Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 10 segundos
Soy Patricia, una mujer rubia de 40 años, con ojos verdes y una estatura de 1.75 metros. Calzo un tamaño 40 y, aunque siempre he sido una madre cercana a mi hijo Carlos, un adolescente de 16 años, hay algo que él no sabe: soy extremadamente cosquilluda. Desde que me divorcié hace seis años, he trabajado duro para mantener una relación abierta y divertida con él. Sin embargo, últimamente noté que Carlos se estaba volviendo más reservado y pasaba mucho tiempo en su habitación. Esto me hizo sentir un poco preocupada.
Una noche, mientras me relajaba en mi habitación leyendo un libro, de repente, escuché la puerta abrirse. Sin que pudiera anticiparlo, Carlos entró corriendo y se abalanzó sobre mí. ¡Empezó a hacerme cosquillas por todas partes! Las risas llenaron el cuarto mientras yo intentaba contenerme, pero no podía. “¡Carlos, para, por favor!”, le decía entre carcajadas.
Él solo se reía más fuerte y seguía atacando mis costillas y mis axilas. Era un caos de risas y yo, sin poder parar de reír, trataba de esquivarlo. En un momento de pura diversión, tomó mis pies y comenzó a hacerme cosquillas allí también. En ese instante, el pánico se apoderó de mí y supliqué: “¡Carlos, no me hagas cosquillas en los pies, por favor!”.
Él se detuvo un momento y me preguntó: “¿Por qué en los pies no?”. Le respondí, entre risas y jadeos, “Porque tengo muchas cosquillas ahí”. Sin embargo, Carlos hizo caso omiso a mis súplicas y, en lugar de parar, comenzó a hacerme muchas cosquillas en las plantas de mis pies.
En ese momento, comencé a reír a carcajadas, moviendo mis pies en diferentes direcciones como si tuvieran vida propia, intentando huir de las cosquillas que me hacía mi hijo. “¡Mami, eres muy cosquilluda en tus pies!”, exclamó con una gran sonrisa.
Mis carcajadas resonaban en la habitación mientras suplicaba piedad, pero él parecía estar disfrutando demasiado del momento. Carlos estaba en un trance, cumpliendo con su nueva curiosidad por hacer cosquillas a mujeres, y yo fui su primera víctima en esta fase divertida de su vida.
A medida que la risa llenaba el aire, comprendí que había despertado en él un interés por esta peculiar forma de diversión, mientras yo intentaba desesperadamente escapar de sus manos traviesas. Carlos exploraba cada rincón de mis pies: las plantas, los arcos, los lados y entre los dedos, produciéndome unas cosquillas terribles y un desespero incontrolable. Cada toque era como una chispa que encendía mi risa aún más, llevándome a un punto en que las risas y los suplicios de cosquillas se mezclaban en una danza de diversión y descontrol.
Lo peor de todo llegó justo en el momento en que mi hijo en medio de su trance por hacerme cosquillas, comenzó a hacerme cosquillas entre los dedos de mis pies, justo en esa parte de mi cuerpo, la sensación se tornó tan desesperante que mis carcajadas se transformaron en gritos y alaridos. “¡Por favor, Carlos, no más cosquillas entre los dedos!” supliqué, tratando de contenerme. Él, sin embargo, estaba disfrutando demasiado de la situación y continuó su ataque, cada vez más decidido.
Finalmente, después de lo que parecieron horas, Carlos se detuvo un momento, riéndose y respirando pesadamente. “¿Ves? ¡Te dije que eras muy cosquilluda!”, dijo entre risas.
“¡Nunca más vuelvas a hacerme cosquillas y menos en los pies!” le advertí, aún riendo.
“Mami, pero te ríes bastante. Para la próxima podríamos usar plumas, pinceles y cepillos. ¿Qué opinas?”, sugirió con una sonrisa traviesa.
“No sé…” respondí, entre risas, mientras pensaba en lo locas que podrían ser nuestras próximas aventuras.
Jamás me imaginé que mi hijo desarrollara su gusto por hacer cosquillas y que me utilizara a mí como su conejillo de indias. Pero, a pesar de la locura, no podía evitar sentirme agradecida por esos momentos de risa y conexión que compartimos.
Patricia
Original de Tickling Stories
