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Hola, buenos días. Estoy de vuelta para contarles otra de mis experiencias, y esta vez fue en un salón de belleza. Pensé que sería una tarde de relajación y cuidado personal, pero terminó siendo un verdadero desafío para mi resistencia a las cosquillas.
Como modelo profesional, siempre tengo que cuidar mi imagen, y eso incluye mis manos y mis pies. Así que decidí ir a hacerme un manicure y un pedicure en un reconocido salón de belleza. Desde el momento en que entré, el ambiente era relajante: música suave, aromas de aceites esenciales y varias clientas disfrutando de sus tratamientos. No tenía ni idea de que en pocos minutos todo el salón terminaría riéndose de mi sufrimiento.
El manicure fue una experiencia maravillosa. Relajante, sin problemas, disfruté cada momento mientras me arreglaban las uñas. Sin embargo, cuando llegó la hora del pedicure, supe que las cosas se pondrían complicadas.
La chica encargada del pedicure me pidió que me quitara los tenis y las medias. Me preguntó si había traído algún otro tipo de calzado para después del tratamiento y le dije que tenía unas chanclas. Entonces, con una sonrisa amable, me preguntó si había algo que debía saber antes de comenzar. Sin dudarlo, le advertí que era extremadamente cosquilluda en los pies, especialmente en la zona de los arcos. Ella solo sonrió y me dijo: «Tranquila, soy experta en clientas cosquilludas». En ese momento pensé que sería cuidadosa, pero no tenía idea de lo que me esperaba.
Primero, me pidió que sumergiera los pies en una bañera con agua tibia, jabón líquido y aceites para «relajarlos». Todo parecía ir bien hasta que llegó el momento de trabajar en mis pies. Me pidió que levantara el pie izquierdo y lo colocara sobre una toalla en la base de la mesa. Apenas comenzó a pasar una lima por mis plantas húmedas, mi reacción fue instantánea: solté una carcajada y retiré el pie bruscamente. La chica, profesional y tranquila, me pidió que volviera a colocar el pie en la mesa y, esta vez, lo agarró firmemente para evitar que lo moviera. Yo intenté resistir, pero en cuanto la lima volvió a tocar mi piel, estallé en carcajadas incontrolables, retorciéndome en la silla. La chica no dijo nada, solo continuó con su trabajo como si nada pasara, mientras yo me retorcía y me moría de risa.
Cuando terminó con el pie izquierdo, llegó el turno del derecho. Curiosamente, con el tiempo me he dado cuenta de que mi pie derecho es aún más cosquilloso que el izquierdo, así que ya sabía que sería mucho peor. Intenté suplicar un poco, pero de nada sirvió. Apenas la lima tocó mis plantas, el caos se apoderó de mí. Reía, me retorcía y suplicaba que terminara rápido, mientras la chica seguía imperturbable en su labor.
Pero lo peor estaba por venir. Luego de la lima, me pidió que volviera a sumergir los pies en el agua jabonosa, esta vez con aceites de lavanda. Me tomé un respiro, pero sabía que aún faltaban más «torturas».
Llegó el turno de la exfoliación. Me pidió levantar el pie izquierdo, pero esta vez llamó a otra chica para que le ayudara. Apenas vi que la otra se acercaba, supe que algo andaba mal. Sentí cómo me agarraban el pie con firmeza, asegurándose de que no pudiera moverlo. Fue entonces cuando la chica del pedicure sacó un cepillo de cerdas rígidas y empezó a exfoliar mi planta con movimientos circulares. En ese instante, mi autocontrol desapareció. Grité, me reí a carcajadas, me sacudí desesperada, pero no podía hacer nada. Ambas chicas se reían entre ellas, y lo peor es que el resto de las clientas en el salón también comenzaron a reírse de mi reacción. Algunas comentaban que nunca habían visto a alguien tan cosquilluda como yo.
Cuando terminaron con el pie izquierdo, llegó el momento de levantar el derecho. Intenté resistirme, supliqué, pero fue en vano. Prácticamente me tomaron el pie a la fuerza y comenzaron la exfoliación. Fue aún peor. No solo alternaban los cepillos, sino que de vez en cuando deslizaban sus uñas sobre mis hipersensibles plantas, aumentando mi desesperación. No podía más. Lágrimas de risa corrían por mi rostro, mis carcajadas resonaban en todo el salón, y yo solo podía moverme de un lado a otro intentando resistir las cosquillas.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, dejaron de exfoliarme los pies y con
tinuaron con el pedicure. Me cortaron las uñas y luego me aplicaron cremas, lo que tampoco fue fácil porque cada masaje en mis pies me hacía reír nuevamente. Para cuando llegó el momento de aplicar el esmalte, ya estaba completamente agotada. No podía creer lo que acababa de vivir. Fue un pedicure intenso, lleno de carcajadas y muchas cosquillas.
Cuando por fin terminó todo, me puse las chanclas y salí del salón con una mezcla de alivio y vergüenza. Jamás pensé que una simple ida al salón de belleza se convertiría en un espectáculo público de mis cosquillas. Y ahora me pregunto… ¿qué nueva experiencia me espera la próxima vez?
Carolina
Orginal de Tickling Stories
