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Soy Dunia, una mujer de 39 años, psicóloga de profesión. Vivo sola y mi rutina diaria incluye sesiones con pacientes que buscan alivio para sus problemas emocionales y mentales. Siempre me han dicho que tengo unos pies muy bonitos, lo que me llevó a empezar a usar zapatos de tacones abiertos de tiritas para destacar esta parte de mi cuerpo. Sin embargo, ese día usaba unos zapatos de tacones cerrados de 10 cm de alto. Estaba vestida con un jean ajustado de bota «tubito» que estilizaba mi figura, una camiseta blanca de cuello redondo, una chaqueta negra de cuero, un cinturón rojo y los zapatos de tacón rojos. No llevaba medias.
Había contactado a un chico de 19 años con el que me había encontrado anteriormente en mi consultorio. Lo recogí en mi carro y, apenas se montó, me preguntó por qué lo había llamado y si realmente pensaba que lo contactaría, sobre todo por mi fobia a las cosquillas. Le respondí que lo llamé porque quería experimentar lo que se sentía a mayor escala. El chico, entusiasmado, comenzó a preguntarme en qué partes del cuerpo, además de los pies, sentía cosquillas y qué sentía con esa sensación, y si me consideraba cosquillosa.
Le conté que tenía cosquillas en todo mi cuerpo: axilas, costillas, cintura, ombligo, caderas, muslos, piernas, rodillas, pantorrillas, y cuello, pero que mi peor punto eran los pies. Él me preguntó qué pensaba de las cosquillas y le respondí con una pregunta: ¿qué sentía él haciendo cosquillas? El chico me dijo que sentía placer viendo a la mujer desesperarse por las cosquillas, que esa sensación de verla reír y suplicar lo hacía sentir fuerte y lleno de placer.
Me confesó que cuando me hizo cosquillas en los pies la última vez, se había dado cuenta de que yo realmente lo estaba disfrutando. Sentí algo de vergüenza y mi cara se puso roja, deseando que la tierra me tragara. Le pregunté por qué quería hacerme cosquillas nuevamente y él respondió con otra pregunta: ¿por qué lo había llamado? Le respondí que quería probar qué se sentía ser cosquilleada de la forma en que él me había dicho, atada de pies y manos, y que me había sentido bien cuando él me hacía las cosquillas porque me había respetado.
Le dije que me interesaba ser torturada con cosquillas en mi cuerpo, siempre y cuando él continuara respetándome de la misma manera. El chico simplemente asintió. La próxima cita era en mi apartamento esa misma tarde. Íbamos en mi carro rumbo a mi apartamento, y el chico llevaba una maleta con cuerdas y varias herramientas para hacerme cosquillas.
Finalmente llegamos a mi apartamento, entramos y le pregunté cuál era el paso a seguir. Apenas me ató muñecas y tobillos con las cuerdas, las cuales pasó por debajo del sofá para tener mis brazos estirados hacia arriba y los pies estirados hacia abajo. Yo aún tenía mis tacones puestos y miraba nerviosamente cómo el chico sacaba elementos de la maleta: cepillos, peines, peinillas, pinceles, plumas de todos los tamaños, etc.
El chico me quitó los tacones y se tomó su tiempo para detallar y analizar mis hipercosquilludos pies. Le pregunté si pasaba algo. Con mis tacones en sus manos, los acercó a su nariz y los olfateó por completo. Le pregunté por qué hacía eso y me dijo que quería sentir el olor de mis zapatos.
Sin darme cuenta, el chico tenía una pluma rígida en sus manos. Pasó la pluma por la planta de mi hipercosquilludo pie y solté un grito acompañado de una carcajada. Movía de manera experta la punta de la pluma por el lado suave, sobre mi hipercosquilluda planta en todas las direcciones. Las cosquillas eran insoportables para mí y solo podía reír a carcajadas. El chico solo me decía: «Sé que lo estás disfrutando.»
Yo seguía riendo, y cuando pasó la pluma entre los dedos de mis pies, debo confesar que jamás había sentido tantas cosquillas en esa parte del cuerpo. Apreté los dedos para evitar que la pluma se deslizara entre ellos, y el chico, para lograr que yo abriera los dedos de mis pies, me hizo cosquillas en la planta con sus uñas. Lo peor definitivamente fue cuando soltó las plumas y comenzó con sus diez uñas a hacerme cosquillas frenéticamente sobre mis plantas.
De un momento a otro, el chico dejó de hacerme cosquillas en los pies y me comenzó a mirar. Le pregunté qué pasaba y sin pensarlo, comenzó a hacerme cosquillas en la cintura, costillas y axilas, haciéndome estallar en carcajadas y dar saltos en el sofá. La sensación de desespero era insoportable; no pensé tener tantas cosquillas, pero en el fondo lo estaba disfrutando, ser sometida de esa manera.
El chico jamás tocó mis partes íntimas. De un momento a otro, decidió que la parte superior de mi cuerpo ya había tenido suficientes cosquillas y suspendió. Simplemente se fue a mis pies y me hizo una llave con su brazo. En ese momento, comencé a suplicar, a pedirle que no me hiciera más cosquillas y él simplemente me dijo: «Sé que en el fondo quieres que te haga muchas más en tus hipercosquilludos pies, ¿o me equivoco?» Yo simplemente guardé silencio.
El chico me preguntó si me gustaba que me hiciera cosquillas. Sin esperar mi respuesta, comenzó a hacerme cosquillas con una sola mano en ambas plantas de mis pies. Por la llave que me había hecho, no podía mover mis pies a ningún lado, solo reír y esperar que terminara el ataque de cosquillas. Luego fue al baño y trajo una crema que encontró en una repisa, comenzando a aplicármela en mis pies. No sabía para qué hacía eso.
La crema no ayudaba a calmar la piel; lo que realmente hacía era ponerla hipersensible y el chico estaba tramando el segundo ataque a mis hipercosquilludas plantas. Con mis pies completamente embarrados de crema, el chico comenzó a mover su mano rápidamente sobre mis plantas. La suavidad de la crema hacía que sus dedos se movieran mucho más rápido de lo normal, haciendo que las cosquillas fueran más intensas y desesperantes, haciéndome gritar y reír a carcajadas.
Después de un rato, el chico me desató mientras yo me sentaba en el sofá, agotada de tanto reír. Fue a la cocina y me trajo un vaso con agua para que me lo tomara. Apenas terminé, recibió el vaso y lo colocó en la mesa, preguntándome cómo estaba. Mientras conversaba conmigo, estaba sentado en el suelo enfrente mío y yo, con mis pies en el sofá, mitigaba la sensación y tomaba aire. Él hablaba conmigo y miraba mis pies, y le pregunté por qué los miraba tanto.
El chico me decía: «Me fascina lo hipercosquilludos que son tus pies, por mí, pasaría horas y horas haciéndote cosquillas. Son perfectos para hacerles cosquillas.» Cuando me hizo ese comentario, apreté mis dedos arrugando las plantas y moví los pies casi debajo de mis piernas. Él me preguntó por qué hacía eso, tratando de alejarlos.
El chico me preguntó si me había gustado que me hiciera muchas cosquillas en los pies. Sin pensarlo, se abalanzó sobre mis piernas y logró agarrar mis pies con fuerza, comenzando a hacerme más cosquillas sin piedad. Yo, a duras penas, lo único que hice fue reír a carcajadas y tratar de quitármelo de encima mientras reía cada vez más fuerte. Luego se disculpó y me dijo que quería volver a hacerme cosquillas nuevamente otro día.
Le pregunté cómo se llamaban las personas a las que les gusta recibir cosquillas y las que les gusta hacer cosquillas. Me respondió con una sonrisa, diciendo que los que disfrutan recibir cosquillas se llaman «ticklees» y los que disfrutan hacerlas «ticklers». Luego añadió: «Tú serías mi ticklee y yo tu tickler. ¿Qué te parece?»
Lo miré y, con una sonrisa cansada pero intrigada, le respondí: «Podría ser…»
Dunia
Original Tickling Stories
