FeetFinder en casa – Parte 1

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Dayana llegó a los Estados Unidos con veintidós años, una maleta negra que había pertenecido a su abuela y trescientos dólares en efectivo cosidos dentro del dobladillo de un abrigo que no volvería a usar porque en Miami hacía calor todo el año. Eso fue en 2006, justo después de que aquella noche de lluvia en el café internet quedara atrás como una anécdota borrosa que prefería no contar. Llegó sola, sin el novio de Estados Unidos porque él resultó tener otra novia en Atlanta y eso lo descubrió a los tres meses, cuando ya había gastado la mitad de sus ahorros en llamadas desde cabinas públicas. Se quedó porque no le quedaba otra. Se quedó porque volver a su país con las manos vacías era peor que empezar de cero en un lugar donde ni siquiera dominaba bien el idioma.

Su vida no fue fácil, pero tampoco fue una tragedia. Esa es la parte que Dayana repite cuando alguien le pregunta, porque ha aprendido que los latinos en Estados Unidos o tienen una historia de éxito arrolladora o una de sufrimiento extremo, y ella cayó justo en el medio, ese hueco incómodo donde no eres lo suficientemente pobre para dar lástima ni lo suficientemente rica para inspirar. Trabajó limpiando casas durante dos años mientras aprendía inglés viendo telenovelas dobladas y leyendo los letreros de los supermercados. Luego fue recepcionista en una clínica dental, luego asistente legal, y finalmente, después de siete años de sacrificios y noches estudiando en una comunidad universitaria, obtuvo su título de abogada. Se especializó en derecho de familia porque era lo que más cerca le quedaba del desastre humano que conocía bien: divorcios, custodias, violencia doméstica. Dayana ha visto de todo. Nada la sorprende ya. O eso creía.

Hoy, a sus cuarenta y dos años, vive en Austin, Texas, en una casa pequeña pero con un jardín trasero donde cultiva menta y tomates cherry que casi siempre se le mueren porque se olvida de regarlos. Tiene un bufete pequeño pero sólido, maneja sus propios horarios y puede darse el lujo de rechazar casos que le parecen moralmente dudosos. Se divorció hace cuatro años de un hombre llamado Carlos, con quien estuvo quince años y de quien aprendió dos cosas importantes: que no debía casarse con alguien solo porque compartían el mismo país de origen, y que el matrimonio se parecía mucho a una demanda judicial donde ambas partes pierden aunque crean haber ganado. La separación fue civilizada. Él se quedó con el auto deportivo que apenas usaba y ella se quedó con la casa. No hubo gritos ni demandas ridículas. Solo el cansancio de dos personas que un día dejaron de quererse sin darse cuenta exactamente cuándo.

Su hija, Camila, tiene dieciocho años y estudia el primer año de Diseño Digital en la Universidad de Texas en Austin. Vive con Dayana porque la universidad le queda a quince minutos en autobús y porque, como dice ella con ese humor seco que heredó de su madre, «no voy a pagar una residencia estudiantil para compartir baño con cuatro desconocidas teniendo una casa entera con lavavajillas». Camila es inteligente, reservada cuando quiere, y mantiene con Dayana una relación cercana pero sin excesos. No son amigas, no son hermanas, son madre e hija con la confianza suficiente para hablar de sexo sin morirse de vergüenza pero no la suficiente como para contarse todos los secretos. Como la mayoría de las madres e hijas, supone Dayana.

Pero hay algo que Camila no sabe, algo que Dayana nunca le ha contado a nadie, ni a Carlos cuando estaban casados ni a sus amigas más cercanas. Y no es un fetiche, como ella misma se encarga de aclarar en su cabeza cuando el tema aparece por casualidad. Es más bien una particularidad física que ha marcado su vida de formas incómodas, pequeñas, casi ridículas. Dayana tiene los pies extremadamente sensibles. No es una exageración ni una pose coqueta. Es una realidad fisiológica que ha sufrido desde que tiene memoria. Las cosquillas en las plantas de sus pies son, literalmente, su punto más vulnerable. No el cuello, no las costillas, no las axilas. Los pies. Específicamente el arco y esa zona justo debajo de los dedos, donde la piel es más fina y cualquier roce ligero provoca una respuesta inmediata que ella no puede controlar.

Recuerda la primera vez que lo notó con conciencia. Tenía unos ocho años, estaba en la sala de su casa en su país natal, viendo la televisión con los pies apoyados en el sillón de cuero. Su abuela, sin malicia, le pasó la escoba por debajo de los pies para barrer unas migajas. Dayana pegó un brinco tan violento que se cayó del sillón y se golpeó la cabeza con la mesa de centro. Su abuela se asustó, pero luego se rió. «Ay, niña, qué cosquilluda eres». Esa fue la primera vez que alguien usó esa palabra para describirla. No fue la última.

En la adolescencia, la tortura eran las visitas al podólogo, aunque en su barrio pobre el podólogo era en realidad una señora mayor que hacía pedicure en su casa con instrumentos hervidos en una olla. Dayana recuerda cómo se tensaba entera cuando la señora tomaba su pie izquierdo con la mano izquierda y el limpiador de uñas con la derecha. Era una lucha interna por no reírse, por no mover el pie, por no parecer una histérica. Siemre perdía. La señora se quejaba: «Ay, Dayana, quieta, que te voy a lastimar». Pero Dayana no podía estarse quieta. Su cuerpo reaccionaba antes que su cerebro. Era como si los nervios de sus plantas estuvieran conectados directamente a su sistema de alarma sin pasar por ningún filtro.

Cuando empezó a salir con chicos, el tema de las cosquillas aparecía como una sombra. Al principio no le daba importancia. Pero luego, en esos juegos de pareja donde la gente se toca y se ríe, siempre llegaba el momento en que alguien descubría su punto débil. Algunos chicos lo encontraban divertido, como un juego. Le hacían cosquillas en los pies hasta que ella se retorcía y pedía que pararan, y ellos paraban, pero con esa sonrisa de «mira lo sensible que eres». Con Carlos fue diferente porque Carlos no era muy dado a las caricias. Nunca tuvo esa curiosidad por su cuerpo. Le hizo cosquillas en los pies quizás dos veces en quince años, y las dos veces lo hizo rápido, sin ganas, como quien cumple un requisito. Dayana sintió alivio y también una tristeza que no supo nombrar. Por un lado, se libraba de esa sensación de perder el control. Por otro, era como si Carlos no tuviera ningún interés en explorar una parte de ella que era intensa, real, casi animal. Pero esa es una confesión demasiado íntima que Dayana guarda en el mismo cajón mental donde tiene sus otros silencios.

Con los años aprendió a manejar el «problema» con estrategias prácticas. Nunca va a un salón de uñas sin advertir antes a la manicurista: «Tengo mucha cosquilla, por favor sujéteme el pie con fuerza». Algunas la miran raro, otras asienten con seriedad profesional. También aprendió a no dejar sus pies al alcance de amigos bromistas en reuniones, a sentarse con las piernas cruzadas o con los pies debajo de la silla, a usar calcetines gruesos incluso en verano si va a estar en un lugar donde la gente se quita los zapatos. No es miedo, es prevención. Porque cuando alguien le hace cosquillas en los pies, Dayana no se ríe de manera linda como en las películas. Se retuerce, jadea, suelta gritos cortos, a veces le brotan lágrimas sin querer. Es una respuesta violenta, involuntaria, que la deja sintiéndose expuesta y ridícula. Por eso no le gusta. Por eso lo evita. Por eso lo considera, en el secreto de su conciencia, un sufrimiento menor pero constante. Como tener una alergia a algo que la mayoría de la gente disfruta.

Esa tarde de martes, Dayana llegó a su casa mucho antes de lo habitual. Una audiencia de conciliación se había cancelado porque la otra parte no se presentó. Maldijo para sus adentros el tiempo perdido, pero agradeció tener la tarde libre. Eran las tres y cuarto, el sol de Austin pegaba fuerte en la calle de grava, y la casa estaba en silencio porque Camila no volvía hasta las siete. Dayana se preparó un té de menta de su jardín (de las pocas plantas que sobrevivían), se sentó en el sofá, y abrió su laptop para revisar correos pendientes. Pero su computadora, esa vieja aliada traicionera, decidió justo ese momento para instalar una actualización del sistema. La pantalla se puso negra con un mensaje interminable: «Actualizando Windows, no apague su equipo». Dayana suspiró, bebió un sorbo de té, y miró a su alrededor buscando algo con qué entretenerse.

Sus ojos cayeron sobre la laptop de Camila, abandonada sobre el sillón secundario, aún tibia por el uso reciente. Su hija tenía la mala costumbre de no cerrar sesión en nada y dejarlo todo abierto. Dayana lo sabía porque varias veces le había dicho: «Cami, alguna vez te van a hackear». Camila se reía y decía: «Mamá, a nadie le interesa una estudiante de diseño». Dayana tomó la laptop sin ningún plan específico. Solo quería revisar el estado de un envío de Amazon, unas zapatillas que había comprado para correr. Abrió el navegador, escribió «Ama», y la barra de direcciones le sugirió automáticamente «Amazon» y también, sin que ella lo pidiera, una lista de sitios visitados recientemente. Entre amazon.com y netflix.com, había una dirección que no conocía: FeetFinder.com/Model_Camila_ART.

Dayana frunció el ceño. «FeetFinder», leyó en voz alta. La palabra sonaba a algo entre una aplicación de citas y un concurso de talentos. Hizo clic sin pensarlo mucho.

La página cargó con una lentitud irritante, esos segundos en que el círculo de carga gira como si supiera que está a punto de cambiar algo. Dayana no estaba preparada para lo que vio, aunque en el fondo, una parte de ella ya lo sabía. La foto principal mostraba un par de pies femeninos, jóvenes, con las uñas pintadas de un color verde menta que ella reconocería en cualquier parte porque la semana pasada había tirado a la basura un esmalte exactamente igual, del que Camila había dejado secar en el borde del lavabo. Los pies descansaban sobre una sábana blanca, con una iluminación suave pero profesional, y los dedos estaban ligeramente curvados hacia abajo, como si la modelo estuviera a punto de caminar o tal vez de huir.

Dayana hizo clic en el perfil. «Camila_ART», decía el nombre de usuario. La biografía era breve, escrita en ese inglés perfecto que su hija había aprendido en las escuelas de Austin: «Estudiante de diseño y amante del arte corporal. Pies sensibles. Cosquillas extremas. Envíos diarios.» Había un símbolo de verificación azul, un contador de seguidores que superaba los doce mil, y una calificación de cinco estrellas. Dayana parpadeó varias veces, como si eso pudiera borrar lo que estaba viendo. Pero no se borró.

Desplazó la pantalla hacia abajo con el dedo índice tembloroso. La galería de fotos era extensa, organizada por carpetas con nombres que a Dayana le parecieron sacados de otro idioma aunque estaban en el suyo: «Soft_Tickle», «Firm_Grip», «Toe_Tied», «Bare_Soles». Abrió la primera sin querer, por inercia, y apareció una imagen de Camila recostada en una cama que no era la suya, con los pies en alto, y unas manos femeninas sosteniendo una pluma blanca justo en el arco de la planta. Su hija tenía la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, en lo que solo podía ser una risa capturada en cámara lenta. La foto tenía más de dos mil likes.

Dayana sintió un escalofrío recorrerle la espalda desde la base del cuello hasta la cintura. No era frío. Era algo más profundo, una corriente eléctrica que le erizó los brazos y le apretó la garganta. Apartó la laptop de sí misma unos centímetros, como si el contenido fuera contagioso. Luego, con una determinación que no sabía de dónde salía, la volvió a acercar.

Pasó a los videos. El primero que reprodujo se llamaba «Ticklish Art Student – Full Session». Duró cuatro minutos con veintitrés segundos. Al principio, solo se veían los pies de Camila atados con una cinta de tela a los extremos de una tabla angosta. No era una atadura violenta, más bien simbólica, como las que usan los artistas para mantener quieto un lienzo. Luego entró en cuadro una mujer joven, tal vez de unos treinta años, de cabello rojo y sonrisa amplia, que saludó a la cámara con un «Hola, chicos, hoy tenemos a Camila, una nueva modelo que promete ser muy, muy divertida». Camila, fuera de cámara, soltó una risa nerviosa. La mujer de cabello rojo comenzó a pasar sus dedos por las plantas de los pies de Camila con una lentitud metódica, primero con la yema de los dedos, luego con las uñas cortas. La risa de Camila creció en intensidad. No era una risa fingida. Dayana conocía esa risa. Era la misma que su hija tenía desde niña cuando le hacían cosquillas en la cintura, esa mezcla de ahogo y alegría que siempre la hacía pedir «para, para, ya no más» mientras seguía riendo sin poder controlarse.

En el video, Camila decía exactamente eso. «Para, para, ya no más», pero en inglés, y la mujer de cabello rojo no paraba, solo cambiaba de técnica, alternaba entre las manos y un cepillo de cerdas suaves que hizo que Camila arqueara la espalda y tirara de las cintas. Dayana observó todo el video sin pestañear, con la boca seca. Cuando terminó, no reprodujo el siguiente de inmediato. Se llevó la mano a la frente y comprobó que estaba sudando a pesar del aire acondicionado.

El segundo video fue más difícil de ver porque ya no eran solo los pies. En este, Camila aparecía recostada boca abajo sobre un colchón inflable, con las manos atadas detrás de la espalda (otra vez con esa cinta de tela que parecía más un adorno que una restricción real), y dos personas, un hombre y una mujer, le hacían cosquillas simultáneamente: la mujer en las costillas y el hombre en las plantas de los pies. Camila se retorcía como una anguila. Su risa era tan intensa que por momentos dejaba de oírse y solo se veía su boca abierta en silencio. En un momento dado, el hombre le susurró algo al oído que no se entendió bien, y Camila negó con la cabeza, riendo, y dijo «no, no, no» mientras agitaba los pies intentando zafarse. Él siguió. Ella siguió riendo.

Dayana cerró el video antes de que terminara. El escalofrío volvió, pero esta vez más fuerte, acompañado de una especie de náusea ligera que confundió con asco hasta que se dio cuenta de que no era asco. Era algo más parecido al miedo, pero no por lo que veía, sino por lo que significaba. Su hija, su pequeña Camila que había aprendido a caminar sosteniéndose de sus manos, su hija que a los cuatro años le tenía pánico a los payasos y a los diez a las agujas del dentista, su hija estaba ahí, en internet, siendo tocada por desconocidos. Y lo peor, lo que hacía que el escalofrío se transformara en un temblor fino y constante en sus dedos, era que Camila parecía estar consintiendo. Peor aún: parecía estar disfrutándolo.

Dayana se levantó del sofá y caminó hacia la cocina sin saber bien por qué. Abrió la nevera, la miró, la cerró. Abrió el grifo, bebió un vaso de agua del tirón, y se secó la boca con el dorso de la mano. Volvió a la sala. La laptop seguía ahí, abierta, con la pantalla iluminada mostrando el perfil de su hija como modelo de fetiches. Le pareció ver, por un instante, que la foto principal de los pies verdes menta le guiñaba un ojo. Se sentó de nuevo, esta vez en el borde del sofá, con la espalda recta, como si estuviera en una audiencia.

Revisó los comentarios. «Qué pies tan perfectos», decía uno. «Quiero ver más cosquillas en los dedos», decía otro. «Te pagaría por un video personalizado», ofrecía un tercero, con un emoticon de fuego. Había también comentarios en español: «Eres una diosa, mami», «esos pies son para chuparlos». Dayana leyó varios hasta que uno la detuvo: «¿Sabrán sus padres que hace esto?» Ese comentario tenía cien respuestas, la mayoría defendiendo a Camila: «Es mayor de edad», «No es ilegal», «Déjala vivir su vida». Pero la pregunta quedó ahí, flotando, como una mosca que no se va por más que agites la mano.

Dayana cerró la laptop de golpe. El sonido fue tan fuerte que ella misma se sobresaltó. Se quedó mirando la tapa gris durante lo que le pareció una hora pero fueron solo dos minutos. Su cabeza era un hervidero de pensamientos que se pisaban unos a otros. La abogada en ella tomaba notas mentales: edad de Camila, legalidad del contenido, posible responsabilidad del sitio, leyes de Texas sobre material erótico. La madre en ella solo repetía: ¿por qué no me lo dijo?, ¿cómo no me di cuenta?, ¿dónde me equivoqué? Y luego, en un rincón más oscuro de su conciencia, apareció una tercera voz, una que le susurraba algo incómodo: ¿y si a Camila de verdad le gusta? ¿Y si eso no es un problema?

El té se había enfriado por completo. Eran las cinco de la tarde. Faltaban dos horas para que Camila volviera a casa. Dayana tomó la laptop de su hija, la llevó a la mesa del comedor y la volvió a abrir. Esta vez, en lugar de mirar fotos o videos, empezó a investigar como abogada. Leyó los términos y condiciones de FeetFinder. Verificó la edad mínima. Revisó las políticas de verificación de identidad. Buscó casos legales previos de modelos demandadas o demandantes. Anotó en su teléfono tres preguntas para hacerle a su amiga Marta, abogada penalista. Todo esto lo hizo con una calma superficial que escondía el huracán en su pecho.

Pero antes de cerrar la laptop definitivamente, volvió a abrir el perfil de Camila. Esta vez, en lugar de las fotos de pies, buscó entre los videos más recientes. Había uno subido hace tres días, duraba solo un minuto, y se titulaba «Alone at home – quick tickle». En la miniatura se veía a Camila en su propia habitación, la que Dayana le había ayudado a decorar con luces de hadas y un póster de Frida Kahlo. Estaba sentada en su cama, con calcetines de felpa blanca, riéndose mientras ella misma se hacía cosquillas en los pies con un cepillo de dientes. El video no tenía a nadie más. Solo Camila, sola, riéndose de sus propias manos.

Dayana reconoció el cepillo. Era uno de esos que venden en paquete de seis en el supermercado, color turquesa. Ella lo había comprado la semana pasada.

Cerró la laptop por última vez. La guardó en la mochila de Camila, junto a los cuadernos y el termo, para que su hija no sospechara que alguien la había usado. Luego se sentó en el sofá, con los pies descalzos apoyados en la mesa de centro, y se quedó mirando sus propias plantas. No sintió cosquillas. No sintió nada. Solo el latido sordo de una verdad que acababa de instalarse en su casa sin pedir permiso, igual que ella misma hizo hace veinte años cuando llegó a este país con una maleta y trescientos dólares. Afuera, el sol de Austin empezaba a bajar, y las sombras se alargaban en el jardín donde la menta crecía desordenada. En dos horas, Camila abriría la puerta con su llave, dejaría caer la mochila en el suelo, y diría «hola, mamá, ¿qué hay de cenar?» como si nada hubiera pasado. Y Dayana tendría que decidir si esa noche, o mañana, o algún día, le diría «hola, hija, tenemos que hablar». Pero por ahora, solo quedaba el silencio, el té frío, y el escalofrío que aún no se le quitaba del todo.

Las siete llegaron y se fueron. Las siete y media también. Dayana preparó la cena por inercia: pollo al horno con papas y una ensalada que aliñó con demasiado vinagre porque su cabeza estaba en otra parte. Cada ruido de un auto en la calle la hacía levantar la vista hacia la ventana. Cada auto que pasaba de largo le devolvía una puntada de alivio mezclado con impaciencia. No sabía qué iba a decir. No sabía si iba a decir algo. La laptop de Camila descansaba dentro de la mochila, exactamente donde la había dejado, y Dayana ya había decidido que no revisaría nada más. Al menos por ahora.

Poco después de las ocho, escuchó la llave en la cerradura. Primero el ruido metálico de la llave girando mal porque Camila siempre la metía al revés, luego un pequeño gruñido de frustración, y finalmente el clic de la puerta que se abría. Camila entró con su mochila colgando de un hombro, los audífonos puestos aunque no sonaba música porque ella misma había dicho una vez que usar audífonos sin música era una «declaración de principios antisociales». Traía el cabello recogido en un moño desordenado, una mancha de tinta azul en el antebrazo derecho, y los tenis blancos que había comprado en oferta el mes pasado, ya sucios en las puntas.

«Hola, mamá», dijo sin mirarla, dejando caer la mochila en el suelo junto a la puerta como todas las tardes. Se quitó los tenis empujándolos con el talón del pie contrario, un movimiento tan automático que ya ni sintonizaba con su cerebro, y se quedó en calcetines grises sobre el piso de madera. «Huele a pollo. ¿Pollo otra vez?»

«Hola, Cami. Sí, pollo otra vez. Si no te gusta, aprendes a cocinar», respondió Dayana con un tono que salió más natural de lo que esperaba. Estaba de espaldas, fingiendo revisar el horno aunque el pollo ya estaba listo hacía rato. Necesitaba esos segundos adicionales para componer su cara, para borrar cualquier rastro de lo que había visto. Cuando se giró, su rostro era el de siempre: cansancio normal de un día de trabajo, una ligera curva de ironía en la boca, los ojos oscuros que habían visto tantas cosas que una más no debería hacerles mella.

Camila se dejó caer en el sofá, justo donde Dayana había pasado las últimas horas sumergida en el perfil de FeetFinder. Estiró las piernas, cruzó los tobillos en el aire, y miró el techo como si estuviera resolviendo un problema matemático en su cabeza. «Hoy fue pesado», dijo. «El profe de animación digital nos pidió un proyecto en tres días. Tres días, mamá. ¿Qué cree que somos, robots?»

Dayana se sentó en el sillón de enfrente, el individual, el que tenía el cojín un poco hundido porque era su favorito. Cruzó una pierna sobre la otra y apoyó las manos en la rodilla, un gesto que usaba en el bufete para mostrar atención sin parecer ansiosa. «Los proyectos en poco tiempo son parte de la carrera. Te enseñan a trabajar bajo presión. ¿O crees que en el mundo real te van a dar meses para cada cosa?»

«Lo sé, lo sé», respondió Camila con un suspiro que era más teatral que real. «Solo que a veces me harto. ¿Tú también te hartabas cuando estudiabas?»

Dayana sonrió, y esta vez la sonrisa fue genuina porque el recuerdo era verdadero. «Yo estudiaba derecho mientras limpiaba casas por las mañanas. Hartarme era un lujo que no podía permitirme. Pero sí, también me hartaba. Solo que no tenía a nadie que me cocinara pollo después.»

Camila se rió, una risa corta y limpia que no se parecía en nada a las risas de los videos. Esta era su risa de verdad, la de cuando algo le parecía gracioso de verdad. «Buen punto. Entonces ceno pollo y callo.» Se incorporó, se estiró como un gato, y caminó hacia la cocina descalza, con los calcetines grises resbalándole un poco en los pies. Dayana notó que su hija caminaba con seguridad, sin ese dejo de incomodidad que a ella le daba andar sin zapatos frente a otras personas. Camila no tenía problemas con sus pies. Camila no sufría con ellos. Camila los mostraba en internet para que miles de desconocidos los miraran y le pagaran por verlos.

El pensamiento le pasó por la cabeza como un relámpago, y lo apartó con la misma rapidez. No ahora. No así.

La cena transcurrió en esa normalidad engañosa que solo las madres y las hijas saben fabricar. Hablaron de la universidad: un profesor que había puesto un examen imposible, una amiga que estaba pensando en cambiarse de carrera, una fiesta de la facultad a la que Camila no iría porque tenía que entregar el proyecto de animación. Dayana asentía, preguntaba detalles, ofrecía opiniones vagas que sonaban a consejo pero que en realidad eran solo relleno para mantener la conversación viva. Sirvió más pollo. Preguntó por el clima. Dijo que hacía calor. Camila dijo que sí. Comieron en paz.

Cuando terminaron, mientras lavaban los platos juntas como hacían desde que Camila era pequeña (una lavaba, la otra secaba), Dayana dejó caer la pregunta como quien deja caer una moneda en una fuente, sin darle importancia pero esperando un sonido.

«Oye, Cami, ¿has pensado en qué vas a hacer en verano? Todavía falta un par de meses, pero igual quiero saber si tienes planes.»

Camila enjuagó un plato y lo pasó a su madre. «Ni idea. Tal vez buscar algo de medio tiempo. Un café, una tienda de ropa, algo así. ¿Por qué?»

Dayana secó el plato con más lentitud de la necesaria. «En la firma estamos buscando un pasante para el verano. Alguien que nos ayude con la organización digital, archivos, cosas así. No es diseño, pero paga mejor que un café y queda cerca de casa. Si te interesa, puedo hablar con la socia.»

Camila se detuvo, con un tenedor en la mano, y miró a su madre con una mezcla de sorpresa y diversión. «¿Yo? ¿En tu bufete de abogados? Mamá, yo soy de diseño. No sé nada de leyes.»

«No necesitas saber leyes. Necesitas saber organizar documentos digitales, atender el teléfono, y no meterte en problemas con los clientes. Eso último es lo más difícil, por cierto. Hay cada uno…» Dayana sonrió, y esta vez la sonrisa era un poco forzada, pero Camila no lo notó porque estaba pensando en la oferta.

«No sé. Suena aburrido», dijo Camila, pero sin el desprecio que la palabra podría tener. Era más una evaluación honesta.

«Pues claro que es aburrido. Por eso se llama trabajo. Si quieres diversión, ve al cine.» Dayana colgó el paño de secar en el gancho y cerró la llave. «Piénsalo. No tienes que decidir hoy. Pero si te interesa, dímelo antes de que termine el mes y preparo el papeleo.»

Camila asintió, con la cabeza ya en otra parte, probablemente pensando en el proyecto de animación o en algún video que tenía que subir mañana. Se secó las manos en los pantalones (Dayana siempre le decía que no hiciera eso, pero ella lo hacía igual) y se dirigió a la sala a buscar su mochila. «Voy a subir a estudiar», dijo. «O a intentarlo. Anoche me quedé dormida sobre el teclado.»

«Deja eso en tu cuarto, luego se te pierde», respondió Dayana desde la cocina, limpiando la encimera con una esponja que ya pedía cambio.

Camila recogió la mochila del suelo, la abrió para asegurarse de que tenía todo, y al hacerlo dejó ver la laptop en su interior. Dayana la vio por el rabillo del ojo. La pantalla negra, la carcasa gris con una calcomanía de un gato astronauta que Camila había pegado el año pasado. Por un segundo, solo un segundo, el mundo se detuvo. Luego Camila cerró la mochila, se la echó al hombro, y subió las escaleras cantando una canción de Billie Eilish con la letra cambiada.

Dayana se quedó en la cocina, con la esponja en la mano, escuchando los pasos de su hija en los peldaños. Contó hasta tres. Hasta diez. Hasta veinte. Cuando escuchó el ruido de la puerta del cuarto cerrándose, soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Apagó la luz de la cocina, revisó que la puerta de entrada estuviera cerrada con llave, y se sentó otra vez en el sofá. Esta vez, sin laptop. Sin té. Solo ella, el silencio de una casa que de repente le parecía más grande, y los pies descalzos apoyados en la alfombra. Movió los dedos de los pies. Sintió la textura áspera de la lana sintética. No le hizo cosquillas. Nunca le hacían cosquillas las alfombras. Era una ironía que solo ella entendía: necesitaba que alguien la tocara para sufrir, pero nadie la tocaba. Así había sido durante años. Así seguiría siendo.

Arriba, Camila tenía la luz encendida y los audífonos puestos. No podía escucharla desde abajo, pero Dayana imaginaba el tecleo rápido, las pestañas abiertas en el navegador, quizás la misma página que ella había visto horas antes. O quizás no. Quizás Camila solo estaba haciendo el proyecto de animación digital, con sus pies calzados en unos calcetines de felpa, y todo lo demás era un mal sueño de una tarde de martes con té frío y una actualización de Windows.

Dayana se quedó mirando el techo. No rezó. No era de rezar. Pero pensó en su abuela, la de la escoba, la que le había dicho «ay, niña, qué cosquilluda eres» treinta y cuatro años atrás. Se preguntó qué pensaría su abuela si viera lo que ella había visto. Se preguntó qué pensaría su abuela si viera que su bisnieta, nacida en Estados Unidos, estudiante universitaria, con toda una vida por delante, ganaba dinero mostrando sus pies en internet. Se rió para sus adentros, una risa sin humor, y se dijo que su abuela probablemente no entendería nada, pero que al menos le gustaría el color verde menta de las uñas.

«Mañana», murmuró Dayana, mientras se levantaba para ir a su cuarto. «Mañana decido qué hago con esto. O si hago algo.»

Pero mientras se cepillaba los dientes, con la espuma blanca en los labios, ya sabía que no iba a hacer nada al día siguiente. Ni al otro. Porque no sabía qué hacer. Porque era abogada de familia y había manejado cientos de casos de madres e hijas, pero ningún manual de leyes tenía un capítulo titulado «Cómo confrontar a tu hija de dieciocho años cuando descubres que es modelo de cosquillas en internet». Y porque, en el fondo, en ese lugar incómodo donde las madres guardan los secretos que nunca le contarán a nadie, Dayana no estaba segura de querer que esa conversación ocurriera. No porque tuviera miedo de lo que Camila pudiera decir. Sino porque tenía miedo de lo que ella misma pudiera sentir.

Apagó la luz. La casa quedó en silencio. Arriba, la claridad bajo la puerta del cuarto de Camila seguía encendida, una franja amarilla en el pasillo oscuro. Dayana se dio la vuelta en la cama, miró la pared blanca, y pensó en los pies de su hija. En los suyos propios. En todas esas cosquillas que había evitado durante cuarenta y dos años. Y en cómo, sin quererlo, sin merecerlo, sin entenderlo, las cosquillas habían entrado por la puerta principal de su casa ese martes por la tarde, y ahora estaban ahí, en el cuarto de arriba, riéndose de ella en la oscuridad.

A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana de la cocina como si nada hubiera pasado. Dayana se despertó a las seis y media, como todos los días laborales, y durante los primeros segundos después de abrir los ojos no recordó nada. Luego, como una marea sucia, todo volvió. La laptop. Los pies verdes menta. Los videos. Pero se levantó igual, se duchó con agua caliente y jabón de eucalipto, se secó el cabello frente al espejo, y eligió un vestido azul marino que le quedaba bien sin ser llamativo. Abogada. Madre. Persona que no había dormido bien pero que fingiría que sí.

Camila bajó las escaleras pasadas las siete, con el cabello todavía húmedo y una camiseta de los Ramones que le quedaba grande. Se sirvió café sola, le puso leche de avena y dos cucharadas de azúcar morena, y se sentó frente a Dayana como si fuera cualquier martes. No lo era, pero ninguna de las dos lo dijo.

«Hoy salgo temprano», anunció Camila mientras mordía una tostada con aguacate. «Termino clases a las tres, pero me voy a quedar a trabajar en un proyecto con unas amigas. No sé a qué hora vuelvo.»

Dayana asintió, bebió su café negro sin azúcar, y preguntó: «¿En la universidad?»

Camila tardó un segundo en responder. Ese segundo. Ese pequeño espacio vacío entre la pregunta y la respuesta. «Sí, en la biblioteca. Tienen mejor luz para lo que necesitamos.»

Dayana no dijo nada. Su mente de abogada archivó la vacilación como prueba. «¿Necesitas que te preste el auto? El mío tiene más gasolina que el tuyo.»

«No, tranquila. El mío aguanta.» Camila se levantó, dejó el plato en el fregadero sin lavarlo (otro día, otra batalla), y besó a su madre en la mejilla como cada mañana. «Nos vemos. No me esperes para cenar si llego tarde.»

«Sí, cómo no. Cuídate.» Dayana sonrió, y la sonrisa le salió casi natural porque llevaba veinticinco años practicando ese tipo de sonrisas.

Camila salió por la puerta del garaje. Dayana escuchó el motor de su Hyundai azul encenderse, el ruido de la puerta del garaje abriéndose, y luego el silencio del auto alejándose. Contó hasta sesenta. Luego hasta ciento veinte. Recogió su bolso, las llaves, un par de zapatos cómodos por si tenía que caminar, y salió por la misma puerta.

Su propio auto, un Honda Accord color gris que había comprado de segunda mano pero que estaba impecable, arrancó sin problemas. Dayana condujo con calma, manteniendo la distancia suficiente para no ser vista pero sin perder de vista el Hyundai azul que se movía entre el tráfico de Austin con la seguridad de alguien que ha hecho esa ruta muchas veces. No era el camino hacia la universidad. Dayana lo supo desde el primer semáforo, cuando Camila giró hacia el este en lugar de ir hacia el norte. Lo supo con certeza cuando pasaron la avenida principal y se adentraron en una zona de almacenes y naves industriales, donde los edificios tenían menos ventanas y más grafitis.

Condujeron durante veinte minutos exactos. Dayana los contó. Salieron de las calles asfaltadas y entraron a una zona de terracería, donde los autos levantaban polvo y los letreros decían «Se renta» o «Propiedad privada». Camila redujo la velocidad, puso la direccional izquierda (aunque no había otro auto a la vista), y se metió por un camino de tierra bordeado de maleza seca. Dayana la siguió desde lejos, deteniéndose detrás de un contenedor de basura industrial cuando vio que el Hyundai se estacionaba frente a una construcción grande, de esas que antes fueron algo y ahora no son nada.

La bodega era de concreto gris, con un techo de lámina oxidada y una puerta metálica enorme que estaba entreabierta. No parecía abandonada del todo: había luz eléctrica en el interior, un par de autos más estacionados a un lado, y una antena de internet en el techo. Camila apagó el motor, bajó de su auto con la mochila al hombro, y caminó hacia la puerta metálica sin mirar atrás. Dayana observó desde su asiento, con las manos sudando sobre el volante. Su hija empujó la puerta, se deslizó por el hueco, y desapareció dentro.

Dayana esperó un minuto. Luego otro. Abrió la puerta de su auto con cuidado, para que no sonara demasiado, y salió. El sol de Austin ya calentaba con fuerza, y el suelo de tierra crujía bajo sus zapatos de vestir. Caminó hacia la bodega pegada a la pared, con la espalda contra el concreto áspero, y se asomó por la abertura de la puerta metálica justo lo suficiente para ver el interior sin ser vista.

Lo que vio no era lo que esperaba. La bodega estaba vacía en el centro, pero en las paredes habían colgado telones negros, luces de estudio profesionales, y varias cámaras sobre trípodes. Había un par de sillas plegables, una mesa con computadoras portátiles, y un sofá viejo cubierto con una sábana blanca. En el centro del espacio, bajo la luz potente de un foco de video, había una camilla portátil de esas que usan los masajistas, forrada en una toalla rosa. Y junto a la camilla, conversando animadamente, estaban Camila y dos personas: una mujer joven de cabello rojo que Dayana reconoció inmediatamente del video del día anterior, y un hombre también joven, de barba recortada y brazos tatuados, que reía mientras se ajustaba la cámara.

Dayana sintió que el suelo se movía bajo sus pies, aunque era tierra firme. Su hija estaba ahí, dentro de esa bodega, con las mismas personas que le habían hecho cosquillas hasta hacerla retorcerse. Y por la forma en que las tres personas reían juntas, como viejos amigos, estaba claro que no era la primera vez. Ni la segunda. Ni probablemente la vigésima.

Dayana se quedó pegada a la pared de concreto, con el hombro derecho rozando las astillas del metal oxidado de la puerta. Desde su posición, alcanzaba a ver un tercio del espacio interior. Suficiente para saber que aquello no era una bodega abandonada, sino un estudio de grabación improvisado. Suficiente para entender que su hija no estaba en la biblioteca de la universidad trabajando en un proyecto de animación digital.

Pero perdió de vista a Camila. Las tres personas se movieron hacia el fondo del local, detrás de un biombo de tela negra que Dayana no había notado antes. Escuchó fragmentos de conversación: «ajusta el tripié», «la luz está un poco alta», «¿trajiste las plumas nuevas?». Voces relajadas, de personas que trabajan juntas con frecuencia. La mujer de cabello rojo tenía un tono de mando amable, como una directora de escena. El tipo de barba hablaba poco, reía mucho. Y Camila, entre ellos, sonaba igual que en casa: natural, cómoda, como si estar en una bodega del este de Austin fuera lo más normal del mundo.

Pasaron cinco minutos. Quizá diez. Dayana no llevaba reloj y había dejado el teléfono en el auto por miedo a que sonara o vibrara y la delatara. El sol le pegaba en la nuca y sentía cómo el calor le subía por la espalda, mezclado con ese otro calor interno que no sabía si era rabia, vergüenza o curiosidad.

Entonces las luces del estudio se intensificaron. Dayana se asomó un poco más, apartando el borde de la puerta metálica con la punta de los dedos, como quien abre una cortina contra la que no quiere ser visto.

Y vio a su hija.

Camila acababa de salir de detrás del biombo. Llevaba puesto un bikini color turquesa, el mismo que Dayana le había comprado el verano pasado para un viaje a South Padre Island. El top era sencillo, de triángulos, y la parte de abajo dejaba al descubierto casi toda su pierna. Sus pies, por supuesto, estaban descalzos. Dayana notó que traía las uñas pintadas ahora de amarillo brillante, no del verde menta del perfil de FeetFinder. Cambiaba de color con frecuencia, como quien cambia de camiseta.

Camila caminó hacia el centro del espacio, donde en la pared habían instalado una estructura enorme: una X de madera pintada de negro, forrada con espuma en los puntos de contacto. Parecía sacada de una película de acción o de un consultorio de fisioterapia, pero el uso que le iban a dar estaba claro cuando Dayana vio las correas de velcro colgando de los extremos.

—¿Lista, Cami? —preguntó la mujer de cabello rojo, ajustando una de las cámaras.

—Lista —respondió Camila, y lo dijo con una sonrisa que Dayana no le conocía. No era la sonrisa que ponía para las fotos familiares ni la que usaba cuando lograba sacar una buena nota. Era una sonrisa de anticipación, como la de un niño que sabe que va a montarse en una montaña rusa.

Camila se colocó de espaldas a la X, levantó los brazos y extendió las piernas. La mujer de cabello rojo se acercó y empezó a sujetar las muñecas de Camila a los extremos superiores de la estructura con las correas de velcro. Primero la derecha, luego la izquierda. El sonido del velcro al pegarse era inconfundible: un desgarro suave y definitivo.

—¿Demasiado apretado? —preguntó la mujer.

—Está bien —dijo Camila. Y luego, riendo: —No me dejes mucho tiempo, que después me duelen los brazos.

El tipo de barba se acercó con la cámara principal, un equipo grande con estabilizador. Enmarcó la escena, ajustó el enfoque, e hizo una seña con la mano. Las otras dos cámaras, las secundarias, ya estaban grabando desde ángulos distintos. Dayana contó tres focos de luz dirigidos directamente a la X. Había una cuarta luz más suave, de relleno, que iluminaba el rostro de Camila.

Cuando las muñecas estuvieron aseguradas, la mujer de cabello rojo pasó a los tobillos. Camila tenía los pies separados unos sesenta centímetros, y cada tobillo fue sujetado con una correa doble. Dayana observó cómo los dedos de los pies de su hija se movían involuntariamente, como si ya supieran lo que venía y estuvieran entrenando para huir.

—¿Palabra de seguridad? —preguntó la mujer, con el mismo tono profesional que una enfermera antes de una inyección.

—»Rojo» —dijo Camila. Hizo una pausa y añadió: —Como siempre.

Dayana sintió un vuelco en el estómago. Había usado esa misma palabra en su cabeza cuando imaginaba cómo sería confrontar a su hija. No sabía que también era la llave de escape en aquel lugar.

La mujer de cabello rojo se colocó frente a Camila, a un metro de distancia, y levantó las manos para que las cámaras captaran el gesto. Era una coreografía, se dio cuenta Dayana. Todo estaba ensayado. Los encuadres, los movimientos, incluso la forma en que la mujer se acercaba lentamente, como un gato que juega con su presa antes de atraparla.

—Empezamos —dijo el tipo de barba.

La mujer de cabello rojo alargó la mano derecha y, con la punta de los dedos, tocó el costado izquierdo de Camila, justo donde terminaba el bikini y empezaba la piel desnuda.

Camila se rió. No fue una risa fingida. Dayana conocía esa risa. Era la misma que su hija tenía a los cinco años cuando le hacían cosquillas en la panza, la misma que había escuchado millones de veces en la sala de su casa. Pero ahora, atada a esa X, bajo las luces cegadoras de un estudio improvisado, la risa sonaba diferente. Más libre. Más ruidosa. Más sin disculpas.

La mujer no se detuvo. Pasó de los costados a las axilas, de las axilas al cuello. Camila giraba la cabeza de un lado a otro, su cabello húmedo pegándose a las mejillas. Las correas de velcro mantenían sus brazos extendidos, imposibilitando cualquier defensa. Sus piernas se movían dentro de lo que las ataduras permitían, los pies girando hacia dentro y hacia fuera como si estuvieran pedaleando en el aire.

—¡Jajajajaja para! —gritó Camila, pero no dijo «rojo». No dijo la palabra de seguridad. Solo rió y pidió que pararan como se pide en los juegos que no se quieren que terminen del todo.

La mujer de cabello rojo se tomó un momento para mirar a cámara. Hizo un guiño. Luego se agachó y empezó a trabajar en los pies.

Dayana contuvo la respiración.

La mujer tomó el pie izquierdo de Camila con una mano y, con la otra, comenzó a recorrer la planta con las uñas pintadas de rojo. No era un roce suave. Era un movimiento rápido, casi agresivo, que arrancó una carcajada tan fuerte de Camila que hizo eco en el espacio vacío de la bodega. Camila tiró de las correas, arqueó la espalda, echó la cabeza hacia atrás. Su risa se volvió aguda, casi un chillido, y luego se fragmentó en jadeos entrecortados.

—¡Noooo, por ahí nooooo! —gritó, y su voz se rompió en medio de la palabra.

La mujer siguió. Pasó de las uñas a un cepillo de cerdas suaves que había dejado preparado en una mesita auxiliar. El cepillo recorrió el arco del pie, la almohadilla, el espacio entre los dedos. Camila se retorcía como si el cepillo fuera una descarga eléctrica. Su risa ya no era una risa. Era una mezcla de llanto, grito y alegría, todo al mismo tiempo, que a Dayana le sonó como la pieza más extraña que había escuchado en su vida.

El tipo de barba se acercaba con la cámara, alternaba planos generales con primeros planos de los pies de Camila. Se agachaba, se levantaba, se movía con la fluidez de alguien que ha grabado cien videos iguales. De vez en cuando hacía comentarios técnicos: «mejor luz en el pie izquierdo», «levanta un poco el talón». Dayana no podía creer lo que veía. No podía creer que su hija estuviera ahí, en bikini, atada a una X, riéndose mientras una desconocida le hacía cosquillas en los pies con un cepillo.

La mujer de cabello rojo soltó el pie izquierdo y pasó al derecho. Camila aprovechó el breve respiro para recuperar el aliento, pero apenas tuvo dos segundos antes de que el cepillo volviera a atacar. Esta vez, la risa salió más ronca, como si su voz estuviera agotándose. Sin embargo, sus ojos brillaban. Dayana los vio a través de la abertura de la puerta. Esos ojos negros, tan parecidos a los suyos, miraban a cámara con una complicidad que dolía. No había miedo en ellos. No había vergüenza. Había algo que Dayana no sabía cómo nombrar, pero que no podía dejar de mirar.

—¡Rojo! —dijo Camila de repente, pero con una entonación juguetona, casi cantarina.

La mujer de cabello rojo paró en seco. Retiró las manos y el cepillo como si hubiera tocado fuego. Miró a Camila con atención.

—¿En serio?

Camila respiró hondo dos veces. Tossió, rió bajito, y luego dijo: —No. Era broma. Sigue.

La mujer de cabello rojo soltó una carcajada. El tipo de barba también se rió. Incluso Camila se rió de su propia broma. Y entonces, sin mediar palabra, la mujer volvió a atacar los pies de Camila con renovada energía, y la bodega se llenó otra vez de risas, gritos, jadeos y el sonido inconfundible del velcro cediendo bajo la fuerza de una hija que se retorcía como si su vida dependiera de ello.

Dayana se apartó de la puerta. Ya no podía mirar más. Apoyó la espalda contra el concreto caliente y se deslizó hasta quedar en cuclillas, con los brazos rodeando las rodillas. La tierra crujía bajo sus zapatos. El sol le quemaba los hombros. Adentro, Camila seguía riendo. Afuera, Dayana se preguntaba por primera vez en veinte años si realmente conocía a su hija, o si solo había conocido la versión de su hija que quería ver.

Dayana llevaba veinte minutos en cuclillas, pegada a la pared de concreto, escuchando las risas de su hija como quien escucha un disco rayado que no sabe cómo apagar. Las piernas le hormigueaban. Los zapatos de tacón negro, esos que usaba para las audiencias importantes, se le habían clavado en la tierra blanda y ahora estaban manchados de polvo seco. La camisa blanca de botones, planchada esa misma mañana, tenía una mancha de óxido en el costado derecho por haberse apoyado en la puerta metálica. Parecía una abogada extraviada en un lugar donde las abogadas no debían estar.

Adentro, la sesión continuaba. Escuchaba la voz de la mujer de cabello rojo dando indicaciones: «ahora más lento», «mira a cámara», «ríe de verdad, no finjas». Escuchaba a Camila obedecer, reír, gemir, pedir «para» sin decir «rojo». Escuchaba el clic del obturador de la cámara secundaria y el zumbido de los focos de luz. Todo eso lo escuchaba mientras sus rodillas empezaban a dolerle y una hormiga le subía por el tobillo derecho.

Fue entonces cuando intentó cambiar de posición.

Solo quería estirar una pierna, aliviar la presión en la espalda baja. Pero al mover el pie izquierdo, el tacón resbaló sobre una lata de refresco aplastada que estaba enterrada en la tierra. La lata emitió un crujido metálico, seco y agudo, que en el silencio relativo entre una toma y otra sonó como un disparo.

Dayana se quedó inmóvil. Contuvo la respiración. Cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera hacer desaparecer el ruido.

Adentro, alguien dejó de hablar.

—¿Qué fue eso? —preguntó la mujer de cabello rojo.

Dayana escuchó pasos. No los de los tacones de la mujer, sino los de unos zapatos más pesados, de suela gruesa. El tipo de barba. Sus pasos eran lentos, calculados, como los de alguien que no tiene miedo pero tampoco confianza.

—Tú sigue grabando —dijo él, con una voz grave pero tranquila—. Yo voy a ver.

Dayana abrió los ojos. La tierra, la lata, sus rodillas llenas de polvo. Miró hacia los lados buscando un lugar donde esconderse, pero solo había la pared de concreto a su espalda y un montón de neumáticos viejos a tres metros de distancia. Demasiado lejos. El tipo de barba ya estaba cruzando el espacio interior hacia la puerta metálica. Ella lo vio a través de la abertura, una silueta oscura recortada contra las luces del estudio. Se incorporó como pudo, con las piernas dormidas, y se pegó a la pared tratando de hacerse pequeña, de fundirse con el gris del concreto, de convertirse en una sombra que nadie notara.

No funcionó.

El tipo de barba empujó la puerta metálica hacia afuera. La luz del sol lo cegó por un segundo, pero sus ojos se ajustaron rápido. Miró a la izquierda. Miró a la derecha. Y luego miró hacia abajo, justo donde Dayana estaba acurrucada contra la pared, con una expresión que mezclaba el terror de quien ha sido descubierto con el orgullo de quien nunca pensó que la descubrirían.

Él la miró a ella. Ella lo miró a él.

—¿Quién eres? —preguntó el tipo de barba. No con violencia. Más bien con curiosidad, como quien encuentra una moneda en la calle y trata de recordar si vale algo.

Dayana abrió la boca. Le costó hablar. La garganta se le había secado por completo. Las palabras salieron en un hilo de voz que ni siquiera ella reconoció como suya.

—Nadie —dijo.

La palabra fue un error. Lo supo en el instante en que la pronunció. Porque «nadie» era exactamente lo que no era. Era la madre de la chica que estaba dentro, en bikini, atada a una X, riéndose mientras una desconocida le hacía cosquillas en los pies con un cepillo. Era una abogada de cuarenta y dos años que había seguido a su hija al otro lado de la ciudad y ahora estaba escondida entre neumáticos viejos y latas de refresco aplastadas. Era alguien. Pero dijo «nadie» porque no sabía qué más decir.

El tipo de barba no pareció convencido. Frunció el ceño, inclinó la cabeza como un perro que escucha un sonido extraño, y luego, sin mediar palabra, le agarró el brazo. No fue un agarre brutal. Fue firme, sí, pero no dejó moratón. La mano del tipo era grande, caliente, y los tatuajes que le cubrían los dedos formaban palabras que Dayana no alcanzó a leer porque su mente estaba en otra parte.

—Ven —dijo él, y la guió hacia la puerta metálica.

Dayana no opuso resistencia. No porque no quisiera, sino porque sus piernas seguían dormidas y sus zapatos de tacón se hundían en la tierra a cada paso. Entró a la bodega tambaleándose, con un brazo en la mano del tipo de barba y el otro pegada al costado de su cuerpo, tratando de disimular la mancha de óxido en la camisa blanca. El contraste era brutal: ella con su ropa de oficina, ellos con sus jeans y sus cámaras y su estudio improvisado. Una intrusa. Una espectadora. Una madre.

Las luces la cegaron al principio. Después de veinte minutos a oscuras, el interior iluminado de la bodega le pareció una nave espacial. Parpadeó varias veces hasta que sus ojos se acostumbraron. Y entonces lo vio todo con una claridad dolorosa: los telones negros, los trípodes, la mesa con las computadoras portátiles, el sofá cubierto con la sábana blanca. Y en el centro, bajo el foco principal, la X gigante.

Camila seguía atada a ella.

Su hija tenía el rostro encendido, las mejillas rojas por la risa y el esfuerzo, el cabello enmarañado pegado a la frente. El bikini turquesa se le había torcido un poco en la cadera, y sus pies, esos pies que Dayana había visto millones de veces en la ducha, en la playa, en la sala de su casa, seguían descalzos y ligeramente separados por las correas de los tobillos. La mujer de cabello rojo estaba a un lado, con el cepillo todavía en la mano, mirando la escena con una mezcla de sorpresa y diversión.

El tipo de barba soltó el brazo de Dayana y se detuvo a un par de metros de la X. Hizo un gesto con la cabeza hacia ella, como quien presenta a un invitado inesperado.

—Encontré a una espectadora —dijo, y en su voz había una pizca de orgullo, como si hubiera resuelto un misterio.

Dayana se quedó donde la habían dejado, en medio del espacio vacío, iluminada por la luz periférica que escapaba de los focos. Sentía cada gramo de su cuerpo. Los tacones negros. El pantalón de vestir. La camisa blanca manchada. El maquillaje que había aplicado esa mañana con tanto cuidado y que ahora le pesaba en la cara como una máscara. Era la persona más fuera de lugar en todo Austin, Texas, y lo sabía.

Camila giró la cabeza hacia la puerta. Su expresión pasó por varias fases en menos de un segundo: confusión primero, porque esperaba ver a un vecino o a un policía o a nadie; luego reconocimiento, cuando sus ojos se ajustaron a la figura de su madre; luego horror, un horror limpio y crudo que le borró toda la risa de la cara; y finalmente, algo que Dayana no supo interpretar, un gesto que parecía el principio de una disculpa o el final de un secreto.

—Es mi mamá —dijo Camila.

La voz de su hija sonó extraña. No era la voz de la chica que reía hace un minuto, ni la voz de la hija que pedía pollo en la cena, ni la voz de la estudiante que se quejaba de los profesores. Era una voz nueva, una que Dayana no había escuchado antes: grave, adulta, y terriblemente cansada.

La mujer de cabello rojo bajó el cepillo. Abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir. Miró a Camila, miró a Dayana, miró al tipo de barba. La habitación entera pareció contener la respiración, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante incómodo donde nadie sabe qué decir y todos esperan que alguien más hable primero.

Dayana sostuvo la mirada de su hija. Las correas de velcro seguían sujetando sus muñecas y tobillos. El bikini torcido. El cabello enmarañado. Y a pesar de todo, a pesar de las luces y las cámaras y la X gigante, Camila no parecía una víctima. Tampoco parecía una acusada. Parecía, simplemente, una hija que acababa de ser descubierta por su madre en el momento más vulnerable de su vida.

Y Dayana, que había pasado veinte años preparándose para todo tipo de emergencias, no tenía ni la más remota idea de qué hacer a continuación.

El silencio se alargó varios segundos más de lo que sería socialmente aceptable en cualquier otro contexto. Dayana seguía de pie en medio de la bodega, con los tacones negros hundidos ligeramente en una grieta del piso de concreto, las manos sudando a los costados de su cuerpo. Camila seguía atada a la X, con el rostro que había pasado del horror a una especie de aceptación resignada, como quien sabe que ya no puede esconder nada y solo espera el golpe. La mujer de cabello rojo, Jessy, aún sostenía el cepillo en la mano derecha, y Mark, el tipo de barba, tenía los brazos cruzados sobre el pecho, con una expresión que no era de enojo ni de vergüenza, sino más bien de evaluación profesional.

Mark fue el primero en romper el silencio. No miró a Dayana. Miró directamente a Camila, con la misma calma con la que probablemente ajustaba el enfoque de sus cámaras.

—Oye, Cami —dijo, usando el diminutivo con una familiaridad que a Dayana le sonó a cuchillo—. ¿Tu mamá sabía que hacías esto?

Camila negó con la cabeza, un movimiento pequeño, casi imperceptible, porque las correas de velcro le limitaban el gesto.

—No —respondió, y su voz salió más firme de lo que Dayana esperaba—. Nadie sabía. Ni ella ni nadie.

Dayana asintió, casi por reflejo, como si estuviera en una declaración jurada y necesitara corroborar los hechos.

—No sabía —dijo, y su voz sí le tembló un poco, aunque se obligó a seguir hablando—. No sabía nada de esto. Simplemente… la seguí. Porque últimamente se comportaba muy raro. Salía a horas extrañas, llegaba tarde sin explicación, decía que iba a la biblioteca pero tomaba la dirección contraria. Soy su madre. Noto esas cosas.

La justificación le salió más larga de lo que pretendía, y cuando terminó se dio cuenta de que estaba hablando como si tuviera que defenderse ante un jurado. Quizás, en cierto modo, era eso. Estaba siendo juzgada. No por ellos, sino por ella misma.

Jessy, la mujer de cabello rojo, dejó el cepillo sobre la mesita auxiliar con un golpecito seco. Se limpió las manos en los jeans, se apartó un mechón de pelo de la frente, y caminó hacia Dayana con una sonrisa que no era exactamente amistosa pero tampoco hostil. Era la sonrisa de alguien que ha aprendido a manejar situaciones incómodas y tiene un repertorio de trucos para desactivar bombas.

—Bueno, ya que estamos todos presentados —dijo, tendiendo la mano—. Yo soy Jessy. Y él es Mark. Somos un estudio de grabación. Videos de fetiches de pies y cosquillas, para que no haya malentendidos. Hacemos todo legal, con contratos y todo el papeleo. Camila es mayor de edad, por si le preocupaba.

Dayana miró la mano extendida de Jessy. Las uñas pintadas de rojo, los dedos largos, las mismas manos que hacía cinco minutos estaban haciendo cosquillas a su hija hasta dejarla sin aliento. Dudó un segundo, solo uno, y luego aceptó el apretón. La mano de Jessy era cálida y seca, la mano de alguien que trabaja con los brazos y no solo con los dedos.

—Dayana —se presentó, y el nombre le supo a poco, como si necesitara agregar «abogada» o «madre» o «mujer que no debería estar aquí» para completar la oración.

Mark no extendió la mano. Solo asintió desde su lugar, con los brazos aún cruzados, evaluando. Era el tipo de hombre que hablaba poco pero miraba mucho. Dayana lo había visto antes, en las salas de audiencia, en los testigos que no querían testificar pero tampoco podían irse. Gente que espera a que otro cometa el primer error.

—Nosotros no sabíamos que tenía madre en Austin —dijo Mark, y no era una disculpa, era un dato—. En los contratos ella pone que vive sola. Es su decisión, no la nuestra.

Camila, desde la X, movió las muñecas con impaciencia. Las correas de velcro crujieron.

—¿Me van a desatar o me dejan aquí todo el día? —preguntó, con un tono que intentaba ser gracioso pero que salió más bien nervioso.

Jessy rió, y la risa fue genuina, una carcajada corta que rompió la tensión por un momento. Se acercó a la X y comenzó a soltar las correas de los tobillos. Primero el derecho, luego el izquierdo. Camila movió los pies con alivio, los dedos separándose y juntándose como si estuvieran aprendiendo a caminar de nuevo. Luego Jessy pasó a las muñecas, y cuando la última correa cedió, Camila bajó los brazos lentamente, frotándose las marcas rojas que el velcro había dejado en su piel.

Se incorporó, se estiró, y por un momento las cuatro personas en la bodega estuvieron en silencio, sin saber muy bien hacia dónde mirar. Camila se puso la toalla rosa que estaba sobre la camilla para cubrirse los hombros, aunque el bikini ya cubría poco. Dayana se ajustó la camisa, aunque la mancha de óxido seguía ahí. Jessy recogió el cepillo y lo puso en una caja de plástico junto con otros utensilios que Dayana no alcanzó a identificar. Mark revisó una de las cámaras, comprobando probablemente que la grabación se hubiera guardado correctamente.

Fue entonces cuando Jessy, con la misma naturalidad con la que se pregunta la hora, soltó la pregunta que nadie había formulado pero que todos estaban pensando.

—Oye, Dayana —dijo, usando el nombre como si se conocieran de años—. Una cosa. ¿La mamá de Camila es cosquillosa?

La pregunta cayó en el silencio de la bodega como una moneda en un pozo. Todos se quedaron mirando a Jessy. Mark levantó una ceja. Camila abrió la boca como para decir algo, pero no salió ninguna palabra. Y Dayana, que había pasado los últimos veinte años evitando exactamente ese momento, sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Sintió un escalofrío.

No era el escalofrío del miedo, ni el del asco. Era más bien ese hormigueo que recorre la columna cuando alguien toca un tema del que llevas toda la vida huyendo sin saber muy bien por qué. Era la misma sensación que tenía cada vez que alguien se acercaba demasiado a sus pies descalzos, esa mezcla de alerta y vergüenza que le erizaba la piel y le aceleraba el pulso.

Desde hacía mucho, muchísimo tiempo, nadie le hacía esa pregunta.

Carlos, su exmarido, nunca se la hizo. Él simplemente asumía que a ella no le gustaban las cosquillas y ya. Nunca indagó en el porqué, nunca quiso saber si era un tema de sensibilidad o de otra cosa. Las amigas con las que iba al salón de uñas tampoco preguntaban. Decían «qué sensible eres» y se reían, y el tema moría ahí. Su propia hija, Camila, nunca se lo había preguntado. Era una de esas cosas que se saben sin decirlas, como la orientación sexual de un familiar o la religión de un vecino. Está ahí, pero no se toca.

Pero Jessy lo había tocado. Con la misma facilidad con la que había tocado los pies de Camila hacía unos minutos. Sin miedo, sin rodeos, como si hablar de cosquillas en los pies fuera tan normal como hablar del clima.

Dayana sintió que el calor le subía por el cuello, las mejillas, las orejas. No era la primera vez que se sonrojaba, pero hacía años que no lo hacía tan intensamente. Abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.

Camila la miraba con una expresión que Dayana no supo leer. ¿Era esperanza? ¿Vergüenza ajena? ¿Curiosidad? Quizás las tres cosas. Quizás ninguna.

Mark, por su parte, había dejado de revisar la cámara. Ahora miraba a Dayana con un interés nuevo, como si hasta hace un minuto ella fuera solo «la mamá de Camila» y ahora, de repente, fuera otra cosa. Alguien potencialmente interesante para su negocio.

—No es una pregunta trampa —intervino Jessy, alzando las manos como si se defendiera de un ataque—. Es solo que… bueno, estamos en esto, ¿no? Y Camila nos ha contado que en su familia nadie sabe nada de este mundo. Pero uno nunca sabe. A veces las madres son más cosquillosas que las hijas. No es competencia, eh, solo observación.

Jessy sonrió, y esta vez la sonrisa sí fue amistosa. Cálida, incluso. Como si quisiera decir «no pasa nada, aquí no juzgamos».

Dayana tragó saliva. Su garganta seguía seca. Las manos le sudaban más que nunca, y tuvo que secárselas discretamente en los costados del pantalón negro. Miró a su hija, buscando alguna señal, algún guiño que le indicara cómo responder. Pero Camila tenía los brazos cruzados sobre la toalla rosa, los pies descalzos sobre el piso frío, y su cara era una máscara de neutralidad absoluta.

—Yo… —empezó Dayana, y la voz le salió tan baja que casi no se oyó—. Hace mucho que nadie me pregunta eso.

No era una respuesta. Tampoco era una evasión. Era, quizás, lo más cerca que había estado de decir la verdad en años. Porque la verdad era que sí, era cosquillosa. La verdad era que sus pies eran su punto débil, ese lugar del cuerpo donde los nervios se volvían locos y la risa se convertía en un espasmo incontrolable. La verdad era que había construido una vida entera alrededor de evitar que nadie lo supiera, y ahora, en una bodega abandonada del este de Austin, una mujer de cabello rojo con un cepillo en la mano se lo preguntaba como si fuera la cosa más normal del mundo.

Y lo peor, lo que la hacía temblar por dentro, era que no estaba segura de querer seguir mintiendo.

Dayana no tuvo tiempo de reaccionar. Una cosa era estar en cuclillas detrás de una puerta metálica, otra muy diferente estar en el centro de la bodega, bajo las luces cegadoras, con la mirada de Mark, Jessy y su propia hija clavada en ella como tres agujas en un mapa. Cuando intentó dar un paso atrás, hacia la salida, hacia la libertad, hacia la conversación incómoda pero civilizada que había imaginado tener en la sala de su casa, Jessy ya le había agarrado el brazo.

No fue un agarre violento. Fue firme, sí, pero con una especie de familiaridad ensayada, como el que usan los enfermeros con los pacientes nerviosos. Jessy sonrió, esa sonrisa que Dayana empezaba a identificar como su arma secreta, y la guió no hacia la puerta, sino hacia el fondo de la bodega, donde junto a la pared opuesta a la X gigante había una camilla blanca, forrada en una funda de plástico desechable, con una almohada pequeña en el extremo superior.

—No, no, no —dijo Dayana, y su voz salió más aguda de lo que quería—. Yo no estoy aquí para eso. Yo solo vine a buscar a mi hija.

—Y ya la encontraste —respondió Jessy con calma, mientras empujaba suavemente a Dayana hacia la camilla—. Ahora quédate un rato. Relájate. No muerde, nadie muerde aquí. Bueno, Mark a veces, pero solo si le pagas extra.

Mark soltó una risa corta, ronca, y se acercó a la camilla por el otro lado. Dayana sintió el calor de su cuerpo cerca, la sombra de sus brazos tatuados moviéndose con una eficiencia que solo la práctica repetida podía dar. Él le tomó la muñeca derecha con una mano grande y callosa, y antes de que Dayana pudiera retirarla, ya había una correa de velcro rodeando su brazo y anclándolo al costado de la camilla.

—Por favor —dijo Dayana, y esta vez la palabra sonó a ruego—. No hagan esto.

Camila, desde un costado, se había cubierto con la toalla rosa y miraba la escena con los ojos muy abiertos. No intervino. No dijo «déjenla» ni «es mi mamá, no la toquen». Solo observaba, con una mezcla de fascinación y terror, como quien ve un accidente en cámara lenta y no puede apartar la mirada.

La otra muñeca de Dayana fue asegurada con una segunda correa. Los brazos quedaron extendidos hacia arriba, ligeramente separados, inmovilizados sobre la almohada. Dayana tiró de ellas con fuerza, y el velcro crujió pero no cedió. Era el mismo sonido que había escuchado antes, cuando Camila estaba atada a la X. Ahora lo producía ella, y el eco le pareció el de una sentencia.

—No luches —dijo Mark, con una voz que intentaba ser tranquilizadora pero que a Dayana le sonó a amenaza—. Te vas a lastimar. Las correas aguantan más que tú. Solo déjate llevar.

—¿Dejarme llevar? —repitió Dayana, incrédula, mientras sentía cómo sus tobillos también eran sujetados por Jessy, primero el izquierdo, luego el derecho, con el mismo velcro gris que olía a plástico nuevo—. Ustedes están locos. Soy abogada. Puedo demandarlos. Puedo…

—Puedes muchas cosas —la interrumpió Jessy, terminando de ajustar la última correa—. Pero ahora mismo, lo único que puedes hacer es quedarte quieta y relajarte. Prometo que no duele. Al menos no de la manera que duele de verdad.

Jessy se enderezó, se apartó un mechón de pelo de la frente, y caminó hacia los pies de la camilla con una lentitud deliberada. Dayana sintió el cambio de temperatura cuando Jessy pasó de su cabeza a sus pies, como si una nube hubiera tapado el sol y luego se hubiera ido. No podía verla directamente porque sus brazos atados le bloqueaban parte del ángulo, pero escuchaba sus pasos. Tacones bajos sobre el concreto. Un roce de tela. Luego, la respiración de Jessy justo al final de la camilla.

—Los tacones —dijo Jessy, como si hablara para sí misma—. Bonitos, pero incómodos para esto.

Dayana sintió cómo sus zapatos eran retirados uno a uno. Primero el izquierdo, luego el derecho. El tacón negro quedó en el suelo con un golpe sordo que resonó en el silencio de la bodega. Luego, la liberación de sus pies descalzos, el aire frío del estudio acariciando sus plantas por primera vez en horas. Dayana movió los dedos instintivamente, como si quisiera esconderse dentro de sí misma, pero no había adónde huir. Sus pies quedaron ahí, expuestos, vulnerables, con ese arco pronunciado que había heredado de su abuela y que siempre le había parecido elegante pero que ahora la hacía sentir desnuda.

No llevaba medias veladas. Nunca las usaba porque le parecían incómodas y porque en Austin hacer calor la mayor parte del año. Era una decisión práctica que ahora se convertía en una exposición total. Las uñas de sus pies estaban pintadas de rojo, un rojo oscuro, casi vino, que se había puesto la semana pasada en un salón cerca del bufete porque necesitaba sentirse arreglada para una audiencia importante. No pensó entonces que ese mismo esmalte rojo sería visto por una mujer de cabello rojo en una bodega del este de Austin mientras ella yacía atada a una camilla. La vida daba vueltas extrañas.

Jessy silbó suavemente, un silbido bajo y apreciativo, como quien mira un plato bien presentado en un restaurante.

—Vaya —dijo, y su voz tenía un dejo de admiración genuina—. Tiene pies bonitos, señora Dayana. Muy bonitos. Los dedos largos, el arco bien definido, las uñas cuidadas. Eso es importante en este negocio, ¿sabe? Los pies bonitos venden más.

Dayana sintió que las mejillas le ardían. No era solo vergüenza. Era también una especie de orgullo incómodo, ese que aparece cuando alguien dice algo bonito sobre una parte de tu cuerpo que siempre has considerado normal o incluso problemática. Sus pies, bonitos. Nunca lo había pensado. Siempre los había visto como una fuente de sufrimiento, como el talón de Aquiles de su propia existencia. Pero Jessy los miraba como si fueran una obra de arte.

—Serán cosquilludos —dijo Jessy, y la frase no fue una pregunta.

Fue una constatación. Como quien dice «el cielo es azul» o «el agua moja». Jessy lo sabía. No podía saberlo, pero lo sabía. Quizás era la forma en que Dayana había movido los dedos cuando quedaron descalzos, esa contracción involuntaria que delata a los sensibles. Quizás era la tensión en sus piernas, los músculos de sus pantorrillas endurecidos como cuerdas de guitarra. Quizás era simplemente que Jessy llevaba suficientes años en este mundo como para detectar a una persona cosquillosa desde la otra punta de la habitación.

Dayana no respondió. No podía. La garganta se le había cerrado otra vez, y las únicas palabras que le venían a la mente eran «por favor» y «no», y ninguna de las dos le había servido de nada hasta ahora.

Jessy alargó la mano. No llevaba el cepillo esta vez. Iba con las yemas de los dedos, las uñas rojas recortadas pero no demasiado, la longitud justa para causar sensación sin lastimar. Apoyó los dedos de su mano derecha en el empeine del pie izquierdo de Dayana, solo apoyó, sin moverse, como un aviso de lo que venía. La piel de Dayana se erizó. Los vellos de sus piernas se pusieron de punta. Su cuerpo entero se tensó como un resorte a punto de saltar.

—Shhh —dijo Jessy, en un susurro—. No va a doler.

Y entonces deslizó las uñas.

Desde el talón hasta los dedos, en un movimiento lento, firme, continuo. Las uñas recorrieron la planta del pie izquierdo de Dayana con una precisión quirúrgica, presionando justo lo suficiente para activar cada terminación nerviosa sin arañar la piel. Fue un solo trazo, de abajo arriba, que duró quizás dos segundos pero que a Dayana le pareció una eternidad.

No pudo evitarlo. El grito le salió del pecho antes de que su cerebro tuviera tiempo de procesarlo. No fue un grito de dolor. Fue ese sonido gutural que sale cuando algo te sorprende más de lo que esperabas, una mezcla de alerta y rendición. Y luego, inmediatamente después, la risa. Una carcajada corta, explosiva, que se escapó por sus labios sin permiso, como un animal que rompe una jaula.

—¡Jajajajajá! —rio Dayana, y el sonido le resultó tan ajeno que por un momento no supo si era ella quien lo producía o alguien más.

Jessy no se detuvo. Pasó al pie derecho, el mismo movimiento, desde el talón a los dedos, las uñas deslizándose por el arco pronunciado con la misma lentitud infame. Dayana volvió a gritar, volvió a reír, y esta vez sus piernas intentaron cerrarse por reflejo, pero las correas en los tobillos se lo impidieron. Solo pudo retorcer los pies, mover los dedos como si quisiera agarrarse a algo, mientras la risa le brotaba en oleadas que no podía controlar.

Mark, desde un costado, había vuelto a coger la cámara principal. No la enfocaba aún, pero la tenía lista, con el ojo pegado al visor, esperando la señal de Jessy. Camila seguía con los brazos cruzados, la toalla rosa sobre los hombros, y su expresión había cambiado. Ya no era fascinación ni terror. Era algo más parecido a la sorpresa, como si estuviera viendo a su madre por primera vez.

Jessy se enderezó, separó las manos de los pies de Dayana, y sonrió con una satisfacción que solo el que ha acertado un diagnóstico puede tener.

—Creo —dijo, mirando a Mark, a Camila, a las cámaras, a la bodega entera— que tenemos una ganadora.

Dayana, todavía riendo entrecortadamente, con los pies aún vibrando por la sensación, cerró los ojos y pensó en su abuela, la de la escoba, la que treinta y cuatro años atrás le había dicho «ay, niña, qué cosquilluda eres». Y se preguntó, en el breve instante antes de que Jessy volviera a atacar, si su abuela habría imaginado alguna vez que esa niña cosquilluda terminaría atada a una camilla en una bodega de Austin, con los pies bonitos al descubierto y una desconocida a punto de hacerle cosquillas hasta que pidiera clemencia. Probablemente no. Pero la vida, pensó Dayana mientras la risa volvía a brotar de sus labios, era eso: una serie de cosas que nunca imaginaste que te pasarían, ocurriendo justo cuando menos las esperabas.

Mark no lo dudó. Sus dedos ya estaban sobre la cámara, ajustando el enfoque, moviendo el estabilizador con esa precisión automática de quien ha hecho esto mil veces. No preguntó si Dayana estaba de acuerdo. No ofreció un contrato que firmar, ni una cláusula de consentimiento, ni la palabra de seguridad que Camila había mencionado antes. Simplemente encuadró la imagen, presionó un botón, y el pequeño piloto rojo en la parte superior de la cámara comenzó a parpadear.

—Aprovechemos que está en la camilla —dijo, con la misma naturalidad con la que otro habría dicho «aprovechemos que está soleado»—. Empezamos a grabar. Ustedes dos hagan su trabajo.

Jessy asintió como si recibiera una orden esperada. Sus ojos verdes brillaron bajo la luz del foco, y una sonrisa lenta, casi maternal, se dibujó en sus labios. Se colocó al final de la camilla, justo donde terminaban los pies de Dayana, y apoyó ambas manos sobre los empeines con una suavidad engañosa. Dayana sintió el calor de sus palmas a través de la piel, y sus dedos se movieron otra vez, ese movimiento involuntario que la delataba, que gritaba «aquí, aquí soy débil» antes de que Jessy siquiera empezara.

Camila dudó. Fue solo un instante, una fracción de segundo en la que sus ojos se encontraron con los de su madre, y algo pasó entre ellas que ninguna de las dos podría haber puesto en palabras. ¿Era disculpa? ¿Era complicidad? ¿Era el miedo de cruzar una línea que nunca antes habían cruzado? Camila no lo sabía, y probablemente Dayana tampoco. Pero el momento pasó, como pasan todas las cosas incómodas cuando hay una cámara grabando y una mujer de cabello rojo esperando. Camila soltó la toalla rosa, que cayó al suelo formando un montón suave, y se acercó al costado izquierdo de la camilla. Sus manos, aún tibias por haber estado atadas a la X, se posaron sobre el torso de su madre con una timidez que duró exactamente dos segundos.

—Vamos, Cami —dijo Jessy, sin apartar la vista de los pies de Dayana—. Tú sabes cómo se hace. Las axilas primero, luego las costillas. Alterna. No te quedes solo en un sitio.

Camila obedeció. Sus dedos, jóvenes y rápidos, comenzaron a recorrer las axilas de Dayana con una técnica que delataba horas de práctica. No era la primera vez que Camila hacía cosquillas a alguien. Dayana lo supo por la forma en que sus dedos encontraban los puntos exactos, los pliegues, las zonas donde la piel es más fina y la risa más fácil. Era la misma técnica que había visto usar a Jessy en los videos, la misma que habían aplicado sobre la propia Camila hacía apenas media hora. La alumna había superado a la maestra, o al menos estaba en camino.

Y entonces Jessy comenzó.

No hubo advertencia. No hubo ese suave deslizamiento de uñas que había usado antes, ese anticipo que preparaba a la víctima para lo que venía. Esta vez fue directo. Las uñas rojas de Jessy atacaron las plantas de los pies de Dayana con una ferocidad juguetona, recorriendo el arco pronunciado de arriba abajo, de abajo arriba, en movimientos rápidos y sincopados que parecían seguir un ritmo que solo Jessy escuchaba. Sus dedos se movían como los de un pianista, cada uno independiente, cada uno encontrando un rincón diferente de la planta para torturar. El talón, la almohadilla, el espacio entre los dedos, ese punto exacto debajo del segundo dedo que hizo que Dayana arqueara la espalda como si le hubieran dado una descarga.

La risa de Dayana no fue gradual. No empezó con una sonrisa tímida que se convirtió en una carcajada. Fue una explosión. Un estallido que le arrancó el aire de los pulmones y lo convirtió en sonido antes de que pudiera pensar en retenerlo. Era una risa descontrolada, gutural, que salía en oleadas que se encimaban unas sobre otras sin dejar espacio para respirar. Sus mejillas se encendieron al instante, las lágrimas asomaron en el rabillo de sus ojos, y su cuerpo entero se retorció sobre la camilla como si quisiera escaparse de su propia piel.

—¡Jajajajajá! ¡No! ¡Jajajajajajajá! —gritaba, pero las palabras se perdían en la maraña de su propia risa, se fragmentaban, se convertían en sílabas sueltas que no formaban ningún significado.

Camila, mientras tanto, trabajaba en el torso. Sus dedos encontraron las axilas de Dayana con una precisión que hacía honor a su entrenamiento. No solo rascaba, no solo tocaba. Acariciaba, presionaba, vibraba sobre la piel como si estuviera escribiendo un mensaje en código morse que solo los nervios de Dayana podían leer. La risa de Dayana se intensificó cuando las manos de su hija bajaron a las costillas, ese lugar donde la piel se estira sobre el hueso y cualquier roce se convierte en tortura. Camila alternaba movimientos lentos con otros rápidos, a veces usando solo la punta de los dedos, a veces toda la palma, a veces las uñas apenas pintadas de amarillo. Era una sinfonía de cosquillas, y Dayana era el instrumento.

—¡Para! ¡Jajajajajá! ¡Por favor! —imploró Dayana, pero ni siquiera ella sabía si lo decía en serio. Las palabras de seguridad no existían. No las habían acordado. No había un «rojo» que pudiera detener esto. Solo estaba ella, su cuerpo, y la risa que brotaba sin control mientras dos pares de manos la exploraban como si fuera un territorio recién descubierto.

Jessy se agachó un poco más, acercando su rostro a los pies de Dayana, y comenzó a usar no solo las uñas, sino también los nudillos. Los huesos de sus dedos doblados recorrían las plantas con una presión más intensa, más profunda, que llegaba a los músculos que había debajo de la piel. Dayana sintió cómo sus pies intentaban patear, cómo sus piernas tiraban de las correas, cómo sus dedos se abrían y cerraban como las branquias de un pez fuera del agua. Pero no podía ir a ninguna parte. Estaba atada. Estaba expuesta. Estaba riendo.

—Los pies de tu mamá son increíbles, Cami —dijo Jessy, sin dejar de trabajar—. Mira ese arco. Mira cómo se mueven los dedos. Esto es material de primera.

Camila no respondió. Estaba concentrada en las costillas de Dayana, en las axilas, en ese punto justo debajo del brazo donde su madre era más vulnerable. Sus manos se movían con una seguridad que contrastaba con la expresión de su rostro. Porque su rostro no reía. Su rostro estaba serio, casi grave, como el de alguien que está haciendo un trabajo importante y no quiere distraerse. Pero sus dedos, esos sí, reían. Sus dedos bailaban sobre la piel de Dayana con una alegría que su madre nunca le había visto.

Dayana ya no podía hablar. Su risa se había convertido en un sonido continuo, una carcajada que no tenía principio ni fin, solo un presente eterno de cosquillas y más cosquillas. Los brazos tiraban de las correas, las piernas se estiraban hasta donde las ataduras lo permitían, la cabeza se movía de un lado a otro sobre la almohada. El moño que había llevado al trabajo se había deshecho por completo, y su cabello negro, el mismo que tenía a los veintiún años cuando aquel hombre en el café internet le hizo cosquillas sin permiso, ahora estaba desparramado sobre la funda de plástico blanca como un abanico oscuro.

Mark giraba alrededor de la camilla con la cámara pegada al hombro, capturando ángulos, primeros planos, planos generales. Se agachaba para filmar los pies de Dayana desde abajo, se levantaba para capturar su rostro encendido, se movía hacia un lado para que la luz diera justo en las manos de Camila sobre las costillas de su madre. Era un coreógrafo invisible, y su única instrucción era no decir «corte».

Porque no tenía en mente decirlo.

No ahora. Quizás no en un buen rato. Mark sabía que las mejores tomas no eran las que se planeaban, sino las que ocurrían cuando la gente ya no podía pensar en la cámara. Y Dayana, en este momento, no podía pensar en nada. Solo sentía. Solo reía. Solo era un cuerpo vivo, vulnerable, increíblemente cosquilludo, que se retorcía bajo las manos de una experta y de su propia hija.

Jessy se incorporó un momento, solo para tomar aire y para cambiar de táctica. Dejó de usar los nudillos y pasó a las yemas de los dedos, moviéndose en círculos pequeños sobre las plantas de los pies. Era una técnica diferente, más íntima, casi tierna. En lugar de provocar carcajadas explosivas, provocaba risas nerviosas, entrecortadas, esas que salen a borbotones como si el aire se hubiera vuelto líquido. Dayana rió más bajo, pero más seguido. Cada círculo de Jessy era un espasmo nuevo, una sacudida que recorría su pierna, su cadera, su columna, hasta llegar a su nuca.

—Es increíble —dijo Jessy, casi para sí misma—. He hecho cosquillas a cientos de personas, pero estas plantas… son las más sensibles que he visto en años.

Camila levantó la vista por un momento. Miró a Jessy, luego a los pies de su madre, luego al rostro encendido de Dayana. Y entonces, por primera vez desde que todo esto había comenzado, sonrió. No era una sonrisa de triunfo ni de burla. Era una sonrisa pequeña, casi secreta, como si estuviera viendo a su madre por primera vez. No como a la abogada seria que la había criado, no como a la mujer divorciada que a veces se quedaba mirando el techo en las noches de insomnio. Sino como a alguien que también sentía, que también temblaba, que también se reía sin poder parar.

—Mamá —dijo Camila, y su voz era un susurro que apenas se oía por encima de la risa de Dayana—. Nunca te había visto reír así.

Dayana quiso responder. Quiso decir algo inteligente, algo cortante, algo que recuperara la dignidad que había perdido hacía ya varios minutos. Pero su boca solo podía reír. Sus pulmones solo podían expulsar aire en sonoras carcajadas. Sus ojos solo podían llorar esas lágrimas que salen cuando la risa es demasiado grande para contenerla. Y sus pies, esos malditos pies hipercosquilludos que habían sido el centro de su sufrimiento durante cuarenta y dos años, solo podían moverse y retorcerse y ofrecerse como sacrificio a las uñas rojas de Jessy.

Mark cambió el ángulo de la cámara. Ahora enfocaba el rostro de Dayana, ese primer plano que capturaba cada arruga de la risa, cada lágrima, cada intento fallido de recuperar el aliento. Era una imagen brutalmente honesta. No había abogada aquí. No había madre. No había mujer que había cruzado fronteras y construido una vida desde cero. Solo había una persona riendo, y riendo, y riendo, sin saber cuándo iba a parar, ni siquiera si quería que parara.

Porque esa era la pregunta que Dayana no se atrevía a formular, incluso ahora, incluso en medio del ataque de cosquillas más salvaje de su vida. ¿Quería que pararan? ¿O había estado esperando esto, sin saberlo, desde aquella noche de lluvia en el café internet, desde los dedos torpes de Carlos, desde cada vez que había escondido sus pies por miedo a que alguien descubriera lo vulnerables que eran?

La respuesta, si existía, estaba ahogada entre risas, perdida en el eco de la bodega, mientras Mark seguía grabando y Jessy seguía atacando y Camila seguía riendo esa sonrisa secreta que su madre no podía ver porque tenía los ojos llenos de lágrimas y la vista borrosa y el cuerpo entero temblando de una sensación que no sabía cómo llamar.

Afuera, el sol de Austin seguía cayendo. Adentro, el tiempo se había detenido en una camilla blanca, cuatro correas de velcro, y una risa que no quería terminar.

Mark detuvo la cámara un momento, solo un segundo, el tiempo justo para ajustar el encuadre y para pensar. Luego, sin dejar de mirar por el visor, dio la orden con una tranquilidad que helaba la sangre.

—Cami, déjate de costillas. Baja a los pies. Tú agarras la izquierda, Jessy la derecha. Quiero ver cómo reacciona cuando la ataquen entre las dos.

Camila dudó otra vez. Ese instante de vacilación se le notó en las manos, que dejaron de moverse sobre las costillas de Dayana y quedaron suspendidas en el aire, como si no supieran muy bien a dónde ir. Miró a su madre, y Dayana, por encima de la maraña de su propia risa, alcanzó a ver esa mirada. Era una pregunta silenciosa. ¿Sigues? ¿Quieres que siga? ¿Me das permiso para hacer esto?

Dayana no pudo responder. No porque no quisiera, sino porque sus pulmones seguían convulsionados por el ataque anterior, y la única palabra que logró formar fue un «no» tan débil que ni siquiera ella lo tomó en serio. Porque su cuerpo decía algo distinto. Sus mejillas rojas, sus ojos brillantes, los espasmos que aún recorrían sus piernas atadas, todo eso decía sí. O al menos decía «no sé, pero no me hagas parar».

Camila interpretó el silencio como un permiso. O quizás lo interpretó como una invitación. O quizás, simplemente, quiso hacerlo. Se movió hacia el final de la camilla, rodeó a Jessy por el costado izquierdo, y se colocó frente al pie izquierdo de su madre. Jessy le hizo un gesto con la cabeza, una especie de saludo cómplice, y señaló el pie derecho para ella. Se turnaron los lugares sin hablar, como dos cirujanas que conocen de memoria el protocolo de una operación.

—Acuérdate —dijo Jessy, casi en un murmullo—. Los arcos. Ahí es donde son más sensibles. Siempre los arcos.

Camila asintió. Sus dedos jóvenes, aún manchados de tinta azul por el proyecto de animación, se posaron sobre el empeine del pie izquierdo de Dayana con una suavidad que era casi una caricia. Jessy hizo lo mismo con el derecho. Por un momento, apenas un latido, las dos mujeres quedaron inmóviles, sus manos calientes sobre los pies blancos de Dayana, sus uñas pintadas —rojas las de Jessy, amarillas las de Camila— como dos pequeñas banderas anunciando lo que vendría.

—Ahora —dijo Mark, y su voz fue el disparo de salida.

No comenzaron despacio. No hubo ese período de adaptación que los médicos recomiendan antes de un tratamiento doloroso. Jessy y Camila atacaron al mismo tiempo, con la misma intensidad, como si hubieran ensayado ese momento cien veces antes. Los dedos de ambas mujeres se hundieron en las plantas de los pies de Dayana con una ferocidad que no dejaba espacio para la piedad. Recorrieron los talones, las almohadillas, los espacios entre los dedos, pero sobre todo, sobre todo, se ensañaron con los arcos.

Los arcos de Dayana eran su perdición. Lo sabía desde niña, desde aquellos días en que su abuela le pasaba la escoba y ella saltaba como si hubiera visto un fantasma. Era esa curva pronunciada, ese puente de piel fina que conectaba el talón con la parte delantera del pie, donde los nervios se concentraban como hormigas alrededor de un terrón de azúcar. Cualquier roce allí era suficiente para hacerla reír. Un roce insistente, como el que ahora aplicaban Jessy y Camila, era suficiente para volverla loca.

El grito de Dayana fue distinto a los anteriores. No fue un grito de sorpresa ni un grito de protesta. Fue un grito primal, gutural, que salió de algún lugar profundo de su abdomen y se expandió por la bodega como una onda expansiva. Y luego, inmediatamente después, la risa. Una carcajada tan violenta que parecía sacudirle los huesos. Su espalda se arqueó sobre la camilla, sus brazos tiraron de las correas con una fuerza que hizo crujir el velcro, y su cabeza golpeó suavemente la almohada una y otra vez, como si estuviera diciendo «no, no, no» con todo el cuerpo.

—¡Jajajajajajá! ¡Nooo! ¡Los arcos nooo! —alcanzó a gritar Dayana, y su voz se rompió en mil pedazos dentro de la risa.

Jessy sonrió con satisfacción. Sus dedos, entrenados por años de práctica, no se limitaban a rascar. Presionaban, vibraban, giraban en círculos pequeños que masajeaban los arcos desde todos los ángulos posibles. Usaba las yemas, luego los nudillos, luego las uñas, todo en una secuencia que parecía improvisada pero que seguía un ritmo implacable. El pie derecho de Dayana era su territorio, y lo exploraba como un conquistador que no deja piedra sin mover.

Camila, en el pie izquierdo, imitaba a Jessy con una habilidad que sorprendió incluso a Mark. No era tan rápida como Jessy, ni tan precisa, pero tenía algo que la experta no poseía: la intimidad de conocer a su madre. Sabía qué gestos de su madre eran reales y cuáles eran fingidos. Sabía que cuando Dayana apretaba los dedos de esa manera significaba que estaba cerca del límite. Sabía que cuando su madre emitía ese sonido agudo, parecido a un chillido, era porque las cosquillas le estaban llegando al alma.

Camila usó ese conocimiento sin piedad. Atacó los arcos del pie izquierdo con una alegría feroz, alternando movimientos lentos que prolongaban la sensación con movimientos rápidos que la intensificaban. Sus dedos amarillos bailaban sobre la piel blanca de su madre como si estuvieran dibujando un mapa del placer y el dolor, ese territorio difuso donde las dos cosas se parecen más de lo que la gente cree.

Dayana ya no podía formar palabras. Su boca estaba abierta en una mueca que era mitad risa, mitad ruego, y de ella salían sonidos que no pertenecían a ningún idioma. Gritos, carcajadas, jadeos, hipidos, todo mezclado en una corriente continua que llenaba la bodega como una sinfonía desafinada pero extrañamente hermosa. Su cuerpo se retorcía sin control, las caderas se levantaban de la camilla, los hombros se encogían, la cabeza giraba de un lado a otro. Parecía poseída. Parecía libre.

Mark se movía como una sombra alrededor de la camilla. La cámara principal, la que llevaba pegada al hombro, captaba los pies de Dayana en primer plano. Enfocaba los dedos retorciéndose, los arcos atacados sin descanso, las uñas rojas de Jessy y las amarillas de Camila moviéndose al unísono. Cada tanto se apartaba para capturar un plano más amplio, el cuerpo entero de Dayana convulsionando sobre la camilla blanca, las correas de velcro tensándose y aflojándose con cada espasmo.

Pero Mark no se limitaba a la cámara principal. Con el pie, casi sin mirar, movía los trípiedes de las cámaras secundarias, esas que había colocado estratégicamente antes de que empezara la sesión. Una de ellas, situada a la altura del rostro de Dayana, captaba cada mueca, cada lágrima, cada intento fallido de recuperar la compostura. La otra, más alejada, ofrecía un plano general de la escena: la camilla, las tres mujeres, las luces, los telones negros, la atmósfera irreal de aquel estudio improvisado.

El rostro de Dayana era un espectáculo en sí mismo. El maquillaje que había aplicado esa mañana con tanto cuidado —base, rímel, un toque de rubor en las mejillas— se había corrido por completo. Las lágrimas, mezcladas con el sudor, dibujaban caminos negros en sus mejillas. Su boca, despojada de toda dignidad, mostraba los dientes en una sonrisa que no era feliz ni triste, sino simplemente sincera. Y sus ojos, esos ojos negros que habían visto tanto, estaban cerrados a veces, abiertos a veces, pero siempre, siempre, brillando con esa luz que solo aparece cuando el cuerpo se rinde por completo a una sensación que no puede controlar.

—Así —dijo Mark, sin apartar la vista del visor—. Así perfecto. Cami, más fuerte en el arco izquierdo. Jessy, no pares.

Jessy no tenía intención de parar. Sus dedos rojos se movían ahora como las agujas de una máquina de coser, rápidos y precisos, clavándose una y otra vez en el arco derecho de Dayana. Había encontrado un ritmo, un compás que mantenía a Dayana en ese punto exacto donde la risa es tan intensa que duele, y el dolor es tan placentero que se ríe. Era un equilibrio inestable, una cuerda floja que Jessy conocía bien, y sobre la que caminaba con la seguridad de quien ha dedicado años a este oficio extraño.

Camila, animada por la instrucción de Mark, aumentó la presión en el pie izquierdo. Dejó de usar las yemas y pasó a los nudillos, igual que había visto hacer a Jessy antes. Los huesos de sus dedos doblados recorrían el arco de su madre con una intensidad que hizo que Dayana chillara. No un chillido de terror, sino ese sonido agudo que se escapa cuando la risa se vuelve demasiado grande para la garganta.

—¡Jajajajajá! ¡Cami, no! ¡Soy tu madre! —alcanzó a decir Dayana, y la frase era tan absurda en ese contexto que incluso ella se rió más fuerte al pronunciarla.

Camila también se rió. Una risa baja, casi secreta, que solo sus labios dejaron escapar mientras sus manos seguían trabajando. No respondió. No dijo «lo siento» ni «no puedo parar» ni «esto es por todas las veces que no me dejaste comer dulces antes de cenar». Solo siguió atacando, con una dedicación que bordeaba lo religioso, como si hacer cosquillas en los pies de su madre fuera un ritual sagrado que debía cumplirse hasta el final.

Mark se acercó más con la cámara. Ahora enfocaba directamente los pies de Dayana, tan cerca que se veían los poros de la piel, las pequeñas arrugas en los talones, la forma en que los dedos se abrían y cerraban como si estuvieran contando segundos. Captaba también las manos de Jessy y Camila, sus movimientos sincronizados, sus uñas de colores contrastando con la blancura de los pies de Dayana. Era una imagen estética, casi artística, digna de una galería de arte moderno.

—Los planos de su cara —murmuró Mark, moviendo otra vez las cámaras secundarias con el pie—. No se me duerman. Quiero cada expresión.

La cámara del rostro cambió ligeramente de ángulo, enfocando ahora los ojos de Dayana, esos ojos negros que habían empezado a desbordarse no solo de lágrimas, sino de algo más. ¿Era gratitud? ¿Liberación? ¿El simple alivio de dejar de fingir que los pies no le importaban, que las cosquillas no la afectaban, que era una mujer seria y adulta y no esa niña que se caía del sillón cuando su abuela pasaba la escoba?

Dayana ya no sabía quién era. Hacía años que no se sentía así. Quizás nunca se había sentido así. Atada, expuesta, ridícula, vulnerable, y sin embargo, de alguna manera extraña, completamente viva. Cada cosquilla en sus arcos era una pequeña muerte y un pequeño nacimiento. Cada carcajada era un ladrillo que se caía de un muro que había construido durante décadas. Y mientras Jessy y Camila seguían atacando, mientras Mark seguía grabando, mientras el sol de Austin seguía cayendo allá afuera sin importarle nada de lo que pasaba en esa bodega, Dayana dejó de preguntarse qué estaba haciendo allí.

Porque ya lo sabía.

Estaba allí porque, después de cuarenta y dos años de huir de las cosquillas, alguien finalmente se había tomado el tiempo de perseguirla.

Dayana nunca se habría imaginado, ni siquiera en sus peores pesadillas o en sus sueños más extraños, que aquella decisión de seguir a su hija terminaría así. Había planeado muchas cosas en su vida. Había planeado llegar a Estados Unidos y quedarse. Había planeado estudiar derecho mientras limpiaba casas. Había planeado divorciarse sin hacer mucho escándalo. Había planeado criar a Camila sola, con dignidad y sin pedirle nada a nadie. Pero en ninguno de esos planes, en ninguna de esas noches de insomnio en que la mente divaga por territorios imposibles, se le había ocurrido que seguir a su hija la llevaría a una bodega del este de Austin, atada a una camilla blanca, con los pies desnudos expuestos bajo luces de estudio, mientras dos mujeres —una extraña de cabello rojo y su propia hija— le hacían cosquillas en los arcos sin piedad.

Y, sin embargo, allí estaba.

La risa seguía brotando de su garganta en oleadas que ya no distinguía si eran suyas o prestadas. Sus pies, esos pies que había escondido durante años bajo calcetines gruesos, bajo zapatos cerrados, bajo mantas en los sillones ajenos, estaban ahora en el centro de la escena. Los dedos se movían como si quisieran escribir un mensaje de auxilio en el aire. Los arcos, ese lugar maldito donde se concentraba toda su vulnerabilidad, eran el objetivo principal de Jessy y Camila, que atacaban sin descanso, alternando técnicas, turnándose para no dejar ni un segundo de tregua.

Mark seguía grabando. La cámara principal registraba cada detalle: la forma en que los pies de Dayana se retorcían, cómo los dedos se curvaban hacia abajo cuando Jessy acertaba en el punto exacto, cómo las plantas enrojecían por el roce constante. Las cámaras secundarias, esas que Mark manejaba con el pie sin mirar, seguían enfocando el rostro de Dayana, capturando cada mueca, cada lágrima, cada intento fallido de recuperar la compostura.

Dayana pensó, en algún momento, en lo absurdo de la situación. Ella era una abogada. Había pasado años enfadándose con jueces, redactando contratos, negociando custodias. Había visto de todo en su bufete: padres que mentían sobre sus ingresos, madres que ocultaban a los hijos, adolescentes que se fugaban de casa. Pero nunca, en ninguno de esos casos, había aparecido una cláusula que dijera «y además, te atarán a una camilla y te harán cosquillas en los pies hasta que llores de risa». No estaba en los manuales. No estaba en la jurisprudencia. No estaba en ninguna parte.

Había seguido a Camila porque se comportaba raro. Porque llegaba tarde sin explicación. Porque decía que iba a la biblioteca y tomaba la dirección contraria. Porque olía a sudor y a algo más cuando volvía a casa, algo que Dayana no había sabido identificar. Había pensado que su hija se había metido en problemas, quizás drogas, quizás un novio mayor, quizás una secta. Había imaginado escenarios oscuros, de esos que hacen que una madre no pueda dormir. Se había preparado para lo peor.

No se había preparado para esto.

No se había preparado para ver a su hija en bikini, atada a una X, riéndose mientras una desconocida le hacía cosquillas. No se había preparado para ser descubierta escondida detrás de una puerta metálica, con los tacones hundidos en la tierra y una mancha de óxido en la camisa blanca. Y, sobre todo, no se había preparado para terminar ella misma en esa camilla, con las correas de velcro sujetando sus muñecas y tobillos, convertida en protagonista involuntaria del video que Mark seguía grabando con dedicación profesional.

Era una ironía demasiado grande. Había pasado veinte años escondiendo sus pies, evitando las cosquillas, construyendo una vida seria y respetable donde nadie la tocara sin permiso. Y ahora, en una tarde cualquiera, su propia hija era quien le hacía eso que tanto había temido. Sus dedos amarillos recorrían el arco izquierdo con una habilidad que solo se obtiene con la práctica, y Dayana se preguntaba de dónde había sacado Camila esa destreza. De los videos, supuso. De las sesiones con Jessy. De las horas que había pasado siendo ella misma el objeto de estas mismas torturas.

El pensamiento le provocó una risa más fuerte, una de esas que salen no solo de las cosquillas sino de la cabeza, de la conciencia de lo ridículo.

—¡Jajajajajá! ¡No puedo creer… jajajajajá… que estoy aquí… jajajajajá! —gritó Dayana, y las palabras se ahogaban en su propia risa como náufragos en un mar revuelto.

Camila levantó la vista un momento. Sus manos no pararon, pero sus ojos sí, y se encontraron con los de su madre. Había algo en su mirada que Dayana no había visto antes. No era burla, no era triunfo, no era venganza. Era, quizás, sorpresa. Como si Camila tampoco pudiera creer que su madre, esa mujer que siempre parecía tenerlo todo bajo control, la que nunca perdía los papeles en una audiencia, la que la había criado con mano firme y bromas secas, estuviera allí, riendo sin control, con los pies en alto y las mejillas empapadas.

—Mamá —dijo Camila, y su voz era un susurro que apenas se oía por encima de las carcajadas—. Nunca pensé que te iba a ver así.

Dayana quiso responder. Quiso decir algo ingenioso, algo que recuperara su dignidad, algo que estableciera que ella seguía siendo la madre y Camila la hija, que las cosas no habían cambiado solo porque unos dedos amarillos le estaban haciendo cosquillas en el arco izquierdo. Pero lo único que salió de su boca fue otra carcajada, y otra, y otra, mientras Jessy seguía atacando el pie derecho con una pericia que rayaba lo cruel.

Jessy, por su parte, no decía mucho. Estaba concentrada en su trabajo. Sus dedos rojos se movían sobre la planta del pie de Dayana con una precisión que solo los años podían dar. No miraba a Camila, no miraba a Mark, no miraba la cámara. Miraba los pies, solo los pies, como si fueran un instrumento musical que llevaba toda la vida aprendiendo a tocar. Y los hacía sonar, vaya que los hacía sonar.

Dayana pensó en su hija. En cómo había llegado hasta aquí. En cómo una chica de dieciocho años, estudiante de diseño digital, hija de una abogada inmigrante, había terminado trabajando en un estudio de fetiches de pies. ¿Cómo se llega a eso? ¿Qué camino recorre una persona para descubrir que le gusta que le hagan cosquillas en los pies, o que le gusta hacerlas, o que le gusta que la filmen haciendo ambas cosas? No lo sabía. Y ahora, atada a esa camilla, con los pies ardiendo por el roce, empezaba a preguntarse si de verdad quería saberlo.

Otra oleada de cosquillas la sacó de sus pensamientos. Jessy había encontrado un nuevo punto, justo en la unión del arco con el talón, y estaba martilleando allí con las uñas en movimientos cortos y rápidos. Dayana sintió que su cerebro se desconectaba, que su cuerpo funcionaba por sí solo, que la risa era la única respuesta posible a un estímulo que no podía procesar de otra manera.

Mark se movió otra vez. Ahora enfocaba los pies de Dayana en un plano tan cerrado que se veía la textura de la piel, las pequeñas líneas que formaban los pliegues naturales, las gotas de sudor que empezaban a aparecer en los talones. Era una imagen clínica, casi científica, pero también extrañamente hermosa. Los pies de Dayana, con sus uñas rojas y su arco pronunciado, parecían una obra de arte abstracto retorciéndose sobre el lienzo blanco de la camilla.

—Perfecto —dijo Mark, y era la primera vez que hablaba en varios minutos—. Así, quietos. No se muevan.

Pero Dayana se movía. No podía evitarlo. Cada vez que las uñas de Jessy o de Camila tocaban sus arcos, su cuerpo entero reaccionaba como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Las caderas se levantaban, la espalda se arqueaba, la cabeza se sacudía. Era un movimiento perpetuo, una danza involuntaria que Mark captaba con la devoción de un coreógrafo.

Dayana recordó, en algún rincón de su mente que aún funcionaba, por qué había seguido a su hija. Preocupación. Eso era. Preocupación de madre. Había notado que Camila estaba rara, que tenía secretos, que algo en su vida no cuadraba. Y había hecho lo que cualquier madre haría: investigar. Solo que su investigación la había llevado a una bodega abandonada, y de ahí a una camilla, y de ahí a este momento absurdo donde ella era el objeto de estudio, no su hija.

Era gracioso, pensó, justo antes de que otra carcajada le robara el pensamiento. En su bufete, ella era la que investigaba. La que hacía las preguntas. La que mantenía el control. Ahora, los papeles se habían invertido. Ella era la que estaba a merced de otros. La que no podía controlar su propio cuerpo. La que reía sin permiso.

Jessy, como si hubiera leído su pensamiento, intensificó el ataque.

—¿Ves? —dijo, con una sonrisa que no era burlona sino casi tierna—. No es tan malo, ¿verdad? Dejarse llevar. Perder el control. A veces hace falta.

Dayana no respondió. No podía. Pero mientras reía, mientras sus pies se retorcían y sus brazos tiraban de las correas y su cabeza se movía de un lado a otro, supo que Jessy tenía razón. No era tan malo. O al menos, no era tan malo como ella había imaginado durante todos esos años. Las cosquillas no mataban. No lastimaban. Solo desarmaban. Y quizás, pensó Dayana mientras la risa la sacudía por dentro, quizás ella había necesitado que la desarmaran desde hacía mucho tiempo.

Camila, mientras tanto, seguía trabajando en el pie izquierdo. Pero ahora, al mismo tiempo, hablaba. Su voz era baja, apenas un murmullo que se mezclaba con la risa de su madre.

—Mamá —decía—. Mamá, no sabes cuánto lo siento. No sabes cuánto quise contarte. Pero no sabía cómo. No sabía si lo ibas a entender.

Dayana escuchaba entre carcajada y carcajada. Las palabras de su hija llegaban a ella como mensajes en botellas, flotando en el mar de su propia risa. Y quería responder. Quería decirle que no se preocupara, que la entendía, que todo iba a estar bien. Pero su boca solo podía reír, y reír, y reír.

Así que dejó que la risa hablara por ella. Y por primera vez en mucho tiempo, no trató de controlarla.

Mark hizo una pausa con la cámara, bajó el hombro un momento y observó la escena con ojo crítico. Camila estaba haciendo un buen trabajo, eso era innegable. Sus dedos amarillos se movían con una energía que solo la juventud podía sostener, y el pie izquierdo de Dayana respondía con retorcimientos y espasmos que hacían crujir las correas de velcro. Pero Mark había visto cientos de sesiones, quizás miles, y sabía reconocer cuándo algo funcionaba y cuándo se podía mejorar.

—Cami —dijo, sin gritar, con esa voz tranquila que usaba para dar instrucciones—. Apártate un momento.

Camila levantó la vista, confundida. Sus manos quedaron suspendidas sobre el pie de su madre, las uñas amarillas brillando bajo la luz del foco. Dayana, por un instante, sintió un alivio momentáneo. Solo una de las dos, Jessy, seguía atacando su pie derecho. El izquierdo quedó libre, quieto, temblando ligeramente por la sensación residual de los últimos minutos. Sus dedos se movían solos, como si aún bailaran al ritmo de las cosquillas que ya no estaban.

—¿Por qué? —preguntó Camila, y en su voz había un deje de decepción, como si le acabaran de quitar un juguete nuevo.

—Déjala —respondió Mark, ajustando el enfoque de la cámara principal—. Ella es la experta. Tú aprendes, pero ella lleva años en esto. Mira cómo lo hace. Fíjate en el ritmo, en la presión, en cómo no se cansa. Eso no se aprende en unos meses.

Camila se apartó, no sin antes lanzar una mirada a su madre que mezclaba disculpa y envidia. Dio un paso atrás, se cruzó de brazos sobre la toalla rosa que aún colgaba de sus hombros, y se quedó observando. Era extraño ver a su hija en ese papel, pensó Dayana en algún rincón de su mente que aún no había sido devorado por las cosquillas. La alumna que mira a la maestra. La hija que aprende de otra mujer cómo hacerle cosquillas a su propia madre.

Jessy no esperó a que Camila estuviera del todo apartada. Ella no necesitaba órdenes. Ella era la orden. Desde que Mark le había dado el visto bueno, sus dedos rojos habían seguido trabajando en el pie derecho de Dayana sin interrupción, como si no hubiera oído la conversación, como si el mundo exterior no existiera. Pero ahora, con Camila fuera del camino, con el pie izquierdo liberado pero aún tembloroso, Jessy cambió de estrategia.

Dejó el pie derecho y se concentró en el izquierdo. Fue un cambio rápido, casi violento. Sus manos pasaron de un pie al otro con la fluidez de un pez cambiando de dirección en el agua. Dayana no tuvo tiempo de prepararse. Un segundo estaba siendo atacada solo en un pie, y al siguiente los dos estaban de vuelta en la vorágine, pero esta vez con una diferencia crucial: ahora era solo Jessy, sola, con ambas manos libres, dedicando toda su atención a los dos pies de Dayana al mismo tiempo.

Y Jessy era, efectivamente, una experta.

No había otra palabra para describirlo. Sus dedos no se limitaban a hacer cosquillas. Hablaban un idioma que solo los pies de Dayana entendían. Alternaban entre movimientos largos que recorrían toda la planta, desde el talón hasta los dedos, y movimientos cortos y rápidos que se concentraban en los arcos, esos arcos malditos que Dayana sabía que eran su perdición. Usaba las yemas, los nudillos, las uñas, el dorso de los dedos, todo su arsenal táctico en una secuencia que parecía improvisada pero que seguía un ritmo implacable.

La risa de Dayana cambió. Ya no era la risa fragmentada que salía cuando Camila y Jessy atacaban juntas, esa risa que tenía pequeños respiros entre los ataques. Ahora era una risa continua, ininterrumpida, como un río que no encuentra presa que lo detenga. Los sonidos salían de su garganta en una corriente constante: carcajadas, jadeos, gritos ahogados, todo mezclado en una mezcla que ya no distinguía dónde empezaba uno y terminaba el otro.

—¡Jajajajajajajá! —era el sonido principal, pero a veces se convertía en un— ¡Ayyyy! —y otras veces en un— ¡Nooooo! —que se perdía antes de terminar.

Jessy sonreía. No era una sonrisa de triunfo ni de crueldad. Era la sonrisa de alguien que está haciendo exactamente lo que sabe hacer, lo que ha entrenado años para hacer, y lo hace bien. Sus ojos verdes miraban los pies de Dayana con la misma atención que un cirujano mira una incisión. Cada movimiento estaba calculado, cada presión medida, cada cambio de técnica respondía a la reacción de Dayana.

Los pies de Dayana, por su parte, no dejaban de moverse. Los dedos se abrían y cerraban, se curvaban hacia abajo, se extendían hacia arriba, como si estuvieran haciendo ejercicios de fisioterapia a velocidad forzada. Los tobillos tiraban de las correas hasta donde el velcro lo permitía, y las plantas, esas plantas blancas que ahora empezaban a enrojecer, se ofrecían al ataque de Jessy como campos de batalla que ya habían sido conquistados pero que seguían siendo bombardeados.

—Mira —dijo Mark, sin apartar la vista del visor, hablando para Camila—. Mira cómo trabaja los arcos. No se queda en un solo punto. Se mueve. Rota. Eso evita que la piel se acostumbre. Siempre fresco, siempre nuevo. Así nunca hay tregua.

Camila asintió, aunque no estaba segura de querer aprender esa lección. Ver a su madre así, retorciéndose, riendo, casi llorando, era una imagen que no sabía muy bien dónde guardar. Por un lado, era fascinante. Por otro, era aterrador. Nunca había visto a Dayana tan vulnerable. Nunca la había visto perder el control de esa manera. Su madre era la persona más contenida que conocía. La que siempre tenía una respuesta, la que nunca se dejaba llevar por las emociones, la que mantenía la cara de póquer incluso en las reuniones familiares más incómodas.

Pero ahora, bajo las manos de Jessy, esa fachada se había derrumbado por completo. Dayana era solo un cuerpo, solo nervios y músculos y piel, solo una mujer que reía porque no podía hacer otra cosa. No había abogada aquí. No había inmigrante exitosa. No había madre soltera que había sacado adelante a una hija. Solo había cosquillas. Muchas, muchas cosquillas.

Jessy cambió otra vez. Ahora usaba solo las uñas, las dos manos, los dedos ligeramente arqueados, recorriendo las plantas de los pies de Dayana como si estuviera arañando la superficie de un disco de vinilo. Las uñas rojas dejaban estelas blancas en la piel enrojecida, estelas que desaparecían al instante pero que la risa de Dayana prolongaba en el tiempo.

Dayana ya no podía ver. Las lágrimas le nublaban la vista, y cada vez que parpadeaba para limpiarlas, nuevas lágrimas las reemplazaban. Veía borroso las luces del estudio, la silueta de Mark moviéndose con la cámara, la figura de Camila al fondo con los brazos cruzados, la sonrisa concentrada de Jessy justo al final de la camilla. Todo era un borrón de colores y sonidos, y en el centro, la sensación. Solo la sensación. Las cosquillas recorriendo sus pies como un incendio forestal que no encuentra manera de apagarse.

—Sigue —dijo Mark, y su voz parecía venir de muy lejos—. No pares.

Jessy no tenía intención de parar. Sus dedos rojos seguían bailando sobre los pies de Dayana con una energía que no menguaba. Llevaba años haciendo esto, y su resistencia era legendaria en el pequeño círculo de estudios de fetiches de Austin. Podía estar horas, literalmente horas, sin cansarse, sin repetirse, sin perder la intensidad. Era su don, decía ella. Su aporte al mundo.

Dayana, mientras tanto, había perdido la noción del tiempo. No sabía cuántos minutos llevaba allí. Podían ser diez. Podían ser treinta. Podía ser una hora. El reloj biológico se había roto, reemplazado por otro ritmo, el de las cosquillas, que no tenía horas ni minutos, solo ahora y ahora y ahora. Cada vez que pensaba que no podía reír más, Jessy encontraba un nuevo punto, una nueva técnica, una nueva forma de arrancarle otra carcajada.

Los arcos, siempre los arcos, eran el centro del huracán. Jessy volvía a ellos una y otra vez, como un imán que no puede apartarse del metal. Los masajeaba con los pulgares, los rascaba con las uñas, los golpeaba suavemente con las yemas de los dedos. Y cada vez, cada maldita vez, Dayana sentía que su espalda se arqueaba, que sus piernas se estiraban, que su cabeza se hundía en la almohada.

—Jajajajajá —reía Dayana, y ya no sabía si la risa era suya o de alguien más, si era real o un eco, si alguna vez iba a parar.

Mark, desde la cámara, sonrió para sus adentros. Era una sonrisa profesional, la de quien sabe que ha capturado algo único. Los pies de Dayana eran extraordinarios, eso no había sido una exageración de Jessy. Su sensibilidad, su reacción, la forma en que se retorcían y se ofrecían al mismo tiempo, todo eso era material de primera calidad. Pero además, estaba la historia. La madre que sigue a su hija y termina siendo la protagonista. Eso no se graba todos los días.

Camila, desde el fondo, seguía observando. Sus brazos seguían cruzados, sus dedos seguían teñidos de amarillo, su expresión seguía siendo ilegible. Pero algo en su interior había cambiado. Ver a su madre así, tan humana, tan frágil, tan ridícula, le hacía algo que no sabía muy bien cómo procesar. La veía, por primera vez, no como una madre sino como una persona. Una persona con pies sensibles, con arcos vulnerables, con una risa que no podía controlar.

Y eso, de alguna manera, la acercaba más a ella que cualquier conversación que hubieran tenido en la sala de su casa.

Pasaron los minutos. Dayana no podía contarlos. Había perdido la noción del tiempo después de que Jessy tomara el control total de sus pies, después de que sus dedos rojos se convirtieran en el único universo que existía. La risa había pasado por tantas fases que ya no recordaba cómo había empezado. Al principio fueron carcajadas explosivas, luego risas nerviosas, luego esa mezcla de gritos y jadeos que parecían salir de otra persona. Ahora, en algún punto que no sabía si era el final o el comienzo de algo peor, su risa se había vuelto casi silenciosa. Un jadeo constante, entrecortado, que salía de su garganta como el último aire de un globo que se desinfla.

Sus pulmones ardían. Los brazos, aún atados hacia arriba, le temblaban por la tensión acumulada. Los pies, esos pies que habían sido el centro de todo, ahora solo sentían una especie de cosquilleo difuso que ya no distinguía si era placer o dolor o algo intermedio que no tenía nombre. Jessy seguía atacando, incansable, pero Dayana ya no se retorcía con la misma fuerza. Su cuerpo se había ido rindiendo poco a poco, como un boxeador que ya no puede levantar los brazos pero sigue en pie porque no sabe cómo caerse.

Mark la vio a través del visor de la cámara. La conocía bien, esa mirada vidriosa, esa forma de reír sin aire, ese temblor fino que recorre el cuerpo cuando ya no queda nada más que dar. Había visto esa expresión docenas de veces en modelos que llevaban demasiado tiempo bajo las manos de Jessy. Era el límite. Ese punto donde la risa deja de ser risa y se convierte en otra cosa, algo más parecido al agotamiento extremo, a la hipoxia, a la pequeña muerte que precede al desmayo.

—Corten —dijo Mark, y su voz fue tranquila pero firme, como la de un médico que da una orden en una sala de emergencias—. Suficiente.

Jessy retiró las manos al instante. No protestó, no pidió más tiempo, no hizo el gesto de «solo un minuto más» que a veces hacía cuando estaba en racha. Simplemente dejó de tocar los pies de Dayana y dio un paso atrás, con las manos aún levantadas, como si estuviera mostrando que ya no tenía armas. Sus dedos rojos quedaron suspendidos en el aire, quietos por primera vez en lo que parecía una eternidad.

Camila, que había estado observando desde el fondo, se movió rápido. Ya no era la hija que dudaba, ni la alumna que aprendía. Era la socia que sabía exactamente qué hacer cuando una sesión terminaba. Se acercó a la camilla por el lado izquierdo y comenzó a desabrochar las correas de las muñecas de Dayana. El velcro cedió con un sonido seco, y el brazo izquierdo de Dayana cayó sobre la camilla como un trapo mojado. Luego el derecho. Camila los tomó con cuidado, los estiró un poco para que la sangre volviera a circular, los masajeó suavemente sin decir nada.

Jessy, mientras tanto, había pasado a los pies. Desabrochó las correas de los tobillos con una eficiencia que delataba años de práctica. Primero el derecho, luego el izquierdo. Los pies de Dayana quedaron libres, pero no se movieron. Seguían ahí, quietos, con los dedos ligeramente separados y las plantas enrojecidas por el ataque. Jessy los tomó con ambas manos, los giró suavemente, los estiró un poco hacia arriba para aliviar la tensión acumulada en los arcos.

—Bien —dijo Mark, dejando la cámara principal sobre el trípode—. Respira, Dayana. Tómate tu tiempo.

Dayana respiró. Fue una inhalación profunda, ruidosa, como la de alguien que ha estado conteniendo el aire sin saberlo. Sus pulmones se llenaron de oxígeno por primera vez en minutos, y el alivio fue tan intenso que casi le dolió. Tosió un par de veces, se llevó una mano a la frente, y se quedó mirando el techo de la bodega. Las luces del estudio le parecían soles diminutos, y tuvo que cerrar los ojos para no sentirse mareada.

Camila le sujetó la espalda con una mano y le ayudó a incorporarse lentamente. Dayana se sentó en el borde de la camilla, con las piernas colgando, los pies aún descalzos rozando el suelo de concreto. Su cabello negro estaba deshecho, pegado a las mejillas por el sudor y las lágrimas. La camisa blanca, que ya tenía una mancha de óxido, ahora también tenía manchas de humedad en las axilas y el cuello. Parecía otra persona. Parecía alguien que acababa de correr un maratón y no estaba segura de haber llegado a la meta.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Mark, acercándose con una botella de agua que había tomado de la mesita auxiliar.

Dayana aceptó la botella con manos temblorosas. Dio un sorbo pequeño, otro más grande, y luego se limpió la boca con el dorso de la mano. Su voz, cuando por fin salió, era ronca, cascada, como si hubiera estado gritando durante horas.

—Agotada —dijo, y la palabra fue un suspiro más que una palabra—. No me había reído así… nunca. No sé ni cuánto tiempo pasó.

—Veintitrés minutos —respondió Mark, con precisión de cronómetro—. Desde que Jessy empezó en serio hasta que pedí que pararan. Buen tiempo para una primera vez.

Dayana parpadeó. ¿Veintitrés minutos? Le había parecido una eternidad, una de esas eternidades que se miden en latidos y carcajadas, no en minutos de reloj. Miró sus pies, aún colgando de la camilla, y los movió un poco. Los dedos respondieron con un leve temblor, pero ya no había esa urgencia de esconderse, de protegerse. Estaban cansados. Como ella.

Camila se sentó a su lado en la camilla, sin decir nada, solo acompañando. Su hombro rozó el de su madre, y Dayana no se apartó. Hacía años que no estaban tan cerca, pensó. No solo físicamente, sino de esa otra manera, la que no se mide en centímetros.

Mark guardó la botella de agua que Dayana le devolvió y se quedó de pie frente a ella, con los brazos cruzados. No era un hombre que sonriera mucho, pero ahora sus ojos tenían una luz diferente, más cálida, como la de un artesano que acaba de terminar una pieza y está satisfecho con el resultado.

—Esto es lo que hacemos nosotros —dijo, y su voz no era de vendedor ni de seductor, era simplemente honesta—. Esto. Cosquillas en los pies, en el cuerpo, lo que sea. Pero sobre todo en los pies. Grabamos, editamos, subimos a FeetFinder. Es legal, es consensuado —hizo una pausa y sonrió—, aunque esta vez lo del consentimiento fue un poco improvisado, lo admito.

Dayana no respondió. Solo lo miró, todavía con la respiración entrecortada, todavía con los pies hormigueando.

Mark se agachó un poco para quedar a su altura. Su barba recortada, sus brazos tatuados, sus ojos claros que la miraban sin prisa.

—Quisiera darte la bienvenida a nuestro estudio en FeetFinder —dijo, como si estuviera ofreciendo un trabajo, como si estuviera invitando a alguien a formar parte de algo—. Si aceptas, claro. No tienes que decidir ahora. Pero lo que vi hoy… Dayana, lo que vi hoy fue especial. Tienes unos pies increíbles y una sensibilidad que no se encuentra todos los días. Eso, en este negocio, vale oro.

Dayana bajó la mirada hacia sus pies. Sobre el concreto frío, con las uñas rojas aún brillando bajo la luz tenue que escapaba de los focos, parecían ajenos. Como si no le pertenecieran. Como si fueran de otra persona, una que reía sin control y no se avergonzaba de ello.

Camila, a su lado, no decía nada. Solo esperaba. Jessy, al fondo, recogía los utensilios y los guardaba en la caja de plástico, dando la espalda a la escena como si quisiera darles privacidad. Mark seguía ahí, en cuclillas, esperando una respuesta que Dayana no estaba segura de tener.

Dayana seguía sentada en el borde de la camilla, con las piernas colgando y los pies aún rozando el suelo de concreto. El hormigueo en las plantas empezaba a desaparecer, reemplazado por una sensación de calor que no era desagradable. Su respiración volvía poco a poco a la normalidad, aunque de vez en cuando un pequeño espasmo le recorría las piernas, un eco tardío de lo que había sido el ataque de Jessy. Camila seguía a su lado, en silencio, con la toalla rosa todavía sobre los hombros. Mark seguía en cuclillas frente a ella, esperando.

Dayana lo miró. Lo miró a él, a Jessy que guardaba utensilios en la caja de plástico, a las cámaras sobre los trípiedes, a los telones negros que convertían aquella bodega en un mundo aparte. Y luego, con la voz aún un poco ronca, hizo la pregunta que llevaba varios minutos dando vueltas en su cabeza.

—¿Y qué debía hacer yo? —preguntó. No era una aceptación, no todavía. Era una pregunta de abogada, de alguien que necesita los términos claros antes de firmar cualquier cosa.

Mark se incorporó lentamente, estirando las piernas. Se quedó de pie frente a ella, con los brazos cruzados, y su expresión era la de alguien que ha respondido esa pregunta muchas veces pero no le importa repetirla.

—Modelar tus pies —dijo, como si fuera lo más natural del mundo—. Y también ser modelo en videos de cosquillas. No tienes que enseñar la cara si no quieres. Muchas de nuestras modelos usan máscaras o planos parciales. Pero con la sensibilidad que tienes… Dayana, tú eres material de primera. La gente paga por ver eso. Paga bien.

Dayana parpadeó. Modelar sus pies. La frase le sonaba absurda, sacada de alguna película que nunca había visto. Ella, que había pasado cuarenta y dos años escondiéndolos, ahora los iba a mostrar. Pero el absurdo, pensó, ya había empezado horas antes, cuando decidió seguir a su hija hasta esa bodega. Esto era solo una consecuencia más.

—¿Y cuánto se gana en esto? —preguntó, y la pregunta fue práctica, directa, sin rodeos. Era la abogada hablando, la que había negociado cientos de acuerdos y sabía que el dinero era siempre la primera variable.

Mark sonrió. No era una sonrisa burlona. Era la sonrisa de alguien que sabe que lo que va a decir va a cambiar la expresión del interlocutor.

—Eso depende —respondió—. Pero déjame preguntarte algo primero. ¿Cuánto ganas al año como abogada?

Dayana dudó un segundo. No era una pregunta que se le hiciera a cualquiera, y mucho menos a una mujer que acababa de conocer en una bodega abandonada. Pero algo en la forma de Mark, en su manera directa pero no agresiva, le hizo confiar. O quizás era el cansancio, ese agotamiento que baja las defensas y hace que los secretos se vuelvan menos secretos.

—Ciento veinte mil —dijo. Redondeó hacia abajo, como hacía siempre cuando alguien le preguntaba. No le gustaba presumir. Además, después de impuestos y de pagar el seguro de Camila, la cifra real era bastante menor.

Mark no se inmutó. Asintió con la cabeza, como si hubiera estado esperando una cantidad parecida.

—Con el potencial que tienes —dijo, señalando los pies de Dayana con un movimiento de barbilla—, podrías duplicar esa cifra. Incluso triplicarla. Depende de cuánto quieras trabajar, de cuánto contenido quieras generar. Pero con tus pies… Dayana, he visto cientos de modelos en diez años. Tú estás en el top cinco por sensibilidad y estética. Eso es dinero. Mucho dinero.

Dayana se quedó en silencio. El número flotaba en el aire entre ellos, todavía sin anclarse a nada real. Doscientos cuarenta mil al año. Trescientos sesenta mil. Cifras que como abogada solo veía en los contratos de los demás, nunca en su propia cuenta bancaria. Cifras que significaban pagar la universidad de Camila sin despeinarse, jubilarse antes, comprar una casa mejor, viajar. Cifras que significaban, sobre todo, no tener que volver a aceptar casos de divorcios que la deprimían solo de leerlos.

—¿Es legal? —preguntó, y la pregunta fue casi un susurro. No porque dudara, sino porque la respuesta importaba. Era abogada, después de todo. No podía dedicarse a algo ilegal. Su carrera, su reputación, todo lo que había construido durante veinte años, dependía de eso.

Mark asintió con firmeza.

—Completamente legal —dijo—. Los pies no son genitales. No hay penetración, no hay desnudos explícitos. Es material erótico de nicho, amparado por las leyes de libertad de expresión. FeetFinder tiene equipos legales que revisan cada contenido. Todo lo que hacemos aquí está dentro de la ley.

Dayana asintió. Su mente de abogada procesaba la información, buscaba agujeros, encontraba ninguno. Era un área gris, quizás, pero no ilegal. Y las áreas grises, ella lo sabía bien, eran el territorio donde se movían los mejores negocios.

—Y los impuestos —dijo de repente, y la pregunta salió con la naturalidad de quien habla de algo cotidiano—. ¿Cómo se hace con Hacienda? ¿Cómo se declara esto?

Mark soltó una carcajada corta. No era burla. Era sorpresa, quizás admiración. Una mujer que acababa de pasar veintitrés minutos atada a una camilla, riéndose hasta casi desmayarse, y su primera preocupación después de eso eran los impuestos. Eso era una abogada de verdad.

—Tenemos un contador —respondió, recuperando la compostura—. Trabaja con todas las modelos del estudio. Te emite facturas, te hace las retenciones, te presenta las declaraciones. Todo en regla. Como una empresa normal, porque lo es. Una empresa normal que vende videos de cosquillas en los pies, pero normal al fin y al cabo.

Dayana sonrió. Por primera vez en horas, sonrió sin que fuera una respuesta a las cosquillas. Era una sonrisa pequeña, casi secreta, la que ponía cuando cerraba un trato que le convenía.

—Suena estupendo —dijo, y la palabra «estupendo» sonó tan fuera de lugar en esa bodega, con las luces de estudio y los telones negros, que Camila, a su lado, soltó una risita nerviosa.

Mark extendió la mano. No para estrecharla, sino para ofrecer un apretón que sellara el acuerdo. Era un gesto simple, casi antiguo, pero efectivo.

—¿Entonces aceptas? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Dayana miró su propia mano. La extendió hacia él. Sus dedos aún temblaban un poco, pero el apretón fue firme. El de una mujer que sabe lo que quiere.

—Acepto —dijo.

Y al decirlo, sintió que algo en su interior se soltaba. No era el miedo, que ya se había ido hacía rato. Era otra cosa. Era como si hubiera estado conteniendo la respiración durante años sin saberlo, y ahora, por fin, pudiera exhalar.

Camila, a su lado, dejó escapar un suspiro que podía ser alivio o sorpresa. Jessy, desde el fondo, levantó la vista de la caja de plástico y sonrió. Mark, todavía con la mano de Dayana entre la suya, asintió con la cabeza.

—Bienvenida al equipo —dijo—. Vas a hacer mucho dinero. Y te vas a reír mucho. Eso te lo aseguro.

Dayana retiró la mano, se la pasó por el cabello desordenado, y miró sus pies otra vez. Seguían ahí, enrojecidos, con las uñas rojas brillando bajo la luz. Los movió un poco, y los dedos respondieron con ese temblor que ya empezaba a serle familiar. No los escondió. No cruzó las piernas ni buscó los zapatos. Los dejó ahí, expuestos, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Quizás lo era. Quizás siempre lo había sido, y ella solo no lo sabía.

Continuará…

Original de Tickling Stories

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