Feria artesanal

Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 44 segundos

Hola, mi nombre es Liliana. Tengo 32 años, soy una mujer soltera que vive sola en Bogotá. Mi ocupación principal es la creación y venta de accesorios hechos a mano, como pulseras, collares y tobilleras. Soy una persona amigable, creativa y con un gran sentido del humor. Además, tengo dos gatos que son mi compañía en casa. Pero algo que muchos no saben de mí es que soy extremadamente cosquillosa, especialmente en la cintura, las axilas y, por encima de todo, en las plantas de los pies.

El pasado domingo tuve una experiencia que nunca olvidaré. Había alquilado un puesto en una feria artesanal en Bogotá que comenzó a las 11 de la mañana y terminaba a las 8 de la noche. Llegué en mi Twingo cargado con todos mis productos y pasé el día atendiendo a un flujo constante de personas, desde parejas hasta familias y compradores individuales. La jornada fue intensa, pero a las 4:30 pm, cuando la feria estaba a su máxima capacidad, un joven de unos 19 años se acercó a mi stand.

Estaba tan concentrada vendiendo que no me di cuenta cuando se acercó. De repente, me dió un ligero piquete en la cintura. ¡Dios, cómo salté! Solté un «¡Ay!» tan espontáneo que incluso él se sorprendió. Con una sonrisa pícara, me preguntó si me había dolido, a lo que respondí entre risas que no, que simplemente me había dado cosquillas. Le pedí que esperara un momento mientras terminaba de atender a otros clientes, y él accedió amablemente.

Cuando finalmente pude prestarle atención, me dijo que estaba interesado en las pulseras y tobilleras. Mientras le mostraba los diseños, comenzó una conversación inesperada. Me preguntó si era muy cosquillosa y, con confianza, le confesé que sí, que tenía cosquillas en todo el cuerpo, pero especialmente en la cintura y las axilas. Con una sonrisa traviesa, me preguntó si también las tenía en los pies. Aunque dudé un poco, le admití que sí, y que eran mi punto más débil.

El joven se interesó más y me preguntó si alguna vez había dejado que alguien me hiciera cosquillas en los pies. Le respondí que no, que siempre evitaba que alguien tocara mis pies porque eran demasiado sensibles. Fue entonces cuando me hizo una propuesta inesperada: me ofrecía dinero a cambio de dejarme hacer cosquillas. En ese momento me pareció una idea loca, pero también intrigante. Le dije que volviera al final de la feria para seguir conversando sobre el tema.

Alrededor de las 8:30 pm, cuando ya había empacado todo y estaba lista para irme, el joven regresó. Me preguntó si había pensado en su propuesta y me dijo que vivía cerca, en una casa en la salida hacia el norte, sobre la circunvalar. Su casa estaba en una zona tranquila, rodeada de naturaleza y con vecinos bastante alejados. Después de pensarlo un poco, acepté ir a su casa.

Al llegar, estacioné mi Twingo y entramos. Su casa era impresionante, con un diseño moderno y una vista espectacular. Me invitó a sentarme en la sala, donde comenzamos a charlar. Me confesó que le encantaba hacerle cosquillas a las mujeres, especialmente en los pies, y eso me causó mucha gracia. Después de un rato, trajo una camilla plegable equipada con correas en las extremidades. Me explicó que eran para evitar que me cayera o me moviera demasiado durante la sesión, asegurándome que era por mi seguridad.

Aunque estaba un poco nerviosa, decidí seguir adelante. Me quité la chaqueta y quedé en camiseta y jean. Me descalcé, dejando mis pies descalzos sobre el suelo frío, y me subí a la camilla. Me acosté boca arriba, y él ajustó las correas en mis muñecas y tobillos, dejándome completamente inmovilizada.

La sesión comenzó suavemente, con cosquillas en la cintura. No pude evitar soltar carcajadas y moverme como loca, aunque las correas me mantenían en mi lugar. Luego subió a mis costillas y axilas, lo que me hizo reír aún más fuerte. El joven se reía conmigo, comentando cómo mi risa era contagiosa y cómo disfrutaba haciéndome cosquillas.

Finalmente, llegó a mis pies. Con solo pasar sus dedos por mis plantas, estallé en risas desenfrenadas. Era imposible controlar los movimientos de mis pies mientras él usaba sus dedos y uñas para explorar cada rincón de mis plantas y entre los dedos. Me retorcía tanto como las correas me lo permitían, riendo a carcajadas y gritando entre risas. Me dijo en tono sarcástico que tenía «demasiadas cosquillas» en los pies, y yo solo podía seguir riendo.

Cuando terminó, me soltó las correas y me ayudó a sentarme. Me dijo que había disfrutado mucho la sesión y que yo era una de las mujeres más cosquillosas que había conocido. Aunque fue una experiencia intensa, debo admitir que también la disfruté. Al despedirnos, quedamos en volver a vernos para otra sesión en el futuro. ¡Definitivamente fue un día que nunca olvidaré!

Liliana

Origina del Tickling Stories

About Author