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Hola, soy Mercedes, Capitán en la Policía Nacional. Tengo 35 años y llevo 16 años en la institución. A mi cargo hay cerca de 50 personas a las que todos los días debo darles órdenes. Soy una mujer de 1,69 metros de estatura, calzo talla 38, peso 56 kg, tengo piel blanca, cabello rubio y ojos azules. Siempre llevo brillo en las uñas de las manos y esmalte rojo en las uñas de los pies. Lo que nadie sabe es que, a pesar de mi apariencia y posición de autoridad, en el fondo tiendo a ser sumisa. Además, soy extremadamente cosquillosa en todo mi cuerpo, especialmente en las plantas de los pies.
Decidí instalar Tinder en mi celular, buscando conocer a alguien con quien compartir y salir a divertirme. Después de llenar el formulario y cargar una foto con mi uniforme, pasaron casi dos meses hasta recibir mi primer mensaje de contacto. Una mujer de 25 años llamada Sharon me escribió. Ella estaba en su último semestre de psicología y buscaba una «amiga» para salir y divertirse. Sharon es una mujer de 1,65 metros de estatura, con cabello castaño oscuro y ojos verdes. Su presencia es encantadora y tiene un aire de confianza que inmediatamente me atrajo. Decidí responderle y salimos varias veces.
En una de esas salidas, Sharon me confesó que le gustaban las prácticas tipo SADO y que era «dominante». Me confesó que estaba buscando una «sumisa». Aunque la idea me gustó, no podía decirle que yo era sumisa. Así que le pregunté cómo era eso.
Un día, Sharon me invitó a su apartamento. Allí me mostró diferentes objetos usados en sus sesiones de SADO: correas, amarres, látigos, sillas con orificios en los extremos y cepos. Me preguntó si quería «probar». Al principio sentí miedo, pero estaba dispuesta a experimentar algo nuevo, así que acepté.
Nos quedamos ambas en ropa interior y Sharon procedió a amarrarme con correas y cuerdas. Apenas estuve inmovilizada, me colocó un antifaz en los ojos para que no pudiera ver nada. De ahí en adelante todo fue una locura. Yo estaba sentada con brazos y piernas separados: las muñecas estiradas hacia arriba y los pies hacia adelante, atados en los tobillos.
Sharon pasó las uñas de sus manos por mis costados, subiendo hasta mis axilas. Esto me hizo soltar un grito, acompañado de una breve carcajada y le dije: «No hagas eso». Ella simplemente me preguntó qué pasaba y le dije que tenía cosquillas. Esto la incentivó a comenzar a hacerme muchas cosquillas en las axilas, costillas y cintura. Yo me movía como loca, riendo a carcajadas y suplicando en medio de las ataduras en la silla. «¡Por favor, Sharon, para! ¡JAJAJAJA! ¡No puedo más! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡Me haces demasiadas cosquillas!».
Se notaba que ella sabía lo que hacía. «Vaya, Mercedes, ¿quién iba a pensar que la capitana de la policía es tan cosquilluda y vulnerable?», dijo Sharon con una sonrisa en su voz. «¿Te gusta esto, verdad? ¿Te gusta sentirte indefensa?»
Lo peor fue cuando movió sus uñas por mis piernas hasta bajar a mis pies. Ahí, me pasó las uñas por las plantas de los pies y las cosquillas fueron mucho más intensas y desesperantes. «¡No, por favor! ¡No en los pies! ¡JAJAJAJA! ¡No puedo soportarlo! ¡JAJAJAJA! ¡Sharon, te lo ruego! ¡JAJAJAJAJAJA!»
«¿Tus pies son tu punto débil, Mercedes?», preguntó Sharon con una voz suave y maliciosa. «¿Así que es aquí donde eres más vulnerable?»
«¡Sí, sí! ¡Tengo muchas cosquillas en los pies! ¡JAJAJAJA! ¡Por favor, Sharon, detente! ¡JAJAJAJA!»
Eso hizo que me hiciera muchas más cosquillas, mientras yo reía a carcajadas y suplicaba clemencia. Ella solo decía frases como: «Mira a la capitana Mercedes, la fuerte y autoritaria, ahora reducida a una risueña y suplicante mujer. ¿Te gusta esto, Mercedes? ¿Te gusta ser vulnerable?»
«¡No, no más! ¡JAJAJAJA! ¡Por favor, Sharon! ¡No puedo soportarlo! ¡JAJAJAJAJAJA! ¡Te lo ruego, para!»
Esa sesión con Sharon fue una experiencia inolvidable y me permitió explorar un lado de mí misma que había mantenido oculto. Desde entonces, nuestra relación se ha profundizado y he descubierto que, aunque soy una figura de autoridad en mi vida profesional, en mi vida personal puedo disfrutar de ser vulnerable y sumisa, especialmente en manos de alguien como Sharon, quien sabe exactamente cómo hacerme reír y suplicar.
Mercedes
Original de Tickling Stories
