Emma Peel – Parte 1

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Emma Peel tiene cuarenta años, aunque nadie se los daría. Es de esas mujeres que la gente describe como «la que no necesita presentación», «la que siempre tiene la respuesta», «la que nunca pierde la calma». Mide un metro setenta y cinco, es delgada de complexión, y tiene el pelo rojizo que a veces lleva recogido en un moño práctico y a veces suelto, cepillado con paciencia pero sin obsesión. Tiene los ojos verdes, de esos que miran de frente y desarman, y una piel pálida de inglesa que no se lleva bien con el sol. No es una belleza convencional, pero tiene algo mejor: una presencia que hace que la gente se enderece cuando ella entra en una habitación. Calza un cuarenta, un número que ella misma considera poco elegante y muy práctico, y que casi siempre lleva enfundado en botas de cuero negro que le llegan casi a la rodilla. Viste con una elegancia sobria: trajes entallados, cuellos altos, colores que no llaman la atención. Es irónica, competente y tiene un problema: no soporta que la subestimen. Eso la ha metido en más líos de los que le gustaría admitir.

Nació en Londres, en el seno de una familia acomodada. Su padre, Sir John Knight, era un industrial que fabricaba componentes aeronáuticos y que murió cuando Emma tenía veintiún años, dejándole la empresa y una fortuna que ella no había pedido. Emma había estudiado química en Cambridge, no por vocación sino porque era buena en ello, y se había casado con Peter Peel, un piloto de pruebas del ejército del aire, poco después de graduarse. Peter era un hombre tranquilo, de risa fácil, que la quería con una sencillez que Emma a veces encontraba desconcertante. Vivieron juntos seis años. Luego, un día de 1958, el avión que Peter pilotaba en una misión de pruebas sobre la selva amazónica se estrelló. No encontraron el cuerpo. No encontraron el avión. Solo encontraron silencio, y un informe oficial de tres páginas que decía, en esencia, que Peter Peel había muerto en acto de servicio y que no había nada más que decir.

Emma tenía treinta y ocho años cuando enviudó. Heredó la empresa de su padre, que dirigió con mano firme y sin entusiasmo, y se instaló en la casa de campo que había comprado con Peter poco antes del accidente. Durante dos años, hizo lo que se esperaba de ella: gestionó la empresa, asistió a cenas benéficas, sonrió a los socios, firmó papeles. Pero algo dentro de ella se había quedado atascado en el informe de tres páginas. Emma no creía en los informes oficiales. Había pasado demasiado tiempo en laboratorios como para fiarse de conclusiones que no venían acompañadas de datos. Así que empezó a hacer preguntas.

Al principio fueron preguntas pequeñas: al Ministerio de Defensa, a la compañía aérea, a los antiguos compañeros de Peter. Las respuestas llegaron con retraso, con evasivas, con ese tono de «señora, comprendemos su dolor, pero…» que Emma detestaba. Luego fueron preguntas más grandes: sobre el tipo de misión, sobre la carga que llevaba el avión, sobre por qué la ruta de pruebas se había desviado tanto hacia el interior de la selva. Un día, mientras revisaba los archivos de la empresa de su padre, encontró una factura por un pedido de componentes que no encajaba con ningún proyecto conocido. La factura estaba firmada por un nombre que Emma no reconocía, y llevaba una anotación a mano: «Para el Ministerio. Confidencial.»

Emma guardó la factura en un cajón. No sabía qué hacer con ella. Pero dos semanas después, un hombre apareció en su oficina.

Se llamaba John Steed. Vestía un traje impecable, llevaba un paraguas aunque no llovía, y sonreía como si supiera algo que ella no sabía. Se sentó frente a su escritorio sin que ella lo invitara, dejó una carpeta sobre la mesa y dijo:

—Mrs. Peel, creo que tenemos un amigo en común.

Emma no tenía amigos en común con aquel hombre. Pero abrió la carpeta, y lo que vio dentro le heló la sangre: era un expediente sobre Peter, más grueso que el informe oficial, con fotografías, nombres, coordenadas. Y en la última página, una frase subrayada: «Se presume que el piloto Peel fue eliminado por agentes hostiles. No hay pruebas concluyentes.»

Emma levantó la vista. Steed seguía sonriendo.

—¿Qué quiere? —preguntó ella.

—Ayuda —dijo él—. Y a cambio, respuestas.

Emma cerró la carpeta. La dejó sobre la mesa. Miró a Steed durante unos segundos que se hicieron largos.

—¿Cuándo empiezo? —dijo.

Nunca firmó nada. Nunca le dieron una placa ni un sueldo ni un título oficial. Pero desde aquel día, cuando Steed necesitaba a alguien que no levantara sospechas, que supiera pilotar, desactivar un explosivo y mantener la calma bajo presión, llamaba a Emma Peel. Ella acudía. No por patriotismo, ni por dinero, ni por aventura. Acudía porque cada caso la acercaba un poco más a la verdad sobre Peter, y porque, aunque no lo admitiera en voz alta, se había dado cuenta de que era buena en aquello. Muy buena.

Al principio, Emma investigaba como había investigado siempre: con paciencia, con método, con la misma frialdad con la que revisaba los balances de la empresa de su padre. Steed le daba un nombre, a veces un par de nombres, a veces solo una dirección o una fotografía borrosa, y le decía: «Averigüe qué hace este hombre. Con quién se reúne. De qué habla cuando cree que nadie escucha.» Emma averiguaba. Se sentaba en cafeterías frente a edificios de oficinas, tomaba notas en un cuaderno pequeño que luego quemaba en la chimenea de su casa, y entregaba sus conclusiones a Steed en sobres cerrados que él recogía en persona, siempre con una sonrisa y siempre sin explicar para qué servía nada de aquello.

En aquellos primeros meses, Emma vestía como lo que era: una mujer de negocios de la época. Trajes de chaqueta de corte recto, faldas por debajo de la rodilla, blusas de cuello alto, zapatos de tacón bajo. El pelo recogido en un moño tirante. Gafas de sol solo cuando había sol, y nunca dentro de un local. Era invisible. Era la señora Peel, la viuda del piloto, la empresaria que gestionaba la fortuna de su padre. Los hombres a los que investigaba la veían entrar en un restaurante y no la miraban dos veces. Eso era útil. Eso era seguro.

Pero había un problema. Los hombres que Steed le pedía investigar no eran oficinistas grises ni contables meticulosos. Eran hombres que frecuentaban clubes nocturnos, que cerraban tratos en barras de hotel, que se rodeaban de mujeres hermosas y de conversaciones que se apagaban en cuanto una desconocida se acercaba. Emma podía seguirlos durante días sin ser vista, pero no podía acercarse. No podía sentarse a su lado en un bar y escuchar lo que decían. No podía entrar en las fiestas a las que ellos entraban. Su traje gris y su moño tirante la convertían en un mueble, y los muebles no escuchan conversaciones.

Se dio cuenta una noche de noviembre, en el bar de un hotel de Mayfair. El hombre al que seguía, un tal Hargreaves, que según Steed tenía contactos en el este de Europa, estaba sentado en una mesa con otras tres personas. Emma había conseguido entrar en el bar gracias a una reserva hecha a nombre de la empresa de su padre, y estaba sentada a dos mesas de distancia, con un vaso de agua tónica que fingía beber. Podía verlos. Podía ver cómo hablaban, cómo se inclinaban hacia delante, cómo se reían. Pero no podía oír nada. La distancia era demasiada. Y no podía acercarse sin que Hargreaves se diera cuenta de que una mujer sola, vestida de gris, con un moño tirante, se estaba acercando demasiado.

Emma volvió a casa aquella noche y se quedó mirando su armario durante mucho rato. Luego abrió el cajón donde guardaba la ropa que no se ponía nunca: vestidos de cóctel, faldas más cortas de lo que dictaba la decencia de su círculo, blusas de seda con escotes que no había usado desde antes de la muerte de Peter. Se probó un vestido negro, ajustado, de manga larga pero con la espalda descubierta. Se soltó el pelo. Se miró al espejo. Cuarenta años, pelo rojizo, ojos verdes, pies grandes enfundados en unos zapatos de tacón que no había usado en años. No era la imagen de una espía. Era la imagen de una mujer que quería que la miraran.

Al día siguiente, cuando Steed le dio el nombre de un nuevo objetivo —un hombre de negocios llamado Voss que, según los informes, tenía una debilidad por las mujeres altas y pelirrojas—, Emma no se puso el traje gris. Se puso el vestido negro. Se soltó el pelo. Se calzó los tacones. Y cuando entró en el bar del hotel donde Voss cenaba todas las noches, el maître la miró de arriba abajo y la acomodó en una mesa desde la que se veía perfectamente la del objetivo.

Voss la vio. Voss la miró. Voss, a los diez minutos, se acercó a su mesa con una copa en la mano y una sonrisa que Emma encontró repugnante pero útil.

—Disculpe —dijo él—. Creo que no nos han presentado.

Emma levantó la vista, arqueó la ceja izquierda a su manera característica y sonrió.

—No —dijo—. No nos han presentado.

Aquella noche, Emma escuchó más de lo que había escuchado en tres meses. Voss habló de sus negocios, de sus contactos, de un cargamento que llegaría a Dover la semana siguiente y que no debía aparecer en ningún registro. Emma asintió, sonrió, dejó que él le pusiera una mano en el brazo y no se la quitó. Cuando volvió a casa, escribió todo en su cuaderno pequeño y lo quemó en la chimenea.

A la mañana siguiente, Steed la llamó.

—¿Voss? —preguntó él.

—Voss —dijo ella—. Habla demasiado cuando bebe. Y bebe demasiado cuando hay una mujer pelirroja delante.

Steed se rió.

—¿Y qué piensa hacer ahora?

Emma miró por la ventana. El vestido negro colgaba de la puerta del armario, esperando.

—Comprarme más vestidos —dijo.

Los vestidos se multiplicaron. Emma aprendió a elegir el color según el objetivo: negro para los hombres que se creían irresistible, rojo para los que necesitaban sentirse poderosos, azul para los que desconfiaban de las mujeres que llamaban demasiado la atención. Aprendió a medir la altura del escote, la longitud de la falda, el brillo del labial. Aprendió que un hombre que se siente observado miente; un hombre que se siente deseado habla. Aprendió a hacer que se sintieran deseados sin tocarlos, sin prometer nada, sin ceder nada. Y aprendió que aquello funcionaba.

Voss fue el primero. Luego vino un exportador de alfombras llamado Nazarian, que la invitó a cenar tres noches seguidas y le contó, entre plato y plato, el nombre de un contactos en Estambul que financiaba un grupo de exiliados húngaros. Luego un diplomático francés, de apellido que Emma olvidó en cuanto terminó el informe, que hablaba de más cuando ella se inclinaba sobre la mesa para encender su cigarrillo. Luego un hombre de negocios sudafricano que le mostró, sin que ella se lo pidiera, unas fotografías de un cargamento de armas que no debía estar en ningún registro.

Emma tomaba notas mentales. Las escribía en el Lotus, antes de arrancar el motor. Las quemaba en la chimenea. Entregaba los sobres a Steed, que los recibía con su sonrisa de siempre y le decía cosas como «excelente trabajo, Mrs. Peel» o «no sé qué haríamos sin usted» o «¿seguro que no quiere un sueldo?». Emma siempre decía que no. No quería un sueldo. Quería respuestas sobre Peter, y cada nombre que investigaba, cada conversación que escuchaba, cada informe que entregaba la acercaba un poco más a la verdad. O eso creía ella.

Con el tiempo, Emma empezó a darse cuenta de que Steed no le contaba todo. Los sobres que le entregaba iban a algún sitio, y de ese sitio no volvía nada. Las personas que investigaba desaparecían de la circulación: dejaban de aparecer en los bares, en los clubes, en las fiestas. Emma no preguntaba. Se decía a sí misma que no era su asunto. Se decía que ella solo recopilaba información. Se decía que lo que Steed hiciera con aquella información no era su responsabilidad.

Pero había noches en que se despertaba con el nombre de Voss en la cabeza, o el de Nazarian, o el del francés cuyo apellido había olvidado, y se quedaba mirando el techo hasta que amanecía.

Una noche de febrero, Emma estaba en el bar de un hotel de Kensington, con un vestido rojo que se había comprado la semana anterior, esperando a un hombre llamado Kessler, que según Steed tenía contactos en el sindicato del crimen de Marsella. Kessler llegó tarde. Emma lo vio entrar, vio cómo el maître lo acomodaba en una mesa al fondo, vio cómo pedía una botella de champán y dos copas. Emma esperó. Kessler no la miró. Kessler no se acercó a su mesa. Kessler se quedó al fondo, con la botella de champán, hablando con el maître en voz baja.

Emma frunció el ceño. Kessler no era el tipo de hombre que ignoraba a una mujer pelirroja con un vestido rojo. Algo iba mal.

Se levantó, pagó su consumición y salió del bar. En la calle, el aire frío de febrero le golpeó la cara. Empezó a caminar hacia su coche, y entonces se dio cuenta de que un hombre la seguía. No era Kessler. Era otro, más joven, con abrigo gris y sombrero calado. Emma aceleró el paso. El hombre aceleró también. Emma llegó al Lotus, abrió la puerta y se metió dentro. El hombre se quedó en la acera, mirándola, sin moverse. Emma arrancó y se alejó, y por el retrovisor vio al hombre sacar una libreta del bolsillo y escribir algo.

A la mañana siguiente, llamó a Steed.

—Kessler no apareció —dijo—. Y alguien me siguió hasta el coche.

Steed tardó unos segundos en contestar.

—¿Está segura de que era alguien? —preguntó.

—Vi su cara, Steed. Estaba a tres metros de mí.

—¿Llevaba algo? ¿Un maletín? ¿Un paraguas?

—Llevaba una libreta. Y escribía.

Steed se quedó callado. Emma escuchó el chasquido del encendedor.

—Mrs. Peel —dijo por fin—, creo que debería tomarse unas vacaciones.

—No quiero vacaciones.

—No es una sugerencia.

Emma apretó el auricular.

—¿Qué está pasando, Steed?

—Nada que deba preocuparle. Descanse. Váyase al campo. Lea un libro. Yo la llamaré cuando haya pasado todo esto.

—¿Cuando haya pasado qué?

Steed no contestó. Colgó.

Emma se quedó con el auricular en la mano, mirando la pared. Luego lo dejó en su sitio, subió a su dormitorio, abrió el armario y miró los vestidos. El negro. El rojo. El azul. Los tacones. Las botas. Todo lo que había usado para acercarse a hombres que ahora, uno por uno, estaban desapareciendo.

Se sentó en la cama y se quedó allí mucho rato, con las manos en el regazo, mirando por la ventana el cielo gris de febrero.

Emma no se fue al campo. No leyó ningún libro. Al día siguiente, en lugar de esperar a que Steed la llamara, cogió el Lotus y se fue a la ciudad. Aparcó cerca de Oxford Street y entró en una tienda que nunca había pisado: un local estrecho y oscuro, con música alta y dependientas de pelo corto y mirada aburrida, donde la ropa no se parecía a nada de lo que ella llevaba habitualmente. Emma recorrió las estanterías con la misma frialdad con la que revisaba balances. Tocó telas. Levantó prendas. Se miró en los espejos.

Compró un conjunto de cuero negro, ajustado, de manga larga y cuello alto. Compró otro de cuero marrón oscuro, con cremallera frontal. Compró unas botas negras de caña alta, de tacón grueso, que le llegaban por encima de la rodilla y que le costaron más de lo que estaba dispuesta a admitir. Y compró, casi al final, sin pensarlo demasiado, un conjunto de cuero rojo brillante: pantalón ajustado, chaqueta corta, cinturón ancho. Se lo probó en el probador, con las botas negras puestas, y se miró en el espejo durante un rato largo. Cuarenta años, pelo rojizo suelto, ojos verdes, pies grandes calzados con botas que parecían hechas para patear puertas. No era la imagen de una espía. Era la imagen de una mujer que no necesitaba excusas.

Se quedó con todo. Pagó en efectivo. Salió de la tienda con las bolsas en la mano y una sensación extraña en el pecho, algo que no era del todo culpa y no era del todo satisfacción.

A partir de aquel día, Emma dejó de esperar instrucciones. Steed le había dicho que se tomara unas vacaciones, y ella había decidido interpretarlo a su manera: no iba a investigar para Steed, pero tampoco iba a quedarse sentada en su casa mientras los nombres de Voss y Nazarian y Kessler se acumulaban en su cabeza. Así que empezó a investigar por su cuenta. Volvió a los bares donde había estado con ellos. Volvió a los hoteles. Preguntó a los camareros, a los porteros, a las mujeres que limpiaban las habitaciones. Nadie sabía nada. Todos habían desaparecido.

El conjunto rojo se convirtió en su favorito. Lo usaba cuando quería que la miraran, cuando necesitaba que un hombre bajara la guardia y hablara más de la cuenta. El cuero brillante bajo las luces de los clubes nocturnos hacía que la gente se volviera. Las botas negras hacían que la oyeran llegar. Emma descubrió que, con aquel conjunto, podía entrar en sitios donde una mujer con traje gris no habría pasado del umbral. Descubrió que los hombres que antes la ignoraban ahora le ofrecían copas, le preguntaban su nombre, le contaban cosas que no debían contar. Descubrió que le gustaba. Y eso era lo que más la asustaba.

Una noche de marzo, con el conjunto rojo y las botas negras, Emma entró en un club del Soho que frecuentaba un hombre llamado Milos, un checo que según sus propias averiguaciones tenía contactos con la misma red que había hecho desaparecer a Voss. Se sentó en la barra, pidió un vodka con hielo y esperó. Milos tardó veinte minutos en acercarse. Le preguntó su nombre. Ella le dijo que se llamaba Eve. Él le preguntó qué hacía allí. Ella le dijo que buscaba a un amigo. Él le preguntó el nombre del amigo. Ella le dijo el nombre de Voss.

Milos se quedó callado. Luego sonrió, pero fue una sonrisa distinta a las que Emma estaba acostumbrada. No era una sonrisa de deseo. Era una sonrisa de reconocimiento.

—Voss —dijo Milos—. Sí. He oído hablar de Voss.

—¿Dónde está? —preguntó Emma.

—En un sitio donde no molesta —dijo Milos—. Como todos los que hacen demasiadas preguntas.

Emma sintió un frío en la boca del estómago. Milos la miró de arriba abajo, sin disimulo, y luego se inclinó hacia ella.

—Bonitas botas —dijo—. ¿Sabe que hay gente en esta ciudad que paga mucho dinero por un par de botas como esas?

Emma no contestó. Milos se apartó, se llevó su copa a los labios y sonrió de nuevo.

—Dígale al señor Steed que deje de mandar mujeres guapas a hacer su trabajo —dijo—. O la próxima vez no me limitaré a mirar.

Emma se quedó sentada en la barra durante unos segundos que se hicieron eternos. Luego pagó su consumición, se levantó y salió del club. En la calle, el aire frío de marzo le golpeó la cara. Caminó hasta el Lotus, se metió dentro y se quedó con las manos en el volante, temblando.

No le contó nada a Steed. No le dijo que había vuelto a investigar por su cuenta. No le dijo que Milos sabía su nombre y sabía el nombre de Steed. No le dijo que el conjunto rojo, las botas negras, el cuero brillante, ya no la hacían sentir invulnerable. Se fue a casa, se quitó el conjunto rojo, lo colgó en el armario y se quedó mirándolo durante un rato largo, con las botas negras todavía puestas, antes de apagar la luz.

A la mañana siguiente, sonó el teléfono. Era Steed.

—Mrs. Peel —dijo—. Ha pasado el peligro. Tengo un nuevo caso para usted.

Emma miró el armario cerrado.

—¿De qué se trata? —preguntó.

—Un almacén abandonado en las afueras. Antigua fábrica de componentes eléctricos. Hay un mensaje que no debería estar allí.

Emma se quedó callada. Luego miró el reloj. Luego miró el armario.

—Deme una hora —dijo.

El almacén era todo lo que Steed había prometido: ladrillo oscuro, ventanas rotas, un camino de gravilla que crujía bajo las ruedas del Lotus. Emma aparcó, salió del coche y se acercó a la puerta con el conjunto rojo brillante y las botas negras. El cuero crujía con cada paso. No llevaba armas. No las necesitaba, se dijo. Solo iba a mirar un mensaje.

La puerta delantera estaba entreabierta. Emma la empujó y entró. El interior olía a polvo, a aceite rancio y a algo dulzón que no supo identificar. Las naves se extendían ante ella en penumbra, con máquinas cubiertas por lonas y cajas apiladas contra las paredes. Avanzó despacio, escuchando. Nada.

Había recorrido la mitad de la nave principal cuando la puerta se cerró de golpe a su espalda. Emma se volvió. Y entonces, desde algún lugar por encima de ella, cayó una sombra.

No tuvo tiempo de reaccionar. Un peso la golpeó en los hombros, la tiró al suelo, y antes de que pudiera incorporarse ya tenía dos pares de manos sujetándola por los brazos y por las piernas. Emma pataleó, mordió, intentó propinar un cabezazo, pero eran demasiados. Le arrancaron las botas con dos tirones bruscos. El suelo frío le golpeó las plantas de los pies desnudos. Luego la levantaron en vilo y la arrastraron hasta una silla de metal que había en el centro de la nave. Le ataron las muñecas a los reposabrazos con cuerda de cáñamo. Le ataron los tobillos a las patas de la silla, con las piernas estiradas hacia delante. Le pasaron una cuerda por el pecho, por debajo de los brazos, y la apretaron hasta que el cuero rojo se le clavó en las costillas.

Emma se quedó quieta. Respiró. Miró a su alrededor.

Dos hombres y una mujer. El primero era alto, delgado, con bigote fino y manos de pianista. El segundo era bajo, ancho, con la cara colorada y una camisa que le apretaba el cuello. La mujer era joven, de pelo negro recogido en una trenza, y llevaba un maletín en la mano.

—Vaya, vaya —dijo el del bigote—. La señora de las botas.

Emma no contestó. El bajo se acercó y le levantó la barbilla con un dedo.

—¿Quién la envía? —preguntó.

Emma lo miró a los ojos. No dijo nada.

—¿Para quién trabaja?

Silencio.

El bajo se volvió hacia la mujer de la trenza y asintió. La mujer abrió el maletín. Emma no pudo ver lo que había dentro, pero escuchó el ruido de telas y de metal. La mujer se acercó, se agachó junto a la silla y, sin decir una palabra, le desabrochó la chaqueta de cuero rojo. Emma intentó moverse, pero las cuerdas la sujetaban con firmeza. La mujer le abrió la chaqueta, le levantó la camiseta por debajo y dejó al descubierto su vientre y sus costillas.

—Última oportunidad —dijo el del bigote—. ¿Quién la envía?

Emma apretó los dientes. No dijo nada.

La mujer de la trenza sacó del maletín un par de guantes de seda finos, se los puso y luego sacó una pluma larga, de esas de ave grande, con las barbas suaves y flexibles. La sostuvo en alto para que Emma la viera. Emma sintió un escalofrío en la nuca, pero no apartó la mirada.

—Como quiera —dijo el del bigote.

La mujer apoyó la punta de la pluma en la axila de Emma. Emma cerró los ojos. La pluma empezó a moverse, despacio, con un ritmo constante, de arriba abajo, por el hueco sensible entre el brazo y el costado. Emma apretó los labios. Aguanto tres segundos. Luego cuatro. Al quinto, una risa involuntaria le salió por la nariz, y luego por la boca, y luego ya no pudo pararla.

—Je… jeje… jejejeje…

La mujer no se detuvo. Movió la pluma hacia las costillas, trazando círculos lentos sobre el cuero rojo que aún cubría parte de su torso, y luego hacia abajo, hacia las caderas, donde el pantalón ajustado dejaba poco margen a la tela. Emma se retorció en la silla. Las cuerdas le mordieron las muñecas. Las botas negras, tiradas en el suelo a un metro de distancia, le parecieron de repente un objeto absurdamente inalcanzable.

—Jejeje… jeje… ¡jejejejeje! —La risa le salía a borbotones, sin control, y se mezclaba con el ruido de la silla de metal que chirriaba bajo sus tirones.

—¿Quién la envía? —repitió el bajo.

Emma sacudió la cabeza. No podía hablar. La risa se lo impedía. Pero negó con la cabeza, una y otra vez, mientras la pluma subía y bajaba por sus costillas, mientras los dedos enguantados de la mujer le recorrían las caderas con una suavidad que era peor que cualquier golpe.

—Jejeje… ¡jejejejeje! ¡Jajajajaja!

El del bigote la observaba con una mezcla de aburrimiento y curiosidad. La mujer de la trenza cambió de técnica: dejó la pluma y empezó a usar las uñas, largas y cuidadas, rascando suavemente la piel entre las costillas flotantes, justo donde el cuero rojo se abría en la chaqueta. Emma aulló. Literalmente aulló, y luego volvió a reír, con una risa histérica que le hacía saltar las lágrimas.

—¡Jajajajajajajaja! ¡No… ja… ja… jajajajaja!

—¿Quién la envía? —preguntó el bajo por tercera vez.

Emma negó con la cabeza. Tenía la cara roja, el pelo rojizo pegado a las mejillas por el sudor, los ojos verdes anegados de lágrimas. Pero no dijo nada. No dijo una sola palabra. La mujer de la trenza trabajó las axilas, las costillas, las caderas, la parte blanda del vientre, durante lo que a Emma le parecieron horas. La risa se convirtió en jadeo, el jadeo en risa otra vez, y en algún momento Emma perdió la noción del tiempo y solo supo que estaba atada, que le hacían cosquillas, y que no iba a hablar.

Al final, el del bigote levantó una mano. La mujer de la trenza se detuvo. Emma se quedó jadeando en la silla, con la cabeza caída hacia delante, el cuero rojo empapado de sudor, los pies desnudos temblando sobre el suelo frío.

El bajo se acercó, la miró de arriba abajo y se encogió de hombros.

—Dejenla ir —dijo—. No es más que una simple oficinista.

La mujer de la trenza guardó la pluma y los guantes en el maletín. El del bigote desató las cuerdas. Emma se quedó en la silla un momento, sin mover un músculo, y luego se levantó despacio, con las piernas temblorosas, y recogió sus botas del suelo. Se las puso sin decir nada. Se abrochó la chaqueta de cuero rojo. Se alisó el pelo con las manos.

Los tres la miraron salir. Nadie la detuvo. Nadie le dijo nada más.

Emma cruzó la nave, abrió la puerta delantera y salió al aire frío de la tarde. Caminó hasta el Lotus, se metió dentro y se quedó con las manos en el volante, temblando, durante un rato largo. Luego arrancó el motor y se alejó del almacén sin mirar atrás.

No le contó a Steed lo que había pasado. No le contó las cosquillas, ni las cuerdas, ni la frase del bajo. Solo le dijo que el mensaje no estaba allí. Steed no preguntó más.

Pero aquella noche, en su casa, Emma se quedó mirando el conjunto rojo colgado en el armario durante mucho rato. Luego lo descolgó, lo dobló con cuidado y lo guardó en el fondo del cajón, debajo de los jerséis de lana. No lo tiró. Pero tampoco volvió a ponérselo en mucho tiempo.

Emma tardó tres días en volver a sentirse ella misma. Tres días en los que apenas salió de la casa, en los que se quedó en el salón con la tetera y la manta sobre las rodillas, mirando por la ventana el jardín gris de marzo. No le dolía nada. No tenía moratones, ni cortes, ni marcas visibles. Las cuerdas le habían dejado unas rozaduras finas en las muñecas que se cubría con las mangas largas, y los tobillos aún le picaban de vez en cuando, pero eso era todo. El cuerpo estaba intacto. Lo que no estaba intacto era otra cosa, algo que no sabía nombrar y que le hacía levantarse de la cama por la noche para comprobar que las puertas estaban cerradas.

Al cuarto día, sonó el teléfono. Emma estaba en la cocina, con la taza de loza en la mano. Se quedó mirando el aparato durante tres timbrazos. Luego lo descolgó.

—¿Mrs. Peel? —La voz de Steed, siempre al borde de la burla amable.

—Steed —dijo ella.

—¿Se encuentra bien? No ha llamado. No ha entregado nada. Empiezo a preocuparme.

Emma miró por la ventana. Un pájaro se posó en el seto, picoteó algo y se fue.

—Quiero tomarme un descanso —dijo.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio. Emma escuchó el chasquido del encendedor, y luego el ruido de Steed exhalando el humo.

—¿Un descanso? —repitió él.

—Un tiempo. Unos meses, quizás. No lo sé.

—¿Ha pasado algo?

Emma pensó en el almacén. En las cuerdas. En la pluma. En la frase del bajo: «no es más que una simple oficinista». Pensó en el conjunto rojo doblado en el fondo del cajón. Pensó en Voss, en Nazarian, en Kessler, en todos los nombres que había ido acumulando en su cuaderno y que ahora estaban en algún sitio, en algún informe, en alguna carpeta que ella nunca vería.

—No —dijo—. Solo estoy cansada.

Steed tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz había cambiado, se había vuelto más baja, más seria.

—Mrs. Peel, si hay algo que deba saber…

—No hay nada que deba saber —lo interrumpió ella—. Quiero descansar. Quiero volver a mi empresa, a mis cosas, a mi vida. ¿Es mucho pedir?

—No —dijo Steed—. No es mucho pedir.

—Entonces no me llame. No durante un tiempo. Yo la llamaré a usted cuando esté lista.

—¿Y si no llama?

—Entonces no llame usted tampoco.

Se quedaron los dos callados. Emma escuchó el viento en la línea, o quizás era el humo de Steed.

—De acuerdo —dijo él por fin—. No tendrá problemas con eso. Tómese el tiempo que necesite. El servicio… el servicio puede esperar.

—Gracias —dijo Emma.

—Cuídese, Mrs. Peel.

—Adiós, Steed.

Colgó. Dejó el auricular en su sitio y se quedó con la mano sobre el teléfono durante unos segundos. Luego se sirvió otra taza de té, se sentó en el salón y miró por la ventana el jardín gris de marzo.

No volvió a sonar el teléfono. No hubo más llamadas, ni mensajes, ni sobres, ni nombres. Emma se levantó al día siguiente, se vistió con un traje gris perla, se recogió el pelo en un moño práctico y se fue a la oficina de la empresa de su padre, donde pasó la mañana revisando balances y la tarde firmando papeles. Volvió a casa, cenó sola y se acostó temprano.

Pasaron los días. Pasaron las semanas. El conjunto rojo siguió en el fondo del cajón, debajo de los jerséis de lana. Las botas negras siguieron en el armario, sin usar. El Lotus siguió en el patio, con el motor frío. Emma se levantaba, trabajaba, cenaba, dormía. Se repetía a sí misma que estaba bien. Se repetía que había tomado la decisión correcta. Se repetía que no echaba de menos nada de aquello.

Pero había noches en que se despertaba con el sonido de la pluma en la cabeza, y se quedaba mirando el techo hasta que amanecía.

Continurá…

Original de Tickling Stories

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