Divorciada con hijo adolescente – Parte 4

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Soy Patricia, una mujer rubia de 40 años, con ojos verdes y una estatura de 1.75 metros. Calzo un tamaño 40 y soy muy cosquilluda, especialmente en las plantas de mis pies. Después de mi última locura con cosquillas a causa del amigo de mi hijo, se me presentó una nueva situación.

Nunca pensé que cuidar al perro de mi amiga me llevaría a vivir una experiencia tan rara y divertida, pero aquí estoy, recordando cada momento de lo que ocurrió. Mi amiga, como siempre, me pidió que cuidara a Kaiser, su golden retriever, mientras ella se ausentaba. Lo que no sabía era que este perro tenía una extraña fascinación por los pies.

Al principio, todo parecía normal. Estaba en la casa, con mis tenis puestos, y me movía de un lado a otro, sin preocuparme mucho. Pero pronto, noté que Kaiser comenzó a jugar con mis zapatos. Al principio no me sorprendió, ya que sabía que tenía esa costumbre con las cosas de mi amiga. Pero luego, como si tuviera una especie de radar, el perro corrió tras uno de mis tenis que había dejado a un lado, y de inmediato me lancé detrás de él para quitárselo.

Lo que no esperaba era que, mientras intentaba alcanzarlo, me metiera debajo de la cama. La situación se volvió más difícil, y lo peor de todo es que, como en un juego, mis pies se quedaron afuera, descalzos y en medias. No pude evitarlo, y fue ahí cuando el caos comenzó. Kaiser, al notar mis pies al descubierto, no dudó ni un segundo en acercarse y comenzar a lamerme las plantas de los pies, a través de las medias que llevaba puestas.

El simple contacto de su lengua me hizo estallar de risa. Las cosquillas eran tan intensas que empecé a retorcerme debajo de la cama, pero, como estaba atrapada, no podía escapar. ¡Solo me reía a carcajadas y trataba de mover mis pies, pero Kaiser no dejaba de lamerme y morderme las plantas! Con cada mordisco, la sensación de cosquillas aumentaba, y no podía más que reír y suplicar que se detuviera. Pero Kaiser parecía más entretenido que nunca, mordiendo y lamiendo mis pies como si fuera un juego.

La situación se puso más difícil cuando, con tanto movimiento, logré quitarme las medias, pero lo peor aún no había pasado. Kaiser, después de ver que mis pies ya estaban descalzos, no dudó en seguir lamiéndolos y mordisqueándolos, provocándome una risa frenética y sin control. No me importaba si estaba atrapada, simplemente me dejé llevar por la sensación, aunque en ese momento solo deseaba que el perro se detuviera. Pero no lo hizo. Parecía que estaba disfrutando muchísimo de su travesura.

Finalmente, después de un largo rato de cosquillas y mordiscos, el perro se retiró, subió a la cama y se tumbó allí como si nada hubiera pasado, dejándome completamente exhausta y sonrojada. Fue una de esas experiencias en las que, entre la risa y las cosquillas, no sabes si reír o gritar, pero no puedes dejar de disfrutar del momento.

Cuando mi amiga llegó, me encontró en pantuflas, con los pies aún temblorosos, y me preguntó cómo se había portado Kaiser. No pude evitar contarle todo, entre risas y carcajadas, sobre cómo su perro me había hecho cosquillas y me había mordido los pies durante todo ese tiempo. Fue entonces cuando me sorprendió saber que Kaiser también hacía lo mismo con ella. Al parecer, el perro tenía una extraña obsesión con los pies, y ahora parecía que también los míos estaban en su lista.

Esa tarde fue una locura, pero una de esas experiencias que nunca olvidaré. Aunque mis pies aún estaban sensibles, no podía dejar de reírme y pensar en lo que acababa de vivir. ¿Quién hubiera imaginado que cuidar a un perro me llevaría a una historia tan extraña, pero al mismo tiempo tan divertida?

Patricia

Original de Tickling Stories

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