El odontólogo

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 4 segundos

Hola a todos, mi nombre es Leonardo, tengo 32 años, mido 1,80 metros y soy de contextura normal, ni gordo ni flaco. Calzo talla 42 y soy extremadamente cosquilloso en todo mi cuerpo. Soy odontólogo de profesión y, aunque pueda parecer curioso, me gustaría compartir con ustedes una experiencia que viví hace un tiempo.

Todo comenzó en una época en la que las cosas no iban muy bien para mí en el aspecto económico. Estaba sin trabajo y buscando desesperadamente alguna manera de generar ingresos. Un día, mientras navegaba por internet, me encontré con un anuncio que solicitaba hombres cosquillosos para participar en sesiones de cosquillas. Debo confesar que al principio me pareció algo bastante extraño, pero la necesidad me llevó a investigar un poco más.

Decidí escribir al anuncio y preguntar sobre todas las condiciones posibles, además del pago, por supuesto. Al otro lado del chat, un hombre me respondió y me comentó que disfrutaba hacerle cosquillas a otros hombres, y que pagaría 50 dólares por sesión. La cifra no era muy alta, pero en ese momento, cada dólar contaba. Así que, después de pensarlo un poco, terminé aceptando.

Llegó el día de la cita. Fui a la dirección indicada, a la hora acordada. Me recibió un chico de unos 25 años, aproximadamente. Era amable y me agradeció por haber acudido. Sin perder mucho tiempo, me condujo a una habitación donde había una cama con correas. En ese momento, no pude evitar sentir un poco de nervios, ya que ni con mi novia había hecho algo así antes.

El chico me explicó que debía quitarme toda la ropa, excepto el bóxer, y acostarme boca arriba en la cama. Me pidió que extendiera los brazos y las piernas para sujetarme las muñecas y los tobillos con las correas. Luego, me vendó los ojos, lo que aumentó la tensión en el ambiente. Apenas estuve listo, sin decir una palabra, comenzó a hacerme cosquillas en la cintura, costillas y axilas.

La reacción fue inmediata. Empecé a revolcarme como loco, gritando de desesperación mientras saltaba en la cama. Era como si supiera exactamente dónde tocar para hacerme perder el control. Después de unos 20 minutos de tortura, sentía que no podía más. Estaba agotado, pero él no parecía dispuesto a detenerse. A pesar de mis súplicas, continuaba haciendo cosquillas sin piedad.

Después de lo que pareció una eternidad, me dio una breve pausa. Yo apenas podía recuperar el aliento cuando, de repente, decidió atacar mis pies. Ahí fue donde realmente todo se salió de control. Las cosquillas en las plantas de mis pies eran tan intensas que empecé a lanzar alaridos, carcajadas y gritos de desesperación. Movía mis pies como loco, tratando de escapar de esas cosquillas implacables, pero era imposible.

Sabía que tenía cosquillas en los pies, pero nunca imaginé que fueran tan insoportables. Era una verdadera locura, una tortura que parecía no tener fin. El chico parecía disfrutarlo, lo cual me hacía pensar que quizás tenía algún fetiche con las cosquillas y los pies, porque fue ahí donde pasó más tiempo haciéndome sufrir.

Finalmente, después de las dos horas que habíamos pactado, decidió detenerse. Yo estaba agotado, sudado y completamente rendido. Me soltó las correas, me pagó lo que habíamos acordado, y me dejó vestirme. Apenas pude regresar a mi apartamento, todavía tratando de procesar lo que había ocurrido.

Hasta hoy, no le había contado a nadie sobre esta experiencia. Pero sentí que era el momento de compartirla, porque, aunque fue una situación extrema y un poco surrealista, es parte de lo que he vivido. A veces, la vida nos lleva por caminos inesperados, y esta fue sin duda una de esas veces.

Leonardo

Original de Tickling Stories

About Author