Las cosquillas y mi vida

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 3 segundos

Me llamo Maritza, tengo 40 años, soy de tez trigueña, mi cabello es negro y mis ojos color miel. Mido 1,69 metros de estatura, peso 57 kg y calzo talla 39. Soy mamá de dos adolescentes maravillosas de 16 y 18 años. A lo largo de mi vida, he descubierto algo muy particular sobre mí: soy extremadamente cosquilluda en todo mi cuerpo. Mis puntos más vulnerables son las costillas, la cintura y, sin duda, las plantas de mis pies, que son hipersensibles. De hecho, las plantas de mis pies son mi mayor punto débil; basta con que alguien apenas me toque ahí para que me desate en carcajadas incontrolables.

Mis hijas lo saben mejor que nadie. Ambas son tan cosquilludas como yo, especialmente en los pies, y eso nos lleva a momentos divertidos pero también algo desesperantes. Nos encanta hacernos cosquillas entre las tres, pero al final siempre termino siendo yo la más cosquilleada. Mi hija mayor, con esa complicidad típica, se sienta sobre mis piernas, inmovilizándome, mientras la menor se encarga de rascarme las plantas de los pies. Es imposible para mí aguantarme, y me encuentro entre carcajadas, tratando de mover los pies, pero ellas saben exactamente cómo mantenerme quieta. No puedo evitarlo: me conocen tan bien que saben cada rincón donde hacerme cosquillas, y aprovechan cada oportunidad.

Aparte de los juegos en casa con mis hijas, las cosquillas me persiguen en otros lugares, como en el trabajo. La mayoría de mis compañeros ya han descubierto que soy muy sensible, especialmente en la cintura y las costillas. A menudo, mientras estoy concentrada o con las manos llenas de documentos, se acercan por detrás y me pican en esas zonas, lo que me provoca saltos y carcajadas involuntarias. Lo más incómodo es cuando, por sorpresa, me hacen soltar cosas o reaccionar de forma exagerada, haciendo que todo termine en el suelo. Aunque les he dicho muchas veces que no me gusta, ellos creen que mis risas son sinónimo de disfrute, lo cual no siempre es así.

Sin embargo, las cosquillas no terminan solo en casa o en el trabajo. Cuando intento relajarme, ya sea en una sesión de masajes o en el pedicure, las cosquillas siempre están presentes. En los masajes, especialmente cuando estoy acostada boca abajo y con la piel expuesta, los masajistas suelen tocar esos puntos hipersensibles, y, aunque intento no moverme ni reírme, a veces es imposible. Los masajistas parecen disfrutar la situación, sobre todo cuando usan esa pistola de masajes en mis piernas o pies, lo que me hace soltar risas que no puedo controlar. Ellos suelen decir con una sonrisa: «Eres muy cosquilluda», mientras yo intento aguantarme.

El pedicure es otro desafío. Si bien debería ser un momento relajante, para mí es una prueba de resistencia. Cada vez que la pedicurista me pasa el cepillo, la piedra pómez o la lima por las plantas de los pies, no puedo evitar reírme. Y lo peor es que, cuando se dan cuenta de lo sensible que soy, parece que lo disfrutan aún más. Algunas han llegado incluso a usar sus uñas o dedos en mis vulnerables plantas, haciendo que las carcajadas sean incontrolables. A veces, prefiero hacerme el pedicure yo misma para evitar tanta «tortura», pero, aun así, me cuesta no reírme cuando lo hago.

Ser tan cosquilluda no es fácil. Aunque a veces puede ser divertido, sobre todo cuando estoy con mis hijas, hay momentos en los que las cosquillas son desesperantes y fuera de mi control. Al final, he aprendido a sobrellevarlo con humor, aunque hay días en los que desearía que no fuera tan sensible. Las cosquillas forman parte de mi vida diaria, y aunque no siempre las disfruto, me recuerdan que el humor y las risas, incluso cuando no las esperas, son esenciales.

Maritza

Original de Tickling Stories

About Author