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Pasaron las semanas y mi rutina siguió igual: clases, trabajo, y en mis ratos libres bucear en videos y relatos de cosquillas en Internet. Pero había algo que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza: la invitación de Carlos para revisar su computadora en su casa… y la oportunidad que eso me daba para repetir aquella inolvidable sesión con su mamá, Patricia.
Sabía que ella era extremadamente cosquilluda —sobre todo en las plantas de los pies— porque meses atrás Carlos y yo la habíamos atado de pies y manos a una silla y le habíamos desatado un aluvión de risas. Aquella experiencia se había quedado grabada en mi memoria, y no podía evitar querer revivirla.
Así que, un día que tuve un descanso más largo entre clase y trabajo, tomé el valor para enviarle un mensaje a Carlos por WhatsApp:
—Hola, bro. ¿Te molestaría si paso un rato a revisar algo en tu compu? —le escribí, sabiendo que él me había dado luz verde antes de irse a México.
No tardó en contestar:
—Claro, cuando quieras. Mi mamá está trabajando desde casa hoy.
Sonreí: la excusa perfecta.
Tomé mi chaqueta y me dirigí a la casa de Carlos. Al llegar, toqué el timbre y Patricia me abrió la puerta con amabilidad, sin sospechar mis verdaderas intenciones.
Al llegar a la casa de Carlos, noté su BMW estacionado fuera; seguro su mamá acababa de volver de hacer diligencias. Toqué el timbre y, al instante, Patricia abrió la puerta, iba vestida con medias veladas y tacones rojos que hacían juego con el cinturón que le marcaba la cintura, combinando perfectamente con su pantalón de seda blanco y una camisa blanca de mangas tres cuartos. Al abrirme la puerta, sonrió con esa calidez suya de siempre, como si no hubiera pasado el tiempo desde la última vez que nos vimos.
—¡Hola! —me saludó—. ¿Vienes por la computadora de Carlos?
—Sí, justo me dejó este mensaje —le mostré la nota que Carlos me había escrito con su puño y letra.
—Perfecto, acompáñame —dijo mientras caminaba hacia la habitación de Carlos.
La seguí por el pasillo, sin poder evitar notar lo elegante que se veía. Patricia siempre tenía ese aire sofisticado, pero ese día en particular… bueno, simplemente se veía espectacular. Mientras sacaba la llave de la puerta y abría, no pude evitar soltar una broma.
—¿Sabías que te ves tan bien vestida así que hasta dan ganas de hacerte cosquillas otra vez?
Ella giró a verme por encima del hombro con una sonrisa que mezclaba sorpresa y picardía.
—¡No empieces! —dijo entre risas—. Tú y Carlos ya me hicieron pasar suficiente con eso.
—Vamos, solo un poquito —bromeé mientras levantaba las manos en forma de garras—. Por los viejos tiempos.
—Ni lo sueñes —dijo mientras entrábamos al cuarto—.
Patricia abrió la puerta del cuarto de Carlos y encendió la luz. Mientras yo me quedaba en la entrada observando, ella se inclinó sobre la cama para recoger algo que había visto tirado, creo que una bufanda o una de esas libretas que Carlos solía dejar por ahí.
Fue justo entonces que no pude resistirme a la oportunidad. Con una sonrisa traviesa en el rostro, me acerqué sigilosamente y, en un movimiento rápido pero suave, la empujé con cuidado desde la cintura. Patricia cayó de lleno sobre la cama, boca abajo, soltando una exclamación entre sorprendida y divertida.
—¡Oye! —dijo mientras giraba un poco la cabeza, sin dejar de reírse—. ¡¿Qué estás haciendo?!
—¡Revancha de cosquillas! —le respondí entre risas mientras ya le metía los dedos a los costados de su cintura.
Patricia estalló en carcajadas instantáneamente, revolviéndose en la cama mientras trataba inútilmente de protegerse.
—¡Noooo! ¡Eso no vale! ¡No estaba lista! —decía entre risas, intentando arrastrarse como podía, pero cada movimiento solo le daba más cosquillas.
Patricia seguía boca abajo sobre la cama de Carlos, riéndose sin parar, mientras yo no le daba tregua con las cosquillas. Mis manos se movían con rapidez por su cintura, subían a sus costillas, bajaban a las caderas y luego se deslizaban hacia sus axilas, que estaban perfectamente accesibles gracias a su blusa de manga tres cuartos.
—¡Nooo, por favor! ¡Me muero! —gritaba entre carcajadas, retorciéndose como si la cama estuviera electrificada.
Cada vez que se revolvía para escapar de mis dedos, terminaba atrapándose más entre las sábanas, lo que solo hacía que el momento fuera más gracioso para los dos. Sus carcajadas llenaban la habitación y yo no podía dejar de reír también al verla reaccionar con tanta energía.
Lo más curioso de todo es que, a pesar de todos los movimientos, de las patadas en el aire y los giros desesperados, sus tacones rojos seguían firmemente puestos en sus pies. No se habían salido ni un poco. Era como si incluso ellos se negaran a perderse el espectáculo.
Mientras Patricia se revolcaba en la cama, su risa rebotando en las paredes, no pude evitar fijarme en lo bien que le sentaba su atuendo: las medias veladas acentuaban la forma de sus piernas, el pantalón de seda blanco brillaba con cada movimiento, y los tacones rojos le daban un toque de elegancia inesperada en medio de la “batalla” de cosquillas. Se veía sexy, sin duda, y esa imagen me sacó una sonrisa aún más grande.
Pero, por divertido que resultara admirar su estilo, yo tenía un objetivo muy claro: ¡hacerla reír todavía más! Así que, sin pensarlo dos veces, volví a concentrar mis dedos en sus puntos más sensibles.
Empecé por su cintura, apretando y liberando rítmicamente, luego deslicé mis manos hacia sus costillas y finalmente subí a sus axilas. Cada toque desencadenaba carcajadas nuevas, más fuertes y profundas que las anteriores. Patricia arqueaba la espalda, sus tacones rozaban el colchón con cada sacudida, pero ella seguía ahí, entregada al juego, sin perder ni un tacón.
—¡JAJAJAJAJA! ¡Eres imposible! —gritó entre risas—.
Yo reía con ella, disfrutando de esa combinación de elegancia y desenfreno. Por un momento, la habitación fue un escenario donde la sofisticación de su ropa se mezclaba con la simpleza de unas cosquillas, creando algo totalmente inesperado y único.
—¿Listo para la próxima ronda? —le pregunté con voz traviesa, sin dejar de juguetear en sus caderas.
Patricia solo respondió con otra explosión de carcajadas, dejándome claro que, por ahora, mis cosquillas seguían siendo su entretenimiento favorito. Y yo, más motivado que nunca, continué mi “ataque” amistoso.
Yo seguía sentado cómodamente sobre sus piernas, aprovechando que Patricia seguía boca abajo, completamente a mi merced. Mis dedos no dejaban de bailar por su cintura, sus costados, subiendo a sus costillas y luego a sus axilas, mientras ella se retorcía sin parar, riendo a carcajadas y dando pequeños golpecitos con las manos en el colchón como si intentara rendirse… aunque sabíamos que no lo haría.
—¡Jajaja ya bastaaaa, me muero! —decía entre carcajadas, pero yo solo sonreía con cara de “ni lo sueñes”.
En medio del alboroto, me vino una idea traviesa: ¿y si probaba con sus muslos? No lo pensé mucho. Bajé un poco las manos y comencé a apretarle suavemente los muslos, presionando con ritmo juguetón a través del pantalón de seda. Patricia dio un pequeño brinco con el cuerpo, sorprendida, justo cuando mis dedos se deslizaron detrás de sus rodillas, rascando con cuidado en ese punto que ya intuía que podía ser explosivo.
—¡NOOO! ¡Ahí nooo! ¡JAJAJAJAJA! —gritó entre carcajadas aún más fuertes, su cuerpo sacudiéndose como si intentara escapar de una ola de cosquillas imparable.
Yo reía con ella, disfrutando del momento como si fuera una coreografía improvisada de risas, movimientos y travesuras. Era imposible no contagiarse con su energía. Patricia era puro dinamismo, risa y buena onda, y yo… bueno, yo era el director de orquesta de esa sinfonía de cosquillas. Y no pensaba detenerme tan fácilmente.
El instante en que mis uñas rozaron el pliegue justo detrás de sus rodillas, todo se volvió aún más caótico. Ese punto diminuto—quién lo hubiera imaginado—era una mina de hipersensibilidad.
Patricia estalló como un cohete de risas: su cuerpo se sacudió, sus caderas se arquearon y un grito-laugh escapó de sus labios.
—¡¡JAJAJAJAJAJAJAJA!! ¡¡NOOOO, ESO ES DEMASIADO!!— gritó, golpeando el colchón con las manos mientras sus piernas pataleaban sin control.
Se revolcaba en la cama, retorciéndose como si intentara huir de mis dedos, pero el espacio era tan pequeño y mis movimientos tan precisos que cada toque detonaba otra oleada de carcajadas.
—¡Dios mío, quién diría que justo aquí sería tan explosivo!— exclamé, divertido, señalando el área detrás de su rodilla.
Patricia, entre jadeos de risa, apenas podía asentir:
—¡¡Es… es imposible… ja… ja… ja…!! ¡¡Ese lugar es un infierno de cosquillas!!
Yo no paraba. Cada rasguño, cada presión, hacía vibrar su piel y llenaba la habitación con su risa desbordada. Aquel pequeño espacio se había convertido en su punto más vulnerable y, sin duda, el más divertido de descubrir.
—Vale, vale— dije al fin, aminorando el ritmo—. Te lo concedo, es oficialmente el punto más hipersensible de tu cuerpo.
Patricia exhaló un gran suspiro, apoyó la frente contra la almohada y soltó una última risita:
—Tú eres un… un torturador de risas profesional.
Sonreí, satisfecho. Habíamos descubierto juntos un rincón inesperado de diversión pura, y su carcajada aún flotaba en el aire como prueba de que, a veces, las mejores sorpresas vienen en los lugares más pequeños.
Con una sonrisa traviesa, giré mi cuerpo sobre sus piernas y me incliné hacia sus pies. Con cuidado, desaté el empeine de sus tacones rojos y los deslicé fuera, dejándolos a un lado. Patricia sintió el movimiento y, al instante, exclamó:
—¡No me quites los tacones! ¡Por favor, deja mis pies en paz!
Pero su súplica solo encendió mi ánimo juguetón. Sus medias veladas negras ajustaban perfectamente sus pies, resaltando cada curva y cada dedo. ¡Qué tentación irresistible para cualquiera que ame las cosquillas!
Sin más aviso, posé mis dedos en la planta de su pie derecho y comencé a deslizar mis uñas en rápidos vaivenes. Patricia estalló de inmediato:
—¡¡JAJAJAJAJAJA!! ¡¡NOOO, MIS PIES, POR FAVOR!!
Su otro pie se movió desesperado, intentando huir, pero mis manos lo sujetaban con firmeza. Alterné mis caricias entre ambos pies, presionando sus arcos, rascando bajo los dedos, cada trazo más rápido que el anterior.
—¡¡JAJAJAJA, ESTÁ DEMASIADO!! ¡¡ME MUERO!! —gritó, su cuerpo arqueándose en la cama mientras sus caderas temblaban de la risa.
Sus tacones inertes al lado de la cama en el suelo, testigos silenciosos de la escena. Nada de eso importaba ahora: sus medias veladas y sus pies perfectos eran el centro de mi atención. Y Patricia, completamente rendida ante mis dedos, reía a carcajadas sin piedad.
Aquella mezcla de sofisticación—tacones rojos, medias negras—y la simpleza de unas cosquillas creó un contraste tan divertido como inolvidable. Y mientras sus risas llenaban la habitación, supe que había encontrado otro de sus puntos más irresistibles.
Mientras mis dedos danzaban sin piedad sobre las plantas hipercosquilludas de Patricia, su cuerpo entero se sacudía en la cama, sus manos golpeando las sábanas y su risa rebotando por toda la habitación. La veía revolcarse como loca, intentando inútilmente alejar sus pies de mi alcance.
Justo en ese instante, recordé algo que había leído en un foro de cosquillas en Internet: las medias veladas intensifican la sensación porque añaden una ligera resistencia al roce, multiplicando el cosquilleo. Sonreí para mis adentros y decidí ponerlo a prueba.
Sin detenerme, presioné un poco más fuerte y moví mis uñas en zig-zag sobre la tela de las medias, recorriendo cada arco y cada dedo a través del fino velo. La diferencia fue inmediata.
—¡¡JAJAJAJAJAJAJA!! ¡¡NOOO!! —gritó Patricia, sus carcajadas subiendo de volumen, mezclándose con jadeos de sorpresa y diversión.
Las medias creaban una sensación nueva, una especie de cosquilleo amplificado que la hacía retorcerse aún más rápido. Sus pies se agitaban como percusiones desbocadas, y yo aprovechaba cada fibra de la tela para intensificar el juego.
—¿Ves? —le dije con voz juguetona—. ¡Las medias funcionan mejor de lo que dicen!
Patricia solo pudo responder con otra explosión de carcajadas, su cuerpo temblando de la risa. Aquella combinación de sus medias veladas, sus tacones rojos a un lado y mis dedos incansables había creado el caos más divertido que habíamos vivido juntos. Y yo, encantado con el experimento, continué mi ataque amigable, sabiendo que cada movimiento le sacaría una nueva oleada de risas inolvidables.
Mientras mis dedos seguían aterrorizando de risa las plantas veladas de los pies de Patricia, mi vista se deslizó por la habitación y recordó el comentario de Carlos: que en su escritorio había un cepillo de peinar con el que soñaba volver a hacerle cosquillas a su mamá.
Sin dejar de apoyar mi peso sobre la cama, giré un poco y, con la mano izquierda, sujeté con firmeza los tobillos de Patricia para inmovilizarlos. Luego, con la mano derecha, tomé el cepillo de peinar que estaba apoyado en la mesita de noche.
—Veamos qué tal funciona esto —murmuré en tono juguetón.
Presioné la parte de cerdas contra la planta de su pie derecho y comencé a deslizarlo con fuerza, de arriba abajo, aprovechando la resistencia de las medias veladas. El efecto fue instantáneo.
—¡¡JAJAJAJAJAJAJA!! ¡¡NO, CON EL CEPILLO!! —gritó Patricia, retorciéndose en la cama, sus carcajadas inundando el cuarto.
Sus pies pataleaban frenéticos, los dedos abriéndose y cerrándose, mientras el cepillo raspaba la piel a través de la tela, amplificando cada cosquilleo. Cada pasada le arrancaba una nueva ráfaga de risas, más agudas y contundentes que con mis dedos.
—¡Te dije que noooooooooo! —exclamó entre risas—. ¡Para, por favor!
Pero yo, encantado con el resultado, alterné pasadas rápidas y firmes con ligeros toques circulares, explorando toda la planta. Patricia no podía hacer otra cosa que revolcarse y reírse sin control.
—¡¡JAJAJAJAJA JAJAJAJAJA!!
La escena era un torbellino de diversión: tacones rojos al costado, medias negras tensas, el cepillo en movimiento y la risa sincera de Patricia retumbando en las paredes. Y yo, con una sonrisa triunfal, disfrutaba de aquel experimento casero que había superado todas mis expectativas.
Mientras deslizaba el cepillo de peinar en todas direcciones sobre las plantas hipercosquilludas de Patricia, noté cómo las medias veladas comenzaban a ceder bajo la fricción. Primero un ligero hilito se rompió, luego una pequeña rendija se abrió justo en el arco de su pie derecho.
Al exponer su piel desnuda al aire y al roce directo de las cerdas, la intensidad del cosquilleo se disparó. Patricia dejó de suplicar palabras y se entregó por completo a la risa, un torrente incontrolable de carcajadas que llenó la habitación.
—¡¡JAJAJAJAJAJAJAJA!! —su risa era una ola imparable— ¡¡MIS PIES!! ¡¡YA NO… PUEDO… JAJAJAJA!!
Con cada pasada, el tejido de las medias se rasgaba un poco más, dejando ver fragmentos de su piel hipersensible. Esa combinación de roce directo y la ligereza del aire sobre su piel recién expuesta la volvía aún más vulnerable a las cosquillas, y sus carcajadas crecían en volumen y frecuencia.
Yo, con una sonrisa juguetona, continué pasando el cepillo con suavidad constante, deleitándome en el contraste entre la tela que quedaba y la piel que emergía. Patricia ya no decía nada coherente: solo reía a carcajadas, sus hombros temblaban y su cuerpo se arqueaba instintivamente con cada nuevo roce.
—¡Eres un demonio de las cosquillas! —consiguió gritar entre risas, mientras intentaba, sin éxito, apartar el cepillo con los pies.
La rendija en las medias seguía creciendo, revelando más piel suave con cada movimiento. Y aunque sabía que pronto tendría que parar para no romperlas por completo, en ese instante simplemente disfruté del espectáculo de sus risas y de la magia que se desataba al mezclar medias rotas, piel al descubierto y el irresistible poder de unas cosquillas bien aplicadas.
Lo miré por un segundo, sonriendo con picardía, y solté el cepillo sobre la cama. Ya había hecho su trabajo: había roto el hielo, literalmente… y también las medias. Pero yo quería más. Quería sentir directamente con mis dedos esa piel que ya sabía que era una bomba de cosquillas.
—Uy, Patricia… creo que estas medias ya no van a sobrevivir —dije entre risas, mientras ella, aún agitada, apenas podía contestar de tantas carcajadas.
Con cuidado pero sin pensarlo mucho, tomé ambas medias por los bordes y las rompí por completo, dejando al descubierto sus dos pies, suaves, perfectos y completamente indefensos. Al sentir el aire fresco en la planta de los pies, Patricia ya se puso nerviosa.
—¡No no no no! ¡¡Mis pies nooo otra vez!! —gritó entre risas, revolviéndose en la cama.
Pero ya era tarde. Me lancé directo a sus plantas con mis dedos, moviéndolos rápidamente, arañando suavemente con las uñas, recorriendo desde los talones hasta los dedos, subiendo y bajando por los arcos con precisión quirúrgica.
—¡¡JAJAJAJAJAJAJAA!! ¡¡NOOOO!! ¡¡ESO NOO, POR FAVOR!! —gritaba Patricia, ahogándose en sus propias carcajadas, mientras sus piernas temblaban y trataban de zafarse, aunque yo las sujetaba firme.
Sus pies se sacudían de un lado al otro, pero no había escapatoria. Mis dedos no paraban, explorando cada milímetro de esa piel hipersensible que ya conocía tan bien. Las carcajadas de Patricia eran como una sinfonía alegre, desbordante, completamente fuera de control.
Yo seguía riendo también, disfrutando cada segundo del caos cosquilloso que había desatado.
—¡Esto es por todas las veces que tú y Carlos me hicieron reír! —dije en tono juguetón.
Y ella solo podía responder con más risas, chillidos y carcajadas que llenaban la habitación como si fueran música.
Sentía cada estremecimiento de sus pies bajo mis dedos, como si un pequeño terremoto recorriera sus plantas. Patricia no hacía más que reír a carcajadas, sus pies arrugándose y estirándose en un frenesí incontrolable, cada pliegue de piel brillando bajo la luz.
Para mí, era la escena más divertida del mundo: aquellos pies perfectos, tan vulnerables, reaccionando de la manera más pura al más ligero roce. Cada movimiento de sus dedos, cada contracción de sus arcos, era una invitación a seguir explorando con mis uñas y yemas.
—¡JAJAJAJAJA! —exclamó Patricia, su voz rota por la risa—. ¡Tus dedos son peores que mil plumas!
Yo sonreía, disfrutando de la energía que ella desprendía. Con un ligero cambio de ritmo, alterné caricias suaves con roces más firmes, explorando de un lado al otro, maravillado de lo hipersensibles que eran esas plantas.
—¿Quién diría que unos pies podían tener tanto poder? —le comenté entre risas, mientras ella seguía sin poder articular palabra, entregada por completo al caos de la risa.
Patricia agitó los pies con fuerza, intentando en vano escapar, y cada intento solo hacía que mis dedos encontraran nuevos pliegues y curvas donde aplicar cosquillas. Sus carcajadas rebotaban en las paredes, convirtiendo aquella habitación en un escenario de pura diversión.
Y así, entre risas, estremecimientos y el suave roce de mis manos contra su piel, supe que ese momento quedaría grabado para siempre en nuestras memorias: la pura alegría de unas cosquillas compartidas, sin más pretensión que disfrutar la complicidad y el juego.
Cuando Patricia sacó fuerzas de donde no tenía y, con un movimiento repentino, se deslizó fuera de la cama hasta el suelo, su risa no hizo más que intensificarse. Sus pies aterrizaron primero, temblando de pura cosquillas, y su cuerpo cayó de lado, todavía entregado al caos de la risa.
Vi la oportunidad y, con cuidado de no lastimarla, coloqué mi mano izquierda sobre sus tobillos para inmovilizarlos—una “llave” suave y amistosa—mientras mi mano derecha se lanzaba de nuevo a sus plantas.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡No… no puedo… JAJAJAJA! —Patricia gritaba entre carcajadas, sus piernas pataleando en el aire como si quisieran liberarse de aquel agarre juguetón.
Mis dedos se movían en rápidos zig-zags sobre sus arcos y entre sus dedos, explorando cada pliegue de su piel hipersensible. El roce directo sobre la tela rota de las medias ya no existía; ahora era puro contacto piel con yema de mis dedos, y cada toque explotaba en una nueva ola de risas.
—¡Eres implacable! —exclamó ella entre risas—. ¡JAJAJAJAJA, NO ES JUSTO!
Pero yo solo sonreía, disfrutando de la energía de su risa y de cómo su cuerpo vibraba bajo mi “llave” amistosa. Sus manos golpeaban el suelo, y su cabello se esparcía sobre la alfombra mientras continuaba riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡P-por favor, no más…! —sus súplicas se perdían en el aire junto a sus carcajadas.
Yo seguía haciendo cosquillas en sus plantas, disfrutando de cada estremecimiento. De pronto, tuve una idea para variar la “técnica” y darle un giro más divertido al juego.
Con cuidado, apoyé mis dedos pulgar e índice en su arco, como si fuera a “pellizcar” muy suave, pero en lugar de eso deslicé ambos dedos con un movimiento rápido hacia sus dedos y luego los separé en un gesto de “pinza”. Patricia pegó un brinco de la risa:
—¡JAJAJAJAJA! ¡Eso sí que no lo esperaba! —exclamó entre carcajadas—. ¡Eres un demonio de las cosquillas!
Luego, sin dejar de sonreír, tomé la “pinza” imaginaria y comencé a “pellizcar” muy suavemente, uno a uno, los deditos de sus pies, simulando que “atrapaba” cada uno con mis dedos y luego lo “liberaba” con un pequeño empujón. Cada liberación provocaba otra oleada de risas:
—¡Noooo! ¡Mis deditos! ¡JAJAJAJA!
Alterné ese juego con pequeños golpecitos ligeros en el talón, como si fueran “palmaditas cosquillosas”. El contraste entre la “pinza” y las palmadas la tenía totalmente desconcertada y riendo sin control.
—¡¿Qué invento es ese ahora?! —gritó entre risas, mientras sus pies se movían como locos—. ¡Es peor que antes!
Yo reía con ella, disfrutando de la creatividad del momento. Era un recordatorio perfecto de que, con un poquito de imaginación, el simple acto de hacer cosquillas puede convertirse en un juego siempre nuevo y sorprendente.
Pero yo solo sonreía, disfrutando de la energía de su risa y de cómo su cuerpo vibraba bajo mi “llave” amistosa. Sus manos golpeaban el suelo, y su cabello se esparcía sobre la alfombra mientras continuaba riendo sin control.
—¡JAJAJAJA! ¡P-por favor, no más…! —sus súplicas se perdían en el aire junto a sus carcajadas.
Aprovechando la posición, bajé un poco el ritmo y me incliné con curiosidad hacia sus pies. Estaban rojos de tanto moverse, y las medias hechas trizas dejaban ver su piel suave y vibrante. Con una sonrisa pícara, acerqué mi cara como si fuera a investigar un tesoro secreto.
—Hmm… ¿Y si probamos con… cosquillas personalizadas? —bromeé, y comencé a soplar suavemente en sus plantas, provocando un estremecimiento inmediato.
—¡NOOOO! ¡ESO NOOOO! ¡JAJAJAJA! —gritaba Patricia, mientras sus pies trataban de escapar del airecito traicionero.
Entonces saqué la artillería: mi lengua. Le di un par de soplos más, y después pasé la punta de la lengua por el arco de uno de sus pies como si estuviera pintando un mapa secreto. Patricia chilló como si le hubieran contado el mejor chiste del mundo.
—¡Jajajajaja! ¡Eres un looooco! ¡Eso hace más cosquillas que todo lo demás! —se retorcía, tratando de girarse sin éxito.
—¡Confirmado! —dije entre risas—. ¡La lengua es el arma secreta contra pies hipercosquilludos!
Ella solo podía reír, agitando las piernas, pataleando sin fuerza, mientras yo alternaba entre soplidos, toques con la nariz y pequeños mordisquitos simulados que hacían que se retorciera como si la cama estuviera electrificada.
—¡Oh nooooo! —gritó finalmente, justo antes de estallar de nuevo en una carcajada tan fuerte que pensé que los vecinos también se iban a empezar a reír.
Yo seguía en mi misión de convertir las risas de Patricia en música. Mi lengua se deslizaba juguetona por la suave piel de sus plantas, haciendo zigzags, espirales, y hasta unas figuritas improvisadas, como si estuviera firmando una obra de arte invisible. Cada vez que alternaba con un pequeño mordisco, Patricia daba un saltito involuntario y soltaba una carcajada más fuerte que la anterior.
—¡JAJAJAJA! ¡Eres un desastre! ¡Un verdadero maníaco de las cosquillas! —decía entre risas, golpeando el suelo con una mano y agitándose como un pez fuera del agua.
Yo no podía más que reír también, no solo por sus reacciones, sino porque sus pies parecían tener vida propia: se estremecían, se arqueaban, se arrugaban y se estiraban con cada mínimo estímulo.
—¿Y si intento escribir mi nombre con la lengua? —pregunté divertido, como si fuera lo más normal del mundo.
—¡NOOOOOO! ¡JAJAJA! ¡Ni se te ocurra! —gritó entre carcajadas, sabiendo que eso solo era una invitación para hacerlo.
Y claro, comencé a trazar una letra tras otra, muy despacito, muy concentrado, como si estuviera en una competencia internacional de escritura podal. Patricia se revolvía como loca, sus risas saltaban de agudas a roncas, y su voz ya ni salía clara: solo eran carcajadas desenfrenadas.
—¡Tus pies son oficialmente los más cosquilludos del planeta! —anuncié con solemnidad, dándole un mordisquito final en el talón y soplando suavemente como sello de cierre.
Ella solo podía reír y mover la cabeza, sin fuerzas, con lágrimas en los ojos de tanta risa.
—¡Eres malvadoooooo! —logró decir, con la voz entrecortada y aún tirada boca arriba, sin poder dejar de reírse.
—¡Y tú eres una tickle legend! —le respondí con una reverencia teatral, sujetando aún sus pies como si fueran un trofeo.
Después de tanto alboroto, risas y cosquillas por todos lados, decidí que ya era suficiente… por ahora. Solté suavemente los pies de Patricia y me dejé caer de espaldas sobre la alfombra, riéndome junto a ella, como si los dos acabáramos de correr una maratón de pura locura.
—Uf… —exhalé, mirando al techo— creo que rompimos un récord mundial.
Patricia, aún tirada boca arriba, con el cabello completamente despeinado, la blusa algo arrugada y la respiración entrecortada, apenas podía hablar. Sus mejillas estaban rojas y su frente brillaba por el sudor.
—Eres… un… criminal… de las cosquillas… —dijo entre risas, sacando la lengua con dramatismo.
—¿Criminal adorable? —respondí con una sonrisa y le tendí la mano.
—Mmm… depende… —contestó, tomando mi mano mientras se incorporaba lentamente—. Si mañana no me duele el abdomen de tanto reírme, entonces sí.
La ayudé a levantarse con cuidado. Se tambaleó un poco, aún riéndose como si no pudiera evitarlo.
—Vamos, campeona —le dije bromeando mientras le acomodaba un poco el cabello—. Sobreviviste a una sesión de tickling extrema. Te ganaste un trofeo imaginario… o al menos una limonada.
Patricia me dio un leve empujón en el brazo y rodó los ojos, divertida.
—La próxima, tú eres el que va a reír hasta llorar, ¿me oíste?
—Acepto el desafío —le guiñé un ojo, recogiendo los tacones que aún estaban por ahí tirados como si hubieran participado en la guerra.
Nos miramos, aún con las sonrisas pegadas en el rostro, y salimos del cuarto de Carlos con la complicidad de dos amigos que acababan de vivir una aventura absurda, divertida… e inolvidable.
Continuará…
Original de Tickling Stories
