Diario de un adicto a las cosquillas – Parte 1

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Un hombre en la ciudad de Bogotá, Colombia, es adicto a hacerle cosquillas a mujeres en sus cuerpos, centrándose sobre todo en los puntos más cosquillosos de estas. El tipo escribe un diario de todas las experiencias de hacerles cosquillas a diferentes mujeres en la ciudad: universitarias, profesoras de universidades, profesoras de colegios, enfermeras, médicas, odontólogas, amas de casa, monjas, ejecutivas, políticas, policías, militares, banqueras, etc. El tipo es conocido en el mundo del tickling como «El señor T». Tiene fetiche por las cosquillas y particularmente por los pies de las mujeres.

Entrada del Diario: 15 de marzo de 2024

Hoy ha sido una noche memorable. Tras observar a varias mujeres durante días, decidí centrarme en Isabel, una abogada de 42 años, dueña de su propia firma. Isabel es una mujer de estatura promedio, con piel clara, cabello castaño claro y una elegancia innata que enmascara su debilidad: unas plantas de pies extremadamente sensibles.

A eso de las 9:30 p.m., la vi salir de su oficina. Con el tráfico y el ajetreo en el estacionamiento, me aseguré de seguirla discretamente. Cuando se dirigió hacia su vehículo, no me dio tiempo para más: la abordé rápidamente, la metí a la fuerza en el coche y la inmovilicé antes de que pudiera reaccionar o gritar.

Una vez dentro del vehículo, comencé a hacerle cosquillas en todo su cuerpo. Isabel se mostró completamente sorprendida. Su primera reacción fue una risa incontrolable que pronto se transformó en carcajadas descontroladas. Intentaba moverse, pero la falta de espacio en el asiento y mi persistencia hicieron que sus movimientos fueran ineficaces.

Le quité los zapatos con rapidez y comencé a rascarle las plantas de los pies. Sus pies estaban protegidos por medias veladas, que pronto rompí para exponer su piel desnuda. Al contactar con sus pies descalzos, la intensidad de su reacción fue inmediata y extrema. Isabel movía sus pies frenéticamente, tratando de escapar de la tortura, pero el cosquilleo solo aumentaba su desesperación.

Las carcajadas se volvieron más fuertes y su resistencia se tornó frenética, mientras intentaba desesperadamente alejar sus pies de mi alcance. Su risa y sus intentos por protegerse eran casi tan intensos como la sensibilidad de sus pies. El contraste entre su elegante apariencia y su reacción vulnerable era fascinante.

Después de aproximadamente una hora, decidí detener el ataque. Isabel estaba exhausta, su cuerpo tembloroso y sus risas se habían desvanecido en jadeos. La dejé en el vehículo, aturdida y sin fuerzas, mientras me dirigía a mi apartamento para documentar la experiencia.

Esta sesión con Isabel ha sido particularmente reveladora. Su sensibilidad en las plantas de los pies es extrema, y la forma en que respondió al cosquilleo muestra la vulnerabilidad absoluta de este punto débil. Su reacción fue intensa y desgarradora, una experiencia que documentaré con precisión para futuras referencias.

Entrada del Diario: 22 de marzo de 2024

Hoy he llevado a cabo una sesión particularmente intensa con Manuela, una gerente de 41 años en una empresa de diseño, ubicada en el norte de la ciudad. Manuela es alta, elegante, y a menudo viste de manera ejecutiva, con zapatos tenis sin medias para mayor comodidad en su trabajo. Su punto más débil, sin embargo, son sus plantas de los pies, una vulnerabilidad que he estado observando con interés durante varios días.

La oportunidad se presentó esta noche. Manuela sale de su oficina a las 10 p.m. y camina unas diez calles hasta su apartamento. A lo largo de ese trayecto, hay zonas oscuras y desoladas que he aprovechado para llevar a cabo el ataque. La oscuridad ofrecía la cobertura perfecta para abordar a Manuela sin ser visto.

La acción comenzó con rapidez. Al llegar a una de las áreas oscuras, la sorprendí de inmediato. La tiré al suelo con la suficiente fuerza para inmovilizarla y empecé a hacerle cosquillas por todo su cuerpo. Manuela estaba confundida al principio, pero pronto comenzó a reír a carcajadas, suplicando piedad mientras se movía frenéticamente en el suelo, intentando escapar del ataque.

En medio de su desesperación, levanté rápidamente sus pies del suelo. Le quité los tenis con la misma rapidez con la que inicié el ataque. Sus pies descalzos fueron expuestos a mi tortura, y empecé a hacerle cosquillas intensamente en las plantas. La reacción de Manuela fue inmediata: su risa se incrementó en intensidad, sus movimientos se volvieron aún más frenéticos y sus carcajadas se escuchaban claramente en la noche. Se revolcaba de un lado a otro, moviendo sus pies como si tratara de liberarse de la tortura.

Manuela intentó cubrirse, pero sus esfuerzos fueron en vano. La sensibilidad de sus pies la hizo sucumbir a un estado de desesperación y risa incontrolable. Cada vez que intentaba parar, el cosquilleo continuaba, aumentando su sufrimiento y su risa descontrolada.

Después de casi una hora de cosquillas implacables, decidí poner fin a la sesión. Manuela quedó tendida en el suelo, aturdida y con su cuerpo tembloroso. Aproveché el momento para escapar y regresar a mi apartamento, donde documentaré cada detalle de esta experiencia.

El ataque a Manuela ha sido particularmente exitoso. La forma en que sus pies reaccionaron al cosquilleo muestra lo vulnerable que es en ese punto específico. La intensidad de su respuesta y la desesperación reflejan la eficacia de mi método. Continuaré observando y documentando para perfeccionar mis técnicas en futuras sesiones.

Entrada del Diario: 5 de abril de 2024

Hoy he llevado a cabo una sesión en un lugar inesperado, en el salón de belleza de Cristina, una estilista de 38 años con su propio negocio en la zona de Chapinero Central. Cristina tiene un salón bien equipado para atender a sus clientes, que incluye servicios de maquillaje, manicure, pedicure y peinados. El salón es conocido por su ambiente elegante y profesional, pero hoy, el ambiente se tornó en algo completamente diferente.

A las 6 p.m., Cristina cerró el salón, como de costumbre, y se retiró a la bodega del local. Debido a las obras de construcción del metro en la zona, muchos negocios cierran temprano por motivos de seguridad, y Cristina suele estar sola a esa hora. Esta vez, olvidó cerrar la puerta principal adecuadamente. Aprovechando esa oportunidad, me adentré en el salón a las 6:30 p.m., cerré la puerta con seguro para evitar que pudiera escapar y me dirigí a la bodega.

Al salir, Cristina me vio y, al darse cuenta de que estaba allí, intentó pedir ayuda, pero le advertí que sería peor si corría. Sin darle más tiempo para reaccionar, comencé mi ataque. Me acerqué a ella y empecé a hacerle cosquillas en la cintura. Cristina, confundida y en shock, intentó resistir, pero pronto cayó al suelo, riendo a carcajadas, suplicando y revolcándose en un estado de desesperación.

Para asegurarme de explorar su punto más vulnerable, la giré cuidadosamente sobre su eje y la coloqué boca abajo en el suelo. Sus pies estaban ahora al alcance. Le quité rápidamente los tenis y las medias, exponiendo sus pies perfectamente cuidados. Sus pies eran un espectáculo de sensibilidad: piel blanca, con un pedicure impecable, los talones y la base de los dedos presentaban un ligero enrojecimiento que indicaba su sensibilidad. Las plantas eran de un rosado suave con tonos rojos en las yemas de los dedos y la base del arco. Su apariencia era pulcra y sus pies eran sumamente hipercosquillosos.

Comencé a hacerle cosquillas sin piedad en sus plantas expuestas. La reacción de Cristina fue inmediata: su risa se volvió incontrolable y sus movimientos se intensificaron. Se revolcaba desesperadamente en el suelo, moviendo sus pies como si tratara de escapar de la tortura. El sonido de sus carcajadas llenó el salón mientras trataba de protegerse de las cosquillas que la estaban volviendo loca.

Para intensificar la tortura, utilicé los cepillos de peinar del salón. Pasé los cepillos por sus plantas, haciéndola reír aún más fuerte. Las cosquillas en sus pies eran tan intensas que apenas podía soportar el estímulo. Alterné las cosquillas entre sus pies y otras zonas sensibles, como las costillas, cintura y axilas. Cada toque en sus costillas y axilas provocaba una risa estrepitosa que se mezclaba con sus súplicas desesperadas.

La sesión continuó por lo que pareció una eternidad, con Cristina sumida en el caos de la risa y la desesperación. Finalmente, decidí detenerme. Me levanté y le dije que volvería próximamente. Le advertí que no debía contarle a nadie sobre el incidente, pues sería mucho peor para ella si lo hacía.

Salí del salón y me dirigí a mi apartamento, donde documentaré con detalle todo lo ocurrido. Mientras tanto, Cristina quedó en el suelo de su salón, confundida, llorando y temblando por el ataque sufrido en su propio negocio. La experiencia ha sido intensa y revela claramente la vulnerabilidad de sus pies.

Continuaré observando y documentando para mejorar mis técnicas y preparar futuras sesiones.

Continuará…

Original de Tickling Stories

 

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