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Entrada del Diario: 8 de abril de 2024
La noche estaba marcada por una intensa lluvia cuando me encontré esperando en un paradero de bus. El ambiente estaba desierto y el sonido de la lluvia golpeando el pavimento era hipnotizante. Poco después, llegó una patrullera de la policía, aproximadamente de unos 29 años, de piel blanca, bien maquillada, con su cabello recogido y vistiendo el nuevo uniforme de la policía. Su placa en el lado izquierdo del uniforme la identificaba como la patrullera Bermúdez.
Aprovechando la soledad y la lluvia, comencé una conversación casual con ella. Mientras hablábamos, toqué el tema de las cosquillas, algo que captó su atención. La lluvia no parecía detenerse pronto, así que decidí actuar. Le dije a la patrullera Bermúdez que quería hacerle cosquillas, y sin más preámbulos, comencé a hacerle cosquillas en la cintura, costillas y axilas.
Sorprendentemente, Bermúdez no opuso resistencia. Se reía y se movía dentro del paradero, evitando la fuerte lluvia. Sus reacciones eran intensas y genuinas, pero no intentaba detenerme. La sesión de cosquillas continuó por un rato, con ella riendo y moviéndose de un lado a otro.
Después de un tiempo, me detuve y le pregunté si tenía cosquillas en los pies. Admitió que era hipercosquillosa en esa parte de su cuerpo, pero mencionó que sería difícil quitarse las botas y medias en medio del frío. La convencí, y finalmente, se sentó en el paradero. Con cierto esfuerzo, se quitó las botas y enrolló las medias dentro de cada una.
Me senté frente a ella, tomé sus pies y comencé a hacerle cosquillas fuertes y sin piedad en las plantas de los pies. La patrullera Bermúdez reía a carcajadas, sin retirar sus pies, aunque los movía frenéticamente, arrugando y estirando las plantas. Entre risas, mencionaba lo loco que era todo esto, pero no hizo ningún intento por detenerme.
Luego, le pregunté si podía besar, lamer y chupar sus pies. A regañadientes, aceptó. Así, en medio de la lluvia nocturna, sus pies fueron sometidos a una mezcla de tortura y placer: cosquillas, lamidas, chupadas, besos y mordidas sin piedad en sus dedos y plantas. Bermúdez seguía riendo a carcajadas, y parecía disfrutar, al menos en parte, de la experiencia.
Finalmente, me detuve, ayudé a la patrullera a ponerse las medias y las botas nuevamente. La lluvia continuaba, pero disminuía. Intercambiamos números y me dirigí a mi apartamento para documentar la experiencia. La patrullera Bermúdez, por su parte, caminó un par de calles hasta su vehículo, seguramente reflexionando sobre lo ocurrido.
Esta noche ha sido una adición interesante a mi diario. La patrullera mostró una vulnerabilidad inesperada y una resistencia sorprendente. Continuaré observando y perfeccionando mis técnicas para futuras sesiones.
Entrada del Diario: 10 de abril de 2024
Me centré en la zona de Chapinero Central, buscando una oportunidad para mi próxima sesión. Encontré un bar que estaba desocupado, solo había una pareja y la administradora, una mujer de piel clara, cabello negro y ojos color miel, llamada Bety. Vestía jeans, una camiseta blanca, y estaba completamente maquillada, con labios rojos, sombras en sus ojos, y pestañina en sus pestañas. Me senté en la barra, tomando una cerveza y conversando con ella. Observé su manicure negro, imaginando que su pedicure probablemente era del mismo color.
Finalmente, la pareja pagó lo consumido y se retiró, dejando solo a Bety y a mí en el bar. Ella me comentó que debía cerrar, ya que vivía arriba del bar. Aproveché la oportunidad para preguntarle si tenía cosquillas. Sorprendida, Bety me preguntó por qué quería saber eso. Le respondí que simplemente era una pregunta normal. Ella confesó que era muy cosquillosa en todo su cuerpo, especialmente en las plantas de los pies, y que los pedicures eran una tortura para ella por lo cosquillosa que era.
Le dije que si realmente era tan cosquillosa en los pies, debía dejarme comprobarlo. Bety dudó al principio, pero la convencí ofreciéndole un extra a cambio de dejarse hacer cosquillas. Finalmente, cerró el bar y nos dirigimos a uno de los sofás al fondo del local.
Sin mediar palabra, comencé a hacerle cosquillas en la cintura, costillas, cadera, muslos, axilas y cuello. Bety se revolcaba como loca en el sofá, riendo a carcajadas, suplicando y moviéndose de un lado a otro. Las cosquillas eran constantes y la hacían reír sin parar. Después de casi 40 minutos de cosquillas en la parte superior de su cuerpo, decidí pasar a su punto más débil.
Con cuidado, comencé a quitarle las botas y las medias mientras Bety estaba en un trance de risa. Sujeté sus pies con una llave y empecé a hacerle cosquillas en las plantas sin piedad alguna. Bety estalló en carcajadas, súplicas y gritos. Sus pies se movían frenéticamente, arrugando y estirando las plantas para intentar disminuir el intenso cosquilleo. Las cosquillas eran especialmente efectivas, ya que sus pies estaban hipersensibles después de estar todo el día con botas y medias, más de 12 horas con ese calzado.
Las cosquillas en las plantas de los pies de Bety continuaron durante cerca de una hora adicional. Ella seguía riendo, suplicando y gritando, mientras sus pies se movían como locos. Finalmente, me detuve y le di una propina por la cerveza y por dejarse hacer cosquillas. Me despedí de Bety, prometiendo que volvería pronto para hacerle más cosquillas. Ella, aún riendo, se despidió y cerró el bar definitivamente esa noche para irse a descansar.
Me dirigí a mi apartamento, satisfecho con la experiencia y listo para documentarla en mi diario.
Continuará…
Original de Tickling Stories…
