Diario de un adicto a las cosquillas – Parte 3

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Entrada del Diario: 15 de abril de 2024

Erika, una instructora de yoga y meditación de 52 años, delgada, con cabello rubio y ojos azules, tenía un cuerpo delgado y pies de aproximadamente talla 38. Encontré su anuncio en internet para sesiones personalizadas en su estudio cerca de la Avenida Circunvalar. Decidí agendar una cita para una sesión de yoga y meditación.

Llegué a su estudio, me quité los zapatos y las medias, quedando descalzo igual que ella. Estábamos en ropa cómoda: sudadera, camiseta deportiva y descalzos. La sesión de yoga transcurría con normalidad, y después de aproximadamente una hora, hicimos una pausa para iniciar la meditación. Durante la sesión de yoga, no pude evitar mirar los pies de Erika, que se veían perfectos y seguramente hipersensibles, pero tenía que comprobarlo.

Iniciamos la sesión de meditación y, al cabo de unos 5 o 10 minutos, abrí los ojos y me levanté con mucho cuidado de no hacer ruido. Me ubiqué detrás de Erika y realicé un ataque sorpresa a sus costillas. Al sentir las cosquillas, Erika perdió la concentración y cayó al suelo, revolcándose de la risa y suplicando que me detuviera. Sin embargo, no me detuve; incrementé mi ataque de cosquillas en su cintura, costillas y axilas. Erika se revolcaba de la risa y seguía suplicando piedad.

Aprovechando su vulnerabilidad, logré llegar a sus pies y comencé a cosquillearlos sin piedad alguna. Fue un caos para ella, ya que comenzó a suplicar piedad en medio de las carcajadas. La intensidad de las cosquillas en sus hipersensibles plantas de los pies la hizo reír y gritar aún más. Erika se movía frenéticamente, intentando escapar de las cosquillas, pero no podía dejar de reír. La mezcla de risas, suplicas y movimientos desesperados hacía evidente lo extremadamente cosquillosa que era.

Después de un rato, finalmente me detuve, permitiendo que Erika recuperara el aliento. Aun riendo y con lágrimas en los ojos, me miró, y ambos intercambiamos una sonrisa cómplice. Le agradecí la sesión y, mientras me iba, ella se quedó en su estudio, todavía recuperándose del inesperado ataque de cosquillas.

Entrada del Diario: 30 de abril de 2024

Patricia, mi vecina de 32 años, es invidente. Muy bonita, con cabello negro, ojos negros y piel blanca, es curiosamente extremadamente cosquillosa. La desventaja para ella es que no podía ver mis ataques de cosquillas. Fui a su apartamento a ayudarle, esta experiencia sucede unos 15 o 20 días después de la instructora de yoga.

Patricia me invitó a su apartamento a que le ayudara con la organización y postura de varias cosas. Fui y noté que estaba en chanclas, sin medias, así que pude ver que tenía un pedicure con las uñas pintadas con esmalte color violeta, al igual que las uñas de sus manos. Patricia había perdido su vista en una enfermedad cuando apenas tenía pocos meses de nacida. Sin embargo, aunque la vista era un «problema» para ella, había desarrollado hipersensibilidad en otros sentidos, entre esos el tacto. Su piel era extremadamente sensible y esta hipersensibilidad se veía reflejada en las cosquillas.

Conversando con ella, le pregunté si tenía cosquillas y me dijo que el no tener desarrollado el sentido de la vista hacía que tuviera demasiada sensibilidad en muchas partes del cuerpo, sobre todo en puntos considerados cosquillosos: axilas, cuello, cintura, costillas, cadera, piernas, rodillas, muslos, pantorrillas, ombligo y pies. Mejor dicho, en casi todo el cuerpo. El peor punto para ella eran las plantas de los pies. Me había contado que nunca había tenido una experiencia de cosquillas y no sabía qué era ser sometida a un ataque de esos, así que le gustaría experimentarlo. Sin embargo, yo estaba planeando efectuar un ataque sorpresa para ver qué tan cosquillosa era realmente.

Ese día, después de ayudarle a colocar unas cosas y a organizarle todo, fui a la cocina a buscar agua. Cuando volví, ella revisaba su tablet con un sistema para invidentes que le daba noticias y correos. Aprovechando su descuido, fui por detrás y comencé un ataque sorpresa haciéndole cosquillas en la cintura, costillas y axilas, haciendo que soltara carcajadas y suplicara que me detuviera porque tenía muchas cosquillas. Yo, con fuerza, la reduje hasta el suelo, mientras continuaba torturándola con cosquillas sin piedad alguna.

Aprovechando que no me podía ver, le quité las chanclas y comencé a rascarle las plantas de los pies. La risa de Patricia se incrementó en carcajadas, desesperos y súplicas mientras sus pies se movían como locos. Le hice cosquillas sin piedad alguna en todo su cuerpo y, en especial, en las plantas de sus pies por cerca de unos 45 minutos aproximadamente, hasta que me comenzó a decir que se iba a orinar de tantas cosquillas y que ya no aguantaba más.

Finalmente, me detuve y la acompañé al baño (esperándola afuera). Cuando salió, me despedí mientras ella me decía que estuvo divertido porque nunca había sido sometida a un ataque así. Le dije que cuando quisiera más cosquillas, que me avisara. Luego, me fui a mi apartamento a documentar la experiencia.

La hipersensibilidad de Patricia debido a su falta de visión la hace una de las personas más cosquillosas que he conocido. Fue una experiencia interesante y divertida tanto para ella como para mí.

Entrada del Diario: 2 de mayo de 2024

Hoy tuve una experiencia increíble como masajista profesional. Siempre me he especializado en hacer masajes a mujeres y tengo muy buenas clientas. Recibí una llamada de una nueva clienta que estaba en Bogotá por trabajo. La llamaré Jessica, y resultó ser una mujer famosa de la farándula colombiana. Jessica tiene 46 años, es madre de dos hijos y está casada. Me contactó porque alguien le dio mi número y le dijo que yo soy muy bueno en mi trabajo.

Debo confesar que siempre había querido someter con cosquillas a Jessica, siempre que la veía por televisión fantaseaba con hacer eso. Al ver que era ella quien me llamaba, no pude contener mi emoción. Cuando llegó a mi estudio, le dije que debía colocarse la ropa desechable para el masaje, panty y brasier, y le pedí que se acostara boca abajo en la camilla.

Mientras le echaba aceite en los brazos y le daba el masaje, conversábamos de todo: la vida, la familia, el trabajo, entre otros temas. Le di el masaje normal en la espalda sin problema, pero cuando le apreté la cintura y costillas, soltó una carcajada. Le pregunté qué sucedía y me dijo que tenía muchas cosquillas en esa parte del cuerpo. Le pedí disculpas y ella me dijo que no había problema, así que seguí haciéndole el masaje.

Después, bajé a las piernas sin ningún inconveniente. El problema surgió cuando llegué a sus pies. Las plantas eran muy blancas y los talones, yemas de los dedos y base de los dedos estaban colorados. Le dije que tenía los pies algo rojos y me explicó que le dolían mucho de tanto estar de pie. Le comenté que le haría un masaje fuerte para ayudarla y ella aceptó. Le puse aceites y comencé a masajearla fuerte sin hacerle cosquillas, pero cuando usé mi herramienta con bolitas de madera pequeñas (un cepillo de madera con cerdas rígidas separadas en madera de puntas redondas) y lo pasé por las plantas de sus pies, Jessica dio un salto y soltó un grito acompañado de una carcajada.

Le pregunté si le había dolido y, en medio de la risa, me dijo que era muy cosquillosa en las plantas de los pies. Aprovechando que sus pies estaban aceitados, decidí añadir algo de diversión a la sesión. Me tiré sobre sus piernas y comencé a hacerle cosquillas con mis dedos en las plantas de los pies. Jessica solo reía a carcajadas sin pedir piedad por al menos unos diez minutos. Finalmente, dejé de hacerle cosquillas y continué el masaje en sus pies, alternando con cosquillas, lo que provocaba que soltara carcajadas en medio del masaje.

Jessica nunca opuso resistencia a las cosquillas que le hice en sus pies ni me pidió piedad. Cuando terminé el masaje y se sentó, tenía lágrimas en los ojos. Le pregunté si le había dolido y me dijo que no, que las lágrimas eran de tanto reírse por las cosquillas que le había hecho en los pies. Le pregunté por qué no me había pedido que parara y me dijo que ya se había acostumbrado a las cosquillas con el pedicure y sabía que el masaje en los pies le iba a dar muchas cosquillas. A pesar de todo, quedó muy satisfecha con la sesión y me dijo que cuando volviera a Bogotá, me buscaría nuevamente para que sea su masajista de confianza.

Jessica se vistió y se retiró. Después de que se fue de mi estudio, decidí documentar esta experiencia en mi diario.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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