Pago por cosquillas – Parte 2

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Pasaron las semanas. Casi un mes. Un mes en el que la vida siguió. Como siempre. Como si nada hubiera cambiado. Como si yo no hubiera hecho lo que había hecho. Como si no hubiera mentido. Como si no hubiera ganado dos mil cuatrocientos dólares en una tarde. Como si no hubiera vuelto a casa con dos sobres en el bolso y una excusa en la boca.

Thomas consiguió un trabajo temporal más estable. Algo de medio tiempo en un almacén. No pagaba mucho. Pero pagaba algo. Y eso, después de meses de incertidumbre, era un alivio. Matthew volvió a sus clases de música. No todas. Solo una. Pero algo era algo. La hipoteca se pagó. La inscripción se cubrió. La tarjeta de crédito bajó un poco. No mucho. Pero un poco.

Y yo seguí enviando currículums. Seguí yendo a entrevistas. Seguí recibiendo rechazos. La vida seguía. Como siempre.

Pero algo dentro de mí no seguía. Algo dentro de mí se había quedado atrás. En esa habitación. En esa cama. Con esas correas. Con esas manos. Con esas lenguas. Con todo. Algo dentro de mí se había roto. O se había abierto. O se había despertado. Y ya no podía volver a dormir.

Pensaba en ello. Más de lo que debería. Más de lo que quería. Mientras lavaba los platos. Mientras tendía la ropa. Mientras acompañaba a Matthew a la parada del autobús. Mientras veía la televisión con Thomas. Pensaba en las cosquillas. En la risa. En los jadeos. En los gemidos. En la sensación de estar amarrada. De estar expuesta. De estar indefensa. Pensaba en todo eso. Y me daba vergüenza. Y me daba placer. Y me daba todo.

Y luego, una tarde, casi un mes después, recibí un mensaje.

Era de Evan. Por supuesto que era de Evan. Nadie más me escribía por Facebook. Nadie más sabía lo que yo había hecho. Nadie más me había visto reír hasta llorar. Nadie más me había visto suplicar sin palabras. Nadie más.

Abrí el mensaje. Lo leí. Dos veces. Tres veces. Las palabras se repetían en mi cabeza como un eco.

«Tengo un nuevo trabajo para ti. Uno grande. Un cliente. Solo uno. Pero paga bien. Muy bien. Seis horas de cosquillas intensas. Sin descansos. Sin piedad. Cinco mil dólares. En efectivo. Si te interesa, avísame. Si no, lo entiendo. Pero quería que lo supieras. Quería que lo pensaras.»

Cinco mil dólares. Seis horas. Un solo cliente.

Me quedé mirando la pantalla. El teléfono en la mano. El corazón latiéndome rápido. La boca seca. Las manos sudorosas. Todo el cuerpo en tensión.

Cinco mil dólares. Era más de lo que Thomas ganaba en dos meses. Era más de lo que yo ganaba en tres. Era la hipoteca de dos meses. Era la inscripción de Matthew para todo el año. Era la tarjeta de crédito casi saldada. Era un respiro. Un respiro largo. Un respiro de verdad.

Pero seis horas. Seis horas de cosquillas. Sin descansos. Sin piedad. Con un solo cliente. Un desconocido. Alguien que no conocía. Alguien que no sabía cómo sería. Alguien que podría ser peor que los cuatro juntos. O no. O mejor. O peor. O todo.

Y esa palabra. Intensas. Seis horas de cosquillas intensas. ¿Qué significaba eso? ¿Más que las cuatro horas anteriores? ¿Más que las dos primeras? ¿Más que todo lo que había soportado hasta ahora? No lo sabía. No quería saberlo. Pero al mismo tiempo, quería. Quería saber. Quería sentirlo. Quería todo.

Cerré la aplicación. Dejé el teléfono sobre la mesa. Me quedé sentada en el sofá. Mirando la pared. La foto de la playa. Thomas y yo. Matthew de bebé. Todo lo que éramos. Todo lo que habíamos sido. Todo lo que ya no éramos. O no del todo.

Y pensé. Pensé en Thomas. En su confianza. En su sonrisa cuando le dije que había conseguido un trabajo freelance. En su alivio cuando le puse los sobres sobre la mesa. En todo lo que creía de mí. En todo lo que no sabía. En todo lo que yo le ocultaba.

Pensé en Matthew. En sus clases de música. En su sonrisa cuando le dije que podía volver. En todo lo que yo estaba haciendo por él. En todo lo que él no sabía. En todo lo que nunca sabría.

Pensé en mí. En la Cindy Reed que era. En la Cindy Reed que fingía ser. En la Cindy Reed que se dejaba atar. En la Cindy Reed que se dejaba hacer cosquillas. En la Cindy Reed que reía y jadeaba y gemía. En la Cindy Reed que había descubierto algo que no sabía que buscaba. En la Cindy Reed que ya no podía volver atrás.

Y pensé en los cinco mil dólares. En lo que significaban. En lo que podían comprar. En lo que podían pagar. En lo que podían resolver. En el respiro que podían darme. En la paz que podían traerme. En todo lo que podían cambiar.

Y luego pensé en las seis horas. En lo que significaban. En lo que podían hacerme. En lo que podían romperme. En lo que podían deshacerme. En el dolor que podían causarme. En el agotamiento que podían dejarme. En todo lo que podían quitarme.

Y aun así. Aun así, quería. Quería saber. Quería sentir. Quería todo. Quería los cinco mil dólares. Quería las seis horas. Quería el cliente. Quería las cosquillas. Quería la risa. Quería los jadeos. Quería los gemidos. Quería todo lo que venía con ello. Todo lo que ya conocía. Y todo lo que no.

Me levanté del sofá. Caminé hacia la cocina. Me serví un vaso de agua. Lo bebí despacio. Muy despacio. Sintiendo el líquido frío bajar por mi garganta. Sintiendo el corazón latir todavía rápido. Sintiendo todo.

Y luego volví al sofá. Tomé el teléfono. Abrí la aplicación. Y le escribí a Evan.

«Lo pensaré.»

Eso fue todo. Lo pensaré. No un sí. No un no. Solo lo pensaré. Porque no estaba lista para decidir. Porque necesitaba tiempo. Porque necesitaba pensar. Porque necesitaba todo.

Evan respondió casi al instante.

«Tómate tu tiempo. Pero no demasiado. El cliente quiere una respuesta pronto. Y paga bien. Muy bien. Mejor que nadie. Mejor que nunca. Mejor que todo.»

Leí el mensaje. Lo leí otra vez. Y luego cerré la aplicación. Dejé el teléfono sobre la mesa. Me recosté en el sofá. Y me quedé mirando el techo. Pensando. Pensando en todo. En los cinco mil dólares. En las seis horas. En el cliente. En las cosquillas. En todo.

Y en el fondo, muy en el fondo, ya sabía la respuesta. Ya sabía lo que iba a hacer. Ya sabía lo que iba a decir. Pero necesitaba tiempo. Necesitaba pensarlo. Necesitaba todo.

Porque esto no era como antes. No era un juego. No era una prueba. No era algo que pudiera hacer y luego olvidar. Esto era más. Mucho más. Esto era un cliente. Uno solo. Pero un cliente que pagaba cinco mil dólares. Un cliente que quería seis horas. Un cliente que quería cosquillas intensas. Un cliente que quería todo.

Y yo iba a dárselo. Iba a dárselo todo. Iba a dejarme atar. Iba a dejarme hacer cosquillas. Iba a reír. Iba a jadear. Iba a gemir. Iba a suplicar. Iba a todo.

Pero antes. Antes tenía que pensar. Tenía que decidir. Tenía que estar segura. Tenía que todo.

Y eso era lo que iba a hacer. Pensar. Decidir. Estar segura. 

Me quedé mirando el teléfono un buen rato. La pantalla iluminada. El mensaje de Evan ahí, esperando. Cinco mil dólares por seis horas. Seis horas de cosquillas intensas. Un solo cliente. Un desconocido. Alguien que no sabía quién era. Alguien que no sabía cómo sería. Alguien que podría ser peor que todo lo anterior. O no.

Pero cinco mil dólares. Cinco mil. Era mucho. Muchísimo. Pero si iban a ser intensas. Si de verdad iban a ser intensas. Si iba a estar seis horas sin descanso. Sin piedad. Con un solo cliente que podía hacer lo que quisiera. Entonces no era suficiente. No para lo que iba a soportar. No para lo que iba a pasar.

Abrí la aplicación. Le escribí.

«Si van a ser intensas, entonces quiero diez mil.»

Envié el mensaje. Y me quedé mirando la pantalla. Esperando. Con el corazón latiéndome rápido. Con las manos sudorosas. Con todo el cuerpo en tensión.

Evan tardó unos minutos en responder.

«Diez mil es mucho. Pero voy a preguntarle al cliente. Te aviso.»

Y luego nada. Silencio. Silencio durante horas. Horas que pasé haciendo cosas. Cualquier cosa. Para no pensar. Para no mirar el teléfono. Para no volverme loca. Lavé los platos. Tendí la ropa. Preparé la cena. Ayudé a Matthew con la tarea. Vi la televisión con Thomas. Todo. Todo lo que podía hacer para no pensar en los diez mil dólares. En las seis horas. En el cliente. En las cosquillas. En todo.

Y luego, casi dos horas después, el teléfono vibró.

Era Evan. Abrí el mensaje. Lo leí. Dos veces. Tres veces.

«El cliente acepta. Diez mil dólares. Pero por ocho horas. No seis. Ocho. Sin descansos. Sin piedad. Cosquillas intensas. Todo el cuerpo. Especialmente los pies. ¿Te interesa?»

Ocho horas. Diez mil dólares. Ocho horas de cosquillas intensas. Sin descansos. Sin piedad. Todo el cuerpo. Especialmente los pies. Mis pies. Mis pies hipercosquilludos. Mis pies que no podían soportar nada. Mis pies que iban a ser torturados durante ocho horas. Ocho horas.

Y antes de que pudiera responder, otro mensaje llegó.

«Y hay algo más. El cliente dice que si estás dispuesta, ofrece veinticinco mil dólares por un fin de semana completo. Viernes, sábado y domingo. Te quedarías ahí. En el lugar que él elija. Y volverías a casa el lunes. Veinticinco mil. Todo el fin de semana. Cosquillas sin parar. Sin límites. Sin nada más que cosquillas. ¿Qué me dices?»

Veinticinco mil dólares. Un fin de semana completo. Viernes, sábado y domingo. Tres días. Tres días de cosquillas. Tres días sin parar. Tres días sin límites. Tres días sin nada más que cosquillas. Y luego volvería a casa. El lunes. Como si nada hubiera pasado. Como si todo hubiera sido un sueño. Como si todo hubiera sido una pesadilla. Como si todo hubiera sido todo.

Me quedé mirando la pantalla. El teléfono en la mano. El corazón latiéndome tan rápido que podía escucharlo en los oídos. La boca seca. Las manos temblando. Todo el cuerpo en tensión.

Veinticinco mil dólares.

Veinticinco mil.

Era la mitad de lo que yo ganaba al año. La mitad. En un fin de semana. En tres días. En tres días de cosquillas. Tres días de risa. Tres días de jadeos. Tres días de gemidos. Tres días de todo.

Y de repente, todo se iluminó. Los ojos se me iluminaron. Como si alguien hubiera encendido una luz dentro de mí. Como si alguien hubiera abierto una puerta. Como si alguien hubiera dicho todo lo que yo necesitaba oír.

Veinticinco mil dólares. La hipoteca de casi un año. La inscripción de Matthew para siempre. La tarjeta de crédito saldada. Los servicios pagados. La comida asegurada. El auto arreglado. Todo. Todo lo que necesitábamos. Todo lo que habíamos soñado. Todo lo que nunca habíamos podido tener.

Y solo tenía que dejar que me hicieran cosquillas. Solo tenía que dejarme atar. Solo tenía que reír. Solo tenía que jadear. Solo tenía que gemir. Solo tenía que suplicar. Solo tenía que todo. Todo. Todo. Todo.

Le escribí a Evan.

«Sí. Acepto. Veinticinco mil. El fin de semana completo.»

Evan respondió casi al instante.

«Perfecto. El cliente está contento. Te va a mandar las coordenadas. El lugar. La dirección. Todo. Prepárate. Va a ser intenso. Muy intenso. Más que nada. Más que todo. Pero vas a ganar mucho. Muchísimo. Más de lo que has ganado en tu vida. Más de lo que puedas imaginar.»

Y luego, unos minutos después, llegó otro mensaje. Con las coordenadas. Con la dirección. Con el lugar. Con todo.

Lo leí. Lo leí otra vez. Y luego cerré la aplicación. Dejé el teléfono sobre la mesa. Me recosté en el sofá. Y me quedé mirando el techo. Pensando. Pensando en los veinticinco mil dólares. En el fin de semana. En las cosquillas. En todo.

Y en el fondo, muy en el fondo, sonreí. Sonreí porque sabía que iba a hacerlo. Sabía que iba a ir. Sabía que iba a dejarme atar. Sabía que iba a dejarme hacer cosquillas. Sabía que iba a reír. Sabía que iba a jadear. Sabía que iba a gemir. Sabía que iba a suplicar. Sabía que iba a todo. Todo. Todo. Todo.

Y sabía, también, que Thomas no lo sabía. Que Thomas no sospechaba nada. Que Thomas creía que yo era la Cindy Reed de siempre. La esposa. La madre. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama. Y yo iba a dejar que lo siguiera creyendo. Porque era lo único que podía hacer. Porque era lo único que me quedaba.

Pero eso ya no importaba. No ahora. No con veinticinco mil dólares en el horizonte. No con un fin de semana completo de cosquillas esperándome. No con todo lo que venía. Todo lo que iba a pasar. Todo lo que iba a sentir. Todo lo que iba a ganar. Todo.

Me levanté del sofá. Caminé hacia la cocina. Me serví un vaso de agua. Lo bebí despacio. Muy despacio. Y luego volví al sofá. Tomé el teléfono. Abrí la aplicación. Y le escribí a Evan una última cosa.

«¿Cuándo empieza?»

Evan respondió al instante.

«Este viernes. A las diez de la mañana. Te espero. O mejor dicho, el cliente te espera. Y te aseguro que no te va a decepcionar.»

Viernes. A las diez de la mañana. Este viernes. En tres días. Solo tres días. Y luego todo empezaría. Todo lo que había estado esperando. Todo lo que había estado temiendo. Todo lo que había estado deseando. Todo.

Cerré la aplicación. Dejé el teléfono sobre la mesa. Me recosté en el sofá. Y me quedé mirando el techo. Sonriendo. Pensando. Esperando. Todo. Todo. Todo.

El viernes era en tres días. La conversación con Evan había sido un martes por la tarde. Eso me dejaba un solo día. El miércoles. Un solo día para decírselo a Thomas. Un solo día para convencerlo. Un solo día para mentir. Otra vez.

El plan era sencillo. Al menos, en apariencia. El jueves por la noche saldría en auto. Conduciría toda la noche. Llegaría el viernes a primera hora a uno de los negocios del cliente. Un lugar que no conocía. Una dirección que aún no me habían dado. Estaría fuera todo el fin de semana. Viernes, sábado y domingo. Regresaría el lunes por la mañana. Y me pagarían veinticinco mil dólares por el trabajo de todo el fin de semana.

Veinticinco mil dólares. La mitad de lo que yo ganaba al año. En un fin de semana. En tres días. En tres días de cosquillas. Tres días de risa. Tres días de jadeos. Tres días de gemidos. Tres días de todo.

El miércoles por la noche, después de cenar, cuando Matthew se fue a su cuarto a hacer la tarea, me senté en el sofá junto a Thomas. Él estaba viendo la televisión. Una película que ya había visto antes. Una película que no le importaba. Yo me senté a su lado. Con las manos en el regazo. Con el corazón latiéndome rápido. Con la boca seca. Con todo el cuerpo en tensión.

—Thomas —dije—. Tengo que contarte algo.

Él me miró. Bajó el volumen de la televisión. Se giró un poco hacia mí. Con esa expresión tranquila que tenía siempre. Esa expresión que decía que confiaba en mí. Que no esperaba nada malo. Que no sospechaba nada.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Respiré hondo. Inhalé. Exhalé. Y luego hablé.

—La empresa para la que hice el trabajo freelance el mes pasado… bueno, me volvieron a contactar. Tienen un proyecto grande. Uno importante. Necesitan a alguien que se desplace a otro estado. A la sede de uno de sus negocios. Para trabajar todo el fin de semana. Viernes, sábado y domingo. Y regresar el lunes.

Thomas ladeó la cabeza. Interesado. Sin sospechar nada.

—¿Otro estado? —preguntó—. ¿Dónde?

—No lo sé exactamente —dije—. Me dan las coordenadas el jueves. Es confidencial. Hasta el último momento no me dicen la dirección exacta. Pero me pagan bien. Muy bien. Veinticinco mil dólares por todo el fin de semana.

Thomas abrió los ojos. Sorprendido. Impresionado. Casi incrédulo.

—¿Veinticinco mil? —repitió—. ¿Por un fin de semana?

—Sí —dije—. Veinticinco mil. Es la mitad de lo que yo ganaba al año. Es la hipoteca de casi un año. Es la inscripción de Matthew para siempre. Es la tarjeta de crédito saldada. Es todo. Todo lo que necesitábamos. Todo lo que habíamos soñado. Todo lo que nunca habíamos podido tener.

Thomas se quedó callado un momento. Mirándome. Procesando. Y luego sonrió. Una sonrisa más grande. Más sincera. Más aliviada. Como si un peso se le hubiera quitado de encima. Como si algo se hubiera resuelto. Como si todo pudiera empezar a mejorar.

—Cindy… —dijo. Y me tomó de la mano. Me apretó los dedos. Con fuerza. Con cariño. Con todo—. Esto es… esto es increíble. Esto es lo que necesitábamos. Esto es… esto es todo.

Y yo sonreí. Una sonrisa que esperaba que pareciera sincera. Que pareciera normal. Que pareciera la Cindy Reed que él conocía. La mujer que no se dejaba atar. La mujer que no se dejaba hacer cosquillas. La mujer que no orinaba la cama.

—Sí —dije—. Esto es todo.

Thomas me soltó la mano. Se recostó en el sofá. Miró el techo. Y luego volvió a mirarme.

—¿Y tienes que irte el jueves? —preguntó.

—Sí —dije—. El jueves por la noche. Conduciré toda la noche. Llegaré el viernes a primera hora. Y volveré el lunes por la mañana. A tiempo para desayunar con ustedes. A tiempo para todo.

Thomas asintió. Despacio. Con seguridad. Con una convicción que no dejaba lugar a dudas.

—Está bien —dijo—. Está bien. Hazlo. Hazlo por nosotros. Hazlo por Matthew. Hazlo por todo. Veinticinco mil dólares… es mucho. Muchísimo. Es la mitad de lo que ganabas al año. Es… es todo. Es todo lo que necesitamos.

—Sí —dije—. Es todo.

Y luego me levanté del sofá. Caminé hacia la cocina. Me serví un vaso de agua. Lo bebí despacio. Muy despacio. Y luego volví al sofá. Me senté junto a Thomas. Y me quedé mirando la televisión. La película que él había estado viendo. La película que no le importaba. La película que ya había visto antes.

Y en el fondo, muy en el fondo, sabía que esto no era todo. Sabía que esto era solo el principio. Sabía que habría más. Más viajes. Más mentiras. Más cosquillas. Más risas. Más jadeos. Más gemidos. Más todo.

Pero por ahora, solo por ahora, todo estaba bien. Thomas estaba contento. Los veinticinco mil dólares estaban en el horizonte. El fin de semana estaba por llegar. Y yo estaba en casa. Con mi familia. Con mi vida. Con todo.

El jueves llegó rápido. Demasiado rápido. O quizá no. Quizá llegó justo cuando tenía que llegar. Pasé el día haciendo cosas. Cualquier cosa. Para no pensar. Para no mirar el reloj. Para no volverme loca. Lavé la ropa. Limpié la casa. Preparé la cena. Ayudé a Matthew con la tarea. Todo. Todo lo que podía hacer para no pensar en lo que venía. En el viaje. En el fin de semana. En las cosquillas. En todo.

Y luego llegó la noche. Las ocho. La hora de irme. Thomas me ayudó a llevar la maleta al auto. Una maleta pequeña. Con ropa para tres días. Con ropa interior limpia. Con todo lo que necesitaba. O todo lo que creía que necesitaba. Porque en realidad no sabía qué necesitaba. No sabía qué me esperaba. No sabía nada.

—¿Segura que no quieres que te acompañe? —preguntó Thomas. De pie junto al auto. Con las manos en los bolsillos. Con la mirada preocupada. Pero no sospechosa. Solo preocupada—. Puedo pedir el día en el trabajo. Puedo ir contigo. Puedo…

—No —dije—. No es necesario. Es un viaje de trabajo. Tengo que ir sola. Es parte del trato. Ya te lo expliqué.

Thomas asintió. Despacio. Con seguridad. Con una convicción que no dejaba lugar a dudas.

—Está bien —dijo—. Está bien. Cuídate. Llámame cuando llegues. Llámame si necesitas algo. Llámame. Por favor.

—Sí —dije—. Te llamaré. Te lo prometo.

Y luego me acerqué a él. Lo abracé. Con fuerza. Con cariño. Con todo. Y él me abrazó también. Con la misma fuerza. Con el mismo cariño. Con todo. Y nos quedamos así un momento. Solo un momento. En la entrada de casa. Bajo la luz del porche. Con el auto esperando. Con el viaje esperando. Con todo esperando.

Y luego me separé. Lo miré a los ojos. Le sonreí. Una sonrisa que esperaba que pareciera sincera. Que pareciera normal. Que pareciera la Cindy Reed que él conocía.

—Te quiero —dije.

—Y yo a ti —dijo él.

Y luego me subí al auto. Cerré la puerta. Encendí el motor. Y conduje. Hacia la carretera. Hacia el viaje. Hacia todo lo que me esperaba. Todo lo que había estado esperando. Todo lo que había estado temiendo. Todo lo que había estado deseando.

Miré por el retrovisor. Thomas seguía ahí. De pie en la entrada. Con la mano levantada. Despidiéndose. Viéndome partir. Y yo levanté la mano también. Un momento. Solo un momento. Y luego aceleré. Y me alejé. Hacia la noche. Hacia la carretera. Hacia todo.

El viaje era largo. Más largo de lo que había calculado. Cuatro horas de carretera. Cuatro horas conduciendo en la oscuridad. Con las luces del auto iluminando el asfalto. Con la radio puesta en una emisora cualquiera. Con la mente en blanco. O casi.

Al principio, todo fue bien. La carretera estaba despejada. El tráfico era poco. El auto respondía. Yo me sentía despierta. Alerta. Con los ojos bien abiertos. Con las manos firmes en el volante. Con todo bajo control.

Pero las horas pasaron. Y el cansancio empezó a llegar. Primero despacio. Como una niebla que se cuela por las rendijas. Luego más rápido. Como una ola que te arrastra. Y luego de repente. Como un golpe. Como un peso que se te viene encima y te aplasta contra el asiento.

Los ojos me pesaban. Los párpados me pesaban. La cabeza me pesaba. Todo me pesaba. Y la carretera empezaba a volverse borrosa. Las líneas blancas se mezclaban. Los letreros se duplicaban. Las luces de los otros autos se convertían en estelas largas y brillantes que me mareaban.

Me detuve en una estación de servicio. Compré un café. Me lo tomé despacio. Muy despacio. Sintiendo el líquido caliente bajar por mi garganta. Sintiendo la cafeína hacer efecto poco a poco. Y luego volví al auto. Y seguí conduciendo. Otra hora. Quizá dos. Quizá más.

Pero el café no duró. El cansancio volvió. Y esta vez más fuerte. Más insistente. Más peligroso. Los ojos se me cerraban solos. La cabeza se me caía hacia adelante. El auto se desviaba un poco. Luego un poco más. Y yo tenía que enderezarlo. Con esfuerzo. Con fuerza de voluntad. Con todo.

Y entonces lo vi. Un letrero iluminado. A un lado de la carretera. Un hotel. Pequeño. De carretera. De esos que están ahí para gente como yo. Gente cansada. Gente de paso. Gente que necesita parar. Aunque sea unas horas. Aunque sea una noche.

No lo pensé mucho. Señalé a la derecha. Salí de la carretera. Y conduje hasta el estacionamiento del hotel. Un estacionamiento casi vacío. Con dos o tres autos. Con luces tenues. Con todo en silencio. Apagué el motor. Me quedé un momento en el auto. Con las manos en el volante. Con los ojos cerrados. Respirando. Tomando aire. Tratando de despertarme. Tratando de recomponerme. Tratando de todo.

Y luego bajé del auto. Caminé hacia la recepción. Una puerta de cristal. Una luz fluorescente. Un mostrador. Y detrás del mostrador, un hombre. Joven. Cansado también. Como si llevara toda la noche ahí. Como si no le importara nada. Como si todo le diera igual.

—¿Una habitación? —preguntó.

—Sí —dije—. Solo por esta noche. Unas horas. Necesito descansar.

El hombre asintió. Sin decir nada. Sin preguntar nada. Solo asintió. Y luego me pidió una identificación. Y una tarjeta de crédito. Y todo lo demás. Yo se lo di. Todo. Sin pensar. Sin dudar. Sin nada.

—Habitación 12 —dijo—. Al final del pasillo. A la derecha. La llave está puesta.

—Gracias —dije.

Y luego me di la vuelta. Caminé hacia el pasillo. Con la maleta en la mano. Con los pies pesados. Con todo pesado. Llegué a la habitación 12. Abrí la puerta. Entré. Cerré la puerta detrás de mí. Y me quedé de pie. En medio de la habitación. Mirando todo. La cama. La televisión. La ventana. El baño. Todo. Todo lo que había. Todo lo que necesitaba.

Dejé la maleta en el suelo. Me quité los zapatos. Me quité la ropa. Me quedé en ropa interior. Y luego me metí en la cama. Bajo las sábanas. Con la cabeza en la almohada. Con los ojos cerrados. Con todo el cuerpo agotado.

Y me quedé ahí. Un momento. Solo un momento. Antes de que el sueño me venciera. Antes de que todo se apagara. Antes de que todo empezara. Antes de que todo terminara. Todo.

El sueño me venció rápido. Más rápido de lo que esperaba. Un momento estaba mirando el techo de la habitación, con los ojos cerrados, sintiendo el cansancio pesarme en todo el cuerpo. Y al siguiente, ya no estaba. Ya no estaba en el hotel. Ya no estaba en la carretera. Ya no estaba en ningún lugar. Solo estaba el sueño. Profundo. Oscuro. Sin imágenes. Sin nada.

Hasta que algo cambió.

Al principio no supe qué era. Un cosquilleo. Muy leve. Muy tenue. En la planta del pie derecho. Como si una pluma me rozara la piel. Como si un dedo invisible trazara una línea fina desde el talón hasta la base de los dedos. Y luego otra vez. Y otra. Y otra.

Me moví un poco. Sin despertar. Acomodé el pie bajo la sábana. Intenté alejarlo de lo que fuera que lo estaba tocando. Pero el cosquilleo no paró. Siguió. Subió. Del pie a la pantorrilla. De la pantorrilla a la rodilla. De la rodilla al muslo. Un recorrido lento. Deliberado. Como si algo me estuviera explorando. Como si algo me estuviera saboreando. Como si algo me estuviera… probando.

Y entonces desperté.

No fue un despertar gradual. No fue un abrir los ojos despacio. Fue un salto. Un salto en la cama. Un salto que me sacó de golpe del sueño y me puso de pie sobre el colchón. Con el corazón latiéndome tan rápido que podía escucharlo en los oídos. Con la respiración agitada. Con todo el cuerpo en tensión.

Me quedé ahí un momento. De pie sobre la cama. Mirando la oscuridad. Sin entender. Sin saber qué había pasado. Sin saber qué me había tocado. Solo sentía el cosquilleo todavía en la piel. En el pie. En la pierna. En todo.

Y entonces lo vi.

La sábana se movía. Un poco. Muy poco. Pero se movía. Como si algo estuviera debajo. Como si algo estuviera caminando. Como si algo estuviera buscando la salida.

Me agaché. Con cuidado. Con el corazón todavía latiéndome rápido. Y encendí la lámpara de la mesa de noche. La luz me golpeó en la cara. Me cegó un momento. Pero luego mis ojos se ajustaron. Y miré la cama. Y levanté la cobija.

Y ahí estaba.

Una sarigüeya. Pequeña. Gris. Con el hocico puntiagudo y los ojos negros y brillantes. Estaba metida bajo la cobija. En la cama. En mi cama. En la cama del hotel. Y me miraba. Con esos ojos negros y brillantes. Sin miedo. Sin prisa. Como si estuviera en su casa. Como si yo fuera la intrusa. Como si todo estuviera bien.

Y entonces me moví. Rápido. Muy rápido. Sin pensarlo. Sin dudarlo. Di un salto. Un salto que me sacó de la cama y me puso de pie en el suelo. Y luego corrí. Corrí hacia la silla. La única silla de la habitación. Una silla de madera. Sencilla. Junto a la ventana. Y me subí a ella. Con los pies en el asiento. Con las manos agarradas al respaldo. Con todo el cuerpo temblando.

Y me quedé ahí. En la silla. Mirando la cama. Mirando la sarigüeya. Que seguía ahí. Bajo la cobija. Quieta. Como si nada. Como si no hubiera pasado nada. Como si todo estuviera bien.

—No… no… no… —murmuré. Sin poder evitarlo. Sin poder parar—. No… no… no…

La sarigüeya no se movió. No hizo nada. No dijo nada. Solo siguió ahí. Bajo la cobija. Con sus ojos negros y brillantes. Con su hocico puntiagudo. Con todo.

Y yo seguí ahí. En la silla. Con los pies en el asiento. Con las manos agarradas al respaldo. Con todo el cuerpo temblando. Sin saber qué hacer. Sin saber cómo bajar. Sin saber nada.

Solo sabía que no iba a volver a esa cama. No mientras la sarigüeya estuviera ahí. No mientras aquellos ojos negros y brillantes me miraran. No mientras todo siguiera así. 

Y entonces, en uno de esos saltos, en uno de esos momentos en que yo levantaba los pies para apartarla, la sarigüeya cambió de estrategia. No saltó hacia la silla. No saltó hacia adelante. Saltó hacia un lado. Hacia mi pierna. Hacia mi pantorrilla. Y se agarró.

—¡AAAAAAH! —grité. Pero esta vez no fue un grito de miedo. Fue un grito de sorpresa. De incredulidad. De algo que no esperaba—. ¡No! ¡No! ¡Quítate! ¡Quítate!

La sarigüeya se había agarrado a mi pantorrilla con sus patas delanteras. Con sus uñas. Con todo. Y luego bajó. Rápida. Como una sombra. Hasta llegar a mi pie. A mi pie descalzo. A mi planta. Y entonces abrió la boca. Y mordió.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El grito que salió de mi boca no fue un grito de dolor. Fue una carcajada. Una carcajada enorme. Incontrolable. Insoportable. Porque los dientes de la sarigüeya no dolían. No lastimaban. No hacían daño. Hacían cosquillas. Cosquillas terribles. Cosquillas insoportables. Cosquillas en la planta de mi pie. En mis dedos. En todos los nervios que tenía ahí. En todos los que no sabía que tenía.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Intenté quitármela. Con la mano. Con la otra pierna. Con todo. Pero la sarigüeya seguía ahí. Agarrada a mi pie. Mordiendo. Mordisqueando. Moviendo la cabeza de un lado a otro. Como si estuviera jugando. Como si estuviera comiendo. Como si estuviera haciendo lo que quería. Y yo solo podía reír. Reír y reír. Reír con la boca abierta. Reír con los ojos cerrados. Reír con todo el cuerpo sacudiéndose sobre la silla.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y entonces levanté el otro pie. El pie libre. El que no tenía sarigüeya encima. Y lo estiré hacia adelante. Hacia la sarigüeya. Hacia mi propio pie. Hacia todo. Intentando apartarla. Intentando empujarla. Intentando quitármela de encima. Con los dedos. Con la planta. Con todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Pero la sarigüeya no se movía. O no lo suficiente. Seguía ahí. Agarrada a mi pie. Mordiendo. Mordisqueando. Haciéndome cosquillas. Y yo seguía riendo. Riando y pataleando. Riando y empujando. Riando y todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

—¡No… no… por favor…! —logré decir entre carcajadas—. ¡Quítate! ¡Quítate! ¡No puedo… no puedo…!

Pero la sarigüeya no me escuchó. O no le importó. Siguió ahí. Mordiendo. Mordisqueando. Moviendo la cabeza. Haciéndome cosquillas. Cosquillas terribles. Cosquillas insoportables. Cosquillas en la planta de mi pie. En mis dedos. En todos los nervios. En todos.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo seguía ahí. En la silla. Con un pie en el asiento. Con el otro pie en el aire. Con la sarigüeya agarrada a él. Mordiéndolo. Mordisqueándolo. Haciéndome cosquillas. Y con el otro pie. El libre. El que no tenía sarigüeya. Intentando apartarla. Intentando empujarla. Intentando todo. Sin lograrlo. Sin conseguirlo. Sin nada.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y en medio de todo, en medio del caos, en medio de la locura, en medio de la risa que no paraba, sentí que algo dentro de mí se rompía. Otra vez. Como antes. Como siempre. Algo se rompía. Algo que había estado aguantando. Algo que había estado resistiendo. Algo que había estado conteniendo. Y ya no.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y la risa explotó. Salió de mí como un torrente. Como un río. Como una cascada. Ya no podía contenerla. Ya no podía apretar los dientes. Ya no podía cerrar la boca. Ya no podía hacer nada. Solo reír. Reír y reír. Reír con la boca abierta. Reír con los ojos cerrados. Reír con todo el cuerpo sacudiéndose sobre la silla. Con la sarigüeya todavía agarrada a mi pie. Todavía mordiendo. Todavía mordisqueando. Todavía haciéndome cosquillas.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y la sarigüeya seguía ahí. En mi pie. En mi planta. En mis dedos. Mordiendo. Mordisqueando. Moviendo la cabeza. Como si estuviera jugando. Como si estuviera comiendo. Como si estuviera haciendo lo que quería. Y yo solo podía reír. Reír y patalear. Reír y empujar. Reír y todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y entonces la sarigüeya mordió más fuerte.

No fue un mordisco suave. No fue un mordisqueo. Fue un mordisco de verdad. Sus dientes se cerraron sobre la piel de mi planta. Sobre el arco. Sobre la base de los dedos. Y apretaron. Con fuerza. Con decisión. Con todo.

—¡AAAAAY! —El grito que salió de mi boca esta vez no fue solo una carcajada. Fue una mezcla. Dolor. Y risa. Y todo junto—. ¡AAAAY! ¡JAJAJAJA! ¡NO! ¡NO!

Porque dolía. Dolía de verdad. Sentía los dientes de la sarigüeya clavados en mi piel. Sentía la presión. Sentía el ardor. Sentía todo. Pero al mismo tiempo. Al mismo tiempo, las cosquillas seguían ahí. Peores que antes. Mucho peores. Porque el dolor y las cosquillas se mezclaban. Se multiplicaban. Se convertían en algo que no sabía nombrar. Algo que me hacía reír y gritar al mismo tiempo. Algo que me hacía retorcerme y patalear. Algo que me hacía todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Intenté quitármela. Otra vez. Con el otro pie. El libre. Lo estiré hacia adelante. Hacia la sarigüeya. Hacia mi propio pie. Hacia todo. Intentando apartarla. Intentando empujarla. Intentando todo. Pero la sarigüeya no se movía. Seguía ahí. Agarrada. Mordiendo. Mordiendo más fuerte. Con sus dientes clavados en mi piel. Con sus patas agarradas a mi tobillo. Con todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo seguía ahí. En la silla. Con un pie en el asiento. Con el otro pie en el aire. Con la sarigüeya agarrada a él. Mordiéndolo. Mordiéndolo más fuerte. Haciéndome cosquillas. Haciéndome daño. Haciéndome todo. Y con el otro pie. El libre. Intentando apartarla. Intentando empujarla. Intentando todo. Sin lograrlo. Sin conseguirlo. Sin nada.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y el dolor. El dolor era real. Sentía la piel de mi planta arder. Sentía los dientes de la sarigüeya clavados. Sentía la presión. Sentía todo. Pero no podía parar de reír. No podía. Porque las cosquillas seguían ahí. Peores que antes. Mucho peores. Porque el dolor y las cosquillas se mezclaban. Se multiplicaban. Se convertían en algo que no sabía nombrar.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

—¡No… no… por favor…! —logré decir entre carcajadas y gritos—. ¡Quítate! ¡Quítate! ¡Me estás… me estás…!

Pero la sarigüeya no me escuchó. O no le importó. Siguió ahí. Mordiendo. Mordiendo más fuerte. Moviendo la cabeza. De un lado a otro. Como si estuviera jugando. Como si estuviera comiendo. Como si estuviera haciendo lo que quería. Y yo solo podía reír. Reír y gritar. Reír y patalear. Reír y todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y en medio de todo, en medio del caos, en medio de la locura, en medio de la risa y el dolor, sentí que algo dentro de mí se rompía. Otra vez. Como antes. Como siempre. Algo se rompía. Algo que había estado aguantando. Algo que había estado resistiendo. Algo que había estado conteniendo. Y ya no.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y la risa explotó. Salió de mí como un torrente. Como un río. Como una cascada. Ya no podía contenerla. Ya no podía apretar los dientes. Ya no podía cerrar la boca. Ya no podía hacer nada. Solo reír. Reír y gritar. Reír y patalear. Reír y todo. Con la sarigüeya todavía agarrada a mi pie. Todavía mordiendo. Todavía mordiendo más fuerte. Todavía haciéndome cosquillas. Todavía haciéndome daño. Todavía haciéndome todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y entonces lo hice. Con todas las fuerzas que me quedaban. Con el pie libre. El que no tenía sarigüeya. Lo levanté. Lo estiré hacia adelante. Y pateé. No fue una patada fuerte. No fue una patada violenta. Fue una patada desesperada. Una patada de alguien que ya no podía más. Una patada de alguien que solo quería quitársela de encima.

Y funcionó.

El pie de la sarigüeya se soltó de mi planta. Sus dientes se separaron de mi piel. Sus patas se abrieron. Y el animal salió volando. No muy lejos. Solo un poco. Lo justo para caer al suelo. Con un golpe sordo. Con un ruido pequeño. Con todo.

Me quedé en la silla. Jadeando. Riendo todavía. Con el pie que había sido mordido todavía en el aire. Con la planta ardiendo. Con los dedos temblando. Con todo el cuerpo sacudiéndose. Y miré hacia abajo. Hacia el suelo. Hacia la sarigüeya.

Y ahí estaba. En el suelo. Junto a la cama. Quieta. Muy quieta. Con los ojos cerrados. Con las patas abiertas. Con el cuerpo inmóvil. Sin moverse. Sin respirar. Sin nada.

—No… no… —murmuré. Y la risa se me apagó de golpe. Como si alguien hubiera cerrado una puerta. Como si alguien hubiera apagado una luz. Como si todo hubiera parado—. No… no… no la… no la maté…

Me quedé ahí. En la silla. Mirándola. Con el corazón latiéndome rápido. Con la respiración agitada. Con todo el cuerpo temblando. Pero ya no de risa. De otra cosa. De algo que no sabía nombrar. De algo que me apretaba el pecho. De algo que me hacía querer llorar.

—No… no… no la maté… —repetí. Como si decirlo en voz alta lo hiciera menos real. Como si decirlo en voz alta lo hiciera menos verdad—. No la maté… no la maté…

Pero la sarigüeya seguía ahí. En el suelo. Quieta. Muy quieta. Con los ojos cerrados. Con las patas abiertas. Con el cuerpo inmóvil. Sin moverse. Sin respirar. Sin nada.

Y yo seguía ahí. En la silla. Mirándola. Sin saber qué hacer. Sin saber cómo bajar. Sin saber nada. Solo sabía que la había matado. Que la había pateado. Que la había tirado al suelo. Que la había… que la había…

—No… no… no… —murmuré otra vez. Y sentí que las lágrimas me llenaban los ojos. Que me corrían por las mejillas. Que me caían sobre las manos. Sobre el regazo. Sobre todo—. No… no quería… no quería hacerlo… no quería…

Y la sarigüeya seguía ahí. En el suelo. Quieta. Muy quieta. Con los ojos cerrados. Con las patas abiertas. Con el cuerpo inmóvil. Sin moverse. Sin respirar. Sin nada.

Y yo seguía ahí. En la silla. Llorando. Temblando. Sin saber qué hacer. Sin saber cómo bajar. Sin saber nada. Solo sabía que la había matado. Que la había pateado. Que la había tirado al suelo. Que la había… que la había…

—No… no… no… —seguí murmurando. Una y otra vez. Como un rezo. Como una súplica. Como todo—. No… no… no…

Y en medio de todo, en medio del llanto, en medio del temblor, en medio de la culpa, no me di cuenta de algo. No me di cuenta de que la sarigüeya no sangraba. No me di cuenta de que no tenía heridas. No me di cuenta de que no había nada. Solo estaba ahí. Quieta. Muy quieta. Con los ojos cerrados. Con las patas abiertas. Con el cuerpo inmóvil. Sin moverse. Sin respirar. Sin nada.

Pero yo no lo vi. No lo noté. Solo veía lo que creía que había hecho. Solo veía lo que creía que era. Solo veía lo que creía que había pasado.

—No… no… no… —seguí murmurando. Y me quedé ahí. En la silla. Llorando. Temblando. Sin saber qué hacer. Sin saber cómo bajar. Sin saber nada. Solo sabía que la había matado. Que la había pateado. Que la había tirado al suelo. Que la había… que la había matado.

Me quedé ahí un momento más. En la silla. Llorando. Temblando. Mirando a la sarigüeya en el suelo. Sin saber qué hacer. Sin saber cómo bajar. Sin saber nada.

Pero luego, poco a poco, el llanto se me fue apagando. La respiración se me fue calmando. El temblor se me fue yendo. Y me di cuenta de que no podía quedarme ahí para siempre. No podía quedarme en esa silla hasta que amaneciera. No podía quedarme mirando a la sarigüeya muerta. No podía quedarme con la culpa. Con el miedo. Con todo.

Tenía que hacer algo. Tenía que moverme. Tenía que resolverlo.

Bajé de la silla. Despacio. Con cuidado. Con los pies todavía temblando. Con las piernas todavía flojas. Con todo todavía en tensión. Y caminé hacia la maleta. Abrí la cremallera. Saqué una bata. Una bata sencilla. De algodón. Que había traído por si acaso. Me la puse. Me cubrí. Y luego busqué una bolsa. Una bolsa de plástico. De las que había en el baño. Para la basura. Para lo que fuera. Y volví hacia la sarigüeya.

Me agaché. Con cuidado. Con el corazón todavía latiéndome rápido. Con las manos todavía temblando. Y la tomé. Con la bolsa. Sin tocarla directamente. Con cuidado. Con respeto. Con todo. Y la levanté. Y la puse en la bolsa. Y cerré la bolsa. Y me quedé ahí un momento. Con la bolsa en la mano. Con la sarigüeya dentro. Con todo.

Luego caminé hacia la puerta. La abrí. Salí al pasillo. Estaba vacío. En silencio. Solo las luces fluorescentes. Solo el zumbido del aire acondicionado. Solo todo. Caminé por el pasillo. Hacia el final. Hacia la parte de atrás. Donde había una puerta que daba al exterior. Al bosque. A la nada.

Abrí la puerta. El aire de la noche me golpeó en la cara. Fresco. Húmedo. Diferente. Salí. Caminé unos pasos. Hacia el bosque. Hacia los árboles. Hacia la oscuridad. Y luego me detuve. Y dejé la bolsa en el suelo. Con cuidado. Con respeto. Con todo. Y me quedé ahí un momento. Mirando la bolsa. Mirando el bosque. Mirando todo.

—Lo siento —dije. En voz baja. Casi un susurro—. Lo siento. No quería hacerte daño. No quería. Solo… solo tenía miedo. Solo… solo todo.

No hubo respuesta. Por supuesto que no. Solo el silencio del bosque. Solo el viento en los árboles. Solo todo. Y luego me di la vuelta. Caminé de vuelta a la habitación. Cerré la puerta. Cerré la puerta de atrás. Caminé por el pasillo. Hacia mi habitación. Abrí la puerta. Entré. Cerré la puerta detrás de mí. Y me quedé de pie. En medio de la habitación. Mirando la cama. La cama donde había dormido. La cama donde la sarigüeya había estado. La cama donde todo había pasado.

Y entonces miré el reloj. La luz roja de la mesa de noche. Las 3:00 de la mañana. Pasadas. Casi las 3:15. Ya era hora de levantarse. Ya era hora de alistarse. Ya era hora de continuar conduciendo. Al menos tres horas más. Antes de mi nueva parada. Antes de desayunar. Antes de todo.

Suspiré. Inhalé. Exhalé. Inhalé. Exhalé. Y luego me moví. Caminé hacia el baño. Me di una ducha. Rápida. Con agua caliente. Con jabón. Con todo. Me lavé el cabello. Me lavé la cara. Me lavé el cuerpo. Me lavé los pies. Especialmente los pies. Los lavé una y otra vez. Como si pudiera borrar lo que había pasado. Como si pudiera quitarme de encima todo lo que había sentido. Como si pudiera volver a ser yo. La Cindy Reed de antes.

Pero no funcionó. No funcionó porque, aunque me lavara, aunque me secara, aunque me vistiera, todo seguía ahí. Todo seguía dentro de mí. Todo seguía en mi piel. En mi mente. En mi cuerpo. Todo.

Salí de la ducha. Me sequé. Me puse ropa limpia. Una blusa distinta. Una falda distinta. Zapatos. Todo distinto. Todo nuevo. Todo limpio. Y luego me miré en el espejo. Y vi a una mujer que parecía Cindy Reed. Que se veía como Cindy Reed. Que se vestía como Cindy Reed. Pero que ya no era Cindy Reed. No del todo. No de la misma manera.

Me maquillé. Un poco de delineador. Un poco de máscara de pestañas. Un poco de rubor. Un poco de todo. Y luego me recogí el cabello en un moño bajo. Me miré otra vez. Y esta vez, por un momento, solo por un momento, vi a la Cindy Reed de antes. La que salía de casa todas las mañanas. La que iba a trabajar. La que cuidaba de su familia. La que no se dejaba atar. La que no se dejaba hacer cosquillas. La que no orinaba la cama. La que no mataba sarigüeyas.

Pero solo por un momento. Porque luego, cuando salí del baño, cuando volví a la habitación, cuando vi la cama deshecha, cuando vi la bolsa vacía en el suelo, cuando vi todo, supe que la Cindy Reed de antes ya no existía. O no del todo. O no de la misma manera.

Tomé la maleta. La cerré. La levanté. Me colgué el bolso del hombro. Y caminé hacia la puerta. La abrí. Salí al pasillo. Cerré la puerta detrás de mí. Caminé hacia la recepción. El mismo hombre joven estaba ahí. Detrás del mostrador. Cansado también. Como si no se hubiera movido en toda la noche. Como si todo le diera igual.

—Dejo la llave —dije. Y la puse sobre el mostrador.

El hombre asintió. Sin decir nada. Sin preguntar nada. Solo asintió. Y luego me miró. Un momento. Solo un momento. Y luego volvió a mirar su pantalla. Su computadora. Su nada.

Y yo me di la vuelta. Caminé hacia la puerta. Salí al estacionamiento. El aire de la mañana me golpeó en la cara. Fresco. Limpio. Diferente. Caminé hacia mi auto. Abrí la puerta. Metí la maleta. Me senté al volante. Cerré la puerta. Y me quedé ahí un momento. Con las manos en el volante. Con la frente apoyada en los nudillos. Respirando. Tomando aire. Tratando de recomponerme. Tratando de volver a ser yo. Tratando de recordar quién era. Dónde estaba. Qué estaba haciendo.

Y luego encendí el motor. Y conduje. De vuelta a la carretera. De vuelta al viaje. De vuelta a todo. Y mientras conducía, mientras las luces del amanecer empezaban a aparecer en el horizonte, mientras todo seguía, no pude evitar pensar en la sarigüeya. En lo que había pasado. En lo que había sentido. En lo que había hecho.

Jamás en mi vida un animal me había hecho cosquillas en los pies. Jamás. Ni de esa manera. Ni con esa intensidad. Ni con ese dolor. Ni con todo. Jamás. Y sin embargo, ahí estaba. Conduciendo hacia el amanecer. Con los pies todavía sensibles. Con la piel todavía vibrante. Con todo todavía dentro de mí. Y con una pregunta que no me atrevía a responder.

¿Había disfrutado? ¿Aunque fuera un poco? ¿Aunque fuera solo un momento? ¿Aunque fuera todo?

No lo sabía. No quería saberlo. Pero la pregunta seguía ahí. En mi cabeza. En mi piel. En todo. Y yo seguía conduciendo. Hacia el amanecer. Hacia el fin de semana. Hacia todo lo que me esperaba. Todo.

Dos horas de carretera. El sol ya estaba bien alto cuando vi el letrero. Un restaurante de carretera. De esos que sirven desayunos a cualquier hora. Con un estacionamiento medio vacío y un cartel de neón que decía «ABIERTO 24 HORAS». Me detuve. No lo pensé mucho. El estómago me lo pedía a gritos y el café de la estación de servicio ya no hacía efecto.

Apagué el motor. Bajé del auto. El aire de la mañana era fresco, casi frío. Me estiré un momento, con las manos en la cintura, sintiendo cómo los músculos de la espalda se quejaban después de tantas horas al volante. Luego caminé hacia el restaurante.

Adentro olía a tocino y a café recién hecho. Un olor que, en otras circunstancias, me habría reconfortado. Me senté en una mesa junto a la ventana. Una mesera de mediana edad, con el pelo recogido y un delantal manchado, me trajo el menú. No lo leí. Solo pedí. Café. Tostadas. Frutas. Huevos revueltos. Tocino. Todo. Todo lo que pudiera darme energía para las últimas horas.

La comida llegó rápido. Y yo comí. Despacio. Sin prisa. Sin pensar. Solo comiendo. Sintiendo el calor de los huevos. El crujido del tocino. El dulzor de la fruta. El amargor del café. Todo. Todo lo que necesitaba.

Mientras comía, miré por la ventana. El estacionamiento. La carretera. Los autos que pasaban. La gente que iba y venía. Gente normal. Gente con vidas normales. Gente que no tenía que mentirle a su esposo. Gente que no tenía que conducir toda la noche. Gente que no tenía que dejar sarigüeyas en el bosque. Gente que no tenía que hacer lo que yo estaba haciendo.

Pero no me detuve a pensar en eso. No podía. No quería. Solo comí. Y cuando terminé, pagué la cuenta. Dejé una propina. Me levanté. Caminé hacia la puerta. Salí al estacionamiento. El sol ya estaba más alto. El aire ya estaba más cálido. Y yo ya estaba más despierta.

Me subí al auto. Encendí el motor. Miré el GPS. Menos de treinta minutos. Unos cuarenta kilómetros. Eso era todo. Eso era lo que faltaba. Y luego llegaría. A las coordenadas. Al lugar. A lo que me esperaba. A todo.

Respiré hondo. Inhalé. Exhalé. Y luego arranqué. De vuelta a la carretera. De vuelta al viaje. De vuelta a todo.

El camino fue tranquilo. Poco tráfico. Paisaje repetitivo. Árboles. Campos. Cielo. Todo igual. Todo distinto. Y yo conduciendo. Con las manos en el volante. Con la mente en blanco. O casi. Porque de vez en cuando, sin querer, mi mente volvía a la sarigüeya. A sus dientes en mi piel. A sus cosquillas. A su cuerpo inmóvil en el suelo. Y luego se iba. Como había venido. Sin avisar. Sin dejar rastro. Sin nada.

Y así, conduciendo, con el sol en los ojos y el GPS marcando el camino, me acerqué al destino. Sin llegar aún. Sin saber qué encontraría. Sin saber nada. Solo conduciendo. Hacia las coordenadas. Hacia lo que me esperaba. Hacia todo.

El GPS me guio fuera de la carretera principal. A un camino destapado. De tierra. Con baches. Con maleza a los lados. Un camino que no parecía llevar a ningún lado. Pero el GPS insistía. Seguí. Despacio. Con cuidado. El auto rebotaba. Las llantas levantaban polvo. Los árboles se cerraban a los lados. Y yo seguí. Diez kilómetros. Quizá más. Hasta que el camino se estrechó. Hasta que los árboles se hicieron más densos. Hasta que llegué.

La cabaña estaba al final del camino. De madera. Sencilla. Rústica. Con un porche pequeño. Con una chimenea. Con todo. Me detuve frente a ella. Apagué el motor. Bajé del auto. El silencio era total. Solo el viento en los árboles. Solo los pájaros. Solo todo.

Caminé hasta la puerta. Toqué. Una vez. Dos. Tres. Nadie salió. Toqué otra vez. Con más fuerza. Con los nudillos. Con todo. Pero nadie salió. La puerta seguía cerrada. La cabaña seguía en silencio. Y yo me quedé ahí. De pie. Sin saber qué hacer. Sin saber qué pasaba.

Y entonces recordé. Las palabras de Evan. Las instrucciones que me había dado junto con las coordenadas. «Llama a este número cuando llegues. Indica que ya estás ahí. Y espera.»

Saqué el teléfono. Busqué el mensaje. Encontré el número. Y llamé. Tardaron en contestar. Tres timbrazos. Cuatro. Cinco. Y luego una voz. Masculina. Grave. Seca. «¿Ya llegaste?»

«Sí. Estoy en la cabaña. En la puerta.»

«Espera. Ya voy.»

Y colgaron. Sin más. Sin nada. Solo eso. Y yo me quedé ahí. De pie. Junto a la puerta. Con el teléfono en la mano. Esperando. Sin saber cuánto tiempo. Quince minutos. Quizá más. Quizá menos.

Y entonces lo vi. Un hombre que salía del bosque. Caminando despacio. Con las manos en los bolsillos. Vestido completamente de negro. Pantalón negro. Camisa negra. Chaqueta negra. Pasamontañas negro. Lentes oscuros. Nada de su rostro era visible. Solo sus manos. Descubiertas. Piel clara. Dedos largos. Uñas limpias.

Se detuvo frente a mí. A un paso de distancia. Me miró. O eso creí. No podía ver sus ojos. Solo los lentes. Solo el pasamontañas. Solo todo.

—Señora Reed —dijo. Su voz era la misma de la llamada. Grave. Seca. Sin emoción—. Soy el señor T. Bienvenida.

—Hola —dije. Mi voz sonó más débil de lo que esperaba. Más frágil. Más todo.

El señor T metió la mano en el bolsillo de la chaqueta. Sacó un sobre. Blanco. Grueso. Muy grueso. Me lo tendió.

—Aquí está el pago. Veinticinco mil. En efectivo. Como acordamos. Cuéntelos si lo desea.

Tomé el sobre. Era pesado. Más pesado que los anteriores. Más pesado que todos los anteriores juntos. Lo abrí un poco. Solo un poco. Solo lo suficiente para ver los fajos de billetes. Cien dólares. De a cien. Muchos. Muchísimos. Lo cerré. Lo guardé en el bolso. Y luego lo miré. A él. Al señor T. A todo.

—Gracias —dije.

El señor T asintió. Un gesto pequeño. Casi imperceptible.

—¿Trajo su equipaje? —preguntó.

—Sí. En el auto. Voy a bajarlo.

—La espero adentro.

Y dicho eso, se dio la vuelta. Caminó hacia la cabaña. Abrió la puerta. Entró. Y la puerta se cerró detrás de él. Sin más. Sin nada. Solo eso.

Yo me quedé ahí un momento. De pie. Junto al auto. Con el bolso colgado del hombro. Con el sobre dentro. Con todo. Y luego caminé hacia el auto. Abrí la cajuela. Saqué la maleta. La levanté. La puse en el suelo. Cerré la cajuela. Y luego caminé hacia la cabaña. Con la maleta en una mano. Con el bolso en el hombro. Con todo. Hacia la puerta. Hacia lo que me esperaba. Hacia todo.

Abrí la puerta. Entré. La cabaña era sencilla. De madera por dentro también. Un sillón. Una mesa. Una cocina pequeña. Dos puertas. Dos habitaciones. Una a cada lado. El señor T estaba de pie junto a la mesa. Con las manos en los bolsillos. Con los lentes oscuros. Con el pasamontañas. Con todo.

—Su habitación es la de la izquierda —dijo—. La mía es la de la derecha. La puerta tiene seguro. Por dentro. Puede usarlo si lo desea.

—Gracias —dije otra vez. Y caminé hacia la habitación de la izquierda. Abrí la puerta. Entré. Dejé la maleta en el suelo. Cerré la puerta. Y me quedé ahí. De pie. En medio de la habitación. Mirando todo. La cama. La ventana. La pared. Todo. Todo lo que había. Todo lo que necesitaba.

Y luego suspiré. Inhalé. Exhalé. Y me senté en la cama. Con el bolso todavía colgado del hombro. Con el sobre todavía dentro. Con todo todavía dentro. Y esperé. Sin saber qué esperaba. Sin saber qué iba a pasar. Sin saber nada más que el silencio de la cabaña y el peso del sobre en el bolso y todo lo que estaba por venir.

Salí de la habitación. Cerré la puerta detrás de mí. La maleta quedó adentro. El sobre también. Todo quedó adentro. Solo salí yo. Con la ropa que traía puesta. Con la blusa. Con la falda. Con los zapatos. Con todo.

El señor T estaba en la sala. De pie. Junto a la mesa. Con las manos en los bolsillos. Con los lentes oscuros. Con el pasamontañas. Con todo. Me miró. O eso creí. No podía ver sus ojos. Solo los lentes. Solo el reflejo de la luz en ellos. Solo todo.

—¿Está lista? —preguntó.

Su voz era la misma. Grave. Seca. Sin emoción. Como si estuviera preguntando por el clima. Como si no fuera nada. Como si todo fuera nada.

—Antes de empezar —dije—. ¿Cómo va a ser? Necesito saber. Necesito estar preparada.

El señor T ladeó la cabeza. Un gesto pequeño. Casi imperceptible. Como si estuviera considerando mi pregunta. Como si estuviera decidiendo qué responder.

—La primera fase —dijo— puede ser con la ropa que tiene puesta. No necesita cambiarse. No necesita nada. Solo seguir mis instrucciones. Y dejarse hacer.

—¿Debo quitarme el calzado? —pregunté. Miré mis pies. Los zapatos que traía. Los pies que llevaba calzados desde hacía horas.

—No —dijo él—. Yo lo haré. Usted solo camine hacia el tubo.

Señaló con la cabeza. Hacia el centro de la cabaña. Y ahí estaba. No lo había visto antes. O no me había fijado. Un tubo. De metal. Del techo al suelo. Firme. Fijo. Como los de los clubes. Como los de las películas. Como los de todo. Un tubo de pole dance. En medio de la cabaña. En medio de la nada. En medio de todo.

Caminé hacia el tubo. Despacio. Con los zapatos todavía puestos. Con la falda todavía puesta. Con todo todavía puesto. Y me detuve frente a él. El metal brillaba. Un poco. Con la luz que entraba por las ventanas. Con todo.

—Levante los brazos —dijo el señor T. Detrás de mí. Su voz sonaba cerca. Muy cerca—. Hacia arriba. Todo lo que pueda.

Levanté los brazos. Hacia el techo. Hacia el tubo. Hacia todo. Y esperé. Con los brazos en el aire. Con el cuerpo estirado. Con todo.

Sentí sus manos en mis muñecas. Primero la derecha. Luego la izquierda. Sentí algo frío. Algo metálico. Algo acolchado. Las esposas. Me las puso. Una en cada muñeca. Ajustadas. Pero no demasiado. Acolchadas por dentro. Suaves. Casi cómodas. Casi.

Y luego tiró. De los brazos. Hacia arriba. Hacia el tubo. Hacia todo. Y yo sentí que me estiraba. Que mi cuerpo se alargaba. Que los pies se me levantaban del suelo. Que quedaba casi en puntillas. Casi de puntitas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con todo el peso en los dedos. Con todo el cuerpo estirado. Con todo.

—Así —dijo el señor T. Y soltó mis muñecas. Y se apartó. Un paso. Dos. Tres—. Así está bien.

Yo me quedé ahí. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con el cuerpo estirado. Con todo. Y esperé. Sin saber qué esperaba. Sin saber qué iba a pasar. Sin saber nada más que el silencio de la cabaña y el peso de mi propio cuerpo en los dedos de los pies y todo lo que estaba por venir.

El señor T se quedó quieto. Un momento. Solo un momento. Mirándome. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con todo el cuerpo estirado. Con todo.

No dijo nada. No hizo ningún gesto. Solo me miró. O eso creí. Con los lentes oscuros. Con el pasamontañas. Con todo. Y yo sentí sus ojos recorriéndome. Desde los brazos estirados hasta los pies en puntillas. Desde la blusa hasta la falda. Desde todo hasta todo. Como si estuviera admirando su obra. Como si estuviera evaluando lo que había hecho. Como si estuviera decidiendo qué hacer a continuación.

Y luego se movió.

Caminó hacia mí. Despacio. Sin prisa. Con las manos en los bolsillos. Con los pasos firmes. Con todo. Se detuvo frente a mí. A un paso de distancia. Casi podía sentir su aliento. Casi podía sentir su calor. Casi podía sentir todo.

Y luego sacó las manos de los bolsillos. Y las levantó. Y sus dedos se posaron en mis costillas.

—¡JA! —El grito se me escapó antes de que pudiera atraparlo. Corto. Agudo. Involuntario. Porque sus dedos no se posaron. Se clavaron. En mis costillas. En los espacios entre ellas. En los huesos. En todo—. ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

Y luego se movieron. Sus dedos. Rápido. Sin piedad. Recorriendo mis costillas. Subiendo y bajando. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Como si estuviera contándolas. Como si estuviera tocándolas. Como si estuviera todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y luego bajaron. A mi barriga. A mi vientre. A mi ombligo. Sus dedos se hundieron en la piel. La apretaron. La recorrieron. La torturaron. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y luego subieron. A mis axilas. Sus dedos se metieron en los huecos. En los rincones. En los pliegues. Y se movieron. Rápido. Sin piedad. Sin tregua. Como si supiera exactamente dónde tenía que tocar. Como si supiera exactamente qué hacer. Como si supiera todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y luego bajaron otra vez. A mis caderas. A mis huesitos. A la parte baja de mi espalda. Sus dedos se posaron ahí. Y se movieron. En círculos. En líneas. En todo. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo reía. Reía como loca. Reía con la boca abierta. Reía con los ojos cerrados. Reía con todo el cuerpo sacudiéndose. Con los brazos estirados. Con las esposas en las muñecas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y él no paraba. Sus dedos no paraban. Recorrían mi cuerpo. Mis costillas. Mi barriga. Mis axilas. Mis caderas. Todo. Todo al mismo tiempo. Todo sin pausa. Todo sin piedad.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

—Por favor… —logré decir entre carcajadas—. Por favor… no… no puedo…

Pero él no me escuchó. O no le importó. Siguió. Sus dedos siguieron. Sus cosquillas siguieron. En mis costillas. En mi barriga. En mis axilas. En mis caderas. Todo. Todo al mismo tiempo. Todo sin pausa. Todo sin piedad.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo seguía ahí. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con todo el cuerpo sacudiéndose. Con todo. Sin poder escapar. Sin poder cubrirme. Sin poder hacer nada más que reír. Reír y reír. Reír con la boca abierta. Reír con los ojos cerrados. Reír con todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y el señor T se dio cuenta. Por supuesto que se dio cuenta. No era tonto. No era distraído. Estaba observando. Evaluando. Analizando cada reacción. Cada carcajada. Cada espasmo. Cada sonido que salía de mi boca.

Y notó que las costillas y las axilas eran distintas. Notó que cuando sus dedos se clavaban ahí, en esos espacios entre los huesos, en esos huecos sensibles, mi risa cambiaba. Se volvía más aguda. Más desesperada. Más incontrolable. Notó que mi cuerpo se sacudía con más fuerza. Que los brazos tiraban de las esposas con más violencia. Que los dedos de los pies se curvaban y se estiraban sin control. Notó todo.

Y por eso se quedó ahí.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Sus dedos se concentraron en mis costillas. En las de arriba. En las de abajo. En las de los lados. En los espacios entre ellas. Se metían. Se hundían. Se movían. Rápido. Sin piedad. Sin tregua. Como si quisiera romperme. Como si quisiera deshacerme. Como si quisiera todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y luego subían a las axilas. A los huecos. A los rincones. A los pliegues. Y se quedaban ahí. Moviéndose. Rascando. Torturando. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Como si supiera que ahí no podía soportarlo. Como si supiera que ahí me volvía loca. Como si supiera todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo reía. Reía como nunca. Reía como si me estuvieran desarmando. Reía con la boca abierta. Reía con los ojos cerrados. Reía con todo el cuerpo sacudiéndose. Con los brazos estirados. Con las esposas en las muñecas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

—Por favor… —logré decir entre carcajadas—. Por favor… no… no ahí… no…

Pero él no paró. O no me escuchó. O no le importó. Siguió. Sus dedos siguieron. Sus cosquillas siguieron. En mis costillas. En mis axilas. En los espacios entre los huesos. En los huecos sensibles. En todo. Sin pausa. Sin piedad. Sin tregua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo seguía ahí. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con todo el cuerpo sacudiéndose. Con todo. Sin poder escapar. Sin poder cubrirme. Sin poder hacer nada más que reír. Reír y reír. Reír con la boca abierta. Reír con los ojos cerrados. Reír con todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y él seguía ahí. Con sus dedos. Con sus cosquillas. Con su sadismo. Con todo. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Como si quisiera que me rompiera. Como si quisiera que me deshiciera. Como si quisiera todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y entonces, después de una eternidad, sus dedos se detuvieron.

No fue gradual. No fue lento. Fue de golpe. Un momento sus dedos estaban ahí, en mis costillas, en mis axilas, en todo, y al siguiente ya no. Se apartaron. Se alejaron. Y el silencio. Solo mi respiración. Agitada. Entrecedida. Jadeando.

—Ah… ah… ah…

Me quedé ahí. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con el cuerpo entero sacudiéndose todavía. Con las lágrimas corriéndome por las mejillas. Con el sudor empapándome la frente. Con todo. Jadeando. Tomando aire. Tratando de respirar.

—Ah… ah… ah…

El señor T se apartó. Un paso. Dos. Tres. Y luego se quedó quieto. Mirándome. Con los brazos a los costados. Con las manos en los bolsillos. Con todo.

—Cinco minutos —dijo—. De descanso.

Cinco minutos. Eso era todo. Eso era lo que me daba. Cinco minutos. No sabía cuánto tiempo había pasado antes de eso. No sabía si habían sido diez minutos o una hora. No sabía nada. Solo sabía que tenía cinco minutos. Solo cinco. Y luego volvería. Y todo volvería. Y yo volvería a reír. Y a jadear. Y a todo.

—Ah… ah… ah…

—¿Desea agua? —preguntó.

Lo miré. O intenté mirarlo. Con los ojos todavía empañados. Con la visión todavía borrosa. Con todo. Y asentí. Despacio. Con cuidado. Con todo.

—Sí —dije. Mi voz sonó ronca. Gastada. Casi un susurro—. Por favor.

El señor T asintió. Se dio la vuelta. Caminó hacia la cocina. La oí abrir la puerta. La oí sacar algo. La oí cerrar la puerta. Y luego volvió. Con un vaso. Con agua. Con todo. Y en la otra mano. Un pitillo. Un popote. De esos de plástico. Largo. Flexible.

Se detuvo frente a mí. A un paso de distancia. Y luego levantó el vaso. Lo acercó a mi boca. Y metió el pitillo entre mis labios. Sin decir nada. Sin hacer ningún gesto. Solo eso.

Yo bebí. Despacio. Muy despacio. Sintiendo el agua fría bajar por mi garganta. Sintiendo el alivio. Sintiendo todo. Y él esperó. Sin prisa. Sin decir nada. Sin hacer nada. Solo sosteniendo el vaso. Solo esperando. Solo todo.

Cuando terminé, retiró el vaso. Retiró el pitillo. Y se apartó. Un paso. Dos. Tres. Y luego se quedó quieto. Mirándome.

—Tiene cinco minutos —dijo—. Úselos bien.

Y dicho eso, se dio la vuelta. Caminó hacia la mesa. Se sentó en una silla. Y se quedó ahí. Con las manos en los bolsillos. Con los lentes oscuros. Con el pasamontañas. Con todo. Esperando. Solo esperando.

Y yo me quedé ahí. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con el cuerpo entero todavía vibrando. Con todo. Y esperé. Sin saber qué esperaba. Sin saber qué iba a pasar. Sin saber nada más que el sabor del agua en mi boca y el silencio de la cabaña y los cinco minutos que empezaban a correr.

Los cinco minutos pasaron. No supe cómo. No supe cuándo. Solo supe que en algún momento el señor T se levantó de la silla. Caminó hacia mí. Despacio. Sin prisa. Con las manos en los bolsillos. Con los pasos firmes. Con todo. Y se detuvo frente a mí. A un paso de distancia. Sin decir nada. Sin anunciar nada. Sin nada.

Y luego atacó.

Sus dedos se clavaron en mi barriga. En mi vientre. En mi ombligo. En la piel que quedaba expuesta entre la blusa y la falda. Y se movieron. Rápido. Sin piedad. Sin tregua. Como si no hubiera habido descanso. Como si no hubiera habido nada. Como si todo siguiera igual.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y luego bajaron. Hacia mi falda. Hacia mi ingle. Hacia esa zona que nunca nadie había tocado. Que nunca nadie había cosquilleado. Que nunca había sentido nada. Sus dedos se posaron ahí. Sobre la tela de la falda. Y se movieron. En círculos. En líneas. En todo. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo sentí algo que no había sentido nunca. Algo que no sabía que podía sentir. Cosquillas. Pero no en la barriga. No en las costillas. No en las axilas. En el entrepierna. En esa zona. En ese lugar. Y eran terribles. Insoportables. Diferentes. Peores que todo lo anterior. Mucho peores.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Mis piernas intentaron cerrarse. Por instinto. Por reflejo. Por todo. Pero no podían. Porque estaba de puntillas. Porque los dedos de los pies apenas tocaban el suelo. Porque si cerraba las piernas perdía el equilibrio. Porque todo. Todo. Todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

—Por favor… —logré decir entre carcajadas—. Por favor… no… no ahí… no…

Pero él no paró. O no me escuchó. O no le importó. Siguió. Sus dedos siguieron. Sus cosquillas siguieron. En mi barriga. En mi ingle. En esa zona. En todo. Sin pausa. Sin piedad. Sin tregua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo seguía ahí. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con las piernas temblando. Con el cuerpo entero sacudiéndose. Con todo. Sin poder escapar. Sin poder cubrirme. Sin poder hacer nada más que reír. Reír y reír. Reír con la boca abierta. Reír con los ojos cerrados. Reír con todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y las cosquillas en el entrepierna. Esas cosquillas que no había sentido nunca. Que no sabía que existían. Que no sabía que podía sentir. Eran terribles. Insoportables. Diferentes. Me recorrían las piernas. Me subían por la cadera. Me bajaban por los muslos. Me hacían temblar. Me hacían sacudirme. Me hacían todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y él seguía ahí. Con sus dedos. Con sus cosquillas. Con su sadismo. Con todo. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Como si quisiera que me rompiera. Como si quisiera que me deshiciera. Como si quisiera todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y entonces el señor T se detuvo. Sus dedos se apartaron de mi barriga. De mi ingle. De todo. Y yo me quedé ahí. Jadeando. Riando todavía. Con el cuerpo entero sacudiéndose. Con las piernas temblando. Con todo.

—Ah… ah… ah…

Lo vi moverse. Caminó hacia la mesa. La que estaba junto al sillón. Y luego abrió un cajón. Y sacó algo. Algo que no vi bien al principio. Algo pequeño. Algo que brillaba un poco. Y luego lo trajo. Caminó de vuelta hacia mí. Con el objeto en la mano. Con todo.

—Ah… ah… ah…

Se detuvo frente a mí. A un paso de distancia. Y luego levantó el objeto. Lo encendió. Y un zumbido. Un zumbido bajo. Constante. Que llenó el silencio de la cabaña. Y luego lo vi. Un vibrador. Pequeño. De color oscuro. Con la punta redondeada. Con todo.

—Ah… ah… ah…

Y luego su otra mano se posó en mi barriga. Sus dedos se clavaron en mi piel. En mi vientre. En mi ombligo. Y empezaron a moverse. Rápido. Sin piedad. Sin tregua. Como antes. Como siempre. Como todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y el vibrador. El vibrador se posó en mi falda. Justo en mi ingle. Justo en esa zona. Y se movió. Despacio. En círculos. En líneas. En todo. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo sentí algo que no había sentido nunca. Algo que no sabía que podía sentir. Las cosquillas de sus dedos en mi barriga. La vibración del vibrador en mi ingle. Todo al mismo tiempo. Todo en el mismo lugar. Todo en todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Mis piernas temblaban. Más que antes. Mucho más. Los dedos de los pies se curvaban. Se estiraban. Se retorcían. Todo. Todo. Todo. Y yo reía. Reía y jadeaba. Reía y gemía. Reía y todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

—Por favor… —logré decir entre carcajadas y jadeos—. Por favor… no… no puedo… no…

Pero él no paró. O no me escuchó. O no le importó. Siguió. Sus dedos siguieron. El vibrador siguió. Todo siguió. Sin pausa. Sin piedad. Sin tregua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo seguía ahí. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con las piernas temblando. Con el cuerpo entero sacudiéndose. Con todo. Sin poder escapar. Sin poder cubrirme. Sin poder hacer nada más que reír. Reír y jadear. Reír y gemir. Reír y todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y la vibración. La vibración en mi ingle. Era distinta. Era más intensa. Más profunda. Más todo. Me recorría las piernas. Me subía por la cadera. Me bajaba por los muslos. Me hacía temblar. Me hacía sacudirme. Me hacía todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y él seguía ahí. Con sus dedos. Con el vibrador. Con su sadismo. Con todo. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Como si quisiera que me rompiera. Como si quisiera que me deshiciera. Como si quisiera todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y entonces el vibrador cayó. Se soltó de su mano. Cayó al suelo. Con un golpe sordo. Con el zumbido todavía encendido. Y rodó un poco. Hasta detenerse bajo la mesa. Olvidado. Solo. Con todo.

—Ah… ah… ah…

Y luego sus manos fueron a mi blusa. A los botones. A la tela. Y los abrió. Uno por uno. Sin prisa. Sin decir nada. Sin nada. Y luego tiró de la blusa. La sacó de mis hombros. La bajó por mis brazos. Hasta las esposas. Hasta donde pudo. Y la dejó ahí. Colgando. A medio camino. Sin importancia. Sin nada.

—Ah… ah… ah…

Y yo me quedé en brasier. Solo en brasier. Con la blusa colgando de las esposas. Con la falda todavía puesta. Con los zapatos todavía puestos. Con todo. Y el aire de la cabaña me golpeó en la piel. Fresco. Diferente. Nuevo. Y sentí el sudor enfriarse en mi cuerpo. Y sentí todo.

—Ah… ah… ah…

El señor T me miró. Un momento. Solo un momento. Sus lentes oscuros recorriéndome. Mi torso. Mi brasier. Mi piel expuesta. Todo. Y luego sus manos volvieron. A mi torso. A mi barriga. A mis costillas. A mis axilas. A la piel que quedaba expuesta. A la piel que el brasier no cubría. A todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y sus dedos se clavaron en mi piel. En mi torso. En mi vientre. En mis costillas. En mis axilas. En todo. Sin la blusa. Sin la tela. Sin nada que me protegiera. Solo mi piel. Solo su piel. Solo todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo sentí todo más. Mucho más. Sin la blusa. Sin la barrera. Sin nada. Sus dedos en mi piel. Sus uñas en mi piel. Sus cosquillas en mi piel. Todo. Todo al mismo tiempo. Todo sin pausa. Todo sin piedad.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y mi cuerpo se sacudía. Más que antes. Mucho más. El brasier se movía. Se subía. Se bajaba. Se torcía. Con cada espasmo. Con cada carcajada. Con todo. Y yo no podía hacer nada. Solo reír. Solo jadear. Solo gemir. Solo todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

—Por favor… —logré decir entre carcajadas—. Por favor… no… no puedo… no…

Pero él no paró. O no me escuchó. O no le importó. Siguió. Sus dedos siguieron. Sus cosquillas siguieron. En mi torso. En mi vientre. En mis costillas. En mis axilas. En todo. Sin pausa. Sin piedad. Sin tregua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo seguía ahí. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con la blusa colgando. Con el brasier torcido. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con las piernas temblando. Con el cuerpo entero sacudiéndose. Con todo. Sin poder escapar. Sin poder cubrirme. Sin poder hacer nada más que reír. Reír y jadear. Reír y gemir. Reír y todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El señor T se movió. Rodeó el tubo. Despacio. Sin prisa. Hasta quedar detrás de mí. Detrás de mi espalda. Detrás de todo. Y yo sentí su presencia. Cerca. Muy cerca. Su aliento en mi nuca. Su calor en mi espalda. Todo.

—Ah… ah… ah…

Y luego sus manos volvieron. A mi torso. A mi barriga. A mis costillas. Pero esta vez desde atrás. Sus brazos me rodeaban. Sus dedos se estiraban. Sus uñas se clavaban. Y yo reía. Reía y jadeaba. Reía y gemía. Reía y todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y luego sus manos bajaron. Por mi espalda. Por mi cintura. Por mi falda. Hasta llegar a mis nalgas. Y se detuvieron. Un momento. Solo un momento. Y luego apretaron.

—¡JAAAAAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El grito que salió de mi boca no fue una carcajada. Fue un alarido. Un alarido que se convirtió en risa. Una risa que se convirtió en jadeo. Un jadeo que se convirtió en todo. Porque sus dedos se clavaron en mis nalgas. En la tela de la falda. En la piel debajo. Y se movieron. Rápido. Sin piedad. Sin tregua. Como si hubiera descubierto algo nuevo. Algo que no sabía. Algo que yo tampoco sabía.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo sentí cosquillas. Ahí. En las nalgas. En esa zona. En ese lugar. Y eran terribles. Insoportables. Diferentes. Como las del entrepierna. Como las de los pies. Como todo. Me recorrían las piernas. Me subían por la espalda. Me bajaban por los muslos. Me hacían temblar. Me hacían sacudirme. Me hacían todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

—Por favor… —logré decir entre carcajadas—. Por favor… no… no ahí… no…

Pero él no paró. O no me escuchó. O no le importó. Siguió. Sus dedos siguieron. Sus cosquillas siguieron. En mis nalgas. En esa zona. En todo. Sin pausa. Sin piedad. Sin tregua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo seguía ahí. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con la blusa colgando. Con el brasier torcido. Con la falda puesta. Con los dedos de los pies tocando apenas el suelo. Con las piernas temblando. Con el cuerpo entero sacudiéndose. Con todo. Sin poder escapar. Sin poder cubrirme. Sin poder hacer nada más que reír. Reír y jadear. Reír y gemir. Reír y todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y él seguía ahí. Detrás de mí. Con sus dedos. Con sus cosquillas. Con su sadismo. Con todo. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Como si quisiera que me rompiera. Como si quisiera que me deshiciera. Como si quisiera todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y luego sus manos bajaron. Por mi espalda. Por mi cintura. Por la falda. Por las piernas. Hasta llegar a mis pies. Y se detuvo. Un momento. Solo un momento. Y luego agarró mi pie izquierdo. Lo levantó. Lo dobló hacia atrás. Hacia mi nalga. Hacia todo. Y yo perdí el equilibrio. Todo el peso cayó sobre el pie derecho. Sobre los dedos del pie derecho. Que apenas tocaban el suelo. Que temblaban. Que se curvaban. Que todo.

—Ah… ah… ah…

Y luego sentí su mano en el zapato. En el zapato izquierdo. Lo agarró. Lo movió. Lo aflojó. Y lo sacó. Con un tirón seco. Y mi pie quedó desnudo. Solo con la media velada. La media que me había puesto esa mañana. La media que ahora cubría mi piel. Que la protegía apenas. Que la mostraba todo.

—Ah… ah… ah…

Y luego sus dedos se posaron en la planta de mi pie izquierdo. Sobre la media. Sobre la tela fina. Y se movieron. Rápido. Sin aviso. Sin piedad. Sin tregua.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

El grito que salió de mi boca llenó la cabaña. Porque la sensación era distinta. La media no protegía. Amplificaba. Cada roce de sus dedos se sentía como mil roces. Cada caricia se sentía como una descarga. Cada cosquilla se sentía como todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y mis piernas temblaban. Más que antes. Mucho más. El pie derecho seguía en puntillas. El izquierdo doblado hacia atrás. En su mano. En su poder. Y yo no podía hacer nada. Solo reír. Solo jadear. Solo gemir. Solo todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Sus dedos recorrían la planta. El arco. El talón. La base de los dedos. Los dedos mismos. A través de la media. Sin pausa. Sin piedad. Sin tregua. Como si supiera exactamente dónde tocar. Como si supiera exactamente qué hacer. Como si supiera todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y yo seguía ahí. Con los brazos en el aire. Con las esposas en las muñecas. Con la blusa colgando. Con el brasier torcido. Con la falda puesta. Con un zapato puesto. Con un pie desnudo. Con la media velada. Con los dedos del pie derecho tocando apenas el suelo. Con todo. Sin poder escapar. Sin poder cubrirme. Sin poder hacer nada más que reír. Reír y jadear. Reír y gemir. Reír y todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Y él seguía ahí. Con sus dedos. Con sus cosquillas. Con su sadismo. Con todo. Sin parar. Sin piedad. Sin tregua. Como si quisiera que me rompiera. Como si quisiera que me deshiciera. Como si quisiera todo.

—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA!

Continuará…

Original de Tickling Stories

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