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Me llamo Olga, tengo 52 años, piel blanca, ojos miel y cabello castaño oscuro. Mido aproximadamente 1,70 metros, calzo talla 39 y peso alrededor de 57 kg. Desde que tengo uso de razón, he sido extremadamente cosquilluda, especialmente en las plantas de mis pies, en el arco y entre los dedos, donde las cosquillas son terriblemente intensas. Aunque pueda parecer extraño, me encanta ser sometida a cosquillas; es algo que no puedo explicar del todo. Sin embargo, las parejas que he tenido no han compartido este interés.
Hace seis meses, conocí a un chico 30 años menor que yo, llamado Jason, que tiene 22 años. A pesar de la diferencia de edad, nos llevamos muy bien y pronto se convirtió en alguien especial en mi vida. Jason me confesó que tenía un fetiche relacionado con las cosquillas, y cuando lo hizo, sentí una corriente que recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Fue algo que me emocionó profundamente, pero aún no le había confesado nada sobre mi propio gusto por las cosquillas.
Un día, mientras hablábamos, Jason me preguntó si yo era cosquillosa y dónde tenía más cosquillas. Cuando le confesé que era extremadamente cosquilluda en las plantas de los pies, vi cómo su cara se transformaba, llenándose de emoción.
Finalmente, hace un par de días, tuvimos la tan esperada sesión. Me cité con Jason en mi apartamento y le confesé que estaba lista para la sesión de cosquillas. Le pregunté cómo sería y en qué partes del cuerpo me haría cosquillas. Me dijo que quería hacerme cosquillas en todo el cuerpo, y que además quería amarrarme de pies y manos a la cama y cubrirme los ojos con una venda, algo así como en la novela «Cincuenta sombras de Grey», pero con cosquillas. La idea me dio escalofríos, pero terminé aceptando porque confío ciegamente en él.
La sesión comenzó con normalidad. Jason me amarró de pies y manos, dejándome únicamente en ropa interior y completamente vulnerable ante él, un fetichista de cosquillas. No sabía exactamente qué iba a pasar. Me colocó la venda en los ojos y rápidamente inició la locura. Comenzó haciéndome cosquillas en las axilas, costillas, cuello, cintura, caderas y ombligo, haciéndome dar saltos en la cama mientras gritaba y reía a carcajadas. Nunca supliqué que se detuviera; solamente reía a carcajadas y gritaba.
Después comenzó a hacerme cosquillas en las piernas, las rodillas, los muslos, las pantorrillas y nuevamente en las caderas. También grité y reí a carcajadas. Lo peor fue cuando comenzó a hacerme cosquillas en los pies. El mínimo roce inicial me hizo soltar un grito y él simplemente dijo: «Uy, eres muy cosquilluda». Sin mediar palabras, comenzó a hacerme muchas cosquillas fuertes, de esas que te arrancan las carcajadas casi de inmediato. Yo me revolcaba en la cama mientras reía a carcajadas y gritaba de la desesperación, aunque algo en el fondo de mí pedía que no se detuviera nunca. Jason disfrutaba mucho haciéndome cosquillas en las plantas de mis pies.
Después de lo que creo que fueron unos 45 minutos, Jason se detuvo y yo dejé de reír a carcajadas. Le pregunté por qué se había detenido y me dijo que era para descansar él y dejarme descansar a mí. Yo, sin embargo, le dije que nunca me había cansado, que era la primera vez que alguien me sometía a un ataque de cosquillas, y le pedí en ese momento que me quitara la venda de los ojos para poder ver. Él me quitó la venda y me preguntó cómo estaba. Le dije: «Llévame al límite, no te detengas. Si quieres, detente para buscar con qué más hacerme cosquillas. Ya encontraste mi punto débil, aprovéchalo».
Y efectivamente, Jason aprovechó cada segundo de cosquillas en mis pies, mientras yo solamente me reía a carcajadas y gritaba. Nunca pedí clemencia o que se detuviera. Finalmente, después de casi 2 horas de cosquillas, Jason se detuvo y me desató. Fue algo increíble y quedamos en repetirlo. Me encantó ser sometida a cosquillas de esa manera.
Olga
Original de Tickling Stories
