Visita técnica

Tiempo de lectura aprox: 11 minutos, 23 segundos

Soy Manuela, tengo 42 años, soy gerente de una empresa y llevo una vida bastante organizada y enfocada en mi carrera. Mido 1,78 metros, peso 58 kilos, tengo piel blanca, ojos color miel y el cabello negro con rizos rubios. Siempre me han dicho que tengo una apariencia elegante, quizás porque me gusta vestir bien y porque tengo una postura firme, de esas que se ganan con años de liderazgo. Vivo sola, bueno… sola con mi gato, en un apartamento cómodo, decorado a mi gusto, donde por fin puedo relajarme los fines de semana.

Hay algo curioso sobre mí: soy extremadamente cosquillosa. Sobre todo en las plantas de los pies y en la cintura. Es un punto débil que no suelo mencionar, porque puede ser realmente desesperante si alguien lo descubre… y justo eso fue lo que ocurrió un sábado por la mañana con un chico llamado Andrés.

Andrés tiene 25 años, pero con su cara de niño bueno y ese aire de nerd apasionado por la tecnología, fácilmente podría pasar por alguien de 20 o incluso menos. Trabaja en el área de soporte técnico en la empresa donde soy gerente, y desde que lo conocí me pareció alguien muy respetuoso y correcto, de esos que no levantan la voz, siempre educado, bien vestido, aunque con ese toque algo tímido que suele tener la gente muy metida en temas tecnológicos.

Unos días antes, charlando casualmente en la oficina, le comenté que en mi apartamento tenía dos computadores Mac —un iMac Pro y un MacBook Pro— que necesitaban mantenimiento. Le pregunté si él podía hacer ese tipo de trabajo por fuera del horario laboral y me dijo que sí, sin dudarlo. Le di mi dirección y quedamos para el sábado a las 9:00 de la mañana. Todo muy profesional.

Ese sábado me levanté temprano, me duché y me puse cómoda. Nada formal, por supuesto. Estaba en casa, así que opté por unos leggings largos tipo lycra, una camiseta blanca de manga corta y mis pantuflas de peluche. Cuando Andrés llegó, puntual como un relojito, lo saludé con una sonrisa y lo invité a pasar al estudio, donde estaban los equipos. Él se sentó en la silla del escritorio frente al iMac, y yo me acomodé en el sofá que queda justo al frente, con mi Kindle en las manos y las pantuflas en el suelo.

Estaba descalza, con las piernas dobladas sobre el sofá, y sin darme cuenta, tenía las plantas de los pies completamente expuestas.

Andrés trabajaba en silencio, concentrado, pero en un momento lo vi voltear a mirarme. Me miró a los ojos… y luego su mirada bajó fugazmente a mis pies. Fue tan rápido que si no fuera porque tengo buen instinto, habría pensado que me lo imaginé. Me habló de unos archivos temporales que había encontrado, y yo simplemente le dije: “adelante, límpialos”. Volví a mi lectura, sin pensar más en eso.

Pero unos minutos después, Andrés se levantó a buscar algo en su maleta. Yo seguía en mi misma posición, leyendo y sin sospechar nada. De pronto, lo sentí moverse detrás de mí, justo por el lado donde estaban mis pies al descubierto… y antes de que pudiera decir algo, sentí la punta de sus dedos deslizándose suavemente por las plantas de mis pies mientras me preguntaba por las contraseñas.

¡Mi reacción fue inmediata! Solté una carcajada fuerte, moví los pies como loca y di un pequeño salto en el sofá.

—¡Jajaja! ¡Nooo! —dije entre risas, sorprendida.

Andrés, fingiendo sorpresa, me preguntó con cara de inocente:

—¿Uy, tienes cosquillas?

Todavía recuperándome, le respondí, riendo:

—Sí… ¡tengo muchas cosquillas! Y en los pies peor…

Él volvió a su silla como si nada, con una media sonrisa… pero yo ya presentía que ese comentario no se le iba a olvidar.

Y no me equivoqué.

Andrés volvió a su silla como si nada hubiera pasado. Yo también intenté concentrarme nuevamente en mi lectura, aunque ya no podía evitar estar un poco más alerta. Me quedé en la misma posición, con los pies doblados hacia atrás, expuestos, como si inconscientemente le estuviera dando otra oportunidad… o tal vez parte de mí quería ver si se atrevía otra vez.

Y vaya que se atrevió.

Él se levantó nuevamente, fue a su maleta a sacar algo —nunca supe qué, o quizás solo fue una excusa— y en lugar de regresar tranquilamente al escritorio, esta vez caminó directo hacia mí… y sin previo aviso, se lanzó sobre mis piernas, aprisionándolas con su cuerpo en el sofá. Yo apenas tuve tiempo de girar la cabeza sorprendida, cuando sentí sus manos atrapando mis tobillos y luego… sus dedos comenzaron a correr sin piedad por las plantas de mis pies.

—¡NOOO! ¡Jajajajajajaja! ¡Andrés, qué haces! —grité entre carcajadas.

Me retorcí al instante, pateando sin fuerza, sin poder zafarme. Estaba atrapada. Las cosquillas fueron tan intensas y repentinas que no podía dejar de reírme y moverme como loca. Él, en cambio, reía bajito, divertido, mientras me decía:

—Pero dijiste que eras cosquillosa… Tenía que comprobarlo bien.

—¡Jajajaja yaaaa! ¡Te pasas! ¡Andrés no más! ¡No más! —le suplicaba, entre carcajadas que apenas me dejaban respirar.

Pero no paraba. Usaba la yema de sus dedos, a veces las uñas, para rascar suavemente mis plantas, concentrándose en los arcos, en los talones, en la base de los dedos… sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo. Yo estaba completamente a su merced, y por más que intentaba soltarme, solo conseguía reír más fuerte.

—¡Tengo muchas cosquillas, yaaa! —volví a gritar entre risas, mi voz mezcla de risa, desesperación y un poquito de incredulidad.

Pero Andrés no se detuvo.

Al contrario… sonrió con más picardía al escucharme, como si mis súplicas fueran combustible para sus travesuras. Sin decir nada, bajó aún más su atención hacia la zona del arco de mis pies, usando ambas manos ahora, moviéndolas en sincronía como si estuviera tocando un piano invisible… ¡un piano de cosquillas!

—¡Jajajajajajaja noooo! ¡Ahí nooo, ahí nooo! —gritaba entre carcajadas mientras me encogía, retorciéndome en el sofá. Mi cuerpo temblaba de la risa, y las piernas me pataleaban en el aire sin poder zafarse de su agarre.

Él ya tenía mis tobillos bien sujetos con sus antebrazos, sentado justo sobre mis piernas, completamente cómodo en su posición de ventaja. Era claro que lo estaba disfrutando. ¡Y yo también, aunque me moría de la risa!

—¡Tienes los pies más cosquilludos que he visto! —dijo divertido, mientras sus dedos se enfocaban ahora en la parte debajo de mis dedos, justo donde la piel es más suave. Solo el roce me hacía reír a carcajadas.

—¡Jajajajaja por favor, por favor! ¡Me voy a morir de la risa, no máaas! —grité, ya con lágrimas en los ojos de tanto reír.

Pero ni siquiera eso lo detuvo. ¡Estaba completamente fascinado!

De pronto, para variar el tormento, comenzó a alternar las técnicas. A veces usaba solo un dedo, lento, dibujando círculos sobre mis plantas. Luego cambiaba y me atacaba con todas las uñas al mismo tiempo, rascando con ritmo como si supiera exactamente cuánto podía aguantar antes de estallar otra vez en carcajadas.

—¿Y si te hago esto aquí…? —dijo en voz baja, mientras metía un dedo entre mis dedos del pie izquierdo y lo movía suavemente de lado a lado.

—¡Jajajajajajajaja AHHH NOOO, ENTRE LOS DEDOS NO! —grité de nuevo, casi llorando de risa, pataleando con fuerza pero sin lograr librarme.

—Uy, eso sí que te mata de la risa, ¿eh? —respondió él, completamente fascinado, y repitió la tortura en el otro pie.

Ya no podía más. Tenía el cuerpo flojo, completamente vencida por las cosquillas. Pero Andrés seguía, con una dedicación que me hacía reír y al mismo tiempo preguntarme cómo es que un chico tan joven —y tan «nerd» en apariencia— podía tener ese lado tan atrevido, tan dominante… y tan experto en cosquillas.

—¿Te estás rindiendo, Manuela? —preguntó en tono burlón, bajando la voz junto a mi oído mientras seguía con sus dedos sin piedad.

—¡Jajajajajajaja me rendí, me rendí! ¡Te lo juroooo! —logré decir, entre jadeos, risas, y una sensación de rendición total.

Pero él solo rió bajito… y sus dedos seguían ahí.

Pero Andrés no escuchó mi rendición. Ni la suplica. Ni el “por favor” entre risas. Nada.

Sus uñas volvieron a bajar con precisión quirúrgica a mis plantas, y sin decir una sola palabra… me atacó.
¡Me atacó como nunca antes alguien lo había hecho!

—¡Jajajajajajajajajaja nooooooo, nooooooo más! ¡Me muerooooooo! —grité, revolcándome en el sofá como loca, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera escapar de ese tormento insoportable.

Sus uñas se movían con agilidad, como si tuvieran vida propia. Rasgaban suavemente desde los talones, subían por el arco —mi punto más débil— y se quedaban ahí, rascando y rascando sin pausa, como si él hubiera encontrado el código secreto de mis cosquillas y no pensara soltarlo nunca.

—Dios mío, ¡jamás me habían hecho tantas cosquillas así! —logré gritar entre carcajadas, con la voz cortada por la risa. Mi cuerpo entero se retorcía, y la risa salía en oleadas imposibles de contener.

—Lo sé —dijo él sin dejar de sonreír, mientras clavaba un poco más sus uñas justo debajo de los deditos, en esa parte blanda que me hacía perder el control—. Y eso que apenas estoy empezando.

—¡¿Quééééé?! ¡Jajajajajajajajajaja no digas eso! ¡No puedo más, Andrés, no puedo más!

Pero era como si mis palabras fueran gasolina para su juego.
Me tenía atrapada. Completamente sometida. Yo, Manuela, gerente de empresa, mujer segura, fuerte, independiente… ahora reducida a una carcajada viviente por un chico de 25 años que parecía tener un doctorado en tortura con uñas y dedos.

Cada vez que pensaba que iba a detenerse, cambiaba de zona.
A veces dibujaba con sus uñas como si fueran plumas.
A veces usaba los diez dedos a la vez, creando una sensación tan intensa que gritaba sin siquiera pensar.

Mis pies estaban completamente vulnerables. ¡Y él lo sabía!

—Tus pies son… wow, simplemente perfectos para esto —murmuró mientras bajaba el tono, como si hablara consigo mismo, totalmente hipnotizado por mi risa y mis movimientos.

Yo, entre tanto, ya no podía hacer nada más que reír. No existía escape. Solo Andrés… sus uñas… mis pies… y mis carcajadas.

En un solo movimiento ágil, Andrés abrazó mis pies con fuerza. Los atrapó haciendo una especie de llave con su brazo izquierdo, pasándolo por detrás de mis tobillos y sujetándolos contra su cuerpo. Yo apenas entendí lo que estaba haciendo hasta que vi mis pies, completamente inmovilizados, suspendidos en el aire.

—¡No, no, noooo! ¡¿Qué haces?! —grité entre risas, ya completamente acostada boca arriba en el sofá, mientras mis pies quedaban elevados, indefensos, y él me miraba con una sonrisa peligrosa.

Y entonces…
Con la mano derecha libre, empezó a hacerme cosquillas de nuevo.
Pero esta vez con más decisión. Más malicia. Más precisión.

—¡Jajajajajajajajajaja ANDRÉEEES! ¡NO MÁAAAS! ¡ME VAS A MATAAAAAR!

Sus uñas recorrían sin piedad las plantas de mis pies.
Trazaban círculos sobre los arcos, bajaban hasta los talones, subían de nuevo a la base de los dedos, y se quedaban ahí, arañando suavemente, despertando cada nervio en mi piel que no sabía si reír, gritar o implorar.

Yo movía los pies como loca, intentando zafarlos de su brazo, pero era imposible. Su llave era firme, segura, y él no aflojaba ni un poco.

Mis dedos se abrían y cerraban sin control, mis piernas temblaban, y mi risa era un desborde imparable.

—¡Tengo demasiadas cosquillas ahí! ¡Demasiadas! ¡No puedo! ¡Jajajajajajajajaja por favor, por favor!

Pero él solo se reía bajito y decía:
—Tus pies no se van a ningún lado, Manuela. Ya te lo advertí… apenas estaba empezando.

Volvió a concentrarse en los arcos, rascando con las uñas mientras mis ojos se llenaban de lágrimas de tanta risa. No podía más. No existía escape, ni descanso, ni salvación.

Solo carcajadas, desesperación… y la maldita dulzura de esas cosquillas que me volvían completamente loca.

Cuando finalmente soltó mis pies y los dejó caer sobre el sofá, suspiré aliviada. Jadeando, con el rostro rojo de tanta risa, intenté recuperar el aliento. Mi pecho subía y bajaba aceleradamente, mientras yo pensaba que por fin había terminado esa locura.

—Ay Dios… —dije entre risas agotadas— me vas a matar, Andrés… no puedo más…

Pero él no respondió. Solo me miró con esa expresión traviesa, esa mezcla de ternura y malicia que ya me empezaba a resultar peligrosamente familiar.
Y entonces, con total calma, se subió a horcajadas sobre mí, inclinándose hacia adelante.
Sus manos, como si tuvieran mente propia, se deslizaron directamente hacia mis costados.

—Noooo… no, no, no… ¡¡NOO!! —grité antes de soltar otra carcajada explosiva.

Sus dedos comenzaron a hurgar con precisión quirúrgica en mi cintura, presionando, rascando, pellizcando suavemente.

—¡Jajajajajajajajaja! ¡Andréeeeeeees por favoooooor! ¡No hay derechooooo! —chillaba entre carcajadas, mientras me revolcaba como una posesa debajo de él.

Mis manos intentaban empujarlo, apartarlo, pero no servía de nada. Cada vez que creía poder respirar, sus dedos se deslizaban hacia mis costillas y luego, sin aviso, subían hasta mis axilas, metiéndose por debajo de las mangas de mi camiseta.

—¡Jajajajajajajajajaja! ¡NOOOO! ¡AHÍ NOOOO! —chillaba, mientras me sacudía violentamente de un lado al otro, riendo como nunca en mi vida.

Pero Andrés no se detenía.
Sabía exactamente lo que hacía.
Y lo estaba disfrutando.

Mis piernas pateaban el aire, mis manos luchaban sin éxito, mi espalda se arqueaba, y mis carcajadas eran tan escandalosas que seguramente mis vecinos pensaban que estaba viendo el mejor show de comedia de mi vida.

—¡Estás muy mal! —logré decir entre risas desesperadas— ¡Tú estás MUY mal! ¡Esto es tortura! ¡Jajajajajajaja!

Y él solo respondió, muy bajito, acercándose a mi oído:

—No sabes cuánto tiempo llevaba esperando hacer esto…

Ya no sabía si reír, gritar o rogar. Andrés estaba imparable. Su rostro mostraba una concentración casi científica, como si cada nueva zona que tocaba fuera un experimento que le confirmaba lo increíblemente cosquilluda que soy.

Sus dedos subían y bajaban, iban de un lado a otro, sin darme respiro.
En mis axilas, sus uñas se colaban por debajo de la tela de mi camiseta y hacían círculos lentos, provocando carcajadas incontrolables.

—¡Jajajajajajajajaja! ¡No más! ¡AHÍ NO! ¡Jajajajajajajaja! ¡ANDREEEES! —gritaba, mientras arqueaba la espalda en un intento inútil por escapar de su ataque.

Bajaba a mi cuello, donde sus dedos hacían pequeños toques que me hacían estremecer de risa.
Luego pasaba por mis costillas, metódico, contando cada una con sus dedos como si estuviera tocando un xilófono de carcajadas.

—¡Jajajajaja estás loco! ¡Me vas a matar de la risaaaaa! —me retorcía como loca en el sofá, sin control sobre mi cuerpo.

Pero no se detenía. De mi cintura pasaba a mis caderas, y de ahí bajaba a mi vientre, donde sus dedos danzaban sobre mi ombligo, provocando una risa tan intensa que apenas podía respirar.

—¡Aaaaay no no no no ahí nooo! —gritaba, mientras trataba de cubrirme con las manos, sin éxito.

Cuando pensé que ya no podía más, que mis fuerzas estaban agotadas, bajó a mis muslos.
Sus manos acariciaban y rascaban suavemente los costados de mis piernas, provocando espasmos de risa que hacían que mis piernas patalearan como si estuviera en medio de un ataque de locura.

—¡Jajajajajaja Andrés por favor! ¡Por favooooor! —rogaba sin vergüenza alguna, ya completamente rendida.

Pero nada. Aún faltaban las rodillas.

Cuando sus dedos empezaron a juguetear ahí, sentí como si todo mi cuerpo colapsara de risa.

—¡NOOO! ¡LAS RODILLAS NOOOO! ¡Jajajajajajaja! —gritaba, sin saber si llorar o seguir riendo como una condenada.

Era un ataque de cosquillas completo, total, sin piedad.
Nunca en mi vida me habían hecho tantas cosquillas, nunca me había reído tanto.
Mi cuerpo entero estaba sudando, mi respiración agitada, mi cabello hecho un desastre, y mis mejillas ardían de tanta risa.

Y Andrés… él solo sonreía.

Como si estuviera en el paraíso.

Apenas logré recuperar el aliento tras ese asalto de cosquillas por todo el cuerpo, Andrés me lanzó una mirada cómplice, como si ya supiera lo que venía. Y entonces lo dijo, con esa voz baja, entre divertida y provocadora:

—Pero… es que tus pies son demasiado irresistibles.

Mis ojos se abrieron de par en par mientras él, sin darme tiempo de reaccionar, volvió a sujetar mis tobillos. Con la habilidad de alguien que ya había hecho esto muchas veces, entrelazó sus brazos y volvió a alzar mis pies, dejándolos suspendidos en el aire sobre sus piernas.

—¡Noooo! ¡No, los pies otra vez nooo! —grité, anticipando lo que venía, mientras mis pies se agitaban desesperadamente.

Pero ya era tarde.
Andrés, con una sonrisa que mezclaba ternura y travesura, comenzó a pasar lentamente sus uñas por la base de mis dedos, haciendo un recorrido minucioso por cada rincón de mis plantas.

—¡Jajajajajajajajajaja! ¡Dios mío! ¡Nooooo! ¡Jajajajaja, eso nooo! —me reía a carcajadas, sintiendo que la risa me doblaba, que mis músculos se rendían ante el ataque perfecto.

Sus dedos bajaban por mis arcos, dibujando espirales con las uñas, rascando justo donde más cosquillas tengo.
Después se detenía en los talones, presionando con la yema de sus dedos, sabiendo que aunque ahí las cosquillas eran diferentes… igual me hacían retorcerme.

—¡Nunca te habían hecho cosquillas así, ¿cierto? —me decía, sin dejar de moverse, mientras yo intentaba hablar, reír y respirar al mismo tiempo.

—¡Jajajajajaja noooo! ¡Nunca asíiiiiii! ¡Me estás matandooooooo! —gritaba, con lágrimas de risa en los ojos, revolcándome en el sofá.

Mis pies ya no podían ni defenderse. Cada vez que intentaba moverlos, él solo apretaba más su llave, manteniéndolos fijos mientras continuaba explorando cada rincón de mis plantas como si fueran un mapa del tesoro.

Y para él, claramente lo eran.
Unas plantas de los pies así de suaves, así de hipercosquilludas, eran su obsesión.
Y en ese momento, eran completamente suyas.

Finalmente, después de lo que me pareció una eternidad, Andrés dejó de hacerme cosquillas. Mi cuerpo seguía temblando por la intensidad de las risas, mientras tomaba aire a grandes bocanadas, intentando calmarme.
Estaba agotada, pero de alguna manera también relajada. Mi mente aún procesaba lo sucedido, pero mi cuerpo no podía olvidar lo que acababa de experimentar.

—Gracias… por… detenerte —le dije entre risas y respiraciones entrecortadas, mirando al chico mientras él terminaba de revisar los últimos detalles de los Macs.

Andrés sonrió sin decir nada, quizás tratando de esconder su propio nerviosismo o la satisfacción que aún veía en sus ojos.
Cuando terminó el trabajo, no me cobró nada. Me miró de nuevo, pero esta vez de manera rápida, casi evitando mi mirada. Para mí, ese gesto era claro: sabía que el «pago» había sido mucho más que el simple servicio de soporte técnico.
El pago había sido esa experiencia que compartimos, esos momentos en los que me había tenido completamente a su merced, haciéndome cosquillas.

El lunes siguiente, cuando regresé a la oficina, noté algo raro. Andrés, el chico que siempre había sido tan profesional, no podía mirarme a los ojos. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, él apartaba rápidamente la vista, como si evitara algo que ambos sabíamos pero no íbamos a mencionar.
Parecía incómodo, incómodo conmigo, y eso me hizo sentir un poco… curiosa. ¿Se sentía culpable? ¿Emocionado? ¿O simplemente avergonzado?

Pocos días después, Andrés presentó su renuncia en recursos humanos. Dijo que había recibido una mejor oportunidad laboral. Nadie en la oficina sabía nada más, solo que se iba. Un par de compañeros comentaron sobre su «decisión abrupta», pero nadie le dio demasiada importancia.
Para mí, sin embargo, quedó claro: su renuncia no fue por una mejor oportunidad, sino porque lo que había sucedido entre nosotros ese sábado lo había marcado de alguna forma. Tal vez la intensidad de aquella experiencia lo había hecho sentirse incómodo en un lugar tan profesional como la oficina.

Nunca volví a verlo. Y aunque nunca lo supe con certeza, siempre pensé que la verdadera razón de su partida tenía que ver con lo que ocurrió ese día en mi apartamento.

Manuela

Original de Tickling Stories

About Author