Diario de un adicto a las cosquillas – Parte 8

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Entrada del diario: domingo 15 de septiembre de 2024

Era un día perfecto para salir al parque. El sol brillaba en lo alto, y el aire fresco me invitaba a dar un paseo en bicicleta. Como siempre, llevaba mi morral con mis herramientas, por si acaso, pero también porque me gusta estar preparado para cualquier cosa. Ese día, mientras recorría los senderos del parque gigante de la ciudad, decidí aventurarme por zonas que nunca había explorado antes. Fue entonces cuando la vi.

A lo lejos, una chica llamó mi atención de inmediato. Era rubia, de ojos verdes intensos y piel blanca, con un cuerpo atlético que denotaba que se cuidaba mucho. Medía alrededor de 1.72 metros y llevaba un licra deportivo enterizo que resaltaba su figura, medias tobilleras, tenis para correr, gafas oscuras deportivas, una pulsera deportiva y audífonos. Parecía estar en su mundo, disfrutando de su rutina de ejercicio. No pude evitar pensar que era mi oportunidad de intentar hacerle cosquillas, algo que siempre me ha parecido divertido.

Me acerqué a ella con mi bicicleta, pasando cerca, lo que la asustó y la hizo caer al suelo. Frené en seco y me acerqué rápidamente, disculpándome.

—¡Lo siento mucho! ¿Estás bien? —le pregunté, preocupado.

Ella se levantó un poco, apoyándose en sus manos, y me miró con una expresión de sorpresa.

—Sí, sí, estoy bien —dijo, sonriendo un poco—. Solo me asusté, no te preocupes.

Intentó levantarse, pero en ese momento noté que se agarraba el tobillo izquierdo con una mueca de dolor.

—Creo que me doblé el tobillo —dijo, con un tono de frustración.

—Déjame ayudarte —le dije, acercándome más—. Soy bueno con estas cosas.

Ella asintió, y con cuidado, tomé su pie izquierdo, aún con el tenis puesto. Lo moví suavemente en diferentes direcciones para ver cómo estaba.

—¿Duele? —pregunté.

—Un poco, pero no es grave —respondió, mirándome con curiosidad.

—Creo que debería quitarte el tenis para revisar mejor —dije, y ella asintió.

Con cuidado, le quité el tenis, y luego la media. Al hacerlo, no pude evitar notar lo bonito que era su pie. Tenía una forma delicada, con uñas pintadas de un rojo intenso que contrastaba con su piel blanca. La planta de su pie era suave, con una textura que parecía perfecta para las cosquillas. No pude evitar decírselo.

—Tienes unos pies muy bonitos —dije, sonriendo.

Ella se sonrojó un poco y se rio suavemente.

—Gracias —dijo, bajando la mirada—. No suelo recibir muchos cumplidos sobre mis pies.

—Bueno, deberías —respondí, mientras sacaba el gel de mi morral—. Voy a aplicarte esto en el tobillo. Te ayudará con la inflamación.

Ella asintió, y con cuidado, le unté el gel en el tobillo y parte del pie, masajeándolo suavemente. En un momento, sin querer, rozé la planta de su pie con mi dedo índice, y ella soltó un pequeño gemido.

—¿Te dolió? —pregunté, preocupado.

—No, no —dijo, riéndose un poco—. Fueron cosquillas. Soy muy cosquilluda en los pies, sobre todo en las plantas.

No pude resistirme. Con una sonrisa, le tomé el pie con cuidado y comencé a mover mis dedos suavemente sobre la planta. Ella soltó una carcajada inmediata, retorciéndose un poco.

—¡Ah! ¡Para! —dijo, entre risas, pero sin intentar quitarme el pie.

—¿Segura? —pregunté, deteniéndome por un momento.

—No, no, está bien —dijo, todavía riéndose—. Es que no puedo evitarlo. Soy demasiado cosquilluda.

—Entonces, ¿qué tal si probamos con el otro pie? —dije, con una sonrisa traviesa.

Ella asintió, todavía riéndose, y le quité rápidamente el tenis y la media del pie derecho. Sus pies eran igual de bonitos, con uñas rojas y plantas suaves. Comencé a hacerle cosquillas en ambos pies al mismo tiempo, usando mis dedos para moverme rápidamente por las plantas. Natalia estalló en carcajadas, moviendo los pies en todas direcciones, pero sin intentar quitármelos.

—¡Ah! ¡Es demasiado! —gritó, entre risas—. ¡No puedo parar de reír!

—¿Quieres que pare? —pregunté, deteniéndome por un momento.

—No, no —dijo, jadeando un poco—. Es divertido. Mi novio siempre me hace cosquillas en los pies, y aunque al principio no me gustaba, ahora le he tomado el gusto.

—Entonces, ¿te gustaría que lo repitiéramos en el futuro? —pregunté, sonriendo.

—Sí, claro —dijo, todavía sonriendo—. Fue divertido.

Intercambiamos números de teléfono, y así supe que se llamaba Natalia, tenía 25 años y era profesional en finanzas y relaciones internacionales. La ayudé a ponerse las medias y los tenis, y luego la acompañé a levantarse.

—Gracias por todo —dijo, sonriendo—. Fue un encuentro inesperado, pero divertido.

—El placer fue mío —respondí, sonriendo también—. Espero que podamos repetirlo pronto.

Fue un día que no olvidaré fácilmente. Natalia no solo era hermosa, sino que también tenía una risa contagiosa y una personalidad encantadora. Y sus pies, con esas plantas tan suaves y cosquilludas, eran simplemente irresistibles.

Entrada de diario: martes 17 de septiembre de 2024

Estaba en casa, relajándome después de un día largo, cuando mi teléfono vibró. Al mirar la pantalla, vi que era un mensaje de WhatsApp. Era Natalia. Me sorprendió ver su nombre, pero al mismo tiempo me alegró. Abrí el chat rápidamente.

Natalia: Hola.

Sonreí al leer su mensaje. Era corto, pero suficiente para saber que quería seguir en contacto. Respondí de inmediato.

Yo: ¡Hola, Natalia! ¿Cómo estás? ¿Cómo sigue ese tobillo?

Natalia: Hola, estoy bien, gracias por preguntar. El tobillo ya está mucho mejor, casi no me duele. Pero… tengo que confesarte algo.

Su mensaje me hizo arquear una ceja. ¿Qué podría ser? Respondí con curiosidad.

Yo: ¿Oh? ¿Qué pasó?

Natalia: Bueno… el domingo, después de lo del parque, tuve una pelea con mi novio. Y… no hemos hablado desde entonces.

Me quedé un poco sorprendido. No esperaba que mi encuentro con Natalia hubiera tenido consecuencias en su relación. Le pregunté con cuidado.

Yo: ¿En serio? ¿Qué pasó? ¿Fue por lo del tobillo?

Natalia: No, no fue por el tobillo. Fue por… las cosquillas.

Yo: ¿Las cosquillas? ¿Cómo supo de eso?

Natalia: Bueno… al parecer, cuando me hiciste cosquillas, dejaste unas marcas en las plantas de mis pies. Mi novio las vio y me preguntó qué había pasado. No supe cómo explicárselo.

Me sentí un poco culpable al leer eso. No había querido causarle problemas a Natalia, mucho menos con su novio. Le respondí rápidamente.

Yo: Natalia, lo siento mucho. No fue mi intención causarte problemas. ¿Qué pasó después?

Natalia: Bueno, él se enojó mucho. Dijo que no le parecía bien que alguien más me hiciera cosquillas en los pies, especialmente porque es algo que a él le gusta hacer. Y… pues no hemos hablado desde entonces.

Yo: Entiendo. De verdad, lo siento mucho. No quise meterme en tu relación ni causarte problemas. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?

Natalia: No, no te preocupes. No fue tu culpa. Yo también disfruté ese momento, aunque no debería haberlo hecho. Pero bueno, ya pasó.

Yo: Aún así, me siento mal por lo que pasó. Si necesitas hablar o desahogarte, aquí estoy.

Natalia: Gracias. Eres muy amable. La verdad es que no sé qué hacer con mi novio. Llevamos tres días sin hablar, y no sé si debería intentar arreglar las cosas o simplemente dejarlo así.

Yo: Eso depende de ti, Natalia. Si crees que vale la pena luchar por la relación, podrías intentar hablar con él y explicarle lo que pasó. Pero si sientes que no te está tratando como mereces, tal vez sea momento de reconsiderar las cosas.

Natalia: Tienes razón. Necesito pensarlo bien. Gracias por escucharme.

Yo: Claro, Natalia. Siempre estoy aquí si necesitas algo. Y de nuevo, lo siento mucho por lo de las cosquillas y las marcas. No fue mi intención causarte problemas.

Natalia: No te preocupes, de verdad. Fue un momento divertido, aunque tal vez no debería haber pasado. Pero bueno, ya veré cómo arreglo las cosas con mi novio.

Yo: Entiendo. Bueno, si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme. Cuídate mucho, Natalia.

Natalia: Gracias. Igualmente. ¡Hasta luego!

Después de esa conversación, me quedé reflexionando. No había querido causarle problemas a Natalia, pero al mismo tiempo, no podía negar que ese momento en el parque había sido especial. Esperaba que ella pudiera resolver las cosas con su novio, pero también sabía que, si las cosas no funcionaban, tal vez habría una oportunidad para nosotros en el futuro.

Mi teléfono vibró en la mesa. Al mirar la pantalla, vi que era un mensaje de WhatsApp. Era Natalia. Me sorprendió ver su nombre tan temprano, pero al mismo tiempo me alegró. Abrí el chat rápidamente.

Natalia: Hola.

Sonreí al leer su mensaje. Era corto, pero suficiente para saber que quería seguir en contacto. Sin embargo, decidí tomarme un tiempo para analizar su mensaje antes de responder. ¿Por qué me habría escrito tan temprano? ¿Estaría pensando en lo que pasó en el parque? Después de una hora, finalmente le respondí.

Yo: ¡Hola, Natalia! ¿Cómo estás? ¿Dónde estás?

Natalia: Hola, estoy en mi oficina. ¿Por qué lo preguntas?

Yo: Solo quería saber. Me escribiste temprano, y me preguntaba si era porque estabas pensando en algo en particular. ¿Quizás en que te hiciera cosquillas de nuevo?

Hubo una pausa antes de que respondiera. Parecía que estaba pensando en cómo contestar.

Natalia: Bueno… la verdad es que sí. Siento un poco de pena admitirlo, pero no he podido dejar de pensar en tu propuesta de repetir las cosquillas.

No pude evitar sonreír al leer eso. Era exactamente lo que esperaba escuchar.

Yo: No tienes que sentir pena, Natalia. Fue un momento divertido para ambos. ¿Y qué estás haciendo ahora mismo?

Natalia: Estoy trabajando en mi oficina. ¿Por qué?

Yo: Porque estoy pensando que podrías venir a mi estudio. Sería el lugar perfecto para repetir esas cosquillas que tanto te gustan.

Natalia: Jajaja, estoy trabajando. No puedo simplemente salir así como así.

Yo: Claro que puedes. Solo inventa una excusa. Di que tienes una reunión urgente o que necesitas salir por algo importante.

Hubo otra pausa antes de que respondiera. Parecía estar considerando la idea.

Natalia: Mmm… no sé. Es un poco arriesgado.

Yo: Vamos, Natalia. Solo será un rato. Además, ¿no te gustaría volver a sentir esas cosquillas en tus pies?

Natalia: Jajaja, eres terrible. Bueno, déjame pensar. Te aviso en un rato.

Yo: Perfecto. Estaré esperando.

Después de esa conversación, me quedé esperando su respuesta con una mezcla de emoción y curiosidad. No sabía si Natalia realmente se animaría a salir de su oficina para venir a mi estudio, pero la posibilidad era emocionante. Mientras tanto, me preparé por si acaso, asegurándome de que todo estuviera listo para recibirla.

Media hora después de nuestra última conversación, mi teléfono vibró de nuevo. Era Natalia. Abrí el chat rápidamente, ansioso por saber qué había decidido.

Natalia: Hola. Ya organicé todo en la oficina. Le dije a mi jefe que tenía una diligencia urgente. ¿Me pasas la dirección de tu apartamento?

No pude evitar sonreír al leer eso. Natalia realmente había decidido venir. Le respondí de inmediato.

Yo: ¡Claro! Mi dirección es Calle 123, Apartamento 456, en el edificio Azul. ¿Cuánto crees que tardarás?

Natalia: Con el tráfico, probablemente unos 30 minutos. ¿Estarás listo para recibirme?

Yo: Por supuesto. Estaré esperándote con todo listo. ¿Necesitas que te dé alguna indicación adicional para llegar?

Natalia: No, creo que con la dirección está bien. Ya veré cómo llego. Nos vemos en un rato.

Yo: Perfecto. Nos vemos pronto, Natalia.

Después de enviar la dirección, me puse en acción. Quería que todo estuviera perfecto para cuando Natalia llegara. Limpié un poco el apartamento, asegurándome de que estuviera presentable, y preparé un espacio cómodo en el sofá, donde podríamos sentarnos y, por supuesto, donde yo podría hacerle cosquillas sin problemas.

Mientras esperaba, no podía evitar sentir una mezcla de emoción y nerviosismo. Natalia era una chica increíble, y el hecho de que hubiera decidido venir a mi apartamento después de lo que había pasado en el parque era una señal clara de que confiaba en mí. O al menos, de que estaba dispuesta a repetir esa experiencia.

30 minutos después…

El timbre de mi apartamento sonó, y mi corazón dio un salto. Era ella. Abrí la puerta y allí estaba Natalia, impresionante como siempre. Llevaba un traje de ejecutiva impecable: una chaqueta negra ajustada, una falda a la altura de las rodillas y una blusa blanca debajo. Sus piernas estaban cubiertas por unas medias veladas que resaltaban su figura, y sus pies calzaban unos tacones negros de punta fina que le daban un aire de elegancia y sofisticación. Su pelo rubio estaba recogido en un moño profesional, pero unos cuantos mechones sueltos le daban un toque más relajado. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de timidez y complicidad.

—Hola —dijo, sonriendo un poco nerviosa.

—Hola, Natalia. Pasa, por favor —respondí, haciendo un gesto para que entrara.

Ella entró y miró alrededor, observando el lugar.

—Tu apartamento es muy acogedor —dijo, sonriendo.

—Gracias. Me alegra que te guste —respondí, cerrando la puerta detrás de ella—. ¿Quieres algo de beber? Agua, café, tal vez algo más fuerte.

—No, estoy bien, gracias —dijo, sentándose en el sofá con elegancia—. La verdad es que todavía no puedo creer que esté aquí.

—Yo tampoco —dije, sentándome a su lado—. Pero me alegra que hayas venido. ¿Cómo te sientes?

—Un poco nerviosa, la verdad —confesó, mirándome—. Pero también emocionada. No he podido dejar de pensar en lo que pasó en el parque.

—Yo tampoco —dije, sonriendo—. Fue un momento muy especial.

Ella asintió, bajando la mirada por un momento antes de volver a mirarme.

—Entonces… ¿qué hacemos ahora? —preguntó, con un tono de voz que denotaba complicidad.

—Bueno —dije, acercándome un poco más—, podríamos empezar por donde lo dejamos la última vez. ¿Te parece?

Ella sonrió, asintiendo lentamente.

—Sí, me parece bien.

Después de que Natalia entrara a mi apartamento, le ofrecí un lugar en el sofá, pero pronto decidí que sería mejor que estuviéramos más cómodos. La miré con una sonrisa y le dije:

—¿Por qué no te pones cómoda? Puedes quitarte la chaqueta si quieres.

Ella asintió y, con elegancia, se quitó la chaqueta negra, dejando al descubierto su blusa blanca impecablemente planchada. Su falda negra y sus medias veladas seguían en su lugar, junto con sus tacones. Me miró con curiosidad, como si estuviera esperando a ver qué haría yo.

—¿Y los tacones? —pregunté, señalándolos—. Puedes quitártelos si quieres estar más cómoda.

Ella sonrió y, sin decir nada, se inclinó para desabrocharse los tacones. Los dejó a un lado, y sus pies, cubiertos por las medias veladas, quedaron al descubierto. No pude evitar notar lo delicados que se veían, incluso con las medias puestas.

—¿Y ahora qué sigue? —preguntó, mirándome con una mezcla de curiosidad y complicidad.

—Bueno —dije, sonriendo—, podríamos ir a la habitación. No te preocupes, es solo para que estemos más cómodos.

Ella asintió y se levantó del sofá, siguiéndome hacia la habitación. Una vez allí, le indiqué que se acostara en la cama. Ella lo hizo sin dudar, recostándose sobre las sábanas con una expresión que denotaba tanto nerviosismo como expectación.

—¿Lista? —pregunté, acercándome a ella con una sonrisa traviesa.

—Lista —respondió, sonriendo también.

Sin más preámbulos, comencé a hacerle cosquillas en la cintura. La reacción de Natalia fue inmediata. Estalló en carcajadas, retorciéndose en la cama mientras intentaba, sin éxito, escapar de mis dedos. Su risa era contagiosa, y no pude evitar reírme también al ver cómo se revolcaba de un lado a otro.

—¡Ah! ¡Es demasiado! —gritó, entre risas—. ¡No puedo parar de reír!

—¿Quieres que pare? —pregunté, deteniéndome por un momento.

—No, no —dijo, jadeando un poco—. Es divertido. Sigue, por favor.

Así que continué, moviendo mis dedos hacia sus costillas. Natalia se retorcía aún más, riendo a carcajadas mientras intentaba protegerse con los brazos. Pero no pedía que me detuviera; al contrario, parecía estar disfrutando cada segundo.

—¡Ah! ¡Las costillas son peores! —gritó, entre risas—. ¡Es demasiado!

—¿Peores? —pregunté, sonriendo—. Entonces, ¿qué tal esto?

Sin darle tiempo a reaccionar, moví mis dedos hacia sus axilas. Natalia estalló en una nueva ola de risas, retorciéndose tanto que casi se cayó de la cama. Sus carcajadas llenaban la habitación, y no pude evitar sentirme satisfecho al ver lo mucho que estaba disfrutando.

—¡Ah! ¡No puedo más! —gritó, entre risas—. ¡Es demasiado intenso!

—¿Segura? —pregunté, deteniéndome de nuevo.

—Sí, sí —dijo, jadeando y sonriendo—. Pero fue increíble. No sabía que podía reír tanto.

—Bueno, parece que eres muy cosquilluda —dije, sonriendo—. Y eso es algo que me encanta.

Ella se rió de nuevo, esta vez más suavemente, mientras se acomodaba en la cama.

—La verdad es que no me esperaba esto —dijo, mirándome con complicidad—. Pero fue muy divertido.

—Me alegra que lo hayas disfrutado —respondí, sentándome a su lado—. ¿Te gustaría que lo repitiéramos en el futuro?

Ella sonrió, asintiendo lentamente.

—Sí, me gustaría.

Después de haberle hecho cosquillas en la cintura, costillas y axilas, decidí bajar un poco más. Mis manos se deslizaron suavemente hacia sus piernas, que aún estaban cubiertas por las medias veladas. Natalia me miró con curiosidad, pero no dijo nada, como si estuviera esperando a ver qué haría yo.

—¿Y si probamos aquí? —pregunté, con una sonrisa traviesa, mientras mis dedos se posaban en sus muslos.

—¿Ahí? —preguntó ella, arqueando una ceja—. No creo que sea tan cosquilluda en las piernas.

—Vamos a descubrirlo —dije, y sin darle más tiempo para reaccionar, comencé a apretarle suavemente los muslos.

La reacción de Natalia fue instantánea. Estalló en carcajadas, retorciéndose en la cama mientras intentaba, sin éxito, escapar de mis dedos.

—¡Ah! ¡No me esperaba eso! —gritó, entre risas—. ¡Es demasiado! ¡Jajajaja!

Sus carcajadas eran tan contagiosas que no pude evitar reírme también. Moví mis dedos un poco más arriba, apretando suavemente la parte superior de sus muslos, y Natalia se retorció aún más.

—¡Ah! ¡Para! —gritó, entre risas—. ¡Es demasiado! ¡Jajajaja!

—¿Segura? —pregunté, sonriendo mientras continuaba—. Parece que te gusta.

—¡No! ¡Es que no puedo evitarlo! —dijo, jadeando entre carcajadas—. ¡Jajajaja! ¡Es demasiado intenso!

Decidí bajar un poco más, moviendo mis dedos hacia sus rodillas. Natalia soltó una nueva ola de carcajadas, incluso más fuertes que antes.

—¡Ah! ¡Las rodillas son peores! —gritó, entre risas—. ¡Jajajaja! ¡No puedo más!

—¿Peores? —pregunté, sonriendo mientras apretaba suavemente alrededor de sus rodillas—. Entonces, ¿qué tal esto?

—¡Ah! ¡No! —gritó, retorciéndose en la cama—. ¡Jajajaja! ¡Es demasiado! ¡Tengo muchas cosquillas ahí!

Sus carcajadas llenaban la habitación, y no pude evitar sentirme satisfecho al ver lo mucho que estaba disfrutando. Natalia se retorcía tanto que casi se cayó de la cama, pero no pedía que me detuviera; al contrario, parecía estar divirtiéndose mucho.

—¡Ah! ¡Es increíble! —dijo, jadeando entre risas—. ¡Jajajaja! ¡No sabía que era tan cosquilluda en las piernas!

—Bueno, ahora lo sabes —dije, sonriendo mientras finalmente me detenía—. Parece que tienes puntos débiles por todas partes.

Ella se rió de nuevo, esta vez más suavemente, mientras se acomodaba en la cama.

—La verdad es que no me esperaba esto —dijo, mirándome con complicidad—. Pero fue muy divertido.

Después de haber explorado sus muslos y rodillas, decidí que era el momento de descubrir nuevos territorios. Mis dedos se deslizaron lentamente hacia la parte posterior de sus rodillas, una zona que sabía que podía ser especialmente sensible. Natalia me miró con una mezcla de curiosidad y nerviosismo, como si supiera lo que venía pero no quisiera admitirlo.

—¿Y si probamos aquí? —pregunté, con una sonrisa traviesa, mientras mis dedos se detenían justo en el pliegue detrás de sus rodillas.

Ella intentó mantener la compostura, pero ya estaba conteniendo una sonrisa.

—Ahí no —dijo, tratando de sonar seria, aunque su voz temblaba un poco—. No creo que sea tan cosquilluda ahí.

—¿No? —pregunté, acercándome un poco más—. Vamos a comprobarlo.

Sin darle más tiempo para prepararse, comencé a mover mis dedos suavemente en esa zona. La reacción de Natalia fue instantánea. Estalló en una carcajada tan fuerte que casi saltó de la cama.

—¡Ah! ¡No! —gritó, entre risas—. ¡Jajajaja! ¡Eso no es justo!

Sus piernas se retorcieron, intentando escapar, pero yo no le di tregua. Mis dedos se movían rápidamente, explorando cada centímetro de esa área sensible. Natalia se agitaba en la cama, riendo sin control, mientras sus manos intentaban, sin éxito, empujar las mías.

—¡Ah! ¡Para! —gritó, entre carcajadas—. ¡Jajajaja! ¡Es demasiado! ¡No puedo respirar!

—¿Segura? —pregunté, sin detenerme—. Parece que te encanta.

—¡No! —dijo, jadeando entre risas—. ¡Es que no puedo evitarlo! ¡Jajajaja!

Decidí bajar un poco más, llevando mis dedos hacia sus pantorrillas. Natalia soltó un nuevo estallido de risa, aún más intenso que antes. Sus piernas se movían de un lado a otro, pero no con la intención de detenerme, sino como una reacción involuntaria a las cosquillas.

—¡Ah! ¡Las pantorrillas también! —gritó, entre risas—. ¡Jajajaja! ¡Eres terrible!

—¿Aquí también? —pregunté, sonriendo mientras apretaba suavemente sus pantorrillas—. Parece que no hay lugar seguro para ti.

—¡Ah! ¡No! —gritó, retorciéndose en la cama—. ¡Jajajaja! ¡Es demasiado! ¡Tengo muchas cosquillas ahí!

Sus carcajadas eran tan intensas que casi se cayó de la cama. Sus manos se aferraban a las sábanas, y su rostro estaba rojo de tanto reír. Aunque no lo decía, era evidente que estaba disfrutando cada segundo.

—¡Ah! ¡Es increíble! —dijo, jadeando entre risas—. ¡Jajajaja! ¡No sabía que era tan cosquilluda en las piernas!

—Bueno, ahora lo sabes —dije, sonriendo mientras finalmente me detenía por un momento—. Parece que tienes puntos débiles por todas partes.

Ella se rió de nuevo, esta vez más suavemente, mientras intentaba recuperar el aliento. Sus ojos brillaban con una mezcla de diversión y complicidad.

—La verdad es que no me esperaba esto —dijo, mirándome con una sonrisa—.

Después de explorar sus muslos y pantorrillas, decidí centrarme en sus pies. Natalia, al notar mi intención, intentó retirarlos, pero ya los tenía sujetos con firmeza.

—No, en serio… —dijo, conteniendo una risa nerviosa—. Sabes que no aguanto nada ahí.

—Solo un poco —respondí, tratando de sonar convincente, aunque ambos sabíamos que no sería «solo un poco».

Antes de que pudiera protestar, deslicé los dedos por las plantas de sus pies, aún cubiertos por las medias veladas. La reacción fue inmediata: Natalia se encogió, soltando una risa ahogada mientras intentaba liberarse.

—¡Ah! ¡Para! —dijo, entre jadeos y risas breves—. ¡Es demasiado!

Pero no paré. Moví los dedos en círculos suaves, notando cómo el material delgado de las medias acentuaba cada cosquilleo. Natalia se retorcía, pero sin fuerza real para detenerme. Sus risas eran intermitentes, mezcladas con intentos de hablar:

—¡No… jajaja… en serio! —gritó, llevándose una mano a la boca para ahogar otra carcajada—. ¡Basta!

Su rostro estaba rojo, no solo por la risa, sino por el esfuerzo de contenerla. Las medias se arrugaron un poco bajo mis dedos, y sus pies, aunque intentaban retraerse, seguían atrapados en mis manos.

—¿Tan mal es? —pregunté, disminuyendo la presión pero sin soltar.

—Sí… no… —respondió, jadeando y tratando de recuperar el aliento—. Es que… no puedo controlarlo.

Su voz sonaba entrecortada, y sus piernas aún temblaban levemente. Noté que se mordía el labio inferior, como si intentara serenarse.

—¿Quieres que pare? —pregunté en serio, soltando un pie.

Ella dudó un segundo, mirando hacia la ventana como si buscara una respuesta en el paisaje urbano. Luego, con una sonrisa tímida, dijo:

—No… pero no seas tan cruel.

Fue entonces cuando me di cuenta de que sus manos aún se aferraban a las sábanas, no para escapar, sino para aguantar la intensidad. Decidí cambiar de táctica: en lugar de movimientos rápidos, usé mis uñas para trazar líneas lentas desde el talón hasta los dedos.

—¡Ah! —exclamó, arqueándose—. Eso… eso es trampa.

Su voz era un susurro entre risas, y aunque intentaba mantener la compostura, sus pies se agitaban involuntariamente. El sonido del tráfico exterior se colaba por la ventana entre sus risas, recordándonos que el mundo seguía su curso allá afuera.

—Bueno, al menos tu tobillo ya no duele —dije, soltando sus pies por fin.

Ella se incorporó, ajustándose la blusa que se había desordenado.

—Gracias por el recordatorio —respondió, irónica pero sonriente—. Aunque creo que esto fue peor que la caída.

Natalia seguía recostada en la cama, con las medias veladas aún cubriendo sus pies. El material delgado, ligeramente húmedo por el calor de la habitación, se adhería a su piel, acentuando la forma de sus arcos y dedos. Sin apuro, apoyé las yemas de mis dedos en la planta de su pie izquierdo y comencé a trazar líneas lentas, desde el talón hasta la base de los dedos.

—¡Ah! —exhaló, conteniendo una risa—. No… no empieces otra vez.

Su voz sonaba más como una advertencia débil que una orden. Ignoré la petición y continué, esta vez usando las uñas para rasguñar suavemente las zonas más sensibles. Natalia apretó los puños contra las sábanas, conteniendo una sonrisa.

—¿Duele? —pregunté, deteniéndome un segundo.

—No —respondió, mordiendo el labio inferior—. Pero es… jajaja… insoportable.

Las medias amplificaban cada movimiento: el roce del nylon contra su piel provocaba que hasta el más mínimo toque generara una reacción. Sus pies se retorcían, pero no con fuerza, como si parte de ella quisiera escapar y otra parte disfrutara del juego.

—¿Insoportable? —repetí, acentuando la presión en el centro de su planta—. Entonces, ¿así?

—¡Sí! —gritó, ahogando una carcajada con la palma de la mano—. ¡Jajaja! ¡Basta!

Pero seguí. Sus dedos se flexionaban involuntariamente, y el nylon se arrugaba bajo mis manos. Noté que su respiración se aceleraba, mezclándose con risas breves y espasmódicas.

—Natalia —dije, bajando el tono—. Si de verdad quieres que pare, di la palabra.

Ella dudó. Sus ojos verdes brillaban con una contradicción: la incomodidad física versus la complicidad del juego. Finalmente, murmuró:

—No… está bien.

No había necesidad de más. Volví a deslizar los dedos, esta vez alternando entre caricias suaves y raspados rápidos. Natalia se mordía el labio para no reír, pero un resoplido escapó de su nariz, seguido de un gemido ahogado.

—¡Ah! ¡Eres… jajaja… terrible! —dijo, llevándose las manos al rostro para ocultar la vergüenza.

El sonido de un claxon en la calle nos recordó que el mundo seguía afuera, pero en esa habitación, el tiempo parecía detenerse entre risas sofocadas, medias arrugadas y la tensión cómica de intentar mantener el control.

Natalia yacía sobre la cama, las medias veladas aún intactas, sus pies retorciéndose levemente como anticipando lo que vendría. Mis dedos jugueteaban cerca del borde de la media derecha, rozando el elástico que se ceñía a su muslo.

—No… —murmuró, conteniendo la respiración—. No las rompas. Son caras.

Su voz sonaba tensa, casi seria, pero había un brillo de complicidad en sus ojos. Sin responder, tiré del tejido con firmeza. El sonido del nylon rasgándose llenó la habitación: ¡Shhhk!.

—¡No! —gritó, incorporándose de golpe—. ¡Te dije que no!

Pero ya era tarde. La media derecha quedó colgando en jirones, revelando su pie desnudo: la piel blanca, las uñas rojas perfectamente pintadas y una planta ligeramente arqueada que parecía hecha para las cosquillas. Natalia intentó cubrirse con las manos, pero le sujeté los tobillos con fuerza.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó, entre indignada y divertida.

—Porque así es más divertido —respondí, clavando las uñas en el centro de su planta izquierda, aún cubierta por la media intacta.

—¡Ah! —gritó, retorciéndose—. ¡Jajajaja! ¡Para!

Ignoré su petición. Con un movimiento rápido, rasgué la segunda media. Esta vez, el sonido fue más agudo, y Natalia soltó un gemido de protesta que se mezcló con una risa nerviosa. Sus pies, ahora completamente desnudos, se veían vulnerables: las venas marcadas por la tensión, los dedos flexionándose como garras.

—Ahora no tienes escapatoria —dije, soplando suavemente sobre su planta derecha.

—¡No! —chilló, retrayendo el pie—. ¡Es demasiado!

Pero no cedí. Mis dedos se abalanzaron sobre sus pies desnudos, arañando, raspando y pellizcando cada milímetro. Natalia se convirtió en un torbellino: pataleaba, se arqueaba y reía con una intensidad que hacía temblar la cama.

—¡Ah! ¡SOCORRO! —gritó, entre lágrimas de risa—. ¡Jajajaja! ¡PARA, TE ODIO!

Sus pies intentaban cerrarse como puños, pero yo los mantenían abiertos con los pulgares, exponiendo los arcos sensibles. Usé una pluma para recorrer el borde exterior de su planta izquierda, y ella respondió con un chillido que hizo eco en las paredes.

—¡Ahí no! —suplicó, ahogándose entre risas—. ¡Jajaja! ¡Es tortura!

La pluma bailaba sobre su piel, alternando entre toques suaves y rasguños rápidos. Natalia se retorcía como si le corrieran hormigas bajo la piel, sus manos aferradas a las sábanas como si fueran cuerdas de salvación.

—¡Dime la palabra y paro! —exigí, sin dejar de atacar su talón con las uñas.

—¡Nunca! —aulló, aunque su cuerpo decía lo contrario: las piernas se sacudían en espasmos, y su respiración era caótica.

El caos duró otros quince minutos interminables. En un punto, Natalia intentó huir gateando hacia el borde de la cama, pero la jalé de vuelta por los tobillos, arrastrándola hacia mí.

—¡No! ¡No otra vez! —rogó, entre risas histéricas—. ¡Jajaja! ¡Estoy agotada!

Pero no hubo clemencia. Sus pies, ahora sudorosos y rojos, seguían siendo el centro de atención. Usé incluso un cepillo de cerdas suaves para recorrer sus dedos, y ella respondió con una carcajada tan aguda que parecía un grito.

—¡Ah! ¡Ese cepillo! —gritó, retorciéndose en una posición fetal—. ¡Jajaja! ¡Es el peor!

Al final, cuando el reloj marcaba el mediodía, Natalia yacía jadeante, con el pelo pegado al rostro, las medias destrozadas colgando de sus piernas y una sonrisa de rendición en los labios.

—Eres un monstruo —murmuró, sin convicción.

—Pero te gusta —respondí, acariciando su tobillo hinchado por las patadas al colchón.

Ella no lo negó.

La habitación olía a sudor y risas ahogadas. Natalia yacía bajo mi peso, mis piernas inmovilizando las suyas mientras mis manos trabajaban sin piedad en sus pies desnudos. Su piel, ahora rojiza e hipersensible, temblaba bajo cada contacto.

—¡Jajaja! ¡No puedo más! —gritó, aunque sus ojos brillaban con un fuego contradictorio: agonía y euforia fusionadas.

Usé las uñas primero, trazando espirales lentas desde el talón hasta la base de los dedos. Natalia se sacudió como un animal acorralado, sus risas convertidas en alaridos.

—¡Ahí no! —suplicó, mordiendo el puño de su blusa para ahogar las carcajadas—. ¡Es demasiado!

Ignoré su petición. Cambié a la pluma, deslizándola entre sus dedos con movimientos precisos. Sus pies se cerraron como flores nocturnas, pero los separé con los pulgares, exponiendo las plantas sudorosas.

—¡NO! —aulló, arqueando la espalda—. ¡Jajajaja! ¡Esa pluma es… jajaja… tramposa!

El cepillo de cerdas suaves fue el siguiente. Lo pasé por el arco de su pie izquierdo, y Natalia reaccionó como electrocutada:

—¡AH! —gritó, con una risa tan aguda que casi rompió vidrios—. ¡Ese cepillo! ¡PARA!

Pero no paré. Alternaba herramientas: uñas en un pie, cepillo en el otro. Sus piernas, atrapadas bajo las mías, se convulsionaban sin control. El colchón crujía bajo su peso, y las sábanas estaban tan enredadas que parecían una red.

—¡Dime… jajaja… que te rindes! —exigí, clavando los dedos en el centro de sus plantas.

—¡NUNCA! —respondió, aunque sus palabras se ahogaban en hipidos—. ¡Jajaja… odio esto!

Mentía. Sus pies se elevaban hacia mis manos, como si una parte de ella ansiara más. La piel enrojecida brillaba bajo la luz del mediodía, y el esmalte rojo de sus uñas parecía más vibrante que nunca.

12:30 p.m.

Introduje un nuevo elemento: el frío. Tomé un cubito de hielo del vaso de la mesa de noche y lo deslicé por su talón derecho. Natalia chilló, retorciéndose en una mezcla de shock y risa.

—¡Frío! ¡Jajaja! ¡Quita eso! —suplicó, pataleando.

El contraste era perfecto. Cuando el hielo derretido dejó su piel húmeda, usé el cepillo de nuevo. Las cerdas resbalaron sobre el agua, multiplicando las cosquillas.

—¡AH! ¡ESO ES… jajaja… TRAMPA! —gritó, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¡NO PUEDO RESPIRAR!

Sus pies eran un espectáculo de movimientos caóticos: dedos que se abrían y cerraban, arcos que se tensaban, talones que golpeaban el aire. Pero yo no cedía. Me incliné y soplé suavemente entre sus dedos, provocando un nuevo estallido de risa.

—¡NO! ¡Jajaja! ¡Eso… eso es… jajaja… horrible!

Natalia intentó sentarse, pero mis manos la empujaron de vuelta contra las almohadas. Sus medias rotas colgaban de sus muslos como banderas derrotadas, y su respiración era un jadeo irregular.

12:45 p.m.

El clímax llegó cuando usé todo a la vez: uñas en un pie, pluma en el otro, y el cepillo recorriendo sus costillas. Natalia explotió en una risa histérica, su cuerpo convulsionando en un espasmo incontrolable.

—¡BASTA! ¡Jajaja… POR FAVOR! —gritó, sin aliento—. ¡ME… jajaja… RINDO!

Me detuve, pero mantuve sus pies atrapados.

—¿En serio? —pregunté, con una sonrisa que delataba mi triunfo.

Ella asintió, jadeando, el pelo pegado al rostro y el maquillaje corrido.

—Sí… jajaja… demonio —murmuró, sin fuerza para ocultar su sonrisa.

12:50 p.m.

La rendición de Natalia fue una trampa, y ambos lo sabíamos. Mientras jadeaba contra las almohadas, fingiendo derrota, mis manos ya se cerraban alrededor de sus tobillos. Sus pies, rojos y sudorosos, temblaban como presas conscientes de su destino.

—No… —murmuró, sin fuerza, cuando acerqué mi boca a su pie izquierdo—. En serio… no hagas eso.

Ignoré la advertencia. Mis labios se cerraron alrededor de su dedo gordo, y mi lengua trazó un círculo lento en la yema. Natalia se estremeció, soltando una risa ahogada que se convirtió en gemido.

—¡Ah! —gritó, retorciéndose—. ¡Eso… jajaja… no es justo!

Su piel sabía a sal y loción residual, una mezcla íntima que la hacía más humana, más real. Chupé cada dedo con deliberación, mordisqueando las articulaciones sensibles mientras mis uñas arañaban el arco de su otro pie.

—¡Para! —suplicó, pataleando sin convicción—. ¡Jajaja! ¡Es asqueroso!

Pero no era cierto. Sus pies se elevaban hacia mi boca, los dedos flexionándose como si quisieran guiar mi lengua. El sonido húmedo de los besos se mezclaba con sus risas, creando una banda sonora perversa.

—¿Asqueroso? —pregunté, separándome un instante—. Tus dedos dicen lo contrario.

Ella intentó responder, pero un nuevo ataque de cosquillas la silenció. Usé los dientes esta vez, mordiendo suavemente el tendón de Aquiles mientras mis dedos bailaban sobre sus costillas. Natalia se convulsionó, golpeando el cabecero de la cama con la cabeza.

—¡Ah! ¡Eres… jajaja… un psicópata! —gritó, entre lágrimas de risa.

1:00 p.m.

El juego escaló. Alternaba entre chupar sus dedos y soplar aire caliente en la planta húmeda, provocando espasmos que la hacían arquearse como un puente. Sus medias rotas, aún enganchadas en los muslos, se mecían con cada sacudida.

—¡Ahí no! —aulló cuando mi lengua encontró el hueco entre el cuarto y quinto dedo—. ¡Jajaja… Para! ¡Es demasiado íntimo!

Pero la intimidad era el punto. Sus pies ya no eran solo pies: eran un diario abierto de sus miedos y placeres. Cada gemido, cada contracción muscular, delataba secretos que ni ella misma entendía.

1:15 p.m.

Natalia intentó un último acto de rebeldía. Con un esfuerzo sobrehumano, se incorporó y me agarró del cabello, tirando con fuerza.

—¡Basta! —dijo, seria por primera vez—. En serio, para.

Me detuve, pero no solté sus tobillos.

—¿Palabra clave? —pregunté, recordando el acuerdo tácito que nunca habían establecido.

Ella dudó. Sus pupilas dilatadas, el pecho alborotado y los labios hinchados por morderse decían más que mil palabras.

—No… —susurró al fin, soltando mi pelo—. Continúa.

Y así lo hice.

1:30 p.m.

Los pies de Natalia eran un caos en movimiento: dedos que se retorcían como garras, talones que golpeaban el aire, plantas que se arqueaban y tensaban en un intento inútil de escapar. Mis dientes mordisqueaban suavemente el borde de su talón izquierdo mientras mi lengua seguía el trazo de una vena visible bajo la piel enrojecida. Ella no pedía que me detuviera, pero su cuerpo hablaba por sí solo: cada músculo vibraba, cada jadeo entrecortado delataba una lucha entre el placer y la sobrecarga sensorial.

—¡Jajaja! —reía, aunque el sonido se quebraba en gemidos ahogados—. ¡Ah…! ¡No…!

Sus protestas eran mecánicas, rituales vacíos. Sabía, como yo, que si realmente quisiera que parara, usaría la palabra. Pero esa palabra nunca llegaba. En su lugar, sus manos se aferraban a las sábanas empapadas de sudor, sus caderas se elevaban en espasmos involuntarios, y sus pies seguían danzando en mi agarre, como si estuvieran poseídos.

La pluma regresó.

La deslicé por el arco de su pie derecho, ya sensibilizado por el roce de mi barba. Natalia gritó, una risa aguda que se transformó en un quejido gutural.

—¡Ahí… jajaja… no! —suplicó, retorciendo las caderas como si intentara huir de su propio cuerpo—. ¡Es… jajaja… mucho!

Pero «mucho» no era suficiente. Usé el cepillo de cerdas suaves en el pie izquierdo, alternando con pellizcos en los dedos. Sus reacciones eran ahora más animales que humanas: gruñidos entre dientes, patadas frenéticas, uñas clavándose en las palmas de sus propias manos.

1:45 p.m.

Introduje el hielo de nuevo, pero esta vez lo deslicé entre sus dedos antes de sellarlos con mis labios. El frío extremo la hizo arquearse como un felino herido, pero cuando el hielo se derritió, la piel tibia y sensibilizada quedó expuesta.

—¡Ah! ¡Eso… jajaja… quema! —gritó, aunque sus pies se aferraban a mis manos, buscando más.

El vibrador improvisado.

Tomé el mango de un cepillo dental eléctrico y lo encendí, apoyando la base vibrante en el centro de su planta izquierda. Natalia emitió un sonido que no era risa ni gemido, sino algo primitivo:

—¡¡AAAHHH!! —aulló, las piernas sacudiéndose como cables electrificados—. ¡QUITA ESO! ¡Jajaja… NO PUEDO!

Pero sus pies no se alejaban. Al contrario, presionaban contra el dispositivo, como si quisieran fundirse con él. El zumbido del cepillo se mezclaba con el crujido de los resortes de la cama y su respiración entrecortada.

2:00 p.m.

La rendición llegó sin palabras. Natalia se desplomó contra el colchón, el cuerpo cubierto de un brillo pegajoso, los pies inmóviles pero aún temblando. Sus medias rotas colgaban como estandartes de guerra, y el esmalte rojo de sus uñas estaba descascarado.

—Monstruo… —murmuró, sin abrir los ojos, pero su boca esbozaba una sonrisa borracha de endorfinas.

2:30 p.m.

Los pies de Natalia ya no eran pies, sino territorios conquistados. Sus plantas, hinchadas y rojas como frutas maduras, brillaban bajo una capa de saliva y sudor. Mi lengua recorría cada centímetro con la precisión de un cartógrafo obsesivo, mapeando crestas, líneas y hoyuelos. Ella no hablaba, pero su cuerpo era un diccionario de reacciones:

  • El talón izquierdo: Un gemido profundo al chupar el hueso.
  • El arco derecho: Patadas involuntarias al rasparlo con los dientes.
  • Los dedos: Contracciones espasmódicas al envolverlos con los labios.

Jajaja… —su risa era un eco débil, como si su garganta ya no tuviera fuerza para proyectarla—. Ah… jajaja

Sus piernas, antes fuertes y atléticas, yacían abiertas y temblorosas. Las medias rotas colgaban como trofeos, y el olor a piel fatigada impregnaba el aire. Usé mis manos para separar sus dedos, exponiendo las membranas interdigitales, y soplé.

—¡NO! —gritó, con un resto de energía—. ¡Ahí… jajaja… no!

Pero era tarde. Mi lengua se deslizó entre sus dedos, lamiendo la piel ultrasensible. Natalia se retorció en un arco imposible, sus uñas clavándose en los muslos.

2:45 p.m.

El cepillo eléctrico volvió a la carga. Lo coloqué en el suelo y la obligué a pararse sobre él, descalza. El zumbido se fundió con su grito:

—¡NO! ¡Jajaja… NO PUEDO! —aulló, pero sus pies no se movían, como si estuvieran pegados al dispositivo.

Las vibraciones recorrieron sus piernas, haciéndola tambalearse. Yo, arrodillado frente a ella, aproveché para morder su tobillo izquierdo mientras mis dedos arañaban el derecho.

—¡PSICÓPATA! —vociferó, riendo y llorando al mismo tiempo—. ¡Jajaja… TE ODIO!

3:00 p.m.

La llevé al borde de la ventana, sus pies desnudos apoyados en el vidrio frío. El contraste entre el cristal helado y mi aliento caliente la hizo gritar:

—¡AH! ¡FRÍO! ¡Jajaja… CALOR! ¡NO ENTIENDO!

Mis dientes mordisquearon su dedo meñique mientras la pluma bailaba en el arco del pie opuesto. Natalia se derrumbó contra mí, su peso y su sudor mezclándose con los míos.

—No… jajaja… más… —susurró, pero sus pies se aferraban a mis manos, guiándolas hacia nuevas zonas sensibles.

4:00 p.m.

El tiempo se diluía en la repetición. Mis labios y lengua ya no eran herramientas, sino extensiones mecánicas de un ritual obsesivo. Las plantas de Natalia, ahora violáceas en los bordes por la presión constante, temblaban bajo cada lamida. Su piel sabía a sal y fatiga, un residuo amargo que se acumulaba en la parte posterior de mi garganta.

Ella no reía ya. Sus risas se habían convertido en hipidos espasmódicos, intercalados con gemidos roncos. Sus pies, antes ágiles en su resistencia, yacían inertes, entregados a la tortura cíclica. Solo los dedos reaccionaban, flexionándose como gusanos heridos cuando mi lengua se ensañaba en los pliegues entre ellos.

Jaj… —un sonido seco, sin aliento—. Ah…

Su cuerpo era un mapa de derrota: sábanas pegadas a la espalda por el sudor, el delineado de ojos corrido hasta las sienes, las uñas de los pies descascaradas y el esmalte rojo agrietado. Mis manos, agarrotadas de tanto sostener sus tobillos, dejaban marcas blancas en su piel ya maltratada.

4:30 p.m.

La monotonía se volvió hipnótica. La lengua recorría el mismo arco, los mismos dedos, los mismos talones. Natalia ya no se retorcía. Sus ojos entrecerrados miraban al techo, vidriosos, mientras su pecho subía y bajaba en un ritmo lento, casi terapéutico.

—¿Quieres que pare? —pregunté por décima vez, sabiendo la respuesta.

—No… —murmuró, sin fuerzas para articular más.

Era mentira. O no. Quizás ya ni ella lo sabía.

5:00 p.m.

El sol se filtraba oblicuo por la ventana, proyectando sombras alargadas sobre sus pies. La piel, antes roja, lucía ahora un tono cetrino, como papel viejo. Mis labios seguían trabajando, pero el acto había perdido su intencionalidad. Era puro movimiento, un tic nervioso convertido en ceremonia.

Natalia dormitaba, despierta pero ausente. Sus pies respondían por reflejo: un dedo que se estremecía, un talón que se contraía. Ya no había placer ni dolor, solo existencia cruda.

5:30 p.m.

El trance se rompió con un ataque brutal. Mis dedos, entumecidos pero implacables, se clavaron en las plantas de sus pies como garras. Natalia reaccionó como si la hubieran electrocutado:

—¡¡AAAHHH!! —gritó, una carcajada salvaje, primitiva, que salió de algún lugar profundo de su garganta.

Su cuerpo se irguió de golpe, como impulsado por un resorte, y sus manos se aferraron a mis hombros para no caer. Los ojos, antes vidriosos, ahora brillaban con una mezcla de terror y euforia.

—¡BASTA! ¡Jajaja… BASTA, MALDITO! —vociferó, pero sus pies seguían bailando en el aire, los dedos abiertos como flores envenenadas.

No paré. Aproveché su posición sentada para atacar los bordes de sus plantas, donde la piel, macerada por horas de saliva, brillaba como papel pergamino. Natalia se retorció hacia atrás, golpeando la pared con los codos, pero la risa seguía brotando de ella en oleadas.

—¡AHÍ NO! —suplicó, ahogándose—. ¡Jajaja… ME… ME VAS A MATAR!

5:45 p.m.

El final llegó sin aviso. Natalia, en un acto desesperado, levantó la rodilla y me golpeó en el pecho con el talón. El dolor me hizo retroceder, y ella aprovechó para rodar fuera de la cama, cayendo de bruces sobre la alfombra.

—¡Basta…! —jadeó, arrastrándose hacia la puerta—. ¡En serio… basta!

Sus pies, ahora violáceos y cubiertos de marcas de dientes, dejaban huellas húmedas en el suelo. Intentó levantarse, pero las plantas hinchadas cedieron al peso, y cayó de rodillas.

—Mierda… —murmuró, mirando sus pies como si no los reconociera—. Mierda, mierda, mierda.

Me acerqué, pero ella levantó una mano.

—No… no te acerques —dijo, sin convicción.

6:00 p.m.

La habitación era un campo de batalla: sábanas en el suelo, medias rotas enredadas en las patas de la mesa, el olor a sudor y loción vieja. Natalia se sentó contra la pared, las piernas extendidas, estudiando sus pies como si fueran artefactos ajenos.

—¿Duele? —pregunté, señalando las ampollas en sus talones.

Ella no respondió de inmediato. Sus ojos verdes, ahora opacos, se posaron en mí.

—No lo sé —dijo al fin—. Ya no siento nada.

Mentía. Cuando intentó levantarse, el primer paso la hizo gritar.

—¡Ah! —dijo, mordiendo el labio para no llorar—. Están… están vivos.

6:15 p.m.

Natalia se sentó al borde de la cama, las piernas cruzadas, y levantó sus pies con cuidado, como si fueran objetos frágiles. La luz del atardecer entraba por la ventana, iluminando las marcas que dejaron horas de cosquillas implacables: rojeces en los arcos, pequeñas abrasiones en los talones y los restos del esmalte rojo descascarado. Sus dedos, ligeramente hinchados, se movían lentamente, como si estuvieran explorando su propia sensibilidad.

—Nunca había experimentado algo así —dijo, con una mezcla de asombro y incredulidad en la voz—. Fue… intenso.

Sus ojos verdes se posaron en mí, buscando una reacción. No había enojo en su mirada, solo curiosidad y algo más, algo que no podía definir.

—¿Lo disfrutaste? —pregunté, sabiendo la respuesta pero queriendo escucharla de sus labios.

Ella sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.

—Mucho —respondió, bajando la mirada hacia sus pies—. Aunque ahora siento que no podré caminar mañana.

Sus pies, aún temblorosos, se balanceaban en el aire como si estuvieran vivos. Las plantas, rojas y sensibles, parecían contar una historia de resistencia y entrega.

—¿Te arrepientes? —pregunté, acercándome un poco más.

Natalia dudó por un momento, como si sopesara la pregunta. Luego, sacudió la cabeza.

—No —dijo, con firmeza—. Fue… diferente. Nunca pensé que algo así pudiera ser tan… jajaja… abrumador.

Se rio de nuevo, pero esta vez era una risa suave, casi nostálgica. Sus pies, ahora inmóviles, descansaban sobre mis muslos, y mis manos los acariciaban con suavidad, como si intentaran consolar a un animal herido.

—¿Y tú? —preguntó, mirándome de reojo—. ¿Lo disfrutaste?

—Más de lo que puedo explicar —respondí, sin apartar la mirada de sus plantas.

Ella asintió, como si ya lo supiera.

—Eres un monstruo —dijo, pero su tono era juguetón, casi cariñoso—. Pero… jajaja… un monstruo divertido.

Natalia se reclinó contra las almohadas, sus pies aún descansando sobre mis muslos. La luz del atardecer teñía la habitación de tonos dorados, y el silencio solo se rompía con el crujido ocasional de las sábanas.

—¿Quieres un masaje? —pregunté, pasando los dedos suavemente por el arco de su pie izquierdo.

Ella me miró con escepticismo, una ceja arqueada y una sonrisa juguetona en los labios.

—¿Un masaje? —repitió, con un tono que delataba sus sospechas—. Lo que tú quieres es hacerme cosquillas otra vez.

—No —respondí, sonriendo—. Esta vez es en serio. Tus pies necesitan un descanso después de todo lo que pasaron.

Natalia dudó por un momento, pero finalmente asintió, cerrando los ojos y reclinándose aún más contra las almohadas.

—Está bien —dijo, con un suspiro—. Pero si me haces cosquillas, te juro que te mato.

—Prometido —dije, alcanzando el frasco de aceite que tenía en la mesa de noche.

El aroma a lavanda y eucalipto llenó el aire mientras vertía un poco del aceite en mis manos, frotándolas para calentarlo. Luego, coloqué sus pies sobre mis palmas y comencé a masajearlos con movimientos firmes pero suaves.

—Mmm… —murmuró Natalia, con los ojos aún cerrados—. Eso está… increíble.

Mis dedos trabajaron en los arcos, los talones y los dedos, liberando la tensión acumulada. El aceite hacía que sus pies resbalaran bajo mis manos, y la piel, antes enrojecida e irritada, comenzó a relajarse.

—¿Duele? —pregunté, aplicando un poco más de presión en el talón izquierdo.

—No —respondió, con una sonrisa de placer—. Es perfecto.

Continué masajeando, alternando entre movimientos circulares y estiramientos suaves. Natalia se dejó llevar, sus músculos relajándose por completo.

—Nunca pensé que mis pies podrían sentirse tan bien después de… bueno, después de todo eso —dijo, abriendo los ojos para mirarme.

—Todo tiene su equilibrio —respondí, sonriendo—. Un poco de caos, un poco de calma.

Ella asintió, cerrando los ojos de nuevo.

—Eres un monstruo —repitió, pero esta vez su voz era un susurro casi dormido—. Pero un monstruo con manos mágicas.

7:00 p.m.

Natalia se levantó de la cama con movimientos lentos, como si cada músculo de su cuerpo le recordara las horas que acababan de pasar. Tomó sus medias rotas del suelo y las sostuvo en la mano por un momento, mirándolas con una mezcla de nostalgia y resignación.

—Voy al baño —dijo, sin mirarme directamente—. Necesito… arreglarme un poco.

Asentí, observando cómo caminaba con cuidado hacia el baño, sus pies descalzos dejando huellas húmedas en el suelo. El sonido del agua corriendo y el roce de las toallas me indicaron que se estaba limpiando y recomponiendo.

Cuando regresó, ya no llevaba las medias rotas. Sus pies, ahora limpios pero aún enrojecidos, se veían vulnerables contra el suelo frío. Se sentó en el borde de la cama y se puso los tacones con movimientos precisos, como si el ritual de calzarse le devolviera un poco de control.

—Ya debería irme —dijo, mirando el reloj—. No he vuelto a la oficina, y mi jefe probablemente esté preguntándose dónde diablos estoy.

Mientras hablaba, revisó su teléfono celular. Su expresión cambió de inmediato. Los ojos se ensancharon, y su boca se abrió ligeramente, como si acabara de recibir un golpe invisible.

—¿Qué pasa? —pregunté, notando la tensión en su rostro.

Ella no respondió de inmediato. En su lugar, me pasó el teléfono. En la pantalla había un mensaje de su novio:

«Natalia, estos tres días he pensado mucho en nuestra relación. Creo que lo mejor para ambos es no continuar. Necesitamos tiempo para pensar en lo que realmente queremos. Espero que lo entiendas.»

—Mierda —murmuró, pasándose una mano por el pelo—. Esto no puede estar pasando.

—Estoy aquí para apoyarte —dije, acercándome un poco más—. No estás sola.

Ella me miró, y por primera vez vi algo más que complicidad o diversión en sus ojos: vi vulnerabilidad.

—Apenas nos conocemos —dijo, con una risa amarga—. Tres días. Tres malditos días.

—El tiempo no importa —respondí, sosteniendo su mirada—. Lo que importa es cómo nos tratamos en ese tiempo.

Natalia suspiró, guardando el teléfono en su bolso.

—No sé qué hacer —admitió, mirando hacia la ventana—. Esto es… demasiado.

—No tienes que decidir nada ahora —dije, colocando una mano sobre la suya—. Tómate tu tiempo.

Ella asintió, pero no dijo nada más. Se levantó, ajustó su bolso y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y se volvió hacia mí.

—Gracias —dijo, con una sonrisa triste—. Por todo.

—Nos vemos, Natalia —respondí, sabiendo que esa no sería la última vez.

Continuará…

Original de Tickling Stories

 

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