Introduciendo nuevos servicios

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Hola, buenas noches. Soy Silvia, tengo 45 años, soy masajista profesional, mido 1,68 metros, tengo piel trigueña, cabello negro rizado y ojos color miel. Siempre he cuidado cada detalle en mi imagen y en la forma en que ofrezco mis servicios; voy al gimnasio todos los días, y mi estudio de masajes, ubicado en mi apartamento, es mi orgullo. Durante años ofrecí masajes estrictamente profesionales a clientes solventes y de alto perfil. Pero después de aquella experiencia inolvidable, en la que descubrí lo intensamente cosquilludo que puedo ser, decidí dar un giro a mi carrera y explorar nuevos horizontes.

Hace unas semanas, me armé de valor para incluir las cosquillas como parte de mis servicios. La respuesta ha sido sorprendente: una avalancha de mensajes ha inundado mi buzón. Algunas personas me han contactado para solicitar que les haga cosquillas, ansiosas por sentir esa risa incontrolable y liberar el estrés de una manera poco convencional. Otras, en cambio, tienen la singular idea de hacerme cosquillas a mí, explorando la sensación única de provocar en mí esa risa tan contagiosa.

Lo que más llaman la atención en todas estas solicitudes es el común denominador: mis pies. Mis clientes se fijan en la sensibilidad extrema que tienen, en esa pedicura que cuido al detalle y en el hecho de que, entre todas mis zonas cosquilludas, mis pies parecen ser los protagonistas. Me sorprende ver cómo, tanto si soy yo quien realiza las cosquillas como si son ellas quienes se animan a hacérmelas, el punto de encuentro siempre es esa parte tan especial de mi cuerpo.

Esta nueva etapa me ha abierto los ojos a un mundo de fantasías y fetiches en el que las cosquillas juegan un papel central. La idea de mezclar mis habilidades profesionales con una experiencia lúdica y sensorial ha sido muy gratificante, y cada mensaje que recibo me hace reflexionar sobre el poder que tienen las cosquillas para transformar el estrés en una risa liberadora.

A medida que voy atendiendo estas solicitudes, me doy cuenta de que esta alternativa no solo enriquece mis servicios, sino que también me permite explorar y disfrutar de un fetiche que muchos desconocen. Quién diría que mis pies, tan bien cuidados y sensibles, se convertirían en el centro de tantas fantasías. Ahora, además de mis masajes tradicionales, estoy pensando en ofrecer sesiones especiales centradas en cosquillas, para quienes buscan vivir una experiencia única y divertida.

Recientemente, mi anuncio, donde ofrezco el servicio de cosquillas –sin especificar si era hacerlas o permitirme que me las hicieran– atrajo la atención de una pareja muy particular. Fue la mujer quien me contactó, explicándome que tanto ella como su marido compartían un fuerte fetiche por las cosquillas. Según me contó, a su marido le encantaba hacerle cosquillas a las mujeres, especialmente en los pies, mientras que a ella le fascinaba tanto ver a su esposo en acción como hacer cosquillas en otras partes sensibles: axilas, cintura y costillas.

La propuesta me resultó intrigante, y para mayor comodidad y privacidad, acordamos que me trasladaría a su apartamento.

Al llegar a su apartamento, la mujer me recibió amablemente y me explicó de nuevo los detalles: buscaban explorar su fetiche en un ambiente íntimo y respetuoso. Durante una breve charla, establecimos los límites y expectativas para que la sesión se desarrollara de forma profesional y segura. Yo les comenté que, de hecho, mis pies eran particularmente cosquilludos, algo que ya conocían gracias a mi anuncio, y ellos me confirmaron que esa era precisamente su predilección.

La mujer me indicó que habían acondicionado una habitación en su apartamento, la misma que solían utilizar para las sesiones de cosquillas con otras mujeres. El espacio contaba con una cama en la que se habían colocado barrotes en los extremos y disponían de esposas para asegurar manos y pies; la dinámica siempre era liderada por ella, mientras el marido permanecía en silencio.

Antes de comenzar, el marido me solicitó amablemente que me quitara los zapatos y las medias, así como la chaqueta, quedándome solo con la sudadera y la camiseta. Luego, me pidió que me recostara boca arriba en la cama, mientras ambos procedían a asegurar mis manos y pies con las esposas que estaban fijadas en la estructura.

Una vez que me dejaron completamente asegurada, la mujer me preguntó cuál era mi punto más cosquilludo. Le respondí sin dudar que, aunque también mis axilas y costillas me hacían perder el control, eran mis pies los que realmente me hacían estallar en carcajadas. Con esa información, la mujer le indicó al marido que iniciara la sesión. Él, sin pensarlo dos veces, comenzó a hacerme cosquillas en las plantas de mis pies, desatando en mí una risa incontenible. Mientras tanto, la mujer me observaba con una expresión que combinaba felicidad y, quizás, cierta excitación al ver a su marido trabajar en mis hipercosquilludos pies.

Yo me carcajeaba y me movía de forma incontrolable, pero lo peor llegó cuando la mujer, al ver mi reacción desbordante por las cosquillas en mis pies, decidió intensificar la experiencia. Sin detenerse, comenzó a cosquillearme las axilas, las costillas y la cintura. Debo confesar que jamás imaginé que esas partes de mi cuerpo fueran tan sensibles; en cuestión de segundos, el caos se apoderó de mí y me convertí en un mar de risas y carcajadas. Mientras tanto, la pareja de esposos se deleitaba, satisfaciendo su fetiche de cosquillas sin piedad alguna, haciendo de cada toque una experiencia intensa y abrumadora.

Después de un rato, la mujer dejó de hacerme cosquillas en la cintura, axilas y costillas y le pidió a su marido que le diera permiso, ya que quería concentrarse nuevamente en mis pies. Su marido, con una sonrisa cómplice, accedió sin dudar. Con ese permiso, ella se acercó de nuevo a mis pies y, con delicadeza y precisión, comenzó a mover sus uñas a lo largo de mis hipercosquilludas plantas. Cada leve rasguño intensificaba la sensación, haciendo que mis carcajadas se volvieran aún más estruendosas e incontrolables. En ese momento, me sentí completamente a merced de su toque, sumida en un torbellino de risas y placer, mientras la pareja disfrutaba del fetiche que habían soñado y que, por fin, se estaba haciendo realidad.

Finalmente, dejaron de hacerme cosquillas. Habían cumplido con lo pactado en cuanto al tiempo y, al terminar la sesión, me pagaron el servicio. Para mi sorpresa, la mujer me hizo una propuesta que me dejó pensando: querían que yo fuera su esclava de cosquillas, es decir, cada vez que ellos tuvieran ganas de hacerle cosquillas a alguna mujer, contaran conmigo como su persona de confianza para hacerlo sin piedad, aprovechando mi alta sensibilidad.

Ante esta inusual solicitud, les dije que necesitaba pensarlo. Recogí mis cosas, me despedí y me retiré a mi apartamento para descansar, mientras mi mente reflexionaba sobre el nuevo camino que esta experiencia podría abrir en mi profesión.

Silvia

Original de Tickling Stories

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