Una sesion de masajes diferente

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Me llamo Silvia, tengo 45 años y soy masajista profesional. Mido 1,68 metros, tengo piel trigueña, cabello negro rizado y ojos color miel. Siempre me ha gustado mantenerme en forma, así que voy todos los días al gimnasio. No tengo pareja estable ni hijos, y tengo mi propio estudio dentro de mi apartamento donde atiendo a clientes profesionales y solventes, ofreciéndoles masajes completamente profesionales. Sin embargo, recientemente tuve una experiencia que me hizo replantear algunas cosas.

Un día, un joven llamado Moisés, de unos 23 años, me contactó para agendar un masaje. Todo parecía una sesión común hasta que llegué al lugar acordado. Fue entonces cuando me reveló su verdadera intención: no quería un masaje, sino hacerme cosquillas. Me preguntó si era cosquillosa, y sin pensarlo mucho, le respondí la verdad: tengo cosquillas en todo el cuerpo, pero las más intensas están en mis axilas y, sobre todo, en mis pies.

Moisés sonrió con entusiasmo y me propuso algo aún más inesperado: dejar que sus dos perros pitbull me hicieran cosquillas en los pies. Su idea era untar mantequilla de maní en mis plantas y dejar que los perros las lamieran. Al principio sentí nervios al ver a esos dos perros grandes, pero él me aseguró que no me harían daño. Además, cuando me mostró el dinero que me pagaría, decidí aceptar el reto.

Me senté en una silla, mientras Moisés me ataba las muñecas a los brazos de la silla y estiraba mis pies sobre otra silla, asegurándolos en los tobillos. Me quitó los tenis y las medias lentamente, dejando mis pies completamente desprotegidos. Antes de comenzar con la mantequilla de maní, deslizó sus dedos por mis plantas, provocando que soltara una carcajada inmediata. Él solo sonrió y dijo: «Me encanta que seas tan cosquillosa».

Luego, comenzó a untar la mantequilla de maní en grandes cantidades, asegurándose de cubrir cada rincón de mis pies, prestando especial atención a los espacios entre mis dedos y las plantas. Apenas terminó, trajo a sus dos pitbulls y los amarró a los extremos de la silla donde estaban asegurados mis pies. En cuanto los perros sintieron el aroma de la mantequilla de maní, comenzaron a lamerme sin piedad.

La sensación fue indescriptible. Apenas sus lenguas rugosas tocaron mis plantas, estallé en carcajadas, sacudiendo mi cuerpo sin poder mover mis pies. La risa era incontrolable, y cada vez que los perros pasaban sus lenguas por mis arcos y entre los dedos, las cosquillas se volvían insoportables. Intenté mover los pies para evitar los lengüetazos, pero era inútil; ellos siempre encontraban la manera de seguir lamiendo.

Hubo momentos en los que incluso me mordieron ligeramente los pies, pero yo estaba tan perdida en la risa que apenas lo noté. Sentía como si las cosquillas aumentaran con cada lamida y no podía hacer nada más que reír y rogar que terminaran pronto. Después de lo que pareció una eternidad, los perros finalmente terminaron de limpiar toda la mantequilla de maní. Moisés los sacó de la habitación y regresó con un trapo húmedo para limpiar mis pies. Yo estaba completamente agotada: sudada, despeinada y con la respiración agitada.

Pero la sesión no había terminado. Antes de soltarme los tobillos, Moisés decidió darme el «toque final» y comenzó a rascarme las plantas de los pies sin piedad. Volví a estallar en carcajadas y súplicas, intentando retorcerme para escapar de sus dedos, pero no tenía escapatoria. Él solo sonreía y decía cuánto disfrutaba hacerme cosquillas, especialmente porque mis pies eran tan increíblemente sensibles.

Finalmente, después de un rato que se sintió eterno, me desató las muñecas y los tobillos. Tomé aire, me puse las medias y los tenis, y él me pagó por la sesión. Nos despedimos y me fui, aún procesando todo lo que había ocurrido.

Esa experiencia me dejó pensando en muchas cosas. Nunca había considerado incluir las cosquillas en mis servicios, pero después de vivir esto y darme cuenta de lo solicitado que es este fetiche, tal vez sea hora de expandir mis horizontes. Quizás, además de mis masajes profesionales, pueda comenzar a ofrecer experiencias basadas en cosquillas y cumplir las fantasías de aquellos que buscan algo diferente.

Silvia

Original de Tickling Stories

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