Tiempo de lectura aprox: 121 minutos, 8 segundos
Carolina tiene treinta años y vive en el centro de Bogotá, en un apartamento de dos habitaciones que convirtió en su refugio. Mide un metro setenta y cinco, pesa cincuenta y seis kilos, y sus medidas son noventa de busto, sesenta de cintura y noventa de cadera. Su piel es blanca, su cabello rubio y sus ojos azules. Calza treinta y nueve. Esas cifras, que alguna vez fueron solo datos en una ficha de modelaje, ahora son parte de su identidad pública en un nicho muy específico que nunca imaginó explorar.
Por las mañanas, Carolina se pone una bata blanca y atiende pacientes en su consultorio odontológico. Se graduó hace siete años de la Universidad El Bosque y desde entonces ejerce con disciplina. Le gusta la precisión de su trabajo, la manera en que la odontología exige manos firmes y atención al detalle. Sus pacientes la describen como seria, amable y con un tacto muy suave.
Por las tardes y algunos fines de semana, Carolina es modelo profesional. Durante años combinó el modelaje con la odontología sin mayores conflictos: sesiones de fotos, pasarelas, campañas de zapatos, lencería, ropa de baño. Su altura y sus medidas le abrieron puertas en la industria comercial. Pero con el tiempo, algo cambió. Descubrió que su cuerpo, y en particular una zona de su cuerpo, generaba reacciones inesperadas en los demás.
Carolina es extremadamente cosquillosa. Lo ha sido desde niña, pero durante años lo ocultó por vergüenza. Sus pies son los puntos más sensibles, en especial el pie derecho, y dentro de este, el arco y la base de los dedos. Una caricia suave, un roce con un cepillo o simplemente el contacto de una uña sobre la planta son suficientes para desatar en ella una risa incontrolable, espasmos y súplicas que escapan de su boca sin que pueda detenerlos. Lo que para otros es una simple molestia, para Carolina es una pérdida total del control.
Al principio intentó disimularlo en las sesiones de fotos. Cuando un maquillador le tocaba los pies para aplicar crema, ella contenía la respiración y apretaba los puños. Pero pronto entendió que no podía ocultarlo. Su reacción era demasiado intensa, demasiado genuina. Y lo que parecía una debilidad se convirtió, sin que ella lo planeara, en una especie de especialidad.
Hoy, a sus treinta años, Carolina ya no es la modelo ingenua que aceptaba trabajos sin saber bien en qué se metía. Ahora tiene criterio, límites claros y una red de contacto en el mundo de los fetiches y las cosquillas que construyó con cautela. Recibe propuestas, las evalúa y decide cuáles acepta. Sabe que su reacción es el producto, y que ese producto tiene demanda. Pero también sabe que cada sesión la expone, la vulnera y la deja pensando durante días en lo que realmente significa para ella.
En su vida cotidiana, pocos conocen esta faceta. Su familia cree que el modelaje es solo para campañas de ropa formal. Sus colegas odontólogos la ven como una profesional dedicada, un poco reservada, pero impecable en el tratamiento de sus pacientes. Ninguno sabe que detrás de la mujer de bata blanca hay otra que se deja atar a una camilla mientras cuatro pares de manos recorren sus pies con cepillos de cerdas duras.
Esa separación entre la Carolina odontóloga y la Carolina modelo de cosquillas ha funcionado por años. Pero mantener dos vidas exige un esfuerzo silencioso, hecho de excusas, silencios y una agenda cuidadosamente segmentada. Y últimamente, ese equilibrio empieza a tambalearse.
Una mañana cualquiera, después de atender a su último paciente, Carolina revisó su correo y encontró el estado de cuenta de su fondo de ahorros. Llevaba años guardando con disciplina, separando un porcentaje de cada sesión de modelaje y de cada consulta odontológica. La cifra era decente, pero no suficiente para lo que quería hacer. Quería su propio consultorio. Un espacio diseñado por ella, con su equipo, sus protocolos, su nombre en la fachada. Dejar de depender de la clínica donde trabajaba como asociada y empezar a construir algo propio.
Así que una tarde, sin pensarlo demasiado, se presentó en la sucursal del banco donde tenía sus cuentas. Vestía de manera discreta: jeans negros, zapatos cerrados, una chaqueta de cuero y el cabello recogido. Nada que llamara la atención. En la entrada la recibió un vigilante que le indicó el ascensor y, al llegar al piso de asesoría comercial, una recepcionista la hizo pasar a un cubículo de vidrio.
El asesor se llamaba Ricardo. Un hombre de unos cuarenta y cinco años, de traje azul, corbata gris y una sonrisa calculada que usaba con todos los clientes. La saludó con un apretón de manos firme y la invitó a sentarse. Sobre el escritorio tenía una laptop, una taza de café y una bandeja con tarjetas de presentación. Carolina se sintió por un momento fuera de lugar, como si estuviera haciendo algo que no le correspondía, pero se obligó a mantener la calma.
—Cuénteme, Carolina, en qué la podemos ayudar —dijo Ricardo, abriendo un formulario en la pantalla.
—Quiero solicitar información sobre un crédito de libre inversión. Estoy evaluando la posibilidad de abrir mi propio consultorio odontológico.
Ricardo asintió con interés.
—Muy bien. ¿Ya tiene un local en mente?
—Todavía no. Primero quiero saber hasta dónde puedo llegar con el crédito. Necesito saber cuánto puedo pedir para planear los siguientes pasos.
—Entiendo. Muy sensato. Vamos a revisar sus ahorros e ingresos.
Carolina le entregó sus extractos bancarios, sus declaraciones de renta simplificadas y un resumen de sus ingresos de los últimos dos años. Mientras Ricardo tecleaba y miraba cifras en la pantalla, ella observó el cubículo: una planta pequeña en la esquina, un cuadro abstracto, la luz blanca del techo. Todo demasiado ordenado. Demasiado gris.
—Veo que sus ingresos son bastante estables —dijo Ricardo después de unos minutos—. Combina su trabajo como odontóloga con otras actividades de modelaje, ¿correcto?
—Correcto. Sesiones de fotografía, pasarela, algunas campañas.
—Los números son buenos. Tiene un historial crediticio limpio y una capacidad de ahorro excelente. Con eso, podemos ofrecerle hasta trescientos millones de pesos en un crédito de libre inversión, a una tasa preferencial por su perfil. La cuota mensual dependerá del plazo que elija, pero para que se dé una idea, a cinco años estaría en un rango que sus ingresos actuales cubren sin problema.
Carolina sintió un alivio inmediato. Trescientos millones. Era una cifra respetable, suficiente para adecuaciones, equipos básicos, muebles y un colchón para los primeros meses sin pacientes. No le alcanzaría para lujos, pero sí para empezar.
—¿Y qué documentos necesitaría para formalizar la solicitud? —preguntó, tratando de sonar segura.
—Con los que me trajo es suficiente. Podríamos dejar la solicitud preaprobada hoy mismo. Pero antes —Ricardo la miró a los ojos—, necesito que me confirme el destino exacto de los recursos para el concepto del crédito. Usted dice que es para abrir su consultorio. ¿Va a ser odontología general o tiene alguna especialidad?
Carolina sonrió. La pregunta era sencilla, pero por alguna razón sintió que cualquier respuesta la encasillaba.
—Odontología general. Quizás más adelante algo de ortodoncia. Pero para empezar, lo básico.
—Perfecto. Entonces solo necesito que complete esta declaración de destino de recursos y firmamos la preaprobación.
Ricardo le pasó un documento por debajo del vidrio. Carolina lo leyó con cuidado: un párrafo estándar donde declaraba que el crédito se usaría para inversión en infraestructura y equipamiento para consultorio odontológico. Nada sobre sesiones de fotos, nada sobre cosquillas, nada sobre la otra vida que financiaba silenciosamente sus ahorros. Firmó con su nombre completo y devolvió el papel.
—En tres días hábiles tenemos la respuesta definitiva —dijo Ricardo, guardando el documento en una carpeta—. Pero con su perfil, no debería tener problema. Felicitaciones por la iniciativa. No es fácil lanzarse sola.
—Gracias —respondió Carolina, levantándose.
Se despidió con un apretón de manos y salió del cubículo. Mientras caminaba hacia el ascensor, sintió el teléfono vibrar en el bolsillo de su chaqueta. Era un mensaje de un número que no tenía guardado: «Hola Carolina, te escribo porque vi tu perfil. Tengo una propuesta de sesión para un cliente privado. Pagamos bien. Dime si te interesa.»
Guardó el teléfono sin responder. Por ahora, lo importante era el consultorio. La otra vida podía esperar.
Carolina guardó el teléfono y no volvió a mirar el mensaje. No porque no le interesara la propuesta, sino porque en ese momento su cabeza estaba en otro lugar. El crédito preaprobado, los trescientos millones, la posibilidad de tener su propio consultorio: eso era lo único que le importaba. La otra vida, la de las sesiones privadas y los videos de cosquillas, podía esperar. No iba a desaparecer.
Los días siguientes los dedicó a revisar opciones de locales comerciales. Visitó tres espacios: uno en un edificio de consultorios médicos en la Calle 134, otro en un centro comercial de strata medio al norte de la ciudad, y un tercero en una casa remodelada sobre la Autopista. Todos tenían algo que no le convencía. El primero era demasiado pequeño. El segundo quedaba lejos de donde vivía. El tercero tenía buena ubicación pero las adecuaciones le saldrían muy caras. Regresó a su apartamento cada tarde con la sensación de que nada encajaba del todo.
Fue una semana después, mientras tomaba café en la cocina y miraba por la ventana, cuando se dio cuenta. El apartamento contiguo al suyo, el de la puerta blanca con el número 203, tenía un letrero de «Se arrienda» pegado con cinta hace meses. Había estado desocupado desde que los vecinos anteriores se mudaron. Lo había visto cientos de veces sin darle importancia, pero esa mañana algo hizo clic en su cabeza.
Vivía en un edificio de apartamentos pequeños, de esos que abundan en Chapinero, con locales comerciales en el primer piso pero viviendas en los superiores. El 203 tenía la misma distribución que el suyo: una sala amplia, dos habitaciones, una cocina pequeña y un baño. La sala principal, bien iluminada por una ventana que daba a la calle, podría funcionar perfectamente como recepción y consultorio. Una de las habitaciones podría ser el área de esterilización y la otra un consultorio secundario o zona de almacenamiento. No necesitaba más. Era íntimo, quedaba al lado de su casa, y el arriendo sería mucho más barato que cualquier local comercial.
Llamó al número del letrero esa misma tarde. Le contestó un hombre de voz grave que se presentó como don Héctor, el dueño del apartamento. Quedaron en verse al día siguiente en el inmueble.
Cuando Carolina llegó, don Héctor ya estaba abriendo la puerta. Era un señor de unos sesenta y cinco años, canoso, de lentes gruesos y un pantalón de vestir arrugado. Caminaba con un bastón y tenía la calma de quien ya ha visto suficiente en la vida como para no sorprenderse por nada.
—Pase, joven —le dijo, haciéndola entrar.
El apartamento olía a pintura reciente y a cerrado. Las paredes estaban limpias, los pisos de baldosa gris, las instalaciones eléctricas visibles pero funcionales. Carolina recorrió cada espacio imaginando dónde pondría el sillón dental, dónde la recepción, dónde el compresor. El potencial era evidente.
—Don Héctor, le voy a ser sincera —dijo, deteniéndose en medio de la sala—. Yo soy odontóloga. Vivo en el apartamento de al lado. Quiero usar este espacio para montar mi propio consultorio. No voy a hacer adecuaciones estructurales grandes, solo voy a instalar equipos, poner divisiones ligeras si es necesario y adecuar la tubería para el equipo dental. Todo quedará en perfectas condiciones.
Don Héctor la miró por encima de sus gafas.
—¿Odontóloga? ¿Y por qué no en un centro médico?
—Porque quiero algo propio, tranquilo, sin tanto ruido. Aquí los pacientes pueden venir con cita, sin las multitudes de una clínica grande. Y como le digo, me queda al lado. Puedo tener control total.
El hombre caminó con dificultad hasta la ventana y miró hacia la calle. Se quedó en silencio un rato, como si estuviera sopesando la propuesta.
—Mire, joven —dijo al final, sin volverse—. Yo no tengo problema con que sea consultorio, siempre y cuando no moleste a los vecinos. Nada de música, nada de escándalos, nada de pacientes haciendo fila en el pasadizo. ¿Me entiende?
—Perfectamente. Todo con cita. Una o dos personas a la vez. Nada de bulla.
Don Héctor asintió. Negociaron el canon: un millón doscientos mil pesos al mes, incluida la administración, con un aumento anual del IPC. Contrato inicial de dos años. Carolina sacó una copia de su cédula, firmó las hojas que don Héctor llevaba en un sobre de manila, y el hombre firmó también con una letra temblorosa pero legible. Se dieron la mano y el señor se fue con el bastón golpeando suavemente el piso del pasillo.
Carolina se quedó sola en el apartamento vacío. Cerró los ojos y escuchó el silencio. No era el silencio de un consultorio cualquiera. Era el silencio de algo que estaba a punto de empezar.
A la semana siguiente, el banco le aprobó el crédito. Ricardo, el asesor, la llamó por teléfono para darle la noticia con una voz triunfal que parecía celebrar un logro propio.
—Tiene trescientos millones disponibles en su cuenta. Disfrútelos con responsabilidad y mucha suerte con el consultorio.
Carolina agradeció, colgó y se puso a trabajar en la lista de compras. Necesitaba un sillón dental de segunda mano pero en buen estado, una unidad de rayos X portátil, un compresor silencioso, instrumental de endodoncia y cirugía, una autoclave, una computadora con software de gestión, y todo lo que implica arrancar de cero. La mayor parte del presupuesto se fue en eso. Lo que sobró lo destinó a adecuaciones: pintura, iluminación led, una división de vidrio templado para separar la recepción del área clínica, un lavamanos adicional, y el detalle más importante para ella: un piso de vinilo que imitaba madera porque, según dijo, «el paciente debe sentirse en un lugar cálido, no en una clínica fría».
Pasaron dos meses de idas y venidas. Contrató a un electricista, a un plomero, a un diseñador de interiores que le cobró caro pero le dejó el espacio hermoso. Eligió los colores: blanco para las paredes, toques de verde suave en los detalles, plantas naturales en las esquinas. La recepción tenía un escritorio pequeño de madera clara, dos sillas cómodas para acompañantes, y una pecera vacía que alguien le regaló y que aún no decidía si llenar o no.
El primer equipo en llegar fue el sillón dental. Era un modelo refurbished de una marca alemana, color hueso, con reposabrazos acolchados y una luz led que se movía con suavidad. Cuando los técnicos lo instalaron justo en el centro de lo que antes fue la sala del apartamento 203, Carolina se quedó mirándolo en silencio. Era real. Estaba sucediendo.
Colgó su diploma de la Universidad El Bosque en la pared principal. En un marco sencillo, plateado. Debajo puso una copia de su tarjeta profesional y su certificado de cursos en ortodoncia interceptiva. Todo en orden. Todo legal. Todo impecable.
La última noche antes de abrir, Carolina se sentó en la silla del paciente, apoyó los pies en el reposapiés y miró a su alrededor. El consultorio estaba listo. Blanco, limpio, ordenado, con olor a desinfectante y a pintura fresca. Era suyo. Nadie más había puesto un peso. Nadie más había madrugado a coordinar instalaciones. Nadie más había firmado los contratos. Solo ella.
En su bolsillo, el teléfono vibraba de vez en cuando. Nuevos mensajes, nuevas propuestas de sesiones. Los ignoró uno por uno. Por ahora, lo importante estaba aquí. Mañana llegaría el primer paciente.
Y mientras sus dedos rozaban el reposabrazos del sillón, pensó por un instante en lo fácil que sería conectar el sillón dental a una fuente de corriente variable, en lo divertido que podría ser ajustar las correas, en cómo se vería ese espacio convertido en otra cosa… pero se rió para sus adentros y apartó la idea. Eso era para otro momento. Para otra Carolina.
Carolina apagó el despertador antes de que sonara. Las cinco de la mañana en punto. Era una costumbre que había cultivado durante años, mucho antes de pensar en tener su propio consultorio. El silencio de esa hora, cuando la ciudad todavía no rugía, le pertenecía por completo.
Se levantó, estiró los brazos sobre la cabeza y caminó descalza hasta la sala. Sobre el tapete que compró el año pasado en un domicilio, empezó su rutina de yoga. Posturas suaves, respiraciones profundas, ese momento de calma antes de que el mundo la reclamara. Durante veinte minutos se movió entre el perro hacia abajo y la cobra, sintiendo cómo sus músculos despertaban uno a uno. Cuando terminó, el sudor le perlaba la frente y la espalda, y una sensación de claridad le recorría el cuerpo.
Se duchó con agua tibia. Jabón neutro, champú de keratina, un enjuague con aroma a coco que le duraba horas en el cabello. Al salir, la humedad del baño empañó el espejo, pero no le importó. Se secó el cuerpo con una toalla felpa blanca, la misma que usaba desde la universidad, y se paró frente al tocador para empezar el ritual de siempre.
Primero la crema hidratante en brazos y piernas. Luego el aceite corporal en el cuello y el escote. Luego una loción más ligera para las manos, porque las manos de una odontóloga no pueden estar resecas. Y finalmente, cuando ya estaba casi lista, tomó el spray para pies que tenía junto al espejo. Lo agitó un par de veces y roció sus plantas con generosidad. El producto era fresco, con menta y algo de aloe, y dejaba una sensación de alivio inmediato. Se masajeó los pies con los pulgares, presionando los arcos, estirando los dedos. Una rutina automática, casi inconsciente, que repetía desde que empezó a cuidar sus pies como parte de su imagen profesional.
Se vistió con el uniforme de odontóloga: unos pantalones clínicos color turquesa claro, una camiseta blanca manga larga debajo, y encima la bata blanca con su nombre bordado en azul: Carolina R., Odontóloga General. Antes de ponerse los zapatos, miró el armario donde guardaba sus zapatos cerrados de trabajo. Pero en un impulso matutino, agarró las crocs azules que usaba para estar en casa. Cómodas, livianas, sin medias. Se las puso y caminó hacia la cocina a preparar el desayuno.
Mientras calentaba agua para un té verde y picaba una porción de papaya, se quedó de pie frente a la estufa con las crocs puestas. No pensó en los pies. No pensó en cómo se veían. No pensó en nada que no fuera la lista de cosas por hacer antes de que llegara el primer paciente. Revisó mentalmente los instrumentos esterilizados, la historia clínica lista, el pago del arriendo ya hecho. Todo estaba en orden.
A las seis y cuarenta y cinco, Carolina terminó de maquillarse. Un poco de base, rímel, un labial tono durazno. Se miró en el espejo del baño y se gustó. Fresca, profesional, segura. Salió de su apartamento con las crocs azules todavía en los pies y la bata impecable. Cruzó el pasillo que separaba su casa del consultorio. Sacó las llaves, abrió la puerta del 203 y entró.
El consultorio la recibió con ese olor a limpio y a nuevo que todavía la sorprendía. Encendió las luces, revisó la autoclave, puso música ambiente suave. Eran las siete menos cuarto. El primer paciente estaba agendado para las siete y treinta.
A las siete y veinticinco llamaron a la puerta. Carolina abrió y se encontró con un chico de unos dieciocho años, de cabello castaño oscuro y ojos inquietos. Se llamaba Sebastián. Era paciente suyo desde hacía seis meses, cuando ella todavía trabajaba en la clínica del norte. Él había empezado un tratamiento de ortodoncia interceptiva y Carolina le estaba haciendo los ajustes periódicos. Cuando ella le avisó que abría su propio consultorio, Sebastián no dudó en seguirla.
—Buenos días, Caro —dijo el chico, con la confianza de quien ya conoce a su odontóloga.
—Buenos días, Sebas. Pasa, siéntate en la silla.
Carolina cerró la puerta detrás de él y señaló el sillón dental. El chico obedeció, se acomodó en el asiento y puso los brazos en los reposabrazos, mirando el techo con familiaridad. Era un paciente tranquilo, de esos que no se quejan, que abren la boca cuando se les pide y cierran cuando se les dice. Carolina lo apreciaba por eso.
Ella se dirigió al escritorio pequeño que había colocado en una esquina, junto a la ventana. Allí tenía la computadora con el software de gestión clínica. Abrió el programa, buscó la historia clínica de Sebastián y empezó a revisar las notas de la última cita. Frunció el ceño un momento mientras recordaba un detalle sobre la posición de un bracket. Mientras tanto, se sentó en la silla giratoria del escritorio y, sin pensarlo, echó los pies hacia atrás, cruzando ambos tobillos. Era una postura que adoptaba naturalmente cuando se concentraba, sobre todo las mujeres. Los pies hacia atrás de la silla, los talones asomando, las plantas en un ángulo que quedaban a la vista.
Lo que Carolina no notó, tal vez por la ansiedad del primer día o por la costumbre de estar en su propio espacio, era que todavía llevaba puestas las crocs azules. Y que al cruzar los pies hacia atrás, las crocs se inclinaron apenas lo suficiente para dejar ver sus talones, el borde de los arcos y parte de los costados de las plantas. La piel se veía suave, hidratada por el spray y las cremas de la mañana. No había medias. No había nada.
Sebastián, desde el sillón dental, no podía ver la pantalla del computador. Pero podía ver el perfil de Carolina de espaldas, concentrada en el monitor, y podía ver sus pies asomando detrás de la silla del escritorio.
El chico no dijo nada. No hizo ningún comentario. Pero sus ojos se quedaron un instante más de lo necesario en esos talones, en esos arcos, en la forma en que las crocs azules dejaban ver apenas un par de centímetros de piel suave. Algo en su mirada cambió, aunque su rostro permaneció neutro. Simplemente dejó que su imaginación hiciera el resto, mientras Carolina seguía tecleando, ajena por completo a lo que estaba ocurriendo a sus espaldas.
Sebastián no pudo evitar seguir mirando. No era algo que hubiera planeado, ni siquiera algo que entendiera del todo. Pero ahí estaban, los pies de Carolina, asomando detrás de la silla con una naturalidad que contrastaba con lo que a él le generaban. La piel se veía suave, cuidada, sin una sola imperfección. Los talones redondeados, los arcos marcados, los costados de las plantas apenas visibles desde donde él estaba recostado.
La curiosidad le ganó.
—Oye, Caro —dijo, en un tono que intentó sonar casual—. ¿Tú calzas cuánto?
Carolina ni siquiera levantó la vista de la pantalla. Sus dedos seguían tecleando, sus ojos seguían recorriendo las notas de la historia clínica. La pregunta le pareció tan inocente que respondió en automático, como si le hubieran preguntado la hora.
—Treinta y nueve —dijo, sin inmutarse.
Sebastián asintió, como si esa información tuviera algún sentido para él. Pero no se detuvo allí. La curiosidad se había vuelto un impulso difícil de frenar.
—¿Y no te da frío estar así sin medias? —preguntó de nuevo, señalando con un leve movimiento de cabeza hacia los pies de Carolina.
Ella seguía concentrada en el computador. La pregunta sobre el frío le pareció un poco extraña, pero asumió que era solo conversación casual de paciente. Respondió con la misma voz neutra, casi distraída.
—A veces sí. Sobre todo cuando llueve. Pero lo normal, nada del otro mundo.
Sebastián sintió que había un espacio, un pequeño margen para seguir preguntando. No sabía muy bien por qué lo hacía. Tal vez la intimidad del consultorio vacío, tal vez la confianza que le daba conocerla desde antes, tal vez la manera en que ella se mostraba tan desprevenida. Se atrevió con una tercera.
—¿Eres cosquillosa?
Carolina, todavía con los ojos fijos en la pantalla y la mente ocupada en los brackets de su paciente, respondió sin calcular. Como si la pregunta fuera parte de un cuestionario médico rutinario.
—¿En los pies?
—Sí —dijo el chico, conteniendo la respiración.
—Muchas —respondió ella, y luego añadió, casi como una confesión involuntaria—. Sobre todo en la planta.
Sebastián se quedó en silencio. Su corazón latía un poco más rápido, pero su rostro no mostraba nada. Había obtenido más información de la que esperaba. Y lo mejor de todo, Carolina se la había entregado sin filtro, como si estuviera hablando con una pared, como si no hubiera escuchado realmente lo que estaba preguntando.
En ese momento, Carolina hizo un movimiento con la cabeza, un gesto de quien termina de leer una página larga. Cerró el archivo en la pantalla, guardó los cambios y se levantó de la silla giratoria. El ruido de la ruedas sobre el piso de vinilo rompió el hechizo. Sebastián, que se había quedado un tanto inclinado hacia adelante, se recostó rápidamente en el sillón dental, acomodó su cabeza en el apoyacabezas y puso las manos sobre el abdomen. Su rostro volvió a ser el de siempre: el de un paciente tranquilo, respetuoso, que solo quería que le revisaran los dientes.
Carolina giró su silla de trabajo, la que usaba para atender, y la acercó al sillón dental. Se sentó frente a él con la soltura de quien ha hecho esto miles de veces. Sus rodillas quedaron apenas a unos centímetros del reposabrazos. Las crocs azules, todavía sin medias, quedaron apoyadas en la base del sillón, pero esta vez no cruzó los pies. Los mantuvo firmes en el piso, uno al lado del otro.
—Bueno, Sebas —dijo, con una voz que ahora sí era plenamente la de una profesional—. Abre la boca, vamos a ver cómo va ese tratamiento.
Sebastián obedeció. Abrió la boca sin chistar. Carolina tomó el espejo bucal y la sonda, se inclinó sobre él y comenzó a revisar cada diente, cada alambre, cada bracket. La luz led del sillón iluminaba la cavidad oral con una claridad quirúrgica. Ella movía la cabeza con precisión, girando el espejo en ángulos exactos, palpando aquí y allá con la sonda.
Pero Sebastián, mientras mantenía la boca abierta y la mirada fija en el techo, no podía dejar de pensar en lo que acababa de escuchar. Treinta y nueve. Muchas cosquillas en la planta. Lo había dicho ella misma. Su odontóloga, la misma que ahora tenía sus manos dentro de su boca, le había confesado sin saberlo algo que él guardaría como un secreto valioso.
Carolina notó que el chico estaba en silencio, como siempre, pero algo en sus ojos le pareció diferente. No supo qué. Lo atribuyó a los nervios del primer día o a la luz, y siguió trabajando. Sus dedos, firmes pero suaves, ajustaron un bracket ligeramente desalineado. Su pulgar, sin querer, apoyó un momento en la barbilla de Sebastián para mantener la cabeza firme.
El chico no dijo una palabra. Solo la miró, mientras ella seguía concentrada en su trabajo, ajena a todo lo que había dejado escapar apenas unos minutos atrás.
Carolina trabajaba en silencio, concentrada en la boca de Sebastián. El sonido de la sonda metálica tocando el esmalte dental era apenas un susurro. De vez en cuando pedía: «un poquito más abierto», o «relaja la lengua». El chico obedecía sin chistar, pero su mente estaba en otro lugar.
Mientras Carolina inclinaba la cabeza para observar mejor el ángulo de un alambre, él desvió la mirada hacia abajo. Desde donde estaba recostado, no podía ver los pies de ella porque el sillón le bloqueaba la visión directa. Pero sí recordaba con claridad lo que había visto minutos antes: los talones suaves asomando detrás de la silla del escritorio, el borde de los arcos, los costados de las plantas sin medias.
En su cabeza empezó a construir una escena. Imaginaba a Carolina sentada en la misma silla giratoria, pero esta vez con los pies apoyados en una superficie baja, como una banqueta o el borde de otra silla. Él estaría sentado en el suelo frente a ella, como había visto en algunos videos. Con un dedo, apenas rozaría la planta de su pie derecho. Ella, segura de sí misma al principio, quizás sonreiría sin darle importancia. Pero él continuaría, con movimientos lentos, circulares, sobre el arco. Y entonces sucedería: una risa nerviosa, un intento por retirar el pie, una súplica débil que se convertiría en carcajada.
Sebastián sabía que solo era su imaginación. Nunca le había dicho nada a Carolina sobre sus intereses. Nunca había insinuado nada. Pero ella misma le había confirmado, sin saberlo, lo que él solo sospechaba: que era terriblemente cosquillosa en las plantas de los pies. Esa confesión involuntaria, dicha en un tono automático mientras revisaba una historia clínica, se había instalado en su mente como una llave que abría una puerta que él creía cerrada.
Carolina seguía revisando los brackets. Metió un espejo pequeño para mirar la parte posterior de los incisivos inferiores y frunció el ceño.
—Has estado usando hilo dental como te indiqué —dijo, más como una afirmación que como una pregunta.
Sebastián movió la cabeza ligeramente, confirmando. No podía hablar con la boca abierta.
—Bien. La inflamación ha bajado mucho.
Ella volvió a inclinarse, esta vez para ajustar una liga que sujetaba el arco. El movimiento la acercó más a él. Por un instante, su cabello suelto rozó la mejilla del chico. Él sintió el aroma del champú de coco y contuvo la respiración. En su mente, la imagen regresó: los pies de Carolina, sus plantas, la confesión que ella misma había hecho sin calcular consecuencias.
Mantuvo la boca abierta y la mirada fija en la luz del sillón, dejando que su imaginación hiciera el resto mientras su odontóloga seguía trabajando en sus dientes, completamente ajena a lo que ocurría en la cabeza de su paciente.
Carolina dejó la sonda y el espejo sobre la bandeja metálica con un sonido limpio. Se quitó los guantes de látex con un movimiento hábil, los lanzó a la bolsa de bioseguridad y giró en su silla hacia Sebastián.
—Listo. Todo va muy bien. El movimiento está en lo esperado. Nos vemos en tres semanas para el próximo ajuste. Puedes levantarte.
Sebastián cerró la boca lentamente, pasó la lengua por sus dientes para sentir la limpieza y se incorporó en el sillón. La luz led se apagó con un botón que Carolina presionó sin mirar. El consultorio quedó iluminado solo por la luz natural que entraba por la ventana.
Carolina se puso de pie y caminó hacia la puerta de la habitación que había convertido en su área clínica. Era una sala pequeña, de unos cuatro metros por cuatro, lo justo para el sillón, el escritorio, el compresor y los muebles de almacenamiento. No había ventanas hacia el exterior en esa habitación, solo la puerta que daba al pasillo interior del apartamento, y de ahí a la recepción y la salida.
Sebastián se bajó del sillón y estiró las piernas. Sus zapatos deportivos hicieron un leve ruido de goma contra el piso de vinilo. Carolina iba delante de él, a unos dos pasos, con las manos en los bolsillos de su bata blanca. Las crocs azules, sin medias, dejaban ver sus talones cada vez que levantaba el pie para caminar.
Fue entonces cuando sucedió.
Sebastián, con un movimiento rápido que parecía casual, alargó su pie derecho y pisó el borde de la croc del pie derecho de Carolina. No fue un pisón fuerte, apenas un roce firme que desestabilizó el calzado. El borde de la croc se dobló bajo la suela del zapato deportivo del chico y Carolina, al dar el siguiente paso, sacó el pie limpiamente.
La croc quedó atrapada bajo el pie de Sebastián. Carolina, al quedar con un pie descalzo sobre el piso de vinilo, perdió el equilibrio por un segundo. Sus brazos se abrieron como aspas y su cuerpo se inclinó hacia la puerta, pero logró apoyar la mano en el marco para no caer.
—¡Ay! —exclamó, más por sorpresa que por dolor.
Sebastián reaccionó con una rapidez que podría haber sido cortesía o podría haber sido otra cosa.
—Oh, lo siento, fue sin querer —dijo con una voz que intentaba sonar apenada—. Déjame ayudarte.
Sin esperar respuesta, el chico se agachó. Con una mano recogió la croc azul que había quedado boca abajo en el piso. Con la otra, sin preguntar, tomó a Carolina por el tobillo derecho. Su agarre fue firme pero no brusco, justo lo necesario para sostener el pie en el aire mientras ella recuperaba el equilibrio apoyada en la puerta.
Carolina sintió la mano del chico rodeando su tobillo y su primer instinto fue decir algo. Abrió la boca para pedirle que no se molestara, que ella misma podía recoger el zapato. Pero fue entonces cuando cayó en cuenta. Miró hacia abajo y vio su pie derecho completamente descalzo, los dedos con esmalte rojo, la planta apoyada en el aire porque Sebastián la sostenía a la altura de la rodilla mientras estaba agachado. Vio también su pie izquierdo, todavía dentro de la otra croc, pero el derecho… el derecho estaba expuesto, suave, recién hidratado con el spray matutino, sin una sola media que lo cubriera.
El esmalte rojo brillaba bajo la luz de la recepción que llegaba desde el pasillo. Los dedos, largos y cuidados, terminaban en uñas perfectamente limadas. Y la planta, esa superficie que ella había confesado minutos antes como su punto más vulnerable, estaba completamente visible.
—No es necesario, Sebas —dijo, con una voz que intentó sonar firme pero que ya traía consigo un temblor nervioso—. Yo lo hago. Suéltame.
Pero Sebastián no la soltó. Tenía la croc en una mano y el tobillo de Carolina en la otra. Levantó la mirada apenas un instante hacia el rostro de ella y luego volvió a bajar los ojos al pie que sostenía. Sus dedos, los de la mano que agarraba la croc, soltaron el zapato y se movieron con rapidez.
Metió los dedos bajo el arco del pie derecho de Carolina. Fue un movimiento suave, casi delicado. Desde la base de los dedos hasta el talón, rozando con las yemas esa piel que Carolina había cuidado tanto. Y luego, sin dejar de mirar el pie, movió los dedos hacia arriba y abajo, apenas unos centímetros, como si estuviera tanteando la textura de una tela.
La reacción de Carolina fue inmediata.
—¡No! —siseó, y luego una carcajada se le escapó por la fuerza—. ¡Sebas, para! ¡Para!
Su pie intentó retirarse, pero el tobillo seguía firmemente agarrado. El movimiento de su pierna solo logró que su cuerpo se tensara más contra el marco de la puerta. Su pie izquierdo, todavía dentro de la croc, patinó un poco sobre el piso en su intento por mantener el equilibrio.
Sebastián no dijo nada. Tenía los ojos fijos en el pie de Carolina, en la forma en que los dedos se curvaban y se estiraban con cada cosquilleo, en cómo la planta se arrugaba levemente cuando sus dedos pasaban por el centro del arco. Siguió moviendo los dedos lentamente, explorando, sintiendo la suavidad de esa piel que su odontóloga había descrito como terriblemente cosquillosa.
Carolina rió de nuevo. Esta vez más fuerte. Su cuerpo se retorció contra la puerta y su mano libre apretó el marco de la madera hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Basta, Sebas, soy muy cosquillosa! —alcanzó a decir entre risas y súplicas.
El chico no levantó la vista. Sus dedos seguían moviéndose bajo el arco, disfrutando cada vibración, cada intento fallido de Carolina por liberarse, cada carcajada que ella no podía contener. La sensación de tener el pie de su odontóloga en sus manos, caliente, suave, tembloroso por las cosquillas, era algo que su imaginación no había podido construir con tanta fidelidad.
Carolina, atrapada entre la puerta y el agarre del chico, sentía cómo las cosquillas subían desde la planta de su pie derecho hasta la nuca. Reía sin control, suplicaba entre palabras cortadas, y en algún rincón de su mente aturdida se preguntaba cómo había llegado hasta ahí. Había salido de su apartamento con las crocs sin medias. Había cruzado los pies hacia atrás del escritorio. Había confesado su talla, su sensibilidad, su punto más débil. Todo en automático. Todo en un solo día.
Y ahora estaba ahí, con un pie descalzo en la mano de un paciente de dieciocho años, riéndose mientras él movía los dedos bajo su arco sin ninguna intención de parar.
Sebastián no soltaba. Su mano izquierda seguía rodeando el tobillo de Carolina con una firmeza que ella no imaginaba en un muchacho de dieciocho años. La derecha seguía moviéndose bajo el arco del pie, los dedos subiendo y bajando por la planta con un ritmo que no era ni demasiado rápido ni demasiado lento, sino justo el necesario para mantener viva la sensación sin dar tregua.
Carolina reía. No era una risa contenida ni educada. Era una risa explosiva, de esas que salen del diafragma y se llevan por delante cualquier intento de compostura. Su espalda estaba apoyada contra el marco de la puerta, su pie izquierdo patinaba sobre el piso tratando de encontrar un punto de apoyo firme, y su mano libre golpeaba suavemente la madera como si eso pudiera ayudarla a liberarse.
—¡Sebas! —alcanzó a decir entre carcajada y carcajada—. ¡Ya, ya está!
Pero el chico no hizo caso. Tenía la mirada fija en el pie que sostenía, en cómo la piel se estremecía con cada roce, en cómo los dedos de Carolina se encogían y se abrían como si quisieran huir sin tener a dónde ir. La planta era suave, mucho más de lo que había imaginado. El esmalte rojo brillaba bajo la luz del pasillo y el arco se arqueaba levemente cada vez que sus dedos pasaban por el centro.
—¿Estás segura? —preguntó Sebastián con una voz que parecía genuinamente curiosa, aunque sus dedos no se detuvieron—. Porque se mueve mucho.
Carolina soltó una carcajada más fuerte. Las palabras del chico, dichas con ese tono neutral, hicieron que las cosquillas se intensificaran. No sabía si era por lo que decía o por cómo lo decía. Solo sabía que su pie derecho estaba atrapado y que su cuerpo entero se había rendido a la sensación.
Intentó retirar la pierna. Flexionó la rodilla y tiró hacia atrás con fuerza, pero Sebastián tensó el agarre en su tobillo y la movió de nuevo hacia abajo. El movimiento solo sirvió para que los dedos del chico presionaran más contra el arco, como si la resistencia de Carolina fuera parte del juego.
—No te voy a hacer daño —dijo Sebastián, todavía sin levantar la vista—. Solo quiero ver algo.
Carolina no supo qué quería ver. No pudo preguntar. Cada vez que abría la boca para decir algo, una nueva oleada de cosquillas le robaba las palabras y las convertía en risas. Sentía cómo las lágrimas asomaban en el borde de sus ojos. Sentía cómo su mejilla se apoyaba contra el marco de la puerta porque ya no tenía fuerzas para mantener la cabeza erguida.
Los dedos de Sebastián exploraron el talón. Pasaron por la base de los dedos. Subieron por el arco otra vez. Bajaron por el costado externo del pie, donde la piel es más fina y más sensible. Carolina gimió entre risas, una mezcla de súplica y rendición que el chico interpretó como un estímulo para continuar.
El consultorio, silencioso excepto por las carcajadas de Carolina y el leve roce de los dedos contra la piel, parecía ajeno a lo que estaba ocurriendo. Los instrumentos esterilizados esperaban en sus bolsas. El sillón dental seguía inclinado en la posición en que Sebastián se había levantado. La luz led, apagada. Solo ellos dos, en esa habitación pequeña, con un pie descalzo y una mano que no se cansaba de moverse.
Carolina ya no pedía que parara. No porque no quisiera, sino porque las palabras se le habían vuelto imposibles. Solo reía. Reía con todo el cuerpo, sacudiéndose contra la puerta, mientras Sebastián seguía allí, en el suelo, sosteniendo su tobillo con una mano y acariciando su planta con la otra, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Carolina sintió el cambio antes de que ocurriera. Los dedos de Sebastián, que hasta ahora se movían con un roce suave y continuo, cambiaron de ángulo. Las yemas se retiraron apenas un centímetro y en su lugar aparecieron las uñas. Unas uñas cortas, limpias, sin esmalte, pero con el borde justo para raspar sin lastimar.
El primer rasguño fue ligero. Desde el talón hasta la base de los dedos, subiendo por el centro de la planta con una presión firme pero cuidadosa. La piel de Carolina, sensible y húmeda aún por el spray de la mañana, reaccionó como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Carolina soltó un grito. No fue una risa esta vez. Fue un grito agudo, desesperado, que se cortó a mitad de camino porque el aire se le fue de los pulmones. Su pie derecho intentó huir con una violencia que no había mostrado antes. La pierna entera se sacudió, la rodilla se flexionó y el tobillo giró dentro del agarre de Sebastián con una fuerza que sorprendió al chico.
Pero no la soltó.
Al contrario, sus dedos se aferraron con más firmeza al tobillo, y la mano que raspaba la planta intensificó el movimiento. Las uñas subían y bajaban por el arco con un ritmo más rápido, trazando líneas invisibles sobre la piel que hacían que Carolina apretara los dedos del pie con todas sus fuerzas.
Los dedos del pie derecho de Carolina se encogieron como si quisieran tocar la planta. Las uñas con esmalte rojo se curvaron hacia adentro y la piel del arco se arrugó formando pequeñas líneas que Sebastián podía sentir bajo sus uñas. Esa arruga, ese pliegue que se formaba cuando los dedos se apretaban, era justo la superficie que el chico buscaba. Allí, en los pliegues de la planta, las cosquillas se multiplicaban.
—¡No, no, no! —gritó Carolina entre carcajadas que ya no eran solo risas, sino algo más cerca del llanto—. ¡Sebastián, para! ¡No aguanto más!
Pero sus palabras se perdían en cada exhalación. Cada vez que intentaba decir «para», una uña pasaba por el centro del arco y la palabra se convertía en un gemido agudo seguido de una carcajada explosiva. Su cuerpo se retorcía contra la puerta. Su pie izquierdo, todavía dentro de la croc, golpeaba el piso sin control. Su mano libre ya no golpeaba la madera, sino que arañaba el marco buscando un punto de apoyo que no encontraba.
Sebastián no decía nada. Tenía los ojos clavados en el pie de Carolina, en cómo se movía, en cómo la planta se arrugaba y se estiraba bajo sus uñas, en cómo los dedos se apretaban y se abrían como si estuvieran respirando. El esmalte rojo parecía manchas de sangre en movimiento. La piel, suave y caliente, vibraba bajo cada raspado.
—Por favor —alcanzó a decir Carolina, con la voz quebrada—. Por favor, ya no.
Sus mejillas estaban rojas. Las lágrimas le corrían por las comisuras de los ojos. El cabello rubio, que había amanecido ordenado, ahora caía en mechones sobre su frente. La bata blanca se había desalineado con los movimientos y el nombre bordado Carolina R. quedaba torcido sobre su hombro.
Pero Sebastián siguió. Sus uñas pasaron una y otra vez por el arco, por el talón, por la base de los dedos. Subían y bajaban, a veces lentas, a veces rápidas, explorando cada centímetro de esa planta que Carolina le había confesado como su punto más débil. El chico parecía fascinado por la reacción, por cómo un solo movimiento podía desatar tormenta tras tormenta.
Carolina ya no pedía. Solo reía. Solo se retorcía. Solo sentía cómo las cosquillas la consumían por dentro mientras Sebastián seguía allí, en el suelo, sosteniendo su tobillo con una mano y rascando su planta con la otra, sin mostrar ninguna intención de detenerse.
Carolina no sabía de dónde sacó las fuerzas. Tal vez fue la desesperación, tal vez el instinto de supervivencia, tal vez una chispa de lucidez en medio del caos. Pero en algún momento, mientras las uñas de Sebastián seguían raspando su planta y su cuerpo se retorcía contra la puerta, logró inclinarse hacia adelante.
No pensó. No planeó. Simplemente movió sus manos hacia el chico que seguía agachado frente a ella, aferrado a su tobillo. Sus dedos, libres por fin de sostener el marco de la puerta, buscaron cualquier superficie que pudiera devolverle el control. Rozaron el hombro de Sebastián, subieron por su cuello, bajaron por su brazo. No sabía qué estaba haciendo. Solo sabía que necesitaba que él soltara su pie.
Fue entonces cuando sus dedos encontraron un lugar en el costado de Sebastián. No supo exactamente dónde. Tal vez entre la última costilla y la cadera, tal vez en un pliegue de la camisa que el chico llevaba puesta. No importaba. Lo importante era que en cuanto sus dedos presionaron esa zona, Sebastián emitió un sonido que Carolina nunca había escuchado en él.
Un resoplido. Un intento fallido de contener la risa. Su cuerpo se tensó por un segundo y luego se contrajo hacia un lado, como si alguien le hubiera aplicado una descarga leve.
Carolina, sin entender muy bien lo que había pasado, volvió a pasar los dedos por el mismo sitio. Esta vez con más intención. Y esta vez Sebastián sí se rió. Fue una risa corta, sorprendida, casi infantil. Su cuerpo se encogió y su mano, la que sostenía el tobillo de Carolina, se aflojó apenas lo suficiente.
Fue suficiente.
Carolina retiró el pie derecho con un movimiento brusco, casi violento. El tobillo quedó libre. Dio un paso lateral, tambaleándose, y se apoyó en la pared del pasillo. Su pecho subía y bajaba con una respiración agitada. Las mejillas aún rojas, los ojos húmedos, el cabello revuelto.
Sebastián se quedó en el suelo un momento, con la mano que sostenía la croc aún levantada en el aire. Parpadeó dos veces, como si estuviera procesando lo que acababa de ocurrir. Luego se puso de pie con una lentitud que parecía estudiada.
Carolina, sin mirarlo, se agachó rápidamente. Tomó la croc que el chico había soltado o que ella misma había dejado caer, no estaba segura. La metió en su pie derecho con un movimiento rápido, calzando sin usar las manos, apoyando la punta del pie contra el piso y empujando hasta que el talón quedó dentro. La sensación de la goma contra su planta aún sensible la hizo estremecerse, pero prefirió no pensar en eso.
Se incorporó y se apartó otro paso de Sebastián. Ahora había un metro de distancia entre ellos. Aún reía, aunque ya no era la risa histérica de hace un momento. Era una risa nerviosa, residual, como el eco de algo que aún no terminaba de apagarse.
Sebastián levantó una mano, la frotó contra la parte posterior de su cuello y esbozó una sonrisa que intentaba ser inocente.
—Discúlpeme, doctora —dijo, usando el «usted» que había abandonado minutos antes—. Fue sin querer. Bueno, no todo, pero… lo del pisón sí. Lo siento.
Carolina lo miró. Aún tenía lágrimas en los ojos. Aún sentía las cosquillas recorriéndole el pie derecho como un fantasma. La planta le vibraba. El arco le ardía. Y el chico estaba ahí, de pie, pidiendo disculpas con una cara que no lograba decidir si era arrepentida o divertida.
Ella pasó una mano por su cabello, tratando de devolverlo a su lugar. Ajustó la bata blanca sobre su hombro. Respiró hondo.
—Está bien —dijo, y su voz aún temblaba un poco—. Solo… solo no vuelva a hacerlo.
Sebastián bajó la mano del cuello y la metió en el bolsillo del pantalón. Su postura era relajada, como si lo que acababa de ocurrir fuera algo sin mayor importancia. Pero sus ojos, aún fijos en Carolina, delataban otra cosa. Había en ellos una mezcla de nerviosismo y satisfacción que el chico no se esforzaba por ocultar del todo.
—La verdad, doctora —dijo, usando de nuevo el tono casual de antes—, fue que me dejé llevar. Cuando se le cayó la croc y vi su pie descalzo… no sé. Me dio curiosidad. Quería saber qué tan cosquillosa era usted.
Carolina terminó de ajustarse la bata y pasó la mano por su cabello por segunda vez. Aún sentía el cosquilleo residual en la planta del pie derecho, esa sensación fantasma que queda después de que el estímulo cesa. Sus dedos aún se movían dentro de la croc, sin que ella pudiera evitarlo, como si su cuerpo no terminara de creer que el ataque había terminado.
Lo miró. El chico estaba ahí, con esa mezcla de timidez y atrevimiento que solo los jóvenes saben tener. No parecía malintencionado. Pero tampoco parecía verdaderamente arrepentido.
—Bueno —respondió Carolina, con una voz que intentaba recuperar la firmeza de una profesional—. Como puede ver, soy muy cosquillosa en los pies. Ya lo comprobó.
Hubo un silencio breve. Carolina se llevó una mano a la frente, como si quisiera comprobar que seguía ahí, que todo había ocurrido realmente. La piel de sus mejillas aún estaba caliente. Las lágrimas ya se habían secado, pero los rastros húmedos en sus pómulos aún brillaban bajo la luz.
Sebastián asintió lentamente, como si estuviera procesando la confirmación oficial.
—Sí —dijo, con una media sonrisa—. Ya lo comprobé.
Se quedaron en silencio un momento, de pie en el pasillo que conectaba la habitación clínica con la recepción. El consultorio seguía en silencio. El compresor dental, apagado. La música ambiente, esa lista de canciones suaves que Carolina había elegido con cuidado, seguía sonando en la recepción como si nada hubiera pasado.
Carolina abrió la boca para decir algo. Quizás para cambiar de tema, quizás para pedirle que se fuera, quizás para recordarle que tenía otros pacientes esperando (aunque no los tuviera). Pero Sebastián la interrumpió antes de que pudiera emitir palabra.
—¿Sabe qué, doctora? —dijo, con un tono que se volvió más confesional—. Yo ya la había visto antes. En un comercial. Uno donde le hacían cosquillas en los pies.
Carolina sintió cómo la sangre se le iba de la cara. Sus manos, que habían estado ajustando el borde de la bata, se detuvieron a mitad del movimiento.
—No sé si fue en YouTube o en alguna otra página —continuó Sebastián, como si no notara el cambio en ella—. Pero la reconocí en cuanto entré al consultorio. Usted tiene los pies muy particulares. O sea, no sé cómo decirlo. Los dedos largos, el arco muy marcado, el empeine alto. Y en el comercial se reía mucho. Bueno, gritaba también. Se retorcía. Era… bastante claro que no estaba actuando.
Carolina no dijo nada. Sus labios se apretaron en una línea delgada. La boca se le secó de inmediato. Quiso preguntarle qué comercial, dónde lo había visto, cuándo. Quiso explicarle que esos videos eran de otro ámbito, que no tenían nada que ver con su consultorio, que ella era una profesional, una odontóloga, una persona seria. Pero las palabras no le salían.
Sebastián se encogió de hombros, como si lo que acababa de decir fuera lo más natural del mundo.
—Desde entonces siempre quise saber si era cierto o no. Si de verdad era tan cosquillosa como parecía en el video. Y bueno —hizo una pausa y su mirada bajó un instante hacia los pies de Carolina, todavía enfundados en las crocs azules, para luego volver a subir—. Hoy lo comprobé.
Carolina permaneció inmóvil. Sus manos, ahora quietas, descansaban sobre los bolsillos de la bata. El rubor de sus mejillas ya no era por las cosquillas ni por el esfuerzo. Era otra cosa. Una mezcla de vergüenza, de exposición, de darse cuenta de que su mundo profesional y ese otro mundo, el de los videos y las sesiones, se habían tocado sin que ella pudiera hacer nada para impedirlo.
Sebastián la miraba con una expresión que no lograba descifrar. No era burla. No era juicio. Era más bien fascinación, como si estuviera viendo a alguien que solo conocía por una pantalla y de repente la tuviera frente a él, en carne y hueso, con bata blanca y todo.
Carolina tragó saliva. No supo qué responder. Por primera vez en mucho tiempo, se quedó sin palabras.
Carolina respiró hondo. Sus manos, aún dentro de los bolsillos de la bata, se cerraron en puños y luego se abrieron. No había forma de negarlo. El chico ya lo sabía. Ya la había visto. Ya había visto ese video, ese otro mundo que ella mantenía cuidadosamente separado de su vida como odontóloga.
—Sí —dijo al fin, con una voz más baja de lo habitual—. También soy modelo. Eso no lo he negado nunca. Y una vez me tocó hacer un comercial donde me hacían cosquillas. Era… era un trabajo. Uno más. Pero nunca lo pasaron por televisión. Nunca salió al aire en canales normales.
Sebastián la interrumpió con suavidad, pero con seguridad.
—Ese comercial no era para televisión, doctora. Yo lo vi en páginas de internet. Páginas con contenido… ya sabe. Cosas de fetiches. De cosquillas. De pies.
Carolina cerró los ojos un momento. La confirmación le cayó encima como un balde de agua fría. Siempre había sospechado que esos videos terminaban en lugares que ella no controlaba. Los productores se lo habían advertido desde el principio: «Esto no es para televisión abierta, Carolina. Es para un público específico». Ella aceptó porque necesitaba el dinero, porque la oportunidad era buena, porque en ese entonces todavía no medía bien las consecuencias. Pero escucharlo de labios de un paciente, un chico de dieciocho años que se sentaba en su sillón dental, era otra historia.
Abrió los ojos y lo miró. Sebastián seguía ahí, de pie, con las manos en los bolsillos, esperando.
—Eso explica muchas cosas —dijo Carolina, casi para sí misma—. Últimamente me han estado escribiendo al celular. Números que no conozco. Mensajes preguntando si ofrezco servicios. Yo no entendía por qué. Nunca he publicado nada. Nunca he dado mi número en esos sitios. Pero si mi cara está en páginas de fetiches… entonces todo tiene sentido.
Sebastián asintió lentamente.
—¿Y usted qué piensa de eso? —preguntó. Su tono no era acusador ni morboso. Sonaba genuinamente curioso, como si estuviera haciendo una pregunta seria—. Quiero decir, de que la contacten para eso. De que la vean como… bueno, como alguien que hace ese tipo de cosas.
Carolina lo miró sin responder de inmediato. La pregunta era incómoda, pero no malintencionada. El chico simplemente quería saber. Y ella, por alguna razón que no terminaba de entender, sintió que no quería evadir la respuesta.
Carolina se irguió, enderezando la espalda con un movimiento que intentaba recuperar la autoridad que había perdido en los últimos minutos. Ajustó la bata blanca sobre sus hombros, pasó la mano por el cabello una vez más y clavó la mirada en Sebastián. No con dureza, pero sí con una firmeza que el chico reconoció como el límite que no debía cruzar.
—Sebastián —dijo, con una voz que ya no temblaba—, yo en este momento estoy ejerciendo mi profesión como odontóloga. Eso es lo que me importa. No estoy pensando en esas otras cosas. Así que dejémoslo hasta aquí.
El chico asintió sin decir nada. No hubo resistencia en su rostro. Tal vez entendió que ya había obtenido más de lo que esperaba.
—Lo espero dentro de ocho días en la siguiente cita —continuó Carolina, caminando hacia la puerta de salida del consultorio—. A la misma hora. No se le olvide cepillar bien detrás de los molares.
Sebastián la siguió en silencio. Llegaron a la puerta principal del consultorio, esa que daba al pasillo común del edificio. Carolina giró el pestillo y abrió. El chico salió, se detuvo un momento en el umbral y la miró por última vez.
—Hasta la próxima, doctora —dijo, con una sonrisa que intentaba ser neutral pero que en sus ojos brillaba de otra manera.
—Hasta la próxima —respondió ella.
Sebastián caminó por el pasillo, bajó las escaleras y salió del edificio. Cuando sus zapatos deportivos tocaron la calle, cuando el sol de la mañana le dio en la cara, se permitió sonreír. No fue una sonrisa pequeña ni discreta. Fue una sonrisa de oreja a oreja, de esas que nacen en el pecho y se expanden sin control. Le había hecho cosquillas a su odontóloga. Había tenido su pie descalzo en sus manos. Había escuchado sus gritos y sus súplicas. Y todo había ocurrido en su propio consultorio, con ella vestida de blanco, con su título colgado en la pared.
Caminó dos cuadras antes de sacar el celular y escribirle a un amigo: «No te vas a creer lo que pasó hoy».
Mientras tanto, Carolina cerró la puerta del consultorio con llave. Escuchó el clic del seguro y apoyó la frente un momento contra la madera. Cerró los ojos. Respiró. Dio dos pasos hacia atrás y recorrió el pasillo vacío hasta llegar a su apartamento. Metió la llave en la cerradura, abrió y entró.
Adentro, el silencio de su casa le hizo bien. Se quitó la bata blanca y la colgó en el perchero de la entrada. Caminó directamente hacia su habitación, abrió el cajón donde guardaba las medias y sacó un par de algodón blanco. Se sentó en el borde de la cama, se quitó las crocs azules y se puso las medias con una lentitud casi ritual. Primero el pie izquierdo, luego el derecho. La tela suave cubrió su planta aún sensible y Carolina sintió una especie de alivio, como si las medias fueran una barrera que la protegía del mundo.
Después buscó sus tenis negros, los que usaba para estar en casa, y se los puso. Ató los cordones con cuidado. Ahora sí. Ahora sus pies estaban a salvo.
Se quedó sentada en la cama un momento, mirando sus manos. El teléfono, que había dejado en la mesita de noche, vibró. Luego vibró otra vez. Y otra.
Carolina lo tomó. En la pantalla había tres mensajes de números que no tenía guardados.
«Hola Carolina, vi tu perfil. Ofreces sesiones privadas de cosquillas?»
«Buenas, soy productor. Busco modelo ticklee para contenido exclusivo. Pagamos bien.»
«Hola, me encantó tu comercial de pies. Podemos coordinar algo?»
Carolina quedó mirando la pantalla, con el teléfono en las manos y los pies enfundados en medias y tenis. El brillo de la pantalla iluminaba su rostro en la penumbra de la habitación. No sabía qué responder. No sabía si quería responder. No sabía si ese mundo, el que había mantenido al margen durante tanto tiempo, estaba llamando a su puerta con más fuerza que nunca.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la cama y se recostó mirando el techo. Su pie derecho aún recordaba las uñas de Sebastián. Su mente aún repasaba las preguntas del chico. Y en algún lugar de su cabeza, una voz pequeña le susurraba que ya no podía seguir separando las dos vidas.
Carolina tomó el teléfono de nuevo y lo giró sobre la palma de su mano. La pantalla se encendió con el último mensaje aún visible. Deslizó el dedo hacia arriba y empezó a revisar uno por uno los mensajes que había ido archivando en los últimos días. No los había borrado. Nunca los borraba. Solo los dejaba ahí, en una carpeta silenciosa, como quien guarda algo que no sabe si necesita pero tampoco se atreve a tirar.
El primero decía: «Hola Carolina, te escribo porque vi un video tuyo donde te hacen cosquillas. ¿Eres realmente así de cosquilluda o es actuación? Me encantaría saber si haces sesiones privadas. Podemos hablar de dinero.»
Carolina frunció el ceño. Pasó al siguiente.
«Buenas tardes, soy productor independiente. Busco modelos para contenido de cosquillas en pies. Vi tu comercial y me interesó tu perfil. ¿Te gustaría participar como modelo en videos? Ofrecemos buenas tarifas por hora de grabación.»
Otro más abajo: «Carolina, disculpa la molestia. Quería preguntarte si trabajas como ticklee en sesiones a domicilio. Tengo un cliente muy interesado en tus pies. El pago es en efectivo, lo que acuerden ustedes.»
Deslizó el dedo otra vez. Y otra. Todos tenían algo en común. No solo la pregunta sobre sus cosquillas o sus pies, sino el tono: directo, sin rodeos, como si supieran exactamente qué querían y solo esperaran su respuesta.
El teléfono vibró mientras lo tenía en la mano. Un mensaje nuevo. Carolina lo abrió sin pensar.
«Hola Carolina, vi tu video en una página. Necesito una modelo para una sesión de cosquillas en pies. Pagamos 800 mil por dos horas de grabación. Eres tú o alguien con tus características. Dime si te interesa.»
Ochocientos mil pesos. Por dos horas.
Carolina dejó el teléfono en la cama y se quedó mirando la pared. Calculó rápidamente. En su consultorio, una limpieza dental le tomaba una hora y cobraba doscientos mil pesos. Una resina podía costar trescientos mil, pero también podía tomarle cuarenta minutos o una hora y media dependiendo del caso. Para llegar a ochocientos mil pesos en su consultorio, necesitaba atender al menos cuatro pacientes. Cuatro limpiezas. Cuatro horas de trabajo continuo, sin contar el tiempo entre paciente y paciente, la esterilización, el papeleo, el desgaste físico.
En el mundo de las cosquillas, una sesión de dos horas le ofrecía lo mismo. Sin título universitario. Sin posgrados. Sin pagar arriendo de consultorio. Sin lidiar con EPS, facturación, impuestos, pacientes que no llegan o que llegan tarde.
Carolina volvió a tomar el teléfono. Esta vez buscó más atrás, entre los mensajes viejos que había guardado pero nunca respondido. Encontró uno de hacía tres semanas: «Carolina, te escribo porque vi tu perfil en un foro. Ofrezco 1.5 millones por una sesión de cosquillas con amarre. Dónde y cuándo quieras. Solo necesito tu disponibilidad.»
Un millón quinientos mil. Por una sesión. Eso era más de lo que ganaba en una semana entera si tenía pocos pacientes.
Siguió revisando. Otro: «Hola, somos una productora pequeña. Buscamos modelo fijo para contenido de cosquillas y pies. Pagamos 3 millones al mes por dos sesiones semanales. Tú pones los límites, nosotros respetamos. Interesada?»
Tres millones al mes. Carolina ganaba en su consultorio, si todo iba bien, entre cuatro y cinco millones. Pero eso era con un flujo constante de pacientes que apenas empezaba a construir. Sin contar los gastos del crédito, los insumos, el arriendo del local, los servicios públicos, la contadora que le llevaba los papeles.
Los mensajes seguían. Algunos ofrecían cifras más modestas: doscientos mil, trescientos mil, quinientos mil. Otros eran más altos: un millón, dos millones, incluso uno que ofrecía cinco millones por una sesión nocturna con un cliente extranjero que estaba de paso por Bogotá.
Carolina dejó el teléfono a un lado otra vez. Se levantó de la cama y caminó hacia la ventana de su apartamento. Desde allí veía la calle, los carros pasando, la gente caminando con su vida normal, ajena a lo que ocurría en el cuarto piso de ese edificio de Chapinero.
Apoyó la frente en el vidrio frío. Cerró los ojos. Las cifras daban vueltas en su cabeza. Tres millones por ocho sesiones al mes. Un millón quinientos por una sola noche. Ochocientos mil por dos horas de grabación. Todo sin moverse de una camilla, sin anestesiar a nadie, sin preocuparse por caries o raíces o infecciones. Solo dejando que le hicieran cosquillas. Dejando que le tocaran los pies. Riendo. Gritando. Súplicas. Como lo había hecho con Sebastián hacía menos de una hora. Como lo había hecho en ese comercial que nunca salió en televisión. Como lo había hecho decenas de veces en los últimos tres años.
Abrió los ojos. Su reflejo en el vidrio era borroso, pero alcanzaba a ver su propio rostro. Treinta años. Odontóloga. Modelo. Cosquilluda.
Los números seguían ahí, en su cabeza, pesando más de lo que quería admitir.
Carolina se apartó de la ventana y miró el reloj de la pared. Faltaban diez minutos para el siguiente paciente. Un hombre de cuarenta y tantos años, una endodoncia que ya había empezado en la clínica y que decidió seguirla al nuevo consultorio. No podía cancelarle. No era justo para él ni profesional de su parte.
Se pasó las manos por el rostro, se miró en el espejo del baño, se recolocó el cabello y ajustó la bata. Una odontóloga no puede recibir a un paciente con los ojos enrojecidos ni el uniforme desordenado. Se pintó los labios de nuevo, se pasó un poco de corrector bajo los ojos y respiró hondo. La Carolina del consultorio tenía que estar impecable.
El paciente llegó puntual. Fue una endodoncia tranquila, rutinaria. Carolina trabajó con su precisión habitual, hablando lo justo, explicando cada paso con una voz serena que no delataba la tormenta interna. El hombre se fue satisfecho, pagó en la recepción y agendó su próxima cita. Todo normal. Todo profesional. Todo falso en alguna medida.
Cuando cerró la puerta tras él, Carolina se apoyó en la pared un momento. Luego sacó su teléfono y abrió la agenda de contactos. Buscó los números de los dos pacientes que tenía agendados para la tarde. Una señora de sesenta y cinco años para una revisión de prótesis y una chica de veintitantos para una limpieza. Escribió el mensaje con cuidado, pidiendo disculpas, explicando que surgió un inconveniente de último momento y que necesitaba reprogramar. Ofreció dos fechas alternativas. Envió.
Las respuestas llegaron en menos de cinco minutos. La señora aceptó reprogramar para el jueves siguiente. La chica preguntó si podía ser el sábado en la mañana. Carolina aceptó. Citas reprogramadas. Tarde libre. Un espacio de varias horas que no tenía planeado, pero que ahora le pertenecía.
Caminó hacia el escritorio que había colocado en una esquina del consultorio, junto a la ventana. El mismo escritorio donde horas antes había estado revisando la historia clínica de Sebastián con los pies cruzados hacia atrás, ajena a lo que ocurría a sus espaldas. Abrió su laptop, la conectó a la corriente y esperó a que encendiera.
Abrió un archivo de Excel. Uno nuevo. En la primera columna puso «Mensaje», en la segunda «Cifra ofrecida», en la tercera «Duración», en la cuarta «Observaciones». Luego tomó su teléfono y empezó a transcribir.
Del primer mensaje: «Sesión privada» – 800 mil pesos – 2 horas – «domicilio».
Del segundo: «Productor independiente» – 1.2 millones – 3 horas – «con amarre».
Del tercero: «Sesión a domicilio» – 600 mil – 1 hora – «solo pies».
Del cuarto: «Modelo fijo» – 3 millones al mes – 2 sesiones semanales – «contrato mensual».
Del quinto: «Cliente extranjero» – 5 millones – una noche – «hotel, discreción».
Del sexto: «Sesión de cosquillas en todo el cuerpo» – 1.5 millones – 2 horas – «con otra modelo».
Del séptimo: «Contenido para web» – 2.5 millones – 4 horas de grabación – «derechos de por vida».
Fue copiando uno por uno. Algunos ofrecían cifras por sesión. Otros por hora. Otros por mes. Carolina fue sumando, pero no de manera sencilla. No podía trabajar veinte sesiones a la semana. Tenía un consultorio que atender, pacientes que esperaban, un crédito que pagar. Pero si alternaba, si tomaba solo algunas de estas ofertas, si elegía las mejor pagas y las distribuía en su agenda…
Hizo cuentas. Supuso que trabajaba tres tardes a la semana como modelo de cosquillas. Supuso que cada sesión duraba en promedio dos horas. Supuso que cobraba en promedio un millón de pesos por sesión. Eso daba tres millones a la semana. Doce millones al mes. Pero si en lugar de tres tardes trabajaba cuatro, si en lugar de sesiones de un millón aceptaba las de un millón quinientos o dos millones, si combinaba un contrato fijo con sesiones sueltas…
Carolina siguió moviendo números en la hoja de cálculo. Sumó las mejores ofertas. Excluyó las más bajas. Ajustó las frecuencias. Al cabo de veinte minutos, en la celda de abajo del todo, apareció una cifra que la dejó sin aliento.
Veintiocho millones setecientos mil pesos. Al mes.
Carolina se recostó en la silla. Miró el número en la pantalla. Parpadeó. Volvió a mirarlo. Veintiocho millones setecientos mil. Era más de lo que su consultorio podía generar en cinco meses si tenía suerte, en ocho meses si las cosas iban mal. Era lo que ganaba una gerente de banco, un abogado de alto nivel, un médico especialista con diez años de experiencia. Era, en términos simples, una fortuna para alguien que apenas estaba empezando su propio negocio.
Pero no podía. No podía dejar la odontología. Se había esforzado demasiado para llegar hasta aquí. Siete años de universidad, cursos, especialización en ortodoncia interceptiva, el crédito de trescientos millones, el consultorio recién inaugurado, los pacientes que confiaban en ella. Su imagen profesional, su nombre bordado en la bata blanca, el diploma colgado en la pared. Todo eso no podía desaparecer porque unos mensajes en el celular le ofrecieran dinero fácil.
Alternar. Esa era la respuesta. Alternar era posible. Atender el consultorio en las mañanas, o tres días a la semana, o quince días al mes. Y el resto del tiempo, las tardes libres, los fines de semana, trabajar como ticklee. Como modelo de cosquillas. Sin que nadie lo supiera. Sin que sus pacientes se enteraran. Sin que su familia sospechara.
Carolina guardó el archivo de Excel con un nombre que solo ella entendía: «opciones.xlsx». Cerró la laptop y la dejó sobre el escritorio. Se quedó mirando la pantalla apagada un momento, como si en el reflejo negro pudiera ver a la Carolina odontóloga y a la Carolina cosquilluda mirándose una a la otra, evaluándose, midiéndose, sin saber todavía quién iba a ceder.
Carolina no podía apartar la mirada de la cifra que había calculado. Veintiocho millones setecientos mil pesos al mes. Era una suma irreal, casi obscena, sobre todo para alguien que había pasado los últimos años ajustando presupuestos y ahorrando cada peso para montar su consultorio. Pero ahí estaba, en la pantalla de su laptop, producto de sumar ofertas que llegaban a su teléfono sin que ella las hubiera pedido.
Se levantó de la silla y caminó hacia la pequeña cocina del consultorio. Se sirvió un vaso con agua y lo bebió de un solo trago. El líquido frío le bajó por la garganta y sintió cómo sus pensamientos se aquietaban un poco. Volvió al escritorio, se sentó y tomó el teléfono. Esta vez no iba a archivarlos. Esta vez iba a responder.
Buscó entre los mensajes. Quería uno que le pareciera serio, bien redactado, sin groserías ni pretensiones extrañas. Encontró uno de hacía cuatro días: «Hola Carolina, somos una agencia que conecta modelos ticklee con clientes privados. Necesitamos mujeres cosquilludas para ofrecer servicios a domicilio en direcciones que nosotros suministramos. Tú solo llegas, haces la sesión, cobras y te vas. Nosotros nos encargamos de la logística y los pagos. Si te interesa, escríbenos.»
Carolina leyó el mensaje varias veces. Era profesional, directo, sin rodeos. No hablaba de cosas raras ni hacía preguntas incómodas. Solo ofrecía un servicio. Una conexión. Como una agencia de modelos normal, pero con un giro que ella ya conocía bien.
Escribió: «Hola, gracias por escribirme. Me interesaría saber más. ¿Qué se requiere exactamente para este trabajo?»
Presionó enviar y dejó el teléfono boca abajo sobre el escritorio. No querer ver la pantalla mientras esperaba. El corazón le latía más rápido de lo normal, pero no supo si era emoción o nervios. Tal vez las dos cosas.
La respuesta llegó en menos de tres minutos.
Carolina giró el teléfono y leyó: «Hola Carolina, gracias por tu respuesta. El trabajo es sencillo. Nosotros te contactamos cuando haya una solicitud que encaje con tu perfil. Te enviamos la dirección, el horario, la duración de la sesión y el pago acordado. Tú decides si aceptas o no. Todo es de acuerdo a tu disponibilidad. No hay mínimo de sesiones ni compromisos largos. La idea es que trabajes cuando quieras y puedas. Lo único que necesitamos es que confirmes que eres tan cosquilluda como se ve en los videos.»
Carolina sonrió sin querer. Era una pregunta legítima, después de todo. Si iba a ofrecer sus servicios como ticklee, lo mínimo que podía hacer era confirmar que no estaba fingiendo.
Escribió de nuevo: «Sí, soy muy cosquilluda. Sobre todo en los pies. ¿Cómo es el tema de los pagos?»
La respuesta fue inmediata: «El pago se acuerda antes de cada sesión. Nosotros te decimos cuánto ofrece el cliente y tú aceptas o negocias. Normalmente las sesiones están entre 500 mil y 2 millones, dependiendo de la duración y el tipo de cosquillas. El cliente paga por adelantado a la agencia y nosotros te transferimos a tu cuenta antes de la sesión o al finalizar, como prefieras. Nunca tocas el dinero directamente con el cliente. Eso lo manejamos nosotros.»
Carolina se quedó mirando la pantalla. Quinientos mil a dos millones por sesión. Y ella decidía cuándo, dónde y con quién. Podía aceptar una sesión a la semana, dos, tres, las que quisiera. Sin jefes, sin horarios fijos, sin necesidad de dar explicaciones.
Escribió un último mensaje: «Me interesa. ¿Qué sigue?»
Guardó el teléfono y se recostó en la silla. El techo blanco del consultorio la miró desde arriba, impasible. Había dado el primer paso. No sabía si estaba tomando la mejor decisión o la peor. Pero por primera vez en mucho tiempo, sintió que el control no estaba en manos de otros. Lo tenía ella.
Carolina dejó el teléfono sobre el escritorio y se levantó a cerrar la puerta del consultorio con seguro. No había nadie más en el edificio a esa hora, pero prefirió asegurarse. La tarde estaba tranquila, la luz entraba por la ventana de la recepción y el silencio se sentía denso, como si el espacio mismo estuviera esperando a ver qué decisión tomaba.
El teléfono vibró de nuevo. Carolina lo tomó y leyó el mensaje. Era de la misma cuenta. La agencia. El tono seguía siendo profesional, directo, pero el contenido era más detallado.
«Para continuar con el proceso, necesitamos que nos envíes la siguiente información:
– Nombre completo
– Edad
– Medidas (busto, cintura, cadera)
– Estatura
– Talla de ropa
– Talla de calzado
– Foto de cuerpo entero descalza (de pie, sin zapatos ni medias)
– Foto de tus pies (vista superior, uno al lado del otro)
– Foto de tus plantas (ambos pies, bien iluminada)
– Indicar en qué partes de tu cuerpo tienes cosquillas
– Cuál es tu punto más cosquilludo
*- Nivel de sensibilidad en cada parte (del 1 al 10)*
Con esto podemos crear tu perfil y ofrecerte a los clientes que buscan exactamente lo que tú ofreces. Es información estándar, no te preocupes por la confidencialidad. Todo queda en nuestra base de datos privada.»
Carolina leyó la lista dos veces. No era nada que no hubiera compartido antes en otros contextos. En el modelaje convencional también pedían medidas, fotos, datos personales. La diferencia era que ahí preguntaban por experiencia en pasarela o habilidad para posar. Aquí preguntaban por cosquillas y niveles de sensibilidad.
Se quedó mirando el mensaje un buen rato. Luego abrió la cámara de su teléfono y empezó a trabajar.
Primero se paró frente a la pared blanca de la recepción, la que no tenía cuadros ni muebles. Se quitó las crocs y las medias que se había puesto horas antes. Quedó descalza sobre el piso de vinilo. Los dedos de sus pies, con el esmalte rojo aún intacto, se estiraron un poco por el contacto con la superficie fría. Se colocó de frente, con los brazos a los costados, la postura natural de una modelo. Tomó la foto. La revisó. Se veía bien: la bata blanca puesta, el cabello recogido hacia atrás, los pies descalzos asomando por debajo del pantalón clínico.
Luego se sentó en una de las sillas de la recepción. Juntó los pies, uno al lado del otro, y tomó una foto desde arriba. Los empeines altos, los dedos alineados, el esmalte rojo brillando bajo la luz. Su piel se veía suave, sin vellos, con esa textura que ella misma cuidaba todas las mañanas con cremas y sprays.
La tercera foto fue la que más trabajo le costó. Tuvo que sentarse en el borde de la silla, levantar los pies y apoyar las plantas contra el borde del asiento de enfrente para que quedaran bien iluminadas. Sus plantas, suaves y ligeramente arqueadas, quedaron completamente visibles. Los arcos profundos, los talones redondeados, los dedos ligeramente separados. La piel de la planta era más clara que la del resto del pie, casi rosada, sin callos ni durezas. Carolina la miró un momento y supo por qué tantos mensajes llegaban a su teléfono. No era solo por las cosquillas. Era también por cómo se veían.
Adjuntó las tres fotos y pasó al siguiente punto.
En la nota del teléfono empezó a escribir las respuestas:
Nombre completo: Carolina Restrepo
Edad: 30 años
Medidas: 90-60-90
Estatura: 1.75 m
Talla de ropa: M / 8 (colombiana)
Talla de calzado: 39
Ocupación: Odontóloga y Modelo
Luego vino la parte más personal. La que ningún otro cuestionario de modelaje le había preguntado.
Partes del cuerpo con cosquillas: pies, costillas, axilas, cuello, cintura, parte baja de la espalda, detrás de las rodillas, muslos internos.
Punto más cosquilludo: plantas de los pies (especialmente el arco del pie derecho).
Carolina dudó un momento antes de escribir la última parte. Pero decidió ser honesta. Si iba a ofrecer sus servicios, lo mejor era que supieran exactamente con qué estaban tratando.
Nivel de sensibilidad (1 al 10):
– Plantas de los pies: 10
– Arcos: 10
– Entre los dedos: 9
– Costillas: 8
– Axilas: 7
– Cuello: 7
– Cintura: 7
– Parte baja de la espalda: 6
– Detrás de las rodillas: 8
– Muslos internos: 6
Revisó todo una vez más. Adjuntó las fotos al mensaje, copió las respuestas y presionó enviar.
El teléfono hizo el sonido de mensaje saliente y Carolina lo dejó sobre la mesa, junto a su laptop. Había enviado su perfil. Sus datos. Sus fotos. Sus pies. La información más íntima sobre sus cosquillas estaba ahora en manos de desconocidos, en una base de datos que ella nunca vería.
Se quedó sentada en la silla de la recepción, descalza todavía, mirando sus plantas apoyadas contra el piso de vinilo. El esmalte rojo de los dedos contrastaba con el blanco frío del suelo. Su pie derecho, el más sensible, el que horas antes había estado atrapado en la mano de Sebastián, el que había sido rascado por las uñas de un paciente de dieciocho años, ahora estaba quieto. Pero no tranquilo.
Carolina supo que ya no había vuelta atrás.
Carolina apenas había dejado el teléfono sobre la mesa cuando este volvió a vibrar. Lo tomó con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Era la misma cuenta. La agencia. Abrió el mensaje y leyó:
«Carolina, gracias por la información. Todo se ve muy bien. ¿Podrías asistir a un casting esta misma tarde? Necesitamos corroborar en persona que la información que nos enviaste es correcta. No es que no te creamos, solo es el procedimiento estándar para todos los perfiles. Verificar niveles de sensibilidad, reacciones, autenticidad. La dirección es Calle 53 # 15-20, oficina 401. Queda a solo un par de calles de donde estás según tu ubicación general. ¿Podrías pasar entre las 4 y las 5 de la tarde?»
Carolina miró el reloj de su teléfono. Eran las tres y cuarenta. Tenía tiempo de sobra. La dirección le quedaba caminando, a no más de diez minutos si salía ahora. Sintió un nudo en el estómago, pero también una chispa de emoción. No era la primera vez que hacía un casting. Había hecho decenas en su vida como modelo. La diferencia era que en esos castings nunca le habían preguntado por sus cosquillas.
Se levantó de la silla, guardó su laptop en el estuche y la dejó sobre el escritorio. Luego caminó hacia la pequeña oficina que hacía las veces de vestier. Allí colgaba su ropa de calle. Se quitó la bata blanca y la colgó en la percha. Se quitó los pantalones clínicos color turquesa y la camiseta blanca de manga larga. Se quedó en ropa interior un momento, mirándose en el espejo que había colgado en la pared. Su cuerpo, treinta años, seguía siendo el mismo de siempre. Las medidas no habían cambiado. La piel seguía firme. El cabello rubio, suelto sobre los hombros, le daba un aire despreocupado que contrastaba con la rigurosidad de su uniforme de odontóloga.
Abrió el pequeño armario y sacó un jean azul oscuro, bien ajustado pero no apretado. Se lo puso. Luego una camiseta blanca de algodón, escote redondo, manga corta. Por encima, una chaqueta de cuero negra, la que la acompañaba a todas partes desde que la compró en un viaje a Medellín hacía tres años. Se miró de nuevo en el espejo. Estaba lista.
Se sentó en una silla para ponerse los zapatos. Buscó en el armario y sacó unos tacones negros. Eran de esos que no llevan hebillas ni correas, ni cordones, solo la piel negra que cubría el pie hasta el empeine. El tacón medía unos diez centímetros, delgado pero firme, de esos que ella usaba para las pasarelas más elegantes. El zapato dejaba al descubierto solo la parte superior del pie, el empeine, justo donde empezaban los dedos sin mostrarlos. El resto quedaba cubierto. Calculó que para un casting de cosquillas quizás no era el calzado más práctico, pero para llegar caminando por la calle, con su chaqueta de cuero y su jean, era perfecto.
Se los puso con cuidado. El tacón la levantó hasta su estatura completa, un metro setenta y cinco que parecía un metro ochenta con los tacones puestos. Caminó un par de pasos frente al espejo para asegurarse de que no le quedaran sueltos. Todo bien.
Tomó su bolso, el de siempre, de cuero negro, tamaño mediano, donde cabía todo lo necesario. Metió el teléfono, las llaves, la billetera, un neceser pequeño con maquillaje, unas medias de repuesto por si acaso y una tarjeta de presentación de su consultorio que llevaba siempre por costumbre. Antes de salir, se acercó al espejo del baño y retocó el maquillaje. Un poco de base, rímel en las pestañas, el mismo labial tono durazno de la mañana. Se peinó con los dedos, dejando el cabello rubio suelto, cayendo sobre sus hombros y la chaqueta de cuero. Se gustó. Se sintió segura.
Tomó el teléfono y escribió un último mensaje: «Voy para allá. En unos 10 o 20 minutos estoy en la dirección.»
Salió del consultorio, giró la llave dos veces para asegurar la puerta, cruzó el pasillo y entró a su apartamento solo para dejar las llaves del consultorio y tomar las de calle. Luego bajó las escaleras del edificio, saludó al portero con un gesto rápido y salió a la calle.
El aire de la tarde le dio en el rostro. Bogotá estaba gris, como siempre, pero no llovía. Las aceras estaban secas. Los carros pasaban con su ruido habitual y la gente caminaba apurada, cada quien en sus asuntos. Carolina caminó hacia el norte, hacia la Calle 53, con los tacones negros golpeando el piso con un ritmo seguro. Su cabello rubio se movía con el viento. La chaqueta de cuero crujía suavemente con cada paso.
A sus espaldas quedaba el edificio de apartamentos con su consultorio recién inaugurado. Adelante, a solo unas cuadras, un casting que podría cambiar muchas cosas. No sabía qué iba a encontrar. No sabía si iba a arrepentirse. Pero por ahora, solo caminaba. Un pie detrás del otro. Tacón tras tacón. Acercándose sin prisa pero sin pausa a la dirección que le habían dado.
Carolina caminó a paso firme, con sus tacones negros marcando el ritmo sobre el concreto de la acera. La chaqueta de cuero la protegía del viento fresco de la tarde y su cabello rubio se movía con cada paso. No llevaba prisa, pero tampoco se detenía. Sabía que estaba a solo unas cuadras y quería llegar con el tiempo suficiente para observar antes de entrar.
El barrio era tranquilo, una mezcla de edificios de oficinas y apartamentos viejos que habían sido remodelados. La dirección la llevó hasta un edificio de cinco pisos, fachada de ladrillo a la vista, con un letrero pequeño en la entrada que anunciaba consultorios médicos y oficinas. Nada lujoso, pero tampoco descuidado. Un edificio normal, de esos que abundan en Chapinero.
Carolina empujó la puerta de vidrio y entró. El recibidor era pequeño, con un mostrador de madera oscura y una silla vieja detrás. Allí, sentada con las manos sobre el mostrador, había una señora de unos setenta años. Su cabello canoso estaba recogido en un moño bajo y usaba lentes de lectura colgados de un cordón plateado alrededor del cuello. Vestía un suéter beige y una falda larga de cuadros. Tenía el rostro amable, de esas señoras que han trabajado en recepción toda la vida y ya nada las sorprende.
—Buenas tardes —dijo Carolina, acercándose al mostrador.
—Buenas tardes, mija —respondió la señora, con una voz ronca pero cálida—. ¿A qué oficina se dirige?
—A la 401 —respondió Carolina, sin dar más detalles.
La señora asintió lentamente, como si ya supiera que alguien iba a preguntar por esa oficina. Señaló con un dedo arrugado hacia el fondo del recibidor.
—Tome el ascensor, ahí a la derecha. Sube al cuarto piso y camina derecho por el pasillo. La oficina 401 es la única habilitada en ese piso. No se puede perder.
—Gracias —dijo Carolina, y esbozó una sonrisa.
—Suerte, mija —respondió la señora, sin preguntar a qué iba, como si hubiera aprendido hace décadas que no todas las preguntas necesitan respuesta.
Carolina caminó hacia el ascensor. Era pequeño, de esos que apenas caben tres personas, con las paredes forradas en una madera que alguna vez fue brillante y ahora estaba rayada por el uso. Presionó el botón del cuarto piso y las puertas se cerraron con un chirrido suave. El ascensor subió lento, casi perezoso, como si no tuviera prisa por llegar.
Cuando las puertas se abrieron, Carolina salió a un pasillo estrecho, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban apenas. El piso era de baldosa gris, bien barrido, y las paredes estaban pintadas de un blanco que ya empezaba a amarillear. Caminó derecho, como le había indicado la señora. A cada lado, puertas cerradas con números que no correspondían a nada: 402, 403, 404. Todas con letreros de «Se arrienda» o «Próximamente». Al final del pasillo, una sola puerta estaba diferente. Tenía un pequeño letrero de metal, nuevo, que decía simplemente: 401.
No había timbre. No había ventana. Solo una puerta blanca, lisa, con una manija de acero inoxidable. Carolina se detuvo frente a ella, tomó aire y levantó la mano para tocar.
Carolina tocó la puerta con los nudillos. Dos golpes secos, firmes. El sonido resonó en el pasillo vacío y se perdió entre las paredes de la oficina. Esperó. Los segundos pasaron lentos, cada uno más largo que el anterior. A los quince segundos, escuchó pasos del otro lado. La manija se movió y la puerta se abrió hacia adentro.
En el umbral apareció un joven. Tendría unos veintidós años, quizás veintitrés. Era alto, de unos 1,80 metros, contextura delgada pero no flaco, con brazos que se notaban trabajados sin exageración. Tenía el cabello castaño oscuro, corto pero no rapado, los ojos marrones, y una sonrisa que intentaba ser amable pero que no lograba ocultar un dejo de nerviosismo. Vestía una camisa de botones gris claro, mangas arremangadas hasta los antebrazos, y jeans oscuros.
—¿Carolina? —preguntó, con una voz que sonaba más joven de lo que su apariencia sugería.
—Sí —respondió ella, manteniendo la mirada fija en él.
El chico se apartó para dejarle paso e hizo un gesto con la mano invitándola a entrar.
—Adelante. Pasa. Soy Javier.
Carolina cruzó el umbral. El espacio adentro era más grande de lo que sugería la puerta. Era una oficina amplia, dividida en dos ambientes por una mampara de vidrio. La parte principal tenía un escritorio grande, dos sillas para visitantes, una lámpara de pie y algunos cuadros modernos en las paredes. Había una planta en una esquina, un ficus pequeño, y el piso era de madera sintética. Olía a café recién hecho y a papel recién impreso.
De uno de los espacios del fondo, detrás de la mampara, salió una chica. Tendría unos veintiséis años, quizás veintisiete. Era más baja que Carolina, alrededor de 1,60 metros, con el cabello negro y lacio recogido en una cola de caballo alta. Sus ojos eran verdes, intensos, y su piel morena. Vestía un blazer azul marino sobre una blusa blanca y pantalones negros ajustados. Caminaba con seguridad, con un paso firme que delataba a alguien acostumbrada a estar a cargo.
—Carolina, ella es Jessica —dijo Javier, señalando a la chica con un movimiento de cabeza—. Mi socia.
Jessica extendió la mano y Carolina la estrechó. El apretón fue firme, profesional, sin exageraciones.
—Mucho gusto —dijo Jessica, con una voz pausada que contrastaba con la energía de Javier—. Siéntate, por favor.
Carolina se sentó en una de las sillas frente al escritorio. Javier ocupó la silla de la izquierda y Jessica se sentó en la silla giratoria detrás del escritorio, quedando frente a Carolina. La disposición era clara: Jessica lideraba, Javier acompañaba. Carolina se quedó con las manos apoyadas en sus muslos, sobre el jean azul oscuro, sintiendo la textura de la tela bajo sus dedos.
—Bueno —dijo Jessica, entrelazando las manos sobre el escritorio—. Primero que todo, gracias por venir. Sabemos que no es fácil presentarse así, sin conocernos, a un lugar que no conoces. Así que te agradecemos la confianza.
Carolina asintió sin decir nada.
—Te vamos a hacer unas preguntas normales, para empezar —continuó Jessica—. Cosas de perfil, experiencia, disponibilidad. Y tú también puedes preguntarnos lo que quieras. Sin filtros. Todo vale.
Javier asintió desde su silla, con una expresión que intentaba ser tranquilizadora.
Carolina no necesitó que la invitaran dos veces. Llevaba años en el modelaje, sabía cómo funcionaban los castings, y no era de las que se quedaban calladas cuando algo no le quedaba claro. Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyó los antebrazos en sus muslos y fue directa.
—Está bien. Voy a hacer la pregunta que todos esperan. ¿Por qué cosquillas? Quiero decir, entiendo que haya un mercado para esto. Lo he visto en los mensajes. Pero quiero escucharlo de ustedes. ¿Por qué pagan tanto por algo tan simple como hacer cosquillas?
Jessica sonrió. No fue una sonrisa burlona, sino una sonrisa de reconocimiento, como si esperara esa pregunta y valorara que Carolina la hubiera hecho.
—Es una pregunta justa —dijo Jessica, apoyando la espalda en la silla—. La respuesta es sencilla: porque hay mucha gente, hombres y mujeres, a los que les gusta someter a alguien con algo tan simple como un juego. Las cosquillas son únicas en eso. No duelen. No dejan marcas. No son violentas. Pero generan una pérdida de control total. La persona que recibe las cosquillas se ríe, se retuerce, suplica. Y todo eso sin que nadie salga lastimado. Eso es lo que buscan nuestros clientes. Poder. Control. Pero un control limpio. Un poder que no daña.
Javier complementó, moviendo las manos mientras hablaba.
—Y están dispuestos a pagar lo que sea por eso. No exageramos cuando decimos «lo que sea». Hemos tenido clientes que ofrecen cifras ridículas solo por una hora de cosquillas en los pies de alguien como tú. Porque no cualquiera sirve. Tiene que ser alguien genuinamente cosquilloso. Alguien que no finja. Alguien cuyas reacciones sean reales. Y eso, Carolina, es más difícil de encontrar de lo que parece.
Jessica asintió y retomó la palabra.
—La mayoría de la gente miente en los cuestionarios. Dicen que son supercosquillosos y cuando llegan al casting resultan ser de madera. Por eso necesitamos corroborar. No es desconfianza. Es el negocio. Nuestros clientes pagan por autenticidad. Y nosotros tenemos que asegurarnos de que lo que ofrecemos es real.
Carolina escuchó en silencio. Las palabras de Jessica tenían sentido. No eran justificaciones vacías, sino una explicación clara de un mercado que ella apenas empezaba a entender.
—Entiendo —dijo Carolina al final—. Entonces, ¿qué sigue?
Jessica y Javier intercambiaron una mirada rápida. Luego Jessica se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.
—Ahora viene la parte en la que corroboramos que lo que nos enviaste es cierto. Nada del otro mundo. Solo necesitamos ver, en persona, qué tan cosquillosa eres. Y en qué partes. Con eso armamos tu perfil final y empezamos a ofrecerte a los clientes. ¿Lista?
Carolina respiró hondo y asintió.
—Estoy lista —dijo, con una voz que intentó sonar más segura de lo que se sentía.
Jessica sonrió y se levantó de su silla. Con un gesto amable pero firme, señaló la chaqueta de cuero que Carolina todavía llevaba puesta.
—Primero, por favor quítate la chaqueta y déjala en alguna silla. Vas a estar más cómoda así.
Carolina obedeció. Se desprendió de la chaqueta negra, la dobló sobre su brazo y la dejó cuidadosamente en la silla que estaba junto a la entrada. Se quedó solo con la camiseta blanca de algodón y el jean azul oscuro. Sus pies, dentro de los tacones negros, seguían apoyados en el piso de madera sintética. Regresó a la silla que estaba frente al escritorio y se sentó de nuevo, con la espalda recta y las manos sobre los muslos.
Javier y Jessica se movieron en silencio. Cada uno rodeó la silla por un lado, quedando detrás de Carolina. Ella sintió su presencia a ambos lados, el calor de sus cuerpos cerca del suyo, la respiración de Javier en su izquierda y la de Jessica en su derecha. No dijo nada. No había nada que decir.
El ataque comenzó sin advertencia.
Jessica fue la primera. Sus dedos se clavaron suavemente en la cintura de Carolina, justo donde la camiseta blanca se ajustaba a su piel. El contacto fue ligero, casi una caricia, pero suficiente para que Carolina se tensara de inmediato. Javier, un segundo después, atacó las costillas del lado izquierdo con un movimiento rápido de sus dedos, subiendo y bajando por los huesos con una precisión que parecía ensayada.
Carolina soltó una carcajada sorprendida. Su cuerpo se sacudió hacia adelante, pero las manos de Jessica la sujetaron por el hombro y la devolvieron a su lugar. No podía huir. La silla la atrapaba.
—¡Ja, no! —alcanzó a decir, pero ya era tarde.
Javier encontró el hueco de su axila izquierda con la punta de los dedos y apretó apenas lo suficiente. El cosquilleo fue eléctrico. Carolina se retorció, pegando los brazos contra su cuerpo para proteger las axilas, pero Jessica aprovechó el movimiento para atacar las costillas derechas desde un ángulo distinto. Los dedos de la chica se movían con un ritmo rápido, subiendo y bajando, subiendo y bajando, como si estuvieran tocando un piano invisible.
Carolina rió. No fue una risa contenida ni educada. Fue una risa explosiva, de esas que salen del diafragma y sacuden todo el cuerpo. Su cabeza se echó hacia atrás y su cabello rubio cayó sobre el respaldo de la silla. Sus manos subieron instintivamente para apartar a sus atacantes, pero Jessica la detuvo sin brusquedad.
—Sin manos, Carolina —dijo Jessica, con una voz que seguía siendo amable pero que no admitía discusión—. Tienes que dejarte hacer cosquillas. Así podemos ver tus reacciones reales.
Carolina bajó las manos y las apoyó en sus muslos con fuerza, clavando las uñas sobre el jean. Intentó mantenerse quieta, pero su cuerpo no le obedeció. Cada vez que los dedos de Javier recorrían sus costillas, su torso se curvaba hacia la derecha. Cada vez que Jessica atacaba su cintura, su cadera se levantaba de la silla.
Así pasaron cinco minutos. Quizás diez. Carolina perdió la noción del tiempo. Solo sabía que reía, que se retorcía, que sus mejillas ya estaban calientes y que los dedos de ambos no se detenían. Javier alternaba entre costillas y axilas. Jessica recorría desde la cintura hasta la parte baja de la espalda, donde la camiseta se metía dentro del jean y la piel quedaba expuesta. Ese punto, justo en el borde entre la tela y la piel, resultó ser terriblemente sensible.
Cuando finalmente suspendieron el ataque en la parte superior, Carolina respiró agitada. Pensó que había terminado. Pero los dedos de Javier bajaron hasta sus muslos, justo por encima de la rodilla, y los de Jessica hicieron lo mismo en la pierna derecha. Ambos comenzaron a hacer cosquillas en la cara interna de los muslos, esa zona que Carolina había calificado con un 6 en su cuestionario pero que, en la práctica, se sentía como un 8.
Carolina rió de nuevo. Esta vez su risa fue más aguda, más nerviosa. Intentó cruzar las piernas para protegerse, pero Javier y Jessica la sujetaron por los tobillos y separaron sus piernas con suavidad pero con firmeza. Los tacones negros golpearon las patas de la silla y Carolina perdió el equilibrio por un segundo.
—Tranquila —dijo Javier, mientras sus dedos se movían sobre la parte posterior de la rodilla izquierda, otra zona que en el papel era un 8 y en la realidad se sentía como un 9—. No te vamos a dejar caer.
Carolina se aferró a los brazos de la silla. Sus nudillos se pusieron blancos. Las cosquillas en la parte baja de los muslos y detrás de las rodillas eran diferentes a las de las costillas. Eran más profundas, más insistentes. Le provocaban espasmos en las piernas que ella no podía controlar. Sus pies, dentro de los tacones, golpeaban el piso sin ritmo.
Pasaron otros cinco o diez minutos. Carolina ya no podía hablar. Solo reía. Una risa continua, interrumpida por gritos agudos cuando algún dedo encontraba un punto especialmente sensible.
Luego, los dedos se detuvieron. Carolina abrió los ojos, que no recordaba haber cerrado, y vio a Javier y Jessica frente a ella, mirándola con una expresión neutra pero atenta. Ambos tenían las manos quietas a los costados.
—Ahora los pies —dijo Jessica, con la misma voz tranquila de siempre—. Por favor, Carolina, levanta los pies y súbelos al escritorio.
Carolina, aún riendo sin control, apenas podía coordinar sus movimientos. Pero obedeció. Levantó las piernas una a una, sintiendo el peso de los tacones, y apoyó ambos pies sobre la superficie del escritorio de madera. Los tacones negros golpearon la madera con un sonido seco. Desde donde estaba sentada, con los pies en alto, quedó en una posición incómoda, casi vulnerable. Su espalda estaba apoyada en el respaldo de la silla, sus brazos a los costados, y sus pies, enfundados en los tacones negros, descansaban sobre el escritorio de Jessica.
Javier se acercó al pie izquierdo. Con un movimiento lento, casi ceremonioso, deslizó el tacón hacia afuera y lo dejó caer suavemente al piso. El pie izquierdo de Carolina quedó desnudo, con el esmalte rojo brillando bajo la luz fluorescente. Jessica hizo lo mismo con el pie derecho. Deslizó el tacón hacia afuera, lo sostuvo un momento y lo dejó junto al otro. Ambos pies de Carolina quedaron completamente desnudos, apoyados sobre la madera fría del escritorio, con las plantas visibles desde donde estaban Javier y Jessica.
Carolina sintió el frío de la madera contra la piel de sus plantas y se estremeció. Sus dedos se encogieron instintivamente, arrugando la piel del arco. El esmalte rojo parecía manchas de fuego sobre el fondo oscuro de la madera.
Javier y Jessica se miraron por un segundo. Hubo un acuerdo tácito en esa mirada. Luego, en un acto perfectamente sincronizado, ambos agarraron los pies de Carolina con fuerza. Javier tomó el pie izquierdo con ambas manos, una en el tobillo y otra en el empeine, asegurándose de que no pudiera moverse. Jessica hizo lo propio con el pie derecho. Los dedos de ambos, libres, se posaron sobre las plantas desnudas.
Y comenzaron.
Carolina no tuvo tiempo de prepararse. Las manos de Javier y Jessica se movieron al mismo tiempo sobre el arco y la planta de cada pie. No fueron caricias suaves. Fue un ataque directo, deliberado, diseñado para sacar la máxima reacción. Dedo tras dedo, uña tras uña, recorrieron cada centímetro de piel desde el talón hasta la base de los dedos.
Carolina estalló.
Su risa se convirtió en un grito que se cortó a mitad de camino porque le faltaba el aire. Su cuerpo se sacudió en la silla con una violencia que ella no sabía que podía generar. La espalda se arqueó, la cabeza se echó hacia atrás, los brazos golpearon los costados de la silla en un intento desesperado por encontrar un punto de apoyo. Sus pies, atrapados por las manos de Javier y Jessica, intentaron huir sin éxito. Los dedos de sus pies se apretaron y se abrieron, se apretaron y se abrieron, como si quisieran arrancarse de las manos que los sujetaban.
—¡No, no, no, NO! —gritó Carolina entre carcajadas.
Pero Javier y Jessica no se detuvieron. Siguieron cosquilleando las plantas con un ritmo implacable, alternando movimientos rápidos y lentos, presiones suaves y rasguños con las uñas. Carolina se revolvió en la silla como una fiera acorralada. Su cabello rubio se pegó a su frente sudorosa. Las lágrimas le corrían por las mejillas. La camiseta blanca se le había subido un poco, dejando ver un trozo de su abdomen que se contraía y expandía con cada carcajada.
Pero los dedos no paraban. Y Carolina seguía riendo, gritando, suplicando, retorciéndose, atrapada en esa silla con sus pies desnudos sobre el escritorio de una desconocida.
Carolina se revolcaba en la silla como si quisiera salirse de su propio cuerpo. Su espalda se arqueaba y se contraía sin un patrón claro, solo la respuesta desesperada de un sistema nervioso llevado al límite. La silla crujía bajo ella, desplazándose milímetro a milímetro sobre el piso de madera sintética con cada uno de sus movimientos bruscos. Sus brazos, que habían intentado sujetarse a los apoyabrazos, ahora colgaban sin fuerza, golpeando los costados del asiento con cada sacudida.
Sus pies se movían como locos dentro del agarre de Javier y Jessica. Los tobillos giraban, los dedos se apretaban y se abrían, las plantas se arrugaban y se estiraban en un intento frenético por escapar. Pero las manos de ambos eran firmes, habituadas a sostener pies que no querían ser sostenidos. Javier tenía el pie izquierdo de Carolina bien sujeto por el tobillo y el empeine. Jessica hacía lo propio con el derecho. No había manera de huir.
—JAJAJAJAJAJA —Carolina reía. Solo reía. No salía nada más de su boca. Ninguna palabra, ninguna súplica, ningún intento de negociación. Solo esa risa explosiva, incontrolable, que resonaba en la oficina y rebotaba en las paredes blancas.
Los dedos de Javier se deslizaban por la planta izquierda de Carolina con un movimiento continuo, subiendo desde el talón hasta la base de los dedos y bajando de nuevo. Sus uñas, cortas pero firmes, trazaban líneas suaves sobre la piel, recorriendo cada pliegue del arco, cada centímetro de la superficie hipersensible. No apretaba. No presionaba. Solo deslizaba. Eso era suficiente. Con Carolina, eso siempre era suficiente.
Jessica hacía lo mismo en el pie derecho. Sus dedos, más largos que los de Javier, se movían con una precisión casi quirúrgica. Subían por el arco, bajaban por el costado, rodeaban el talón, volvían a subir. Sus uñas, cuidadas y ligeramente más largas que las de Javier, encontraban todos los rincones sensibles: el borde interno del arco, la unión entre el talón y la planta, la base de cada dedo. Dondequiera que tocaran, Carolina reía más fuerte.
Javier levantó la vista de los pies de Carolina y miró a Jessica. El rostro de ella estaba concentrado, sus ojos verdes fijos en las plantas que sus dedos recorrían una y otra vez. Había en su expresión algo más que profesionalismo. Había disfrute.
—Es muy cosquilluda —dijo Javier, en voz baja, como si Carolina no estuviera allí retorciéndose a treinta centímetros de él—. ¿Nos detenemos ya?
Carolina, entre carcajada y carcajada, escuchó esas palabras. Una chispa de esperanza se encendió en su pecho. Quizás iba a terminar. Quizás ya era suficiente.
Pero Jessica negó con la cabeza, sin dejar de mover los dedos sobre la planta derecha.
—No —respondió, con una voz tranquila que contrastaba con el caos que sus manos generaban—. Sigamos un poco más.
Carolina soltó una carcajada que sonó casi a un gemido. Sigamos un poco más. Esas palabras cayeron sobre ella como una sentencia.
Jessica sonrió. No era una sonrisa cruel, pero había algo en ella que Carolina no alcanzaba a descifrar mientras se retorcía en la silla. Era una sonrisa de poder, de control, de saber exactamente hasta dónde podía llevar a alguien sin romperlo. Una sonrisa sadica, pero de esas limpias, sin violencia, solo con el disfrute de ver a otro perder el control.
Javier entendió. Había trabajado con Jessica el tiempo suficiente para saber que cuando ella decía «un poco más», en realidad significaba «hasta el límite». Asintió y volvió a concentrarse en el pie izquierdo de Carolina. Sus dedos retomaron el ritmo, deslizándose una y otra vez por la planta, recorriendo el arco, acariciando el talón, subiendo de nuevo.
Los pies de Carolina se movían como peces fuera del agua. Los tobillos giraban en todas direcciones, los dedos se apretaban con tanta fuerza que las uñas con esmalte rojo parecían pequeñas garras. Pero Javier y Jessica no soltaban. Sus manos eran jaulas de la que no había escape.
—JAJAJAJAJA —Carolina reía y reía. Su cuerpo se sacudía. La silla se desplazaba poco a poco hacia la derecha. Su cabello rubio, completamente desordenado, le cubría parte del rostro. Las lágrimas le corrían por las mejillas y caían sobre su camiseta blanca, mojando pequeños círculos en el algodón.
Jessica inclinó la cabeza, observando con atención la reacción de Carolina. Cada vez que sus dedos pasaban por el centro del arco, el pie derecho de Carolina se arqueaba hacia arriba. Cada vez que sus uñas rozaban la base de los dedos, los dedos se encogían como si quisieran esconderse. Cada reacción era un dato, una confirmación de que lo que habían visto en los videos era real, de que lo que Carolina había escrito en su cuestionario era incluso más intenso en persona.
—Mira cómo se mueve —dijo Jessica, en un tono casi académico—. No puede controlarlo.
Javier asintió, sin dejar de deslizar sus dedos sobre la planta izquierda.
—Nunca había visto a alguien tan reactiva —respondió—. Es impresionante.
Carolina escuchaba las palabras pero no podía procesarlas. Su cerebro estaba ocupado en una sola tarea: sobrevivir a las cosquillas. Pero no podía. Cada vez que los dedos de Javier o Jessica cambiaban de dirección, cada vez que encontraban un nuevo ángulo, una nueva zona que aún no había sido explorada, su cuerpo se sacudía con una violencia renovada.
La oficina se llenaba solo de sus carcajadas y del sonido suave de las uñas deslizándose sobre la piel. Nada más. El ficus de la esquina, los cuadros en la pared, el escritorio de madera, todo permanecía impasible mientras Carolina se perdía en ese mar de cosquillas del que no podía salir.
Finalmente, Jessica dio la orden.
—Ya —dijo, con una voz que sonó casi suave después del caos de los últimos minutos—. Detente, Javier.
Ambos retiraron las manos al mismo tiempo. Los dedos de Javier y Jessica dejaron de deslizarse sobre las plantas de Carolina y los pies de ella quedaron quietos sobre el escritorio, temblando todavía, con la piel marcada por los rastros invisibles de las uñas. Carolina sintió el aire frío de la oficina sobre la superficie húmeda de sus plantas y eso, paradójicamente, también le hizo cosquillas.
Bajó los pies del escritorio con un movimiento torpe. Los talones golpearon el piso de madera sintética y ella se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus muslos, mientras las carcajadas aún sacudían su cuerpo en espasmos residuales. No podía parar de reír del todo. Era como si su sistema nervioso hubiera quedado atrapado en un bucle y necesitara tiempo para volver a la normalidad.
—Toma aire —dijo Javier, ofreciéndole un vaso de agua que Carolina no había visto aparecer—. Respira hondo.
Carolina tomó el vaso con manos temblorosas. Bebió un sorbo, luego otro. El agua fresca le bajó por la garganta y sintió cómo el oxígeno empezaba a llegar a lugares de sus pulmones que habían estado olvidados durante los últimos quince minutos. Exhaló. Inhaló. Exhaló de nuevo. Las risas se fueron convirtiendo poco a poco en suspiros, y los suspiros en respiraciones más o menos normales.
Se enderezó en la silla y pasó una mano por su cabello rubio, completamente desordenado, pegado a su frente y sus mejillas por el sudor y las lágrimas. Se secó las mejillas con el dorso de la mano y luego se inclinó para recoger los tacones negros que Javier había dejado caer al piso. Los tomó, se los puso con cuidado, primero el izquierdo, luego el derecho. El tacón de diez centímetros la devolvió a su estatura completa y sintió que recuperaba algo de control, algo de cordura.
Jessica la miraba desde detrás del escritorio, ahora de pie, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba aprobación y satisfacción.
—Eres perfecta para el trabajo —dijo Jessica, sin rodeos—. No cualquiera aguanta así. Y no cualquiera es tan cosquilluda de verdad. Tienes un don, Carolina.
Carolina soltó una risa corta, todavía nerviosa.
—¿Un don? Nunca lo había visto así.
—Pues así es —intervino Javier, apoyando una cadera en el borde del escritorio—. Lo que tú tienes no se aprende ni se finge. Por eso te escribimos. Por eso viniste. Porque eres exactamente lo que nuestros clientes buscan.
Carolina asintió, procesando las palabras. Se ajustó la camiseta blanca que se había subido durante el casting y pasó los dedos por su cabello para tratar de devolverlo a algún orden. La chaqueta de cuero seguía en la silla junto a la entrada. Decidió dejarla ahí un momento más.
—¿Qué sigue después de esto? —preguntó, mirando a Jessica y luego a Javier.
Jessica caminó hacia su silla giratoria y se sentó, recuperando su posición detrás del escritorio. Entrelazó las manos sobre la madera como al principio.
—Ahora viene la parte práctica. Tú nos dijiste que eres odontóloga, que tienes tu propio consultorio. Nosotros respetamos eso completamente. No queremos que dejes tu profesión ni nada por el estilo. Lo que necesitamos es que nos digas cuáles son tus horarios de disponibilidad. Tardes libres, fines de semana, días enteros en los que puedas tomar sesiones. Con eso armamos tu agenda y empezamos a ofrecerte a los clientes.
Carolina escuchó con atención. Tenía sentido. Nada de compromisos de tiempo completo, nada de horarios fijos impuestos por otros. Ella decidía.
—Déjame pensarlo bien esta noche —respondió Carolina, levantándose de la silla—. Mañana les escribo con los horarios. Necesito ver cómo organizo el consultorio, las citas que ya tengas agendadas, los espacios libres.
—Perfecto —dijo Javier, enderezándose—. Sin presión. Tómate tu tiempo.
Carolina caminó hacia la silla donde había dejado su chaqueta de cuero, la tomó y se la puso. El cuero crujió suavemente al ajustarse sobre sus hombros. Se giró hacia Jessica y Javier, que se habían puesto de pie para despedirla.
—Gracias por la seriedad con la que manejan esto —dijo Carolina, extendiendo la mano primero a Jessica, luego a Javier—. No es fácil encontrar gente profesional en este mundo.
—El gusto es nuestro —respondió Jessica, estrechando su mano con firmeza—. Nos vemos pronto, Carolina.
Carolina salió de la oficina. El pasillo del cuarto piso seguía igual de vacío, con las mismas puertas cerradas y los mismos tubos fluorescentes parpadeando. Caminó hacia el ascensor, presionó el botón y esperó. Cuando las puertas se abrieron, entró y se dejó llevar hasta el primer piso.
Al salir del edificio, se encontró con la calle. Ya eran casi las siete de la noche. Bogotá estaba oscura. Las luces de los postes apenas iluminaban las aceras y los carros pasaban con sus faros encendidos. El cielo gris de la tarde se había transformado en un manto negro sin estrellas, cubierto por las nubes bajas que siempre acompañan la ciudad en esta época del año. Hacía frío. Un viento suave le rozó el rostro y Carolina subió el cierre de su chaqueta hasta el cuello.
Comenzó a caminar de regreso a su apartamento. Las cuadras que había recorrido hacia allá veinte minutos antes ahora las recorría en sentido contrario, pero todo se veía distinto bajo la noche. Las fachadas de los edificios, las tiendas cerradas, los pocos transeúntes que se cruzaban con ella apretando el paso para llegar a casa. Los tacones negros golpeaban el piso con el mismo ritmo seguro de la ida, pero algo en su interior había cambiado.
Iba pensando. En Jessica y Javier, en el casting, en sus pies que aún recordaban las uñas deslizándose sobre las plantas. En las cifras del Excel, en los veintiocho millones setecientos mil pesos al mes. En Sebastián, el chico de dieciocho años que le había hecho cosquillas en su propio consultorio. En los mensajes sin responder, en los números desconocidos, en las ofertas que hasta hoy había archivado sin atreverse a contestar.
Una nueva faceta. Eso era lo que se abría frente a ella. No un reemplazo de su vida como odontóloga, no una renuncia a todo lo que había construido, sino una nueva capa. Algo que se sumaba. Algo que la complementaba. Algo que, si lograba manejar con cuidado, podía darle una libertad económica que su consultorio por sí solo nunca le daría.
Llegó a la puerta de su edificio. Sacó las llaves del bolsillo de su chaqueta, abrió y entró. Subió las escaleras hasta su apartamento, caminó por el pasillo, abrió la puerta y entró. Adentro, el silencio de su casa la envolvió como una cobija. Se quitó la chaqueta, la colgó en el perchero, se quitó los tacones y quedó descalza sobre el piso frío. Caminó hasta el sillón de la sala y se dejó caer.
Mañana iba a tener que mirar su agenda, encontrar esos espacios libres, escribirle a Jessica con los horarios. Pero ahora solo quería quedarse quieta, sentir cómo su pie derecho aún vibraba con el recuerdo de las cosquillas, y pensar que a sus treinta años, después de tanto esfuerzo, su vida estaba a punto de tomar un rumbo que nunca había imaginado.
A la mañana siguiente, Carolina se sentó en su escritorio del consultorio antes de que llegara el primer paciente. La luz entraba por la ventana, blanca y fría, como suele ser la luz de Bogotá en las mañanas. Tomó una taza de café negro, abrió su agenda física —de esas de papel que usaba desde la universidad— y empezó a revisar sus citas de la semana.
Lunes y miércoles completos. Martes solo en la mañana. Jueves libre todo el día porque lo había dejado para trámites del consultorio que ya había resuelto. Viernes tenía una limpieza a las cuatro de la tarde y luego nada más. El sábado por la mañana no atendía porque era su día de descanso, pero podía usarlo si era necesario. El domingo, definitivamente no. El domingo era intocable.
Anotó los espacios libres en una hoja aparte: martes en la tarde, jueves todo el día, viernes después de las cinco, sábado en la mañana si era urgente. Total, unas veinte horas a la semana que podía destinar a otra cosa sin descuidar el consultorio. Veinte horas. Más que suficientes para empezar.
Tomó su teléfono, abrió el chat con Jessica y Javier —Javier había creado un grupo los tres la noche anterior— y escribió:
«Buenos días. Les comparto mi disponibilidad preliminar para lo que queda de esta semana y la próxima. Martes después de las 2 pm. Jueves todo el día. Viernes después de las 5 pm. Sábado en la mañana solo si es necesario. Prefiero no trabajar domingos. Les sirve?»
Dejó el teléfono sobre el escritorio y se tomó otro sorbo de café. No habían pasado ni dos minutos cuando el teléfono vibró. Era Jessica.
«Perfecto. Justo tengo una sesión para el viernes a las 7:30 pm. Sector de Rosales, cliente privado, primera experiencia con nosotros. Sería una sesión de cosquillas en pies, duración estimada una hora. Pago: 900 mil pesos. ¿Te interesa?»
Carolina leyó el mensaje dos veces. Viernes a las 7:30 de la noche. Rosales. Una hora. Novecientos mil pesos. Era más de lo que cobraba por cuatro limpiezas dentales, más de lo que ganaba en un día entero de consultorio si las cosas iban bien.
No lo pensó más.
Escribió: «Sí. Cuento conmigo.»
Dejó el teléfono y sonrió. La taza de café ya estaba fría, pero no le importó. Había dado el paso. Ahora solo quedaba esperar el viernes.
La semana transcurrió sin problemas. Los pacientes llegaron a sus horas, las endodoncias salieron bien, las limpiezas fueron rutinarias y el consultorio empezó a sentir ese ritmo pausado pero constante que Carolina esperaba. Atendió a la señora de la prótesis, a la chica de la limpieza reprogramada, a un par de pacientes nuevos que llegaron por recomendación. Cada noche llegaba a su casa cansada pero satisfecha, y cada noche revisaba el mensaje de Jessica: viernes, 7:30 pm, Rosales. La confirmación seguía ahí, inmutable.
El jueves en la noche, mientras preparaba su uniforme para el día siguiente, Carolina sintió un cosquilleo en el estómago. No era miedo. Era anticipación. Algo parecido a lo que sentía antes de una pasarela importante, cuando el público aún no la veía pero ella ya sabía que todas las miradas iban a estar puestas en ella. Se obligó a dormir temprano.
El viernes llegó más rápido de lo que esperaba. Atendió a sus pacientes con la misma profesionalidad de siempre, pero cada vez que miraba el reloj sentía cómo el tiempo se aceleraba. A las cuatro de la tarde llegó su última cita: una limpieza sencilla, una paciente joven que no paraba de hablar de su viaje a la costa. Carolina asintió, hizo preguntas corteses, limpió cada diente con la precisión de quien ha hecho esto miles de veces. A las cinco en punto, la paciente salió por la puerta con una sonrisa brillante y una cita agendada para dentro de seis meses.
Carolina cerró la puerta con llave. Escuchó el clic del seguro y apoyó la frente un momento contra la madera. Respiración profunda. Se enderezó, caminó por el pasillo vacío, entró a su apartamento y colgó las llaves en el gancho de la entrada.
Ahora empezaba lo otro.
Se quitó la ropa clínica, la dejó en el cesto de la ropa sucia y caminó descalza hacia el baño. Abrió la ducha y esperó a que el agua caliente empañara el espejo. Se bañó con calma, con el jabón neutro de siempre, el champú de keratina, el enjuague de coco. El vapor le relajó los hombros y sintió cómo los músculos de la espalda, tensos por la semana, empezaban a ceder.
Al salir, se envolvió en la toalla felpa blanca y se sentó frente al tocador. El ritual de siempre: cremas, aceites, loción para las manos. El spray para pies, esa vez con más generosidad que nunca. Se masajeó las plantas con los pulgares, presionando los arcos, estirando los dedos. Sus pies, su herramienta de trabajo para esta noche, tenían que estar perfectos.
Se maquilló con cuidado. Base ligera, rímel en las pestañas, un delineado suave que le alargaba la mirada. El labial tono durazno de siempre. Se miró en el espejo: treinta años, piel blanca, cabello rubio recién lavado. Estaba lista.
Abrió el armario y eligió la ropa. Un jean negro pegado al cuerpo, de esos que abrazan cada curva sin apretar. Unas medias de algodón negras tres cuartos, que llegaban justo por debajo de la rodilla. Sobre ellas, unas botas negras hasta las rodillas, con tacón de diez centímetros, piel suave, cierre lateral. Las botas le daban una seguridad que los tacones normales no le daban. Envolvían sus piernas como una armadura.
Arriba, una camiseta cuello tortuga, negra también, de manga larga, que se ajustaba a su torso sin ser provocativa. Sobre la camiseta, la chaqueta de cuero negra que la acompañaba a todas partes. Un cinturón negro en el jean, hebilla plateada pequeña. El cabello suelto, cayendo sobre sus hombros y la chaqueta.
Carolina se miró en el espejo de cuerpo entero. La mujer que la devolvía el espejo no era la odontóloga de bata blanca. Era otra. La misma cara, el mismo cuerpo, pero una energía distinta. Más segura. Más oscura. Más libre.
Preparó su bolso: el de cuero negro de siempre. Adentro metió la billetera con sus tarjetas y algo de efectivo, el neceser con maquillaje para retocar, un cepillo para peinarse, unas toallitas húmedas pequeñas por si acaso y un paquete de toallitas húmedas para lo que pudiera pasar. Cerró el bolso, lo colgó al hombro y miró el reloj de la pared. Seis y veinte.
Salió de su apartamento, bajó las escaleras y salió a la calle. La noche de Bogotá ya se sentía: fría, con ese viento de la cordillera que cala los huesos. Carolina levantó la mano y un taxi amarillo se detuvo a los pocos segundos. Se subió, dio la dirección que Jessica le había enviado —una calle cerrada en Rosales, con número y todo— y se recostó en el asiento trasero.
El taxi arrancó. Las luces de la ciudad pasaban por la ventana como pequeñas estrellas fugaces. Carolina miró el paisaje sin verlo, sintiendo el rumor del motor, el calor de la chaqueta de cuero, la presión de las botas contra sus pantorrillas. En menos de media hora iba a estar ahí. En una casa en Rosales, con un cliente desconocido, haciendo algo que nunca había hecho por dinero. Y sin embargo, no sentía miedo. Sentía algo parecido a la calma.
El taxi se detuvo frente a una reja de hierro negro, alta, con detalles en forja que parecían antiguos pero bien cuidados. Detrás de la reja se veía una casa grande, de esas que en Bogotá llaman casonas, con paredes de ladrillo a la vista y ventanales grandes que dejaban ver una luz cálida en el interior. Árboles frondosos flanqueaban la entrada, sus ramas desnudas por la altura se recortaban contra el cielo oscuro. El sector de Rosales era silencioso a esa hora, solo el ruido lejano de algún carro subiendo por la Circunvalar.
El taxista, un hombre de unos cincuenta años, canoso y de anteojos, apagó el motor y miró por el espejo retrovisor.
—Señorita, aquí es —dijo, con un tono que mezclaba cortesía y preocupación—. ¿Está segura de que es la dirección correcta? Esto es muy solo a estas horas.
Carolina asintió, mirando la casona a través de la ventanilla.
—Sí, es aquí. Gracias.
El taxista no se movió. Apoyó los brazos sobre el volante y la miró de frente, esta vez sin el espejo de por medio.
—Mire, yo no me quiero meter en sus asuntos, pero este sector es extremadamente solo en la noche. No hay locales abiertos, no pasa casi gente. Cuando salga, mejor no intente tomar taxi en la calle. Llame uno para que la recojan aquí mismo. ¿Sí? —Sacó una tarjeta del compartimiento de la guantera y se la tendió—. Este es mi número. Si quiere, me llama y yo vengo a recogerla. No me cobro la carrera, solo lo que marque el taxímetro. Pero por lo menos sabe que va con alguien de confianza.
Carolina tomó la tarjeta. Era blanca, con letras negras, solo un nombre y un número. Lo miró un momento y luego levantó la vista hacia el taxista.
—Muchas gracias, de verdad. Lo tendré en cuenta.
—Cuídese mucho, señorita —dijo él, con una sonrisa que le arrugó aún más el rostro.
Carolina pagó la carrera, le dio una propina generosa, y abrió la puerta del taxi. El aire frío de la noche le dio en la cara de inmediato, mezclado con el olor a tierra mojada y eucaliptos. Cerró la puerta, el taxi arrancó y se fue calle abajo, hasta que las luces traseras desaparecieron detrás de los árboles.
Se quedó sola frente a la reja. Las botas negras hasta la rodilla brillaban bajo la luz de un farol que colgaba de la fachada. Apretó las tiras de su bolso, respiró hondo y caminó hacia el timbre. Era un botón pequeño, plateado, empotrado en un pilar de piedra. Lo presionó.
Escuchó un sonido eléctrico al interior de la casa, luego pasos. No muchos, solo los necesarios para cruzar un patio o un recibidor. La puerta principal se abrió y apareció una mujer. Tendría unos cincuenta y cinco años, tal vez sesenta, pero bien conservada. Vestía un uniforme sencillo: pantalón negro, camisa blanca, delantal beige. Su cabello castaño estaba recogido en un moño bajo y sus manos, que sostenía juntas frente a su cuerpo, tenían las uñas cortas y sin esmalte.
—Buenas noches —dijo la mujer, con una voz suave y pausada—. ¿Es Carolina?
—Sí, buenas noches. Soy Carolina.
La mujer sonrió, apenas, y abrió la reja con un control remoto que llevaba en el bolsillo del delantal. La reja se deslizó sobre rieles invisibles y Carolina pasó. Caminaron juntas por un pequeño sendero de piedra rodeado de jardines cuidados, hasta la puerta principal. Adentro, el recibidor era amplio, con piso de madera oscura, un espejo enorme en una pared y un cuadro al óleo que parecía un paisaje andino. Olía a cera y a flores frescas.
—Soy Paula, el ama de llaves —dijo la mujer, cerrando la puerta detrás de Carolina—. El señor Andrés ya sabe que usted viene. En un momento baja. Mientras tanto, si gusta esperar en la sala.
Paula señaló una puerta abierta a la derecha. Carolina asomó la cabeza y vio una sala amplia, con sofás de cuero beige, una chimenea apagada, estantes con libros y una mesa de centro con una bandeja de café servido. Dos tazas humeantes, una jarra de leche, un azucarero de plata. La luz era tenue, cálida.
Carolina entró y se sentó en el borde del sofá, con la espalda recta y las botas juntas. Paula se quedó en la puerta un momento, como si quisiera decir algo más, pero solo sonrió y se retiró con pasos silenciosos.
Carolina quedó sola en la sala, escuchando el tic-tac de un reloj de pared que no había visto al entrar. El café humeaba en la bandeja. Arriba, en algún piso superior, escuchó pasos. Alguien caminaba. Un hombre, por el peso de los pasos. Bajaba las escaleras. Se acercaba.
Carolina enderezó la espalda aún más, ajustó la chaqueta de cuero sobre sus hombros y posó las manos sobre sus muslos, sobre el jean negro pegado al cuerpo. Los pasos se hicieron más cerca. Luego, el ruido de una puerta al abrirse, y la voz de Paula diciendo algo que no alcanzó a distinguir. Después, pasos más cerca todavía, entrando en la sala.
Carolina levantó la vista y lo vio. Un hombre de unos cincuenta y cinco años, tal vez un poco más, de pie en el marco de la puerta. Vestía pantalones de drill beige, un suéter de cuello redondo color vino tinto y zapatos café de suela gruesa. Su cabello era gris, bien cortado, y sus ojos oscuros miraban con una calma que parecía ensayada. No era alto, tal vez un metro setenta, pero su presencia llenaba el marco de la puerta de una manera que Carolina no supo explicar.
—Carolina —dijo, con una voz grave pero suave—. Soy Andrés. Gracias por venir.
Carolina se puso de pie. La chaqueta de cuero crujió suavemente. Extendió la mano y él la estrechó. La mano era cálida, firme, sin apretar demasiado.
—Mucho gusto, Andrés —respondió ella, con la misma calma que él había usado.
Andrés la miró un momento, de arriba abajo, pero no fue una mirada lasciva. Era una mirada de evaluación, como quien confirma que lo que le han dicho es cierto. Sus ojos se detuvieron un instante en las botas hasta la rodilla, en la camiseta cuello tortuga, en el cabello rubio suelto sobre la chaqueta negra. Asintió, casi para sí mismo.
—¿Tomamos café antes? —preguntó, señalando la bandeja en la mesa de centro.
Carolina negó suavemente con la cabeza.
—Prefiero empezar, si no le importa.
Andrés sonrió. No era una sonrisa amplia, apenas un gesto en las comisuras de los labios, pero sus ojos se iluminaron.
—Me gusta la gente directa. Acompáñeme.
Se giró y caminó hacia el fondo de la sala, hacia una puerta que Carolina no había notado antes. Era de madera oscura, sin manija aparente. Andrés presionó un panel y la puerta se abrió hacia adentro, revelando un pasillo estrecho con paredes de concreto y una escalera que descendía. Luces tenues, empotradas en el techo, iluminaban los escalones de piedra gris.
Carolina lo siguió. Las botas de tacón sonaban en la piedra con un eco que se perdía hacia abajo. El pasillo olía a madera, a sótano, a algo que no podía identificar. No había ventanas. Solo la escalera, las luces, y Andrés caminando delante de ella con paso seguro.
Llegaron a una puerta al final del pasillo. Andrés la abrió y entró. Carolina lo siguió y se encontró en una habitación que no se parecía al resto de la casa. Las paredes eran de concreto pintado de gris claro. El piso, de baldosa negra, estaba frío. No había ventanas. La luz venía de unos tubulares empotrados en el techo, de una luz blanca y pareja, sin sombras.
En el centro de la habitación había una silla. No era una silla cualquiera. Era de madera oscura, con el respaldo alto y recto, los apoyabrazos anchos y las patas firmes. En los apoyabrazos había unas correas de cuero negro con hebillas metálicas. En la parte delantera, justo donde irían los pies, había un cepo de madera, de esos que Carolina había visto solo en fotos antiguas o en películas. Estaba forrado en cuero en los bordes y se abría en dos mitades, con una bisagra en un extremo y una traba en el otro.
Carolina sintió un nudo en el estómago, pero no dijo nada.
Andrés cerró la puerta detrás de ellos. El sonido de la cerradura al encajar fue seco, definitivo.
—Siéntate, por favor —dijo, señalando la silla.
Carolina caminó hacia la silla y se sentó. La madera era fría bajo el jean. Sus manos quedaron sobre los apoyabrazos, rozando las correas de cuero.
—Quítate la chaqueta —dijo Andrés, con la misma voz suave de antes—. Y las botas.
Carolina obedeció. Se desprendió de la chaqueta de cuero y la dejó sobre el respaldo de la silla. Luego se inclinó, desabrochó el cierre lateral de cada bota y las fue retirando una a una. Las dejó en el piso, junto a la silla. Sus pies quedaron cubiertos solo por las medias de algodón negro tres cuartos. Las medias llegaban justo por debajo de la rodilla, dejando los tobillos y los pies completamente cubiertos, pero la forma de sus dedos, de sus arcos, se marcaba bajo la tela fina.
Andrés observó en silencio. Luego se acercó a la silla y señaló los apoyabrazos.
—Pon tus manos en las correas. Luego yo las ajusto.
Carolina levantó los brazos y colocó sus antebrazos sobre los apoyabrazos. Las correas de cuero estaban abiertas, listas para recibir sus muñecas. Las tocó con los dedos. El cuero era suave, usado, como si hubiera sujetado muchas muñecas antes que las suyas. Metió sus manos en las correas, una en cada lado, y esperó.
Andrés ajustó las hebillas. Primero la derecha, luego la izquierda. No apretó demasiado, solo lo suficiente para que Carolina no pudiera retirar las manos. Las correas cedían un poco, pero no tanto como para soltarse. Carolina movió los dedos, verificando. Estaba sujeta, pero no atrapada del todo.
Luego Andrés se agachó frente a la silla. Tomó el cepo de madera, que descansaba abierto sobre una base baja, y lo deslizó hacia los pies de Carolina.
—Ahora los pies —dijo, sin levantar la vista—. Mételos aquí.
Carolina levantó los pies uno a uno y los colocó dentro del cepo abierto. Las medias de algodón negro resbalaron sobre la madera forrada en cuero. Sus tobillos quedaron alineados con las dos mitades del cepo. Los dedos de sus pies, cubiertos por la tela, apuntaban hacia el techo.
Andrés cerró el cepo con cuidado. Las dos mitades se unieron alrededor de los tobillos de Carolina, ajustándose justo por encima del hueso. Metió una traba metálica en una ranura y presionó hasta que hizo clic. Carolina sintió la presión del cepo contra sus tobillos, firme pero no dolorosa. No podía mover los pies. Los dedos se movían libres, pero los tobillos estaban inmóviles.
Andrés se puso de pie y retrocedió un paso. Observó a Carolina en la silla: las manos sujetas por las correas de cuero, los pies atrapados en el cepo de madera, el cuerpo erguido pero vulnerable. Su mirada recorrió cada detalle: la camiseta cuello tortuga, el jean pegado al cuerpo, el cabello rubio cayendo sobre los hombros, las medias negras que cubrían sus pies sin esconder su forma.
Carolina sintió su mirada. Se sintió incómoda, pero no dijo nada. No era el momento. Había aceptado esto cuando respondió el mensaje, cuando dijo que sí en el chat, cuando subió al taxi. Había aceptado esto en el casting, cuando Javier y Jessica deslizaron sus dedos sobre sus plantas hasta hacerla gritar. Había aceptado esto mucho antes, quizás sin saberlo, desde la primera vez que Patricia le ofreció ser la modelo principal a cambio de una sesión de adoración de pies.
Andrés caminó hacia la pared, tomó una silla plegable que estaba apoyada allí, la abrió y la colocó frente a Carolina, a unos dos metros de distancia. Se sentó. Apoyó los codos en sus muslos y entrelazó las manos.
—Cuéntame, Carolina —dijo, con la misma voz suave—. ¿Qué tanto aguantas las cosquillas?
Carolina tragó saliva. Las manos todavía le temblaban un poco, aunque no sabía si era por el frío de la habitación o por los nervios. Andrés la miraba desde su silla plegable, con los codos apoyados en los muslos y las manos entrelazadas, esperando. No había prisa en él. Parecía tener todo el tiempo del mundo.
—Soy muy cosquillosa —respondió Carolina, y su voz sonó más baja de lo que quería, con un temblor que no logró ocultar del todo—. Sobre todo en los pies. Pero en general… en general soy muy cosquillosa.
Andrés asintió lentamente, como si hubiera recibido una confirmación que ya esperaba. No dijo nada más. Se puso de pie con un movimiento pausado, caminó alrededor de la silla en la que Carolina estaba atada, y se detuvo detrás de ella. Carolina sintió su presencia a la espalda, el calor de su cuerpo a unos centímetros de la camiseta cuello tortuga. Quiso girar la cabeza para verlo, pero las correas en sus muñecas se lo impidieron. Solo podía mirar al frente, a la pared gris, al cepo que sujetaba sus pies.
La primera caricia fue en el cuello. Los dedos de Andrés, cálidos y secos, bajaron desde la nuca hasta el borde de la camiseta, rozando la piel apenas. Carolina se estremeció. No era cosquillas todavía, pero era un anticipo. Una advertencia.
Luego los dedos se movieron hacia las axilas. Carolina no pudo verlos, pero los sintió. Andrés deslizó las yemas por el borde de la tela, buscando el hueco donde la piel es más fina y más sensible. Cuando las encontró, apretó apenas.
Carolina soltó una carcajada sorprendida. Su cuerpo se sacudió hacia la derecha, pero las correas la detuvieron. Los brazos, levantados y atrapados, no podían bajar para protegerse. Quedaban abiertos, vulnerables, ofreciendo las axilas como un territorio indefenso.
—¡Ja! —fue lo único que alcanzó a decir antes de que la risa se le escapara por completo.
Andrés no hablaba. Solo trabajaba con los dedos, subiendo y bajando por las costillas de Carolina, encontrando cada espacio entre hueso y hueso. Sus movimientos eran lentos, casi metódicos, como si estuviera explorando un mapa y quisiera memorizar cada accidente geográfico. Las costillas de Carolina eran sensibles, eso lo descubrió en los primeros segundos. Cada vez que sus dedos pasaban por el borde inferior de la caja torácica, su torso se contraía hacia adentro, como si quisiera doblarse sobre sí misma.
—¡No, no, no! —gritó Carolina entre carcajadas, pero Andrés no le hizo caso.
Bajó a la cintura. Esa zona, donde la camiseta se metía dentro del jean, era un límite difuso entre la tela y la piel. Los dedos de Andrés encontraron ese borde y se movieron a lo largo de él, de un lado a otro, haciendo cosquillas en la transición. Carolina se retorció en la silla. Sus pies, atrapados en el cepo, golpearon la madera con un sonido sordo. Los dedos de sus pies, cubiertos por las medias negras, se apretaron y se abrieron como si quisieran huir.
Andrés rodeó la silla y se colocó frente a ella. Ahora podía atacar el frente: la barriga, el abdomen, el esternón. Carolina lo vio acercarse y supo lo que venía. Intentó apretar los músculos del estómago, como si eso pudiera protegerla, pero Andrés fue más rápido. Sus dedos encontraron la parte baja de la barriga, justo arriba del ombligo, y comenzaron a hacer cosquillas con movimientos cortos y rápidos.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Carolina perdió el control. Su risa se volvió una sola cosa, una carcajada continua que no se detenía ni para tomar aire. Su cuerpo se retorcía en todas direcciones, pero las correas en sus muñecas y el cepo en sus tobillos la mantenían en su lugar. No podía irse. No podía escapar. Solo podía reír.
Su cabeza se echó hacia atrás, el cabello rubio cayendo sobre el respaldo de la silla. Las lágrimas empezaron a asomar en el borde de sus ojos. Su mandíbula se abría y se cerraba sin control, dejando salir carcajada tras carcajada tras carcajada.
Andrés cambió de táctica. Ahora atacaba las costillas con una mano mientras la otra recorría la cintura. Los dedos se movían a ritmos distintos: rápidos en las costillas, lentos en la cintura, creando una sinfonía de cosquillas que Carolina no podía procesar. Su cerebro recibía estímulos de todos lados y solo podía responder con risa.
—¡Por favor! —alcanzó a decir en un momento, entre carcajada y carcajada—. ¡Por favor!
Pero Andrés no se detuvo. Había esperado esto. Había pagado por esto. Y Carolina, en el fondo, lo sabía. No había venido hasta Rosales, no se había sentado en esta silla, no se había dejado atar las manos y los pies, para decir «por favor» y que la soltaran. Había venido a esto. A reír. A retorcerse. A perder el control.
Y lo estaba perdiendo.
Los dedos de Andrés subieron de nuevo a las axilas. Esta vez no fue un roce suave. Fue un ataque directo, los dedos hundiéndose en el hueco hipersensible, moviéndose en círculos rápidos que hacían que Carolina levantara los hombros en un intento desesperado por proteger las zonas sensibles. Pero los hombros no podían bajar. Los brazos estaban atrapados hacia arriba. Las axilas quedaban completamente expuestas, sin defensa.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! —Carolina ya no articulaba palabras. Solo salía esa carcajada continua, interminable, que llenaba la habitación gris y rebotaba en las paredes de concreto. Su cuerpo se sacudía con espasmos que ella no podía controlar. La silla crujía bajo ella. El cepo de madera retumbaba cada vez que sus pies golpeaban contra la madera.
Andrés la miraba mientras sus dedos seguían trabajando. No sonreía. No mostraba emoción alguna en su rostro. Solo observaba, con esa calma de quien está realizando una tarea que conoce bien. Sus dedos subían y bajaban, encontraban puntos sensibles, los explotaban, pasaban al siguiente.
Carolina ya no sabía cuánto tiempo había pasado. Los minutos se habían vuelto una sola cosa: risas, sacudidas, lágrimas, súplicas que no llegaban a completarse. Sus pies, atrapados en el cepo, se movían sin rumbo. Sus manos tiraban de las correas sin ninguna esperanza de liberarse. Y sus axilas, sus costillas, su cintura, su barriga, seguían recibiendo cosquillas.
Andrés no mostraba signos de cansancio. Sus dedos seguían moviéndose, precisos, implacables, llevando a Carolina una y otra vez al borde de lo que ella misma no sabía cómo llamar. Solo sabía que reía. Que no podía parar de reír. Y que, en algún rincón de su mente aturdida, se preguntaba cuánto más iba a durar esto.
Andrés dejó las axilas y bajó las manos. Sus dedos recorrieron el torso de Carolina con una lentitud que resultaba casi peor que la rapidez. Cada centímetro de piel que tocaban era un aviso de lo que vendría, una promesa silenciosa de que no iba a parar hasta haberlo explorado todo.
Llegó a la barriga. Allí, justo debajo del ombligo, donde la camiseta cuello tortuga se tensaba sobre el abdomen plano, Carolina era especialmente sensible. Andrés lo descubrió en los primeros segundos: un movimiento circular con la yema de los dedos, justo en el centro, y ella soltó un grito agudo que se convirtió inmediatamente en carcajada. Su cuerpo se arqueó hacia adelante, pero las correas en sus muñecas la detuvieron a mitad del movimiento, dejándola suspendida en una posición incómoda que solo hacía más vulnerables sus costillas y su cintura.
—¡No, no ahí! —alcanzó a decir Carolina entre risas, pero Andrés no le hizo caso. Al contrario, concentró sus dedos en esa zona unos segundos más, alternando movimientos circulares con pequeños pellizcos que no dolían pero que hacían que la piel se erizara.
Luego bajó a la cintura. La parte baja de la barriga, justo donde el jean comenzaba a subir, era un punto de transición que Andrés explotó con paciencia. Sus dedos se movían a lo largo del borde del pantalón, deslizándose de un lado a otro, encontrando la pequeña franja de piel que quedaba entre la camiseta y el jean cuando Carolina se retorcía. Cada vez que sus dedos pasaban por ese punto, ella pegaba un saltó en la silla, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—JAJAJAJAJA —Carolina reía sin control. Su cuerpo se contorsionaba en todas direcciones, pero no podía ir a ninguna parte. Las correas la mantenían atada. El cepo la mantenía sujeta. Solo podía moverse dentro de los límites que Andrés le permitía, y él parecía disfrutar viéndola agotarse en ese espacio reducido.
Las manos de Andrés se deslizaron hacia los muslos. Carolina llevaba el jean pegado al cuerpo, y la tela era gruesa, pero no lo suficiente para detener las cosquillas. Los dedos de Andrés presionaban la tela contra la piel de sus muslos, moviéndose arriba y abajo, explorando la cara interna donde la sensibilidad era mayor. Carolina sintió cosquillas incluso a través del jean, esa sensación incómoda y deliciosa a la vez que la hacía retorcerse como si estuviera tratando de escapar de su propia piel.
—¡Ya, ya, ya! —gritó, pero Andrés no se detuvo.
Pasó a las rodillas. Allí, detrás de la articulación, donde la piel es más fina y más cercana a la superficie, el jean se estiraba y Carolina sentía cada roce como si no hubiera tela de por medio. Andrés usó las uñas esta vez, ligeramente, deslizándolas por la parte posterior de las rodillas. El efecto fue inmediato: las piernas de Carolina se sacudieron hacia adelante, pero el cepo las sujetaba por los tobillos, así que solo pudieron levantarse unos centímetros antes de caer de nuevo.
Carolina ya no podía hablar. Solo reía. Su cuerpo se sacudía en espasmos que parecían convulsiones, pequeñas y rápidas, incontrolables. Su cabeza se movía de un lado a otro, el cabello rubio pegándose a su frente sudorosa. Las lágrimas le corrían por las mejillas y caían sobre la camiseta blanca, mojando la tela en pequeños círculos oscuros. Sus manos tiraban de las correas con una fuerza que ella misma desconocía, pero las hebillas resistían.
Y todo esto sin que Andrés hubiera tocado siquiera sus pies. Sus pies, todavía cubiertos por las medias de algodón negro, seguían atrapados en el cepo de madera, esperando. Carolina sabía que eso era lo peor. Lo que estaba viviendo ahora, las cosquillas en la barriga, en la cintura, en los muslos, en las rodillas, solo era el preludio. El plato fuerte llegaría cuando Andrés se agachara, cuando liberara el cepo o encontrara la manera de alcanzar sus plantas hipersensibles.
Pero por ahora, solo reía. Reía y se retorcía y se sacudía, mientras Andrés seguía moviendo sus dedos sobre cada centímetro de su cuerpo, implacable y metódico, como un artista que trabaja sobre su obra sin prisa pero sin pausa.
Andrés levantó la vista de las rodillas de Carolina y miró su reloj. Un reloj clásico, de pulsera de cuero café, esfera blanca con números romanos. Llevaban media hora. Treinta minutos exactos desde que cerró la puerta de la habitación. El servicio era por aproximadamente una hora. Le quedaba la otra mitad.
Se puso de pie y se estiró, como si acabara de levantarse de una siesta. Carolina, aún temblando por las cosquillas residuales en sus muslos, lo vio moverse hacia la parte baja de la silla. Hacia sus pies.
El corazón le dio un vuelco. Sabía lo que venía. Lo había esperado desde que entró a esta habitación. Lo había anticipado en el taxi, en el casting, en los mensajes con Jessica y Javier. Pero saberlo y vivirlo eran dos cosas distintas.
Andrés se agachó frente al cepo. Sus manos, firmes y seguras, examinaron las medias de algodón negro que cubrían los pies de Carolina. Las medias eran finas, de esas que se usan con botas, y se ajustaban a la forma de sus pies como una segunda piel. Andrés metió los dedos por el borde superior, justo debajo de la rodilla, y comenzó a deslizar la media hacia abajo.
El movimiento fue lento, cuidadoso. No quería lastimarla, solo dejarla vulnerable. La media negra se fue arrugando a medida que bajaba por la pantorrilla, por el tobillo, hasta llegar a los dedos. Andrés la deslizó por completo y la dejó caer al piso. El pie izquierdo de Carolina quedó desnudo, atrapado en el cepo, con el esmalte rojo brillando bajo la luz blanca de los tubulares.
Carolina sintió el frío de la habitación en su piel recién descubierta y se estremeció. Sus dedos se encogieron instintivamente.
Andrés repitió la operación con el pie derecho. La media negra se deslizó con la misma lentitud, dejando al descubierto el otro pie. El esmalte rojo también. Las uñas, perfectamente limadas. La piel, suave y húmeda todavía por el spray de la mañana.
Ambos pies estaban ahora completamente desnudos, atrapados en el cepo de madera, vulnerables e hipersensibles. Carolina podía sentir el aire frío sobre sus plantas, la madera del cepo contra sus tobillos, la mirada de Andrés fija en sus dedos. Todo su cuerpo estaba tenso, anticipando.
Andrés no dijo nada. No preguntó si estaba lista. No hizo ningún comentario. Simplemente llevó sus manos a las plantas de Carolina y comenzó.
No fue suave. No fue gradual. Fue un ataque directo, implacable, sin piedad.
Sus dedos se deslizaron por ambas plantas al mismo tiempo, subiendo desde los talones hasta la base de los dedos y bajando de nuevo. Usaba las yemas y las uñas, alternando, encontrando cada pliegue, cada arruga, cada centímetro de piel que Carolina había descrito en su cuestionario como su punto más débil.
Carolina estalló.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
Su risa llenó la habitación en segundos, rebotando en las paredes de concreto, mezclándose con el sonido de sus pies golpeando la madera del cepo. Los pies se movían como locos, intentando huir, pero el cepo los sujetaba firmemente por los tobillos. Solo podían moverse hacia arriba y hacia abajo, y eso no era suficiente para escapar de los dedos de Andrés.
—¡AAAAHHHHHH! —gritó Carolina entre carcajadas, un sonido agudo que se cortaba y volvía a empezar cada vez que las uñas de Andrés encontraban un nuevo punto sensible.
Sus dedos se apretaban con tanta fuerza que las uñas con esmalte rojo parecían pequeñas garras. Luego se abrían de golpe, estirándose como si quisieran tocar la parte delantera del cepo. Las plantas se arrugaban, formando pequeñas líneas que Andrés recorría una y otra vez. Luego se estiraban, lisas y tersas, ofreciendo una superficie nueva para que los dedos siguieran deslizándose.
Carolina hacía todo lo posible por disminuir el ataque. Movía los pies de un lado a otro, pero el cepo no se lo permitía. Apretaba los dedos para arrugar la planta, pero Andrés metía las uñas entre los pliegues y las cosquillas se intensificaban. Estiraba los dedos para alisar la piel, pero Andrés deslizaba las yemas por la superficie lisa y el cosquilleo era igual de insoportable.
No había escapatoria.
—¡JAJAJAJAJA! ¡AAAAHHHH! —Carolina ya no pedía que parara. Ya no decía «por favor». Solo emitía sonidos, carcajadas y gritos, entregada a su suerte. Su cuerpo se retorcía en la silla como si estuviera teniendo una convulsión. Los brazos tiraban de las correas con una fuerza desesperada, pero las hebillas resistían. El cepo retumbaba cada vez que sus pies golpeaban la madera. La silla crujía bajo su peso.
Andrés seguía ahí, agachado frente al cepo, moviendo sus dedos sobre las plantas de Carolina con un ritmo implacable. Sus manos se movían solas, casi mecánicamente, subiendo y bajando, subiendo y bajando, sin un segundo de descanso. No miraba el reloj. No miraba el rostro de Carolina. Solo miraba sus pies, los dedos apretándose y abriéndose, las plantas arrugándose y estirándose, la piel enrojecida por el roce constante.
Carolina ya no sabía dónde terminaba ella y empezaban las cosquillas. Su cuerpo era solo un vehículo para la risa, un recipiente que se llenaba y se vaciaba de carcajadas sin control. Los minutos pasaban. No sabía cuántos. Solo sabía que Andrés seguía ahí, que sus pies seguían atrapados, que sus manos seguían atadas, y que no podía hacer nada más que reír.
Entregada. Completamente entregada a su suerte.
Los dedos de Andrés no se detenían. Recorrían cada centímetro de los pies de Carolina con una precisión que parecía imposible. No había zona que quedara sin explorar, sin atacar, sin llevar al límite.
Las plantas, primero. Esa superficie que Carolina había descrito como su punto más débil, la zona que la hacía perder el control en cuestión de segundos. Andrés deslizaba sus dedos desde el talón hasta la base de los dedos, una y otra vez, a veces con las yemas, a veces con las uñas, a veces alternando. Las plantas de Carolina se arrugaban y se estiraban sin cesar, tratando de escapar de un estímulo que las alcanzaba siempre.
Los arcos, después. Esa curva que subía desde la planta hasta el empeine era especialmente sensible en el pie derecho de Carolina. Andrés lo descubrió rápidamente: cada vez que sus dedos pasaban por el arco derecho, ella pegaba un grito más agudo, una carcajada más desesperada. Así que concentró allí su ataque durante varios segundos, subiendo y bajando por la curva, presionando apenas con las yemas, sintiendo cómo la piel se tensaba bajo sus dedos.
Los dedos de los pies. Carolina tenía los dedos largos, bien formados, con las uñas pintadas de rojo. Andrés los tomó uno por uno, empezando por el meñique izquierdo. Rozó la almohadilla con la yema del dedo, esa parte suave y redondeada que toca el suelo al caminar. Carolina soltó un gemido agudo que se cortó de inmediato. Luego pasó al siguiente dedo, y al siguiente, y al siguiente, hasta llegar al dedo gordo. Allí, la almohadilla era más grande, más carnosa, y las cosquillas se multiplicaban. Carolina apretó todos los dedos a la vez, arrugando la planta, pero Andrés ya había pasado al pie derecho.
Entre los dedos. Esa zona que Carolina apenas mencionó en su cuestionario pero que en la práctica resultó ser un campo minado. Andrés introdujo la uña de su índice entre el dedo gordo y el segundo dedo del pie izquierdo, y deslizó suavemente. El grito de Carolina atravesó la habitación como una bala. Sus pies se sacudieron con una violencia nueva, golpeando los bordes del cepo. Andrés repitió la operación entre cada dedo, en ambos pies, una y otra vez, mientras Carolina se retorcía en la silla como si estuviera siendo electrocutada.
Las almohadillas de los dedos. Esas pequeñas superficies que apenas tocan el suelo pero que guardan una sensibilidad desproporcionada. Andrés las atacó con las yemas, presionando suavemente, haciendo pequeños círculos sobre cada una. Carolina sentía las cosquillas subir desde la punta de sus dedos hasta el resto del pie, y de allí a todo su cuerpo. Sus manos tiraban de las correas con una fuerza que ya le estaba dejando marcas rojas en las muñecas.
Las yemas de los dedos. Justo debajo de las uñas, donde la piel es más fina y más cercana a la superficie. Andrés usó sus propias uñas para rascar suavemente esa zona, apenas rozando, sin presión. El efecto fue inmediato: los dedos de Carolina se encogieron como si hubieran tocado fuego, y sus carcajadas se volvieron casi histéricas.
Los lados de los pies. Esa zona que pocas veces recibe atención pero que escondía una sensibilidad sorprendente. Andrés deslizó sus dedos por el borde externo del pie izquierdo, desde el talón hasta el dedo meñique, y luego por el borde interno, desde el dedo gordo hasta el arco. Carolina se retorcía de un lado a otro, intentando que sus pies se movieran lateralmente, pero el cepo solo permitía el movimiento vertical. Sus pies estaban atrapados, y los costados estaban completamente expuestos.
Los empeines. Esa parte superior del pie que Carolina casi nunca consideraba sensible, pero que bajo los dedos de Andrés resultó ser otra zona de alto riesgo. Sus dedos recorrían el empeine de arriba abajo, desde el tobillo hasta la base de los dedos, encontrando pequeños puntos de cosquillas que Carolina no sabía que existían. Cada vez que Andrés pasaba por el centro del empeine, ella sentía una sacudida que le recorría la pierna entera.
Los talones. Esa zona dura, curtida, que Carolina pensaba que no tenía cosquillas. Pero los talones también tienen piel, y la piel también es sensible cuando alguien sabe cómo tocarla. Andrés usó las uñas para rascar suavemente los talones, moviéndose en círculos pequeños, y Carolina descubrió que incluso allí, incluso en esa parte que ella consideraba a salvo, las cosquillas podían alcanzarla.
Todo el pie. Izquierdo y derecho. No había un solo centímetro que Andrés dejara sin explorar. Sus manos se movían incansables, pasando de una zona a otra, alternando ritmos, presiones, técnicas. A veces usaba las yemas para hacer cosquillas suaves y continuas. A veces usaba las uñas para rasguños cortos y precisos. A veces deslizaba toda su mano por la planta, desde el talón hasta los dedos, en un movimiento amplio que hacía que Carolina arqueara la espalda entera.
Carolina ya no estaba en la silla. Carolina ya no estaba en Rosales. Carolina ya no estaba en Bogotá. Carolina estaba en un lugar hecho solo de cosquillas, un universo donde la única ley era la risa, donde el tiempo no pasaba porque el tiempo había dejado de tener sentido.
Sus pies, esos pies que ella cuidaba tanto, que hidrataba todas las mañanas con spray de menta y aloe, que exhibía en sesiones de fotos y pasarelas, esos pies que Sebastián había atrapado en su propio consultorio, esos pies que Jessica y Javier habían cosquilleado hasta hacerla gritar, esos pies estaban ahora en manos de un desconocido que no mostraba piedad.
Y Carolina reía. Reía sin control, sin esperanza de que eso terminara pronto, entregada por completo al caos de las cosquillas.
Carolina tenía un problema. O más que un problema, un talón de Aquiles. Literalmente.
La piel de sus pies, sobre todo en las plantas, era extremadamente hipersuave. No era algo que ella hubiera planeado ni buscado. Era consecuencia de años de cuidados obsesivos, de esa vanidad que muchas mujeres desarrollan sin querer, empujadas por la mirada de los demás. Crema hidratante todas las noches antes de dormir. Aceite de coco después de cada ducha. Exfoliaciones semanales con productos importados que le costaban una fortuna. Mascarillas de parafina en los salones de belleza a los que iba cada quince días. El spray para pies que usaba todas las mañanas, ese de menta y aloe, no solo refrescaba sino que mantenía la piel tersa y suave.
Y también estaba el modelaje. Las sesiones de fotos donde sus pies tenían que lucir perfectos. Los comerciales de zapatos donde la cámara hacía primeros planos de sus empeines y sus talones. Las pasarelas donde caminaba descalza sobre superficies frías que resecaban la piel, y por eso tenía que hidratarla aún más. El modelaje de pies era un nicho dentro del modelaje, y Carolina había trabajado en él sin saber que esa misma suavidad que los fotógrafos tanto elogiaban sería su perdición.
Una piel hipersuave es una piel hipersensible. Sin callos, sin durezas, sin asperezas que amortigüen el roce. Cada contacto, por más ligero que fuera, llegaba directamente a las terminaciones nerviosas sin ningún filtro. Un dedo deslizándose sobre una planta suave no encontraba resistencia. Una uña raspando un arco terso se deslizaba sin obstáculos. Un roce suave se convertía en cosquillas. Un roce firme se convertía en tortura.
Andrés lo había descubierto en los primeros segundos. La piel de los pies de Carolina no era como la de otras modelos con las que había trabajado. Era más suave, más lisa, más vulnerable. Sus dedos se deslizaban sobre las plantas sin ningún esfuerzo, como si estuvieran recorriendo seda. Las uñas encontraban los pliegues del arco y se hundían apenas, sintiendo cómo la piel cedía sin oponer resistencia.
Carolina sabía esto. Lo sabía desde hacía años. Por eso evitaba que la gente tocara sus pies. Por eso se ponía medias apenas llegaba a su casa. Por eso usaba zapatos cerrados en la calle y crocs sin medias solo en la intimidad de su apartamento. Porque sabía que esa suavidad que tanto orgullo le daba como mujer y como modelo era también su condena.
Ahora, atrapada en esa silla, con los pies desnudos dentro del cepo, sentía cómo cada roce de los dedos de Andrés encontraba una superficie perfectamente lisa, perfectamente hidratada, perfectamente vulnerable. No había ninguna barrera. Ninguna capa de piel dura que protegiera las terminaciones nerviosas. Solo esa suavidad extrema que amplificaba las cosquillas hasta volverlas insoportables.
Carolina no gritó. No porque no quisiera, sino porque el llanto y la risa y los gritos se habían mezclado en algo que ya no tenía nombre. Solo abrió la boca y dejó que saliera lo que tuviera que salir, mientras sus pies se movían dentro del cepo con la desesperación de quien sabe que no hay escapatoria.
Los dedos de Andrés seguían deslizándose sobre las plantas de Carolina sin piedad alguna. No había descanso. No había tregua. Solo ese movimiento continuo, implacable, que recorría cada centímetro de piel hipersuave desde el talón hasta los dedos y volvía a empezar.
La piel de Carolina, tan suave, tan delicada, tan bien cuidada, no ofrecía ninguna resistencia. Los dedos de Andrés se deslizaban sobre ella como si estuvieran recorriendo seda mojada. No había callos que amortiguaran. No había durezas que protegieran. Solo esa superficie tersa, hidratada, perfectamente vulnerable, que amplificaba cada roce hasta convertirlo en una explosión de cosquillas.
Carolina reía. Reía a carcajadas, sin control, sin esperanza de que eso terminara pronto. Su boca se abría y se cerraba como la de un pez fuera del agua, dejando salir sonidos que no sabía que podía producir. A veces era una carcajada larga y continua, un «JAJAJAJAJA» que se extendía por segundos hasta que se le acababa el aire. A veces era una serie de carcajadas cortas, entrecortadas, separadas por jadeos y súplicas que no llegaban a completarse. A veces era un grito que empezaba como risa y terminaba como algo que no sabía cómo llamar.
Sentía los dedos de Andrés. Los sentía todos. Las yemas, suaves pero firmes, deslizándose sobre el arco de su pie izquierdo. Las uñas, cortas pero precisas, raspando la base de los dedos del pie derecho. Las palmas, calientes, presionando sus plantas completas en movimientos amplios que hacían que todo su pie vibrara.
Los dedos subían y bajaban. Subían desde el talón hasta la base de los dedos, recorriendo la planta en líneas rectas que pareían ensayadas. Bajaban desde los dedos hasta el talón, esta vez en zigzag, encontrando nuevos ángulos, nuevas direcciones. A veces se detenían en el centro del arco y hacían pequeños círculos que hacían que Carolina arrugara toda la planta. A veces se concentraban en los bordes de los pies, donde la piel es más fina y más cercana al hueso, y allí hacían cosquillas laterales que la hacían retorcerse de lado a lado.
Carolina no podía hacer nada más que reír. Su cuerpo se sacudía en la silla, las correas tensas sobre sus muñecas, el cepo retumbando cada vez que sus pies golpeaban la madera. Su cabello rubio, completamente desordenado, le cubría parte del rostro. Las lágrimas le corrían por las mejillas y caían sobre su camiseta cuello tortuga, mojando el algodón. Su mandíbula le dolía de tanto reír, pero no podía cerrar la boca porque las carcajadas seguían saliendo.
Andrés no hablaba. No la miraba a los ojos. Solo miraba sus pies, concentrado en su tarea, moviendo los dedos una y otra vez sobre esa piel que no dejaba de temblar bajo sus manos. Cada tanto cambiaba la técnica: ahora más rápido, ahora más lento, ahora con las yemas, ahora con las uñas, ahora con los nudillos. Cada cambio era una nueva forma de cosquillas que Carolina no podía anticipar ni preparar.
Y ella seguía riendo. Riendo y retorciéndose y suplicando entre carcajadas, mientras los dedos de Andrés seguían deslizándose sobre sus plantas sin ninguna intención de detenerse.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el sonido de una alarma rompió el aire de la habitación. Era un pitido agudo, insistente, que venía del bolsillo del pantalón de Andrés. Carolina lo escuchó como si fuera la melodía más hermosa del mundo. Un salvavidas en medio del caos.
Andrés detuvo sus manos de inmediato. Los dedos dejaron de deslizarse sobre las plantas de Carolina y ella sintió cómo el infierno de cosquillas cesaba tan abruptamente como había comenzado. Sus pies quedaron quietos dentro del cepo, temblando todavía, con la piel enrojecida y sensible. Las plantas, esas superficies hipersuaves que habían sido el centro del ataque, parecían vibrar por sí solas, como si el recuerdo de los dedos de Andrés aún las recorriera.
Carolina respiró. Respiró hondo, agitada, como quien ha estado mucho tiempo bajo el agua y finalmente llega a la superficie. Sus pulmones se llenaron de aire fresco y sintió cómo el oxígeno llegaba a cada rincón de su cuerpo. Sus mejillas estaban ardiendo. Las lágrimas aún mojaban su rostro. El cabello rubio, completamente desordenado, se le pegaba a la frente y a las sienes. Bajó la cabeza y se quedó mirando sus pies atrapados en el cepo, viendo cómo sus dedos aún se movían solos, espasmódicamente, como si no hubieran recibido la orden de detenerse.
Andrés no la miró. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón de drill beige y sacó el teléfono. Desbloqueó la pantalla con un movimiento rápido y comenzó a escribir. Carolina lo observó desde la silla, con la respiración aún entrecortada, las manos todavía atadas a las correas de cuero, los pies todavía atrapados en el cepo. No podía irse. No podía moverse. Solo podía esperar.
Andrés escribió un mensaje. Lo envió. Esperó unos segundos. El teléfono vibró en su mano. Leyó, sonrió apenas, y escribió de nuevo. Otro mensaje. Otra vibración. Guardó el teléfono en el bolsillo y caminó hacia un costado de la habitación, donde había una pequeña mesa con una botella de agua. Sirvió un vaso, bebió un poco, y dejó el vaso sobre la mesa.
Carolina no entendía lo que estaba pasando. El tiempo había terminado. La alarma había sonado. ¿Por qué no la liberaba? ¿Por qué no le quitaba las correas y el cepo y la dejaba ir?
Andrés caminó de regreso hacia la silla. Se detuvo frente a ella, con las manos en los bolsillos, y la miró con esos ojos oscuros que no mostraban ninguna emoción en particular. Carolina levantó la vista hacia él, con el rostro aún húmedo por las lágrimas, y esperó.
—Bueno, preciosa —dijo Andrés, con la misma voz suave y pausada de siempre—. Acabo de pagar por una hora adicional.
Carolina sintió cómo el mundo se le venía encima.
—Así que creo que nos vamos a seguir divirtiendo mucho más.
La palabra «preciosa» sonó casi como una burla en el contexto de la habitación gris, con ella atada a una silla, los pies atrapados, el cuerpo temblando. Carolina abrió la boca. Quiso decir algo. Quiso negociar. Quiso recordarle que ya había cumplido, que el servicio era por una hora, que no había acordado nada más.
Lo único que logró decir fue:
—No… por favor… no más.
Pero sus palabras no tuvieron ningún efecto. Andrés ya se estaba agachando frente al cepo, ya estaba llevando sus manos hacia las plantas de Carolina. Ella sintió el primer contacto, las yemas de los dedos rozando el arco izquierdo, y supo que no había vuelta atrás.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ!
La carcajada estalló de nuevo, más fuerte que antes, más desesperada. Los dedos de Andrés se movían sobre sus plantas con la misma intensidad, la misma precisión, la misma falta de piedad. Pero ahora Carolina sabía que esto iba a durar más. Una hora más. Sesenta minutos adicionales de cosquillas en sus pies hipercosquilludos, en sus plantas hipersuaves, en sus arcos vulnerables.
—¡JAJAJAJAJA! ¡AAAAHHHHHH! —Carolina se retorció en la silla como si estuviera tratando de salirse de su propia piel. Sus pies golpearon el cepo una y otra vez. Sus manos tiraron de las correas con una fuerza que ya le había dejado las muñecas marcadas. Su cabeza se echó hacia atrás y su cabello rubio cayó sobre el respaldo de la silla.
Andrés no mostraba signos de cansancio. Sus dedos seguían deslizándose sobre las plantas de Carolina con el mismo ritmo implacable, subiendo desde los talones hasta los dedos, bajando de nuevo, encontrando cada pliegue, cada arruga, cada centímetro de piel hipersuave. A veces se concentraba en un solo pie, atacándolo con ambas manos mientras el otro descansaba un segundo. A veces atacaba los dos al mismo tiempo, creando una tormenta de cosquillas que Carolina no podía procesar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ! —Las carcajadas de Carolina llenaban la habitación, mezclándose con el sonido de sus pies golpeando la madera y el crujir de la silla bajo su peso. Las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas. La risa se le escapaba sin control, sin pausa, sin posibilidad de detenerse.
Y apenas comenzaba la hora adicional.
Carolina estaba sumergida en un mar de carcajadas cuando escuchó pasos en la escalera. No eran los pasos de Andrés. Él seguía agachado frente al cepo, concentrado en sus plantas, moviendo los dedos sin descanso. Eran otros pasos, más ligeros, más pausados. Pasos que conocían la casa.
No pudo ver quién entraba. Su cabeza estaba echada hacia atrás, el cabello rubio cayendo sobre el respaldo de la silla, los ojos cerrados por la fuerza de las cosquillas. Pero escuchó la puerta abrirse, escuchó los pasos acercarse, escuchó el roce de tela contra tela. Alguien había entrado. Alguien estaba ahí.
Andrés no se detuvo. No levantó la vista. No dijo nada. Sus dedos seguían deslizándose sobre las plantas de Carolina como si nada hubiera pasado.
Carolina forzó los ojos a abrirse, entre carcajada y carcajada, y vio a Paula. El ama de llaves. La mujer de unos cincuenta y tantos años, el cabello castaño recogido en un moño bajo, el uniforme sencillo de pantalón negro y camisa blanca. Caminaba con paso seguro hacia una mesa que estaba junto al cepo, una mesa que Carolina no había notado antes o que había visto sin prestar atención.
Sobre el hombro, Paula llevaba una bolsa de tela. Era de lino crudo, sin adornos, con dos asas largas. La dejó sobre la mesa y comenzó a desatar un cordón que la cerraba. La bolsa se abrió como una flor, mostrando su interior.
Carolina no podía ver bien desde donde estaba atada, pero alcanzaba a distinguir formas. Objetos. Muchos objetos. Paula los fue sacando uno por uno y los fue alineando sobre la mesa, como un cirujano preparando sus instrumentos antes de una operación.
Primero salieron cepillos de dientes. Varios. De cerdas duras, de cerdas suaves, de cerdas medianas. Los colocó en fila, ordenados por tamaño.
Luego plumas. Plumas de paloma, finas, blancas, con el raquis delgado y las barbas suaves. Las puso junto a los cepillos, formando un pequeño ramillete.
Pinceles después. De esos que se usan para maquillaje, de cerdas suaves y mangos largos. Algunos anchos, otros estrechos, otros redondos.
Carolina sintió un escalofrío que no era por el frío. Reconocía esos objetos. Había visto videos donde usaban cosas así. Había escuchado historias. Pero verlos ahí, en la mesa, al lado de sus pies atrapados, era otra cosa.
Churruscos de alambre. Esos que se usan para limpiar dentro de frascos o de tuberías estrechas, con cerdas atrapadas entre dos alambres retorcidos. Paula tenía varios, de diferentes grosores. Los puso junto a los pinceles.
Cepillos de peinar. De esos redondos, con cerdas duras que giran sobre un eje. Paula los tomó uno por uno, sopló el polvo imaginario que pudieran tener, y los dejó sobre la mesa.
Peines. De púas finas, de púas gruesas, de esos que se usan para desenredar el cabello mojado. Los puso en el extremo de la mesa, junto al borde.
Carolina miró todo eso mientras los dedos de Andrés seguían moviéndose sobre sus plantas. Las cosquillas no cesaban. Las carcajadas no se detenían. Pero su mente, ese pequeño rincón de lucidez que sobrevivía al caos, registraba cada objeto. Cada uno de ellos era una promesa. Una promesa de cosquillas peores, más intensas, más insoportables.
Paula terminó de vaciar la bolsa. La plegó con cuidado y la dejó sobre la silla que Andrés había usado antes. Luego se quedó de pie al lado de la mesa, con las manos juntas frente a su cuerpo, esperando. No miraba a Carolina. Miraba a Andrés. Como una enfermera que espera las instrucciones del cirujano.
Andrés no dijo nada. No dejó de mover los dedos sobre los pies de Carolina. Pero Paula debía conocerlo bien, porque no preguntó. No necesitaba preguntar.
Carolina rió. Rió más fuerte, más desesperada, mientras miraba los cepillos, las plumas, los pinceles, todos esos objetos que pronto iban a tocar sus plantas hipersuaves, sus arcos vulnerables, sus dedos sensibles. Su pie derecho, el más cosquilludo de los dos, se movió dentro del cepo como si quisiera huir de lo que veía.
Pero no había adónde huir. La puerta estaba cerrada. Las correas estaban firmes. El cepo estaba asegurado. Y Andrés seguía ahí, moviendo sus dedos sobre sus plantas, esperando tal vez el momento exacto para soltarlas y tomar uno de esos objetos.
Paula seguía de pie al lado de la mesa, inmóvil, con la mirada fija en Andrés. Y Carolina seguía riendo. Riendo y retorciéndose y mirando ese arsenal de tortura que la esperaba, sin poder hacer nada más que esperar.
Andrés detuvo sus manos. Por un momento, los dedos dejaron de deslizarse sobre las plantas de Carolina y ella sintió un alivio inmediato, aunque sus pies seguían temblando dentro del cepo, la piel aún vibrando por el recuerdo del ataque. Aprovechó para respirar, para llenar sus pulmones de aire, para intentar recomponerse antes de lo que sabía que venía.
Andrés se puso de pie y se estiró, como si hubiera estado agachado mucho tiempo. Miró a Paula, que seguía de pie al lado de la mesa, con las manos juntas frente a su cuerpo, esperando instrucciones.
—Paula —dijo Andrés, con la misma voz pausada y tranquila—, si quieres, puedes hacerle cosquillas en el torso y las axilas. Mientras yo pruebo estos elementos.
Paula asintió sin decir nada. Caminó alrededor de la silla con pasos silenciosos, su uniforme de pantalón negro y camisa blanca moviéndose con suavidad. Se detuvo detrás de Carolina, justo en el espacio que quedaba entre el respaldo de la silla y la pared de concreto.
Carolina sintió su presencia. El calor de su cuerpo. La cercanía de sus manos. Quiso girar la cabeza para verla, pero las correas en sus muñecas se lo impidieron. Solo podía mirar al frente, a la pared gris, a Andrés que ahora se acercaba a la mesa y seleccionaba sus primeras armas.
Las manos de Paula se posaron sobre sus hombros. Fue un contacto suave, casi una caricia. Carolina se tensó. Luego las manos descendieron, lentamente, hacia sus axilas. Carolina tenía los brazos levantados y atados a las correas, las axilas completamente expuestas, vulnerables. Las manos de Paula encontraron el hueco y comenzaron a moverse.
Las axilas de Carolina eran terriblemente sensibles. Lo había anotado en su cuestionario con un 7, pero en la realidad se sentían como un 9. Los dedos de Paula, más pequeños y ágiles que los de Andrés, se movían en círculos pequeños, justo en el centro de esa zona donde la piel es más fina y más cercana al hueso. Cada círculo era una pequeña explosión de cosquillas que recorría el brazo de Carolina y bajaba hasta las costillas.
—¡JAJAJAJAJA! —Carolina volvió a reír. Apenas había tenido tiempo de recuperar el aliento.
Paula no se limitó a las axilas. Sus dedos bajaron a las costillas, recorriendo cada hueso con movimientos rápidos, subiendo y bajando como si estuviera tocando un piano. Las costillas de Carolina también eran sensibles, y Paula parecía conocer bien el cuerpo humano, porque encontraba exactamente los puntos donde la piel se tensaba sobre el hueso y las cosquillas se intensificaban.
Carolina se revolvió en la silla. Su cuerpo se retorcía de un lado a otro, intentando escapar de las manos de Paula, pero las correas en sus muñecas y el cepo en sus tobillos la mantenían en su lugar. No podía irse. No podía protegerse. Solo podía reír y retorcerse mientras Paula seguía haciendo cosquillas en sus costillas y sus axilas.
—¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO AHÍ! —alcanzó a decir, pero Paula no le hizo caso.
Andrés, mientras tanto, había tomado dos plumas de paloma de la mesa. Eran plumas blancas, finas, con las barbas suaves y el raquis delgado. Las sostuvo como quien sostiene un pincel, con cuidado, y se agachó frente al cepo.
Carolina lo vio acercarse. Vio las plumas en sus manos. Sabía lo que iba a pasar. Intentó prepararse, pero es imposible prepararse para algo así.
Andrés llevó las plumas a las plantas de Carolina. No las usó con violencia. Al contrario. Las deslizó suavemente, con la parte de las barbas, desde el talón hasta la base de los dedos. El contacto fue apenas un roce, una caricia de aire y pluma sobre la piel hipersensible.
El efecto fue inmediato y devastador.
Carolina sintió las plumas como si fueran miles de dedos diminutos recorriendo sus plantas. La suavidad de las barbas, la ligereza del contacto, la imprevisibilidad del movimiento: todo se combinaba para crear una sensación que ni siquiera los dedos de Andrés habían logrado. Era cosquillas puras, sin la presión de las yemas ni el rasguño de las uñas. Solo plumas. Solo ese roce etéreo que hacía que su piel se erizara y su cuerpo se sacudiera como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—¡AAAAHHHHHH! —Carolina gritó en medio de las carcajadas. El grito se mezcló con la risa que ya venía de las manos de Paula en sus costillas y axilas, formando un sonido extraño, desgarrado, que llenó la habitación.
Andrés movió las plumas en direcciones opuestas. Una subía por la planta izquierda mientras la otra bajaba por la derecha. Después cambiaban: la izquierda bajaba, la derecha subía. Después se movían en círculos, una en cada arco, trazando espirales invisibles sobre la piel. Después volvían a las líneas rectas, subiendo y bajando, subiendo y bajando, sin descanso.
Los pies de Carolina se movían como locos dentro del cepo. Los dedos se apretaban y se abrían, se apretaban y se abrían, en un intento desesperado por escapar de las plumas. Las plantas se arrugaban y se estiraban, cambiando la superficie constantemente, pero las plumas las seguían, encontrando siempre piel nueva que explorar.
Carolina estaba atrapada entre dos fuegos. Arriba, las manos de Paula en sus costillas y axilas, haciéndola retorcerse. Abajo, las plumas de Andrés en sus plantas, haciéndola gritar y reír al mismo tiempo. Su cuerpo entero era un campo de batalla donde las cosquillas ganaban en todos los frentes.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ! —Las carcajadas no se detenían. La risa le dolía en la mandíbula, en el pecho, en el estómago. Las lágrimas le corrían por las mejillas y caían sobre su camiseta cuello tortuga. Su cabello rubio estaba pegado a su frente, a sus sienes, completamente empapado.
Paula no se detenía. Andrés no se detenía. Y Carolina seguía ahí, en medio, riéndose y retorciéndose y gritando, sin poder hacer nada más que esperar a que terminara. Pero sabía que faltaba mucho. Apenas empezaba la hora adicional. Y la mesa aún estaba llena de objetos.
Paula retiró las manos. Sin previo aviso, sin una palabra, simplemente dejó de hacer cosquillas en las costillas y axilas de Carolina. Los dedos que habían estado moviéndose sin descanso se detuvieron y el torso de Carolina quedó en paz, al menos por un momento.
Pero la paz era solo en la parte de arriba. Abajo, en sus pies, las plumas seguían.
Andrés no se había detenido ni un segundo. Las dos plumas de paloma seguían deslizándose sobre las plantas de Carolina, subiendo y bajando, girando en círculos, encontrando cada pliegue, cada arruga, cada centímetro de esa piel hipersuave que ella tanto había cuidado. El efecto era devastador.
Carolina nunca imaginó que unas simples plumas pudieran producirle unas cosquillas tan terribles. Había visto videos. Había escuchado historias. Pero una cosa es verlo en una pantalla y otra muy distinta sentirlo en la piel. Las plumas eran suaves, mucho más suaves que los dedos. Y quizás por eso mismo eran peores. No había presión. No había resistencia. Solo ese roce etéreo, casi irreal, que recorría sus plantas como una caricia fantasma.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! —Carolina reía sin control. Su cuerpo se sacudía en la silla, pero ahora sin las manos de Paula que la atacaban desde arriba, todo su sistema nervioso se concentraba en sus pies. Y sus pies estaban enloqueciendo.
Las plumas subían desde los talones hasta la base de los dedos. En ese recorrido, encontraban el arco, esa zona que Carolina había calificado como su punto más débil. Las barbas de las plumas se deslizaban por la curva, siguiendo su forma, acariciando cada milímetro. Carolina sentía cómo las cosquillas subían desde el arco hasta el resto del pie, y de allí a los tobillos, a las pantorrillas, a todo su cuerpo.
Sus dedos se apretaban y se abrían sin cesar. Las uñas con esmalte rojo parecían pequeñas gotas de sangre moviéndose al ritmo de las cosquillas. Las plantas se arrugaban, formando pequeñas líneas que las plumas recorrían una y otra vez. Luego se estiraban, lisas y tersas, ofreciendo una superficie nueva para que las barbas blancas siguieran deslizándose.
Andrés cambiaba la técnica cada pocos segundos. A veces movía las dos plumas en la misma dirección, subiendo ambas plantas al mismo tiempo, bajando ambas al mismo tiempo. A veces las movía en direcciones opuestas, una subía mientras la otra bajaba, creando una sensación asimétrica que desconcertaba a Carolina. A veces hacía círculos en los arcos, pequeñas espirales que parecían no tener fin. A veces se concentraba en los bordes de los pies, donde la piel es más fina, y allí las plumas encontraban un territorio nuevo que explorar.
Carolina no podía hacer nada. Sus manos seguían atadas a las correas de cuero. Sus pies seguían atrapados en el cepo de madera. No podía huir. No podía protegerse. Solo podía reír y retorcerse y dejar que las plumas hicieran su trabajo.
Y las plumas trabajaban bien. Muy bien. Demasiado bien.
—¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS! —gritó Carolina entre carcajadas, pero sus palabras se perdieron en el eco de la habitación gris. Andrés no las escuchó, o si las escuchó, no le importaron. Las plumas siguieron moviéndose, implacables, sin piedad.
Carolina pensó en todo lo que había hecho para tener los pies tan suaves. Las cremas, los aceites, las exfoliaciones, los sprays. Todo eso que la hacía sentirse orgullosa como mujer y como modelo ahora era su condena. Una piel hipersuave es una piel hipersensible. Y una piel hipersensible, cuando unas plumas de paloma se deslizan sobre ella, se convierte en un instrumento de tortura.
Las carcajadas de Carolina llenaban la habitación. Ya no era una risa normal. Era una risa desgarrada, casi dolorosa, que salía de lo más profundo de su ser. Las lágrimas le corrían por las mejillas sin parar. Su cabello rubio estaba completamente empapado, pegado a su frente y sus sienes. La camiseta cuello tortuga se le había subido un poco, dejando ver un trozo de su abdomen que se contraía y expandía con cada carcajada.
Y las plumas seguían. Subiendo y bajando. Girando en círculos. Encontrando nuevos ángulos, nuevas direcciones, nuevas formas de hacer cosquillas. Carolina ya no sabía cuánto tiempo había pasado. El tiempo había dejado de tener sentido. Solo existían las plumas. Solo existían las cosquillas. Solo existía esa risa que no podía detener y que la estaba consumiendo por completo.
De repente, sin decir una palabra, Andrés soltó las plumas. Las dos plumas de paloma cayeron suavemente al piso de concreto, blancas sobre el gris, olvidadas en un instante. Carolina no tuvo tiempo de procesar qué significaba eso porque sus manos ya estaban buscando otro objeto en la mesa.
Sus dedos encontraron un cepillo de peinar. Era redondo, de cerdas duras, de esos que se usan para desenredar el cabello mojado. El mango era de madera oscura, las cerdas blancas, apretadas, formando un círculo compacto que giraba sobre un eje. Andrés lo tomó con firmeza.
Luego, con la mano izquierda, agarró la punta del pie izquierdo de Carolina. Sus dedos rodearon los dedos de ella, justo donde terminaban las uñas con esmalte rojo, y tiró suavemente hacia arriba, estirando la planta, dejándola completamente lisa y tensa. La piel del arco se estiró, los pliegues desaparecieron y toda la superficie quedó vulnerable, expuesta, lista para lo que venía.
Carolina sintió el agarre. Sintió cómo sus dedos quedaban atrapados por la mano de Andrés, inmovilizados, sin posibilidad de moverse. La planta de su pie izquierdo, ahora estirada y tensa, era un blanco perfecto.
Andrés no dudó. Llevó el cepillo a la planta y lo restregó. Rápido. Sin piedad. Las cerdas duras del cepillo de peinar se clavaron en la piel hipersuave de Carolina, moviéndose de arriba abajo, de un lado a otro, en un movimiento frenético que no dejaba tiempo para respirar.
El efecto fue inmediato y brutal.
—¡AAAAAAHHHHHH! —Carolina pegó un grito que atravesó la habitación. No fue un grito de dolor. Fue un grito de desesperación, de sorpresa, de algo que no sabía cómo nombrar. El grito se mezcló con las carcajadas que ya venían de antes, formando un sonido extraño, desgarrado, que resonó en las paredes de concreto.
—¡JAJAJAJAJA! ¡NOOOO! ¡JAJAJAJA! ¡AAAAHHHH!
Las cerdas del cepillo recorrían su planta a una velocidad que sus ojos no podían seguir. Cada cerda era un pequeño dedo, diminuto, que se clavaba en su piel y la hacía vibrar. Y eran muchas. Decenas de cerdas moviéndose al mismo tiempo, restregando, frotando, cosquilleando cada centímetro de esa superficie hipersensible.
Carolina sintió las cosquillas como nunca antes las había sentido. No eran las cosquillas suaves de las plumas, ni los movimientos precisos de los dedos. Era una avalancha. Un alud de estímulos que llegaban a su cerebro sin filtro, sin pausa, sin posibilidad de procesarlos. Su cuerpo reaccionó con una violencia que ni ella misma conocía.
Su pie izquierdo intentó huir, pero la mano de Andrés lo sujetaba firmemente por los dedos. No podía irse. No podía escapar. Solo podía quedarse ahí, con la planta estirada y tensa, recibiendo el ataque del cepillo una y otra vez.
El pie derecho, atrapado en el cepo pero libre de ser atacado por ahora, se movía como loco dentro de la madera. Los dedos se apretaban y se abrían sin control, las uñas con esmalte rojo brillando bajo la luz, golpeando los bordes del cepo con un ruido seco y constante.
Carolina se retorcía en la silla. Su espalda se arqueaba y se contraía. Su cabeza se movía de un lado a otro, el cabello rubio pegándose a su rostro sudoroso. Las correas en sus muñecas crujían bajo la tensión. La silla entera se tambaleaba, como si fuera a volcarse en cualquier momento.
—¡JAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR! ¡YA! —gritó Carolina entre carcajadas, pero sus palabras se perdieron en el ruido de sus propios alaridos. Andrés no mostraba ninguna intención de detenerse. El cepillo seguía moviéndose, rápido, implacable, restregando las cerdas sobre la planta izquierda una y otra vez.
Carolina cerró los ojos. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Su mandíbula le dolía de tanto reír y de tanto gritar. Su pecho subía y bajaba con una respiración entrecortada que no lograba ponerse al día con la demanda de oxígeno de su cuerpo.
Y el cepillo seguía. Restregando. Cosquilleando. Llevándola al límite una y otra vez, sin dejarla caer, sin darle tregua, solo ese movimiento incesante que la tenía atrapada en un ciclo de risas y gritos del que no podía salir.
Andrés dejó los pinceles sobre la mesa. Los dos, el ancho y el estrecho, quedaron junto a los cepillos de dientes y las plumas de paloma, formando un pequeño ejército de objetos que habían cumplido su misión. Pero aún quedaban armas en el arsenal. Andrés recorrió la mesa con la mirada, evaluando, eligiendo. Sus dedos se posaron sobre un churrusco de alambre.
Era un objeto simple. Un alambre retorcido, con cerdas atrapadas en el centro, de esos que se usan para limpiar dentro de frascos o tuberías estrechas. Las cerdas eran duras, apretadas, dispuestas en círculo alrededor del alambre. El mango era corto, apenas lo suficiente para sostenerlo entre los dedos.
Carolina lo vio y supo que lo peor estaba por venir. Los dedos de los pies. Esa zona que apenas había mencionado en su cuestionario, esa zona que entre el papel y la realidad resultó ser un campo minado. Los dedos de los pies de Carolina eran largos, bien formados, con las uñas perfectamente limadas y pintadas de rojo. Y entre ellos, en esos pequeños espacios donde la piel nunca recibe el sol, la sensibilidad era extrema.
Andrés se agachó frente al cepo. Con la mano izquierda, agarró nuevamente la punta del pie izquierdo de Carolina, sujetando los dedos con firmeza, separándolos apenas lo suficiente para que el churrusco pudiera entrar. Con la mano derecha, llevó el objeto hasta el espacio entre el dedo gordo y el segundo dedo.
Carolina sintió el contacto de las cerdas contra la piel. Era áspero, diferente a todo lo que había sentido antes. Las cerdas del churrusco eran más duras que las del cepillo de peinar, pero también más pequeñas, más concentradas. No atacaban toda la planta de una vez. Se concentraban en un solo punto: el espacio entre los dedos.
Andrés comenzó a mover el churrusco hacia adelante y hacia atrás. Las cerdas frotaban la piel delicada que une un dedo con el otro, esa piel fina, casi transparente, que nunca recibe roce de zapatos ni de medias. Era una zona virgen, intacta, hipersensible.
El efecto fue inmediato. Carolina sintió las cosquillas como si le estuvieran haciendo cosquillas directamente en las terminaciones nerviosas, sin ninguna capa de piel que amortiguara. Su cuerpo se sacudió en la silla con una violencia que ni ella misma conocía.
—¡JAJAJAJAJA! ¡NO, NO, NO! —gritó entre carcajadas.
Sus dedos del pie izquierdo se movían sin saber qué hacer. Apretarlos no servía, porque entonces las cerdas se clavaban entre los dedos apretados, frotando aún más. Abrirlos tampoco servía, porque entonces el churrusco entraba más profundo, llegando a zonas que Carolina ni siquiera sabía que existían. No había decisión correcta. No había escapatoria.
Andrés siguió moviendo el churrusco hacia adelante y hacia atrás, meticuloso, implacable. Pasó del espacio entre el dedo gordo y el segundo dedo al espacio entre el segundo y el tercero. Allí las cerdas encontraron una zona aún más sensible, si eso era posible. Los dedos de Carolina se apretaron instintivamente, pero el churrusco ya estaba adentro, y el movimiento hacia adelante y hacia atrás continuaba.
—¡AAAAHHHHHH! ¡JAJAJAJAJA! —Carolina ya no sabía si reía o gritaba. Los dos sonidos se mezclaban en algo nuevo, algo que ella nunca había escuchado salir de su boca.
Andrés siguió avanzando. Tercer y cuarto dedo. Cuarto y meñique. Cada espacio era un nuevo territorio, con su propia textura, su propia sensibilidad. En algunos, las cerdas encontraban piel lisa y se deslizaban fácilmente. En otros, encontraban pequeñas arrugas o pliegues, y allí las cosquillas se intensificaban.
El pie izquierdo de Carolina estaba siendo atacado en su zona más íntima, más vulnerable. Los dedos se abrían y se apretaban sin control, moviéndose al ritmo del churrusco, tratando de encontrar una posición que disminuyera las cosquillas. Pero no la había. Cada movimiento del churrusco generaba una nueva explosión, una nueva carcajada, un nuevo grito.
Carolina ya no podía pensar. Su mente se había reducido a una sola cosa: las cosquillas entre sus dedos. Todo lo demás había desaparecido. El consultorio, los pacientes, el crédito de trescientos millones, las cifras en el Excel, los mensajes en el teléfono. Nada de eso existía. Solo existía el churrusco de alambre moviéndose entre sus dedos, y esa risa que no podía detener, y ese cuerpo que se retorcía sin control en una silla en el sótano de una casona en Rosales.
Andrés no mostraba ninguna intención de detenerse. Siguió moviendo el churrusco, adelante y atrás, adelante y atrás, explorando cada espacio entre los dedos del pie izquierdo una y otra vez. Cada pasada era igual de intensa que la anterior. No había habituación. No había adaptación. Solo cosquillas. Solo risa. Solo ese momento eterno en el que Carolina estaba atrapada, sin poder hacer nada más que esperar.
Andrés tenía el pie izquierdo de Carolina firmemente agarrado. Su mano izquierda rodeaba los dedos con una presión segura, justo la necesaria para mantenerlos separados y expuestos, sin lastimar. La otra mano, la derecha, sostenía el churrusco de alambre y lo movía sin descanso, explorando cada rincón de ese pie que Carolina ya no podía ni sentir como suyo.
El churrusco se deslizaba entre los dedos una y otra vez, hacia adelante y hacia atrás, en movimientos cortos y rápidos que no dejaban tiempo para respirar. Las cerdas duras frotaban la piel delicada que une un dedo con el otro, esa piel fina que Carolina nunca imaginó que pudiera producir tantas cosquillas. Sus dedos se apretaban instintivamente, pero la mano de Andrés los mantenía separados, inmovilizados, vulnerables.
Luego el churrusco subía a los dedos mismos. Andrés lo deslizaba sobre la superficie de cada dedo, desde la base hasta la uña, recorriendo la piel suave que cubre la falange. Las cerdas encontraban las pequeñas arrugas que se forman al mover los dedos, y allí se detenían un momento, frotando en círculos pequeños antes de seguir avanzando.
Las yemas de los dedos. Esas almohadillas carnosas que Carolina usaba para caminar descalza, para apoyar el pie en el suelo, ahora eran el centro del ataque. Andrés presionaba el churrusco contra cada yema, moviéndolo en todas direcciones: arriba y abajo, de izquierda a derecha, en círculos, en espirales. Las cerdas se clavaban suavemente en la piel blanda, produciendo una cosquilla profunda, persistente, que no se iba ni cuando el churrusco pasaba a otra zona.
Carolina reía. Reía sin control, con la boca abierta, los ojos cerrados, las lágrimas corriendo por sus mejillas. Su cabeza se movía de un lado a otro sobre el respaldo de la silla, el cabello rubio pegándose a su frente sudorosa. Su cuerpo se sacudía en espasmos que ella no podía controlar, las correas en sus muñecas tensándose y aflojándose al ritmo de sus movimientos.
El churrusco bajó a las plantas. Allí, en esa superficie hipersuave que Carolina había cuidado tanto, las cerdas encontraron un territorio infinito para explorar. Andrés movía el churrusco desde el talón hasta la base de los dedos, en líneas rectas que recorrían toda la planta. Luego en zigzag, cubriendo cada centímetro de piel. Luego en círculos concéntricos que empezaban en el centro del arco y se expandían hacia los bordes.
El arco. Ese punto que Carolina había calificado como el más sensible de todo su cuerpo. Andrés concentró allí el ataque durante varios segundos, moviendo el churrusco en todas las direcciones posibles, encontrando cada pliegue, cada arruga, cada pequeño pliegue que la piel formaba cuando los dedos se movían. Carolina sintió cómo las cosquillas subían desde el arco hasta el resto del pie, y de allí a los tobillos, a las pantorrillas, a todo su cuerpo.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO MÁS! ¡POR FAVOR! —gritó Carolina entre carcajadas, pero Andrés no le hizo caso.
No era que no la escuchara. Era que no le importaba. Había pagado por esto. Había pagado una hora adicional. Y tenía derecho a usar cada segundo como quisiera.
El churrusco seguía moviéndose. Entre los dedos, sobre los dedos, en las yemas, en las plantas, en el arco. No había zona del pie izquierdo que quedara sin explorar. Andrés lo atacaba todo con una paciencia infinita, como si tuviera toda la noche por delante. Quizás la tenía.
Carolina ya no sabía cuánto tiempo había pasado. Había perdido la noción de los minutos cuando las plumas empezaron, y el cepillo, y los pinceles. Ahora, con el churrusco, el tiempo se había detenido por completo. Solo existía ese momento eterno, esa tortura despiadada que no cesaba.
Y lo peor era que aún faltaba el derecho.
El pie derecho. El más sensible. El que Carolina había calificado con un 10 en su cuestionario, el que hacía que sus pacientes no pudieran tocarlo sin que ella se riera, el que Sebastián había atrapado en su consultorio, el que Jessica y Javier habían cosquilleado hasta hacerla gritar en el casting.
El pie derecho aún no había sido atacado con el churrusco. Andrés lo estaba guardando. Como quien guarda el mejor bocado para el final.
Carolina lo sabía. Y ese saber era casi peor que las cosquillas mismas. Saber que lo peor estaba por venir, que aún no había tocado fondo, que todavía tenía que soportar el ataque en su pie más vulnerable, la hacía reír aún más fuerte, aún más desesperada.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ! —Las carcajadas de Carolina llenaban la habitación, mezclándose con el sonido del churrusco moviéndose entre sus dedos, con el crujir de la silla bajo su peso, con el golpeteo de su pie derecho atrapado en el cepo, moviéndose sin control, anticipando su propio destino.
Y Andrés seguía ahí, agachado frente al cepo, moviendo el churrusco sin descanso, implacable, llevando a Carolina al borde una y otra vez, sabiendo que aún no había mostrado todas sus cartas. El pie derecho esperaba. Y Carolina también esperaba, aunque no supiera si lo que esperaba era que llegara pronto o que nunca llegara.
Andrés soltó el pie izquierdo. Lo dejó caer dentro del cepo, temblando todavía, los dedos apretándose y abriéndose sin control, la planta enrojecida por el roce constante del churrusco. No hubo pausa. No hubo respiro. Su mano izquierda se movió hacia el pie derecho y lo agarró con la misma firmeza, los dedos rodeando los dedos de Carolina, separándolos, dejándolos expuestos.
El pie derecho. El más sensible. El que Carolina había calificado con un 10 en su cuestionario. El que siempre había sido su talón de Aquiles. Ahora estaba en manos de Andrés, y Andrés no mostraba ninguna intención de ser misericordioso.
El churrusco bajó. Las cerdas duras encontraron el espacio entre el dedo gordo y el segundo dedo del pie derecho, y comenzaron a moverse. Adelante y atrás. Adelante y atrás. El mismo movimiento que había devastado el pie izquierdo, pero ahora en un territorio aún más vulnerable.
Carolina sintió las cosquillas como una descarga eléctrica que recorría todo su cuerpo. El pie derecho siempre había sido el peor, y el churrusco lo estaba demostrando en tiempo real. Cada pasada entre los dedos era una explosión. Cada roce de las cerdas contra la piel delicada era un grito nuevo, una carcajada más desesperada.
—¡AAAAHHHHHH! ¡JAJAJAJAJA! —Carolina ya no podía articular palabras. Solo sonidos. Sonidos que salían de lo más profundo de su ser, sin filtro, sin control.
Andrés movía el churrusco entre los dedos de Carolina con la misma paciencia infinita que había usado en el pie izquierdo, pero esta vez parecía más lento, más meticuloso. No tenía prisa. Sabía que el pie derecho necesitaba una atención especial, y se la estaba dando. Cada espacio entre cada dedo era explorado una y otra vez, con movimientos cortos y rápidos que no dejaban tiempo para recuperarse.
Luego subió a los dedos mismos. El churrusco se deslizó sobre la superficie del dedo gordo, desde la base hasta la uña, recorriendo la piel suave que cubre la falange. Las cerdas encontraban cada pequeña imperfección, cada pequeña arruga, y allí se detenían un momento, frotando en círculos pequeños antes de seguir avanzando. Los dedos de Carolina se apretaban y se abrían sin control, tratando de escapar de un ataque que los alcanzaba siempre.
Las yemas. Esas almohadillas carnosas que Carolina usaba para caminar descalza ahora eran el centro del ataque. Andrés presionaba el churrusco contra cada yema, moviéndolo en todas direcciones: arriba y abajo, de izquierda a derecha, en círculos, en espirales. Las cerdas se clavaban suavemente en la piel blanda, produciendo una cosquilla profunda, persistente, que no se iba ni cuando el churrusco pasaba a otra zona.
Carolina reía. Reía sin control, con la boca abierta, los ojos cerrados, las lágrimas corriendo por sus mejillas. Su cabeza se movía de un lado a otro sobre el respaldo de la silla, el cabello rubio pegándose a su frente sudorosa. Su cuerpo se sacudía en espasmos que ella no podía controlar, las correas en sus muñecas tensándose y aflojándose al ritmo de sus movimientos.
El churrusco bajó a la planta del pie derecho. Allí, en esa superficie hipersuave que Carolina había cuidado con cremas y aceites y sprays, las cerdas encontraron un territorio infinito para explorar. Andrés movía el churrusco desde el talón hasta la base de los dedos, en líneas rectas que recorrían toda la planta. Luego en zigzag, cubriendo cada centímetro de piel. Luego en círculos concéntricos que empezaban en el centro del arco y se expandían hacia los bordes.
El arco del pie derecho. Ese punto que Carolina había identificado como el más sensible de todo su cuerpo, el lugar donde una sola caricia podía hacerla perder el control por completo. Andrés concentró allí el ataque durante varios segundos, moviendo el churrusco en todas las direcciones posibles, encontrando cada pliegue, cada arruga, cada pequeño pliegue que la piel formaba cuando los dedos se movían.
Carolina sintió cómo las cosquillas subían desde el arco hasta el resto del pie, y de allí a los tobillos, a las pantorrillas, a los muslos, a la cintura, al pecho, a la garganta. Todo su cuerpo era una sola cosquilla gigante, un temblor continuo que no le permitía pensar ni respirar ni hacer nada más que reír.
—¡JAJAJAJAJAJAJA! ¡NOOOO! ¡JAJAJAJAJA! —Carolina se retorcía en la silla como si estuviera teniendo una convulsión. La silla crujía bajo ella. Las correas en sus muñecas crujían también. El cepo retumbaba contra el piso cada vez que sus pies golpeaban la madera.
Su pie derecho, atrapado en el cepo, sujetado por la mano de Andrés, no podía irse a ninguna parte. Solo podía quedarse ahí, recibiendo el ataque del churrusco una y otra vez, mientras Carolina se hundía más y más en ese caos de cosquillas del que no podía salir.
Andrés seguía ahí, agachado frente al cepo, moviendo el churrusco sin descanso, implacable. No hablaba. No sonreía. Solo trabajaba, metódico, preciso, llevando a Carolina al límite una y otra vez. El pie izquierdo ya estaba devastado. El pie derecho estaba siendo devastado en ese momento. Y Carolina ya no sabía cuánto más podría soportar.
Carolina ya no podía más. Estaba exhausta. Agotada. Destrozada. Su cuerpo había dejado de responder a sus órdenes hacía rato. Las carcajadas seguían saliendo de su boca, pero eran más débiles ahora, más entrecortadas, como el estertor de un motor que se queda sin gasolina. Sus pies ya no se movían con la violencia de antes. Solo temblaban, pequeños espasmos involuntarios que recorrían las plantas enrojecidas. Los dedos, con las uñas rojas aún brillantes, se apretaban y se abrían lentamente, como si estuvieran respirando.
El pie derecho seguía atrapado en la mano de Andrés. El churrusco seguía moviéndose entre los dedos, sobre las yemas, en las plantas, en el arco. Pero Carolina ya no gritaba. Ya no rogaba. Solo reía. Una risa débil, casi un suspiro, que salía de sus labios resecos como un reflejo, no como una respuesta.
Andrés debió notarlo. Porque detuvo el churrusco. Lo dejó quieto sobre la planta del pie derecho y lo miró un momento, como si estuviera evaluando si valía la pena continuar. Luego lo retiró por completo y lo dejó caer sobre la mesa, junto a los demás objetos. Las cerdas, aún húmedas, quedaron quietas.
Carolina sintió el cese del ataque como quien siente que dejan de golpearlo después de una paliza. No era alivio. Era apenas la ausencia de dolor. Su pecho subía y bajaba con una respiración agitada, entrecortada. Sus ojos estaban abiertos pero no miraban nada. Solo veían el techo gris de la habitación, las luces tubulares, el concreto.
Andrés no se puso de pie. Permaneció agachado frente al cepo, pero ahora su mirada era diferente. Ya no miraba las plantas de Carolina. Miraba sus dedos, los dedos de sus pies, todavía enrojecidos, todavía temblorosos. Se inclinó un poco más, acercó su rostro a ellos, y sin decir nada, tomó el dedo gordo del pie derecho y lo llevó a su boca.
Carolina sintió el calor de sus labios. La humedad de su lengua. Y entonces comenzó a chupar. Suavemente, lentamente, como quien saborea un caramelo. La lengua de Andrés recorría la almohadilla del dedo, presionaba la yema, se deslizaba por los bordes. Era un movimiento suave, casi tierno, pero después de lo que acababa de vivir, cualquier contacto con sus pies era cosquillas.
—¡No…! —alcanzó a decir Carolina, con una voz quebrada, pero la risa ya volvía a salir de su boca—. ¡JAJAJA… eso también… también hace cosquillas…!
Y era verdad. Sus dedos, después de una hora y media de ataque constante, estaban hipersensibles. Cada roce, cada presión, cada movimiento de la lengua de Andrés generaba pequeñas explosiones de cosquillas que recorrían sus pies como descargas eléctricas diminutas. No era la tortura despiadada de antes, pero era suficiente para mantenerla riendo, para no dejar que su cuerpo se recuperara del todo.
Andrés pasó al segundo dedo. Luego al tercero. Luego al cuarto. Luego al meñique. Uno por uno, con la misma parsimonia, con la misma lentitud. Chupaba cada dedo como si fuera una uva, como si tuviera todo el tiempo del mundo. La lengua recorría la almohadilla, los bordes, la uña. La boca succionaba suavemente, creando un vacío que hacía que la piel se tensara.
Carolina reía. Una risa débil, cansada, pero risa al fin. Sus pies se movían dentro del cepo, no para huir, sino como un reflejo, como si su cuerpo no pudiera evitar responder a ese estímulo. Sus dedos se apretaban y se abrían, se apretaban y se abrían, mientras la lengua de Andrés seguía trabajando.
Pero no duró mucho. En algún momento, quizás después de haber chupado cada dedo de ambos pies, la alarma volvió a sonar. El mismo pitido agudo, insistente, que venía del bolsillo del pantalón de Andrés. Esta vez, Carolina lo escuchó como quien escucha una sentencia cumplida. El tiempo había terminado. De verdad esta vez.
Andrés detuvo su boca. Soltó el dedo que tenía entre los labios y se enderezó lentamente. Metió la mano en el bolsillo, sacó el teléfono y miró la pantalla. Asintió para sí mismo, guardó el teléfono y caminó hacia la silla. Sin decir una palabra, comenzó a desabrochar las correas de cuero que sujetaban las muñecas de Carolina.
Las hebillas metálicas se abrieron una a una. Carolina sintió cómo la presión desaparecía de sus brazos, cómo la sangre volvía a circular por sus manos. Bajó los brazos lentamente, con un dolor sordo en los hombros por haberlos tenido levantados tanto tiempo. Sus manos quedaron sobre sus muslos, temblorosas, inútiles.
Luego Andrés se agachó frente al cepo. Metió la mano en la traba metálica y la liberó con un movimiento seco. Las dos mitades del cepo se abrieron y los pies de Carolina quedaron libres. No los movió de inmediato. No podía. Estaban dormidos, entumecidos, sensibles. Solo sintió el aire frío de la habitación sobre la piel enrojecida de sus plantas.
Andrés se puso de pie y retrocedió un paso. La observó un momento, como un pintor que contempla su obra terminada. Luego caminó hacia la mesa, tomó la botella de agua que había dejado antes, sirvió un vaso y se lo ofreció a Carolina.
—Toma —dijo, con la misma voz suave de siempre.
Carolina tomó el vaso con manos temblorosas. El agua estaba fresca. Bebió un sorbo, luego otro. El líquido le bajó por la garganta y sintió cómo la vida volvía lentamente a su cuerpo. Bebió la mitad del vaso antes de devolverlo.
—Hay un baño allí —dijo Andrés, señalando una puerta en la pared que Carolina no había notado antes—. Puedes usarlo si quieres.
Carolina asintió sin decir nada. Se puso de pie con dificultad. Sus piernas temblaban. Sus pies, todavía descalzos, apenas la sostenían. Dio unos pasos vacilantes hacia la puerta que Andrés había señalado, sintiendo cada roce de sus plantas contra el piso de concreto como un pequeño recordatorio de lo que acababa de vivir.
Abrió la puerta. Adentro había un baño pequeño, limpio, con una ducha, un lavabo y un inodoro. Una toalla blanca doblada sobre el borde del lavabo. Carolina entró, cerró la puerta detrás de sí y se apoyó contra ella, cerrando los ojos. El silencio del baño era un alivio después de tanto ruido.
Se quedó allí un momento, sin moverse, sintiendo cómo su corazón poco a poco volvía a un ritmo normal. Sus pies palpitaban. Sus manos aún temblaban. Su mandíbula le dolía de tanto reír. Pero estaba bien. Estaba viva. Y había sobrevivido.
Carolina abrió la puerta del baño y salió. El aire de la habitación principal aún olía a sudor y a ese perfume suyo que se había mezclado con todo. Andrés ya no estaba allí. Había subido las escaleras, quizás, o se había ido a otra parte de la casa. Solo Paula permanecía de pie junto a la mesa, recogiendo los objetos que había sacado de la bolsa de tela. Los cepillos, las plumas, los pinceles. Los fue metiendo uno por uno, con cuidado, como quien guarda instrumentos quirúrgicos después de una operación exitosa. No miró a Carolina. No dijo nada.
Carolina caminó hacia la silla donde había dejado sus cosas. Sus piernas aún temblaban. Cada paso era un esfuerzo, como si hubiera corrido una maratón y ahora intentara moverse en la calma después de la meta. Se sentó en el borde de la silla y tomó las medias de algodón negro. Las miró un momento. Luego, con manos aún temblorosas, comenzó a ponérselas. Primero el pie izquierdo. La tela suave rozó su planta enrojecida y Carolina sintió un cosquilleo residual, un eco de lo que había vivido durante la última hora y media. Cerró los ojos, respiró hondo y terminó de subir la media hasta la rodilla. Luego el pie derecho. El mismo cosquilleo, la misma sensación fantasma de dedos y cepillos y plumas que ya no estaban allí pero que su piel recordaba.
Después las botas. Las botas negras hasta la rodilla, con tacón de diez centímetros. Las tomó del piso, las abrió con el cierre lateral y las fue deslizando sobre sus pies, sobre las medias. El cuero crujió suavemente al ajustarse a sus pantorrillas. Cerró los cierres. El tacón la levantó unos centímetros y sintió cómo su cuerpo recuperaba algo de su postura habitual, algo de su identidad.
Se levantó. Caminó hacia la mesa donde estaba su chaqueta de cuero y la tomó. Se la puso sobre los hombros. La chaqueta crujió también. Buscó en los bolsillos su neceser de maquillaje y se acercó al espejo que colgaba en una pared. Su reflejo la devolvió a la realidad: el cabello rubio desordenado, pegado a la frente y las sienes; las mejillas aún rojas; los ojos con rímel corrido por las lágrimas. Sacó el cepillo y se peinó con cuidado, desenredando los nudos, devolviendo a su cabello algo de su forma habitual. Luego las toallitas húmedas. Limpió su rostro, borró las marcas de las lágrimas, retiró el rímel corrido. Se aplicó un poco de base, un poco de labial tono durazno. Se miró de nuevo. No era la Carolina que había llegado, pero se acercaba.
Guardó el neceser en el bolsillo de la chaqueta y caminó hacia la puerta. Paula seguía recogiendo objetos, ajena a su salida. Carolina subió las escaleras que llevaban al primer piso. Las piernas le temblaban en cada escalón. Los tacones sonaban en la piedra con un eco que le recordaba el sonido de sus propios gritos. Llegó al recibidor. Andrés estaba allí, de pie junto a la puerta, con las manos en los bolsillos de su pantalón de drill beige. La miró sin expresión, como si todo hubiera sido un trámite más.
—Gracias por venir, Carolina —dijo, con la misma voz suave de toda la noche.
—Gracias por… —Carolina no supo cómo terminar la frase. No iba a decir «gracias por la tortura». Tampoco quería ser falsa. Así que solo sonrió, una sonrisa cansada, y asintió—. Gracias.
Andrés abrió la puerta. El aire frío de la noche le dio en el rostro. Carolina salió, caminó por el sendero de piedra flanqueado por árboles frondosos, hasta la reja de hierro. La reja se abrió sola, sin que ella tocara nada. Alguien, quizás Paula, había activado el control remoto desde adentro.
Carolina salió a la calle. La calle estaba oscura. El sector de Rosales, a esa hora, era un desierto de casas grandes y árboles altos, sin tiendas abiertas, sin gente caminando. Solo el farol ocasional lanzaba una luz amarilla sobre la acera. Carolina miró hacia un lado y hacia el otro. No había taxis. No había nada.
Comenzó a caminar hacia el sur, hacia la Carrera Séptima. Sabía que en la Séptima, aunque fuera tarde, siempre pasaban taxis. Eran unas diez cuadras. Quizás quince. En un día normal, las caminaba sin problema. Pero esta noche, sus piernas temblaban. Cada paso era un esfuerzo. Las botas de tacón, que normalmente la hacían sentir poderosa, ahora eran un peso que arrastraba.
El viento de la cordillera le rozaba el rostro. La chaqueta de cuero la protegía del frío, pero no del cansancio. Las plantas de sus pies, dentro de las medias y las botas, aún recordaban el ataque. Cada vez que apoyaba el pie en el suelo, sentía un pequeño eco de cosquillas, una memoria de lo que había sido.
Miró su reloj. Las nueve y cuarenta y cinco. Había entrado a la casa alrededor de las siete y media. Dos horas y cuarto. Eso era lo que había durado. Dos horas y cuarto de su vida que nunca iba a olvidar.
Siguió caminando. Las calles estaban solas. Solo el ruido de sus tacones golpeando el concreto rompía el silencio. A lo lejos, hacia la Séptima, veía las luces de los carros bajando por la montaña. Una ciudad que no dormía, ajena a lo que acababa de ocurrir en esa casona.
Carolina apretó el paso. Las piernas le temblaban, pero no podía quedarse quieta en medio de la calle oscura. Necesitaba llegar a la Séptima. Necesitaba encontrar un taxi. Necesitaba llegar a su apartamento, quitarse las botas, quitarse las medias, meterse a la ducha y tratar de olvidar, aunque fuera por unas horas, lo que había vivido.
Pero sabía que no iba a olvidar. No iba a olvidar nunca la sensación de las plumas en sus plantas, el cepillo restregándose sin piedad, los pinceles acariciando sus arcos, el churrusco entre sus dedos, la boca de Andrés chupando sus yemas. Esas sensaciones estaban grabadas en su piel, en su memoria, en algún lugar profundo que no podía alcanzar con voluntad.
Siguió caminando. La Carrera Séptima se acercaba. Las luces se hacían más brillantes. El ruido de los carros, más cercano. Finalmente, después de lo que le pareció una eternidad, llegó a la esquina. Levantó la mano y un taxi amarillo se detuvo casi de inmediato. Abrió la puerta, se subió y dio su dirección.
El taxi arrancó. Carolina se recostó en el asiento y cerró los ojos. Por primera vez en dos horas, sintió que podía respirar.
Continuará…
Original de Tickling Stories
