Desempleo y cosquillas – Parte 2

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Andrés deshizo el último nudo con cuidado, pasando la cuerda beige por encima del tobillo de Manuela y luego liberando su muñeca. La cuerda cayó al suelo sobre el tapete gris, junto a las otras que ya había retirado. Manuela movió los brazos con un gesto de alivio, estirándolos hacia el frente, rotando las muñecas para activar la circulación. La piel le quedó marcada con tenues líneas rojas donde el algodón había presionado, pero no le dolía. Solo era la memoria del contacto.

Se quedó sentada en el tapete un momento, con las piernas estiradas y los brazos apoyados en el suelo a sus costados. Su respiración ya había vuelto a la normalidad, aunque de vez en cuando un pequeño espasmo de risa residual le sacudía los hombros, como si el cuerpo no terminara de creer que las cosquillas habían cesado. El cabello café con visos rubios seguía hecho un desastre, la camiseta blanca arrugada, el short negro torcido. Se pasó una mano por la frente para retirarse el sudor, y luego se incorporó con un esfuerzo que delataba el cansancio acumulado.

«Creo que nunca me habían hecho tantas cosquillas en toda mi vida», dijo Manuela, con una voz que sonaba más ronca que al principio de la mañana. «No sé si agradecerte o denunciarte».

Andrés rió, un poco nervioso, mientras recogía las cuerdas del suelo y las guardaba en su mochila junto con el resto de sus cosas. «Fue un trato justo», respondió, cerrando la cremallera. «Usted tiene su computador como nuevo, y yo tuve mi hora de cosquillas. Negocio redondo».

Manuela negó con la cabeza, pero sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada, pero genuina. Se puso de pie con un leve tambaleo que no supo si atribuir al agotamiento o a las piernas dormidas por la posición. Dio dos pasos hacia el sofá, el mismo sofá de siempre, pegado a la ventana del piso veintisiete, y se dejó caer en él con un suspiro largo. Apoyó la espalda en los cojines, estiró las piernas sobre la mesa de centro, y quedó mirando el techo mientras la respiración se le asentaba del todo.

Andrés terminó de guardar sus cosas, se puso de pie, y caminó hacia el sofá. Se detuvo frente a él, dudando un momento. «¿Puedo?», preguntó, señalando el espacio libre a la derecha de Manuela.

«Sí, siéntate», respondió ella, sin mover la cabeza del respaldo. «Total, ya viste todo lo que había que ver».

Andrés se sentó, dejando un espacio prudente entre ellos. Sacó su teléfono del bolsillo trasero del pantalón, desbloqueó la pantalla, y comenzó a navegar entre carpetas. Sus dedos se movían con la misma agilidad con la que horas antes habían tecleado frente al iMac. Manuela giró la cabeza hacia él, apoyando la mejilla en el respaldo del sofá, y lo observó sin decir nada.

«Le había prometido que le iba a mostrar», dijo Andrés, sin levantar la vista del teléfono. «Para que vea que no invento cosas».

Manuela asintió en silencio.

Andrés encontró lo que buscaba y giró el teléfono hacia ella. La pantalla mostraba una página web de aspecto simple, casi rudimentaria, con fondo blanco y letras negras. Había una serie de enlaces en el centro, y sobre ellos, un título que decía «Clasificados – Servicios de cosquillas». Manuela frunció el ceño y se incorporó un poco para ver mejor.

Andrés desplazó la pantalla hacia abajo. Aparecieron anuncios, decenas de ellos, escritos en un español neutro que bien podía ser de cualquier país. «Modelos de pies busca sesiones de cosquillas», leyó Manuela en voz baja, mientras Andrés seguía desplazando. «Ofrezco mis pies para sesiones de tickling. Busco mujeres cosquillosas para contenido. Hombre busca mujer para sesiones de cosquillas mutuas. Se necesita modelo de pies para sesiones privadas».

«Andrés, esto es…», empezó a decir Manuela, pero no supo cómo terminar la frase.

Él no respondió. Cerró esa pestaña y abrió otra. Era un portal de videos, de esos que tienen un diseño sencillo y millones de miniaturas ordenadas en filas. El título en la parte superior decía algo como «Tickling Videos – El mayor archivo de cosquillas del mundo». Las miniaturas mostraban pies, muchas plantas de pies, personas riendo, personas atadas, personas con los dedos de otros hundidos en sus costillas. Manuela parpadeó, tratando de procesar la cantidad de contenido que veía. Había categorías, filtros, un buscador, todo organizado con la misma eficiencia que cualquier plataforma de streaming.

Andrés no dijo nada. Solo mostró. Pasó a otra pestaña, esta vez una galería de fotos. Mujeres de diferentes edades, diferentes contexturas, diferentes tonos de piel. Todas con los pies expuestos, las plantas hacia la cámara. Algunas reían, otras tenían expresiones de agonía cómica, otras miraban directamente al objetivo como si estuvieran posando para un retrato formal. Había pies con las uñas pintadas de rojo, de rosa, de azul, de negro. Pies desnudos, pies con medias, pies con calcetines a medio quitar.

«Y esto es solo una pequeña parte», dijo Andrés, desplazando lentamente para que Manuela pudiera ver cada imagen. «Hay páginas web enteras dedicadas a esto. Foros, comunidades, canales de pago. Gente que vive de grabarse haciendo cosquillas o recibiéndolas. Y gente que paga por ver ese contenido. Mucha gente».

Manuela seguía sin decir nada. Sus ojos verdes recorrían la pantalla del teléfono, de una imagen a otra, de un enlace a otro, sin poder apartar la mirada. Su mente de economista, esa máquina analítica que había estudiado mercados y comportamientos durante años, ahora estaba en silencio. No calculaba, no procesaba, no encontraba categorías para clasificar lo que veía. Solo miraba. Asombrada. En silencio.

Andrés abrió otra pestaña. Esta vez era un foro, de esos con diseño antiguo que parecían sacados de los primeros años de internet. Hilos de discusión con títulos como «Buscando modelo de pies en Bogotá», «Experiencia con sesión de cosquillas», «¿Alguien ha contratado a esta modelo?» y «Consejos para hacer cosquillas sin lastimar». Los usuarios firmaban con nombres de usuario imposibles de pronunciar, y los mensajes se acumulaban por cientos, por miles, organizados en páginas y páginas que parecían no tener fin.

«Fíjese aquí», dijo Andrés, señalando un hilo en particular. «Esta mujer vive en Medellín, tiene 35 años, y se anuncia como ‘modelo de pies para sesiones de tickling’. Cobra 150 mil pesos la hora. Y tiene reseñas de clientes. Todos le dan cinco estrellas».

Manuela inclinó la cabeza, leyendo las reseñas. «Excelente atención, muy profesional», decía una. «Sus pies son increíblemente cosquilludos, volveré», decía otra. «Totalmente recomendada, cumple con lo que promete».

«Entonces… esto es un negocio», dijo Manuela, por fin, con una voz que apenas era un murmullo. «Un negocio real. Con oferta y demanda. Con precios. Con reseñas de clientes».

«Exactamente», respondió Andrés, asintiendo. «Como cualquier otro servicio. Solo que este no se anuncia en la televisión ni sale en los directorios de páginas amarillas».

Manuela se quedó en silencio otra vez. Siguió mirando la pantalla del teléfono mientras Andrés desplazaba, mostraba, explicaba. Vio anuncios de hombres y mujeres ofreciendo sus cuerpos, o más bien ofreciendo sus puntos cosquilludos, a cambio de dinero. Vio portales enteros dedicados a clasificar modelos por edad, por talla de pie, por nivel de sensibilidad. Vio comentarios de usuarios discutiendo sus experiencias como si estuvieran reseñando un restaurante o un hotel. Vio precios, tarifas, descuentos por sesiones múltiples.

Y no dijo nada. Solo miró. Asombrada. En silencio. Mientras la lluvia seguía cayendo suavemente afuera, y el iMac restaurado zumbaba en el escritorio, y Keynes, el gato gris, finalmente se atrevió a entrar a la sala y se acurrucó en una esquina del sofá, completamente ajeno al mundo que se desplegaba en la pequeña pantalla del teléfono de Andrés.

Manuela seguía mirando la pantalla del teléfono de Andrés sin poder apartar los ojos. Las imágenes pasaban una tras otra: pies atados a tablas, pies dentro de cepos de madera, pies envueltos en cuerdas que dejaban las plantas completamente expuestas. Personas riendo, retorciéndose, con los rostros desencajados por la risa mientras unas manos anónimas les recorrían las plantas con dedos, con cepillos, con plumas. Videos de mujeres amarradas a camillas, con los pies en alto, mientras otras mujeres les hacían cosquillas con una paciencia que rozaba lo meticuloso.

Manuela sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la mañana. Era un escalofrío de reconocimiento, de saber que esas personas en las fotos y los videos estaban sintiendo exactamente lo mismo que ella había sentido hacía apenas unos minutos, pero multiplicado por horas, por personas, por instrumentos. Lo que Andrés le había hecho con sus diez dedos era apenas una muestra. Lo que veía en esas imágenes era una versión amplificada, casi grotesca, de la misma tortura.

«Yo me muero si me hacen cosquillas de esa manera», dijo Manuela, en voz baja, casi sin darse cuenta de que estaba hablando. Su dedo índice señalaba la pantalla, donde una mujer de unos treinta años tenía los pies atados a una tabla y una pluma recorriéndole las plantas. «Con plumas, con cepillos, atada así… no, eso ya es demasiado. Eso me mata. Literalmente me mata».

Andrés bajó el teléfono y la miró. No había burla en su mirada, solo una curiosidad tranquila, la misma que había tenido toda la mañana. «Pero no se murió cuando yo le hice cosquillas», dijo, con un tono que era más una observación que una pregunta. «Estuvo una hora entera riéndose, suplicando, retorciéndose, pero no se murió. Salió viva. Y hasta con ganas de seguir hablando conmigo después de que la solté».

Manuela abrió la boca para responder, pero él no le dio tiempo.

«Entonces, ¿qué le hace creer o pensar que se va a morir si le hacen cosquillas de la misma manera como le mostré en las fotos, en los videos, en los anuncios?», continuó Andrés, girando el teléfono para mirar él mismo las imágenes. «Porque no es diferente, Manuela. Lo único que cambia son las herramientas. Un par de dedos, una pluma, un cepillo… todo hace cosquillas. Todo produce risa. Todo termina igual: usted riéndose hasta que la suelten. Y después de que la suelten, usted sigue viva. Como ahora».

Manuela se quedó callada. Sus ojos verdes pasaron de la pantalla del teléfono a la cara de Andrés, y de la cara de Andrés a la ventana empañada por la lluvia. Su mente de economista, esa máquina que no descansaba nunca, había empezado a funcionar a toda velocidad, aunque ella no quisiera. Los números, los precios, las tarifas que había visto en los anuncios seguían dando vueltas en su cabeza. 150 mil pesos la hora. 200 mil. Algunas modelos cobraban 300, 400, dependiendo de lo que ofrecieran. Y todas tenían reseñas. Y todas parecían tener clientes. Había un mercado, un mercado real, funcionando en la oscuridad de internet. Y ella tenía un producto que ese mercado valoraba: sus pies de talla 40, sus plantas hipercosquilludas, su cuerpo lleno de puntos sensibles. Justo lo que Andrés le había demostrado durante una hora entera en el tapete gris de su sala.

«¿Y por qué me muestras todo esto?», preguntó Manuela, aunque en el fondo ya sabía la respuesta. Su voz sonó más calmada de lo que se sentía. «No creo que sea solo para que vea que no eres un bicho raro. Esto es más que eso».

Andrés apoyó el teléfono en su muslo, con la pantalla hacia arriba, mostrando aún una de las galerías de fotos. Se recostó en el sofá, giró la cabeza hacia Manuela, y la miró directamente a los ojos. Su expresión era seria, pero no grave. Era la expresión de alguien que está a punto de decir algo importante y quiere asegurarse de que el otro lo escuche con atención.

«Usted está desempleada», dijo Andrés, con una voz pausada, midiendo cada palabra. «Me lo dijo hace unos días cuando le escribí. Le pregunté por los Macs y usted me respondió que la habían despedido, que estaba en búsqueda de nuevos rumbos, que no tenía mucho dinero para gastar en reparaciones. Por eso aceptó el trato, porque necesitaba ahorrarse los 200 mil pesos. No fue porque le gustaran las cosquillas, ni porque tuviera curiosidad, ni porque quisiera hacerme un favor a mí. Fue porque no tenía la plata y yo se la ofrecí a cambio de algo que usted podía dar».

Hizo una pausa. Manuela no lo interrumpió.

«Entonces pensé», continuó Andrés, «que quizás le interesaría saber que hay gente que paga por esto. Que hay un mercado. Que usted tiene un producto que ese mercado quiere. Y que, si ya aceptó un trato conmigo por necesidad, tal vez aceptaría ofrecer sus servicios como modelo de cosquillas a otras personas. Por dinero. Por mucho más de lo que yo le ofrecí».

Manuela lo miró sin decir nada. La lluvia seguía cayendo afuera, pero ya no la escuchaba. El iMac seguía zumbando en el escritorio, pero ya no existía para ella. Solo existían las palabras de Andrés, flotando en el aire entre los dos, esperando que ella hiciera algo con ellas.

«Por eso le muestro todo esto», concluyó Andrés, señalando el teléfono con un movimiento de cabeza. «Para que sepa que no es una locura. Para que sepa que hay personas comunes y corrientes, como usted, que ofrecen sus pies, sus cosquillas, su risa, a cambio de un pago. Y que les va bien. Muy bien, en algunos casos».

Manuela se quedó mirando por la ventana un largo rato. La ciudad seguía gris, la lluvia seguía cayendo, los carros seguían subiendo por la Septima con las luces encendidas. Pero ella no veía nada de eso. Su mente estaba en otro lugar, procesando, calculando, evaluando. Las palabras de Andrés seguían dando vueltas en su cabeza como una canción pegajosa que no podía sacarse de encima. «Usted tiene un producto que ese mercado quiere». «Personas comunes y corrientes ofrecen sus pies a cambio de un pago». «Les va bien. Muy bien».

Finalmente, giró la cabeza y lo miró. Andrés seguía en el sofá, con el teléfono apoyado en el muslo, esperando. No la apuraba. No añadía más información. Solo esperaba, con esa paciencia que había tenido durante toda la mañana, mientras ella ordenaba sus ideas.

Manuela se quedó mirando por la ventana un largo rato. La ciudad seguía gris, la lluvia seguía cayendo, los carros seguían subiendo por la Septima con las luces encendidas. Pero ella no veía nada de eso. Su mente estaba en otro lugar, procesando, calculando, evaluando. Las palabras de Andrés seguían dando vueltas en su cabeza como una canción pegajosa que no podía sacarse de encima. «Usted tiene un producto que ese mercado quiere». «Personas comunes y corrientes ofrecen sus pies a cambio de un pago». «Les va bien. Muy bien».

Finalmente, giró la cabeza y lo miró. Andrés seguía en el sofá, con el teléfono apoyado en el muslo, esperando. No la apuraba. No añadía más información. Solo esperaba, con esa paciencia que había tenido durante toda la mañana, mientras ella ordenaba sus ideas.

«Y si acepto hacer eso», dijo Manuela, con una voz que sonó más firme de lo que esperaba. «Si acepto ofrecer mis servicios como modelo de cosquillas o como se llame… ¿qué papel haces tú en todo esto? ¿Qué ganas tú con que yo me meta en ese mundo?»

Andrés no respondió de inmediato. Se quedó mirándola, evaluando la pregunta, dándole el peso que merecía. Luego se incorporó un poco en el sofá, apoyó los codos en las rodillas, y juntó las manos como si estuviera a punto de hacer una presentación de negocios.

«Yo la ayudo a buscar clientes», dijo Andrés, con una naturalidad que sorprendió a Manuela. «Usted no sabe nada de este mundo. Yo llevo años en él. Conozco las páginas, los foros, las reglas no escritas. Sé quiénes son serios y quiénes son solo curiosos que nunca pagan. Sé cómo se negocia, cómo se fijan los precios, cómo se cuida la seguridad. Puedo filtrarle los mensajes, ayudar con las fotos de presentación, darle consejos. Básicamente, ser su representante. Sin cobrarle comisión, al menos al principio».

Manuela frunció el ceño. «¿Y por qué harías eso? ¿Por pura bondad?»

Andrés rió, una risa corta, sincera. «No, no por bondad. Porque a mí me gusta hacer cosquillas. Y si usted se convierte en modelo, usted va a necesitar practicar, va a necesitar mantenerse en forma para las sesiones, va a necesitar alguien que le recuerde lo sensible que es y cómo reacciona su cuerpo. Ese alguien podría ser yo. Sin pagar, por supuesto».

Manuela levantó una ceja. «O sea que tú serías mi… ¿entrenador? ¿A cambio de sesiones gratuitas?»

«Algo así», admitió Andrés, encogiendo los hombros. «Usted gana dinero con los clientes que yo le consiga. Yo gano sesiones de cosquillas con usted sin tener que pagar. Además, me gusta la idea de ayudar a alguien a descubrir un lado de sí mismo que no conocía. Usted es muy cosquillosa, Manuela. Eso es un talento. Como tener una voz bonita o saber bailar. No tiene por qué desperdiciarlo solo porque las empresas la despidieron».

Manuela lo miró en silencio. Su mente de economista seguía calculando, pero los números ya no eran fríos. Había algo más en esa ecuación, algo que no sabía cómo nombrar. Confianza, quizá. O la rareza de que un chico de veinticinco años, técnico de sistemas, exsubordinado suyo, le estuviera ofreciendo una sociedad tan descabellada como sincera.

«No te voy a responder ahora», dijo Manuela, apartando la mirada hacia la ventana otra vez. «Necesito pensarlo. Dormirlo. Esto es demasiado… demasiado raro para decidirlo en una mañana lluviosa con el cuerpo todavía temblando por las cosquillas».

Andrés asintió, guardó el teléfono en el bolsillo y se puso de pie. «Está bien. Piénselo. No hay prisa. Cuando quiera, me escribe. Yo le ayudo con lo que necesite, sea para esto o para cualquier otra cosa del computador».

Caminó hacia la puerta, recogió su mochila del suelo y se la colgó al hombro. Manuela se levantó del sofá y lo acompañó, con paso lento, todavía sintiendo los ecos de las cosquillas en sus pies. En la puerta, Andrés se giró, dudó un momento, y luego extendió la mano.

«Gracias por el trato», dijo. «Y por confiar en mí».

Manuela tomó su mano y la estrechó. «Gracias por el computador. Y por no haberme matado de la risa».

Andrés sonrió, abrió la puerta, y salió al pasillo. El ascensor tardó unos segundos en llegar. Manuela se quedó en el marco de la puerta, mirándolo, hasta que las puertas metálicas se cerraron y él desapareció. Entonces cerró la puerta, apoyó la espalda en la madera, y suspiró.

El apartamento estaba en silencio. La lluvia seguía cayendo. El iMac restaurado zumbaba suavemente. Keynes, el gato gris, se acercó a frotarse contra sus tobillos, reclamando atención.

Manuela bajó la vista hacia sus pies. Sus pies descalzos, sus plantas aún ligeramente rosadas, sus uñas rojo oscuro. Sus pies de talla 40 que acababan de ser el centro de una negociación absurda y fascinante. Sus pies que, según Andrés, podían ser su ticket de regreso a la independencia económica.

«Qué locura», murmuró, mientras se alejaba de la puerta y caminaba hacia la cocina a prepararse un café. «Qué locura de locuras».

Pero mientras el agua calentaba y el aroma del café empezaba a llenar la cocina, su mente ya no calculaba cuánto le quedaba de indemnización. Calculaba otra cosa. Calculaba cuánto podría ganar en una hora de cosquillas. Y esa cifra, para su horror y su fascinación, no era nada despreciable.

Andrés se había ido hace unas horas. El apartamento recuperó su silencio habitual, ese silencio que Manuela conocía bien después de tres semanas de desempleo: el zumbido de la nevera, el goteo ocasional de la lluvia en el balcón, los pasos de Keynes moviéndose de una habitación a otra. El iMac restaurado seguía en el escritorio, funcionando como nuevo, y las cuerdas de algodón beige ya no estaban en el tapete. Manuela las había recogido, las había enrollado cuidadosamente, y las había guardado en un cajón de la cómoda. No sabía por qué no las había botado. Solo las guardó.

La tarde pasó lenta. Manuela se duchó con agua caliente, se puso ropa cómoda, preparó una pasta para el almuerzo y comió viendo una serie que no logró concentrarla. Su mente estaba en otra parte. En los pies. En las manos de Andrés. En los anuncios que él le había mostrado en su teléfono. En esa frase que no podía sacarse de la cabeza: «Usted tiene un producto que ese mercado quiere».

Cuando el sol comenzó a esconderse detrás de los cerros orientales, aunque con el cielo gris apenas se notaba el cambio de luz, Manuela se sentó en el sofá con su iPhone en la mano. Abrió WhatsApp, entró en la conversación con Andrés, y vio los enlaces que él le había enviado antes de irse. Los había mandado en un mensaje aparte, sin comentarios, solo los enlaces, como si supiera que ella preferiría explorarlos sola, en privado, sin que él la estuviera mirando por encima del hombro.

Keynes saltó al sofá y se acurrucó a su lado, con la cabeza apoyada en su muslo. Manuela le pasó la mano por el lomo distraídamente, mientras con la otra mano abría el primer enlace.

Era un foro. Un foro de cosquillas, con miles de miembros, con secciones en español y en inglés. La página principal mostraba los temas más recientes: «Buscando modelo en Bogotá», «Alguien para sesión hoy?», «Mis pies antes y después de una sesión», «Consejos para principiantes». Manuela empezó a leer, y no pudo parar.

Los hilos de discusión eran largos, a veces de cientos de páginas. La gente compartía sus experiencias, subía fotos de sus pies atados, recomendaba a otros usuarios, advertía sobre personas que no cumplían los acuerdos. Había un lenguaje propio, códigos, reglas no escritas. Manuela se sintió como una antropóloga descubriendo una tribu remota, fascinada por las costumbres de esos desconocidos que, hasta esa mañana, ni siquiera sabía que existían.

«¿Puedes creer que haya gente que quiera hacer cosas así?», le dijo Manuela a Keynes, levantando la vista del teléfono. El gato la miró con sus ojos amarillos, parpadeó lentamente, y volvió a apoyar la cabeza en su muslo. «Miles de personas, Keynes. Miles. Y todas hablando de cosquillas como si fuera lo más normal del mundo».

Abró otro enlace. Este era un portal de videos, de esos que Andrés le había mostrado en el sofá, pero ahora podía explorarlo sola, sin prisa, sin que él la viera. Las miniaturas mostraban escenas que a ella le parecían sacadas de una película de terror cómica: mujeres atadas a camillas, a sillas, a mesas, a marcos de cama. Los pies siempre al centro, las plantas siempre hacia arriba, los dedos siempre en tensión. Manuela hizo clic en uno de los videos, el de miniatura menos intimidante, y lo reprodujo.

Era una mujer de unos treinta años, morena, con los pies atados a una tabla y los brazos inmovilizados a los costados. Otra mujer, mayor, con guantes de látex, le hacía cosquillas en las plantas con un pincel de maquillaje. La mujer morena reía. Reía mucho. Reía sin parar. A veces intentaba decir algo, pero las carcajadas se lo impedían. Manuela reconoció esa risa. Era la misma que había salido de su propia garganta horas antes, en el tapete gris. La misma desesperación, la misma pérdida de control, la misma mezcla de agonía y algo que no sabía si llamar placer.

Manuela cerró el video antes de que terminara. Sintió algo extraño en el estómago, una mezcla de incomodidad y curiosidad no resuelta. No sabía si lo que acababa de ver le parecía terrible o fascinante. Quizá las dos cosas.

«Imagina que yo me someta a algo como eso», le dijo a Keynes, mientras pasaba a otro enlace. «Con cuerdas, con cepillos, con gente que no conozco. Me volvería loca con tantas cosquillas. Literalmente loca».

El gato no respondió, como era su costumbre. Solo movió la cola una vez, como si dijera «eso ya es problema tuyo», y cerró los ojos.

Manuela siguió explorando. Había enlaces a clasificados, decenas de ellos, organizados por ciudades. Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla, Bucaramanga. Mujeres ofreciendo sus pies, sus cuerpos, sus cosquillas, a cambio de dinero. Algunas incluían fotos, otras solo descripciones. «Mujer de 35 años, pies talla 37, muy cosquillosa, ofrezco sesiones de una hora en lugar seguro». «Hombre de 40 años busca mujer para sesiones regulares, pago bien». «Modelo experimentada, referencias, discreción total».

Manuela se detuvo en un anuncio que le llamó la atención. Era de una mujer de 44 años, en Bogotá, que ofrecía sesiones de cosquillas en sus pies y sus costillas. La descripción decía: «Soy muy sensible, me río mucho, me retuerzo, no puedo controlarlo. Si buscas una modelo que reaccione de verdad, no actrices, escríbeme». Tenía una foto de sus pies: plantas blancas, arcos marcados, uñas pintadas de color vino tinto, igual al de las suyas. Manuela sintió un escalofrío.

«Esta mujer podría ser yo», murmuró, mientras Keynes abría un ojo para mirarla. «La misma edad, los mismos pies, la misma sensibilidad. Y está ofreciendo esto. Como si nada. Como si fuera un trabajo normal».

Pasó a otro enlace. Este era una galería de fotos, no de aficionados sino de contenido profesional. Las imágenes tenían buena iluminación, encuadres cuidados, modelos con maquillaje y ropa interior bonita. Los pies seguían siendo el centro, pero todo se veía más… artístico. Menos sórdido. Manuela no supo si eso lo hacía mejor o peor.

«Hay videos donde a las mujeres les hacen cosquillas entre los dedos durante horas», le dijo a Keynes, mientras leía la descripción de uno de ellos. «Horas, Keynes. ¿Te imaginas? Horas con alguien haciéndote cosquillas en los espacios entre los dedos. Yo perdí la cabeza con Andrés en cinco minutos. No sabría qué hacer con una hora, y mucho menos con varias».

El gato bostezó, mostrando sus dientes pequeños y afilados, y volvió a cerrar la boca. No parecía impresionado por el descubrimiento de su dueña.

Manuela siguió revisando. Encontró comunidades en redes sociales, grupos de Telegram, canales de Discord. Todo estaba organizado, categorizado, etiquetado. La gente compartía sus experiencias, se recomendaban mutuamente, advertían sobre personas peligrosas. Había incluso un sistema de referencias, como en MercadoLibre, donde los usuarios calificaban a los modelos y los modelos calificaban a los clientes. Cinco estrellas significaba que todo había salido bien, que la sesión fue segura, que el pago se hizo. Una estrella significaba problemas: impuntualidad, maltrato, falta de pago.

«Mira esto, Keynes», dijo Manuela, mostrándole el teléfono al gato, que ni siquiera abrió los ojos. «Hay un sistema de calificación. Como el de Rappi. Con reseñas y todo. ‘Puntual, respetuoso, hizo reír mucho a la modelo’. Eso dice uno. ‘Muy serio, cumple lo pactado, volvería a contratarlo’. Es un negocio. Un negocio de verdad. Con oferta, demanda, reputación, barreras de entrada, todo».

Se quedó en silencio un momento. En el fondo de su mente, la economista seguía tomando notas. Costos: su tiempo, su comodidad, su privacidad. Beneficios: dinero, independencia financiera, la posibilidad de no tener que volver a una oficina donde la trataran como a una empleada desechable. Y un riesgo no cuantificable: el de perderse a sí misma en el proceso.

«¿Tú crees que debería hacerlo?», le preguntó a Keynes, acariciándole la barriga. El gato estiró una pata, la retrajo, y siguió durmiendo. «Qué tonta, preguntándole a un gato. Tú dormirías encima de una sesión de cosquillas si te dejaran».

Siguió revisando. Pasaron las horas. La noche cayó por completo, y Manuela no encendió más luces que la lámpara del lado del sofá. Su iPhone iluminaba su rostro en la penumbra, mostrando una expresión de asombro constante. Cada nuevo enlace, cada nueva comunidad, cada nuevo video, cada nuevo anuncio, le revelaba un mundo que no sabía que existía. Y en ese mundo, sus pies de talla 40, sus plantas hipercosquilludas, su risa incontrolable, no eran una rareza ni una vergüenza. Eran un activo. Algo que otros valoraban. Algo por lo que estaban dispuestos a pagar.

Cansó de no encontrar una respuesta clara, apagó el teléfono y lo dejó en la mesa de centro. Se quedó mirando el techo, con Keynes ronroneando a su lado, mientras la lluvia seguía cayendo allá afuera y el iMac restaurado zumbaba en la oscuridad del estudio.

No sabía qué iba a hacer. Pero sabía que, por primera vez en tres semanas, no estaba pensando en el despido. Estaba pensando en otra cosa. Y esa otra cosa, por absurdo que pareciera, la tenía mirando hacia adelante en lugar de hacia atrás.

El domingo amaneció más despejado que el día anterior. El cielo seguía gris, pero la lluvia había cesado y el sol, tímido, lograba colarse por entre las nubes en algunos momentos. Manuela se despertó temprano, sin necesidad de alarma, como le estaba ocurriendo desde que había empezado su rutina de desempleada. Keynes seguía dormido a sus pies, acurrucado en la parte baja de la cama, ronroneando suavemente. Ella lo miró un momento, pensó en la noche anterior, en todas esas páginas que había revisado, en los videos, en los anuncios, en los foros. Había dormido mal, dando vueltas, con imágenes de pies atados y manos con plumas recorriéndole la mente.

Se levantó, se estiró, y decidió que lo mejor para despejarse era salir a hacer ejercicio. La ciclovía de los domingos era su actividad favorita desde que estaba desempleada: las calles cerradas para los carros, llenas de ciclistas, patinadores, corredores, familias enteras paseando en bicicleta. El frío ya no era tan intenso como el día anterior, y el piso estaba seco. Era el momento perfecto para patinar.

Se puso sus leggings negros, los que le quedaban ajustados pero cómodos, y una camisilla tipo esqueleto de lycra negra que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Las mangas largas le cubrían hasta la muñeca, y el cuello alto le daba un aire elegante incluso en ropa deportiva. Se miró al espejo del pasillo: las gafas oscuras, el cabello recogido en una cola de caballo alta que dejaba al descubierto su cuello, los leggings negros, la lycra negra. Se veía bien. Se veía como una mujer que aún no se había rendido, a pesar del despido, a pesar de todo.

Se calzó los patines, ajustó las hebillas, y salió de su apartamento. El ascensor la bajó en silencio. El portero la saludó con un «buenos días, doña Manuela». Ella le devolvió el saludo con una sonrisa y salió a la calle.

La ciclovía estaba en su máximo esplendor. La carrera séptima, que entre semana era un caos de carros y buses, ahora era un río de personas en movimiento. Manuela se incorporó al flujo de patinadores y empezó a deslizarse sobre el asfalto, sintiendo el viento frío en su cara, la música en sus oídos -un playlist de canciones electrónicas que la mantenían en ritmo-, y la libertad de moverse sin rumbo fijo, solo por el placer de hacerlo.

Sus piernas se movían con soltura, impulsándola hacia adelante, adelantando a ciclistas lentos y siendo adelantada por patinadores más rápidos. El paisaje cambiaba cuadra a cuadra: las iglesias de piedra, los edificios modernos, los parques, los cafés llenos de gente desayunando en las terrazas. Manuela trataba de concentrarse en el ejercicio, en la música, en el ritmo de sus patines sobre el asfalto. Pero su mente no cooperaba.

Los pensamientos sobre las cosquillas volvían una y otra vez, como moscas alrededor de un plato de fruta. Las imágenes de los videos que había visto la noche anterior. Los anuncios de mujeres ofreciendo sus pies. Las tarifas, las reseñas, los clientes. La propuesta de Andrés. Su propia risa en el tapete gris. La sensación de las uñas de él recorriendo sus plantas. No podía sacarlo de su cabeza.

«Concéntrate», se dijo a sí misma, mientras adelantaba a un grupo de ciclistas. «Estás patinando. Disfruta. No pienses en eso».

Pero su mente seguía dando vueltas. Era como si el tema de las cosquillas se hubiera instalado en su cerebro y no quisiera irse.

Patino durante casi una hora, subiendo y bajando por la carrera séptima, desviándose por la calle 63, llegando hasta la calle 100 y devolviéndose. Las piernas empezaban a dolerle, los músculos le pedían un descanso. Vio un parque a su derecha, un espacio verde con bancas y árboles, y decidió que era momento de hacer una pausa.

Se salió del flujo de la ciclovía, se quitó los patines y los dejó a un lado, y se dejó caer sobre el césped, justo en medio del parque. El pasto estaba húmedo por la lluvia del día anterior, pero a ella no le importó. Se recostó boca arriba, con los brazos extendidos, mirando el cielo gris a través de sus gafas oscuras. La música seguía sonando en sus oídos, pero ahora más baja, como un murmullo de fondo.

El teléfono estaba en el canguro que llevaba a la cintura, junto con las llaves de su apartamento. Manuela lo sacó, desbloqueó la pantalla, y sin pensarlo demasiado, abrió el navegador.

Escribió la dirección del portal que Andrés le había mostrado el día anterior, el de los clasificados. La página cargó rápido, con su diseño sencillo y sus miles de anuncios organizados por ciudades. Manuela buscó la sección de Bogotá y empezó a leer. Los mismos anuncios de la noche anterior, las mismas fotos, las mismas tarifas. Mujeres de todas las edades, desde los veinte hasta los cincuenta, ofreciendo sus pies, sus cuerpos, sus cosquillas. Algunas tenían muchas reseñas, otras ninguna. Algunas se veían profesionales, con fotos bien iluminadas y descripciones detalladas. Otras parecían improvisadas, como si hubieran publicado el anuncio en un arrebato de necesidad o curiosidad.

Manuela se quedó mirando la pantalla. Su pulgar se movió sobre el botón de «registrarse» sin que ella lo decidiera conscientemente. Era como si sus dedos supieran lo que querían hacer antes de que su cerebro lo aprobara.

Llenó el formulario. En el campo de usuario, escribió «Keynes». El nombre de su gato. Un nombre neutral, sin género, sin edad. Nadie sabría que detrás de ese seudónimo estaba ella, Manuela, la diseñadora industrial desempleada de 42 años.

En el campo de edad, escribió 42. En el de talla de zapatos, 40. En medidas, 90-65-95. En estatura, 1.76 metros. En partes cosquillosas, escribió «todo el cuerpo, especialmente costillas, axilas, cintura, barriga y pies». En parte más cosquillosa, escribió «plantas de los pies. Extremadamente sensibles».

Se detuvo un momento antes de enviar esa parte. Estaba escribiendo sobre su propio cuerpo, sobre sus propias debilidades, en un portal público que cualquiera podía ver. Era extraño. Era íntimo. Era como desnudarse frente a desconocidos, pero sin quitarse la ropa. Respiró hondo y continuó.

El formulario pedía una foto. Manuela se incorporó sobre el césped, se acomodó el cabello, se ajustó las gafas oscuras, y levantó el teléfono frente a sí. El fondo del parque, los árboles, el cielo gris. Ella en el centro, con los leggings negros, la lycra ceñida al cuerpo, la cola de caballo, las gafas que cubrían la mitad de su rostro. No se veía su cara completa, solo sus labios, su mandíbula, sus orejas. Suficiente para que la reconociera alguien que la conociera bien, pero no tanto como para que un extraño en la calle pudiera identificarla. Era un buen equilibrio. Discreta pero real.

Tomó la foto, la revisó, y la subió al anuncio. Luego escribió la descripción: «Mujer sin experiencia en este mundo ofrece sus servicios como modelo de cosquillas. Paciencia con la principiante. Zona norte de Bogotá. Discreción total».

En el campo de tarifa, el portal le permitía elegir un rango. La tarifa mínima era 150 mil pesos. Manuela la seleccionó. Eran unos cuarenta dólares, según el tipo de cambio que recordaba de cuando aún trabajaba y viajaba al exterior. No sabía si era mucho o poco, si estaba cobrando muy caro o muy barato. No sabía nada de esto, en realidad. Pero era la tarifa mínima, la que el portal permitía, y ella no se sentía con autoridad para cobrar más siendo tan novata.

Revisó todo una vez más. La foto, la descripción, los datos. Todo estaba correcto. Todo estaba hecho. Ya no había vuelta atrás. Su dedo se posó sobre el botón «publicar anuncio». Dudo un segundo. Dos. Tres.

«Qué tontería», murmuró, y presionó.

La pantalla cambió. Un mensaje de confirmación: «Su anuncio ha sido publicado. Recibirá notificaciones cuando alguien le escriba». Y luego, el anuncio de Keynes apareció en la lista de clasificados de Bogotá, junto a los de decenas de otras mujeres, compitiendo por la atención de los mismos clientes.

Manuela apagó la pantalla, guardó el teléfono en el canguro de su cintura, y se quedó mirando el cielo gris por un momento. Su corazón latía más rápido de lo normal, pero no era por el ejercicio. Era por lo que acababa de hacer. Había cruzado una línea. Había pasado de ser espectadora a ser participante. Ya no solo miraba los anuncios: los publicaba. Ya no solo era la mujer que recibía cosquillas en su apartamento: era una modelo ofreciendo sus pies a desconocidos.

Se incorporó, se puso los patines, y volvió a la ciclovía. Las piernas le dolían, los músculos le pedían más descanso, pero ella quería seguir moviéndose. Necesitaba seguir moviéndose. Necesitaba que el viento en su cara y el ritmo de los patines ahogaran los pensamientos que empezaban a invadirla.

«Quizás no reciba ningún mensaje», pensó mientras patinaba, adelantando a una familia en bicicleta. «Quizás nadie vea mi anuncio. Quizás esto quede ahí, olvidado, y yo pueda decir que lo intenté y ya».

Pero mientras se deslizaba sobre el asfalto, sintiendo la música electrónica vibrando en sus oídos, supo que no era verdad. Alguien iba a ver el anuncio. Alguien iba a escribirle. Y entonces tendría que decidir si realmente estaba dispuesta a seguir adelante, o si todo esto no había sido más que un impulso de domingo, una locura de domingo, que se quedaría en el recuerdo como una anécdota extraña para contar en una cena con amigas.

El sol seguía intentando salir entre las nubes, y en el parque, el césped húmedo guardaba la forma de su cuerpo por unos segundos más, hasta que el viento la borrara. Como si nunca hubiera estado ahí.

Manuela patinaba en medio de un sol que, aunque tímido, empezaba a calentar más de lo que había calentado en toda la semana. La ciclovía seguía llena de gente: familias en bicicleta, parejas trotando, niños aprendiendo a montar en patineta, perros tirando de sus dueños desprevenidos. Ella se movía entre todos ellos con la soltura de quien lleva años patinando, esquivando, frenando, acelerando. La música en sus audífonos la mantenía en ritmo, una canción electrónica con un bajo profundo que vibraba en sus oídos y la ayudaba a no pensar. O al menos a intentarlo.

Porque los pensamientos seguían ahí. El anuncio. El seudónimo «Keynes». La foto en el pasto con las gafas oscuras. La tarifa de 150 mil pesos. Todo eso seguía dando vueltas en su cabeza como un carrusel que no podía detener. Había publicado el anuncio hacía apenas quince o veinte minutos, y ya se arrepentía. No de haberlo hecho, sino de no saber qué iba a pasar después. La incertidumbre la carcomía.

Frenó un poco para dejar pasar a un grupo de ciclistas que la adelantaban por la izquierda, y en ese momento, justo en ese instante, sus audífonos reprodujeron un sonido diferente. No era el bajo de la canción electrónica. Era el tono de notificación de su teléfono, ese que había configurado para las aplicaciones importantes. Un sonido corto, agudo, que se coló entre la música y llegó a sus oídos con claridad.

Manuela sintió un vuelco en el estómago. Su corazón, que ya latía acelerado por el ejercicio, dio un salto adicional. Sin pensarlo, se desvió hacia la derecha, salió del flujo principal de la ciclovía, y se detuvo junto a un poste de luz. Apoyó un pie en el borde de la acera para no perder el equilibrio, se quitó los audífonos, y sacó el teléfono del canguro que llevaba a la cintura.

La pantalla brillaba con el sol. Manuela entrecerró los ojos y leyó el mensaje.

Era del portal. El mismo portal donde minutos antes se había registrado como «Keynes». El asunto decía: «Nuevo mensaje en tu anuncio». Abrió la notificación con el pulgar tembloroso, apenas capaz de mantener el teléfono firme.

El mensaje era breve, directo. Lo había escrito un usuario con el nombre «Juancho21». «Hola, vi tu anuncio. Me interesa. Vivo en una casa en el barrio La Soledad, cerca a la carrera séptima. Te dejo la dirección y mi número de WhatsApp. Quedo atento.»

Manuela leyó el mensaje una vez. Luego lo volvió a leer. Luego una tercera vez. Su mente de economista, esa máquina analítica que no descansaba nunca, empezó a funcionar a toda velocidad. Veintiún años. El chico tenía veintiún años. Ocho menos que Andrés. Casi la mitad de los suyos. Un niño, prácticamente. Un niño que vivía en una casa en La Soledad, un barrio tradicional, de casas antiguas y calles empedradas, a pocas cuadras de donde estaba ella ahora mismo.

Copió la dirección que el chico había enviado. La pegó en Google Maps. La aplicación procesó la información por un par de segundos, y luego mostró el resultado: a 900 metros. Cinco minutos caminando. Tres patinando, quizá menos si las calles estaban en buen estado. Manuela levantó la vista del teléfono y miró hacia el norte. Sabía dónde quedaba ese barrio. Había ido varias veces a comer a un restaurante que quedaba cerca, un lugar de comida italiana que le gustaba mucho. Estaba a unas pocas cuadras. Muy pocas.

Su corazón latía con fuerza. No sabía si era el ejercicio, la adrenalina, o el miedo. Probablemente los tres. Sus dedos, temblorosos pero decididos, copiaron el número de WhatsApp que el chico había dejado en el mensaje. Abrió la aplicación, pegó el número en el buscador, y creó una conversación nueva.

Escribió: «Hola, soy Keynes, la del anuncio de cosquillas. Vi tu mensaje. Estoy patinando cerca, como a cinco minutos de la dirección que dejaste. ¿Sigues interesado?»

Presionó enviar antes de que pudiera arrepentirse. El mensaje se fue con un sonido suave. Manuela se quedó mirando la pantalla, esperando. Los segundos se hicieron largos. Un minuto. Dos. Ya empezaba a pensar que no iba a responder, que quizá el chico se había arrepentido, que quizá todo esto había sido una pésima idea.

El teléfono vibró.

«Claro que sí», decía el mensaje. «Me llamo Juan. Aquí en la casa estoy solo todo el día. Si quieres, te espero. Te dejo la puerta abierta. Llegas, tocas, y entras.»

Manuela leyó el mensaje varias veces. «Llegas, tocas y entras». Tan simple. Tan confiado. Un chico de veintiún años, solo en su casa, abriéndole la puerta a una desconocida que acababa de publicar un anuncio de cosquillas en un portal de internet. El mundo era un lugar extraño, pensó. O quizá siempre lo había sido, y ella apenas empezaba a verlo.

Escribió de vuelta: «Dame cinco minutos. Voy para allá.»

Guardó el teléfono en el canguro, se ajustó los audífonos, y volvió a ponerse en marcha sobre sus patines. Pero ya no siguió el rumbo que llevaba. No siguió hacia el norte, hacia la calle 100, hacia el parque donde había descansado. Ahora giraba hacia el oriente, hacia el barrio La Soledad, hacia las calles empedradas y las casas antiguas, hacia la dirección que Juan le había enviado.

El sol seguía brillando, tímido pero presente. La música electrónica seguía sonando en sus oídos, pero ella ya no la escuchaba. Su mente estaba en otra parte, calculando distancias, imaginando escenarios, sintiendo el vértigo de lo desconocido. Había publicado un anuncio hacía menos de media hora. Había recibido una respuesta casi inmediata. Había aceptado ir a la casa de un desconocido. Todo estaba pasando demasiado rápido. Pero no podía detenerse. No quería detenerse.

Sus patines rodaban sobre el asfalto cada vez más cerca del barrio La Soledad. Las cuadras pasaban una tras otra, los semáforos, las esquinas, los árboles. Manuela patinaba con una determinación que no sabía que tenía, sintiendo el viento en su cara, el sol en sus gafas oscuras, y una mezcla de miedo y excitación en el pecho que no podía ni quería identificar.

Faltaban tres cuadras. Dos. Una. Ya veía la calle empedrada, las casas de fachadas coloridas, los jardines pequeños. No sabía cuál era la dirección exacta, pero sabía que estaba cerca. Muy cerca. Su primera sesión como modelo de cosquillas estaba a punto de comenzar. O a punto de terminarse antes de empezar. Todo dependía de lo que pasara en los próximos minutos.

Frenó al final de la cuadra, sacó el teléfono para confirmar la dirección, y sus patines se detuvieron frente a una casa de fachada blanca con puerta verde. Era esa. Era ahí. Manuela tragó saliva, sintió el corazón golpeándole las costillas, y se preguntó, por última vez, si realmente estaba haciendo lo correcto.

No encontró respuesta. Pero tampoco se fue.

Se quedó ahí, sobre sus patines, frente a la puerta verde, con el sol en la cara y la adrenalina en las venas, a punto de tocar. El anuncio estaba publicado. El mensaje estaba enviado. El trato, si ella decidía seguir adelante, estaba a punto de cerrarse. Solo faltaba un paso.

Sus dedos se cerraron alrededor del teléfono. Su otra mano se alzó, dudó un momento, y luego tocó la puerta. Dos golpes secos. Nada más.

Adentro, alguien se movía. Manuela esperó, con el corazón en la garganta, patinando en el umbral de lo que sería su primera sesión como modelo de cosquillas, sin saber si estaba cometiendo el error más grande de su vida o dando el primer paso hacia algo que ni siquiera alcanzaba a imaginar.

Manuela empujó la verja de hierro negro. Cedió con un chirrido suave, el mismo chirrido que debía tener desde hacía años, desde que la casa se construyó. Pasó sobre ella con sus patines, sintiendo las ruedas girar sobre las baldosas del caminero que cruzaba el pequeño jardín. Había pasto a los lados, bien cortado, unas matas de rosas junto a la fachada, y un árbol pequeño que no supo identificar. La casa era blanca, de dos pisos, con ventanas de madera pintada del mismo verde que la puerta principal.

Sus patines rodaron sobre las baldosas hasta llegar al escalón de la entrada. Se detuvo. Levantó la mano para tocar la puerta, pero antes de que sus nudillos golpearan la madera, la puerta se abrió.

Detrás de ella estaba Juan. Un chico delgado, de piel morena clara, cabello negro y rizado, ojos cafés que la miraban con una mezcla de curiosidad y timidez. Llevaba puesta una camiseta blanca de manga corta, jeans azules desgastados en las rodillas, y calcetines grises sin zapatos. Su cara era suave, casi infantil, y Manuela calculó que tenía exactamente los 21 años que había puesto en su perfil del portal. No aparentaba más.

«¿Keynes?», preguntó él, con una voz que intentaba sonar segura pero que delataba un leve temblor nervioso.

«La misma», respondió Manuela, esbozando una sonrisa que esperaba fuera tranquilizadora. «¿Tú eres Juan?».

«Sí, sí. Pasa, pasa», dijo él, abriendo la puerta de par en par y hacerse a un lado para que ella entrara.

Manuela patinó sobre el umbral y entró a la sala. Era un espacio amplio, con piso de madera oscura, un sofá grande de tela beige, una mesa de centro de vidrio, y un televisor enorme en la pared del fondo. Las cortinas de las ventanas estaban entreabiertas, dejando pasar la luz del sol que se colaba entre las nubes. Olía a incienso, o a alguna fragancia artificial de esas que se venden en los centros comerciales. Un olor suave, agradable, que no molestaba.

Manuela se sentó en el borde del sofá, con los patines todavía puestos, apoyando las manos sobre sus propias rodillas. Juan se quedó de pie frente a ella, sin saber muy bien dónde ubicarse, moviendo el peso de un pie a otro como si estuviera en una entrevista de trabajo.

«¿Vives solo?», preguntó Manuela, mirando a su alrededor. «¿O hay más personas en la casa?».

Juan negó con la cabeza, metiendo las manos en los bolsillos traseros del jean. «No, vivo solo. Bueno, prácticamente solo. Mis papás viven en otra ciudad, en Bucaramanga. La casa es de ellos, pero yo estudio acá en Bogotá, así que me la dejaron a mí. Casi no vienen. Solo en diciembre y en semana santa, a veces. El resto del año estoy solo». Hizo una pausa, como si recordara algo importante. «Bueno, sola no, solo. Estoy solo. Pero ya sabe, la casa es grande para uno solo, pero me gusta. Tengo mi espacio».

Manuela asintió, procesando la información. Un chico de 21 años, estudiante, viviendo solo en una casa grande en un barrio tranquilo. No parecía un mentiroso. No parecía peligroso. Parecía, simplemente, un chico nervioso que había invitado a una desconocida a su casa después de ver un anuncio de cosquillas en internet. Lo cual, pensó Manuela, era bastante extraño viniendo de cualquiera de los dos.

Se inclinó hacia adelante, se desabrochó las hebillas de los patines, y se los quitó con cuidado. Los dejó a un lado del sofá, junto a la pata de la mesa de centro. Sus pies quedaron cubiertos por las medias blancas deportivas, esas que usaba para patinar, gruesas en la planta pero delgadas en el empeine. Podía sentir la textura de la madera del piso a través de la tela, fría, lisa.

Juan la observó mientras se quitaba los patines. Sus ojos siguieron el movimiento de sus manos, luego bajaron a sus pies envueltos en las medias blancas, y luego subieron de nuevo a su cara. Tragó saliva antes de hablar.

«¿En verdad es tan cosquillosa como dice en el anuncio?», preguntó Juan, con una voz que ahora sonaba más firme, más segura, como si ya hubiera pasado el primer momento de nervios. «Porque en el anuncio usted puso que era muy cosquillosa. Pero a veces la gente exagera, o miente, o pone cosas para llamar la atención y luego no es cierto. Yo he tenido malas experiencias con eso. Gente que dice que es hipercosquillosa y luego ni siquiera se ríe. Entonces quería preguntarle, antes de… bueno, antes de empezar.»

Manuela lo miró a los ojos. Sus ojos verdes, brillantes bajo la luz que entraba por las ventanas, se encontraron con los cafés de él. No había miedo en su mirada. No había arrepentimiento. Había, quizá, una pequeña chispa de diversión, de incredulidad ante su propia situación. Una mujer de 42 años, diseñadora industrial, desempleada, sentada en el sofá de un chico de 21 años, con medias blancas deportivas, a punto de decirle lo mucho que le hacían cosquillas los pies.

«Sí», dijo Manuela, con una voz calmada, segura, real. «Soy muy cosquillosa. En todo el cuerpo. Pero sobre todo en las plantas de los pies. Ahí sí que no aguanto nada. De verdad. No es exageración. No es publicidad. Es la pura verdad.»

Juan asintió, despacio, como si hubiera recibido la confirmación que necesitaba. Sus manos salieron de los bolsillos y quedaron colgando a los costados de su cuerpo. Ya no las escondía. Ya no las movía nerviosamente. Estaban quietas, listas, esperando.

Manuela se quedó sentada en el borde del sofá, con las medias blancas en los pies, sintiendo la madera fría del piso a través de la tela, mientras Juan la miraba desde el centro de la sala, y el sol seguía entrando por las ventanas entreabiertas, y el incienso seguía quemándose en algún lugar de la casa que ella aún no había visto.

Manuela se quedó sentada en el sofá, con las medias blancas deportivas todavía puestas, sintiendo la madera fría del piso bajo sus pies. Juan seguía de pie frente a ella, con las manos ahora quietas a los costados del cuerpo, esperando. El sol seguía entrando por las ventanas entreabiertas, y el incienso seguía quemándose en algún lugar de la casa. Manuela respiró hondo y decidió que era mejor aclarar las cosas antes de seguir adelante.

«Una pregunta», dijo Manuela, mirando a Juan directamente a los ojos. «¿Cómo funciona esto? Digamos, lo del pago. ¿Te pago yo a ti? No, espera, tú me pagas a mí. ¿Es antes o después?»

Juan parpadeó, como si la pregunta lo hubiera tomado por sorpresa. Metió una mano en el bolsillo trasero del jean, la sacó, la volvió a meter. Su expresión era una mezcla de timidez y honestidad.

«La verdad», dijo Juan, bajando un poco la voz, «es que esta es mi primera vez haciendo esto. Nunca había contratado a nadie. Vi su anuncio hoy, me pareció honesto, y le escribí. Pero no sé muy bien cómo se maneja lo del pago. Si es antes o después. Usted es la que sabe, supongo. Usted es la modelo».

Manuela sonrió para sus adentros. La modelo. Qué extraño sonaba eso aplicado a ella. Una mujer de 42 años, diseñadora industrial, desempleada, sentada en el sofá de un chico de 21 años, siendo llamada «la modelo». El mundo era un lugar cada vez más absurdo.

«También es mi primera vez», admitió Manuela, encogiendo los hombros. «Estoy tan nueva como tú en esto. No tengo ni idea de cómo se hace. Pero supongo que lo justo sería que me pagues antes. Por si acabo la sesión y tú no quieres pagar, o yo no quiero cobrar, o no sé. Me da más tranquilidad tener el dinero ya guardado».

Juan asintió, como si la explicación le pareciera perfectamente lógica. Metió la mano en el bolsillo delantero del jean y sacó un fajo de billetes doblados en cuatro. Los desdobló con cuidado, los contó rápidamente con la mirada, y extendió la mano hacia Manuela. Eran billetes de cincuenta mil pesos, tres billetes nuevos, crujientes, que olían a banco.

«150 mil», dijo Juan, dejándolos en la mano de Manuela. «Como acordamos en el anuncio».

Manuela tomó los billetes, los miró un momento, y los guardó en el canguro que llevaba a la cintura, junto con su teléfono y las llaves de su apartamento. Sintió el peso del dinero contra su cadera, un peso pequeño pero significativo. Era la primera vez que ganaba dinero desde que la despidieron. Y lo había ganado sentada en el sofá de un desconocido, con medias blancas deportivas, a punto de recibir cosquillas. La vida daba unas vueltas.

«Bueno», dijo Manuela, después de cerrar el canguro. «¿Y ahora qué sigue?»

Juan se quedó callado un momento, mirando hacia la escalera que llevaba al segundo piso. Luego señaló hacia arriba con un movimiento de cabeza. «Mi habitación está arriba. Es más cómoda. La sala es muy abierta, muy expuesta. Arriba hay más privacidad. Podemos subir, si usted quiere».

Manuela asintió, se puso de pie, y siguió a Juan escaleras arriba. Sus pies con las medias blancas hacían poco ruido sobre la madera de los escalones. Juan caminaba delante de ella, con sus calcetines grises, subiendo de dos en dos, ansioso. La baranda de madera era suave al tacto, barnizada, bien cuidada. La casa olía igual en el segundo piso que en el primero: a incienso, a limpio, a habitación poco ventilada.

Juan abrió la puerta del fondo del pasillo y la sostuvo para que Manuela pasara primero. Ella entró y miró a su alrededor.

La habitación era amplia, más de lo que esperaba. Una cama matrimonial en el centro, con sábanas azul marino y almohadas blancas. Un escritorio junto a la ventana, con un computador portátil encendido. Un armario de madera clara en la pared del fondo. Pero lo que llamó su atención no fue la cama ni el escritorio ni el armario. Fue el hecho de que todas las ventanas estaban cerradas, con las cortinas negras completamente corridas, sin que entrara un solo rayo de luz del exterior. Además, las paredes tenían paneles de espuma acústica, de esos que se usan en estudios de grabación para aislar el sonido. Manuela reconoció el material de inmediato: su cuadrado gris, su textura porosa. La habitación estaba insonorizada.

Manuela examinó cada rincón con la mirada, sin hacer comentarios. Juan la observaba desde la puerta, con las manos en los bolsillos, esperando. No había nada amenazante en la habitación, solo una preparación meticulosa, casi obsesiva. Este chico había planeado esto con anticipación. No era un improvisado.

Sobre la cama, encima de la colcha azul marino, Manuela vio un manojo de cuerdas. No eran cuerdas de algodón como las que había usado Andrés. Eran cuerdas más gruesas, de nylon, de las que se usan para atar cargas pesadas. De color negro. Estaban ordenadas en rollos pequeños, cuatro en total, dos largas y dos cortas. Juan se dio cuenta de que Manuela las había visto y se apresuró a hablar.

«Esas son para… bueno, para asegurarla», dijo Juan, señalando las cuerdas con un movimiento de cabeza. «Si no le parece, no las uso. Podemos hacer las cosquillas sin atarla. Pero es que yo había visto en videos que a veces las atan para que no se muevan mucho y no se lastimen. Pero si usted no quiere, no hay problema».

Manuela recordó las cuerdas de Andrés, el algodón beige, los nudos firmes pero suaves. Recordó la sensación de estar inmovilizada en el tapete gris, sin poder llevarse las manos a los pies. Recordó cómo eso había intensificado las cosquillas, cómo la risa había sido más descontrolada, cómo había perdido el control por completo. Y luego recordó los 150 mil pesos en su canguro, su primera ganancia como modelo.

«No hay problema», dijo Manuela, señalando la cama con un gesto de la mano. «Puedes amarrarme. Para eso estamos aquí».

Juan asintió, aliviado. Se acercó a la cama, tomó las cuerdas negras, y las colocó a un lado del colchón, ordenadas por tamaño. Luego se giró hacia Manuela y le pidió, con una voz que intentaba sonar segura, que se acostara.

«Boca arriba, por favor», dijo Juan, señalando el centro de la cama. «Con los brazos estirados hacia arriba, por encima de la cabeza. Hasta que lleguen a la cabecera. Y los pies estirados hacia abajo, hasta el piecero».

Manuela obedeció sin decir una palabra. Se acostó en la cama, sintiendo la textura suave de la colcha azul marino bajo su espalda. Estiró los brazos por encima de su cabeza hasta que sus muñecas quedaron justo debajo de las barandas de la cabecera, dos barandas de hierro forjado que sobresalían unos centímetros de la madera. Estiró las piernas hacia abajo, apuntando con los dedos de los pies hacia el piecero, que también tenía barandas de hierro. Sus medias blancas roscaron contra la colcha. Desde esa posición, Manuela parecía un rectángulo humano, tenso, estirado, completamente expuesto.

Juan tomó una de las cuerdas largas y se acercó a la cabecera. Con manos firmes pero cuidadosas, enrolló la cuerda alrededor de la muñeca derecha de Manuela, luego alrededor de la baranda de hierro, luego otra vez alrededor de la muñeca, luego otra vez alrededor de la baranda. Apretó lo suficiente para que no se moviera, pero no tanto como para doler. Repitió el proceso con la muñeca izquierda y la baranda del lado opuesto.

Manuela movió los brazos, probando. Las cuerdas cedieron un par de milímetros, pero nada más. Sus manos quedaron fijas por encima de su cabeza, imposibilitadas para bajar, para cubrirse, para hacer cualquier cosa que no fuera estar ahí, estirada, esperando.

Juan pasó al piecero. Tomó las cuerdas más cortas y ató los tobillos de Manuela a las barandas de hierro. Una cuerda para cada tobillo, separando las piernas apenas lo necesario para que los pies quedaran a unos veinte centímetros de distancia, las plantas apuntando hacia el techo. Manuela sintió la presión del nylon contra sus tobillos, a través de las medias blancas. No le dolía. Pero tampoco podía mover los pies. Estaban fijos, firmes, inamovibles.

Juan terminó los nudos, se enderezó, y observó su trabajo. Manuela estaba tendida en la cama, boca arriba, con los brazos estirados por encima de la cabeza, las piernas estiradas hacia abajo, los tobillos y las muñecas atados a las barandas de hierro. No podía levantarse, no podía sentarse, no podía llevarse las manos a los pies, no podía juntar las piernas, no podía hacer absolutamente nada, salvo mover la cabeza de un lado a otro y temblar con los nervios.

El chico se sentó en el borde de la cama, junto a su cadera, y la miró con una expresión que mezclaba nerviosismo y anticipación.

«¿Puede soltarse?», preguntó Juan, con curiosidad genuina. «Intente, por favor. Quiero asegurarme de que las cuerdas están bien puestas pero no la lastiman».

Manuela tensó los músculos. Jaló los brazos hacia abajo. Las barandas de hierro crujieron ligeramente, pero las cuerdas no cedieron. Movió las piernas hacia los costados. Los tobillos se tensaron contra el nylon, pero no lograron liberarse. Intentó levantar la espalda de la cama. Sus abdominales se contrajeron, su torso se arqueó unos centímetros, pero las cuerdas de las muñecas la detuvieron antes de que pudiera incorporarse del todo. Cayó de nuevo sobre la colcha, agotada por el esfuerzo.

«No», dijo Manuela, con la respiración un poco acelerada. «No puedo. Me tienes bien amarrada. No me suelto ni aunque quiera».

Juan asintió, satisfecho. Se puso de pie, caminó alrededor de la cama, observándola desde todos los ángulos. Manuela seguía ahí, inmóvil, atada de pies y manos, con los brazos estirados por encima de la cabeza y los pies separados. Sus medias blancas cubrían sus pies, ocultando sus uñas rojo oscuro, pero no ocultaban la forma de sus pies, los arcos, la delicadeza de los tobillos.

Juan volvió a sentarse en el borde de la cama, esta vez más cerca de su torso. La miró a los ojos. Sus manos descansaban sobre sus propios muslos, quietas, esperando la señal.

«¿Lista?», preguntó Juan, con una voz baja, casi íntima.

Manuela tragó saliva. Sintió los nervios en el estómago, la ansiedad en el pecho, la adrenalina recorriéndole las venas. Estaba atada en la cama de un desconocido, en una habitación insonorizada, con las ventanas cerradas y las cortinas corridas, a punto de que le hicieran cosquillas durante quién sabía cuánto tiempo. Había publicado un anuncio hacía menos de una hora. Había recibido un mensaje. Había patinado hasta esa casa. Había cobrado 150 mil pesos. Y ahora estaba ahí, amarrada, esperando.

«Sí», dijo Manuela. «Estoy lista».

Apenas la palabra salió de sus labios, las manos de Juan se movieron.

No se posaron en sus pies, como ella esperaba. Se posaron en su barriga. Los dedos de Juan, delgados y ágiles, comenzaron a hacer círculos lentos alrededor de su ombligo, sobre la lycra negra que se ceñía a su cuerpo. El contacto fue suave al principio, casi una caricia. Luego la presión aumentó, y los círculos se hicieron más rápidos, y los dedos dejaron de ser dedos para convertirse en un enjambre de cosquillas que se movían sin piedad sobre su piel.

La risa de Manuela explotó como un globo que alguien revienta con un alfiler. No hubo advertencia, no hubo contención, no hubo posibilidad de disimular. Salió de su garganta con una fuerza que la sorprendió a ella misma, una carcajada potente, descontrolada, que llenó la habitación insonorizada y rebotó en los paneles de espuma acústica.

«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!», rió Manuela, moviendo la cabeza de un lado a otro sobre la almohada, mientras su cuerpo se retorcía sobre la cama. Atada de pies y manos, no podía hacer mucho más que arquear la espalda, tensar los músculos de las piernas, y sacudir los brazos atados a la cabecera. Pero no podía alejarse. No podía cubrirse. No podía hacer nada más que reír.

Juan no se detuvo. Sus manos subieron de la barriga a la cintura, y ahí las cosquillas se hicieron más intensas. La cintura de Manuela era un campo minado, y los dedos de Juan lo sabían. Presionaban, rascaban suavemente, se movían de un lado a otro, explorando cada centímetro de piel cubierto por la lycra negra.

«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!», seguía riendo Manuela, con los ojos cerrados, las lágrimas asomando, los brazos tirando de las cuerdas sin conseguir nada. Su torso se retorcía como una serpiente sobre el colchón, arqueándose hacia arriba para escapar de las manos de Juan, cayendo de nuevo hacia abajo cuando el agotamiento la vencía.

Juan pasó a las costillas. Ahí fue peor. Sus dedos encontraron cada costilla una por una, presionando en los espacios intercostales, moviéndose hacia arriba y hacia abajo como si estuviera tocando un instrumento hecho de hueso y risas. Manuela perdió cualquier resto de compostura. Su boca se abría y se cerraba, pero de ella solo salían carcajadas, carcajadas tras carcajadas tras carcajadas, sin una sola palabra intercalada. No podía hablar. No podía pedir piedad. No podía hacer nada que no fuera reír.

De las costillas, Juan subió a las axilas. Metió los dedos por debajo de las mangas de la lycra negra, encontrando la piel desnuda, y comenzó a hacer cosquillas en esa zona blandísima que Manuela había identificado como uno de sus puntos más débiles.

Su risa se hizo más aguda, más desesperada. Su cabeza se sacudía de un lado a otro, su cabello recogido en la cola de caballo se enredaba contra la almohada, sus pies con las medias blancas se estiraban y se encogían sin control. Pero no decía nada. Solo reía. Solo JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA salía de su boca, una y otra vez, sin descanso, sin pausa, sin posibilidad de articular una sola palabra.

Juan la miraba mientras sus manos seguían moviéndose, fascinado por la reacción que no había esperado tan intensa, tan genuina, tan real. Manuela no estaba actuando. Manuela no estaba exagerando. Manuela estaba, simplemente, riéndose como loca atada a su cama, porque las cosquillas la estaban volviendo loca.

El sol seguía intentando colarse por las cortinas cerradas, pero no lograba pasar. La habitación seguía insonorizada, atrapando dentro la risa de Manuela, esa risa que no paraba, que no iba a parar, que seguiría brotando mientras Juan decidiera seguir moviendo los dedos sobre su barriga, su cintura, sus costillas, sus axilas, en un ataque sin piedad que apenas comenzaba.

Manuela solo reía. No podía hacer otra cosa. No quería hacer otra cosa. Porque en medio de la locura de esa risa descontrolada, en medio de esa pérdida total de control, había algo que no sabía nombrar, pero que la hacía sentir, por primera vez en semanas, completamente viva.

Juan se divertía. No había otra palabra para describir lo que sentía mientras sus dedos recorrían el torso de Manuela sin descanso. Era una diversión pura, casi infantil, la misma que había sentido cuando era niño y descubría que podía hacer reír a sus primas con solo tocarles la cintura. Pero ahora era diferente. Ahora era adulto, estaba en su propia casa, en su habitación insonorizada, y la mujer que se retorcía bajo sus manos había llegado por voluntad propia, había cobrado por adelantado, y había dicho «sí, estoy lista». No había culpa en su diversión. No había duda. Solo el placer de ver cómo un cuerpo respondía a sus estímulos, cómo la risa brotaba sin control, cómo la mujer que minutos antes hablaba con voz calmada ahora era solo un manojo de carcajadas y movimientos descoordinados.

Sus manos subieron desde las costillas hasta el cuello de Manuela. Ahí, la piel era más delicada, más fina. Juan usó solo las yemas de los dedos, rozando suavemente los costados del cuello, justo donde la lycra negra terminaba y empezaba la piel desnuda. Las cosquillas en el cuello eran diferentes: más agudas, más nerviosas. Manuela movió la cabeza de un lado a otro con mayor violencia, como si intentara ahuyedar moscas invisibles, pero las manos de Juan la seguían a donde fuera.

«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!», reía Manuela, sin poder articular una sola palabra. Su cabeza se sacudía sobre la almohada, su cabello recogido en la cola de caballo se desordenaba, algunos mechones se soltaban y le caían sobre la cara. No podía apartarlos porque sus manos seguían atadas a la cabecera. Solo podía agitarlos con los movimientos de su cabeza.

Juan disfrutaba cada segundo de esa reacción. No era solo el hecho de hacer cosquillas, era descubrir los matices de la risa de Manuela. Cuando atacaba sus costillas, la risa era aguda, casi un chillido entrecortado. Cuando atacaba su cintura, la risa se volvía más grave, más gutural. Cuando atacaba su cuello, la risa era rapidísima, como una ráfaga de disparos cortos. Cada zona, un sonido distinto. Cada sonido, un nuevo motivo de fascinación para Juan.

Bajó las manos de vuelta a la barriga de Manuela. Y ahí notó algo que no había notado antes: la risa de ella se incrementaba cuando él se concentraba en esa zona. No era solo una reacción más intensa, era un cambio cualitativo. Los dedos de ella, atados a la cabecera, se abrían y cerraban con más fuerza. Sus piernas, atadas al piecero, se estiraban y se encogían con más desesperación. Y la risa… la risa era más fuerte, más descontrolada, más cerca de ese punto donde la gente deja de respirar y solo se escuchan las carcajadas.

Juan presionó un poco más con sus dedos sobre la barriga de Manuela. No más fuerte, no más rápido. Solo más profundo. Sus dedos se hundieron ligeramente en la piel cubierta por la lycra negra, y la risa de Manuela se disparó como un cohete.

«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»

Manuela arqueó la espalda con tanta fuerza que sus caderas se levantaron varios centímetros del colchón. Su cabeza se presionó contra la almohada, con el mentón apuntando al techo. Las cuerdas de sus muñecas crujieron contra las barandas de hierro, tensas pero firmes. Los músculos de sus piernas se contrajeron, haciendo que sus pies con las medias blancas se estiraran hacia adelante.

Juan no solo escuchaba la risa. La sentía. Sentía cómo el cuerpo de Manuela vibraba bajo sus dedos, cómo los músculos de su abdomen se tensaban y se relajaban al ritmo de las carcajadas, cómo su respiración se volvía errática, entrecortada, apenas suficiente para llenar sus pulmones antes de que la siguiente oleada de cosquillas la obligara a exhalar en una nueva carcajada. Era una sinfonía de sensaciones, y Juan era el director de orquesta.

Sus manos volvieron a subir, esta vez a los muslos de Manuela. La lycra negra de los leggings se estiraba sobre sus piernas, marcando la forma de sus músculos, la curva de sus caderas. Juan pasó las yemas de los dedos por la parte interna de los muslos, donde la piel es más suave y la sensibilidad es mayor. Manuela intentó juntar las piernas instintivamente, pero las cuerdas que ataban sus tobillos al piecero se lo impidieron. Sus piernas quedaron separadas, expuestas, vulnerables.

Las carcajadas de Manuela se hicieron más agudas otra vez, mezclándose con algo que sonaba como un quejido ahogado. Movía la cabeza de un lado a otro sobre la almohada, cerrando los ojos con fuerza, abriéndolos, cerrándolos otra vez. Los mechones de cabello que se habían soltado de la cola de caballo le pegaban a la cara, a los labios, a los párpados. No podía apartarlos. No podía hacer nada.

Juan bajó a las rodillas. Las rodillas de Manuela, otro de los puntos débiles que ella misma había mencionado en el anuncio. La parte posterior de las rodillas, específicamente, donde la piel es fina y los nervios están cerca de la superficie. Juan usó la yema de sus dedos índices para presionar suavemente en esa zona, haciendo círculos lentos, y la reacción de Manuela fue inmediata y devastadora.

«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»

Sus piernas se sacudieron violentamente, tensando las cuerdas de los tobillos, haciendo crujir las barandas del piecero. Sus pies se estiraban y se encogían dentro de las medias blancas, los dedos apuntando hacia arriba y luego hacia abajo en un movimiento incontrolable. Todo su cuerpo era un temblor, una convulsión continua de risa y movimiento.

Juan volvió a la barriga, luego a la cintura, luego a las costillas, luego al cuello. Recorría el cuerpo de Manuela como un explorador que no quiere perderse ningún rincón, ninguna zona, ningún punto débil. Cada vez que sus dedos encontraban un lugar especialmente sensible, se detenía ahí un momento más, presionaba un poco más, observaba cómo la risa de Manuela se intensificaba, cómo su cuerpo se retorcía con más fuerza, cómo los brazos atados a la cabecera tiraban de las cuerdas como si quisieran arrancarlas de cuajo.

El sol seguía intentando colarse por las cortinas cerradas, pero no lograba pasar. La habitación seguía insonorizada, atrapando dentro la risa de Manuela, esa risa que no paraba, que no iba a parar, que seguía brotando sin control mientras Juan movía sus dedos sobre su torso, su cuello, sus muslos, sus rodillas, su barriga, una y otra vez, en un ciclo que parecía no tener fin.

Manuela había dejado de intentar controlar su risa. Había dejado de intentar controlar cualquier cosa, en realidad. Su cuerpo se movía solo, respondiendo a los estímulos que Juan le proporcionaba, sin intervención de su voluntad. Ella era solo un espectadora dentro de sí misma, observando cómo sus brazos tiraban de las cuerdas, cómo sus piernas se sacudían, cómo su cabeza se movía de un lado a otro, cómo de su boca solo salían carcajadas, carcajadas, carcajadas.

«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»

No podía decir «para». No podía decir «por favor». No podía decir el nombre de Juan, ni el suyo propio, ni ninguna palabra que no fuera parte de esa risa incontrolable que la había atrapado por completo y no mostraba señales de soltarla.

Juan sonrió, satisfecho, mientras sus dedos seguían moviéndose sobre la barriga cosquilluda de Manuela, apretando un poco más cada vez que la risa de ella amenazaba con disminuir, presionando justo donde sabía que el efecto sería mayor. Había encontrado el ritmo. Había encontrado los puntos débiles. Había encontrado la manera de mantener a Manuela en ese estado de carcajada perpetua, sin darle tregua, sin darle respiro, sin permitirle salir de ese océano de cosquillas en el que se había sumergido desde el primer segundo.

La habitación insonorizada seguía llena de risas, y seguiría siéndolo hasta que Juan decidiera parar.

Juan había recorrido el cuerpo de Manuela de arriba abajo durante varios minutos, quizá más de media hora. Había explorado su cuello, sus axilas, sus costillas, su cintura, su barriga, sus muslos, sus rodillas. Cada zona le había regalado una risa diferente, un retorcerse distinto, una forma particular de ver cómo el cuerpo de Manuela respondía a sus dedos. Pero había una zona que había dejado para el final adrede. La zona que más le interesaba desde que leyó el anuncio de Keynes. La zona que decía «plantas de los pies. Extremadamente sensibles».

Sus manos se detuvieron. Manuela sintió el cese de las cosquillas y aprovechó para respirar, para recuperar algo de aire, para humedecerse los labios secos de tanto reír. Sus brazos seguían atados a la cabecera, sus tobillos al piecero. No podía moverse. No podía ver lo que Juan estaba haciendo, porque él estaba fuera de su campo visual, al costado de la cama. Solo podía esperar.

Juan se levantó del borde de la cama donde había estado sentado durante todo ese tiempo. Caminó hacia el piecero, hacia los pies de Manuela. Ella sintió sus pasos en el piso de madera, sintió cómo el colchón se hundía ligeramente cuando él se arrodilló al final de la cama. Sus pies, dentro de las medias blancas deportivas, quedaron justo frente a él.

«¿Qué vas a hacer?», preguntó Manuela, con una voz ronca, cascada, que apenas parecía la suya. Pero no hubo respuesta. Solo el sonido de las manos de Juan moviéndose.

Él tomó el pie derecho de Manuela con una mano, sosteniéndolo por el tobillo, justo por encima de donde la cuerda negra lo ataba a la baranda de hierro. Con la otra mano, comenzó a deslizar la media blanca hacia abajo, despacio, tirando del borde elástico. La tela cedió, se arrugó, y poco a poco fue dejando al descubierto el pie de Manuela. Primero los dedos, con sus uñas pintadas de rojo oscuro. Luego el empeine, blanco, suave. Luego los arcos. Luego el talón. Hasta que la media cayó por completo, liberando el pie desnudo.

Juan dejó la media a un lado, sobre la colcha azul marino. Repitió el proceso con el pie izquierdo. La misma lentitud, la misma deliberación. Deslizó la media blanca hacia abajo, tirando del borde, exponiendo cada centímetro de piel hasta que el pie quedó completamente desnudo. Ahora los dos pies de Manuela estaban ahí, frente a él, sin ninguna protección. Los dedos con las uñas rojo oscuro, las plantas blancas, los arcos marcados, los talones suaves. Pies de mujer de cuarenta y dos años, cuidados, limpios, de talla cuarenta.

Manuela sintió el aire frío de la habitación en la piel desnuda de sus pies. Sus dedos se movieron instintivamente, separándose y juntándose, como si quisieran esconderse. Pero no había dónde esconderse. Estaban atados, expuestos, vulnerables.

Juan no dijo nada. No preguntó si estaba lista. No hizo ninguna advertencia. Simplemente bajó su rostro hacia los pies de Manuela, y comenzó a hacer cosquillas.

No fue un ataque metódico, como había sido con el torso, explorando cada zona con calma. Fue un asalto. Un asalto sin piedad a cada rincón de esos pies. Juan usaba las uñas de todos los dedos, rascando las plantas de manera frenética, sin un patrón fijo, sin un orden aparente. Subía y bajaba, izquierda y derecha, círculos en los talones, líneas rectas en los arcos, pellizcos suaves entre los dedos. Era una tormenta de cosquillas, un caos de caricias rasposas que caían sobre la piel de Manuela sin darle tiempo a adaptarse, a acostumbrarse, a encontrar un respiro.

El efecto fue instantáneo y demoledor. La risa de Manuela, que había empezado a calmarse durante el breve descanso, volvió a explotar con una violencia que la sorprendió a ella misma. Pero esta risa era diferente. No era la risa de las costillas o de la barriga, que tenía matices, tonos, variaciones. Esta era una risa primal, desesperada, que salía de lo más profundo de su ser sin ningún tipo de filtro.

«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»

Manuela tiró de las cuerdas de sus muñecas con todas sus fuerzas, arqueó la espalda hasta que sus caderas se levantaron del colchón, movió la cabeza de un lado a otro como si estuviera poseída. Sus pies, atados al piecero, se agitaban frenéticamente, pero no podían soltarse. Las uñas de Juan seguían ahí, rascando, rascando, rascando.

Juan no exploraba. No se tomaba el tiempo de estudiar cada zona del pie, de probar qué parte era más sensible, de experimentar con diferentes técnicas. No, él iba directo al grano. Quería hacer cosquillas. Muchas cosquillas. La mayor cantidad de cosquillas posible en el menor tiempo posible. Sus manos se movían con una rapidez que parecía imposible, pasando de un pie al otro, rascando las plantas, presionando los arcos, frotando las bases de los dedos, todo al mismo tiempo, todo sin pausa.

Las plantas de Manuela se arrugaban y estiraban sin control, intentando escapar de las uñas de Juan, pero era inútil. Cada arruga era un nuevo pliegue donde los dedos de él se metían. Cada estiramiento era una nueva superficie lisa donde las uñas se deslizaban con más facilidad. No había defensa posible. Solo la rendición.

«¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO! ¡ES DEMASIADO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!»

Esta vez, a diferencia de lo que había ocurrido con el torso, las palabras lograron salir de su boca. Pero no eran frases completas, no eran súplicas coherentes. Eran fragmentos, gritos, exhalaciones de aire que se transformaban en sonidos apenas humanos. Juan las escuchó, sonrió, y siguió cosquilleando. Si acaso, sus manos se movieron más rápido.

Las lágrimas corrían por las mejillas de Manuela, no de tristeza, no de dolor, sino de esa sobrecarga de cosquillas que el cuerpo no sabe procesar de otra manera. Tenía los brazos tensos, los puños cerrados, las uñas rojo oscuro clavándose en sus propias palmas. Los músculos de sus piernas se contraían y relajaban en espasmos incontrolables, haciendo que sus pies saltaran dentro de las manos de Juan.

Pero él no soltaba. Él seguía. Cada rincón de los pies de Manuela estaba siendo atacado una y otra vez: los talones, los arcos, los empeines, la base de los dedos, los espacios entre los dedos. Nada quedaba fuera de su alcance. Nada quedaba sin cosquillas.

Juan se daba cuenta de que a Manuela le temblaba todo el cuerpo, que su respiración era un jadeo constante entre carcajada y carcajada, que sus brazos ya no tiraban de las cuerdas con la misma fuerza de antes, vencidos por el agotamiento. Pero aún así, seguía. Porque lo que más le gustaba no era explorar los pies de Manuela, sino ver cómo ella reaccionaba cuando él los atacaba sin piedad. La forma en que se retorcía, la forma en que reía, la forma en que lloraba de la risa, la forma en que parecía a punto de romperse en mil pedazos pero nunca lo hacía.

La habitación insonorizada seguía llena de carcajadas. El sol seguía sin poder colarse por las cortinas cerradas. Las cuerdas negras seguían firmes, atando a Manuela a la cabecera y al piecero. Y Juan seguía cosquilleando los pies desnudos de Manuela, sin piedad, sin tregua, sin pensar en otra cosa que no fuera hacerla reír un poco más, un poco más fuerte, un poco más desesperada.

Manuela, por su parte, había perdido la noción del tiempo. No sabía cuánto llevaban. Solo sabía que sus pies eran fuego, que sus pulmones ardían, que su garganta estaba en carne viva, y que no podía hacer nada más que reír. Reír y retorcerse y reír otra vez, mientras las manos de Juan seguían moviéndose sobre sus plantas hipercosquilludas como si no hubiera un mañana.

Pasó casi una hora. Manuela no llevaba un reloj en la muñeca porque las cuerdas se lo impedían, y su teléfono seguía guardado en el canguro que estaba en el primer piso, junto a sus patines. Pero sentía que había sido una hora. Sus músculos le dolían de tanto retorcerse, su garganta le ardía de tanto reír, sus ojos estaban enrojecidos y húmedos por las lágrimas. Los pies, sus pobres pies de talla cuarenta, seguían expuestos, con las plantas rosadas por el ataque constante de las uñas de Juan.

Y entonces, de repente, las manos de Juan se detuvieron.

El silencio fue tan abrupto como el inicio de la sesión. Un segundo antes, la habitación estaba llena de carcajadas, de los crujidos de las cuerdas, de los movimientos frenéticos de Manuela sobre la cama. Al segundo siguiente, solo quedaba su respiración agitada, los jadeos de quien ha estado riendo sin parar durante decenas de minutos y necesita recuperar el oxígeno perdido.

Juan se quedó arrodillado al pie de la cama, mirando los pies de Manuela, las plantas enrojecidas, los dedos que todavía se movían en espasmos residuales. Estaba satisfecho. No solo satisfecho: estaba contento. Había sido exactamente lo que esperaba, quizá más. La mujer del anuncio no había exagerado. Era terriblemente cosquillosa. Sobre todo en los pies. Y él había tenido la oportunidad de comprobarlo durante casi una hora entera.

Se puso de pie, caminó alrededor de la cama, y comenzó a desatar los nudos. Primero los tobillos, luego las muñecas. Las cuerdas negras cayeron una a una sobre la colcha azul marino, liberando a Manuela de su inmovilidad. Ella no se movió de inmediato. Sus brazos quedaron extendidos por encima de su cabeza, sus piernas estiradas hacia abajo, igual que cuando estaba atada. Le tomó unos segundos tomar conciencia de que ya no había cuerdas, de que podía mover las extremidades, de que la sesión había terminado.

Lentamente, bajó los brazos. Los músculos le dolían por haber estado tanto tiempo en la misma posición. Los llevó hacia su pecho, los cruzó sobre su barriga, y se quedó mirando el techo mientras su respiración se iba calmando poco a poco. Juan se sentó en el borde de la cama, a su lado, sin tocarla. Solo esperó.

«¿Estás bien?», preguntó Juan, con una voz que sonaba más tranquila que al principio de la sesión. Toda la timidez y los nervios habían desaparecido. Ahora hablaba con la confianza de quien sabe que ha cumplido bien su parte.

Manuela asintió, sin dejar de mirar el techo. «Sí», dijo, con una voz ronca, cascada, que apenas parecía la suya. «Solo… solo necesito un momento».

Pasó otro minuto. Manuela se incorporó con esfuerzo, apoyando las manos en el colchón, sintiendo cómo sus músculos reclamaban por el abuso al que los había sometido. Se sentó en la cama, con las piernas colgando hacia el suelo, los pies desnudos rozando la madera fría. Sus medias blancas estaban en algún lugar de la cama, junto a las cuerdas y la almohada desacomodada. Las recogió, se las puso con movimientos lentos, casi automáticos. La tela suave contra sus plantas aún sensibles le produjo un pequeño escalofrío.

Juan la observaba en silencio, con una sonrisa que no ocultaba. Cuando Manuela terminó de ponerse las medias, él habló.

«Eres tan cosquilluda como decía tu anuncio», dijo Juan. «De verdad. No exageraste nada. Al contrario, creo que te quedaste corta. Sobre todo con los pies. Nunca había visto unos pies tan cosquilludos».

Manuela esbozó una sonrisa cansada. «Te lo dije».

Juan asintió, metió la mano en el bolsillo del jean y sacó su teléfono. Desbloqueó la pantalla, abrió el portal de clasificados, y navegó hasta el anuncio de Keynes. Sus dedos se movieron con rapidez, buscando la opción de calificación. Encontró las estrellas, cinco de ellas, y las pulsó una por una. Las cinco se iluminaron en amarillo. Luego escribió una recomendación en el campo de texto. Manuela no pudo leer lo que puso, pero imaginó que sería algo positivo.

«Listo», dijo Juan, guardando el teléfono. «Cinco estrellas y una recomendación. Te va a subir en el ranking. Con eso te van a llegar más mensajes, más clientes. La gente confía en las modelos que tienen buenas calificaciones».

Manuela sabía lo que significaban las cinco estrellas y la recomendación. Lo había leído la noche anterior, cuando exploraba el portal, cuando todavía era solo una espectadora, cuando no imaginaba que al día siguiente estaría recibiendo su primera calificación. Las estrellas eran la moneda de ese mundo oculto. Más estrellas significaban más visibilidad, más confianza, más clientes. Y los clientes significaban más dinero. 150 mil pesos por hora, multiplicado por cuántas sesiones pudiera conseguir. La mente de economista ya estaba haciendo los cálculos.

Se puso de pie. Sus piernas temblaron ligeramente, pero logró mantenerse firme. Juan también se levantó, y juntos salieron de la habitación. Bajaron las escaleras en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos. En el primer piso, la sala seguía igual que cuando Manuela llegó: el sofá beige, la mesa de centro de vidrio, el televisor enorme en la pared, las cortinas entreabiertas dejando pasar la luz del sol. El incienso ya se había apagado, pero el olor seguía en el aire.

Manuela se sentó en el borde del sofá para ponerse los patines. Se ajustó las hebillas con cuidado, comprobó que estuvieran firmes, y luego se puso de pie. El canguro seguía en su cintura, con los 150 mil pesos adentro, junto con su teléfono y las llaves de su apartamento. Pesaban más de lo que pesaban cuando llegó, aunque físicamente era el mismo peso.

«Gracias», dijo Manuela, mirando a Juan. «Fue… interesante».

«Gracias a ti», respondió él, con una sonrisa. «Cuando quieras repetir, ya sabes dónde encontrarme».

Manuela asintió, caminó hacia la puerta con sus patines, la abrió, y salió al jardín. El sol de la tarde la recibió con una luz más cálida que cuando había llegado. Las nubes se habían dispersado un poco, dejando ver parches de cielo azul. Cruzó el caminero de baldosas, empujó la verja de hierro negro, y salió a la calle.

Patino. No había música en sus oídos, porque los audífonos seguían guardados en el canguro junto con el dinero, pero no los necesitaba. Necesitaba sentir el viento en su cara, el movimiento de sus piernas, el rodar de las ruedas sobre el asfalto. Necesitaba procesar lo que acababa de hacer. Una hora de cosquillas a cambio de 150 mil pesos. Una hora de risas, súplicas, retorcimientos, pérdida total de control. Y ahora, 150 mil pesos en el bolsillo. Era la primera vez que ganaba dinero desde que la despidieron. Y lo había ganado patinando hasta la casa de un desconocido y dejándose hacer cosquillas en los pies.

Las calles de Bogotá pasaban a su lado. Las casas, los árboles, los semáforos, las personas caminando por las aceras. Nadie sabía lo que acababa de ocurrir. Nadie podía ver los 150 mil pesos en su canguro. Nadie podía ver las plantas de sus pies aún sensibles dentro de las medias blancas. Para todos, ella era solo una mujer patinando en domingo, haciendo ejercicio, disfrutando del sol. La discreción era parte del negocio, lo había aprendido en el portal. Las modelos de cosquillas no llevan un letrero en la frente. Son personas normales, con vidas normales, que en sus ratos libres hacen cosas que la mayoría de la gente no entendería.

Llegó a su edificio después de unos veinte minutos de patinaje. Las piernas le dolían, no solo por el ejercicio sino por la posición forzada en la cama de Juan, pero se sentía bien. Cansada, pero bien. Se detuvo frente a la puerta del edificio, se agachó, y se quitó los patines. Quedó en medias blancas, los pies apoyados directamente en el cemento de la entrada.

Agarro los patines con una mano, abrió la puerta del edificio con la otra, y entró al lobby. El piso era de mármol blanco y negro, frío bajo sus pies cubiertos solo por la tela de las medias. Caminó descalza en medias hacia el ascensor, sintiendo cada junta entre las baldosas, cada pequeña imperfección del suelo. El guarda de la recepción, un señor de unos sesenta años que la conocía desde que se mudó al edificio, la saludó con un movimiento de cabeza.

«Buenas tardes, doña Manuela», dijo el guarda. «¿Buena patinada?»

«Buena», respondió ella, pulsando el botón del ascensor. «Muy buena».

Las puertas del ascensor se abrieron. Manuela entró, pulsó el botón del piso 27, y se quedó mirando su reflejo en las puertas metálicas. Tenía el cabello hecho un desastre, la cola de caballo completamente desarmada, mechones sueltos cayéndole sobre la cara. Los leggings negros estaban ligeramente arrugados, la lycra del torso también. Sus mejillas estaban sonrosadas, no solo por el ejercicio sino por la risa. Pero en sus ojos verdes había algo diferente. No era cansancio. No era vergüenza. Era algo que no sabía nombrar, pero que la hacía sonreír mientras el ascensor subía.

Las puertas se abrieron en el piso 27. Manuela salió, caminó por el pasillo hasta la puerta de su apartamento, sacó las llaves del canguro, abrió, y entró. El apartamento olía a ella, a su casa, a lo familiar. Keynes, el gato gris, estaba dormido en el sofá, exactamente en el mismo lugar donde lo había dejado horas antes. Abrió los ojos cuando ella entró, la miró con su expresión habitual de desprecio felino, y volvió a cerrarlos.

«Hola, Keynes», dijo Manuela, con una voz todavía ronca. «Tu mamá ya tiene su primer cliente. Y 150 mil pesos en el bolsillo».

El gato no respondió. Manuela dejó los patines junto a la puerta, se quitó el canguro de la cintura y lo dejó en la mesa de centro. Abrió la nevera, sacó una botella de agua con electrolitos, de esas que compraba después de hacer ejercicio intenso, y bebió la mitad de un solo trago. El agua fría le bajó por la garganta, aliviando la irritación, refrescando su cuerpo todavía caliente por el esfuerzo.

Se sentó en el sofá, junto a Keynes, y se quedó mirando el techo. El mismo techo que había mirado tantas veces durante las semanas de desempleo, cuando no sabía qué iba a hacer con su vida. Pero ahora algo había cambiado. No era solo el dinero. Era la certeza de que había hecho algo que nunca imaginó que haría, y que no se había arrepentido. Había publicado un anuncio, había patinado hasta la casa de un desconocido, se había dejado atar a una cama, y había recibido cosquillas durante casi una hora a cambio de 150 mil pesos. Y ahora tenía cinco estrellas y una recomendación en un portal de cosquillas, y el teléfono en el canguro podría sonar en cualquier momento con nuevos mensajes de nuevos clientes interesados en contratar a Keynes, la modelo de 42 años, pies talla 40, extremadamente cosquillosa.

Realismo mágico, pensó Manuela mientras acariciaba a Keynes. Eso era lo que estaba viviendo. Una mezcla de realidad cruda y magia absurda. Porque era real: el despido, la indemnización, las semanas de desempleo, la necesidad de dinero. Pero también era mágico: la forma en que un anuncio publicado en un portal desconocido la había llevado a la cama de un chico de 21 años que le había hecho cosquillas en los pies durante una hora y luego le había dado cinco estrellas. Como si la vida fuera un cuento de García Márquez, pero con patines y medias blancas y pies atados a barandas de hierro.

Manuela cerró los ojos. El sofá estaba cómodo. Keynes ronroneaba a su lado. La botella de agua con electrolitos estaba medio llena en la mesa de centro. El sol de la tarde entraba por la ventana del estudio, iluminando el iMac restaurado que Andrés había dejado como nuevo. Todo estaba en su lugar. Todo estaba bien. O al menos, todo estaba lo suficientemente bien como para que ella pudiera cerrar los ojos y descansar, sin pensar en nada más, por un momento.

El teléfono, dentro del canguro, estaba en silencio. Pero no iba a estarlo por mucho tiempo. Las cinco estrellas y la recomendación de Juan ya estaban publicadas. En algún lugar de Bogotá, alguien estaba leyendo el anuncio de Keynes, viendo su foto en el pasto con las gafas oscuras, leyendo que era muy cosquillosa, que sus pies eran talla 40, que su punto más débil eran las plantas. Y quizá, en ese mismo momento, estaba escribiendo un mensaje. Un mensaje que llegaría al teléfono de Manuela. Y ella tendría que decidir si responder o no.

Pero eso sería después. Ahora, solo había silencio, un gato ronroneando, y una mujer de 42 años, diseñadora industrial, desempleada, modelo de cosquillas, descansando en su sofá después de su primera sesión, con 150 mil pesos en el canguro y una sonrisa cansada en los labios.

Continuará… 

Original de Tickling Stories

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