Mi nombre es Cindy Reed. Tengo 45 años, aunque la mayoría de la gente me calcula menos. Nací y crecí en Memphis, Tennessee, y sigo viviendo aquí, en un barrio residencial tranquilo, con mi esposo Thomas y nuestro hijo, que ahora tiene 16 años.
Soy una mujer delgada, de complexión menuda, con 1.68 metros de estatura. Peso alrededor de 55 kilos, así que suelo verme más alta de lo que realmente soy. Mi piel es clara, tirando a un tono cálido, y tengo el cabello castaño oscuro, largo hasta media espalda, que casi siempre llevo recogido en un moño bajo cuando trabajo. Mis ojos son color avellana, grandes, y con el paso de los años he aprendido a sacarles partido con un poco de delineador y máscara de pestañas. No soy de las que se maquilla en exceso, pero me gusta verme arreglada.
Uso una talla de calzado 7.5 americano. Mis pies son delgados, de dedos largos y empeine alto, con las uñas casi siempre pintadas de algún tono nude o rojo discreto. No son pies pequeños, pero siempre me han dicho que son proporcionados y cuidados. Los mantengo suaves, con crema todas las noches, y suelo usar medias de nylon o calcetines finos porque el roce de la tela me resulta agradable.
Trabajo en el sector corporativo desde que terminé la universidad. Estudié Administración de Empresas y luego un máster en Finanzas. Actualmente soy gerente de operaciones en una empresa de logística, un puesto que me exige estar casi todo el día de pie, caminando entre oficinas, bodegas y salas de juntas. Me gusta mi trabajo, aunque a veces es agotador. Me considero una mujer organizada, meticulosa, acostumbrada a tomar decisiones y a mantener el control. Fuera del trabajo, soy más relajada, aunque no puedo evitar ser un poco perfeccionista.
Thomas y yo llevamos 20 años de casados. Lo conocí en la universidad, cuando ambos estudiábamos Administración. Él es dos años mayor que yo, un hombre alto, de hombros anchos, con el cabello ya un poco gris en las sienes. Es ingeniero industrial y siempre ha sido un hombre tranquilo, de pocas palabras, pero de mirada cálida. Nos casamos apenas terminamos nuestros estudios, cuando yo tenía 25 años. Nuestro hijo, Matthew, nació cinco años después. Fue un embarazo deseado, aunque complicado, y desde entonces mi vida giró alrededor de él y de mi carrera.
No voy a decir que nuestro matrimonio sea perfecto. Como todas las parejas, hemos tenido altibajos. Los últimos años han sido especialmente duros porque Thomas perdió su empleo y estuvimos varios meses dependiendo solo de mi sueldo. Eso nos desgastó. Peleábamos más de lo habitual, por cosas pequeñas, por el dinero, por el cansancio. Pero seguimos juntos. Seguimos amándonos, aunque a veces la rutina y el estrés nos hagan olvidarlo.
Físicamente, soy una mujer cosquilluda. Muy cosquilluda. Siempre lo he sido, desde niña. Mi madre solía hacerme cosquillas en las costillas cuando quería que me riera, y yo terminaba retorciéndome y suplicando que parara. Con los años no ha cambiado mucho. Mis puntos más sensibles son las axilas, las costillas, la barriga y, sobre todo, los pies. No puedo soportar que me toquen los pies. Ni siquiera puedo permitir que Thomas me haga un masaje en los pies sin empezar a reír y a moverme. Es algo involuntario. Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda controlarlo.
También soy sensible en el cuello, detrás de las rodillas y en la parte baja de la espalda. Si alguien me agarra por sorpresa y me hace cosquillas en la cintura, soy capaz de soltar un grito y saltar. No es algo que me enorgullezca, pero es parte de mí. Thomas siempre dice que soy como un resorte: en cuanto alguien se acerca con intención de hacerme cosquillas, ya estoy riendo antes de que me toquen.
En fin. Esa soy yo. Cindy Reed, 45 años, ejecutiva, esposa, madre, mujer delgada de piel clara y pies sensibles. Una mujer que, a pesar de su apariencia controlada y profesional, esconde una vulnerabilidad que muy pocos conocen: no puede soportar las cosquillas.
Todo comenzó a desmoronarse poco a poco, sin que ninguno de los dos lo notara al principio.
Thomas perdió su empleo un martes por la mañana. Me llamó desde el estacionamiento de su oficina, con la voz quebrada, diciéndome que la empresa había decidido recortar personal y que él era uno de los afectados. Llevaba casi quince años en ese puesto. No fue un despido por mal desempeño, ni por un error suyo. Simplemente la compañía estaba reestructurándose y su departamento había sido uno de los más golpeados.
Al principio pensamos que sería temporal. Thomas tenía experiencia, contactos, un buen currículum. Seguro encontraría algo en pocas semanas. Pero las semanas se convirtieron en meses, y los meses en una cadena interminable de solicitudes sin respuesta, entrevistas que no llegaban a nada y correos de rechazo automáticos.
Para no quedarnos sin ingresos, Thomas empezó a aceptar trabajos temporales. Primero fue en un almacén, cargando cajas durante la temporada navideña. Luego en una ferretería, atendiendo el mostrador los fines de semana. Después en una empresa de mudanzas, doblando su espalda todos los días. Ninguno de esos trabajos pagaba bien, ninguno tenía prestaciones, y ninguno le daba la estabilidad que necesitábamos.
Yo seguía en mi puesto de gerente de operaciones. Mi sueldo era bueno, pero no alcanzaba para cubrir todos los gastos de la casa: la hipoteca, los servicios, la escuela de Matthew, la comida, el auto. Empezamos a recortar. Cancelamos el servicio de cable, dejamos de salir a cenar, redujimos las compras de ropa. Yo dejé de ir al salón de belleza y aprendí a pintarme las uñas yo misma. Thomas dejó de ir al gimnasio. Matthew dejó de ir a sus clases de música.
Las peleas comenzaron por cosas pequeñas. Porque Thomas no había lavado los platos. Porque yo llegaba tarde del trabajo. Porque él decía que yo lo miraba con lástima. Porque yo sentía que él no ponía suficiente empeño en buscar trabajo. Porque él sentía que yo lo culpaba de todo.
Una noche, después de una discusión especialmente dura, Thomas me dijo algo que me quedó grabado:
—¿Sabes qué es lo peor? Que ya no me miras como antes. Ya no me ves como tu esposo. Me ves como un fracaso.
No supe qué responderle. Porque en parte era cierto. Estaba tan agotada, tan preocupada, tan cansada de sostener todo yo sola, que había dejado de verlo como mi compañero y empezado a verlo como una carga. Y eso me dolía. Me dolía porque lo amaba, pero el amor no bastaba para pagar las cuentas.
Mientras tanto, en mi trabajo las cosas tampoco iban bien. Mi rendimiento empezó a resentirse. Llegaba tarde porque en las mañanas tenía que resolver cosas de la casa que antes resolvíamos entre los dos. Me distraía en las reuniones porque estaba pensando en cómo pagar la hipoteca. Cometí errores en informes que antes me habrían parecido inadmisibles. Mi jefa, una mujer de 50 años que siempre me había respaldado, comenzó a mirarme con preocupación.
Un viernes por la tarde, me llamó a su oficina. Me dijo que la empresa estaba pasando por un proceso de reestructuración, que necesitaban reducir costos, y que mi puesto, lamentablemente, era uno de los que serían eliminados. Me ofreció una liquidación, me dio las gracias por mis años de servicio, y me pidió que entregara mi computadora y mi credencial antes de irme.
Salí de la oficina con una caja de cartón en las manos y las lágrimas contenidas hasta llegar al auto. No lloré en el estacionamiento. No lloré en el camino a casa. Lloré cuando abrí la puerta y vi a Thomas sentado en la sala, con la mirada perdida, esperando a que llegara para contarme que había renunciado a uno de sus trabajos temporales porque el supervisor lo había humillado delante de todos.
Nos quedamos los dos en silencio, mirándonos, sin saber qué decir. Él se acercó y me abrazó. Yo me dejé abrazar. Nos quedamos así un buen rato, en la sala a media luz, con el peso de todo lo que se nos venía encima.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté.
—No lo sé —respondió él—. Pero vamos a salir de esta. Juntos.
No estaba segura de creerle. Pero en ese momento, en ese abrazo, sentí algo que hacía mucho no sentía: que todavía éramos un equipo. Aunque el equipo estuviera en la ruina.
Los meses siguientes fueron los más duros de mi vida. Yo enviaba solicitudes de empleo todos los días, a todas horas. Thomas seguía con sus trabajos temporales, uno tras otro, sin descanso. A veces llegaba a casa con el cuerpo dolorido, con las manos ampolladas, y se quedaba dormido en el sofá antes de cenar. Yo me quedaba despierta hasta la madrugada, revisando portales de empleo, actualizando mi currículum, escribiendo cartas de presentación que nunca recibían respuesta.
Fue en esa época cuando empecé a sentir que me estaba perdiendo. No solo profesionalmente, sino como mujer. Ya no me reconocía en el espejo. Veía a una mujer cansada, con ojeras, con el cabello recogido de cualquier manera, con la piel apagada. Una mujer que había dejado de sentirse deseada, no solo por su esposo, sino por sí misma.
Y fue en esa época, en ese estado de vulnerabilidad, cuando ocurrió lo que ocurrió.
Esa noche, como tantas otras, Thomas se había quedado dormido temprano. Últimamente dormía mucho. Yo creo que era su forma de escapar. Se acostaba apenas terminábamos de cenar, se ponía los audífonos, se tapaba hasta la cabeza y se sumergía en un sueño del que no quería salir. Yo no lo culpaba. También yo habría querido dormir y no despertar hasta que todo estuviera resuelto.
Pero yo no podía dormir. Alguien tenía que quedarse despierta. Alguien tenía que seguir buscando.
Me senté en el comedor, con mi laptop vieja sobre la mesa, esa que ya tenía cinco años y que se calentaba demasiado pero seguía funcionando. A un lado, una taza de café recalentado. Al otro, mi teléfono con la batería al 30%. La casa estaba en silencio. Solo se escuchaba el zumbido del refrigerador y, de vez en cuando, el rumor de un auto que pasaba por la calle.
Estuve un par de horas trabajando en unos encargos de freelance que había conseguido por internet. Traducciones, transcripciones, cosas pequeñas que pagaban poco pero que al menos me daban algo de dinero. Era humillante, después de tantos años de carrera, tener que aceptar trabajos de cinco dólares por hora. Pero era eso o nada. Y nada no era una opción.
Después de enviar un par de archivos, me recargué en el respaldo de la silla y me froté los ojos. Estaba agotada, pero sabía que si me acostaba iba a quedarme mirando el techo, pensando en la hipoteca, en los pagos atrasados, en la escuela de Matthew, en Thomas dormido sin saber qué hacer con su vida. Así que hice lo que hacía siempre que quería distraerme: abrí Facebook.
No lo hice con ninguna intención particular. Solo quería ver algo que no tuviera que ver con mi vida. Fotos de gente que no conocía, memes, noticias absurdas, cualquier cosa que me sacara de mi cabeza por unos minutos. Deslicé el dedo por la pantalla sin prestar mucha atención, hasta que un video me llamó la atención.
Era de una página que no conocía. El nombre no lo recuerdo bien, algo sobre cosquillas. La miniatura mostraba a una mujer joven atada a una silla, con los brazos hacia atrás y los pies descalzos sobre el suelo. Estaba riendo, con la boca abierta y los ojos cerrados, como si estuviera en medio de una carcajada imparable. Debajo, un texto decía algo como «Interrogatorio a la espía».
No sé por qué me detuve. Quizá fue la curiosidad. Quizá fue que hacía mucho no veía a alguien reír así, sin contenerse, sin preocupaciones. Quizá fue que, en ese momento, yo habría dado cualquier cosa por reírme así, aunque fuera por unos segundos.
Toqué el video y empecé a verlo.
La mujer estaba atada a una silla de madera, con las muñecas aseguradas detrás del respaldo y los tobillos sujetos a las patas. Tenía puesta una blusa blanca y una falda, y los pies descalzos. Un hombre con acento extranjero, que no aparecía en cámara, le hacía preguntas sobre una supuesta misión secreta. Ella intentaba responder, pero cada vez que empezaba a hablar, el hombre le rozaba las costillas o le hacía cosquillas en los pies, y ella estallaba en carcajadas.
No era un video violento. No era un video sexual. Era, simplemente, una mujer siendo sometida a cosquillas sin piedad, y riéndose hasta perder la respiración. Había algo en la forma en que se retorcía, en cómo suplicaba, en cómo su risa se quebraba en jadeos, que me resultó fascinante. No podía dejar de mirar.
Vi el video completo, que duraba unos ocho minutos. Luego vi otro. Y otro. Todos eran iguales: mujeres atadas, cosquillas en los pies, en las axilas, en la barriga, en el cuello. Mujeres que reían hasta llorar, que suplicaban, que se retorcían, que intentaban escapar sin lograrlo. Y en todos los casos, la persona que hacía las cosquillas no se detenía. No había piedad. No había descanso. Solo risa, risa y más risa.
Me di cuenta de que estaba sonriendo. Hacía semanas, quizá meses, que no sonreía así. Y me di cuenta también de que me sentía extrañamente atraída por lo que veía. No era solo curiosidad. Era algo más. Era como si una parte de mí quisiera estar ahí, en el lugar de esas mujeres, riéndose sin control, sin pensar en la hipoteca, sin pensar en nada.
Cerré el video y me quedé mirando la pantalla un momento. Luego, sin pensarlo demasiado, escribí un comentario en uno de los videos. Lo hice casi como una broma, como una forma de participar en algo que no tenía nada que ver con mi vida real.
«Yo no soportaría ni un segundo una situación así. Me moriría de la risa antes de que empezaran.»
Envié el comentario y seguí deslizando, sin darle importancia. Pero no pasó mucho tiempo antes de que recibiera una notificación. Alguien había respondido a mi comentario. Casi de inmediato.
Abrí la notificación y leí la respuesta. El usuario se llamaba «Gipsy Danger». Su foto de perfil era un robot azul, sacado de una película que mi hijo había visto mil veces. Sonreí al reconocerlo. Pensé que sería algún adolescente fanático de la ciencia ficción.
El comentario decía:
«Habría que verificarlo.»
Me quedé mirando esas tres palabras durante unos segundos. No sabía si lo decía en broma o en serio. No sabía si estaba coqueteando o simplemente siguiendo el juego. Pero algo en esas palabras me hizo sentir algo que hacía mucho no sentía: un pequeño cosquilleo en el estómago. Como cuando alguien te mira y sabes que le gustas.
No respondí de inmediato. Cerré la laptop, apagué la luz del comedor y me fui a la cama. Thomas seguía dormido, de espaldas, con los audífonos puestos. Me acosté a su lado, mirando el techo, y me quedé pensando en esas tres palabras.
«Habría que verificarlo.»
No sabía entonces que esa frase, esas tres palabras insignificantes, iban a cambiarlo todo.
Al principio no le di importancia. Respondí a su comentario con un emoji de risa y seguí con lo mío. Pero al día siguiente, cuando volví a entrar a Facebook, tenía otro mensaje suyo. Esta vez era un mensaje privado.
«¿De verdad no soportarías ni un segundo? ¿O solo lo decías por decir?»
Me quedé mirando la pantalla. No sabía si responder o no. Era un desconocido. Un adolescente, probablemente. Pero no había nada malo en contestar una pregunta inocente, ¿verdad? Así que le respondí.
«Lo decía en serio. Soy muy cosquilluda. No aguantaría ni cinco segundos.»
Él respondió casi al instante.
«Eso habría que verlo.»
Y así empezó todo. Al principio hablábamos de tonterías. De películas, de música, de la vida en general. Me contó que se llamaba Evan, que acababa de terminar la preparatoria y que estaba tomándose un año sabático antes de decidir qué estudiar. Yo le conté que tenía un hijo de 16 años, que trabajaba en una oficina y que últimamente las cosas no me iban muy bien. No entré en detalles, pero algo en la forma en que él me escuchaba, sin juzgarme, me hizo sentir cómoda.
Pasaron varios días antes de que me preguntara mi edad. Lo hizo de forma casual, como si no importara.
«¿Cuántos años tienes, si no es indiscreción?»
«45», le respondí. «¿Y tú?»
«18.»
Hubo una pausa. Luego escribió:
«Oh. Eres mayor.»
Me reí sola frente a la pantalla. «¿Eso es malo?»
«No, para nada. Solo que no me lo esperaba. Pensé que tenías como 30.»
«Gracias, supongo.»
Y seguimos hablando. De todo y de nada. De sus clases, de mis reuniones, de su música favorita, de mis libros. Me contaba cosas de su vida que no le habría contado a nadie, y yo le contaba cosas mías que no le había contado ni a Thomas. No sé por qué. Quizá porque no tenía que verlo a los ojos. Quizá porque no había consecuencias. Quizá porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien me prestaba atención sin pedirme nada a cambio.
Un día, después de varias semanas de mensajes, me hizo la primera pregunta directa.
«¿Dónde tienes cosquillas?»
Me quedé mirando la pantalla. Era una pregunta extraña, pero no me molestó. Después de todo, habíamos hablado de muchas cosas. ¿Por qué no de eso?
«En todas partes», respondí. «Soy muy cosquilluda.»
«¿En todas partes? ¿Como en todas partes?»
«En las axilas, en las costillas, en la barriga, en el cuello, en las rodillas, en los pies. Sobre todo en los pies.»
«¿En los pies? ¿Y no puedes soportarlo?»
«No. No puedo. Ni siquiera puedo dejar que mi esposo me haga un masaje en los pies. Empiezo a reír y a moverme antes de que me toque.»
«¿Y cuál es tu punto débil? ¿Dónde no soportas ni un segundo?»
«Las axilas. Y los pies. Si me hacen cosquillas ahí, me muero.»
«¿Y dónde no tienes cosquillas?»
«En la espalda alta, creo. Y en los brazos. Ahí casi no siento nada.»
Él seguía preguntando, y yo seguía respondiendo. Como si fuera una entrevista. Como si estuviera describiendo un mapa de mi propio cuerpo. No me sentía incómoda. Me sentía vista. Me sentía interesante. Hacía mucho que no me sentía así.
Después de un rato, yo también le hice preguntas.
«¿Y a ti por qué te interesan tanto las cosquillas?»
Tardó un poco en responder.
«Es un fetiche», dijo finalmente. «No sé cómo explicarlo. Me gustan las cosquillas. Me parecen divertidas. Sobre todo hacerlas. Ver a alguien reírse sin control, retorcerse, suplicar… Me parece fascinante. Y si la persona es cosquilluda de verdad, mucho mejor.»
Leí el mensaje dos veces. No me escandalizó. No me pareció raro. Era una preferencia, como cualquier otra. Y después de todo, yo también había visto esos videos. Yo también me había quedado mirando.
«Las cosquillas me parecen un juego divertido», le escribí. «A veces mi hijo me hace cosquillas cuando quiere que le dé algo. Es su forma de chantajearme.»
«¿Y funciona?»
«A veces. Soy débil.»
Él se rió. Yo también. Y seguimos hablando hasta la madrugada, como si el mundo exterior no existiera, como si no hubiera hipoteca, ni desempleo, ni matrimonio en crisis, ni nada más que dos personas intercambiando mensajes en la oscuridad.
Pasaron unas semanas. Semanas en las que yo seguía enviando currículums, yendo a entrevistas que no llevaban a nada, haciendo diligencias para ahorrar dinero, comparando precios en el supermercado, cancelando suscripciones, vendiendo cosas que ya no usábamos. Thomas seguía con sus trabajos temporales. A veces llegaba a casa con el uniforme de una empresa de mudanzas, otras veces con el de una ferretería, otras veces con las manos ampolladas de cargar cajas en un almacén. No hablábamos mucho. Estábamos los dos demasiado cansados para pelear, demasiado agotados para intentar arreglar lo que se estaba rompiendo.
Y en medio de todo eso, Evan seguía ahí. Sus mensajes eran lo único que me hacía sonreír. Lo único que me sacaba de la rutina de preocupaciones. Hablábamos casi todas las noches, después de que Thomas se dormía, después de que Matthew se encerraba en su cuarto a hacer la tarea. Yo me sentaba en el comedor con la laptop y me sumergía en nuestra conversación como quien se sumerge en un libro. Era mi escape. Mi pequeño secreto.
Una noche, después de una entrevista particularmente desalentadora —me habían dicho que estaba sobrecalificada, que buscaban a alguien más joven, que ya me llamarían—, llegué a casa, me preparé un café y abrí Facebook. Evan estaba en línea. Me saludó como siempre, con un «hola» simple, y yo le respondí con un suspiro escrito.
«¿Día difícil?», preguntó.
«Como todos», respondí. «Otra entrevista, otra puerta que se cierra.»
«Lo siento. Ojalá pudiera hacer algo.»
«Con que me escuches basta.»
Hubo una pausa. Luego escribió:
«Precisamente de eso quería hablarte. De algo que quizá pueda ayudarte.»
Me quedé mirando la pantalla. No sabía de qué hablaba. ¿Ayudarme? ¿En qué?
«¿De qué se trata?», pregunté.
Tardó un poco en responder. Vi los tres puntitos parpadeando, apareciendo y desapareciendo. Como si estuviera escribiendo y borrando, buscando las palabras correctas.
«¿Recuerdas que te conté que tengo amigos fetichistas? Bueno, les he hablado de ti. De que eres cosquilluda. De que no soportas ni un segundo. Les pareció interesante. Mucho.»
Sentí un pequeño nudo en el estómago. No sabía si era nerviosismo o curiosidad.
«¿Y?»
«Y estamos dispuestos a pagarte. Los cuatro. Entre todos podemos reunir unos 600 dólares. Solo tendrías que dejarnos hacerte cosquillas. A los cuatro. En todo el cuerpo. Estarías amarrada de pies y manos en una cama. Únicamente en ropa interior. Nada sexual. Solo cosquillas. Te lo prometo.»
Leí el mensaje una vez. Dos veces. Tres veces. Las palabras se repetían en mi cabeza como un eco. Seiscientos dólares. Amarrada. En ropa interior. Solo cosquillas. Nada sexual. Cuatro chicos. Todo el cuerpo.
No supe qué responder. No supe qué sentir. Una parte de mí quería cerrar la laptop y no volver a abrirla. Otra parte, una parte que no sabía que existía, se quedó mirando esas palabras con una curiosidad que me daba miedo. Seiscientos dólares era casi un mes de hipoteca. Era la mitad de lo que debíamos de la luz. Era ropa para Matthew. Era comida. Era un respiro.
Pero también era dejarme atar. Dejarme hacer cosquillas por cuatro desconocidos. Estar vulnerable. Estar expuesta. En ropa interior. Yo, una mujer de 45 años, madre de un adolescente, esposa de un hombre que dormía a pocos metros de distancia, sin saber que su mujer estaba leyendo una propuesta como esa.
No respondí. Dejé el mensaje en visto. Cerré la laptop. Me quedé sentada en la oscuridad del comedor, con el café frío a un lado, mirando la pared, sintiendo el corazón latirme rápido.
Esa noche no dormí. Me acosté junto a Thomas, que roncaba suavemente, y me quedé mirando el techo. Pensé en el dinero. Pensé en el matrimonio. Pensé en Evan. Pensé en las cosquillas. Pensé en lo que sentiría al estar atada, sin poder moverme, riendo sin control, suplicando que pararan. Pensé en si sería capaz de soportarlo. Pensé en si querría soportarlo.
Y pensé, sobre todo, en que nadie me había hecho sentir deseada en mucho tiempo. Nadie me había mirado como si fuera interesante. Nadie me había propuesto nada parecido. Y aunque la propuesta era extraña, aunque era peligrosa, aunque iba en contra de todo lo que yo creía ser, había algo en ella que me hacía sentir viva.
A la mañana siguiente, el mensaje seguía ahí. En visto. Sin responder.
Y yo seguía sin saber qué hacer.
Pasó casi una semana. Una semana en la que no abrí Facebook. Una semana en la que me senté frente a la laptop y cerré la tapa antes de siquiera encenderla. Una semana en la que le di vueltas al asunto en la cabeza mientras lavaba los platos, mientras tendía la ropa, mientras acompañaba a Matthew a la parada del autobús. Una semana en la que Thomas me preguntó varias veces si estaba bien, y yo le respondí que sí, que solo estaba cansada.
Pero no estaba cansada. Estaba pensando.
Pensaba en los 600 dólares. Pensaba en la hipoteca. Pensaba en la tarjeta de crédito que ya estaba al límite. Pensaba en la inscripción de Matthew que teníamos que pagar en dos meses. Pensaba en el dinero que se nos iba en gasolina, en comida, en medicinas. Pensaba en que Thomas se levantaba a las cinco de la mañana para ir a cargar cajas por un sueldo miserable, y en que yo no estaba haciendo nada más que enviar currículums que nadie leía.
Y pensaba, sobre todo, en que 600 dólares no eran suficientes.
No sé de dónde saqué el valor. Quizá fue la costumbre de negociar. Quizá fue la desesperación. Quizá fue esa parte de mí que, después de tantos años en finanzas, no podía aceptar una oferta sin intentar mejorarla. El caso es que, al sexto día, abrí Facebook y le escribí a Evan.
«¿Siguen en pie los 600?»
Respondió casi al instante, como si hubiera estado esperando mi mensaje todo ese tiempo.
«Sí. ¿Lo has pensado?»
«Lo he pensado. Pero 600 no es suficiente. Si van a ser cuatro, y voy a estar amarrada, necesito 800.»
No sabía si iba a aceptar. No sabía si se iba a ofender. No sabía si iba a decirme que no, que era demasiado, que lo dejábamos así. Pero lo escribí y envié el mensaje antes de arrepentirme.
Tardó un par de horas en responder. Dos horas que pasé fingiendo que no miraba el teléfono, que no revisaba la pantalla cada dos minutos, que no sentía el corazón acelerado cada vez que vibraba. Finalmente, llegó la respuesta.
«Hablamos entre los cuatro. Aceptamos. 800 dólares. Pero serán dos horas de cosquillas. Sin descansos. Sin piedad. ¿De acuerdo?»
Leí el mensaje dos veces. Dos horas. Sin descansos. Sin piedad. Ochocientos dólares. La hipoteca. La inscripción de Matthew. Un respiro.
«De acuerdo», respondí.
Acordamos la fecha y la hora. Sería un sábado por la tarde, dos semanas después. Thomas estaría en uno de sus trabajos temporales. Matthew estaría en casa de un amigo. Yo le diría a Thomas que tenía una entrevista de trabajo. No era una mentira descabellada. Ya había ido a varias entrevistas los sábados. No le parecería extraño.
Los días previos los pasé en una especie de niebla. No podía concentrarme en nada. Le sonreía a Thomas, le preguntaba por su día, le preparaba la cena, y por dentro sentía un nudo en el estómago que no me dejaba respirar. No era miedo. O no solo miedo. Era algo más. Era una mezcla de culpa, nervios y una curiosidad que no me atrevía a nombrar.
La mañana del sábado me levanté temprano. Thomas todavía dormía. Me duché, me lavé el cabello, me sequé con cuidado. Me puse ropa interior limpia, de esa que no usaba desde hacía meses, no porque fuera especial, sino porque era la única que estaba bien planchada. Luego me vestí como si de verdad fuera a una entrevista: una blusa color crema, una falda lápiz azul marino, medias de nylon transparentes y unos tacones bajos. Me maquillé con cuidado. Delineador, máscara de pestañas, un poco de rubor. Me recogí el cabello en un moño bajo. Me miré al espejo y vi a una mujer que no reconocía. Una mujer que parecía ejecutiva, profesional, segura de sí misma. Una mujer que estaba a punto de hacer algo que no le había contado a nadie.
Desayuné con Thomas, que se preparaba para irse a su trabajo. Me preguntó si estaba nerviosa por la entrevista. Le dije que un poco. Me deseó suerte. Me dio un beso en la frente. Me dijo que me veía hermosa. Le sonreí y le dije que lo amaba. Y lo amaba. Eso era lo peor de todo. Lo amaba, y aun así iba a hacerlo.
Salí de la casa a las once de la mañana. El sol brillaba. Hacía calor. Me subí al auto y me quedé un momento con las manos en el volante, respirando profundo. Luego encendí el motor y conduje hacia la dirección que Evan me había dado.
No sabía qué esperar. No sabía cómo serían sus amigos. No sabía si iban a ser amables o crueles, si iban a respetar el trato o si iban a hacer algo que no habíamos acordado. No sabía si sería capaz de soportar dos horas de cosquillas sin descanso. No sabía si iba a arrepentirme apenas cruzara la puerta. No sabía nada.
Solo sabía que iba a hacerlo. Y que ya no había vuelta atrás.
Llegué a la dirección unos veinte minutos después. Era una casa de un solo piso, en un vecindario tranquilo, con un jardín pequeño y un porche con dos sillas de mimbre. Aparqué frente a la casa y apagué el motor. Me quedé sentada un momento, mirando la puerta, sintiendo el corazón latirme tan fuerte que podía escucharlo en los oídos.
Respiré profundo. Abrí la puerta. Bajé del auto.
Y caminé hacia la casa.
Pasaron unos segundos. Nadie decía nada. Los cuatro seguían de pie alrededor de la cama, mirándome, como si esperaran algo. Yo seguía boca arriba, con los brazos y las piernas bien sujetos, sintiendo el aire fresco en la piel y el peso de sus miradas.
Respiré hondo. Traqué saliva. Y pregunté lo que cualquiera habría preguntado en mi lugar.
—¿Y ahora qué sigue?
Evan fue el primero en responder. Se cruzó de brazos y adoptó una expresión que no le había visto antes. Una expresión seria, casi teatral, como si de repente se hubiera metido en un papel.
—Ahora, señora Reed —dijo, pronunciando mi apellido con una gravedad que me resultó extraña—, vamos a ocuparnos de usted.
Los otros tres asintieron. El chico alto, el que me había picado las costillas al saludarme, dio un paso al frente. Los otros dos se colocaron a los lados de la cama. Nadie sonreía ya. O mejor dicho, sonreían, pero de otra manera. Como si estuvieran interpretando un personaje. Como si aquello fuera una obra de teatro y yo fuera la única que no tenía guion.
—Ha sido usted una mujer muy mala —dijo el chico alto, con un tono que pretendía ser severo pero que le salía un poco tembloroso—. Muy, muy mala.
—Sí —añadió otro, el que estaba a mi derecha—. Una mujer que necesita ser castigada.
—Y nosotros somos los encargados de hacerlo —concluyó Evan.
Me quedé mirándolos. No supe qué responder. No supe si reír, si seguirles el juego, si quedarme callada. Mi cuerpo estaba ahí, amarrado, indefenso, con la piel expuesta y los nervios a flor de piel. Y ellos estaban ahí, cuatro chicos de dieciocho años, metidos en un papel que parecían disfrutar, dispuestos a hacerme cosquillas hasta que se cumplieran las dos horas.
Abrí la boca para decir algo. No salió nada. Ni una palabra. Ni una broma. Ni una súplica. Nada.
Y entonces empezaron.
No sé quién fue primero. No sé si fue Evan, o el chico alto, o los otros dos. Solo sé que de repente sentí dedos en las axilas, y mi cuerpo entero reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo. Me retorcí, arqueé la espalda, y solté una carcajada que llenó toda la habitación.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los dedos no paraban. Se movían en círculos, subían y bajaban, se metían en los huecos más sensibles. Y luego vinieron las costillas. Alguien —no sabía quién— me estaba contando las costillas una por una, con las yemas de los dedos, como si estuviera tocando un piano. Yo reía. Reía sin poder parar. Reía con la boca abierta y los ojos cerrados, sintiendo cómo el aire se me escapaba de los pulmones.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Las manos siguieron bajando. La barriga. El ombligo. Las caderas. Los dedos se posaron en mi vientre y empezaron a moverse en círculos, y yo sentí que todo mi abdomen se contraía, que los músculos se me tensaban, que la risa me salía en oleadas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Alguien más se ocupó de mis muslos. No los tocaron de forma impropia. Solo los rozaron con las puntas de los dedos, subiendo y bajando por encima de las medias, y yo sentí que las piernas me temblaban, que los tobillos tiraban de las correas, que no podía cerrar las piernas ni apartarlas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Las rodillas. Las manos de alguien más se posaron en mis rodillas, y yo solté un gritito ahogado entre las carcajadas. No sabía que ahí también tenía cosquillas. No lo recordaba. Pero al parecer sí.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y luego el cuello. Una mano —la de Evan, reconocí el tacto— se deslizó por mi cuello, por debajo de la barbilla, por detrás de las orejas. Y yo sentí que la risa me subía por la garganta, que se me escapaba sin control, que no podía hacer nada para detenerla.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los cuatro me hacían cosquillas al mismo tiempo. Axilas, costillas, barriga, caderas, ombligo, muslos, rodillas, cuello. Todo a la vez. Todo sin pausa. Todo sin piedad. Yo era un cuerpo amarrado que reía y se retorcía, y ellos eran cuatro pares de manos que no se detenían.
No dije nada. No supliqué. No pedí que pararan. Solo reía. Reía y reía, con las lágrimas empezando a asomarse a los ojos, con el cabello pegándose a la frente, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo a mil.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y ellos seguían. Metidos en su papel. Metidos en su juego. Repitiendo de vez en cuando eso de «mujer muy mala» y «necesita ser castigada», pero sobre todo concentrados en lo que hacían: en hacerme cosquillas. En verme reír. En tenerme ahí, vulnerable, a su merced.
No sabía cuánto tiempo había pasado. No sabía si llevaba cinco minutos o quince. Solo sabía que estaba amarrada, que no podía moverme, y que las cosquillas no paraban.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Uno de ellos se movió. No supe cuál, porque tenía los ojos cerrados y la cabeza dándome vueltas de tanto reír. Pero sentí que alguien se desplazaba hacia el extremo de la cama, hacia donde estaban mis pies. Sentí el colchón hundirse un poco, sentí el aire moverse, sentí que las manos que me hacían cosquillas en las costillas y en la barriga seguían ahí, pero que alguien más se había ido a otra parte.
Abrí los ojos un segundo. Lo justo para ver que el chico alto, el que me había picado las costillas al saludarme, estaba ahora de rodillas al final de la cama, entre mis pies. Me miró. No dijo nada. Ni una palabra. Ni una broma. Ni una advertencia. Solo me miró con una sonrisa tranquila, como quien está a punto de hacer algo que sabe que va a funcionar.
Y entonces sus dedos tocaron la planta de mi pie derecho.
Fue a través de las medias. Las medias veladas que me había puesto esa mañana sin saber que serían parte de esto. Sus dedos empezaron a rascar. No fuerte. No brusco. Solo las yemas, moviéndose en círculos lentos, luego en líneas rectas, luego en pequeños arañazos que subían y bajaban por el arco del pie.
Y el caos se apoderó de mí.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No fue una risa normal. No fue como las anteriores. Fue una risa que me salió de algún lugar más profundo, un lugar que no sabía que existía. La sensación de las medias multiplicaba todo. Cada roce de sus dedos se sentía como mil roces al mismo tiempo. El nylon no protegía. Al contrario. Amplificaba. Convertía cada caricia en una descarga de cosquillas que me subía por la pierna, por la cadera, por la espalda, hasta la nuca.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis piernas tiraron de las correas. Los tobillos se tensaron. Los dedos de los pies se curvaron dentro de las medias, intentando inútilmente escapar de aquellas manos. Pero no podía moverme. No podía cerrar las piernas. No podía hacer nada más que reír.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
El chico siguió. Sin decir nada. Sin cambiar el ritmo. Rascaba la planta del pie derecho, luego el izquierdo, luego los dos al mismo tiempo. Sus dedos se metían entre los dedos de mis pies, por encima de las medias, y yo sentía que me desintegraba. Que la risa me partía en dos. Que no había manera de contenerla.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los otros tres no se detuvieron. Mientras el chico de los pies me hacía eso, los demás seguían con las axilas, las costillas, la barriga, las caderas. Todo al mismo tiempo. Todo multiplicado. Todo amplificado por las medias, por las correas, por la posición, por la impotencia de estar amarrada y no poder hacer nada para protegerme.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Sentí que las lágrimas me corrían por las mejillas. Sentí que el cabello se me pegaba a la cara. Sentí que la blusa se me subía un poco más con cada movimiento, que la piel del vientre quedaba más expuesta, que los dedos de alguien más encontraban el ombligo y se quedaban ahí, jugando, mientras el chico de los pies seguía con su rascado lento y constante.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No supliqué. No pedí que pararan. No dije «no soporto» ni «me voy a morir». Solo reía. Reía con todo el cuerpo, con toda la garganta, con toda el alma. Reía como no recordaba haber reído en años. Reía sin pensar en Thomas, sin pensar en Matthew, sin pensar en la hipoteca, sin pensar en nada más que en las manos que me recorrían y en la risa que me salía sin control.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y ellos seguían ahí. Los cuatro. Metidos en su papel. En su juego. En su fetiche. Haciéndome cosquillas sin piedad, sin descanso, sin tregua. Y yo, amarrada de pies y manos, en ropa interior y medias veladas, no podía hacer nada más que reír.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
De repente, todo cambió. Las manos que me hacían cosquillas en las axilas, en las costillas, en la barriga, en las caderas, en el cuello, desaparecieron. Los cuatro se movieron al mismo tiempo, como si alguien hubiera dado una orden silenciosa, y yo sentí que el colchón se hundía en el extremo de la cama, que el peso de sus cuerpos se concentraba ahí, en el lugar donde estaban mis pies.
Abrí los ojos. Levanté un poco la cabeza, lo justo para ver lo que estaba pasando.
Los cuatro estaban de rodillas al final de la cama. Los cuatro miraban mis pies. Mis pies envueltos en las medias veladas, con los dedos curvados por la tensión, con los tobillos sujetos a las correas, con las plantas expuestas y vulnerables.
Y entonces empezaron.
No uno. No dos. Los cuatro. Los cuatro al mismo tiempo. Cada uno tomó un pie, o media planta, o un lado, o los dedos. Y empezaron a rascar.
Sentí cerca de cuarenta dedos sobre las plantas de mis pies. Cuarenta dedos moviéndose al mismo tiempo, en direcciones distintas, con ritmos distintos, con presiones distintas. Unos rascaban el arco. Otros los talones. Otros los dedos. Otros la base de los dedos, justo donde las medias se estiraban sobre la piel. Otros subían y bajaban por el centro de la planta, una y otra vez, sin detenerse.
Y el caos me tragó.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No era una risa. Era un torrente. Era un río de carcajadas que me salía de la boca sin que yo pudiera hacer nada para detenerlo. Mi cuerpo entero se arqueó sobre la cama. La espalda se me levantó del colchón. Los brazos tiraron de las correas con una fuerza que no sabía que tenía. Las piernas intentaron cerrarse, intentaron apartarse, intentaron cualquier cosa, pero las correas las mantenían firmes, abiertas, expuestas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Cuarenta dedos. Cuarenta. No sabía que eso fuera posible. No sabía que tantas manos pudieran concentrarse en un solo lugar. No sabía que las plantas de los pies pudieran sentir tanto. Las medias veladas no me protegían. Al contrario. Era como si no llevara nada. Era como si cada dedo estuviera tocando directamente la piel, pero peor, porque el nylon añadía una textura, un roce, una sensación resbaladiza que multiplicaba todo por mil.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis dedos de los pies se abrían y se cerraban. Se curvaban hacia abajo, intentando esconderse. Se estiraban hacia arriba, intentando escapar. Pero no había escapatoria. Las correas sujetaban los tobillos. Las manos seguían ahí. Los cuarenta dedos no paraban.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Sentí que las lágrimas me corrían por las sienes. Sentí que el cabello se me pegaba a la cara, a la frente, al cuello. Sentí que el sostén se me subía un poco con cada sacudida, que la piel del vientre quedaba expuesta, que el ombligo se me contraía y se me relajaba al ritmo de la risa.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No pensaba en nada. No pensaba en Thomas. No pensaba en Matthew. No pensaba en la hipoteca. No pensaba en los ochocientos dólares. Solo existían mis pies. Solo existían esas manos. Solo existía esa risa que me salía sin control, que me llenaba la garganta, que me vaciaba los pulmones, que me dejaba sin aire y me obligaba a respirar de golpe para volver a reír.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los chicos no decían nada. No se reían. No hacían bromas. Solo rascaban. Solo movían los dedos. Solo me miraban retorcerme. Y yo, amarrada de pies y manos, en ropa interior y medias veladas, no podía hacer nada más que reír.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
El caos era total. El caos era absoluto. El caos era cuarenta dedos sobre dos plantas que no podían escapar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los cuarenta dedos seguían ahí. Rascando. Moviéndose. Subiendo y bajando por las plantas de mis pies, por los arcos, por los talones, por la base de los dedos. Yo reía sin parar, con la cabeza echada hacia atrás, con los ojos cerrados, con el cuerpo entero sacudiéndose sobre el colchón.
Y entonces sentí algo distinto.
Una mano —no supe de quién— agarró la media de mi pie derecho por el tobillo. Otra mano hizo lo mismo con la izquierda. Y tiraron.
El nylon se rasgó con un sonido seco, como papel que se rompe. Sentí el frío del aire en la piel que quedaba expuesta. Sentí los jirones de tela colgando de mis tobillos, de mis empeines, de mis dedos. Y luego, las manos volvieron a posarse sobre mis pies.
Esta vez no había medias. Esta vez era piel directamente sobre piel.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
La diferencia fue brutal. Las medias habían multiplicado las cosquillas, pero ahora, sin ellas, la sensación era completamente distinta. Más directa. Más intensa. Más eléctrica. Cada roce de cada dedo se sentía como una pequeña descarga que me subía por la pierna, por la cadera, por la columna, hasta la nuca.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Cuarenta dedos sobre piel desnuda. Sin barrera. Sin protección. Sin nada que amortiguara el contacto. Los dedos se deslizaban por las plantas de mis pies, encontraban los arcos, los recorrían de arriba abajo, se detenían en los talones, jugaban con los dedos, se metían entre ellos, los separaban, los acariciaban, los rascaban.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis pies se retorcían. Los dedos se abrían y se cerraban. Los tobillos tiraban de las correas con una fuerza que no sabía que tenía. Las piernas intentaban cerrarse, intentaban apartarse, intentaban cualquier cosa, pero las correas las mantenían firmes, abiertas, expuestas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
La locura aumentó. No sé cómo. No sé de dónde saqué más risa. No sé cómo mi cuerpo aguantaba. Pero la risa seguía saliendo, más fuerte, más aguda, más incontrolable. Sentía que me partía en dos. Sentía que me desintegraba. Sentía que cada nervio de mi cuerpo estaba conectado a mis pies y que cada dedo que me tocaba encendía todos los demás.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los cuatro seguían sin decir nada. Sin bromas. Sin juego de rol. Solo manos. Solo dedos. Solo cosquillas. Solo pies desnudos que no podían escapar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Sentí que las lágrimas me corrían por las mejillas. Sentí que el cabello se me pegaba a la cara, al cuello, a la frente. Sentí que la blusa se me subía con cada sacudida, que la piel del vientre quedaba expuesta, que el ombligo se me contraía y se me relajaba al ritmo de la risa.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No pensaba en nada. No pensaba en Thomas. No pensaba en Matthew. No pensaba en la hipoteca. No pensaba en los ochocientos dólares. Solo existían mis pies desnudos. Solo existían esas manos. Solo existía esa risa que me salía sin control, que me llenaba la garganta, que me vaciaba los pulmones, que me dejaba sin aire y me obligaba a respirar de golpe para volver a reír.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los jirones de las medias colgaban de mis tobillos. El nylon roto se enredaba entre mis dedos. Y los cuarenta dedos seguían ahí. Sin piedad. Sin descanso. Sin tregua.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Uno se quedó. No supe cuál, porque tenía los ojos cerrados y la cabeza dándome vueltas, pero sentí que tres pares de manos se apartaban de mis pies y que solo uno seguía ahí, rascando las plantas desnudas, los arcos, los talones, los dedos. Ese uno no paraba. No se detenía. No daba tregua.
Y los otros tres saltaron sobre mí.
Sentí manos en las piernas. Manos que subían por las pantorrillas, por detrás de las rodillas, por los muslos, por encima de las medias rotas que aún colgaban de mis tobillos. Sentí manos en la barriga. Dedos que se hundían en mi vientre, que trazaban círculos alrededor del ombligo, que subían y bajaban por los costados de la cintura. Sentí manos en las caderas. Dedos que se posaban en los huesitos, que los presionaban, que los recorrían con las yemas. Sentí manos en las costillas. Dedos que me contaban los huesos uno por uno, que se metían en los espacios entre ellos, que subían hasta las axilas y bajaban de nuevo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y luego sentí manos en los pechos.
No fue un toque impropio. No fue un agarre. Fueron dedos. Dedos que se posaron en la parte superior, cerca de las clavículas, y empezaron a moverse. Dedos que rodearon la base, por encima del sostén, y se deslizaron hacia los costados. Dedos que encontraron la piel expuesta entre el sostén y el torso, y se quedaron ahí, jugando, rascando, moviéndose en círculos lentos.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
El chico de los pies seguía. Rascaba las plantas desnudas sin piedad. Sus dedos se metían entre mis dedos, los separaban, los acariciaban, los rascaban. Subían por el arco, bajaban por el talón, recorrían el empeine, volvían a la planta. Una y otra vez. Sin parar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los otros tres no se quedaban atrás. Las manos en las piernas subían y bajaban, se detenían detrás de las rodillas, jugaban con la piel sensible que había ahí, bajaban a los tobillos y volvían a subir. Las manos en la barriga se hundían en mi vientre, encontraban el ombligo, lo rodeaban, se metían en él, lo acariciaban. Las manos en las caderas presionaban los huesitos, los recorrían, los rascaban. Las manos en las costillas me contaban los huesos, se metían en los espacios, subían a las axilas, bajaban a la cintura. Y las manos en los pechos seguían ahí, en los costados, en la base, en la piel expuesta, moviéndose sin parar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
La locura era total. La locura era desesperada. Mi cuerpo entero era un solo nervio expuesto. Mis pies desnudos, mis piernas, mi barriga, mis caderas, mis costillas, mis axilas, mi cuello, mis pechos. Todo al mismo tiempo. Todo sin pausa. Todo sin piedad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Sentí que las lágrimas me corrían por las sienes. Sentí que el cabello se me pegaba a la cara, al cuello, a la frente. Sentí que el sostén se me subía un poco con cada sacudida, que la piel del vientre quedaba más expuesta, que el ombligo se me contraía y se me relajaba al ritmo de la risa. Sentí que los brazos tiraban de las correas con una fuerza que no sabía que tenía. Sentí que las piernas intentaban cerrarse, intentaban apartarse, intentaban cualquier cosa, pero las correas las mantenían firmes, abiertas, expuestas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No pensaba en nada. No pensaba en Thomas. No pensaba en Matthew. No pensaba en la hipoteca. No pensaba en los ochocientos dólares. Solo existían esas manos. Solo existía esa risa. Solo existía ese cuerpo amarrado que no podía escapar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los cuatro seguían sin decir nada. Sin bromas. Sin juego de rol. Solo manos. Solo dedos. Solo cosquillas. Solo un cuerpo que reía y se retorcía sin control.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
En medio del caos, mientras las manos seguían moviéndose por mi cuerpo y las cosquillas no daban tregua, mi mente se escapó.
No sé cómo lo hizo. No sé cómo pudo desconectarse del presente, del aquí, del ahora, de los cuarenta dedos y las cuatro risas invisibles. Pero lo hizo. Y de repente, en lugar de sentir cada roce en la piel, empecé a pensar.
Pensé en Thomas.
Esa mañana, cuando salí de casa, le dije que tenía una entrevista de trabajo. Le dije que era en una empresa de logística, que me habían llamado el día anterior, que quizá esta vez sí había suerte. Le dije que probablemente llegaría tarde, que no me esperara para comer. Le dije que lo amaba. Le di un beso en la frente. Y salí.
Y todo era mentira.
No había entrevista. No había empresa. No había esperanza de trabajo. Solo había una casa en un vecindario tranquilo, una cama con correas, y cuatro chicos de dieciocho años que me estaban haciendo cosquillas a cambio de ochocientos dólares.
Pensé en Matthew.
Mi hijo. Dieciséis años. Cabello castaño como el mío, ojos avellana como los de su padre. Esa mañana lo dejé en casa de un amigo, con su mochila y su sonrisa. Me dijo «suerte en la entrevista, mamá». Y yo le sonreí. Le dije gracias. Y lo abracé. Lo abracé como si fuera a verlo después de un largo viaje. Como si fuera a hacer algo de lo que no estaba segura de poder volver.
Y él no sabía nada. No sabía que su madre estaba amarrada a una cama, en ropa interior, riendo sin control mientras cuatro desconocidos le hacían cosquillas en todo el cuerpo. No sabía que su madre había aceptado dinero por eso. No sabía que su madre había mentido. No sabía que su madre, la mujer que le preparaba el desayuno todas las mañanas y le revisaba las tareas por la noche, estaba haciendo algo que jamás habría imaginado.
Pensé en mi madre. En mi padre. En mi hermana. En todos los que me conocían y creían saber quién era yo. En todos los que me habrían mirado con incredulidad si les hubiera contado lo que estaba haciendo. En todos los que jamás habrían creído que Cindy Reed, la ejecutiva organizada, la esposa fiel, la madre ejemplar, fuera capaz de algo así.
Pensé en mí.
En la mujer que había sido. En la mujer que creía ser. En la mujer que ahora estaba ahí, amarrada, riendo, cobrando. En la mujer que había tomado una decisión que no podía deshacer. En la mujer que había cruzado una línea que no sabía si podría volver a cruzar.
Las cosquillas seguían. Los dedos seguían. El chico de los pies seguía rascando las plantas desnudas, subiendo y bajando por los arcos, jugando con los dedos. Los otros tres seguían con las piernas, la barriga, las caderas, las costillas, las axilas, el cuello, los pechos. Y yo seguía riendo. Pero era una risa distinta. Una risa que ya no me llenaba la garganta. Una risa que ya no me vaciaba los pulmones. Una risa que sonaba hueca, como si viniera de otra persona.
En medio de todo, me pregunté qué haría cuando terminara.
¿Me levantaría de esa cama como si nada? ¿Me vestiría, tomaría mi bolso, guardaría el sobre con los ochocientos dólares y volvería a casa? ¿Le sonreiría a Thomas? ¿Le preguntaría por su día? ¿Le prepararía la cena? ¿Me acostaría a su lado y fingiría dormir mientras repasaba cada segundo de lo que había hecho?
¿O me quedaría ahí, en esa cama, hasta que las dos horas terminaran y ya no supiera cómo volver a ser yo?
No tenía respuesta. No había respuesta. Solo había cosquillas. Solo había risa. Solo había una mentira que ya no podía deshacer.
No supe cuánto tiempo había pasado. Podían haber sido minutos. Podían haber sido horas. Podían haber sido días enteros. El tiempo se había vuelto una cosa extraña, elástica, imposible de medir. Solo sabía que en algún momento, en algún punto que no pude identificar, las manos se detuvieron.
Los dedos se apartaron de mis pies. Las manos se apartaron de mis piernas, de mi barriga, de mis caderas, de mis costillas, de mis axilas, de mi cuello, de mis pechos. El colchón se hundió y se deshundió varias veces, como si los cuerpos que estaban sobre él se hubieran levantado, uno por uno, y hubieran dado un paso atrás.
Y entonces, silencio.
Solo se escuchaba mi respiración. Agitada. Entrecedida. Como si hubiera corrido una maratón. Como si hubiera subido una montaña. Como si hubiera estado riendo durante dos horas seguidas sin parar.
Estaba empapada en sudor. El cabello se me pegaba a la frente, a las sienes, al cuello. Las lágrimas me habían dejado surcos en las mejillas. La blusa se me había subido hasta muy por encima del ombligo. El sostén se me había movido un poco de lugar. Las medias rotas colgaban de mis tobillos en jirones. Y yo seguía amarrada de pies y manos, boca arriba, en ropa interior, sin poder moverme.
Abrí los ojos. La lámpara del techo seguía ahí, con la pantalla un poco torcida. La luz me pareció más brillante que antes. O quizá era que mis ojos estaban más sensibles. Parpadeé un par de veces. Respiré hondo. Sentí que el pecho me subía y me bajaba con cada inhalación.
Los cuatro chicos estaban de pie alrededor de la cama. Los miré uno por uno. El chico alto, el que me había picado las costillas al saludarme. Otro, de cabello más claro, que no recordaba haber visto bien hasta ese momento. Un tercero, más bajo, de hombros estrechos. Y Evan. Evan, el que me había escrito todos esos mensajes. Evan, el que me había propuesto todo aquello. Evan, el que ahora me miraba con una expresión que no supe interpretar.
Nadie decía nada. Solo me miraban. Como si esperaran algo. Como si quisieran ver qué hacía yo ahora.
Fue Evan el que habló primero.
—¿Cómo te sientes?
Su voz sonó distinta. Más suave. Más cercana. Como si hubiera salido del personaje, como si hubiera vuelto a ser el chico con el que hablaba casi todas las noches por internet. El chico que me escuchaba. El chico que me hacía reír. El chico que sabía cosas de mí que ni Thomas sabía.
Respiré hondo antes de responder. Todavía me faltaba el aire. Todavía sentía el corazón latiéndome rápido. Todavía sentía los nervios de los pies vibrar, como si las cosquillas siguieran ahí aunque las manos ya no estuvieran.
—No lo sé —dije, con la voz ronca—. Jamás me habría imaginado que esta locura existiera. Que ser sometida con cosquillas pudiera ser algo real. Algo que la gente hiciera de verdad.
Evan sonrió. No fue una sonrisa burlona. Fue una sonrisa suave, casi tierna.
—¿Y lo estás disfrutando?
Me quedé callada un momento. La pregunta era sencilla, pero la respuesta no lo era. Porque una parte de mí quería decir que no. Quería decir que había sido horrible, que nunca volvería a hacerlo, que estaba contando los segundos para que me soltaran y poder irme a casa. Pero otra parte de mí, una parte que no esperaba, una parte que me daba un poco de vergüenza, sabía que no era del todo cierto.
—Curiosamente… —empecé, y me detuve. Respiré. Volví a empezar—. Curiosamente, al sentir tantas cosquillas, en el fondo lo disfruto un poco.
Lo dije en voz baja. Casi como una confesión. Casi como si me costara admitirlo. Porque me costaba. Me costaba reconocer que, en medio del caos, en medio de la risa incontrolable, en medio de la impotencia de estar amarrada y no poder escapar, había algo que me gustaba. Algo que me hacía sentir viva. Algo que me hacía sentir vista. Algo que me hacía sentir algo que hacía mucho no sentía.
Evan asintió despacio. No dijo nada. No hizo ningún comentario. Solo me miró con esa misma expresión que no supe descifrar. Y los otros tres siguieron en silencio, de pie alrededor de la cama, esperando.
Yo seguía amarrada. Seguía en ropa interior. Seguía con las medias rotas colgando de los tobillos. Seguía con el cabello pegado a la cara y el sudor enfriándose en la piel. Y todavía no había terminado.
Evan se cruzó de brazos. Los otros tres seguían ahí, de pie, en silencio, pero él parecía ser el único que hablaba. El único que preguntaba. El único que quería saber.
—¿Y qué parte de tu cuerpo disfrutas más? ¿Y cuál odias más?
La pregunta me tomó por sorpresa. No porque fuera extraña, después de todo lo que había pasado. Sino porque, en medio del agotamiento, en medio de la respiración entrecortada y el sudor enfriándose en la piel, nunca me había detenido a pensarlo de esa manera. Nunca me había preguntado qué parte de mí disfrutaba y qué parte odiaba. Solo había sentido. Solo había reído. Solo había resistido.
Respiré hondo. Todavía me faltaba el aire. Todavía sentía el corazón latiéndome rápido. Todavía sentía los nervios de los pies vibrar, como si las cosquillas siguieran ahí aunque las manos ya no estuvieran.
—Curiosamente… —empecé, y me detuve. Miré al techo un momento. La lámpara seguía torcida. La luz seguía brillante. Y yo seguía amarrada—. Curiosamente, odio mucho que me hagan cosquillas en los pies. Es donde más tengo. Es donde no puedo controlarme. Es donde me vuelvo loca.
Evan asintió despacio. No dijo nada. Solo esperó.
—Pero… —continué, y sentí que las orejas me ardían—. Pero curiosamente, en el fondo, disfruto más ser sometida y torturada con muchas cosquillas en mis pies. No sé cómo explicarlo. Es como si el odio y el disfrute fueran lo mismo. Como si mientras más insoportable es, más me gusta.
Evan ladeó la cabeza. Su expresión cambió. Ya no era la sonrisa suave de antes. Era algo más. Algo más curioso. Más analítico. Como si estuviera desarmando mis palabras pieza por pieza.
—Entonces es como si fueras una especie de masoquista —dijo.
La palabra me quedó dando vueltas en la cabeza. Masoquista. Nunca me había aplicado esa palabra. Nunca me había detenido a pensar si encajaba conmigo. Siempre la había asociado con dolor. Con cosas que no tenían nada que ver conmigo. Con cosas que no entendía.
—El masoquista le gusta sentir dolor —dije, casi como para mí misma—. Pero yo no creo que sea eso. A mí no me gusta el dolor. No me gusta que me lastimen. No me gusta sentirme mal. Pero esto es distinto. Esto no es dolor. Esto es cosquillas. Y sí, es insoportable. Y sí, me vuelve loca. Y sí, a veces hasta me dan ganas de llorar. Pero no es dolor. Es otra cosa.
Hice una pausa. Las palabras seguían ahí, en el aire, esperando a que yo las terminara de armar.
—Creo que me está gustando ser sometida con cosquillas en mis hipercosquilludos pies —dije finalmente—. No sé si eso me convierte en masoquista. No sé si eso tiene un nombre. Solo sé que es lo que siento.
Evan no respondió de inmediato. Se quedó mirándome un momento, como si estuviera procesando lo que acababa de decir. Luego asintió, muy despacio, como si hubiera entendido algo que yo misma no terminaba de entender.
Los otros tres siguieron en silencio. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Solo me miraban. Solo esperaban.
Y yo seguía amarrada. Seguía en ropa interior. Seguía con las medias rotas colgando de los tobillos. Seguía con el cabello pegado a la cara y el sudor enfriándose en la piel. Y todavía no había terminado.
Evan miró a los otros tres. No dijo mucho. Solo una frase corta, casi susurrada, pero que sonó en toda la habitación como si hubiera gritado.
—Ya la escucharon.
No entendí. O sí entendí. Pero no tuve tiempo de procesarlo. No tuve tiempo de decir nada. No tuve tiempo de pedir que esperaran, de preguntar qué significaba eso, de intentar negociar aunque fuera un segundo más de descanso.
Porque los cuatro se movieron al mismo tiempo.
Se amontonaron al final de la cama. Los cuatro. Los cuatro en el mismo lugar. Los cuatro sobre mis pies. Sentí el colchón hundirse bajo el peso de sus cuerpos. Sentí sus rodillas, sus manos, sus codos. Sentí que se acomodaban como podían, encima unos de otros, alrededor de mis pies, buscando espacio, buscando sitio, buscando la mejor posición para llegar a cada rincón.
Y empezaron.
No fue como antes. Antes había sido rascar. Antes había sido dedos moviéndose en círculos. Antes había sido lento, o rápido, o insistente, pero siempre reconocible. Esto no. Esto fue otra cosa. Fue un ataque. Fue una invasión. Fue como si cada centímetro de mis pies hubiera sido dividido entre ellos y cada uno se hubiera quedado con una parte para no dejarla en paz.
Dedos en los talones. Dedos en los arcos. Dedos en el empeine. Dedos en la base de los dedos. Dedos entre los dedos. Dedos en las plantas. Dedos en los tobillos. Dedos en los bordes. Dedos en los huecos. Dedos en cada rincón. Dedos en cada pliegue. Dedos en cada nervio.
Y yo grité.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No fue una risa. Fue un grito. Un grito que se convirtió en risa. Una risa que se convirtió en grito. Un sonido que no sabía que podía salir de mí. Un sonido que llenó la habitación entera. Un sonido que rebotó en las paredes, en el techo, en la lámpara torcida, en los pósters, en las cortinas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis piernas tiraron de las correas. Los tobillos se tensaron. Los dedos de los pies se abrieron y se cerraron, se curvaron y se estiraron, intentaron esconderse debajo de los dedos de los demás, intentaron escapar hacia arriba, hacia los lados, hacia cualquier lugar donde no hubiera manos. Pero no había escape. No había tregua. No había piedad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los cuatro seguían ahí. Amontonados. Encima unos de otros. Sin decir nada. Sin bromas. Sin juego de rol. Solo manos. Solo dedos. Solo cosquillas. Solo pies que no podían dejar de recibirlas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Sentí que las lágrimas me corrían por las sienes. Sentí que el cabello se me pegaba a la cara, al cuello, a la frente. Sentí que la blusa se me subía con cada sacudida, que la piel del vientre quedaba expuesta, que el ombligo se me contraía y se me relajaba al ritmo de la risa. Sentí que los brazos tiraban de las correas con una fuerza que no sabía que tenía. Sentí que la espalda se me arqueaba, que la cadera se me levantaba del colchón, que el cuerpo entero se me retorcía sin control.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No supliqué. No pedí que pararan. No dije «por favor». No dije «ya no». No dije nada que no fuera risa. Porque no podía. Porque no había espacio en mi cabeza para nada más que no fuera el torrente de cosquillas que me subía por las piernas y me explotaba en el cerebro.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
El caos se apoderó de mí. La locura se apoderó de mí. Y yo, amarrada de pies y manos, en ropa interior y medias rotas, no podía hacer nada más que gritar y reír. Gritar y reír. Gritar y reír.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los cuatro seguían ahí. Amontonados sobre mis pies desnudos. Sin piedad. Sin descanso. Sin tregua. Cuarenta dedos rascando, moviéndose, subiendo y bajando por las plantas, por los arcos, por los talones, por la base de los dedos, entre los dedos, en cada rincón de piel que encontraban.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo seguía riendo. Con la garganta ya ronca. Con los ojos inundados de lágrimas que me corrían por las sienes. Con el cuerpo entero sacudiéndose sobre el colchón. Con los brazos tirando de las correas y las piernas intentando cerrarse, intentando apartarse, intentando cualquier cosa que no servía de nada.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los chicos no decían nada. No hacían bromas. No seguían el juego de rol de «mujer mala» ni «castigo». Ahora era otra cosa. Ahora era silencio. Solo manos. Solo dedos. Solo cosquillas. Solo mis pies hipercosquilludos siendo torturados sin piedad por cuatro pares de manos que parecían no cansarse nunca.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y en medio del caos, en medio de la risa incontrolable, en medio del torrente de sensaciones que me recorrían las piernas y me explotaban en el cerebro, mi mente volvió a escaparse.
Pensé en las deudas.
La hipoteca. Tres meses atrasados. Los avisos del banco acumulándose en el cajón de la cocina. Las cartas que no me atrevía a abrir. Las llamadas que no contestaba. Los números rojos en la cuenta. La tarjeta de crédito al límite. La inscripción de Matthew que teníamos que pagar en dos meses y que no sabíamos de dónde íbamos a sacar.
Pensé en Thomas.
En sus trabajos temporales. En las manos ampolladas. En la espalda encorvada. En los cincuenta dólares que ganaba al día cargando cajas en una empresa de mudanzas. En los treinta dólares que ganaba atendiendo el mostrador de una ferretería los fines de semana. En lo poco que aportaba. En lo poco que podía aportar.
Pensé en mí.
En los currículums que enviaba todos los días. En las entrevistas que no llevaban a nada. En las cartas de rechazo automáticas. En los trabajos de freelance que pagaban cinco dólares por hora. En el agotamiento. En el insomnio. En la desesperación.
Y luego pensé en aquello.
En los ochocientos dólares que había ganado la primera vez. En lo que significaban. En lo que habían cubierto. En el respiro que nos habían dado. Y pensé en los mil seiscientos dólares que iba a ganar esa vez. En cuatro horas. En lo que significarían.
Mil seiscientos dólares. La hipoteca del próximo mes. La inscripción de Matthew. La mitad de la deuda de la tarjeta. Un respiro más grande. Un respiro más largo.
Y si hacía esto varias veces al mes… si aceptaba someterme a esto dos, tres, cuatro veces al mes… ¿cuánto podría ganar? ¿Cuánto podría cubrir? ¿Cuánto tiempo podría mantener a flote a mi familia?
Hice los números en mi cabeza, incluso mientras reía, incluso mientras mis pies ardían de cosquillas, incluso mientras las lágrimas me corrían por las mejillas.
Dos veces al mes. Dos sesiones de cuatro horas. Mil seiscientos dólares cada una. Tres mil doscientos dólares al mes. Eso era más de lo que Thomas ganaba con todos sus trabajos temporales juntos. Eso era casi lo que yo ganaba cuando tenía mi empleo. Eso era… eso era la solución.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Cuatro veces al mes. Cuatro sesiones. Seis mil cuatrocientos dólares. La hipoteca. La inscripción. La tarjeta. Los servicios. La comida. El auto. Todo. Todo cubierto. Todo pagado. Todo resuelto.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y si aumentaba las horas… si en lugar de cuatro horas eran cinco, o seis… si en lugar de mil seiscientos eran dos mil, o dos mil quinientos… ¿cuánto podría ganar entonces? ¿Cuánto necesitaría para salir de todas las deudas? ¿Cuánto necesitaría para dejar de preocuparme? ¿Cuánto necesitaría para dormir tranquila?
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Pensé en lo que significaría. Trabajar como una mula. Ellos, Thomas y yo, trabajando 24/7, 365 días al año, sin descanso, sin vacaciones, sin fines de semana. Él cargando cajas. Yo enviando currículums. Los dos agotados. Los dos sin esperanza. Los dos sin salida.
Y luego pensé en esto. En estar amarrada. En reír sin control. En perder la cabeza durante unas horas. En recibir dinero a cambio. En salir de deudas. En respirar.
No era lo mismo. No era comparable. No era un trabajo normal. No era algo que pudiera contarle a nadie. No era algo de lo que pudiera sentirme orgullosa. Pero era dinero. Dinero real. Dinero que podía pagar la hipoteca. Dinero que podía inscribir a Matthew en la escuela. Dinero que podía sacarnos del hoyo en el que estábamos metidos.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los chicos seguían. Sin parar. Sin piedad. Sin saber que en mi cabeza, en medio del caos, acababa de tomar una decisión. Sin saber que en ese momento, mientras mis pies desnudos eran torturados por cuarenta dedos, yo estaba planeando mi futuro. Un futuro que no había imaginado nunca. Un futuro que no le habría contado a nadie. Un futuro que, por primera vez en meses, me daba un poco de esperanza.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Cuatro horas. Sin descansos. Sin piedad. Mil seiscientos dólares. Y luego otras cuatro horas. Y otras. Y otras. Hasta que las deudas desaparecieran. Hasta que la hipoteca estuviera al día. Hasta que Matthew pudiera volver a sus clases de música. Hasta que Thomas dejara de cargar cajas. Hasta que yo dejara de enviar currículums que nadie leía.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
¿Cuántas sesiones necesitaría? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Cincuenta? No lo sabía. No importaba. Lo haría. Lo haría tantas veces como fuera necesario. Lo haría hasta que las cuentas estuvieran en orden. Lo haría hasta que pudiéramos respirar. Lo haría aunque tuviera que reír hasta morir. Lo haría aunque mis pies no pudieran soportarlo. Lo haría aunque tuviera que mentirle a Thomas todos los días de mi vida.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y en el fondo, muy en el fondo, una parte de mí que no quería reconocer, una parte de mí que me daba vergüenza, una parte de mí que no sabía si era culpa o deseo, se preguntó si realmente lo estaba haciendo solo por el dinero. Si realmente lo hacía solo por las deudas. Si realmente lo hacía solo por la hipoteca y la inscripción de Matthew y la tarjeta de crédito.
O si, en realidad, lo hacía porque quería. Porque me gustaba. Porque esas dos horas amarrada, riendo sin control, habían sido las dos horas más intensas de mi vida en años. Porque me había sentido viva. Porque me había sentido vista. Porque me había sentido algo que no sabía nombrar pero que no quería dejar de sentir.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No lo sabía. No quería saberlo. No estaba lista para responder esa pregunta. Así que cerré los ojos, me dejé llevar por la risa, y seguí riendo. Riendo mientras las manos seguían. Riendo mientras los dedos no paraban. Riendo mientras mis pies desnudos eran torturados sin piedad. Riendo mientras en mi cabeza se dibujaba un futuro que nunca habría imaginado.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Uno de los chicos —no supe cuál, porque tenía los ojos cerrados y la cabeza dándome vueltas— se movió. Sentí que el colchón se hundía en un extremo, que un peso se desplazaba. Luego sentí que una mano agarraba mi pie derecho por el tobillo. Otra mano hizo lo mismo con el izquierdo. Y tiraron.
Sentí que mis pies eran levantados del colchón, que quedaban suspendidos en el aire, que los tobillos eran sujetados por aquellas manos. Y luego sentí que alguien —o algo— se colocaba debajo de ellos. Una almohada. Un cojín. Algo que mantenía mis pies elevados, expuestos, vulnerables.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y entonces las manos volvieron. Pero esta vez no eran cuatro manos. Eran ocho. Ocho manos. Cuarenta dedos. Los cuatro chicos se habían reorganizado. Ya no estaban amontonados. Ahora estaban distribuidos. Uno a cada lado de mis pies. Uno frente a las plantas. Uno detrás de los talones. Todos tenían acceso. Todos tenían espacio. Todos podían llegar a cada rincón.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y empezaron de nuevo. Desde cero. Como si no hubieran estado haciéndolo durante horas. Como si acabaran de empezar. Como si mis pies no estuvieran ya rojos, sensibles, vibrantes de tanto roce.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Dedos en los talones. Dedos en los arcos. Dedos en el empeine. Dedos en la base de los dedos. Dedos entre los dedos. Dedos en las plantas. Dedos en los tobillos. Dedos en los bordes. Dedos en los huecos. Dedos en cada rincón. Dedos en cada pliegue. Dedos en cada nervio.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo grité. Otra vez. Un grito que se convirtió en risa. Una risa que se convirtió en grito. Un sonido que no sabía que podía salir de mí. Un sonido que llenó la habitación entera. Un sonido que rebotó en las paredes, en el techo, en la lámpara torcida.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis piernas tiraron de las correas. Los tobillos se tensaron. Los dedos de los pies se abrieron y se cerraron, se curvaron y se estiraron, intentaron esconderse debajo de los dedos de los demás, intentaron escapar hacia arriba, hacia los lados, hacia cualquier lugar donde no hubiera manos. Pero no había escape. No había tregua. No había piedad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Sentí que las lágrimas me corrían por las sienes. Sentí que el cabello se me pegaba a la cara, al cuello, a la frente. Sentí que la blusa se me subía con cada sacudida, que la piel del vientre quedaba expuesta, que el ombligo se me contraía y se me relajaba al ritmo de la risa. Sentí que los brazos tiraban de las correas con una fuerza que no sabía que tenía. Sentí que la espalda se me arqueaba, que la cadera se me levantaba del colchón, que el cuerpo entero se me retorcía sin control.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No supliqué. No pedí que pararan. No dije «por favor». No dije «ya no». No dije nada que no fuera risa. Porque no podía. Porque no había espacio en mi cabeza para nada más que no fuera el torrente de cosquillas que me subía por las piernas y me explotaba en el cerebro.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y en medio de todo, en medio del caos, en medio de la locura, mi mente volvió a escapar. Volvió a los números. Volvió a las deudas. Volvió a la hipoteca. Volvió a la inscripción de Matthew. Volvió a la tarjeta de crédito. Volvió a los avisos del banco. Volvió a las cartas sin abrir. Volvió a las llamadas sin contestar.
Y pensé: si hago esto dos veces al mes, puedo pagar la hipoteca. Si lo hago tres veces al mes, puedo pagar la inscripción. Si lo hago cuatro veces al mes, puedo pagar la tarjeta. Si lo hago cinco veces al mes, puedo pagar los servicios. Si lo hago seis veces al mes, puedo pagar la comida. Si lo hago siete veces al mes, puedo pagar el auto. Si lo hago ocho veces al mes, puedo pagar todo. Todo. Todo. Todo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Ocho veces al mes. Ocho sesiones. Ocho días amarrada. Ocho días riendo sin control. Ocho días con mis pies torturados. Ocho días con cuarenta dedos rascando cada centímetro de piel. Ocho días. ¿Era mucho? ¿Era poco? ¿Importaba?
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
No importaba. No importaba nada. Solo importaba el dinero. Solo importaba salir de deudas. Solo importaba que Thomas dejara de cargar cajas. Solo importaba que Matthew pudiera volver a sus clases de música. Solo importaba que yo pudiera dormir tranquila. Solo importaba que pudiéramos respirar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y si para lograr eso tenía que reír hasta morir, lo haría. Si tenía que dejar mis pies en manos de cuatro desconocidos una y otra vez, lo haría. Si tenía que mentirle a Thomas, lo haría. Si tenía que convertirme en alguien que no reconocía, lo haría. Lo haría todo. Todo. Todo. Todo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Porque el dinero no era solo dinero. Era libertad. Era la posibilidad de dejar de preocuparme. Era la posibilidad de dejar de sentir que me ahogaba. Era la posibilidad de dejar de ser una carga para mí misma. Era la posibilidad de volver a ser yo. La Cindy Reed que había sido antes de que todo se derrumbara. La Cindy Reed que se sentía segura. La Cindy Reed que no tenía que reírse para ganar dinero.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Pero esa Cindy Reed ya no existía. Esa Cindy Reed se había quedado en algún lugar del camino. Esa Cindy Reed había desaparecido cuando Thomas perdió su empleo. Cuando yo perdí el mío. Cuando las deudas empezaron a acumularse. Cuando las peleas empezaron. Cuando el amor empezó a mezclarse con el cansancio. Cuando la esperanza empezó a mezclarse con la desesperación.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
La Cindy Reed que existía ahora era otra. Era la que estaba amarrada a una cama, en ropa interior, con los pies desnudos y rojos, riendo sin control mientras cuatro chicos de dieciocho años le hacían cosquillas sin piedad. Era la que pensaba en las deudas mientras reía. Era la que planeaba su futuro mientras su cuerpo se retorcía. Era la que había descubierto que podía ganar dinero con algo que, en el fondo, no le disgustaba del todo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y esa Cindy Reed, la nueva, la que estaba naciendo en esa cama, en esa habitación, en medio de esa locura, no estaba segura de querer volver a ser la anterior. No estaba segura de querer dejar de hacer esto. No estaba segura de querer renunciar a la única cosa que, en meses, la había hecho sentir algo que no fuera preocupación.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Los chicos seguían. Sin parar. Sin piedad. Sin saber nada de lo que pasaba por mi cabeza. Solo veían mi cuerpo retorciéndose. Solo oían mi risa. Solo sentían la piel de mis pies bajo sus dedos. No sabían que en mi mente se libraba una batalla. No sabían que estaba decidiendo mi futuro. No sabían que, en cierto modo, me estaban ayudando a encontrar una salida.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y entonces, uno de ellos se movió.
El chico alto. El que me había picado las costillas al saludarme. Se apartó de mis pies sin decir nada, con la mirada fija en mi cuerpo, y se arrodilló junto al lado izquierdo de la cama. Su rostro quedó a la altura de mi costado. Me miró un segundo. Solo un segundo. Lo justo para que yo viera algo en sus ojos que me hizo contener el aliento. Algo que no era diversión. Algo que no era lástima. Algo más. Algo que me hizo sentir vista de una manera que no sabía que podía ser vista.
Y luego bajó la cabeza. Y su lengua tocó mi costado izquierdo.
—¡JAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
El sonido que salió de mi boca no fue solo una carcajada. Fue una carcajada mezclada con un jadeo. Un jadeo que se me escapó de la garganta antes de que pudiera atraparlo. Porque la sensación de una lengua húmeda y cálida deslizándose por mi costado, desde la cintura hasta las costillas, fue completamente distinta a todo lo que había sentido hasta ese momento. Fue más íntima. Más lenta. Más deliberada. Como si él estuviera saboreando cada centímetro de mi piel.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Su lengua subió. Desde la cintura hasta las costillas. Desde las costillas hasta la axila. Y cuando llegó a la axila, se detuvo. Y empezó a moverse en círculos. Círculos lentos. Círculos húmedos. Círculos que me hicieron arquear la espalda y tirar de las correas con una fuerza que no sabía que tenía.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y mientras su lengua trabajaba en mi axila izquierda, sentí que otra mano se posaba en mi costado derecho. Otra boca. Otra lengua. El chico de cabello claro se había arrodillado al otro lado de la cama. Y estaba haciendo exactamente lo mismo. Su lengua recorría mi costado derecho con la misma lentitud, la misma deliberación, la misma humedad. Subía desde la cintura hasta las costillas. Desde las costillas hasta la axila. Y se detenía ahí. En la axila. Moviéndose en círculos. Lamiendo. Chupando. Haciéndome cosquillas con la lengua de una manera que no sabía que era posible.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Dos lenguas. Una a cada lado. Subiendo y bajando por mis costados. Deteniéndose en mis axilas. Moviéndose en círculos. Lamiendo. Chupando. Y yo reía. Reía con la boca abierta. Reía con los ojos cerrados. Reía con el cuerpo entero sacudiéndose sobre el colchón. Pero ahora la risa venía acompañada de algo más. De jadeos. De pequeños gritos ahogados. De sonidos que se me escapaban de la garganta sin que yo pudiera controlarlos.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y entonces sentí un peso sobre mí.
El tercer chico —el más bajo, el de hombros estrechos, el que me había sonreído con timidez— se subió a la cama. Se colocó sobre mí. Con las rodillas a cada lado de mi cadera. Con las manos apoyadas en el colchón, a la altura de mis hombros. Su rostro quedó justo encima del mío. Me miró un momento. Yo abrí los ojos, lo justo para verlo. Y él sonrió. No fue una sonrisa tímida. Fue otra cosa. Fue una sonrisa que decía que sabía exactamente lo que estaba a punto de hacer. Y que lo estaba deseando.
Y luego bajó la cabeza. Y su lengua tocó mi vientre.
—¡JAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
La sensación fue como una descarga eléctrica. Su lengua se deslizó por mi barriga, desde el ombligo hacia arriba, en un movimiento lento y húmedo que me hizo contraer todos los músculos del abdomen. Y luego bajó. Y volvió a subir. Y bajó otra vez. Trazando círculos alrededor de mi ombligo. Metiéndose en él. Lamiendo la piel que lo rodeaba. Sin prisa. Sin pausa. Sin piedad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y mientras su lengua trabajaba en mi vientre, sus manos empezaron a moverse. Una se posó en mi costado. La otra subió hacia mi pecho. No fue un toque impropio. No fue un agarre. Fueron dedos. Dedos que se posaron en la parte superior de mi pecho, cerca de la clavícula, y empezaron a moverse. A rascar. A hacer cosquillas. A multiplicar la sensación que ya me recorría el cuerpo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Su lengua subió. Del vientre al esternón. Del esternón al cuello. Del cuello a la barbilla. Y luego bajó de nuevo. Y volvió a subir. Y mientras subía y bajaba, sus dedos seguían en mi pecho, en mi costado, en mi axila, rascando, moviéndose, haciéndome cosquillas sin parar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y entonces sentí que el cuarto chico se movía.
Evan.
Lo supe antes de verlo. Lo supe por la forma en que el colchón se hundió en el extremo de la cama. Lo supe por la forma en que las manos que habían estado en mis pies se apartaron. Lo supe por la forma en que el silencio se hizo un poco más denso, un poco más expectante.
Evan se subió a la cama. Se colocó entre mis piernas. No sobre ellas. Entre ellas. Con las rodillas a cada lado de mis muslos. Con las manos apoyadas en el colchón, a la altura de mis caderas. Su rostro quedó justo encima de mis pies. Mis pies desnudos. Mis pies rojos. Mis pies sensibles. Mis pies hipercosquilludos.
Me miró un momento. Yo abrí los ojos, lo justo para verlo. Y él sonrió. No fue una sonrisa suave. No fue la sonrisa del chico que me escribía mensajes por internet. Fue otra cosa. Fue una sonrisa que decía que sabía exactamente lo que estaba a punto de hacer. Y que lo estaba deseando.
Y luego bajó la cabeza. Y su lengua tocó la planta de mi pie derecho.
—¡JAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
El grito que salió de mi boca no fue una risa. Fue un alarido. Un alarido que se convirtió en risa. Una risa que se convirtió en jadeo. Un jadeo que se convirtió en gemido. Porque la sensación de una lengua en la planta de mi pie era completamente distinta a la de unos dedos. Era más húmeda. Más cálida. Más íntima. Más intensa. Cada centímetro de piel que su lengua recorría se sentía como si me estuvieran encendiendo por dentro.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Su lengua subió por el arco de mi pie. Desde el talón hasta la base de los dedos. Y luego bajó. Y volvió a subir. Y mientras subía y bajaba, sus labios se cerraron sobre mis dedos. Uno por uno. Chupándolos. Lamiéndolos. Pasando la lengua entre ellos. Metiéndose en los espacios. Recorriendo cada pliegue. Cada rincón. Cada nervio.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo no podía más. No podía más. Tenía dos lenguas en los costados. Dos lenguas que subían y bajaban por mi piel, que se metían en mis axilas, que recorrían mis costillas, que lamían mi cuello. Tenía una lengua en el vientre. Una lengua que trazaba círculos alrededor de mi ombligo, que subía a mis pechos, que jugaba con la piel expuesta entre el sostén y el torso, que bajaba de nuevo al vientre. Y tenía una lengua en los pies. Una lengua que lamía mis plantas, que chupaba mis dedos, que se metía entre ellos, que me hacía sentir cosas que no sabía que podía sentir.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y las manos. Las manos no paraban. Las manos de los cuatro seguían moviéndose. Rascando. Haciendo cosquillas. Multiplicando todo. Los costados. Las axilas. Las costillas. El vientre. Los pechos. El cuello. Las piernas. Las rodillas. Los muslos. Los tobillos. Los pies. Todo. Todo al mismo tiempo. Todo sin pausa. Todo sin piedad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mi cuerpo era un solo nervio expuesto. Mi cuerpo era una sola descarga eléctrica. Mi cuerpo era una sola carcajada que no encontraba salida. Reía. Jadeaba. Gemía. Gritaba. Suplicaba sin palabras. Me retorcía. Me arqueaba. Tiraba de las correas. Intentaba cerrar las piernas. Intentaba apartar los brazos. Intentaba cualquier cosa. Pero no había escape. No había tregua. No había piedad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y en medio del caos, en medio de la locura, en medio del torrente de sensaciones que me recorrían el cuerpo entero, sentí algo que no esperaba. Sentí que la risa empezaba a mezclarse con algo más. Con algo que no era risa. Con algo que no era jadeo. Con algo que no era gemido. Con algo que era todo eso al mismo tiempo. Con algo que me subía por la garganta y me salía de la boca en forma de sonidos que no reconocía. Sonidos que no había producido nunca. Sonidos que me daban vergüenza. Sonidos que me daban placer.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
La lengua de Evan seguía en mis pies. Subiendo y bajando por la planta. Metiéndose entre mis dedos. Chupándolos. Lamiéndolos. Y cada vez que su lengua tocaba un punto especialmente sensible, un punto que no sabía que tenía, mi risa se quebraba en un gemido. Un gemido corto. Un gemido agudo. Un gemido que se me escapaba antes de que pudiera atraparlo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Las lenguas de los costados seguían. Subiendo y bajando por mi piel. Deteniéndose en mis axilas. Moviéndose en círculos. Lamiendo. Chupando. Y yo sentía que me desintegraba. Que me partía en dos. Que cada nervio de mi cuerpo estaba conectado a mi piel y que cada lengua encendía todos los demás.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
La lengua del chico que estaba sobre mí seguía. Subiendo por mi vientre. Bajando por mi cuello. Rodeando mi ombligo. Lamiendo la piel expuesta entre el sostén y el torso. Y sus dedos seguían en mi pecho. En mi costado. En mi axila. Rascando. Moviéndose. Haciéndome cosquillas sin parar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo gemía. Gemía entre las carcajadas. Gemía entre los jadeos. Gemía entre los gritos. Gemía con la boca abierta y los ojos cerrados. Gemía con el cuerpo entero sacudiéndose sobre el colchón. Gemía sin saber por qué. Gemía sin saber para qué. Gemía porque no podía hacer otra cosa. Gemía porque era lo único que me quedaba.
Pero ya no reía.
O no del todo. La risa se había ido apagando poco a poco, sustituida por algo más profundo, más denso, más difícil de controlar. Ahora solo jadeaba. Jadeaba con la boca abierta, con el pecho subiendo y bajando con violencia, con el aire entrando y saliendo de mis pulmones en ráfagas cortas y entrecortadas. Jadeaba porque las lenguas seguían ahí. Las cuatro lenguas. Subiendo y bajando por mi piel. Recorriendo mis costados. Metiéndose en mis axilas. Rodeando mi ombligo. Subiendo por mi cuello. Bajando por mis pechos. Lamiendo mis pies. Chupando mis dedos.
—Ah… ah… ah…
Los sonidos que salían de mi boca ya no eran carcajadas. Eran jadeos. Eran gemidos. Eran pequeños gritos ahogados que se me escapaban cada vez que una lengua tocaba un punto especialmente sensible. Y yo sentía todo. Sentía cada lengua. Sentía cada labio. Sentía cada aliento. Sentía el calor de sus bocas sobre mi piel. Sentía la humedad de sus lenguas deslizándose por mi cuerpo. Sentía sus manos. Sus dedos. Sus uñas. Todo. Todo al mismo tiempo. Todo sin pausa. Todo sin piedad.
Y los sentía a ellos.
Los sentía excitados.
No era algo que pudiera ignorar. No era algo que pudiera fingir que no notaba. Estaban sobre mí. Alrededor de mí. Sus cuerpos presionaban contra el mío. Sus respiraciones eran agitadas. Sus movimientos tenían una urgencia que no tenía nada que ver con el juego. Y yo lo sentía. Lo sentía en la forma en que el chico alto me agarraba el costado. En la forma en que el de cabello claro me sujetaba la axila. En la forma en que el más bajo se movía sobre mi vientre. En la forma en que Evan presionaba sus caderas contra mis piernas mientras lamía mis pies.
Y pese a todo, pese a saber lo que estaba pasando, pese a sentir sus erecciones contra mi cuerpo, pese a saber que aquello ya no era solo un juego… yo no quería que pararan.
—Ah… ah… no… no…
No quería que pararan. Pero tampoco podía quedarme quieta. Mi cuerpo reaccionaba solo. Se retorcía. Se arqueaba. Intentaba esquivar las lenguas. Intentaba huir de las lamidas. Movía las caderas hacia un lado. Hacia el otro. Levantaba la espalda. La bajaba. Encogía las piernas. Las estiraba. Hacía todo lo posible por escapar. Pero no había escape. Estaba amarrada. De pies y manos. Y cada movimiento que hacía solo servía para exponer más piel. Para ofrecer más superficie. Para que sus lenguas encontraran nuevos rincones que lamer.
—Ah… no… por favor… ah…
Y de vez en cuando, cada tanto, cuando una lengua tocaba un punto que no esperaba, cuando unos labios se cerraban sobre un trozo de piel especialmente sensible, cuando unos dientes rozaban apenas un nervio expuesto… se me escapaba una carcajada. Una sola. Corta. Aguda. Involuntaria. Una carcajada que rompía el patrón de jadeos y gemidos y me delataba. Una carcajada que decía, sin palabras, que todavía quedaba algo de la Cindy cosquilluda debajo de la Cindy que jadeaba.
—¡Ja! … Ah… no… no…
Y Evan se daba cuenta.
Evan, que estaba entre mis piernas, con la boca pegada a mis pies, con la lengua recorriendo la planta de mi pie derecho, notaba cada carcajada. Notaba cada vez que mi risa se quebraba en un gemido. Notaba cada vez que mi cuerpo se sacudía de una manera distinta. Y sonreía. Sonreía contra mi piel. Y seguía. Seguía lamiendo. Seguía chupando. Seguía recorriendo cada centímetro de mis pies con una paciencia que rayaba en la crueldad.
—Ah… ah… Evan… no… ah…
No me escuchaba. O fingía no escucharme. Su lengua subía por el arco de mi pie. Bajaba por el talón. Se metía entre mis dedos. Los separaba. Los lamía uno por uno. Se detenía en la base. Jugaba con la piel. Volvía a subir. Volvía a bajar. Y cada vez que su lengua tocaba un punto nuevo, un punto que no había tocado antes, mi cuerpo entero reaccionaba. Las caderas se me levantaban. La espalda se me arqueaba. Los dedos de los pies se me curvaban. Y de mi boca salía un jadeo. Un gemido. Un grito ahogado. Y, cada tanto, una carcajada.
—¡Ja! … Ah… no… no puedo… ah…
Los otros tres seguían. Las lenguas en mis costados no paraban. Subían y bajaban por mi piel. Se detenían en mis axilas. Movían círculos. Lamían. Chupaban. Y yo sentía que me desintegraba. Que me partía en dos. Que cada nervio de mi cuerpo estaba conectado a mi piel y que cada lengua encendía todos los demás.
—Ah… ah… ah…
La lengua del chico que estaba sobre mí seguía. Subía por mi vientre. Bajaba por mi cuello. Rodeaba mi ombligo. Lamía la piel expuesta entre el sostén y el torso. Y sus dedos seguían en mi pecho. En mi costado. En mi axila. Rascando. Moviéndose. Haciéndome cosquillas sin parar.
—Ah… no… no… ah…
Y yo intentaba escapar. Movía el cuerpo a un lado. Al otro. Levantaba las caderas. Las bajaba. Encogía las piernas. Las estiraba. Pero las correas me mantenían firme. Los tobillos sujetos. Las muñecas aseguradas. No había escape. No había tregua. No había piedad.
—Ah… ah… por favor… ah…
Y ellos seguían. Sin decir nada. Sin bromas. Sin juego de rol. Solo lenguas. Solo labios. Solo dedos. Solo cosquillas. Solo mis jadeos. Solo mis gemidos. Solo mis carcajadas ocasionales que se me escapaban sin querer.
—¡Ja! … Ah… no… no…
Y Evan seguía ahí. Entre mis piernas. Con la boca pegada a mis pies. Con la lengua recorriendo cada centímetro de piel. Y yo sabía que él sabía. Sabía que notaba cada carcajada. Sabía que notaba cada vez que mi risa se quebraba. Sabía que notaba cada vez que mi cuerpo se sacudía de una manera distinta. Y seguía. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua.
—Ah… ah… Evan… ah…
Y en medio de todo, en medio del caos, en medio de la locura, en medio de los jadeos y los gemidos y las carcajadas ocasionales, sentí algo que no esperaba. Sentí que ya no quería escapar. Sentí que ya no quería huir. Sentí que, por primera vez desde que había entrado a esa habitación, quería quedarme. Quería sentir. Quería seguir sintiendo. Quería que las lenguas siguieran. Quería que los dedos siguieran. Quería que Evan siguiera. Quería que todo siguiera. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua.
—Ah… ah… ah…
Porque en medio de los jadeos, en medio de los gemidos, en medio de las carcajadas que se me escapaban sin querer, había encontrado algo que no sabía que buscaba. Algo que no sabía que necesitaba. Algo que me hacía sentir viva. Algo que me hacía sentir deseada. Algo que me hacía sentir algo que no había sentido en meses.
—Ah… no… no pares… ah…
No sabía si lo había dicho en voz alta. No sabía si ellos lo habían escuchado. No sabía si Evan lo había notado. Pero lo había dicho. Lo había pensado. Lo había sentido. Y ya no podía desdecirme.
—Ah… ah… ah…
Finalmente, Evan habló.
—Ya es suficiente.
Su voz sonó distinta. Más firme. Más seria. Como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía rato. Yo abrí los ojos, lo justo para verlo, y lo vi levantar la cabeza. Miró hacia un costado de la cama. Hacia algo que yo no había visto hasta ese momento.
Un cronómetro.
Estaba sobre una mesita pequeña, junto a la cama, con la pantalla iluminada en rojo. Marcaba dos horas exactas. Dos horas. Las dos horas que habíamos acordado. Las dos horas que habían pasado sin que yo me diera cuenta. Sin que yo pudiera medir el tiempo. Sin que yo supiera si había sido mucho o poco.
Y entonces sonó la alarma.
Un pitido agudo. Corto. Insistente. Un pitido que llenó la habitación entera y que, por un momento, tapó el sonido de mis propios jadeos.
—Ya está —dijo Evan—. Se acabó.
Los otros tres se detuvieron al instante. Como si hubieran estado esperando esa orden. Como si solo necesitaran una palabra para parar. Las lenguas se apartaron de mi piel. Los dedos se apartaron de mi cuerpo. Los labios se apartaron de mis pies. Y de repente, el silencio. Solo mi respiración. Agitada. Entrecedida. Jadeando.
—Ah… ah… ah…
Evan se levantó de la cama. Los otros tres hicieron lo mismo. Se apartaron. Se quedaron de pie, alrededor de la cama, mirándome un momento. Yo seguía boca arriba, con los brazos y las piernas sujetos, con la piel húmeda de sudor y saliva, con el cabello pegado a la cara, con el pecho subiendo y bajando con violencia.
—Nos vamos —dijo Evan.
Los otros tres asintieron. No dijeron nada. No opusieron resistencia. No preguntaron nada. Solo se dieron la vuelta y caminaron hacia la puerta. El chico alto. El de cabello claro. El más bajo. Uno por uno. Salieron de la habitación. La puerta se cerró detrás de ellos. Y yo me quedé sola.
Sola con mi respiración. Sola con mi cuerpo tembloroso. Sola con las correas que me sujetaban de pies y manos. Sola con el silencio que de repente se había vuelto ensordecedor.
—Ah… ah… ah…
Cerré los ojos. Intenté respirar. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Pero el aire no terminaba de entrar. O entraba, pero no era suficiente. Mi corazón latía rápido. Muy rápido. Mi piel ardía. Mis pies ardían. Todo mi cuerpo ardía.
Y entonces escuché la puerta abrirse de nuevo.
Abrí los ojos. Era Evan. Había vuelto. Solo. Sin los otros. Cerró la puerta detrás de él. Y se quedó de pie, junto a la puerta, mirándome. Sin decir nada. Solo mirándome.
—Evan… —dije. Mi voz sonó ronca. Gastada. Como si hubiera estado gritando durante horas—. Suéltame. Por favor. Ya estoy muy cansada.
No respondió. No se movió. Solo me miró un momento más. Luego empezó a caminar. Despacio. Hacia la cama. Hacia mí. Pero no hacia mis muñecas. No hacia mis tobillos. Hacia el extremo de la cama. Hacia mis pies.
—Evan… —repetí—. Por favor. Suéltame.
Siguió caminando. Hasta llegar a los pies de la cama. Se quedó de pie ahí, mirándome. Mis pies desnudos. Mis pies rojos. Mis pies sensibles. Mis pies hipercosquilludos. Estaban justo delante de él. Expuestos. Vulnerables. Temblorosos.
—Evan… no… ya no…
Se agachó. Sin dejar de mirarme. Sin decir nada. Se agachó hasta quedar a la altura de mis pies. Y luego abrió la boca. Y metió mis dedos de los pies dentro.
—¡Ah…! —El gemido que salió de mi boca no fue una carcajada. Fue un gemido. Un gemido de sorpresa. De incredulidad. De algo que no supe nombrar—. Evan… no…
Pero él no me escuchó. O fingió no escucharme. Sus labios se cerraron sobre mis dedos. Su lengua empezó a moverse. Lamiendo. Chupando. Recorriendo cada dedo. Uno por uno. Metiéndose entre ellos. Pasando por encima. Por debajo. Por los lados. Y luego sus dientes. Sus dientes rozaron la piel. Suavemente primero. Luego con más presión. Mordiendo apenas. Lo justo para que yo sintiera. Lo justo para que yo reaccionara.
—¡Ja…! —La carcajada se me escapó antes de que pudiera atraparla. Corta. Aguda. Involuntaria—. No… Evan… no…
Y mientras su boca trabajaba en mis dedos, sus manos empezaron a moverse. Sus dedos se posaron en las plantas de mis pies. Y empezaron a rascar. Con las yemas primero. Luego con las uñas. Subiendo y bajando por los arcos. Recorriendo los talones. Metiéndose en los huecos. En los pliegues. En cada rincón de piel que encontraban.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
La carcajada que salió de mi boca esta vez no fue corta. Fue larga. Fue un torrente. Fue un río de risa que me llenó la garganta y me vació los pulmones. Porque la combinación era demasiado. Su boca en mis dedos. Sus manos en mis plantas. Las lamidas. Los mordiscos. Los rasguños. Todo al mismo tiempo. Todo en el mismo lugar. Todo en mis pies.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—Ya no… ya no soporto… por favor… —intenté decir, entre carcajadas—. Evan… ya no… no puedo…
Pero él no paró. Siguió. Siguió chupando. Siguió lamiendo. Siguió mordiendo. Siguió rascando. Y mientras lo hacía, levantó la vista. Me miró. Con los dedos de mis pies todavía en la boca. Con las manos todavía en mis plantas. Y sonrió. Una sonrisa que no era cruel. Una sonrisa que no era burlona. Una sonrisa que era otra cosa. Una sonrisa que decía que sabía algo. Algo que yo también sabía. Algo que ninguno de los dos quería decir en voz alta.
Y entonces habló. Con los dedos de mis pies todavía en la boca. Con la voz un poco apagada. Pero lo suficientemente clara para que yo lo entendiera.
—Tú y yo sabemos que disfrutas esto.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—Sabemos que te encantan las cosquillas en los pies. —Su lengua volvió a pasar entre mis dedos. Lenta. Deliberada—. Sabemos que no puedes soportarlo. Y sabemos que, aunque digas que no, aunque supliques, aunque grites… en el fondo… no quieres que pare.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—No quieres que pare —repitió—. ¿Verdad?
No respondí. No podía responder. La risa me lo impedía. Pero él no necesitaba una respuesta. Lo sabía. Yo lo sabía. Los dos lo sabíamos.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y siguió. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Chupando. Lamiendo. Mordiendo. Rascando. Haciéndome reír. Haciéndome suplicar. Haciéndome gemir. Haciéndome todo al mismo tiempo. Y yo, amarrada de pies y manos, con los brazos tirando de las correas y las piernas intentando cerrarse, no podía hacer nada más que reír. Reír y suplicar. Reír y gemir. Reír y sentir. Sentir cada lamida. Cada mordisco. Cada rasguño. Cada caricia de sus dedos en mis plantas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y en medio de todo, en medio del caos, en medio de la locura, en medio de la risa que no paraba, me di cuenta de que él tenía razón. Tenía razón. Yo disfrutaba esto. Lo disfrutaba más de lo que quería admitir. Lo disfrutaba más de lo que debería. Lo disfrutaba más de lo que era capaz de soportar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y él lo sabía. Y yo lo sabía. Y los dos seguíamos ahí. Él con mis dedos en la boca. Yo con las correas en las muñecas y los tobillos. Él chupando. Yo riendo. Él rascando. Yo suplicando. Él mordiendo. Yo gimiendo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Ya no podía más. Mi cuerpo entero temblaba. Los músculos del abdomen me dolían de una manera que no sabía que era posible. Los brazos, todavía sujetos por las correas, tiraban sin fuerza, sin convicción, como si hubieran perdido la voluntad de escapar. Las piernas estaban flojas sobre el colchón. Los tobillos, todavía asegurados, ya no se tensaban. Ya no intentaban cerrarse. Ya no intentaban nada.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Pero seguía riendo. Seguía riendo aunque ya no quería. Seguía riendo aunque ya no podía. Seguía riendo porque mi cuerpo ya no me obedecía. Porque la risa salía de mí como un reflejo, como un espasmo, como algo que ya no tenía nada que ver con mi mente ni con mi voluntad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Evan seguía ahí. Entre mis piernas. Con la boca pegada a mis pies. Con la lengua recorriendo cada centímetro de piel. Chupando. Lamiendo. Mordiendo. Y sus manos. Sus manos no paraban. Sus dedos rascaban las plantas. Las uñas recorrían los arcos. Los talones. Los huecos. Los pliegues. Cada rincón. Cada nervio. Cada terminación.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—Evan… —intenté decir. Pero la voz no me salió. Solo salió un jadeo. Un jadeo roto. Un jadeo que se mezcló con la risa—. Evan… por favor…
No me escuchó. O fingió no escucharme. Su lengua siguió. Subió por el arco de mi pie derecho. Bajó por el talón. Se metió entre mis dedos. Los separó. Los lamió uno por uno. Los chupó. Los mordió. Y luego pasó al pie izquierdo. Y repitió todo. Desde el principio. Como si no hubiera estado haciéndolo durante minutos. Como si acabara de empezar.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis ojos estaban cerrados. No podía abrirlos. Las lágrimas me corrían por las mejillas, por las sienes, por el cuello. El sudor me empapaba la frente, el cabello, la espalda. La blusa estaba pegada a mi piel. El sostén se había movido de lugar hacía rato. La falda se me había subido hasta la cadera. Y yo seguía ahí. Amarrada. Expuesta. Riendo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—Ya no… ya no puedo… —logré decir. Esta vez la voz me salió. Ronca. Quebrada. Casi un susurro—. Evan… ya no… de verdad… ya no…
Pero él no paró. Siguió. Su lengua siguió. Sus dedos siguieron. Sus uñas siguieron. Y yo seguí riendo. Riendo con la boca abierta. Riendo con los ojos cerrados. Riendo con el cuerpo entero sacudiéndose sobre el colchón. Pero ya no era una risa de disfrute. Ya no era una risa de placer. Era una risa de agotamiento. Una risa de rendición. Una risa que decía, sin palabras, que ya no podía más.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Sentí que las fuerzas me abandonaban. Los brazos se me aflojaron por completo. Las piernas se me quedaron quietas. La espalda ya no se arqueaba. Las caderas ya no se levantaban. Ya no intentaba escapar. Ya no intentaba huir. Ya no intentaba nada. Solo estaba ahí. Amarrada. Riendo. Agotada.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y Evan lo notó. Por supuesto que lo notó. Levantó la vista. Me miró. Con los dedos de mis pies todavía en la boca. Con las manos todavía en mis plantas. Y sonrió. No fue una sonrisa cruel. No fue una sonrisa burlona. Fue una sonrisa que decía que sabía exactamente lo que estaba pasando. Que sabía que yo ya no podía más. Que sabía que estaba agotada. Que sabía que estaba rendida. Y que, aun así, no iba a parar.
—¿Ya no puedes? —preguntó. Su voz sonó tranquila. Casi suave—. ¿Ya no soportas más?
—No… —respondí. O intenté responder. La risa me lo impidió. Solo salió un jadeo. Un gemido. Un sonido que no era ni una cosa ni la otra—. No… ya no…
—Pero sigues riendo —dijo él. Y era verdad. Seguía riendo. Aunque no quería. Aunque no podía. Aunque mi cuerpo entero me suplicaba que parara. Seguía riendo—. Sigues riendo. Aunque digas que no puedes. Sigues riendo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—Y mientras sigas riendo —continuó—, yo voy a seguir.
Y dicho eso, volvió a bajar la cabeza. Volvió a meter mis dedos en su boca. Volvió a lamir. Volvió a chupar. Volvió a morder. Y sus manos volvieron a rascar. A recorrer. A torturar. Cada centímetro. Cada nervio. Cada terminación de mis pies hipercosquilludos.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo seguí riendo. Seguí riendo aunque ya no podía. Seguí riendo aunque ya no quería. Seguí riendo aunque mi cuerpo entero me suplicaba que parara. Porque no había otra cosa que pudiera hacer. Porque estaba amarrada. Porque estaba agotada. Porque estaba rendida. Porque ya no me quedaba nada más que la risa.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y en medio de todo, en medio del agotamiento, en medio de la risa que ya no paraba, sentí algo que no esperaba. Sentí que las lágrimas ya no eran solo de risa. Sentí que había algo más. Algo más profundo. Algo más oscuro. Algo que no sabía nombrar. Algo que me dolía en el pecho. Algo que me apretaba la garganta. Algo que me hacía querer gritar. Pero no de risa. Gritar de verdad. Gritar de otra cosa. Gritar de algo que no tenía nombre.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Pero no grité. No podía. Solo reía. Reía y reía. Reía mientras Evan seguía. Reía mientras sus dedos seguían. Reía mientras sus manos seguían. Reía mientras todo seguía. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y en algún momento, en algún punto que no pude identificar, sentí que algo se rompía dentro de mí. No supe qué. No supe cómo. No supe por qué. Pero algo se rompió. Algo que había estado entero hasta ese momento. Algo que había estado aguantando. Algo que había estado resistiendo. Y ya no.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y seguí riendo. Pero ahora la risa era distinta. Ahora la risa venía acompañada de algo más. De algo que no era risa. De algo que no era jadeo. De algo que no era gemido. De algo que era todo eso al mismo tiempo. De algo que me subía por la garganta y me salía de la boca en forma de sonidos que no reconocía. Sonidos que no había producido nunca. Sonidos que me daban vergüenza. Sonidos que me daban placer. Sonidos que me daban todo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y Evan seguía. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Con la boca en mis pies. Con las manos en mis plantas. Con los dedos en mis dedos. Con las uñas en mi piel. Haciéndome reír. Haciéndome jadear. Haciéndome gemir. Haciéndome todo al mismo tiempo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo, amarrada de pies y manos, agotada, rendida, sin fuerzas, sin voluntad, sin nada más que la risa, seguí riendo. Seguí riendo porque no podía hacer otra cosa. Seguí riendo porque era lo único que me quedaba. Seguí riendo porque, en el fondo, aunque ya no podía más, aunque ya no soportaba más, aunque mi cuerpo entero me suplicaba que parara… una parte de mí no quería que parara. Una parte de mí quería seguir. Una parte de mí quería sentir. Una parte de mí quería reír. Una parte de mí quería gemir. Una parte de mí quería todo. Todo. Todo. Todo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y entonces, en medio del agotamiento, en medio de la risa que ya no podía controlar, hice lo único que se me ocurrió. Lo único que me quedaba. Aguantar.
Apreté los dientes. Con fuerza. Con toda la fuerza que me quedaba en la mandíbula. Cerré la boca. Cerré los ojos. Y traté de contener la risa. De atraparla. De impedir que saliera. De que se quedara dentro. De que no me escapara.
—Mmm… mmm… mmm…
Pero no funcionó. No funcionó porque la risa era más fuerte que yo. No funcionó porque las cosquillas seguían ahí. No funcionó porque Evan seguía ahí. Con la boca en mis pies. Con la lengua en mis dedos. Con las manos en mis plantas. Con las uñas en mi piel. Y cada vez que su lengua tocaba un punto nuevo, cada vez que sus dientes rozaban un nervio, cada vez que sus uñas recorrían un arco, la risa pugnaba por salir. Por escapar. Por liberarse.
—Mmm… mmm… ¡JA! … Mmm…
Y mis pies. Mis pies hipercosquilludos. Mis pies que no podían quedarse quietos. Mis pies que se movían desesperadamente. Que tiraban de las correas. Que intentaban escapar. Que se retorcían. Que se sacudían. Que se abrían y se cerraban. Que curvaban los dedos. Que los estiraban. Que hacían todo lo posible por huir de aquellas manos. De aquella boca. De aquella lengua. De aquellos dientes. De aquellas uñas. De aquella tortura.
—Mmm… mmm… ¡JAJAJA! … Mmm…
Pero no había escape. No había tregua. No había piedad. Las correas sujetaban mis tobillos. Las manos de Evan sujetaban mis pies. Y yo solo podía moverme un poco. Lo justo para que él tuviera que hacer un pequeño esfuerzo extra. Lo justo para que él tuviera que seguirme. Lo justo para que él tuviera que insistir. Pero no lo suficiente para escapar. No lo suficiente para huir. No lo suficiente para parar.
—Mmm… mmm… mmm…
Apretaba los dientes con una fuerza que me dolía en la mandíbula. Sentía los músculos de la cara tensos. Sentía las venas del cuello hinchadas. Sentía la garganta cerrada. Y aun así, la risa salía. Salía en forma de bufidos. En forma de jadeos. En forma de gemidos. En forma de pequeños gritos ahogados que se me escapaban entre los dientes apretados.
—Mmm… ¡JA! … Mmm… ¡JAJA! … Mmm…
Y Evan lo notaba. Por supuesto que lo notaba. Notaba mis pies moviéndose desesperadamente. Notaba mis dientes apretados. Notaba mis bufidos. Notaba mis jadeos. Notaba mis gemidos. Notaba todo. Y sonreía. Sonreía contra mi piel. Y seguía. Seguía lamiendo. Seguía chupando. Seguía mordiendo. Seguía rascando. Seguía torturando.
—Mmm… mmm… mmm…
Mis pies se movían sin parar. Se sacudían. Se retorcían. Se abrían. Se cerraban. Los dedos se curvaban hacia abajo. Luego hacia arriba. Luego hacia los lados. Intentaban esconderse. Intentaban escapar. Intentaban cualquier cosa. Pero no había dónde. No había cómo. No había manera.
—Mmm… ¡JAJAJAJA! … Mmm…
Y cada vez que la risa lograba escapar, cada vez que un ¡JA! se me salía entre los dientes, sentía que perdía. Sentía que perdía la batalla. Sentía que perdía el control. Sentía que ya no podía aguantar más. Pero volvía a apretar los dientes. Volvía a cerrar la boca. Volvía a intentarlo. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez.
—Mmm… mmm… mmm…
Pero era inútil. Completamente inútil. Porque Evan no paraba. No paraba nunca. Su lengua seguía recorriendo mis dedos. Sus labios seguían chupándolos. Sus dientes seguían mordiéndolos. Sus manos seguían rascando mis plantas. Sus uñas seguían recorriendo mis arcos. Sus dedos seguían metiéndose entre mis dedos. Y cada vez que tocaba un punto nuevo, cada vez que encontraba un rincón que no había explorado, la risa volvía a pugnar por salir. Volvía a escapar. Volvía a liberarse.
—Mmm… ¡JA! … Mmm… ¡JAJAJA! … Mmm…
Y mis pies. Mis pies hipercosquilludos. Mis pies que ya no podían más. Mis pies que estaban rojos. Que estaban sensibles. Que estaban vibrantes. Que estaban temblando. Que estaban al borde del colapso. Mis pies seguían moviéndose. Seguían sacudiéndose. Seguían retorciéndose. Seguían intentando escapar. Pero no podían. No podían porque las correas los sujetaban. No podían porque las manos de Evan los sujetaban. No podían porque yo estaba amarrada. De pies y manos. Sin poder hacer nada. Sin poder parar nada. Sin poder escapar de nada.
—Mmm… mmm… mmm…
Y en medio de todo, en medio del agotamiento, en medio de la risa contenida, en medio de los pies que no paraban de moverse, sentí que algo dentro de mí se rompía. Otra vez. Como antes. Como hacía un rato. Como cuando Evan había dicho que ya era suficiente y luego había vuelto. Algo se rompía. Algo que había estado aguantando. Algo que había estado resistiendo. Algo que había estado conteniendo. Y ya no.
—Mmm… ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
La risa explotó. Salió de mí como un torrente. Como un río. Como una cascada. Ya no podía contenerla. Ya no podía apretar los dientes. Ya no podía cerrar la boca. Ya no podía hacer nada. Solo reír. Reír y reír. Reír con la boca abierta. Reír con los ojos cerrados. Reír con el cuerpo entero sacudiéndose sobre el colchón.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y Evan siguió. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Con la boca en mis pies. Con la lengua en mis dedos. Con las manos en mis plantas. Con las uñas en mi piel. Haciéndome reír. Haciéndome jadear. Haciéndome gemir. Haciéndome todo al mismo tiempo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo, amarrada de pies y manos, agotada, rendida, sin fuerzas, sin voluntad, sin nada más que la risa, seguí riendo. Seguí riendo porque no podía hacer otra cosa. Seguí riendo porque era lo único que me quedaba. Seguí riendo porque, en el fondo, aunque ya no podía más, aunque ya no soportaba más, aunque mi cuerpo entero me suplicaba que parara… una parte de mí no quería que parara. Una parte de mí quería seguir. Una parte de mí quería sentir. Una parte de mí quería reír. Una parte de mí quería gemir. Una parte de mí quería todo. Todo. Todo. Todo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Pero lo que más me desesperaba. Lo que realmente me desesperaba. Lo que me hacía perder la cabeza de una manera que nada más lograba. Era sentir su lengua entre mis dedos.
Evan no solo lamía mis dedos. No solo los chupaba. No solo los mordía. Los separaba. Con sus labios. Con su lengua. Con sus dientes. Separaba mis dedos de los pies uno por uno. Los abría. Los exponía. Y luego metía la lengua entre ellos. En los espacios. En los huecos. En los rincones que nunca habían sido tocados. En los pliegues de piel que ni siquiera sabía que tenía.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y la sensación. La sensación era insoportable. Era húmeda. Era cálida. Era lenta. Era deliberada. Su lengua se deslizaba entre mis dedos como si estuviera explorando un territorio nuevo. Como si cada espacio entre cada dedo fuera un mundo distinto que él tenía que conquistar. Y lo hacía. Lo conquistaba. Uno por uno. Sin prisa. Sin pausa. Sin piedad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y luego sus manos. Sus manos en mis plantas. Sus dedos en mis arcos. Sus uñas en mi piel. Rascando. Recorriendo. Subiendo y bajando. Desde el talón hasta la base de los dedos. Desde la base de los dedos hasta el talón. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Como si no se cansara. Como si no tuviera límite. Como si quisiera que yo me volviera loca.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo me volvía loca. Me volvía loca porque era demasiado. Porque era todo al mismo tiempo. Su lengua entre mis dedos. Sus uñas en mis plantas. Su boca en mi piel. Sus manos en mis pies. Todo. Todo al mismo tiempo. Todo en el mismo lugar. Todo en mis pies hipercosquilludos que no podían escapar. Que no podían huir. Que no podían hacer nada más que recibir. Recibir y recibir. Recibir hasta que ya no pudiera más.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis pies se movían desesperadamente. Se sacudían. Se retorcían. Se abrían. Se cerraban. Los dedos se curvaban hacia abajo. Luego hacia arriba. Luego hacia los lados. Intentaban esconderse. Intentaban escapar. Intentaban cualquier cosa. Pero no había dónde. No había cómo. No había manera. Porque Evan seguía ahí. Con su lengua. Con sus manos. Con sus uñas. Con todo. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y cuando su lengua se metía entre mis dedos, cuando se deslizaba por esos espacios que nunca habían sido tocados, cuando recorría esos pliegues de piel que ni siquiera sabía que existían, yo sentía que me desintegraba. Que me partía en dos. Que cada nervio de mi cuerpo estaba conectado a mis pies y que cada movimiento de su lengua encendía todos los demás.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y cuando sus uñas rascaban mis plantas, cuando recorrían mis arcos, cuando subían y bajaban por esa piel tan sensible, tan expuesta, tan vulnerable, yo sentía que me volvía loca. Que perdía la cabeza. Que ya no sabía quién era. Que ya no sabía dónde estaba. Que ya no sabía nada más que las cosquillas. Las cosquillas. Las cosquillas. Las cosquillas en mis pies.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y en medio de todo, en medio del caos, en medio de la locura, en medio de la risa que no paraba, sentí que algo dentro de mí se rompía. Otra vez. Como antes. Como siempre. Algo se rompía. Algo que había estado aguantando. Algo que había estado resistiendo. Algo que había estado conteniendo. Y ya no.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y la risa explotó. Salió de mí como un torrente. Como un río. Como una cascada. Ya no podía contenerla. Ya no podía apretar los dientes. Ya no podía cerrar la boca. Ya no podía hacer nada. Solo reír. Reír y reír. Reír con la boca abierta. Reír con los ojos cerrados. Reír con el cuerpo entero sacudiéndose sobre el colchón.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y Evan siguió. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Con la lengua entre mis dedos. Con las uñas en mis plantas. Con la boca en mi piel. Con las manos en mis pies. Haciéndome reír. Haciéndome jadear. Haciéndome gemir. Haciéndome todo al mismo tiempo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo, amarrada de pies y manos, agotada, rendida, sin fuerzas, sin voluntad, sin nada más que la risa, seguí riendo. Seguí riendo porque no podía hacer otra cosa. Seguí riendo porque era lo único que me quedaba. Seguí riendo porque, en el fondo, aunque ya no podía más, aunque ya no soportaba más, aunque mi cuerpo entero me suplicaba que parara… una parte de mí no quería que parara. Una parte de mí quería seguir. Una parte de mí quería sentir. Una parte de mí quería reír. Una parte de mí quería gemir. Una parte de mí quería todo. Todo. Todo. Todo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Evan se sentó en el borde de la cama. A mi lado. Cerca. Más cerca de lo que había estado antes. Su peso hundió el colchón un poco, haciendo que mi cuerpo se inclinara ligeramente hacia él. Yo seguía boca arriba. Jadeando. Tomando aire. Sin moverme. Sin fuerzas. Sin voluntad.
—Ah… ah… ah…
Me miró un momento. Sin decir nada. Sus ojos recorrieron mi cuerpo. Mi piel empapada de sudor. Mi cabello pegado a la cara. Mis mejillas húmedas de lágrimas. Mi blusa subida hasta muy por encima del ombligo. Mi sostén movido de lugar. Mi falda arrugada y subida hasta la cadera. Mis piernas desnudas. Mis pies descalzos. Mis dedos de los pies todavía curvados. Todavía temblorosos.
Y luego habló.
—De verdad eres extremadamente cosquilluda —dijo. Su voz sonó tranquila. Casi suave. Casi admirativa—. De hecho, hipercosquilluda. Y eso me encanta.
—Ah… ah… —fue lo único que pude responder. Un jadeo. Un sonido sin forma.
Evan sonrió. No fue una sonrisa cruel. No fue una sonrisa burlona. Fue una sonrisa que decía que estaba satisfecho. Que estaba contento. Que había encontrado algo que valía la pena.
—Creo que podrías hacer bastante dinero trabajando como ticklee —continuó—. Dejándote hacer cosquillas. Dejando que fetichistas de cosquillas como yo te hagan cosquillas. Una y otra vez. En todo el cuerpo. Pero sobre todo en los pies.
—Ah… ah…
—Hay mucha gente dispuesta a pagar por esto —dijo—. Mucha gente como yo. Gente que disfruta viendo a alguien reír sin control. Gente que disfruta viendo a alguien retorcerse. Gente que disfruta viendo a alguien suplicar. Y tú… tú eres perfecta para eso. Porque no finges. Porque de verdad no puedes soportarlo. Porque de verdad te vuelves loca. Y eso… eso es lo que buscan. Eso es lo que quieren. Eso es lo que pagan.
—Ah… ah…
—Podrías ganar miles de dólares al mes —dijo—. Miles. Solo con dejarte hacer cosquillas. Solo con reír. Solo con suplicar. Solo con ser tú. Con ser esta Cindy Reed hipercosquilluda que no puede soportar que le toquen los pies.
—Ah… ah…
—Y no tendrías que preocuparte por nada más —continuó—. No tendrías que enviar currículums. No tendrías que ir a entrevistas. No tendrías que hacer trabajos de cinco dólares por hora. No tendrías que preocuparte por la hipoteca. Ni por la inscripción de tu hijo. Ni por la tarjeta de crédito. Nada. Solo tendrías que dejarte atar. Dejarte hacer cosquillas. Y reír. Reír hasta que ya no pudieras más. Y luego recibir el dinero. Y volver a casa. Y fingir que nada pasó.
—Ah… ah…
Evan se inclinó un poco hacia mí. Su rostro quedó más cerca del mío. Podía sentir su aliento en la mejilla. Podía sentir el calor de su cuerpo. Podía sentir sus ojos recorriéndome. Sin prisa. Sin vergüenza. Sin nada que ocultar.
—Tú crees… —logré decir. La voz me salió ronca. Quebrada. Casi un susurro—. ¿Tú crees que podría?
Evan asintió. Despacio. Con seguridad. Con una convicción que no dejaba lugar a dudas.
—Sí —dijo—. Lo creo. De hecho, estoy seguro. Tienes todo lo que se necesita. Eres cosquilluda de verdad. Eres sensible de verdad. Reaccionas de verdad. No hay nada falso en ti. Y eso… eso es lo que buscan. Eso es lo que quieren. Eso es lo que pagan. Sí. Creo que podrías hacer mucho dinero. Muchísimo. Más del que has ganado en estos dos encuentros. Muchísimo más.
—Ah… ah…
—Solo tendrías que decidirte —dijo—. Solo tendrías que decir que sí. Solo tendrías que aceptar que esto es lo que eres. Una ticklee. Una mujer hipercosquilluda que se deja hacer cosquillas. Que se deja atar. Que se deja torturar. Que ríe. Que jadea. Que gime. Que suplica. Que lo disfruta. Que lo necesita. Que no puede vivir sin ello.
—Ah… ah…
—Y entonces —continuó—, podrías dejar de preocuparte. Podrías dejar de sufrir. Podrías dejar de sentir que te ahogas. Podrías pagar tus deudas. Podrías darle a tu hijo lo que necesita. Podrías darle a tu esposo un respiro. Podrías dormir tranquila. Podrías respirar. Podrías vivir. De verdad. Sin mentiras. Sin sufrimiento. Sin nada más que cosquillas. Cosquillas y risa. Risa y dinero. Dinero y libertad. Libertad y todo lo demás.
—Ah… ah…
Evan se quedó callado un momento. Mirándome. Esperando. Yo seguía jadeando. Seguía tomando aire. Seguía sin moverme. Pero algo dentro de mí se movía. Algo dentro de mí giraba. Algo dentro de mí cambiaba.
Y entonces, en medio del silencio, en medio del jadeo, en medio del agotamiento, sentí algo húmedo bajo mi cuerpo. Algo que no era sudor. Algo que no era lágrimas. Algo que venía de mí. Algo que se había escapado sin que yo me diera cuenta. Algo que había estado ahí, en el colchón, mientras yo reía y jadeaba y gemía. Algo que ahora se hacía evidente. Algo que me daba vergüenza. Algo que me hacía querer desaparecer. Algo que me hacía sentir más vulnerable de lo que ya estaba.
Había orinado la cama.
No lo había sentido. No me había dado cuenta. Pero ahí estaba. La sábana húmeda bajo mi cuerpo. El olor tenue. La vergüenza. La humillación. Todo. Todo al mismo tiempo. Todo en medio del silencio. Todo mientras Evan seguía sentado a mi lado, mirándome, esperando una respuesta que yo no sabía si podía dar.
—Ah… ah…
Evan lo notó. Por supuesto que lo notó. Miró la sábana. Miró mi rostro. Y no dijo nada. No hizo ningún gesto. No se burló. No se apartó. Solo me miró. Con esa misma expresión. Con esa misma curiosidad. Con esa misma satisfacción. Como si aquello fuera una prueba más. Como si aquello fuera una confirmación. Como si aquello fuera la prueba definitiva de que yo era exactamente lo que él decía que era.
—Ah… ah…
Y yo seguía ahí. Boca arriba. En ropa interior. Con la blusa subida. Con el sostén movido. Con la falda arrugada. Con las piernas desnudas. Con los pies descalzos. Con la sábana húmeda bajo mi cuerpo. Con la vergüenza en la cara. Con el jadeo en la boca. Con las lágrimas en los ojos. Sin fuerzas. Sin voluntad. Sin nada más que la respiración entrecortada y el corazón latiéndome tan rápido que podía escucharlo en los oídos.
—Ah… ah…
Y Evan seguía sentado a mi lado. Sin salir de la habitación. Sin moverse. Sin decir nada más. Solo esperando. Solo mirándome. Solo dejando que el silencio hiciera su trabajo. Solo dejando que yo decidiera. Solo dejando que yo aceptara. Solo dejando que yo me rindiera.
—Ah… ah…
Evan se inclinó hacia mí. Su mano se extendió. Me ofrecía ayuda para levantarme. Para incorporarme. Para salir de esa cama. Para dejar atrás todo aquello. Yo lo miré. Sus ojos. Su mano. Su rostro. Y por un momento, solo por un momento, pensé que todo había terminado. Que ya no habría más. Que podría levantarme. Vestirme. Tomar mi bolso. Irme a casa. Fingir que nada había pasado.
—Ah… ah… —jadeé. Y extendí la mano. Mis dedos rozaron los suyos. Su piel era cálida. Suave. Casi reconfortante—. Gra… gracias…
Evan sonrió. Esa sonrisa que no supe interpretar. Esa sonrisa que era curiosidad y satisfacción y algo más. Y luego, justo cuando yo estaba a punto de incorporarme. Justo cuando mis músculos se tensaban para levantarme. Justo cuando mi cuerpo entero se preparaba para dejar esa cama. Justo en ese momento. Sin aviso. Sin advertencia. Sin nada que me hiciera sospechar.
Evan atacó.
Sus dedos se clavaron en mis caderas. En mis costillas. En mi barriga. En mis axilas. En mi cuello. En mis piernas. En mis pies. Todo al mismo tiempo. Todo en el mismo instante. Todo sin piedad. Todo sin tregua. Todo sin aviso.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
El grito que salió de mi boca no fue una risa. Fue un alarido. Un alarido que se convirtió en risa. Una risa que se convirtió en carcajada. Una carcajada que me llenó la garganta y me vació los pulmones. Porque el ataque era demasiado. Porque era todo al mismo tiempo. Porque no estaba preparada. Porque no lo esperaba. Porque ya no estaba amarrada. Pero eso no importaba. Eso no detenía nada. Eso no cambiaba nada.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis manos volaron a mi cuerpo. A mis caderas. A mis costillas. A mi barriga. A mis axilas. A mi cuello. A mis piernas. A mis pies. Intenté cubrirme. Intenté protegerme. Intenté quitarme sus manos de encima. Pero era en vano. Completamente en vano. Sus dedos se movían demasiado rápido. Sus manos estaban en demasiados lugares. Sus cosquillas eran demasiado.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Me enroscé. Como pude. Como supe. Como me salió. Me llevé las rodillas al pecho. Los brazos a la cabeza. La barbilla al cuello. Traté de hacerme un ovillo. Traté de cubrirme. Traté de proteger las zonas más sensibles. Pero no funcionó. No funcionó porque Evan seguía ahí. Con sus manos. Con sus dedos. Con sus uñas. Buscando cada hueco. Cada rincón. Cada pliegue de piel que quedara expuesto. Y siempre encontraba algo. Siempre encontraba un lugar. Siempre encontraba una manera.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis manos intentaban quitarlo. Intentaban apartarlo. Intentaban agarrar sus muñecas. Sus dedos. Sus brazos. Cualquier cosa. Pero él era más rápido. Más fuerte. Más decidido. Cada vez que yo lograba atrapar una de sus manos, la otra aparecía en otro lugar. En mi cuello. En mi axila. En mi costilla. En mi pie. Y yo soltaba la que tenía para intentar atrapar la nueva. Y así. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Sin lograr nada. Sin conseguir nada. Sin parar nada.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—¡No… no… por favor…! —logré gritar entre carcajadas—. ¡Ya no… ya no puedo…!
Pero Evan no paró. Siguió. Sus dedos siguieron. Sus manos siguieron. Sus cosquillas siguieron. En mis caderas. En mis costillas. En mi barriga. En mis axilas. En mi cuello. En mis piernas. En mis pies. Todo al mismo tiempo. Todo sin piedad. Todo sin tregua.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Me retorcía. Me enroscaba más. Me llevaba las rodillas al pecho. Los brazos a la cabeza. La barbilla al cuello. Trataba de cubrirme. Trataba de protegerme. Trataba de escapar. Pero no había escape. No había protección. No había nada. Solo sus manos. Solo sus dedos. Solo sus cosquillas. Solo mis carcajadas. Solo mis jadeos. Solo mis súplicas.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis pies. Mis pies hipercosquilludos. Mis pies que no podían quedarse quietos. Mis pies que se movían desesperadamente. Que se sacudían. Que se retorcían. Que se abrían y se cerraban. Que intentaban esconderse debajo de mis piernas. Debajo de mi cuerpo. Debajo de cualquier cosa. Pero Evan los encontraba. Siempre los encontraba. Y cuando los encontraba, sus dedos se clavaban en las plantas. En los arcos. En los talones. En los dedos. Y yo perdía la cabeza. Otra vez. Como siempre. Como nunca.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y en medio de todo, en medio del caos, en medio de la locura, en medio de la risa que no paraba, sentí que algo dentro de mí se rompía. Otra vez. Como antes. Como siempre. Algo se rompía. Algo que había estado aguantando. Algo que había estado resistiendo. Algo que había estado conteniendo. Y ya no.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y la risa explotó. Salió de mí como un torrente. Como un río. Como una cascada. Ya no podía contenerla. Ya no podía apretar los dientes. Ya no podía cerrar la boca. Ya no podía hacer nada. Solo reír. Reír y reír. Reír con la boca abierta. Reír con los ojos cerrados. Reír con el cuerpo entero sacudiéndose sobre el colchón. Enroscada. En posición fetal. Con las manos intentando inútilmente quitar las manos de Evan de encima.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y Evan siguió. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Con sus manos en mis caderas. En mis costillas. En mi barriga. En mis axilas. En mi cuello. En mis piernas. En mis pies. Haciéndome reír. Haciéndome jadear. Haciéndome gemir. Haciéndome todo al mismo tiempo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo, ahora suelta, pero sin fuerzas, sin voluntad, sin nada más que la risa, seguí riendo. Seguí riendo porque no podía hacer otra cosa. Seguí riendo porque era lo único que me quedaba. Seguí riendo porque, en el fondo, aunque ya no podía más, aunque ya no soportaba más, aunque mi cuerpo entero me suplicaba que parara… una parte de mí no quería que parara. Una parte de mí quería seguir. Una parte de mí quería sentir. Una parte de mí quería reír. Una parte de mí quería gemir. Una parte de mí quería todo. Todo. Todo. Todo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Evan se movió rápido. Demasiado rápido. Antes de que yo pudiera reaccionar. Antes de que pudiera apartar los pies. Antes de que pudiera hacer cualquier cosa. Sentí su brazo rodear mis tobillos. Los dos. Juntos. Los apretó contra su costado. Los inmovilizó bajo su axila. Y de repente, mis pies ya no podían moverse. Ya no podían escapar. Ya no podían hacer nada más que quedarse ahí. Juntos. Expuestos. Vulnerables. Con las plantas hacia arriba. Con los dedos curvados. Con la piel roja y sensible y vibrante.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y luego sentí su mano libre. Sus dedos. Sus uñas. En mis plantas. En mis dos plantas al mismo tiempo. Rascando. Recorriendo. Subiendo y bajando. Desde los talones hasta la base de los dedos. Desde la base de los dedos hasta los talones. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Mis pies intentaban moverse. Intentaban escapar. Intentaban retorcerse. Pero la llave de Evan era demasiado fuerte. Su brazo los sujetaba con firmeza. No había espacio. No había juego. No había manera. Solo podían temblar. Solo podían vibrar. Solo podían recibir. Recibir y recibir. Recibir hasta que ya no pudieran más.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo reía. Reía a carcajadas. Reía con la boca abierta. Reía con los ojos cerrados. Reía con el cuerpo entero sacudiéndose sobre el colchón. Ya no intentaba quitarme sus manos. Ya no intentaba cubrirme. Ya no intentaba nada. Solo reía. Solo jadeaba. Solo gemía. Solo suplicaba sin palabras. Porque no había nada más que pudiera hacer. Porque estaba atrapada. Porque mis pies estaban atrapados. Porque sus dedos estaban ahí. En mis plantas. En mis arcos. En mis talones. En mis dedos. En cada rincón. En cada nervio. En cada terminación.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y Evan disfrutaba. Lo sentía. Lo notaba. En la forma en que sus dedos se movían. En la forma en que su respiración se agitaba. En la forma en que su cuerpo se tensaba. Disfrutaba sintiendo cómo mis plantas se movían bajo sus dedos. Cómo temblaban. Cómo vibraban. Cómo se retorcían inútilmente bajo su ataque. Disfrutaba viendo cómo yo sufría. Cómo reía. Cómo suplicaba. Cómo perdía la cabeza. Y eso lo excitaba más. Mucho más. Se notaba en la forma en que su brazo apretaba mis tobillos. En la forma en que su mano libre se movía más rápido. Más insistente. Más cruel.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—¿Ves? —dijo. Su voz sonó ronca. Agitada—. ¿Ves lo que te digo? Eres perfecta para esto. Perfecta. Tus pies… tus pies son… no tengo palabras. No tengo palabras para describir lo que siento cuando los toco. Cuando los rascó. Cuando los torturo. Es… es… no sé. Es algo que no puedo explicar. Algo que no puedo controlar. Algo que me supera.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
—Y tú —continuó—, tú lo sabes. Sabes lo que haces. Sabes lo que provocas. Sabes que estos pies… estos pies hipercosquilludos… son un arma. Un arma que no sabes que tienes. Pero que yo sí sé. Y que pienso aprovechar. Una y otra vez. Hasta que ya no puedas más. Hasta que ya no quieras más. Hasta que me supliques que pare. Y aun así… no pararé. Porque no puedo. Porque no quiero. Porque esto… esto es lo que soy. Lo que siempre he sido. Lo que siempre seré.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y sus dedos siguieron. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. En mis plantas. En mis arcos. En mis talones. En mis dedos. En cada rincón. En cada nervio. En cada terminación. Y yo seguí riendo. Seguí jadeando. Seguí gimiendo. Seguí suplicando sin palabras. Porque no podía hacer otra cosa. Porque era lo único que me quedaba. Porque mis pies estaban atrapados. Porque sus dedos estaban ahí. Porque no había escape. No había tregua. No había piedad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y en medio de todo, en medio del caos, en medio de la locura, sentí que algo dentro de mí se rompía. Otra vez. Como antes. Como siempre. Algo se rompía. Algo que había estado aguantando. Algo que había estado resistiendo. Algo que había estado conteniendo. Y ya no.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y la risa explotó. Salió de mí como un torrente. Como un río. Como una cascada. Ya no podía contenerla. Ya no podía apretar los dientes. Ya no podía cerrar la boca. Ya no podía hacer nada. Solo reír. Reír y reír. Reír con la boca abierta. Reír con los ojos cerrados. Reír con el cuerpo entero sacudiéndose sobre el colchón. Con los pies atrapados. Con las plantas expuestas. Con sus dedos torturándome sin piedad.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y Evan siguió. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Con su brazo sujetando mis tobillos. Con su mano libre rascando mis plantas. Con sus dedos veloces moviéndose sin descanso. Haciéndome reír. Haciéndome jadear. Haciéndome gemir. Haciéndome todo al mismo tiempo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y yo, atrapada, sin fuerzas, sin voluntad, sin nada más que la risa, seguí riendo. Seguí riendo porque no podía hacer otra cosa. Seguí riendo porque era lo único que me quedaba. Seguí riendo porque, en el fondo, aunque ya no podía más, aunque ya no soportaba más, aunque mi cuerpo entero me suplicaba que parara… una parte de mí no quería que parara. Una parte de mí quería seguir. Una parte de mí quería sentir. Una parte de mí quería reír. Una parte de mí quería gemir. Una parte de mí quería todo. Todo. Todo. Todo.
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!
Y entonces, finalmente, Evan se detuvo.
Sus dedos se apartaron de mis plantas. Su mano libre se quedó quieta. Su brazo, el que sujetaba mis tobillos, se aflojó. Y mis pies quedaron libres. Sueltos. Temblorosos. Vibrando todavía. Como si las cosquillas siguieran ahí aunque sus dedos ya no estuvieran. Como si todo siguiera ahí aunque todo hubiera parado.
—Ah… ah… ah…
Me quedé ahí. Enroscada. En posición fetal. Con las rodillas al pecho. Con los brazos alrededor de la cabeza. Con la respiración agitada. Con el corazón latiéndome tan rápido que podía escucharlo en los oídos. Jadeando. Tomando aire. Tratando de respirar. Tratando de recordar cómo se hacía.
—Ah… ah… ah…
Evan se quedó quieto un momento. Mirándome. Luego se inclinó hacia mí. Esta vez de verdad. Sin trucos. Sin ataques sorpresa. Sin nada que me hiciera sospechar. Su mano se extendió. Me ofrecía ayuda para levantarme. Para incorporarme. Para salir de esa cama. Para dejar atrás todo aquello.
—Ah… ah… —jadeé. Y esta vez, después de unos segundos, extendí la mano. Mis dedos rozaron los suyos. Su piel era cálida. Suave. Casi reconfortante—. Gra… gracias…
Evan tiró de mí. Suavemente. Con cuidado. Me ayudó a incorporarme. Me costó. Los músculos del abdomen me dolían de tanto reír. Los brazos me temblaban. Las piernas me temblaban. Todo me temblaba. Pero logré sentarme en el borde de la cama. Con las piernas colgando. Con los pies descalzos rozando el suelo frío. Con el cuerpo entero aún vibrante de lo que acababa de pasar.
—Ah… ah… ah…
Me quedé ahí un momento. Sentada. Jadeando. Tomando aire. Tratando de recomponerme. Tratando de volver a ser yo. Tratando de recordar quién era. Dónde estaba. Qué estaba haciendo.
Y entonces lo recordé. El baño. La ropa. Todo lo que había traído conmigo. La ropa que había metido en el bolso esa mañana. La ropa que había llevado para cambiarme después. La ropa que me pondría para volver a casa. Para volver a ser Cindy Reed. La esposa. La madre. La ejecutiva. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama.
—El baño —dije. Mi voz sonó ronca. Gastada. Casi un susurro—. ¿Dónde está el baño?
Evan señaló hacia una puerta al otro lado de la habitación. No dijo nada. Solo señaló. Y yo me levanté. Me costó. Las piernas me temblaban. Los pies me ardían al contacto con el suelo. Pero me levanté. Me ajusté la blusa. Me acomodé el sostén por encima de la tela. Me pasé las manos por la falda intentando alisarla. Sentí la humedad en la sábana bajo mis piernas. Sentí la vergüenza. Sentí la humillación. Pero no dije nada. Solo caminé hacia el baño. Despacio. Con las piernas temblorosas. Con los pies sensibles. Con todo el cuerpo aún vibrando.
Abrí la puerta. Entré. Cerré la puerta detrás de mí. Y me quedé de pie, en medio del baño, mirándome en el espejo.
La mujer que vi no era la que había salido de casa esa mañana. La mujer que vi tenía el cabello revuelto y pegado a la cara. Tenía el maquillaje corrido. Tenía las mejillas rojas. Tenía los ojos hinchados. Tenía la blusa arrugada y subida. Tenía el sostén movido. Tenía la falda arrugada. Tenía las piernas desnudas. Tenía los pies rojos y sensibles. Tenía marcas en las muñecas y en los tobillos. Tenía todo el cuerpo empapado de sudor y saliva y lágrimas.
—Ah… ah… —suspiré. Y me llevé una mano al pecho. Sentí el corazón latir todavía rápido. Todavía desbocado. Todavía sin control.
Me desvestí. Despacio. Con cuidado. La blusa. El sostén. La falda. La ropa interior. Todo. Todo fuera. Y luego me metí en la ducha. El agua fría primero. Luego tibia. Luego caliente. Y me quedé ahí. De pie. Bajo el chorro. Con los ojos cerrados. Con la cabeza echada hacia atrás. Con el agua corriendo por mi cuerpo. Por mi cabello. Por mi piel. Por mis pies. Por todo. Por todo lo que había tocado. Por todo lo que había sentido. Por todo lo que había hecho.
Me lavé. Con cuidado. Con jabón. Con esponja. Con todo. Me lavé el cabello. Me lavé la cara. Me lavé el cuerpo. Me lavé los pies. Especialmente los pies. Los lavé una y otra vez. Como si pudiera borrar lo que había pasado. Como si pudiera quitarme de encima todo lo que había sentido. Como si pudiera volver a ser yo. La Cindy Reed de antes. La que no se dejaba atar. La que no se dejaba hacer cosquillas. La que no orinaba la cama. La que no se rompía.
Pero no funcionó. No funcionó porque, aunque me lavara, aunque me secara, aunque me vistiera, todo seguía ahí. Todo seguía dentro de mí. Todo seguía en mi piel. En mi mente. En mi cuerpo. Todo. Todo. Todo.
Salí de la ducha. Me sequé. Me puse la ropa que había traído. Ropa interior limpia. Una blusa distinta. Una falda distinta. Zapatos. Todo distinto. Todo nuevo. Todo limpio. Y luego me miré en el espejo. Otra vez. Y vi a una mujer que parecía Cindy Reed. Que se veía como Cindy Reed. Que se vestía como Cindy Reed. Pero que ya no era Cindy Reed. No del todo. No de la misma manera.
—Ah… ah… —suspiré. Y me pasé una mano por el cabello. Me lo recogí en un moño bajo. Me sequé las últimas lágrimas. Me puse un poco de maquillaje. Un poco de delineador. Un poco de máscara de pestañas. Un poco de rubor. Y luego me miré otra vez. Y esta vez, por un momento, solo por un momento, vi a la Cindy Reed de antes. La que salía de casa todas las mañanas. La que iba a trabajar. La que cuidaba de su familia. La que no se dejaba atar. La que no se dejaba hacer cosquillas. La que no orinaba la cama. La que no se rompía.
Pero solo por un momento. Porque luego, cuando salí del baño, cuando volví a la habitación, cuando vi a Evan todavía ahí, sentado en la cama, mirándome, sonriendo, supe que la Cindy Reed de antes ya no existía. O no del todo. O no de la misma manera.
—Ah… ah… —suspiré. Y me quedé de pie, junto a la puerta del baño, con el bolso colgado del hombro, con la ropa nueva, con el cabello recogido, con el maquillaje puesto. Y esperé. Sin saber qué esperaba. Sin saber qué iba a pasar. Sin saber nada más que el silencio que se había instalado entre nosotros.
Evan se levantó de la cama. Caminó hacia mí. Despacio. Sin prisa. Con las manos en los bolsillos. Con esa expresión que no supe interpretar. Esa expresión que era curiosidad y satisfacción y algo más. Algo que no sabía nombrar.
Se detuvo frente a mí. A un paso de distancia. Y luego sacó algo del bolsillo de su pantalón. Otro sobre. Blanco. Más grueso que el anterior. Más pesado. Me lo tendió.
—Toma —dijo—. Esto es extra.
Yo lo miré. El sobre. Su mano. Su rostro. Sin entender.
—¿Extra? —pregunté. Mi voz sonó ronca. Gastada. Casi un susurro—. ¿Por qué?
Evan sonrió. Esa sonrisa que no supe interpretar. Esa sonrisa que era todo y nada al mismo tiempo.
—Por la tortura —dijo—. Por lo que pasó después de la sesión inicial. Por las cosquillas que te hice después de que se cumplieran las dos horas. Por lo que sentí. Por lo que disfruté. Por lo que tú disfrutaste. Todo eso… todo eso vale más. Mucho más. Y quería compensarte. Por el tiempo extra. Por el agotamiento extra. Por todo.
—Ah… —suspiré. Y extendí la mano. Mis dedos rozaron el sobre. Era pesado. Más pesado de lo que esperaba—. ¿Cuánto…?
—No lo abras ahora —dijo él—. Ábrelo cuando llegues a casa. Cuando estés sola. Cuando puedas mirarlo con calma. Y luego… luego piensa en lo que te dije. Piensa en mi propuesta. Piensa en trabajar juntos. Como modelo de cosquillas. Como ticklee. Como la mujer que eres. La mujer que disfruta. La mujer que necesita. La mujer que no puede vivir sin esto.
—Ah… —suspiré otra vez. Y guardé el sobre en el bolso. Con cuidado. Con el otro sobre. Con todo lo demás—. Pensaré en ello.
—Eso es todo lo que pido —dijo Evan—. Que lo pienses. Que lo consideres. Que no lo descartes sin más. Porque sé que puedes. Sé que quieres. Sé que lo necesitas. Y sé que, si te decides, podrías ganar más dinero del que has ganado en tu vida. Más del que necesitas. Más del que puedas imaginar.
—Ah… —suspiré. Y me colgué el bolso del hombro. Me ajusté la blusa. Me pasé una mano por el cabello. Y luego lo miré. A los ojos. Por primera vez en toda la tarde. Sin miedo. Sin vergüenza. Sin nada más que curiosidad—. Gracias. Por todo. Por el dinero. Por la experiencia. Por… por lo que sea que esto haya sido.
Evan asintió. No dijo nada. Solo asintió. Y luego se apartó. Un paso. Solo un paso. Lo justo para dejarme pasar. Lo justo para que yo pudiera caminar hacia la puerta. Lo justo para que yo pudiera irme.
Caminé hacia la puerta. Despacio. Con las piernas todavía temblorosas. Con los pies todavía sensibles. Con todo el cuerpo todavía vibrando. Abrí la puerta. El aire de la tarde me golpeó en la cara. Fresco. Limpio. Diferente. Salí al porche. Bajé los escalones. Caminé hacia el auto. Sentí su mirada en la espalda. Una sola mirada. La suya. Viéndome partir.
No me di la vuelta. No lo miré. Abrí el auto. Me senté al volante. Cerré la puerta. Y me quedé ahí. Un momento. Solo un momento. Con las manos en el volante. Con la frente apoyada en los nudillos. Respirando. Tomando aire. Tratando de recomponerme. Tratando de volver a ser yo. Tratando de recordar quién era. Dónde estaba. Qué estaba haciendo.
Y luego encendí el motor. Y conduje de vuelta a casa.
El camino a casa era largo. Más largo de lo que recordaba. O quizá era que yo lo sentía más largo. Quizá era que todo se sentía más largo después de lo que había pasado. Después de las horas. Después de las cosquillas. Después de los sobres. Después de todo.
Miré el reloj del auto. Las 2:30 de la tarde. Pasadas. Casi las 2:40. Había salido de casa a las once de la mañana. Tres horas y media. Tres horas y media desde que le había dicho a Thomas que tenía una entrevista. Tres horas y media desde que había salido con mi falda lápiz y mis medias veladas. Tres horas y media desde que había mentido. Desde que había cruzado esa puerta. Desde que había dejado atrás mi vida. Mi vida real. Mi vida de esposa y madre y ejecutiva desempleada. Y había entrado a otra vida. A otra realidad. A otra Cindy Reed.
Y ahora volvía. Con dos sobres en el bolso. Con dos mil cuatrocientos dólares. Con el cuerpo todavía temblando. Con los pies todavía sensibles. Con la piel todavía vibrante. Con todo todavía dentro de mí. Todo. Todo. Todo.
Pero había un problema. Un problema que no había considerado. Un problema que ahora, en medio del camino, en medio de la carretera, en medio de la nada, se hacía evidente. Thomas. Thomas estaría en casa. O estaría a punto de llegar. Y yo no tenía una buena excusa. No tenía una explicación. No tenía nada que decirle. Nada que pudiera justificar tres horas y media fuera de casa. Nada que pudiera justificar mi aspecto. Mi agotamiento. Mi silencio. Nada.
Detuve el auto. A un lado de la carretera. En un arcén de tierra. Con el motor encendido. Con las manos en el volante. Con la mirada perdida en el asfalto. Y me quedé ahí. Un momento. Solo un momento. Pensando. Tratando de encontrar una salida. Tratando de encontrar una excusa. Tratando de encontrar algo que pudiera decirle a Thomas. Algo que sonara creíble. Algo que sonara normal. Algo que sonara a Cindy Reed. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama.
—Piensa —me dije. En voz alta. Para mis adentros. Para nadie—. Piensa. Piensa. Piensa.
Pero no se me ocurría nada. Nada que sonara creíble. Nada que sonara normal. Nada que sonara a mí. Porque no era yo. No era la Cindy Reed que Thomas conocía. No era la mujer que había salido de casa esa mañana. No era la mujer que había dicho que tenía una entrevista. No era la mujer que había mentido. No era la mujer que había cruzado esa puerta. No era la mujer que había dejado atrás su vida. No era la mujer que había entrado a otra vida. No era la mujer que había vuelto con dos sobres de dinero. No era la mujer que había vuelto con dos mil cuatrocientos dólares. No era la mujer que había vuelto con el cuerpo todavía temblando. No era la mujer que había vuelto con los pies todavía sensibles. No era la mujer que había vuelto con la piel todavía vibrante. No era la mujer que había vuelto con todo todavía dentro de mí. Todo. Todo. Todo.
Miré el reloj otra vez. Las 2:45. Pasadas. Casi las 3:00. Thomas salía de su trabajo temporal a las 2:00. A veces a las 2:30. A veces a las 3:00. Dependía del día. Dependía del trabajo. Dependía de todo. Y luego tardaba media hora en llegar a casa. O cuarenta y cinco minutos. O una hora. Dependía del tráfico. Dependía de todo. Dependía de nada.
—Piensa —me dije otra vez. En voz alta. Para mis adentros. Para nadie—. Piensa. Piensa. Piensa.
Y entonces se me ocurrió. Una idea. Una excusa. Algo que podía decirle. Algo que sonara creíble. Algo que sonara normal. Algo que sonara a Cindy Reed. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama.
—La entrevista se alargó —dije. En voz alta. Para mis adentros. Para nadie—. La entrevista se alargó. Me hicieron preguntas. Me hicieron pruebas. Me hicieron esperar. Me hicieron todo. Y luego tuve que venirme. Y el tráfico. El tráfico estaba terrible. Horrible. Espantoso. Y por eso tardé. Por eso tardé tanto. Por eso no llegué antes. Por eso no te llamé. Por eso no te avisé. Por eso no nada. Por eso todo. Por eso.
Sonaba bien. Sonaba creíble. Sonaba normal. Sonaba a Cindy Reed. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama. Sonaba a todo lo que yo quería ser. A todo lo que yo necesitaba ser. A todo lo que yo debía ser.
Pero no era verdad. No era verdad porque no había habido entrevista. No había habido preguntas. No había habido pruebas. No había habido nada. Solo había habido cosquillas. Solo había habido risas. Solo había habido jadeos. Solo había habido gemidos. Solo había habido todo. Todo. Todo. Todo.
Y Thomas confiaba en mí. Confiaba en que yo llegaría primero a casa. Confiaba en que yo estaría ahí cuando él llegara. Confiaba en que yo sería la Cindy Reed de siempre. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama. Confiaba en todo. Confiaba en nada. Confiaba en mí.
—Piensa —me dije otra vez. En voz alta. Para mis adentros. Para nadie—. Piensa. Piensa. Piensa.
Miré el reloj otra vez. Las 2:50. Pasadas. Casi las 3:00. Tenía que decidir. Tenía que moverme. Tenía que hacer algo. No podía quedarme ahí. A un lado de la carretera. En un arcén de tierra. Con el motor encendido. Con las manos en el volante. Con la mirada perdida en el asfalto. No podía quedarme ahí para siempre. No podía quedarme ahí para nada. Tenía que volver. Tenía que enfrentarlo. Tenía que mentir. Tenía que fingir. Tenía que ser Cindy Reed. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama. Tenía que ser todo. Tenía que ser nada. Tenía que ser.
—Piensa —me dije otra vez. En voz alta. Para mis adentros. Para nadie—. Piensa. Piensa. Piensa.
Y entonces se me ocurrió. No fue una idea brillante. No fue una mentira perfecta. Pero era algo. Algo que podía funcionar. Algo que podía explicar las horas. Algo que podía explicar el dinero.
La empresa. La entrevista. El trabajo freelance.
Podía decirle a Thomas que la entrevista no había sido una entrevista normal. Que la empresa no buscaba a alguien para un puesto fijo. Que buscaban a alguien para trabajos puntuales. Para proyectos. Para cosas que se hacían en el momento. Y que, como parte de la prueba, le habían pedido que se quedara. Que hiciera un par de tareas ahí mismo. En la sede. Con supervisión. Y que, si salía bien, le pagarían en efectivo. En el acto. Sin esperas. Sin trámites. Sin nada.
Dos mil cuatrocientos dólares. Por un día de trabajo freelance. Por unas horas de pruebas. Por unas tareas que había hecho bien. Que había hecho rápido. Que había hecho perfecto. Y por eso le habían pagado. Por eso le habían dado el dinero ahí mismo. En un sobre. En dos sobres. Porque así funcionaba la empresa. Porque así pagaban. Porque así era todo.
Sonaba creíble. Sonaba normal. Sonaba a Cindy Reed. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama. Sonaba a todo lo que yo quería ser. A todo lo que yo necesitaba ser.
Y además, no era del todo mentira. No era del todo falso. Porque había ido a una entrevista. Bueno, no. No había ido a una entrevista. Pero había ido a algún lugar. Había hecho algo. Había ganado dinero. Dos mil cuatrocientos dólares. En efectivo. En dos sobres. En una tarde. Y eso era real. Eso era verdad. Eso era lo único verdadero de toda la historia.
—Eso es —dije. En voz alta. Para mis adentros. Para nadie—. Eso es lo que voy a decirle. Que la entrevista era para trabajo freelance. Que me hicieron pruebas. Que me pagaron en el acto. Que el pago fue inmediato. Que por eso traigo el dinero. Que por eso tardé. Que por eso no llamé. Que por eso no avisé. Que por eso nada. Que por eso todo.
Miré el reloj otra vez. Las 2:55. Pasadas. Casi las 3:00. Tenía que moverme. Tenía que arrancar. Tenía que volver. Tenía que enfrentarlo. Tenía que mentir. Tenía que fingir. Tenía que ser Cindy Reed. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama. Tenía que ser todo. Tenía que ser nada.
Respiré hondo. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Y luego arranqué el auto. Lo incorporé a la carretera. Y conduje. Hacia casa. Hacia Thomas. Hacia Matthew. Hacia todo lo que me esperaba. Hacia todo lo que había dejado atrás. Hacia todo lo que había cruzado. Hacia todo lo que había mentido.
El camino se me hizo largo. Más largo de lo que esperaba. O quizá era que yo lo sentía más largo. Quizá era que todo se sentía más largo después de lo que había pasado. Después de las horas. Después de las cosquillas. Después de los sobres. Después de todo.
Pero llegué. Finalmente. A casa. Poco después de las tres y media. El auto de Thomas ya estaba en la entrada. Él ya había llegado. Él ya estaba ahí. Esperándome. Sin saber nada. Sin sospechar nada. Confiando en mí. Confiando en que yo llegaría primero. Confiando en que yo estaría ahí cuando él llegara. Confiando en que yo sería la Cindy Reed de siempre.
Apagué el motor. Me quedé un momento en el auto. Con las manos en el volante. Con la mirada perdida en la puerta de casa. Con el bolso a mi lado. Con los dos sobres dentro. Con todo dentro. Con todo. Con todo. Con todo.
Respiré hondo. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Y luego abrí la puerta. Bajé del auto. Caminé hacia la casa. Abrí la puerta. Entré. Y ahí estaba Thomas. En la sala. Viendo la televisión. Como siempre. Como si nada hubiera pasado. Como si todo siguiera igual. Como si yo no hubiera estado fuera durante horas. Como si yo no hubiera hecho lo que había hecho. Como si yo no hubiera ganado lo que había ganado.
Me miró. Sonrió. Una sonrisa cansada. Pero sincera. Una sonrisa de esposo. De padre. De hombre que confiaba en su mujer.
—¿Cómo te fue? —preguntó.
Y yo sonreí. Una sonrisa que esperaba que pareciera sincera. Que pareciera normal. Que pareciera Cindy Reed. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama.
—Bien —dije—. Mejor de lo que esperaba. Mucho mejor.
Thomas ladeó la cabeza. Curioso. Interesado. Sin sospechar nada.
—¿Sí? ¿Qué pasó?
Me senté a su lado. En el sofá. Con el bolso todavía colgado del hombro. Con los dos sobres dentro. Con todo dentro. Con todo. Con todo.
—La entrevista no era para un puesto fijo —dije—. Era para trabajo freelance. Proyectos puntuales. Cosas que se hacen en el momento. Me hicieron pruebas. Me hicieron tareas. Y salió bien. Salió muy bien. Tanto que me pagaron en el acto. En efectivo. Ahí mismo. Sin esperas. Sin trámites. Sin nada.
Thomas me miró. Sorprendido. Contento. Aliviado.
—¿En serio? —preguntó—. ¿Te pagaron? ¿Hoy?
—Sí —dije. Y abrí el bolso. Saqué los dos sobres. Los puse sobre la mesa. Sobre la mesa de centro. Delante de él. Delante de mí. Delante de todo—. Dos mil cuatrocientos. En efectivo. Para empezar. Para cubrir cosas. Para respirar.
Thomas miró los sobres. Luego me miró a mí. Luego volvió a mirar los sobres. Y luego sonrió. Una sonrisa más grande. Más sincera. Más aliviada. Como si un peso se le hubiera quitado de encima. Como si algo se hubiera resuelto. Como si todo pudiera empezar a mejorar.
—Cindy… —dijo. Y me tomó de la mano. Me apretó los dedos. Con fuerza. Con cariño. Con todo—. Esto es… esto es increíble. Esto es lo que necesitábamos. Esto es… esto es todo.
Y yo sonreí. Una sonrisa que esperaba que pareciera sincera. Que pareciera normal. Que pareciera Cindy Reed. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama.
—Sí —dije—. Esto es todo.
Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que no era todo. Sabía que esto era solo el principio. Sabía que habría más. Más entrevistas. Más pruebas. Más tareas. Más sobres. Más dinero. Más cosquillas. Más risas. Más jadeos. Más gemidos. Más todo.
Y sabía, también, que Thomas no lo sabía. Que Thomas no sospechaba nada. Que Thomas confiaba en mí. Que Thomas creía que yo era la Cindy Reed de siempre. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama.
Y yo iba a dejar que lo siguiera creyendo. Porque era lo único que podía hacer. Porque era lo único que me quedaba. Porque era lo único que me permitía seguir adelante. Seguir mintiendo. Seguir fingiendo. Seguir siendo Cindy Reed. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama.
Y en el fondo, muy en el fondo, sabía que eso no iba a durar. Sabía que en algún momento todo se iba a desmoronar. Sabía que en algún momento Thomas lo descubriría. O Matthew. O alguien. Y entonces todo se acabaría. Todo. Todo. Todo.
Pero por ahora, solo por ahora, todo estaba bien. Thomas estaba contento. Los sobres estaban sobre la mesa. El dinero estaba ahí. Y yo estaba en casa. Con mi familia. Con mi vida. Con todo. Con todo. Con todo.
Continuará…
Original de Tickling Stories
