiento lento, deliberado, como quien traza un mapa.
La reacción de Tatiana fue inmediata.
«¡JAAAAAJAJAJAJA!»
Su cuerpo entero se sacudió. Los brazos tiraron de las correas, las piernas intentaron cerrarse por instinto, pero la posición en X se lo impedía. Sus pies, esos pies nivel cinco que tanto había escondido, quedaron completamente expuestos, vulnerables, a merced de las uñas de Daniela.
Y entonces Martina se sumó.
Sin decir una palabra, se colocó al otro lado de la cama, tomó el pie derecho de Tatiana y comenzó a hacer lo mismo. Sus uñas rojas, largas y cuidadas, parecían especialmente diseñadas para este propósito. Las deslizó por la planta desnuda con una suavidad que rayaba en la maldad.
«¡NOOOO JAJAJAJAJA AY DIOS MÍO JAJAJAJAJA!»
Tatiana perdió la capacidad de formar palabras. Su cabeza se movía de un lado a otro, su cabello negro se desordenaba sobre la sábana, su boca se abría en carcajadas que no podía controlar. Las cosquillas subían por sus pies como corrientes eléctricas, recorriendo sus piernas, su estómago, su pecho. No había escapatoria. No había respiro.
Sus dedos de los pies se curled —se encogieron—, tratando inútilmente de proteger la planta. Pero Daniela y Martina eran expertas. Sabían exactamente cómo presionar, cómo rascar, cómo hacer que cada caricia fuera una explosión de risa.
«¡JAAAAAAAA JAJAJAJAJAJAJA AY NO MÁS JAJAJAJAJA!»
Daniela levantó la mirada hacia Martina por encima de los pies retorcidos de Tatiana. En sus ojos había una luz de evaluación profesional, mezclada con una pizca de malicia divertida.
—Es muy cosquillosa —dijo Daniela, sin dejar de mover sus uñas por la planta del pie izquierdo.
—Nos va a ir muy bien con ella —respondió Martina, rascando con más intensidad el arco del pie derecho, esa zona que había aprendido que era especialmente sensible.
Tatiana escuchó las palabras pero no las procesó. Su cerebro estaba ocupado en una sola cosa: reír. Reír sin control. Reír hasta que le dolieran las mejillas y el estómago y la garganta.
«¡HAHAHAHAHAHAHA NO PUEDO JAJAJAJAJA!»
—Lo mejor es no dejarla ir —continuó Daniela, moviendo sus dedos hacia los espacios entre los dedos del pie izquierdo, esa zona que hacía saltar a cualquier persona con cosquillas.
Tatiana emitió un sonido agudo, casi un chillido, mezclado con carcajadas. Su pie izquierdo intentó escapar, pero la correa en el tobillo se lo impidió. Quedó suspendido, temblando, mientras Daniela atacaba sin piedad.
—Que trabaje aquí con nosotras —concluyó Martina, y para enfatizar, tomó el pie derecho de Tatiana con una mano firme por el empeine y con la otra mano —la de las uñas rojas— comenzó a rascar toda la planta, de arriba abajo, sin ritmo fijo, caótica, insoportable.
«¡AAAAAAAAA JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»
Tatiana se revolcó en la cama como una poseída. Su espalda arqueada, sus caderas se levantaban de la colchoneta, sus brazos tiraban de las correas con una fuerza que hacía crujir las hebillas. No había pensamiento. No había estrategia. Solo un torrente de risa que brotaba de lo más profundo de su ser, imparable, descontrolada.
Daniela y Martina se miraron a los ojos otra vez. Sonrieron. Y continuaron.
No hubo pausa. No hubo «¿estás bien?». No hubo tregua.
Daniela alternaba entre rascar con las uñas, pasar la yema de los dedos y «ticklear» con movimientos circulares en el talón. Cada técnica provocaba una risa diferente: aguda cuando atacaba los dedos, profunda cuando se concentraba en el arco, casi histérica cuando volvía a la planta completa.
Martina, por su parte, había desarrollado su propio ritmo. Más lento pero más profundo. Presionaba con las uñas largas justo en ese punto blando que hay justo debajo de los dedos, y mantenía la presión un segundo antes de rascar hacia abajo. Era una tortura meticulosa, casi científica.
«¡JAJAJAJAJAJAJAJA NO PUEDO MÁS JAJAJAJAJA!»
Tatiana ya no intentaba hablar. Solo reía. Las lágrimas comenzaron a asomar por los bordes de sus ojos color miel. Su rostro, antes pálido, ahora estaba sonrosado por el esfuerzo. Los piercings de su nariz y orejas se movían con cada sacudida de su cabeza.
Sus pies, esos pies que había protegido durante años, estaban siendo sometidos a la peor tortura que podía imaginar. Y lo peor —o lo mejor, según se viera— era que no había final a la vista. Daniela y Martina no mostraban señales de cansancio. Al contrario, parecían disfrutar el espectáculo.
—Mira cómo se retuerce —comentó Daniela, pasando un dedo por el borde externo del pie izquierdo, esa zona lateral que a veces la gente olvida pero que Tatiana, en ese momento, descubrió que también era terriblemente sensible.
«¡HAHAHAHAHAHAHA AY AY AY JAJAJAJAJA!»
—Es como si tuviera resortes en los pies —dijo Martina, riendo suavemente mientras sus uñas rojas dibujaban espirales en la planta del pie derecho.
Tatiana no podía verlas. Tenía los ojos cerrados, apretados, y las lágrimas se filtraban por las comisuras. Su boca era una carcajada continua, interrumpida por bocanadas de aire que apenas lograba tomar antes de que otra ola de cosquillas la sumergiera de nuevo.
Daniela cambió de táctica. Dejó de rascar y comenzó a tamborilear con los dedos sobre la planta del pie izquierdo. Rápido. Muy rápido. Como si estuviera tocando un piano invisible. Era un cosquilleo más difuso pero igual de devastador.
«¡JAAAAAJAJAJAJAJA NOOOO ESA NOOOO JAJAJAJAJA!»
Martina imitó el movimiento en el pie derecho. Las dos tocaban al unísono, un tamborileo sincopado que hacía vibrar toda la planta. Tatiana sintió que perdía el contacto con la realidad. Solo existía la risa. Solo existían esas manos implacables en sus pies.
—¿Ves? —dijo Martina, sin dejar de tamborilear. —Muy, muy cosquillosa.
—Una inversión segura —respondió Daniela, y sus dedos se movieron hacia los dedos del pie izquierdo, presionando entre cada uno con delicadeza quirúrgica.
Tatiana emitió un sonido que no era ni risa ni llanto, sino una mezcla perfecta de ambos. Su pie izquierdo intentó doblarse, pero la correa lo mantuvo extendido. Sus dedos se abrieron y cerraron como las ramas de un árbol en una tormenta.
«¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAJAJAJAJAJA!»
Las carcajadas llenaban la habitación. La luz tenue de la lámpara de pie creaba sombras bailarinas en las paredes. El incienso de sándalo y vainilla seguía quemándose en algún lugar del apartamento, pero Tatiana ya no lo olía. No olía nada. No veía nada. No pensaba nada. Solo reía.
Daniela y Martina continuaron. Sin piedad. Sin pausa.
Sus manos se turnaban entre rascados lentos y tamborileos rápidos, entre caricias suaves que provocaban escalofríos y presiones firmes que arrancaban carcajadas explosivas. Habían encontrado el ritmo de Tatiana, su lenguaje de cosquillas, y lo hablaban con fluidez.
Y Tatiana, pobre Tatiana, solo podía responder en el único idioma que le quedaba: el de la risa. Incontrolable. Irreprimible. Interminable.
«JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA»
Y entonces, sin mediar palabra, Daniela y Martina se detuvieron al mismo tiempo.
No fue una pausa. Fue una sincronización perfecta, como si hubieran ensayado ese movimiento cien veces. Sus manos se retiraron de los pies de Tatiana al unísono, y por un brevísimo instante —un latido, nada más— hubo silencio en la habitación.
Tatiana jadeó. Sus pulmones ardían. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Sus pies, aún temblorosos, se movían solos en el aire, como si esperaran el próximo ataque. Abrió los ojos, confundida, buscando a sus torturadoras.
Las encontró de pie, a los costados de la cama. Y luego las vio saltar.
Daniela se subió a la cama por el lado izquierdo, Martina por el derecho. El colchón se hundió bajo sus pesos, y Tatiana sintió cómo su propio cuerpo se movía con la inercia, como un barco en aguas agitadas. No hubo advertencia. No hubo «ahora vamos por aquí». Simplemente, las dos chicas se arrodillaron a sus costados y sus manos se hundieron en su torso.
El mundo de Tatiana explotó.
«¡JAAAAAAAAAAAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»
Daniela fue directo a las costillas. No con suavidad. Con los dedos curvados como garras, encontrando cada espacio entre un hueso y otro, presionando, rascando, vibrando. Las costillas de Tatiana, nivel cuatro en su escala personal, se convirtieron en un campo de batalla.
Martina, en cambio, eligió la cintura. Sus uñas rojas recorrieron la curva que unía el torso con la cadera, ese punto exacto donde la piel es más fina y las terminaciones nerviosas parecen estar en la superficie. Tatiana ya había identificado su cintura como nivel tres, pero bajo las manos de Martina —expertas, implacables— se sentía como un cinco.
«¡NO NO NO NO JAJAJAJAJAJAJAJA AY DIOS MÍO!»
Tatiana se retorció como una serpiente en llamas. Su espalda se arqueó hasta levantar los omóplatos de la cama. Sus caderas se movían de un lado a otro, intentando escapar de las uñas rojas, pero Martina la seguía con una precisión casi cruel. Los brazos de Tatiana tiraron de las correas con una fuerza que en cualquier otro contexto habría sido impresionante. Las hebillas crujieron. Las argollas metálicas tintinearon.
Daniela y Martina no hablaban. No necesitaban hacerlo. Se miraban por encima del cuerpo convulso de Tatiana, ajustando sus ataques en tiempo real. Si Daniela se concentraba en las costillas bajas, Martina subía hacia la cintura alta. Si Martina atacaba un lado, Daniela cambiaba al otro. Era una coreografía. Una danza de cosquillas.
«¡JAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»
Las carcajadas de Tatiana perdieron toda estructura. Ya no eran palabras rotas ni súplicas. Eran simples sonidos: guturales, agudos, profundos, mezclados. Su boca estaba abierta, pero el aire que salía era pura risa, sin filtro, sin control. Sus ojos color miel estaban cerrados con fuerza, pero las lágrimas se filtraban igual, formando pequeños ríos que se perdían en su cabello desordenado.
Daniela bajó una mano hacia la cadera, esa zona donde los huesos forman una V que ninguna prenda cubre. Tatiana emitió un sonido nuevo —una especie de graznido agudo— y su cuerpo entero se tensó como una cuerda de guitarra.
«¡AHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA!»
Martina sonrió con malicia contenida. Vio que Daniela había encontrado un punto particularmente efectivo y decidió buscar el suyo. Sus uñas rojas subieron desde la cintura hacia las axilas, otro nivel cuatro en el mapa de Tatiana. Cuando llegaron, no dudaron. Se hundieron.
«¡NOOOO NO ALLÍ JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»
Pero no había «no». No había «allí». Todo el torso de Tatiana era territorio enemigo. Cada centímetro de piel entre el cuello y la cadera estaba siendo explorado, atacado, conquistado. Las manos de Daniela y Martina se movían sin descanso, alternando entre cosquillas lentas que hacían hervir la sangre y cosquillas rápidas que hacían explosionar la risa.
Tatiana ya no sabía dónde terminaban sus costillas y empezaba su cintura. Ya no distinguía las uñas de Daniela de las de Martina. Solo sentía cosquillas. Miles de cosquillas. Un enjambre de cosquillas que volaba sobre su piel y se posaba en cada terminación nerviosa.
«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»
Su cabeza se movía de izquierda a derecha sin parar. Su cabello negro se había desprendido de la coleta baja, formando una aureola salvaje sobre la sábana negra. Los piercings de su nariz y orejas brillaban con cada sacudida. Sus tatuajes —la cámara, el búho, las flores, los mandalas— se contraían y expandían con los músculos, como si también ellos estuvieran riendo.
Daniela se inclinó sobre Tatiana, apoyando parte de su peso en el colchón, y llevó ambas manos a las costillas altas, casi en las axilas. Sus dedos se movían como insectos frenéticos, encontrando cada punto vulnerable con una precisión escalofriante.
Martina hizo lo mismo del otro lado. Sus uñas rojas, que momentos antes habían torturado pies nivel cinco, ahora se concentraban en la cintura y el costado, alternando entre caricias suaves que provocaban escalofríos y rascados firmes que arrancaban carcajadas explosivas.
Tatiana estaba en el centro de una tormenta. Su cuerpo se sacudía en espasmos que las correas apenas podían contener. Sus pies, esos pies que habían iniciado todo, ahora se movían sin sentido, abriendo y cerrando los dedos, buscando un apoyo que no existía. Sus manos se abrían y cerraban en el aire, como si intentaran agarrar algo que pudiera salvarla.
Pero no había salvación. Solo cosquillas.
«¡JAAAAAAAAAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»
Las carcajadas llenaban la habitación por completo. No había espacio para otra cosa. El incienso seguía quemándose en alguna parte, pero su aroma había sido desplazado por el olor a piel caliente y esfuerzo. La luz tenue de la lámpara de pie creaba sombras que bailaban al ritmo de las sacudidas de Tatiana.
Daniela y Martina no paraban. No hablaban. No respiraban hondo. Simplemente continuaban, una al lado de la otra, arrodilladas sobre el colchón, con el cuerpo de Tatiana entre ellas como un instrumento que habían aprendido a tocar a la perfección.
Y Tatiana reía. Reía sin control. Reía sin pensamientos. Reía como si su cuerpo hubiera olvidado que existía otra forma de estar en el mundo.
No había súplicas. No había «por favor, para». No había «no puedo más». Solo risas. Solo carcajadas. Solo ese sonido primitivo y descontrolado que brotaba de lo más profundo de su ser y se derramaba por la habitación como un río desbordado.
«¡HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA!»
Sus brazos tiraban de las correas. Sus piernas se estiraban y encogían. Su torso se retorcía. Pero las manos de Daniela y Martina estaban siempre ahí, siempre moviéndose, siempre encontrando un nuevo punto que Tatiana ni siquiera sabía que era vulnerable.
El caos completo. El desespero absoluto. Un océano de carcajadas del que Tatiana no podía salir.
Y en medio de ese océano, sin tierra a la vista, solo seguía riendo.
En algún momento, Tatiana dejó de escuchar sus propias carcajadas.
No es que dejara de reír. Es que el sonido se volvió parte del ambiente, como el zumbido de un ventilador o el rumor lejano del tráfico. Su cuerpo seguía sacudiéndose, sus pies seguían temblando en el aire, sus manos seguían tirando de las correas. Pero su mente… su mente había encontrado un rincón oscuro y silencioso donde refugiarse, mientras el resto de ella se consumía en llamas de cosquillas.
No supo cuándo se detuvieron.
Una momento estaban allí, las manos implacables de Daniela y Martina explorando cada centímetro de su torso, y al siguiente ya no. El silencio cayó sobre la habitación como una manta mojada. Pesado. Frío. Extraño.
Tatiana parpadeó varias veces, confundida. Sus ojos color miel estaban enrojecidos, llorosos, pero poco a poco fueron enfocando el techo blanco, la lámpara de luz cálida, las sombras quietas en las paredes.
Respiraba. Eso era bueno. Respiraba con dificultad, con jadeos cortos que parecían hipos, pero respiraba.
Daniela apareció en su campo visual, inclinándose sobre ella desde arriba. Su cabello rosa estaba más desordenado que al principio, y tenía una pequeña gota de sudor en la sien.
—¿Todavía con nosotros? —preguntó, con una sonrisa que mezclaba ternura y satisfacción profesional.
Tatiana intentó responder, pero lo único que salió fue un gemido ronco. Su garganta estaba irritada de tanto reír. Tosió un par de veces, sintiendo cómo sus costillas —esas costillas que habían sido atacadas sin piedad— protestaban con cada movimiento.
Martina se acercó por el otro lado, con las uñas rojas quietas por primera vez en lo que parecía una eternidad.
—Vamos a soltarte —dijo, y sus manos se movieron hacia las hebillas de las correas.
Daniela hizo lo mismo del otro lado. El clic metálico de cada hebilla al abrirse sonó como una pequeña liberación. Primero la muñeca derecha. Tatiana sintió cómo el peso de su brazo caía sobre la cama. Luego la muñeca izquierda. Sus manos quedaron libres, pero le costó moverlas. Los músculos estaban tensos, acalambrados de tanto tirar.
Luego los tobillos. El pie derecho fue liberado primero, y Tatiana sintió la extraña sensación de poder moverlo sin resistencia. El pie izquierdo le siguió un segundo después. Por un momento, sus piernas se quedaron extendidas, como si hubieran olvidado cómo doblarse.
Daniela le acarició suavemente la pantorrilla. Era un gesto de cuidado, casi maternal.
—Tómate tu tiempo —dijo. —No tienes que levantarte de inmediato.
Tatiana cerró los ojos. El techo blanco desapareció, reemplazado por la oscuridad de sus párpados. Sintió cómo su pecho subía y bajaba, cómo su corazón latía más rápido de lo normal, cómo sus pies todavía cosquilleaban con el recuerdo de las uñas y los dedos.
Pasaron varios minutos. Tal vez dos, tal vez cinco. Tatiana no llevaba la cuenta.
Cuando volvió a abrir los ojos, su respiración se había calmado un poco. No del todo. Pero ya no jadeaba como un pez fuera del agua. Movió los dedos de las manos, luego las muñecas, luego los brazos. Todo funcionaba. Todo dolía un poco, pero funcionaba.
Daniela y Martina estaban sentadas a los costados de la cama, esperando. No la apuraban. No decían nada. Solo la miraban con una paciencia que Tatiana agradeció en silencio.
Se incorporó lentamente, apoyándose en los codos. La habitación giró un par de veces antes de estabilizarse. Tatiana parpadeó, esperando a que el mundo dejara de moverse.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Martina, con un tono profesional pero genuino.
Tatiana se llevó una mano al pecho. Su camisilla tipo esqueleto estaba húmeda de sudor. Su cabello era un desastre. Las lágrimas secas le tiraban de la piel de las mejillas.
—Ha sido… —empezó, y su voz sonó ronca, arenosa. Carraspeó. —Ha sido muy intenso.
Daniela sonrió con complicidad.
—¿Demasiado?
Tatiana negó con la cabeza, aunque el gesto fue débil.
—No demasiado. Pero… nunca me habían torturado así con cosquillas. Nunca. En la universidad jugábamos, pero esto… esto fue otro nivel.
—Ése es el punto —dijo Martina, inclinándose ligeramente hacia adelante. —Lo que sientes ahora, esa mezcla de agotamiento y adrenalina, es lo que buscan los clientes. La autenticidad. No puedes fingir una risa así.
Tatiana asintió, aunque no estaba segura de entenderlo del todo. Solo sabía que su cuerpo la había traicionado de una forma que nunca antes había experimentado. Cada vez que pensaba en las manos de Daniela y Martina recorriendo sus costillas, sentía un eco de cosquillas recorriéndole la espalda.
Daniela se puso de pie y se estiró, arqueando la espalda.
—Y tus pies —dijo, como si estuviera recordando en voz alta—. Extremadamente cosquilludos. No exageraste cuando dijiste que eran nivel cinco. Son un campo minado.
Antes de que Tatiana pudiera responder, Martina continuó, tomando la palabra con entusiasmo:
—Lo mejor es que eso es buenísimo para los clientes. Te lo decimos en serio. La gente que busca este tipo de servicios paga por reacciones reales, y tú las tienes. Mucho. Tus pies solos podrían ser un espectáculo.
Daniela asintió, cruzando los brazos sobre su camiseta blanca.
—Por eso queremos que trabajes con nosotras. Aquí, en nuestro estudio. La habitación que te mostramos está disponible. Puedes usarla cuando quieras. Nosotras te ayudamos a conseguir los primeros clientes, te damos consejos, te cubrimos la espalda. Literalmente, si hace falta.
Tatiana las miró. Sus ojos color miel, aún ligeramente irritados, pasaron de Daniela a Martina y de Martina a Daniela. Ambas la miraban con seriedad. No era una oferta hecha por compromiso. Era una oferta hecha por conveniencia mutua, pero también por algo que se parecía a la amistad.
—Sí —dijo Tatiana, después de un breve silencio. —Quiero trabajar con ustedes.
Las dos chicas sonrieron. Daniela abrió la boca para decir algo —probablemente «perfecto» o «bienvenida» o alguna otra palabra de celebración— pero Tatiana levantó una mano, pidiéndole que esperara.
—Pero tengo una condición —añadió.
Las sonrisas se congelaron. Daniela y Martina intercambiaron una mirada rápida. No era desconfianza, exactamente. Era curiosidad. Precaución.
—Dime —dijo Martina, inclinando la cabeza.
Tatiana se incorporó un poco más, apoyando la espalda contra la pared. El gesto le dolió —sus costillas seguían sensibles— pero ignoró la molestia. Había algo que necesitaba decir, y necesitaba decirlo con la claridad que le quedaba después de treinta y cinco minutos de tortura.
—Ahora quiero hacerles cosquillas a cada una de ustedes —dijo, con voz firme a pesar del cansancio. —De la misma manera en que ustedes me las hicieron a mí. Sin piedad. Sin pausas. Sin que se quejen.
El silencio se instaló en la habitación.
Daniela dejó de sonreír. No era una expresión de enfado, sino de sorpresa. Sus cejas se alzaron ligeramente, y sus brazos, que estaban cruzados, se aflojaron.
Martina, en cambio, esbozó una media sonrisa. Una de esas sonrisas que no llegan a los ojos porque la mente está procesando demasiada información al mismo tiempo.
Tatiana esperó. No agregó nada más. No dijo «es justo» o «se lo merecen» o cualquier otra frase que pudiera sonar como un reproche. Solo expuso su condición y se quedó callada, mirándolas a los ojos, esperando la respuesta.
Afuera, muy a lo lejos, se escuchó el ladrido de un perro. Dentro de la habitación, el incienso seguía quemándose en algún lugar, llenando el aire con su aroma a sándalo y vainilla.
Daniela y Martina no habían dicho que sí.
Todavía no.
Pero tampoco habían dicho que no.
Continuará…
Original de Tickling Stories
