El Cosquilleador de Famosas: Silvia Jato

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Sebastián Mora llevaba semanas estudiando a su próximo objetivo. Después del éxito con Ariana Grande, necesitaba un nuevo desafío, alguien que representara un perfil diferente. Y Silvia Jato era perfecta.

No era una actriz de Hollywood ni una cantante internacional; era una presentadora de televisión española, conocida por su elegancia y su profesionalismo. Pero para Sebastián, eso la hacía aún más interesante. Las figuras de la televisión tenían menos protección que las estrellas de cine, y su acceso a eventos y rodajes era más sencillo.

Silvia Jato tenía cuarenta y tantos años, pero su belleza era atemporal. Su rostro era conocido por millones de espectadores, y su presencia en pantalla era impecable. Pero Sebastián sabía que detrás de esa fachada profesional se escondía una mujer vulnerable, con sus propias debilidades y secretos.

La investigación de Sebastián comenzó como siempre: buscando pistas en el material público. Revisó entrevistas, programas de televisión, redes sociales. Y encontró lo que buscaba.

En una antigua entrevista para una revista, Silvia había confesado: «Tengo pánico a los dentistas. Es una fobia que arrastro desde niña. Cada vez que voy al dentista, necesito que me den algo para relajarme, o no puedo ni sentarme en el sillón.»

Esa confesión era oro puro para Sebastián. Silvia era vulnerable en el entorno médico, y eso significaba que su guardia estaría baja. Pero necesitaba más. Necesitaba saber si era cosquillosa.

La segunda pista llegó en forma de un video de un programa de televisión. Silvia era invitada a un concurso donde los participantes debían superar pruebas físicas. En una de ellas, una compañera le hizo cosquillas en la cintura para distraerla. La reacción de Silvia fue inmediata y explosiva: una risa aguda, casi infantil, que la hizo doblarse por la mitad.

«¡No me hagas cosquillas!», había gritado entre risas. «¡Soy muy cosquillosa!»

Sebastián sonrió. No necesitaba más pruebas. Silvia Jato era extremadamente cosquillosa, y su miedo a los dentistas le daba la excusa perfecta para acercarse a ella.

Sebastián sabía que acceder a Silvia Jato sería diferente a sus objetivos anteriores. No era una estrella internacional con un equipo de seguridad; era una presentadora española que vivía entre Madrid y Miami. Y su fobia a los dentistas era la llave que necesitaba.

A través de sus contactos en la industria de la moda y el espectáculo, Sebastián descubrió que Silvia tenía una cita próxima con su dentista de confianza en Miami, el Dr. Merino. Era la oportunidad perfecta.

Sebastián investigó al Dr. Merino. Era un hombre mayor, de unos sesenta años, con una consulta privada en el centro de Miami. Tenía una recepcionista que trabajaba con él desde hacía años. Pero Sebastián sabía que las rutinas podían romperse.

Se presentó en la consulta del Dr. Merino una semana antes de la cita de Silvia, con una historia cuidadosamente construida.

«Buenos días», dijo a la recepcionista, mostrando su mejor sonrisa profesional. «Soy Sebastián Mora, asesor de imagen. Estoy trabajando con el Dr. Merino para actualizar su imagen y la de su consulta. ¿Podría hablar con él?»

La recepcionista, una mujer de mediana edad llamada Rosa, lo miró con desconfianza. «El doctor no ha mencionado nada sobre un asesor de imagen.»

«Es una sorpresa», dijo Sebastián, manteniendo la calma. «Un regalo de su hija. Ella cree que la consulta necesita una actualización, y me contrató a mí para hacerlo. ¿Podría pasar?»

Rosa dudó, pero finalmente asintió. «Espere un momento.»

Unos minutos después, Sebastián estaba en el despacho del Dr. Merino. El dentista era un hombre amable y distraído, más interesado en su trabajo que en las apariencias.

«Doctor Merino», dijo Sebastián, extendiendo la mano. «Soy Sebastián Mora. Su hija me contrató para actualizar la imagen de su consulta. ¿Me permite hacer algunas sugerencias?»

El Dr. Merino pareció sorprendido pero complacido. «Mi hija siempre está buscando formas de ayudarme. ¿Qué tipo de sugerencias?»

«Pequeños cambios», dijo Sebastián. «Nada drástico. Por ejemplo, la sala de espera podría ser más acogedora. Y el sillón dental… bueno, podría ser más cómodo para los pacientes. He notado que tiene algunos modelos antiguos.»

«Es verdad», admitió el Dr. Merino. «Pero son caros de reemplazar.»

«Yo puedo ayudarle con eso», dijo Sebastián, sonriendo. «Tengo contactos en la industria. Podría conseguirle un sillón nuevo a un precio muy razonable. Solo necesito que me deje tomar algunas medidas y fotografías del sillón actual para comparar.»

El Dr. Merino aceptó sin dudar. Era un hombre confiado, y la idea de mejorar su consulta sin costo le parecía excelente.

Sebastián pasó la siguiente hora en la consulta, tomando medidas y fotografías. Pero su verdadero objetivo era otro: estudiar el espacio, identificar las cámaras de seguridad, y planificar su movimiento.

Cuando terminó, se despidió del Dr. Merino con una sonrisa. «Volveré la próxima semana con las propuestas. Estoy seguro de que le van a encantar.»

El día de la cita de Silvia, Sebastián llegó temprano a la consulta. Esta vez no llevaba su traje de asesor de imagen, sino una bata blanca y una credencial falsa que lo identificaban como «técnico de mantenimiento». La recepcionista, Rosa, lo reconoció y lo dejó pasar sin problemas.

«El doctor está en una reunión», dijo Rosa. «Pero puede esperar en el área de mantenimiento.»

Sebastián asintió y se dirigió a la trastienda. Desde allí, podía observar la sala de espera sin ser visto. Y entonces, la vio.

Silvia Jato entró en la consulta con paso firme, pero Sebastián notó la tensión en sus hombros, la forma en que apretaba su bolso. Llevaba un conjunto elegante: suéter negro, pantalones de lino también negros, y sandalias de cuero que dejaban ver sus pies. Sus uñas estaban pintadas de negro, y sus dedos eran largos y elegantes.

«Buenas tardes», dijo Silvia a Rosa. «Tengo cita con el Dr. Merino.»

«La estábamos esperando, señorita Jato», respondió Rosa, sonriendo. «El doctor llegará en unos minutos. Mientras tanto, siéntese y póngase cómoda. ¿Quiere algo de beber?»

«Agua, por favor», dijo Silvia, sentándose en la sala de espera.

Sebastián observó desde la trastienda. Silvia estaba nerviosa, moviendo los pies inquietamente bajo la silla. Era el momento perfecto.

Salió de la trastienda con una bandeja de agua y se acercó a Silvia. «Señorita Jato, ¿me permite ofrecerle un vaso de agua?»

Silvia lo miró, sorprendida. «Gracias… ¿es usted nuevo?»

«Soy Sebastián, el técnico de mantenimiento», dijo él, sonriendo. «El doctor me pidió que revisara algunos equipos. Pero también me pidió que asegurara de que estuviera cómoda mientras esperaba.»

Silvia aceptó el agua y bebió un sorbo. Sebastián había añadido una pequeña dosis de un sedante suave, suficiente para relajarla sin dejarla inconsciente.

«Gracias, Sebastián», dijo Silvia, con voz más suave. «Estaba un poco nerviosa.»

«Es normal», dijo él, sentándose a su lado. «El dentista no es el lugar favorito de nadie. Pero el Dr. Merino es muy bueno. Estará en buenas manos.»

Silvia sonrió, claramente más relajada. «Es usted muy amable.»

Cuando el Dr. Merino llegó, condujo a Silvia a la consulta. Sebastián los siguió discretamente, con la excusa de revisar el sistema de iluminación. Una vez dentro, el Dr. Merino se disculpó brevemente.

«Perdóneme un momento, señorita Jato. Tengo que atender una llamada urgente. Mi asistente, Rosa, la ayudará a prepararse.»

El Dr. Merino salió de la sala, dejando a Silvia sola con Rosa. Sebastián, que había entrado con ellos, se ofreció a ayudar.

«Rosa, ¿puedo ayudarla a preparar el sillón?», preguntó Sebastián, con tono profesional.

«Claro», dijo Rosa, ocupada con otros preparativos. «Siéntela y póngala cómoda. Yo voy a buscar los instrumentos.»

Sebastián sonrió. La oportunidad era perfecta.

«Señorita Jato», dijo, acercándose a Silvia. «Siéntese en el sillón, por favor. Voy a ponerla cómoda.»

Silvia obedeció, sentándose en el sillón dental. Sebastián ajustó el respaldo para que estuviera más reclinada y luego, con movimientos suaves, tomó sus pies.

«Voy a quitarle las sandalias», dijo, con tono profesional. «Para que esté más cómoda.»

Silvia no protestó. El sedante estaba haciendo efecto, y se sentía relajada, casi somnolienta. Sebastián retiró las sandalias con cuidado, revelando unos pies perfectos: arco elegante, dedos alineados, piel suave y bien cuidada. Sus uñas negras contrastaban con la palidez de su piel.

«Tiene unos pies preciosos, señorita Jato», dijo Sebastián, con admiración genuina. «¿Se cuida mucho?»

Silvia sonrió, con los ojos entrecerrados. «Gracias… sí… me gusta cuidarlos.»

Sebastián comenzó a masajear suavemente la planta del pie, aplicando una presión justa. Silvia se relajó aún más, y un suspiro de placer escapó de sus labios.

«Eso… es agradable», murmuró.

«Es una técnica de relajación», explicó Sebastián, moviendo sus dedos en círculos. «Ayuda a liberar la tensión acumulada.»

Silvia asintió, claramente disfrutando. Pero entonces, Sebastián cambió de técnica. En lugar de masajear, comenzó a pasar sus dedos ligeramente por el centro de la planta.

Silvia dio un respingo y soltó una risita. «¡Oh! Eso… jajaja… eso hace cosquillas.»

«¿Sí?», dijo Sebastián, fingiendo sorpresa. «¿Tiene cosquillas en los pies?»

«Sí… jajaja… muchísimas», admitió Silvia, intentando retirar el pie. «Por eso no dejo que nadie los toque.»

Sebastián sujetó suavemente su tobillo, sin dejar de mover los dedos. «Pero está muy relajada. ¿Quiere que pare?»

«No… jajaja… no sé… es raro», dijo Silvia, con la voz entrecortada. «Es… como si… no pudiera decidir si me gusta o no.»

Sebastián sonrió. Esa era la respuesta que había estado esperando.

Sebastián continuó moviendo sus dedos sobre la planta del pie de Silvia, alternando entre el arco y la base de los dedos. Silvia reía a carcajadas, su cabeza moviéndose de un lado a otro, su cabello despeinado.

«¡Jajajaja! ¡No puedo!», gritaba Silvia, con lágrimas de risa en los ojos. «¡Es demasiado!»

«Tranquila», decía Sebastián, con voz calmada. «Solo déjese llevar.»

Pero Sebastián sabía que necesitaba más que solo las plantas de los pies. Silvia era un desafío, y quería explorar todo su cuerpo.

«Voy a probar algo diferente», dijo, y comenzó a mover sus dedos por las costillas de Silvia.

La reacción fue inmediata. Silvia soltó un grito agudo y su cuerpo se arqueó en el sillón. «¡Jajajaja! ¡Ahí no! ¡Esa es mi zona más sensible!»

«Ya lo sé», dijo Sebastián, continuando con el movimiento. «Y es mi favorita.»

Silvia reía sin control, su cuerpo retorciéndose en el sillón. Sus manos intentaban apartar las de Sebastián, pero él era más fuerte, más rápido.

«¡Por favor! ¡Jajajaja! ¡No puedo más!», suplicó Silvia.

Sebastián se detuvo un momento, dándole un respiro. «¿Quiere que pare?»

«No… jajaja… no sé…», dijo Silvia, recuperando el aliento. «Es… es demasiado intenso. Pero no quiero que pare.»

Sebastián asintió. «Entonces confíe en mí. Voy a llevarla al límite, pero solo si usted me deja.»

Silvia lo miró a los ojos, y en ese momento, Sebastián vio algo diferente en ella. No era miedo, ni incomodidad. Era curiosidad, deseo de explorar una parte de sí misma que siempre había mantenido oculta.

«Está bien», dijo finalmente. «Pero prometa que parará si se lo pido.»

«Se lo prometo», dijo Sebastián, y volvió a tomar sus pies.

Esta vez, Sebastián no hubo masaje. Solo cosquillas. Movió sus dedos sobre las plantas de Silvia con una precisión implacable, alternando entre el arco y la base de los dedos, buscando los puntos más sensibles.

Silvia reía a carcajadas, su cabeza moviéndose de un lado a otro, su cabello despeinado. Sus manos se aferraban a los brazos del sillón, y sus pies se retorcían intentando escapar, pero Sebastián no cedía.

«¡Jajajaja! ¡No! ¡Por favor!», gritaba Silvia. «¡Es demasiado!»

«Tranquila», decía Sebastián, con voz calmada. «Solo déjese llevar.»

Y Silvia se entregó. Dejó de intentar escapar y se dejó llevar por las sensaciones. Su risa se volvió más suave, más profunda, y sus dedos se relajaron, permitiendo que Sebastián hiciera lo que quisiera.

Sebastián continuó durante varios minutos, explorando cada centímetro de los pies de Silvia. Descubrió que su pie izquierdo era más sensible que el derecho, y que la zona más vulnerable era el arco, justo en el centro de la planta.

Cuando notó que la respiración de Silvia comenzaba a acelerarse y sus mejillas se sonrojaban, supo que estaba cerca del clímax.

«¿Lista para el final?», preguntó Sebastián.

«Sí… por favor…», susurró Silvia, con la voz entrecortada.

Sebastián tomó una pluma de su bolsillo (siempre llevaba una) y la pasó suavemente por la planta del pie de Silvia, desde el talón hasta los dedos, en un movimiento lento y constante. Silvia soltó un gemido y su cuerpo se tensó, mientras un orgasmo la recorría de pies a cabeza.

Cuando el temblor cesó, Silvia se quedó sin aliento, con el pecho subiendo y bajando rápidamente. Sus ojos estaban húmedos, y su rostro brillaba con una mezcla de placer y vergüenza.

«Eso… fue… increíble», dijo, con la voz ronca.

Sebastián sonrió y le devolvió el pie. «¿Ve? Las cosquillas no tienen que ser negativas. Pueden ser una forma de conexión.»

Cuando el Dr. Merino regresó, encontró a Silvia sonriente y relajada, como si hubiera disfrutado de una experiencia placentera.

«¿Todo bien, señorita Jato?», preguntó el dentista.

«Perfectamente», respondió Silvia, con una sonrisa. «Su técnico de mantenimiento me ha dado un masaje increíble. Me siento mucho mejor.»

El Dr. Merino miró a Sebastián con sorpresa. «¿Técnico de mantenimiento?»

«Sí», dijo Sebastián, sonriendo. «Me pidió que revisara el sistema de iluminación. Aproveché para ofrecerle un masaje a la señorita Jato. Estaba muy tensa.»

El Dr. Merino pareció confundido, pero no dijo nada. «Bueno, me alegra que esté mejor. ¿Lista para la revisión?»

«Lista», dijo Silvia, sentándose en el sillón dental.

Sebastián se retiró discretamente, dejando a Silvia en manos del dentista. Sabía que su trabajo estaba hecho. Había logrado lo que quería.

Esa noche, en su apartamento, Sebastián escribió en su libreta:

Silvia Jato:

  • Pies extremadamente sensibles, especialmente el arco y la base de los dedos.
  • La risa se vuelve incontrolable cuando se aplica presión constante en el centro de la planta.
  • Costillas muy sensibles (zona secundaria).
  • Responde bien a la combinación de masaje y cosquillas.
  • Muy receptiva a la confianza y la seducción profesional.
  • Su miedo a los dentistas la hace vulnerable en entornos médicos.

Cerró la libreta y sonrió. Silvia Jato había sido un objetivo interesante, pero el trabajo nunca terminaba. Siempre había otra famosa, otra debilidad que descubrir, otra risa que provocar.

Su mirada se detuvo en el siguiente nombre de su lista: Karol Sevilla.

«Próximo objetivo», murmuró, y comenzó a planear su próximo movimiento.

Fin

Original de Tickling Stories

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