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Hola, soy Maritza, tengo 40 años y soy una mujer extremadamente cosquilluda. Desde que tengo memoria, he tenido cosquillas en todo mi cuerpo, pero mis plantas son mi punto débil. Esa parte de mí me ha llevado a vivir experiencias únicas, y una reciente me dejó sin palabras.
Un día, navegando en internet, vi un anuncio de un chico que buscaba a una mujer cosquilluda en mi ciudad, ofreciéndole 100 dólares por una sesión. Intrigada, decidí escribirle. Jorge, un chico de 19 años, tenía un fetiche por las cosquillas y se mostraba entusiasmado con la idea de hacerme cosquillas. Acordamos vernos un miércoles después de mi trabajo.
El día llegó, y vestí un conjunto que me hacía sentir segura: pantalones negros, zapatos de tacón, y una blusa blanca. Cuando llegué a la casa de Jorge, me condujo a un sótano que había acondicionado para la sesión. La habitación estaba equipada con una cama, luces suaves, y una mesa llena de herramientas: plumas, cepillos, y un par de objetos que no reconocía.
Jorge me explicó que me amarraría y comenzaría a hacerme cosquillas en todo mi cuerpo. Me sentí nerviosa y emocionada. Cuando me pidió que me quitara la ropa, me quedé en ropa interior, y él se encargó de quitarme las medias veladas.
Con las correas aseguradas en mis muñecas y tobillos, sentí una mezcla de miedo y expectativa. Cuando me colocó la mordaza, supe que no habría vuelta atrás. “¿Lista?”, preguntó, y solo pude asentir.
Y entonces comenzó la tortura. Sus dedos se deslizaron sobre mis axilas, haciéndome reír y retorcerme. Las cosquillas eran intensas; no podía contenerme, pero la mordaza ahogaba mis gritos. Desde mis costillas hasta mi barriga, cada toque era un caos. La risa se escapaba de mis labios, mientras intentaba controlar mi cuerpo que quería liberarse de esa sensación.
Cuando sus dedos bajaron por mis muslos, sabía que lo peor estaba por venir. Mis rodillas eran un campo de batalla; él sabía exactamente dónde tocar para desatar un torrente de risa. Luego, llegó a mis pies.
Primero, comenzó acariciando la parte superior de mis pies, sus dedos moviéndose como arañitas. Era una sensación desesperante; la hipersensibilidad de mis plantas comenzaba a activarse. Luego, de repente, sus dedos se deslizaron por las plantas de mis pies, y no pude evitar soltar risas ahogadas. Las cosquillas eran intensas, la fricción de sus dedos contra la piel suave de mis pies desnudos se sentía como fuego.
Grité y reí con todas mis fuerzas, pero los sonidos solo eran murmullos ahogados por la mordaza. El chico se deleitaba, y su sonrisa me decía que estaba disfrutando cada momento. Aumentó la intensidad, y yo perdí la noción del tiempo.
Cuando usó un cepillo de peinar, la sensación se volvió aún más intensa. Cada movimiento era una combinación de cosquillas que me llevaban al borde de la locura. Mis plantas, ya hipersensibles, estaban completamente expuestas a su tortura. Desesperada, trataba de moverme, pero las correas me mantenían firmemente atada.
Los instrumentos que utilizaba parecían multiplicar la intensidad de las cosquillas. Con un lápiz, trazaba líneas suaves sobre mis plantas, mientras con sus dedos continuaba el ataque. Era un frenesí de risas y desesperación. Mis lágrimas se mezclaban con la saliva que escurría por mi cara, y todo lo que podía hacer era dejarme llevar por la intensidad del momento.
Cuando finalmente se detuvo, yo estaba exhausta, con los ojos llenos de lágrimas y una mezcla de risa y desespero. Me había orinado un poco, una revelación que me hizo sonrojar. Jorge, sin inmutarse, solo sonrió y me preguntó si me gustaría repetir la sesión en el futuro.
Mientras me desataba, sentí un alivio, pero también un deseo de volver a experimentar esa locura. Agradecí el tiempo que me dio para arreglarme antes de regresar a casa.
Al final, mientras conducía de regreso, pensaba en cómo explicarle a mis hijas dónde había estado. “Solo una reunión que se extendió”, pensé, pero sabía que no sería suficiente.
Esta experiencia fue intensa, diferente y me dejó con ganas de más. Nunca pensé que ser torturada con cosquillas podría ser tan divertido. Quizás, solo quizás, volvería a atreverme a experimentar de nuevo.
Maritza
Original de Tickling Stories
