Donaciones perdidas – Parte 1

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Ana Lucía Pineda tiene 39 años y una habilidad prodigiosa para convertir la compasión ajena en cheques con muchos ceros. Nació en una familia de clase media bogotana —padre contador, madre profesora de colegio—, pero eso es un detalle que ella omite con elegancia en las entrevistas. Prefiere decir que «siempre estuvo cerca del servicio social», una frase lo suficientemente vaga para sonar noble sin comprometerla con la verdad.

Su apariencia es su principal activo. Es rubia, sí, pero de peluquería: cada seis semanas, su estilista de cabecera le retoca las raíces oscuras que delatan el castaño original de su familia paisa. Mide 1,66 metros, pesa 57 kilos —los cuenta con disciplina de gimnasio y ensaladas de quinua—, calza talla 39 y tiene una piel blanca que cuida con obsesión. Sus ojos color miel son su arma secreta: los abre ligeramente, inclina la cabeza y logra que cualquier empresario sesentón se sienta el salvador de la patria. No es la más bella de las fiestas, pero es la que mejor sabe mirar.

Su fundación se llama «Manos que Suman», un nombre que ella misma inventó una tarde de inspiración frente a un café con leche. Su misión declarada es apoyar a niños de zonas rurales con útiles escolares, comedores y becas. En el papel, es impecable. En la práctica, es una estructura diseñada para que el dinero entre rápido y salga por rutas que solo Ana Lucía y su contador conocen.

Ana Lucía no roba como una ladrona de poca monta: roba con estilo. Un porcentaje de cada donación se destina a «gastos operativos» que incluyen desde el arriendo de una oficina en el norte de Bogotá —con vista a los cerros y muebles de diseño— hasta su propio estilo de vida. Viaja a Miami dos veces al año «para estudiar modelos de fundaciones internacionales». Su apartamento en Rosales, su camioneta blindada y su membresía en el Club El Nogal no aparecen en ningún informe anual.

Ana Lucía entiende algo que pocos filántropos entienden: la caridad de la alta sociedad colombiana no se hace con llamadas, se hace con copas. Su calendario es una obra maestra de la sociabilidad estratégica. Los jueves, cóctel en la casa de los Uribe en el Chicó. Los sábados, bazar de beneficencia en el Country Club. Las bodas de las familias tradicionales son su terreno de caza favorito: llega con un vestido discreto pero caro, se sienta cerca de las mesas donde están los apellidos que importan y espera el momento exacto —después del segundo whisky, antes del postre— para hablar de «los niñitos de La Guajira» y sacar su sobre de donaciones.

Su discurso está ensayado: primero la historia de una niña con nombre propio (siempre hay una niña, siempre con nombre propio, siempre con ojos grandes), luego la cifra redonda que se necesita, luego el silencio incómodo que obliga al donante a llenar el vacío con un «claro, Ana Lucía, cuenta conmigo». Nunca pide dos veces. Nunca insiste. Sabe que la alta sociedad prefiere sentirse generosa sin que se lo recuerden.

En las fotos aparece siempre delgada, sonriente, con la mano en el hombro de algún niño o estrechando la de una primera dama. La revista Semana la llamó una vez «el ángel de los niños invisibles». Ella enmarcó esa página y la tiene en su oficina, junto a la foto con el expresidente y la carta de agradecimiento de una embajada europea. Son sus trofeos.

Lo que no aparece en las fotos es el contador que le lleva las cuentas paralelas, ni las tres versiones del informe anual, ni el sobre que le pasa cada mes al funcionario de la Secretaría de Integración Social que «revisa» sus proyectos. Lo que nadie ve es que Ana Lucía Pineda, la mujer que sonríe en los cócteles y besa a los niños en las campañas, ha construido un pequeño imperio sobre la buena fe de gente que de verdad quería ayudar. Y que, por ahora, duerme tranquila.

Fue en la gala de recaudación de la Cruz Roja, un viernes de octubre en el Club Los Lagartos. Ana Lucía llegó con un vestido azul marino, discreto pero de seda, y unos tacones que le daban los centímetros justos para mirar a los hombres a la altura de los ojos. Esa noche no iba a pedir donaciones pequeñas. Esa noche iba a cazar.

El salón estaba lleno de apellidos que en Colombia significan algo: los Santo Domingo, los Ardila Lülle, los Gilinski, ministros salientes, embajadores, dos expresidentes y una constelación de esposas que presidían sus propias fundaciones y competían por quién hacía más caridad. Ana Lucía conocía a todos por nombre, pero esa noche se concentró en tres mesas.

En la primera estaba don Ricardo Umaña, un empresario de cemento, setenta años, viudo, con una fundación que llevaba su apellido y un complejo de salvador que se le notaba en la forma de mirar a las meseras. Ana Lucía se sentó a su lado «por casualidad», porque la silla de al lado estaba vacía y ella necesitaba dejar el bolso. Hablaron de los nietos de él, de la finca en Cartagena, de la soledad de los hombres poderosos. En algún momento, ella mencionó a «los niñitos de La Guajira» y bajó la mirada. Don Ricardo se quedó en silencio. Al día siguiente, su secretaria llamó a la fundación para pedir los datos bancarios. La primera transferencia fue de ochenta mil dólares.

En la segunda mesa estaba la esposa de un senador, una mujer rubia teñida como ella, que presidía una fundación de niños con cáncer y que veía en Ana Lucía una competencia. Pero Ana Lucía no compite: coopera. Se acercó, elogió su labor, le propuso «unir fuerzas» en un proyecto conjunto en la costa. La senadora, halagada, la invitó a su casa. De ahí salió una donación de cincuenta mil dólares y, más importante, una foto con el senador que Ana Lucía usaría después como carta de presentación.

En la tercera mesa estaba lo que ella llamaba «el objetivo mayor»: un grupo de empresarios jóvenes, herederos de fortunas, con ganas de limpiar el nombre de sus familias lavando dinero en causas nobles. Ana Lucía los escuchó hablar de «impacto social» y «responsabilidad corporativa» y supo exactamente qué decir: les habló de métricas, de informes, de visibilidad. Les ofreció poner el logo de sus empresas en cada campaña. Les prometió que sus donaciones serían «inversión con retorno reputacional». Esa noche, sin firmar nada, consiguió tres promesas verbales que se convertirían en doscientos mil dólares en tres meses.

Con ese dinero, Ana Lucía no compró medicinas ni útiles escolares. Compró tiempo y apariencia. Contrató a una relacionista pública que le consiguió una entrevista en Caracol Radio. Pagó una sala VIP en el partido de la selección y llenó de fotos su Instagram: ella con niños sonrientes, ella entregando mercados, ella en la entrega de un comedor comunitario que después cerró a los dos meses por «falta de presupuesto».

El apartamento en Rosales pasó de alquiler a compra. La camioneta blindada llegó con papeles a nombre de la fundación, «para transporte de donaciones». El contador, un hombre flaco de gafas que nunca hacía preguntas, recibía cada mes una instrucción: «Pásame tanto a mi cuenta personal como honorarios de consultoría». Los informes anuales se volvieron obras de ficción: proyectos inflados, beneficiarios duplicados, facturas de proveedores que existían solo en el papel.

Lo más peligroso de Ana Lucía no era el dinero: era la red. En cada evento, en cada cóctel, en cada bazar, ella acumulaba favores. Un magistrado que le debía una invitación al palco. Una ministra que había sido su compañera de colegio y que ahora recibía «donaciones» para su campaña disfrazadas de apoyo a la niñez. Un embajador europeo que la mencionaba en sus discursos y que, sin saberlo, le daba una legitimidad que ella usaba para pedir más.

La gente poderosa la invitaba a sus casas porque Ana Lucía era agradable, bien parecida, y hablaba de caridad sin incomodar. Nunca mencionaba impuestos, nunca hablaba de política, nunca pedía explicaciones. A cambio, ellos le daban cheques, contactos y, sobre todo, impunidad. Nadie audita a la fundación de una mujer que aparece en las fotos con la primera dama.

Lo cruel no era solo el robo. Era la forma en que Ana Lucía usaba a los niños como escenografía. En las campañas, elegía a los más flacos, a los más tristes, a los de ojos más grandes, y los ponía en primera fila para las fotos. Los abrazaba, les acariciaba la cabeza, les prometía que su fundación los iba a ayudar. Después, cuando las cámaras se apagaban, los devolvía a sus casas con una sonrisa y una promesa que nunca se cumplía. Los útiles escolares llegaban tres meses tarde, si llegaban. Las becas se otorgaban a los hijos de sus amigas, no a los niños de las fotos.

En las reuniones con donantes, Ana Lucía tenía un discurso que repetía con precisión de actriz: «Cada peso que ustedes nos dan se convierte en una sonrisa». Lo decía con los ojos húmedos. Y era verdad: la sonrisa era la suya, la de la directora que se iba a dormir en un apartamento de lujo mientras los niños de La Guajira seguían esperando.

La gala había terminado hacía una hora, pero nadie se iba. En la terraza, con vista a los cerros iluminados, quedaban los rezagados: cuatro mujeres con copas a medio terminar, tacones abandonados bajo las mesas y ese estado de euforia etílica que hace que las conversaciones íntimas parezcan seguras.

Ana Lucía estaba pasada de copas. No lo suficiente para perder el control —ella nunca perdía el control—, pero sí para que el rubio de peluquería se le viera despeinado y para que la sonrisa de directora se hubiera convertido en una risa floja, casi adolescente. A su lado estaban Catalina Umaña, la hija del empresario del cemento, una rubia natural de 34 años que había heredado la fundación de su madre y el cinismo de su padre. Frente a ella, Marcela Gilinski, cuarenta y tantos, divorciada, con un anillo de esmeraldas que le brillaba cada vez que movía la mano. Y cerrando el círculo, Paula Vargas, la esposa del senador, que había bebido más que todas y hablaba con la lengua pastosa.

La conversación había empezado en los hombres —siempre empieza en los hombres— y había derivado, como derivan las conversaciones de mujeres borrachas a la una de la mañana, hacia los secretos del cuerpo.

—Yo no puedo con las cosquillas en el cuello —dijo Catalina, sirviéndose más vino—. Mi exmarido lo sabía y me hacía así, con la barba, y yo me moría. Literalmente me moría.

—El cuello es de novatos —dijo Marcela, con esa seguridad de las mujeres que han aprendido a reírse de todo—. A mí me hacen cosquillas en las costillas. Aquí. —Se señaló el costado, sobre el vestido de seda—. Una vez un novio me agarró desprevenida y casi le doy una patada en la cara.

Paula se rio con ganas, se le derramó un poco de vino en la muñeca y ni se inmutó.

—Yo soy cosquilluda en todas partes —confesó, como si fuera un defecto—. En las axilas, en la espalda, en las rodillas. Mi esposo dice que soy un mapa de puntos débiles. —Hizo una pausa, se inclinó hacia adelante con complicidad de borracha—. Y en los pies. Ay, en los pies. Yo no dejo que nadie me toque los pies. Ni pedicure. Me hago yo misma las uñas porque no soporto que me los agarren.

—¿En los pies? —Catalina arrugó la nariz—. A mí también. Pero solo en el arco. Si me tocan el arco, me muero. Una vez me dormí en un masaje y la masajista me agarró el pie y casi le grito.

Marcela asintió.

—Los pies son traicioneros. Yo tengo cosquillas en los dedos. Solo en los dedos, ¿eh? El resto del pie no me hace nada. Pero me tocan los dedos y me da algo. Mi hija lo descubrió y ahora me amenaza cada vez que quiere algo.

Las tres rieron. La complicidad del alcohol las había convertido en un tribunal blando, de secretos compartidos. Entonces Catalina giró la cabeza hacia Ana Lucía, que había estado callada, con la copa apoyada en el labio, escuchando.

—¿Y tú, Ana? ¿Dónde eres cosquilluda?

Ana Lucía sonrió. Esa sonrisa de directora, la de las fotos, la de los discursos. Pero los ojos color miel los tenía vidriosos, y cuando habló, la voz le salió más lenta de lo habitual.

—Yo… —empezó, y se rio, una risa nerviosa que no encajaba con la mujer que siempre tenía la respuesta perfecta—. Yo soy un desastre. En serio. Un desastre.

—¿Dónde? —insistió Paula, sirviendo más vino para todas—. No te me escapes.

Ana Lucía miró su copa. Luego miró a las otras tres. Estaban borrachas, sí, pero también eran sus contactos, sus donantes, sus aliadas. Decir la verdad era riesgoso. Decir una mentira era peor, porque las mentiras se descubren. Y el alcohol, ese juez blando, la empujó a hablar.

—En los pies —dijo, y se rio otra vez, pero la risa le salió corta—. En las plantas. En las plantas de los pies.

Las tres se miraron. Catalina levantó una ceja.

—¿En las plantas? ¿Como en toda la planta?

Ana Lucía asintió. Dejó la copa en la mesa y se pasó una mano por el pelo, despeinándolo más.

—Es horrible —dijo, y por primera vez en la noche, su voz sonó sincera—. No es como las cosquillas normales. Es… es desesperante. Es como si me tocaran un cable directo al cerebro. Yo no puedo… —se interrumpió, y se rio de sí misma, pero había algo oscuro en esa risa—. Una vez fui a una pedicure y la mujer me agarró el pie para limarme y yo pegué un grito que se escuchó en todo el salón. Me dio tanta vergüenza que no volví nunca. Nunca. Me hago yo las uñas desde entonces.

—Bueno, pero todas tenemos cosquillas en los pies —dijo Marcela, quitándole importancia—. Yo en los dedos, Paula en el arco, Catalina en el arco también. No es para tanto.

Ana Lucía negó con la cabeza. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, y las otras tres se inclinaron también, atraídas por el gesto.

—No es lo mismo —dijo, y la voz le salió más baja, más ronca—. Ustedes tienen cosquillas en una parte. En un punto. Yo las tengo en toda la planta. En toda. Si alguien me agarra el pie y me pasa un dedo por aquí —se señaló la planta del pie, a través del zapato—, yo no puedo respirar. No es risa, ¿me entienden? Es… es desesperación. Es como si me torturaran. Y lo peor es que me río. Me río como una loca, y no puedo parar, y no puedo pedir que paren porque me río. Y la gente cree que es gracioso. Creen que es un juego. Y no lo es.

Hubo un silencio. Paula fue la primera en reírse.

—Ay, Ana, no seas exagerada. Todas tenemos cosquillas en los pies. Es normal. Es una zona sensible.

—Sí —dijo Catalina, pero su risa fue más lenta, más calculadora—. Es normal. Pero lo tuyo suena… intenso.

Ana Lucía se recostó en la silla. Se le había corrido el rímel un poco, y el rubio de peluquería se le veía con las raíces oscuras bajo la luz tenue de la terraza. Por un momento, la directora de «Manos que Suman» pareció exactamente lo que era: una mujer de 39 años, borracha, con los pies descalzos bajo la mesa, contando un secreto que no debería haber contado.

—Es horrible —repitió, y luego se rio, y esta vez la risa fue de verdad, floja, derrotada—. Pero no se lo digan a nadie. En serio.

Las otras tres rieron. Catalina levantó su copa.

—Brindemos por los secretos que se quedan en la terraza.

Brindaron. Ana Lucía bebió. Y en algún lugar de la mente de Catalina Umaña —que era la hija de su padre, y que había visto cómo su padre hacía negocios con la debilidad de los demás— se encendió una lucecita. No dijo nada. No esa noche. Pero lo recordó.

Porque la información, en los círculos de poder, siempre se guarda. Y una mujer que confiesa su punto débil en una terraza, borracha, a la una de la mañana, acaba de regalarle a alguien una llave.

Ana Lucía terminó su copa de un solo trago. El vino le bajó por la garganta con ese calor que ya no la reconfortaba, sino que le pesaba en el estómago. Dejó la copa en la mesa con un ruido suave y se puso de pie. El mundo se le tambaleó un segundo —el suelo de la terraza parecía inclinarse hacia la izquierda—, pero ella se agarró del respaldo de la silla y sonrió.

—Me voy —anunció, con esa voz de directora que intentaba recuperar—. Mañana tengo reunión a las ocho y ya saben cómo es esto.

Catalina se levantó también, un poco más despacio, y la besó en la mejilla con ese cariño de borrachas que dura hasta el día siguiente.

—Cuídate, Ana. Y no te preocupes por lo que dijiste. Todas tenemos nuestros secretos.

La forma en que lo dijo —con una sonrisa que era casi una promesa— hizo que Ana Lucía se detuviera un segundo. Pero el alcohol le nublaba la intuición, y prefirió pensar que era cariño. Se despidió de Marcela con un abrazo torpe y de Paula con un beso en el aire.

—Que descanses —dijo Paula, y luego añadió, con la sinceridad del borracho—: Y no dejes que nadie te toque los pies, ¿eh?

Las tres rieron. Ana Lucía también, pero la risa le salió hueca.

Cruzó el salón principal del club con la cabeza alta, aunque los tacones le pesaban y el vestido de seda se le pegaba al cuerpo con el calor de la noche. Los meseros recogían las copas, las luces se habían atenuado, y en el aire flotaba ese olor a perfume caro y a flores marchitas que dejan las fiestas cuando terminan. Un par de conocidos la saludaron desde la barra; ella levantó la mano, sonrió, siguió caminando. La directora de «Manos que Suman» no se tambaleaba en público.

En la puerta, el portero le abrió con una reverencia. El aire de la calle le golpeó la cara y por un momento se sintió mejor. Sacó el teléfono de la cartera —le costó encontrarlo entre el labial, las llaves y el sobre de donaciones que no había abierto— y marcó el número de su chofer.

—Julián, estoy en la salida del Nogal. Ven por mí.

—En diez minutos, doña Ana Lucía.

Colgó. Se apoyó contra una columna de la entrada, se quitó un zapato con disimulo y luego el otro, y suspiró cuando las plantas de sus pies tocaron el mármol frío. Fue un alivio breve, casi instantáneo, y luego un pensamiento incómodo: si alguien me viera así, descalza, en la puerta del club, con el rímel corrido… Se volvió a calzar. La dignidad, pensó, era lo último que se perdía.

El carro llegó en ocho minutos. Un Mercedes negro, blindado, con papeles a nombre de la fundación. Julián, un hombre de cincuenta años que llevaba tres trabajando para ella y que nunca hacía preguntas, le abrió la puerta trasera. Ana Lucía se dejó caer en el asiento de cuero y cerró los ojos.

—A la casa, Julián.

—¿Todo bien, doña Ana Lucía?

—Todo bien. Solo estoy cansada.

El carro arrancó. Las luces de Bogotá pasaban por la ventana como una película borrosa: los edificios del centro, la séptima, los semáforos en rojo que Julián respetaba con una paciencia que a ella esa noche le parecía excesiva. Apoyó la cabeza contra el vidrio y sintió el frío del cristal en la frente.

Pensó en la conversación de la terraza. En las cosquillas. En la forma en que las palabras se le habían escapado de la boca sin permiso. «Es horrible. Es desesperante. Es como si me torturaran.» ¿Por qué había dicho eso? ¿Por qué había contado su secreto más tonto, el más ridículo, el que no tenía nada que ver con el dinero ni con el poder, a tres mujeres que la miraban con esa mezcla de lástima y diversión?

Porque estaba borracha, se dijo. Porque el vino afloja la lengua. Porque a la una de la mañana todas las mujeres son iguales, y las confesiones se hacen con la misma naturalidad con la que se pide otra copa.

Pero una parte de ella, la parte que siempre calculaba, la parte que había construido un imperio sobre la debilidad de los demás, sabía que había cometido un error. No sabía cuál. No sabía cómo. Pero lo sabía.

El carro se detuvo frente al edificio de Rosales. Julián bajó, le abrió la puerta, y Ana Lucía se enderezó con esfuerzo. El portero del edificio la saludó con la cabeza; ella le devolvió el gesto y entró al ascensor con la espalda recta, los tacones en la mano y los pies descalzos sobre el mármol del lobby.

En su apartamento, se dejó caer en el sofá sin encender las luces. La ciudad brillaba afuera, indiferente. Se quitó el vestido con un movimiento torpe y se quedó en ropa interior, con el pelo suelto y los pies sobre la alfombra. Se miró los pies —blancos, pequeños, de talla 39, con las uñas pintadas de un rojo discreto— y por un momento sintió algo que no sentía nunca: miedo.

No por las cosquillas. Por lo que había dicho. Porque en su mundo, la información era poder, y ella acababa de regalar un pedazo del suyo a tres mujeres que no eran sus amigas, sino sus competidoras.

Se quedó dormida en el sofá, con la luz de la ciudad en la cara y el teléfono en la mano. En la pantalla, un mensaje de Catalina Umaña que no vio hasta la mañana siguiente:

«Gracias por la noche, Ana. Lo pasé genial. Hablamos pronto. 😉»

El emoji era una sonrisa. Pero para Ana Lucía, cuando lo leyó, tuvo algo de amenaza.

3:47 a.m. — Apartamento de Rosales

Ana Lucía se despertó de golpe, con el corazón golpeándole las costillas y la boca seca como si hubiera tragado arena. La sala estaba a oscuras. Solo la luz naranja de la ciudad entraba por la ventana, dibujando sombras largas sobre la alfombra. Se incorporó en el sofá, desorientada, con el vestido aún a medio quitar y el teléfono tirado en el suelo.

Fue una pesadilla, pensó. Solo fue una pesadilla.

Pero entonces sintió algo en los pies.

Un roce. Suave, deliberado, como una pluma que subía por el arco del pie derecho. Ana Lucía se quedó helada. El roce se detuvo en la base de los dedos, jugueteó un segundo, y luego bajó de nuevo, más lento, más preciso.

—¿Quién está ahí? —dijo, y su voz le salió ronca, casi un susurro.

Nadie respondió. El roce continuó. Esta vez en el pie izquierdo. Un dedo —o algo que parecía un dedo— recorrió la planta de arriba abajo, con la paciencia de alguien que no tiene prisa.

Ana Lucía quiso mover el pie. No pudo. O no quiso. El miedo le había quitado la fuerza. Y entonces el roce se convirtió en cosquillas.

Fue instantáneo. Como un cable que se conecta. La sensación le subió por la pierna, le explotó en el cerebro y le arrancó una carcajada que no era una carcajada, sino un espasmo.

—¡No! —gritó, pero la risa se le mezcló con la palabra—. ¡No, por favor, no!

El dedo invisible se movió más rápido. Ahora eran dos dedos, o tres, recorriendo las plantas de los dos pies con una precisión que parecía calculada. Ana Lucía se retorció en el sofá, pataleó, intentó esconder los pies bajo las piernas, pero algo la sostenía. No había nadie. No había cuerdas. Pero sus pies no se movían. Como si el aire los hubiera atrapado.

—¡Basta! —jadeó, y la risa le salía a borbotones, incontrolable, humillante—. ¡Basta, por favor, basta!

Una voz. No venía de ningún lado. Venía de todas partes. O tal vez de su propia cabeza.

—¿Dónde está el dinero de la donación, Ana Lucía?

La voz era calmada. Fría. Como si preguntara la hora.

—¿Qué… qué donación? —logró decir entre carcajadas—. ¡No sé de qué me hablas! ¡No sé… no sé…! ¡Por favor, para!

Los dedos se detuvieron un segundo. Ana Lucía aprovechó para respirar, para incorporarse, para mirar a su alrededor. La sala estaba vacía. La puerta cerrada. Las ventanas con sus seguros. Nadie. Nadie.

Y entonces las cosquillas volvieron. Más fuertes. Ya no eran dedos. Era algo con textura. Un cepillo, quizás. O uñas. Recorriendo las plantas de sus pies con una violencia que no tenía nada de juego. Ana Lucía se dobló hacia adelante, se agarró los tobillos, intentó apartar lo que fuera que la tocaba, pero sus manos no encontraban nada. Solo sentían su propia piel, sus propios pies, y aun así las cosquillas seguían, imparables, como si alguien más estuviera ahí.

—¡POR FAVOR! —chilló, y la voz se le rompió—. ¡POR FAVOR, PARA, TE LO RUEGO! ¡ME VOY A MORIR! ¡ME VOY A MORIR!

—¿Dónde está el dinero?

—¡No sé! ¡No sé qué dinero! ¡Yo no… yo no he robado nada! ¡Te lo juro! ¡Te lo juro por mi madre! ¡PARA, POR FAVOR, PARA!

La risa se convirtió en llanto. En hipos. En una mezcla horrible de carcajadas y gemidos que la hacía sonar como un animal herido. Se retorcía en el sofá, se caía al suelo, se arrastraba por la alfombra intentando escapar de sus propios pies, pero las cosquillas la seguían. No había escapatoria. No había verdugo. Solo ella, su apartamento vacío y una sensación que le estaba destrozando la mente.

—Los quinientos mil dólares de la donación de Umaña —dijo la voz, con una paciencia infinita—. ¿Dónde están?

—¡No los tengo! ¡No los tengo, te lo juro! ¡Se fueron a… se fueron a…! ¡NO SÉ! ¡NO SÉ! ¡AY, DIOS, AY, DIOS, POR FAVOR, PARA!

Los dedos se detuvieron. Ana Lucía se quedó en el suelo, boca abajo, jadeando, con las mejillas mojadas y el pelo pegado a la cara. El silencio era peor que las cosquillas. Era un silencio que la observaba.

—Mientes —dijo la voz.

Y las cosquillas volvieron. Esta vez en el arco. En el punto exacto donde la piel es más fina, donde los nervios están más expuestos. Ana Lucía aulló. No fue una risa. Fue un aullido. Un sonido que no sabía que podía salir de ella.

—¡NO! ¡NO! ¡NO PUEDO MÁS! ¡ME ESTOY VOLVIENDO LOCA! ¡POR FAVOR! ¡POR FAVOR, POR FAVOR, POR FAVOR!

—Confiesa.

—¡CONFIESO! ¡CONFIESO LO QUE QUIERAS! ¡SOLO PARA! ¡SOLO PARA, POR EL AMOR DE DIOS, PARA!

Y entonces se despertó.

4:12 a.m.

Ana Lucía abrió los ojos. Estaba en el sofá. El vestido a medio quitar. El teléfono en el suelo. La sala a oscuras. No había voz. No había dedos. No había cepillo. Solo el silencio de su apartamento, el zumbido del refrigerador y su propia respiración, entrecortada, agitada, como si hubiera corrido una maratón.

Se sentó despacio. Le temblaban las manos. Le dolían los pies —los pies de verdad, los pies de talla 39, con las uñas pintadas de rojo— de tanto haberlos apretado contra el sofá. Se miró las plantas. Estaban rojas. Pero no había marcas. No había nada.

Fue una pesadilla, se dijo. Fue una pesadilla. Solo fue una pesadilla.

Pero sabía que no. No había sido una pesadilla. Había sido real. Tan real como el sabor ácido del vino en su boca, como el dolor de cabeza que le taladraba las sienes, como el miedo que aún le recorría el cuerpo. Su propia mente la había torturado. Su cerebro, borracho y agotado, había construido un verdugo con su voz, sus preguntas, sus dedos invisibles. Y ella había suplicado. Había confesado. Había gritado como una niña.

Se levantó del sofá con las piernas temblando y fue a la cocina. Abrió la llave del agua, se mojó la cara, bebió directamente del grifo como si pudiera lavarse por dentro. Luego se miró en el espejo del baño: el rímel corrido, el pelo despeinado, los ojos color miel inyectados en sangre.

—Estás loca —se dijo en voz baja—. Estás loca, Ana Lucía. Loca.

Apagó la luz. Volvió al sofá. Se tapó con una manta. Y se quedó mirando el techo hasta que amaneció, con los pies bien cubiertos, sin atreverse a moverlos, por si acaso.

7:02 a.m. — Apartamento de Rosales

El despertador del teléfono sonó con la insistencia de una alarma de incendio. Ana Lucía abrió los ojos y el mundo le explotó en la cara: el techo blanco, la luz gris de la mañana, el sabor a cobre en la boca. Le dolía todo. La cabeza le latía con cada latido del corazón, como si alguien le estuviera golpeando las sienes desde dentro. Tenía la garganta seca, el estómago revuelto y una sensación de vergüenza que no sabía de dónde venía hasta que recordó la noche anterior.

La terraza. Las copas. Las confesiones. «En las plantas de los pies. Es horrible. Es desesperante.»

Y luego la pesadilla. Los dedos invisibles. La voz. Las súplicas.

Se sentó en la cama —no recordaba haberse acostado, pero ahí estaba, en su habitación, con la manta hasta la cintura y el vestido hecho una bola en el suelo— y se quedó un momento con la cabeza entre las manos. El silencio del apartamento era total. Ni siquiera el ruido del tráfico de la séptima llegaba hasta el piso 14. Solo el zumbido del aire acondicionado y el latido de su propio corazón.

Se levantó con esfuerzo. Los pies descalzos sobre la madera fría le recordaron la pesadilla, y por un segundo sintió un cosquilleo fantasma en las plantas. Se detuvo. Miró sus pies. No había nada. Respiró hondo y caminó hacia el baño.

Abrió la llave del agua caliente, esperó a que saliera vapor, y luego, sin pensarlo demasiado, giró la manija hacia el azul. El agua fría le cayó en la nuca como una bofetada. Ana Lucía jadeó, se agarró del borde de la ducha y se quedó ahí, temblando, dejando que el frío le borrara el sabor del vino y el recuerdo de la voz. El agua le corrió por la espalda, por los hombros, por los pies, y por un momento no sintió nada más que el frío. Ni culpa. Ni miedo. Ni cosquillas.

Se enjabonó el pelo con movimientos mecánicos. El rubio de peluquería se veía opaco bajo el agua, y las raíces oscuras asomaban como una acusación. Tienes que ir a retocarte, pensó. Hoy mismo. Antes de que alguien note que no eres rubia de verdad. Era un pensamiento absurdo, ridículo, pero en su cabeza sonaba urgente. Como si el color del pelo fuera lo único que la mantenía entera.

Salió de la ducha, se secó con una toalla gruesa y blanca, y se miró en el espejo empañado. Tenía los ojos hinchados, la piel pálida, una mancha roja en la mejilla que no recordaba de dónde venía. Se secó el pelo con el secador, se lo peinó hacia atrás, y luego se maquilló con la precisión de quien ha hecho lo mismo mil veces: base, corrector, rímel, un toque de rubor. El resultado fue una mujer que parecía descansada. Casi.

Abrió el clóset y eligió un traje de chaqueta gris perla, una blusa de seda blanca y unos zapatos de tacón bajo —porque los pies aún le dolían de la pesadilla, aunque no quería admitirlo—. Se puso un reloj Cartier, los aretes de perlas que le había regalado una donante, y se colgó el bolso al hombro. Antes de salir, se miró en el espejo del recibidor. La directora de «Manos que Suman» estaba de vuelta. Impecable. Sonriente. Lista para el día.

Pero cuando se agachó a recoger las llaves del Tesla, sintió un pinchazo en la planta del pie derecho. Un cosquilleo. Breve. Fugaz. Como si alguien le hubiera pasado una pluma. Se enderezó de golpe.

—No —dijo en voz alta, sola en el apartamento—. No. Ya pasó. Fue una pesadilla.

Sacó el teléfono. Tenía tres mensajes sin leer: uno de Catalina Umaña —»Gracias por la noche, Ana. Lo pasé genial. Hablamos pronto. 😉»—, uno de Marcela con una foto de la terraza —»Mira cómo quedamos 😂»— y uno de su mamá preguntando si iría a almorzar el domingo. No respondió a ninguno. Abrió el chat de su mucama, Rosa, y escribió:

«Rosa, hoy no vengas. El apto no está tan desordenado y prefiero que descanses. Mañana te pones al día. Gracias.»

Envió el mensaje y sintió un alivio extraño. No quería que Rosa viera el sofá revuelto, la manta en el suelo, la copa de vino que había dejado en la mesa de noche y que no recordaba haber llevado. No quería preguntas. No quería que nadie oliera el miedo en el aire.

Luego abrió el chat de Julián, su chofer:

«Julián, hoy no me recojas. Me voy en el Tesla para evitar pico y placa. Nos vemos mañana.»

Envió. Guardó el teléfono en el bolso. Y se quedó un momento en el recibidor, con la mano en el pomo de la puerta, escuchando el silencio del apartamento. Afuera la esperaba la ciudad, la oficina, la reunión de las ocho, los donantes, las sonrisas. Adentro quedaba la mujer que había suplicado en el suelo a las cuatro de la mañana, la que había confesado crímenes que no sabía si había cometido, la que aún sentía un cosquilleo fantasma en los pies cada vez que pensaba en la noche anterior.

Abrió la puerta. Salió. Cerró con llave. Y bajó en el ascensor con la espalda recta y la mirada al frente, como si nada hubiera pasado.

Ana Lucía llegó a la oficina antes que nadie. El parqueadero del edificio en el norte de Bogotá estaba casi vacío, y el vigilante la saludó con esa mezcla de respeto y costumbre que ella ya ni notaba. Subió en el ascensor con el café que había comprado en la esquina sin azúcar, sin leche, sin nada que le recordara el sabor dulce del vino de la noche anterior.

La oficina de «Manos que Suman» era un espacio de paredes blancas, muebles de madera clara y plantas que una empresa de jardinería venía a mantener cada quince días. En la recepción había un letrero con el logo de la fundación —dos manos entrelazadas formando un corazón— y una foto de Ana Lucía con un grupo de niños de La Guajira. Sonreía en la foto. Siempre sonreía en las fotos.

Cerró la puerta de su despacho, bajó las persianas y encendió el computador. Mientras arrancaba, revisó el teléfono: el mensaje de Catalina seguía ahí, con su emoji de sonrisa. No lo abrió. Abrió el correo, respondió dos cosas urgentes, delegó una reunión y canceló una entrevista con una periodista que quería hacerle un perfil para una revista de negocios. «Por motivos de agenda», escribió. «En otra ocasión será un placer.» Mentira. No quería que nadie la mirara demasiado de cerca esa semana.

Luego abrió el script.

Lo había contratado tres meses atrás a un hombre que no conocía en persona, un tipo que se hacía llamar «el Contador» en un foro de internet y que cobraba en criptomonedas. El script era un programa pequeño, discreto, que se instalaba en el sistema contable de la fundación y hacía algo muy simple: cada vez que entraba una donación superior a cierta cantidad, desviaba un porcentaje a una cuenta en Islas Caimán antes de que el dinero siquiera apareciera en los libros oficiales. El resto se quedaba en la cuenta de la fundación, como si nada. Los informes anuales se generaban automáticamente con las cifras ya limpias.

Ana Lucía abrió el panel de control del script. Era una pantalla sencilla, con números verdes sobre fondo negro, como una terminal de bolsa. En la parte superior decía «Manos que Suman — Módulo de Gestión». Nadie que entrara a su computador pensaría que era otra cosa. Debajo, una lista de donaciones recientes con sus fechas, sus montos y el porcentaje que se había desviado.

Ejecutó el script. La pantalla parpadeó y empezaron a aparecer las cifras en tiempo real.

Donación Umaña — 80.000 USD — desviado: 24.000 USD.
Donación Gilinski — 50.000 USD — desviado: 15.000 USD.
Donación Grupo Andino — 200.000 USD — desviado: 60.000 USD.

Ana Lucía se recostó en la silla y miró la pantalla. Los números subían, se acumulaban, se transferían a la cuenta de Caimán con una velocidad que a ella le parecía hermosa. Ciento veinte mil dólares en menos de un minuto. Dinero que había entrado esa semana, dinero que ella había conseguido con sonrisas y copas y promesas de niños con nombre propio, y que ahora era suyo. Solo suyo.

Abrió una segunda ventana. La cuenta de Caimán. El saldo total: ochocientos cuarenta y tres mil dólares. Casi un millón. En dos años. Ana Lucía se permitió una sonrisa pequeña, controlada, la sonrisa de quien mira un trabajo bien hecho. No era una sonrisa de alegría. Era una sonrisa de alivio. El dinero estaba ahí. Nadie lo sabía. Nadie lo sabría.

Pero entonces, mientras cerraba la ventana, la pantalla parpadeó de nuevo. Un mensaje en la esquina inferior derecha, en letra pequeña, del propio script:

«Transferencia completada. Saldo actualizado. Última transacción: hace 2 minutos.»

Y Ana Lucía, sin saber por qué, sintió un escalofrío. No por el mensaje. Por la palabra «última». Como si alguien más estuviera mirando la pantalla con ella. Como si en algún lugar, en una oficina o en una casa o en un teléfono, alguien estuviera viendo las mismas cifras verdes y sonriendo también.

Sacudió la cabeza. Era la resaca. Era el cansancio. Era la noche anterior, la pesadilla, la voz que le había preguntado por el dinero de Umaña con una calma que ahora, en la luz del día, le parecía demasiado real.

Cerró el script. Apagó la pantalla. Se quedó un momento con las manos sobre el teclado, mirando su reflejo en el vidrio oscuro. Y luego, con la voz firme de la directora que todos conocían, marcó el número de su contador.

—Buenos días, Hernán. Necesito que me prepares un informe de gastos operativos del último trimestre. Algo que se vea bien. Para los donantes. ¿Puedes tenerlo para el viernes?

Colgó. Se levantó. Abrió las persianas. La luz de la mañana entró a raudales y borró el reflejo de la pantalla.

La mañana transcurrió en esa cadencia de reuniones que Ana Lucía conocía de memoria. A las ocho, el equipo de comunicaciones le presentó la campaña de fin de año: una serie de videos con niños sonrientes, música emotiva y un llamado a donar por WhatsApp. Ella aprobó todo con la velocidad de quien ya sabe cómo termina la película, corrigió dos veces la palabra «transparencia» en un comunicado y pidió que cambiaran la foto de portada porque la niña elegida no tenía «los ojos suficientemente tristes».

A las nueve y media recibió a un empresario de calzado que quería donar tres mil pares de zapatos a cambio de aparecer en la lista de aliados. Ana Lucía lo escuchó con atención, sonrió en los momentos exactos, y al final le dijo que la fundación «valoraba muchísimo el apoyo del sector privado» y que pronto le enviarían un convenio. Cuando el hombre salió, anotó en su agenda: «Zapatos: pedir factura inflada. Vender los pares por fuera.»

A las once tuvo una llamada con una fundación alemana que financiaba proyectos de agua potable. Habló en un inglés pausado, casi perfecto, y prometió que el próximo trimestre enviaría los informes de impacto. Colgó y le escribió a Hernán: «Necesito un informe de impacto para Alemania. Que se vea bien. Que los niños sonrían.»

A la una, almuerzo de trabajo con una senadora que quería que la fundación apoyara su proyecto de ley de primera infancia. Ana Lucía pidió una ensalada que apenas tocó y habló durante cuarenta minutos de la importancia de «articular esfuerzos entre el sector público y el privado». No mencionó el dinero. No hacía falta. La senadora sabía que Ana Lucía tenía acceso a donantes que ella necesitaba, y Ana Lucía sabía que la senadora podía abrirle puertas en el ministerio. Se despidieron con un abrazo y la promesa de «seguir conversando».

A las tres, recibió a dos jóvenes emprendedores que querían donar parte de las ventas de su startup a la fundación. Ana Lucía los escuchó con esa paciencia que reservaba para los donantes pequeños, los que aún creían que la caridad era una forma de cambiar el mundo. Les agradeció, les prometió una mención en redes sociales y los acompañó hasta la puerta con una sonrisa que se apagó en cuanto el ascensor se cerró.

Cuando volvió a su despacho, cerró la puerta, bajó las persianas y abrió el computador.

El script seguía ahí. La pantalla negra, los números verdes, la cuenta de Caimán. Ana Lucía introdujo la contraseña —doce caracteres, mayúsculas, números, un símbolo— y esperó a que cargara el saldo.

Saldo total: 98.000.000 USD.

Noventa y ocho millones de dólares. Ana Lucía se recostó en la silla y miró la cifra. La meta que se había propuesto para ese año era cien millones. Cien millones de dólares en doce meses. Y apenas llevaba seis.

Hizo el cálculo mental, como hacía siempre. Faltaban dos millones. Dos millones en seis meses era fácil. Demasiado fácil. Con la gala de fin de año, con la donación de los Gilinski que estaba a punto de confirmarse, con el convenio de los zapatos y las tres transferencias que tenía pendientes de la semana anterior, llegaría a la meta antes de septiembre. Tal vez antes de agosto.

Se permitió una sonrisa. No era una sonrisa de felicidad. Era la sonrisa de un contador que ve cuadrar los números, de un cirujano que cierra una operación, de alguien que ha hecho bien su trabajo. Ana Lucía no robaba por necesidad. No robaba por lujo, aunque el lujo viniera incluido. Robaba porque era buena en eso. Porque cada transferencia era un problema resuelto, una ecuación balanceada, un pequeño triunfo privado que nadie le podía quitar.

Cerró la ventana de Caimán. Abrió el correo. Respondió tres mensajes, delegó dos, archivó uno. Luego abrió el documento de la campaña de fin de año y se puso a revisar el presupuesto. Los niños de la foto seguían sonriendo desde la pantalla, con sus ojos grandes y sus camisas limpias, y Ana Lucía los miró un segundo antes de seguir trabajando.

Afuera, en la recepción, el teléfono sonó. Era una donante preguntando por el recibo de su aporte. Ana Lucía escuchó la voz de su asistente dándole la información correcta, con la amabilidad correcta, y por un momento se sintió satisfecha. Todo funcionaba. Todo estaba en orden. La fundación, el script, los donantes, los niños. Todo era exactamente como ella lo había diseñado.

Volvió a mirar la pantalla. Noventa y ocho millones. Dos para la meta. Seis meses por delante. Y ninguna razón, en ese momento, para pensar que algo pudiera salir mal.

Ana Lucía cerró el documento del presupuesto y miró la hora en la esquina de la pantalla. Las cuatro y diez. Tenía cuarenta minutos antes de que su agenda se cerrara oficialmente, y una sesión de masaje a las cinco que no estaba dispuesta a cancelar. No ese día. No después de la noche que había tenido.

Levantó el teléfono del escritorio y marcó la extensión de su asistente.

—Sofía, ¿me escuchas?

—Sí, doña Ana Lucía.

—Voy a salir en un rato. Tengo una sesión con mi masajista a las cinco y después me voy directo a mi apartamento. Necesito alistarme para el evento de esta noche.

—¿El evento con el donante?

—Ese mismo. —Ana Lucía abrió la agenda y pasó una página—. Confírmame la reserva en el restaurante, por favor. Mesa para dos, a las ocho. Que sea discreta. Nada de mesas en la ventana.

—Ya está confirmado. ¿Le pido algo más?

Ana Lucía se quedó un segundo en silencio. Pensó en el script, en los noventa y ocho millones, en los dos que faltaban. Pensó en el donante de esa noche: un hombre de Medellín, dueño de una cadena de hoteles, que llevaba tres meses prometiendo una donación grande y que aún no había firmado nada. Esa noche iba a firmar. Ana Lucía se aseguraría de que firmara.

—No, nada más. Ah, y si llama alguien de la revista, dile que sigo sin disponibilidad. Que estoy en reuniones todo el día.

—Entendido.

—Gracias, Sofía.

Colgó. Se levantó de la silla y estiró los brazos por encima de la cabeza. Le dolía la espalda de estar sentada, y los pies —los pies de talla 39, enfundados en los tacones bajos que había elegido esa mañana— le pedían un descanso. Pero no había tiempo. A las cinco tenía el masaje. A las seis y media estaría en su apartamento. A las siete y media estaría lista. A las ocho estaría sonriendo frente a un hombre que no sabía que estaba a punto de entregarle dos millones de dólares a una mujer que ya tenía noventa y ocho.

Cerró la sesión del computador, guardó los documentos en el cajón con llave y se colgó el bolso al hombro. Antes de salir, se miró en el espejo del despacho: el traje gris perla seguía impecable, el maquillaje aguantaba, el pelo estaba en su sitio. La resaca había quedado atrás, o al menos eso parecía. Se alisó la chaqueta con las manos y salió.

En el pasillo, Sofía levantó la vista de su computador.

—Que le vaya bien, doña Ana Lucía.

—Gracias. Nos vemos mañana.

Ana Lucía caminó hacia el ascensor sin mirar atrás. El edificio estaba en silencio, con esa calma de las oficinas a media tarde, y sus tacones resonaban en el piso de mármol con un ritmo que ella conocía de memoria. Un paso. Otro. Otro. El sonido de una mujer que siempre sabía a dónde iba.

El ascensor llegó. Las puertas se abrieron. Ana Lucía entró, pulsó el botón del parqueadero y, mientras las puertas se cerraban, sacó el teléfono y revisó por última vez el mensaje de Catalina. Seguía ahí, con su emoji de sonrisa. No lo abrió. No la bloqueó. Solo lo dejó ahí, como se deja una carta que no se sabe si es una invitación o una amenaza.

El ascensor bajó. Ana Lucía guardó el teléfono en el bolso y se preparó para el resto del día.

Ana Lucía salió del ascensor al parqueadero y caminó hacia el Tesla con paso firme. El carro estaba donde lo había dejado, negro, silencioso, con esa elegancia discreta que a ella le gustaba. Lo desbloqueó con el teléfono, abrió la puerta del conductor y se sentó. El interior olía a cuero y a ese aroma a madera que había pagado como extra. Cerró la puerta y por un momento se quedó quieta, con las manos en el volante, escuchando el silencio del parqueadero.

Luego encendió el carro y salió.

El trayecto hasta el centro fue una sucesión de semáforos y trancones que Ana Lucía sorteó con la paciencia de quien conoce la ciudad de memoria. La séptima estaba congestionada, como siempre, y ella aprovechó para revisar el teléfono en los altos. Un correo de Hernán con el informe de gastos adjunto. Un mensaje de Sofía confirmando la reserva. Una notificación del banco sobre un movimiento en la cuenta de la fundación. Nada urgente. Nada que no pudiera esperar.

Dejó el teléfono en el asiento del copiloto y siguió conduciendo. Pasó por la calle 26, luego por la carrera décima, y enfiló hacia el centro. La ciudad cambiaba a medida que avanzaba: los edificios modernos del norte daban paso a las casas de fachadas coloridas, a los vendedores ambulantes, a los andenes llenos de gente que caminaba sin prisa. Ana Lucía miraba todo por la ventana con una indiferencia que no era desprecio, sino costumbre. Esa ciudad no era la suya. Su ciudad era el norte, los clubes, los restaurantes con reserva, los edificios con vigilante y citófono. El centro era un lugar de paso, un trayecto entre una cosa y otra.

Llegó a la estación de Las Aguas y giró hacia la circunvalar. El sitio era un edificio antiguo, de ladrillo, con un portón negro y un letrero pequeño que decía «Estudio». Ana Lucía pulsó el control remoto que llevaba en la guantera y el portón se abrió. Entró, estacionó el Tesla en el patio interior —un espacio de baldosas grises, con una mata de limonero en una esquina— y apagó el carro.

Se quedó un momento sentada, con las manos en el regazo, mirando el portón que se cerraba a sus espaldas. El silencio del patio era total. No llegaban los ruidos de la calle, ni los pitos, ni las voces. Solo el viento en el limonero y el zumbido lejano de un avión que cruzaba el cielo.

Salió del carro. Cerró la puerta con suavidad. Caminó hacia la entrada del edificio, donde una puerta de madera maciza la esperaba. Antes de abrir, se detuvo. Se miró en el reflejo del vidrio de la puerta: el traje gris perla, el pelo peinado, la cara de directora. Luego miró el reloj. Las cinco menos diez. Había llegado temprano.

Respiró hondo. Abrió la puerta.

Ana Lucía empujó la puerta y el aire del estudio le llegó de golpe: sándalo, lavanda, un fondo de eucalipto. Esteban había encendido un difusor. Siempre encendía un difusor antes de que ella llegara. Era un detalle que Ana Lucía apreciaba sin decirlo, porque los detalles no se agradecen, se pagan.

Esteban apareció desde el fondo del pasillo con una sonrisa ancha, de esas que no se fingen. Tenía veintidós años, el pelo negro recogido en un moño desordenado, una camiseta blanca holgada y unos pantalones de lino que le quedaban perfectos. Era delgado, con las manos largas de quienes trabajan con ellas, y tenía esa energía de los jóvenes que aún no han aprendido a fingir.

—¡Ana Lucía! —exclamó, y se acercó a saludarla con un beso en la mejilla—. Llegaste temprano.

—Hoy necesitaba llegar temprano.

Esteban la miró un segundo más de lo necesario, con esa intuición que tenía para leerla. No preguntó nada. Nunca preguntaba nada directamente. Solo tomó su bolso, lo dejó en una silla y le hizo un gesto para que lo siguiera.

—Ven, te muestro lo que hice.

Ana Lucía lo siguió por el pasillo. El estudio era un espacio antiguo, de techos altos y vigas de madera, que Esteban había ido remodelando poco a poco con el dinero que ella le pagaba. Había plantas por todas partes, velas, una música suave que salía de una bocina escondida. Había también una cama de masajes nueva, con sábanas blancas y una toalla doblada en la cabecera.

—Mira —dijo Esteban, señalando una puerta al fondo—. Hice un baño nuevo. Pequeño, pero funcional. Así no tienes que cambiarte en el baño de la entrada, que era incómodo. Aquí puedes dejar tu ropa, colgarla, lo que necesites. Hay perchas, espejo, todo.

Ana Lucía asomó la cabeza. El baño era pequeño, con azulejos blancos y una ducha de lluvia. Había una bata de algodón colgada de un gancho y un par de pantuflas en el suelo. Todo pensado. Todo en su sitio.

—Está bien —dijo, y fue lo máximo que Esteban iba a recibir como elogio.

—Y esto —Esteban señaló una repisa junto a la cama de masajes—. Aceites nuevos. El de lavanda lo cambié por uno de mejor calidad. Y compré uno de árnica para la espalda, porque la última vez me dijiste que te dolía.

Ana Lucía asintió. Se quedó un momento en el centro del cuarto, mirando la cama de masajes, las velas, las plantas. Era un espacio cuidado, íntimo, hecho a su medida. Esteban había entendido, sin que ella tuviera que decirlo, que necesitaba un lugar donde no hubiera preguntas. Un lugar donde pudiera quitarse el traje de directora y ser, por una hora, una mujer de treinta y nueve años con la espalda tensa y la cabeza llena de números.

—El baño está por allá —dijo Esteban, ya con la voz más baja, más suave—. Te cambias, te pones la bata y me avisas. Yo te espero aquí.

Ana Lucía lo miró. Por un segundo, el rostro de Esteban —joven, abierto, sin dobleces— le pareció el de alguien que no sabía nada de su vida. Que no sabía de los noventa y ocho millones, ni del script, ni de las donaciones desviadas, ni de la pesadilla de la noche anterior. Esteban solo sabía que ella era la directora de una fundación, que pagaba bien y que a veces, mientras la masajeaba, se quedaba dormida y hablaba en sueños.

—Gracias, Esteban —dijo Ana Lucía, y entró al baño.

Cerró la puerta. Se quedó un momento frente al espejo, con las manos en el lavamanos, mirándose. La mujer del espejo tenía los ojos color miel cansados, el maquillaje intacto, el pelo en su sitio. La mujer del espejo era la directora de «Manos que Suman». La mujer del espejo no tenía miedo.

Se desabrochó la chaqueta del traje.

Ana Lucía salió del baño con la bata de algodón atada a la cintura y los pies descalzos sobre la madera. Esteban ya estaba junto a la camilla, con los aceites alineados en la repisa y una toalla doblada en las manos. La miró sin decir nada. No hacía falta.

—Boca abajo —dijo Esteban, y su voz tenía ese tono neutro, profesional, que usaba al empezar cada sesión—. Como siempre.

Ana Lucía se desató la bata. La dejó caer sobre una silla, sin pudor, sin prisa. Esteban no miraba. O miraba lo justo. Ya la había visto cientos de veces, y aun así había algo en la forma en que apartaba la vista que a Ana Lucía le parecía un gesto de respeto, o de cálculo, o de ambas cosas. Se subió a la camilla y se acostó boca abajo, con los brazos a los lados y la mejilla apoyada en el hueco de la cabecera. La sábana estaba fría. El aire olía a lavanda.

Esteban se acercó. Ana Lucía sintió su presencia antes de sentirlo: el calor de su cuerpo, el roce de sus pasos, el silencio con el que se movía. Él se quedó un momento de pie junto a la camilla, sin tocarla, como hacía siempre. Era una pausa que Ana Lucía había aprendido a esperar. Un segundo de respeto antes del contacto.

—¿Cómo está la espalda? —preguntó Esteban.

—Tensa.

—¿Y el cuello?

—También.

Esteban asintió. Ana Lucía no lo veía, pero sabía que estaba asintiendo. Conocía sus gestos, sus pausas, sus silencios. Conocía la forma en que él respiraba antes de empezar, la forma en que se untaba el aceite en las manos, la forma en que calentaba sus palmas antes de posarlas sobre la piel. Y Esteban, a su vez, conocía el cuerpo de Ana Lucía mejor que cualquier amante. Sabía dónde tenía los nudos, dónde le dolía, dónde necesitaba más presión. Sabía también —porque ella se lo había dicho una vez, en una de esas sesiones en las que el cansancio le aflojaba la lengua— que sus pies eran su punto débil. Que las plantas de sus pies eran un mapa de nervios expuestos. Que si alguien le pasaba un dedo por el arco, ella perdía el control.

Esteban nunca lo había hecho. Nunca había pasado de un masaje de pies rutinario, firme, profesional. Pero sabía. Y Ana Lucía sabía que él sabía.

—Bueno —dijo Esteban, y Ana Lucía sintió sus manos posarse sobre sus hombros, cálidas, aceitadas—. Empecemos.

Esteban empezó por los hombros. Siempre empezaba por los hombros. Sus manos, calientes y aceitadas, se posaron sobre la piel de Ana Lucía con una firmeza que no era brusca pero tampoco delicada. Era la presión exacta, la que ella necesitaba. Los pulgares se hundieron en el trapecio, buscando el nudo, y Ana Lucía soltó un suspiro que no era del todo de alivio.

—Estás dura —dijo Esteban, con esa voz baja que usaba durante las sesiones—. Como una piedra. ¿Qué te pasa?

Ana Lucía cerró los ojos. La mejilla contra la sábana, los brazos a los lados, el cuerpo entregado. Hablar era fácil cuando no tenía que mirar a nadie a la cara.

—Donantes nuevos —dijo—. Gente con dinero. Mucho dinero. Quieren resultados inmediatos. No entienden que los proyectos sociales toman tiempo.

Esteban deslizó las manos por la parte alta de la espalda, abriendo los músculos con los pulgares.

—¿Y tú les explicas?

—Les explico. Pero no escuchan. Quieren ver números. Quieren ver fotos. Quieren ver que su dinero está haciendo algo. —Ana Lucía hizo una pausa, y su voz se volvió más seca—. Ayer tuve una reunión con un empresario que donó ochenta mil dólares y quería que le mandara un informe con fotos de los niños beneficiados en menos de una semana. Como si los niños fueran productos. Como si la caridad fuera una transacción.

Esteban no dijo nada. Sus manos siguieron trabajando, bajando por la columna, abriendo los músculos con una paciencia que Ana Lucía no encontraba en ningún otro lugar. Él sabía cuándo callar. Era una de las cosas que ella apreciaba de él.

—Y no es solo eso —continuó Ana Lucía, y su voz se volvió más baja, casi un murmullo—. Son las expectativas. La gente cree que porque donan pueden decidir sobre todo. Que pueden llamar a las tres de la mañana y preguntar por el paradero de su dinero. Que pueden exigir. Que pueden…

Se detuvo. Esteban había llegado a la zona lumbar, y sus pulgares se hundieron en un punto que le arrancó un jadeo.

—Ahí —dijo Ana Lucía—. Ahí duele.

Esteban aflojó la presión.

—¿Aquí?

—Sí. Un poco más arriba.

Él obedeció. Sus manos se movieron con precisión, buscando el nudo, encontrándolo, trabajándolo con una paciencia que parecía infinita. Ana Lucía cerró los ojos de nuevo. Por un momento, el mundo se redujo a la sábana fría, al olor a lavanda, a las manos de Esteban sobre su espalda.

—A veces pienso que no vale la pena —dijo, y la frase le salió antes de que pudiera detenerla.

Esteban no preguntó qué quería decir. Siguió masajeando.

—¿El qué no vale la pena?

—Todo esto. La fundación. Los donantes. Las reuniones. Las sonrisas. —Ana Lucía abrió los ojos y miró la pared blanca frente a ella—. A veces siento que estoy vendiendo algo que no tengo. Que estoy prometiendo cosas que no puedo cumplir.

—Pero las cumples —dijo Esteban, con una simplicidad que a Ana Lucía le pareció casi cruel—. Los niños reciben sus útiles. Los comedores funcionan. La gente te agradece.

Ana Lucía no respondió. Las manos de Esteban siguieron trabajando, bajando por la espalda, abriendo los músculos uno por uno. Ella se quedó callada, con la cara contra la sábana, y por un momento pensó en los noventa y ocho millones. En los dos que faltaban. En el donante de esa noche. En la sonrisa que tendría que ponerle.

—A veces —dijo Esteban, y su voz era suave, casi tímida—, cuando te quedas dormida en la camilla, hablas.

Ana Lucía abrió los ojos.

—¿Qué?

—Hablas. No mucho. Pero hablas. —Esteban siguió masajeando, como si no hubiera dicho nada importante—. La última vez dijiste algo de un script. Y de Caimán. No sé qué será. Pero hablas.

El silencio que siguió fue tan denso que Ana Lucía pudo oír el difusor, el viento en el limonero, el latido de su propio corazón.

—No recuerdo nada de eso —dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.

—No importa —dijo Esteban—. Yo tampoco entiendo.

Sus manos siguieron trabajando. Ana Lucía cerró los ojos de nuevo, pero esta vez no era por placer. Esta vez era para que Esteban no viera lo que había en ellos.

Esteban siguió trabajando la espalda baja, esa zona donde los músculos se le agarrotaban a Ana Lucía después de días enteros sentada frente al computador. Sus manos se movían con una seguridad que solo dan los años de práctica, y Ana Lucía, con la mejilla contra la sábana, empezaba a sentir que el cuerpo se le aflojaba por fin.

—Abre los brazos —dijo Esteban—. A los lados de la camilla. Necesito trabajar los costados.

Ana Lucía obedeció sin pensar. Bajó los brazos, los extendió hacia los lados, y sus manos quedaron colgando apenas un poco por fuera del borde de la camilla. Era una postura incómoda, pero no dolorosa, y Esteban le había pedido lo mismo cientos de veces. Confiaba en él. Confiaba en sus manos.

Esteban se movió hacia el costado derecho. Sus palmas se posaron sobre las costillas de Ana Lucía, justo debajo de la axila, y empezó a masajear con fuerza, con esa presión firme que ella necesitaba para soltar la tensión acumulada. Ana Lucía cerró los ojos. El masaje era bueno. Profundo. Necesario.

Y entonces, sin aviso, los dedos de Esteban se deslizaron hacia arriba.

Fue un roce breve, casi imperceptible. La yema de un dedo contra la piel fina de la axila, justo en el centro, donde los nervios están más expuestos. Ana Lucía sintió la cosquilla como una descarga eléctrica, y antes de que pudiera pensarlo, su brazo se dobló y se pegó al cuerpo.

—Perdón —dijo Esteban, y su voz sonó sincera—. Fue sin querer.

Ana Lucía se quedó un momento con el brazo doblado, el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. No era nada. Un roce. Un accidente. Esteban no lo había hecho a propósito. Pero la sensación seguía ahí, un cosquilleo fantasma en la axila, y su cuerpo, que había aprendido a desconfiar de las cosquillas, se había defendido solo.

—No pasa nada —dijo, y su voz sonó más tensa de lo que quería.

—Abre el brazo otra vez, por favor. Necesito terminar los costados.

Ana Lucía dudó un segundo. Solo un segundo. Luego estiró el brazo de nuevo, despacio, y lo dejó colgando fuera de la camilla. Esteban volvió a posar las manos sobre sus costillas. Esta vez, sus dedos se mantuvieron lejos de la axila. O eso parecía.

El masaje continuó. Las palmas de Esteban se movieron por el costado, presionando, abriendo los músculos. Ana Lucía intentó relajarse de nuevo. Cerró los ojos. Respiró hondo. El olor a lavanda, el silencio del estudio, la sábana fría contra su piel.

Y entonces, otra vez. Un dedo que se deslizó hacia arriba, rozando el borde de la axila, tan rápido que Ana Lucía no pudo estar segura de si había sido real o no. Su brazo se dobló de nuevo, y esta vez soltó una risa corta, nerviosa, que no pudo controlar.

—Ay, perdón, perdón —dijo Esteban, y se apartó un poco—. Se me fue la mano. En serio, lo siento.

Ana Lucía se quedó con el brazo doblado, la respiración un poco agitada, la cara contra la sábana. Por un momento, una sospecha le cruzó la mente: Esteban sabía que era cosquilluda. Se lo había dicho ella misma, en una de esas sesiones en las que el cansancio le aflojaba la lengua. ¿Lo estaba haciendo a propósito? ¿Era una prueba? ¿Un juego?

Pero la voz de Esteban sonaba genuinamente apenada. Y sus manos, cuando volvieron a posarse sobre las costillas de Ana Lucía, fueron cuidadosas, manteniéndose lejos de la axila, trabajando solo la zona baja del costado.

—Abre el brazo otra vez —dijo Esteban, y su voz era suave, casi una súplica—. Te prometo que esta vez no pasa nada. Me quedo más abajo.

Ana Lucía respiró hondo. Lo pensó un segundo. Luego, despacio, estiró el brazo de nuevo.

—Está bien —dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.

Esteban volvió a masajear. Esta vez, sus dedos se quedaron donde debían. Ana Lucía cerró los ojos. El corazón le latía un poco más rápido, y no sabía si era por el roce de las axilas o por la sospecha que no se le iba de la cabeza.

Esteban terminó con los costados y se movió hacia la parte baja de la camilla. Sus manos se posaron sobre las caderas de Ana Lucía, justo en el borde del hueso, y empezó a presionar con los pulgares en círculos lentos, buscando los músculos que se esconden entre la cadera y la cintura.

Ana Lucía sintió la presión y, antes de que pudiera pensarlo, una risa se le escapó. Corta. Ahogada. Casi un hipo.

—¿Todo bien? —preguntó Esteban, sin detenerse.

—Sí —dijo Ana Lucía, y su voz sonó tensa—. Es que… ahí siento cosquillas.

Esteban no se detuvo. Sus pulgares siguieron presionando, circulares, firmes, en la zona donde la cintura se une con la cadera.

—Tienes que controlarte —dijo, y su voz era neutra, profesional—. Esta zona es importante. Aquí es donde se acumula la tensión de estar sentada todo el día. Si no la trabajo, la espalda no se va a soltar.

Ana Lucía apretó los dientes. La presión era buena, profunda, necesaria. Pero cada vez que los pulgares de Esteban se movían sobre esa zona, una cosquilla le subía por el costado y le hacía contraer los músculos del abdomen. Era una sensación absurda, infantil, que no tenía nada que ver con el dolor ni con el placer. Era solo cosquillas. Malditas cosquillas.

—Lo sé —dijo, y su voz era fría, calculadora, la voz de la directora que no se deja vencer por nada—. Pero siento cosquillas. No puedo evitarlo.

Esteban siguió presionando. Sus dedos se movían con precisión, buscando el nudo, encontrándolo, trabajándolo.

—Respira —dijo—. Si respiras profundo, se pasa.

Ana Lucía respiró. Hondo. Por la nariz. Y por un momento, la cosquilla se calmó. Pero entonces Esteban cambió el ángulo de sus pulgares, y la sensación volvió, más intensa, y Ana Lucía soltó otra risa, más larga esta vez, que la obligó a doblar las piernas.

—Lo siento —dijo, y su voz sonaba casi avergonzada—. En serio. No sé por qué me pasa esto.

—No tienes que disculparte —dijo Esteban, y sus manos siguieron trabajando—. Es normal. Hay zonas del cuerpo que son más sensibles. Pero necesito hacer presión aquí. Si no, no sirve de nada.

Ana Lucía asintió. Cerró los ojos. Apretó los puños. Y se quedó quieta, con las piernas dobladas y la cara contra la sábana, mientras Esteban seguía presionando, circular, firme, implacable, y las cosquillas seguían subiendo por su costado como pequeñas descargas eléctricas que no podía controlar.

—Voy a bajar un poco la presión —dijo Esteban—. Pero necesito que aguantes.

—Aguanto —dijo Ana Lucía, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.

Esteban siguió. Y Ana Lucía aguantó. Con los dientes apretados y los ojos cerrados y las manos agarradas al borde de la camilla, aguantó. Porque era lo que tenía que hacer. Porque no iba a dejar que unas cosquillas la vencieran. Porque era Ana Lucía Pineda, y nada la vencía.

Pero cuando Esteban terminó con las caderas y pasó a las piernas, ella sintió un alivio que no pudo disimular.

Esteban terminó con las caderas y se enderezó. Ana Lucía lo escuchó moverse hacia la repisa, abrir un cajón, sacar algo. Luego volvió a su lado.

—Voy a usar la pistola de masajes —dijo Esteban—. La nueva. Para las piernas y los glúteos. Es más profunda que las manos.

Ana Lucía, con la mejilla contra la sábana, asintió.

—Está bien.

—Puede ser un poco intensa al principio. Si te molesta, me dices.

—No me va a molestar.

Esteban encendió la pistola. El zumbido llenó el estudio, un sonido bajo y constante, como un enjambre de abejas. Ana Lucía sintió la vibración antes de sentir el contacto: el aire parecía vibrar con el aparato. Luego, la cabeza de la pistola se posó sobre su glúteo derecho.

Fue instantáneo. La vibración le recorrió la piel, los músculos, los nervios, y Ana Lucía soltó una carcajada que no pudo controlar. No fue una risa corta. Fue una carcajada completa, de esas que doblan el cuerpo y sacan lágrimas.

—¡Ay! —dijo, y su voz sonaba casi divertida—. ¡Eso hace muchísimas cosquillas!

Esteban no detuvo la pistola. La movió lentamente sobre el glúteo, circular, constante.

—Tienes que controlarte —dijo, con esa voz neutra de siempre—. Esta zona es importante. Aquí se acumula la tensión de estar sentada.

—Lo sé, lo sé —dijo Ana Lucía, y su voz temblaba—. Pero es que… ¡es que no puedo!

La pistola bajó hacia el muslo. Ana Lucía se retorció en la camilla, agarrándose al borde con las dos manos, y otra carcajada se le escapó, más larga que la anterior.

—¡Esteban, por favor! —dijo, y su voz sonaba entre risa y súplica—. ¡Es demasiado!

—Es la vibración —dijo Esteban, sin detenerse—. Es normal. Pero necesito hacer esto. Si no, no sirve de nada.

Ana Lucía apretó los dientes. Intentó respirar. Intentó pensar en otra cosa. En los noventa y ocho millones. En el donante de esa noche. En cualquier cosa que no fuera la pistola que vibraba sobre su muslo y le mandaba descargas de cosquillas por todo el cuerpo.

—¿Por qué estás tan sensible? —preguntó Esteban, y su voz era casi curiosa.

Ana Lucía se rio de nuevo, una risa floja, entrecortada.

—No sé —dijo—. Quizás el estrés. La semana. No sé.

Esteban no respondió. Movió la pistola hacia el otro glúteo, y Ana Lucía soltó otra carcajada, más corta esta vez, y se dobló sobre la camilla.

—¡Ay, Dios! —dijo, y su voz sonaba casi avergonzada—. ¡Es que no puedo, Esteban! ¡Es demasiado!

—Aguanta —dijo Esteban, y su voz era firme—. Falta poco.

Ana Lucía aguantó. Con los ojos cerrados, los dientes apretados y las manos agarradas al borde de la camilla, aguantó. La pistola seguía vibrando, subiendo y bajando por sus muslos, y cada vez que Esteban cambiaba de ángulo, una nueva ola de cosquillas le subía por la espalda y le arrancaba una risa que no podía controlar.

Esteban siguió con la pistola. La movió del glúteo al muslo, despacio, con esa presión constante que vibraba en la piel y en los nervios y en todo. Ana Lucía se agarró al borde de la camilla y soltó una carcajada.

—¡Ay! ¡Ay, no! —dijo, y su voz sonaba entre risa y jadeo—. ¡Esteban, por favor!

Esteban no se detuvo. La pistola bajó por el muslo, circular, firme, y Ana Lucía movió las piernas, las dobló, las estiró, intentando escapar de la vibración.

—¡Es que no puedo quedarme quieta! —dijo, y se rio de nuevo, una risa floja, entrecortada—. ¡Es que me muero!

—Aguanta —dijo Esteban, y su voz era neutra, profesional—. Falta la pantorrilla.

La pistola bajó. Ana Lucía sintió la vibración en la parte de atrás de la rodilla y pegó un respingo que casi la saca de la camilla.

—¡No, no, no! —dijo, y su voz era casi un chillido—. ¡Ahí no, por favor! ¡Ahí es peor!

Esteban siguió. La pistola recorrió la pantorrilla, subiendo y bajando, y Ana Lucía se rio tan fuerte que se le escaparon las lágrimas.

—¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! —dijo, y su voz sonaba rota, entre risa y súplica—. ¡Esteban, te lo ruego! ¡Para un segundo! ¡Solo un segundo!

Esteban detuvo la pistola. Ana Lucía se quedó jadeando, con la cara contra la sábana, las piernas dobladas, el cuerpo entero temblando de la risa.

—¿Mejor? —preguntó Esteban.

—No —dijo Ana Lucía, y se rio de nuevo, una risa floja, agotada—. Sí. No sé. Es que… es que es demasiado.

—Falta el gemelo —dijo Esteban—. Y luego terminamos con las piernas.

—El gemelo no —dijo Ana Lucía, y su voz sonaba casi desesperada—. El gemelo es lo peor. En serio. Ahí no puedo.

—Tengo que hacerlo —dijo Esteban—. Si no, la tensión vuelve.

Ana Lucía cerró los ojos. Respiró hondo. Se agarró al borde de la camilla con las dos manos.

—Está bien —dijo, y su voz sonaba derrotada—. Hazlo. Pero rápido.

Esteban bajó la pistola al gemelo. La vibración le recorrió la pierna, y Ana Lucía soltó una carcajada que le salió del pecho, larga y descontrolada.

—¡AY! ¡AY, NO! ¡NO PUEDO! ¡NO PUEDO! —gritó, y sus piernas se movieron solas, pataleando en el aire, y ella se rio y se rio y se rio, con las lágrimas corriéndole por la cara y el cuerpo entero sacudiéndose—. ¡ESTEBAN, POR FAVOR! ¡POR FAVOR, PARA! ¡ME VOY A MORIR DE RISA! ¡EN SERIO! ¡PARA!

Esteban detuvo la pistola. El zumbido se apagó y el estudio quedó en un silencio repentino, solo roto por la respiración de Ana Lucía. Jadeaba. Tenía la cara contra la sábana, el pelo pegado a las mejillas, las piernas aún dobladas y temblando un poco.

—Ay, Dios —dijo, y su voz sonaba ronca, agotada—. Fueron muchas cosquillas. Demasiadas.

Esteban dejó la pistola en la repisa. No dijo nada. Ana Lucía se quedó un momento así, boca abajo, sintiendo el cosquilleo fantasma en los muslos y en los gemelos, la piel aún vibrante.

—No sé qué me pasa hoy —dijo, y se rio, una risa floja, sin ganas—. Nunca había sido tan… tan sensible.

Esteban volvió a su lado. Ana Lucía sintió su presencia, el calor de su cuerpo, el silencio con el que se movía.

—Estás demasiado sensible —dijo Esteban, y su voz era neutra, casi clínica—. No es normal. Ni siquiera para ti.

Ana Lucía cerró los ojos. Respiró hondo. El olor a lavanda, el sudor en la sábana, el cansancio en los huesos.

—Ya sé —dijo—. Será el estrés. La semana. No sé.

Esteban no respondió. Se quedó un momento de pie junto a la camilla, y Ana Lucía sintió su mirada en la espalda, en las piernas, en los pies descalzos que colgaban del borde.

—Todavía faltan los pies —dijo Esteban, y su voz era suave, casi una pregunta.

Ana Lucía abrió los ojos.

Esteban tomó el frasco de aceite de la repisa. Lo abrió y vertió un chorro generoso en la palma de su mano. El líquido cayó espeso, dorado, y el olor a almendras se mezcló con el de la lavanda. Luego se acercó a los pies de Ana Lucía.

Ella los sintió antes de verlos. Esteban le untó el aceite en la planta del pie derecho, y el contacto de sus dedos, resbaladizos y cálidos, le recorrió la piel de arriba abajo. No fue un roce rápido. Fue lento. Deliberado. Del talón a los dedos, cubriendo cada centímetro, asegurándose de que no quedara un solo punto seco.

Ana Lucía contuvo la respiración. Los pies. Siempre los pies. El punto débil que ni siquiera Esteban, que conocía su cuerpo mejor que nadie, se atrevía a tocar sin cuidado.

Esteban repitió la operación con el pie izquierdo. Más aceite. Más lentitud. Sus dedos se deslizaron entre los dedos de los pies de Ana Lucía, uno por uno, y ella sintió un escalofrío que no era de frío.

Luego, Esteban se untó aceite en las manos. Se frotó las palmas, una contra otra, y el sonido húmedo llenó el estudio. Ana Lucía lo miró de reojo, con la mejilla contra la sábana, y vio sus manos brillantes bajo la luz tenue.

Esteban posó las manos sobre la planta del pie derecho de Ana Lucía. Y presionó.

Fue fuerte. Más fuerte de lo que ella esperaba. Los pulgares de Esteban se hundieron en el arco del pie, buscando el músculo, encontrándolo, y Ana Lucía sintió un jadeo que se le escapó antes de que pudiera detenerlo. No era dolor. Era presión. Presión profunda, intensa, que le recorrió la pierna y le hizo apretar los dientes.

Esteban no dijo nada. Siguió presionando, moviendo los pulgares en círculos lentos, trabajando el arco del pie con una paciencia que parecía infinita. Ana Lucía jadeó de nuevo. Se agarró al borde de la camilla. Cerró los ojos.

El silencio era total. Solo el sonido del aceite, el roce de las manos de Esteban contra su piel, y su propia respiración, entrecortada, agitada. Ana Lucía quería decir algo —que parara, que siguiera, que tuviera cuidado—, pero no podía. Las palabras se le quedaban atascadas en la garganta. Y Esteban seguía ahí, con las manos firmes, presionando, trabajando, sin decir una palabra.

Esteban terminó con el arco del pie derecho y pasó a los dedos. Deslizó su mano hacia la parte delantera del pie, buscando el apoyo, y cerró los dedos alrededor de los dedos de Ana Lucía para masajearlos uno por uno.

La reacción fue inmediata.

—¡JAJAJAJAJA! —La carcajada de Ana Lucía rompió el silencio del estudio como un latigazo. Fue una risa alta, descontrolada, que le salió del pecho sin permiso—. ¡Ay! ¡Ay, Dios!

Esteban soltó los dedos y se apartó un poco.

—¿Qué pasó?

Ana Lucía se quedó jadeando, con la cara contra la sábana, los pies aún temblando.

—Es que… —empezó, y se rio de nuevo, una risa floja, entrecortada—. Es que sentí muchas cosquillas. En los dedos. Muchísimas.

Esteban la miró. Luego bajó la vista hacia los pies de Ana Lucía. Los dedos estaban apretados, encogidos, las plantas arrugadas en una tensión involuntaria.

—Afloja los dedos —dijo Esteban, y su voz era neutra, profesional—. Necesito masajearlos. Si los tienes apretados, no puedo.

Ana Lucía intentó obedecer. Respiró hondo. Intentó relajar los pies. Pero en cuanto sus dedos empezaron a estirarse, el recuerdo de la sensación volvió, y se rio otra vez, y los dedos se le apretaron de nuevo.

—No puedo —dijo, y su voz sonaba entre risa y disculpa—. Es que me dan demasiadas cosquillas. En serio. Demasiadas.

—Tienes que intentarlo —dijo Esteban—. Solo un momento. Afloja los dedos y aguanta.

Ana Lucía cerró los ojos. Apretó los puños contra la sábana. Y despacio, muy despacio, estiró los dedos de los pies. Esteban esperó un segundo. Luego volvió a posar la mano sobre ellos.

—¡JAJAJAJA! —Otra carcajada, más corta esta vez, y los dedos se le volvieron a apretar—. ¡No puedo! ¡Es que no puedo! ¡Me dan demasiadas cosquillas!

Esteban retiró la mano. Se quedó un momento en silencio, mirando los pies de Ana Lucía, que temblaban sobre la sábana.

—Respira —dijo—. Vamos a intentarlo otra vez. Pero esta vez, no pienses en las cosquillas. Piensa en otra cosa.

Ana Lucía se rio, una risa agotada, casi sin ganas.

—¿En qué quieres que piense? —dijo—. ¿En los donantes? ¿En el evento de esta noche? ¿En los noventa y ocho millones?

Se detuvo de golpe. Abrió los ojos. Se dio cuenta de lo que había dicho.

Esteban no dijo nada. Se quedó un momento en silencio, con la mano aún cerca de los pies de Ana Lucía. Luego, muy despacio, volvió a posarla sobre sus dedos.

—Piensa en lo que quieras —dijo, y su voz era suave, casi amable—. Pero afloja los dedos.

Esteban volvió a posar las manos sobre los dedos de Ana Lucía. Esta vez no esperó. Empezó a masajear de inmediato, con los pulgares, uno por uno, desde el dedo gordo hasta el meñique.

—¡JAJAJAJAJA! —Ana Lucía se rio con ganas, con la cara contra la sábana, los puños apretados—. ¡JAJAJAJA! ¡Ay, Dios! ¡JAJAJAJA!

Esteban no dijo nada. Siguió con el dedo gordo, presionando, circulando, trabajando la base y la punta con una paciencia que parecía infinita. Ana Lucía se retorció, pataleó con el otro pie, y se rio, se rio, se rio.

—¡JAJAJAJAJA! ¡No puedo! ¡JAJAJAJA! ¡En serio, no puedo! —jadeó, y la risa le salía a borbotones, incontrolable, mientras Esteban pasaba al segundo dedo—. ¡JAJAJAJAJA! ¡Esteban! ¡JAJAJAJA!

Esteban siguió. Tercer dedo. Cuarto. La risa de Ana Lucía ya no era una risa de protesta. Era una risa mecánica, agotada, que le salía del pecho sin que ella pudiera hacer nada por detenerla. Las lágrimas le corrían por la cara, empapando la sábana, y su cuerpo entero temblaba sobre la camilla.

—¡JAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —Ana Lucía intentó hablar, pero las palabras se le perdían entre carcajadas—. ¡JAJA… no… JAJAJAJA… puedo… JAJAJAJA!

Esteban terminó con el pie derecho y pasó al izquierdo. Ana Lucía lo sintió moverse, sintió el cambio de mano, y supo lo que venía. Intentó prepararse. Respiró hondo. Apretó los dientes. Pero en cuanto los dedos de Esteban tocaron los dedos de su pie izquierdo, la risa volvió, más fuerte aún.

—¡JAJAJAJAJAJA! —El sonido llenó el estudio, rebotó en las paredes, se mezcló con el olor a lavanda y aceite—. ¡JAJAJAJA! ¡NO! ¡JAJAJAJA! ¡POR FAVOR! ¡JAJAJAJA!

Esteban no se detuvo. Siguió con el dedo gordo, el segundo, el tercero. Ana Lucía ya no tenía fuerzas para patalear. Se quedó ahí, boca abajo, con la cara contra la sábana, riendo y llorando al mismo tiempo, mientras las manos de Esteban seguían trabajando, implacables, y su risa se convertía en un sonido ronco, casi animal.

Esteban se quedó un momento mirando los pies de Ana Lucía. Las plantas arrugadas, los dedos aún apretados, el temblor que le recorría las piernas. Luego, sin decir nada, deslizó los dedos de su mano derecha por la planta del pie izquierdo.

Fue lento. Del talón al arco. Un solo movimiento, suave, continuo.

Ana Lucía estalló.

—¡JAJAJAJAJAJA! —La carcajada le salió del cuerpo entero, no solo de la garganta. Fue un estallido, un grito de risa que le dobló la espalda y le hizo levantar la cabeza de la sábana—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO! ¡NO! ¡JAJAJAJAJA!

Movió los pies. Los agitó en el aire, intentando quitarlos, intentando escapar de la mano de Esteban, pero él los siguió con una calma que parecía calculada. Sus dedos se deslizaron por el arco, por el centro de la planta, por ese punto exacto donde los nervios están más expuestos.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡ESTEBAN! ¡JAJAJAJA! ¡POR FAVOR! —Ana Lucía se retorcía en la camilla, agarrándose al borde con las dos manos, las piernas pataleando en el aire—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO! ¡NO PUEDO! ¡JAJAJAJA!

—Aguanta —dijo Esteban, y su voz era neutra, tranquila, como si estuviera pidiendo algo trivial.

—¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO AGUANTAR! ¡JAJAJAJAJA! —Ana Lucía movió los pies con más fuerza, intentando zafarse, pero Esteban los tenía firmes, y sus dedos seguían deslizándose, arriba y abajo, por las plantas vulnerables—. ¡JAJAJAJAJA! ¡ESTEBAN, POR FAVOR! ¡JAJAJAJA! ¡ME VOY A MORIR! ¡JAJAJAJAJA!

Esteban no se detuvo. Deslizó los dedos por la planta del pie derecho, y Ana Lucía volvió a estallar, más fuerte aún, con una risa que ya sonaba ronca, desesperada, casi un aullido.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO! ¡NO! ¡JAJAJAJA! —Sus piernas temblaban, sus pies se agitaban, y ella se reía y se reía, sin poder parar, sin poder respirar, sin poder hacer nada más que reír—. ¡JAJAJAJAJA! ¡AGUANTO! ¡AGUANTO! ¡JAJAJAJA! ¡PERO PARA! ¡JAJAJAJAJA!

Esteban siguió un momento más. Luego, muy despacio, retiró los dedos. Ana Lucía se desplomó sobre la camilla, jadeando, con el cuerpo entero sacudiéndose aún por los espasmos de la risa.

Ana Lucía se quedó sobre la camilla, boca abajo, con la mejilla contra la sábana empapada. Jadeaba. El cuerpo entero le temblaba aún, los espasmos de la risa iban y venían como olas pequeñas, y por un momento creyó que todo había terminado. Esteban había retirado las manos. El estudio estaba en silencio. Solo su respiración, agitada, y el zumbido lejano del difusor.

—Ya está —dijo, y su voz sonaba ronca, agotada—. Por favor. Ya está.

No hubo respuesta.

Ana Lucía cerró los ojos. Sintió el cansancio en los huesos, en los músculos, en la garganta. Pensó en el evento de esa noche, en el donante, en la sonrisa que tendría que poner. Pensó en el baño, en la ducha, en el agua caliente cayéndole por la espalda. Pensó en cualquier cosa que no fuera la camilla y las manos de Esteban.

Y entonces sintió el peso.

Esteban se inclinó sobre ella. Ana Lucía lo sintió antes de verlo: el calor de su cuerpo, el roce de su camiseta contra su espalda, el movimiento del aire. Y luego, sus manos.

Esta vez no fue un dedo. Fueron las dos manos. Las dos palmas abiertas sobre las plantas de sus pies, y luego los dedos, todos los dedos, moviéndose al mismo tiempo, arriba y abajo, en círculos, en líneas, sin pausa, sin orden, sin piedad.

—¡JAJAJAJAJAJA! —La carcajada le salió del pecho como un latigazo, y Ana Lucía se retorció en la camilla, arqueando la espalda, pegando los pies al colchón—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO! ¡NO! ¡JAJAJAJAJA!

Esteban no se detuvo. Sus dedos se movieron más rápido, más precisos, buscando cada punto, cada arco, cada rincón de la planta de los pies de Ana Lucía.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡ESTEBAN! ¡JAJAJAJA! ¡POR FAVOR! ¡JAJAJAJAJA! —Ana Lucía intentó moverse, intentó girar, intentó escapar, pero estaba boca abajo, atrapada entre la camilla y el peso de Esteban, y sus pies no obedecían—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO! ¡NO PUEDO! ¡JAJAJAJAJA!

Los dedos de Esteban se deslizaron por el arco del pie derecho, luego por el izquierdo, luego de vuelta al derecho, sin descanso, sin compasión.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡ME ESTOY VOLVIENDO LOCA! ¡JAJAJAJAJA! —Ana Lucía se rio y se rio, con las lágrimas corriéndole por la cara, empapando la sábana, y su voz ya no era su voz, era un sonido roto, desesperado—. ¡JAJAJAJAJA! ¡PARA! ¡PARA! ¡JAJAJAJAJA!

Esteban no paró. Siguió inclinado sobre ella, con las manos firmes, los dedos incansables, y Ana Lucía, boca abajo en la camilla de masajes, no tuvo más remedio que reír.

Esteban no se detuvo. Sus dedos siguieron moviéndose sobre las plantas de los pies de Ana Lucía con una precisión que ya no tenía nada de accidental. Recorría los arcos, los talones, la base de los dedos, y volvía a empezar. Arriba y abajo. En círculos. En líneas rectas. Sin descanso.

Ana Lucía ya no suplicaba. Había pasado ese punto. Ahora solo reía. Carcajadas largas, rotas, que le salían del pecho y le sacudían el cuerpo entero, boca abajo sobre la camilla, con la cara contra la sábana empapada. Sus pies se movían solos, agitándose en el aire, con las plantas arrugadas y los dedos apretados en una tensión que no la dejaba escapar.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJA! —La risa llenaba el estudio, rebotaba en las paredes, se mezclaba con el olor a lavanda y aceite—. ¡JAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA!

Esteban la miraba. Ana Lucía no lo veía, pero lo sentía: la forma en que su respiración se había vuelto más lenta, más profunda, la forma en que sus manos se demoraban en cada movimiento. No había prisa. No había compasión. Solo una dedicación silenciosa, casi amorosa, a lo que estaba haciendo.

Sus dedos se deslizaron por el arco del pie derecho, y Ana Lucía se retorció, arqueó la espalda, y se rio más fuerte.

—¡JAJAJAJAJAJA! —Las lágrimas le corrían por la cara y caían sobre la sábana—. ¡JAJAJAJA! ¡JAJAJAJAJA!

Esteban siguió. Pasó al pie izquierdo. Sus dedos se movieron por la planta con la misma calma, la misma precisión, y Ana Lucía volvió a estallar, con una risa que ya sonaba ronca, casi animal.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —Sus pies se agitaron con más fuerza, intentando zafarse, pero Esteban los tenía firmes, y sus dedos seguían ahí, incansables—. ¡JAJAJAJAJA!

Esteban inclinó la cabeza. Ana Lucía sintió el movimiento, el cambio de postura, y por un momento creyó que iba a parar. Pero no paró. Solo cambió el ángulo. Sus dedos se deslizaron por la planta del pie derecho, desde el talón hasta los dedos, en un solo movimiento largo y continuo, y Ana Lucía se rio tan fuerte que el sonido se le quebró en la garganta.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —Su cuerpo entero temblaba, sacudido por la risa, y sus pies se movían sin control, con las plantas arrugadas, los dedos apretados, la piel roja por el aceite y el roce—. ¡JAJAJAJAJA!

Esteban siguió. Y Ana Lucía siguió riendo. Boca abajo, atrapada, sin poder hacer nada más que reír.

—Estás demasiado cosquilluda —dijo Esteban, y su voz era tranquila, casi pensativa, como si estuviera comentando el clima—. Nunca te había visto así.

Ana Lucía no pudo responder. La risa le llenaba la boca, la garganta, el pecho, y no le dejaba espacio para las palabras. Solo carcajadas, largas y rotas, que le sacudían el cuerpo boca abajo sobre la camilla.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —Sus pies se agitaban en el aire, con las plantas arrugadas y los dedos apretados, y Esteban seguía ahí, con las manos firmes, los dedos incansables—. ¡JAJAJAJAJA!

—Es raro —continuó Esteban, y sus dedos se deslizaron por el arco del pie derecho, lento, deliberado—. Normalmente aguantas más. Pero hoy estás sensible. Muy sensible.

Ana Lucía quiso decir algo. Quiso gritar que parara, que se detuviera, que la dejara respirar. Pero la risa no la dejaba. Le salía a borbotones, incontrolable, y sus pies se movían solos, intentando escapar de las manos de Esteban.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —Las lágrimas le corrían por la cara y empapaban la sábana—. ¡JAJAJAJA!

Esteban siguió. Sus dedos se movieron por la planta del pie izquierdo, buscando los mismos puntos, los mismos arcos, y Ana Lucía se rio más fuerte aún.

—No te detengas —dijo Esteban, y su voz era suave, casi para sí mismo—. Aguanta un poco más. Falta poco.

Ana Lucía no sabía si era verdad o no. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, boca abajo, con las manos de Esteban sobre sus pies. No sabía nada. Solo sabía reír.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —Su cuerpo entero temblaba, sacudido por la risa, y sus pies se movían sin control, con las plantas arrugadas, los dedos apretados, la piel roja por el aceite y el roce—. ¡JAJAJAJAJA!

Esteban siguió. Y Ana Lucía siguió riendo. Sin poder hablar. Sin poder suplicar. Sin poder hacer nada más que reír.

Esteban conocía los pies de Ana Lucía mejor que cualquier otra parte de su cuerpo. Mejor que su espalda, mejor que sus hombros, mejor que su cuello. Había pasado horas, meses, sesiones enteras memorizando cada curva, cada arco, cada punto donde la piel se tensaba y los dedos se apretaban. Sabía que el arco del pie derecho era más sensible que el izquierdo. Sabía que la base de los dedos, justo donde se unen con la planta, era el lugar donde ella perdía el control por completo. Sabía que si movía los dedos en círculos lentos, ella aguantaba unos segundos; si los movía en líneas rápidas, se reía de inmediato.

No era casualidad. No era accidente. Era un estudio.

Ana Lucía era su lienzo. La primera vez que la había masajeado, dos años atrás, había notado algo: sus pies reaccionaban de una manera que no había visto en ningún otro cliente. Eran hipersensibles, casi absurdamente receptivos. Al principio lo había atribuido al estrés, a la tensión, a la piel fina. Pero con el tiempo, con las sesiones, con la confianza, se había dado cuenta de que era algo más. Era una vulnerabilidad pura, genuina, que ella no podía controlar. Y Esteban, que había descubierto su fetiche en la adolescencia y lo había mantenido en silencio durante años, había encontrado en Ana Lucía la oportunidad perfecta.

Ella era su obsesión. No en el sentido romántico, no en el sentido sexual que la gente común entendería. Era algo más profundo, más oscuro. Era la forma en que sus pies se arrugaban, la forma en que sus dedos se apretaban, la forma en que su risa se rompía en la garganta cuando él encontraba el punto exacto. Era la forma en que ella, la mujer que controlaba millones, que movía donantes como piezas de ajedrez, que sonreía en las fotos con la primera dama, se convertía en un manojo de nervios y carcajadas bajo sus manos.

Esteban siguió. Sus dedos se deslizaron por el arco del pie derecho, lento, preciso, y Ana Lucía estalló en carcajadas.

—¡JAJAJAJAJAJA! —La risa le llenó la boca, la garganta, el pecho, y su cuerpo boca abajo se sacudió sobre la camilla—. ¡JAJAJAJAJA!

Esteban sonrió. No una sonrisa grande, no una sonrisa de villano de película. Una sonrisa pequeña, privada, que solo él conocía. Sus dedos siguieron moviéndose, y él siguió mirando, y Ana Lucía siguió riendo, sin saber que los pies que tanto la hacían sufrir eran, para el hombre que la masajeaba, la obra de arte más perfecta que había encontrado.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —Ana Lucía se retorció, pataleó, y se rio, se rio, se rio.

Esteban no se detuvo. Sus dedos conocían el camino. Y ella, sin saberlo, le pertenecía.

Esteban se detuvo. Sus manos se quedaron quietas sobre los tobillos de Ana Lucía, y el estudio se llenó de su respiración agitada, de su jadeo, del silencio que seguía a la risa.

—Ya fue suficiente —dijo Esteban, y su voz era suave, casi compasiva—. Lo dejamos aquí.

Ana Lucía se quedó boca abajo, con la mejilla contra la sábana, el cuerpo entero temblando. Jadeaba. El aire le entraba a bocanadas y le salía en jadeos cortos, y sus pies aún se movían un poco, con las plantas arrugadas y los dedos apretados.

—Estás demasiado cosquilluda —dijo Esteban, y esta vez había un tono jocoso en su voz, casi una sonrisa—. En serio. Nunca había visto algo así.

Ana Lucía tardó un momento en responder. Cuando lo hizo, su voz sonaba ronca, agotada, pero aún tenía ese filo de directora que no se rendía.

—No se vale —dijo, y jadeó—. No se vale eso que me hiciste. Fueron demasiadas cosquillas. Demasiadas.

—Es cierto —dijo Esteban, y se rio, una risa baja, suave—. Fueron muchas. Pero no pude evitarlo.

Ana Lucía se quedó un momento en silencio, jadeando, con los ojos cerrados. El cuerpo le dolía de la risa, los músculos del abdomen le ardían, y la garganta le raspaba. Pero por fin, por fin, parecía que todo había terminado.

Y entonces sintió los dedos de Esteban.

Fue una sola pasada. Suave, rápida, deslizándose por las dos plantas de los pies al mismo tiempo, del talón a los dedos, en un movimiento único y continuo.

Ana Lucía estalló.

—¡JAJAJAJAJAJA! —La carcajada le salió del pecho como un latigazo, y su cuerpo boca abajo se sacudió sobre la camilla, y sus pies se agitaron en el aire—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO! ¡JAJAJAJAJA!

Esteban retiró las manos de inmediato, pero ya era tarde. Ana Lucía se rio un momento más, una risa corta, entrecortada, que se fue apagando hasta convertirse en un jadeo. Se quedó ahí, boca abajo, temblando, con la cara contra la sábana y los pies aún vibrando sobre el colchón.

—Lo siento —dijo Esteban, y esta vez sonaba sincero—. No pude evitarlo.

Ana Lucía no respondió. Solo jadeó, y se rio un poco más, una risa floja, sin fuerzas, y se quedó quieta por fin.

Esteban le tendió la mano. Ana Lucía la tomó y se incorporó despacio, con el cuerpo entero dolorido, los músculos del abdomen aún temblando por la risa. Se sentó en el borde de la camilla, con las piernas colgando, y se pasó una mano por el pelo despeinado. Estaba desnuda, con la piel aún brillante de aceite, y no le importó. Esteban ya la había visto cientos de veces.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí —dijo Ana Lucía, y su voz sonaba ronca—. Solo… agotada.

Se levantó de la camilla, tambaleándose un poco, y caminó hacia la silla donde había dejado la bata. Se la puso con movimientos lentos, atándose el cinturón a la cintura, y luego se giró.

Y entonces lo vio.

Esteban estaba junto a la repisa, guardando el aceite, con la espalda medio vuelta. Pero no lo suficiente. Ana Lucía bajó la vista sin querer, y ahí estaba: la erección evidente bajo el pantalón de lino.

Se quedó un momento en silencio. No era pudor. Era cálculo. Ana Lucía había pasado toda su vida leyendo a los hombres, y sabía lo que significaba una erección. Pero Esteban era gay. Ella lo sabía. Se lo había dicho él mismo la primera vez que se conocieron, con esa naturalidad de los jóvenes que no tienen nada que esconder.

—Esteban —dijo, y su voz era neutra, curiosa—. ¿Por qué estás así?

Esteban se giró. No se sonrojó. No se cubrió. Solo la miró con esa calma que tenía siempre.

—¿Así cómo?

—Así. —Ana Lucía señaló con la cabeza, sin pudor—. Se te nota. ¿Te excité yo? ¿El hecho de verme desnuda?

Esteban negó con la cabeza. Dejó el frasco de aceite en la repisa y se giró del todo hacia ella.

—No —dijo—. Las mujeres no me interesan. Ya te lo dije.

—Entonces, ¿por qué?

Esteban se quedó un momento en silencio. Luego se encogió de hombros, con una naturalidad que a Ana Lucía le pareció casi desafiante.

—Por las cosquillas —dijo—. Me excita hacerte cosquillas.

Ana Lucía se quedó quieta. Lo miró un segundo, dos, procesando lo que acababa de oír.

—¿Te excitan las cosquillas?

—Sí. —Esteban lo dijo sin vergüenza, sin rodeos—. Sobre todo las tuyas. Hacerte cosquillas a ti me excita mucho. En los pies, sobre todo. Cuando te ríes así, cuando te retuerces, cuando no puedes controlarte… —Hizo una pausa, y sus ojos se encontraron con los de ella—. Me excita.

Ana Lucía abrió la boca. La cerró. Se pasó una mano por el pelo, despeinándolo aún más, y se quedó mirando a Esteban con una expresión que no era del todo sorpresa.

—Es la primera vez que alguien me dice eso —dijo, y su voz sonaba casi pensativa—. En treinta y nueve años. Nadie me había dicho nunca que le excitaban las cosquillas.

Esteban no respondió. Solo la miró, con esa calma que ahora tenía un significado distinto, y esperó.

Ana Lucía se giró y caminó hacia el baño. El suelo frío bajo sus pies descalzos, la bata de algodón flotando a su alrededor. Cerró la puerta, se miró en el espejo y se quedó un momento ahí, con las manos en el lavamanos, procesando lo que acababa de oír.

Me excita hacerte cosquillas.

No era la primera vez que un hombre le decía algo extraño. Había conocido a muchos en su vida, y todos tenían sus peculiaridades. Pero esto era distinto. Esto no era un hombre hetero diciéndole que le gustaban sus pies o su pelo. Era un hombre gay diciéndole que se excitaba con su risa, con sus retorcimientos, con su falta de control. Era raro. Era… interesante.

Se lavó la cara, se secó con una toalla, y se maquilló con movimientos rápidos y precisos. Base, corrector, rímel, rubor. El pelo, aún despeinado, se lo recogió en un moño bajo. Salió del baño con el traje gris perla impecable y los tacones bajos en la mano.

El estudio estaba organizado. Esteban había recogido las toallas, había limpiado la camilla, había apagado el difusor. Todo estaba en su sitio, como si nada hubiera pasado. Él estaba sentado en una silla junto a la ventana, con las manos en el regazo, mirando hacia la calle.

Ana Lucía se acercó. Se sentó frente a él, en la otra silla, y se puso los tacones sin prisa. Luego lo miró.

—Explícame —dijo, y su voz era neutra, curiosa, casi la de una entrevistadora—. No entiendo. Eres gay. Las mujeres no te interesan. ¿Cómo es que te excita hacerme cosquillas a mí?

Esteban la miró. No se sorprendió. Parecía haber estado esperando la pregunta.

—He tenido este fetiche desde siempre —dijo, y su voz era tranquila, casi clínica—. Desde niño. Las cosquillas me han excitado siempre. No sé por qué. No es algo que haya elegido. Es algo que está ahí.

Ana Lucía asintió. No lo interrumpió.

—Con los años he aprendido a manejarlo —continuó Esteban—. A esconderlo, a disimularlo. La gente no entiende estas cosas. Creen que es raro. Creen que es una perversión. Pero es solo… una parte de mí.

—¿Y conmigo? —preguntó Ana Lucía—. ¿Por qué conmigo es diferente?

Esteban se quedó un momento en silencio. Miró sus manos, luego a ella, y algo en su expresión cambió. Se volvió más honesto, más desnudo.

—Porque contigo las cosquillas son diferentes —dijo—. No sé explicarlo. Con otras personas, cuando les hago cosquillas, siento algo, pero no es lo mismo. Contigo es… más. Es como si tu risa, tu forma de retorcerte, tu forma de perder el control, me llegara de otra manera. —Hizo una pausa—. Quizás sean tus pies. Son muy sensibles. Muy receptivos. Cuando los toco, siento que estoy tocando algo que nadie más toca. Algo que solo yo conozco. —La miró a los ojos—. O quizás sea tu risa. La forma en que te ríes. La forma en que te retuerces. No sé. Pero es diferente. Eres la única mujer que me ha hecho sentir esto.

Ana Lucía lo miró un momento. Luego se recostó en la silla, cruzó las piernas y se quedó pensando.

—Es la primera vez que alguien me dice algo así —dijo, y su voz sonaba casi divertida—. En mi vida. Y he conocido a mucha gente.

Esteban sonrió. Una sonrisa pequeña, sin malicia.

—Lo sé. No es algo que se diga en una fiesta.

Ana Lucía se rio. Una risa corta, sincera, que le salió del pecho sin que pudiera controlarla.

—No. Supongo que no.

Se quedó un momento en silencio, mirando a Esteban con una expresión nueva, como si lo viera por primera vez.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó.

Esteban se encogió de hombros, casi con timidez.

—Solo espero que no dejes de venir a las sesiones por esto —dijo—. Me gustaría seguir siendo tu masajista.

Ana Lucía lo miró. Por un momento, la directora calculadora y la mujer agotada se fundieron en una sola expresión.

—Para nada —dijo, y su voz era firme—. Siempre serás mi masajista, Esteban. Eso no va a cambiar.

Él asintió. Pareció aliviado, o algo parecido.

Ana Lucía se recostó en la silla, cruzó las piernas y lo miró con esa curiosidad suya que no tenía nada que ver con el dinero.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—¿Qué te excita exactamente? ¿Mis pies? ¿O las cosquillas?

Esteban no dudó.

—Ambos —dijo—. Tus pies, porque son… no sé, son perfectos. La forma, la piel, lo sensibles que son. Y las cosquillas, porque es lo que hago con ellos. Pero también… —Se detuvo un segundo, como si estuviera eligiendo las palabras—. También me excita verte así. Con los tacones. Cuando llegas, con el traje y los tacones, y sé lo que hay debajo. Sé lo que voy a hacerte. No puedo evitarlo.

Ana Lucía abrió los ojos.

—¿De verdad?

—Sí.

Se quedó un momento en silencio. Esteban no le quitaba la mirada de los pies. Ana Lucía lo notó, y por un segundo sintió algo que no era miedo ni vergüenza. Era curiosidad. O tal vez algo más.

—Bueno —dijo, y su voz sonaba casi divertida—. Tendré que pensarlo.

Se giró en la silla para tomar su bolso y su celular, que había dejado en una mesa auxiliar. Fue un movimiento rápido, cotidiano, el gesto de una mujer que recoge sus cosas para irse.

Y entonces Esteban se abalanzó.

Fue rápido. Ana Lucía no lo vio venir. Sintió las manos de Esteban en sus tobillos, sintió que le quitaba los tacones con un movimiento brusco, y antes de que pudiera reaccionar, ya tenía los dedos de él sobre las plantas de sus pies.

—¡JAJAJAJAJAJA! —La carcajada le salió del pecho como un latigazo, y Ana Lucía se retorció en la silla, agarrándose al respaldo—. ¡JAJAJAJAJA! ¡ESTEBAN! ¡JAJAJAJAJA!

Esteban no se detuvo. Sus dedos se movieron sobre las plantas de sus pies con la misma precisión de siempre, y Ana Lucía se rio y se rio, con las piernas pataleando en el aire, sin poder hacer nada para detenerlo.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO! ¡JAJAJAJA! ¡OTRA VEZ NO! —gritó, y su voz sonaba entre risa y súplica—. ¡JAJAJAJAJA!

Esteban estaba en el suelo, sentado sobre la madera, con los pies de Ana Lucía agarrados por los tobillos. Los tenía firmes, sin apretar demasiado, pero lo suficiente para que no pudiera zafarse. Y sus dedos se movían sobre las plantas con una precisión que ya no era casualidad, que nunca lo había sido.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —Ana Lucía se retorcía en la silla, agarrándose al respaldo con las dos manos, con la cabeza echada hacia atrás y las lágrimas corriéndole por la cara—. ¡JAJAJAJAJA! ¡ESTEBAN! ¡JAJAJAJA!

Esteban no dijo nada. Sus dedos siguieron moviéndose, arriba y abajo, en círculos, en líneas, buscando cada punto, cada arco, cada rincón de la planta de sus pies.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO! ¡JAJAJAJA! ¡EN SERIO! —Ana Lucía jadeó, intentó respirar, y se rio de nuevo, más fuerte—. ¡JAJAJAJAJA! ¡TENGO UN EVENTO! ¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO FALTAR! ¡JAJAJAJAJA!

Esteban la miró. No dijo nada. Solo siguió.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡POR FAVOR! ¡JAJAJAJA! —Ana Lucía se retorció, intentó mover los pies, pero Esteban los tenía firmes—. ¡JAJAJAJAJA! ¡ME VOY A MORIR! ¡JAJAJAJA! ¡NO PUEDO IR ASÍ! ¡JAJAJAJAJA!

Esteban siguió. Sus dedos se deslizaron por el arco del pie derecho, lento, deliberado, y Ana Lucía estalló de nuevo, con una risa que ya sonaba ronca, desesperada.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡ESTEBAN! ¡JAJAJAJA! —Las lágrimas le corrían por la cara y le caían sobre el traje gris perla—. ¡JAJAJAJAJA! ¡ME ESTÁS DESPEINANDO! ¡JAJAJAJA! ¡ME ESTÁS ARRUINANDO EL MAQUILLAJE! ¡JAJAJAJAJA!

Esteban no se detuvo. Sus dedos siguieron moviéndose, y Ana Lucía siguió riendo, atrapada en la silla, con los pies descalzos en las manos de un hombre que no pensaba parar.

Esteban se movió. Fue rápido, fluido, como un gato que cambia de posición sin hacer ruido. Se giró en el suelo, se puso de rodillas, y antes de que Ana Lucía pudiera reaccionar, sus manos ya no estaban en los pies. Estaban en sus rodillas.

—¡JAJAJAJAJAJA! —Ana Lucía pegó un respingo en la silla, y las rodillas le temblaron—. ¡JAJAJAJA! ¡NO! ¡JAJAJAJA!

Esteban subió. Sus dedos se deslizaron por los muslos, por encima de la falda del traje, y luego se metieron por debajo de la chaqueta, buscando la barriga. Ana Lucía se dobló hacia adelante, soltando una carcajada que le salió del centro del cuerpo.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡NO! ¡JAJAJAJA! ¡AHÍ NO! —gritó, y sus manos intentaron apartar las de Esteban, pero él fue más rápido—. ¡JAJAJAJAJA!

Esteban no dijo nada. Sus dedos encontraron las costillas, y Ana Lucía se retorció en la silla, perdiendo el equilibrio, agarrándose al respaldo con una mano y al aire con la otra.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —Se cayó. No fue elegante. Fue un desmoronamiento, un cuerpo que se desliza de una silla y termina en el suelo, y Ana Lucía se encontró boca arriba sobre la madera, con el traje gris perla arrugado y el pelo suelto—. ¡JAJAJAJAJA!

Esteban se movió con ella. Sus manos encontraron las axilas, y Ana Lucía se revolcó en el suelo, riendo a carcajadas, pataleando, intentando escapar de sus dedos.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡ESTEBAN! ¡JAJAJAJA! ¡POR FAVOR! ¡JAJAJAJA! —Se giró sobre un costado, intentó arrastrarse, pero Esteban la siguió, y sus dedos encontraron las costillas de nuevo—. ¡JAJAJAJAJA! ¡NO PUEDO! ¡JAJAJAJA! ¡ME VOY A MORIR!

Esteban seguía. Sus manos se movían por su cuerpo con una precisión que parecía calculada, y Ana Lucía se revolcaba en el suelo, riendo como loca, con las lágrimas corriéndole por la cara y el maquillaje arruinado y el traje arrugado y el pelo suelto.

—¡JAJAJAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! —Ya no suplicaba. Ya no decía nada. Solo reía.

El ataque terminó tan de repente como había empezado. Esteban retiró las manos, se sentó sobre sus talones y bajó la cabeza. Ana Lucía se quedó en el suelo, boca arriba, jadeando, con el traje arrugado y el pelo suelto y las lágrimas aún corriéndole por las sienes.

—Perdón —dijo Esteban, y su voz sonaba genuinamente apenada—. Me dejé llevar. Lo siento.

Ana Lucía tardó un momento en responder. Se incorporó despacio, apoyándose en un codo, y lo miró.

—Estás loco —dijo, y su voz sonaba ronca, agotada—. Estás completamente loco.

Esteban no respondió. Solo se quedó ahí, sentado en el suelo, con la cabeza baja.

Ana Lucía se levantó con esfuerzo. Se alisó la chaqueta, se acomodó la falda, y se pasó una mano por el pelo. Luego caminó hacia el baño, con los pies descalzos aún, y cerró la puerta.

Se miró en el espejo. El maquillaje estaba arruinado, el rímel corrido, el rubor desaparecido. El pelo, un desastre. Se lavó la cara, se secó, y se maquilló otra vez con movimientos lentos y precisos. Base, corrector, rímel, rubor. Se recogió el pelo en un moño bajo. Se puso los tacones.

Cuando salió, Esteban estaba de pie junto a la puerta, con las manos en los bolsillos y una expresión que era mitad disculpa, mitad algo más.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí —dijo Ana Lucía, y su voz era firme—. Pero no vuelvas a hacer eso. En serio.

—No lo haré.

Ana Lucía lo miró un momento. Luego asintió.

—Bueno. Me voy. Tengo un evento.

Esteban abrió la puerta. Ana Lucía salió al patio, con el bolso al hombro y el teléfono en la mano. El Tesla seguía donde lo había dejado, negro y silencioso bajo la luz de la tarde que empezaba a caer.

Se subió, encendió el carro y salió del patio. El portón se cerró a sus espaldas. Ana Lucía enfiló hacia la circunvalar, con la ventana abajo y el aire fresco en la cara, y por un momento, mientras conducía, se permitió pensar en lo que había pasado. En las manos de Esteban. En su risa. En la forma en que se había revolcado en el suelo como una niña.

Luego sacudió la cabeza y miró la carretera.

Sin sospechar lo que le ocurriría camino a su casa.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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