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Había pasado casi un año desde que Jessica dejó de cuidar a Daniel.
No fue por un malentendido ni porque algo saliera mal. Al contrario, Jessica había sido la mejor cuidadora que Elena había contratado en años. Daniel la adoraba. Elena confiaba en ella plenamente. Pero la vida, a veces, simplemente ofrece oportunidades que no se pueden rechazar.
A Jessica le salió un trabajo en otra ciudad. Era en un centro especializado, con un salario fijo, prestaciones de ley y un contrato indefinido. Ganaba casi el triple de lo que Elena podía pagarle como cuidadora independiente. No hubo rencor. Hubo una cena de despedida, Daniel le regaló un dibujo de ella con unos pies enormes y una pluma gigante, y Jessica se fue con una carta de recomendación que Elena le escribió a mano.
—Te voy a extrañar, Jess —había dicho Daniel aquella tarde, abrazándola fuerte.
—Y yo a ti, Dani. Pero vas a conocer a muchas personas buenas, ya vas a ver.
Elena se quedó en la puerta, viendo cómo el taxi se alejaba, y suspiró. Sabía que encontrar a alguien como Jessica no iba a ser fácil. No lo fue.
Durante los siguientes diez meses, Elena entrevistó a más de quince candidatas. Algunas llegaban con títulos impresionantes pero cero calidez humana. Otras eran muy amorosas pero no tenían la menor idea de cómo manejar a un joven de veinte años con síndrome de Down que tenía más energía que un cable eléctrico. Un par renunciaron a la semana. Una duró tres días. Otra llegó tarde tres veces seguidas y Elena no la volvió a llamar.
Daniel, por su parte, se portaba bien dentro de lo que cabía. Extrañaba a Jessica, pero no hacía berrinches. Eso sí, ninguna de las cuidadoras nuevas lograba conectar con él de verdad. Y ninguna, por supuesto, había descubierto su pequeño juego favorito. Porque Elena, por vergüenza o por no saber cómo decirlo, nunca mencionaba en las entrevistas que a Daniel le encantaba hacer cosquillas en los pies.
No es que fuera algo malo. Al menos ella no lo veía como algo malo. Daniel no tenía malicia. Simplemente le fascinaba ver la reacción de las personas cuando les rozaba la planta de los pies con los dedos o con una pluma. Le gustaba la risa, la sorpresa, el momento en que alguien perdía el control por un segundo. Con Jessica había sido un juego que funcionó porque ella puso reglas claras: pedir permiso, un temporizador, una palabra de seguridad. Pero con otras cuidadoras, Elena no se sentía con la confianza suficiente para sacar el tema.
—¿Cómo le digo a una desconocida que mi hijo de veinte años quiere hacerle cosquillas en los pies? —le había confesado a su hermana por teléfono una noche—. Suena raro. Aunque no lo sea.
—Pues no lo digas —le respondió su hermana—. Si el juego surge, surge. Y si no, pues no.
Elena siguió ese consejo. Y por eso, cuando encontró el anuncio de Marcela en un sitio web de profesionales independientes, decidió no mencionar nada sobre las cosquillas. Por ahora.
El anuncio era breve pero contundente:
«Marcela Gómez. Especialista en el cuidado integral de personas con síndrome de Down y discapacidad intelectual. Más de veinte años de experiencia en instituciones y atención domiciliaria. Referencias verificables. Disponibilidad inmediata.»
No había fotos provocativas ni promesas imposibles. Solo datos. Experiencia. Seriedad. Justo lo que Elena necesitaba después de tantos fracasos.
Marcó el número.
—¿Señora Marcela? La llamo por el anuncio que vi en internet. Para el cuidado de mi hijo.
—Sí, dígame.
La voz era pausada, clara, con un dejo de autoridad tranquila. No de esas personas que gritan para imponer respeto, sino de las que hablan en voz baja y todos se callan para escucharlas.
—¿Podríamos reunirnos mañana en la tarde? Me gustaría conocerla antes de tomar cualquier decisión —dijo Elena.
—Por supuesto. Mándeme la dirección por mensaje y llego a las tres.
No preguntó por el pago. No pidió adelantos. No hizo ninguna de esas cosas que hacían las candidatas más informales. Elena colgó con una mezcla de alivio y curiosidad.
Al día siguiente, a las tres en punto, llamaron al timbre.
Elena abrió la puerta y se encontró con una mujer alta, de unos cuarenta y siete años, de contextura delgada y postura firme. Tenía el cabello negro, ligeramente ondulado, peinado hacia atrás en una cola baja que le daba un aire serio pero elegante. Sus ojos verdes miraban con atención, como si estuvieran evaluando todo a su alrededor sin prisa. Vestía una chaqueta negra ligera, pantalón gris de vestir y zapatos cerrados de cuero negro, impecables. No llevaba maquillaje más que un poco de labial oscuro.
—Señora Elena, mucho gusto. Soy Marcela Gómez —dijo extendiendo la mano con firmeza.
—Pase, por favor. Gracias por venir.
Marcela entró con pasos medidos, observando la sala, las fotos en la pared, los juguetes organizados en cajas plásticas. Todo en orden. Asintió para sí misma, como si aprobara silenciosamente.
Se sentaron en el sofá. Elena ofreció café. Marcela aceptó, negro, sin azúcar.
Mientras el café se preparaba, Marcela abrió su maletín y sacó una carpeta gruesa. La puso sobre la mesa con cuidado, como quien exhibe una prueba irrefutable.
—Aquí tengo mis certificados, diplomas y referencias —dijo, deslizando la carpeta hacia Elena—. He trabajado en la Fundación San Rafael durante doce años, en la Casa Hogar El Prado durante seis, y los últimos cuatro años he estado haciendo atención domiciliaria independiente. Todas las referencias están actualizadas. Puede llamar a cada uno de esos números si lo desea.
Elena hojeó los documentos. Todo estaba en orden: títulos, cartas de recomendación, constancias de cursos de primeros auxilios, manejo de conductas desafiantes, estimulación cognitiva. Marcela no había exagerado en su anuncio.
—Veo que tiene mucha experiencia con personas con síndrome de Down —comentó Elena, impresionada.
—Sí. Es mi especialidad. He trabajado con niños, adolescentes y adultos. Cada persona es un mundo distinto, pero hay patrones que uno aprende a reconocer. La paciencia no es algo que se tenga o no se tenga; se entrena. Como un músculo.
Marcela hablaba con seguridad, sin soberbia. No era una de esas personas que necesitan demostrar que saben más que los demás. Simplemente sabía.
—Mi hijo tiene veinte años —dijo Elena, sirviendo el café—. Se llama Daniel. Tiene síndrome de Down, es bastante autónomo para algunas cosas, pero necesita supervisión constante. Es muy cariñoso, curioso, y tiene mucha energía. Necesita rutina.
—Lo típico —asintió Marcela, tomando un sorbo de café—. ¿Tiene conductas desafiantes?
—A veces. Cuando algo no sale como él espera, puede frustrarse. No es violento, pero se pone terco. Puede llorar o gritar un poco, pero se calma si uno lo maneja con firmeza y cariño.
—Bien. Yo trabajo con un sistema de consecuencias lógicas. No castigos, pero sí límites claros. Si el joven entiende que sus acciones tienen consecuencias, la mayoría de las veces elige cooperar.
Elena asintió, sintiendo que por fin estaba hablando con una profesional de verdad.
—¿Ha tenido algún problema con cuidadores anteriores? —preguntó Marcela, sin dejar de mirarla a los ojos.
Elena dudó un segundo. No por la pregunta, sino porque su mente se fue a Jessica, a las cosquillas, a todo lo que no estaba diciendo.
—No —respondió al final—. Tuvimos una cuidadora excelente el año pasado, pero se fue porque le salió un trabajo en otra ciudad. Le pagaban mucho más dinero. Desde entonces, no he logrado encontrar a alguien que conecte bien con Daniel.
—¿Y su esposo?
—Trabaja fuera de la ciudad la mayor parte del tiempo. Soy yo sola aquí la mayor parte del día.
Marcela asintió, entendiendo el peso de esa frase.
—Mire, señora Elena —dijo, apoyando la taza en la mesa—. Yo no soy de las que llegan a hacerse las amigas ni a fingir que todo es perfecto. Yo llego, hago mi trabajo, cuido a su hijo con el mismo respeto y profesionalismo con el que cuidaría al mío, y me voy. Si Daniel conecta conmigo, bien. Si no, no insisto. Pero sí le garantizo una cosa: mientras yo esté aquí, él va a estar seguro, atendido y estimulado. Eso se lo firmo.
Elena sintió un nudo en la garganta. No de tristeza, sino de alivio.
—¿Podría quedarse una tarde de prueba? —preguntó—. Sin compromiso. Para que conozca a Daniel y él la conozca a usted.
—Claro. Podemos empezar hoy mismo, si usted quiere.
Elena miró el reloj. Las tres y media de la tarde. Daniel estaba en su habitación, probablemente viendo sus dibujos animados o jugando con sus dinosaurios de plástico.
—Sí. Hoy mismo.
Marcela guardó su carpeta en el maletín, se ajustó la chaqueta y se puso de pie. Elena la llevó por el pasillo alfombrado hasta la habitación de Daniel. La puerta estaba cerrada, pero se escuchaba una melodía infantil de fondo.
—Dani —llamó Elena tocando suavemente—. ¿Puedo pasar?
—Sí, mami —respondió una voz desde adentro.
Elena abrió la puerta. Daniel estaba sentado en su alfombra de colores, rodeado de bloques de construcción. Sus lentes de montura gruesa estaban un poco deslizados sobre la nariz. Vestía una camiseta amarilla con un estegosaurio estampado y unos pantalones cortos grises. Los pies estaban cubiertos por unos calcetines azules con lunares blancos.
—Dani, te quiero presentar a alguien —dijo Elena con voz suave, haciéndose a un lado para que Marcela entrara en su campo de visión—. Ella se llama Marcela. Vino a conocerte.
Daniel levantó la vista. Sus ojos recorrieron a la mujer alta, de cabello negro y postura firme. Ella se agachó ligeramente para quedar más cerca de su altura, pero sin invadir su espacio.
—Hola, Daniel —dijo Marcela con un tono calmado—. Mucho gusto. ¿Puedo sentarme contigo un rato?
Daniel no respondió de inmediato. La miró. Miró sus zapatos de cuero negro. Miró sus manos, que descansaban tranquilas sobre sus rodillas. Luego volvió a sus zapatos.
—Estás grande —dijo al final, con una honestidad que hizo reír a Elena nerviosamente.
Marcela no se rió. Solo asintió.
—Sí. Soy grande. Y tú también.
Daniel pareció procesar eso. Luego, sin más preámbulos, señaló el espacio vacío en la alfombra frente a él.
—Siéntate.
Marcela obedeció. Se sentó con cuidado, cruzando las piernas a un lado, manteniendo la espalda recta. Desde esa posición, Daniel podía ver sus zapatos negros, impecables, cerrados hasta el tobillo.
—¿Qué estás construyendo? —preguntó Marcela, señalando los bloques.
—Un castillo —respondió Daniel, volviendo a concentrarse en las piezas—. Pero se me cayó una torre.
—¿Te ayudo?
Daniel la miró otra vez, evaluándola. Luego asintió.
—Está bien. Pero tú pones los rojos. Yo pongo los azules.
Marcela asintió seria y empezó a buscar los bloques rojos entre el montón.
Elena observó desde la puerta, conteniendo la respiración. No era una conexión explosiva como la que Daniel había tenido con Jessica, que había sido inmediata y física. Esto era distinto. Más lento. Más cauteloso. Pero estaba pasando.
—Me voy a la cocina —dijo Elena, retrocediendo—. Cualquier cosa, estoy ahí.
Marcela no levantó la vista. Solo asintió mientras colocaba un bloque rojo sobre otro.
Los primeros minutos fueron de silencio constructivo. Daniel y Marcela trabajaron en el castillo sin hablar, cada uno en su tarea. Ella no intentaba forzar conversación ni hacer preguntas tontas para romper el hielo. Simplemente construía.
Fue Daniel quien habló primero.
—¿Tú tienes hijos?
—Sí. Dos hijas. Ya son grandes.
—¿Y juegan a los castillos?
—Ya no. Ahora juegan a otras cosas.
—¿A qué?
—A trabajar —respondió Marcela, y algo en su tono hizo que Daniel soltara una risita corta, aunque no estaba seguro de si era gracioso o no.
Siguieron construyendo. Daniel, de vez en cuando, lanzaba miradas rápidas a los pies de Marcela. No es que hiciera nada raro. Solo que sus zapatos le llamaban la atención. Eran negros, brillantes, y parecían nuevos.
—¿Te duelen los pies? —preguntó de repente.
Marcela levantó la vista, sorprendida por la pregunta.
—No. ¿Por qué?
—Porque usas zapatos grandes.
—Son mis zapatos —respondió ella, sin ofenderse—. Así los uso.
—¿Y en tu casa también usas zapatos?
Marcela sonrió por primera vez. Fue una sonrisa pequeña, apenas un gesto, pero suavizó todo su rostro.
—En mi casa uso pantuflas.
—¿Pantuflas?
—Sí. Zapatos de casa.
Daniel asintió, como si hubiera resuelto un misterio importante.
—Yo no uso zapatos en mi cuarto —dijo, señalando sus pies con calcetines—. Porque los zapatos traen gérmenes.
—Eso es muy inteligente —dijo Marcela, y volvió a colocar un bloque rojo.
Elena, que había vuelto a asomarse sigilosamente al pasillo, sonrió al verlos. No era magia. No era amor a primera vista. Era solo dos personas construyendo un castillo de bloques. Y por ahora, eso era suficiente.
Marcela no se quitó los zapatos. Ni siquiera se aflojó los cordones. Sus pies permanecieron dentro del cuero negro, firmes sobre la alfombra, mientras ella y Daniel continuaban armando el castillo en un silencio que, poco a poco, comenzaba a volverse cómodo.
Elena suspiró, se recostó en la pared del pasillo y cerró los ojos un momento.
—Ojalá, Marcela —murmuró para sí misma—. Ojalá esta sea la buena.
Porque sabía que, en algún momento, Daniel iba a querer jugar a su juego favorito. Y Marcela no tenía idea de lo que le esperaba.
El castillo quedó en pie. No era el más grandioso ni el más simétrico, pero ninguna de sus torres se cayó cuando Daniel colocó la última pieza azul en la cima.
—Listo —dijo él, con un tono de satisfacción que no admitía discusión.
—Quedó bien —respondió Marcela, examinando la estructura con la misma seriedad con la que habría revisado un informe de trabajo—. Las torres están firmes.
—Porque yo puse los azules —dijo Daniel, cruzando los brazos con orgullo.
—Y yo los rojos —agregó Marcela, y aunque su tono seguía siendo neutro, había algo en sus palabras que reconocía el esfuerzo compartido.
Se quedaron en silencio unos segundos más. Daniel movía los dedos de los pies dentro de sus calcetines de lunares, un gesto que Marcela notó pero no comentó. Ella, por su parte, mantenía las piernas cruzadas a un lado, los pies con zapatos negros firmemente apoyados en la alfombra. Ni una vez había hecho el amago de desabrochárselos o de estirar las piernas de una manera que dejara sus plantas expuestas. Era un cuidado inconsciente, un hábito que había perfeccionado durante años sin siquiera pensar en él.
—Bueno, Daniel —dijo Marcela, poniéndose de pie con un movimiento ágil pero pausado—. Ha sido un gusto conocerte.
Daniel levantó la vista. La miró desde el suelo, con sus lentes todavía un poco torcidos.
—¿Ya te vas?
—Sí. Por ahora. Pero tu mamá y yo vamos a hablar. Quizás vuelva mañana.
Daniel asintió lentamente. No hizo el movimiento para abrazarla, como solía hacer con las personas que le caían bien de inmediato. Con Marcela fue diferente. Él la observó mientras ella se alisaba el pantalón gris, se ajustaba la chaqueta negra y recogía su maletín, que había dejado junto a la puerta.
—Adiós, Marcela —dijo él, sin levantarse.
—Adiós, Daniel. Cuida tu castillo.
Ella salió de la habitación con pasos firmes, cerrando la puerta detrás de sí sin hacer ruido.
El pasillo estaba en penumbras. Marcela caminó hasta la cocina, donde Elena estaba de espaldas, fingiendo que ordenaba unos platos en el escurridor. En realidad, desde que escuchó los pasos de Marcela acercándose, había dejado de mover las manos. Estaba esperando.
—Señora Elena —dijo Marcela, apoyando el maletín en una silla.
Elena se dio la vuelta, secándose las manos en un paño de cocina. Su rostro era una mezcla de esperanza y nerviosismo.
—¿Y? —preguntó, sin poder evitarlo.
Marcela se tomó un segundo antes de responder. No por duda, sino por costumbre. Ella era de las que piensan antes de hablar.
—Siento que conecté con Daniel —dijo al fin, con esa voz pausada que no dejaba lugar a malinterpretaciones—. No fue un encuentro explosivo. Él es reservado al principio, eso lo noté. Pero hubo disposición. Me dejó ayudarle con el castillo. Me hizo preguntas. Me miró a los ojos varias veces. Para un primer encuentro, eso es más que suficiente.
Elena soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿De verdad? —preguntó, y su voz sonó más frágil de lo que hubiera querido.
—De verdad —respondió Marcela, asintiendo—. He trabajado con muchos jóvenes con síndrome de Down, y sé cuándo hay rechazo. Conmigo no lo hubo. No hubo entusiasmo desbordado tampoco, pero eso está bien. La confianza se construye, no se improvisa.
Elena se llevó una mano al pecho, como si necesitara contener la emoción que le subía por el esternón.
—Usted no sabe cuánto he buscado —dijo, y su voz se quebró apenas un poco—. Después de que Jessica se fue, pasé por tantas candidatas… unas no duraban ni una semana, otras ni siquiera conectaban con Daniel desde el primer día. Yo ya estaba empezando a pensar que nunca iba a encontrar a alguien.
Marcela la escuchó sin interrumpir. No ofreció frases hechas como «todo va a estar bien» ni palmadas en la espalda. Solo esperó a que Elena terminara.
—Si usted quiere —dijo Marcela cuando Elena se calló—, puedo venir mañana. Así usted puede seguir con su rutina diaria. Ir a trabajar, hacer sus diligencias, lo que necesite. Yo me quedo con Daniel, lo cuido, y empezamos a conocer nuestras rutinas.
Elena abrió los ojos como si le hubieran ofrecido un salvavidas en medio del mar.
—¿Mañana? —repitió, como si no lo pudiera creer.
—Mañana —confirmó Marcela—. Puedo llegar a las ocho de la mañana, si a usted le sirve. Así usted se va tranquila a su trabajo y yo me encargo del desayuno, las actividades de la mañana, el almuerzo… lo que necesite.
—Sí —dijo Elena, asintiendo con tal rapidez que parecía que le iba a crujir el cuello—. Sí, claro que sí. Ocho está perfecto.
Marcela asintió, seria, y recogió su maletín de la silla.
—Entonces mañana a las ocho estoy aquí. Por ahora, me retiro.
—Espere —dijo Elena, dando un paso al frente—. ¿No quiere tomar algo? ¿Un café, un jugo? Para celebrar, digamos.
Marcela negó con la cabeza, pero sin rudeza.
—Mejor lo dejamos para otro día. Ahora voy para mi casa a organizar mis cosas. Pero gracias.
Elena la acompañó hasta la puerta principal. Mientras Marcela se ajustaba la correa del maletín al hombro, Elena se quedó mirándola un momento. Era una mujer alta, de porte firme, que parecía no necesitar la aprobación de nadie. Pero también había algo en ella que inspiraba confianza. No era calidez, no exactamente. Era más bien la sensación de que, si Marcela decía que iba a hacer algo, lo hacía.
—Marcela —dijo Elena, justo cuando ella ya tenía una mano en la manija—. Gracias. De verdad.
Marcela se volvió apenas, solo lo suficiente para que Elena viera su perfil.
—No me dé las gracias todavía —respondió—. Primero déjeme trabajar.
Y con eso, abrió la puerta y salió.
Elena cerró detrás de ella y se quedó apoyada en la madera, con los ojos cerrados y una sonrisa que no podía disimular. Del cuarto de Daniel llegaba el sonido de una canción infantil que él tarareaba mientras, seguramente, reorganizaba los bloques del castillo.
—Mami —gritó Daniel desde su habitación—. ¿Ya se fue la señora grande?
—Sí, Dani —respondió Elena, yendo hacia el pasillo—. Ya se fue.
—¿Vuelve?
—Sí. Vuelve mañana.
Daniel no dijo nada más. Elena asomó la cabeza por la puerta de su habitación y lo vio sentado en la alfombra, con los calcetines de lunares todavía puestos, moviendo los dedos de los pies dentro de ellos mientras colocaba un dinosaurio de plástico en la torre más alta del castillo.
—¿Te gustó, Dani? —preguntó Elena, aunque ya sabía la respuesta.
Daniel levantó la vista. Se ajustó los lentes con un dedo.
—Es callada —dijo—. Pero ayudó.
Elena sonrió.
—Eso es bueno, ¿no?
Daniel asintió, y volvió a su castillo.
Elena se recostó en el marco de la puerta, cruzó los brazos y lo observó un rato. Por primera vez en meses, sentía que había encontrado una luz al final del túnel. No sabía nada de Marcela, en realidad. No sabía que era extremadamente cosquilluda en los pies. No sabía que había pasado años evitando que nadie tocara sus plantas. No sabía que, a esa misma hora, Marcela iba caminando hacia la parada del bus con los pies firmes dentro de sus zapatos negros, ajena por completo a que al día siguiente estaría sentada en la alfombra de un joven de veinte años que, en algún momento, iba a mirar sus pies con una curiosidad que ella no estaba preparada para enfrentar.
Pero eso, Elena todavía no lo sabía.
Y Marcela, mucho menos.
A la mañana siguiente, el timbre sonó puntual a las ocho en punto.
Elena ya estaba levantada desde las seis. No había dormido bien, pero no era por nervios. Era más bien esa clase de insomnio ligero que viene con la esperanza, esa sensación de que algo importante está por comenzar y el cuerpo se niega a perderse ni un minuto.
Abrió la puerta y ahí estaba Marcela.
Parecía una mujer distinta a la del día anterior. No la de la chaqueta negra y los pantalones de vestir. Esta Marcela vestía un conjunto de sudadera color gris oscuro, holgado pero no descuidado, con un pantalón que le quedaba justo en el tobillo. Los tenis eran blancos, impecables, con cordones bien amarrados y medias tobilleras blancas que asomaban apenas por encima del borde del zapato. Llevaba una camiseta de cuello redondo, azul marino, que contrastaba con su piel blanca. El cabello negro, que el día anterior había llevado suelto, ahora estaba recogido en una cola alta que le dejaba el rostro completamente despejado. Unas gafas oscuras, que se quitó en cuanto Elena la saludó, descansaban ahora en el cuello de su camiseta.
Llevaba además un bolso grande de lona color beige, cruzado al cuerpo, que parecía contener más cosas de las que aparentaba.
—Buenos días, señora Elena —dijo Marcela, con la misma voz pausada del día anterior.
—Buenos días, Marcela. Pase, pase.
Elena se hizo a un lado y Marcela entró con pasos seguros. Dejó las gafas oscuras en la mesita del recibidor junto a un jarrón con flores secas, y se quedó de pie en la sala, esperando instrucciones.
—Mire —dijo Elena, señalando la cocina mientras caminaba hacia allá—. Le preparé el almuerzo. Está en la nevera, en unos recipientes de vidrio. El suyo y el de Daniel. Solo es calentarlo, nada más. Hay pollo al horno con verduras y arroz. También hay un poco de ensalada.
—Perfecto —respondió Marcela, asintiendo con seriedad—. ¿Daniel ya desayunó?
—Sí, hace una hora. Él se despierta temprano. A esta hora suele estar en su cuarto, viendo televisión o leyendo sus historietas. Hoy está tranquilo.
—Bien.
Elena dudó un segundo, como si quisiera decir algo más pero no encontrara las palabras.
—Marcela —dijo al fin—, yo voy a estar fuera todo el día. Hasta las seis de la tarde aproximadamente. Si pasa algo, cualquier cosa, por pequeña que sea, me llama. Tengo el teléfono siempre cerca.
—No se preocupe —respondió Marcela, con un tono que no era despectivo pero sí certero—. Yo me encargo.
Elena asintió, aunque en su pecho seguía latiendo esa mezcla de alivio y ansiedad que todas las madres conocen cuando dejan a sus hijos al cuidado de alguien más. Recogió sus llaves, su bolso, y se dirigió a la puerta.
—Ya me voy, entonces.
—Que tenga un buen día, señora Elena.
—Gracias. Cuídense.
La puerta se cerró con un clic suave. Marcela escuchó los pasos de Elena alejándose por el camino de entrada, la puerta del carro abriéndose y cerrándose, el motor encenderse y luego desvanecerse en la distancia.
Silencio.
Marcela dejó su bolso de lona sobre el mesón de mármol de la cocina. Era una pieza grande, blanca con vetas grises, que funcionaba como isla en medio del espacio. Apoyó el bolso con cuidado, se aseguró de que no estuviera cerca de la estufa ni del fregadero, y luego se quedó un momento escuchando.
De la habitación de Daniel llegaba un murmullo de voces. La televisión, probablemente. Algo infantil, con canciones pegajosas.
Marcela ajustó sus tenis un momento, asegurándose de que los cordones estuvieran bien amarrados, y caminó por el pasillo alfombrado hasta la habitación de Daniel.
La puerta estaba abierta.
Ella se asomó sin hacer ruido. Daniel estaba sentado en su alfombra de colores, igual que el día anterior. Tenía una historieta abierta sobre sus piernas cruzadas —el rostro de un superhéroe de capa roja ocupaba toda la portada— y la televisión encendida en un volumen bajo, justo al lado de su cama, transmitiendo una serie de dibujos animados de animales que hablaban. A su alrededor, esparcidos por la alfombra como las ruinas de una ciudad antigua, había decenas de piezas de Lego. No estaban armados. Simplemente estaban ahí, en montones pequeños, como esperando ser usados.
Marcela se quedó en el marco de la puerta, sin entrar, esperando a que él la viera.
Daniel levantó la vista. La miró. No sonrió, pero tampoco frunció el ceño. La reconoció.
—Hola —dijo.
—Hola, Daniel —respondió Marcela.
Él volvió a mirar sus historietas un segundo, como si estuviera decidiendo algo. Luego levantó la vista otra vez, esta vez directo a los pies de Marcela.
—No zapatos —dijo, con una autoridad que ya Marcela había escuchado el día anterior—. Traen gérmenes.
Marcela lo miró un momento. No se rió. No puso cara de sorpresa ni de incredulidad. Simplemente asintió, como si aquella fuera la regla más lógica del mundo.
—Tienes razón —dijo—. Los zapatos traen gérmenes.
Y sin pensarlo dos veces, se agachó, se desabrochó los cordones de los tenis con movimientos rápidos y seguros, y se los quitó uno por uno, dejándolos a un lado de la puerta, junto a unas zapatillas de Elena que ya estaban allí.
Se quedó con las medias tobilleras blancas. Nuevas, limpias, que le cubrían apenas hasta los huesos de los tobillos.
Marcela dio un paso al frente. La alfombra era suave bajo sus pies enfundados en algodón. Caminó hasta donde estaba Daniel y, sin preguntar, se sentó en el suelo a su lado, cruzando las piernas hacia un costado, igual que el día anterior.
Daniel la observó. Observó sus pies. Las medias blancas, impecables, que apenas dejaban adivinar la forma de sus dedos.
—Hoy no tengo zapatos —dijo Marcela, como si reportara un hecho objetivo—. Solo medias.
Daniel asintió, satisfecho.
—Está bien —dijo—. Las medias sí pueden.
Y volvió a su historieta, como si nada hubiera pasado.
Marcela se quedó sentada a su lado, en silencio, mirando los Legos esparcidos por el suelo y los dibujos animados que seguían su curso en la televisión. No dijo nada más. No intentó forzar una conversación ni preguntar de qué trataba la historieta. Solo estaba allí, presente, con los pies cubiertos de algodón blanco apoyados sobre la alfombra.
Daniel, de reojo, las miró un momento.
Pero todavía no hizo nada.
La mañana transcurrió con una calma que Marcela no había experimentado en sus últimos trabajos. Daniel no era un niño inquieto, al menos no en el sentido caótico del término. Tenía energía, sí, pero la canalizaba en pequeñas dosis: cambiaba de posición cada pocos minutos, movía los dedos de los pies dentro de sus calcetines mientras pensaba, tarareaba las canciones de la televisión sin darse cuenta.
Marcela, por su parte, hizo lo que mejor sabía hacer: enseñar sin prisa.
—Daniel, ¿quieres que hagamos algo? —preguntó después de un rato de silencio compartido.
Él levantó la vista de su historieta.
—¿Qué cosa?
—No sé. Tú decides.
Daniel pensó. Frunció el ceño. Se ajustó los lentes.
—Podemos leer —dijo—. Pero tú lees. Yo escucho.
—Está bien —respondió Marcela, tomando una de las historietas que estaban esparcidas en el suelo—. ¿Esta?
—Sí. Esa es de Batman. Es mi favorita.
Marcela abrió la historieta por la primera página. No era una lectora experta en cómics, pero sabía seguir dibujos y diálogos. Comenzó a leer en voz baja, señalando con el dedo las viñetas mientras Daniel escuchaba atento, interrumpiendo a veces para señalar un detalle que a ella se le escapaba.
—Ese no es Batman —dijo Daniel en una página—. Ese es su ayudante. Se llama Robin.
—Ah, ya veo —dijo Marcela, asintiendo—. ¿Y cómo lo supiste?
—Porque no tiene capucha. Batman tiene orejas en la capucha.
Marcela sonrió. Fue una sonrisa pequeña, apenas un gesto, pero Daniel la notó y eso lo animó a seguir explicando.
Pasaron así un buen rato. Luego Marcela propuso algo distinto.
—Daniel, ¿te parece si hacemos ejercicios?
—¿De qué tipo?
—De contar. Y de partes del cuerpo.
Daniel torció el gesto, como si aquello le sonara a escuela, pero no dijo que no. Marcela aprovechó.
—Mira —dijo, levantando una mano—. ¿Cuántos dedos tengo aquí?
Daniel contó en silencio, moviendo los labios.
—Cinco.
—Muy bien. ¿Y tú? ¿Cuántos tienes?
Daniel levantó su propia mano. La miró. La giró. Contó.
—Cinco también.
—Entonces tenemos la misma cantidad. Ahora, ¿qué otras partes del cuerpo tienen cinco?
Daniel pensó. Tocó sus pies con los dedos, aunque sin quitarse los calcetines.
—Los pies. También tienen cinco dedos.
—Excelente —dijo Marcela, y su tono no era condescendiente. Era el tono de quien realmente está impresionado—. ¿Qué más?
—Las estrellas de mar —dijo Daniel, y Marcela soltó una risa corta, sincera.
—Bueno, las estrellas de mar no son parte de nuestro cuerpo, pero tienes razón. También tienen cinco brazos.
Siguieron así durante un rato. Marcela señalaba partes de su propio cuerpo —los brazos, las piernas, la nariz, las orejas— y Daniel las nombraba. A veces ella le pedía que señalara las suyas. A veces le preguntaba para qué servían. Daniel respondía con frases cortas, a veces graciosas, a veces demasiado literales, pero siempre acertadas.
Luego pasaron a contar. Marcela tomó un puñado de Legos del suelo y los puso en fila.
—Cuéntamelos.
Daniel los contó uno por uno, moviendo cada pieza a un lado mientras decía el número en voz alta.
—Ocho.
—Perfecto. Ahora, si yo quito dos, ¿cuántos quedan?
Daniel volvió a contar.
—Seis.
—Muy bien. ¿Y si agrego tres?
Daniel sumó con los dedos, frunciendo el ceño en concentración.
—Nueve.
—Excelente, Daniel. Eres muy bueno para esto.
Él sonrió. No era una sonrisa amplia, pero era genuina.
Fue alrededor de las diez y media de la mañana cuando algo cambió. No fue repentino. No fue un corte brusco. Simplemente Daniel dejó de prestar atención a los Legos y a las preguntas y se quedó mirando un punto fijo en el suelo. Luego levantó la vista hacia Marcela. Luego bajó la vista otra vez.
Marcela notó el cambio, pero no dijo nada. A veces los chicos se desconectan. Hay que esperar.
Daniel la miró a los ojos.
—Tienes pies grandes —dijo, de repente, como si hubiera estado pensando en eso durante toda la mañana y recién ahora encontrara el momento exacto para decirlo.
Marcela parpadeó.
—¿Mis pies?
—Sí. Son grandes —insistió Daniel, señalando los pies de Marcela, todavía cubiertos por las medias tobilleras blancas—. Más grandes que los míos.
Marcela bajó la mirada hacia sus propios pies. Era cierto. No es que tuviera pies enormes, pero calzaba cuarenta, y en comparación con los de Daniel, que era un joven de contextura gruesa pero no especialmente grande de extremidades, los suyos se veían más largos y definidos.
—Sí —admitió, encogiéndose de hombros—. Tengo pies grandes. Calzo cuarenta.
Daniel inclinó la cabeza, como si aquella información le resultara fascinante.
—¿Cuarenta? —repitió, saboreando la palabra—. Yo calzo treinta y ocho.
—Ahí lo tienes. Tus pies son más pequeños.
Pero Daniel no se conformó con la afirmación. Necesitaba comprobarlo.
—Miremos —dijo, y antes de que Marcela pudiera reaccionar, él se inclinó hacia adelante y, con ambas manos, le agarró los pies por los empeines.
No fue un movimiento brusco. Fue torpe, sí, pero no violento. Daniel tomó los pies de Marcela como quien toma dos objetos frágiles que no quiere romper, y los acercó hacia él, colocándolos junto a los suyos sobre la alfombra.
El contacto fue inmediato. Las manos de Daniel, cálidas y un poco húmedas, presionaron la parte superior de las medias de Marcela justo donde empezaban los dedos. Pero no fue solo eso. Al mover los pies de ella para alinearlos con los suyos, sus dedos rozaron sin querer la planta de su pie derecho a través del algodón.
Marcela sintió un cosquilleo instantáneo. Un escalofrío que le subió por la pierna y se le instaló en la nuca.
Contuvo la respiración.
—Daniel… —dijo, con una voz que intentó sonar firme pero le salió un poco más tensa de lo que quería—. ¿Qué haces?
Él no la miró. Estaba completamente concentrado en la tarea. Tenía los pies de Marcela alineados con los suyos, talón contra talón, y estaba comparando visualmente las diferencias de tamaño.
—Tus pies son más largos —murmuró, como si estuviera haciendo un descubrimiento científico—. Y tus dedos también.
—Daniel —repitió Marcela, y esta vez su voz sonó más controlada—. ¿Puedo saber qué estás haciendo?
Él levantó la vista, confundido por la pregunta.
—Comparando —dijo, como si fuera obvio—. Dijiste que tenías pies grandes. Quiero ver.
Y volvió a bajar la mirada a los pies de Marcela, esta vez inclinándose un poco más para observar los detalles. Sus dedos, todavía apoyados en los empeines de ella, se movieron ligeramente para ajustar la posición.
Ese pequeño movimiento hizo que sus nudillos presionaran el arco del pie izquierdo de Marcela a través de la media.
Ella apretó los labios.
No se rió. No se movió. No apartó los pies. Pero por dentro, todo su cuerpo estaba en alerta. Era esa sensación que conocía bien, esa amenaza silenciosa de que en cualquier momento, si la presión o el roce persistían, su cuerpo iba a traicionarla con una carcajada que no podría detener.
Por ahora, aguantaba.
Por ahora.
Marcela estaba concentrada en no moverse. No era fácil. Las manos de Daniel seguían apoyadas sobre sus empeines, los dedos de él presionando apenas la tela de las medias, y cada pequeño ajuste de posición le enviaba una pequeña descarga eléctrica a sus plantas. Pero estaba aguantando. Había aguantado situaciones peores. Una vez, en una cita médica, la podóloga le había tocado el arco con un instrumento de metal frío y ella había logrado no reírse. Se había mordido la lengua hasta casi sangrar, pero lo había logrado.
Esto no era peor que eso. Era solo un chico curioso comparando tamaños de pies. Podía manejarlo.
—Los tuyos son más delgados —dijo Daniel, soltándole los empeines para señalar con el dedo la forma del pie de Marcela—. Los míos son más gorditos.
—Sí —respondió Marcela, aprovechando que él había retirado las manos para respirar hondo—. Los pies vienen en todas las formas y tamaños.
Pero Daniel no había terminado. Había notado algo.
—Tienes medias —dijo, como si recién ahora lo registrara.
—Sí. Medias tobilleras.
—Yo también tengo medias —dijo él, señalando sus propios calcetines de lunares—. Pero así no se ven bien los dedos.
Y antes de que Marcela pudiera procesar lo que eso significaba, Daniel se inclinó hacia adelante con una rapidez que la sorprendió, enganchó los dedos en el borde de la media derecha de Marcela y la deslizó hacia afuera en un solo movimiento, sacándosela por completo.
—¡Daniel! —exclamó ella, pero él ya estaba pasando al otro pie.
La media izquierda corrió la misma suerte. En menos de cinco segundos, Marcela estaba descalza sobre la alfombra. Sus pies blancos, de dedos largos y arcos pronunciados, quedaron completamente expuestos. Las uñas, cortas y sin esmalte. La piel, suave pero no perfecta, con esas pequeñas marcas que dejan los años y los zapatos.
Marcela abrió la boca para decir algo, pero no encontró las palabras. Sus pies desnudos sobre la alfombra le enviaban una señal de vulnerabilidad que la dejó en pausa por un segundo. No era miedo. Era… conciencia. La sensación de que algo que siempre había mantenido cubierto ahora estaba a la vista.
Daniel, por su parte, no parecía encontrar nada extraordinario en lo que acababa de hacer. Con la misma naturalidad, se quitó sus propios calcetines de lunares, arrancándoselos con los dedos de los pies primero y luego ayudándose con las manos. Los dejó a un lado, junto a las medias blancas de Marcela.
—Ahora sí —dijo, satisfecho—. Ahora se ven bien.
Y volvió a juntar sus pies con los de ella.
Esta vez no hubo tela de por medio. Fue piel contra piel. Los pies de Daniel, más anchos, más cálidos, rozaron los de Marcela a lo largo de toda la planta. Sus dedos se encontraron. Los arcos se tocaron. La presión fue suave pero firme, la de alguien que está comparando texturas y formas sin ninguna prisa.
El roce fue breve. Apenas un par de segundos.
Pero fue suficiente.
Marcela sintió el cosquilleo estallar desde la planta de los pies hasta la base de su cráneo. No fue gradual. No fue un aviso. Fue un fogonazo.
Una carcajada escapó de su boca antes de que pudiera contenerla. No fue una risita tímida. Fue una carcajada clara, aguda, que se cortó a sí misma cuando ella se llevó una mano a la boca por puro reflejo.
—¡No, Daniel, así no! —dijo, y su voz sonó extraña, entrecortada, con un dejo de risa aún vibrando en las palabras.
Daniel se quedó quieto. Sus pies seguían apoyados contra los de ella, pero él ya no estaba comparando. Estaba observándola con curiosidad.
—¿Qué pasó? —preguntó, con ese tono honesto que solo tienen los que realmente no entienden qué fue lo que ocurrió.
Marcela intentó recuperar la compostura. Se llevó la mano del pecho a la nuca, se enderezó un poco sobre la alfombra, pero no apartó los pies. No podía. No porque no quisiera, sino porque moverse ahora sería un acto de reconocimiento de que algo andaba mal. Y ella no quería que Daniel pensara que había hecho algo malo.
—Nada —dijo, pero una risita se le escapó otra vez, más pequeña, más controlada—. Es que…
Hizo una pausa. Miró sus propios pies descalzos contra los de él. Los dedos de Daniel, gorditos y rosados, seguían apoyados sobre los suyos sin intención de moverse.
—Tengo cosquillas —admitió, al fin, con una voz que intentaba sonar normal pero que seguía temblando un poco.
Daniel la miró. Parpadeó.
—¿Cosquillas?
—Sí —dijo Marcela, soltando una respiración que no sabía que estaba conteniendo—. Muchas. En los pies.
Marcela no supo qué fue lo que dijo mal. O tal vez no dijo nada malo. Tal vez el error fue haberlo dicho en absoluto.
—Tengo cosquillas —había confesado. Muchas. En los pies.
Y esa frase, dicha en ese tono de vulnerabilidad que ella no había querido mostrar, fue como tocar un botón que no sabía que existía.
Los ojos de Daniel cambiaron. No se oscurecieron ni se pusieron intensos. Simplemente… se iluminaron. Como un niño al que le acaban de decir que hoy no hay colegio. Como alguien que acaba de recibir la mejor noticia de su vida sin haberla pedido.
—¿Cosquillas? —repitió, pero esta vez no fue una pregunta. Fue una confirmación. Un descubrimiento.
Y entonces sonrió.
Marcela vio esa sonrisa y supo, en el fondo de su instinto, que algo iba a pasar. Pero no tuvo tiempo de reaccionar.
Daniel se abalanzó sobre sus piernas con una velocidad que contrastaba con su contextura gruesa. No fue un ataque violento. Fue un salto juguetón, el tipo de movimiento que uno espera de un perro grande que no mide su fuerza porque está feliz. Pero Daniel no era un perro. Era un joven de veinte años con síndrome de Down, y como Marcela sabía muy bien por años de experiencia, las personas con síndrome de Down pueden tener una fuerza sorprendente cuando se lo proponen.
Sus manos encontraron los pies de Marcela antes de que ella pudiera apartarlos. Las tomó con firmeza, los dedos de él envolviendo los empeines de ella, inmovilizándolos contra la alfombra.
—¡Daniel! —alcanzó a decir Marcela, pero él ya había comenzado.
Sus dedos, gruesos y ágiles a la vez, empezaron a moverse sobre las plantas descalzas de Marcela. No era un roce ligero ni una caricia tímida. Era un ataque directo, decidido, con la alegría de quien ha encontrado un tesoro escondido y no piensa soltarlo.
—¡Cosquillas, cosquillas, cosquillas! —canturreó Daniel, riéndose mientras sus dedos se hundían en los arcos de ella, subiendo y bajando por la piel desnuda.
Y Marcela… Marcela perdió el control.
No fue gradual. No fue una risita que fue creciendo. Fue una explosión. Una carcajada que le salió desde el pecho, gutural, incontrolable, que la dobló hacia atrás sobre la alfombra mientras sus piernas intentaban cerrarse para proteger sus pies. Pero Daniel estaba encima de ella, su peso sobre sus muslos, y aunque no era un hombre pesado, sí era lo suficientemente sólido como para que Marcela no pudiera zafarse fácilmente.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —reía ella, sin poder articular palabra—. ¡Daniel! ¡No… no…!
Él no paraba. Sus dedos encontraban cada rincón sensible de sus plantas: el arco, el talón, la base de los dedos. Alternaba entre movimientos rápidos que hacían cosquillas intensas y presiones más firmas que hacían que Marcela arqueara la espalda sin poder evitarlo.
—¡Cosquillas! —seguía diciendo Daniel, riendo él también, contagiado por la risa de ella—. ¡Te tengo, te tengo!
Marcela intentó incorporarse. Apoyó los codos en la alfombra y trató de levantar el torso, pero Daniel la empujó suavemente hacia atrás con un brazo mientras la otra mano seguía atacando sus pies. No era violencia. Era juego. Pero era un juego con todas las letras, y Marcela estaba perdiendo.
Sus manos volaron hacia los pies, intentando apartar las de él, pero Daniel tenía una fuerza que ella, en medio de la risa y la sorpresa, no podía igualar.
—¡Daniel! ¡Para! —logró decir entre carcajadas, pero la palabra «para» salió tan distorsionada por la risa que ni ella misma se la tomó en serio.
Él no paró. No porque no quisiera, sino porque en su cabeza, Marcela seguía riendo, y para Daniel, la risa era sinónimo de felicidad, y la felicidad era sinónimo de seguir.
Los pies de Marcela, blancos y vulnerables, se retorcían bajo los dedos de Daniel, pero él los seguía con una precisión casi musical. Cada vez que ella intentaba girar el tobillo para esconder la planta, él movía los dedos hacia allá. Cada vez que ella encogía los pies, él los estiraba con suavidad pero con firmeza.
Marcela se dio cuenta de algo en medio de la risa: Daniel había hecho esto antes. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—¡Ay, ay, ay, ja, ja, ja, ja! —reía ella, mientras la alfombra se movía bajo su espalda—. ¡Daniel, por favor!
Pero él seguía riendo, y sus dedos seguían moviéndose, y Marcela, la cuidadora experta, la mujer de cuarenta y siete años que había manejado situaciones de crisis, que había calmado berrinches, que había contenido pacientes agresivos, estaba allí, indefensa, riéndose a carcajadas porque un chico de veinte años le estaba haciendo cosquillas en los pies.
Y lo peor —o lo mejor, no sabía— es que no podía parar.
Marcela ya no podía pensar con claridad.
Las carcajadas salían de ella en oleadas, sin control, sin permiso, como si alguien hubiera abierto una compuerta y el agua se negara a detenerse. Su espalda estaba apoyada en la alfombra, sus piernas retorcidas en un ángulo incómodo que no lograba zafarse del peso de Daniel. Y sus pies… sus pobres pies, tan vulnerables, tan expuestos, tan increíblemente sensibles, seguían atrapados entre los dedos de él.
Daniel no tenía ninguna maldad en su mirada. Todo lo contrario. Estaba riendo con ella, disfrutando cada carcajada que le arrancaba, como si fuera un juego de niños donde el único objetivo fuera ver quién se reía más fuerte. Sus dedos seguían moviéndose sobre las plantas de Marcela con una mezcla de ternura y determinación. Subían por el arco, bajaban por el talón, trazaban círculos lentos en la base de los dedos. No había prisa en sus movimientos. No había ansiedad. Solo disfrute.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —reía Marcela, y su voz ya sonaba ronca, entrecortada, como si le faltara el aire—. ¡Daniel, ya! ¡No puedo más!
Él la miró desde arriba, sonriendo, sin entender del todo por qué ella decía que no podía más si seguía riendo. Para Daniel, la risa era buena. La risa significaba que todo estaba bien.
—¡Cosquillas en los pies! —decía él, como si estuviera nombrando una actividad favorita—. ¡Cosquillas, cosquillas!
Sus manos no se detenían. Alternaba entre usar las yemas de los dedos y usar las uñas, apenas, sin lastimar, solo rozando esa piel tan sensible que hacía que Marcela se estremeciera entera. A veces se concentraba en un solo pie, dejando el otro descansar por un momento, y luego volvía a atacar con renovada energía.
Marcela intentó incorporarse otra vez. Apoyó las palmas en la alfombra y levantó el torso, pero Daniel, sin querer, sin maldad, seguía apoyado sobre sus piernas, y cada vez que ella lograba medio sentarse, una nueva oleada de cosquillas la hacía colapsar de nuevo hacia atrás.
—¡Daniel, por favor! —suplicó ella entre risas, y esta vez su voz sonó realmente desesperada—. ¡Ya no aguanto más!
Pero Daniel no escuchaba la súplica. O la escuchaba de otra manera. Para él, «no aguanto más» era parte del juego, igual que cuando él decía «no más» pero en realidad quería seguir. Porque con Jessica siempre había sido así. Ella decía «alto» y él paraba. Pero Marcela no había dicho «alto». Había dicho «no puedo más» y «por favor», y para Daniel esas palabras no tenían el mismo peso.
Él no era malo. Simplemente no sabía.
Siguió haciendo cosquillas. Sus dedos encontraron el punto exacto del arco de Marcela, ese lugar que cualquier persona cosquilluda conoce como el más traicionero, y presionó allí con la yema del pulgar, moviéndolo en círculos lentos.
La carcajada de Marcela se volvió aguda, casi un grito ahogado entre risas.
—¡No ahí, no ahí, no ahí! —alcanzó a decir, mientras su cuerpo se arqueaba entero, sus manos buscando a ciegas los pies de Daniel para intentar un contraataque, pero él se movía con agilidad, esquivando sin esfuerzo.
Daniel seguía riendo. Para él, era un juego. Un juego hermoso. Estaba haciendo reír a Marcela, y Marcela se reía mucho, y eso lo hacía feliz. No entendía por qué ella pedía que parara si se estaba riendo. Cuando él se reía, no quería que pararan. Por eso seguía.
—Cosquillas en los pies grandes —dijo Daniel, con una sonrisa enorme, mientras sus dedos seguían bailando sobre la piel de Marcela—. Cosquillas, cosquillas.
Y Marcela, tendida en la alfombra, sin poder hacer nada más que reír y reír y reír, comenzó a preguntarse, en algún rincón de su mente que todavía funcionaba, cómo había terminado allí. Cómo una profesional con veinte años de experiencia había quedado reducida a un montón de carcajadas descontroladas por culpa de un chico de veinte años con calcetines de lunares tirados en el suelo.
Pero no había respuesta.
Solo cosquillas.
Muchas cosquillas.
Marcela no recordaba exactamente cómo lo había hecho.
En algún momento, entre una carcajada y la siguiente, mientras Daniel reía y sus dedos no dejaban de moverse sobre sus plantas, ella había encontrado un hueco. Un pequeño espacio entre el peso de Daniel sobre sus piernas y la alfombra. Había doblado las rodillas con un movimiento brusco, había girado los tobillos hacia afuera, y había logrado —no sabía cómo— liberar un pie. Luego el otro. Y antes de que Daniel pudiera reaccionar, ella se había incorporado de golpe, llevándose los pies hacia atrás, fuera de su alcance.
Estaba de rodillas sobre la alfombra ahora, con el pecho subiendo y bajando, la respiración agitada, el cabello negro desordenado sobre la frente. Sus pies descalzos estaban escondidos debajo de sus muslos, como si intentara protegerlos incluso después de haberlos liberado. Las mejillas le ardían. Las plantas le hormigueaban.
Daniel se quedó con las manos en el aire, como si aún estuviera esperando encontrar los pies que ya no estaban allí. Su sonrisa se congeló.
Marcela inspiró hondo. Sabía que tenía que hablar. Sabía que no podía dejar pasar lo que acababa de ocurrir sin marcar un límite. Pero también sabía que Daniel no había actuado con malicia. Había sido un juego. Para él, todo había sido un juego.
—Daniel —dijo Marcela, y su voz sonó más fuerte de lo que pretendía. No era un grito, pero tenía un filo que ella misma sintió—. Cuando los adultos dicen «ya», es «ya». Cuando dicen «no puedo más», es «para». ¿Me entiendes?
Daniel la miró. Su rostro cambió lentamente. La sonrisa se borró primero, como si alguien hubiera pasado un borrador sobre ella. Luego sus ojos se humedecieron, y sus labios comenzaron a temblar, y antes de que Marcela pudiera decir nada más, un llanto silencioso pero evidente comenzó a brotar de él.
No eran gritos. No era un berrinche. Era un llorar apagado, de esos que duelen más porque no hacen ruido. Lágrimas grandes rodaron por sus mejillas detrás de los lentes de montura gruesa, y él se quedó allí, sentado en la alfombra, con las manos todavía extendidas como si no supiera qué hacer con ellas.
—No llores —dijo Marcela, y su voz ya no tenía ese filo. Ahora era más suave, casi maternal, pero con un dejo de cansancio—. No estoy enojada.
Daniel levantó la vista. Sus ojos rojos lo delataban.
—Sí —dijo, con la voz quebrada—. Te molestaste. Me regañaste.
Marcela cerró los ojos un momento. Respiró hondo. Cuando los abrió de nuevo, su mirada había cambiado. No era más la cuidadora estricta ni la mujer asustada por las cosquillas. Era solo una persona frente a otra persona que había entendido mal el juego.
—No te regañé —dijo, bajando el tono—. Te expliqué.
Daniel negó con la cabeza, terco en su tristeza.
—Me hablaste fuerte.
Marcela no pudo negarlo. Era cierto. Le había hablado fuerte.
—Está bien —dijo, después de un silencio—. Tuve que hablar fuerte porque no me escuchabas. Pero no fue un regaño. Fue… una regla. Como las reglas que tenías con Jessica, ¿te acuerdas?
Daniel escuchó el nombre de Jessica y sus hombros se sacudieron con un sollozo más. Parecía más pequeño ahora, a pesar de su tamaño. Parecía un niño de cinco años metido en el cuerpo de un joven de veinte.
—Jessica no hablaba fuerte —dijo, y su voz era un murmullo.
Marcela no supo qué responder a eso. No conocía a Jessica. No sabía cómo hablaba ni qué reglas tenía. Solo sabía que ella, Marcela, había llegado a ese trabajo sin saber nada de las cosquillas, sin saber que Daniel tenía ese juego, sin saber que sus propios pies eran un campo de batalla que no podía controlar.
Y ahora estaba allí, con un chico llorando frente a ella, sin zapatos, sin medias, sintiendo cada fibra de la alfombra bajo sus plantas desnudas.
—Daniel —dijo, con la voz más suave que pudo—. Mírame.
Él levantó la vista. Tenía los lentes empañados por las lágrimas.
—No estoy enojada —repitió Marcela—. Solo necesito que aprendamos a jugar juntos. Con reglas. ¿Podemos hacer eso?
Daniel no respondió. Pero tampoco negó con la cabeza. Solo se quedó allí, llorando en silencio, mientras Marcela, de rodillas en la alfombra, esperaba sin saber muy bien qué iba a pasar después.
Continuará…
Original de Tickling Stories
