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Fase 3: El Circo del Horror Interactivo
Las enmascaradas desataron parcialmente a Camille y Sofie, solo para sentarlas en sillas giratorias frente a las cámaras. Sus rostros, hinchados y cubiertos de lágrimas secas, brillaban bajo los focos LED mientras la líder ajustaba un micrófono sobre sus cabezas.
—Bienvenidos a la ronda de preguntas —anunció la líder, mientras el chat se llenaba de comentarios como balas—. Nuestras invitadas especiales… dos francesas que nunca imaginaron que Bogotá les daría una… ¡experiencia cultural tan íntima!
Primera Pregunta:
Un usuario con seudónimo TicklerAnon666 escribió: «Pregúntenle a la rubia: ¿Prefiere las cosquillas en los pies o en las axilas? ¡Dono ₿0.2 por su respuesta!».
La líder, sonriendo, acercó el micrófono a Camille mientras una enmascarada trazaba círculos en su costado izquierdo con una pluma.
—¡Haha! ¡E-es… una trampa! —logró decir Camille, conteniendo una risa que estalló cuando otra mujer deslizó un dedo por su axila derecha—. ¡¡P-PIEDS! ¡LOS PIES! ¡HAHAHA!
—Mentira —interrumpió la líder, señalando un gráfico en la pantalla—. Sus pulsaciones subieron más con las axilas. ¡Castigo por mentir!
Dos enmascaradas atacaron simultáneamente: una en las costillas de Camille, otra en sus muslos. Sus carcajadas llenaron el streaming, y el chat donó ₿0.5 adicionales.
Segunda Pregunta:
«Para la morena: ¿Alguna vez usó sus pies sensibles para seducir?», leyó la líder. Sofie, aún jadeando, intentó responder con dignidad:
—N-non… je suis une artiste, pas une… —pero una uña en su cuello la hizo chillar—. ¡AH! ¡N-NO LO HICE!
—¿Segura? —la líder mostró en una tablet una foto de Sofie descalza en un café de La Candelaria, capturada días antes—. Sus pies en Instagram tienen… muchos admiradores.
El chat estalló en donaciones pidiendo ver esa foto en close-up. Mientras la subían, una enmascarada hizo «pasear» sus uñas por la cintura de Sofie, quien se retorció con una mezcla de risa y vergüenza.
—¿Saben por qué las elegimos? —preguntó la líder, mostrando capturas de sus redes sociales: Camille tocando el cello descalza, Sofie publicando un dibujo titulado «Pies que hablan»—. Sus propias obsesiones las delataron. El miedo… siempre es rentable.
Camille, entre lágrimas, murmuró en francés: «C’est un cauchemar…» (Es una pesadilla). Sofie, al oírla, intentó alcanzar su mano, pero las ataduras se lo impidieron.
Pregunta Final:
Un usuario donó ₿1.0 con la pregunta: «¿Volverían a Colombia?».
Las enmascaradas activaron todos los puntos débiles a la vez: axilas, cuello, cintura, pies.
—¡N-NON! ¡HAHAHA! ¡JAMAIS! —gritó Camille, mientras una mujer le soplaba detrás de la oreja.
—¡SÍ! ¡PARA… HAHA… ENCERRARLAS! —improvisó Sofie, ganando risas del chat y una bofetada suave de la líder.
Mientras las cámaras seguían grabando, Camille recordó su primera semana en Bogotá: el aroma del café recién molido, los colores de Usaquén, la promesa de un nuevo comienzo. Ahora, ese mismo país era una jaula de cosquillas y cámaras.
Sofie, por su parte, pensó en Don Álvaro. ¿Sabía él adónde las enviaba? ¿Era todo parte de algún ritual absurdo que solo los locales entendían?
—Próxima ronda: ¡Desafío de resistencia! —anunció la líder, mientras el chat votaba por las zonas a atacar—. ¿Preparadas para ganar su libertad… o perder la cordura?
Y aunque ninguna lo admitió, ambas sabían la respuesta. Bogotá, con sus cerros verdes y noches frías, había escrito un capítulo en sus vidas que jamás podrían borrar… ni siquiera con risas.
La líder alzó un control remoto y apuntó a una pantalla gigante donde se leía: «DESAFÍO: 10 minutos sin suplicar piedad. Premio: Libertad. Castigo: Zonas íntimas». El chat de la transmisión explotó en tiempo real:
- «¡Que empiece el conteo! ₿0.5 si la rubia llora antes de los 5 minutos.»
- «Apuesto ₿1.0 a que la morena se orina.»
- «Activen el ‘Modo Araña’ en las costillas.»
—Regla simple —explicó la líder, mientras dos enmascaradas ajustaban las sillas para exponer completamente los cuerpos de Camille y Sofie—. Si resisten sin gritar «piedad», salen. Si no… bueno, el público elige qué explorar después.
Minuto 1: Los Pies como Campo de Batalla
Las enmascaradas comenzaron con lo obvio: plumas de avestruz en las plantas de los pies. Camille mordió su labio hasta sangrar, conteniendo risas que resonaban como gemidos. Sofie, más estratégica, intentó hiperventilar para adormecer los nervios.
—No… no es tan malo —murmuró Sofie en español, cerrando los ojos—. Como cuando Camille me hacía bromas…
Pero entonces activaron los cepillos rotativos de silicona. Las cerdas, girando a alta velocidad, recorrieron desde los talones hasta los dedos. Camille golpeó el respaldo de la silla, ahogando un grito en una carcajada.
—¡30 segundos! —anunció la líder—. La rubia tiembla… ¿aguantará?
Minuto 3: Costillas y Axilas, el Juicio de los Dedos
El chat votó por «dedos humanos vs. herramientas». Las enmascaradas obedecieron: cuatro mujeres atacaron simultáneamente las costillas y axilas de ambas francesas con uñas largas y movimientos en espiral.
Camille, más sensible bajo los brazos, soltó una risa estridente:
—¡HAHA! ¡NON, PAS SI PRÈS DES SEINS! (¡No, tan cerca de los senos!)
Sofie, por su parte, contrajo el torso hacia adelante, pero las ataduras la obligaron a arquearse, exponiendo las axilas. Una enmascarada sopló suavemente allí, luego clavó las uñas.
—¡¡DIEU, ÇA PIQUE!! (¡Dios, eso pincha!) —gritó Sofie, rompiendo su silencio estratégico.
Minuto 5: El Engaño del «Alivio»
La líder mostró un pincel de pelo de camello y un ventilador de aire frío.
—¿Prefieren esto… o continuamos? —preguntó, sabiendo que era una trampa.
—¡El ventilador! —suplicó Camille, sin imaginar que el aire helado potenciaría cada cosquilla posterior.
Al activarlo, la piel de sus pies se erizó. Luego, las enmascaradas aplicaron crema de mentol y reiniciaron los cepillos.
—¡¡TRAIDORAS!! —rugió Camille, las carcajadas mezclándose con tos—. ¡ESTO… ESTO QUEMA!
Minuto 7: El Juego Psicológico
La pantalla mostró un mensaje anónimo: «Pregúntenles qué extrañan de Francia. Si responden, dono ₿5. Si lloran, el doble.»
La líder acercó el micrófono a Sofie, mientras una enmascarada trazaba círculos en su cuello:
—¿Extrañas el olor a pan recién horneado de Montpellier?
Sofie, con los ojos vidriosos, forcejeó por responder sin reír:
—Oui… et la neige en… HAHAHA! —Una uña en su clavícula la interrumpió—. ¡LA NIEVE EN LOS ALPES! ¡HAHA! ¡PARFAVOR, ARRÊTEZ!
El chat donó ₿10.
Minuto 9: La Trampa Final
Con 60 segundos restantes, la líder activó el «Modo Araña»: guantes vibratorios con microespinas en las yemas. Las enmascaradas presionaron las herramientas contra:
- Camille: Muslos internos y rodillas.
- Sofie: Ombligo y pantorrillas.
—¡¡C’EST COMME DES ARAÑAS RADIOACTIVAS!! (¡Son como arañas radiactivas!) —gritó Camille, las piernas convulsionando.
Sofie, al borde del colapso, murmuró en francés: «Je suis désolée, maman…» (Lo siento, mamá).
Últimos 10 Segundos: Libertad o Ruina
El conteo regresivo brilló en rojo: «00:10… 00:09…». Las enmascaradas intensificaron el ataque, añadiendo plumas de avestruz en los oídos y soplos en la nuca.
Camille, con lágrimas silenciosas, aguantó mordiendo el interior de sus mejillas. Sofie, en cambio, comenzó a rezar en voz alta:
—Notre Père, qui es aux cieux… HAHAHA! —La risa venció a la plegaria.
Al llegar a «00:01», la líder detuvo el conteo.
—¡Decidan, espectadores! ¿Se ganaron la libertad… o queremos verlas rogar?
El chat se inundó de votos. Pero antes de revelar el resultado, una alarma sonó en la laptop: «ALERTA: Rastreo de IP detectado».
Las luces parpadearon. Las enmascaradas se miraron, y por primera vez… dudaron.
La alerta de seguridad en la pantalla parpadeó en rojo, pero los hombres, entrenados para lo imprevisible, cambiaron la VPN en segundos y reiniciaron la transmisión desde un servidor en Islandia. La líder, con los ojos inyectados de furia, señaló a las francesas:
—¡Hagan pagar su resistencia! ¡Que cada cosquilla sea un mensaje para quienes nos espían!
Las enmascaradas, convertidas en máquinas de tortura, se abalanzaron sobre Camille y Sofie. Los dedos, plumas, cepillos y hasta cadenas heladas se convirtieron en extensiones de su sadismo.
El Ataque Total
- Pies Hiper Sensibles: Usando peines metálicos, rasparon las plantas ya enrojecidas de ambas, siguiendo el mapa de venas que ahora latía como heridas abiertas.
—¡HAHAHA! ¡DÉJENLOS EN PAZ! —suplicó Camille, mientras los dedos de una enmascarada se clavaban entre sus dedos como garras. - Axilas y Costillas: Dos mujeres trabajaron en cada francesa, una sujetando los brazos hacia arriba, otra dibujando espirales con hielo y uñas.
—¡¡NON! ¡¡C’EST COMME DES AIGUILLES!! —gritó Sofie, sintiendo cómo el frío multiplicaba cada cosquilla. - Muslos y Caderas: Las uñas ascendieron desde las rodillas hasta los límites de la ropa interior, deteniéndose para pellizcar la piel interna de los muslos.
—¡ARRÊTEZ! ¡C’EST TROP INTIME! —lloró Camille, las risas mezclándose con vergüenza—. ¡JE SUIS PAS UN JOUET! - Cuello y Orejas: La líder personalmente sopló en los oídos de Sofie, luego clavó un pincel de cerdas en su garganta mientras canturreaba «La cucaracha» en español.
Camille fue la primera en perder el control. Tras minutos de cosquillas en el bajo vientre y presión constante en la vejiga, un charco se formó bajo su silla. Su rostro, ya rojo de risa, se tiñó de púrpura por la humillación.
—¡N-NON! ¡¡JE SUIS DÉSOLÉE!! —gritó, las lágrimas cayendo sobre el charco—. ¡CE N’EST PAS MOI! (¡No soy yo!)
Sofie, al verla, intentó consolarla, pero una mano en su estómago y otra en sus axilas la hicieron seguir su destino. El líquido cálido corrió por sus piernas mientras pataleaba, riendo y llorando al mismo tiempo.
—¡VOUS ÊTES DES MONSTRES SANS ÂME! —rugió, sin importarle ya el ridículo—. ¡¡JE VOUS HAIS!!
La audiencia, lejos de compadecerse, donó cifras récord:
- «₿3.0 por limpiar el charco con sus propias medias.»
- «₿5.0 si repiten el ‘juego de la vejiga’ en 4K.»
- «Transmitan en bucle el momento del ‘accidente’.»
La líder, sonriendo ante las cifras, ordenó quitarles los pantalones mojados y continuar.
—La humillación es efímera… pero el entretenimiento es eterno —dijo, mientras las cámaras enfocaban sus piernas temblorosas—. Fase 4: Castigo por fallar el desafío.
Con las francesas ahora semidesnudas y exhaustas, las torturadoras usaron herramientas «especiales»:
- Cepillos Eléctricos de Lengua de Gato: Para las plantas de los pies, con cerdas que giraban en direcciones aleatorias.
- Plumas de Avestruz Embebidas en Mentol: Frotadas entre los dedos antes de atacar axilas y ombligo.
- Guantes de Latex con Microagujas: Que vibraban al ritmo de las donaciones en BTC.
Camille y Sofie, reducidas a un estado entre la histeria y el agotamiento, ya no suplicaban. Sus risas eran roncas, sus movimientos espasmódicos, como marionetas cuyos hilos se rompían uno a uno.
Cuando las cámaras finalmente se apagaron, las francesas yacían en el suelo, jadeando, con los cuerpos cubiertos de sudor, lágrimas y marcas de uñas. La líder susurró al oído de Sofie:
—Mañana será peor… El público quiere ver cómo se quiebra un alma.
Y mientras las arrastraban a una celda contigua, Camille murmuró en francés, tan bajo que solo Sofie pudo oír:
—Si sobrevivimos… incendio esta maldición.
Pero en Bogotá, bajo tres lunas imaginarias y un cielo lleno de estrellas indiferentes, ambas sabían que la pesadilla apenas escalaba.
Las chicas francesas, Camile y Sophie, fueron conducidas a una celda después de un largo día. Sus pies y manos quedaron atados a los barrotes de la celda, dejando sus extremidades expuestas al frío y a la humedad del sótano. Las otras dos mujeres, agotadas, decidieron descansar, dejando a un guardia a cargo de la vigilancia. Sin embargo, el guardia no estaba al tanto de la situación exacta de las francesas; no sabía que estaban atadas de pies y manos en aquel lugar oscuro y húmedo.
Al hacer su ronda habitual, el guardia se encontró con una escena inesperada: los pies desnudos de Camile y Sophie sobresaliendo entre los barrotes de la celda. Las jóvenes, exhaustas, habían caído en un sueño profundo, ajenas a lo que sucedía a su alrededor. El guardia, intrigado por la vulnerabilidad de las chicas, no pudo resistir la tentación. Se acercó sigilosamente y, con dedos hábiles, comenzó a hacerles cosquillas en las plantas de sus pies.
Las risas estallaron de inmediato. Camile y Sophie, aún medio dormidas, se despertaron entre carcajadas, intentando mover sus pies atados sin éxito. Los ecos de sus risas resonaron en el sótano, mientras el guardia, divertido, continuaba con su juego, aprovechando la situación para aliviar el aburrimiento de su turno. Las jóvenes, entre risas y protestas, no podían hacer más que aceptar su destino momentáneo, atadas y a merced de aquel guardia juguetón.
El guardia, con una sonrisa traviesa en su rostro, continuaba deslizando sus dedos ágiles sobre las sensibles plantas de los pies de Sophie y Camile. Las jóvenes, completamente a su merced, no podían evitar reír a carcajadas, sus risas resonando en el frío y húmedo sótano. «¡No, por favor, basta!» suplicaba Sophie entre risas, mientras sus pies se movían frenéticamente, intentando escapar del tormento cosquilloso. Camile, por su parte, gritaba: «¡Es demasiado! ¡No puedo más!», pero sus palabras se mezclaban con risas incontrolables.
El guardia, disfrutando cada momento, no podía contener su diversión. «Jamas me imaginé que me dejarían este par de chicas cosquilludas en sus pies para no aburrirme en la noche del turno», comentaba entre risas, mientras sus dedos seguían trazando círculos y movimientos rápidos sobre las plantas de los pies de las jóvenes. «¡Parece que no pueden aguantar ni un poquito!», añadió, burlón, mientras observaba cómo Sophie y Camile se retorcían y reían sin parar.
Las carcajadas de las chicas se mezclaban con sus suplicas: «¡Por favor, detente! ¡No podemos más!», pero el guardia, lejos de compadecerse, parecía disfrutar aún más de su desesperación. «Vamos, un poquito más», decía, mientras sus dedos seguían danzando sobre aquellas plantas de pies tan sensibles. Las jóvenes, entre risas y lágrimas, no tenían más remedio que soportar aquel tormento cosquilloso, atadas e indefensas ante el guardia y su juego interminable.
Las carcajadas de Sophie y Camile se mezclaban con súplicas en francés, su lengua materna, mientras el guardia continuaba su implacable ataque de cosquillas. «¡S’il te plaît, arrête! ¡C’est trop!» gritaba Sophie, sus palabras entrecortadas por las risas que no podía controlar. Camile, por su parte, intentaba formar frases coherentes, pero solo lograba exclamar: «¡Non, non! ¡Je ne peux plus!» mientras sus pies se movían frenéticamente, atados e indefensos.
El guardia, aunque no entendía del todo lo que decían, captaba la desesperación en sus voces y risas. Las cosquillas que les hacía eran tan intensas que las jóvenes ya se habían rendido a su suerte, sabiendo que no había escapatoria. «Parece que no pueden aguantar ni un poquito más», comentaba el guardia, riendo entre dientes. «Pero esto es demasiado divertido como para parar ahora».
Sus dedos seguían explorando cada rincón de las plantas de los pies de Sophie y Camile, aprovechando cada punto sensible que hacía que las jóvenes se retorcieran y rieran aún más. «¡Vous êtes un monstre!» gritó Camile entre risas, aunque sus palabras carecían de fuerza, ahogadas por las carcajadas. Sophie, por su parte, intentaba recuperar el aliento, pero cada vez que lo lograba, el guardia encontraba una nueva forma de hacerla estallar en risas.
El sótano se llenaba de un eco de risas y súplicas, un sonido que el guardia disfrutaba enormemente. «Bueno, parece que esta noche no será tan aburrida después de todo», dijo, mientras continuaba con su juego, sin intención de detenerse. Las jóvenes, exhaustas pero aún riendo, se resignaron a su destino, sabiendo que no tenían más opción que soportar aquel tormento cosquilloso hasta que el guardia decidiera terminar.
El guardia, con una sonrisa aún más amplia, se detuvo por un momento. «Esperen aquí, no se vayan a ningún lado», dijo con sarcasmo, sabiendo perfectamente que las jóvenes no tenían forma de escapar. Subió rápidamente a su escritorio, recordando que había guardado un par de plumas de palomas que había encontrado en la calle hacía unos días. «Esto va a ser divertido», murmuró para sí mismo mientras tomaba las plumas y regresó al sótano.
Al bajar, encontró a Sophie y Camile intentando recuperar el aliento, sus rostros aún sonrojados por las risas y sus pies inmóviles, aunque tensos, atados a los barrotes. El guardia se acercó lentamente, mostrando las plumas con una mirada traviesa. «Ahora veremos qué tal les va con esto», dijo, mientras comenzaba a deslizar las plumas sobre las plantas de los pies de las jóvenes.
La reacción fue instantánea y mucho más intensa que antes. Sophie y Camile estallaron en carcajadas aún más fuertes, sus cuerpos se sacudían y sus pies se movían frenéticamente, aunque atados. «¡Non, c’est trop! ¡Arrête, je t’en supplie!» gritó Sophie, pero sus palabras se perdían entre risas incontrolables. Camile, por su parte, apenas podía respirar, sus risas eran tan intensas que apenas podía articular palabra. «¡Je vais mourir de rire!» exclamó, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
El caos se apoderó del sótano. Las plumas, mucho más suaves y precisas que los dedos del guardia, recorrían cada centímetro de las plantas de los pies de las jóvenes, explotando cada punto sensible. El guardia, disfrutando cada momento, no podía evitar reír junto a ellas. «¡Vaya, parece que esto es mucho peor que con los dedos!», comentó, mientras movía las plumas con destreza, alternando entre movimientos rápidos y lentos para maximizar el efecto.
Sophie y Camile, completamente a merced del guardia, se retorcían y reían sin parar, sus súplicas en francés mezcladas con risas histéricas. «¡Vous êtes fou! ¡C’est insupportable!» gritó Sophie, aunque sus palabras solo provocaban que el guardia sonriera aún más. «¡Je ne peux plus respirer!» añadió Camile, pero el guardia no mostraba señales de detenerse.
El sótano se llenó de un caos de risas, movimientos frenéticos y súplicas desesperadas. Las jóvenes, exhaustas pero incapaces de controlar sus reacciones, se habían rendido por completo a su suerte, sabiendo que no había escapatoria hasta que el guardia decidiera terminar su juego. Y él, por su parte, no parecía tener prisa alguna.
El guardia, con una precisión casi artística, continuaba deslizando las plumas sobre las hipercosquilludas plantas de los pies de Sophie y Camile. Cada movimiento, cada roce ligero, provocaba una reacción inmediata en las jóvenes, quienes no podían hacer más que reír a carcajadas, completamente a merced del guardia y sus plumas.
«¡Ah, non! ¡C’est trop!» gritaba Sophie entre risas, sus pies moviéndose frenéticamente, aunque atados, intentando escapar del tormento cosquilloso. Camile, por su parte, apenas podía articular palabra, sus risas eran tan intensas que solo lograba exclamar: «¡Je vais mourir de rire!» mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas.
El guardia, disfrutando cada momento, no podía evitar sonreír mientras observaba el caos que había creado. «Parece que esto es mucho más efectivo que mis dedos», comentó, mientras movía las plumas con destreza, alternando entre movimientos rápidos y lentos para maximizar el efecto. «¡Vamos, un poquito más!», añadió, burlón, mientras las plumas recorrían cada centímetro de las plantas de los pies de las jóvenes.
Las carcajadas de Sophie y Camile resonaban en el sótano, un sonido que el guardia disfrutaba enormemente. «¡Vous êtes un monstre!» gritó Camile entre risas, aunque sus palabras carecían de fuerza, ahogadas por las carcajadas. Sophie, por su parte, intentaba recuperar el aliento, pero cada vez que lo lograba, el guardia encontraba una nueva forma de hacerla estallar en risas.
El caos continuaba, las plumas no daban tregua, y las jóvenes, exhaustas pero aún riendo, se resignaron a su destino, sabiendo que no tenían más opción que soportar aquel tormento cosquilloso hasta que el guardia decidiera terminar. Y él, por su parte, no parecía tener prisa alguna, disfrutando cada momento de aquel juego interminable.
En un intento desesperado por escapar de aquel tormento cosquilloso, Sophie y Camile, entre risas y jadeos, cambiaron al español para suplicarle al guardia. «¡Por favor, déjanos ir! ¡Queremos irnos de aquí!» gritó Sophie, mientras sus pies seguían retorciéndose bajo el ataque implacable de las plumas. Camile, con lágrimas de risa en los ojos, añadió: «¡Te lo suplicamos, no podemos más! ¡Déjanos en paz!»
El guardia, con una sonrisa astuta, detuvo por un momento el movimiento de las plumas, aunque las mantuvo cerca de los pies de las jóvenes, listas para continuar en cualquier momento. «Mmm, déjenlas ir, ¿eh?», dijo, fingiendo pensarlo. «Pero no puedo hacerlo sin recibir algo a cambio. ¿Qué me ofrecen?»
Sophie y Camile, aún jadeando y con las mejillas enrojecidas, se miraron entre sí, desesperadas por encontrar una solución. «¡Lo que sea! ¡Solo detente!» exclamó Sophie, sin pensar en las consecuencias. El guardia, aprovechando la oportunidad, soltó una risita maliciosa. «Bueno, si es lo que sea…», dijo, acercándose un poco más, «las dejo ir a cambio de que me dejen ir a su casa y hacerles cosquillas todos los días en sus pies. ¿Qué les parece?»
Las jóvenes abrieron los ojos de par en par, horrorizadas ante la propuesta. «¡¿Qué?! ¡No, eso es imposible!» gritó Camile, pero el guardia simplemente se encogió de hombros y volvió a acercar las plumas a los pies de Sophie, haciéndola estallar en carcajadas de nuevo. «¡Es la única oferta que tienen! ¡Tomen o déjenla!», dijo, moviendo las plumas con aún más entusiasmo.
Sophie, entre risas y lágrimas, gritó: «¡Está bien, está bien! ¡Lo aceptamos! ¡Solo detente!» Camile, al ver que no había otra opción, asintió frenéticamente, aunque con una expresión de resignación en su rostro. El guardia, satisfecho, finalmente retiró las plumas y se alejó un paso. «Muy bien, entonces tenemos un trato», dijo, con una sonrisa de oreja a oreja. «Mañana mismo las visito en su casa. ¡No olviden que sus pies son míos ahora!»
Las jóvenes, exhaustas y aún temblando por las risas, apenas podían creer lo que acababan de aceptar. Mientras el guardia las desataba, Sophie susurró en francés a Camile: «¿En qué nos hemos metido?» Camile, con una mirada de preocupación, solo pudo responder: «Je ne sais pas, mais nous sommes perdues…» (No lo sé, pero estamos perdidas).
El guardia, mientras tanto, silbaba alegremente, ya imaginando las futuras sesiones de cosquillas que tendría con las dos francesas. Y así, con un trato hecho y un futuro lleno de risas forzadas, Sophie y Camile se prepararon para lo que sería una pesadilla cosquillosa interminable.
Finalmente, el guardia, con una sonrisa aún juguetona, terminó de desatar a Sophie y Camile. Las jóvenes, aún jadeando y con las mejillas enrojecidas por las risas, se frotaron las muñecas y los tobillos, aliviadas de estar libres, aunque aún nerviosas por el trato que habían aceptado. El guardia, con un tono más serio pero aún con un brillo de diversión en los ojos, les explicó cómo salir del lugar.
«Por ahí está la salida», dijo, señalando un pasillo oscuro que llevaba a una escalera. «Sigan ese camino y llegarán a una puerta que da a la calle. Tomen la ruta hacia la izquierda y caminen dos cuadras hasta la avenida principal. Desde allí, podrán tomar un taxi o encontrar transporte público para ir a sus casas».
Sophie y Camile asintieron, aún un poco temblorosas, pero agradecidas por las indicaciones. Antes de que se fueran, el guardia sacó un pequeño trozo de papel de su bolsillo y lo extendió hacia ellas. «Aquí tienen», dijo, con una sonrisa pícara. «Este es mi número de celular. No vayan a olvidar nuestro trato. Mañana mismo les escribo para coordinar nuestra… cita».
Camile tomó el papel con una mezcla de resignación y preocupación, mientras Sophie solo suspiró, sabiendo que no tenían más remedio que cumplir con lo prometido. «No te preocupes, no lo olvidaremos», murmuró Sophie, aunque sus palabras sonaban más a una advertencia que a una confirmación.
El guardia rio suavemente. «Bueno, mejor que no lo hagan. Si no, tendré que buscarlas y traerlas de vuelta aquí», dijo, con un tono que dejaba claro que no estaba bromeando. «Ahora, váyanse antes de que cambie de idea y decida seguir con las cosquillas».
Sin necesidad de que se lo repitieran, Sophie y Camile se apresuraron a salir por el pasillo que el guardia les había indicado. Al llegar a la calle, respiraron profundamente el aire fresco de la noche, sintiendo un alivio momentáneo. Sin embargo, ambas sabían que su calvario no había terminado. El papel con el número del guardia pesaba en la mano de Camile como un recordatorio de lo que les esperaba.
«¿Qué vamos a hacer?», preguntó Camile en voz baja, mirando a Sophie con preocupación. Sophie, con una expresión seria, respondió: «No lo sé, pero no podemos dejar que esto continúe. Tendremos que encontrar una manera de salir de este trato… o al menos sobrevivir a sus cosquillas».
Mientras caminaban hacia la avenida principal, las dos jóvenes intercambiaron miradas de complicidad, sabiendo que, aunque el guardia pensara que las tenía bajo control, ellas no se rendirían tan fácilmente. Pero, por ahora, lo único que querían era llegar a casa, descansar y olvidarse, aunque fuera por unas horas, de las plumas, las risas y aquel guardia tan persistente.
Fin?
Original de Tickling Stories
